El élder Gong enseña la importancia espiritual de aprender a oír, escuchar y prestar atención a la voz del Señor. Basándose en relatos de 1 Samuel y 1 Reyes, como las experiencias de Samuel, Saúl, David, Salomón y Elías, el autor muestra que el Señor habla a Sus hijos mediante el Espíritu, los profetas y las impresiones apacibles y delicadas que llegan al corazón y la mente. El mensaje destaca que escuchar verdaderamente al Señor requiere humildad, obediencia y disposición para seguir Su voluntad por encima de nuestros propios razonamientos o de las presiones del mundo. También enfatiza que nuestra identidad más importante es ser hijos de Dios, hijos del convenio y discípulos de Cristo, y que al buscar sabiduría, revelación y cercanía con Dios, podemos recibir guía, consuelo, fortaleza y paz en medio de las pruebas de la vida.
Ven, sígueme 1 Samuel; 1 Reyes
Habla, Jehová, que tu siervo escucha
Por el élder Gerrit W. Gong
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Liahona Junio 2023
A medida que procuramos escuchar y prestar atención con verdadera intención, el Señor puede susurrar por medio de Su Espíritu a nuestro corazón y mente.
La importancia de oír y escuchar se ilustra en un relato que siempre me ha gustado, que contó el presidente Marion G. Romney (1897–1988), quien prestó servicio como consejero de la Primera Presidencia durante varios años. A medida que el presidente Romney y su querida esposa, Ida, se hacían mayores, a él le preocupaba que ella estuviera perdiendo la audición y se lo mencionó a un médico.
“Me preguntó cuán severa era la sordera de ella y le dije que no sabía. Me dijo que fuera a casa y lo averiguara. El médico me indicó que fuera a una habitación distante y le hablara desde allí. Entonces debería acercarme más y más hasta que ella me escuche. Siguiendo las instrucciones del médico, le hablé desde el dormitorio mientras ella estaba en la cocina, pero no obtuve respuesta. Me acerqué un poco más y volví a hablar, pero no hubo respuesta. Así que fui hasta la puerta de la cocina y le dije: ‘Ida, ¿me oyes?’. Ella respondió: ‘¿Qué pasa, Marion? Ya te he contestado tres veces’”.
Tal como le dijo un especialista a un paciente que acudió para que le revisara la audición: “Su audición está bien, pero es posible que tenga un problema para escuchar”. En el sentido del Evangelio, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de escuchar a medida que aprendemos a oír y escuchar, a dar oído y prestar atención, y a obedecer al Señor con buena disposición.
En 1 Samuel y 1 Reyes aprendemos acerca de oír, escuchar y prestar atención a la palabra, la voz y la voluntad del Señor. Por Su parte, el Señor nos oye y nos escucha atentamente, ya sea que nuestras oraciones sean “pronunciadas o no expresadas”. Y en Su infinita sabiduría y compasión, Él responde en todas las necesidades, esperanzas y circunstancias de nuestra vida, en Su tiempo y a Su manera.
En Su infinita sabiduría y compasión, Él responde en todas las necesidades, esperanzas y circunstancias de nuestra vida, en Su tiempo y a Su manera.
En estos amados capítulos del Antiguo Testamento, vea cómo podemos escuchar y dar oído a la palabra del Señor.
Escuchar y prestar atención
De niño, Samuel, que llegó a ser un gran profeta, aprendió a escuchar al Señor. Cuando oye una voz que lo llama, Samuel piensa que es Elí, el sumo sacerdote del templo. Samuel responde tres veces: “Heme aquí” (1 Samuel 3:5, 6, 8).
Cuando Elí entiende que es el Señor quien llama al niño, él le dice a Samuel: “Ve y acuéstate; y si te llama, dirás: Habla, Jehová, que tu siervo escucha”. Con la fe y la obediencia de un niño, “fue Samuel y se acostó en su lugar.
“Y vino Jehová, y se puso delante de él y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3:9–10). (Fíjate en la expresión se puso delante de él. Aparentemente, Samuel no estaba escuchando una voz distante e incorpórea).
“Y Samuel crecía, y Jehová estaba con él y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras” (1 Samuel 3:19).
A lo largo de su vida, Samuel escucha al Señor y por eso enseña: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros” (1 Samuel 12:24). Aquí, la frase “temed a Jehová” parece incluir el significado de prestar atención y rendir reverencia a Jehová.
A medida que avanza nuestra lectura, aprendemos una lección importante del rey Saúl. Habiéndoselo mandado el Señor, Samuel le dice a Saúl y a sus seguidores que no tomen como botín “vacas [ni] ovejas, camellos [o] asnos” del enemigo (1 Samuel 15:3). Sin embargo, Saúl y sus seguidores se justifican con sus propios razonamientos y se quedan con lo mejor del ganado enemigo. Ellos dicen que sacrificarán las ovejas y las vacas al Señor.
Samuel entonces pregunta: “¿Acaso se complace Jehová tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en la obediencia a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22).
El Señor no nos pide que escojamos entre la obediencia y el sacrificio. Más bien, Él quiere que reconozcamos que obedecer y dar oído a Su voluntad es mejor que hacer ofrendas rituales. Escuchar y obedecer al Señor le permite a Él bendecirnos. Esto es siempre mejor que seguir nuestros propios ritos o sacrificios, o temer al pueblo y escuchar su voz, tal como Saúl protestó que estaba haciendo (véase 1 Samuel 15:24).
Mirar el corazón
Escuchar y prestar atención a Jehová viene como parte de otra lección de cuando Samuel debía identificar y ungir a un nuevo rey para Israel. Mientras los hijos de Isaí se presentan, uno por uno, el Señor enseña a Samuel: “No mires a su parecer ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).
Esto no quiere decir que podamos descuidar el aseo personal o la higiene. Pero, especialmente en nuestro mundo de “perfección instantánea”, podemos centrarnos menos en los nombres, las imágenes y apariencias externas retocadas. El Señor desea que escuchemos y prestemos atención a la verdad liberadora de que nuestra identidad más auténtica y perdurable es la de hijos de Dios, hijos del convenio y discípulos de Cristo. Esta verdad no solo se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos, sino también a la manera en que el Señor nos invita a vernos y tratarnos los unos a los otros.
Nuestra identidad más auténtica y perdurable es la de hijos de Dios, hijos del convenio y discípulos de Cristo. Esta verdad no solo se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos, sino también a la manera en que el Señor nos invita a vernos y tratarnos los unos a los otros.
Poco después de que el joven David fuera llamado y ungido, un guerrero filisteo, llamado Goliat, desafió a los ejércitos de Israel. Goliat era un hombre gigante que pudo haber medido cerca de tres metros de altura. Ustedes conocen la historia. Espero que ustedes hablen con sus hijos y nietos acerca de la fe, que es la base de la historia de David y Goliat.
David le dijo a Goliat: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos” (1 Samuel 17:45).
David fue valiente no solo en el campo de batalla, sino también en la forma en que oyó y prestó atención a la palabra del Señor en su vida diaria. En calidad de jefe de los ejércitos del rey Saúl, “David se conducía prudentemente en todos sus asuntos, y Jehová estaba con él” (1 Samuel 18:14).
Buscar sabiduría y entendimiento
En el libro de 1 Reyes seguimos aprendiendo a escuchar y prestar atención al Señor. A Salomón se le da la oportunidad de pedir lo que quiera de Jehová. De todas las cosas que podría escoger, Salomón pide sabiduría.
“Y Dios dio a Salomón sabiduría y entendimiento muy grandes, y grandeza de corazón como la arena que está a la orilla del mar” (1 Reyes 4:29).
Cuando nos centramos en lo que más importa, podemos ser instrumentos en las manos del Señor. El Señor también puede bendecirnos (y, por medio de nosotros, a los demás) de muchas maneras adicionales (véase 1 Reyes 3:12–13).
Al buscar sabiduría y entendimiento, el Señor preparó a Salomón para construir un templo. El Señor dijo:
“Con respecto a esta casa que tú edificas, si andas en mis estatutos, y cumples mis decretos y guardas todos mis mandamientos andando en ellos, yo cumpliré contigo mi palabra que hablé a David, tu padre;
“y habitaré en medio de los hijos de Israel y no abandonaré a mi pueblo Israel” (1 Reyes 6:12–13).
Para nosotros, la Casa del Señor se centra, en última instancia, en que aprendamos a oír y prestar atención, en esencia, a decir: “Habla, Señor; que tu siervo escucha”.
Seguridad, consuelo, guía, instrucción
En 1 Reyes, también leemos que llega otro gran profeta a Israel: Elías el Profeta. En un tiempo de hambruna y sequía de rocío y lluvia (véase 1 Reyes 17:1) y de oír la palabra de Jehová en la tierra, Elías el Profeta es preservado y una viuda de Sarepta es bendecida cuando ambos escuchan al Señor.
En medio de las hambrunas y las sequías de la vida, la palabra del Señor nos promete esperanza y liberación. En la época de Elías el Profeta, la promesa era que habría un “ruido de una gran lluvia” (1 Reyes 18:41). Este sería un buen título para las bendiciones que vienen en el tiempo y a la manera del Señor cuando decimos: “Habla, Jehová; que tu siervo escucha”.
Concluyo con otra lección de Elías el Profeta. En un momento oscuro, Elías el Profeta se lamenta ante el Señor:
“Los hijos de Israel han abandonado tu convenio, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas; y solamente yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida.
“Y [el Señor] le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí que Jehová pasaba, y un grande y poderoso viento rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová, pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento, un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto.
“Y tras el terremoto, un fuego, pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego, una voz apacible y delicada” (1 Reyes 19:10–12).
Es allí donde a menudo dejamos de leer, en la “voz apacible y delicada”, pero aunque la voz era apacible y delicada, el Señor continuó dando a Elías el Profeta la seguridad, el consuelo, la guía y la instrucción que buscaba y necesitaba (véase 1 Reyes 19:13–16).
Esta es la promesa del Señor: A medida que procuremos escuchar y prestar atención con verdadera intención, Él puede susurrar por medio de Su Espíritu a nuestro corazón y mente. Él puede hablar por medio de Su voz y la voz de Sus profetas. Él puede inspirar con nueva inspiración los sueños de la noche y la primera luz del día.
Somos Sus hijos. Con infinita y eterna sabiduría y compasión, Dios nuestro Padre Eterno y Su Hijo Amado, Jesucristo, nos aman y nos oyen, nos escuchan y nos responden, siempre. Especialmente cuando con fe, humildad y verdadera intención, decimos: “Habla, Señor; que tu siervo escucha”.

























