Doctrina y Convenios Sección 80

Doctrina y Convenios
Sección 80


Contexto Histórico

En marzo de 1832, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días estaba aún en sus primeros años de crecimiento y organización. José Smith, el Profeta, residía en Hiram, Ohio, donde continuaba recibiendo revelaciones que guiaban a la Iglesia en su desarrollo y en la obra misional. En esta etapa, la expansión del evangelio era una prioridad fundamental, y los misioneros eran llamados con frecuencia para predicar en diversos lugares.

Stephen Burnett, un joven converso, había demostrado fe y disposición para participar en la obra misional. En esta revelación, el Señor lo llama específicamente a predicar el evangelio, asignándole como compañero a Eden Smith. La flexibilidad en la asignación geográfica (“no importa, porque no podréis errar”) refleja la confianza del Señor en que Sus siervos podrían encontrar personas preparadas para recibir el mensaje del evangelio en cualquier lugar.

Stephen Burnett es instruido a ir “entre los del mundo” y predicar “a toda criatura,” destacando el carácter universal del evangelio restaurado. Esta instrucción refleja el mandato dado por Jesucristo en Marcos 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.”
El Señor le da a Stephen Burnett un compañero, Eden Smith, siguiendo el patrón bíblico de predicar en parejas (véase Lucas 10:1). Este modelo ofrece apoyo espiritual y físico, fortalece el mensaje y refleja la importancia de la unidad en la obra del Señor.
El Señor declara que no importa si predican “al norte o al sur, al este o al oeste,” porque “no podréis errar.” Esto subraya que la obra misional es guiada por el Espíritu y que el esfuerzo fiel será bendecido, independientemente del lugar.
Los misioneros son instruidos a declarar “las cosas que habéis oído, y que ciertamente creéis y sabéis que son verdaderas.” Este énfasis en el testimonio personal resalta que la predicación del evangelio es más efectiva cuando proviene de una convicción sincera y auténtica.

La Sección 80 ilustra la naturaleza dinámica y práctica de la obra misional en los primeros días de la Iglesia. Los misioneros no tenían asignaciones rígidas ni recursos abundantes, pero confiaban en la guía del Señor y en el poder del Espíritu Santo para cumplir su labor. Aunque no hay muchos registros históricos de la misión de Stephen Burnett y Eden Smith, esta revelación destaca principios duraderos que continúan guiando la obra misional en la actualidad.

La Sección 80 refleja el entusiasmo y la fe que caracterizaban los primeros días de la Restauración. En un tiempo de recursos limitados, el Señor confió en Sus siervos para llevar el evangelio al mundo, asegurándoles Su guía y respaldo. Esta revelación nos enseña que la obra del Señor no está limitada por circunstancias geográficas o materiales, sino que avanza por la fe y el esfuerzo sincero de Sus discípulos. Es un recordatorio poderoso de que, al declarar nuestro testimonio con convicción, podemos ser instrumentos en las manos de Dios para bendecir la vida de Sus hijos.

La Sección 80 aborda temas clave de la obra misional, como el llamado universal a predicar, la importancia del compañerismo, la flexibilidad en la obra, el poder del testimonio personal y la centralidad de Jesucristo como guía. Estos principios son eternos y siguen siendo fundamentales para la obra misional en la actualidad.


Versículo 1: “De cierto, así te dice el Señor, mi siervo Stephen Burnett: Ve, ve entre los del mundo y predica el evangelio a toda criatura a quien llegue el son de tu voz.”
Este versículo refleja el mandato divino de predicar el evangelio a todos. El llamado a “ir entre los del mundo” y proclamar el mensaje a “toda criatura” subraya el carácter universal de la obra misional. Resalta también que la obra no está limitada por fronteras geográficas o culturales, sino que busca alcanzar a todos los hijos de Dios.

“De cierto, así te dice el Señor,”
La frase inicial establece que este llamado proviene directamente del Señor. Esto resalta la naturaleza divina y personal de los llamamientos en la Iglesia. El Señor conoce a cada uno de Sus siervos y les da asignaciones específicas según Su sabiduría y Su plan.
El presidente Russell M. Nelson enseñó: “El Señor conoce a cada uno de nosotros individualmente y tiene un propósito divino para nuestra vida. Él nos guía mediante revelaciones personales y llamamientos que se ajustan a nuestras capacidades y necesidades.” (Conferencia General, abril de 2018).
Este reconocimiento de que el llamamiento es divino fortalece al siervo en su labor, recordándole que está cumpliendo la voluntad de Dios y que Su respaldo es seguro.

“Mi siervo Stephen Burnett:”
El Señor se dirige personalmente a Stephen Burnett como “mi siervo,” subrayando la relación especial entre Dios y quienes aceptan Su llamado. Ser “siervo” implica dedicación, humildad y un compromiso total de cumplir con la obra del Señor.
El presidente Thomas S. Monson declaró: “Ser llamado como siervo del Señor es una de las mayores honras que podemos recibir. Es un llamado a representarlo, a llevar Su mensaje y a actuar en Su nombre.” (Conferencia General, octubre de 2007).
La personalización del llamado demuestra el amor y la confianza del Señor hacia Stephen Burnett, alentándolo a cumplir su labor con fe y devoción.

“Ve, ve entre los del mundo y predica el evangelio a toda criatura a quien llegue el son de tu voz.”
Este mandato refuerza la misión universal del evangelio: llevar el mensaje de salvación a todas las personas, sin distinción. El llamado a “predicar el evangelio a toda criatura” refleja el mandato dado por Jesucristo en Marcos 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” El énfasis en “el son de tu voz” implica que Stephen Burnett debe aprovechar cada oportunidad para testificar, guiado por el Espíritu Santo.
El élder Dieter F. Uchtdorf enseñó: “El mandato de predicar el evangelio no tiene fronteras ni límites. Dondequiera que estemos, nuestra voz debe proclamar las verdades eternas del plan de salvación.” (Conferencia General, octubre de 2014).
El mandato de ir y predicar a toda criatura recuerda a los misioneros y a los miembros de la Iglesia que el evangelio es para todos. No hay un lugar ni una persona que quede fuera del alcance de la misericordia y el amor de Dios.

Este versículo conecta el llamado personal con la responsabilidad global de llevar el evangelio al mundo. Cada siervo del Señor es una herramienta en Sus manos, enviado a bendecir a quienes estén dispuestos a escuchar y aceptar el mensaje del evangelio.

El versículo 1 subraya la naturaleza divina del llamamiento misional, la relación personal entre el Señor y Sus siervos, y la universalidad del mensaje del evangelio. Al enviar a Stephen Burnett a predicar, el Señor no solo confía en su capacidad, sino que también lo equipa con Su autoridad y guía para llevar a cabo esta tarea sagrada.
Este llamado resalta que la obra misional es un mandato divino dirigido a todos los hijos de Dios. Al aceptar este llamado, Stephen Burnett representa a todos los siervos que, guiados por el Espíritu, se esfuerzan por llevar la luz del evangelio al mundo. Este versículo nos invita a reflexionar sobre nuestra propia responsabilidad de compartir el evangelio con fe, humildad y confianza en el Señor.


Versículo 2: “Y por cuanto deseas un compañero, te doy a mi siervo Eden Smith.”
Este versículo enfatiza la importancia de trabajar en compañerismo en la obra del Señor. Predicar en parejas ofrece apoyo espiritual, físico y emocional, y sigue el modelo establecido por Jesucristo en el Nuevo Testamento (Lucas 10:1). También refleja la guía personalizada del Señor al satisfacer las necesidades específicas de Sus siervos, en este caso, la solicitud de Stephen Burnett de un compañero.

“Y por cuanto deseas un compañero,”
El deseo de Stephen Burnett de tener un compañero muestra una comprensión de la importancia del compañerismo en la obra del Señor. Este patrón, establecido por Jesucristo al enviar a Sus discípulos de dos en dos (véase Lucas 10:1), subraya la necesidad de apoyo mutuo, fortaleza espiritual y cooperación en la obra misional.
El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “El compañerismo en la obra del Señor fortalece a los individuos, los protege de la soledad y les brinda apoyo en las pruebas y desafíos.” (Conferencia General, octubre de 1997).
El deseo de un compañero demuestra humildad y una disposición para trabajar en unidad. En la obra misional, la presencia de un compañero no solo fortalece al misionero individual, sino que también mejora la eficacia del mensaje al combinar testimonios y esfuerzos.

“Te doy a mi siervo Eden Smith.”
El Señor responde a este deseo asignándole a Eden Smith como compañero. Esto muestra que Dios está atento a las necesidades específicas de Sus siervos y las satisface según Su sabiduría. La frase también refleja el principio de que los llamamientos y las asignaciones en la obra del Señor son guiados por revelación.
El presidente Henry B. Eyring declaró: “Cuando el Señor asigna compañeros o equipos en Su obra, Él ve más allá de nuestras limitaciones y diferencias. Él sabe cómo combinar nuestras fortalezas para avanzar Su reino.” (Conferencia General, abril de 2014).
La asignación de Eden Smith como compañero subraya que el Señor prepara y combina a Sus siervos para cumplir propósitos específicos. A través del compañerismo, los misioneros no solo edifican a los demás, sino que también desarrollan atributos de cooperación, paciencia y amor cristiano.

Este versículo destaca la importancia de la unidad en la obra de Dios. El compañerismo no solo es un modelo práctico, sino también una representación simbólica del plan de Dios, que requiere la colaboración y el apoyo mutuo entre Sus hijos. Este principio es esencial en la obra misional y en todas las responsabilidades en el reino de Dios.

El versículo 2 es un recordatorio de que el Señor está profundamente interesado en las necesidades individuales de Sus siervos. Al asignar compañeros en Su obra, Él provee apoyo emocional y espiritual, fomentando la unidad y la cooperación. La relación entre Stephen Burnett y Eden Smith no solo beneficiaría su labor misional, sino que también les permitiría crecer espiritualmente mientras trabajaban juntos para avanzar el reino de Dios.
El deseo de un compañero en la obra misional y la asignación de uno por parte del Señor reflejan Su sabiduría y amor al proveer lo que Sus siervos necesitan. Este principio nos enseña que el Señor nos guía hacia relaciones y asociaciones que fortalecen nuestro servicio y nuestro progreso espiritual. La unidad en el compañerismo simboliza cómo el Señor espera que trabajemos juntos para cumplir Su obra divina.


Versículo 3: “Por tanto, id y predicad mi evangelio, bien sea al norte o al sur, al este o al oeste, no importa, porque no podréis errar.”
Este versículo destaca la flexibilidad en la obra misional. El Señor asegura a los misioneros que Su Espíritu guiará sus esfuerzos y que cualquier lugar donde trabajen será fructífero. Esta promesa inspira confianza y enfatiza que la labor del misionero es plantar semillas espirituales, confiando en que el Señor preparará los corazones de aquellos que estén listos para recibir el evangelio.

“Por tanto, id y predicad mi evangelio,”
El Señor reafirma el mandato misional de “ir y predicar” Su evangelio. Este llamado resalta la responsabilidad de los santos de compartir las buenas nuevas con todas las personas. Al usar “mi evangelio,” el Señor enfatiza que este mensaje es divino, y Su poder lo respalda.
El presidente Ezra Taft Benson enseñó: “El deber más grande que tenemos como miembros de la Iglesia es compartir el evangelio restaurado. El Señor nos ha dado esta responsabilidad sagrada.” (Conferencia General, abril de 1986).
Este mandato es un recordatorio de que la obra misional no es solo una invitación, sino una responsabilidad sagrada que requiere esfuerzo constante y fe en el mensaje divino.

“Bien sea al norte o al sur, al este o al oeste,”
El Señor elimina las restricciones geográficas al señalar que el evangelio debe ser predicado en cualquier lugar. Esta flexibilidad refleja que la obra misional no está limitada a áreas específicas, ya que todas las personas son igualmente valiosas ante Dios.
El élder Dieter F. Uchtdorf enseñó: “No importa dónde estemos, siempre hay almas que necesitan escuchar el mensaje del evangelio. El Señor nos guía hacia ellas cuando actuamos con fe.” (Conferencia General, abril de 2013).
La obra del Señor es universal. Este pasaje subraya que, independientemente de la ubicación, siempre habrá oportunidades para compartir el evangelio con quienes estén preparados para recibirlo.

“No importa, porque no podréis errar.”
Esta declaración destaca la guía divina en la obra misional. El Señor asegura a Sus siervos que, si actúan con fe y obediencia, Sus esfuerzos serán dirigidos por el Espíritu Santo, garantizando que su labor será fructífera y significativa.
El élder Jeffrey R. Holland explicó: “El Señor no permite que los esfuerzos sinceros de Sus siervos sean en vano. Él magnifica nuestras acciones y guía nuestras palabras cuando actuamos en Su nombre.” (Conferencia General, octubre de 2012).
El Señor promete que los esfuerzos misionales, aunque imperfectos desde una perspectiva humana, serán dirigidos por Su poder para cumplir Su propósito. Esto fortalece la confianza de los misioneros, recordándoles que no están solos en esta obra.

El versículo 3 combina principios clave de la obra misional: el mandato de predicar, la universalidad del evangelio y la promesa de la guía divina. Los siervos del Señor son animados a actuar con fe, sabiendo que el Espíritu Santo dirigirá sus esfuerzos.

Este versículo es un mensaje de ánimo y flexibilidad en la obra del Señor. Al eliminar las restricciones geográficas y garantizar que los esfuerzos fieles no errarán, el Señor asegura a Sus siervos que Su evangelio tiene el poder de bendecir a las personas dondequiera que estén. Esta promesa fortalece a los misioneros y a los santos al recordarles que Dios guía y magnifica sus esfuerzos cuando trabajan en Su nombre.
La promesa de “no podréis errar” resalta la fe que el Señor tiene en Sus siervos y Su compromiso de dirigir la obra misional. Este versículo nos invita a actuar con confianza, sabiendo que, al obedecer el llamado de predicar el evangelio, somos instrumentos en las manos del Señor para bendecir a Sus hijos en cualquier lugar del mundo.


Versículo 4: “Por consiguiente, declarad las cosas que habéis oído, y que ciertamente creéis y sabéis que son verdaderas.”
Este versículo resalta el poder del testimonio personal en la obra misional. Los misioneros son llamados a compartir lo que saben y creen con sinceridad, ya que el testimonio auténtico tiene el poder de tocar los corazones. Este principio recuerda que el éxito en la predicación no depende de la elocuencia, sino de la sinceridad y la influencia del Espíritu Santo.

“Por consiguiente, declarad las cosas que habéis oído,”
El Señor instruye a Sus siervos a compartir lo que han escuchado, lo que implica que el testimonio personal se basa en las enseñanzas recibidas y las experiencias vividas. Esta frase subraya que los misioneros y los santos no necesitan saber todo para compartir el evangelio; deben proclamar lo que han aprendido y entendido por medio del Espíritu.
El presidente Boyd K. Packer enseñó: “Un testimonio no se da únicamente con palabras, sino con la sinceridad de nuestras acciones y el poder del Espíritu Santo que acompaña nuestras palabras.” (Conferencia General, abril de 2008).
El mandato de “declarar las cosas que habéis oído” nos recuerda que no debemos esperar hasta tener un conocimiento perfecto para compartir el evangelio. El testimonio sincero de lo que hemos aprendido puede ser una herramienta poderosa para edificar a otros.

“Y que ciertamente creéis”
El énfasis en lo que se “ciertamente cree” refleja la importancia de compartir el evangelio con convicción y sinceridad. Este principio subraya que un testimonio genuino tiene un impacto mayor cuando proviene de una creencia profunda y auténtica.
El élder Dieter F. Uchtdorf declaró: “El poder de nuestro testimonio no está en nuestra elocuencia, sino en la sinceridad de nuestra creencia y en la influencia del Espíritu Santo que lo acompaña.” (Conferencia General, octubre de 2015).
La sinceridad en nuestras creencias fortalece nuestro mensaje. Los demás pueden sentir nuestra convicción, lo que permite que el Espíritu Santo toque sus corazones.

“Y sabéis que son verdaderas.”
El conocimiento de la verdad proviene del Espíritu Santo (véase Moroni 10:5). Al compartir lo que sabemos que es verdadero, estamos testificando no solo de lo que hemos aprendido, sino también de lo que hemos experimentado espiritualmente. Este conocimiento es una confirmación divina que fortalece tanto al que comparte como al que escucha.
El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “Un testimonio sincero y personal de la verdad tiene el poder de cambiar vidas. Cuando testificamos de lo que sabemos que es verdadero, invitamos al Espíritu a tocar los corazones de quienes nos escuchan.” (Conferencia General, abril de 1998).
El testimonio personal, basado en lo que sabemos que es verdadero, invita al Espíritu Santo a confirmar el mensaje en los corazones de los oyentes, ayudándoles a desarrollar su propio testimonio.

Este versículo enseña que la obra del Señor se realiza mejor cuando Sus siervos comparten su testimonio personal con sinceridad, convicción y fe. El Espíritu Santo magnifica estas palabras sinceras, tocando el corazón de aquellos que escuchan.

El versículo 4 subraya la importancia del testimonio personal como la base para predicar el evangelio. Al compartir lo que hemos oído, creemos y sabemos que es verdadero, cumplimos con el mandato del Señor de edificar a los demás y llevar Su mensaje al mundo. Este enfoque no requiere perfección, sino sinceridad y disposición para actuar como testigos de Cristo.
El llamado a “declarar las cosas que habéis oído” resalta que el testimonio genuino, nacido de la experiencia personal y la confirmación del Espíritu, es una herramienta poderosa para enseñar el evangelio. Este versículo nos anima a compartir lo que sabemos con fe y confianza, confiando en que el Señor magnifica nuestros esfuerzos para bendecir a los demás.


Doctrina y Convenios 80:3–4

Cuando se trata de compartir el mensaje de la salvación con los demás, importa más quiénes somos que adónde vamos. Ya sea al final de la calle o al otro lado del mundo, debemos emular las enseñanzas de Cristo en nuestra vida diaria. Nuestra luz debe brillar de manera tan evidente que otros se pregunten cuál es la fuente de nuestro gozo y paz, y deseen saber más.

Cada lugar del mundo necesita desesperadamente nuestra luz, nuestro testimonio, nuestra verdad. Pero lo que somos realmente resonará más fuerte y de forma más convincente que cualquier cosa que podamos saber o decir.

Los miembros de la Iglesia siempre están siendo observados, ya que otros quieren ver si practicamos lo que predicamos. Somos testimonios vivientes del Dios viviente, heraldos mortales e imperfectos de la verdad en los últimos días.

Esta enseñanza basada en Doctrina y Convenios 80 es profundamente reveladora: el Señor nos dice que lo importante no es el destino, sino la disposición del corazón. El lugar donde servimos es secundario frente a la persona en que nos estamos convirtiendo. Sea donde sea que estemos, podemos ser instrumentos en las manos de Dios si vivimos conforme a Su voluntad.

La idea de que nuestra luz debe brillar tan claramente que otros deseen saber más refleja la misma invitación que Jesús dio en el Sermón del Monte: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres” (Mateo 5:16). La luz que compartimos no proviene de nosotros mismos, sino de Cristo, reflejada a través de nuestras acciones, nuestras palabras y sobre todo, nuestro carácter.

En un mundo que muchas veces está confundido o desesperanzado, nuestro ejemplo silencioso puede ser más poderoso que cualquier sermón. Nuestro testimonio viviente—por imperfecto que sea—puede abrir corazones y sembrar semillas de fe.

También se nos recuerda que somos observados. No con el fin de juzgarnos, sino porque el mundo anhela ver coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Y aunque somos mortales e imperfectos, podemos ser faros de verdad si buscamos sinceramente seguir a Cristo.


Versículo 5: “He aquí, esta es la voluntad del que os ha llamado, vuestro Redentor, sí, Jesucristo. Amén.”
El Señor concluye reafirmando que el llamado misional proviene directamente de Jesucristo, quien es el Redentor y guía de la obra. Este versículo fortalece la confianza de los misioneros al recordarles que están sirviendo bajo la dirección de Aquel que tiene todo poder y autoridad.

“He aquí, esta es la voluntad del que os ha llamado,”
Esta frase establece que el llamado misional no es arbitrario ni humano, sino que proviene directamente del Señor. Resalta que quienes son llamados a servir lo hacen bajo la dirección divina, no por méritos propios, sino por la voluntad de Dios y Su conocimiento perfecto de Sus siervos.
El presidente Thomas S. Monson declaró: “El Señor llama a aquellos que tienen debilidades, pero los califica para la obra. Su voluntad siempre está detrás de cada llamamiento que extiende.” (Conferencia General, octubre de 2004).
El hecho de que el llamado provenga de la voluntad del Señor fortalece la confianza de los siervos, recordándoles que no están actuando solos, sino como instrumentos en Sus manos.

“Vuestro Redentor,”
El título de “Redentor” subraya que Jesucristo, quien pagó el precio de la redención, es quien llama y guía a Sus siervos. Esto refleja Su amor infinito y Su deseo de incluirnos en Su obra redentora, ayudando a otros a acceder a las bendiciones de Su expiación.
El presidente Russell M. Nelson enseñó: “Jesucristo es nuestro Redentor. Por medio de Su sacrificio, Él no solo nos salvó del pecado, sino que nos invita a participar en Su obra, compartiendo Su evangelio con el mundo.” (Conferencia General, abril de 2019).
El hecho de que el llamado provenga del Redentor resalta el propósito eterno de la obra misional: llevar a las almas hacia la redención que solo se encuentra en Cristo.

“Sí, Jesucristo.”
El énfasis en el nombre de Jesucristo afirma Su centralidad en la obra del evangelio. Al identificarse personalmente como el autor del llamado, el Señor reafirma que toda la obra misional se hace en Su nombre y bajo Su dirección.
El élder Jeffrey R. Holland declaró: “Todo lo que hacemos en la Iglesia apunta a Cristo. Él es el centro de nuestro mensaje, nuestra guía en la obra misional y nuestra fortaleza en cada desafío.” (Conferencia General, abril de 2017).
Mencionar explícitamente a Jesucristo en este llamado recuerda a los misioneros y a todos los santos que la obra no es nuestra, sino Suya, y que Su autoridad, amor y poder nos sostienen.

Este versículo recalca que la obra misional y todos los llamamientos en la Iglesia provienen de Jesucristo. Él, como Redentor, invita a Sus siervos a participar en Su obra divina, otorgándoles el privilegio de ser instrumentos para traer almas a Él.

El versículo 5 concluye la Sección 80 reafirmando la fuente divina del llamado misional. Al identificar a Jesucristo como el autor y guía de la obra, el Señor asegura a Sus siervos que no están solos en su labor. Este versículo fortalece la fe y la confianza de los misioneros al recordarles que están cumpliendo con la voluntad del Redentor, quien camina con ellos en cada paso del camino.
Este versículo nos recuerda que la obra misional es un mandato divino y una invitación personal de Jesucristo, el Redentor del mundo. Al cumplir con Su voluntad, los siervos del Señor participan en la obra más sagrada y significativa: traer almas a Cristo y ayudarlas a recibir las bendiciones de Su expiación.

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