Capítulo 6
El destino del hombre
Lo que hemos descubierto en nuestra búsqueda de la verdad acerca del hombre ha establecido el hecho de que este siempre ha existido de acuerdo con el mismo principio de existencia independiente de Dios; que vivió como entidad consciente en una vida preterrenal en calidad de hijo engendrado de Dios en un mundo de espíritus; que se preparó para él una tierra física de la cual llegó a ser parte con carácter de alma viviente; y que entró en el estado mortal, quedando, como se encuentra ahora, sujeto a las leyes físicas.
— El hombre caído
La transición del hombre de su “primer estado” a su “segundo estado” ahora se había completado. Ya no andaba en la presencia de su Padre y Dios, y, en consecuencia, no conocía a Dios ni las cosas de Dios por la vista. Espiritualmente, se hallaba en una posición en la que debía andar por fe; físicamente, estaba sujeto a las leyes terrenales y, por tanto, a las dolencias de la carne: la enfermedad y la corrupción. En este estado de mortalidad, el hombre quedó sujeto a la muerte espiritual así como a la temporal o física, y llegó a ser hombre caído.
A raíz de la Caída, los hombres se volvieron “carnales, sensuales y diabólicos”. En este estado caído están propensos a los gustos, pasiones y apetitos de la carne. El profeta Alma llama a esta condición un “estado carnal”. La carnalidad tiene que ver con lo mundano y los apetitos de la carne.
“Aún sois carnales” —escribió el apóstol Pablo a los corintios— “pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?”
Y añadió: “La mente carnal es enemistad contra Dios.”
Sin embargo, en este estado carnal el hombre podía ahora adquirir conocimiento del bien y del mal por su propia experiencia. “Si no hubiese sido por nuestra transgresión —dijeron nuestros primeros padres—, jamás habríamos conocido el bien y el mal.”
Y siendo mortal, el hombre también podía tener descendencia: “Si no hubiese sido por nuestra transgresión, jamás habríamos tenido simiente.”
Gracias a que Adán pudo tener hijos, las huestes de espíritus pudieron entrar en su segundo estado, y el hombre quedó en condiciones de ser probado para ver si sería digno de heredar la vida eterna.
— El propósito del segundo estado
En la gran visión concedida a Abraham sobre la vida preterrenal del hombre, el Señor dijo:
“Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos estos materiales y haremos una tierra en donde éstos puedan morar;
Y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare…
Y quienes guardaren su segundo estado, recibirán aumento de gloria sobre su cabeza para siempre jamás.”
De esta forma autoritativa se declara el propósito de la existencia mortal del hombre, es decir, su segundo estado. Es una probación, un campo de ensayo, y el hombre viene a esta tierra para ser probado.
Para que esta prueba fuera justa y útil, Dios le concedió al hombre la habilidad de elegir entre dos alternativas. “Le di al hombre su albedrío”, dijo el Señor.
Es por el ejercicio de este libre albedrío que el hombre se somete a una probación, que constituye una parte esencial del estado mortal. Por otro lado, Satanás está tratando de “destruir el albedrío del hombre”.
En este estado de probación, los hombres son libres para obrar por sí mismos, y no simplemente para que se obre sobre ellos, a menos que sea el castigo de la ley en el gran y último día, conforme a los mandamientos que Dios ha dado: “Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias.
Y pueden escoger la libertad y la vida eterna, por motivo de la gran mediación para todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo, porque éste quiere que todos los hombres sean miserables como él.”
El segundo estado tiene como objetivo proporcionar las condiciones y elementos necesarios para que el hombre pueda elegir entre “la vida eterna” y la “muerte”, como lo explicó Lehi.
Otro propósito del segundo estado se lleva a cabo mediante la adquisición de un cuerpo terrenal. Este cuerpo es necesario para la creación final de un alma inmortal, en vista de que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre”.
Mediante la resurrección, el cuerpo y el espíritu quedarán “inseparablemente unidos”, y el resultado será un alma inmortal.
El propósito del hombre
El propósito del hombre es conocer el gozo: “Los hombres existen para que tengan gozo.”
Esto significa, literalmente, que la verdadera existencia del hombre tiene por objeto explícito que reciba “toda la plenitud de gozo”.
El profeta José Smith explicó esto en el funeral de un miembro de la Iglesia:
“Los que han muerto en Jesucristo pueden esperar recibir toda la plenitud de gozo al salir de la tumba, que tuvieron o que esperaron tener aquí.”
Como dijimos antes, los preparativos para obtener ese gozo comenzaron antes de nuestro estado terrenal, cuando “se regocijaban todos los hijos de Dios” al contemplar sus futuras oportunidades.
— ¿Cuál es este gozo de que hablamos?
En primer lugar, es el propio evangelio. Fue un ángel quien anunció: “No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.”
En segundo lugar, es el resultado final del mismo evangelio: “Porque el reino de Dios… es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.”
José Smith se refirió en estos términos a lo que nosotros llamamos gozo: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad, y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios.”
He aquí, pues, el secreto del gozo y la felicidad: la obediencia a todos los mandamientos de Dios.
Si uno cumple con los mandamientos, tiene derecho al don espiritual del gozo: “El Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y se llenaron de gozo.”
Si cumplimos con los mandamientos, recibimos el gozo de la remisión de pecados: “Se llenaron de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo la conciencia tranquila.”
Cuando se obedece a Dios, hay gozo en los cielos, y el Señor se regocija sobre Su pueblo justo.
— La potencialidad del hombre
Todo hombre tiene la potencialidad de progresar y desarrollarse en su existencia terrenal.
“Todas las mentes y espíritus que Dios ha enviado al mundo están capacitados para progresar” —enseñó el profeta José Smith—, y añadió: “Dios… en medio de espíritus… consideró propio instituir leyes por medio de las cuales los demás podrían tener el privilegio de avanzar como Él lo había hecho.
La relación que existe entre Dios y nosotros nos coloca en una situación tal, que podemos ampliar nuestro conocimiento.
Él tiene el poder de instituir leyes para instruir a las inteligencias más débiles, a fin de que puedan ser exaltadas como Él, y recibir una gloria tras otra, así como todo conocimiento, poder, gloria e inteligencia que se requiere para salvarlos en el mundo de los espíritus.”
Los hombres pueden ser exaltados como Dios lo ha sido, si tan solo están dispuestos a obedecer las leyes que Él ha instituido.
Cada exaltación consiste en entrar en el gozo del Señor.
— La plenitud de gozo
El hombre no puede conocer el gozo completo en esta vida: “Por tanto, no temáis ni aun de la muerte; porque en este mundo vuestro gozo no es cabal, pero en mí vuestro gozo es cabal.”
La exaltación consiste en obtener la plenitud de gozo, y esta se alcanza únicamente cuando el espíritu y el cuerpo están reunidos permanentemente en una condición exaltada.
Aunque todos los hombres tienen la posibilidad de lograr el gozo máximo, la única forma de alcanzarlo es por el “recto y estrecho camino que conduce a la vida eterna”.
Solamente los fieles miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se hallan sobre este camino.
Los que continúan por este sendero de obediencia completa a la ley y perseveran hasta el fin se salvarán en el Reino de Dios.
— La exaltación
El destino final del hombre, cuya consecución depende de superar con éxito todo obstáculo, es la exaltación.
Serán relativamente pocos los que logren este destino.
La exaltación es vida eterna: la clase de vida que Dios vive, “el máximo de los dones de Dios”.
Sólo los que creen y obedecen la plenitud del evangelio heredarán la vida eterna.
La exaltación implica la continuación de la unidad familiar por las eternidades, la perpetuación del matrimonio por todas las edades.
Incluye la oportunidad de un aumento eterno, y las parejas exaltadas recibirán:
- la “continuación de las simientes para siempre jamás”,
- la “continuación de las vidas”,
- y “vidas eternas”.
Esto significa que las personas exaltadas tendrán hijos espirituales en la resurrección, y guardarán con ellos la misma relación que ahora nosotros tenemos con nuestro Padre Celestial.
Este es el punto culminante de la verdad que los profetas han testificado acerca del hombre. Refiriéndose al “Padre de nuestros espíritus en el mundo eterno”, Brigham Young enseñó:
“Es un Ser del mismo género que nosotros, vive como nosotros vivimos, salvo que nosotros somos terrenales, y Él es celestial…
Somos de una misma especie, de una misma familia, y Jesucristo pertenece también a nuestra misma especie.”
En el debido tiempo, los hijos pueden llegar a ser como el Padre.
Heredarán la plenitud de Su gloria, lo cual significa que tendrán todo poder en el cielo y en la tierra: “Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, cosas presentes o cosas futuras; todas son suyas, y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios.”
La revelación que explica el significado de la exaltación es más explícita que cualquier otro comentario: “Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán.
Entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas estarán sujetas a ellos.
Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos.”
Este pasaje es una definición directa de lo que significa llegar a ser un Dios.
Deseamos llamar la atención del lector a la discusión anterior sobre el carácter, atributos y perfecciones de Dios.
Claro está que si un hombre desea desarrollar en sí mismo los atributos divinos, debe comenzar ahora mismo.
Si vamos a alcanzar la exaltación, debemos desarrollar nuestras propias naturalezas y los atributos divinos previamente citados: conocimiento, fe, justicia, misericordia, amor y verdad.
El gran director de esta dispensación postrera explicó el principio de la salvación (es decir, la exaltación) con estas palabras: “¿Dónde hallaremos otro prototipo a cuya semejanza podamos ser asimilados, a fin de que seamos partícipes de la vida y la salvación?
En otras palabras, ¿dónde hallaremos un ser que se ha salvado? Porque si podemos encontrar a un ser que se ha salvado, podremos acertar sin mucha dificultad lo que deben hacer los demás a fin de salvarse…
Porque lo que constituye la salvación para uno, constituirá la salvación para toda criatura que haya de salvarse.
[…]
Llegamos a la conclusión… de que es Cristo.
Él es el prototipo o norma de salvación. En otras palabras, es un ser que se ha salvado… porque es justo y santo…
Porque la salvación se compone de la gloria, autoridad, majestad, poder y dominio que Jehová posee, y nada más; y ningún ser puede poseer esto, sino Él o uno semejante a Él…
Estas enseñanzas del Salvador nos muestran claramente la naturaleza de la salvación, y lo que Él propuso para la familia humana cuando ofreció salvarnos: propuso hacernos semejantes a Él.
Y Él era semejante al Padre, el gran prototipo de todos los seres que se han salvado; y todos los de la familia humana que puedan ser asimilados a su semejanza serán salvos.
Y ser distinto de ellos, quiere decir ser destruido; y en esta base estriba la puerta de la salvación.”
La verdad acerca de Dios y la verdad acerca del hombre ahora se han fundido en una verdad central. Hemos entendido el significado de un giro eterno.
Dos de los nombres de Dios el Padre, en el idioma perfecto de Adán, son: Varón de Santidad y Varón de Consejo.
Dios es un Varón santo, perfecto en Sus consejos; y si el hombre, Su progenie, desea llegar a ser santo, debe obedecer ese consejo.
Aceptando este consejo verdadero, los hombres pueden llegar a ser “herederos de Dios y coherederos con Cristo”, y: “Todo lo que mi Padre tiene, le será dado.”
























