Capítulo 14
Rebeca había esperado que la muerte de Abraham, cuando llegara, cambiara completamente sus vidas, y en efecto las cosas fueron diferentes. Se mudaron de nuevo a Lahai-roi, porque tanto Rebeca como Isaac lo preferían allí—y porque estaba más lejos de las ciudades de los filisteos, hacia las cuales Esaú ahora se sentía inexorablemente atraído. Con Cetura fuera, Rebeca era la gobernante indiscutida de las mujeres, y como ya la conocían, y porque Rebeca era una señora más justa y paciente de lo que había sido Cetura, no encontró falta de lealtad ni de ayuda entre ellas.
Pero esos eran cambios relativamente pequeños, en realidad. Rebeca había esperado un cambio más profundo—que sin la presencia abrumadora de su padre, Isaac se volviera menos vacilante con los siervos, más dispuesto a dar órdenes firmes. Pero él siguió siendo como siempre había sido, bondadoso y compasivo, pero inclinado a no tomar decisiones a menos que fueran de particular urgencia. Su paciencia era tan inagotable como siempre—incluso en casos en los que una acción firme podría haber resuelto un problema antes de que comenzara. Era frustrante que una de las mejores virtudes de Isaac como hombre fuera también una debilidad, al menos a veces, como gobernante.
Por otra parte, Rebeca se sintió aliviada de que, contrariamente a los antiguos temores de Sara, Ismael no hiciera ningún movimiento contra Isaac. Ismael acudió al entierro de Abraham tal como había acudido para recibir su bendición, con solo un pequeño grupo de hombres. El primo Moab en realidad llevó más hombres desde su ciudad al este del Jordán. Y cuando Isaac dio a Ismael un regalo de un número enorme de reses—lo cual Eliezer había desaconsejado, por temor a que se interpretara como tributo—Ismael respondió dando a Isaac un regalo de aún más ovejas, de modo que ninguno pudiera decirse que había enriquecido—ni intimidado—al otro.
Cuando los hermanos depositaron el cuerpo envuelto de su padre en la cueva de Macpela junto al cuerpo seco y momificado de Sara, Rebeca no sintió más que alivio en su corazón, porque en lugar de pelear se abrazaron y lloraron por su padre. Tal vez lloraban por cosas diferentes—Ismael por la pérdida de su compañía cuando era joven y lo necesitaba; Isaac por la manera en que Abraham nunca parecía satisfecho con él a pesar de todo su esfuerzo por ser digno—o tal vez lloraban por lo mismo, porque era un buen hombre a quien amaban profundamente y cuya ausencia se sentiría intensamente. De cualquier manera, estaban en paz el uno con el otro allí, en la tumba que Abraham había comprado para guardar el cuerpo de su amada esposa.
Y la casa de Isaac permaneció en paz con todos sus parientes, y en cuanto a posibles enemigos fuera de la familia, cualquiera que tuviera poder suficiente para ser una amenaza simplemente no tenía motivo. Abraham había sido un hombre de paz con la fuerza y la voluntad para preservarla. Isaac no era menos pacífico, y al principio nadie intentó poner a prueba su voluntad ni su fuerza.
Solo Rebeca podía ver que la muerte de Abraham, en lugar de liberar a Isaac de las cargas que su padre había puesto sobre él, solo garantizaba que no habría alivio mientras Isaac viviera. Ese recuerdo de su padre escogiendo obedecer a Dios y ofrecer su propia vida, por mucho que pudiera entenderlo e incluso aceptarlo en su mente, aún lo atormentaba en su corazón y se manifestaba en el desprecio de Isaac por sus propias capacidades. Cualquier cosa que Abraham pudiera haberle dicho en su lecho de muerte, cualquier bendición que pudiera haberle dado, no era suficiente para contrarrestar todos los años de duda de sí mismo, la desesperanzada evaluación de sí mismo que se había convertido en parte del carácter de Isaac.
El único regalo que más anhelo darle, pensó Rebeca, el único que una esposa debería poder dar, está simplemente más allá de mi poder. Lo que sea que atormente el alma de Isaac, solo Dios puede quitárselo; la felicidad que él anhela, solo Dios puede dársela.
Con el tiempo, sin embargo, sí llegaron cambios. A medida que las ciudades filisteas crecían, también crecía su necesidad de tierras de cultivo para sostener a sus poblaciones en expansión, y pronto los agricultores filisteos comenzaron a llenar deliberadamente los pozos cercanos a sus ciudades de los cuales dependían los rebaños de Abraham. Era un acto de guerra, pero cuando Isaac enviaba quejas al rey de una u otra ciudad filistea, el rey siempre protestaba diciendo que nunca había dado permiso para algo así, que lo deploraba y que seguramente encontraría y castigaría a los culpables.
Isaac, Eliezer y Rebeca deliberaron sobre ello y decidieron que no tenía sentido morir o matar por esa causa.
—Si tuviéramos menos rebaños —dijo Isaac—, no necesitaríamos esos pozos.
La respuesta de Eliezer fue:
—Si no tuvieras ningún rebaño, no necesitaríamos agua más que para nosotros mismos.
Lo dijo como una broma, pero Isaac no se rió.
—No podría alimentar a los hombres y mujeres que han servido a mi padre durante todos estos años si hiciera eso. Pero he encontrado un camino intermedio. Tengo un siervo fiel cuyos nietos ahora son hombres adultos, y es injusto mantenerlo en servicio hasta el final de sus días. Ha ganado una herencia para dar a sus hijos y a sus nietos, y así que le daré todos los rebaños que se abastecen en los pozos de los filisteos, junto con los siervos que ahora los cuidan. Si es sabio, los trasladará de inmediato a otros pastos y evitará disputar con los filisteos. Pero como le pertenecerán a él, esa decisión también será suya.
—Eso es casi la mitad de tu riqueza —dijo Eliezer.
—Así es como este siervo merece ser recompensado —dijo Isaac—. Aunque en otro sentido seguirá levantando la mitad de mi carga, de modo que incluso este regalo me devuelve tanto como me da.
—¿Y quién es el siervo que recibirá este pesado regalo?
Rebeca suspiró.
—¿Por qué no podemos decir estas cosas claramente?
Isaac se rió.
—Está bien, entonces. Eliezer, tú eres el hombre, por supuesto. ¿Quién más podría ser?
—¿Me estás liberando de tu servicio?
—Por supuesto que no. Finalmente lo estoy pagando.
—Pero yo me comprometí con Abraham para siempre.
—Sigue comprometido con Abraham. Yo soy Isaac, y declaro que tú y todos tus hijos son libres. Lo que te doy ahora será tu herencia para transmitir a tus hijos. Incluso si crees que no deberías recibir tanto, recuerda cuán poco será cuando se divida entre tus nietos.
—Pero si no soy el mayordomo de Isaac, entonces solo soy Eliezer. ¿Quién es Eliezer?
—Todas tus vacas y tus ovejas y tus cabras balarán y mugirán tu nombre. Pronto todos lo conocerán.
Entonces Eliezer se inclinó hasta la tierra, lloró y aceptó el regalo que Isaac le dio.
Después de que Eliezer salió de la tienda de Isaac, Isaac se sentó pesadamente sobre la alfombra y dijo:
—Sabes que no se trataba de los pozos ni de los filisteos.
—Eso espero —dijo Rebeca—. El derecho al agua es precioso y no debería abandonarse tan fácilmente.
—Pensé que mi padre debería haber hecho esto antes de morir. Incluso se lo sugerí, pero mi padre dijo que necesitaría toda mi fuerza y toda mi riqueza para mantener mi posición. Lo cual supongo que es cierto. Mi padre nunca necesitó riqueza—podía entrar en el palacio de un rey sin un solo siervo, sin estar armado, y aun así ser tratado con el respeto debido a un gran señor. Mientras que yo necesito tener unos cuantos cientos de miles de ovejas, vacas y cabras bajo mi control antes de que alguien me tome en serio.
—Te subestimas.
—Tú me sobreestimas —dijo Isaac—. Pero estoy envejeciendo y mi vista empieza a fallar. Es mejor si gobierno una casa más pequeña. Está más de acuerdo con mis capacidades.
—Bueno, yo podría gobernar una casa el doble de grande —dijo Rebeca.
Cuando Isaac la miró con desconcierto, ella se rió y lo empujó suavemente.
—Isaac, tú y yo somos muy buenos gobernando una casa en paz. Si fueras rey de toda la tierra, no habría ciudad que no estuviera mejor gobernada. Pero yo estoy contenta con la mitad de lo que tenía tu padre, o la mitad de eso, o la mitad de eso; aunque deberías tener en cuenta que una casa vasta será dejada en paz por los enemigos, de la misma manera que una serpiente nunca intenta tragarse una oveja. Pero si reduces tus posesiones lo suficiente, entonces alguna serpiente ambiciosa del desierto o alguna víbora de ciudad empezará a pensar que puede tragarte y añadir lo que tienes a su dominio.
—Tendré en cuenta la advertencia —dijo Isaac—. No tengo a nadie más a quien dar otra mitad de mi riqueza.
—Hasta que decidas dividir lo que tienes entre tus hijos.
—La herencia es indivisible. Irá a un hijo, no al otro.
—La primogenitura es indivisible —dijo Rebeca—, pero sabes que darás la mitad de los rebaños, las manadas y los siervos a un hijo como regalo, y la otra mitad a tu heredero como su herencia. Llámalo como quieras, viene a ser lo mismo. Cada uno recibirá la mitad de la mitad de lo que ahora te queda.
—Así que dejaré a cada uno de ellos con una cuarta parte de la fuerza que mi padre me dejó —dijo Isaac, con una nota de desaliento en su voz.
—Eso es absurdo —dijo Rebeca—. La fuerza de tu padre siempre fue la fe en Dios, y cuando él y Sara estaban solos en Egipto durante la sequía, Dios los hizo más poderosos que el faraón.
—Sí, bueno, ese era mi padre. Y mi madre.
—Y este eres tú. Todos los rebaños y las manadas podrían desaparecer en un momento, y tú seguirías siendo Isaac.
—Y tú seguirías siendo Rebeca. Pero seríamos muy, muy pobres.
Ambos se rieron.
—La riqueza es lo que damos a nuestros hijos que no tienen la fe para confiar en Dios —dijo Rebeca.
—Las muchachas serán todas como su madre—firmes como piedra en su fe —dijo Isaac.
—Solo me preocupa Esaú —dijo Rebeca.
—No necesitas preocuparte por él —dijo Isaac—. Su fe es fuerte.
Rebeca se preguntó cómo podía decir eso con tanta seguridad.
—¿Qué señal de fe has visto en él?
—Él y yo hablamos a menudo de las cosas de Dios —dijo Isaac.
—Incluso si Esaú realmente piensa en Dios cuando habla contigo —dijo Rebeca—, eso aún no explica lo que hace cuando está de caza con sus amigos salvajes o con alguno de los hijos de Ismael, lo cual es aún peor. ¿Crees que piensa en Dios cuando está acechando a algún animal para matarlo, o cuando está en alguna ciudad jugando a los juegos que juega?
—¿Juegos? —preguntó Isaac—. ¿Qué clase de juegos crees que juega un joven de la edad de Esaú?
—No lo sé. Nunca he sido un muchacho. Aunque Esaú ya no es un muchacho. Dice que va de caza, y vuelve con una sonrisa burlona en el rostro y dice que los ciervos estuvieron esquivos hoy, y sigo pensando que no es a un ciervo lo que caza, sino a las ciervas.
Isaac adoptó una expresión distante.
—Él conoce la ley de castidad —dijo—. Me asegura que no hay ninguna muchacha cuya virtud esté en peligro por su causa.
—Lo cual deja un gran número de muchachas cuya virtud fue arruinada hace mucho tiempo —dijo Rebeca—. Mi preocupación es si la virtud de Esaú está en peligro por causa de ellas.
—¿Cómo pasamos de la herencia de nuestros hijos a los interminables defectos de Esaú?
—Sus defectos no son interminables, y yo veo sus virtudes tanto como tú —dijo Rebeca—. Estoy orgullosa de él. Pero ¿qué clase de guardián de la primogenitura será, cuando no presta atención a las enseñanzas de los profetas excepto cuando necesita hacerlo para impresionarte?
—¿Crees que soy tan fácil de engañar? —preguntó Isaac.
—Sí, lo eres —dijo Rebeca.
Isaac adoptó la mirada fría que le decía a Rebeca que estaba a una sola frase de que él se marchara en silencio.
—Isaac, es una de tus virtudes. Eres tan absolutamente honesto que ni siquiera se te ocurre que la persona con la que hablas podría estar diciéndote solo lo que quieres oír.
—Esaú ama al Señor.
—Y yo te digo que no —dijo Rebeca.
—¿Y Jacob sí?
—Con todo su corazón.
—Y lo sabes porque él te lo dice. ¿En qué se diferencia eso?
—Porque no lo sé solo por eso. Lo veo en todo lo que hace. Jacob cumple su palabra, incluso cuando no le conviene. ¿Puedes decir eso de Esaú?
—¿Lo estás llamando quebrantador de juramentos?
—Estoy diciendo que no hace lo que me dice que va a hacer, y cuando se lo recuerdo o se enoja conmigo—“¡Madre, voy a hacerlo!”—o se ríe y dice: “¿Acaso no lo hice ya?”
—Solo es irresponsable.
—Está bien, esa es una palabra tan buena como cualquier otra.
—Pero todos los muchachos lo son. Se les pasa con el tiempo.
—Jacob no lo es. Cuando me dice que una tarea se hará, la hace. Con cuidado y bien, y se enorgullece de haberla hecho por mí. ¿Cuándo empezará Esaú a dejar atrás esta… irresponsabilidad?
Los ojos de Isaac brillaron. ¿Era momento del silencio ahora?
No. Aunque no la miró, su voz fue dura y firme—tan airada como Rebeca podía recordar haberla oído alguna vez dirigida a ella.
—¿Cuándo entenderás que la decisión de Dios al hacer a Esaú el primogénito es irrevocable? No voy a quitar a mi primogénito de su lugar y poner allí a su hermano menor, aunque Jacob sea tu hijo favorito.
—Amo a mis dos hijos, y quiero lo mejor para ellos.
—¿Y de algún modo decidiste que lo mejor para Esaú es ser rechazado como primogénito? ¿Cuánto amará entonces a Dios?
—¿Puedes oír tus propias palabras, Isaac? Incluso tú te das cuenta de que si Esaú fuera privado de la primogenitura, su amor por Dios se evaporaría de inmediato.
—Si es herido tan profundamente por sus padres, en su enojo podría rebelarse contra Dios para hacernos daño a nosotros.
—Pero tú fuiste herido por tu padre, y no te rebelaste contra Dios.
—Rebeca. La primogenitura es de Esaú. Y es la gran tristeza de mi vida que mi esposa desprecie a su propio primogénito.
Las palabras la indignaron por su injusticia, y Rebeca respondió rápidamente, en el primer impulso de su enojo.
—La gran tristeza de mi vida es que mi esposo sea ciego al hijo que ama a Dios y obedece a sus padres.
Isaac la dejó entonces. Como de costumbre, la discusión se disipó pronto y volvieron a conversar con normalidad, pero las palabras quedaron en la memoria de Rebeca y envenenaron todo lo que ocurrió después. Hubo momentos en que habría reprendido a Esaú y le habría exigido que hiciera mejor las cosas, pero guardó silencio porque su esposo pensaría que odiaba a su primogénito. Y hubo momentos en que habría mostrado alegría por Esaú y habría expresado su profundo amor por él, pero en su obstinación se negó a permitir que su esposo viera su deleite en el joven cazador, mientras Isaac seguía sin mostrar favor al hijo que más lo merecía.
En cuanto a Jacob, ¿qué podía hacer ella sino tratar de ayudarlo a superar el profundo vacío en su vida que solo el amor y el respeto de su padre podían realmente llenar?
El muro en la familia estaba completamente construido, y tenía nombre, y ella y Jacob permanecían de un lado de él, e Isaac y Esaú del otro, aun mientras seguían representando el papel de ser una sola familia, aparentemente sin cambios.
Las niñas también lo sentían. La pequeña Débora, la mayor de las tres, adoraba a Jacob, quien siempre tenía tiempo para ella incluso cuando estaba ocupado trabajando con las ovejas o en los campos. La pequeña Sara, la segunda, estaba dedicada a Esaú, quien siempre le traía trozos de tela brillante de la ciudad, o una suave piel de conejo de sus cacerías, o una extraña mariposa, o alguna fruta rara. Solo la bebé, Qira, no tomaba partido—pero cuando Rebeca estaba alterada, Qira se inquietaba en su pecho, como si la leche se hubiera agriado y Qira no pudiera soportar el sabor de la ira.
Con Rebeca reprendiéndolo menos, y con Isaac favoreciéndolo aún más sin importar lo que hiciera, Esaú se fue descontrolando cada vez más. Jacob vino a verla una vez y le dijo:
—Creo que Esaú ha tomado esposa en la ciudad de Gerar.
—No es esposa la que se toma cuando los padres no han sido informados —dijo Rebeca; pero, a pesar de su tono irónico, su corazón se hundía al pensar en lo que significaría para la primogenitura estar en una casa encabezada por una mujer idólatra.
—Oí a sus amigos burlarse de él diciendo que viene un bebé en camino.
—¿Delante de ti?
—Esaú se apresuró a negarlo, y sus amigos vieron lo enojado y preocupado que estaba y de inmediato también lo negaron. Pero, madre, incluso si ella es cananea y no filistea, ¿cuánto mejor es tener los escritos sagrados en una casa donde se adora a Asera que en una casa que sirve a Moloc?
—Oh, es mejor —dijo Rebeca—. Mejor en el sentido de que una muerte rápida en batalla es mejor que una muerte por tortura.
—Sé que la primogenitura no es mía —dijo Jacob—. Pero ¿no puedo hacer nada para proteger los escritos sagrados?
—¿Se lo has dicho a tu padre?
—¿Para qué? Me acusará de estar celoso y luego llamará a Esaú para confrontarme, y Esaú lo negará todo y después me amenazará con matarme si vuelvo a decir mentiras sobre él.
—¿Matarte? ¿Amenaza con tu vida?
—No lo dice en serio —dijo Jacob—. Quiero decir, lo dice en serio, pero no lo hará.
—Quieres decir que no lo ha hecho, porque no le has costado nada. Pero si hablaras y tu padre te creyera y le quitara la primogenitura, entonces veríamos lo que Esaú podría hacer.
—No es un asesino, madre.
—¿Cuántas veces ha vuelto a casa con sangre en las manos?
—La sangre de las bestias que mata y trae a casa para mi padre.
—Como un gato mostrando los ratones que ha matado.
—A mi padre le encanta el sabor de la caza. Lo entiendo—yo mismo estoy cansado del sabor del cordero y las lentejas. Pero alguien tiene que quedarse en casa y administrar los rebaños y las manadas. Esaú no tiene más interés en el trabajo del campamento que en…
—En la primogenitura.
—¡Oh, sí le interesa la primogenitura, madre!
—Le interesa tenerla, no estudiar los escritos sagrados ni vivir conforme a ellos.
—Sé que los ojos de mi padre están débiles, madre, pero ¿por qué no puede ver cómo Esaú se burla de todo lo que importa a nuestra familia?
—Porque Esaú es lo bastante inteligente como para no mostrar ese lado de sí mismo delante de su padre.
—¿Pero qué pasaría si yo tuviera pruebas?
—¿Qué podría demostrarlo a tu padre? No creerá lo que le digan, y no puede verlo por sí mismo.
—Soy la persona más indefensa en todo esto, madre —dijo Jacob—. Porque si hago algo para mostrar a mi padre quién es realmente Esaú, mi padre piensa que estoy celoso y que quiero la primogenitura. A veces pienso que la única manera de ayudar a salvar la primogenitura es renunciar a ella yo mismo.
—¿Y entonces a quién iría?
—Tal vez a uno de los hijos de Cetura. Madián es un buen hombre, madre. Sería un guardián digno.
—Y entonces la línea de tu padre quedaría separada de la primogenitura, si fuera a su medio hermano.
—Si la primogenitura va a Esaú, tal como es ahora, entonces se perderá para todo el mundo, porque él nunca se preocupará por ella.
—Todo lo que podemos hacer —dijo Rebeca— es orar al Señor para que ayude a tu hermano a madurar, a dejar su rebeldía, a arrepentirse de sus pecados y llegar a ser…
—Un buen siervo del Señor.
—Como tú.
—No soy un buen siervo del Señor, madre, porque no soy el que ha sido escogido para ser su siervo. Si lo tomo para mí mismo, seré un usurpador.
—No necesitas tener la primogenitura para ser un siervo de Dios —dijo Rebeca—. Nunca hubo posibilidad de que yo tuviera la primogenitura, y aun así pasé mi infancia tratando de servir a Dios. Y finalmente llegó mi día. Como llegará el tuyo, hijo mío.
—¿Mi día? ¿Mi día para qué? ¿Para estar en guerra con mi hermano?
—Para que tu padre te muestre que ve al hombre que eres.
—Los padres nunca ven a sus hijos por lo que realmente son —dijo Jacob.
—Eso no es verdad.
—Tú misma me has contado cómo el abuelo nunca valoró a mi padre.
—Nunca le mostró realmente a Isaac cuánto lo valoraba.
—Es lo mismo.
—No, no lo es —dijo Rebeca—. Y no me refería a tu padre Isaac, de todos modos. Me refería a tu Padre celestial.
—Él me conoce. Nos conoce a todos.
—A veces me pregunto por qué no le dice simplemente a tu padre cómo deberían ser las cosas.
—Porque el problema no es que mi padre no pueda ver, sino que no quiere ver, y el Señor no nos obliga a hacer cosas; solo nos enseña y espera que usemos lo que nos enseñó.
—Entonces, ¿qué te ha enseñado Dios? ¿Y cómo vas a usarlo?
—¿Qué me estás pidiendo que haga, madre?
—Solo sigue siendo el hombre que eres, y ora para que tu hermano se dé cuenta del camino por el que va y regrese.
—O para que mi padre finalmente obtenga la prueba que necesita para ver en lo que Esaú se está convirtiendo. Una prueba que sea presenciada por alguien más que yo.
Más tarde, Rebeca se daría cuenta de que Jacob debió de comenzar entonces a planear el incidente que finalmente llevó las cosas a un punto decisivo.
Pero en ese momento, lo único que preocupaba a Rebeca era que no debería haber hablado tan abiertamente con Jacob sobre sus inquietudes respecto a Esaú. Sin embargo, dentro de la familia, Jacob era el único además de Rebeca que comprendía el peligro del comportamiento de Esaú. ¿Y debía dejar que él se sintiera completamente aislado dentro de la familia? ¿No era bueno que el hijo obediente supiera que su madre comprendía el hombre en que se había convertido, aunque su padre no lo viera y su hermano lo despreciara por ello?
Yo no tomé las decisiones de Esaú por él. Tampoco es culpa mía que Isaac se niegue a ver. Aunque es insoportable que no lo haga. Jacob es Isaac como debió de haber sido cuando era niño. Incluso se parece más a Isaac—Esaú se parece a mi padre, salvo por el cabello rojo.
Tal vez ese sea el problema. Isaac no puede amar ni valorar a ningún hombre que siquiera se parezca a él.
Durante un tiempo Rebeca creyó que, si Esaú se sentía verdaderamente necesario para la familia, podría dejar de hacer las cosas que hacía y asentarse en la vida como heredero de Isaac y futuro jefe de la familia. Así que cuando llegó tal momento, observó atentamente su reacción.
Fue el clima lo que cambió sus vidas, como había ocurrido en los días de Abraham. Otra sequía, tan severa que muchos pozos se secaron y otros simplemente no tenían agua suficiente para sostener los rebaños. Recibieron noticias de que Eliezer y sus hijos habían vendido gran parte de su ganado y luego habían intercambiado el resto con el primo de Ezbaal a cambio de huertos y campos de trigo en la llanura cerca del Gran Mar, y se habían trasladado a uno de los pueblos en crecimiento que intentaban competir con las crecientes ciudades filisteas. Pero Isaac sabía que esa no era la decisión correcta para su casa.
—Si nos establecemos en un solo pedazo de tierra —dijo—, entonces quedamos ligados a una ciudad, a un pueblo, generación tras generación. Solo cuando tenemos la capacidad de marcharnos y llevar con nosotros lo que tenemos somos verdaderamente libres, y solo si somos libres podemos servir a Dios.
Esaú escuchó esto con una muestra exterior de respeto—
—Eso es muy sabio, padre—
pero Jacob le contó más tarde a Rebeca que Esaú y sus amigos cananeos se burlaron después de lo que su padre había dicho.
Durante días Isaac trató de decidir qué hacer. Si se marchaba de Lahai-roi y comenzaba a vagar, pronto se encontraría luchando por encontrar agua que no estuviera ya defendida. Finalmente, una vida errante significaría guerra. Por fin se sentó con Rebeca y le dijo que, mientras buscaba en los escritos sagrados, volvía una y otra vez al relato de su padre sobre su viaje a Egipto durante la profundidad de la última sequía.
—Siempre hay grano en Egipto —dijo.
—Pero Egipto no es el mismo lugar al que fue tu padre. Hoy el país está dominado por un faraón fuerte, y no ha olvidado lo que ocurrió la última vez que permitió que vagabundos como nosotros entraran en el país.
—¿Cómo sabes tanto sobre Egipto? —preguntó Isaac.
—¡Por ti! Por las historias que me has contado de los escritos sagrados. Y por los comerciantes que pasan por aquí, por supuesto.
—Entonces ¿por qué es que yo he hablado con los mismos comerciantes y he leído las mismas escrituras, y parece que me están guiando a Egipto?
—No basta con leer los escritos sagrados y luego tratar de hacer lo que ellos hicieron. Después de todo, Noé construyó un arca, pero no creo que eso nos ayudara.
—A Noé se le mandó construir un arca. A nosotros no se nos ha mandado hacer nada.
—¿Estamos preguntando?
—Por supuesto.
—No, lo digo en serio, Isaac. Egipto es peligroso, y quedarse aquí es imposible, y es en momentos como este cuando el guardián de la primogenitura tiene el derecho—tiene el deber—de consultar al Señor y averiguar qué hacer.
—Si el Señor quisiera hablarme, Rebeca, podría haberlo hecho mil veces antes de ahora. Incluso esta misma mañana cuando le oré precisamente sobre este asunto.
—En todas las crisis anteriores, tu padre era el jefe de la casa y el Señor hablaba con él. Ahora tú eres el patriarca. Espera recibir una respuesta, clara. Es tu derecho ser guiado por el Señor.
—Según recuerdo, tú has tenido más visiones reales que yo —dijo Isaac—. Tal vez deberías orar.
—Una vez recibí una visión acerca de los bebés en mi vientre —dijo Rebeca—. Y fue en respuesta a tus oraciones. Tú tienes responsabilidad por toda esta gente. El Señor te responde todo el tiempo cuando oras por ellos.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces solo significa que la elección depende de ti, y lo que sea que elijas agradará al Señor.
Isaac le sonrió.
—Ahora suenas como la clase de creyente que dijiste que era tu madre—has puesto una prueba para el Señor que no puede fallar.
—Pero no estamos probando al Señor —dijo Rebeca—. Ya sabemos que el Señor es Dios. Estamos buscando conocer su voluntad. Y él responderá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo necesitamos, y él no nos fallará.
—No. Pero yo podría fallarnos.
—La única manera en que podrías fallarnos, Isaac, es si escucharas la respuesta del Señor y la desobedecieras. O si te negaras a preguntarle, porque no creyeras que nos ama lo suficiente para responder.
Así que Isaac, lleno de dudas sobre sí mismo y aferrado a su fe en Dios, fue a orar. Por la mañana despertó a Rebeca entrando en su tienda y susurrándole al oído.
—Soñé un sueño —dijo.
Ella salió de la neblina del sueño para oírlo contar cómo se veía a sí mismo entre ganado moribundo, y bajando a un pozo solo para salir con cántaros llenos de arena. En su sueño dijo lo que había estado diciendo en sus oraciones: no veo nada que podamos hacer sino descender a Egipto.
—Y entonces hubo una voz en mi sueño que me decía que no fuera a Egipto, sino que me quedara en Canaán. Los pozos que nuestra familia solía controlar cerca de las ciudades de la costa ya no se usan, con Eliezer fuera. Si voy a Abimelec, el rey de Gerar, nos dejará usar los pozos todo el tiempo que los necesitemos.
—¿Dejarnos usarlos? ¡Son nuestros por derecho! ¡Tu padre los cavó!
—Déjalo pensar que gobierna, déjalo pensar que los pozos son suyos para compartirlos con nosotros —dijo Isaac—. Tengo la promesa del Señor—la misma que le dio a mi padre, solo que ahora ha jurado cumplir el juramento conmigo. Mis hijos se multiplicarán como las estrellas del cielo, dijo, y se les darán todos estos países, y por medio de mi descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra.
Entonces Isaac lloró en sus brazos, agradecido de que el Señor por fin le hubiera hablado, como habló a Abraham, y lo hubiera aceptado como el heredero del convenio de Abraham.
—Tú creíste cuando yo no creía.
—Siempre creíste en Dios —dijo Rebeca—. Es de ti mismo de quien dudabas, y yo sabía más, porque puedo verte.
—Y yo no puedo ver nada —dijo Isaac con tristeza, pues sus ojos estaban envejeciendo y no podía ver con claridad las cosas lejanas. Peor aún, había manchas blancas en sus ojos que crecían sobre las pupilas, cortando parte de su campo de visión. Pero por ahora podía ver lo que necesitaba ver: que el Señor no lo había abandonado, sino que lo guiaría a la seguridad.
Solo Esaú se resistió al traslado.
—No puedo cazar allí en las llanuras —dijo—. Todo son campos de cultivo, huertos, domesticado.
—Puedes cazar donde siempre has cazado —dijo Isaac—. Solo tendrás que ir más lejos y esforzarte más para llegar allí.
—Podrías intentar quedarte con el campamento y ayudarnos a volver a cavar los pozos cerca de Gerar —dijo Jacob.
—No soy cavador de pozos —dijo Esaú con desprecio.
—Todos seremos cavadores de pozos —dijo Isaac— hasta que nuestros rebaños tengan el agua que necesitan.
—Por supuesto, padre. Solo estaba bromeando con Jacob. ¡Como si él necesitara enseñarme mi deber!
Fueron a los pozos cerca de Gerar y todo sucedió tal como el Señor lo había prometido. No fue exactamente un milagro—el Señor no obligó a Abimelec a ser generoso donde su padre había sido altivo cuando Isaac había cedido los pozos la primera vez. Lo que Rebeca supo por las mujeres de Gerar con quienes conversaba mientras Isaac negociaba con el rey era que la corona descansaba muy débilmente sobre la cabeza de este Abimelec actual, cuya madre había sido solo una concubina y cuyo pueblo en realidad había preferido a otro hermano que casualmente estaba fuera de Gerar cuando el viejo rey murió repentinamente. Tener el gran campamento de Isaac y cientos de siervos en las colinas que dominaban la ciudad cambió el equilibrio de poder en la ciudad, pues Abimelec hacía grandes demostraciones de su amistad con Isaac, insinuando que si alguien intentaba rebelarse contra él, podría huir al campamento de su amigo Isaac y traer un ejército de hebreos para someter a Gerar y restaurar a Abimelec en el poder.
Pero el Señor había conocido la debilidad de la posición de Abimelec, y por eso envió allí a Isaac. El milagro no fue que Abimelec explotara su presencia y que, a cambio, Isaac obtuviera agua para sus rebaños durante una sequía. El milagro fue que Isaac preguntó al Señor con fe de que sería respondido—o al menos con esperanza—y el Señor le respondió, y por primera vez en su vida Isaac fue feliz en la confianza del Señor.
Esaú, fiel a su costumbre, duró solo un día cavando pozos, y luego se fue con Nebayot, uno de los hijos de Ismael, en una expedición de caza hacia la región rocosa al sur de Gerar.
—Tenemos carne —dijo Rebeca—. Tenemos suficiente carne para alimentar a diez mil. Lo que necesitamos es agua. ¿Nos traerás agua del desierto sobre el lomo de los asnos?
—A mi padre le gusta el venado que le traigo —dijo Esaú—. Es un anciano. ¿No crees que un anciano debería tener cosas que le gustan?
—Necesita tu ayuda más de lo que necesita venado.
—Tiene siervos —dijo Esaú—. Pero no tiene ciervos en todos sus rebaños y manadas.
Entonces Esaú se rió y siguió su camino.
Jacob lo vio todo, por supuesto, y cuando Esaú se fue dijo a su madre:
—Él cree que será como cazar en las colinas cerca de Quiriat-arba.
—¿Y no lo será? —preguntó Rebeca.
—Hay arroyos y estanques en las montañas de Canaán. Pero al sur, en el Néguev, no hay arroyos.
—¿Por qué tú sabes esto y él no? —preguntó Rebeca.
—Porque yo sé todo lo que saben los pastores, y los pastores saben que no pueden llevar un rebaño al Néguev esperando traer de vuelta siquiera la mitad. Los leones saben dónde hay pequeños estanques sombreados donde pueden beber, y también lo saben los pequeños ciervos y las cabras monteses de los que se alimentan. Así que siempre hay leones para llevarse a las ovejas que no mueren de sed.
—¿Está tu hermano en peligro?
—En peligro de volver a casa exhausto y con las manos vacías.
—¿De morir? ¿Es tan grave?
—Madre, Esaú es un buen cazador. Llevará consigo el agua que necesita, y cuando vea que se le está acabando, regresará a casa. En cuanto a los leones—Esaú sin duda traerá una piel de león para presumir. Aunque no encuentre ningún ciervo, no volverá a casa sin sangre en las manos.
—¿Y tú? —preguntó Rebeca, de pronto curiosa.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Podrías matar a un león?
—He matado leones, madre. Soy pastor, y es tiempo de sequía. Los leones bajan de las montañas siguiendo a la caza, y siguen el agua.
—Pero nunca traes la piel a casa. Nunca oigo que hagas tales cosas.
—Me avergonzaría delante de los otros pastores si me sorprendieran jactándome ante mi padre y mi madre de hacer lo que todo pastor hace.
—Los otros pastores se jactan todo el tiempo.
—Ellos no son el hijo del patriarca —dijo Jacob.
Ya que estaba preguntando, bien podía enterarse de todo.
—¿Y en batalla?
—¿Contra qué enemigo?
—Los enemigos a los que a veces nos enfrentamos. Asaltantes. Soldados.
—No lo sé. Nunca he luchado contra un hombre.
—Oh.
—¿Por qué haces esas preguntas, madre? ¿Hay algo que sabes y que no me has dicho? ¿Se acerca una guerra?
—No, yo no… espero que no. Solo me preguntaba—porque has matado leones y yo no lo sabía…
—No soy rival para Esaú cuando se trata de luchar, madre. A él le encanta y ha estado practicando toda su vida. Yo lo detesto y solo he aprendido lo necesario para defenderme de asaltantes y ladrones. De todos modos, no suelen ser los mejores combatientes, así que es fácil asustarlos y hacerlos huir. Esa es toda mi experiencia en batalla—ahuyentar merodeadores mostrándoles que nosotros no huiremos al verlos.
Algo se hundió dentro del corazón de Rebeca. Porque no podía olvidar que Esaú una vez había amenazado con matar a Jacob, y aunque casi con certeza no lo decía en serio, habría sido reconfortante pensar que Jacob podía protegerse.
Aunque en verdad, nadie estaba seguro si alguien quería asesinarlo y no le importaban las consecuencias. A menos que el Señor estuviera protegiéndote, y entonces ningún enemigo podría tocarte. La protección de Jacob nunca sería la espada o la lanza en su mano, sino la fe y la bondad en su corazón.
Y en fe y bondad, él era tan hábil y ejercitado como Esaú lo era con el arco y la jabalina.
Esaú volvió a casa con las manos vacías, tal como Jacob había predicho, y él y Nebayot y los hombres que habían llevado con ellos estaban todos exhaustos y hambrientos. Jacob había procurado que siempre hubiera abundante potaje de lentejas listo para ellos, de modo que cuando regresaran pudieran comer sin esperar. Tenían tanta hambre que se lo comieron todo—aunque aparentemente a Esaú nunca se le ocurrió agradecer a Jacob por haber provisto para él. Más bien lo tomó como su derecho ser servido por su hermano menor.
Durante su tiempo en Gerar, ocurrió un verdadero desastre. Las manchas en los ojos de Isaac finalmente crecieron hasta cubrir por completo sus pupilas. Quedó completamente ciego.
Rebeca fue a buscarlo uno de los últimos días en que aún tenía visión, y lo encontró en su tienda, inclinado sobre un pergamino, llorando.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
—No puedo recordar lo que dice.
—¿Qué quieres decir?
—Siempre podía distinguir lo suficiente de la escritura para recordar las palabras y decirlas en voz alta, pero ahora ni siquiera puedo decir de qué profeta es esta historia.
Rebeca miró el pergamino. Era la primera vez que se le permitía leer uno de los escritos sagrados por sí misma—y en realidad tampoco se le había permitido esta vez. Sin embargo, no sintió ninguna emoción al respecto, porque todo estaba eclipsado por el dolor de Isaac por su ceguera.
—En la parte superior del pergamino —dijo Rebeca— dice que es el libro de Enoc, escrito por su propia mano como testimonio y condenación del pueblo que, por su amor al derramamiento de sangre, ha rechazado al Señor su Dios.
Isaac permaneció en silencio.
¿Estaría enojado porque ella había leído de la escritura?
—¿Necesitas que lea más?
Él negó con la cabeza.
Ella extendió la mano y tomó la suya, con la intención de consolarlo. En cambio, él volvió a llorar.
Entonces vio cuán viejo se había vuelto. Su cabello era blanco, su barba moteada como granito recién quebrado. Y con las manchas blancas en sus ojos, parecía haber perdido gran parte del fuego que ella siempre había visto arder en él.
Iba a morir.
No mañana ni pasado mañana, pero su cuerpo estaba envejeciendo más rápido de lo que había envejecido el de su padre. Y con su vista perdida, como casi lo estaba ya, perdería gran parte de su esperanza, gran parte de su razón para vivir.
Pensó entonces en su propio padre, y en cómo había estallado en furia cuando perdió el oído. Pero su sordera había sido causada por un accidente y por una enfermedad que vino después. Le llegó de repente, en la robustez de su edad madura—y aun así él había perdido mucho de su vigor por ello, hasta que Labán y Rebeca se lo habían devuelto con sus esfuerzos por escribirle, por ser sus oídos.
—Isaac, no tendrás que quedarte sin leer los escritos sagrados. Déjanos a mí, a Jacob y a Esaú leerlos para ti.
—Es demasiado tarde —dijo Isaac—. Siempre pensé que tendría más tiempo.
—¿Más tiempo para qué?
—Para copiar —dijo—. Mi padre no me dejó tenerlos durante su vejez—creo que cada vez temía más que pudiera perder uno o dañarlo. Y después de que los recibí, copié algunos, pero sabía que tendría mucho tiempo después de que mis hijos tomaran el trabajo del campamento.
—Entonces deja que tus hijos hagan el trabajo de copiar. Es su trabajo eventualmente.
Bueno, era el trabajo de Esaú, pero ella sabía cuál de los hijos tenía realmente la paciencia para hacerlo. Y ya que estaban en eso, ¿por qué no hacer la oferta más audaz?
—Yo puedo ayudar. Mi mano es tan clara y limpia como esta.
Si él siquiera la oyó, no dio ninguna señal.
—Nunca volveré a ver las palabras.
—Tu padre tampoco las verá. La ventaja que tú tienes es que no estás muerto, así que al menos oirás las palabras cuando te las leamos.
—Sí —dijo Isaac—. Sí, veo la sabiduría de eso.
Dejó de llorar.
—Lamento que me hayas visto tan débil. Llorando por mis ojos como un niño que perdió un juguete.
—Yo vi el dolor de mi padre cuando perdió el oído. Perder la vista es más difícil. Por supuesto que lloras.
—No era por mis ojos, Rebeca, de verdad no lo era. Doy gracias de haberlos tenido alguna vez. Lloraba porque… justo cuando el Señor me dio visión en el espíritu por primera vez, me ha quitado la visión de mis ojos. ¿Qué he hecho para ser tan indigno?
—Esto no es un castigo —dijo Rebeca—. Es… parte de la vida. Estas cosas les suceden a las personas. No eres el primer hombre ciego, o ya no tendríamos una palabra para ello, ¿verdad?
—Lo sé —dijo él—. Y sí, Rebeca, el trabajo de copiar debe hacerse. Si el Señor me ha dejado ciego, entonces mis hijos tendrán que ser mis ojos y mis manos. Y si el Señor me ha dado una esposa que puede leer y escribir, sería un ingrato si no te permitiera ser mi ayuda idónea en esto como en todas las demás cosas.
Había oído su ofrecimiento, lo había pensado, y sin Abraham allí para oponerse con firmeza, pudo ver que la antigua regla ya no era útil ahora, y cambiarla.
Extendió la mano y tocó su rostro.
—Sin embargo, hay un regalo en mi ceguera. Siempre serás tan hermosa a mis ojos como lo eres hoy.
—Eres tan tonto, Isaac. Mi belleza huyó hace años, si es que alguna vez la tuve. Soy una anciana. Aunque, por supuesto, sigo siendo apenas una niña comparada contigo.
Él se rió.
—Ah, pero te has mantenido hermosa. De hecho, te has vuelto más hermosa con cada día y cada año que ha pasado. Incluso cuando discutimos, ¿sabes?, todavía me maravillo de que el Señor me haya amado lo suficiente como para darte a mí como esposa.
—Oh, vamos. Solo que no lo sabías, pero yo fui la primera de las plagas que el Señor te envió; la ceguera es, con mucho, la menor de ellas.
Él la besó, y luego dejó que sus labios recorrieran sus mejillas, sus ojos, su frente.
—Puedo depender de ti —dijo.
—Para todo.
—Serás mis ojos. Todo lo que veas, me lo dirás.
—Lo haré.
—Siempre veré con verdad, teniéndote a ti como mis ojos.
—Tan verdaderamente como yo vea. No puedo ser más sabia para ti de lo que soy para mí misma.
—Esa visión es suficiente para mí —dijo Isaac.
—Y tienes al Señor para hablar verdad a tu corazón.
—Sí. Así es.
Así comenzaron los preciosos meses en los que Jacob y Rebeca copiaron las escrituras, leyéndolas en voz alta a Isaac mientras lo hacían. Él los interrumpía y explicaba lo que Abraham le había dicho que significaba tal o cual pasaje, y cuando lo copiaban, añadían las explicaciones de Isaac y se las leían de nuevo. A veces lo interrumpían con preguntas, y Jacob discutía con frecuencia la doctrina con su padre mientras Rebeca seguía escribiendo.
Era maravilloso ver a Jacob e Isaac compartir así los escritos sagrados. Oír cómo la voz de Jacob era la misma que la de Isaac, cómo su tono reflejaba las inflexiones de su padre. Y poco a poco Jacob comenzó a añadir sus propias ideas y reflexiones acerca de las implicaciones de las escrituras, mientras Isaac asentía con ánimo o ofrecía sugerencias en sentido contrario.
Durante todo esto, Esaú vino una o dos veces al principio, pero pronto perdió la paciencia y se marchó, y después dejó de venir por completo. Rebeca nunca se molestó en señalar la ausencia de Esaú a Isaac. ¿Para qué provocar una discusión cuando el hecho era tan evidente que incluso un ciego podría verlo? Especialmente un ciego.
Pero si Isaac lo veía, no dio señal alguna.
Mientras tanto, el pueblo de Isaac había prosperado tanto en la tierra cerca de Gerar que necesitaba más siervos para cuidar sus rebaños, campos y huertos, hasta que llegó a tener tantos siervos como antes de enviar a la mitad con Eliezer. La gente de Gerar empezó a sentir envidia, y luego miedo.
—¿Cómo sabemos que no decidirán querer poseer nuestra ciudad? —decían.
Y comenzaron disputas entre los hombres de Gerar y los hombres de Isaac por el uso de los pozos. Por supuesto Abimelec negaba tener conocimiento de lo que hacían sus ciudadanos, y por supuesto Isaac y Rebeca fingían creer sus protestas. Pero comprendían que Abimelec no se atrevía a detener a su pueblo en lo que estaban haciendo, o sería acusado de estar ya bajo el control de Isaac, y uno de sus muchos rivales reuniría apoyo contra él.
Como Abimelec era incapaz de detener las peleas, la respuesta de Isaac fue enviar a sus hombres a cavar otro pozo más lejos de la ciudad, y aun mientras lo cavaban, hombres de Gerar venían a hostigarlos, afirmando que cualquier agua que saliera de allí debía pertenecerles porque estaba en tierra a la vista de las murallas de Gerar. Isaac llamó al pozo Esek, que significa “contienda”, y lo usaron durante unos meses, hasta que pudo cavarse un nuevo pozo aún más lejos, en Sitna.
Pero incluso ese se convirtió en motivo de disputa, hasta que Isaac hizo que sus hombres cavaran otro pozo más en una tierra más pobre que estaba tan lejos de Gerar que a los hombres de la ciudad les tomaría medio día llegar hasta allí para causar problemas. Y en ese pozo, Rehobot, ya no hubo más contienda.
Pero, por supuesto, no tenía tanta agua como los pozos anteriores, y necesitaban otro más. Isaac montaba un camello que era guiado delante de los demás, siguiendo un camino sinuoso entre colinas salpicadas de afloramientos de roca y cubiertas de hierba tostada por el sol. Finalmente Isaac le dijo al muchacho que lo guiaba que se detuviera. El lugar no le pareció a Rebeca más prometedor que cualquier otro, pero Isaac dijo:
—Mañana comenzaremos a cavar aquí.
Tal era el respeto que le tenían que ninguno de los siervos dijo: Este es justamente el tipo de lugar que elegiría un ciego. Pero debían de estar pensándolo.
Aquella noche, durmiendo en la misma tienda de viaje con Isaac, Rebeca despertó al oírlo murmurar en su sueño. No parecía ser una pesadilla, así que no lo despertó, sino que permaneció allí escuchando. Las palabras surgían aisladas y no significaban nada para ella. Finalmente él se quedó quieto, y por la manera en que respiraba comprendió que ya no estaba dormido.
—¿Qué soñaste? —le preguntó.
—El Señor vino a mí —dijo Isaac.
Ella se puso más alerta y se inclinó sobre él. En la oscuridad no veía nada, pero su voz le dijo que estaba lleno de emoción. Deslizó su mano por su pecho hasta su cuello, luego hasta sus mejillas. En efecto, lágrimas habían corrido desde sus ojos por las sienes hasta su barba.
—¿Qué dijo? —preguntó Rebeca.
—Dijo que él era el Dios de mi padre, y me dijo que no tuviera miedo, porque está conmigo. Dijo que me bendeciría y multiplicaría mi descendencia por causa de Abraham, porque fue un siervo tan bueno.
Rebeca sabía que incluso en medio de esta visión, Isaac solo oiría que era la dignidad de Abraham, y no la suya propia, la que el Señor estaba honrando.
—Mañana escribiremos las palabras del Señor —dijo Rebeca—. Yo seré tu mano, y escribiremos un relato de tu visión en el libro de Isaac.
—No existe un libro de Isaac —dijo él.
—¿Acaso no escribiste acerca de cuando el Señor te dijo que fueras a Gerar en lugar de Egipto?
—No me pareció importante. No como las visiones que tuvo mi padre.
—Si el Señor considera suficientemente importante hablarte, ¿cómo puedes decir que no es lo bastante importante como para escribirlo?
—No puedo escribir nada. Por si no lo has notado, estoy ciego.
—Pero tienes mis manos, o las manos de Jacob, si crees que tiene que ser un hombre. Has tenido la visión que deseaste toda tu vida, y tienes que escribirla para que tus hijos y los hijos de ellos la conozcan.
—Si el Señor quisiera que escribiera, no me habría dejado ciego.
—Si el Señor quisiera que no escribieras, te habría llevado a casa. No lo ha hecho, así que todavía estás aquí, y mientras estés aquí, eres el único que puede escribir, o hacer que tus palabras sean escritas por otro. Tus palabras, Isaac. Eso es lo que importa, no de quién sea la mano que trace las letras en el pergamino.
Él guardó silencio por un momento.
—Escribirás fielmente las palabras que yo diga.
—Por supuesto.
—Pero no sé cómo decirlo.
—Solo cuenta lo que sucedió. Cuenta lo que dijo el Señor. No tienes que escribir con elocuencia.
—No estás dando un discurso a un ejército para exhortarlo a la batalla. Estás contando lo que el Señor hizo. Esta noche, mientras dormías, vino y te habló. Eso es todo lo que tienes que decir.
—Para ti es fácil, porque la responsabilidad no es tuya. No habrá copistas, año tras año, escribiendo las mismas palabras mal ordenadas y pensando: “Isaac… su escritura no es nada como la de su padre”.
—No pensarán una cosa tan tonta, y aun si lo hicieran, ¿dejarías que el orgullo o la vergüenza te impidieran escribir? ¿Qué te importa lo que piensen de ti, mientras sepan lo que el Señor ha dicho y hecho?
—No me importa. Quiero decir, nunca dejaría que eso me detuviera. Pero está bien que odie el hecho de que no soy bueno en esto.
—El Señor te hará tan buen orador como necesites ser, siempre que tengas la fe de hablar en su nombre.
—Tan bueno como necesite ser —dijo Isaac—. Pero nunca tan bueno como quiero ser. Me avergüenza que el Señor siempre tenga que arreglárselas conmigo. Soy un hombre común que guarda los registros entre los grandes profetas, un simple guardián temporal.
—A los guardianes temporales no los visita el Señor en la noche.
—Me visitó por causa de mi padre.
—Pero no visitó a Ismael ni a ninguno de los hijos de Cetura, y ellos tienen el mismo padre.
—Basta —dijo Isaac—. Ya me has consolado; ahora vuelve a dormir.
Lo que Rebeca no entendía era por qué un hombre que acababa de recibir una visión de Dios siquiera necesitaba consuelo. Pero para Isaac, la visión solo lo dejaba aún más consciente de su indignidad.
Tal vez por eso el Señor no venía a él con mayor frecuencia. Por misericordia, porque aquello lo hacía tan desdichado.
Fue al tercer día de trabajo en el nuevo pozo cuando Abimelec mismo salió hacia ellos con un grupo de soldados, trayendo regalos para mostrar que no deseaba otra cosa que prevaleciera la amistad entre el pueblo de Isaac y los ciudadanos de Gerar.
Rebeca quiso decir algo brutalmente honesto acerca de cuánto valía la amistad con Abimelec, pero por supuesto no dijo nada; simplemente escuchó mientras Isaac hablaba con Abimelec como si fueran buenos amigos. Isaac hizo que Jacob entregara a Abimelec regalos de doble valor, y lo despidió con firmes seguridades de lo que más le importaba al rey: que Isaac no estaba enojado y no buscaría venganza contra él ni contra su ciudad, aunque los huertos y campos que Isaac había plantado estuvieran ahora en posesión de la gente de Gerar.
—Pobre Abimelec —dijo Rebeca después que se fue—. No entiende que los campos que produjeron cien por uno para el siervo de Dios serán tierra común para los siervos de Moloc.
Para cuando Abimelec se marchó, ya era casi hora de detener el trabajo de cavar el pozo por ese día, y Jacob había ido a decírselo a los hombres cuando de pronto regresó corriendo.
—¡Agua! —gritó—. ¡Han encontrado agua!
—Imposible —dijo Isaac—. Aún no han cavado lo bastante profundo.
—Aquí está cerca de la superficie —dijo Jacob—. Habrá abundante agua.
—Entonces aquí nos quedaremos —dijo Isaac—. Llamen a este lugar el Pozo de Seba. Beerseba. Este será ahora nuestro lugar de campamento.
—¿Quién puede dudar que el Señor ama a la casa de Isaac? —dijo Rebeca.
—Nadie lo duda —respondió Isaac—. Y que nunca duden de que la casa de Isaac ama al Señor.
Entonces le pidió que lo guiara hasta donde los trabajadores estaban celebrando, para poder felicitarlos y luego ofrecer una oración de gratitud y un holocausto al Señor por haberlos bendecido una vez más.
























