Dejar que la luz del Hijo
brille a través de nosotros
Por Kaylene P. Harding
Consejo Asesor General de la Primaria
Conforme procuramos recibir y compartir la luz de Cristo, podemos hallar gozo más abundantemente en nuestra vida.

Un lunes temprano por la mañana, un grupo de voluntarios bien dispuestos se reunió para ayudar a limpiar el Templo de Mount Timpanogos, Utah. Se dieron las asignaciones y, mientras varios voluntarios y yo seguíamos a nuestra supervisora asignada, rápidamente nos dimos cuenta de que nos estaba guiando al salón celestial.
Cuando entramos en la habitación, de inmediato nos dimos cuenta de que el enorme candelabro escalonado que normalmente colgaba por encima de nuestra cabeza se había bajado cerca del piso. Nuestra responsabilidad era limpiarlo. ¡No era una tarea pequeña, ya que el candelabro consistía en miles de cristales individuales! A cada persona se le dieron guantes blancos y se nos mostró cómo quitar el polvo frotando cuidadosamente cada cristal, uno por uno, entre los dedos con guantes. El delicado proceso era muy laborioso e intenso, pero nos pusimos a trabajar con entusiasmo.
Varias horas después, ¡el candelabro recién limpiado emitía un brillo radiante! Después de admirar su belleza, comenzamos a limpiar los candelabros más pequeños del salón celestial.
De repente, ¡sucedió algo asombroso! El sol de la mañana se elevó sobre la cima oriental de la montaña y sus resplandecientes rayos brillaron directamente a través de la gran ventana redonda del salón celestial en el ángulo perfecto para iluminar el magnífico candelabro. Cada reluciente cristal captó la luz del sol, y se esparcieron innumerables prismas de luz espontáneamente por todas partes. Los brillantes arcoíris recorrían el piso, el techo, los muebles, las paredes y las personas, y algunos rayos incluso danzaban por el aire. ¡Estábamos atrapando arcoíris con las manos! ¡Fue espectacular!
A menudo he meditado sobre ese momento inolvidable y he llegado a comprender más claramente que ¡la luz marca toda la diferencia! Al igual que los cristales, cuando recibimos la luz del Hijo y la reflejamos hacia el exterior, ¡Su luz se magnifica y los gozosos efectos son deslumbrantes!
Durante Su ministerio terrenal, y nuevamente después de Su resurrección, el Salvador declaró que Él es la Luz del Mundo (véanse Juan 8:12; 3 Nefi 15:9; 3 Nefi 18:24). Él dio la siguiente invitación a Sus discípulos: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16; véase también 3 Nefi 12:16).
Como discípulos de Jesucristo, cada uno de nosotros podría preguntarse: “¿Cómo puedo, de forma más deliberada, dejar que la luz del Hijo brille a través de mí?”.
Podríamos comenzar a responder esta pregunta al llegar a ser más agradecidos y conscientes de las abundantes maneras en que Jesucristo ha compartido Su luz con nosotros. ¡Miren a su alrededor! ¡Su luz está en todas partes! La vemos en la belleza de una reluciente gota de lluvia y en el milagro de un amanecer dorado. La sentimos en momentos de adversidad cuando reconocemos Su mano misericordiosa que nos permite sobrellevar nuestras cargas y elevarnos por encima de la oscuridad del dolor o del temor. La aceptamos al darnos cuenta de que cada aliento que respiramos y cada día en la tierra es una oportunidad de llegar a ser más semejantes a Él:
“[L]a luz y la vida del mundo; una luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprenden;
el que de tal manera amó al mundo que dio su propia vida, para que cuantos crean lleguen a ser hijos de Dios” (Doctrina y Convenios 34:2–3).
Si “vivi[mos] cada día en acción de gracias” (Alma 34:38) por la luz que hemos recibido, aumentará nuestro deseo de compartir Su luz con los demás.
A medida que nuestro deseo de recibir y compartir la luz crece, podemos pedir al Padre Celestial que nos ayude a actuar de maneras pequeñas y significativas para permitir que la luz de Su Hijo brille a través de nosotros. Tal vez el Espíritu nos inspire a ofrecer una sonrisa genuina para alegrarle el día a alguien, orar por un desconocido con necesidades, ser amables en nuestros pensamientos hacia un vecino o escuchar atentamente a un niño. Al prestar atención a los susurros enviados especialmente para nosotros, llegará más revelación personal. Podríamos ser inspirados a decidir ser alegres, enviar un mensaje para edificar a un amigo, decirle “te quiero” a un miembro de la familia, perdonar verdaderamente o pedir perdón por una acción desconsiderada. De cualquier manera única en que se nos guíe a reflejar la luz del Hijo, nuestros actos de bondad y amor nos brindarán gran gozo a nosotros y a los demás, y con la ayuda del Señor, ¡los efectos combinados serán asombrosos!
He llegado a comprender más claramente que la luz marca toda la diferencia. He comprendido más plenamente esta profunda verdad: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (Doctrina y Convenios 50:24).
Con humilde gratitud, doy gracias al Padre por Su Hijo Amado y por permitirnos ayudarle a iluminar el mundo.
Portadores de luz celestial
“[C]omo discípulos de Jesucristo, ustedes son portadores de luz. Continúen haciendo las cosas que nutrirán Su luz divina. “Alzad […] vuestra luz” [3 Nefi 18:24] y “alumbre […] delante de los hombres”, no para que ellos los vean y los admiren, sino “… para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” [Mateo 5:16] […].
“Cada vez que vuelven su corazón ante Dios en humilde oración, experimentan Su luz. Cada vez que procuran conocer Su palabra y Su voluntad en las Escrituras, la luz aumenta su brillo. Cada vez que perciben la necesidad de alguien y sacrifican su comodidad para tenderle una mano con amor, la luz se expande y crece. Cada vez que rechazan la tentación y eligen la pureza; cada vez que piden perdón, o lo conceden; cada vez que testifican de la verdad con valentía, la luz ahuyenta las tinieblas y atrae a otras personas que también buscan la luz y la verdad.
“Piensen en sus propias experiencias personales, en los momentos en los cuales han servido a Dios y a sus semejantes cuando la luz divina iluminó sus vidas, en el santo templo, en la Santa Cena, en un momento de meditación y oración, en sus reuniones familiares o durante un acto de servicio del sacerdocio. Compartan esos momentos con sus familiares y amigos, y en particular, con nuestros jóvenes, quienes andan procurando la luz. Ellos necesitan que ustedes les digan que junto con esa luz se recibe esperanza y sanación, aun en un mundo lleno de tinieblas.
“La luz de Cristo infunde esperanza y felicidad, y produce sanación de toda herida o enfermedad espiritual. Quienes experimentan esta influencia refinadora se convierten en instrumentos en las manos de la Luz del mundo para llevar luz a los demás”.
Dieter F. Uchtdorf, “Portadores de luz celestial”, Liahona, noviembre de 2017, págs. 80–81.
























