LA VIDA
ANTERIOR
Cómo nuestra existencia premortal afecta nuestra vida mortal
Por Brent L. Top
© 2012 Brent L. Top.
El mensaje central de este libro trasciende el estudio intelectual de una doctrina: es una invitación sagrada a recordar quiénes somos realmente. En un mundo que a menudo confunde identidad con apariencia, y propósito con posesión, el autor nos recuerda que nuestro origen eterno —como hijos e hijas literales de Dios— define todo lo que somos, lo que podemos llegar a ser y lo que debemos hacer en esta vida.
A través de un enfoque profundamente doctrinal y espiritual, Brent L. Top entrelaza las escrituras, las enseñanzas de los profetas y la revelación moderna para mostrarnos que la vida premortal no fue solo un episodio anterior, sino el prólogo de un plan divino aún en desarrollo. Allí se tomaron decisiones trascendentales, se forjaron amistades eternas y se establecieron responsabilidades sagradas que hoy seguimos cumpliendo. Comprender este pasado glorioso nos ayuda a enfrentar el presente con fe y esperanza, sabiendo que nuestra vida mortal no es un accidente, sino una misión cuidadosamente diseñada por nuestro Padre Celestial.
La doctrina de la preexistencia no es una doctrina de reposo, sino de acción, servicio y consagración. Saber que fuimos escogidos y preparados para venir en este tiempo nos impulsa a servir con amor, a fortalecer a nuestros semejantes y a vivir de acuerdo con nuestra herencia divina. Este conocimiento nos otorga consuelo en las pruebas, valor en la adversidad y una visión más amplia de la eternidad.
Como enseña el autor, el recordar espiritualmente no se trata solo de mirar atrás, sino de vivir hacia adelante, guiados por esa “voz interior” que susurra: “Tú eres un hijo de Dios”. Cada acto de bondad, cada servicio ofrecido y cada sacrificio hecho por amor al Salvador es una confirmación de que aún caminamos bajo el mismo convenio que hicimos antes de nacer: el de seguir a Cristo y participar en la salvación de toda la familia humana.
En definitiva, La Vida Anterior no solo amplía nuestro entendimiento doctrinal, sino que ensancha nuestra alma. Nos recuerda que la plenitud de gozo que anhelábamos en el mundo premortal solo se alcanzará cuando nuestra fe en el plan de Dios se traduzca en obras de amor y redención aquí en la tierra. Y cuando volvamos a casa, al traspasar el velo, reconoceremos el rostro familiar de nuestro Padre Celestial y comprenderemos que, en realidad, siempre hemos sabido quiénes somos: sus hijos eternos, destinados a la gloria. Seguir leyendo


































