“Bendito el que viene en el nombre del Señor”
Élder Harold B. Lee
Del Consejo de los Doce Apóstoles
El domingo antes de la Pascua es celebrado generalmente por muchas sectas cristianas como el Domingo de Ramos, en conmemoración de la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén.
Mi texto hoy se toma del “clamor de ¡Hosanna!” que surgió de la multitud que aclamó jubilosamente a Jesús, el humilde Nazareno, cuando entró triunfalmente en Jerusalén desde Betania sobre un pollino que había sido prestado para esa ocasión. Como el animal sobre el cual cabalgaba había sido designado en su literatura como el “antiguo símbolo de la realeza judía”, y su conocimiento del poder mesiánico del Señor resaltaba la idoneidad de Su derecho real a tal entrada, echaron sus mantos delante de Él y arrojaron ramas de palma y otro follaje en Su senda, como si alfombraran el camino de un rey. Lo que al principio pudo haber sido solo el humilde testimonio de unos pocos fieles, se acrecentó hasta convertirse en un poderoso coro de voces cuando la multitud clamó al unísono:
“Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor. ¡Hosanna al Hijo de David!”
Y luego, quizá al recordar el anuncio de los ángeles a los pastores en la noche de Su nacimiento, repitieron reverentemente el tema del cántico angélico: “Paz en el cielo, y gloria en las alturas.” Y de nuevo, probablemente recordando el encargo que Él había dado a Sus discípulos de proseguir la obra después de que fuese quitado de entre ellos, y como una súplica por su Maestro y por aquellos que continuarían después de Su ascensión, así como en recuerdo de los antiguos profetas a quienes reverenciaban, vinieron las expresiones de adoración desde la multitud: “Bendito el que viene en el nombre del Señor.”
Al comienzo de Su ministerio, aparentemente Él pocas veces, y entonces solo con cautela, había declarado que Él era el Cristo que debía quitar los pecados del mundo; pero ahora Su ministerio terrenal estaba llegando a su consumación y Su temible agonía en la cruz estaba cercana. Parecía del todo apropiado que Él demostrase ahora Su condición real como Rey de reyes y Príncipe de Paz. Al ser así demostrada, Sus devotos discípulos podrían en lo sucesivo dar testimonio de la divinidad de Su misión como el Salvador del hombre y la “roca” sobre la cual habría de fundarse Su Iglesia en la dispensación meridiana.
Hubo una ocasión durante Su ministerio en la que Su principal Apóstol, Pedro, había declarado fervientemente su fe y testimonio de la divinidad de la misión del Maestro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” El Señor respondió a Pedro declarando: “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, y que sobre “esta roca”, o en otras palabras, el testimonio revelado por el Espíritu Santo —la revelación de que Jesús es el Cristo— se fundamenta Su Iglesia, y “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Fue a este mismo fundamento sobre el cual se asentó la Iglesia al que el apóstol Pablo se refirió cuando escribió a los santos de Éfeso: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.”
En los pocos minutos que se me han asignado en este breve discurso de “Church of the Air”, quisiera hacer alguna explicación de cuán “bendito es el que viene en el nombre del Señor” desde aquel día hasta el tiempo presente.
Al comienzo de Su ministerio, el Maestro escogió a doce hombres a quienes separó de los demás por el nombre de Apóstoles. Estos habrían de ser testigos especiales de la santidad de Su vida y de Su misión divina, y serían responsables de transmitir a la posteridad más remota un relato auténtico de Sus doctrinas, principios y ordenanzas esenciales para la salvación del alma humana. La historia registra que estos hombres, juzgados por las normas del mundo, eran “ilegítimos, pobres y de humilde extracción.” Parecería que Él evitó utilizar en este ministerio a personas dotadas de las ventajas de la fortuna o del linaje, o enriquecidas con los tesoros de la elocuencia o del saber, no fuera que “los frutos de su embajada y el progreso del Evangelio se atribuyeran a causas humanas y naturales.” (Mosheim).
Los verdaderos siervos en el Reino de Dios, cuando son debidamente autorizados, reciben una investidura de poder sagrado, sin la cual su ministerio sería como “metal que resuena o címbalo que retiñe.” Esta investidura celestial a Sus Doce Escogidos vino como resultado de tres experiencias sagradas. Primero, fueron bautizados en el agua, quizá por Juan el Bautista, o posiblemente —siendo los únicos que Él mismo bautizó— por el propio Maestro, ya que Juan registra que Él y Sus discípulos estaban en Judea, “y se quedó allí con ellos, y bautizaba.” Luego Él “sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”, lo cual, con toda probabilidad, fue la confirmación y la comisión de recibir el Espíritu Santo, o el bautismo de fuego, por la imposición de manos, pues ese fue el procedimiento que siguieron después Sus discípulos.
El significado de este bautismo de agua y del Espíritu Santo por alguien que viene en el nombre del Señor se entiende mejor por las palabras de un profeta en el continente occidental. Dirigiéndose a un grupo de conversos bautizados, dijo lo siguiente: “No hay otro nombre dado mediante el cual venga la salvación; por tanto, quisiera que tomarais sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis entrado en convenio con Dios, que seréis obedientes hasta el fin de vuestras vidas.”
La tercera de las notables experiencias espirituales a las que tuvieron el privilegio de acceder los discípulos es descrita por el mismo Maestro de esta manera: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.” Traten de imaginar, si pueden, ser “llamados” por el Maestro y “ordenados” bajo Sus manos. Que estas ordenaciones resultaron en una investidura de poder de lo alto, así como en el otorgamiento de autoridad para actuar oficialmente como representantes del Señor, queda bien demostrado por los acontecimientos milagrosos que siguieron, los cuales hicieron de ellos “hombres diferentes” a causa de esa comisión divina.
No solo estos testigos apostólicos especiales habrían de recibir y disfrutar de estos dones celestiales. Fueron comisionados para transmitirlos mediante ordenaciones a otros que habían recibido el testimonio de la misión divina del Señor resucitado. Actuando con la autoridad de su oficio sacerdotal, era como si el Señor dijera, tal como lo hizo por medio de un profeta en tiempos recientes: “Y pondré mi mano sobre ti por la mano de mi siervo… y recibirás el Espíritu Santo.”
Los historiadores nos han dado un resumen y una descripción conmovedora de cómo hombres así escogidos y así ordenados fueron bendecidos con dones celestiales porque “venían en el nombre del Señor.”
Después de la partida de Jesús de entre ellos, les dio la primera prueba de aquella majestad y poder por los cuales fue exaltado, mediante el radiante don del Espíritu Santo derramado sobre ellos en el día de Pentecostés, conforme a Su promesa… El Dr. Mosheim, en su historia eclesiástica, escribe que “en cuanto los apóstoles recibieron este don especial, esta guía celestial, su ignorancia se convirtió en luz, sus dudas en certeza, sus temores en firme e invencible fortaleza, y su anterior reticencia en un ardor y celo inextinguibles.” El crecimiento de la Iglesia entre las naciones gentiles durante este período fue verdaderamente fenomenal. ¿Cómo fue posible que un puñado de apóstoles, quienes como pescadores y publicanos podían atraer tanto a los sabios y poderosos como a los simples y humildes, lograran que abandonaran su religión y abrazaran una nueva? No puede haber más que una respuesta a esa pregunta. Había señales indudables de un poder celestial que acompañaba perpetuamente su ministerio. Había en su lenguaje mismo “una energía increíble, un asombroso poder de enviar luz al entendimiento y convicción al corazón.” (Historia Eclesiástica de Mosheim, vol. 1, págs. 56–58). Luego los historiadores enumeran los milagros, el don de profecía, el poder de discernimiento, un desprecio por las riquezas y una tranquilidad serena ante la muerte, manteniendo al mismo tiempo vidas irreprochables, y concluyen con esta declaración: “Así fueron provistos los mensajeros del divino Salvador, los heraldos de su reino espiritual e inmortal, para su obra gloriosa, como la voz de la historia antigua testifica tan fuertemente.” (Historia Eclesiástica de Mosheim, vol. 1, págs. 56–58).
Al repasar nuevamente la incomparable y desinteresada devoción de estos primeros profetas y mártires al evangelio de Cristo, inclinémonos con reverencia y repitamos con mayor aprecio y comprensión, así como lo hizo la multitud en Jerusalén en la ocasión de la entrada triunfal, las palabras: “¡Cuán bendito es el que viene en el nombre del Señor!”
El papel de estos mensajeros dotados del cielo, que representan al Señor en cada dispensación del evangelio sobre la tierra, puede ilustrarse mediante un incidente relatado por un viajero en el norte de Europa. Nuestro viajero salía por barco desde Estocolmo, Suecia, hacia el mar Báltico. Para hacerlo, el barco tenía que pasar entre mil o más islas. De pie en la cubierta delantera, el viajero comenzó a impacientarse por lo que le parecía un rumbo descuidado. ¿Por qué no tomar un rumbo más cercano a esta isla o a la otra, más interesante que la que el piloto había elegido? Casi en exasperación se decía: “¿Qué pasa con el viejo piloto? ¿Ha perdido el sentido de la dirección?” De repente notó señalizaciones a lo largo del curso trazado que aparecían como simples palos de escoba sobresaliendo del agua. Alguien había explorado cuidadosamente estos canales y había trazado el curso más seguro para que los barcos lo siguieran. Así ocurre con el curso de la vida hacia la inmortalidad y la vida eterna: los “ingenieros de Dios”, siguiendo un plano elaborado en el cielo, han trazado el rumbo para un tránsito seguro y feliz y nos han advertido de las zonas peligrosas.
¡Qué lúgubre y frustrada es el alma humana que no solo no viene “en el nombre del Señor”, sino que además desoye los señalamientos marcados por los “ingenieros de Dios” de la ilustración anterior! Sobre esto escribió el apóstol a los gentiles: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.” Esa miseria solo puede igualarse en aquel que, en esta vida, no tiene fe ni esperanza en Cristo. Sin tal fe, el hombre es, como alguien ha dicho, “solo una criatura de las circunstancias.” Verdaderamente, como el Maestro instruyó a Su fiel Pedro, Su Iglesia, la verdadera religión de la cual Él era la “piedra del ángulo”, debía edificarse sobre una “roca”: la roca de la revelación. Todos los demás son arrojados por la tormenta sobre las olas del tiempo.
¡Pero cuánta fortaleza viene a aquel que pone su confianza en el Señor! Recientemente escuché a un misionero de la Iglesia contar un incidente ocurrido en un país dominado por el ateísmo. Una joven estudiante, con una ferviente creencia en Dios y en la misión del Salvador del mundo, fue ridiculizada y maltratada por su maestra, quien despreciaba la idea de un Dios. Como castigo, la maestra exigió que ella escribiera veinte veces: “No hay Dios.” La joven se negó. Enfurecida, la maestra exigió que escribiera su negación de Dios cincuenta veces y añadió, como una amenaza velada: “Si no lo haces, algo terrible sucederá.” Esa noche, madre e hija ayunaron y oraron hasta tarde en la noche a ese Dios a quien no podían y no se atrevían a negar. Cuando llegó la hora de la escuela a la mañana siguiente, madre e hija fueron a ver a la maestra. La escuela comenzó y la maestra no había llegado. Mientras esperaban, el director vino a informarles que la maestra había muerto repentinamente en la noche de un ataque al corazón. Algo terrible había sucedido, pero no a esta joven que vino sin temor “en el nombre del Señor.”
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, conmemorada en este domingo, fue en verdad solo un preludio del día mayor de triunfo que estaba a pocos días. Antes de Su crucifixión, Él había hablado de Su triunfo personal sobre las cosas del mundo cuando dijo: “En mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Pero aún quedaba aquel día mayor de victoria cuando Él triunfó sobre la muerte y abrió el camino hacia una resurrección universal. El apóstol Pablo, en exultación, escribió a los corintios: “Sorvida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? … Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Hoy, como ellos lo declararon en dispensaciones pasadas, proclamamos: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concerniente a Jesucristo, que Él murió, fue sepultado y resucitó al tercer día, y ascendió al cielo; y todas las demás cosas que pertenecen a nuestra religión no son más que añadiduras a esto.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 121.)
¡Oh, que los habitantes de un mundo impenitente se humillaran y, con fe en el Redentor de la humanidad, se unieran al coro de la multitud que dio la bienvenida al Maestro en la Ciudad Santa!: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna al Hijo de David! Paz en el cielo y gloria en las alturas. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Por esto oro humildemente en el nombre del Rey de reyes, Jesucristo. Amén.
























