12 – 18 enero:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”
Génesis 1–2; Moisés 2–3; Abraham 4–5
El relato de la Creación, tal como se presenta en Génesis y se amplía mediante las revelaciones modernas del libro de Moisés y el libro de Abraham, establece una de las doctrinas fundamentales del evangelio restaurado: Dios es un Padre viviente que crea con propósito, orden y amor. Estos relatos no buscan ofrecer una explicación científica detallada del origen del mundo, sino revelar quién es Dios, quiénes somos nosotros y hacia dónde nos dirige Su plan eterno.
Desde el inicio, las Escrituras describen una tierra “desordenada y vacía”, sumida en tinieblas (Génesis 1:2; Abraham 4:2). Sin embargo, ese estado inicial no representa caos sin sentido, sino materia no organizada que espera la palabra y el poder divinos. La Creación avanza paso a paso, mostrando que Dios obra mediante procesos deliberados, trayendo luz donde hay oscuridad, orden donde hay vacío y vida donde antes no la había. Doctrinalmente, esto enseña que el Señor no solo crea mundos, sino que también redime, organiza y perfecciona.
La participación conjunta del Padre Celestial y de Jesucristo en la Creación revela una verdad central del plan de salvación: el Hijo actúa bajo la dirección del Padre en todas las cosas. Cristo es el Creador por medio de quien el Padre lleva a cabo Sus propósitos eternos (véase Moisés 2; Abraham 4). Por tanto, la Creación está inseparablemente vinculada con la Expiación, la Resurrección y la exaltación del género humano.
Uno de los principios doctrinales más elevados de estos capítulos es la declaración de que el hombre y la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26–27). Esta verdad afirma que los seres humanos no son un accidente ni una creación terminada, sino hijos e hijas de Dios con potencial divino. Ser creados a Su imagen significa que fuimos diseñados con la capacidad de crecer, progresar y, mediante Jesucristo, llegar a ser como Él: glorificados, exaltados y celestiales.
Así, el relato de la Creación no solo explica el origen del mundo, sino que ofrece esperanza personal. Enseña que, así como Dios transformó lo que estaba vacío y sin forma en algo bello y lleno de vida, Él puede hacer lo mismo con nosotros. En medio del desorden, la oscuridad o el vacío espiritual, el poder creador de Dios continúa obrando. Su obra con la humanidad aún no ha terminado, y Su propósito sigue siendo el mismo desde el principio: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos.
Génesis 1:1–25; Moisés 2:1–25; Abraham 4:1–25
“He creado estas cosas por medio de mi Unigénito”.
Los relatos de la Creación en Génesis 1, Moisés 2 y Abraham 4 nos invitan a contemplar no solo el origen del mundo, sino también el carácter y los propósitos de Dios. Aunque las Escrituras no explican todos los detalles del cómo de la Creación, sí revelan con claridad el por qué y el para quién. En estos pasajes, el Señor declara que todas las cosas fueron creadas por medio de Su Unigénito, Jesucristo, estableciendo desde el principio el papel central del Salvador en el plan divino.
Al comparar estos relatos, descubrimos verdades complementarias que amplían nuestra comprensión: la organización ordenada del mundo, la intención divina detrás de cada acto creativo y la relación personal que Dios desea que tengamos con Él y con Sus creaciones. Estos capítulos no solo describen la formación de la tierra y de la vida, sino que también enseñan doctrinas fundamentales acerca del Padre Celestial, de Jesucristo como Creador bajo Su dirección, del valor del mundo creado y de nuestro propio lugar y propósito en él.
Estudiar la Creación con espíritu reflexivo —ya sea al aire libre, al escuchar un himno o al observar la naturaleza— puede profundizar nuestra reverencia por Dios y fortalecer nuestro testimonio. Tal como enseñan las Escrituras, llegará el día en que el Señor revelará “cosas que ojo no ha visto” (véase Doctrina y Convenios 101:32–34). Hasta entonces, lo que Él ya ha revelado es suficiente para guiarnos a reconocer Su poder, Su amor y Su designio eterno para Sus hijos.
Enseñanzas principales
Los relatos de Génesis 1:1–25, Moisés 2:1–25 y Abraham 4:1–25 testifican unánimemente que el mundo fue creado por el poder del Padre, por medio de Jesucristo, con orden, propósito y bondad. Dios desea que sepamos estas cosas para que confiemos en Él, reconozcamos a Cristo como nuestro Creador y Salvador, y veamos el mundo —y nuestra propia vida— como parte de un plan eterno.
Al contemplar la creación, ya sea en la naturaleza, en un himno o en imágenes que despiertan reverencia, nuestro corazón es dirigido al Creador. Compartir estas impresiones y nuestro testimonio ayuda a otros a reconocer que la Creación no solo declara que Dios vive, sino que Él nos conoce y nos ama.
1: La Creación es una obra divina, ordenada y deliberada
Génesis 1:1–25; Moisés 2:1–25; Abraham 4:1–25
En los tres relatos, la Creación no ocurre por accidente ni por caos, sino mediante mandatos divinos precisos. Dios separa, organiza, establece límites y asigna funciones: luz y tinieblas, aguas y tierra seca, cielos, mares, plantas y animales. Cada acto creativo sigue un patrón de orden, progresión y propósito.
Esto enseña que el universo responde a una voluntad consciente, no al azar. La vida, la naturaleza y el tiempo existen porque Dios los llamó a existir y les dio estructura.
Dios es un Dios de orden y propósito, y la creación del mundo testifica que Su obra es intencional y confiable. Lo que Él organiza, lo hace con sabiduría y dirección.
2: El Padre creó todas las cosas por medio de Jesucristo
Moisés 2:1; Abraham 4:1
Moisés y Abraham revelan claramente lo que Génesis insinúa: la Creación fue realizada por medio del Hijo Unigénito, bajo la dirección del Padre. Jesucristo no es solo el Salvador del mundo, sino también su Creador.
Esto amplía nuestra comprensión de Cristo: Aquel que redime es el mismo que dio forma a la luz, a la tierra, a los mares y a toda forma de vida. La Expiación y la Creación están unidas en una misma misión divina.
Jesucristo es central en el plan del Padre desde el principio. Confiar en Cristo es confiar en Aquel que tiene poder sobre toda la creación.
3: La Creación refleja la bondad y el gozo de Dios
“Y vio Dios que era bueno” (repetido en los tres relatos)
Después de cada etapa creativa, Dios declara que Su obra es “buena”. Esto revela que la creación no es solo funcional, sino también agradable, bella y deseable. El mundo fue creado para sostener la vida, pero también para ser disfrutado, contemplado y valorado.
La repetición de esta frase enseña que Dios se complace en Su obra y desea que Sus hijos reconozcan Su bondad a través de ella.
El mundo es una expresión del amor y la generosidad de Dios. Reconocer la bondad de la creación nos invita a vivir con gratitud y reverencia.
4: La Creación prepara un mundo para la vida y para el plan de salvación
Génesis 1:11–25; Moisés 2:11–25; Abraham 4:11–25
Antes de la creación del ser humano, Dios prepara cuidadosamente un entorno: luz, agua, tierra fértil, plantas, animales y ciclos naturales. Nada es improvisado. Todo es dispuesto para que la vida pueda existir, crecer y multiplicarse.
Esto enseña que el plan de Dios para Sus hijos fue considerado desde el principio. La Creación es el escenario físico donde se desarrollará el plan eterno de salvación.
Tu vida no es un accidente. El mundo fue preparado con anticipación para que tú pudieras existir y progresar conforme al plan de Dios.
5: La Creación enseña verdades espirituales sobre Dios y sobre nosotros
Al comparar los relatos, aprendemos no solo cómo creó Dios, sino quién es Él:
• Un Padre que gobierna con autoridad y amor
• Un Dios que trabaja mediante Su Hijo
• Un Ser que comunica, manda y evalúa Su obra
También aprendemos sobre nosotros mismos: somos parte de una creación divina y, por tanto, tenemos valor, propósito y responsabilidad dentro de ella.
Estudiar la Creación fortalece nuestra identidad espiritual: somos hijos de un Creador consciente, amoroso y poderoso.
Conclusión: El estudio comparado de Génesis 1:1–25, Moisés 2:1–25 y Abraham 4:1–25 revela una doctrina profundamente coherente y cristocéntrica de la Creación. Estos relatos, lejos de limitarse a describir el origen material del mundo, presentan la Creación como una obra divina deliberada, ordenada y teleológica, inseparable del plan eterno de salvación. En ellos, el énfasis no recae en los mecanismos del cómo, sino en el propósito del por qué y del para quién.
Una contribución doctrinal distintiva de Moisés y Abraham es la afirmación explícita de que todas las cosas fueron creadas por medio del Hijo Unigénito, bajo la dirección del Padre. Esta revelación sitúa a Jesucristo en el centro del acto creador y une inseparablemente la Creación con la Redención. El mismo Ser que organiza la luz, la tierra y la vida es quien más adelante ofrecerá Su vida para redimir a esa creación. Así, la Creación no es un preludio aislado, sino la primera manifestación del amor y del poder salvador de Cristo.
Los tres relatos también coinciden en presentar a Dios como un Ser de orden, intención y bondad. La progresión cuidadosa de los actos creativos y la reiterada declaración divina de que “era bueno” enseñan que el mundo fue creado no solo para existir, sino para sostener la vida, producir gozo y servir como escenario del desarrollo espiritual de los hijos de Dios. La preparación minuciosa del entorno antes de la aparición del ser humano confirma que la vida humana fue prevista y valorada desde el principio.
En conjunto, estos capítulos enseñan que la Creación comunica verdades esenciales sobre la naturaleza de Dios —Su autoridad, Su amor, Su relación con el Hijo— y sobre la identidad humana. Los seres humanos no son producto del azar, sino participantes conscientes dentro de un diseño divino mayor. Contemplar la Creación, por tanto, no solo despierta reverencia por el poder de Dios, sino que fortalece la comprensión del propósito eterno de la vida.
En síntesis, Génesis 1, Moisés 2 y Abraham 4 testifican que el mundo fue creado por el Padre, por medio de Jesucristo, con propósito, bondad y previsión. Esta doctrina invita a confiar en Dios, a reconocer a Cristo como Creador y Salvador, y a ver tanto la naturaleza como la propia vida humana como expresiones de un plan eterno guiado por amor divino.
Génesis 1:26–27; Moisés 2:26–27; Abraham 4:26–27
Soy creado a la imagen de Dios.
Génesis 1:26–27, Moisés 2:26–27 y Abraham 4:26–27 revelan una de las verdades más poderosas del Evangelio restaurado: somos creados a la imagen de Dios, varón y mujer, como parte de Su plan eterno. Esta doctrina define nuestra identidad, santifica nuestro cuerpo, eleva nuestra autoestima espiritual y transforma la manera en que vemos a los demás y a Dios.
Cuando el mundo envía mensajes que distorsionan el valor humano, estas Escrituras nos devuelven a la verdad eterna: no somos un error ni un accidente; somos la más grande creación de Dios.
1. “Hagamos al hombre a nuestra imagen”: una verdad revelada sobre nuestra identidad eterna
Los tres relatos coinciden en una declaración fundamental: el ser humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios, “varón y hembra”. Esta afirmación no es poética ni simbólica; es una revelación doctrinal que define quiénes somos y de dónde venimos. Moisés y Abraham aclaran además que la Creación fue una obra deliberada del Padre por medio de Su Hijo, lo que refuerza que el ser humano ocupa un lugar central en el plan divino.
Ser creados a la imagen de Dios implica que compartimos atributos divinos: capacidad de pensar, sentir, amar, elegir, crear y progresar. No somos una forma de vida accidental ni inferior; somos hijos espirituales de un Padre Celestial glorificado.
Nuestra identidad no comienza con la cultura, la biología ni la opinión ajena, sino con Dios mismo.
2. “Varón y hembra los creó”: igualdad, complementariedad y valor eterno
Estos versículos declaran explícitamente que hombres y mujeres fueron creados a la imagen de Dios. Esto enseña igualdad espiritual y valor eterno, sin negar las diferencias divinamente establecidas. La imagen de Dios no se refleja plenamente en un solo sexo; ambos, juntos, manifiestan aspectos del diseño divino.
Esta verdad doctrinal corrige tanto las visiones que degradan a uno de los sexos como aquellas que niegan la diferencia intencional entre ellos. La semejanza con Dios no depende del rol social, la capacidad física ni la etapa de la vida, sino de la filiación divina.
Tu valor no es comparativo ni circunstancial; es inherente y eterno.
3. La imagen de Dios incluye el cuerpo físico
Estos pasajes afirman implícitamente que el cuerpo forma parte de la imagen divina. Dios no creó solo un espíritu abstracto, sino un ser integral. En la doctrina restaurada, Dios tiene un cuerpo glorificado, y el nuestro fue creado conforme a ese modelo, aunque aún en estado mortal.
Esto otorga significado sagrado al cuerpo humano. No es un estorbo espiritual ni algo que deba despreciarse, sino un don divino indispensable para el progreso eterno. Comprender esto cambia la manera en que tratamos nuestro cuerpo y el de los demás.
El cuerpo no disminuye nuestra espiritualidad; la completa.
4. Conocer esta verdad transforma la manera en que me veo a mí mismo
Saber que fui creado a la imagen de Dios tiene poder sanador. Frente a sentimientos de insuficiencia, vergüenza, rechazo o autodesprecio, esta doctrina actúa como un ancla espiritual. Si Dios es mi origen, entonces mi vida tiene propósito, incluso cuando no cumplo expectativas humanas.
Esta verdad no elimina los desafíos emocionales o físicos, pero redefine su significado: mis limitaciones no cancelan mi identidad divina. Dios no se equivoca al crear a Sus hijos.
Mi valor no depende de mi apariencia, desempeño o aceptación social, sino de mi origen divino.
5. Esta doctrina transforma cómo veo a los demás y a Dios
Si todos somos creados a la imagen de Dios, entonces cada persona merece respeto, dignidad y compasión. Esta verdad es incompatible con el desprecio, la violencia, el abuso o la deshumanización. Ver a los demás como hijos de Dios cambia la forma en que juzgamos, servimos y perdonamos.
Al mismo tiempo, esta enseñanza nos acerca a Dios. Ya no es un ser distante o abstracto, sino un Padre con quien compartimos semejanza y potencial. La adoración se vuelve más personal y la obediencia más significativa.
Reconocer la imagen de Dios en otros refina mi carácter y mi discipulado.
Enseñanzas principales
Génesis 1:26–27, Moisés 2:26–27 y Abraham 4:26–27 enseñan una de las verdades más elevadas del Evangelio: somos creados a la imagen de Dios, varón y mujer, con valor eterno y propósito divino. Esta doctrina define nuestra identidad, santifica nuestro cuerpo, fortalece nuestra autoestima espiritual y transforma la manera en que vemos a los demás y al Padre Celestial.
En un mundo que con frecuencia distorsiona el valor humano, estas Escrituras nos devuelven a la verdad eterna: no somos un accidente ni un error; somos hijos e hijas de Dios, creados conforme a Su imagen y destinados a llegar a ser como Él.
1: El ser humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios
Génesis 1:26–27; Moisés 2:26–27; Abraham 4:26–27
En los tres relatos, Dios declara de manera explícita y deliberada que el ser humano fue creado a Su “imagen” y “semejanza”. Esto no se presenta como una metáfora poética, sino como una verdad revelada sobre nuestra identidad. En la Restauración, esta enseñanza adquiere un significado profundo: Dios es un Ser real, personal, y Sus hijos fueron creados conforme a Su modelo divino.
Ser creados a Su imagen implica que poseemos atributos divinos en desarrollo: capacidad de razonar, amar, elegir, crear, comunicarnos y progresar eternamente. Nuestra identidad comienza con Dios, no con el mundo.
Mi origen es divino. Saber que fui creado a la imagen de Dios me ayuda a comprender quién soy realmente y cuál es mi valor eterno.
2: “Varón y hembra los creó”: igualdad y valor eterno ante Dios
Génesis 1:27; Moisés 2:27; Abraham 4:27
Los tres pasajes afirman que tanto el hombre como la mujer fueron creados a la imagen de Dios. Esto enseña que ambos poseen igual valor espiritual, dignidad eterna y potencial divino, aun cuando existan diferencias físicas y funciones complementarias.
La imagen de Dios no pertenece a un solo sexo; ambos reflejan aspectos del carácter divino. Esta verdad corrige ideas culturales que degradan, comparan o jerarquizan el valor humano.
Mi valor ante Dios no depende de comparaciones, roles sociales ni expectativas externas; es inherente, eterno y dado por mi filiación divina.
3: El cuerpo humano es parte de la imagen divina
El hecho de que Dios cree al ser humano “a Su imagen” enseña que el cuerpo es una parte esencial del plan divino. En la doctrina restaurada, Dios posee un cuerpo glorificado, y el cuerpo mortal es un don sagrado que nos permite progresar, aprender y llegar a ser como Él.
Esto da fundamento doctrinal a la enseñanza de que el cuerpo es sagrado, no algo que deba despreciarse, explotarse o tratarse sin respeto. Nuestro cuerpo es una expresión de la creación divina.
Cuidar mi cuerpo es una forma de honrar a Dios, porque mi cuerpo es parte de Su diseño y de mi identidad eterna.
4: Esta verdad transforma la manera en que me veo a mí mismo
Conocer que fui creado a la imagen de Dios influye directamente en mi autoestima espiritual. Frente a sentimientos de insuficiencia, vergüenza, rechazo o autocrítica, esta doctrina actúa como un ancla firme: mi valor no se pierde por errores, debilidades o la opinión de otros.
Dios no crea errores. Mis luchas no anulan mi identidad divina.
Cuando me siento negativo conmigo mismo, recordar mi origen divino me ayuda a tratarme con más paciencia, esperanza y misericordia.
5: Esta verdad transforma cómo veo a los demás y a Dios
Si todos somos creados a la imagen de Dios, entonces cada persona merece respeto, dignidad y compasión. Esta doctrina fundamenta el amor al prójimo y rechaza toda forma de deshumanización, abuso o desprecio.
Al mismo tiempo, me acerca a Dios: ya no es un Ser distante, sino un Padre con quien comparto semejanza y potencial eterno.
Ver a los demás como portadores de la imagen de Dios refina mi discipulado y profundiza mi relación con el Padre Celestial.
Conclusión: El examen conjunto de Génesis 1:26–27, Moisés 2:26–27 y Abraham 4:26–27 establece con claridad una de las doctrinas más elevadas y definitorias del Evangelio restaurado: el ser humano fue creado deliberadamente a la imagen y semejanza de Dios, varón y mujer, como parte integral de Su plan eterno. Esta afirmación no cumple una función meramente descriptiva del origen humano, sino que actúa como un fundamento teológico de identidad, dignidad y propósito.
La convergencia de los tres relatos subraya que la creación del ser humano no fue accidental ni secundaria dentro de la obra divina, sino un acto consciente que refleja la naturaleza personal y relacional de Dios. Ser creados a Su imagen implica una continuidad ontológica entre el Creador y Sus hijos: capacidades morales, intelectuales, emocionales y espirituales que hacen posible el albedrío, el amor, la creatividad y el progreso eterno. La Restauración amplía esta comprensión al afirmar que dicha imagen incluye tanto el espíritu como el cuerpo, otorgando al cuerpo humano un valor sagrado dentro del plan de salvación.
Asimismo, la afirmación “varón y hembra los creó” introduce una doctrina de igualdad espiritual y valor eterno, a la vez que reconoce una complementariedad intencional. Ningún sexo posee mayor cercanía a la imagen divina; ambos participan plenamente de ella. Esta enseñanza corrige interpretaciones culturales que han distorsionado el valor humano y ofrece una base doctrinal sólida para el respeto mutuo, la dignidad personal y las relaciones justas.
En un plano existencial, esta doctrina transforma la autocomprensión del individuo. Saber que el origen último de la identidad humana se encuentra en Dios redefine la autoestima espiritual, relativiza los juicios sociales y ofrece una perspectiva redentora frente a la debilidad, el error y la imperfección. El valor humano no depende del rendimiento, la apariencia o la aceptación externa, sino de la filiación divina.
Finalmente, reconocer la imagen de Dios en cada persona reconfigura la ética del discipulado. Esta verdad exige una conducta marcada por el respeto, la compasión y la responsabilidad moral hacia los demás, y profundiza la relación con Dios al comprenderlo no como un Ser distante, sino como un Padre con quien compartimos semejanza y potencial eterno. En síntesis, estos pasajes enseñan que ser creados a la imagen de Dios no es solo una verdad sobre nuestro origen, sino una guía permanente para comprender quiénes somos, cómo debemos vivir y en quiénes estamos llamados a llegar a ser.
Génesis 1:27–28; 2:18–25; Moisés 3:18, 21–24; Abraham 5:14–18
El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios.
Génesis 1:27–28; 2:18–25; Moisés 3:18, 21–24; y Abraham 5:14–18 enseñan con claridad que el matrimonio entre el hombre y la mujer es una institución ordenada por Dios, establecida desde la Creación como parte esencial de Su plan eterno. Es una relación de unidad, complementariedad, igualdad y propósito eterno, vinculada a la familia, a los convenios y a la exaltación.
Tratar el matrimonio con la santidad que Dios le ha dado es reconocer que no es solo una relación humana, sino una obra divina, diseñada para bendecir a Sus hijos en esta vida y en la eternidad.
1. El matrimonio tiene su origen en Dios, no en la cultura
Los relatos de Génesis, Moisés y Abraham enseñan que el matrimonio no surge como una invención social posterior, sino como una institución establecida por Dios desde el principio de la Creación. Antes de que existieran sociedades, gobiernos o leyes humanas, Dios declaró que “no es bueno que el hombre esté solo” y actuó para unir al hombre y a la mujer.
Esto revela que el matrimonio responde a una necesidad divina y eterna, no solo a una conveniencia temporal. Dios mismo es quien define su naturaleza, su propósito y su santidad.
El matrimonio es parte del plan eterno de Dios, no una construcción humana modificable según las épocas.
2. El hombre y la mujer fueron creados para complementarse y unirse
En Génesis 2 y Moisés 3, la creación de Eva no es un acto secundario, sino una respuesta deliberada a una necesidad esencial. Eva es descrita como una “ayuda idónea”, expresión que no implica inferioridad, sino correspondencia, equilibrio y fortaleza conjunta.
La frase “serán una sola carne” indica una unión profunda que abarca lo físico, lo emocional, lo espiritual y lo eterno. El matrimonio no es solo convivencia, sino una unidad divina creada por convenio.
El matrimonio une a dos personas diferentes pero complementarias para formar una unidad más completa ante Dios.
3. El matrimonio está ligado al mandamiento de multiplicarse y gobernar la creación
Génesis 1:27–28 vincula directamente el matrimonio con el mandamiento de “fructificad y multiplicaos”. Esto muestra que la familia no es un efecto colateral del matrimonio, sino uno de sus propósitos divinos centrales.
Dios confía al hombre y a la mujer, unidos en matrimonio, la responsabilidad de traer hijos al mundo y criarlos dentro de un marco de amor, orden y convenios. La procreación y la crianza se presentan como actos sagrados asociados al plan de salvación.
El matrimonio es el marco divino para la vida familiar y la continuidad del plan de Dios sobre la tierra.
4. El matrimonio es una relación de igualdad y dependencia mutua
La enseñanza del apóstol Pablo de que “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor” (1 Corintios 11:11) armoniza plenamente con los relatos de la Creación. Ninguno es completo espiritualmente sin el otro dentro del diseño eterno de Dios.
Esta doctrina rechaza tanto la dominación como la autosuficiencia individualista. El matrimonio requiere cooperación, respeto mutuo, sacrificio y amor semejante al de Cristo.
En el matrimonio ordenado por Dios, hombre y mujer caminan juntos como iguales ante Él.
5. El matrimonio fue establecido con una dimensión eterna
La Restauración aclara lo que Génesis anticipa: Adán y Eva fueron unidos no solo por esta vida, sino por la eternidad, mediante el poder del sacerdocio. El matrimonio no es simplemente un contrato civil, sino un convenio eterno cuando se celebra conforme al orden de Dios.
Esto eleva el matrimonio por encima de una relación temporal y lo convierte en un medio de exaltación y progreso eterno.
El matrimonio sellado por Dios tiene consecuencias eternas y forma parte del camino hacia la exaltación.
6. Tratar el matrimonio con la santidad que Dios le ha dado
Si el matrimonio es ordenado por Dios, complementario, creativo y eterno, entonces debe tratarse con reverencia. Esto implica:
• Honrar los convenios matrimoniales
• Practicar la fidelidad y el sacrificio
• Rechazar actitudes que trivialicen o distorsionen el matrimonio
• Prepararse espiritualmente para él
• Defender su santidad con amor y verdad
Ver el matrimonio como Dios lo ve transforma la manera en que se habla de él, se vive y se protege.
La santidad del matrimonio se refleja en cómo lo valoramos, lo defendemos y lo vivimos cada día.
Génesis 1:27–28; 2:18–25; Moisés 3:18, 21–24; y Abraham 5:14–18 enseñan con claridad que el matrimonio entre el hombre y la mujer es una institución ordenada por Dios desde la Creación, diseñada para la unidad, la complementariedad, la familia y la eternidad. No es solo una relación humana, sino un convenio sagrado que forma parte esencial del plan de salvación.
Tratar el matrimonio con la santidad que Dios le ha dado es reconocer su origen divino, vivir sus principios con fidelidad y defender su propósito eterno con amor, verdad y respeto.
1: El matrimonio tiene su origen en Dios
Génesis 2:18; Moisés 3:18
Antes de que existiera cualquier organización humana, Dios declaró que “no es bueno que el hombre esté solo”. Esta afirmación revela que el matrimonio no surge por necesidad social o cultural, sino por diseño divino. Dios mismo inicia y define la unión entre el hombre y la mujer como parte de Su plan desde la Creación.
El matrimonio, por tanto, no es una invención humana que pueda redefinirse sin consecuencias espirituales, sino una institución establecida por Dios con un propósito eterno.
El matrimonio es sagrado porque su origen es divino; honrarlo es honrar el plan de Dios.
2: El hombre y la mujer fueron creados para unirse y complementarse
Génesis 2:18–25; Moisés 3:18, 21–24
La creación de Eva como “ayuda idónea” para Adán enseña que el hombre y la mujer fueron creados para complementarse, no para competir ni dominarse. La unión descrita como “una sola carne” implica una relación profunda que abarca lo físico, emocional, espiritual y relacional.
Esta unidad no elimina la individualidad, sino que la eleva al formar una sociedad conyugal basada en cooperación, amor y propósito compartido.
El matrimonio une a dos personas distintas en una unidad divinamente diseñada para fortalecerse mutuamente.
3: El matrimonio está vinculado al mandamiento de multiplicarse y formar familia
Génesis 1:27–28; Abraham 5:14–18
Dios bendice al hombre y a la mujer y les manda “fructificad y multiplicaos”. Este mandamiento conecta directamente el matrimonio con la familia y con la continuación del plan de salvación. Los hijos no son un resultado accidental del matrimonio, sino parte central del propósito divino de esta unión.
El hogar fundado en el matrimonio es el ambiente que Dios ha designado para la crianza, enseñanza y desarrollo espiritual de Sus hijos.
El matrimonio es el marco divino para la vida familiar y la continuación del plan eterno de Dios.
4: El matrimonio establece una relación de igualdad y dependencia mutua ante Dios
1 Corintios 11:11
Las Escrituras enseñan que “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor”. Esta verdad armoniza con los relatos de la Creación y afirma que el matrimonio ordenado por Dios se basa en igual valor espiritual, respeto mutuo y dependencia recíproca.
Dios no establece el matrimonio como una relación de superioridad e inferioridad, sino como una asociación sagrada en la que ambos cónyuges caminan juntos ante Él.
En el matrimonio ordenado por Dios, hombre y mujer son iguales en valor y unidos en propósito.
5: El matrimonio tiene una dimensión eterna
Abraham 5:14–18
La Restauración enseña que Adán y Eva fueron unidos en matrimonio por esta vida y por la eternidad, mediante el poder del sacerdocio. Esto revela que el matrimonio no está destinado únicamente a esta vida mortal, sino que puede perdurar más allá de la muerte cuando se celebra conforme al orden de Dios.
El matrimonio eterno es un convenio sagrado que prepara a los hijos de Dios para la exaltación.
El matrimonio sellado por Dios tiene consecuencias eternas y forma parte del camino hacia la vida eterna.
6: El matrimonio debe tratarse con la santidad que Dios le ha dado
Si el matrimonio es ordenado por Dios, complementario, familiar y eterno, entonces debe tratarse con reverencia. Esto implica honrar los convenios, cultivar la fidelidad, prepararse dignamente y rechazar actitudes que trivialicen o distorsionen su propósito divino.
Tratar el matrimonio con santidad es una expresión de fe y obediencia al plan de Dios.
Valorar y proteger el matrimonio es una forma concreta de mostrar amor y respeto por Dios y Su plan.
Conclusión: El análisis conjunto de Génesis 1:27–28; 2:18–25, Moisés 3:18, 21–24 y Abraham 5:14–18 permite afirmar con solidez doctrinal que el matrimonio entre el hombre y la mujer es una institución ordenada por Dios desde la Creación, integrada de manera esencial en Su plan eterno. Estos pasajes no presentan el matrimonio como una construcción cultural posterior ni como un arreglo meramente funcional, sino como una obra divina deliberada, establecida antes de la Caída y destinada a perdurar más allá de la vida mortal.
Las Escrituras muestran que la unión entre el hombre y la mujer responde a una necesidad divina fundamental: la de formar una unidad complementaria capaz de reflejar el diseño de Dios, crear vida y participar conscientemente en Su obra. La expresión “una sola carne” describe una relación integral —física, emocional, espiritual y relacional— que trasciende la mera convivencia y se fundamenta en el convenio. En este modelo, la diferencia sexual no implica jerarquía ni dominación, sino correspondencia, igualdad de valor y dependencia mutua, principios que armonizan plenamente con la revelación posterior.
Asimismo, los relatos vinculan explícitamente el matrimonio con el mandamiento de multiplicarse y formar familia, situándolo como el marco divinamente establecido para la procreación, la crianza y la transmisión del evangelio. La familia, lejos de ser un resultado incidental del matrimonio, aparece como uno de sus propósitos centrales dentro del plan de salvación. De este modo, el matrimonio se convierte en un medio por el cual Dios bendice tanto a Sus hijos como a las generaciones futuras.
La revelación restaurada amplía este entendimiento al afirmar la dimensión eterna del matrimonio, enseñando que la unión iniciada en la Creación puede sellarse para esta vida y para la eternidad mediante la autoridad divina. Esto eleva el matrimonio por encima de un contrato temporal y lo define como un convenio sagrado con implicaciones eternas, estrechamente ligado al progreso y a la exaltación.
En síntesis, estos pasajes enseñan que el matrimonio entre el hombre y la mujer es una institución divina, complementaria, igualitaria en valor y orientada a la familia y a la eternidad. Tratar el matrimonio con la santidad que Dios le ha dado no solo honra su origen divino, sino que alinea la vida personal y familiar con el propósito eterno del Padre Celestial.
Génesis 1:28; Moisés 2:28; Abraham 4:28.
Tengo la responsabilidad de cuidar las creaciones de Dios.
Génesis 1:28; Moisés 2:28; y Abraham 4:28 enseñan que Dios otorgó al ser humano dominio sobre la tierra como una mayordomía sagrada, no como una licencia para destruir. Doctrina y Convenios 59:16–21 y 104:13–18 aclaran que la tierra y sus recursos pertenecen a Dios y deben usarse con gratitud, moderación y rectitud.
Cuidar las creaciones de Dios no es solo una responsabilidad ambiental, sino una obligación espiritual. Al administrar la tierra con sabiduría y reverencia, demostramos amor por el Creador, respeto por Su plan y fidelidad como Sus mayordomos en la tierra.
1. El dominio dado por Dios es una mayordomía, no una licencia para destruir
Génesis 1:28; Moisés 2:28; Abraham 4:28
En estos pasajes, Dios bendice al hombre y a la mujer y les confiere “dominio” sobre la tierra y los seres vivos. Este dominio no debe entenderse como explotación sin límites, sino como mayordomía delegada. El poder sigue perteneciendo a Dios; el ser humano recibe una responsabilidad, no una propiedad absoluta.
El hecho de que el mandato vaya acompañado de una bendición indica que gobernar la creación correctamente es parte del plan divino y una fuente de bendición cuando se ejerce conforme a la voluntad de Dios.
El dominio que Dios concede es una responsabilidad sagrada de administración sabia y amorosa.
2. La tierra y sus recursos pertenecen a Dios
Doctrina y Convenios 104:13–18
El Señor declara con claridad que “todas las cosas que hay en la tierra son mías”. Los seres humanos no somos dueños finales de la creación, sino mayordomos responsables ante Dios. Cada recurso natural, cada criatura viviente y cada don terrenal existen por Su voluntad y para cumplir Sus propósitos.
Esta doctrina redefine nuestra relación con el mundo natural: no usamos lo que es “nuestro”, sino lo que Dios nos confía temporalmente.
Cuidar la creación es una forma de rendir cuentas a Dios por la mayordomía que nos ha dado.
3. Las creaciones de Dios fueron dadas para bendecir, no para el exceso
Doctrina y Convenios 59:16–21
Estos versículos enseñan que la tierra fue creada “para el beneficio y el uso del hombre”, pero con una advertencia clara: no debe usarse “con exceso, ni por extorsión”. El Señor condena el desperdicio, la codicia y el uso irresponsable de los recursos.
Además, se enseña que las bendiciones de la tierra deben recibirse “con juicio, no en exceso”, y con gratitud. El abuso de la creación no solo es imprudente; es una forma de desobediencia espiritual.
El uso responsable y agradecido de los recursos es parte de la obediencia al Señor.
4. La gratitud es clave para una mayordomía justa
Doctrina y Convenios 59:19–21
El Señor enseña que todas las cosas fueron creadas “para complacer el ojo y alegrar el corazón”, y que deben recibirse con gratitud. La ingratitud endurece el corazón y conduce al abuso; la gratitud, en cambio, fomenta el respeto y el cuidado.
Ver la creación como un regalo divino transforma la manera en que la usamos y la protegemos.
La gratitud hacia Dios nos motiva a tratar Su creación con reverencia y moderación.
5. Cuidar la creación refleja nuestro carácter espiritual
La forma en que tratamos la tierra, los animales y los recursos revela cómo entendemos nuestra relación con Dios. La mayordomía responsable es una expresión práctica de fe, humildad y amor al Creador.
El Evangelio no separa lo espiritual de lo temporal: la obediencia incluye cómo vivimos, consumimos y protegemos el mundo que Dios nos ha confiado.
Nuestra mayordomía terrenal es parte de nuestro discipulado cristiano.
Enseñanza principales
Génesis 1:28; Moisés 2:28; y Abraham 4:28 enseñan que Dios otorgó al ser humano dominio sobre la tierra como una mayordomía sagrada, no como una licencia para explotar o destruir. Doctrina y Convenios 59:16–21 y 104:13–18 aclaran que la tierra y sus recursos pertenecen a Dios y deben usarse con gratitud, moderación y rectitud.
Cuidar las creaciones de Dios es una responsabilidad espiritual, inseparable del Evangelio de Jesucristo. Al ejercer una mayordomía sabia y agradecida, honramos al Creador, bendecimos a los demás y demostramos fidelidad al plan divino del cual somos participantes y responsables.
1: Dios confiere dominio al ser humano como una responsabilidad sagrada
Génesis 1:28; Moisés 2:28; Abraham 4:28
En estos pasajes, Dios bendice al hombre y a la mujer y les da “dominio” sobre la tierra y los seres vivos. Este dominio no es absoluto ni arbitrario; es un poder delegado. El ser humano actúa en representación de Dios y debe reflejar Su carácter al gobernar la creación.
El lenguaje de bendición y mandato indica que esta responsabilidad forma parte del plan divino y que su cumplimiento correcto trae bendiciones, mientras que su abuso implica una desviación del propósito de Dios.
El dominio otorgado por Dios es una mayordomía sagrada que debe ejercerse con sabiduría, respeto y responsabilidad.
2: La tierra y todo lo que hay en ella pertenecen a Dios
Doctrina y Convenios 104:13–18
El Señor declara inequívocamente que “todas las cosas que hay en la tierra son mías”. Esta verdad doctrinal establece que los seres humanos no son propietarios finales, sino mayordomos temporales de los recursos de la creación.
Dios confía Sus bienes a Sus hijos para que los administren conforme a principios de justicia, equidad y rendición de cuentas. Cada recurso conlleva una responsabilidad espiritual.
Cuidar la creación es una forma de rendir cuentas a Dios por lo que Él nos ha confiado.
3: Las creaciones de Dios fueron dadas para bendecir, no para el exceso ni el abuso
Doctrina y Convenios 59:16–21
Estos versículos enseñan que la tierra fue creada para el beneficio del hombre, pero con límites claros: no debe usarse “con exceso, ni por extorsión”. El Señor condena el desperdicio, la codicia y el uso irresponsable de los recursos.
Además, se enseña que las bendiciones de la tierra deben recibirse con juicio y gratitud. El abuso de la creación no es solo un problema práctico, sino una falta espiritual.
El uso moderado y responsable de los recursos es parte de la obediencia al Señor.
4: La gratitud es un principio central de la mayordomía terrenal
Doctrina y Convenios 59:19–21
El Señor declara que todas las cosas fueron creadas “para complacer el ojo y alegrar el corazón”, y que deben recibirse con agradecimiento. La gratitud cultiva reverencia y cuidado; la ingratitud conduce al abuso y al desperdicio.
Reconocer a Dios como el Dador de todas las cosas transforma nuestra relación con la naturaleza y con los bienes temporales.
La gratitud hacia Dios motiva una mayordomía más justa, consciente y reverente.
5: La mayordomía terrenal es parte del discipulado cristiano
Las Escrituras modernas y las enseñanzas proféticas (como las del élder Gérald Caussé) aclaran que la forma en que tratamos la creación refleja nuestra relación con Dios. El Evangelio integra lo espiritual y lo temporal: cuidar la tierra es una expresión práctica de fe, humildad y obediencia.
La responsabilidad ambiental no es solo una preocupación social, sino un deber espiritual que nace del reconocimiento de Dios como Creador.
Cuidar la creación es una manifestación concreta de nuestro discipulado y amor por Dios.
6: La mayordomía responsable bendice a otros y a las generaciones futuras
El uso sabio de los recursos no solo honra a Dios, sino que protege a los demás y a quienes vendrán después. Dios diseñó la creación para sostener la vida, no para ser agotada egoístamente.
Pensar en las generaciones futuras es coherente con el plan eterno de Dios y con Su amor por todos Sus hijos.
La mayordomía responsable extiende las bendiciones de Dios más allá de nuestra propia vida.
Conclusión: El análisis conjunto de Génesis 1:28, Moisés 2:28 y Abraham 4:28, a la luz de Doctrina y Convenios 59:16–21 y 104:13–18, permite afirmar que el dominio conferido por Dios al ser humano sobre la tierra constituye una mayordomía sagrada, no una autorización para la explotación indiscriminada. Las Escrituras establecen con claridad que la creación pertenece a Dios y que los seres humanos actúan como administradores responsables ante Él, sujetos a rendición de cuentas moral y espiritual.
El mandato de “sojuzgar” y “dominar” la tierra debe entenderse dentro del marco del carácter divino: un gobierno que preserva, ordena y bendice la vida. En este sentido, el dominio humano está inseparablemente unido a principios de gratitud, moderación, justicia y cuidado. Doctrina y Convenios amplía esta enseñanza al advertir contra el exceso, el desperdicio y la codicia, revelando que el uso irresponsable de los recursos no es solo un error práctico, sino una transgresión espiritual que contradice la voluntad del Creador.
Asimismo, estos pasajes integran lo temporal y lo espiritual en una sola visión del discipulado. La manera en que el ser humano trata la tierra, los animales y los recursos refleja su comprensión de Dios como Creador y Dueño de todas las cosas. La mayordomía responsable se convierte, por tanto, en una expresión concreta de fe, humildad y obediencia, así como en una manifestación del amor al prójimo y a las generaciones futuras.
En síntesis, Génesis, Moisés, Abraham y la revelación moderna enseñan que cuidar las creaciones de Dios es una responsabilidad doctrinal esencial dentro del plan de salvación. Al ejercer una mayordomía sabia, agradecida y reverente, el ser humano honra al Creador, protege Sus dones y participa activamente en el propósito divino de bendecir la vida sobre la tierra.
Génesis 2:2–3; Moisés 3:2–3; Abraham 5:2–3
Dios bendijo y santificó el día de reposo.
Génesis 2:2–3; Moisés 3:2–3; y Abraham 5:2–3 enseñan que Dios bendijo y santificó el día de reposo desde la Creación, apartándolo como un tiempo sagrado para el reposo espiritual, la adoración y la renovación. El día de reposo no es una restricción, sino un don divino diseñado para bendecir, fortalecer y santificar a los hijos de Dios.
Cuando guardamos su carácter santo, el día de reposo se convierte en una fuente de paz, gozo y poder espiritual, y en una oportunidad semanal para recordar quién es Dios y quiénes somos nosotros delante de Él.
1. El día de reposo tiene su origen en Dios mismo
En los tres relatos de la Creación, después de concluir Su obra, Dios reposó, bendijo y santificó el séptimo día. Esto enseña que el día de reposo no es una institución humana ni una tradición cultural posterior, sino una ordenanza divina establecida desde el principio.
El reposo de Dios no implica cansancio físico, sino una pausa sagrada que marca la culminación de Su obra y establece un patrón para Sus hijos. Al santificar un día específico, Dios separa el tiempo mismo para propósitos santos.
El día de reposo existe porque Dios lo instituyó y lo declaró santo.
2. “Reposó”: el reposo como acto sagrado, no como inactividad
El reposo descrito en estos pasajes no significa ociosidad, sino cesar de la labor creativa para contemplar, gozar y santificar. Dios reposó después de completar Su obra, enseñando que el reposo tiene un propósito espiritual: reconocer a Dios como Creador y permitir renovación.
Esto redefine nuestra comprensión del reposo. El día de reposo no es simplemente “no trabajar”, sino volver el corazón a Dios, apartarse de lo común y centrarse en lo eterno.
El verdadero reposo espiritual consiste en acercarnos a Dios y deleitarnos en Sus obras.
3. Dios bendijo el día de reposo
Las Escrituras declaran que Dios bendijo el séptimo día. Una bendición divina implica que ese día está destinado a traer bien, gozo y fortalecimiento espiritual a quienes lo honran.
El día de reposo se convierte así en un canal de bendiciones: paz interior, renovación espiritual, claridad espiritual y mayor sensibilidad a las cosas sagradas. No es una carga, sino un don.
El día de reposo fue dado para bendecir la vida espiritual del ser humano.
4. Dios santificó el día de reposo: lo apartó para propósitos santos
hacer santo, apartar de lo común. Al santificar el día de reposo, Dios lo distingue del resto de los días y lo consagra para propósitos espirituales. Esto enseña que el tiempo puede ser santo cuando se dedica a Dios.
Guardar el carácter santo del día de reposo implica alinear nuestras acciones, pensamientos y deseos con aquello que invita al Espíritu, fortalece la fe y renueva nuestra relación con Dios.
El día de reposo es santo porque Dios lo apartó para que nos acerquemos más a Él.
5. El día de reposo revela lo que valoramos
La manera en que vivimos el día de reposo refleja nuestras prioridades espirituales. Honrarlo implica confiar en Dios, reconocer Su soberanía y demostrar que lo espiritual tiene un lugar central en nuestra vida.
Cuando dedicamos tiempo a la adoración, a la familia, al servicio y a la reflexión espiritual, el día de reposo se convierte en una señal visible de nuestra relación de convenio con Dios.
Guardar el día de reposo es una expresión de fe, obediencia y amor al Señor.
6. ¿Qué hace que el día de reposo sea “bendito” para mí?
El día de reposo llega a ser verdaderamente bendito cuando lo vivimos con intención espiritual. Puede ser bendito cuando:
• Renovamos convenios y adoramos a Dios
• Fortalecemos la fe mediante las Escrituras y la oración
• Pasamos tiempo edificante con la familia
• Servimos y ministramos a otros
• Descansamos espiritualmente del mundo
No se trata solo de reglas externas, sino de una actitud interna de consagración.
El día de reposo es bendito cuando lo usamos para acercarnos conscientemente a Dios.
Enseñanza principales
Génesis 2:2–3; Moisés 3:2–3; y Abraham 5:2–3 enseñan que Dios bendijo y santificó el día de reposo desde la Creación, apartándolo como un tiempo sagrado para el reposo espiritual, la adoración y la renovación. El día de reposo no es una restricción, sino un don divino creado para bendecir a los hijos de Dios.
Cuando honramos su carácter santo, el día de reposo se convierte en una fuente de paz, gozo y poder espiritual, y en una oportunidad semanal para acercarnos más a Dios y recordar Su obra y Su amor por nosotros.
1: El día de reposo tiene su origen en Dios
Génesis 2:2–3; Moisés 3:2–3; Abraham 5:2–3
En los tres relatos de la Creación se declara que, después de concluir Su obra, Dios reposó en el séptimo día y lo bendijo y santificó. Esto enseña que el día de reposo no es una tradición cultural ni una norma humana posterior, sino una institución divina establecida desde el principio del mundo.
El hecho de que Dios mismo santifique un día específico indica que el tiempo puede ser consagrado para fines sagrados.
El día de reposo es santo porque Dios lo estableció y lo apartó desde la Creación.
2: El reposo divino enseña un patrón espiritual para Sus hijos
Génesis 2:2; Moisés 3:2; Abraham 5:2
El reposo de Dios no implica cansancio físico, sino la culminación de Su obra y un modelo divino para Sus hijos. Al reposar, Dios enseña que el ser humano necesita detenerse de las labores temporales para enfocarse en lo espiritual.
El reposo sagrado implica cesar de lo común para dedicar tiempo a Dios, a la adoración y a la renovación espiritual.
El día de reposo nos invita a apartarnos de lo cotidiano para acercarnos más a Dios.
3: Dios bendijo el día de reposo para beneficio del ser humano
Génesis 2:3; Moisés 3:3; Abraham 5:3
Las Escrituras declaran que Dios bendijo el séptimo día. Esto indica que el día de reposo fue dado como un don divino destinado a traer bendiciones espirituales, paz, gozo y renovación a quienes lo honran.
No es una carga ni una restricción, sino una oportunidad semanal para recibir fortaleza espiritual.
El día de reposo es una bendición diseñada para fortalecer nuestra vida espiritual.
4: Santificar el día de reposo implica guardarlo con reverencia
Génesis 2:3; Moisés 3:3; Abraham 5:3
Santificar significa apartar algo de lo común para propósitos santos. Dios no solo santificó el día de reposo, sino que espera que Sus hijos mantengan su carácter santo mediante la manera en que lo viven.
Guardar el día de reposo implica alinear nuestras acciones, pensamientos y deseos con aquello que invita al Espíritu y fortalece nuestra relación con Dios.
Santificar el día de reposo es una expresión de obediencia, amor y fe en Dios.
5: El día de reposo revela nuestras prioridades espirituales
La forma en que vivimos el día de reposo refleja lo que valoramos. Cuando dedicamos ese día a la adoración, al estudio de las Escrituras, al servicio y a la familia, demostramos que Dios ocupa un lugar central en nuestra vida.
Así, el día de reposo se convierte en una señal visible de nuestra relación de convenio con el Señor.
Guardar el día de reposo manifiesta nuestra devoción y compromiso con Dios.
Conclusión: El análisis conjunto de Génesis 2:2–3, Moisés 3:2–3 y Abraham 5:2–3 demuestra que el día de reposo es una institución divina establecida desde la Creación, bendecida y santificada por Dios mismo como parte integral de Su orden eterno. Estos pasajes revelan que el reposo no surge de una necesidad humana posterior ni de una tradición cultural, sino de la voluntad deliberada de Dios de consagrar el tiempo para fines sagrados.
El reposo divino descrito en estos relatos no implica cansancio, sino culminación, contemplación y santificación. Al reposar después de completar Su obra, Dios establece un patrón espiritual para Sus hijos: la necesidad de apartarse regularmente de las labores temporales para reconocer al Creador, renovar la relación de convenio y reorientar el corazón hacia lo eterno. Así, el día de reposo no se define por la mera ausencia de trabajo, sino por una presencia consciente de adoración, gratitud y comunión con Dios.
La bendición pronunciada sobre el día de reposo indica que este fue diseñado para el beneficio espiritual del ser humano. Lejos de ser una carga restrictiva, el día de reposo es un don divino destinado a traer paz, gozo, fortaleza y renovación espiritual. Su santificación enseña que el tiempo mismo puede ser apartado y elevado cuando se dedica a Dios, y que la vida espiritual requiere ritmos sagrados que protejan al individuo de la absorción total en lo mundano.
Finalmente, estos pasajes revelan que la manera en que se guarda el día de reposo refleja las prioridades espirituales del creyente. Honrar su carácter santo es una expresión tangible de fe, obediencia y amor a Dios, así como una señal visible de la relación de convenio con Él. En síntesis, Génesis, Moisés y Abraham enseñan que Dios bendijo y santificó el día de reposo desde el principio para recordar a Sus hijos quién es Él, quiénes son ellos delante de Él y cuál es el propósito eterno hacia el cual están siendo guiados.
— Moisés 2: El Propósito y la Logística de la Creación
— La Creación: Una introducción a nuestra relación con Dios
— Los relatos bíblicos de la Creación: una perspectiva científica
























