Estaré en casa para Navidad

Este mensaje utiliza la experiencia universal del anhelo por el hogar en Navidad para señalar una verdad profundamente cristiana: Jesucristo conoce la soledad. Desde Su nacimiento lejos de casa hasta Su sufrimiento expiatorio “pisando solo el lagar”, el Salvador experimentó el aislamiento humano en su forma más intensa. El presidente Holland amplía esa realidad al recordar a misioneros, soldados, estudiantes y familias separadas, mostrando que la Navidad, aunque llena de gozo, también puede ser un tiempo de nostalgia y dolor. Sin embargo, el discurso no se queda en la melancolía; nos recuerda que el Hijo de Dios entró en esa soledad para redimirla y transformarla en esperanza.

El mensaje culmina con una invitación práctica y redentora: ser hogar para alguien más. Al compartir su propia experiencia de pérdida y crecimiento espiritual, el presidente Holland enseña que el consuelo cristiano no siempre elimina la soledad, pero sí puede santificarla mediante la compasión, la gratitud y el servicio. Al ofrecer nuestra presencia, nuestro tiempo o nuestra mesa a quienes están solos, participamos del espíritu mismo de la Navidad y reflejamos el amor de Aquel que vino a “llevar nuestras enfermedades y sufrir nuestros dolores”. Así, aunque no todos puedan estar físicamente en casa, el evangelio nos permite crear momentos sagrados en los que otros puedan sentir, aunque sea por un instante, que han vuelto al hogar.

Estaré en casa para Navidad

Jeffrey R. Holland
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles
Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2025


Años atrás —ahora ya muchos años atrás— era un joven padre que quería ayudar a mi adorable esposa a prepararse para la llegada de nuestro primogénito: un varón. Estaba nervioso al grado de llegar a la histeria. Pat dijo una vez que cuando al fin comenzaron las señales del trabajo de parto, tomé la almohada con la que dormía y me dirigí a la puerta, dejándola a ella atrás, sin ningún indicio de cambiarme el pijama por una camisa y un pantalón, como debería haber hecho.

Quizás haya sido su personalidad magnética lo que me impidió llegar a la puerta. ¿Quién sabe? Tal vez la amorosa protección que ella brindaba al bebé lo mantuvo abrigado y cómodo en su “casita” durante varias horas más.

En cualquier caso, la Navidad es el día del año en el que más queremos estar en casa. Una de las canciones navideñas más populares de esta época es “I’ll Be Home for Christmas” [Estaré en casa para Navidad]. Y si no podemos estar en casa, sentimos un pequeño nudo en la garganta, aunque seamos adultos y hayamos dejado los juguetes y guirnaldas de la infancia.

Podríamos señalar que ahora mismo hay casi 85 000 misioneros sirviendo en algún lugar del mundo, por lo general, nada cerca del hogar.

La mayoría de quienes estudian lejos de casa procurarán volver para Navidad, pero no todos, pues algunos quizás no puedan costearse el viaje.

Hay tantas personas en trágicas guerras en todo el mundo, que es difícil calcular cuántos militares estarán fuera de casa esta Navidad, pero han de ser unos cientos de miles.

Jesús, María y José supieron lo que es estar solos y lejos de casa en esa noche tan especial. Dos milenios después, aún cantamos: “Su techo fue un establo, y su cuna, un pesebre; con los pobres, humildes y despreciados vivió en la tierra nuestro santo Salvador”.

No muchos años después, aquel bebé volvería a estar solo. Él declaró que había “pisado […] solo el lagar […] y nadie [había] est[ado] con [Él]”, temiendo en lo hondo de Su padecimiento haber sido abandonado por completo, incluso por Su Padre Celestial, aunque luego se entendiera aquello y la noche de Navidad se tornara una noche de gozo y promesas, una noche de ángeles, de estrellas y salvación, una noche para estar con los seres queridos, si podemos.

Esta Navidad, permítanme invitar a cada uno de ustedes a ser, aunque sea brevemente, la familia de alguien que esté solo. La soledad es un sentimiento terriblemente doloroso. Sé que muchos se han sentido más solos que yo, pero estas últimas tres Navidades han sido muy dolorosas para mí sin la compañía de aquella madre perfecta de la que hablé antes.

Sin embargo, ha ocurrido algo redentor para mí en este período. Ha sido un tiempo de más reflexión, de más humildad y de mostrar más agradecimiento. Quizás esta Navidad podamos bendecir la vida de alguien que aún esté temporalmente solo, de una manera que le haga sentir durante un momento, una comida o una tarde, que han podido volver a casa para Navidad.

De las varias veces que he estado lejos de casa en Navidad, como el presidente Farnes, creo que la primera fue al prestar ese servicio, a veces solitario pero siempre muy gratificante, como misionero de tiempo completo.

He aquí una observación de reflexión y ternura de otra persona, que revela una muy madura añoranza. Es la carta que, más de una vez, todos desearíamos haber escrito.

“Querido papá: “Esta es la primera vez en toda mi vida que no he estado en casa para Navidad. [Estoy] sentado frente al fuego de una pensión […] viendo cómo las llamas se elevan a la chimenea [cargadas de] recuerdos de otras Navidades. Recuerdo la mañana en que, en pijamas, bajamos corriendo las escaleras. [Luego con cuánta emoción] corrimos escaleras arriba […] para mostrarles todas [las manzanas, naranjas y los dulces caseros] que nos regalaron. Tú y mamá [se veían muy cansados, por alguna razón], pero jugaron con nosotros y nos dieron un beso para enviarnos de regreso a la cama antes de que amaneciera. Durante el día nos llevabas calle arriba y calle abajo en [el] trineo nuevo [que no habíamos descubierto antes], y te veíamos como el hombre más grande y fuerte del mundo […]. Anoche eché de menos la emoción de [ver llegar] a Papá Noel [Santa Claus]. [Tampoco] vino esta mañana. Te extraño, [papá], [pero con esta nueva] distancia entre nosotros, empiezo a ver en tu vida el [verdadero] espíritu de la Navidad […]. Dios te bendiga, papá, y te guarde siempre tan maravilloso a mis ojos. Con amor, Gordon” . Se trata de “nuestro” Gordon Bitner Hinckley.

Feliz Navidad de parte de nuestro Padre Celestial, que nunca flaquea ni nos falta, y de parte de Su Hijo Unigénito, Su Bebé —aquel Niño y Hermano nuestro— que creció para “llev[ar] nuestras enfermedades y sufri[r] nuestros dolores; [y ser] molido por nuestras iniquidades”. Damos gracias a nuestro Padre Celestial por el Mesías prometido, el mayor regalo de todos en Navidad. En Su nombre, sí, Jesucristo. Amén.

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