¿Qué relación hay entre la justicia, la misericordia y la expiación?

La expiación Infinita:

¿Qué relación hay entre la justicia,
la misericordia y la expiación?

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


LAS LEYES INMUTABLES DEL UNIVERSO

La justicia y la misericordia son conceptos difíciles de explorar, no por una ausencia de referencias al respecto en las Escrituras, sino porque estos conceptos agotan nuestros recursos intelec­tuales mucho antes de divulgarse todas las respuestas. El élder McConkie escribió: «Sabemos que, de alguna forma, incompren­sible para nosotros, su sufrimiento satisfizo las demandas de la justicia».1

Las Escrituras se refieren con frecuencia a la «justicia» y a sus demandas de satisfacción. ¿Qué es pues, la justicia y quien la exige? Las definiciones del diccionario son numerosas: «dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece», «Derecho, razón, equidad», «conjunto de todas las virtudes», «es bueno quien las tiene»… por mencionar solamente unas pocas. Pero ¿quién esta­blece qué es justo? ¿Cuáles son las consecuencias de quebrantar lo que es justo o de obedecerlo?

Hay ciertas leyes del universo que son inmutables, que no tienen principio de días ni fin de vida. No son la creación de ningún ser inteligente, ni el producto del pensamiento moral; son eternas, realidades coexistentes con las inteligencias del uni­verso. Estas leyes son inmutables ya que no pueden modificarse ni alterarse de ninguna manera. Son inmutables, de eternidad en eternidad. Son leyes que existen y se perpetúan por sí mismas, y a las que Dios mismo está sometido. B. H. Roberts habló de «existencias eternas» que gobiernan incluso a los Dioses: «Hay cosas que limitan incluso la omnipotencia de Dios. ¿Qué quiere decirse, entonces, cuando se le atribuye el atributo de la omni­potencia? Sencillamente, que todo lo que es posible hacer, o se tiene la capacidad de hacer, en virtud del poder condicionado por otras existencias eternas: duración, espacio, materia, verdad, justicia, imperio de la ley… Dios puede hacerlo. Pero incluso él no puede actuar en discordancia con las otras existencias eternas que lo condicionan o lo limitan incluso a él».2

Brigham Young enseñó la misma verdad: «Nuestra religión no es ni más ni menos que el orden verdadero del cielo: el sistema de leyes por el que se gobiernan los Dioses y los ángeles. ¿Están gobernados por la ley? Por supuesto. No hay ningún ser en las eternidades que no esté gobernado por la ley».3

Algunas de estas leyes inmutables afectan al mundo físico o natural. Por ejemplo, el profeta José enseñó que los «principios puros de los elementos (…) jamás pueden ser destruidos; pue­den ser organizados, y reorganizados, mas no destruidos. No tuvieron principio y no puede tener fin».4 De igual manera, Doctrina y Convenios enseña, «los elementos son eternos» (DyC 93:33). Dicho de otra manera, el universo contiene materia bá­sica, elemental, que no puede crearse ni destruirse o, como dijera Brigham Young: «No puede ser erradicada».5 No hay excepción a esta ley natural. Ni siquiera Dios está exento. El profeta José confirmó este extremo cuando enseñó: «la inteligencia (…) no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede sen (DyC 93:29; énfasis añadido).

Por sí mismas, las leyes del mundo físico o natural parecen no tener repercusiones morales. No afectan a nuestro crecimiento espiritual. No podemos pecar transgrediendo estas leyes, porque no es posible contravenirlas. No lanzaríamos una pelota desde lo alto de una torre y deduciríamos: «Esta pelota siempre cae de esta forma, porque las leyes de la gravedad son justas». La justi­cia y la misericordia carecen de sentido en estas circunstancias; la equidad y la rectitud no son importantes cuando se trata de las leyes físicas y naturales; estas no consideran la obediencia por elección propia; más bien exigen un cumplimiento sin fisuras e involuntario.

Parece haber otras leyes inmutables en el universo, sin embar­go, que ofrecen tanto una elección como una consecuencia y, por lo tanto, en este sentido, son leyes espirituales. Estas leyes espirituales gobiernan a todos los seres inteligentes del universo: y también rigen su progreso. A estos efectos, progreso significa un incremento de poder eterno. Dicho de otro modo, parece que existen ciertas leyes inmutables que traen poder si se siguen o se «obedecen», pero si se descuidan o se «desobedecen», pueden des­encadenar el resultado opuesto. Por ejemplo, puede ser que una persona no pueda progresar sin la adquisición de conocimiento. El presidente John Taylor afirmó que incluso los dioses se some­ten a estas leyes inmutables: «Hay ciertas leyes eternas en virtud de las cuales se gobiernan los Dioses en los mundos eternos y que no pueden vulnerar, y no quieren vulnerar. Estos principios eter­nos deben cumplirse, y un principio es que nada impuro puede entrar en el Reino de Dios».6

Así, ciertas leyes gobiernan incluso a los dioses. El presidente Taylor no parece estar sugiriendo que estas leyes no pueden con­culcarse o quebrantarse bajo ninguna circunstancia, sino que los dioses no pueden desobedecerlas si quieren seguir siendo dioses.

El Salvador acató toda ley espiritual con total exactitud. Según parece, debido a su observancia de cada una de ellas, recibió po­der sobre poder hasta adquirir los atributos de Dios, incluso en la época preterrenal. Semejante progreso fue una consecuencia natural de su obediencia perfecta. Su divinidad parecía ser resul­tado, no de una creación de estas leyes, sino de su respeto a ellas. Sin embargo, ¿qué sucede con el resto, que no cumplimos todas y cada una de las leyes inmutables? ¿No podríamos intentarlo una y otra vez hasta acertar finalmente, y convertirnos enton­ces en dioses, incluso si lo hacemos con retraso? La respuesta es no. Evidentemente, estas leyes espirituales inmutables no ofrecen clemencia, misericordia ni segundas oportunidades. Si no obe­decemos, hemos perdido para siempre esa oportunidad de poder aumentado que fluye naturalmente de tal cumplimiento. Aarón enseñó que una vez «el hombre había caído, este no podía mere­cer nada de sí mismo» (Alma 22:14). O sea, que no podía levan­tarse por su cuenta, independientemente de la cantidad de tiem­po que tuviera para hacerlo. El Señor enseñó el mismo principio a los nefitas: «mientras te halles en la prisión, ¿podrás pagar aun siquiera un senine? De cierto, de cierto te digo que no» (3 Nefi 12:26). El mensaje estaba claro: una vez pecamos e infringimos las leyes de la eternidad, no hay vía de escape sin ayuda externa.

Si alguien se cae de un avión, se precipita al suelo. La ley de la gravedad no cambia para adaptarse a las circunstancias com­plicadas de esa persona. No habrá una ralentización del descen­so ni un ablandamiento de la tierra para absorber el impacto de la caída, por buena persona que sea el que cae. No puede decir antes del golpe: «déjenme repetir ese último paso una vez más». No; solamente habrá una aplicación automática de la ley: dura, rápida e inflexible. ¿Por qué funciona así? No hay respuesta para esa pregunta. Es como preguntar: «¿por qué existe la materia?», o «¿por qué nunca termina el firmamento?». «¿Por qué?» no es una pregunta que se pueda plantear acerca de algo que nunca fue creado. Existe porque existe.

LA JUSTICIA DE DIOS

Quizá podamos referirnos a estas leyes espirituales inmuta­bles que rigen nuestro progreso con el término «justicia». Sin embargo, semejante «justicia» es sencillamente la consecuencia que emana de una ley increada. Existe de forma coeterna e inde­pendiente de las inteligencias increadas del universo. Respecto a esto, cabría preguntarse: «¿Estas leyes constituyen o determinan la justicia? ¿La justicia, como concepto de equidad y rectitud, existe solamente como la determina y la crea un ser moral?». Si la respuesta es afirmativa, entonces puede que la justicia no sea una ley que exista por sí misma, sino más bien un principio de moralidad, producto del pensamiento inteligente. ¿Si este es el caso, entonces, ¿qué ser o seres determinan la justicia y la deman­dan? ¿Es Dios solamente? ¿La humanidad? ¿Las inteligencias del universo? ¿Todo lo anterior o parte de ello?

Las Escrituras dejan claro que Dios cuenta con un sistema de justicia. Habitualmente se refieren a él como «la justicia de Dios» (Alma 41:3; 42:14, 30; DyC 10:28) o «su justicia» (2 Nefi 9:26) o «divina justicia» (Mosíah 2:38); pero claramente los profetas confirman que Dios proporciona un sistema moral en virtud del cual se gobierna al hombre. Pero, ¿en qué se relaciona este siste­ma moral con las leyes inmutables e increadas que acabamos de mencionar? Dios entendía que nuestro incumplimiento de estas leyes inmutables nos desterraría para siempre de la divinidad a menos que hubiera otra fuente de poder disponible para el hom­bre, no solo porque lo haya ganado, no porque tenga el derecho a ello por su rectitud, sino porque otro ser con más poder era tan amoroso y bondadoso que estaba dispuesto, incluso ansioso de hacerlo, a poner en marcha un plan que proporcionara el poder necesario para exaltar al hombre. Dios instituyó ese plan, cono­cido como el «plan de salvación» (Alma 42:5; Moisés 6:62), el «plan de redención» (Alma 12:25, 33; 22:13; 34:16), «el plan de misericordia» (Alma 42:15) y «el gran plan de felicidad» (Alma 42:8). Cuando Jacob pensó en el «misericordioso designio del gran Creador» (2 Nefi 9:6), se regocijó y exclamó: «¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!» (2 Nefi 9:13). José Smith habló acerca de la finalidad de este plan:

«Dios, hallándose en medio de espíritus y gloria, porque era más inteligente, consideró propio instituir leyes por medio de las cuales los demás podrían tener el privilegio de avanzar como Él (…). El tiene el poder de instituir leyes para instruir a las inteli­gencias más débiles, a fin de que puedan ser exaltadas como Él, y recibir una gloria tras otra».7

Estas leyes encaminadas a «instruir a las inteligencias más débiles» reciben los apelativos de «su ley» (2 Nefi 9:17) o «la jus­ticia y las leyes de Dios» (DyC 107:84).

El élder Erastus Snow escribió lo siguiente acerca de las leyes inmutables del universo: «Entiendo que aquello que ha exaltado a vida y salvación a nuestro Padre Celestial y a todos los Dioses de la eternidad también nos exaltará a nosotros, sus hijos[.] Y aquello que hace que Lucifer y sus seguidores desciendan a regio­nes de muerte y perdición también nos llevará a nosotros en la misma dirección; y ninguna expiación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo puede alterar esa ley eterna, igual que es imposible hacer que dos y dos sumen dieciséis».8

Esa «ley eterna» a la que se refirió es la ley inmutable que go­bierna el plan hacia la divinidad. La ley de Dios nunca puede quebrantarla, rodearla, ni «embaucarla», pero puede complemen­tar y suplementaria. Quizá no sea una situación muy distinta a las condiciones en virtud de las cuales Nefíah ejercía el cargo de juez superior. Se le concedió «el poder de decretar leyes, de conformi­dad con las que se habían dado» (Alma 4:16). Dicho de otra ma­nera, Nefíah podía decretar leyes «menores», siempre y cuando no fueran en contra de los principios codificados en ninguna de las leyes «mayores». Es un principio jurídico de sobra conocido en Estados Unidos que los estados que conforman la unión están facultados para promulgar leyes que no incumplan lo prohibido expresamente en la constitución federal. Ello otorga cierto mar­gen a cada estado en el establecimiento de un sistema de justicia que gobierne a sus ciudadanos, a condición de que dichas leyes no sean inconstitucionales. Puede que, de manera similar, Dios puede decretar cualquier ley según su voluntad, siempre y cuan­do no vaya en contra de una de las leyes inmutables del universo. La obediencia a estas leyes promulgadas por Dios dotará a sus hi­jos de poderes añadidos, sí, incluso el poder de llegar a ser dioses.

A título de ejemplo, Dios no podría robarle a un hombre su albedrío para que este saltara de un avión (dicho de otro modo, impedirle pecar), pero quizá pueda poner un paracaídas en la espalda del hombre antes de que este salte (en otras palabras, proporcionar los medios para arrepentirse). A medida que las consecuencias nefastas de la insensata decisión de este hombre se precipitan con celeridad, todavía tiene una oportunidad de aterrizar sano y salvo: puede tirar de la cuerda. En circunstancias semejantes no se incumple ni se rodea ninguna ley. La ley de la gravedad todavía está en vigor plenamente. Nadie le roba a la justicia; pero se le otorga al pecador el poder de tocar tierra con seguridad con solo tirar de la cuerda del paracaídas (es decir, arrepentirse y confiar en el poder protector de la vida que tiene la Expiación). Nefi se refirió a los que dependen de las «tiernas misericordias del Señor» como «poderosos, sí, hasta tener el poder de librarse» (1 Nefi 1:20).

¿Qué constituye la base, la motivación subyacente, de las le­yes de Dios? Dios posee ciertas cualidades inherentes y eternas que nunca cambian. Nunca puede actuar de forma incoherente con respecto a esas cualidades ni de forma contraria a ellas, no porque carezca del poder necesario para ello, sino porque no tie­ne ningún deseo de hacerlo. Puede que el hermano de Jared se estuviera refiriendo a este hecho cuando afirmó: «oh Señor, (…) tienes todo poder, y (…) puedes hacer cuanto quieras» (Éter 3:4; énfasis añadido). El cumplimiento uniforme, por parte de Dios, de esas cualidades inherentes es una forma de justicia (es decir, la aplicación de lo que él considera justo y correcto) porque su propio sentido de la moralidad demanda ese cumplimiento. Y esto nos lleva a nuestra siguiente pregunta: ¿Es posible que Dios demande justicia, no solamente para satisfacer su propio sentido inherente de la moral, sino para satisfacer a todos los demás seres morales del universo que comparten normas morales similares? Dicho de otra manera, ¿podría ser que Dios tuviera en común con todo hombre que haya elegido ser ciudadano de su reino un conjunto de valores morales en virtud de los cuales ellos desean que se les gobierne?

EL PUEBLO TAMBIÉN DESEA JUSTICIA

La justicia —en el sentido secular del término—, es la aplica­ción de las leyes promulgadas y aprobadas por los ciudadanos de una nación o un reino. Esta justicia la demanda el pueblo. Sin una justicia de esta naturaleza, reinaría el caos en lugar del orden. De igual forma, la justicia en la dimensión divina es la aplicación de las leyes promulgadas y aprobadas por el pueblo que forma el reino de Dios. Sin duda en el gran concilio primigenio, se deba­tieron leyes divinas semejantes y se acabó llegando a un acuerdo al respecto. El profeta José explicó lo siguiente: «Ha sido una doctrina enseñada por esta iglesia que estábamos presentes en el Gran Concilio entre los Dioses cuando se contemplaba la organi­zación de este mundo y que las leyes de gobierno fueron, en su to­talidad, decididas y sancionadas por todos los presentes».9 Nosotros, el pueblo que estaría sometido a tales leyes, tuvo voz y voto en su adopción.

No cabe duda que el Gran Concilio de los cielos entrañó mu­cho más que una propuesta divina seguida inmediatamente por un voto de ratificación. Lo más seguro es que en dicho concilio (o puede que concilios, en plural) se contara con tiempo más que suficiente para el debate, las preguntas, el intercambio de opi­niones y los testimonios. No se pretende sugerir que el plan de salvación fuere alterado o refinado en modo alguno, pues el plan presentado por el Padre tiene que haber sido perfecto en todo sentido. Pero los participantes, con la excepción del Padre y del Hijo, no eran perfectos. Sin duda muchos de nosotros ardíamos en deseos de explorar todas y cada una de las facetas del plan, de comprender las consecuencias del albedrío moral y los riesgos in­herentes al nacimiento mortal. Todos sabían que habría peligros, encrucijadas, caminos elevados y caminos más bajos, e incluso en ocasiones una ausencia total de caminos. No cabe duda que el plan no lo recibimos con un espíritu de ligereza. Sin duda, esto debe de haber sido un período de atención absorta e intensa investigación. Estábamos profundamente interesados y preocu­pados, no en vano nuestros destinos eternos estaban en juego. El élder Joseph F. Smith enseñó: «[Nosotros] estábamos presentes en los concilios celestiales antes de que se pusieran los cimientos de la tierra. (…) Estuvimos allí, sin duda, y participamos en to­das aquellas escenas; estábamos implicados en lo esencial, en el desarrollo de aquellos grandes planes y propósitos; nosotros los entendíamos y fue por nosotros que fueron decretados y deben llevarse a cabo».10

En algún momento Satanás y sus seguidores deben haber planteado objeciones y asuntos contrarios. Ciertamente, Dios tuvo el poder de silenciar los argumentos en contra y censurar cualquier pensamiento en oposición a su lógica persuasiva e im­ponente presencia espiritual; sin embargo, parece que debe de haber dado un paso atrás temporalmente; quizá por preservar el albedrío permitió que los acontecimientos siguieran su curso. Si el Gran Concilio fue similar en algo a los concilios del presente, cada hombre que deseaba participar habrá tenido la oportunidad de hacerlo, «con igual privilegio» (DyC 88:122), de comunicar los sentimientos sinceros de su corazón. Probablemente, los no­bles y grandes dieron un paso adelante y defendieron valiente y osadamente el plan. Igual que los Dioses «acordaron entre sí» (Abraham 5:3), también los miembros de este concilio pueden haber debatido entre ellos, no para mejorar el plan, sino para en­tenderlo y abrazarlo. Entonces, una vez que se hubieron plantea­do y respondido todas las preguntas y compartido testimonios, seguramente la cuestión decisiva se sometió a votación.

Entre los principios del Evangelio más básicos destaca la ley del común acuerdo. Mosíah enseñó esta ley a su pueblo: «Ahora bien, no es cosa común que la voz del pueblo desee algo que sea contrario a lo que es justo; pero sí es común que la parte menor del pueblo desee lo que no es justo; por tanto, esto observaréis y tendréis por ley: Trataréis vuestros asuntos según la voz del pue­blo» (Mosíah 29:26; énfasis añadido; véase también Alma 1:14; Mosíah 22:1).

Este principio de gobierno fundamental se anunció en el mo­mento de la organización de la Iglesia en los últimos días, y un consejo similar se repitió posteriormente dos veces, en el breve espacio de seis meses. En cada ocasión, el mensaje fue parecido: «Y todas las cosas se harán de común acuerdo en la iglesia» (DyC 26:2; véase también DyC 28:13).

Esta ley es fundamental, no solo en la vida terrenal; también en todas las esferas de nuestra existencia. Brigham Young enseñó: «Las leyes eternas en virtud de las cuales él [Dios] y todos los demás existen en las eternidades de los dioses, decretan que el consentimiento de la criatura debe obtenerse antes de que el Creador pueda gobernar perfectamente».11 Incluso cuando la voz del pueblo es contraria a la voluntad de Dios, él ha respetado su albedrío. Israel deseó un rey terrenal en lugar de un rey celestial. Dios le pidió a Samuel que le explicara al pueblo las consecuencias de tener rey, para que no hubiera lugar a equívoco con respecto a su futuro político. Entonces, el mandato a Samuel fue «oye su voz» (1 Samuel 8:9), y dales un rey.

¿Hubiera parecido razonable que Dios quebrantara este princi­pio básico del común acuerdo, tan subrayado por él mismo, para imponer sobre sus súbditos leyes que la voz del pueblo no hubie­ra aprobado? Al contrario, parece que nadie está más ansioso de promover y fomentar un entorno de albedrío y común acuerdo que Dios mismo. Desafortunadamente, «la parte menor del pue­blo» (en nuestro caso, Satanás y la tercera parte de las huestes del cielo) deseó «lo que no es justo» (Mosíah 29:26) y, en consecuen­cia, fue expulsada de la presencia de Dios. Esta parecía una con­secuencia adecuada, dado que eligieron no estar vinculados por las leyes que habían de gobernar el reino de Dios. Aunque cuesta creerlo, eligieron el caos en lugar del orden, la contención en lu­gar de la armonía, la guerra el lugar de la paz. Al rechazar el plan del Padre, no podían convertirse en beneficiarios de esas mismas leyes que tenían el poder de exaltarles. El porqué de su elección de Satanás, en lugar del Salvador, es el gran enigma de la historia. ¿Fue por falta de fe en la capacidad del Salvador de pasar por el sacrificio expiatorio? ¿Fue por falta de fe en su propia capacidad para cumplir las condiciones de las leyes de Dios? ¿Fue orgullo, ambición, egoísmo, o la combinación de todas esas debilidades? Sea cual fuere la causa, los cielos lloraron por su iniquidad, pero honraron el derecho de cada cual a ser desobediente.

Los dos tercios que permanecieron aceptaron las leyes otorga­das por el Padre. «La voz del pueblo» (Mosíah 29:26) sancionó las leyes divinas que él propuso por medio del Hijo. Eso es lo que enseñó el profeta José: «Al efectuarse la primera organización en los cielos, todos estuvimos presentes, y presenciamos la elec­ción y nombramiento del Salvador, y la formación del plan de salvación, y nosotros lo aprobamos».12 Si nosotros sancionamos las leyes que nos gobernarían, parece que lo hicimos con plena consciencia de sus bendiciones y castigos asociados. Estas leyes, con sus consecuencias, se consideraron justas. Nadie nos forzó a dar nuestro consentimiento. Elegimos voluntariamente aceptar estas leyes que gobernarían nuestras vidas espirituales a fin de que reinara el orden en lugar del caos.

¿QUIÉN APLICA LAS LEYES?

La aplicación, la supervisión y la ejecución de estas leyes, los castigos y las bendiciones que según nuestra elección serían vin­culantes es lo que conocemos con el término «justicia». La per­sona responsable de aplicar estas leyes es el juez. Mosíah instó a su pueblo a que designara «hombres sabios como jueces, quienes juzgarán a este pueblo según los mandamientos de Dios» (Mosíah 29:11). Los presentes en el gran concilio primigenio dieron su consentimiento para que el más sabio de los hijos del Padre —el Salvador— fuera el juez. Y lo hicimos con el convencimiento re­confortante de que sería por completo justo y misericordioso en la aplicación de la ley. Enoc lo llamó «un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos» (Moisés 6:57). No solamente podía el Salvador simpatizar con nuestro caso; también podía sentir empatia. Él sufriría el abanico completo de las experien­cias de la mortalidad. Nadie conocería las leyes mejor que el que había sido nuestro legislador. Nadia era más sabio, ya que él era «más inteligente que todos ellos» (Abraham 3:19). Y nadie era más misericordioso, más amable, más amoroso o preocupado que el Salvador mismo.

El Salvador poseía todas las cualificaciones necesarias o desea­das en un juez perfecto. La «voz del pueblo» (Mosíah 29:26) lo quería a él y lo aprobó y se regocijó en que él fuera su juez. Nadie en fecha posterior podría reclamarse exento de sus decretos. Nadie podría alegar que él no entendía. Nadie podría argüir que era inaceptable, pues contaba con nuestra aprobación, nues­tro consentimiento, nuestro voto con antelación al juicio final. David lo reconoció así: «Dios es el juez» (Salmos 75:7). Isaías lo sabía: «Jehová es nuestro juez» (Isaías 33:22). Y Moroni habló del Salvador como «el Juez Eterno de vivos y muertos» (Moroni 10:34). Jesús también testificó de esta verdad: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que ha dado todo el juicio al Hijo» (Juan 5:22).

LA MISERICORDIA Y LA GRACIA: DONES DE DIOS

Tan cruciales como son las leyes de la justicia, estas no pueden salvarnos. Lehi se refirió al destino del hombre si la justicia por sí sola tuviera el cetro de mando: «por la ley los hombres son desarraigados» (2 Nefi 2:5). Jacob, un hijo de Lehi, sabía que solamente había un remedio espiritual susceptible de impedir la separación permanente de Dios: «tan solo en la gracia de Dios, y por ella, sois salvos» (2 Nefi 10:24; véase también 2 Nefi 2:8). Pablo enseñó otro tanto: «nos salvó (…) por su misericordia» (Tito 3:5). No hay excepciones: sin la misericordia y la gracia no hay ni salvación ni exaltación. Con su habitual perspicacia, Shakespeare escribió acerca de esa verdad espiritual:

Aunque sea la justicia lo que pretendes, considera que en la aplicación de la justicia ninguno de nosotros obtendría salvación: rezamos pidiendo clemencia.13

La misericordia y la gracia son dones de Dios. En lo esencial, son doctrinas que van de la mano. El diccionario de la Biblia SUD en inglés define la gracia como «medio divino de ayuda o fortaleza, otorgado en virtud de la generosa misericordia y el amor de Jesucristo».14 Dicho de otro modo, la naturaleza misericordiosa de Dios lo lleva a proporcionarnos con amor dones y poderes (es decir, su gracia) que mejorarán nuestra naturaleza divina.

En ocasiones, tenemos tendencia a huir de la palabra gracia y hacer hincapié en las obras (mientras algunos adoptan precisa­mente el punto de vista contrario), pero, en honor a la verdad, estos conceptos van de la mano. Cuando un socorrista extiende una pértiga al bañista que se ahoga, este debe extender la mano y aferrarse a ella si desea ser rescatado. Tanto el socorrista como el bañista han de participar plenamente, si la vida del segundo ha de salvarse. De la misma manera, las obras y la gracia no son doc­trinas encontradas, como se dice tan a menudo. Al contrario, son compañeras indispensables en el proceso de la exaltación.

El equivalente inglés de la palabra «gracia» (grace) se encuentra 252 veces en la versión inglesa de los libros canónicos, mientras que el término inglés que traduce «misericordia» (mercy) aparece en 396 ocasiones. Resulta obvio que estas palabras no son princi­pios del Evangelio descriptivos o marginales. Ambos se encuen­tran en el núcleo de la doctrina SUD, y fluyen directamente de la Expiación de Jesucristo. El élder McConkie enseñó: «Como la justicia es hija de la caída, la misericordia es fruto de la expia­ción».15 Podemos agregar que la gracia es fruto de la misericordia.

La gracia, término que denota ayuda divina o dones de Dios, como nos informa el diccionario de la edición inglesa de la Biblia, «se hace posible por el sacrificio expiatorio [de Jesús]».16 Cada uno de estos dones es una forma de «poder facultador»,17 diseñado para fortalecernos o ayudarnos en nuestra búsqueda de la divinidad. Los términos misericordia y gracia describen tanto la naturaleza amorosa de Dios como los dones reales que Dios nos confiere. Por definición, el beneficiario de estos dones no los gana. Pablo se refirió a la gracia como «el don gratuito» (Romanos 5:15, traducción de la Biblia del rey Jacobo en inglés). Lehi dejó claro que «la salvación es gratuita» (2 Nefi 2:4), y Nefi se hizo eco de los sentimientos de su padre cuando predicó que la salvación ha sido dada «gratuitamente para todos los hombres» (2 Nefi 26:27). En ciertas circunstancias, estos dones se confieren sin ninguna acción obligada por parte del receptor; en otras, el beneficiario debe cumplir ciertas condiciones, no como medios para ganar el don —pues no hay un quid pro quo equitativo—, sino porque el otorgante no entrega un don hasta que se hayan cumplido ciertas condiciones mínimas.

Stephen E. Robinson nos cuenta que su hija pequeña le pedía con impaciencia una bicicleta. Él le prometió que, si ahorraba todo lo que pudiera, podría tener una un día. Motivada por la promesa de su padre, la niña realizó tareas en casa, guardando con cuidado cada moneda que ganaba. Un día vino a su padre con un frasco lleno de monedas, deseosa de comprarse la bici­cleta por fin. Fiel a su promesa, el hermano Robinson llevó a su exultante hija a la tienda donde enseguida encontró la bici per­fecta. Entonces llegó el momento de la verdad: el precio de venta excedía los cien dólares. Abatida, su hija contó sus sesenta y un centavos. Pronto se dio cuenta de que, a ese ritmo, nunca tendría suficiente dinero para comprar su bicicleta soñada. Entonces el hermano Robinson llegó al rescate con amor. «Te diré lo que ha­remos, cariño. Vamos a ver si podemos llegar a un arreglo. Dame todo lo que tienes, los sesenta y un centavos, un abrazo y un beso y la bicicleta es tuya».18 Ciertamente, la niña no ganó la bicicleta en su totalidad, sin embargo, un padre que reconocía que ella había dado todo lo que tenía se la dio de buen grado.

Este es el espíritu con el que Nefi aconsejó: «pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos» (2 Nefi 25:23). En otras palabras, contribui­mos a nuestra salvación, pero no la ganamos. Este era también el espíritu del mensaje de Pablo: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). Así, las obras por sí solas no pueden salvarnos; la gracia es un requisito previo ab­soluto. Sin embargo, cierta cantidad de obras (es decir, lo mejor que podamos ofrecer) es necesaria a fin de activar la gracia y la misericordia de Dios. Por duramente que trabajemos, por diligentemente que sirvamos, o por rectamente que vivamos, nunca merecemos más de lo que recibimos. Nunca estaremos dema­siado cualificados para nuestro reino de gloria. Brigham Young enseñó este principio con su concisión característica: «Nunca ha habido ninguna persona que haya sido salvada en exceso; todos los que han sido salvados, y todos los que lo serán en el futuro, son salvados a duras penas, y no se vence sin luchar, lo cual re­quiere toda la energía del alma».19

Alma reveló que solamente los penitentes, es decir, los que han dado lo mejor espiritualmente, tendrán derecho «a reclamar la misericordia, por medio de mi Hijo Unigénito» (Alma 12:34). De esta manera, las obras y la gracia son compañeros, elementos complementarios. De hecho, son socios inseparables en nuestra búsqueda de la perfección. Al tratar el tema de la superioridad de la fe o de las obras, C. S. Lewis respondió en su estilo pragmáti­co, tan característico, «Se antoja que esta pregunta es semejante a preguntar qué cuchilla de unas tijeras es más necesaria».20 Puede que nadie haya resumido tan bien como Brigham Young la rela­ción entre la gracia y las obras: «Exige que toda la Expiación de Cristo, la misericordia del Padre, la compasión de los ángeles y la gracia del Señor Jesucristo estén con nosotros siempre, y entonces hacer lo mejor que podamos para deshacernos de este pecado que llevamos dentro».21

La misericordia de Dios, tanto condicional como incondicio­nal, se manifiesta en abundancia. Se demostró en nuestro naci­miento espiritual, nuestro nacimiento físico y en la creación del mundo. Estas efusiones de misericordia parecen ser independien­tes de la Expiación, aunque cada uno de ellas ha añadido poder a nuestras vidas. Ciertos otros actos de misericordia o gracia fluyen directamente del sacrificio expiatorio. En cada caso son mani­festaciones de dones o poderes facultadores que se confieren al hombre. Pruebas de estos poderes o bendiciones se han tratado en capítulos anteriores.

LA MISERICORDIA: LA COMPASIÓN Y LA CLEMENCIA

En cierto sentido, la misericordia es la madre de la gracia (y todos los poderes que fluyen de ella), tal y como se ha comen­tado anteriormente. En otro sentido, la misericordia equivale a lenidad y clemencia; es la compasión dada al infractor. En su manifestación máxima, es amor y compasión y sabiduría, combi­nadas todas en proporción divina. Porcia imploró a un tribunal terrenal que ejerciera esta cualidad, que a tal grado constituye la quintaesencia de la divinidad:

La cualidad de la clemencia no se obliga:
se desprende como la dulce lluvia del cielo
sobre el lugar que haya debajo: así es doblemente bendita:
bendice al que da y al que recibe:
con más poder entre los más poderosos: le sienta
al monarca entronizado mejor la corona. (…)</em
es un atributo del Dios mismo?1

Ese atributo era plenamente operativo en el Salvador en todo momento. Él podía haber invocado sus amplias reservas de poder celestial; haberse arrancado de la cruz por sí solo y haberse ven­gado de sus perseguidores con ardiente indignación. Todo esto le correspondía en justicia, pero la misericordia, no la represalia, era su cetro de gobierno.

Nehemías habló de la benevolencia sin límites de Dios: «eres un Dios que perdonas, clemente y misericordioso» (Nehemías 9:17; énfasis añadido). David empleó las mismas imágenes: «Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y abundas en mise­ricordia» (Salmos 86:5; énfasis añadido). Uno puede casi visuali­zar las imágenes de esos pasajes: Dios, velando por sus creaciones ansiosa y tiernamente, para detectar cualquier acto justo o pen­samiento benevolente y poder recompensar en abundancia. El busca lo bueno constantemente: «sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra» (Alma 26:37; véase también DyC 101:9). Es él quien «[se deleita] en bendecir con la mayor de todas las bendiciones» (DyC 41:1). A los tiernos Santos de la Iglesia recién restaurada, el Salvador les dijo: «tendré compasión de vosotros. (…) para mi propia gloria y para la salvación de las almas, que os he perdonado vuestros pecados» (DyC 64:2-3). Incluso en el día de la furia de Dios, él ha dicho: «con misericordia eterna tendré compasión de ti» (Isaías 54:8; véase también DyC 101:9). Todas las facultades de Dios, todas sus inclinaciones, están dispuestas y orientadas a bendecir con el más mínimo pretexto. ¡Oh, cuánto gusta Dios de ser misericordioso y bendecir a sus hijos! Quizás es su mayor gozo. Es esta cualidad inherente la que le impulsa con vigilancia incansable a salvar a sus hijos. Lehi hizo esta observa­ción: «porque eres misericordioso, no dejarás perecer a los que acudan a ti» (1 Nefi 1:14). Verdaderamente, nuestro Dios «es poderoso para salvar» (Alma 34:18).

La misericordia era un atributo que Abraham Lincoln poseía en una medida inmensa. Robert Ingersoll le dedicó este home­naje escrito: «Nada revela la personalidad genuina como el uso del poder. Es fácil para el débil ser gentil. La mayoría puede so­portar la adversidad. Pero si deseas saber quién es un hombre en realidad, dale poder. Esta es la prueba suprema. Es la gloria de Lincoln que, habiendo poseído un poder prácticamente absolu­to, él nunca abusó de él, excepto en el lado de la misericordia».23 Lincoln merecía este homenaje… Cristo infinitamente más.

¿EN QUÉ SE RELACIONAN LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA?

En un extremo de la ley está la misericordia en todo su esplen­dor compasivo, en el otro, la justicia con toda su severa realidad. La Expiación es el acto singular en la historia que demostró la misericordia máxima, pero que nunca robó a la justicia ni un ápice de sus pagos. La Expiación recorría la totalidad de la ley, de un extremo a otro, de la misericordia a la justicia. Era completa, infinita, por así decirlo, en su complimiento de la ley. Lehi ex­plicó esta doctrina: «He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer los fines de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer los fines de la ley» (2 Nefi 2:7; véase también 2 Nefi 2:10).

Brigham Young dijo que los que no se arrepienten sufrirán todo lo que «la justicia exija de ellos; y cuando hayan sufrido la ira de Dios hasta haber pagado el último cuadrante, saldrán de la prisión».24 El élder Marión G. Romney también habló de las terribles consecuencias de los que no se arrepienten: «Sin cumplir estos requisitos y los otros principios y ordenanzas del evangelio, uno queda fuera del alcance del plan de misericordia, para depen­der de la ley de la justicia, la cual exigirá que sufra por sus propios pecados, como Jesús sufrió».25 La justicia exige la imposición del castigo en su totalidad —cada pizca de su peso aplastante— so­bre el impenitente; no hay escapatoria.

Pero ¿qué sucede con el penitente? ¿Hay alguna clemencia para ellos? El élder Bruce R. McConkie nos da la respuesta: «Es mediante el arrepentimiento y la rectitud que los hombres son liberados de las garras de esa justicia que de otro modo hubie­ra impuesto sobre ellos el castigo completo por sus pecados».26 Amulek enseñó que los impenitentes «queda[n] expuesto[s] a las exigencias de toda la ley de la justicia» (Alma 34:16), con lo que se sugería que los que se arrepienten sufren algo menos. Al conti­nuar con este pensamiento, Amulek concluye: «únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eter­no plan de la redención» (Alma 34:16). Alma enseñó esta relación secuencial entre el arrepentimiento y la misericordia: «el que se arrepienta, y no endurezca su corazón, tendrá derecho a reclamar la misericordia, por medio de mi Hijo Unigénito, para la remisión de sus pecados; y ellos entrarán en mi descanso» (Alma 12:34).

La persona que no se arrepiente es como el delincuente for­zado a cumplir cada año, cada mes y cada día de su condena de diez años. Por otra parte, el arrepentido es como el preso al que se deja libre por buena conducta transcurridos cinco años de los diez a los que fue condenado. Ambos han pagado el precio establecido por ley; ambos han satisfecho las leyes de la justicia; pero uno recibió una «sentencia reducida» al sacar provecho de las leyes de la misericordia.

En el proceso de la clemencia, el Señor no ha eximido al peni­tente de todo sufrimiento. Orson F. Whitney enseñó: «Los hom­bres y las mujeres todavía sufren, pese a los sufrimientos y la ex­piación de Cristo, pero no en la medida en la que habrían tenido que sufrir de no haberse producido una expiación».27

El arrepentimiento todavía exige remordimiento de conciencia y pesar según Dios, pero el Señor permite al arrepentido escapar el tipo y la profundidad de sufrimiento que él vivió. Así, la mise­ricordia reclama lo suyo y el que se arrepiente no «queda expues­to a las exigencias de toda la ley». La lenidad y la clemencia se aplican al máximo, pero no más allá, y al hacerlo son capaces de «apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también» (Alma 42:15).

Este principio se ilustra a la perfección en una parábola del élder Boyd K. Packer. Un hombre había adquirido una deuda cuantiosa a fin de adquirir unos bienes muy deseados. Al hombre le habían advertido que tuviera cuidado con las deudas, pero él no podía esperar a disfrutar de los lujos de la vida. Tenía que ob­tenerlos ahora mismo. El hombre firmó un contrato para pagar la obligación en lo que entonces parecía un futuro muy distante. La fecha del pago parecía estar todavía lejos en el tiempo, pero a medida que pasaban los días, los pensamientos del acreedor empezaron a surgir en la mente del deudor. Finalmente, como siempre sucede, llegó el día de rendir cuentas. El deudor no tenía los medios necesarios para pagar. El acreedor amenazó con ejecu­tar el préstamo y quedarse con los bienes del deudor si no se abo­naba lo adeudado. El deudor suplicó que tuvieran misericordia, pero todo fue en vano. El acreedor demandó la justicia —severa e inquebrantable— que le correspondía. El acreedor le recordó al deudor que había firmado un contrato y aceptado las consecuen­cias. El deudor respondió que carecía de los medios para pagar y suplicó el perdón. El acreedor no dio su brazo a torcer. No habría justicia si se perdonaba la deuda. Justo en el momento en que to­das las posibles vías de escape se habían desvanecido, un liberador apareció en escena. El élder Packer continúa narrando la parábola como sigue:

«El deudor tenía un amigo. Él vino en su ayuda. Conocía bien al deudor. Sabía de su cortedad de miras. Pensaba que era un insensato por haberse metido en una situación tan complicada. Sin embargo, quería ayudar porque lo amaba. Se interpuso entre ambos, y, mirando al acreedor, le hizo la siguiente oferta.

»‘Pagaré la deuda si libera al deudor de su contrato para que pueda conservar sus posesiones y no vaya a la cárcel’. Mientras el acreedor pensaba en la oferta, el mediador añadió: ‘Usted deman­da justicia. Aunque él no puede pagarle, yo lo haré. A usted se le habrá tratado justamente y no puede pedir más. No sería justo’.

»Y el acreedor accedió.

»El mediador se giró ahora al deudor. ‘Si pago tu deuda, ¿me aceptarás a mí como tu acreedor?’

»‘Oh, claro que sí’, dijo el deudor entre sollozos. ‘Me salvas de la cárcel y tienes misericordia de mí’.

»‘Entonces’, dijo el benefactor, ‘me pagarás la deuda a mí y yo fijaré las condiciones. No será fácil, pero será posible. Yo pondré el camino. No tendrás que ir a la cárcel’.

»Y así fue que el acreedor recibió su pago completo. Se le había tratado con justicia. No se había incumplido ningún contrato.

»El deudor, por su parte, había obtenido misericordia. Ambas leyes se habían cumplido. Al haber un mediador, la justicia había reclamado su parte al completo, y la misericordia había recibido satisfacción plena».28

Al deudor de este relato no se le perdonó por completo su deuda, pero con la intercesión de su amigo, las condiciones de pago se tornaron más aceptables y cuando aquellas condiciones fueron cumplidas, la deuda quedó cancelada. De igual manera, el Salvador hizo posible que pagáramos nuestra deuda con arreglo a unas condiciones más misericordiosas gracias al principio divino del arrepentimiento. El siempre nos ofrece la máxima misericor­dia sin menoscabar en lo más mínimo las demandas de justicia.

El presidente John Taylor se refirió a la interesante relación existente entre la justicia y la misericordia en el Evangelio: «La justicia, el juicio, la misericordia y la verdad armonizan como atributos de la deidad. ‘La justicia y la verdad se han encontrado, la rectitud y la paz se han besado’».29 Eliza R. Snow enseñó en verso esa misma verdad celestial:

Oh cuán glorioso y cabal,
el plan de redención:
merced, justicia y amor
en celestial unión!50

CRISTO SE CONVIERTE EN NUESTRO ABOGADO

El Salvador aboga por nosotros para obtener misericordia. Él es nuestro abogado.31 Él es el campeón de nuestra causa como nadie más puede serlo. Hemos visto a abogados ante tribuales terrenales: meros mortales que han defendido a sus clientes con fascinante suspense, cuya lógica era aplastante, cuyo dominio de Derecho era abrumador y cuyas potentes peticiones era convin­centes. Ante mortales como ellos, los jurados han guardado un silencio casi reverencial, se han movido y mecido con cada mira­da, cada palabra formulada con exquisito cuidado, cada alegato apasionado. Sin embargo, abogados como esos, prácticamente héroes hercúleos para sus clientes, no se comparan en absoluto con el que nos defiende en las alturas. Él es el defensor ideal «para presentarse ahora por nosotros ante Dios» (Hebreos 9:24). ¡Qué afortunados somos de que él sea nuestro «abogado (…) ante el Padre» (1 Juan 2:1).

En más de una ocasión, una madre devota le rogaba a Abraham Lincoln por la vida de un hijo que había cometido un delito grave mientras servía en el ejercito de la Unión. A menudo, conmovido por el sacrificio de la madre por su país, Lincoln concedía el in­dulto. Quizás pensara: «No lo haré por su hijo, pero le concederé el indulto por usted». Del mismo modo, a Dios el Padre debe de haberle conmovido profundamente el incomparable sacrificio del Salvador. Como la madre que rogaba por la vida de su hijo, el Salvador implora por las vidas espirituales de sus hijos espiritua­les. Y se les perdonará; no por ninguna dignidad suya, sino por el sacrificio del Salvador. Este es el ruego del Hijo al Padre:

«Escuchad al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga por vuestra causa ante él, diciendo: Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida sempiterna» (DyC 45:3-5; véase también Hebreos 7:25; DyC 38:4; 110:4).

Por causa del Salvador, nuestro Padre concedió el indulto ne­cesario. El profeta Zenós reconoció esta verdad prontamente: «a causa de tu Hijo has apartado tus juicios de mí» (Alma 33:11).

El profeta José puso de manifiesto estos poderes de influencia del Salvador. Mientras ofrecía la inspirada oración dedicatoria en el Templo de Kirtland, hizo referencia al poder del Salvador para influir en el Padre: «Tú (…) apartarás tu ira al mirar la faz de tu Ungido» (DyC 109:53). Parece que hubo algo tan noble en el rostro del Salvador, tan conmovedor y poderoso en una reflexión acerca de su sacrificio, que afecta profundamente al Padre.

La defensa de Cristo no tiene por objeto cambiar la naturaleza de un Dios que ya es perfecto, del mismo modo que el ruego de Moisés de salvar a Israel (Deuteronomio 9:13-29; Éxodo 32:10- 14) o la «negociación» de Abraham con el Señor para que salvara a Sodoma (Génesis 18:23-33) no transformaron a Dios en un ser más misericordioso y compasivo. Las Escrituras afirman muy claramente: «no obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos» (DyC 101:9; véase también Isaías 54:8). Independientemente de la maldad del hombre, las entrañas de Dios ya están llenas de compasión, antes de que tenga lugar cual­quier ruego o defensa.

Si la naturaleza de Dios no se altera con semejantes acciones, entonces, ¿por qué aboga Cristo por nosotros y defiende nuestra causa? Semejantes ruegos pueden abrir puertas para Dios que de otro modo permanecerían cerradas en virtud de las leyes de la justicia. Por ejemplo, la fe abre la puerta de los milagros. Moroni declaró: «Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro» (Éter 12:12; énfasis añadido; véase también Marcos 6:5-6; 3 Nefi 19:35). Pedir abre las puertas de la revelación: «Si pides, recibirás revelación tras revelación» (DyC 42:61). De manera similar, quizá la defensa, al combinarse con el sacrificio del Salvador, abra la puerta a los indultos divinos. Pudiera ser que, de acuerdo con las leyes de la justicia, la defensa sean un requisito previo para invocar la misericordia de Dios: una manifestación de este principio eterno de que todos los recursos existentes deben agotarse antes de que se produzca la intervención de los poderes del cielo.32 En otras palabras, pudiera ser que el hombre, o su abogado divino, deban defender su caso de la mejor manera posible antes de que se concedan los indultos divinos.

Por tanto, puede ser que la ardiente petición de misericordia del Salvador —unida a su sacrificio infinito— permite que el Dios del cielo, de acuerdo con las leyes de la justicia, responda de manera similar. Es un cumplimiento de la verdad escrituraria «la misericordia tiene compasión de la misericordia» (DyC 88:40). La fe precede a los milagros, las peticiones precipitan la revela­ción y el alegato de la defensa da lugar al perdón.

Puede que haya otra razón más para la defensa, en particular la de Cristo: da lugar a una unión espiritual entre Cristo y sus hijos que no se puede obtener de otra manera. Es el hilo que une nuestros corazones y nuestras almas. ¿Quién entre nosotros po­dría verle defender nuestro caso con ferviente pasión; escucharle relatar los horribles acontecimientos de Getsemaní, oír sus ex­presiones de amor sin límite, y no sentir una afinidad espiritual hacia él?

Gracias a la Expiación y la defensa del Salvador, en el día del juicio —cuando el destino eterno de todos esté en juego—, el Salvador se «[interpondrá] entre ellos y la justicia» (Mosíah 15:9). Entonces, él «[intercederá] por los hijos de los hombres» (Mosíah 15:8). Él suplicará por el equilibrio perfecto entre la misericordia y la justicia. Él será el abogado de todos los hombres y su espe­ranza de salvación.

¿Fue la Expiación necesaria, o había otra manera? 


NOTAS

  1. McConkie, «Purifying Power», 9.
  2. Roberts, The Truth, The Way, The Life,
  3. Journal of Discourses, 14:280.
  4. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith, 435-36.
  5. Journal of Discourses, 3:356.
  6. Journal of Discourses, 25:165-66.
  7. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith,
  8. Journal of Discourses, 7:354; énfasis añadido.
  9. Smith, Words of Joseph Smith, 84; énfasis añadido.
  10. Journal of Discourses, 25:57.
  11. Journal of Discourses, 15:134; énfasis añadido.
  12. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith, 216—17.
  13. Shakespeare, El mercader de Venecia, Acto IV, escena I, 144.
  14. «LDS Bible Dictionary», 697.
  15. McConkie, PromisedMessiah,
  16. «LDS Bible Dictionary», 697.
  17. Robinson, Creámosle a Cristo,
  18. Young, Discourses of Brigham Young,
  19. Lewis, Mere Christianity,
  20. Journal of Discourses, 11:301.
  21. Shakespeare, El mercader de Venecia, Acto IV, escena Ia, 143—44.
  22. Ingersoll, Works ofRobert G. Ingersoll, 3:172.
  23. Young, Discourses of Brigham Young,
  24. Romney, «Resurrection of Jesús», 9.
  25. McConkie, Promised Messiah,
  26. Whitney, Baptism,
  27. Packer, That AllMay Be Edified,
  28. Taylor, Mediation and Atonement, 171—72.
  29. Snow, «Jesús en la corte celestial», Himnos, núm. 116.
  30. Hemos comentado anteriormente que Cristo es nuestro juez. Si ese es el caso, cabe preguntarse cómo puede ser también nuestro abogado. ¿Tiene sentido que presentara su alegato ante sí mismo para pedir clemencia en nuestro favor? Las Escrituras dejan muy claro que el Salvador no está rogándose a sí mismo, sino que es nuestro «intercesor con el Padre» (DyC 45:3; énfasis añadido; véase también 1 Juan 2:1; DyC 38:4; 110:4). Si ese es el caso, entonces el Padre debe ser también un juez. Doctrina y Convenios confirma esta afirmación: «Dios y Cristo son los jueces de todo» (DyC 76:68; véase también 2 Timoteo 4:1). Ello es coherente con la apreciación hecha por Juan de que el Padre «también le dio [a Cristo] poder para hacer juicio» (Juan 5:27; énfasis añadido). Evidentemente, el Padre es en cierta manera un «juez presidente de sala», es decir, los demás jueces, los jueces de primera instancia (es decir el Salvador y sus apóstoles), ven las causas y dictan sentencia, pero cada uno de ellos es responsable de sus actos en última instancia, ante el juez presidente. El Padre delegó las facultades judiciales en su Hijo (quien a su vez delegó ciertos poderes en sus apóstoles) pero el Hijo sigue rindiendo cuentas al Padre. Juan nos ayuda a entender el papel de cada uno en el proceso del juicio: «como oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió» (Juan 5:30). En el proceso de abogar por nosotros, la voluntad del Padre se manifiesta en las circunstancias más favorables para el hombre, voluntad que el Hijo ejecuta mediante sus juicios.
  31. Este principio lo enseña el Señor en la Sección 101 de Doctrina y Convenios. Las turbas habían expulsado a muchos Santos de sus hogares en Misuri; habían amenazado y perseguido a muchos otros. El Señor le da instrucciones al profeta José con respecto al orden de resarcimiento que los Santos debían adoptar. Primero, debían importunar al juez; después, al gobernador, y entonces, al presidente. Si ninguna de esas instancias daba resultado, «entonces el Señor se levantará y saldrá de su morada oculta, y en su furor afligirá a la nación» (DyC 101:89).

 

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