Servir al Señor y resistir al diablo

Servir al Señor y resistir al diablo

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Les aconsejaría que consideraran el ejemplo del Salvador, quien, en ayuno y oración con el fin de prepararse para Su ministerio, rechazó triunfalmente las tentaciones de Satanás.

En nuestros tiempos, no es muy común que una persona quiera hablar de la influencia que ejerce Satanás. Tal vez no sea muy popular tratar este tema, pero, de todas formas, he decidido hacerlo. Alguien dijo: “He oído mucho acerca del diablo; he leído bastante sobre él; e incluso he hecho tratos con el diablo, pero no valió la pena”. Vivimos en una época en que muchos aspectos de la vida se miden en base a la norma de lo que es correcto desde el punto de vista social o político. Extiendo un reto a esa doctrina falsa de comportamiento humano. La influencia de Satanás se hace cada vez más acep­table. Elizabeth Barrett Browning declaró: “El diablo se vuelve más diabólico cuando aparenta ser respetable” (Aurora Leigh, libro 7, renglón 105). Sin embargo, como dijera Shakespeare: “Loco es el que confía en la mansedumbre de un lobo” (El rey Lear, acto 3, escena 6, renglón 24).

No es prudente tratar de indagar en cuanto a Satanás y sus misterios. Nada bueno puede resultar de acercarse tanto a lo malo; ya que así como cuando se juega con fuego, es muy fácil quemarse; porque “el conocimiento del pecado incita a cometerlo” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1939, pág. 367). El único camino seguro es mantenerse a gran distancia de él y de cualesquiera de sus actividades inicuas o prácticas nefastas. Las iniquidades de la adora­ción satánica, la hechicería, la fascinación, la brujería, el vuduismo, la magia negra y todas las otras formas de satanismo se deben evitar como la plaga.

No obstante, el presidente Brigham Young dijo que es importante “estudiar… la maldad y sus consecuencias” (en Discourses of Brigham Young, seleccionados por John A. Widtsoe, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1978, pág. 257). Debido a que Satanás es el autor de toda la maldad que existe en el mundo, sería, por lo tanto, esencial el darse cuenta que él es la influencia que da ímpetu a lo que se opone a la obra de Dios. Alma trató este tema en forma breve y concisa: “Porque os digo que todo lo que es bueno viene de Dios; y todo lo que es malo, del diablo procede” (Alma 5:40).

La razón principal por la que elegí este tema es para ayudar a los miembros mediante una exhortación, tal como dijo Pablo: “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquina­ciones” (2 Corintios 2:11). Esperamos que los miembros que no estén familiarizados con las sofisterías del mundo se mantengan alejados de las tentaciones y los designios fraudulentos de Satanás.

Cito las palabras del élder Marion G. Romney quien, en una reunión efectuada en la Universidad Brigham Young en 1955, declaró: “Hay personas entre nosotros que tratan de servir al Señor sin ofender al diablo”. Esto es algo ciertamente contradictorio. El élder Romney con­tinúa: “¿Está la elección inevitablemente entre la paz, la cual se obtiene al estar en armonía con el Evangelio de Jesucristo, según fue revelado mediante el profeta José Smith, y la contención y la guerra?” (“The Price of Peace”, Speeches of the Year, Provo, Utah: Universidad Brigham Young, 1º de marzo de 1955). Seguir leyendo

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Su matrimonio y el Sermón del Monte

Su matrimonio y el Sermón del Monte

por Paúl K. Browning

La desconfianza y el resentimiento estaban destruyendo el matrimonio de Ricardo y Janire; pero el leer juntos el consejo del Salvador en el Sermón del Monte tendió un puente sobre un abismo de desacuerdos.

Hace apenas unos años, Ricardo y Janire fueron a un consejero matrimonial con el fin de ver si podían resolver los problemas que estaban acabando con su matrimonio. El los escuchó mientras ambos le explicaron la forma en que el otro había sido injusto y lo había ofendido. Los resentimientos eran tan profun­dos que el consejero no sabía cómo podrían reconciliarse. Sin embargo, mientras se debatía pensando en posi­bles soluciones, le vino a la mente el Sermón del Monte, recordando que el presidente Harold B. Lee lo había llamado “la fórmula para una vida perfecta” (Decisions for Successful Living, Salt Labe City; Deserct Book Company, 1973, pág. 57).

El consejero entregó entonces a la pareja un ejemplar de la Biblia y les pidió que lo abrieran en Mateo, capítulos 5 al 7. “¿Podrían leer el Sermón del Monte completo tres veces esta semana, juntos y en voz alta?”, les preguntó. “Y cada vez que terminen de leerlo, ¿podría cada uno de ustedes nombrar por lo menos algo que tendría que cambiar para poner su vida en armonía con lo que enseñan esos capítulos? Recuerden que ninguno de los dos debe decirle al cónyuge lo que él tiene que hacer para cambiar. Concéntrense en cam­bio en lo que cada uno de ustedes debe hacer”. A pesar de sus dudas, estuvieron de acuerdo en hacerlo.

A la semana siguiente, volvieron a la oficina del consejero muy ama­bles el uno para con el otro. Estaban dispuestos a hablar sobre lo que podían hacer para que hubiera más cooperación y reciprocidad en el matrimonio. Por lo menos, tres cosas buenas pasaron como resultado de haber cumplido con la asignación de lectura: Primero, al leer las Escrituras juntos, volvieron a sentir la presencia del Espíritu en su vida; segundo, los obligó a hacerse un análisis introspectivo de sí mismos y buscar el verdadero motivo de sus reacciones y comportamiento en lugar de centrarse en los de su cón­yuge; y tercero, cumplieron con la asignación sin pelearse.

El Sermón del Monte enseña muchos principios que pueden ser de beneficio a cualquier matrimo­nio, tenga éste problemas o no. Me gustaría examinar cuatro de esos principios.

Perdonarse mutuamente

Rodolfo y Carolina habían estado casados por veinte años. Cuando fueron por primera vez a ver a un consejero para resolver sus dificulta­des matrimoniales, Carolina se quejó de que Rodolfo era cruel, manipulador, descuidado y de que tenía mal carácter. El consejero se volvió para mirar a Rodolfo espe­rando escuchar algo completamente diferente, pero para su sorpresa, éste estuvo de acuerdo con Carolina. Más tarde, se dio cuenta de que Rodolfo tenía poca estimación pro­pia y, para compensar, trataba de controlar a Carolina y a sus hijos, Rodolfo admitió que necesitaba ayuda profesional y dijo que tenía deseos de cambiar. Seguir leyendo

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¿Qué relación hay entre la justicia, la misericordia y la expiación?

La expiación Infinita:
¿Qué relación hay entre la justicia,
la misericordia y la expiación?

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


LAS LEYES INMUTABLES DEL UNIVERSO

La justicia y la misericordia son conceptos difíciles de explorar, no por una ausencia de referencias al respecto en las Escrituras, sino porque estos conceptos agotan nuestros recursos intelec­tuales mucho antes de divulgarse todas las respuestas. El élder McConkie escribió: «Sabemos que, de alguna forma, incompren­sible para nosotros, su sufrimiento satisfizo las demandas de la justicia».1

Las Escrituras se refieren con frecuencia a la «justicia» y a sus demandas de satisfacción. ¿Qué es pues, la justicia y quien la exige? Las definiciones del diccionario son numerosas: «dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece», «Derecho, razón, equidad», «conjunto de todas las virtudes», «es bueno quien las tiene»… por mencionar solamente unas pocas. Pero ¿quién esta­blece qué es justo? ¿Cuáles son las consecuencias de quebrantar lo que es justo o de obedecerlo?

Hay ciertas leyes del universo que son inmutables, que no tienen principio de días ni fin de vida. No son la creación de ningún ser inteligente, ni el producto del pensamiento moral; son eternas, realidades coexistentes con las inteligencias del uni­verso. Estas leyes son inmutables ya que no pueden modificarse ni alterarse de ninguna manera. Son inmutables, de eternidad en eternidad. Son leyes que existen y se perpetúan por sí mismas, y a las que Dios mismo está sometido. B. H. Roberts habló de «existencias eternas» que gobiernan incluso a los Dioses: «Hay cosas que limitan incluso la omnipotencia de Dios. ¿Qué quiere decirse, entonces, cuando se le atribuye el atributo de la omni­potencia? Sencillamente, que todo lo que es posible hacer, o se tiene la capacidad de hacer, en virtud del poder condicionado por otras existencias eternas: duración, espacio, materia, verdad, justicia, imperio de la ley… Dios puede hacerlo. Pero incluso él no puede actuar en discordancia con las otras existencias eternas que lo condicionan o lo limitan incluso a él».2

Brigham Young enseñó la misma verdad: «Nuestra religión no es ni más ni menos que el orden verdadero del cielo: el sistema de leyes por el que se gobiernan los Dioses y los ángeles. ¿Están gobernados por la ley? Por supuesto. No hay ningún ser en las eternidades que no esté gobernado por la ley».3 Seguir leyendo

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La Vida en Otros Planetas

La Vida en Otros Planetas

(Tomado de the Church News)

No hace mucho tiempo que los investigadores se burlaban de la teoría de que otros planetas están habitados. En la actualidad las pruebas espaciales están haciéndoles cambiar de opinión. Ahora creen que la vida puede existir en otras esferas.

Se han escrito muchos comentarios al res­pecto. Uno de los más recientes se debe a la pluma del periodista inglés John Delin, que entre otras cosas dice:

“El razonamiento científico muestra que a través de todo el universo hay posibilidades de vida inteligente. En algunas partes posiblemente la vida ha existido por períodos más extensos que en la tierra, mientras que en otros quizás haya razas de una inteligencia superior.

“El señor C. M. Cade, un científico industrial, opina que la vida no puede existir en las estrellas que vemos, las cuales son soles tanto o más calientes que el nuestro, pero que estas estrellas tienen planetas capaces de propiciar la vida.”

Otro escritor, refiriéndose al mismo tema, ha manifestado su creencia de que otros planetas están habitados, y teme que en el futuro podamos descubrir que éstos son pueblos más fuertes y poderosos de lo que somos—hombres que podrían dominarnos y esclavizarnos. Señala también que aun podríamos encontrarnos con una raza inferior, a la quizás lleguemos a superar y explotar.

Por supuesto, otros planetas están habitados. No debe haber duda alguna al respecto, en especial en las mentes de los Santos de los Últimos Días. Seguir leyendo

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«No nos ha dado Dios espíritu de cobardía»

«No nos ha dado Dios espíritu de cobardía»

por Gordon B. Hinckley
La fe esencia de la religión verdadera


Al viajar por todo el mundo y a través de toda mi vida, he conocido a mucha gente con diversos problemas y afanosas preocupaciones. En respuesta a esos problemas e inquitudes, con frecuencia he recordado algunas palabras escritas hace tanto tiempo por el apóstol Pablo. En aquellos momentos probablemente se encontraba prisionero en Roma, listo, como él dijo, «para ser sacrificado» (véase 2 Timoteo 4:6). Pablo había sido un gran misionero, incansable en su testimonio, celoso en su deseo de testificar en cuanto al Señor resucitado. Sabía que sus días estaban contados y con mucho sentimiento escribió a su compañero menor, Timoteo, a quien se refirió como su «amado hijo»: «Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti . . . Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:6-7).

¿Quién de nosotros podría decir que jamás ha sentido el espíritu de cobardía? No conozco a nadie que se haya sentido completamente libre de temores. Algunos, por supuesto, experimentan temores en un grado mayor que otros. Algunos tienen la capacidad para superarlos mientras que otros se sienten atrapados y arrastrados por el temor y aun se dejan vencer. Padecemos el temor a la burla, al fracaso, a la soledad, a la ignorancia. Algunos temen el presente, otros el futuro. Algunos llevan sobre sí la carga del pecado y darían casi cualquier cosa por librarse de esa carga, pero temen transformar su vida. Debemos reconocer que el temor no viene de Dios, sino que este elemento torturador y destructivo proviene del adversario de toda verdad y justicia. El temor es el antítesis de la fe y su efecto es corrosivo, y aun fatal.

«Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio». Estos principios son antídotos eficaces de los temores que nos privan de nuestra fortaleza y que a veces nos llevan al fracaso. Son principios que nos dan poder.

¿Qué clase de poder? El poder del Evangelio, el poder de la verdad, el poder de la fe, el poder del sacerdocio.

Martín Lutero fue uno de los grandes y valientes reformadores de la Restauración. Me agradan mucho las palabras de su magnífico himno:

Baluarte firme es nuestro Dios,
de protección eterna.
Amparo grande es nuestro Dios;
los males Él sujeta.
Supremo es Su poder.
Rescata a todo ser.
Con potestad obró.
Él todo lo creó, y para siempre reinará.
-Himnos, 1992, N° 32 Seguir leyendo

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El testimonio: Y no recibís nuestro testimonio

El testimonio
«Y no recibís nuestro testimonio»

por Spencer W. Kimball
La fe precede al milagro


Existen muchas personas que han experimentado en sus vidas la dulzura, la paz y el gozo que llegan a aquellos que ven con claridad el sendero hacia la eternidad y que, sabiendo perfectamente que no hay otro camino, luchan denodadamente por alcanzar sus metas eternas. Al igual que éstas, existen también aquellas personas que dudan el que otros puedan «saber» tales cosas, mas el Señor ha repetido una y otra vez la irrefutable promesa.

El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. (Juan 7:17.)

Ante los tribunales de justicia siempre se les pide a los testigos, antes de someterlos a un interrogatorio, jurar que la información dada es «la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad». De ahí que al conjunto de declaraciones dadas por un testigo se le llama «testimonio».

En materia de asuntos espirituales podemos igualmente testificar. Podemos contar con la auténtica certeza de la existencia real de un Dios personal; de la actual vida activa de Cristo, independiente pero semejante a la del Padre; de la divinidad de la restauración de las doctrinas y organización de la Iglesia de Dios sobre la tierra por medio de José Smith y otros profetas; así como del poder del divino y autoritario sacerdocio dado al hombre por revelación de Dios. Toda persona consciente puede llegar a conocer la veracidad de estas cosas con la misma seguridad con la que sabe que el sol nos da su luz. Fracasar en alcanzar este conocimiento es admitir que no se ha pagado el precio necesario para adquirirlo. Tal como cualquier título académico, éste se obtiene por medio de mucha dedicación. El alma purificada a través del arrepentimiento y las ordenanzas apropiadas obtiene un testimonio después de demostrar sinceridad de intención, estudiar e investigar concienzudamente y orar con toda devoción.

El conocimiento firme de las cosas espirituales abre las puertas a grandes e inefables recompensas y gozos. El ignorar un testimonio es caminar a tientas por cuevas de impenetrable oscuridad, o transitar lentamente por entre la niebla de caminos escabrosos. La persona que camina en la oscuridad aun en pleno mediodía, que tropieza con obstáculos fácilmente superables, y que se sume en la sombría y titubeante luz de la vela de la inseguridad y el escepticismo, cuando no tiene ninguna necesidad de ello, es digna de la más grande conmiseración. El conocimiento espiritual de la verdad no es más que la luz potente que ilumina la caverna; el viento y el sol que disipan la niebla; la maquinaria que remueve los obstáculos del camino. Es la mansión de la colina que reemplaza a la choza entre pantanos; el segador mecánico que arrincona la hoz y la guadaña; el tractor, el tren, el automóvil o el avión que han desplazado a las yuntas de bueyes. Es los granos nutritivos del maíz en lugar de las hojas de éste en el comedero de los animales. En realidad, es mucho más que todo lo que podamos mencionar, como lo explica el apóstol Juan—

. . . ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3.)

La vida eterna es el más grande de todos los dones de Dios. No es fácil obtenerla, sino más bien es necesario pagar un precio muy alto. Seguir leyendo

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El principio del reinado de jueces (Mosíah 29; Alma 1-4)

Guía de estudio del Libro de Mormón

El principio del reinado de jueces
(Mosíah 29; Alma 1-4)

Haciendo las cosas preciosas simples
Randal S. Chase


Aproximadamente en el año 92-91 aC, Mosíah deseó conferirle el reino a uno de sus hijos, pero ellos se negaron a reinar en su lugar, prefiriendo dedicar sus vidas a la obra misional. Temiendo que algún otro arreglo pudiera llevar a la iniquidad y cautividad, Mosíah propuso que los jueces seleccionados sean elegidos en lugar de un rey. Él acordó con su gente que los reyes indignos guiarán al pueblo al pecado y al derramamiento de sangre, y les recordó cómo el Rey Noé había hecho esto.

•  Mosíah 29:1-6 Los hijos de Mosíah se rehúsan a remplazar a su padre como rey. El intento original de Mosíah, era que uno de sus hijos lo reemplazara como rey; ya que la gente había expresado esto como su deseo concerniente al reino (v. 10). Así fue como se hizo desde los días de Nefi; y cada rey, en la mayoría de los nefitas, habían sido un descendiente directo de Nefi. Parecía natural que esta tradición debía continuar, y el pueblo dijo: «Deseamos que tu hijo Aarón sea nuestro rey y nuestro gobernante” (v. 2). El problema con esta proposición era que Aarón y todos sus hermanos habían partido a sus misiones a la tierra de Nefi y prefirieron esas labores a volverse rey en lugar de Mosíah (v. 3). Mosíah aconsejó al pueblo en cuanto la situación (versos 4-6).

•   Mosíah 29:7-24, 33-36 lo poco aconsejable de tener reyes. Mosíah temía que si una persona, además de uno de sus propios hijos, fuera colocada como rey, eventualmente se volvería una causa de contención y llevaría a la destrucción de quienquiera que asumiera el trono, aún en el evento que uno de sus hijos lo hiciera; si más tarde cambiaran de opinión (versos 7-9). Él entonces convenció a su gente a considerar tener jueces electos en lugar se reyes. Habló de la necesidad de tener hombres sabios como jueces, quienes operarían de acuerdo a la ley y también de acuerdo a los mandamientos de Dios (versos 11-12). Seguir leyendo

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Necesitamos una juventud valiente y una humildad sincera

Conferencia General Abril 1969

Necesitamos una juventud valiente
y una humildad sincera

por el presidente David O. McKay
(Discurso leído por su hijo, Robert R. McKay)


Mis queridos hermanos: Al acercarnos al final de esta magnífica conferencia anual de la Iglesia, mi alma se llena de aprecio y agradecimiento por el privilegio que hemos tenido de participar del maravilloso espíritu y del sentimiento de hermandad que han reinado en las reuniones durante los tres últimos días.

Tengo la impresión de que cada uno de los asistentes, ya sea en persona o que haya escuchado la conferencia, no importa de quien se trate, no podrá evitar alejarse con un deseo y una determinación mayores de llegar a ser mejor; un mejor ciudadano en su ciudad o país, de lo que ha sido hasta ahora.

Por lo menos, no podemos dejar esta conferencia sin un mayor sentido de la responsabilidad que tenemos, de contribuir a que la vida mejore a nuestro alrededor. Como individuos, debemos tener pensamientos más nobles; no debemos alentar pensamientos bajos o pobres aspiraciones, pues si así lo hacemos, contagiaremos a otros con nuestro sentir. Si tenemos pensamientos nobles, si acariciamos aspiraciones nobles, tal es lo que inspiraremos a los demás, especialmente cuando nos asociamos con ellos.

Cada ser humano inspira lo que es; cada persona es un recipiente de esta inspiración. El Salvador era consciente de este hecho; lo sentía en cualquier momento que se encontrara en la presencia de otra persona, ya fuera la mujer de Samaría con su pasado, o la mujer que iba a ser apedreada, o los hombres que querían apedrearla; ya fuera el estadista Nicodemo o uno de los leprosos: Cristo estaba siempre consciente de lo que irradia cada individuo; así lo estáis vosotros y también yo. Lo que seamos y lo que inspiramos, será lo que afectará a la gente que nos rodea.

Lo que se aplica al individuo, también se puede aplicar al hogar. Nuestros hogares irradian lo que nosotros somos, y lo que de allí emane, depende de lo que digamos o cómo actuemos en ellos. No hay un miembro de esta Iglesia, esposo o padre, que tenga el derecho de proferir un juramento en su casa, ni una palabra grosera a su esposa o a sus hijos. Por vuestra ordenación y vuestra responsabilidad, no podéis hacerlo como hombre que posee el sacerdocio, y ser al mismo tiempo honestos al espíritu que hay dentro de vosotros. Vosotros contribuís al hogar ideal con vuestro carácter, controlando vuestro apasiona­miento, vuestro temperamento, moderando vuestras palabras, porque esas son las cosas que hacen de vuestro hogar lo que es, y lo que inspira a los demás. Haced lo que podáis para lograr paz y armonía sin importar lo que podáis sufrir. Seguir leyendo

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Deja que la virtud engalane tus pensamientos

Conferencia General Abril 1969

Deja que la virtud
engalane tus pensamientos”

por el presidente David O. McKay
(Leído por su hijo David Lawrence McKay)


Mis estimados hermanos del sacerdocio: Os doy la bienvenida, y agradezco este privilegio de poder expresaros nuevamente mis sentimientos acerca de nuestros grandes llamamientos.

A medida que pienso en el vasto auditorio de poseedores del sacerdocio reunidos en los diferentes lugares que se nombraron al principio de la reunión, y me doy cuenta del poder de este gran número de hombres, me quedo maravillado.

Mi pecho se dilató de satisfacción al pensar en el bien que estos miles de hombres del sacerdocio que se encuentran adorando aquí esta noche harán y pueden hacer.

“Habrá quizás en algún lugar,
En viñas de mi Señor,
Do pueda yo con amor obrar,
Por Cristo mi Salvador.
Confío en ti sin vacilar,
Y siempre te amare,
Tu voluntad en verdad haré,
Y lo que me mandes seré.”
(Himno. No. 93)

Espero que todo el que haya escuchado esa estrofa esta noche, la haya aplicado para sí mismo, y que en cierta manera haya hecho una promesa sagrada de mejorarse en el futuro. Vinieron a mi mente cinco virtudes fundamentales que deberían asociarse con ese propósito. Sólo las enumeraré.

La primera es fe: fe en Dios el Padre, fe en su Hijo, fe en nuestro prójimo.

La segunda es honradez: de sinceridad pueril, la honradez es el medio de tratar con nuestros semejantes; es la fundación de todo carácter. Si ofrecéis una oración en la noche, y habéis obrado deshonestamente con vuestros semejantes durante el día, más bien pensaría que, como el rey en Hamlet, vuestras palabras volaran a lo alto, mas vuestros pensamientos quedaran en tierra; pero si habéis obrado honradamente, el Señor escuchará y contestará vuestras oraciones. Seguir leyendo

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La estructura del hogar se ve amenazada por la irresponsabilidad y el divorcio

Conferencia General Abril 1969

La estructura del hogar se ve amenazada por la irresponsabilidad y el divorcio

por el presidente David O. McKay
(Leído por su hijo, Robert R. McKay)


Mis queridos hermanos: Esta mañana mi alma está profundamente conmovida, debido, estoy seguro, a una combinación de circunstancias y experiencias. Nunca había estado tan agradecido por las bendiciones del Señor, y por la fe y oraciones de los miembros de la Iglesia. Estoy agradecido por la restauración del evangelio y por el glorioso mensaje que ésta llevó al mundo: de que Dios vive y que su Amado Hijo Jesucristo es el Redentor y Salvador del mundo, de que somos sus hijos, y de que Él nos ha dado un plan mediante el cual podemos regresar a su presencia como seres resucitados e inmortales.

Estoy agradecido por el extraordinario progreso que la Iglesia ha hecho durante el año pasado, por el unido e ilimitado apoyo prestado por las Autoridades Generales y los oficiales generales de la Iglesia; por la fe, lealtad y devoción de las mesas generales de las organizaciones auxiliares, de los oficiales de las estacas, quórumes, barrios, misiones, y de los miembros de la Iglesia en general. Más que nada, estoy agradecido por la seguridad que tenemos de la guía y poder superior del Señor.

Extiendo a todos los presentes congregados en este histórico tabernáculo—nuestros visitantes especiales, líderes gubernamentales y educacionales, Representantes Regionales, oficiales y maestros de estaca, barrio y de organizaciones auxiliares—y a todos los amigos y miembros que nos escuchan por radio y televisión, mis más cordiales saludos y bienvenida a esta 139a. Conferencia Anual de la Iglesia. Seguir leyendo

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Alma hijo y su conversión (Mosíah 25-28; Alma 36)

Guía de estudio del Libro de Mormón

Alma hijo y su conversión
(Mosíah 25-28; Alma 36)

Haciendo las cosas preciosas simples
Randal S. Chase


LOS NEFITAS SON REUNIDOS EN ZARAHEMLAE

El pueblo de Limhi y el pueblo de Alma se habían unido al pueblo del Rey Mosíah II en Zarahemla (Mosíah 22:11-14; 24:20, 23-25). Como resultado, habían ahora cuatro grupos unidos en Zarahemla bajo el Rey Mosíah:

— Los mulekitas; quienes eran los residentes originales de Zarahemla (Mosíah 25:2).
— Los nefitas; quienes se habían quedado en Zarahemla cuando Zeniff regresó a la tierra de Nefi (Mosíah 25:2).
— El pueblo nefita de Limhi; quienes eran descendientes de Zeniff en la tierra de Nefi y fueron rescatados de la opresión lamanita por Ammón y sus hermanos (Mosíah 22:13- 14).
— El pueblo nefita de Alma; quienes los siguieron al desierto para escapar del Rey Noé, y estaban oprimidos por los lamanitas y luego escaparon con él a Zarahemla (Mosíah 24:25).

•  Mosíah 25:1-3 los nefitas son una minoría. Mientras que tres de estos cuatro grupos eran de hecho descendientes de Nefi, no habían tantos nefitas como mulekitas y los descendientes de Zarahemla (v. 2). Entonces, habían más judíos en Zarahemla que nefitas, y el único sobreviviente heredero para el gobierno judío Sedequías (Muleky sus descendientes), estaban entre ellos. Aún así, el total combinado de nefitas y mulekitas era menos de la mitad de los lamanitas en la tierra (v. 3).

•   Mosíah 25:12-13 Toda la gente ahora se llaman a sí mismos nefitas. Con el pasar del tiempo, se mezclaron y se conocieron colectivamente como nefitas. Por ejemplo, aquellas personas quienes eran hijos de Amulón y sus hermanos; y los sacerdotes de Noé quienes habían abandonado a sus familias; los cuales huyeron de los lamanitas; y más tarde, «se habían casado con las hijas de los lamanitas» ya no querían ser llamados por los nombres sus padres y «adoptaron el nombre de Nefi.” Los reyes de este pueblo combinado no podían ser ninguno o «nadie sino a aquellos que eran descendientes de Nefi” (Como lo era el Rey Mosíah), y la gente como grupo entero se llamaron a sí mismos nefitas (v. 13). Esto plantea un punto importante acerca de lo que significaba ser un nefita o un lamanita en el Libro de Mormón. Seguir leyendo

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Tres Estilos de Vida: Lo Telestial

Tres Estilos de Vida: Lo Telestial

Escalando el Monte a la Exaltación
de lo telestial a lo terrestre

por Genevieve De Hoyos


AI tratar de entender el propósito de nuestra vida aquí en la tierra, hemos revisado el plan de salvación y analizado como nosotros los hijos e hijas de Dios, nos ubicamos poco a poco en esta tierra. En el último capítulo, vimos que el proceso de crecer en este planeta caído, no es nada fácil. Vimos como nacimos “¡nocentes.” Vimos que nuestros Padres Celestiales nos dieron una preparación fantástica en el mundo pre-mortal. También vimos que Dios, para protegernos del diablo, de nuestro ambiente telestial, y de la vida en general, nos ha dado, al nacer, el Espíritu de Cristo. Prohibió a Satanás el tentarnos hasta los ocho años. Y nos dio una familia que, espe­ramos, nos dé protección, amor, buenas enseñanzas, y tal vez hasta nos enseñe el evangelio.

A pesar de tantas dádivas y tantas protecciones, también vimos como nuestro mundo telestial, nuestro albedrío moral, Satanás, y sobre todo nues­tro hombre (o mujer) natural nos llevan inexorablemente a distintos grados de pecado. Sabiendo eso desde el comienzo, con gran amor, nuestro Padre Celestial estableció el Plan de Redención. Así, nuestro hermano mayor, Je­sucristo, vino al meridiano de los tiempos para sacrificar su vida por noso­tros, ofreciéndose como sacrificio expiatorio. Ese sacrificio es el evento central del plan de redención, establecido antes de que el mundo fuera, para invitarnos a todos a aceptar a Cristo como nuestro Salvador, y así, volver a nuestro Padre Celestial.

En este capítulo, seguimos con nuestro tema, tratando de entender como para muchos, aparentemente, se les hace fácil el hundirse en lo telestial.

TRES ESTILOS DE VIDA: LO TELESTIAL, LO TERRESTRE, LO CELESTIAL

Nuestro Señor Jesucristo ha prometido que heredaríamos el reino cuya ley tratamos de vivir aquí (DyC 88:22-24), sea ésa la ley de la gloria telestial, la ley de la gloria terrestre, o la ley de la gloria celestial. Y porque él tiene el poder de redimirnos, nos prometió que, si solamente ganamos una porción de una de esas tres glorías, él nos daría la plenitud. (DyC 88:29-31) Por eso mucho nos conviene entender las condiciones que nos darán entrada a una de esas tres glorias.

Nuestro futuro eterno depende enteramente del nivel de ley que deseemos vivir, porque la ley que seleccionemos nos prepara para la gloria donde residi­remos el resto de las eternidades. Tenemos tres alternativas. Seguir leyendo

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La fe: La fe precede al milagro

La fe
La fe precede al milagro

por Spencer W. Kimball
La fe precede al milagro


En la Iglesia de Jesucristo encontramos miles de santos fieles que han consagrado sus vidas y esfuerzos al servicio del Señor, motivados por la seguridad de agradarlo a Él en esa forma.

Por otro lado, es lamentable descubrir que existen muchos otros miembros que no están dispuestos a confiar en el Señor —ni a confiar en su promesa que dice: «Probadme en esto y veréis.» A menudo me pregunto por qué es que el hombre no quiere poner su confianza en el Creador, a pesar de que Él ha prometido toda bendición a cada uno de sus hijos de acuerdo con su fidelidad. Sin embargo, el inconstante hombre pone su confianza en el’ ‘brazo de la carne» y prescinde de la ayuda de Aquel que tanto podría hacer por él.

El Señor nos ha pedido que le pongamos a prueba:

Probadme… si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. (Malaquías3:10.)

El profeta Moroni, en el Libro de Mormón, inesperadamente suspendió su relación para agregar sus propios comentarios sobre el tema de la fe:

Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe. (Éter 12:6.)

Nuestro padre Adán tenía un entendimiento claro de este principio primordial:

Un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó. (Moisés 5:6.)

Adán mostró tener una fe inquebrantable en el Señor, y ya que es un hecho que el testimonio y el milagro vienen después y no antes de la fe, el ángel procuró iluminarlo con mayor conocimiento, diciéndole: Seguir leyendo

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Las piedras angulares de nuestra fe

Las piedras angulares de nuestra fe

por Gordon B. Hinckley
La fe esencia de la religión verdadera


Cuando la Iglesia construye un nuevo templo, se lleva a cabo una ceremonia para instalar la piedra angular con una tradición que data de tiempos antiguos. Antes de emplear el cemento en general, se instalaba el cimiento de las paredes con grandes piedras. Se excavaba una zanja en cuyo fondo se colocaban piedras como fundamento. Comenzando desde ese punto, el cimiento de una pared se emplazaba en dirección a una piedra angular; luego, desde esa esquina, se proseguía hacia la siguiente, donde se colocaba otra piedra angular; desde allí, se continuaba hasta la otra esquina y así, sucesivamente, hasta llegar de nuevo al punto de partida.

En muchos casos, incluso en la construcción de los primeros templos de la Iglesia, en cada empalme de las paredes se colocaba, mediante ceremonia, una piedra angular. A la última de ellas se le refería como la piedra principal del ángulo, y su colocación era motivo de grandes celebraciones. Una vez colocada esa piedra angular, los cimientos quedaban entonces preparados para la superestructura. De ahí la analogía que Pablo usó para describir la iglesia verdadera: «Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (Efesios 2:19-21).

Nosotros tenemos piedras angulares fundamentales sobre las que el Señor estableció y edificó, «bien coordinada», la iglesia de los últimos días. Son absolutamente esenciales para esta obra, su cimiento mismo, las áncoras sobre que descansa. La primera y principal piedra angular que reconocemos y honramos es el Señor Jesucristo. La segunda es la visión concedida al profeta José Smith cuando se le aparecieron el Padre y el Hijo. La tercera es el Libro de Mormón, que habla como una voz desde el polvo con palabras de antiguos profetas que declaran la divinidad y la realidad del Salvador de la humanidad. La cuarta es el sacerdocio con todos sus poderes y autoridad, mediante el cual los hombres pueden actuar en el nombre de Dios para administrar los asuntos de Su reino. Quisiera hacer un comentario sobre cada una de estas cosas.

Algo absolutamente fundamental para nuestra fe es el testimonio que tenemos de que Jesucristo es el Hijo de Dios y que, de conformidad con un plan divino, nació en Belén de Judea. El creció en Nazaret como hijo de un carpintero, llevando en Su persona tanto la naturaleza mortal como la inmortal que recibió, respectivamente, de Su madre terrenal y de Su Padre Celestial. Seguir leyendo

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La Reverencia

La Reverencia

Por David O. McKay
de la Primera Presidencia.
Liahona Abril 1951

Con fe, lealtad, y devoción en sus corazones los peregrinos lucharon en el desierto por cuarenta años para edificar este templo magnífico como un símbolo perpetuo de su reverencia hacia Dios, su protector y libertador.

En este tiempo tengo solamente una cosa en mi mente. Quiero hacer una apelación a este vasto grupo de líderes. Creo que hay una necesidad en la iglesia que los presidentes de estacas, obispados de barrios, presidencias de quórumes, y oficiales de las organizaciones auxiliares pueden suplir. Estoy pensando de la necesidad de más reverencia en nuestras casas de oración, y más orden y disciplina en las clases, en juntas de quórumes, y en grupos auxiliares.

Al tratar de cultivar los atributos del Salvador llegamos a ser más fuertes en carácter y espiritualidad, y estos son dos de los propósitos de la vida: vivir para que podamos recibir la inspiración y dirección del Espíritu Santo.

No sé quién escribió, hace muchos años, que el propósito de esta vida se puede decir en estas cortas palabras: “Sojuzgad la materia para que podamos realizar lo ideal”.

Cuando lo leí por primera vez pensé que lo podría parafrasear y decir: “Todo el propósito de la vida es dominar las pasiones animales, las proclividades y las tendencias, para que siempre podamos tener el compañerismo del Espíritu de Dios”. Creo que eso es lo ideal. Uno de los propósitos principales de la vida es el de gobernar tendencias malas, y nuestros apetitos, controlar nuestras pasiones, es decir enojo, odio, celos, e inmoralidad. Tenemos que vencerlos; tenemos que sujetarlos, y conquistarlos porque dijo Dios: “Mi espíritu no morará en tabernáculos inmundos, ni tampoco contenderá siempre con el hombre”, (véase Génesis 6:3; D. y C. 1:33)

La base de la reverencia y orden en una clase está en el principio del dominio sobre uno mismo. No sé cómo definir la palabra reverencia pero sí sé cómo clasificarla, se clasifica como uno de los objetos de la nobleza, en verdad es uno de los atributos de deidad.

El amor es el atributo más divino del alma. Y creo que simpatía es el que lo sigue —simpatía para con los afligidos, para nuestros hermanos y hermanas, y también para los animales que están sufriendo. Eso es una virtud divina. Seguir leyendo

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