Sé prudente… a tu alma gobernad

Todos estos años he tenido la esperanza de que hayan decidido permanecer juntos, reconfortados y bendecidos por el evangelio de Jesucristo.

Pienso en ellos cada vez que leo las palabras: “El enojo no resuelve nada ni edifica nada, pero puede destruirlo todo” .

Todos hemos sentido enojo. Puede que sea cuando las cosas no salgan como queremos, o una reacción a algo que se nos dijo o que se dijo de nosotros. Tal vez lo sintamos cuando las personas no se comportan como quisiéramos, o cuando tenemos que esperar por algo más tiempo de lo que pensábamos. Quizás nos enojemos cuando los demás no pueden ver las cosas desde nuestro punto de vista. Parecería haber innumerables razones para enojarnos.

En Efesios, capítulo cuatro, versículo veintiséis de la Traducción de José Smith, el apóstol Pablo pregunta: “¿Podéis airaros, y no pecar?; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Yo pregunto: ¿Es posible sentir el Espíritu de nuestro Padre Celestial cuando estamos enojados? No sé de ninguna situación en la que ése fuera el caso.

“…y no habrá disputas entre vosotros…

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas”.

Enojarse es ceder a la influencia de Satanás. Nadie puede hacernos enojar; es nuestra decisión. Si deseamos tener un buen espíritu en todo momento, debemos escoger no enojarnos. Testifico que eso es posible.

El enojo, la herramienta de Satanás, es destructiva de muchísimas formas.

Mis hermanos, todos somos propensos a esos sentimientos que, si no los controlamos, pueden conducir al enojo. Sentimos desagrado, irritación y antagonismo, y si así lo escogemos, perdemos el control y nos enojamos con los demás. Irónicamente, con frecuencia los demás son los miembros de nuestra familia, las personas a quienes más queremos.

Hace ya muchos años leí el siguiente comunicado de la agencia de noticias Associated Press que apareció en el periódico: “Un hombre mayor reveló en el funeral de su hermano, con quien había compartido, desde que era joven, una pequeña cabaña de un cuarto cerca de Canisteo, Nueva York, que después de una pelea, habían dividido la habitación por la mitad con una línea de tiza y ninguno de los dos la había cruzado ni se habían dirigido la palabra desde ese día, 62 años antes”. Piensen en la consecuencia de ese enojo. ¡Qué tragedia!

Ruego que tomemos una decisión consciente, cada vez que sea necesario, de no enojarnos y de no decir las cosas crueles e hirientes que estemos tentados a decir.

Discurso complete: Sé prudente… a tu alma gobernad