Conferencia General Octubre de 1963
¿Cuánto Es Demasiado?
por el Élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia
Una mañana, mientras caminaba desde el estacionamiento hacia mi oficina en el Edificio de Oficinas de la Iglesia, me detuve momentáneamente en la gran excavación detrás del edificio. Un joven se acercó a mí y me preguntó qué estaba pasando. Le dije que era la excavación para un gran edificio administrativo de varios pisos de la Iglesia. Respondió, mientras se alejaba por la calle, “Eso es demasiado dinero para gastar en religión”. Obviamente, no valoraba mucho la religión.
Desde entonces, he estado pensando, ¿cuánto es demasiado?
En este mundo ajetreado, ¿estamos tan preocupados con otras cosas que no tenemos tiempo para Dios? Necesitamos detenernos y reflexionar: ¿dónde están centrados nuestros valores?
“Hay algo muy notable en lo que tenemos que dar bajo el plan del evangelio,” dijo el presidente J. Reuben Clark, hijo. “No importa cuánto demos de verdad, de buen ejemplo, de vida recta, nuestras reservas, nuestras bendiciones aumentan, no disminuyen, con aquello que damos… Nos corresponde dar de nuestras reservas todo lo que podamos, y en la medida en que damos a los demás, nos enriquecemos más y más”.
Al servir a nuestros semejantes también estamos sirviendo a Dios. Como Él dijo: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Cuanto más servimos, más somos bendecidos. El rey Benjamín, al dirigirse a su pueblo, dijo:
“Os digo que si sirviereis a aquel que os ha creado desde el principio, y os preserva de día en día, dándoos el aliento para que viváis y os mováis y obréis según vuestra propia voluntad, y aun os sostiene de un momento a otro… digo, que si le sirviereis con toda vuestra alma, seríais todavía siervos inútiles.
“Y he aquí, todo lo que él requiere de vosotros es que guardéis sus mandamientos; y él os ha prometido que si guardáis sus mandamientos, prosperaréis en la tierra; y nunca se desvía de lo que ha dicho; por tanto, si guardáis sus mandamientos, os bendice y os prospera.
“Y ahora, en primer lugar, os ha creado y os ha concedido vuestras vidas, y estáis en deuda con él por ello.
“Y en segundo lugar, os exige que hagáis lo que os ha mandado; y si lo hacéis, os bendice inmediatamente; y por lo tanto os ha pagado. Y todavía estáis en deuda con él, y estáis y estaréis por siempre jamás; ¿de qué, pues, podéis jactaros?” (Mosíah 2:21-24).
¿Alguna vez han intentado poner al Señor en deuda con ustedes? Él les ha lanzado ese desafío.
“Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).
Estamos en deuda con Dios por nuestra misma vida: el aire que respiramos, nuestra vista, habla, audición.
Un caso típico de muchos otros similares es el de una señora que nació ciega. Gracias a la bondad de los misioneros que le proporcionaron los materiales en Braille y los discos hablados necesarios para enseñarle el evangelio, se convirtió a la Iglesia. Me dijo que tenía dos hermanas que podían ver, pero que no cambiaría de lugar con ninguna de ellas. Ellas podían ver, pero no “veían”. Ella tenía el evangelio y un testimonio de su divinidad, pero ellas no.
Otro ejemplo típico es el de un hombre que estaba agradecido por el accidente que lo dejó paralizado de la cintura para abajo. Dijo que si no hubiera sido por el accidente, no habría recibido el evangelio. Antes estaba demasiado ocupado como para interesarse en la religión. Después del accidente, tuvo mucho tiempo para pensar y ordenar sus valores. Entonces los misioneros lo visitaron. Aceptó el evangelio y ahora ha ido al templo y ha sellado a su esposa y familia para el tiempo y toda la eternidad; sin esto, no tendría a su familia después de la muerte. Por esto, estaba profundamente agradecido. ¿Qué precio es demasiado alto por las bendiciones de la exaltación y la vida eterna, y qué hay en este mundo que sea más valioso que el evangelio de Jesucristo?
En los primeros días de la Iglesia, no era raro que los conversos fueran rechazados por su familia y amigos y se vieran obligados a elegir entre sus seres queridos y el evangelio de Cristo. Eligieron el evangelio porque les dio una alegría y seguridad que no podían encontrar de otra manera. Todavía hay algunos conversos que se ven obligados a hacer esta elección. Por otro lado, algunos de nosotros, que hemos recibido bendiciones en tal abundancia, no tenemos tiempo para Dios. Nuestra búsqueda de riqueza y fortuna significa más para nosotros, y somos autosuficientes. Ya no dependemos de Dios.
El Señor ha dicho en la sección llamada la Palabra de Sabiduría:
“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, andando en obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en sus huesos;
“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros ocultos” (D. y C. 89:18-19).
¿Cómo puede uno poner un precio a los “tesoros ocultos” del conocimiento del evangelio de Jesucristo?
Y nuevamente el Señor ha declarado:
“Y también todos los que reciben este sacerdocio a mí me reciben, dice el Señor;
“Porque el que recibe a mis siervos, a mí me recibe;
“Y el que a mí me recibe, recibe a mi Padre;
“Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado” (D. y C. 84:35-38).
¿Cuál precio es demasiado alto? ¿Pueden valorar la bendición que tienen ustedes, poseedores del sacerdocio, de tomar a su hijo en sus brazos en la congregación de la Iglesia y darle un nombre y una bendición, o de bautizar y confirmar a los miembros de su familia, o a otros que sean dignos?
Cuenta tus muchas bendiciones, observa lo que Dios ha hecho.
Alguien dijo: “La verdadera fe es aquella que enseña que las cosas que más importan no deben estar a merced de las cosas que menos importan”.
No seamos como el hombre en la parábola que dio Cristo, quien llenó sus graneros con las riquezas del mundo. Cuando estaban llenos hasta desbordar, dijo: “Derribaré mis graneros y edificaré mayores” (Lucas 12:18).
“Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma” (Lucas 12:20).
Ninguno de nosotros sabe cuándo nos pedirán nuestra alma. Puede ser más tarde de lo que pensamos.
Que podamos apreciar más plenamente las grandes y maravillosas bendiciones que el evangelio nos ofrece, y que mostremos esa gratitud viviendo rectamente y sirviendo a nuestros semejantes y a Dios. Esto ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

























