La Luz y la Vida

La Luz y la Vida

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Algunos que profesan, ser seguidores de Cristo insisten en que los miem­bros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no somos cristianos. Incluso hay quienes se ganan la vida atacando a la Iglesia y a su doctrina. Quisiera que todos ellos pudieran tener la experiencia que yo tuve.

Un amigo que visitaba Salt Lake City por primera vez me fue a ver a mi oficina. Es un hombre instruido y un cristiano devoto y sincero. Aunque nunca hemos hablado de ello, los dos sabemos que algunos líderes de su religión han enseñado que los miembros de nuestra Iglesia no son cristianos.

Después de una breve charla sobre un asunto de interés común, le dije que deseaba mostrarle algo. Fuimos caminando hasta la Manzana del Templo y entramos en el Centro de Visitantes Norte. Miramos los cuadros de los Apóstoles y Profetas de la Biblia y del Libro de Mormón; luego nos dirigimos hacia la rampa en forma de espiral que lleva al segundo nivel. Allí, la gran estatua del Cristo Resucitado, de Thorvaldsen, domina la representación panorámica de la inmensidad del espacio y la magnificencia de las creaciones de Dios.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor.

Al entrar en ese lugar y contemplar la majestuosa imagen del Chrístus, con los brazos extendidos y mostrando en las manos las heridas de la Crucifixión, mi amigo se quedó maravillado. Estuvimos en silencio unos minutos, en una comu­nión reverente de pensamientos de veneración hacia nuestro Salvador. Luego, también silenciosamente, fuimos hasta la planta baja pasando junto al diorama del profeta José Smith arrodillado en la Arboleda Sagrada.

Después de salir de la Manzana del Templo, al despedirnos, él me estrechó la mano y me dijo: “Gracias por haberme llevado allí. Ahora entiendo algo sobre tu fe que nunca había comprendido”. Espero que toda persona que tenga dudas sobre el hecho de que somos cristianos llegue a esa misma comprensión.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor, Su nombre es el único mediante el cual podemos ser salvos (véase Mosíah 3:17; 5:8; D. y C. 18:23). Procuramos servirle; pertenecemos a Su

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro enten­dimiento, porque Sus ense­ñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestros misioneros y nuestros miembros testifican de Jesucristo en muchas naciones del mundo. Como escribió el profeta Nefi, cuyas palabras se encuen­tran en el Libro de Mormón, “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Conforme a lo que declara nuestro Artículo de Fe N° 1, “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Dios el Padre es el Padre de nuestros espíritus, el arquitecto del cielo y de la tierra, y el autor del plan de nuestra salvación (véase Moisés 1:31-33, 39; 2:1-2; D. y C. 20:17-26). Jesucristo es Su Hijo Unigénito, Jehová, el Santo y el Dios de Israel, el Mesías, “el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 11:14).

El Libro de Mormón relata la visita del Señor resuci­tado a un pueblo de las Américas. Vestido con ropas blancas descendió del cielo y, poniéndose de pie en medio de la multitud, extendió la mano y dijo:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testi­ficaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo…” (3 Nefi 11:10-11).

En armonía con Sus palabras, solemnemente afir­mamos que Jesucristo es la luz y la vida del mundo. Todas las cosas fueron hechas por El. Bajo la dirección del Padre, y de acuerdo con el plan del Padre, Jesucristo es el

Creador, la fuente de la luz y de la vida de todas las cosas. Mediante la revelación moderna, tenemos registro de que Jesucristo es “el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaba la vida y la luz de los hombres.

“Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de él” (D. y C. 93:9-10).

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio” (D. y C. 88:12). La suya es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo” (D. y C. 93:2). Su ejemplo y Sus enseñanzas iluminan el camino por el cual debemos andar para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Durante su ministerio Jesús enseñó: “He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). El Salvador hizo hincapié en la estrecha relación que hay entre Su luz y Sus mandamientos cuando enseñó a los neritas: “He aquí, yo soy la ley y la luz” (3 Nefi 15:9). Debemos vivir de tal manera que Su Espíritu nos ilumine y para que de esa forma podamos oír y prestar atención a la inspiración del Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo (véase D. y C. 20:26).

Además, Jesucristo es la luz del mundo, porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno, “… [el] que crea estas cosas que he hablado… sabrá que estas cosas son verdaderas; porque persuade a los hombres a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida de) mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman «el gran y eterno plan de redención de la muerte» (2 Nefi 11:5). Su resurrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

“Y cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo bueno viene de mí; porque el bien de nadie procede, sino de mí…” (Eter 4:11-12).

Así vemos que Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro entendi­miento, porque Sus enseñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida del mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman “el gran y eterno plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5). Su resu­rrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

Jacob se regocijó en este don de vida: “¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu” (2 Nefi 9:10).

Nuestra vida inmortal se encuentra ahora asegurada porque el Señor Resucitado nos ha redimido de la muerte física; El también expió los pecados del mundo. “Por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:23), todos estamos muertos espiritualmente. Nuestra única esperanza de vida es el Salvador, quien “se ofrece a sí mismo en sacri­ficio por el pecado” (2 Nefi 2:7).

A fin de tener derecho a reclamar la victoria del Salvador sobre la muerte espiritual que sufrimos por nuestros pecados, debemos aceptar las condiciones que Él nos ha impuesto, mediante el arrepentimiento, el bautismo y la “obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículo de Fe N° 3).

Debemos agradecer Su don seguro de la inmortalidad. Debemos recibir las ordenanzas y guardar los convenios que se nos requieren para recibir Su don condicional de la vida eterna, “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7).

En resumen, los Santos de los Últimos Días se exhortan mutuamente y exhortan a los hombres y a las mujeres de todas partes, como nos dice un Profeta del Libro de Mormón, a venir “a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participa [r] de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

Que Dios nos bendiga a todos para que vengamos a Cristo. Testifico que Él es nuestro Salvador y nuestro Redentor, la luz y la vida del mundo. □

Este artículo se ha adaptado de un discurso pronunciado en la confe­rencia general de octubre de 1987.

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Nuestro Señor y Salvador

Liahona Diciembre 1997

Nuestro Señor y Salvador

Desde la gran fe de Adán, las hermosas y poéticas palabras de Isaías y la sencilla influencia del profeta José hasta los actuales líderes de la Iglesia, todos los Profetas han afir­mado que Dios vive y que Su Hijo Unigénito es nuestro Señor y Salvador. En esta época del año, cuando celebramos el nacimiento de Jesucristo, es particularmente bueno escuchar lo que dicen aquellos a quienes sostenemos como testigos especiales de Cristo testificando de nuevo que Jesús es nuestro Salvador y que, por medio de Él, hallaremos la vida eterna.

Presidente Gordon B. Hinckley:
“Cada vez que la fría mano de la muerte asesta su golpe, entre las sombras de tristeza y desolación de ese momento, reluce la figura triunfante del Señor Jesucristo, El, el Hijo de Dios, que por Su incomparable y eterno poder venció a la muerte; Él es el Redentor del mundo. El dio Su vida por cada uno de nosotros y la volvió a tomar, llegando así a ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Él, el Rey de reyes, está triunfante sobre todos los reyes. El, el Señor Omnipotente, está sobre todos los gobernantes. Él es nuestro consuelo, nuestro único consuelo, cuando la densa oscuridad de la noche terrenal se cierra ante nosotros…

“Más sublime que el género humano, allí está Jesús el Cristo, el Rey de gloria, el inmaculado Mesías, el Señor Emanuel…

“Él es nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente, que está a la diestra de Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente y maravilloso, el Hijo viviente del Dios viviente” (“Esta resplande­ciente mañana de la Pascua de Resurrección”, Liahona, julio de 1996, pág. 73).

Presidente Thomas S. Monson:
“Con el nacimiento del Niño de Belén, se recibió un don maravilloso, un poder más fuerte que las armas, un tesoro más duradero que las monedas del César. Este Niño había de ser Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías Prometido, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Nacido en un establo, mecido en un pesebre, vino del cielo para vivir en la tierra como hombre mortal y establecer el Reino de Dios. Durante Su minis­terio terrenal, El enseñó a los hombres una ley mayor. Su glorioso Evangelio reformó las ideas del mundo, Bendijo a los enfermos, hizo que el cojo caminara, que el ciego, viera y que el sordo oyera. Aun resucitó a los muertos…

“Su misión, Su ministerio entre los hombres, Sus enseñanzas de la verdad, Sus actos de misericordia, Su invariable amor por nosotros inspira nuestra gratitud y enternece nuestro corazón. Jesucristo, el Salvador del mundo, sí, el Hijo de Dios, fue y es el Supremo Pionero, porque fue primero, mostrando a todos el camino a seguir” (“Ellos mostraron el camino”, Liahona, julio de 1997, págs. 63, 64).

Presidente James E. Faust:
“La Expiación y la Re­surrección se llevaron a cabo. Nuestro Señor y Salvador padeció ese dolor indescriptible en Getsemaní, y efectuó el sacrificio final al morir en la cruz para, poco después, romper las ligaduras de la muerte.

“Todos nos beneficiamos con las trascendentales bendiciones de la Expiación y de la Resurrección, por medio de las que el divino proceso sanador puede efectuarse en noso­tros, El dolor se puede reemplazar con el regocijo que nuestro Salvador prometió. Al vacilante Tomás, Jesús le dijo: ‘No seas incrédulo, sino creyente’ [Juan 20:27]…

“…testifico del gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo y doy testimonio de que El rompió las liga­duras de la muerte, lo cual en verdad enjugará nuestras lágrimas. Tengo un testimonio de esto, el que he recibido por medio del Santo Espíritu de Dios” (“Mujer, ¿por qué lloras”, Liahona, enero de 1997, págs. 62, 64).

Presidente Boyd K. Packer:
“Merced a ese acto de Su voluntad, se harían compatibles la miseri­cordia y la justicia; se sostendría la ley eterna y se produciría esa mediación sin la cual los seres mortales no podrían ser redimidos.

“El Señor, por Su propia voluntad, aceptó el castigo por toda la humanidad, por la suma total de toda la maldad; por la brutalidad y la inmoralidad; por la perversión, la corrupción, los enviciamientos, las matanzas, las torturas y el terror; todo lo malo que se había hecho y todo lo malo que habría de hacerse en esta tierra” (“Expiación, libre albedrío, responsabilidad”, Liahona, julio de 1988, págs. 68-69).

Élder L. Tom Perry:
“Desde el principio se trazó un plan. La figura central en Su plan de salvación es nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Su sacrificio expiatorio en bien de toda la humanidad es el foco principal de la historia de los hijos de nuestro Padre Celestial aquí en la tierra. Toda persona que acepte Su plan divino debe aceptar también la misión de nuestro Salvador y hacer convenio de guardar las leyes que nuestro Padre ha desarrollado para nosotros” (“El sacramento de la Cena del Señor”, Liahona, julio de 1996, pág. 62).

Élder David B. Haight:
En 1989, el élder Haight enfermó grave­mente y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. Durante la conferencia general de octubre de ese año, contó que, mientras se hallaba inconsciente, se encontró “en un lugar tranquilo, donde todo era quietud y paz”, consciente de la presencia de “dos personas en la distancia, en la ladera de una colina…

“No oí ninguna voz, pero me di cuenta de que estaba en presencia de seres santos. Durante las horas y los días que siguieron, vi en mi mente una y otra vez la misión eterna y la posición exaltada del Hijo del Hombre. Testifico que Él es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador de todos, el Redentor de todo el género humano, el Dador de amor, miseri­cordia y perdón infinitos, la Luz y la Vida del mundo. Yo sabía eso antes; nunca lo dudé; pero en esos días conocí esas verdades, mediante las vividas impresiones del Espíritu en mi alma, de un modo extraordi­nario” (“La Santa Cena y el sacri­ficio”, Liahona, enero de 1990, pág. 56).

Élder Neal A. Maxwell:
“Alma reveló que Jesús sabe: cómo socorrernos en medio de nuestros dolores y enfer­medades precisamente porque Él tomó sobre sí nuestros dolores y enfermedades (Alma 7:11-12). El Tos conoce por expe­riencia propia, con lo cual ha obtenido una comprensión profunda de ellos. Por supuesto, nosotros no comprendemos plenamente Su sufrimiento ni entendemos tampoco cómo pudo llevar sobre sí todos los pecados de los seres mortales, pero Su Expiación sigue siendo la realidad que nos rescata y nos tranquiliza.

“No es de extrañar, pues, que de todas las razones por las que podamos alabar a Jesús cuando venga otra vez con majestad y poder, lo alabaremos por Su ‘amorosa bondad y misericordia’; más aún, ¡continuaremos alabándolo para siempre jamás…!” (“Loor a Dios ‘por bendiciones de amor’”, Liahona, julio de 1997, págs. 12-13).

Élder Russell M. Nelson:
“Lloro de gozo al contemplar el signifi­cado de todo esto. El ser redimido es ser expiado, es ser recibido en el abrazo íntimo de Dios, con una expresión no sólo de Su perdón sino de nuestra unidad de corazón y de mente. ¡Qué privilegio…!

“Como uno de los ‘testigos espe­ciales del nombre de Cristo en todo el mundo’ [D. y C. 107:23], testifico que Él es el Hijo del Dios viviente, Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Esta es Su Iglesia, restaurada para bendecir a los hijos de Dios y preparar al mundo para la segunda venida del Señor” (“La Expiación”, Liahona, enero de 1997, págs. 38, 39).

Élder Dallin H. Oaks:
“Nuestro Creador y Redentor también es nuestro Maestro. Él nos enseñó cómo vivir y nos dio mandamientos; si los obedecemos, recibiremos bendi­ciones y felicidad en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.

“Así vemos que Aquel a quien siempre debemos recordar es el que nos dio la vida mortal, el que nos mostró el camino hacia una vida feliz y el que nos redime para que podamos tener inmortalidad y vida eterna” (“Recordad siempre al Señor”, Liahona, julio de 1988, pág. 31).

Élder M. Russell Ballard:
“…pude apreciar el gozo que llenará nuestro corazón cuando comprendamos plena- mente el significado del mayor de los rescates; el rescate de la familia de Dios por el Señor Jesucristo. Porque es por medio de El que tenemos la promesa de la vida eterna. Nuestra fe en el Señor Jesucristo es la fuente del poder espi­ritual que nos asegurará que nada debemos temer de la jomada. Yo sé que el Señor Jesucristo vive y que merced a nuestra fe invariable en El, nos acompañará en nuestro viaje a través de la vida” (“Nada deben temer de la jornada”, Liahona, julio de 1997, pág. 69).

Élder Joseph B. Wirthlin:
“…Jesús es el Primo­génito de nuestro Padre Celestial en el espíritu y el Unigénito de Dios en la carne. Es un Dios, uno de los de la Trinidad; es el Salvador y el Redentor de la raza humana. En un concilio premortal en el que todos estuvimos presentes, El aceptó el gran plan de felicidad de nuestro Padre para Sus hijos y fue elegido por el Padre para ponerlo en práctica. El dirigió las fuerzas del bien en una batalla por las almas de los hombres que comenzó antes de la fundación del mundo contra las fuerzas de Satanás y sus seguidores. Ese conflicto continúa hoy. Estábamos del lado de Jesús entonces y estamos de Su lado ahora” (“Cristianos en creencia y en acción”, Liahona, enero de 1997, pág. 79).

Élder Richard G. Scott:
“Jesucristo poseía méritos que ningún otro hijo del Padre Celestial podía tener. Antes de nacer en Belén, Él era Jehová, un Dios. Su Padre no sólo le había dado el cuerpo espiritual sino que Jesús era también Su Unigénito en la carne. Nuestro Maestro llevó una vida perfecta y sin pecado, y por lo tanto, estaba libre de las demandas de la justicia. Él era y es perfecto en todo atributo, como el amor, la compasión, la paciencia, la obe­diencia, el perdón y la humildad. Su misericordia paga nuestra deuda con la justicia si nos arrepentimos y le obedecemos. Puesto que, aun con nuestros más arduos esfuerzos por obedecer Sus enseñanzas, todavía nos quedaremos cortos, por causa de Su gracia seremos salvos ‘después de hacer cuanto podamos’ [2 Nefi 25:23]” (“Jesucristo, nuestro Redentor”, Liahona, julio de 1997, pág. 65).

Élder Robert D. Hales:
“El conocimiento y la comprensión de la doctrina de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo y de qué tendremos la oportunidad de resucitar y vivir en la presencia de Dios él Padre y de Su Hijo Jesucristo, hace que sea posible soportar sucesos que de otro modo serían trágicos. Esa doctrina brinda un brillo de espe­ranza a un mundo que, de lo contrario, sería tenebroso y lúgubre; y contesta las sencillas preguntas: de dónde venimos, por qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Éstas son verdades que deben enseñarse y ponerse en práctica en nuestros hogares.

“Dios vive. Jesús es el Cristo. Por medio de Su Expiación, todos tendremos la oportunidad de resu­citar. Esa no es una bendición indivi­dual; es mucho más; es una bendición para cada uno de nosotros y para nuestras familias” (“La familia eterna”, Liahona, enero de 1997, pág. 75).

Élder Jeffrey R. Holland:
“La vida trae su porción de temor y su porción de fracaso. A veces las cosas     no suceden como lo deseamos. A veces, tanto en la actuación privada como en la pública, quedamos aparentemente sin fuerzas para seguir adelante. A veces la gente nos falla, o la economía y las circunstancias fracasan, y la vida, con sus dificul­tades y pesares, puede hacer que nos sintamos muy solos.

“Sin embargo, cuando pasemos por esos momentos difíciles, testi­fico que hay algo que nunca jamás nos fallará, algo que pasará la prueba de todos los tiempos, de toda tribulación, de todo contra­tiempo y de toda transgresión. Hay algo que nunca falla: es el amor puro de Cristo…

“Testifico que, habiéndonos amado a los que estamos en el mundo, Cristo, nos ama hasta el fin. Su amor puro nunca nos falla. Ni ahora, ni nunca. Nunca” (“Aun hasta el final”, Liahona, enero de 1990, pág. 27).

Élder Henry B. Eyring:
“…Su amado Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, sufrió y pagó el precio de nuestros pecados y los de toda la gente que vayamos a conocer. Él comprende perfectamente los sentimientos, el sufrimiento, las pruebas y las necesidades de cada persona…

“Estoy agradecido porque sé, con la misma seguridad de los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan que Jesús es el Cristo, nuestro Señor resucitado, y que es nuestro intercesor ante el Padre. Sé que el Padre dio testimonio directo de Su Hijo Amado al presentar al Señor al joven José Smith, en la Arboleda Sagrada” (“Testigos de Dios”, Liahona, enero de 1997, pág. 36), □

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Una época de Expresar Gratitud

Una época de Expresar Gratitud

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Damos gracias a Dios por el profeta José. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo resucitado, el Señor Jesucristo.

Ésta es una época de dar y un tiempo de gratitud. Con agradecimiento recordamos el nacimiento del profeta José Smith, que se conmemora también en este mismo mes de diciembre, dos días antes de Navidad.

Ciertamente, ¡cuán grande es la deuda que tenemos con él! Su vida se inició en el estado de Vermont y llegó a su fin en el de Illinois, y maravillosos fueron los sucesos que tuvieron lugar entre el sencillo comienzo y el trágico fin. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo Resucitado, el Señor Jesucristo; en el breve tiempo que duró su grandiosa visión, aprendió más sobre la naturaleza de la Deidad que todos aquellos que, a través de los siglos, habían discutido el tema en concilios de eruditos y en foros de letrados. Él puso a nuestra disposición el maravilloso Libro de Mormón como otro testigo de la realidad viviente que es el Hijo de Dios y recibió, de los que los poseían en la antigüedad, el sacerdocio, el poder, la autoridad, las llaves para hablar y actuar en el nombre de Dios. Él nos dejó la organización de la Iglesia con su misión grandiosa y sagrada. Por medio de él se restauraron las llaves de los santos templos, a fin de que hombres y mujeres puedan entrar en convenios eternos con Dios y que se lleve a cabo la gran obra por los muertos para darles la oportunidad de recibir bendiciones eternas.

Grande es su gloria; su nombre es eterno.
Siempre jamás él las llaves tendrá.
Justo y fiel, entrará en su reino
y entre profetas se le premiará.
(“Loor al Profeta”, Himnos, No 15.)

José Smith fue un instrumento en las manos del Todopoderoso; fue el siervo que actuó bajo la dirección del Señor Jesucristo para llevar a cabo esta gran obra de los últimos días.

Lo honramos; él es el gran Profeta de esta dispensa­ción y está a la cabeza de esta grandiosa y extraordinaria obra que va extendiéndose por toda la tierra; es nuestro Profeta, nuestro Revelador, nuestro Vidente y nuestro amigo. No lo olvidemos; no dejemos de lado su recuerdo en las celebraciones de Navidad. Damos gracias a Dios por el profeta José.

Ahora bien, ¡qué maravillosa época del año es ésta, la de Navidad! Todo el mundo cristiano, aun cuando no: entienda lo mismo que nosotros entendemos, se detiene- en contemplación y recuerda con gratitud el nacimiento del Hijo de Dios.

Según las palabras de Phillips Brooks:

¡Es Navidad en el mundo, noche que resplandece!
Navidad en las tierras de pinos y de abetos;
Navidad donde la vid y la palmera crecen;
Navidad en las crestas nevadas y solemnes;
Navidad en los campos donde el trigo se mece…
¡Navidad, Navidad esta noche, en todo lugar!
Pues el Niño, el Cristo, es Maestro de todos:
no hay palacio o cabaña donde Él no pueda estar.

(“Christmas Everywhere” —“Navidad por todas partes”—, en Best-Loved Poems of the LDS People, recopi­lado por Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 30; traducción libre.)

Es en ese espíritu que nos extendemos para abrazar a todos con aquel amor que forma parte de la esencia del Evangelio de Jesucristo. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, somos un inmenso grupo de personas ligadas en una unidad de amor y de fe. Tenemos una grandiosa bendición, tanto colectiva como individual­mente: llevamos en el corazón una convicción firme e inquebrantable de la misión del Señor Jesucristo; Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3); Él fue el Mesías prometido, que vino con salvación en Sus alas; fue el obrador de milagros, el gran sanador, la resurrección y la vida. El Suyo es el único nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvos.

Él estuvo con Su Padre en el principio; después fue hecho carne y habitó entre nosotros, “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre… lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

A todos los que lo recibieron, “a los que creen en su nombre” (Juan 1:12), les dio potestad de convertirse en hijos de Dios.

Él vino como un don de Su Padre Eterno. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Él condescendió en abandonar Su trono en las alturas y en venir a la tierra para nacer en un pesebre, en una nación vencida. El recorrió los polvorientos caminos de Palestina sanando enfermos, enseñando la doctrina, bendiciendo a todos los que lo aceptaran.

Él vino “al mundo [no] para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

No hace mucho caminamos por donde Él caminó, por el “Campo de los pastores”, por Belén, Nazaret, Caná, Galilea, Jerusalén, Getsemaní, Gólgota, y vimos el sepulcro vacío; allí percibimos la majestad y el prodigio de aquel hombre llamado Jesús.

Él nos enseñó los prodigios de Dios, y abrió los ojos del entendimiento a todos los que quisieran escuchar. Él fue el cumplimiento de la ley, el sacrificio que, a partir de entonces, puso fin a todos los demás sacrificios.

Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, «y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago reto­ñará de sus raíces.

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová,

“Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos;

“sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.

“Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (Isaías 11:1-5).

En el Calvario, El dio Su vida por cada uno de noso­tros. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55).

Honramos Su nacimiento, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Lo que hizo que Su don fuera inmortal, universal y eterno, fue la, redención que El llevó a cabo en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Calvario. La Suya fue una Expiación grandiosa por los pecados de toda la humanidad. Él fue la resurrección y la vida, las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Pero, además de eso, Él nos enseñó el camino, la verdad y la vida; El entregó las llaves por medio de las cuales podemos ir hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Honramos el nacimiento del Salvador, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Él fue la Resurrección y la vida. Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Lo amamos. Lo honramos. Le estamos agradecidos. Lo adoramos. Él ha hecho por cada uno de nosotros y por toda la humanidad, lo que ningún otro habría podido hacer. Damos gracias a Dios por el don de Su Hijo Amado, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el Cordero sin mancha que fue ofrecido en sacrificio por todo el género humano.

Él fue quien dirigió la Restauración de ésta, Su obra, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esta es Su Iglesia y lleva Su santo nombre.

¡Regocijad! Jesús nació,
del mundo Salvador;
y cada corazón tomad
a recibir al Rey…
Venid a recibir al Rey.
(“¡Regocijad! Jesús nació”, Himnos, No 123.)

La Navidad es mucho más que los arbolitos adornados y las luces de colores, es más que los juguetes, los regalos y los cientos de variadas decoraciones. Es amor; es el amor del Hijo de Dios por todo ser humano; se extiende más allá de nuestra facultad de comprensión. Es hermosa y magnífica.

Es paz. Es la paz que reconforta, que sostiene y bendice a todos los que la acepten.

Es fe. Es la fe en Dios y en Su Hijo Eterno; es la fe en Sus vías y en Su mensaje maravillosos; es la fe en El cómo nuestro Redentor y nuestro Señor.

Testificamos de Su viviente realidad. Testificamos de la divinidad de Su naturaleza. En nuestros momentos de agradecida meditación, reconocemos Su don de inesti­mable valor para nosotros y le prometemos nuestro amor y fe. Eso es, en realidad, lo que es la Navidad. Ese es el verdadero significado de la Navidad.

A cada uno de ustedes les extendemos nuestro amor y bendición. Que ustedes, doquiera se encuentren en el mundo, tengan una Navidad maravillosa; que en su hogar reinen la paz, el amor y la bondad; que el marido sonría con amor a su esposa; y que ustedes, esposas, sientan el gozo dulce de saberse amadas, honradas, respe­tadas y contempladas con admiración. Que sus hijos sean felices y estén llenos de ese encanto indescriptible que es el espíritu de la Navidad. Y aquellos que no tengan compañero encuentren tierna compañía en el conocimiento de que no están solos, que Jesús es Su Amigo. El vino “Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

Que sea ésta una época feliz y maravillosa. Dejamos una bendición sobre ustedes, una bendición de Navidad, para que sean felices. Que aun los que tengan el corazón apesadumbrado de dolor se eleven con la sanidad que sólo viene de Aquel que reconforta y tranquiliza. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1).

Así dijo El en la hora de Su gran tribulación: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

En el espíritu de esa gran promesa y don, regocijé­monos todos durante esta bendita época de Navidad. □

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Cómo redescubrir el espíritu de la Navidad

Cómo redescubrir el espíritu de la Navidad

Por el presidente Thomas S. Monson

Hace años, cuando era un joven élder, se me llamó a mí y a otros a ir a un hospital de Salt Lake City para dar bendiciones a niños enfermos. Al entrar, vimos un árbol de Navidad adornado con luces brillantes y atractivas, y paquetes esmeradamente envueltos debajo de las ramas extendidas. Después recorrimos unos pasillos en los cuales niños y niñas —algunos con el brazo o la pierna enyesados, otros con enfermedades que tal vez no se pudieran curar muy rápido— nos recibieron con rostros sonrientes.

Un niñito, que estaba gravemente enfermo, me djio: “¿Cómo se llama?”.

Le dije mi nombre y él preguntó: “¿Me podría dar una bendición?”.

Le dimos una bendición y, cuando nos dimos la vuelta para irnos de su lado, nos dijo: “Muchas gracias”.

Dimos unos pasos y le oí decir: “Ah, hermano Monson, tenga una feliz Navidad”. Entonces se le dibujó una gran sonrisa en el rostro.

Ese niño tenía el espíritu de la Navidad. Ese espíritu navideño es algo que espero que todos nosotros tengamos en el corazón y en la vida; no sólo en esta época particular, sino también a lo largo de todo el año.

Cuando tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquél cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año: “…que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).

En nuestros días, el espíritu de dar regalos ocupa un lugar importante en la conmemoración de la Navidad. Me pregunto si no será de provecho que nos preguntemos: ¿qué regalos querría el Señor que yo le diera a Él o a otras personas en esta preciada época del año?

Permítanme sugerir que a nuestro Padre Celestial le gustaría que cada uno de nosotros le entregase a Él y a Su Hijo la dádiva de la obediencia. También creo que nos pediría que diésemos de nosotros mismos y que no fuésemos egoístas, ni avaros, ni buscapleitos, tal como Su amado Hijo lo menciona en el Libro de Mormón:

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que… irrita los corazones de los hombres para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:29–30).

En esta maravillosa dispensación del cumplimiento de los tiempos, nuestras oportunidades de amar y dar de nosotros mismos son en verdad ilimitadas, pero también son perecederas. En estos días hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, obras que realizar y almas que salvar.

Alguien que tuvo una cabal perspectiva del espíritu navideño escribió:

Soy el Espíritu de la Navidad…

Entro en el hogar de la pobreza, y hago que los niños empalidecidos abran grande los ojos, en encantada maravilla.

Hago que el puño cerrado del avaro se relaje, para así pintar de resplandor un rincón de su alma.

Hago que el anciano renueve su juventud y ría a la gozosa usanza de antaño.

Mantengo viva la fantasía en el corazón de la niñez, e ilumino el descanso con sueños tejidos de magia.

Hago que pies ansiosos asciendan escaleras oscuras con canastas rebosantes, dejando atrás corazones asombrados ante la bondad del mundo.

Hago que el pródigo detenga un momento su andar desenfrenado y de derroche, para enviar a un preocupado ser querido un detalle que desate lágrimas de alegría, lágrimas que hacen desaparecer las duras líneas del pesar.

Entro en lúgubres celdas de prisiones, recordando a hombres vapuleados lo que pudo haber sido, y señalándoles hacia adelante los días buenos aún por venir.

Entro sigilosamente en el hogar callado y pálido del dolor, y los labios débiles que ya no consiguen hablar, simplemente tiemblan en gratitud silenciosa y elocuente.

De mil maneras, hago que el mundo agotado eleve la mirada hacia la faz de Dios y que, por un momento, olvide las cosas insignificantes y desdichadas.

Soy el espíritu de la Navidad1.

Ruego que cada uno de nosotros descubra otra vez el espíritu de la Navidad, sí, el Espíritu de Cristo.

Cómo enseñar con este mensaje

Al compartir el mensaje del presidente Monson con la familia, considere recalcar la pregunta que hizo acerca de qué regalos desearía el Señor que le diéramos a Él o a otras personas en esta época. Sugiera a los miembros de la familia anotar sus ideas (o, en el caso de los más pequeñitos, hacer un dibujo) sobre cómo “[descubrir] otra vez el espíritu de la Navidad, sí, el Espíritu de Cristo”.

Nota

  1. E. C. Baird, “Christmas Spirit” [El espíritu de la Navidad] , en James S. Hewitt, ed., Illustrations Unlimited, 1988, pág. 81.
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Sirvan al Señor con amor

Sirvan al Señor con amor

Por el presidente Thomas S. Monson

El Señor Jesucristo enseñó: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lucas 9:24).

El presidente Thomas S. Monson dijo: “Creo que el Salvador nos está diciendo que a menos que nos perdamos en dar servicio a los demás, nuestra propia vida tiene poco propósito. Aquellos que viven únicamente para sí mismos, al final se marchitan y, en sentido figurado, pierden la vida, mientras que aquellos que se pierden a sí mismos en prestar servicio a los demás, progresan y florecen… y en efecto salvan su vida”1.

En los siguientes extractos del ministerio del presidente Monson, él les recuerda a los Santos de los Últimos Días que ellos son las manos del Señor y que las bendiciones de la eternidad aguardan a aquellos que sirven fielmente a los demás.

El servicio en el templo

“Se brinda un gran servicio cuando se llevan a cabo ordenanzas vicarias por aquellos que han pasado más allá del velo. En muchos casos no conocemos a las personas por quienes efectuamos la obra. No esperamos que nos den las gracias, ni tenemos la seguridad de que aceptarán lo que les ofrecemos; sin embargo, prestamos servicio, y en ese proceso, obtenemos lo que no se puede obtener de ninguna otra manera: literalmente llegamos a ser salvadores en el monte de Sión. Así como nuestro Salvador dio Su vida como sacrificio vicario por nosotros, así también nosotros, en una pequeña medida, hacemos lo mismo cuando llevamos a cabo la obra vicaria en el templo por aquellos que no tienen manera de seguir adelante a menos que los que estamos aquí en la tierra hagamos algo por ellos”2.

Nosotros somos las manos del Señor

“Mis hermanos y hermanas, estamos rodeados de personas que necesitan nuestra atención, nuestro estímulo, apoyo, consuelo y bondad —ya sean familiares, amigos, conocidos o extraños. Nosotros somos las manos del Señor aquí sobre la tierra, con el mandato de prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él depende de cada uno de nosotros…

“Ese servicio al que todos hemos sido llamados es el servicio del Señor Jesucristo”3.

Prestar servicio a la manera del Señor

“En el Nuevo Mundo, el Señor resucitado declaró: ‘…sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros’” [3 Nefi 27:21].

“Bendecimos a los demás al prestar servicio a la manera de ‘Jesús de Nazaret… [que] anduvo haciendo bienes’ [Hechos 10:38]. Que Dios nos bendiga para hallar gozo al servir a nuestro Padre Celestial cuando servimos a Sus hijos en la tierra”4.

La necesidad de servir

“Necesitamos que se nos dé la oportunidad de prestar servicio. En cuanto a los miembros que se han inactivado o que evitan comprometerse, podemos orar para encontrar alguna manera de llegar a ellos. Pedirles que desempeñen alguna función podría ser el incentivo justo que necesitan para volver a activarse. Sin embargo, a veces los líderes que podrían ayudar con esto son reacios a hacerlo. Debemos recordar que las personas pueden cambiar, pueden dejar atrás malos hábitos, pueden arrepentirse de transgresiones, pueden ser poseedores dignos del sacerdocio, y pueden servir al Señor diligentemente”5.

¿Estamos haciendo todo lo que deberíamos hacer?

“…el mundo necesita nuestra ayuda. ¿Estamos haciendo todo lo que deberíamos hacer? ¿Tenemos presentes las palabras del presidente John Taylor: ‘Si no magnifican sus llamamientos, Dios los hará responsables de aquellos a los que pudieron haber salvado si hubiesen cumplido con su deber’? [Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 182]. Hay pasos que afirmar, manos que afianzar, mentes que alentar, corazones que inspirar y almas que salvar. Las bendiciones de la eternidad los esperan. Ustedes tienen el privilegio de no ser espectadores, sino participantes en el escenario del servicio”6.

Cómo enseñar con este mensaje

“Si usted tiene amor semejante al de Cristo, estará mejor preparado para enseñar el Evangelio. Será inspirado a fin de ayudar a que otros conozcan al Salvador y le sigan”7. Considere la posibilidad de orar para tener más caridad hacia aquellos a quienes visite. A medida que cultive hacia ellos un amor semejante al de Cristo, será más capaz de servir de maneras significativas tanto al Señor como a aquellos a quienes enseña.

Verano de servicio

Por Elizabeth Blight
La autora vive en Virginia, EE. UU.

Un verano pasé un tiempo en un país extranjero trabajando con niños que tenían necesidades especiales. Cuando los vi por primera vez, estaba muy nerviosa; no hablaba su idioma, pero confiaba en que el Espíritu me guiaría al relacionarme con ellos. Cuando llegué a conocer a cada niño, me di cuenta de que el idioma no es una barrera para el amor; yo jugaba, me reía y hacía manualidades con los niños y no podía evitar sentir un amor total por ellos. Vislumbré el amor que el Padre Celestial tiene por Sus hijos y el gozo que llenó mi corazón fue indescriptible.

Siempre que presto servicio a otras personas, no sólo siento amor hacia quienes sirvo, sino también por nuestro Padre Celestial. Realmente he llegado a saber que “cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). El propósito de mi servicio, ya sea en proyectos grandes o mediante pequeños actos de bondad, ha sido el de glorificar a Dios (véase Mateo 5:16). Espero que al servir a los demás, las personas reconozcan mi amor por el Padre Celestial y la Luz de Cristo que arde en mi interior.

Lazos de amor

Con la ayuda de un adulto, corta 28 tiras delgadas de papel, cada una de más o menos 2,5 cm de ancho y cerca de 20 cm de largo. Cada día de este mes, lleva a cabo un acto de servicio para mostrar tu amor por alguien; podrías ayudar a tus padres a limpiar la casa o escribir una nota amable a un vecino.

Escribe en una de las tiras de papel la clase de servicio que prestaste cada día y luego une con cinta adhesiva o pegamento los extremos de la tira para formar un círculo. Puedes entrelazar los círculos introduciendo el extremo de una nueva tira en el círculo del día anterior antes de pegar los extremos de esa nueva tira. ¡Mira cómo crecen tus lazos de amor! Incluso podrías seguir aumentando tu cadena de servicio después de que haya terminado el mes de febrero.

Notas

  1. “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 85.
  2. “Hasta que nos volvamos a ver”, Liahona, mayo de 2009, págs. 113–114.
  3. “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, págs. 86, 87.
  4. Véase “El llamado del Salvador a prestar servicio”, Liahona,agosto de 2012, págs. 4–
  5. “Ver a los demás como lo que pueden llegar a ser”, Liahona,noviembre de 2012, pág. 68.
  6. “Dispuestos a servir y dignos de hacerlo”, Liahona,mayo de 2012, pág. 69.
  7. La enseñanza: El llamamiento más importante: Guía de consulta para la enseñanza del Evangelio,1999, pág. 12.
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El poder de la oración

El poder de la oración

Por Paul VanDenBerghe
Revistas de la Iglesia

Algunos adolescentes de la isla de Cebú, Filipinas, hablan acerca de recibir respuestas a sus oraciones.

youth in front of Cebu City Philippines Temple

De las decenas de miles de islas que hay en la tierra, un grupo de 7.107 de ellas forma la nación isleña de las Filipinas, al sureste de Asia. Un dicho común en las Filipinas es que, si bien hay 7.107, eso sólo es cierto cuando hay marea baja. Cuando hay marea alta, la cantidad de islas desciende a 7.100, ya que algunas de ellas quedan sumergidas en el océano. ¿Cómo hacen los jovencitos y las jovencitas de las Filipinas para mantenerse a flote cuando se sienten abrumados? Acuden al Padre Celestial en oración.

Hay momentos de nuestra vida en los que quizá nos sintamos solos, pero si recordamos que nuestro Padre Celestial siempre está allí para nosotros, listo para escuchar y responder a nuestras oraciones, podemos confiar en ese hecho y sentir la esperanza y la seguridad que nos brinda ese conocimiento.

La oración da seguridad

Joselito B. cuenta que cuando tenía 12 años lo eligieron para participar en un concurso de contar cuentos. Su maestro le pidió que memorizara un texto de diez páginas que tendría que presentar frente a cientos de otros alumnos y maestros. Ésa puede ser una tarea sobrecogedora para cualquier persona, ni qué hablar de Joselito, que suele tener miedo escénico.

“Por eso, lo primero que hice fue ofrecer una oración y pedir ayuda”, dice Joselito. “En mi oración pedí que si llegaba a olvidarme de alguna parte del texto, al menos pudiera seguir adelante e inventar algunas líneas que quedaran bien con mi cuento. Después de orar, recordé mi pasaje favorito de la Biblia. Se encuentra en el Antiguo Testamento, en Proverbios 3:6, y dice: ‘Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas’”.

Aunque Joselito estaba nervioso, puso todo su empeño durante una semana entera para memorizar el texto; y oró mucho todos los días. Finalmente, llegó el día del concurso.

Durante la bienvenida con la que comenzó el concurso, Joselito seguía muy nervioso. “Pero mientras presentaba mi cuento me sentí bien”, dice. “Simplemente lo hice lo mejor que pude y sabía que Dios me ayudaría. Me sentía frustrado y cohibido por la gran cantidad de alumnos que había, pero Dios contestó mis oraciones”.

Joselito no sólo pudo recordar el texto de su cuento sino que además, su presentación fue tan buena que ganó el primer premio. Joselito dijo: “Cuando no tienes a nadie cerca para reconfortarte, la oración es la clave. Dios siempre está allí para ayudarte”.

La oración da fortaleza

Cuando era niño, Ken G., que creció en una familia Santo de los Últimos Días activa, nunca tuvo mucha dificultad para mantener sus normas bien elevadas; pero cuando empezó la escuela secundaria, las cosas se volvieron más difíciles y a veces Ken se sentía aislado de la buena influencia de su familia, sobre todo cuando estaba en la escuela.

“Estaba muy unido a mis amigos de la escuela secundaria a pesar de que ellos no eran miembros de la Iglesia”, dice Ken. “Aun así nos unían fuertes lazos. El problema fue que empezaron a hacer cosas que no estaban de acuerdo con las normas de nuestra Iglesia”.

En su casa, Ken nunca tenía problemas para escoger lo correcto; pero cuando llegaba a la escuela y su familia ya no estaba cerca para guiarlo, empezaba a tomar decisiones equivocadas. “Reconozco que hice cosas que no estaban de acuerdo con las normas de la Iglesia, así que siempre sentía que las lecciones de seminario hablaban de mí”.

Ése fue el momento en que Ken se dio cuenta de que quería cambiar, pero no sentía que fuera suficientemente fuerte para hacerlo solo. “Por lo tanto, decidí orar para que Dios me diera la fortaleza y la valentía para decir que no a mis amigos cuando hicieran cosas malas”, explica. “Y siento que Dios contestó mis oraciones. Empezó a resultarme más fácil decir que no cuando mis amigos me pedían que hiciera algo que no estaba bien o cuando me tentaban. Yo ya tenía el conocimiento y sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero por medio de la oración sentí que tenía el poder y el don para decir que no y hacer lo correcto”.

Ken dice que lo más importante que aprendió de esa experiencia fue que “la oración es una muestra de nuestra humildad, porque reconocemos que somos débiles y que sólo Dios puede ayudarnos a llegar a ser fuertes” (véase D. y C. 112:10).

La oración trae bendiciones

A veces necesitamos algo más que consuelo o fortaleza; a veces las bendiciones que necesitamos son más tangibles. Tania D. recuerda una de esas ocasiones. Su familia estaba pasando por una época de grandes dificultades económicas. “Era sábado por la tarde y sólo nos quedaban 40 pesos [aproximadamente un dólar estadounidense] para toda la semana. No teníamos nada para cenar ni teníamos carbón para el horno de la casa”, cuenta Tania. “Mi madre me dio una lista con todas las cosas que necesitábamos, pero se requerían 250 pesos para comprar todo. Lo primero que necesitábamos era carbón para cocinar la cena”. Tania sabía que el dinero no alcanzaba para todo. Entonces se dio cuenta de que no tendrían dinero para pagar el autobús para ir a la capilla al día siguiente. “Le dije a mi madre que no teníamos dinero suficiente para ir a la capilla; pero mi madre es muy fiel y sencillamente me dijo: ‘Dios proveerá’.

“Durante el trayecto hasta la tienda iba llorando porque no teníamos suficiente dinero para todo y no sabía qué hacer”, dice Tania. Al enrollar uno de los billetes de 20 pesos y colocárselo en el bolsillo, hizo lo único que se le ocurría que podría ayudar: ofrecer una oración. “Le pedí al Padre Celestial en oración que encontrásemos algún modo de satisfacer nuestras necesidades”.

Sin embargo, cuando llegó a la primera tienda, se encontró con que el precio del carbón había aumentado de 5 a 20 pesos. “Dudé en cuanto a si debía comprarlo o no”, cuenta Tania, “pero sentí que el Espíritu Santo me susurraba y me decía que lo comprara de todos modos, así que lo hice. Entonces me quedaron sólo 20 pesos y todavía tenía muchas cosas que comprar, entre ellas pañales para mi hermano y agua potable para beber. Entré en la siguiente tienda a comprar los alimentos para nuestra comida y todo era muy caro. Metí la mano en el bolsillo donde había colocado los 20 pesos y en el rollo había cinco billetes de 20 pesos. Empecé a llorar enfrente del dueño de la tienda.

“Al final pude comprar todo lo que necesitábamos”, dice Tania, “y tuvimos suficiente para pagar el viaje a la capilla al día siguiente. Cuando llegué a casa, fui a mi habitación y ofrecí una oración a Dios para darle gracias por la bendición que nos había dado. Sé que Dios realmente vive y que contesta nuestras oraciones, especialmente cuando más necesitamos de Él y ofrecemos una oración sincera. Él en verdad contestará esa oración”.

La oración nos mantiene cerca de nuestro Padre Celestial

Si bien podemos estar seguros de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras súplicas, debemos recordar que nuestras oraciones no siempre reciben respuesta inmediata ni siempre se contestan del modo en que nosotros queremos. Nuestras oraciones se contestan de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo.

Todos estos adolescentes de la isla filipina de Cebú han aprendido que tanto en los buenos como en los malos tiempos, ya sea que nos encontremos entre una multitud de personas o completamente solos, o que la marea sea alta o baja, nuestro Padre Celestial siempre está allí para ayudarnos; y si acudimos a Él en oración sincera, Él siempre está listo para bendecirnos.

 

Una relación que atesoro

“No ha pasado ni un día sin que me comunique con mi Padre Celestial mediante la oración. Es una relación que atesoro y sin la cual estaría literalmente perdido. Si no tienen ese tipo de relación con su Padre Celestial, los insto a que trabajen para lograr esa meta. Al hacerlo, tendrán derecho a recibir Su inspiración y Su guía en la vida”.

Presidente Thomas S. Monson, “Permaneced en lugares santos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 84.

 

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La importancia de las bendiciones del sacerdocio

La importancia de las bendiciones del sacerdocio

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles
De un discurso de la conferencia general de abril de 1987.

Una bendición del sacerdocio es un otorgamiento de poder sobre asuntos espirituales.

En una bendición del sacerdocio un siervo del Señor ejerce el sacerdocio, según se lo inspire el Espíritu Santo, para invocar los poderes del cielo en beneficio de la persona a quien se bendice. Esas bendiciones las confieren los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, el cual tiene las llaves de todas las bendiciones espirituales de la Iglesia (véase D. y C. 107:18, 67).

Ejemplos de bendiciones del sacerdocio

Hay muchas clases de bendiciones del sacerdocio. Al darles varios ejemplos, recuerden que estas bendiciones están a disposición de todos los que las necesiten, pero que se dan sólo cuando las piden.

En las bendiciones para sanar a los enfermos, primero se hace la unción con aceite, como indican las Escrituras (véase Santiago 5:14–15Marcos 6:13D. y C. 24:13–1442:43–4866:9). Las bendiciones patriarcales las confiere un patriarca que haya sido ordenado.

Las personas que deseen una guía para tomar decisiones importantes pueden recibir una bendición del sacerdocio, al igual que las que necesiten fuerza espiritual adicional para superar un problema personal. Los hijos que se alejan del hogar por diversos motivos, como los estudios, el servicio militar o un viaje prolongado, con frecuencia le piden una bendición a su padre.

Las bendiciones que se dan en las ocasiones que acabo de describir a veces se llaman bendiciones de consuelo o de consejo, y generalmente las da un padre o esposo, u otro élder de la familia. Tales bendiciones se pueden escribir y guardar en los registros familiares como guía espiritual para la persona que ha recibido la bendición.

También se dan bendiciones del sacerdocio cuando se ordena a alguien al sacerdocio o al apartar a un hombre o una mujer para un llamamiento en la Iglesia. Probablemente éstas sean las bendiciones más frecuentes.

Muchos hemos pedido una bendición al afrontar una nueva responsabilidad en el trabajo. Yo recibí una de esas bendiciones hace muchos años que me brindó consuelo inmediato y guía continua.

La trascendencia de las bendiciones del sacerdocio

¿Qué trascendencia tiene una bendición del sacerdocio? Pensemos en un joven que se va a ir de casa en busca de fortuna en el mundo. Si su padre le diera una brújula, podría emplearla para que lo guiara en el camino; si le diera dinero, podría usarlo para obtener poder sobre asuntos mundanos. Una bendición del sacerdocio es un otorgamiento de poder sobre asuntos espirituales. Aunque no se puede tocar ni pesar, tiene gran importancia para ayudarnos a vencer obstáculos en nuestro sendero hacia la vida eterna.

Para un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec, hablar en nombre del Señor al dar una bendición es una responsabilidad muy sagrada. Como el Señor nos ha dicho en la revelación moderna: “Mi palabra… será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38). Si un siervo del Señor habla bajo la inspiración del Espíritu Santo, sus palabras son “la voluntad del Señor… la intención del Señor… la palabra del Señor… [y] la voz del Señor” (D. y C. 68:4).

Pero si la bendición sólo representa los propios deseos y opiniones del poseedor del sacerdocio, sin inspiración del Espíritu Santo, entonces depende de si representa o no la voluntad del Señor.

Los dignos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec pueden dar bendiciones a su posteridad. En las Escrituras se encuentran registradas muchas bendiciones de ese tipo, entre ellas las de Adán (véase D. y C. 107:53–57), las de Isaac (véase Génesis 27:28–29, 39–4028:3–4Hebreos 11:20), las de Jacob (véase Génesis 48:9–2249Hebreos 11:21) y las de Lehi (véase 2 Nefi 1:28–324).

En la revelación moderna se manda a los padres que son miembros de la Iglesia que lleven a sus hijos “ante la iglesia”, donde “los élderes… les impondrán las manos en el nombre de Jesucristo y los bendecirán en su nombre” (D. y C. 20:70). Por este motivo los padres llevan a sus bebés a la reunión sacramental, donde un élder, generalmente el padre, les da el nombre y una bendición.

Las bendiciones del sacerdocio no se limitan a aquéllas que se expresan verbalmente al imponer las manos sobre una persona específica, sino que a veces se pronuncian sobre un grupo de personas. Antes de morir, el profeta Moisés bendijo a todos los hijos de Israel (véase Deuteronomio 33:1). El profeta José Smith “pronunció una bendición sobre las hermanas” que trabajaban en la construcción del Templo de Kirtland, y también bendijo “a la congregación”1.

También se pronuncian bendiciones del sacerdocio sobre lugares. Las naciones se bendicen y se dedican para la predicación del Evangelio. Los templos y los centros de reuniones se dedican al Señor por medio de una bendición del sacerdocio; también se pueden dedicar otros edificios cuando se emplean al servicio del Señor. “Los miembros de la Iglesia pueden dedicar sus hogares como edificios sagrados donde el Santo Espíritu pueda morar”2. Los misioneros y otros poseedores del sacerdocio pueden dejar una bendición del sacerdocio en las casas donde han sido recibidos (véase Alma 10:7–11D. y C. 75:19). Jóvenes, quizás se les pida una bendición así dentro de poco tiempo; espero que se estén preparando espiritualmente.

Experiencias con bendiciones del sacerdocio

Mencionaré otros ejemplos de bendiciones del sacerdocio.

Hace unos cien años, Sarah Young Vanee terminó su capacitación como partera; antes de que empezara a ayudar a las mujeres de Arizona, un líder del sacerdocio la bendijo para que “siempre hiciera sólo lo correcto y lo mejor por el bienestar de sus pacientes”. En un período de cuarenta y cinco años, la hermana Vanee trajo al mundo unos 1.500 bebés sin que se perdiera ni un solo niño ni una sola madre. “Cuando me encontraba frente a un problema difícil”, dijo ella, “siempre había algo que me inspiraba y de algún modo sabía lo que debía hacer”3.

En 1864, Joseph A. Young fue llamado a una misión especial para atender asuntos de la Iglesia en el este de los Estados Unidos. Su padre, el presidente Brigham Young, lo bendijo para que fuera y regresara a salvo. Cuando volvía, tuvo un grave accidente de tren. “El tren quedó aplastado”, contó él, “incluso el vagón en el que yo viajaba, hasta el asiento junto al mío, [pero] yo salí sin un rasguño”4.

Al hablar de bendiciones del sacerdocio, me inundan los recuerdos: recuerdo a mis hijos pidiéndome una bendición que los ayudara a través de las experiencias más angustiosas de su vida; siento gozo al recordar las promesas inspiradas que les hice y su fe fortalecida por el cumplimiento de ellas. Me enorgullece la fe de esta nueva generación cuando pienso en un hijo que al estar preocupado por un examen profesional y no poder recurrir a su padre que estaba lejos, pidió una bendición al poseedor del sacerdocio de la familia que tenía más cerca: el esposo de su hermana. Recuerdo a un joven converso turbado que pidió una bendición para que le ayudara a cambiar el camino de autodestrucción que seguía su vida. La bendición que recibió fue tan extraordinaria que me quedé asombrado al oír las palabras que yo mismo pronuncié.

No vacilen en pedir una bendición del sacerdocio cuando necesiten poder espiritual.

Notas

  1. José Smith, en History of the Church, tomo 2, pág. 399.
  2. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 20.11.
  3. Véase Leonard J. Arrington y Susan A. Madsen, Sunbonnet Sisters: True Stories of Mormon Women and Frontier Life, 1984, pág. 105.
  4. Joseph A. Young, en Letters of Brigham Young to His Sons, ed. Dean C. Jessee, 1974, pág. 4.
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Cuando los buenos planes no funcionan

Cuando los buenos planes no funcionan

Por Stephanie J. Burns

Es importante planificar para el futuro, sobre todo en el caso de los jóvenes adultos; pero, ¿qué sucede cuando los planes más meticulosos no funcionan?

Jung Sung Eun, de Corea, no aprobó el examen requerido para llegar a ser maestra. Tina Roper, de Utah, EE. UU., perdió un trabajo que esperaba que se convirtiera en su carrera profesional. Todd Schlensker, de Ohio, EE. UU., recibió una confirmación espiritual para casarse, pero su compromiso se rompió. Alessia Mazzolari (nombre alterado), de Italia, terminó lo que parecía ser la relación perfecta.

A nadie le gusta tener que recurrir al “plan B”. Sin embargo, aun cuando tengamos planes que se frustren, el Padre Celestial no abandona a Sus hijos. Hay muchas maneras en que la vida puede tener buenos resultados. Con el tiempo quizá incluso descubramos que los obstáculos que nos hicieron cambiar de planes nos dieron una perspectiva y experiencia que necesitábamos (véase D. y C. 122:7) y nos condujeron a algo mejor.

Refinar el carácter, no el currículo

Sung Eun había trabajado duro para lograr su sueño de toda la vida: ser maestra. “Ya que siempre he procurado dar lo mejor de mí misma en todo lo que hago, casi siempre he obtenido aquello que esperaba y por lo que oraba”, explica. No obstante, no fue eso lo que sucedió cuando tomó el examen requerido para llegar a ser maestra. “Cuando no pasé el examen”, añade, “sentí que todos mis sueños se habían desmoronado en un solo día”.

Al principio, a Tina no le preocupó que otra compañía comprara aquélla para la que ella trabajaba. La nueva organización le prometió un puesto a largo plazo, así que se mudó más cerca de su trabajo con mucha esperanza de tener un empleo nuevo e interesante. Cuando la compañía la despidió unos meses más tarde, se sintió “perdida, confusa, triste y bastante asustada”.

Más bien que concentrarse únicamente en refinar su currículo, Sung Eun y Tina se dieron cuenta de que también podían centrarse en refinar su carácter. Las dos hallaron consuelo mediante el estudio del Evangelio y la oración.

“El apóstol Pablo fue un amigo fantástico que me ayudó a ser paciente y a afrontar los desafíos constantemente”, dice Sung Eun. “Él siempre tenía una actitud positiva y esperaba con buena voluntad lo que Dios le tenía preparado, en vez de anhelar que las cosas llegaran cuando él quería.

“Aprendí algo de su ejemplo: El periodo de espera no es simplemente el proceso que debemos atravesar para obtener lo que deseamos. Más bien, es el proceso mediante el cual llegamos a ser las personas que nuestro Padre Celestial quiere que seamos por medio de los cambios que realizamos”.

Tina notó que el cambio que más necesitaba era un cambio de perspectiva. “Me sorprendió descubrir que había medido mi valía personal según lo que el mundo consideraba de valor”, recuerda. “Me sentía valiosa debido a mi empleo y a mi puesto, los cuales se me quitaron. Ahora determino mi valor personal según las verdades eternas de que soy una hija de mi Padre Celestial y de que tengo un potencial divino; estas verdades nunca se me podrán quitar”.

Tanto Tina como Sung Eun admiten que, aunque refinar el carácter no siempre resulta agradable, los frutos del crecimiento personal son dulces. Sung Eun dice: “El año después de haber reprobado el examen para ser maestra no fue sólo un periodo sumamente doloroso y deprimente, sino que también fue el más valioso. Aumenté mi capacidad de comprender verdaderamente las dificultades de otras personas y tuve el deseo de ayudarlas, con una intención y una preocupación sinceras”.

El ejemplo de Ammón y sus hermanos en el Libro de Mormón mostró a Tina que el Señor estaba ensanchando su fe para ayudarla a alcanzar todo su potencial. “El plan del Señor era que los nefitas salvaran a sus hermanos lamanitas en vez de utilizar la espada para resolver el problema”, explica. “A los hijos de Mosíah se les encomendó una tarea que requería mayor fe, pero también se les dio la promesa de que tendrían éxito si soportaban sus aflicciones con paciencia (véase Alma 26:27). El ser paciente es una de mis pruebas más difíciles, porque quiero saber todo lo que está planificado para mí; pero me di cuenta de que el plan y el momento del Padre Celestial para nosotros siempre será el mejor”.

Guardar los mandamientos sean cuales sean las circunstancias

Todd tenía ante sí un brillante futuro tras regresar de la misión. Mientras asistía a la universidad, conoció a una joven maravillosa. Después de varios meses de noviazgo y una confirmación espiritual, Todd le propuso matrimonio y ella aceptó. Planificaron su boda para el final del verano y ambos regresaron a casa para prepararse.

“Tres semanas después de despedirnos en la universidad, ella rompió el compromiso”, recuerda Todd. “Decir que quedé con el corazón destrozado es poco. Tenía tantas preguntas sin respuesta en la mente; aquello no tenía sentido. Había recibido una confirmación en la casa del Señor y ahora nuestra relación había acabado. Nunca antes se había puesto a prueba tanto mi testimonio.

“Desgraciadamente tardé años en superar esa ruptura. No sabía si algún día podría volver a confiar en el sentimiento de recibir una confirmación. Siempre había confiado en el Señor y procurado cumplir los mandamientos lo mejor posible”, agrega. “Parecía que todo era en vano”.

Alessia también pensaba que su relación con cierto joven era la correcta. “Nuestra historia era tan hermosa que, aunque teníamos las dificultades normales a las que se enfrenta cualquier pareja, pensábamos que nuestra relación nunca terminaría”, recuerda.

Cuando el novio de Alessia se marchó a la misión, la separación fue difícil, pero por un motivo distinto al que ella había supuesto. “Durante su ausencia, comencé a conocerme mejor a mí misma. Me di cuenta de que había muchas cosas en mi vida que no eran correctas todavía y que muchas veces me había escondido detrás de ideas insensatas en vez de humillarme y afrontar la realidad”, cuenta. “Había vivido en una especie de cuento de hadas, como si estar enamorada fuera suficiente para que todo saliera bien y, a menudo, eso hizo que pasara por alto las cosas más importantes”.

Aun así, Alessia esperaba un feliz reencuentro y continuar la relación con su novio a su regreso de la misión. Sin embargo, cuando él regresó, salieron durante un breve periodo antes de romper la relación. “Fue uno de los momentos más dolorosos que recuerdo”, dice Alessia.

En sus respectivas experiencias, tanto Todd como Alessia finalmente admitieron que aunque se había alterado una relación clave en su vida, no podían abandonar su obediencia y lealtad al Señor. Él se convirtió en su ancla cuando todo lo demás cambiaba y era incierto.

“No tenía todas las respuestas en cuanto a por qué recibí la confirmación de casarme con una persona y no sucedió así”, recuerda Todd. “Sin embargo, me di cuenta de que eso no importaba. Lo que  importaba era que aún tenía fe en Cristo, y que iba a utilizar esa fe para confiar en todo aquello que el Señor me tuviera reservado”.

Alessia sabía que el comprometerse totalmente con el Señor le daría la fortaleza que necesitaba. “Comprendí que había llegado el momento en que debía decidir qué tipo de persona quería ser”, dice. “¿Seguiría viviendo a medias, o emprendería el camino para llegar a ser una verdadera discípula de Cristo? Quería conocerlo profundamente, amarlo verdaderamente, procurar ser una mejor persona y obedecer todos Sus mandamientos, no sólo externamente, sino de corazón, con toda sinceridad”.

Cultivar esperanza en el futuro y fe en Cristo

Tras afrontar reveses imprevistos, estos cuatro jóvenes adultos tuvieron dificultades para hallar el valor necesario a fin de vivir en el presente y volver a planificar para el futuro; pero vieron que su fe en el Señor se fortaleció.

Sung Eun recuerda que después de fracasar en el examen le resultaba difícil probar cosas nuevas; pero entonces descubrió algo crucial: “Me di cuenta de que el verdadero fracaso consiste en vivir en el pasado y en no esforzarse por salir adelante. Decidí que en vez de seguir estando triste debía transformar ese periodo difícil en una oportunidad para aprender. Mi capacidad de comprender la vida en general se amplió y profundizó, y aprendí que el final de una cosa siempre produce el principio de otra”. Desde entonces, volvió a tomar el examen y lo aprobó; actualmente, es “una maestra feliz que disfruta de estar todos los días con sus alumnos”.

Tina optó por confiar en que había algo que la aguardaba, aunque resultara difícil afrontar un futuro incierto. “Decidí volver a la universidad, y allí estudié el campo del arte y de la tecnología, un ámbito en el que había deseado ingresar, pero para el que no poseía las aptitudes necesarias”, explica. “Estoy lista para comenzar otra aventura, una mucho mejor, gracias a la sabiduría de mi Padre Celestial”.

Todd siguió procurando salir con otras jóvenes durante seis años y se esforzó por cultivar su confianza en el Señor. Aunque conoció a mujeres a las que admiraba mucho, tuvo que luchar por evitar que sus dudas del pasado destruyeran sus esperanzas de un futuro. “No fue sencillo hallar la determinación para no sucumbir a mis dudas de seis años”, dice, “pero me mantuve firme, tratando de demostrarme a mí mismo que verdaderamente confiaba en el Señor y en Sus susurros, aunque había estado enojado con Él antes”. Con el tiempo, una nueva relación lo condujo al matrimonio en el templo.

“A menudo me pregunto por qué me bendijo el Señor con una persona tan formidable como mi esposa, teniendo en cuenta que me resultó tan difícil confiar completamente en los sentimientos del Espíritu por mucho tiempo”, reflexiona Todd. “Para mí es un testimonio de que el Señor está a la espera para bendecirnos, pero siempre lo hace en Su propio tiempo”.

Al rededicarse al Señor, Alessia obtuvo un testimonio profundo y personal. “El plan de salvación se convirtió en algo real para mí, y mis convenios llegaron a ser más vinculantes y profundos. La expiación de Cristo ya no era sólo una teoría o algo que había leído quizás de manera demasiado superficial. En mi interior se estaba produciendo un cambio de corazón y tenía un testimonio certero”. Hoy, explica, se siente una persona nueva.

Independientemente de los vuelcos que pueda dar la vida, el destino final de la vida eterna es lo que el Padre Celestial tiene previsto para Sus hijos (véase Moisés 1:39). Algunos quizá descubran incluso que el “plan B” fue simplemente una manera de hacer que Su “plan A” se convirtiera en realidad.

Para leer más acerca de este tema, véase Boyd K. Packer, “Mis hermanos más pequeños”, Liahona, noviembre de 2004, págs. 86–88; Robert D. Hales, “Esperamos en el Señor: Hágase tu voluntad”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 71–74; Ann M. Dibb, “Sé valiente”, Liahona, mayo de 2010, págs. 114–116.

Lo mejor aún está por venir

“Miramos hacia atrás para reclamar las brasas de las experiencias radiantes pero no las cenizas. Y una vez que hemos aprendido lo que tenemos que aprender y hemos retenido lo mejor de lo que hayamos experimentado, entonces miramos hacia adelante y recordamos que la fe siempre señala hacia el futuro”.

Véase Élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Lo mejor aún está por venir”, Liahona, enero de 2010, pág. 18.

 

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Afrontar el futuro con esperanza

Afrontar el futuro con esperanza

Por el élder José A. Teixeira
De los Setenta

Poner al Señor, a Su reino y a nuestras familias en primer lugar nos dará la esperanza que necesitamos para afrontar los desafíos presentes y futuros.


El hermano Arnaldo Teles Grilo llegó a ser uno de mis mejores amigos cuando yo tenía unos veinticinco años. A los 62 años, el hermano Grilo, que en aquel entonces era un ingeniero jubilado, fue llamado a ser uno de mis consejeros en la presidencia de lo que era el Distrito Oeiras, Portugal, donde prestamos servicio juntos por varios años.

Su sabiduría y experiencia me proporcionaron a mí, un líder joven en el sacerdocio, consejo y perspectiva muy valiosos. Él era optimista por naturaleza; siempre veía el lado bueno de toda situación y tenía un buen sentido del humor. Su actitud era una fuente de gran inspiración para muchos a su alrededor, en especial para mí, ya que yo conocía las grandes dificultades que había afrontado.

Después de recibirse de ingeniero, el hermano Grilo trabajó como investigador para la Agencia Agronómica Nacional de Portugal y más tarde viajó a una de las colonias portuguesas de África para dirigir un proyecto de investigación sobre el algodón. El proyecto lo llevó a una exitosa carrera como director ejecutivo de uno de los grandes bancos internacionales en ese país. Durante casi treinta años en África, crió una hermosa familia y disfrutó de una buena vida hasta que su familia repentinamente se vio obligada a regresar a Portugal debido a la tragedia del conflicto y a la guerra.

El hermano Grilo y su familia dejaron atrás todo por lo cual habían trabajado, todos sus bienes y pertenencias personales, después de ser testigos presenciales de los efectos devastadores de la guerra en un país al que amaban.

A pesar de la confusión y la agitación ocasionadas por una guerra que gradualmente destruyó toda la paz y estabilidad durante los últimos meses que estuvo en África, el hermano Grilo rescató a uno de sus amigos al darle un automóvil muy costoso que había comprado en Alemania. El auto permitió que su amigo y la madre de él pudieran escapar de la guerra.

La gran cantidad de posesiones materiales que una vida de arduo trabajo le había proporcionado al hermano Grilo no distorsionaron sus prioridades, pues se mantuvo anclado en principios firmes y en el amor por su familia.

Una vez en Portugal, a los 52 años, afrontó la realidad de comenzar partiendo de cero. Con toda esa adversidad y tragedia, ¿qué fue lo que marcó la diferencia en su vida? ¿Por qué era tan positivo en cuanto al presente y al futuro? ¿Por qué tenía tanta confianza?

El hermano Grilo es un converso de los comienzos de la Iglesia en Portugal y llegó a ser un firme baluarte y pionero en ese país. Como expresión de su fe y devoción, en varias ocasiones llevó a su familia al templo de Suiza, para lo cual viajaron 4.500 km de ida y vuelta. A lo largo de sus años de servicio, el hermano Grilo y su esposa brindaron felicidad a sus hijos y a muchas otras personas.

La fe del hermano Grilo estaba centrada en Jesucristo y en el conocimiento de que, al final, Cristo reinaría. Eso le dio esperanza en el presente y en el futuro.

El Nuevo Testamento termina con un mensaje de gran esperanza1. Los profetas, como Juan el Revelador, vieron las cosas que habrán de acontecer y nos hablaron de las bendiciones que recibiríamos si somos justos y perseveramos hasta el fin.

Juan vio un libro con siete sellos o períodos y describió cómo Satanás siempre ha combatido a los justos (véase Apocalipsis 5:1–56). Pero Juan también vio que Satanás sería atado y que Cristo reinaría triunfalmente (véase Apocalipsis 19:1–920:1–11). Por último, vio que los justos morarían con Dios después del Juicio Final (véase Apocalipsis 20:12–15).

Uno de los grandes desafíos actuales es aprender a conquistar el temor y la desesperanza a fin de sobrellevar las pruebas y las tentaciones. Sólo se tarda unos minutos en abrir un periódico, explorar internet o escuchar un noticiero en la radio o la televisión y encontrarse con penosos relatos sobre delitos y desastres naturales que suceden a diario.

Comprender las promesas que se encuentran en las Escrituras en cuanto a cómo el Señor conquistará la maldad y cómo la verdad conquistará el error puede ayudarnos a afrontar el futuro con fe y optimismo. En el mundo de hoy vemos guerras, desastres naturales y crisis económicas; a veces esas circunstancias no son cosas que observamos a la distancia, sino que nos afectan a nosotros personalmente.

No hay necesidad de lamentarse por las posesiones mundanas que hayamos perdido ni de obsesionarse con lo temporal, ya que eso puede privarnos de la alegría de las cosas sencillas y sublimes de la vida.

Estoy agradecido por el ejemplo del hermano Arnaldo Teles Grilo. Él puso los asuntos espirituales en primer lugar, los asuntos de “gran valor para [nosotros] en los postreros días” (2 Nefi 25:8), entre ellos las relaciones familiares y el servicio a los demás.

Todos debemos afrontar el futuro con esperanza porque sabemos que las fuerzas del mal serán vencidas. Todos tenemos que mantener una actitud positiva al afrontar los desafíos, pues hoy en día, como miembros de la Iglesia, tenemos las Escrituras, las enseñanzas de los profetas vivientes, la autoridad del sacerdocio, los templos y el apoyo mutuo. Todos debemos “salir triunfantes” a causa de la oración (véase D. y C. 10:5); y lo más importante, debemos tener esperanza en la vida eterna gracias al perfecto sacrificio expiatorio del Señor (véase Moroni 7:41).

Cuando nuestras prioridades estén en el lugar debido, viviremos una vida más próspera y abundante. Poner al Señor, a Su reino y a nuestras familias en primer lugar nos dará la esperanza que necesitamos para afrontar los desafíos presentes y futuros.


Nota

1. Véase Apocalipsis 19–22; véase también la lección 46 de El Nuevo Testamento, Doctrina del Evangelio: Manual para el maestro, 1997.

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Nunca te des por vencido

Nuestro hogar, nuestra familia:
Nunca te des por vencido

Por Al y Eva Fry

Un esposo y una esposa hablan acerca de su conversión al evangelio de Jesucristo, ocurrida con 35 años de diferencia.

La historia de ella

Durante 35 años tuve esperanza y esperé que mi esposo se hiciera miembro de la Iglesia. Esos largos años estuvieron llenos de oraciones fervientes; pero tres de esas oraciones en particular fueron momentos decisivos en mi experiencia.

Al y yo nos casamos en 1959. Diez años después teníamos tres hijos y vivíamos en una pequeña ciudad de Canadá. Al tenía una empresa de construcción y yo era una ama de casa que a veces ayudaba con el negocio. Los fines de semana, Al y yo íbamos a fiestas con nuestros amigos donde siempre había bebidas alcohólicas. Mi padre había sido alcohólico, así que yo odiaba el hecho de que tomar alcohol fuese una parte tan importante de nuestra vida, pero era nuestra manera de hacer vida social.

En 1969 me di cuenta de que mi vida no tenía rumbo y que nuestros hijos merecían más de lo que les dábamos. Una noche, después de otra fiesta con bebidas alcohólicas, me arrodillé y oré: “Dios mío, si estás allí, por favor ayúdame a cambiar mi vida”. Le prometí que nunca volvería a tomar alcohol, un compromiso que he cumplido desde entonces.

Aquélla fue la primera oración memorable, y recibí la respuesta rápido. A la hija de mi cuñada, mi sobrina, la había invitado a asistir a la Primaria una amiga que era Santo de los Últimos Días. Mi cuñada averiguó más acerca de la Iglesia y tuvo la inspiración de suscribirme a las revistas de la Iglesia, las cuales llegaron a mi casa un mes después de haber hecho aquella primera oración. Yo no sabía lo que era un mormón, pero me encantaban los mensajes que aparecían en las revistas y las leía de tapa a tapa. Decidí investigar la Iglesia y allí encontré mi respuesta. Cambié mi vida y me bauticé el 19 de junio de 1970.

Al no compartía mis sentimientos; a él le gustaba nuestra vida anterior y continuó viviendo de esa manera. Seguía siendo un buen esposo, padre y sostén para la familia, pero en lo que se refiere al Evangelio, estuve sola los siguientes 35 años.

Crié a mis hijos en la Iglesia, pero a los pocos años decidieron que preferían pasar los domingos paseando en lancha con su padre que ir a la Iglesia conmigo. Me sentía descorazonada. Un día, en 1975, hablé con mi presidente de estaca y le dije que había decidido que tenía que dejar la Iglesia porque estaba dividiendo a mi familia. Me escuchó pacientemente y me dijo: “Haga lo que crea conveniente, pero asegúrese de que su Padre Celestial esté de acuerdo”. Por lo tanto, volví a casa, oré y ayuné. Ésa fue la segunda oración memorable. A modo de respuesta recibí la impresión de que yo era el vínculo para mi familia en la cadena del Evangelio; si rompía ese vínculo, todos se perderían. Supe que la respuesta venía de Dios y me comprometí a que nunca dejaría la Iglesia; y nunca lo hice.

Mantenerme fiel no fue fácil, pero hubo varias cosas que me ayudaron a conservar la fe y a esperar pacientemente el día en que Al reconsiderara el Evangelio:

  • Siempre amé a Al y di lo mejor de mí misma para cuidar de él, brindarle mi apoyo y ser una esposa fiel.
  • Oraba constantemente. El Padre Celestial y Jesucristo se convirtieron en mis compañeros en el Evangelio. Cuando se hacía difícil estar con Al porque él no vivía de acuerdo con las normas del Evangelio, hablaba con mi Padre Celestial, y llegué a conocer a mi Salvador.
  • Leía las Escrituras con regularidad, así como toda publicación de la Iglesia que podía conseguir, incluso la revista Ensign. Hubo dos pasajes en particular, 3 Nefi 13:33 y Doctrina y Convenios 75:11, que llegaron a ser especialmente significativos y conmovedores para mí. Me dieron la fuerza y la paciencia para seguir adelante mientras esperaba un cambio en el corazón de mi esposo y de mis hijos.
  • Fui sola a la Iglesia fielmente hasta que cada uno de nuestros hijos regresó, y hoy todos están activos. Cuando se hicieron mayores y se fueron de nuestro hogar, yo continué asistiendo sola a la Iglesia.
  • Teníamos la noche de hogar sin que Al se diera cuenta de lo que hacíamos. Yo sacaba un tema de conversación cuando estábamos a la mesa cenando y hablábamos de ello como familia.
  • Siempre traté de ser obediente y de hacer lo correcto.
  • Recibía poder adicional al pedir bendiciones del sacerdocio.
  • Buscaba el consejo de los líderes del sacerdocio.
  • Consideraba a mis amigos de la Iglesia como mi familia.
  • Fui al templo y recibí mis investiduras. Me llevó muchos años tomar esa decisión; tenía miedo de que eso hiciera más difícil mi relación con Al. A la larga, fue la mejor decisión para mí. Al me dio su apoyo, lo cual me hizo feliz y, después de recibir las investiduras, ya no me sentía resentida por no ir al templo a causa de él. Al participar en las ordenanzas del templo, con frecuencia ponía el nombre de mi esposo en la lista de oración.

En esencia, seguí viviendo como miembro fiel de la Iglesia. Busqué pequeñas formas de compartir el Evangelio con él, aun cuando por lo general no deseaba escuchar al respecto. Sin embargo, me di cuenta de que yo recibía inspiración del Espíritu Santo en cuanto a qué decir y a la forma y el momento de decirlo. Con el tiempo supe que gracias a mi fidelidad y dedicación hacia él, de vez en cuando Al sentía el Espíritu.

Incluso aceptó escuchar las lecciones de los misioneros varias veces; pero cada vez se me rompía el corazón porque siempre volvía a su antigua manera de vivir. A pesar de ello, aun en esos momentos de desaliento, el Padre Celestial velaba por mí y compensaba lo que yo no tenía con otras bendiciones. Todo el tiempo supe que Al tenía algo en su interior por lo cual valía la pena esperar.

Poco a poco Al comenzó a cambiar. Dejó de decir palabrotas, dejó de tomar alcohol, me trataba mejor que nunca y comenzó a asistir a la Iglesia.

Y yo seguí orando.

La respuesta increíble a mi tercera oración memorable llegó en abril de 2005. Me preguntaba si Al aceptaría alguna vez el evangelio de Jesucristo; me sentía un tanto desesperada. Rogué al Padre Celestial que me ayudara. Debe de haber sido el momento preciso, porque Al se bautizó el 9 de julio.

Aunque llegar a este punto no fue fácil, estoy agradecida de haber sido testigo del asombroso poder que Dios tiene para transformar un corazón incrédulo en uno que cree. Sé que Él escuchó y contestó las muchas oraciones que hice a lo largo de 35 años. Gracias a Sus respuestas, ahora vivo con un hombre cambiado que ama a nuestro Padre Celestial tanto como yo; y nos amamos el uno al otro más profundamente que nunca.

Sé que hay otras personas en la Iglesia que esperan, que tienen la esperanza y que ruegan para que un ser querido se una a la Iglesia. Deseo animar a esos hermanos y hermanas a que acepten la invitación del Salvador, “venid a mí” (Alma 5:34), para sí mismos y no sólo para sus seres queridos. Sé, por experiencia propia, que el hacerlo les dará una fortaleza que no obtendrán de ninguna otra manera. El mantenerse cerca del Padre Celestial, el obedecer Sus mandamientos y el disfrutar de las bendiciones del momento brindan felicidad y permiten que Él obre por nuestro intermedio.

Testifico que Dios escucha nuestras oraciones. Esperar al Señor y aceptar con fe el momento que sea adecuado para Él rara vez es fácil, pero sé que Su momento es siempre el momento debido.

La historia de él

Muchas personas me hablaron del Evangelio durante 35 años. Mi esposa nunca dejó pasar la oportunidad de hacerlo y sutilmente dejaba el Libro de Mormón y ejemplares de la revista Ensign a la vista. Por supuesto, yo nunca los tomé. Invitó a los misioneros a casa en muchas ocasiones; incluso dos o tres parejas me enseñaron las lecciones misionales.

¿Qué me impedía entrar en las aguas del bautismo?

Siempre tenía una excusa. Trabajaba muchas horas y no consideraba que alguna vez tuviera tiempo para el Evangelio; estaba muy ocupado ganándome la vida. Así que le dije a Eva: “En algún momento, cuando las cosas se calmen y tenga más tiempo, leeré el Libro de Mormón”.

Pero nunca lo hice. Además, nunca me había gustado mucho leer, y cuando traté de leer la Biblia, no la entendí; así que dejé de hacerlo.

Había otra razón por la cual no me unía a la Iglesia; algo más serio: la vida pecaminosa que llevaba. El rey Benjamín nos enseña que “el hombre natural es enemigo de Dios… a menos que se someta al influjo del Santo Epíritu” (Mosíah 3:19). Yo no me sometí; me mantuve indiferente. El Salvador dijo: “El que no está conmigo, contra mí está” (Mateo 12:30). Ahora me doy cuenta de que debido a la forma en que vivía, estaba contra Él. Tenía que cambiar.

El Evangelio me rodeaba, pero yo realmente no lo vivía. Sin embargo, con el paso del tiempo comencé a sentir el Espíritu. Dejé de ir a fiestas y de tomar alcohol. Cuando hice ese cambio, el Espíritu comenzó a manifestarse con más frecuencia. Todavía no me encontraba al nivel que debía, mi forma de hablar no era muy buena y tenía algunos malos hábitos que mejorar; pero estaba cambiando.

Entonces, un día recibí un paquete. Era de una de mis hijas, Linda. Dentro había un Libro de Mormón y una Biblia con muchos pasajes marcados. También me escribió una carta donde me decía lo mucho que me quería y que deseaba que yo supiera lo que ella sabía.

Escribió: “La única forma de saber si el evangelio de Jesucristo es verdadero es preguntar con un corazón sincero y con verdadera intención”.

Además, compartió una serie de pasajes que me iniciaron en un trayecto de oración y estudio de las Escrituras.

“La única forma que tengo de conocer a mi Salvador y a mi Padre Celestial”, escribió, “es al orar y al leer acerca de Ellos en las Escrituras”.

Entonces explicó lo importante que era la humildad y cómo, sin tener a Dios como parte de su vida, le era imposible tener paz. Por último, escribió: “No te demores más. Se te ha dado tanto; es el tiempo de que tú le devuelvas algo al Padre Celestial. Ése es el único camino hacia la verdadera felicidad”.

Ya no tenía más excusas. El trabajo había disminuido y tenía tiempo libre, de modo que comencé a leer y a estudiar los pasajes que ella me había indicado, lo cual hizo que tuviera el deseo de leer todo el Libro de Mormón. Pero aún había muchas cosas que no entendía.

Para ese entonces yo ya asistía a la reunión sacramental, pues mi esposa me había dicho que sería lindo que yo fuera y me sentara junto a ella. También me sugirió que leyera Doctrina y Convenios, lo cual hice, y lo entendí mejor. Después, con la ayuda de mi esposa, leí el Libro de Mormón y las Escrituras comenzaron a cobrar vida para mí. Empecé a sentir el Espíritu por medio de mucha oración.

¿Qué fue lo que hizo la diferencia? El Santo Espíritu y un conocimiento de las Escrituras. Las dos cosas me dieron el valor para cambiar mi vida y pedirle perdón a Dios por mis pecados, que realmente eran la causa por la cual no me había unido a la Iglesia durante todos esos años.

Confesar mis pecados fue muy difícil. Me causó tanto dolor que permanecí en cama por tres días con gran sufrimiento, pero recibí el perdón por medio de la expiación de Jesucristo. Entonces el Padre Celestial me dio la fuerza para levantarme y seguir adelante con mi nueva vida.

Mi hijo Kevin me bautizó el 9 de julio de 2005. Uno de los misioneros que le había enseñado a mi esposa décadas antes estuvo presente. Dos años después llevé a mi familia al Templo de San Diego, California, para sellarnos por esta vida y por la eternidad.

Los últimos siete años han sido los más felices de mi vida. Finalmente puedo asumir mi lugar como patriarca y líder espiritual de nuestra familia y compartir el Evangelio con mi esposa, mis hijos y nuestros nueve nietos. Esta unidad familiar nos ha fortalecido espiritualmente a todos. Uno de nuestros yernos se ha unido a la Iglesia y cuatro de nuestros nietos han servido o están sirviendo en misiones. Mi nueva vida en la Iglesia es un milagro. No tenía ni idea de la gran felicidad y crecimiento que me traería.

Estoy tan agradecido por esta segunda oportunidad. Estoy agradecido por poder hacer la obra de Dios para compensar todos esos años perdidos.

Vive para lograrlo; ora por ello

“Durante tu existencia en la tierra, procura diligentemente cumplir los propósitos fundamentales de esta vida mediante la familia ideal. Aunque tal vez aun no hayas logrado ese ideal, haz todo lo que esté a tu alcance, por medio de la obediencia y la fe en el Señor, para acercarte a Él lo más posible continuamente. Que nada te haga desistir de lograr ese objetivo… Si por el momento ello no incluye el sellarte en el templo a un cónyuge recto, vive para lograrlo; ora por ello; ten fe en que lo conseguirás. Nunca hagas nada que te impida ser digno de ello. Si has perdido la visión del matrimonio eterno, reavívala. Si necesitas paciencia para lograr tu sueño, tenla. Mis hermanos y yo oramos y nos esforzamos durante treinta años antes de que nuestra madre y nuestro padre, que no era miembro, se sellaran en el templo. No te desesperes. Haz lo mejor que puedas. No podemos saber si obtendremos esa bendición en este lado del velo o en el más allá, pero el Señor cumplirá Sus promesas”.

Véase élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Primero lo más importante”, Liahona, julio de 2001, pág. 7.

 

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Asuntos Públicos : Establecer un vínculo entre la Iglesia y la comunidad

Asuntos Públicos : Establecer un vínculo entre la Iglesia y la comunidad

Por Philip M. Volmar
Revistas de la Iglesia

A medida que los líderes del sacerdocio trabajan conjuntamente con los consejos de asuntos públicos de estaca y de distrito, todos pueden contribuir al fortalecimiento de sus comunidades y a la edificación del reino de Dios en la tierra.

Cuando se llamó a Carol Witt Christensen para servir como directora de asuntos públicos de la Estaca Topeka, Kansas [Estados Unidos], ella se sintió “temerosa e incompetente” ante el hecho de tener que relacionarse con reporteros y editores en nombre de los líderes de la estaca.

“La idea de tener que contactar a personas de la prensa era un tanto aterradora”, recuerda; y a pesar de tener un título universitario en inglés, dice que “no sabía nada en cuanto a escribir comunicados de prensa”.

A pesar de las dudas que tenía sobre sí misma, la hermana Christensen decidió confiar en su testimonio, en su conocimiento de la comunidad y en la creencia de que su llamamiento provenía de líderes del sacerdocio inspirados. Afirma que, para empezar, recibió capacitación del Departamento de Asuntos Públicos y comenzó a aprender “su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual [fue nombrada]” (D. y C. 107:99).

Empezó a leer atentamente la sección semanal sobre religión del diario local a fin de determinar lo que se consideraba de interés periodístico. Llamó a la persona encargada de escribir sobre religión para averiguar las fechas de entrega antes de presentar su primer comunicado de prensa.

Ella recuerda: “Me fijé en los diferentes tipos de noticias breves que se publicaban y en la Iglesia empecé a prestar especial atención a las actividades, a la gente interesante y a los logros que parecían apropiados para publicar en nuestro periódico”.

Con el tiempo, la hermana Christensen descubrió que las relaciones con los medios de comunicación son mucho más que simplemente sugerir ideas para artículos. También tienen que ver con conocer los medios de difusión y ayudar a los reporteros a hacer su trabajo al mismo tiempo que se les ayuda a entender la Iglesia.

Tras una serie de éxitos, incluso un artículo acerca del programa de seminario de su estaca que apareció en el diario local, dice que adquirió confianza y “sintió un deseo ardiente de sacar a la Iglesia ‘de la oscuridad’” (véase D. y C. 1:30). Ahora, años después, la hermana Christensen aún presta servicio como directora de asuntos públicos de su estaca y afirma “que ese ardor aún se mantiene vivo”.

“Gran parte de lo que tratamos de hacer en asuntos públicos”, explica, “demuestra que amamos a Jesucristo, que creemos en Él y que lo adoramos: entablar amistad con nuestros hermanos de la comunidad, trabajar con ellos y prestarles servicio, y contribuir a que las personas mejoren su concepto del Evangelio restaurado y de la Iglesia”.

Los líderes del sacerdocio de todo el mundo guían y alientan a los especialistas y a los consejos de asuntos públicos según van trabajando con las personas de sus respectivas localidades para beneficiar a sus comunidades, corregir ideas erróneas y demostrar que los miembros de la Iglesia siguen a Jesucristo.

A pesar de que los primeros esfuerzos de la hermana Christensen se centraron en la relación con los medios de comunicación, hay diversas maneras en que los consejos de asuntos públicos de la Iglesia siguen la guía inspirada del sacerdocio mientras que, al mismo tiempo, ayudan a edificar sus comunidades y el reino de Dios.

Relaciones con la comunidad y el gobierno

A tan sólo 105 km de Topeka, en la Estaca Lenexa, Kansas, el presidente Bruce F. Priday, presidente de estaca, y la hermana Carol Deshler, directora de asuntos públicos de la estaca, trabajan conjuntamente para establecer una buena relación con miembros prominentes de la comunidad. Desean ayudarlos a reconocer a los Santos de los Últimos Días como “buenos vecinos, una influencia positiva en la comunidad y seguidores de Jesucristo”, afirma el presidente Priday.

La hermana Deshler, que trabaja con la presidencia de estaca y otros miembros del consejo de asuntos públicos de estaca, trata de encontrar oportunidades de asociarse con grupos de otras religiones y organizaciones comunitarias con el objeto de servir mejor a los ciudadanos de la región.

“Casi todo el éxito que hemos tenido trabajando con grupos de la comunidad ha sido como resultado de la relación entre personas individuales”, afirma la hermana Deshler. Por ejemplo, un miembro de otra iglesia y un miembro de la estaca de ella almorzaron juntos y hablaron de qué maneras ambos grupos podrían colaborar para hacer algo positivo por la comunidad. La conversación llevó a que seis personas, tres de cada iglesia, se unieran para formar el comité “Juntos es mejor”, con el fin de buscar ideas para el grupo.

A raíz de dicha asociación se efectuó un concierto benéfico en 2010 en el que participaron coros de varias iglesias. La admisión consistió en una bolsa de comestibles para el beneficio de un banco local de alimentos. Aproximadamente 700 personas de la comunidad asistieron a la actividad, la cual se efectuó en el nuevo centro de estaca que se acababa de terminar. Además, se organizó una recepción para que los líderes comunitarios y religiosos se conocieran y conversaran antes del concierto.

Después del concierto, otras cuatro iglesias, dos miembros del consejo de la ciudad y el jefe de policía solicitaron tener representación en el comité “Juntos es mejor”, el cual actualmente se reúne una vez al mes. El concierto se volvió a repetir en 2011, esta vez con otra iglesia como la anfitriona, con la participación de siete iglesias y una asistencia de aproximadamente mil miembros de la comunidad.

“Hubo un gran sentimiento de buena voluntad y unidad como seguidores de Jesucristo entre las iglesias”, dice la hermana Deshler. Esos sentimientos fueron evidentes más tarde cuando el presidente Priday se encontraba en un aeropuerto a más de 1.600 km de su hogar. Una mujer, a la que nunca había visto, se le acercó y le dijo que lo reconocía de los conciertos benéficos del comité “Juntos es mejor”, en los que ella había participado y le habían parecido extraordinarios.

Aquella mujer le dijo: “Nunca he sentido un amor tan grande hacia las demás personas de nuestra comunidad como el que sentí en esos conciertos. Gracias por patrocinarlos. Pertenezco a otra congregación, pero sentimos el más profundo respeto y admiración por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”.

“Ése”, afirma el presidente Priday, “es el propósito de los asuntos públicos. Al ensanchar nuestro círculo y expandir nuestra visión, hemos establecido muchas amistades especiales en la comunidad; tenemos respeto mutuo por las creencias de los demás y un amor genuino el uno por el otro”.

Lograr ese tipo de cooperación y respeto de los líderes de la comunidad también ha demostrado ser eficaz en la Europa del este. Katia Serdyuk, directora de relaciones con los medios de comunicación para el consejo de asuntos públicos de Ucrania, trabaja con los misioneros de asuntos públicos y los líderes locales del sacerdocio con el fin de mejorar las relaciones entre la Iglesia y la comunidad. “Muchas personas tienen ideas e información erróneas acerca de la Iglesia”, dice la hermana Serdyuk. “Como especialistas de asuntos públicos, y junto con los líderes del sacerdocio, nos esforzamos por cambiar esas percepciones trabajando con líderes de la opinión pública, con los medios de difusión y con el público en general. Los esfuerzos exitosos de asuntos públicos generan un ambiente en el que la gente de influencia puede ayudar a la Iglesia a lograr sus propósitos al mismo tiempo que nosotros los ayudamos a ellos a alcanzar sus metas”.

En Zhytomyr, Ucrania, los miembros de la Iglesia participaron en una recepción patrocinada por el alcalde de la ciudad, Olexander Mikolayovich Bochkovskiy, con el objeto de reconocer el proyecto humanitario de la Iglesia que proporcionó el equipo que tanto necesitaban siete escuelas de la ciudad. También se mencionaron los esfuerzos de servicio a la comunidad de los miembros de la Iglesia en el Parque Gagarin de la misma ciudad, los cuales se llevaron a cabo en abril y octubre de 2011. El presidente de la Rama Zhytomyr, Alexander Davydov, representó a la Iglesia y aceptó el agradecimiento de la ciudad.

La planificación de eventos

Además de las relaciones con los medios de comunicación y con la comunidad, asuntos públicos tiene otra oportunidad de actuar mediante la planificación y el patrocinio de eventos, afirman Daniel y Rebecca Mehr, quienes recientemente terminaron una misión de asuntos públicos en el Área Caribe.

“Solicitar la ayuda de los miembros para educar a sus amigos mediante actividades que tengan que ver con creencias o tradiciones similares, tales como un evento cultural, una cena, un proyecto de servicio u otras actividades, podría ser especialmente eficaz para entablar buenas relaciones”, afirma la hermana Mehr.

Sin embargo, el hermano Mehr hace la advertencia de que uno de los errores más grandes que pueden cometer los especialistas de asuntos públicos es “empezar a planear actividades sin tener en cuenta las necesidades de la comunidad y sin asesorarse con los líderes del sacerdocio”.

El élder y la hermana Mehr consideran que un plan anual que refleje la dirección de los líderes del sacerdocio de estaca y de barrio es una manera de guiar la planificación de eventos desde el principio. Para elaborar ese plan anual, la hermana Mehr recomienda la coordinación de eventos utilizando un proceso de planificación que consta de cuatro pasos y que se centra en un resultado estratégico con la mira puesta en las necesidades de la comunidad y los objetivos del sacerdocio local:

  • ¿Cuáles son las mayores necesidades de nuestra comunidad?
  • ¿Qué asuntos afectan positiva y negativamente al progreso de la Iglesia en nuestra localidad?
  • ¿Quiénes son los líderes de la comunidad con los que podemos asociarnos para atender necesidades y resolver problemas?
  • ¿Cómo podemos iniciar o mantener una relación con esos líderes?

Al dar respuesta a esas preguntas, los líderes del sacerdocio y los consejos de asuntos públicos pueden evitar organizar “actividades con el único fin de tener actividades”, afirma la hermana Mehr. Más bien, los consejos pueden planificar y llevar a cabo eventos que consoliden la confianza entre la comunidad y los líderes del sacerdocio. Tales eventos también proporcionan a los miembros de la Iglesia y a la comunidad la oportunidad de relacionarse y entablar amistad.

Por ejemplo, en el 2010, en la República Dominicana, los líderes del sacerdocio, los consejos de asuntos públicos y los miembros de la comunidad trabajaron conjuntamente en una actividad que destacó los esfuerzos de la organización Manos Mormonas que Ayudan. Los hermanos Mehr invitaron a varios dignatarios de la nación con los que habían trabajado.

“Asistieron muchas personas prominentes que representaban a muchas instituciones y organizaciones”, recuerda el hermano Mehr, añadiendo que la Presidencia de Área de la Iglesia también asistió.

“El evento tuvo mucho éxito”, informa. “Cada vez más alcaldes y organizaciones de las ciudades comenzaron a solicitar nuestra ayuda para alguna clase de limpieza. Por otro lado, permitió que muchas organizaciones conocieran mejor a la Iglesia”.

Aunque contar con la guía del sacerdocio es de suma importancia para tener éxito en la planificación de eventos, no es la única consideración que se debe tomar en cuenta. Kathy Marler presta servicio en un consejo multiestaca de asuntos públicos en San Diego, California, Estados Unidos. Una de sus amigas de otra religión dijo que los Santos de los Últimos Días son buenos para invitar a otras personas a actividades patrocinadas por la Iglesia, pero que con frecuencia no colaboran con los demás en los eventos de otras iglesias.

La hermana Marler recuerda que su amiga dijo: “Sólo invitan a los demás a participar; sería maravilloso si nos preguntaran si necesitamos ayuda; la respuesta sería un rotundo sí”.

Al determinar las necesidades de los demás, dice la hermana Marler, los consejos de asuntos públicos a veces pueden ayudar más a una comunidad que si patrocinaran los eventos ellos mismos.

La comunicación y la gestión en tiempos de crisis

A pesar de que la mayor parte del trabajo de asuntos públicos se lleva a cabo en situaciones cotidianas de la vida comunitaria, también puede contribuir a preparar a una estaca, un país o área de la Iglesia a responder a situaciones de emergencia, como ocurrió el año pasado en Japón.

Cuando el Obispo Gary E. Stevenson, Obispo Presidente, era el presidente del Área Asia Norte, vio con sus propios ojos cómo el terremoto de 2011 cambió la actitud de los medios de comunicación de la noche a la mañana. “El terremoto y el tsunami dirigieron la atención del mundo y de todo Japón a la asolada costa noreste”, señala.

El Obispo Stevenson dice que la catástrofe creó un “intenso nivel de interés” en la ayuda humanitaria y las actividades de voluntarios que se ofreció a Japón, incluso las que proporcionó la Iglesia.

Pocos días después del tsunami, la Iglesia empezó a suministrar las necesidades básicas tanto a miembros como a no miembros afectados por el desastre. “Los medios de comunicación nacionales e internacionales empezaron a seguir cada noticia”, dice el Obispo Stevenson.

Al proporcionar más de 250 toneladas de artículos de ayuda humanitaria y conseguir el apoyo de más de 24.000 voluntarios que brindaron más de 180.000 horas de servicio, en muchas ocasiones las labores de auxilio de la Iglesia captaron la atención de líderes municipales locales, relata el Obispo Stevenson. En un país donde menos del dos por ciento de la población se considera a sí misma cristiana, algunos de esos líderes deseaban saber más sobre la función de la Iglesia en esos esfuerzos. Esa curiosidad, dice él, proporcionó la oportunidad para que los especialistas de asuntos públicos no sólo se ocuparan de quienes necesitaban ayuda desesperadamente, sino que al mismo tiempo establecieron puentes de comprensión. Por ejemplo, la semana después de que el tsunami azotara Japón, un reportero escribió: “Lo único que puede competir con la habilidad que la Iglesia mormona tiene para propagar el Evangelio, es su capacidad para hacerle frente a las emergencias… La Iglesia no se centra sólo en su propio rebaño”1.

Esa cobertura positiva fue posible gracias a años de tratar de establecer buenas relaciones. Conan y Cindy Grames, que empezaron a servir como representantes de asuntos públicos en el Área Asia Norte en agosto de 2010, dicen que “el consejo de asuntos públicos de Japón había trabajado por años con líderes gubernamentales clave de todo el país. Esas amistades abrieron las puertas de las agencias locales que entonces estuvieron dispuestas a aceptar nuestra ayuda”. El élder Yasuo Niiyama, que sirve con su esposa como director del consejo de asuntos públicos de la Iglesia en Japón, señala que “incluso los líderes gubernamentales de Japón llegaron a comprender cuán eficaz es la Iglesia y lo rápido que podíamos movilizarnos para proporcionar socorro”.

Un ejemplo de cuando los líderes japoneses apreciaron la ayuda oportuna de la Iglesia fue cuando los líderes locales del sacerdocio localizaron un refugio sobrecargado de personas en una escuela ubicada en un lugar aislado. Juntamente con el consejo de asuntos públicos y el administrador local de bienestar de la Iglesia, los líderes del sacerdocio hicieron los arreglos para que se llevaran alimentos y otros suministros a dicho refugio, en el que había apoximadamente 270 víctimas desplazadas por el tsunami.

A pesar de que al principio las personas que se encontraban en el refugio se sorprendieron por recibir ayuda de una iglesia cristiana, la segunda vez que aparecieron los voluntarios de Manos Mormonas que Ayudan, vestidos con sus chalecos amarillos, un niño exclamó: “¡Ahí vienen! ¡Qué nos habrán traído esta vez!”.

Tras recibir los donativos, el coordinador del refugio les dijo al élder y a la hermana Grames: “Su iglesia nos trajo la primera carne y verduras frescas que comimos después del terremoto”.

“Nos hizo sentir bien”, dice la hermana Grames, “ser realmente de utilidad no sólo a las personas del refugio, sino también a los líderes del sacerdocio que tanto se esforzaron por tender una mano a los necesitados”.

El élder Niiyama explica otro resultado positivo de los esfuerzos del consejo: “Descubrimos que compartir información acerca de la labor de auxilio de la Iglesia con los miembros así como con líderes de la opinión pública fue sumamente importante para nuestros objetivos de asuntos públicos. Considero que la gente ajena a la Iglesia tiene ahora una imagen mejor de ella y de los miembros, y más confianza en la fortaleza que la Iglesia tiene en Japón”.

Asuntos Públicos como una herramienta para los líderes locales del sacerdocio

Como parte crucial de una organización mundial, los líderes del sacerdocio se pueden beneficiar de los consejos de asuntos públicos que conocen las circunstancias locales y que pueden ayudar a satisfacer las necesidades de la comunidad. La hermana Serdyuk, de Ucrania, dice: “Es gratificante ver la forma en que los líderes del sacerdocio han aceptado a asuntos públicos como una herramienta para lograr los objetivos del sacerdocio. Uno de esos ejemplos es llevar a cabo servicio en la comunidad a través de la labor de Manos Mormonas que Ayudan, lo cual ha establecido unidad entre los miembros de las ramas y los barrios, y ha contribuido a forjar una mejor relación entre la Iglesia y las comunidades locales”.

La página web de asuntos públicos de la Iglesia, disponible en inglés en publicaffairs.lds.org, brinda información adicional útil.

Un mensaje a los líderes del sacerdocio

“Animamos a los presidentes de estaca y de distrito, y a los Setenta de Área de todas partes, a asegurarse de que se llame y se capacite a consejos de asuntos públicos de estaca y multiestaca. Es posible que en algunos distritos y en algunas áreas de la Iglesia en vías de desarrollo los esfuerzos de asuntos públicos sean pequeños y se implementen sin tener un consejo plenamente organizado. Su director de asuntos públicos de área puede hacer los arreglos para capacitarlos y dirigirlos a recursos importantes.

“Descubrirán la manera en que asuntos públicos puede ser una herramienta maravillosa para lograr los objetivos del sacerdocio según establezcan relaciones y se asocien con los líderes de la comunidad, los medios de comunicación y otros líderes de la opinión pública. La atención que le presten a esta obra también realzará la reputación de la Iglesia al ayudar a que la gente entienda que nosotros seguimos a Jesucristo”.

Élder L. Tom Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles, presidente del Comité de Asuntos Públicos.

Dirección profética en relación con Asuntos Públicos

Los siguientes discursos pueden ser útiles para que los líderes del sacerdocio, los consejos de asuntos públicos y otros miembros entiendan mejor la forma en que asuntos públicos fortalece las comunidades y logra los objetivos del sacerdocio.

  • L. Tom Perry, “El perfecto amor echa fuera el temor”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 41–44.
  • M. Russell Ballard, “La importancia de un nombre”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 79–82.
  • M. Russell Ballard, “Fe, familia, hechos y frutos”, Liahona, noviembre de 2007, págs. 25–27.
  • Gordon B. Hinckley, “¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?”, Liahona, enero de 1999, págs. 82–85.
  • Ezra Taft Benson, “Extiéndase el reino de Dios”, Liahona, agosto de 1978, págs. 46–50.

Nota

  1. Kari Huus, “In Japan, the Mormon Network Gathers the Flock”, World Blog from NBC News, 18 de marzo de 2011, http://worldblog.msnbc.msn.com/_news/2011/03/18/6292170-in-japan-the-mormon-network-gathers-the-flock.
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Entender nuestros convenios con Dios

Entender nuestros convenios con Dios

Una reseña de nuestras promesas más importantes

Un convenio es una promesa entre dos partes. Dios nos promete ciertas bendiciones a cambio de que guardemos los términos que aceptamos cuando hacemos el convenio.
Guardar nuestros convenios es un compromiso de llegar a ser como el Salvador.

“Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, explica el presidente Thomas S. Monson, “debemos honrar nuestros convenios sagrados, y la fidelidad a esos convenios es un requisito para lograr la felicidad. Sí, me refiero a los convenios del bautismo, del sacerdocio y al convenio del matrimonio, por ejemplo”1.

En la Iglesia, una ordenanza es un acto sagrado y formal que se efectúa mediante la autoridad del sacerdocio. Algunas ordenanzas son esenciales para nuestra salvación. Como parte de esas “ordenanzas de salvación”, hacemos convenios solemnes con Dios2.

Un convenio es una promesa entre dos partes, las condiciones del cual las establece Dios3. Cuando concertamos un convenio con Dios, prometemos guardar esas condiciones y Él nos promete ciertas bendiciones a cambio.

Cuando recibimos esas ordenanzas de salvación y guardamos los convenios relacionados con ellas, la expiación de Cristo entra en vigencia en nuestra vida y podemos recibir la máxima bendición que Dios puede darnos: la vida eterna (véase D. y C. 14:7).

Debido a que el guardar nuestros convenios es esencial para nuestra felicidad ahora, y para que al final recibamos la vida eterna, es importante entender lo que le hemos prometido a nuestro Padre Celestial. A continuación se presenta una reseña de los convenios que hacemos en relación con las ordenanzas de salvación, y sugerencias en cuanto a dónde puede usted acudir para aprender más al respecto.

Bautismo y confirmación

El bautismo por inmersión en el agua, efectuado por alguien que tenga la autoridad, es la primera ordenanza de salvación del Evangelio y es necesario para que una persona llegue a ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Inseparable del bautismo es la ordenanza de confirmación que lo acompaña, la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo.

Al ser bautizados, hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de recordarlo siempre y de guardar Sus mandamientos. También prometemos “servirle hasta el fin” (D. y C. 20:37; véase también Mosíah 18:8–10).

A cambio, el Padre Celestial promete que si nos arrepentimos de nuestros pecados, podemos ser perdonados (véase Alma 7:14) y “siempre [podremos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77), una promesa que se hace posible, en parte, al recibir el don del Espíritu Santo.

Las ordenanzas del bautismo y de la confirmación son la puerta por la que deben entrar todos aquellos que buscan la vida eterna (véase Juan 3:3–5). El honrar nuestros convenios bautismales nos lleva a hacer los convenios relacionados con todas las demás ordenanzas de salvación en el sendero hacia la vida eterna y forma parte importante de ello (véase 2 Nefi 31:17–21).

Para saber más sobre el bautismo

Véase Robert D. Hales, “El convenio del bautismo: Estar en el reino y ser del reino”, Liahona, enero de 2001, pág. 6.

La Santa Cena

Aquellos que han recibido las ordenanzas de salvación del bautismo y de la confirmación, participan de la Santa Cena cada semana para renovar esos convenios. Al participar del pan y del agua, recordamos el sacrificio que el Salvador hizo por nosotros. Además, meditamos en los convenios que hemos hecho de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de siempre recordarle, y de guardar Sus mandamientos. A su vez, Dios nos brinda la promesa de que Su espíritu siempre pueda estar con nosotros (véase D. y C. 20:77, 79).

La ordenanza de la Santa Cena es una oportunidad que tenemos semanalmente de renovar convenios sagrados que nos permiten ser partícipes de la gracia expiatoria del Salvador con el mismo efecto espiritualmente purificador del bautismo y de la confirmación.

Los líderes de la Iglesia también han enseñado que cuando participamos de la Santa Cena, no sólo renovamos nuestros convenios bautismales, sino “todos los convenios que se han concertado con el Señor”4.

Para saber más sobre la Santa Cena

Véase Dallin H. Oaks, “La reunión sacramental y la Santa Cena”, Liahona, noviembre de 2008, págs. 17–20.

El juramento y convenio del sacerdocio

El Padre Celestial da Su juramento (garantía) de conferir ciertas bendiciones a aquellos que guarden los convenios relacionados con el recibir dicho sacerdocio.

Cuando los hombres viven de manera digna a fin de obtener el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, y “magnifican su llamamiento”, Dios promete que serán “santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos”. Llegan a ser herederos de las promesas hechas a Moisés, Aarón y Abraham. (Véase D. y C. 84:33–34.)

Es necesario que los hombres posean el Sacerdocio de Melquisedec para entrar en el templo. Allí, unidos en matrimonio, los hombres y las mujeres pueden recibir la plenitud de las bendiciones del sacerdocio.

Al recibir todas las ordenanzas de salvación del sacerdocio, todas las personas pueden recibir la promesa de “todo lo que [el] Padre tiene” (véase D. y C. 84:35–38).

“Bendiciones increíbles fluyen de ese juramento y convenio hacia los hombres, las mujeres y los niños dignos de todo el mundo”, enseñó el élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles5.

Para saber más sobre el juramento y convenio del sacerdocio

Véase Henry B. Eyring, “La fe y el juramento y convenio del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2008, pág. 61.

La investidura

La investidura del templo es un don que proporciona perspectiva y poder.

Durante la investidura del templo recibimos instrucciones y hacemos convenios que tienen que ver con nuestra exaltación eterna. Relacionadas con la investidura están las ordenanzas del lavamiento, de la unción y el ser vestidos con los gárments del templo como recordatorio de los sagrados convenios6. Las ordenanzas y los convenios del templo son tan sagrados que no se habla de ellos en detalle fuera del templo. Debido a ello, el presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, aconsejó: “Es importante que escuches atentamente cuando se te administren dichas ordenanzas y que procures recordar las bendiciones prometidas y las condiciones en las cuales éstas se cumplirán”7.

El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado que la clave para recibir poder divino a fin de vencer la oposición y avanzar el progreso de la Iglesia “es el convenio que hacemos en el templo: nuestra promesa de obedecer y de sacrificarnos, de consagrarnos ante el Padre, y Su promesa de investirnos con ‘una magna investidura’”8.

Para aprender más sobre los principios que se encuentran en los convenios que hacemos en la investidura, puede estudiar lo siguiente:

  • “La obediencia”, Principios del Evangelio, 2009, págs. 221–227.
  • M. Russell Ballard, “La ley de sacrificio”, Liahona, marzo de 2002, pág. 10.
  • Sobre “la ley [del] evangelio” (D. y C. 104:18), véase Doctrina y Convenios 42.
  • “La ley de castidad”, Principios del Evangelio , 2009, págs. 249–257.
  • D. Todd Christofferson, “Reflexiones sobre una vida consagrada”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 16.

Para saber más sobre la investidura

Véase El Santo Templo, 2002, págs. 31–36; David A. Bednar, “Honorablemente [retener] un nombre y una posición”, Liahona, mayo de 2009, pág. 97.

El sellamiento

La ordenanza del templo que se conoce como “matrimonio en el templo” o “ser sellados” establece una relación eterna entre los esposos que puede perdurar más allá de la muerte si los cónyuges son fieles. El parentesco entre padres e hijos también se puede perpetuar más allá de la vida terrenal, uniendo así a generaciones en relaciones familiares eternas.

Cuando una persona entra en el convenio del matrimonio en el templo, él o ella hace convenios con Dios y con su cónyuge; los cónyuges se prometen fidelidad el uno al otro y a Dios. Se les promete la exaltación y que sus lazos familiares pueden continuar a lo largo de la eternidad (véase D. y C. 132:19–20). Los hijos que le nacen a un matrimonio que fue sellado en el templo o los hijos que más tarde son sellados a sus padres tienen el derecho de ser parte de una familia eterna.

Tal como en otras ordenanzas, se requiere la fidelidad individual a nuestros convenios a fin de que la ordenanza terrenal sea sellada, o hecha válida, en el cielo mediante el Santo Espíritu de la Promesa9. Las personas que guardan sus convenios, a pesar de que su cónyuge no lo haga, no pierden el derecho a recibir las bendiciones prometidas en el sellamiento.

Para saber más sobre el sellamiento

Véase Russell M. Nelson, “Generaciones entrelazadas con amor”, Liahona, mayo de 2010, pág. 91.

El hacer y guardar convenios sagrados

Al concertar estos importantes convenios, llegamos a ser partícipes del nuevo y sempiterno convenio, “sí, la plenitud [del evangelio de Jesucristo]” (D. y C. 66:2). “El nuevo y sempiterno convenio es la suma total de todos los convenios y obligaciones del Evangelio” que hemos hecho10, y las bendiciones que se derivan de ello incluyen todo lo que el Padre tiene, incluso la vida eterna.

Al esforzarnos por comprender y guardar nuestros convenios, debemos tener presente que guardar nuestros convenios no es simplemente una lista de tareas, sino un compromiso de llegar a ser como el Salvador.

Guardar nuestros convenios es un compromiso de llegar a ser como el Salvador.

“El juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho”, enseñó el élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles. “Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamiento; es decir, lo que hemos llegado a ser. No basta con que una persona actúe para cumplir con las formalidades. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios del Evangelio no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra cómo llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser”11.

Responder preguntas

Tú o alguien con quien te asocies tal vez se pregunte: “¿Por qué no están los templos abiertos al público?”. Los templos de los Santos de los Últimos Días no se usan para la adoración dominical semanal, en la que todos pueden participar. En los templos se efectúan ordenanzas sagradas, por lo tanto, allí sólo pueden entrar los miembros bautizados que cumplan con los requisitos necesarios para recibir esas ordenanzas.

Después de que se construye un templo, el público puede recorrerlo durante el programa de puertas abiertas. Una vez que el templo se dedica al Señor, el público puede visitar los jardines, pero al templo sólo pueden entrar aquellos que tengan una recomendación vigente.

Para más información en inglés, véase “Temples” bajo Frequently Asked Questions en Mormon.org.

Notas

  1. Thomas S. Monson, “La felicidad: la búsqueda universal”,Liahona,marzo de 1996, pág. 5.
  2. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 20.1.
  3. Véase Russell M. Nelson, “Convenios”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 86.
  4. Delbert L. Stapley, en Conference Report, octubre de 1965, pág. 14; véase también Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 561; The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, 1982, pág. 220.
  5. Russell M. Nelson, “Convenios”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 88.
  6. Véase Russell M. Nelson, “Preparémonos para las bendiciones del templo”, Liahona, octubre de 2010, pág. 46.
  7. Boyd K. Packer, “Ven al templo”, Liahona, octubre de 2007, págs. 14–18.
  8. Jeffrey R. Holland, “Guardemos los convenios: Un mensaje para los que servirán en una misión”, Liahona, enero de 2012, pág. 50.
  9. Véase “Espíritu Santo”, Leales a la fe, 2004, págs. 72–73; véase también D. y C. 132:7, 18–19, 26.
  10. Véase Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, comp. Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1955–1956, tomo 1, pág. 151.
  11. Véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona,enero de 2001, pág. 40.

 

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La fuerza de nuestro legado

La fuerza de nuestro legado

Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en una charla fogonera el 3 de agosto de 1980 en la Universidad Brigham Young. Para leer el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

La fe de los pioneros es tan necesaria hoy como en cualquier otra época.

Siempre me han entusiasmado los relatos de los pioneros. Mi abuela era nuestra vecina cuando yo era pequeño. Cuando ella tenía ocho años ya había recorrido a pie la mayor parte del camino por las praderas. Recordaba suficientes experiencias pioneras para mantenerme fascinado durante horas cuando me sentaba a escucharla.

El presidente Brigham Young (1801–1877) siempre ha sido uno de mis héroes preferidos. Las respuestas que tenía para los problemas eran básicas y fundamentales, y beneficiaban a la gente. Me maravilla su espíritu y entusiasmo mientras conducía a los santos hacia el oeste.

Cuando resultó obvio que el costo de trasladar a los nuevos conversos de Europa a Utah sería prohibitivo, se propuso al presidente Young la idea de utilizar carros de mano para cruzar las llanuras. El presidente Young inmediatamente reconoció la ventaja de aquello, no sólo por el ahorro de los costos, sino también por el beneficio físico que significaría para la gente caminar desde tan lejos y llegar al valle del Lago Salado llenos de vigor y vitalidad después de ese tipo de experiencia. Él dijo:

“Confiamos en que ese tipo de caravanas viaje más rápido que cualquier caravana de bueyes que se ponga en marcha. Deberán tener algunas vacas buenas que proporcionen leche, y llevar algunas cabezas de ganado que puedan matar cuando sea necesario. De ese modo se evitará el gasto, el riesgo, la pérdida y la confusión de las yuntas, y los santos escaparán más eficazmente de las situaciones de penuria, angustia y muerte en las que con tanta frecuencia han perdido la vida tantos de nuestros hermanos.

“Proponemos que se envíen hombres de fe y experiencia, con instrucciones apropiadas, para que vayan a algún punto adecuado donde se les provea de lo necesario a fin de llevar a cabo las mencionadas sugerencias; por tanto, entiendan los santos que tengan intenciones de inmigrar el año entrante, que se espera que caminen y lleven consigo su equipaje a través de las llanuras, y que no recibirán la ayuda del fondo [Perpetuo para la Emigración] de ninguna otra manera”1.

Entre 1856 y 1860, unos cuantos miles de santos hicieron con éxito el trayecto de 2.090 km con carros de mano. El éxito del viaje se vio empañado únicamente por dos viajes funestos: los de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin, quienes iniciaron sus marchas demasiado adentradas en el otoño para evitar las primeras nevadas invernales. Adviertan, una vez más, la genialidad del presidente Young. Dedicó toda la conferencia general de octubre de 1856 a organizar la campaña de socorro para auxiliar a aquellos afligidos santos, e indicó a los hermanos que no esperaran una semana ni un mes para partir. Él quería que para el lunes siguiente tuvieran listas varias yuntas de cuatro caballos para ir y aliviar el sufrimiento de los santos atrapados en la nieve. Y eso es exactamente lo que sucedió.

Los primeros grupos de socorro emprendieron el trayecto el lunes siguiente. La descripción de júbilo que sintió la compañía de Willie cuando recibieron al primer grupo de socorro hace aflorar la emoción. El capitán Willie había dejado al pequeño grupo y había ido con un solo acompañante en busca de la caravana de auxilio.

Cuenta la historia: “La tarde del tercer día después de la partida del capitán Willie, en el momento en el que el sol se ponía hermosamente detrás de las distantes colinas, en un promontorio, directamente al oeste de nuestro campamento, se divisaron varios carromatos cubiertos, cada uno tirado por cuatro caballos, que venían hacia nosotros. Las noticias se extendieron como la pólvora por el campamento y todos los que pudieron salir de sus lechos lo hicieron en masa para verlos. En pocos minutos se encontraban lo bastante cerca para ver a nuestro fiel capitán al frente, a poca distancia de la caravana. Gritos de alegría irrumpieron en el aire; hombres fuertes sollozaron hasta que las lágrimas corrían libremente por sus surcadas y bronceadas mejillas; los niños pequeños se unieron a un júbilo que la mayoría de ellos casi ni comprendía, y brincaron llenos de alegría. Se dio rienda suelta al regocijo general, y cuando los hermanos entraron en el campamento, las hermanas corrieron hacia ellos cubriéndolos de besos. Los hermanos estaban tan embargados por la emoción que por un tiempo no pudieron pronunciar palabra y, en un ahogado silencio, contuvieron toda demostración de… emociones… No obstante, pronto esos sentimientos se calmaron un poco y, ¡rara vez se han visto tantos apretones de mano, tantas palabras de bienvenida y tanto clamor por las bendiciones de Dios!”2.

Establecer familias fuertes

De esa robusta estirpe pionera han nacido tradiciones y un legado que forjaron familias fuertes que tanto han aportado al Oeste de los Estados Unidos y al resto del mundo.

Hace unos años me invitaron a un almuerzo patrocinado por una firma comercial que anunciaba la apertura de cuatro tiendas en las inmediaciones de Salt Lake City. Por tener experiencia en ese campo y, al estar sentado en la misma mesa que el presidente, le pregunté cómo tenía el valor suficiente para abrir cuatro tiendas al mismo tiempo en una zona donde el mercado era totalmente nuevo. Su respuesta fue más o menos lo que yo esperaba. Dijo que la firma había hecho un estudio demográfico de todas las zonas metropolitanas importantes de los Estados Unidos con el afán de descubrir cuál de ellas presentaba el potencial mayor para una tienda o almacén que atrajera a familias jóvenes. La región de Salt Lake, el destino de esos primeros pioneros, ocupó el primer lugar en toda la nación.

Como resultado de su estudio, la firma también descubrió que la fuerza laboral del área de Salt Lake se destaca por ser honrada y trabajadora. Como ven, el legado pionero aún se manifiesta en la tercera y cuarta generaciones de la región.

Sin embargo, me quedé asombrado con una estadística que llegó recientemente a mi escritorio. Decía que únicamente el siete por ciento de los niños que se crían actualmente en los Estados Unidos provienen de hogares tradicionales que constan de un padre que trabaja, una madre que se queda en el hogar y de uno o más hijos3. Todos los días vemos los efectos de la ruptura del hogar tradicional. Hay un alarmante aumento del número de esposas maltratadas, de niños maltratados física y sexualmente, del vandalismo en las escuelas, del porcentaje de delitos cometidos por adolescentes, de embarazos entre adolescentes solteras y de personas mayores que envejecen sin el consuelo de sus familiares.

Los profetas nos han advertido que el hogar es donde se salva a la sociedad4. El hogar apropiado, naturalmente, no se establece de manera automática cuando un jovencito y una jovencita se enamoran y se casan. Para que un matrimonio tenga éxito se necesitan las mismas virtudes que se enseñaron en los hogares pioneros: la fe, el valor, la disciplina y la dedicación. Al igual que los pioneros hicieron que el desierto floreciera como una rosa, así también nuestras vidas y familias florecerán si seguimos el ejemplo de ellos y adoptamos sus tradiciones. Sí, la fe de los pioneros es tan necesaria hoy como en cualquier otra época. Repito: tenemos que conocer ese legado; debemos enseñarlo; tenemos que estar orgullosos de él y debemos preservarlo.

¡Cuán bendecidos somos! ¡Qué responsabilidades conllevan nuestro conocimiento y nuestro entendimiento! Se dice que Arnold Palmer, un gran jugador estadounidense de golf, dijo lo siguiente: “Ganar no lo es todo, pero desearlo sí lo es”. ¡Qué gran frase!: “Desearlo sí lo es”.

Dios nos conceda el deseo de querer ganar el más grande de todos los dones que Él ha dado a Sus hijos: el don de la vida eterna. Dios nos bendiga para que comprendamos nuestro potencial; aprendamos, mejoremos y cultivemos un entendimiento de nuestro legado; y resolvamos preservar esos grandes dones que se nos han dado por ser Sus hijos. Doy mi testimonio solemne de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que Su camino nos conducirá a la vida eterna.

Notas

  1. Brigham Young, en B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church,tomo 4, pág. 85.
  2. John Chislett, en A Comprehensive History of the Church,tomo 4, págs. 93–94.
  3. Véase Population Reference Bureau, http://www.prb.org/Articles/2003/TraditionalFamiliesAccountforOnly7PercentofUSHouseholds.aspx. En 1980, cuando se pronunció este discurso, la cifra era del 13 por ciento.
  4. Véase, por ejemplo, Thomas S. Monson, “Hogares celestiales, familias eternas”, Liahona,junio de 2006, págs. 66–71.

 

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La lección yace en el interior del alumno

La lección yace en el interior del alumno

Por Russell T. Osguthorpe
Presidente General de la Escuela Dominical

Cuando reconocemos el espléndido potencial de cada alumno, empezamos a ver tal como ve Dios.

Mientras me encontraba cumpliendo una asignación para la Iglesia en Cusco, Perú, mi esposa y yo asistimos a una clase combinada de la Sociedad de Socorro y del Sacerdocio de Melquisedec. El maestro que impartía la clase ese día era el maestro de la clase de adultos de Doctrina del Evangelio y, debido a problemas con los horarios durante las primeras dos reuniones, sólo disponía de unos veinte minutos para enseñar lo que había preparado.

Para empezar, pidió que se pusieran de pie todos los miembros que se habían unido a la Iglesia en los últimos dos años. Se pusieron de pie cinco miembros. Escribió el número 5 en la pizarra y añadió: “Hermanos y hermanas, es maravilloso tener entre nosotros a estos cinco miembros que recientemente se unieron a la Iglesia; el único problema es que en los dos últimos años bautizamos a dieciséis nuevos conversos en este barrio”.

Entonces anotó el número 16 junto al número 5 y, con gran seriedad, preguntó: “Así que, hermanos y hermanas, ¿qué vamos a hacer al respecto?”.

Una hermana levantó la mano y dijo: “Tenemos que ir a buscarlos y traerlos de vuelta”.

El maestro asintió y escribió la palabra rescatar en la pizarra. “Tenemos once miembros nuevos a los que traer”, señaló.

Entonces leyó una cita del presidente Thomas S. Monson en cuanto a la importancia de rescatar; y también leyó en el Nuevo Testamento sobre la ocasión en la que el Salvador fue en busca de la oveja perdida (véase Lucas 15:6). Después preguntó: “¿Y cómo los traeremos de vuelta?”.

Se alzaron varias manos y les fue dando la palabra uno tras otro. Los miembros de la clase tenían sugerencias en cuanto a la forma en que, como barrio o individualmente, podían trabajar unidos para ayudar a los conversos recientes a regresar a la Iglesia. Después, el maestro preguntó: “Entonces, ¿qué harían si al ir por la calle vieran a uno de esos conversos recientes en la otra acera?”. Un miembro dijo: “Cruzaría la calle y lo saludaría; le diría lo mucho que necesitamos que regrese y lo ansiosos que estamos de que vuelva a estar entre nosotros”.

Otros miembros de la clase estuvieron de acuerdo y ofrecieron más sugerencias específicas en cuanto a la manera de ayudar a esos miembros. Había entusiasmo en el salón, una determinación de hacer lo que fuera necesario a fin de ayudar a esos miembros recientemente bautizados a reencontrar el camino hacia la plena actividad en la Iglesia.

Después de esa lección, mi esposa y yo salimos con un deseo renovado de ayudar a alguien a volver a la actividad en la Iglesia, y creo que los demás miembros salieron de la clase con el mismo sentimiento. Tras esa experiencia, me pregunté: ¿Qué fue lo que hizo que aquella breve lección fuese tan eficaz? ¿Por qué razón salieron todos de la clase sintiéndose tan motivados a vivir el Evangelio más plenamente?

Al meditar en esas dos preguntas, reconocí cuatro principios que hicieron de aquella clase una experiencia eficaz de aprendizaje y enseñanza:

  1. La conversión es el objetivo.
  2. El amor es la motivación.
  3. La doctrina es la clave.
  4. El Espíritu es el maestro.

La conversión es el objetivo

En vez de tratar de “llenar la mente de los miembros de la clase con información”, lo cual el presidente Monson nos ha aconsejado no hacer, aquel maestro trató de “inspirar al individuo a que piense, sienta y luego haga algo por vivir las verdades y los principios del Evangelio”1.

En resumen, el objetivo de aquel maestro era ayudar a los miembros de la clase a hacer algo que tal vez no hubieran hecho de no haber asistido a la clase. Dicha acción tenía el propósito de ayudar a cada persona a convertirse en un verdadero discípulo del Salvador.

El objetivo de ese tipo de enseñanza es la conversión. El término conversión significa simplemente tomar un nuevo rumbo, abrazar una conducta nueva. La conversión, o el convertirse en un verdadero discípulo, no consta de un solo acontecimiento, sino que es un proceso de toda la vida2. En esa clase, la acción tenía como propósito no sólo ayudar a los miembros de la clase, sino también a los conversos recientes a quienes tratarían de activar. Cada vez que ponemos en práctica más plenamente un principio del Evangelio, se bendice a otra persona, ya sea directa o indirectamente. Por esa razón, el aprendizaje y la enseñanza del Evangelio son singulares; el aprendizaje del Evangelio no lleva únicamente a la adquisición de conocimiento, sino que conduce a la conversión personal.

El amor es la motivación

Al participar de la clase en Perú pude sentir el amor que el maestro tenía por los que se encontraban allí presentes, así como por los conversos recientes, a quienes los miembros de la clase fueron instados a activar. El aula parecía colmada de amor: del maestro hacia el alumno, del alumno hacia el maestro, de un alumno a otro, y de los alumnos hacia los conversos recientes.

Como maestros, el amor nos ayuda a enseñar como lo haría el Salvador si estuviera en nuestro salón de clase. Verdaderamente, “el amor nos inspira a prepararnos y a enseñar de una manera diferente”3.

Cuando la intención del maestro es cubrir el material de la lección, centra su atención en el contenido en vez de las necesidades individuales de cada alumno. Aquel maestro peruano no pareció tener ninguna necesidad de cubrir nada; simplemente deseaba inspirar a los miembros de la clase a tender una mano de amor a sus hermanos. El amor por el Señor y de los unos por los otros constituyó la fuerza impulsora; el amor fue la motivación. Cuando nuestra motivación sea el amor, el Señor nos fortalecerá para lograr Sus propósitos a fin de ayudar a Sus hijos. Él nos inspirará con aquello que, como maestros, necesitemos decir y la manera en la que debamos decirlo.

La doctrina es la clave

Mientras enseñaba la lección, aquel maestro de Perú no leyó del manual. Estoy convencido de que al prepararse para la clase utilizó el manual o discursos de la conferencia, pero cuando enseñó, lo hizo basándose en las Escrituras. Relató la historia de la oveja perdida y mencionó el siguiente versículo: “…y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos” (Lucas 22:32). Compartió la invitación que el presidente Monson extendió a todos los miembros de la Iglesia de rescatar a los que se han descarriado. La fe y la caridad fueron las doctrinas centrales de su lección. Los miembros de la clase necesitaban la fe suficiente para actuar, y necesitaban actuar por amor.

Cuando las doctrinas del evangelio restaurado de Jesucristo se imparten con claridad y convicción, el Señor fortalece tanto al alumno como al maestro. Cuantos más miembros presentaban sus sugerencias sobre cómo tender una mano de amor hacia sus hermanos menos activos, más cerca se sentían todos del Salvador, quien tendió una mano a los demás constantemente durante Su ministerio terrenal. La doctrina es la clave para que el aprendizaje y la enseñanza del Evangelio sean eficaces, pues abre la puerta del corazón y del intelecto, y abre la vía para que el Espíritu de Dios inspire y edifique a todos los presentes.

El Espíritu es el maestro

Los grandes maestros del Evangelio reconocen que en realidad ellos no son los maestros; el Evangelio se enseña y se aprende por medio del Espíritu. Sin el Espíritu, la enseñanza de las verdades del Evangelio no puede conducir al aprendizaje (véase D. y C. 42:14). Cuantas más invitaciones inspiradas a actuar haga el maestro, mayor será la presencia del Espíritu durante la lección. El maestro peruano extendió una invitación inspirada, y después, a medida que los miembros de la clase respondieron con sugerencias, se sintió más el Espíritu y todos se fortalecieron.

El maestro no trató de cubrir toda la lección; más bien, procuró descubrir la lección que ya se encontraba en el interior del alumno. Al extender una invitación a los miembros de la clase por medio del poder del Espíritu, el maestro los ayudó a descubrir su propio deseo de actuar, de tender una mano de amor a sus hermanos. Al compartir sus ideas, los miembros de la clase se inspiraron unos a otros, ya que recurrían en unión a la inspiración del Espíritu.

Cuando tratamos de vivir el Evangelio y ayudamos a las personas que nos rodean, el Señor nos inspira en cuanto a lo que debemos hacer. De modo que si como maestros deseamos que el Espíritu se manifieste de manera más palpable en nuestro salón de clase, simplemente tenemos que invitar a los asistentes a vivir un principio del Evangelio más cabalmente. Cuando nos comprometemos a vivir con más fidelidad un principio del Evangelio, nos acercamos más a Dios y Él se acerca más a nosotros (véase D. y C. 88:63).

El potencial de cada alumno

No aprendemos ni enseñamos el Evangelio con el solo propósito de adquirir conocimiento; aprendemos y enseñamos el Evangelio para lograr la exaltación. El aprendizaje y la enseñanza del Evangelio no tienen como objetivo ser expertos en el conocimiento de los hechos, sino de serlo en el discipulado. Ya sea que enseñemos a nuestros hijos en el hogar o enseñemos a los miembros del barrio o de la rama en el salón de clase, debemos tener presente que la lección que estamos enseñando ya está en el interior del alumno; nuestra función como padres y maestros es ayudar a esas personas a descubrir la lección que yace dentro de su propio corazón y mente.

Cuando reconocemos el espléndido potencial de cada alumno, empezamos a ver tal como ve Dios; entonces podemos decir lo que Él desea que digamos y hacer lo que Él desea que hagamos. Cuando tratamos de usar ese método de aprendizaje y enseñanza, la conversión es nuestro objetivo, el amor es nuestra motivación, la doctrina es la clave y el Espíritu es el maestro. Si aprendemos y enseñamos de esa manera, el Señor bendecirá tanto al que aprende como al maestro para que “todos sean edificados de todos” (D. y C. 88:122).

Notas

  1. Véase Thomas S. Monson, Liahona,junio de 2004, pág. 34.
  2. Véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona,enero de 2001, págs. 40–43.
  3. La enseñanza: El llamamiento más importante,pág. 34.

 

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Siempre en el punto medio

Liahona Julio 2012

Siempre en el punto medio

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

En muchos calendarios del mundo, el mes de julio indica la mitad del año. Aunque el comienzo y el final de las cosas se celebran y se recuerdan, el punto medio con frecuencia pasa desapercibido.

Los comienzos son los momentos para tomar determinaciones, crear planes, recibir impulsos de energía; los finales son momentos para comenzar a relajarse, y pueden incluir sentimientos de satisfacción o de fracaso. Pero, con la perspectiva apropiada, el considerar que nos encontramos en el punto medio de las cosas puede ayudarnos no sólo a comprender la vida un poco mejor, sino también a vivirla de manera más significativa.

El punto medio de la obra misional

Cuando les hablo a los misioneros jóvenes, con frecuencia les digo que están en el punto medio de sus misiones. Ya sea que hayan acabado de llegar el día anterior o que estén por volver a casa al día siguiente, les pido que piensen que siempre están en el punto medio.

Los misioneros nuevos tal vez sientan que tienen muy poca experiencia para ser eficientes y, por tanto, se demoran en hablar o actuar con confianza y resolución. Los misioneros con experiencia que están cerca del final pueden sentirse tristes porque la misión esté por terminar, o tal vez aminoren el ritmo al ponerse a pensar en lo que harán después de la misión.

Independientemente de las circunstancias y de dónde presten servicio, la verdad es que los misioneros del Señor siembran a diario incontables semillas de buenas nuevas. El pensar siempre que están en el punto medio de su misión dará valor y energía a estos fieles representantes del Señor. Eso se aplica tanto a los misioneros de tiempo completo como a todos nosotros.

Siempre estamos en el punto medio

Este cambio de perspectiva es más que un simple engaño de la mente. Hay una verdad sublime detrás de la idea de que siempre estamos en el punto medio. Si miramos nuestra ubicación en un mapa, nos veremos tentados a decir que estamos en el lugar de origen, pero si observamos con más detenimiento, no importa dónde estemos, sólo nos encontramos en el punto medio de una zona más amplia.

Lo que es cierto en el espacio también es cierto con respecto al tiempo. Tal vez sintamos que estamos al comienzo o al final de la vida; pero cuando consideramos nuestra ubicación en el contexto de la eternidad, cuando nos damos cuenta de que nuestro espíritu ha existido más tiempo del que podemos medir y que, gracias al sacrificio perfecto de la expiación de Jesucristo, nuestra alma existirá durante una eternidad futura, reconocemos que verdaderamente estamos en el punto medio.

Hace poco sentí que debía renovar la lápida de la tumba de mis padres. La tumba se había deteriorado con el tiempo y pensé que una nueva lápida sería más adecuada para honrar sus vidas ejemplares. Cuando vi las fechas de nacimiento y defunción en la lápida, separadas por el insignificante y habitual guión, ese pequeño símbolo, que representa la duración de una vida, trajo a mi mente y a mi corazón una inmensidad de recuerdos gratos. Cada uno de esos atesorados recuerdos refleja un momento en el medio de la vida de mis padres y de la mía.

No importa la edad que tengamos ni dónde nos encontremos, cuando las cosas ocurren en la vida, siempre estamos en el punto medio; es más, siempre estaremos en el punto medio.

La esperanza de estar en el punto medio

Sí, habrá comienzos y finales a lo largo de la vida, pero ésos son sólo indicadores en el camino del gran medio de nuestras vidas eternas. Ya sea que estemos al comienzo o al final, seamos jóvenes o ancianos, el Señor puede utilizarnos para Sus propósitos si simplemente hacemos a un lado los pensamientos que limitan nuestra capacidad de servir y permitimos que Su voluntad rija nuestra vida.

Dice el salmista: “Éste es el día que hizo Jehová; [debemos regocijarnos y alegrarnos] en él” (véase Salmo 118:24). Amulek nos recuerda que “esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra” (Alma 34:32; cursiva agregada). Y la poetisa expresa: “El para siempre se compone de ahoras”1.

Estar siempre en el punto medio significa que el partido nunca termina, que nunca se pierde la esperanza y que la derrota nunca es definitiva; pues, dondequiera que nos encontremos o cualesquiera sean nuestras circunstancias, tenemos por delante una eternidad de comienzos y finales.

Siempre estamos en el punto medio.

Cómo enseñar este mensaje

Considere la posibilidad de analizar con la familia en qué forma se encuentran “siempre en el medio”, aun cuando estén al comienzo o al final de algo. Anímelos a hacer todo lo posible por esforzarse en sus actividades del momento sin pensar en el pasado ni esperar hasta la próxima actividad o proyecto. Tal vez podría sugerir que elijan algo que puedan hacer como familia a fin de poner en práctica este consejo y establecer una fecha en la cual esperan lograr su meta.


En el medio de tu preparación para una misión

El presidente Uchtdorf les dice a los misioneros que imaginen que se encuentran en el punto medio de sus misiones. Ustedes también pueden aplicar esa idea a su preparación para la misión; ya sea que tengan 12 o 18 años, pueden prepararse para servir en una misión.

¿Cuáles son algunas de las cosas que pueden hacer “en el punto medio” de la preparación para su misión?

  • Siempre sean dignos de asistir al templo.
  • Para aprender a reconocer los susurros del Espíritu Santo, escriban las impresiones que tengan y actúen de acuerdo con ellas.
  • Oren por los misioneros.
  • Pregunten a los misioneros de su localidad qué les recomiendan hacer para prepararse para su misión.
  • Aprendan a administrar su tiempo eficazmente e incluyan actividades importantes como el servicio, estudiar las Escrituras y escribir en su diario personal.
  • Cuando hablen con un miembro de la familia, compartan un pasaje de las Escrituras que los haya inspirado recientemente y expresen lo que piensan sobre dicho pasaje.
  • Pregunten a sus amigos sobre su religión y sus creencias, y estén dispuestos a compartir las de ustedes. Invítenlos a actividades de la Iglesia.

Al reconocer que están en el punto medio de su preparación para la misión, vivirán de manera de ser más dignos de la confianza del Señor y de la compañía del Espíritu.

Todos podemos hacer algo ahora

El presidente Uchtdorf enseña que no importa la edad que tengas, puedes hacer algo para ayudar a los demás. Haz una lista de tus talentos y habilidades en tu diario personal o en una hoja, y pregunta a tus padres cuáles creen ellos que son tus talentos.

Determina cómo podrías usar tus talentos para ayudar a otras personas en las situaciones que se mencionan a continuación.

Al final de tu lista de talentos, escribe una manera en que podrías utilizarlos para ayudar a las demás personas durante esta semana.

Nota

  1. Emily Dickinson, “Forever—is composed of Nows” [El para siempre se compone de ahoras], en The Complete Poems of Emily Dickinson, ed. Thomas H. Johnson, 1960, pág. 624.
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