La enseñanza de los hijos
Por el Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Nos maravillamos ante la sabiduría madura del niño que, alejándose de José y de María, fue hallado en el templo “sentado en medio de los doctores”, enseñándoles el Evangelio.

Muy poco es lo que se ha escrito sobre la infancia de Jesús. Es de suponer que por haber sido Su nacimiento un hecho de una magnitud tan excepcional, éste haya tomado el lugar de los relatos de Su niñez. Nos maravillamos ante la sabia madurez del niño que, alejándose de José y de María, fue hallado en el templo “sentado en medio de los doctores”, enseñándoles el Evangelio. Cuando María y José expresaron la preocupación causada por Su ausencia, Él les hizo la perspicaz pregunta: “…¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”.
El registro sagrado dice de Él: “…Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. Un pasaje poco conocido describe Su transición de niño a hombre: Él “anduvo haciendo bienes”.
El mundo ha cambiado debido a Jesucristo; se ha llevado a cabo la Expiación divina, se ha pagado el precio del pecado y el temible espectáculo de la muerte cede ante la luz de la verdad y la certeza de la resurrección. Aunque pasen los años, Su nacimiento, Su ministerio y Su legado continúan guiando el destino de todos aquellos que lo siguen, tal como Él tan anhelosamente nos exhortó que lo hiciéramos.
Todos los días nacen niños —incluso cada hora— de madres que, depositando su confianza en Dios, entraron en valle de sombra de muerte, a fin de dar a luz a un hijo o a una hija y bendecir a una familia, a un hogar y, en cierta manera, a una porción de la tierra. Seguir leyendo

por Alvin R. Dyer

por Alvin R. Dyer




























