La Fe Precede al Milagro

La Fe Precede al Milagro
Basado en discursos de
Spencer W. Kimball

Capítulo trece

La fidelidad
“Vuestros CÓNYUGES. . . y nadie más”


No en vano se jacta Satanás del poder que tiene para conquistar las almas de aquellos que sean presa fácil de sus propósitos. Podemos estar seguros de que su capacidad de hundir y atrapar a los que lo escuchen es real. A menudo prevenimos a la juventud inexperta contra los focos peligrosos del pecado. Sin embargo, Satanás no sólo busca atrapar a los jóvenes, sino que a todos en general. Tanto ha madurado el mundo en la iniquidad, que el pecado y el crimen se extienden cada día más.

Estamos conscientes del gran número de fieles personas para quienes la vida familiar y los mandamientos de Dios aún constituyen su primera preocupación; ellos desde ya tienen su recompensa. Sin embargo, son muchos los que también andan extraviados por los caminos prohibidos y es debido a ello que se hace imperante que elevemos nuestra voz de amonestación.

Las revelaciones declaran: Por tanto, del Padre ha salido el decreto. . . .

Porque la hora está cerca, y próximo el día cuando la tierra estará madura; y todos los soberbios y los que hacen maldad serán como rastrojo, y los abrasaré, dice el Señor de los Ejércitos, a fin de que no exista la maldad en la tierra. (DyC 39:8-9.)

La infidelidad es uno de los pecados más graves de nuestra generación. Las producciones de cine, los libros, las novelas e historias que aparecen en las revistas; todos éstos parecen hacer gran alarde de la infidelidad entre esposos. Para el mundo ya nada es sagrado, ni siquiera los convenios del matrimonio. Se presenta como heroína a la mujer infiel y se le justifica en su conducta inmoral, y al héroe se le presenta de tal manera que nada de lo que haga parece incorrecto, o bien se presenta al antagonista como un personaje cuyo destino se encuentra fuera del alcance de sus manos. Esto me trae a la memoria las palabras de Isaías, cuando dijo: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo…” (Isaías 5:20.)

De manera que, nosotros no vemos ninguna razón, por lo tanto, en disculparnos por levantar nuestras voces de amonestación.

El adversario es en verdad sigiloso y astuto. De sobra sabe que no es posible inducir al hombre a cometer grandes maldades de una sola vez, de modo que obra disimuladamente, presentándoles parcialmente la verdad a aquellos a quienes tiene por blanco, hasta que finalmente les tiende sus cadenas y los sujeta firmemente, mofándose de su confusión y miseria.

El pecado dura mientras la verdad no llega. Jacob declaró en cuanto a esto: . . . con la ayuda del omnipotente Creador del cielo y de la tierra, puedo hablar tocante a vuestros pensamientos, cómo es que ya empezáis a obrar en el pecado, pecado que para mí es muy abominable, sí, y detestable para Dios. (Jacob 2:5.)

Muchos individuos esconden sus culpas y no las confiesan, que es precisamente lo que Lucifer desea para lograr un dominio mayor sobre ellos.

En nuestros propios días, el Señor ha prometido a sus obispos y a otros llamados a su obra, la capacidad de—

. . . discernir todos esos dones, no sea que haya entre vosotros alguno que profesare tenerlos y, sin embargo, no sea de Dios. (DyC 46:27.)

Existen algunas personas casadas que dejan que su mirada divague fuera de sus límites y que su corazón se distraiga indebidamente, considerando que no hay nada incorrecto en flirtear ligeramente o en dar cabida en sus corazones a deseos indebidos y a sentimientos hacia terceras personas, fuera de sus respectivas esposas o esposos. El Señor claramente ha declarado: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra.” (DyC 42:22.)

Cuando el Señor dice con todo tu corazón, significa que en éste no debe haber cabida para nadie más, ni en el sentido más mínimo. El mismo mandamiento se aplica a la mujer con el mismo rigor: “Amarás a tu esposo con todo tu corazón, y te allegarás a él y a ningún otro.”

Las palabras ningún otro descartan a cualquier otra persona o cosa. De modo que vuestros cónyuges se convierten en las personas más preeminentes de vuestras vidas y ni siquiera la vida social, profesional o política, ni interés o persona algunos deben jamás sobrepasar en importancia al compañero conyugal. Existen algunas mujeres que dedican su tiempo y cuidados totalmente a sus hijos, a expensas del marido, llegando al extremo algunas veces de apartarlos de él.

A estas esposas les dice el Señor: “Y te allegarás a él y a nadie más.”

El matrimonio presupone una alianza total y una fidelidad plena. Cada cónyuge toma en matrimonio a su compañero o compañera en el entendido de que se entregan el uno al otro el corazón, apoyo, lealtad, respeto y amor, con toda la dignidad que corresponde. Cualquier otra manifestación distinta constituye pecado; cualquier sentimiento ajeno al corazón debe ser considerado como transgresión. De la misma manera en que debemos tener “la mira de glorificar a Dios”, igualmente debemos tener una mira, un oído y un corazón totalmente con­sagrados al matrimonio, al cónyuge y a la familia.

Por medio de la revelación moderna, se nos dice: No  cometerás  adulterio;  y el que cometa adulterio y no  se arrepienta, será expulsado [o excomulgado]. (DyC 42:24.)

Muchos reconocen el adulterio físico como un vicio, mas objetan que cualquier otra cosa que no llegue a tan abominable transgresión no debe condenarse tan severamente. No obstante, el Señor ha indicado repetidas veces:

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. (Mateo 5:27-28.)

Los mandamientos del Señor se aplican de la misma manera tanto al hombre como a la mujer, ya que el Señor estableció una norma única de moralidad. El hombre no es en todos los casos el agresor; muchas veces lo es la mujer provoca­tiva y seductiva. Advertid que, para ambos, todo está perdido si no hay un arrepentimiento sincero, real y continuo.

Él destrozar un hogar es pecado, y cualquier pensamiento, acto o relación que persiga este propósito constituye una grave violación. Había una señorita soltera que, a juzgar por su estado civil, tenía todo el derecho de buscar dignamente un compañero, mas sucedió que puso sus ojos en un hombre casado, que al igual que ella no pudo resistir su seducción. La objeción de la joven era que el matrimonio de aquel hombre “ya estaba al borde del precipicio” y que la esposa no lo com­prendía y por lo tanto él vivía infeliz en su hogar y había dejado de amar a su esposa. Sin tomar en consideración el estado del matrimonio de aquel hombre casado, la señorita desde ya estaba cometiendo un grave error al tratar de consolarlo, es­cuchar las acusaciones desleales contra la esposa y al consentirle tales familiaridades. Aquel hombre se encontraba en un estado de intenso pecado, al portarse como un infiel y desleal a su esposa. En tanto que un hombre sea casado, tiene la obligación de velar por el bienestar y la seguridad de su esposa, de la misma manera en que ella también debe hacerlo. Un caso que se presenta muy a menudo es el siguiente:

Una pareja de esposos, hastiados ya de tanta discusión y del grado de incomprensión al que habían llegado, se amenazaron el uno al otro con entablar un juicio de divorcio y decidieron cada quien buscar un abogado por su cuenta. Sus problemas los habían acosado a tal punto, que llenos de rencor mutuo, cada quien se había buscado compañía por otro lado, con lo cual ambos estaban en grave pecado. Sin importar cuán fuertes hubieran sido sus disgustos, ninguno de los dos tenía derecho ni a fijarse en ni a coquetear con nadie más fuera de su matrimonio, pues esto se considera reprobable. Aun cuando, en un caso como éstos, se proceda con el juicio de divorcio, para que una nueva relación amorosa se considere legal y aceptable, la pareja debe esperar hasta que el divorcio esté totalmente consolidado.

En tanto que un convenio matrimonial no se vea afectado por ningún trámite jurídico, ninguno de los cónyuges tiene derecho a buscar un nuevo romance o a entablar una nueva relación con nadie fuera del matrimonio, porque es ilegal. Después de consumado el divorcio, ya como individuos libres, pueden empezar legalmente un nuevo idilio.

Existen aquellos que buscan este tipo de relaciones románticas con ojos de lascivia y con ardiente desesperación. Sentir este tipo de deseos por poseer a la otra persona o añorar desmesuradamente tal cosa es codiciar, y el Señor lo condena determinantemente en la siguiente sentencia: “Y además, te mando no codiciar la mujer de tu prójimo; ni atentar contra la vida de tu prójimo.” (DyC 19:25.)

¡Oh, qué palabras más poderosas!

Ambos, el séptimo mandamiento, concerniente al adulterio y el décimo, concerniente a la codicia, encierran entre sí un mandamiento mayor que nos da una advertencia de suprema seriedad.

Codiciar lo que le pertenece a otra persona constituye pecado, y éste se origina cuando se empiezan a abrigar en el corazón sentimientos e intereses amorosos hacia terceras personas, fuera del matrimonio.

Son tantas las tragedias que con ello les sobrevienen a los esposos, a los hijos y a los demás seres queridos. A pesar de que tales “amoríos” se desarrollan inicialmente con toda inocencia, como un pulpo avanzan gradualmente, moviendo sus tentáculos hasta llegar al estrangulamiento.

Cuando se inician las citas o las cenas, las encaminadas a casa y otros contactos similares, el abismo de la tragedia se abre de par en par. Una vez que se consienten ciertos contactos físicos de cualquier naturaleza, se desciende fácilmente hasta el fondo del abismo del pecado.

Los deseos de los hombres a menudo se alimentan y nutren de los pensamientos que dan lugar a la meditación, sean éstos degenerados o sagrados.

Porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él. (Proverbios 23:7.)

El profeta Amulek también nos recuerda: Porque nuestras palabras nos condenarán, sí, todas nuestras obras nos condenarán; no nos hallaremos sin mancha, y nuestros pen­samientos también nos condenarán. Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios, sino que nos daríamos por felices con poder mandar a las piedras y montañas que cayesen sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia. (Alma 12:14.)

No hay nada que justifique la maldad. Dos equivocaciones no hacen que una de las dos deje de serlo. Los cónyuges se portan algunas veces desconsiderados, ingratos y hasta se vuelven difíciles de tratar, siendo así responsables del fracaso de su hogar, pero esto en ninguna manera justifica la codicia, la deslealtad o la infidelidad del otro compañero.

El escritor James Alien nos dice lo siguiente: “El mundo de pensamientos internos rige el mundo de circunstancias externas”.

Muchos individuos extremadamente egoístas sólo piensan en sí mismos cuando empiezan a atravesar los límites del decoro en sus flirteos fuera del hogar; a todos los que ignoran a propósito a los inocentes padres, o a la inocente esposa e hijos, van dirigidas las innumerables advertencias de las Escrituras: . . . debo obrar según los estrictos mandamientos de Dios, y hablaros concerniente a vuestras iniquidades y abominaciones, en presencia de los puros de corazón y los de corazón quebrantado, y bajo la mirada del ojo penetrante del Dios Omnipotente. (Jacob 2:10.)

Poca es la consideración que la mayoría de los que se extravían les tienen a sus inocentes víctimas, hasta que llega el momento en que ya no les es posible cargar con el peso de la culpa final. A estas personas les dice el Señor:

Porque yo, el Señor, he visto el dolor y he oído el lamento de las hijas de mi pueblo… a causa de las iniquidades y abominaciones de sus esposos.

. . . Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros. . . . han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas. (Jacob 2:31, 35.)

Muchas esposas encuentran pretextos para justificar sus ligerezas; invitan a los hombres al deseo sensual al vestirse inmodestamente o al cometer ciertas imprudencias y desplegar sus coqueterías, sus miradas seductivas, o al maquillarse demasiado y actuar como adulonas.

El apóstol Pablo también las llama al arrepentimiento; “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.” (Efesios 5:22.)

Y para los esposos también está el mandamiento: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. (Efesios 5:25.)

Hay también algunos individuos que aún ya casados jamás se desprenden de las faldas o pantalones de sus padres. El Señor ha declarado por medio de sus profetas: “Por esto dejará el hombre [o la mujer] a su madre, y se unirá a su mujer [o marido], y los dos serán una sola carne”. (Efesios 5:31.)

Esos padres que interfieren en las vidas de sus hijos casados, tratando de manejarlos o decirles lo que tienen que hacer, alejándolos así de sus cónyuges, tarde o temprano terminan por lamentar una posible tragedia. Se supone que cuando dos individuos se dan en matrimonio, se convierten automáticamente en mutuos confidentes, amigos, compañeros de responsabilidades y en seres independientes de sus familiares y amigos. Ninguna persona, ni aun los padres, debe intervenir en el matrimonio. Así es como concluye Pablo: “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.” (Efesios 5:33.)

Aquellos que han dado por terminado su amor, vuelvan a sus hogares con toda lealtad, fidelidad, respeto y pureza, y ese amor del que sólo parecía haber cenizas se encenderá de nuevo con la misma llama viva con que antes ardió. Cuando el amor se marchita y perece, es por lo general a causa del veneno mortífero de la infidelidad de pensamientos o de actos en el matrimonio.

A aquellos que denigran el matrimonio y sus convenios y responsabilidades, y a los esposos y esposas que juegan a los insinuaciones de una supuesta infidelidad, el apóstol Pablo les señala la bajeza de tales bromas y mofas de asuntos tan sagrados:

Pero fornicación y toda inmundicia o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías. . . (Efesios 5:3-4.)

El bromear con el cónyuge sobre supuestos “amoríos” externos puede significar el plantar una semilla que al germinar eventualmente puede dar fin al matrimonio. Esta institución es demasiado sagrada y divina como para este tipo de riesgos.

Estando sentado en un restaurante en cierta ocasión, noté detrás de mí a cuatro hombres que tomaban licor. Pude escuchar que hacían bromas sobre los novios de sus esposas y sobre sus propias novias. No sé si en efecto se trataba de que todos eran adúlteros, pero de lo que sí estoy seguro es de que nada bueno podía derivarse de tan absurdas bromas y de que constituye una blasfemia el expresarse de esa manera sobre la sagrada relación matrimonial.

Tal falta de respeto al referirse al matrimonio, lo mismo que el permitirse familiaridades con alguna persona ajena al mismo representan peligrosas escalas en la ruta hacia la insatisfacción y la infidelidad.

Aquellos que han sucumbido a las horrendas tentaciones deben haber acallado ya en tantas ocasiones esa suave y supli­cante vocecita del Espíritu Santo, que ahora El vacila en retornar, se siente como un estorbo. De modo que decide mejor dejar al inicuo que “luche por sí mismo”.

El Señor claramente ha dicho: “… mi Espíritu no contenderá siempre con el hombre…” (DyC 1:33.)

A vosotros que os habéis unido ya por los vínculos y convenios del matrimonio, os suplico santificarlo, mantenerlo vivo y expresar vuestro amor con acciones significativas y sinceras tan a menudo como sea posible.

Esposos, allegaos a vuestros hogares —en cuerpo, espíritu, mente, lealtad y con vuestros ideales y muestras de afecto— y amad a vuestra compañera manteniendo una relación santa e inquebrantable.

Esposas, allegaos también con todas vuestras metas, fidelidad, anhelos, lealtad y muestras de afecto —trabajando en unión con vuestro compañero para hacer de vuestro hogar un Edén. Obrando de esta manera, complaceréis grandemente a vuestro Señor y Maestro y os podréis asegurar con ello una suprema felicidad.