
La Fe Precede al Milagro
Basado en discursos de
Spencer W. Kimball
Capítulo doce
La lealtad
Líneas de comunicación
Hace algún tiempo, mientras viajaba por una extensa área de ganado al noroeste de la Argentina, recorría una angosta carretera que se extiende en línea recta a lo largo de varios kilómetros, cercada a ambos lados del camino por cuatro tiras horizontales de alambre de púas. Paralelos a la cerca y dispuestos a lo largo del camino, a corta distancia entre sí, desfilaba una serie de postes para líneas telefónicas. Cada poste estaba coronado por un travesaño al cual se encontraban sujetados de poste a poste los cables de las líneas de comunicación.
A medida que continuábamos la marcha mis compañeros de viaje y yo y nos aproximábamos a las áreas de espeso pasto que acababan de rozar, advertimos que el fuego había alcanzado las bases inferiores de algunos de aquellos postes telefónicos.
En una de las secciones se podía distinguir que casi todos los postes habían sido chamuscados o quemados y las bases de algunos de ellos habían sido totalmente consumidas por el fuego, de modo que los postes habían quedado sostenidos únicamente por los cables a los que se suponía aquellos debían sostener. Suspendidos en el aire, colgando de los cables flojos, aquellos postes se movían de un lado a otro a causa de la brisa y el viento, tocando intermitentemente la superficie del suelo y causando así interferencias en las líneas.
Aquellos postes habían sido instalados con el propósito principal de sostener los cables firmemente, mas el caso era que casi los estaban arrastrando por el suelo.
Muchas veces, durante los tres años en que estuve a cargo de la obra del Señor en Sudamérica, traté de hacer varias llamadas de larga distancia, pero una vez establecida la conexión, casi por regla, siempre había interferencia en la línea, escuchándose una conversación entrecortada y una serie de constantes sonidos rechinantes. A través de los ojos de mi mente, yo podía ver aquellos postes telefónicos de la Ruta a Salta, que meciéndose en el aire y tocando la superficie de la tierra una y otra vez, interrumpían la comunicación a intervalos de tiempo.
Las líneas y los postes telefónicos pueden compararse fácilmente con la manera de ser de los humanos. Se crean con el objeto de cumplir con ciertos propósitos, pero algunas veces terminan por ser utilizados para otros diferentes. Se diseñan para servir de sostén sólido y seguro, pero en muchos casos se ladean, se mueven de un lado a otro y se aflojan hasta atrofiar grandemente las comunicaciones, si no es que las cortan del todo.
Por propia experiencia en el conocimiento de muchos casos maritales, he podido dilucidar que una de las causas principales de los problemas que los aquejan es la falta de comunicación. Vemos un cuadro en el que los cables se han aflojado, las bases de los postes se han quemado, se escuchan sonidos disonantes entre esposos y esposas y no existen más que molestosas interferencias en donde, al contrario, debería reinar la paz. En lugar de disfrutar del amor y de la armonía, se amargan la vida con disgustos y desprecios constantes.
Una típica joven pareja que recién empezaba a vivir los primeros años agitados de su matrimonio eterno —con apenas los primeros dos hijos de una unión sagrada y eterna convenida en un santo templo de Dios— se vieron tan afectados por sus problemas que cada quien decidió empezar a irse por su propio lado. La disparidad de sus conceptos en cuanto a asuntos espirituales (y muchos otros más) había empezado a manifestarse —el uno proponiéndose por su lado llevar una vida que el otro consideraba fanatismo, y el otro mostrando una actitud que ante los ojos del cónyuge era apostasía. La verdad era que ambos estaban equivocados.
Al ponerse a discutir sobre el asunto, perdieron la paciencia y el abismo que había empezado a dividirlos en sus intereses comunes cada vez se hizo más grande. Ambos eran magníficas personas en el fondo, pero sus postes telefónicos se habían quemado y las líneas de comunicación se habían aflojado. La incapacidad de comunicarse con sensatez y tolerancia los condujo al enojo, a las palabras ofensivas y a los malos entendidos.
Con el tiempo, cada cual buscó desahogo en una persona ajena a su matrimonio, buscando establecer una comunicación basada en la comprensión y en sus ansias de consuelo. Esta actitud infiel los condujo a las aventuras físicas y terminó en el adulterio, el destrozamiento de dos hogares, la decepción de los cónyuges, la frustración de sus ideales y en la perjudicación de los hijos.
Y pensar que todo aquello había surgido como consecuencia de que dos buenas personas habían permitido que sus principios morales se debilitaran y que se atrofiara su efectiva comunicación. Son miles las parejas que comienzan sus vidas en el resplandor de la gloria, la intensa felicidad, la inteligente distribución de responsabilidades y las esperanzas más sublimes, para luego seguir el camino de la pareja mencionada.
Conozco otro caso de dos parejas, en cuyos rostros se podía divisar la agonía y el hondo pesar que los embargaba. Sucedió que el esposo de una de las parejas y la esposa del de la otra pareja se habían visto atrapados en la infidelidad hacia sus propios cónyuges al desarrollar una relación de confianza que, en primer lugar, jamás debió haberse tolerado. Los jóvenes muchachos habían consentido en conversar sobre sus problemas maritales sin percatarse de que con ello eran desleales a sus propios cónyuges. A esto la habían seguido citas secretas en las que se comunicaban infielmente asuntos íntimos de sus respectivos esposos. Finalmente, sucedió lo que jamás se habría previsto desde el inicio de todo —la transgresión.
Ambas parejas habían empezado a alejarse de su actividad y asistencia a la Iglesia. Se habían incorporado a un grupo social en el que sus integrantes andaban por el camino de la indiferencia hacia las cosas espirituales. Su nuevo estilo de vida los había atrapado a tal punto que, con el aumento de deudas, el pago de sus diezmos les resultaba difícil.
Se encontraban demasiado ocupados para realizar sus noches de hogar y asimismo apurados para tener sus oraciones familiares; de modo que cuando les sobrevino la tentación, no se encontraron preparados para enfrentarla. El pasto ardiente había consumido sus postes y ahora sólo colgaban sus carbonizados restos desde los cables flojos.
El pecado sobreviene cuando las líneas de comunicación dejan de funcionar —siempre sucede así, tarde o temprano.
Este mundo en que vivimos se encuentra infestado de corrupción. Es cierto que el pecado ha existido desde que Caín se rindió ante Satanás, pero es posible que nunca el mundo haya aceptado el pecado como una forma de vida tan abiertamente como hoy. Por nuestra parte, continuaremos proclamando el arrepentimiento desde millares de pulpitos. Continuaremos previniendo a aquellos que prestos sucumben a las tentaciones del mundo cuando éstas les sobrevienen.
Ciñamos nuestros lomos en la batalla contra el fuego de la tentación, reemplacemos esos postes dañados por el pecado, por una vida de rectitud, y esforcémonos por mantener una línea clara de comunicación que nos conserve en armonía mutua con nuestros semejantes y, principalmente, con nuestro Señor y Salvador.
Ambas parejas habían empezado a alejarse de su actividad y asistencia a la Iglesia. Se habían incorporado a un grupo social en el que sus integrantes andaban por el camino de la indiferencia hacia las cosas espirituales. Su nuevo estilo de vida los había atrapado a tal punto que, con el aumento de deudas, el pago de sus diezmos les resultaba difícil.
Se encontraban demasiado ocupados para realizar sus noches de hogar y asimismo apurados para tener sus oraciones familiares; de modo que cuando les sobrevino la tentación, no se encontraron preparados para enfrentarla. El pasto ardiente había consumido sus postes y ahora sólo colgaban sus carbonizados restos desde los cables flojos.
El pecado sobreviene cuando las líneas de comunicación dejan de funcionar —siempre sucede así, tarde o temprano.
Este mundo en que vivimos se encuentra infestado de corrupción. Es cierto que el pecado ha existido desde que Caín se rindió ante Satanás, pero es posible que nunca el mundo haya aceptado el pecado como una forma de vida tan abiertamente como hoy. Por nuestra parte, continuaremos proclamando el arrepentimiento desde millares de pulpitos. Continuaremos previniendo a aquellos que prestos sucumben a las tentaciones del mundo cuando éstas les sobrevienen.
Ciñamos nuestros lomos en la batalla contra el fuego de la tentación, reemplacemos esos postes dañados por el pecado, por una vida de rectitud, y esforcémonos por mantener una línea clara de comunicación que nos conserve en armonía mutua con nuestros semejantes y, principalmente, con nuestro Señor y Salvador.
























