El don del arrepentimiento

MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

El don del arrepentimiento

Por el presidente Thomas S. Monson

Painting of Christ

“Tenemos la responsabilidad de elevarnos de la mediocridad a la excelencia, del fracaso a la realización”, ha enseñado el presidente Thomas S. Monson. “Nuestra tarea es llegar a ser lo mejor que podamos. Uno de los dones más grandes que Dios nos ha dado es el gozo que se siente al intentar algo por segunda vez; ningún fracaso tiene por qué ser terminante”1.

A menudo relacionamos la llegada de un nuevo año con resoluciones y metas. Tomamos la determinación de mejorar, cambiar, intentar de nuevo. Quizás la manera más importante de intentarlo de nuevo es al abrazar lo que el presidente Monson ha llamado “el don del arrepentimiento”2.

En los siguientes extractos de sus enseñanzas desde que se convirtió en Presidente de la Iglesia, el presidente Monson nos aconseja aplicar “la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones”3.

El milagro del perdón

“Todos hemos tomado decisiones incorrectas. Si aún no hemos corregido esas decisiones, les aseguro que hay una manera de hacerlo. El proceso se llama arrepentimiento. Les suplico que corrijan sus errores. Nuestro Salvador murió para proporcionarnos a ustedes y a mí ese bendito don. A pesar de que el sendero no es fácil, la promesa es real: ‘… aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos’ [Isaías 1:18]. ‘… y yo, el Señor, no los recuerdo más’ [D. y C. 58:42]. No arriesguen perder la vida eterna. Si han pecado, cuanto más pronto empiecen a volver al camino, más pronto encontrarán la dulce paz y el gozo que vienen con el milagro del perdón”4.

Volver al sendero

“Aunque es fundamental que escojamos sabiamente, habrá momentos en los que tomaremos decisiones insensatas. El don del arrepentimiento, que proporcionó el Salvador, nos permite corregir nuestro rumbo para regresar al camino que nos llevará a esa gloria celestial que buscamos”5.

El camino de regreso

“Si alguno de ustedes ha tropezado en su jornada, les aseguro que hay una manera de regresar. El proceso se llama arrepentimiento. Aun cuando el camino sea difícil, su salvación eterna depende de ello. ¿Qué podría ser más digno de sus esfuerzos? Les suplico que decidan ahora mismo tomar los pasos necesarios para arrepentirse completamente. Cuanto más pronto lo hagan, más pronto podrán sentir la paz, el reposo y la seguridad de los que habla Isaías [véase Isaías 1:18]”6.

Las personas pueden cambiar

“Debemos recordar que las personas pueden cambiar; pueden dejar atrás malos hábitos; pueden arrepentirse de transgresiones; pueden ser poseedores dignos del sacerdocio; y pueden servir al Señor diligentemente”7.

Volver a ser limpios

“Si hubiese algo que no está bien en su vida, tienen disponible una salida. Dejen toda iniquidad; hablen con el obispo. Sea cual sea el problema, se puede resolver mediante el debido arrepentimiento. Pueden volver a ser limpios”8.

El papel esencial del Salvador

“Una parte fundamental del plan [de salvación] es nuestro Salvador Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido. Sin embargo, no es suficiente simplemente creer en Él y en Su misión; es necesario que nos esforcemos y aprendamos, que escudriñemos y oremos, que nos arrepintamos y mejoremos; es necesario que conozcamos las leyes de Dios y que las vivamos; es necesario que recibamos Sus ordenanzas de salvación, y únicamente si lo hacemos, obtendremos la felicidad verdadera y eterna”9.

Cómo enseñar con este mensaje

Todos somos imperfectos; solo mediante el don del arrepentimiento que el sacrificio de Jesucristo hizo posible, podemos ser limpios del pecado y mejorar nuestras vidas. Considere analizar con las personas a quienes enseña la forma en que podemos “corregir nuestro rumbo” mediante el arrepentimiento. ¿Cómo se han sentido más cerca del Padre Celestial y de Jesucristo a través de los cambios positivos que han hecho en sus vidas? Podría invitar a los que enseña a que escriban resoluciones espirituales para el nuevo año y a que den cuenta de su progreso a un amigo, el cónyuge, u otro miembro de la familia.

JÓVENES

Decide arrepentirte

young womanEl presidente Monson explica que “tenemos la responsabilidad de elevarnos de la mediocridad a la excelencia, del fracaso a la realización. Nuestra tarea es llegar a ser lo mejor que podamos”. Mucha gente dedica el mes de enero a fijar metas y resoluciones para mejorar: sonreír más, comer de manera más saludable o aprender una nueva aptitud. Si bien esas metas pueden ayudarte a cambiar para bien, la mejor manera de cambiar es mediante el arrepentimiento.

Aunque el arrepentimiento puede ser difícil, ¡es un don! Cuando confiamos en Jesucristo al arrepentirnos de nuestros pecados, nos es posible crecer y progresar. El presidente Monson dijo: “Una parte fundamental del plan [de salvación] es nuestro Salvador Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido”. Mediante el arrepentimiento, puedes ser limpio de tus pecados y progresar para llegar a ser más como Él.

Piensa en algo que pueda estar impidiéndote llegar a ser como el Salvador. ¿Es tu modo de expresarte? ¿La forma en que tratas a tus amigos o familiares? Después de pensar en lo que podrías mejorar, ora al Padre Celestial y expresa tu deseo de cambiar. Recuerda que por medio del poder de Su expiación, Jesucristo puede ayudarte a superar tu debilidad. Como enseñó el presidente Monson: “El don del arrepentimiento, que proporcionó el Salvador, nos permite corregir nuestro rumbo”.

NIÑOS

El arrepentimiento es un don

El don del arrepentimiento no es un don que puedas ver ni tocar; más bien es un don que puedes sentir. Eso significa que cuando tomamos una mala decisión, podemos arrepentirnos y sentir paz y felicidad otra vez.

El Padre Celestial y Jesús siempre nos ayudarán a arrepentirnos. Haz coincidir cada imagen con un paso diferente del arrepentimiento.

Nos sentimos tristes.

Oramos al Padre Celestial, le decimos lo que pasó, y pedimos Su ayuda para tomar una mejor decisión la próxima vez.

Pedimos disculpas y tratamos de arreglar la situación.

Sentimos paz y sabemos que hemos sido perdonados.

Notas

  1. “La fuerza de voluntad”, Liahona, julio de 1987, pág. 67.
  2. “Decisiones”, Liahona, mayo de 2016, pág. 86.
  3. Mosíah 4:2.
  4. “Los tres aspectos de las decisiones”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 69.
  5. “Decisiones”, pág. 86.
  6. “Guarden los mandamientos”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 85.
  7. “Ver a los demás como lo que pueden llegar a ser”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 68.
  8. “El poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2011, pág. 67.
  9. “El camino perfecto a la felicidad”, Liahona, noviembre de 2016, págs. 80–81.
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El Salvador y Santa Claus

El Salvador y Santa Claus

por Reed H. Bradford
(Tomado de the Instructor.)

La víspera de Navidad una nenita le preguntaba a su papá — ¿A qué hora nos podemos levantar mañana para ver los regalos que nos va a traer Santa Claus?

—No quiero que se levanten ni un minuto antes de las siete de la mañana—le dijo el padre—entonces nos levantaremos a abrir los regalos juntos.

Pero a eso de las seis de la mañana el día de Navidad, todos los chicos estaban ya levantados y el alboroto que hacían despertó a sus padres. Poco después éstos también formaban parte del acontecimiento anual rodeado de tanto suspenso y entusiasmo. Era un verdadero gozo poder ver la alegría de los niños al ir desenvolviendo los paquetes.

A media mañana, la alegría de los niños estaba salpicada de tristeza, ya que los chicos de las familias vecinas vinieron y todos comenzaron a comparar los juguetes que habían recibido.

— ¿Por qué Santa Claus le trajo un camioncito a él y a mí no?—preguntó Daniel.

Danielito sólo tenía cuatro años, lo que hizo difícil para su padre darle una explicación satisfactoria.

—No entiendo—dijo otro de los niños—le escribí a Santa Claus diciéndole que quería un triciclo y no me lo trajo. Me esforcé tanto en portarme bien. Papá, ¿crees que Santa Claus no recibió mi carta?

Algo irritado por verse obligado a dar respuesta a estas complicadas preguntas, el padre comenzó a observar el comportamiento de sus hijos. Los más pequeños mostraban claramente su egoísmo, no permitían que nadie tocara siquiera sus juguetes. Los mayorcitos, fastidiados por el griterío se habían ido a las casas de los demás chicos del barrio para mostrarles sus juguetes.

El día anterior los padres habían tenido cierta desavenencia en cuanto a las tarjetas de Navidad. El correo les había traído una gran cantidad de tarjetas postales. Era un placer leer los calurosos mensajes navideños enviados por sus amigos. Repentinamente la madre exclamó: — ¡Ay, no, Rafael y Teresa nos enviaron una postal! ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Olvidé enviarles tarjeta a ellos!

— ¿Por qué te preocupas tanto al respecto?— preguntó el esposo—después de todo no somos más que conocidos.

—Sí, pero tengo interés en ser miembro del club que ella dirige. . . ¿Cómo pude haber cometido tal torpeza?

Apresuradamente buscó una postal de las más caras que había guardado para una ocasión así, la escribió y le pidió al esposo que fuera hasta el correo y la enviara enseguida. Pero en esos momentos, él estaba pensando en la Navidad y su significado, ¿Realmente qué significaba Santa Claus en su hogar?

Una de las características más destacadas del género humano es la de aceptar las tradiciones y costumbres de la sociedad en que viven sin siquiera pensar en ellas. El individuo que camine rectamente delante del Señor, debe examinar continuamente sus metas y comportamiento, porque muchos de «los caminos del hombre» no son los del Señor. No contribuyen al eterno gozo del individuo y no le permiten heredarla salvación y exaltación que el Padre Celestial ha previsto para él. Uno de los propósitos de esta vida es poner a prueba al individuo para ver si es leal a los principios enseñados por el Salvador: «. . . Porque yo he decretado en mi corazón probarnos en todas las cosas, dice el Señor, para ver si permanecéis en mi convenio, aun hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos.» (Doc. y Con. 98:14.)

Una de las costumbres más generalizadas en todos los países es la celebración de la Navidad, y el personaje central de esta fiesta es un individuo conocido como Santa Claus o Papá Noel.

Santa Claus es un personaje mitológico y anciano que trae regalos a los niños durante la Navidad. El Santa Claus de hoy día se originó en una persona realSan Nicolásquien vivió en el año 300 A.C. Era muy amble y a menudo salía por las noches a llevar regalos a los necesitados. . .

Los niños se encariñaron tanto con San Nicolás y su práctica de traer regalos, que la costumbre de celebrar su festividad se siguió practicando.

En la mayoría de los países, Santa Claus se celebra coincidiendo con la Navidad. (The World Book Encyclopedia, vol. 17, 1964, pág. 102.)

La Navidad también es el día del año en que debemos prestar especial consideración al Salvador y a su significado en nuestras vidas. Consideremos tres de sus muchos regalos a la humanidad:

1.  Voluntariamente dio su vida para que podamos vivir más allá de los pocos años que pasamos aquí en la tierra—y vivir en un estado de exaltación y gozo eterno. «Pongo mi vida por las ovejas. . . . Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.» (Juan 10:15, 18.) Si alguno de nosotros se inclinara a pensar que su expiación no fue muy difícil debido a su naturaleza divina, permítanme citar estas palabras: «Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan si se arrepienten.

«Más si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;

«Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

«Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hombres.» (Doc. y Con. 19:16-19.)

2. Reveló los principios que nos permitirán convertirnos en hijos e hijas de nuestro Padre Celestial. «Más de cierto, de cierto te digo, que a todos los que me reciban daré el poder de llegar a ser hijos de Dios. . .» (Doc. y Con. 11:30.) Lo más importante de todo su mensaje es que practiquemos sus enseñanzas y las incorporemos a. nuestro carácter después de orar, pensar y reflexionar acerca de ellas. «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» (Mateo 7:21.) Deberíamos llevar a cabo su voluntad, no por temor, compulsión o presión de ninguna clase, sino por amor al evangelio, sabiendo que es lo que debemos hacer, y reconociendo que nos traerá el gozo más grande que podemos conocer.

3. Organizó su Iglesia, incorporando en ella su Sacerdocio para que, entre otras cosas, podamos participar de las ordenanzas divinas; para que juntos, dominados por un espíritu de amor y hermandad, podamos lograr cosas que solos nunca alcanzaríamos.

En vista de los dones de Cristo para cada uno de nosotros, ¿podemos dedicar la Navidad a otras actividades, en vez de dedicarla a mostrarle nuestra gratitud?

Algunas familias consideran que las actividades navideñas deben destacar el significado de Cristo para cada miembro de la familia. Cantan juntos alegres canciones, leen escrituras que explican su misión y propósitos, y en la Nochebuena leen la historia de su nacimiento tal como la relata Lucas. En la mañana de la Navidad se entregan regalos y su propósito es mostrar el amor que se tienen. Como dijo Emerson, estos regalos no son un substituto del amor que sólo puede mostrarse con hechos y demostraciones de respeto, cariño, paciencia, abnegación y amabilidad. Se enseña a los niños que si realmente se quieren, no pelearán por los juguetes que se les regalen, sino que los compartirán. Estas familias tratan de expresar el espíritu de San Nicolás a la luz del espíritu de Cristo.

De este modo, estas familias evitan hacer de San Nicolás un símbolo comercial. Evitan que los hijos hagan preguntas como las mencionadas al principio de este artículo. Evitan también el problema implícito que crea la pregunta del hijo: «Papá, Santa Claus me trajo todos estos regalos, ¿por qué tú no me trajiste alguno?»

Una alegría muy grande reina en el seno de estas familias. Comprenden el significado de las palabras del Salvador: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.

«El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre.» (Juan 14:18, 21.)

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Los doce testigos del nacimiento de Cristo

Los doce testigos del nacimiento de Cristo

por Joseph Fielding McConkie

Pues no se ha hecho esto en algún rincón”, dijo el apóstol Pablo refiriéndose al ministerio terrenal de Cristo (Hechos 26:26). Y ciertamente, el nacimiento de nuestro Salvador y su ministerio no fue algo que se mantuvo oculto, ya que hubo muchos testigos.

En América, Samuel el Lamanita profetizó acerca de las señales de la primera venida del Señor (véase Helamán 14:3-6). Y Alma escribió que el nacimiento de Cristo sería anunciado por “la boca de ángeles… a hombres justos y santos” (Alma 13:26). En la tierra donde nació el Salvador, el testimonio de Su venida se esparció entre la gente, especialmente entre aquellos que guardaban los mandamientos y las ordenanzas del Señor y estaban llenos del Espíritu Santo.

Los evangelistas Mateo y Lucas hablan de las doce personas que fueron testigos del Santo Nacimiento. Y aunque los testimonios individuales de esas personas son en sí extraordinarios, juntos constituyen una poderosa atestiguación del nacimiento de Cristo. Al leer los relatos, vemos que todos los elementos son apropiados y ocupan el lugar correspondiente; al tener en cuenta que Mateo y Lucas cuentan diferentes partes de la historia, esto resulta aún más notable.

La narración de la Natividad comienza en el Lugar Santísimo del templo, con el anuncio de un ángel a un sacerdote que precisamente había estado orando, en nombre de su nación, para que ocurriera ese acontecimiento; y termina con la proclama de los malévolos planes de Herodes para quitarle la vida al Niño. La historia nos habla de la forma en que los cielos se abrieron a sacerdotes y a legos, a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, a poderosos y a humildes por igual.

Cada uno de ellos fue llamado a ser un testigo importante de ésta, la más hermosa de todas las historias.

GABRIEL

El primer testigo del nacimiento de Cristo que menciona el Nuevo Testamento es Gabriel, un mensajero que vino de la presencia de Dios. Como era de esperarse, este mensajero apareció por primera vez en el templo, a un sacerdote fiel del orden Aarónico llamado Zacarías, que se encontraba realizando una ceremonia ritual en favor de su nación: la de quemar incienso en el altar del Lugar Santísimo.

Al llevar a cabo sus deberes, Zacarías representaba la fe unida de todo Israel. Su oración era una súplica de que el pueblo fuera liberado eternamente de las manos de sus enemigos por el Mesías prometido; las llamas ascendentes del incienso eran un símbolo de la ascensión de las oraciones unidas del pueblo. Mientras Zacarías oraba, sus compañeros del sacerdocio y todos los que se encontraran dentro del recinto del templo respondían al unísono con un “Amén”.

En contestación a las oraciones de Israel, apareció ante Zacarías “un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso”, y se presentó diciendo que era Gabriel, que estaba “delante de Dios”. De acuerdo con la revelación de los últimos días sabemos ahora que Gabriel era el mismo que en la tierra se había conocido como Noé, que “sigue a Adán en la autoridad del sacerdocio” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 182) y que él tiene las llaves de “la restauración de todas las cosas” (D. y C. 27:6-7).

Esas llaves que estaban en su poder lo hacían ser un Elías, o sea, el enviado a preparar el camino para el Señor. No podría haber habido otro más apropiado que él para anunciar el nacimiento del Elías terrenal (Juan el Bautista) que habría de preparar el camino para el Mesías.

ZACARÍAS

¿Quién era este Zacarías, a quien apareció Gabriel? Era uno de los “justos y santos” (véase Alma 13:26), así como lo era su esposa, Elisabeth. Zacarías era descendiente de Abías, y su nombre significa “el que Jehová recuerda”. Al igual que él, Elisabeth descendía de un linaje de sacerdotes (véase Lucas 1:5), y su nombre significa “consagrada por Dios”.

A esta pareja se le prometió un hijo que llegaría a ser el precursor del Mesías. Al principio Zacarías no creyó la promesa profética de Gabriel; por ese motivo, recibió una señal por la que quedó mudo, según las palabras del ángel, “hasta el día en que esto se haga” (Lucas 1:20).

Así permaneció, sin poder hablar, hasta que “a Elisabeth se le cumplió el tiempo de su alumbramiento”. Entonces, “fue abierta su boca” y dio testimonio de la misión divina de su hijo recién nacido diciendo que iría “delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos”. Las nuevas de estos sucesos milagrosos corrieron por “todas las montañas de Judea” (Lucas 1:57, 64, 76, 65).

ELISABETH

Leemos en las Escrituras que Juan estaría “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15). Y en verdad, “cuando oyó Elisabeth la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabeth fue llena del Espíritu Santo” (Lucas 1:41).

Elisabeth, siendo también ella un “vaso precioso” (véase Alma 7:10), reconoció la naturaleza especial de su propio hijo y testificó de la divinidad del hijo de María, exclamando:

“…Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

“¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1:42-43).

Elisabeth concluyó su testimonio profetizando que a “la que creyó… se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45). El suyo se une al de los que la precedieron y al de los que la siguieron proclamando el divino Nacimiento.

JUAN EL BAUTISTA

Así como Cristo era, por Su nacimiento, el heredero legítimo del trono de David, Juan nació siendo un heredero legítimo del oficio de Elías. Su ministerio de ir “delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos” comenzó en la forma apropiada al saltar de gozo dentro del vientre de su madre (véase Lucas 1:76, 41, 15). Aquel debe de haber sido un momento glorioso: el bebé que todavía no había nacido saltando de gozo; Elisabeth, su madre, recibiendo a su prima María con espíritu de profecía; y María respondiendo con el mismo espíritu. En este caso, también se destaca la maravillosa forma en que se combinan los testigos y sus testimonios: las dos mujeres que testificaron —Elisabeth, ya entrada en años, y la joven María—, cada una de ellas encinta con una criatura concebida en circunstancias milagrosas, ambas (y Juan, aun por nacer) regocijándose ante el grandioso acontecimiento que estaba por tener lugar.

MARÍA

No podría existir un testigo terrenal más perfecto de la divinidad de Cristo como Hijo de Dios que Su madre, María. Ella había recibido la promesa de Gabriel de que concebiría en su vientre al “Hijo del Altísimo”. Después de ese hecho maravilloso, María dijo: “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre” (Lucas 1:32, 49).

Nefi nos dejó un relato perfecto de este suceso tan sagrado:

“Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu”, escribió; “y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:19-21).

No hay duda de que María fue, como el ángel Gabriel le dijo, “muy favorecida” y “bendita… entre las mujeres” (Lucas 1:28) al haber sido testigo presencial de estos milagros y al haber dado a luz al Salvador del mundo.

JOSÉ

En las Escrituras no hay ningún registro de palabras pronunciadas por José, pero su rectitud y su reacción ante la condición de María atestiguan su creencia en la ascendencia divina de Cristo. Sabemos que tuvo sueños y que hubo ángeles que lo instruyeron en cuanto a lo que había de hacer; más aún, sabemos que, por su fidelidad a la ley de Moisés, siguió fielmente cada una de las instrucciones divinas que recibió.

José demostró una obediencia absoluta al tomar a María como esposa, ya encinta, después que “un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20). Además, él “no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito”; dio al Niño el nombre de Jesús; huyó a Egipto de noche, con María y el Niño; se quedó en Egipto hasta que se le mandó regresar; y cuando regresó, fue a Galilea en lugar de ir a Judea (Mateo 1:25; véanse también los versículos 19—21 y Mateo 2:13-23).

Cada una de sus acciones fue un nuevo testimonio de su convicción de que el Niño era la esperanza de Israel, el Hijo de Dios.

LOS PASTORES

En la víspera del nacimiento de Cristo, ocurrido en un establo de Belén, había pastores vigilando sus rebaños en los campos de los alrededores; no se trataba de hombres comunes, pues ya entre los nefitas se había profetizado que los ángeles declararían “a hombres justos y santos” las nuevas de gran gozo del nacimiento del Mesías (Alma 13:26).

Aquellos pastores testificaron ante parientes y conocidos, y contaron su experiencia en los recintos del templo desde donde saldría la noticia entre todas las naciones de la tierra. Lucas nos dice que, después que los pastores vieron “al niño acostado en el pesebre… dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño” (Lucas 2:16-17). Así les había declarado el ángel que se les había presentado aquella noche santa, diciéndoles que esas “nuevas de gran gozo” serían “para todo el pueblo” (Lucas 2:10).

LOS COROS CELESTIALES

Después del anuncio que el ángel hizo a los pastores, “repentinamente apareció… una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios”. Los coros celestiales prorrumpieron en alabanzas ante los humildes pastores de Judea: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13-14). De este modo, proclamaron poéticamente el nacimiento del Salvador entre los esparcidos restos de Israel.

SIMEÓN

Volvamos ahora la atención a Jerusalén. Allí había un hombre anciano, de quien Lucas dice que era “justo y piadoso” (Lucas 2:25), que había recibido del Señor la promesa de que no moriría sin haber visto al Salvador; inspirado por el Espíritu, había ido al templo, donde tuvo en los brazos al Niño Jesús.

Cuando los padres entraron en el templo llevando a Jesús —María para el rito de la purificación y José con el fin de pagar el rescate acostumbrado para eximir al primogénito del servicio en el santuario—, Simeón lo tomó en brazos y dijo:

“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra;

“porque han visto mis ojos tu salvación,

“la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

“luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

Las palabras de Simeón estaban muy por encima del entendimiento de los de su pueblo, porque él comprendió la naturaleza universal del ministerio de Cristo, y testificó que Jesús era el Salvador de los judíos y de los gentiles por igual.

ANA

El maravilloso testimonio de Simeón no fue el único que se expresó en ese momento. Ana, una anciana viuda cuyo nombre significa “llena de gracia”, también fue testigo especial de Cristo. Era una mujer devota, que se había dedicado por muchos años a adorar en el templo con ayuno y oración, de día y de noche, y sin duda sería muy conocida entre los habitantes de la Ciudad Santa que esperaban fielmente el advenimiento del Mesías. Después de ver al Niño y sus padres, testificó de Cristo “a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lucas 2:38).

LOS MAGOS DEL ORIENTE

Sólo Mateo habla de la llegada de los magos del oriente, que ocurrió poco después de nacer el Salvador: “…vinieron del oriente a Jerusalén unos magos”. Es evidente, por el hecho de que fueron a preguntar a Herodes sobre el paradero del Niño, que estos hombres ignoraban la situación política del momento. “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?”, preguntaron. “Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:1, 2). Nadie que hubiera conocido a Herodes y sabido sus intenciones habría puesto en peligro la vida de Cristo yendo a hacerle esa pregunta.

También sabemos que recibían comunicaciones del Señor, porque más tarde Él les avisó “por revelación en sueños que no volviesen a Herodes”, y, siguiendo esa admonición, “regresaron a su tierra por otro camino” (Mateo 2:12). Además, en su traducción de la Biblia, José Smith nos dice que los magos del oriente llegaron buscando “al Mesías de los judíos”, para seguir de esta manera el designio de que hubiera testigos que buscaran al Hijo de Dios para testificar de EL

HERODES

El último testigo que mencionamos es el más inesperado y reacio, Herodes el Grande, el rey de Israel. Este había hecho una alianza con los poderes del mundo; sus amigos eran Augusto, Roma y la conveniencia; él había masacrado a sacerdotes y a nobles, había matado a miembros del Sanedrín, y había mandado estrangular a su esposa favorita, Mariamne, a pesar de que parece haber sido la única persona a quien llegó a amar. Hizo asesinar a todo el que fuera víctima de sus sospechas, incluso a tres de sus hijos y a otros varios parientes.

A este hombre, que era la personificación de la iniquidad que había en el mundo, dieron los magos del oriente su testimonio de que había nacido el legítimo rey y gobernante de Israel. Herodes no habría prestado atención a las palabras de Simeón, de Ana, ni a las de los sencillos pastores; pero creyó, en cambio, lo que le dijeron aquellos visitantes del oriente cuyos antecedentes, fueran los que fueran, los hacían destacarse como hombres de gran sabiduría.

El Reino de Dios nunca estará sin oposición mientras dure el período terrenal, que es la etapa del poder de Satanás. Las evidencias de la desatada furia del infierno ante el nacimiento del Hijo de Dios completan la historia de la Natividad. Las buenas nuevas dé los cielos no llevaron ningún gozo al príncipe de las tinieblas ni a sus siervos. Y por ser uno de éstos, Herodes reaccionó con ira asesina ante el testimonio de los magos, procurando por todos los medios destruir al Niño Jesús. Por ese motivo, promulgó el decreto por el que “mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mateo 2:16).

OTROS TESTIGOS

La historia de la Natividad menciona esos doce testigos del nacimiento del Salvador e ilustra la forma en que el conocimiento de Dios se restaura y se esparce por todas las naciones de la tierra.

¿Y de qué modo se ha de esparcir? Por medio de testigos especiales, testigos que fueron llamados y preparados en los concilios celestiales. ¿Quiénes son esos testigos? Son hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con instrucción académica o sin ella, que andan “irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lucas 1:6), que tienen sueños, que son instruidos por ángeles y que están llenos del Espíritu Santo. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo. □

Joseph Fielding McConkie es profesor de educación religiosa en la Universidad Brigham Young, de Provo, Utah.

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Así también haced vosotros con ellos

“Así también haced vosotros con ellos”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Al celebrar el nacimiento de nuestro Salvador, debemos recordar Su ejemplo cuando reunió a los niños a Su alrededor; El desea que nosotros ayudemos, de la misma manera, a reunir a todo el género humano para venir a El.

¡Qué hermosa es esta época del año en que recordamos el advenimiento del Niño Jesús! Lo que las Escrituras relatan sobre este acontecimiento se limita a unas pocas líneas, pero la sencillez de sus palabras transmite un mensaje de paz y buena voluntad a todos los pueblos del mundo.

“El nacimiento de Jesucristo fue así”, comienza la narración de Mateo (Mateo 1:18).

Marcos empieza su relato con una intrépida declaración de testimonio: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Marcos 1:1).

Al comenzar su narración de la vida del Salvador, Lucas se refiere a “la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas” (Lucas 1:1), dando a continuación una crónica hermosa y sencilla de las circunstancias que llevaron a María y a José de Nazaret a Belén. Su relato es la bella historia de los pastores que se hallaban en el campo cuidando de su rebaño, del nacimiento en un establo “porque no había lugar… en el mesón” y del ángel que declaró:

“No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:7, 10—11).

Juan da comienzo a su historia con una explicación de la existencia premortal del Salvador y de Su misión de Creador:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho…

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14).

Estos son los testimonios de los testigos que anduvieron con El, cuyas palabras llevan el nombre de El Nuevo Testamento de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Salvador.

Y hay otro evangelio, el testamento del Nuevo Mundo, donde se registran las palabras del Padre Eterno cuando presentó al Señor resucitado a los fieles del pueblo del hemisferio occidental: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Después de esta divina introducción, el Señor resucitado descendió y, de pie en medio del pueblo, dijo: “…yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo… soy la luz y la vida del mundo…” (3 Nefi 11:10-11).

A todas estas declaraciones se agrega el testimonio del Profeta de nuestra dispensación, José Smith, cuyo nacimiento también recordamos en este mes:

“Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud…

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:20, 22-23).

Unimos nuestro propio testimonio a todos éstos que se han dado de El: Que es Jesús el Cristo, el Primogénito del Padre, el Creador de los cielos y de la tierra, el Jehová del antiguo Israel, el Mesías prometido que nació en Belén de Judea, el Sanador de los enfermos, el Maestro de la doctrina, el Redentor del mundo, el Autor de nuestra salvación, el Señor resucitado que se sienta a la diestra del Padre, nuestro Intercesor en cuyo nombre oramos al Todopoderoso.

El dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).

Esta es una gloriosa promesa para los que le demuestran su amor por medio de la obediencia. Quisiera referirme brevemente a uno de los mandamientos del Señor que es más conocido y que, probablemente, se observe menos: se conoce como “la regla de oro”.

Jesús enseñó lo siguiente: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (Mateo 7:12).

En esta época navideña, recordemos que si cada uno de nosotros reflexionara de vez en cuando sobre esa enseñanza de Cristo e hiciera un esfuerzo por observarla, éste sería un mundo muy diferente. Habría mayor felicidad en nuestros hogares; habría mejores sentimientos entre las personas; existirían menos litigios en los tribunales y la gente se esforzaría más por resolver sus diferencias pacíficamente. Se notaría un aumento de amor, aprecio y respeto entre todos.

Habría más corazones generosos, mayor consideración e interés y un deseo más grande de dar a conocer el evangelio de paz y de hacer avanzar la obra de salvación entre los hijos de los hombres.

Hace un tiempo recibí, sin haberla solicitado, una carta cuyo autor me ha dado permiso para citarla.

“Estimado presidente Hinckley:

“Hace una hora tuve una experiencia muy especial, que me induce a escribirle esta carta. Me dirigía caminando hacia mi casa cuando de pronto tuve la fuerte impresión de que en alguna parte hay un joven que, a no ser por la falta de dinero, se está preparado para cumplir una misión para el Señor, y que yo debo proveerle los fondos para que la cumpla. No tengo la menor idea de quién es ese joven ni de dónde está, pero tuve la seguridad de que usted sabría y que yo debía poner el dinero en sus manos para asegurarme de que vaya a la misión. Esa experiencia me hizo derramar las lágrimas; al llegar a casa, se la conté a mi esposa y le pregunté qué pensaba. Por supuesto, ella estuvo de acuerdo conmigo.

“Le adjunto un cheque por $3.000 (dólares), pero tuve la impresión de que la cantidad que se necesita es $4.000. No contamos con más dinero en el presente, pero el 27 de enero le enviaremos un cheque por los otros $1.000. Me encuentro haciendo el internado de medicina y tengo que trabajar horas extras a fin de ganar lo necesario para mantener a mi esposa y nuestras tres hijas, y todavía no hemos podido juntar el dinero de la entrega inicial para comprarnos una casa. Con ese propósito hemos estado ahorrando durante cinco años y el Señor nos ha bendecido indescriptiblemente.

“Hace tres años tuve una impresión similar, pero al pensar y hablar sobre ella consideramos que el Señor nos estaba dando una señal con el fin de prepararnos para que estuviéramos dispuestos a poner en el altar lo que El requiriera de nosotros. Decidimos entonces que en el futuro, una vez que yo termine el internado, mantendremos tantos misioneros como nuestros medios nos lo permitan. Pero esta noche no tuvimos dudas de que el Señor nos ha pedido ahora que pongamos ese dinero en el altar.

“Soy converso a la Iglesia… mi esposa nació bajo el sagrado convenio. Yo salí de mi casa en Beirut, Líbano, hace trece años. Desde que tenía once había soñado con encontrar la verdadera religión, y la encontré quince años después… Siendo niño, en más de una ocasión escapé de la muerte habiendo sido salvado por un poder divino.

“Cuando vine a los Estados Unidos… debido a que no era ciudadano estadounidense, no me dieron ninguna esperanza de poder ingresar a una facultad de medicina. Pero una voz interior me susurraba que algún día sería médico.

“Asistí, con una beca, a una de las mejores universidades de los Estados Unidos. Después, por una razón que entonces ignoraba totalmente, fui a otra facultad de medicina… Estando allí, un año después llegaron milagrosamente a mis manos unos folletos de la Iglesia, y me bauticé. Nueve meses más tarde conocí a la que ahora es mi esposa, y a los tres meses nos casamos en el templo.

“Como ya se dará cuenta, ¡le debo al Señor más de $4.000! El me ha dado los ojos y las manos para trabajar y ganarme el sustento…

“Ponemos el dinero en sus manos para que lo use de acuerdo con la inspiración que el Señor le conceda… Sentimos afecto por todos los que trabajan en bien de esta gran causa.

“Que el Señor nos bendiga a todos en el servicio que le prestamos.

“Atentamente,”

Y firma en su nombre y en el de su esposa.

Más que cualquiera de mis débiles expresiones, esa carta irradia el espíritu de la Navidad, ejemplifica la regla de oro y habla con elocuencia del amor de Aquel que dio Su vida en sacrificio por todos nosotros.

Quisiera mencionar a otra persona que vivió la regla de oro. Muchos ya conocen parte de esta historia, que tuvo lugar un invierno en el enorme y atestado Aeropuerto Internacional O’Hare, de la ciudad de Chicago, estado de Illinois. Ese día, una gran tormenta había ocasionado demoras y cancelaciones de vuelos; los miles de personas que habían tenido que quedarse o habían sufrido demoras estaban impacientes, malhumoradas e irritables. Entre ellos se encontraba una joven mujer, de pie en la larga línea de pasajeros que esperaba turno frente a un mostrador; estaba embarazada y tenía consigo una hijita de dos años, que se hallaba tirada en el suelo sucio, junto a ella; la madre se sentía enferma y extremadamente fatigada. El médico le había advertido que no debía agacharse ni levantar cosas pesadas; por eso, cada vez que la línea se movía ella empujaba con el pie a la criatura, que lloraba de cansancio y hambre. La gente que la observaba hacía comentarios negativos acerca de aquella escena, pero nadie se ofreció para ayudarla.

De pronto, se le acercó un hombre que, sonriendo con bondad, le dijo: “Usted necesita ayuda; permítame ayudarle”, después de lo cual levantó a la niña del suelo y la sostuvo tiernamente en sus brazos; sacando del bolsillo un dulce, se lo dio, lo que la calmó inmediatamente. Luego, explicó la situación de la mujer a los que se encontraban delante de ella en la línea, y la acompañó hasta el mostrador donde habló con el agente de la aerolínea; éste verificó el pasaje de la joven e hizo los arreglos para que tomara el vuelo que le correspondía. Después, el caballero le buscó asientos donde madre e hija pudieran esperar cómodamente, conversó con ella un momento y luego desapareció entre la multitud. La mujer volvió a su casa en el estado de Michigan sin saber el nombre del amable señor que la había ayudado. [Véase Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, Spencer W. Kimball, Salt Lake City: APAK Publishing Co., 1979, págs. 374-375.]

Muchos años más tarde llegó a la oficina del Presidente de la Iglesia una carta que decía lo siguiente:

“Querido presidente Kimball:

“Estoy estudiando en la Universidad Brigham Young después de haber regresado hace poco tiempo de cumplir una misión en Munich, Alemania Occidental. Disfruté mucho de la misión y aprendí muchísimo…

“La semana pasada, en una reunión del sacerdocio, hicieron un relato sobre un amable servicio que usted prestó a una persona hace veintiún años, en el aeropuerto de Chicago. Hablaron de la forma en que usted se acercó a una joven mujer, embarazada… y con una niñita que lloraba…, consternada por la situación, esperando en una larga línea para arreglar su pasaje. Estaba en peligro de perder el embarazo y, por ese motivo, le era imposible levantar en brazos a la niña para consolarla. Había sufrido antes cuatro abortos y el médico le había prohibido levantar pesos e inclinarse.

“Usted se encargó de consolar a la criatura y de explicar la situación de la mujer a los otros pasajeros. Ese acto de amor tuvo un efecto calmante sobre mi madre, aliviando la tensión que sentía. Pocos meses después nací yo, en Flint, estado de Michigan.

“Sólo quiero agradecerle su amor. ¡Y gracias por su ejemplo!”

En verdad, el mundo sería un lugar diferente si cada uno de nosotros considerara frecuente y seriamente el mencionado consejo del Señor: “…todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (Mateo 7:12).

En esta época navideña en que celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Maestro, nuestro Rey, nuestro Salvador y Redentor, el Hijo resucitado y viviente del Dios viviente, procuremos sinceramente hacer el bien a aquellos que nos rodean.

Que Dios nos bendiga en estos días con un aumento de amor, una disminución de egoísmo, un deseo más grande de ayudar a los que se hallan en dificultades y un sentido más amplio de lo que significa servir, □

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Mensaje de Navidad

Mensaje de Navidad

En esta temporada santa, deseamos enviar nuestro amor y saludos a los habitantes de todas las naciones del mundo. Proclamamos que el santo niño que nació en Belén hace más de dos mil años fue en verdad el Cristo, el Salvador de toda la humanidad. En él tiene esperanza toda la raza humana, tanto los que han vivido como los que viven y los que vivirán. En él se puede encontrar la paz personal que tanto elude a gran porcentaje de la población del mundo.

Los acontecimientos que comenzaron en Belén y finalizaron en Jerusalén realmente constituyen el punto central de toda la historia. El humilde nacimiento que conmemoramos fue un preludio a los terribles acontecimientos que transcurrieron en Getsemaní y en el Calvario, y la Navidad adquiere para nosotros un significado aún más profundo cuando recordamos que el ministerio que comenzó en un establo terminó en una tumba vacía.

Cuando expresamos gozosamente nuestro agradecimiento a Dios por el don maravilloso de su Hijo Unigénito, celebramos apropiadamente la Navidad. Los himnos y cánticos navideños son un eco continuo de los coros angelicales que escucharon los pastores.

Nos unimos a Nefi, el profeta de la antigüedad, en proclamar que «nos regocijamos en Cristo». Los justos de la antigüedad aguardaron su llegada con fe y esperanza, y nosotros recordamos con humilde gratitud su ministerio mortal, a la vez que aguardamos también con fe y esperanza el tiempo en que regresará de nuevo.

Rogamos que todos puedan buscar la paz que se encuentra en Cristo; y que todos puedan ver más allá del aspecto comercial y social hacia Aquél cuyo nacimiento celebramos. Entre los muchos países en donde se celebra la Navidad, hay una gran diversidad de tradiciones festivas. Quisiéramos exhortar a todos a seguir la tradición de adorar al Salvador a través del servicio amoroso al prójimo. Que la bondad, el perdón y la rectitud personal que demostró el Salvador sean manifiestos en las vidas de infinidades de personas por todo el mundo. Pues, así como la estrella brillante de Belén guio a los magos al lugar donde se encontraba el Salvador, la vida de personas verdaderamente cristianas puede en la actualidad ser un faro para muchos de los que aún no conocen a su Redentor.

Rogamos fervientemente en esta temporada navideña y siempre que todos puedan encontrar la esperanza y la paz que únicamente se puede recibir por medio de Jesucristo.

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¡Agárrense bien!

¡Agárrense bien!

por el élder James M. Paramore
De los Setenta

El Señor ha establecido normas y límites para nuestra salvación, «…sus sendas son justas. He aquí, la vía para el hombre es angosta, mas se halla en línea recta ante él; y el guardián de la puerta es el Santo de Israel» (2 Nefi 9:41).

Cuando en mi juventud presté servicio misional en París, Francia, tuve, varias oportunidades de subir a la Torré Eiffel, que llega a una altura de 102 pisos.

La construcción de la torre se terminó en 1889, como parte de una exposición internacional. En aquellos pri­meros días, varias personas perdieron la vida porque la valla protectora que cercaba el piso superior no era lo suficientemente alta. Desde aquel entonces, se ha insta­lado otra de vidrio y metal mucho más alta, lo cual hace que sea imposible caerse. Cuando hay viento, la torre puede: oscilar hasta unos sesenta centímetros, y es espe­luznante estar ahí en esos momentos. Sin embargo, ahora los visitantes pueden caminar por la plataforma, mirar hacia el horizonte y tomar fotografías en cualquier direc­ción, sintiéndose seguros gracias a esa valla protectora.

Al igual que esa valla, las reglas establecen límites que nos protegen del daño espiritual y muchas veces del físico. Hay reglas por doquier; las tenemos en todos los aspectos de nuestra vida, desde el momento preciso en que arriba­mos a la tierra; las necesitamos para sentimos seguros, para progresar, para desarrollarnos y para ser felices.

Cuando no hay Barreras

En una ocasión, nuestra hija mayor no recibió el cui­dado apropiado de la persona que estaba encargada de hacerlo y la dejaba gatear por dondequiera. Una día, nuestra hija recibió quemaduras muy graves cuando se fue gateando hasta la parrilla de la chimenea. Aún lleva en la pierna las cicatrices de aquel accidente, y todo a causa de que no había una valla que la protegiera.

Hace un tiempo, vivíamos en una pequeña casa. Cuando la edificaron, se pasaron por alto todas las nor­mas de la construcción de cimientos. Con el tiempo, los pisos se empezaron a cuartear. Cuando mis hijos, que se dedican a la construcción, van a construir una casa, se ajustan estrictamente a las reglas, empezando con la pre­paración y la compresión del terreno antes de dar comienzo a la construcción, lo cual asegura que una vez que la casa esté terminada, resistirá las pruebas del peso y del tiempo.

Libres para Escoger

Mis amigos, el cuerpo espiritual y la mente, al igual que el cuerpo físico, se componen de los elementos con los que se le alimenten. En un viaje que mi esposa y yo hicimos recientemente, tomamos agua a la que no está­bamos acostumbrados y estuvimos enfermos durante varias semanas. La mente también está constituida de aquello con lo que se le alimente, y el espíritu recibe la influencia de las cosas que pongamos en el cuerpo y en la mente.

Recuerden que el cuerpo espiritual del hombre es eterno. Cuando una persona muere, el espíritu se separa del cuerpo físico. Este último queda sin vida, pero el espíritu continúa viviendo, con la esperanza de recibir todas las bendiciones prometidas a aquellos que utilizan su albedrío en esta vida para elegir las normas que nues­tro Padre Celestial ha establecido.

Imaginen el gozo que todos sentimos cuando nos enteramos de que se había creado una tierra muy her­mosa a la cual habríamos de venir. Imaginen también la satisfacción que sentimos al saber que no se nos dejaría sin ninguna regla ni protección mediante las cuales pudiésemos sentimos seguros y protegidos, normas que nuestro Padre Celestial nos daría y que serían pertinen­tes para todos nosotros. Él no nos despojaría de esa pro­tección, aunque sí nos brindaría nuestro albedrío para aceptarla o rechazarla. Él nos proporcionaría Sus sende­ros, Sus normas, Su protección, Su inspiración y direc­ción, y luego nos permitiría ejercer nuestro albedrío para aceptarlos o rechazarlos. El dejaría bien en claro que Sus normas son eternas, inmutables, en las que podemos confiar y sentirnos verdaderamente seguros, al igual que la valla protectora de la Torre Eiffel.

Si permanecemos dentro de los límites prescritos, nos sentiremos seguros, e incluso tendremos paz. Sin embargo, aun así, no se nos obliga a seguirlas. Poseemos nuestro albedrío, ya que como dijo el antiguo profeta Jacob: “…sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable o la vía de la vida eterna” (2 Nefí 10:23).

Una Tecnología Asombrosa

Todo esto me lleva ahora a un punto muy importante. El mundo tecnológico de la actualidad se compone de los adelantos más extraordinarios que jamás se hayan conocido; realzan el conocimiento, el entendimiento y el progreso. Los adelantos en los medios de comunica­ción, por ejemplo, son increíbles, y nos quedamos pas­mados al ver la rapidez con la que surgen estas innovaciones. Yo fui misionero hace cuarenta y cuatro años, y en ese entonces la televisión casi no se conocía. No pasará mucho tiempo hasta que todo tipo de infor­mación relacionada con la televisión, el sonido, el telé­fono y la computadora estarán a nuestro alcance en nuestro propio hogar mediante un sistema especial que consiste de una fibra transparente por la que se transmi­ten imágenes, ¡Qué invento maravilloso para fomentar la educación y la diversión sana!

Pero, a la vez, abrirá las puertas al entretenimiento depravado a través de los videos, de la música y de otras cosas que influirán en nuestra forma de pensar y en las cosas con que alimentemos la mente. Por último, influirá en nuestro espíritu, que es eterno, todo ello en la intimi­dad de nuestro propio hogar. ¿Servirá esto para fortale­cer nuestras normas o para debilitarlas?

Estos adelantos pondrán a prueba nuestro albedrío. ¿Elegiremos las normas de la Iglesia y nos apegaremos a ellas, aun cuando nadie sepa si lo hacemos o no? ¿Lo estamos haciendo hoy día, cuando de un sesenta a un setenta por ciento de las películas y de otro tipo de entretenimiento que se producen contienen materiales adversos a nuestro desarrollo espiritual? Si guardamos las normas del Señor en la actualidad, se nos hará más fácil hacerlo siempre.

Una Norma Clara

En el folleto La fortaleza de la juventud, la Primera Presidencia ha establecido las normas en lo que respecta a los medios de comunicación:

“Nuestro Padre Celestial nos ha aconsejado que como Santos de los Últimos Días busquemos todo lo vir­tuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de ala­banza” (Artículo de Fe 13). Todo lo que lees, escuchas o miras produce una impresión en ti. El entretenimiento público y los medios de comunicación te pueden brindar muchas experiencias positivas: te pueden elevar, inspirar, enseñar principios buenos y morales, y acercarte más a la belleza que ofrece este mundo. Pero también pueden hacer que parezca normal, emocionante y aceptable lo que en realidad es malo e inicuo.

“La pornografía es especialmente peligrosa y adictiva. La exploración curiosa de la pornografía puede conver­tirse en un hábito que te domine y te lleve a buscar material más gráfico y a cometer pecados sexuales. Si continúas viendo pornografía, tu espíritu se volverá insensible y tu conciencia ya no te señalará la diferencia entre el bien y el mal. Causa mucho daño el leer o ver la pornografía, ya que produce pensamientos en tu interior que debilitan la autodisciplina.

“No asistas a ningún tipo de entretenimiento (incluso conciertos, películas y videocasetes) que en algún sentido sean vulgares, inmorales, inapropiados, sugestivos o pornográficos, ni tampoco participes en ellos. La clasifi­cación de las películas y programas de televisión no siempre reflejan correctamente el contenido ofensivo de éstos. No tengas miedo de salir del cine, de apagar las televisión o de cambiar la estación de radio si lo que se está presentando no concuerda con las normas de tu Padre Celestial. Y no leas libros ni revistas ni veas foto­grafías pornográficas o que representen la inmoralidad como algo aceptable.

“En suma, si tienes dudas en cuanto al contenido de alguna película, libro u otra forma de entretenimiento, no la veas, no lo leas, no participes en él” (La fortaleza de la juventud, págs. 11-13).

Mis jóvenes amigos, y todos los miembros, por doquier, a quienes amamos tanto: si nos adherimos a las normas y a los límites ya prescritos, especialmente a los que el Señor ha establecido, éstos serán para nuestra salvación, nuestro gozo y. paz. Son la clave para que realmente lleguemos a conocer a nuestro Padre Celestial y al Salvador, ya que Él es “…el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). De modo que aprendamos en cuanto a Sus normas y límites, y observémoslos, “…venid al Señor, el Santo. Recordad que sus sendas son justas. He aquí, la vía para el hombre es angosta, mas se halla en línea recta ante él; y el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado, pues su nombre es; el Señor Dios” (2 Nefi 9:41). □

Liahona Noviembre 1996

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El Espíritu de Elías

El Espíritu de Elías

por el presidente Gordon B. Hinckley

Me parece un hecho muy significativo que al comenzar esta dispensación se haya predicho la extraordinaria obra de la historia familiar de la Iglesia en la primera visita que Moroni le hizo al joven José Smith, la noche del 21 de septiembre de 1823. En respuesta a la plegaria de José, la habitación de él se llenó de luz hasta que “…quedó más iluminada que al mediodía…” (José Smith, Historia 1:30), y ante él apa­reció, de pie en el aire, un personaje, que se dirigió al jovencito de diecisiete años, llamándolo por su nombre, y le dijo que “…era un mensajero enviado de la presen­cia de Dios, y… se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para [José], y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría [su] nombre para bien y para mal…” (versículo 33).

Habló entonces del registro del Libro de Mormón, y una vez que habló en detalle concerniente a ello, citó del libro de Malaquías, en particular de los últimos dos versículos de ese libro, con ciertas diferencias del len­guaje que aparece en la Biblia.

Él declaró: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor…

“Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (versículos 38—39).

Vuelvo a repetir, mis hermanos y hermanas: me parece algo de suma trascendencia el que esta declara­ción, esta repetición de las maravillosas palabras de Malaquías concernientes a la obra vicaria, se le haya encomendado al joven José Smith cuatro años antes de que se le permitiera sacar las planchas del cerro; le fue dada antes de recibir el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, antes de ser bautizado, y mucho antes de que se organizara la Iglesia.

Eso es una indicación de cuán importante es esta obra en el plan del Señor.

No sería hasta el año 1836 que Elías vendría con las llaves de esa obra, y era muy poco lo que se podría hacer tocante a la misma durante los años subsiguientes. Pero, ¿puede alguien dudar de la importancia que le atribuye el Todopoderoso, quien, en Su infinita sabiduría, tenía un plan mediante el cual todas las bendiciones de la expiación, llevadas a cabo por Su amado Hijo, estarían al alcance de todos los hijos y las hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo? Y, el Señor indicó que sin esta obra, el objetivo principal de crear y procrear la tie­rra se frustraría (véase José Smith, Historia 1:39).

Hoy en día hay en el mundo muchas sociedades genealógicas y de historia familiar, y creo que todas ellas se formaron después de la visita de Elías. Una de las más antiguas y prominentes es la Sociedad Genealógica Histórica de Nueva Inglaterra, organizada en 1844, el año de la muerte del Profeta. Desde entonces, y particu­larmente en años más recientes, se ha despertado en la gente un tremendo interés en la historia familiar. Con el fin de dar lugar a ese crecimiento, se ha expandido el Departamento de Historia Familiar de la Iglesia.

Cuando se organizó la Sociedad Genealógica de Utah en 1894, los miembros de la misma contribuyeron con once tomos de información genealógica. En la actuali­dad, la biblioteca cuenta con doscientos cincuenta y ocho mil tomos, y todos los meses se agregan otros mil a esa colección; además, tiene 1.9 millones de rollos de micropelícula, más cinco mil rollos por mes, llegando así a convertirse en la colección de datos de historia fami­liar más grande del mundo.

Al comienzo del siglo, sólo unas cuantas personas uti­lizaban los modestos recursos de historia familiar de la Iglesia. ¡Cómo han cambiado las cosas! Durante cada uno de los últimos cinco años, más de setecientos cin­cuenta mil investigadores han utilizado la biblioteca principal ubicada aquí, en Salt Lake City, y en más de dos mil seiscientos cincuenta centros de historia familiar diseminados por todo el mundo. Aproximadamente el cuarenta por ciento de las personas que utilizan la biblioteca de historia familiar y el sesenta por ciento de aquellas que utilizan los centros locales no son miembros de la Iglesia. Nosotros proporcionamos un gran servicio a las personas que no son de nuestra fe.

No hay nada sobre la faz de la tierra que se compare a este tesoro de historia familiar. Pienso que el Señor así lo ha señalado. Esta es Su Iglesia que lleva Su nombre, y uno de sus fines es poner la plenitud de las bendiciones que conducen a la vida eterna al alcance de los millones de personas que han pasado por el velo de la muerte.

Hay millones de personas por todo el mundo que están trabajando en registros de historia familiar, ¿por qué? ¿Por qué lo hacen? Creo que es porque se han sen­tido inspiradas por el espíritu de esta obra, algo a lo que llamamos el espíritu de Elías; es el volver el corazón de los hijos a sus padres. La mayoría de ellos no ve ningún propósito en ello, salvo quizás una fuerte y motivadora curiosidad.

Tiene que haber un objetivo en esta tremenda inver­sión de tiempo y de dinero. Ese objetivo, del cual testifi­camos solemnemente, es buscar los datos y los nombres de las personas fallecidas, a fin de que se lleven a cabo las ordenanzas por ellos para su progreso y bendición eternos.

El verdadero objetivo de esta búsqueda de datos y nombres de las personas fallecidas se encuentra única­mente en la Casa del Señor, o sea, en los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Y a medida que la obra de investigación de historia fami­liar sigue adelante y progresa, también aumenta el número de templos. En los últimos doce años, se han construido y dedicado más templos que los que se cons­truyeron y dedicaron previamente en toda la Iglesia. Esta es la gran época de la edificación de templos y de la obra que en ellos se lleva a cabo. En años recientes, se han dedicado varios bellos templos; y hay unos doce más que se están planeando o que se encuentran en diversas etapas de construcción.

Confío en que el Señor nos dirigirá y nos permitirá continuar construyendo estos bellos edificios en tanto sigamos probándonos dignos de ellos. La prueba impor­tante de nuestra dignidad yace en que llevemos a cabo esa investigación que constituye el fundamento de la obra trascendental que se efectúa en los templos.

La obra del Señor es una obra de salvación. ¿Para quién? Mediante la gracia de nuestro Padre Eterno, y sin ningún esfuerzo por parte de las personas que son las beneficiarias de esas bendiciones, el sacrificio expia­torio del Hijo de Dios ha hecho posible que todos nos levantemos de entre los muertos. Y más allá de esto, en virtud de ese divino sacrificio, y mediante Su infinita gracia y bondad, se nos dará a todos la oportunidad de ganar la vida eterna, ya sea mediante el servicio perso­nal o vicario.

Que yo sepa, lo que se lleva a cabo en la Casa del Señor, y que debe ir precedido por la investigación, se asemeja más al espíritu del sacrificio del Señor que cual­quier otra obra. ¿Por qué? Porque la realizan personas que, de buena gana, dan de su tiempo y de sus recursos, sin esperar agradecimiento o recompensa alguna, a fin de hacer por otras personas lo que éstas no pueden hacer por sí mismas.

La misión que tenemos por delante es grandiosa, y la responsabilidad es enorme. En una proclamación al mundo, emitida en 1907, la Primera Presidencia descri­bió esta misión con elocuencia cuando dijo:

“Nuestra causa no es egoísta; nuestro objetivo no es trivial ni sólo para esta tierra; consideramos a la raza humana —pasada, presente y futura—“ como seres inmortales por cuya salvación tenemos la misión de obrar; y a esta obra, tan extensa como la eternidad y profunda como el amor de Dios, nos dedicamos ahora y para siempre” (de James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesús Christ of Latter’day Saints, 6 tomos [1965-1975], 4:155). □

(Adaptado de un discurso pronunciado el 13 de noviembre de 1994 en una transmisión vía satélite en la que se rindió tributo al presidente Howard W. Hunter y se conmemoró el centenario de la Sociedad Genealógica de Utah, precursora del actual Departamento de Historia Familiar.)

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La fortaleza por medio de la obediencia

La fortaleza por medio de la obediencia

por el presidente Thomas S, Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro: «Venid en pos de mi». Y a ustedes y mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: «Sígueme».

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, el Salvador demostró, por medio del ejemplo, Su obe­diencia al decir: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).

El poeta captó el verdadero significado de la búsqueda de la verdad cuando escribió estas líneas inmortales:

¿Qué es la verdad? Es el máximo don
que podría mortal anhelar.
En abismos buscadla, en todo rincón,
o subid a los cielos buscando ese don;
es la mira más noble que hay.

¿Qué es la verdad? Es principio y fin
y sin límites siempre será.
Aunque cielo y tierra dejaran de ser,
la verdad, la esencia de todo vivir,
seguiría por siempre jamás,
(Himnos, número 177).

En una revelación dada al profeta José Smith en Kirtland, Ohio, en mayo de 1833, el Señor declaró:

“…la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser…

“El Espíritu de verdad es de Dios… El [Jesús] recibió la plenitud de la verdad, sí, aun de toda la verdad;

“y ningún hombre recibe la pleni­tud, a menos que guarde sus manda­mientos.

“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glo­rificado en la verdad y sabe todas las cosas” (D.yC. 93:24, 26-28).

No es preciso que en esta era de conocimiento, en que se ha restau­rado la plenitud del evangelio, tanto ustedes como yo tengamos que via­jar por mares o caminos desconoci­dos en busca de la “fuente de la verdad”, ya que un Padre Celestial real nos ha marcado el camino y nos ha brindado un mapa infalible: la obediencia.

Su palabra revelada describe con toda claridad las bendiciones que acarrea la obediencia, y el inevitable dolor y la aflicción que acompañan a la persona que se desvía por los sen­deros prohibidos del pecado y del error.

Con intrepidez, Samuel declaró lo siguiente a una generación que firme­mente se aferraba a la tradición del sacrificio de animales; “…el obedecer es mejor que los sacrificios, y el pres­tar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Los pro­fetas, tanto los antiguos como los de la actualidad, han conocido muy bien la fortaleza que deriva de la obedien­cia. Pensemos en Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado” (1 Nefi 3:7). O la bella descripción que hizo Alma en cuanto a la fortaleza que poseían los hijos de Mosíah: “…se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque eran hombres de sano entendimiento, y habían escu­driñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.

“Más esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de pro­fecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios” (Alma 17:2-3).

En el mensaje de apertura que dirigió a los miembros de la Iglesia en la Conferencia General de abril de 1957, el presidente David O. McKay declaró en forma sencilla pero a la vez poderosa: “Guardad los mandamientos de Dios”. Esa misma exhortación la han hecho los profe­tas que lo han sucedido.

Esa fue la esencia del mensaje de nuestro Salvador cuando El declaró: “Porque todos los que quieran reci­bir una bendición de mi mano han de obedecer la ley que fue decretada para tal bendición, así como sus condiciones, según fueron institui­das desde antes de la fundación del mundo” (D.yC. 132:5).

Nadie puede criticar la declara­ción del Maestro, ya que Sus mismas acciones dieron mérito a Sus pala­bras. El Señor demostró un amor genuino hacia Dios por medio de una vida perfecta, honrando la sagrada misión que debía cumplir. Jamás demostró arrogancia ni vano orgullo. Jamás fue desleal. En todo momento fue humilde; fue siempre sincero y también verídico.

Pese a que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el maestro del engaño, el mismo diablo; pese a que se debilitó física­mente tras haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches ya que tuvo hambre; pese a todo ello, cuando el diablo lo sometió a las más tentadoras propuestas, Él nos puso un ejemplo divino de amor verdadero a Dios al rehusarse a des­viarse de lo que Él sabía que era correcto.

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, en donde fue tal el dolor que Su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a tierra, Él demostró, por medio del ejemplo, Su obediencia como Hijo, al decir: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro; “Venid en pos de mí”. Felipe recibió el mismo mandato; “Venid en pos de mí”. Y al publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, le llegó el llamado: “Sígueme”. Aun a aquel que fue corriendo tras El, un hombre de muchas posesiones materiales, llega­ron las palabras: “Sígueme”. Y a ustedes y a mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: “Sígueme”. ¿Estamos dispuestos a obedecer?

La obediencia es una característica propia de los profetas, pero es preciso que nos demos cuenta de que esa misma fuente de fortaleza está a nues­tro alcance en la actualidad.

Una persona que aprendió muy bien la lección de la obediencia era un hombre bondadoso y sincero, de escasos recursos. Él se unió a la Iglesia en Europa y, después de aho­rrar diligentemente y de sufrir muchas penalidades, emigró a América del Norte, a un nuevo país con un idioma y costumbres diferen­tes, pero a la misma Iglesia, bajo la dirección del mismo Señor en quien había confiado y a quien había obe­decido. Llegó a ser el presidente de una pequeña rama de miembros de la Iglesia que pasaban por circuns­tancias muy difíciles en una ciudad un tanto inhóspita de miles de habi­tantes. Él siguió con exactitud el programa de la Iglesia, a pesar del reducido número de miembros y de la gran cantidad de cosas que había por hacer. A los miembros de esa rama les dio el ejemplo de lo que es una persona verdaderamente cris­tiana, y éstos respondieron con un amor que no se ve con mucha frecuencia.

Él se ganaba la vida como comer­ciante de productos al por menor; sus posesiones materiales eran limi­tadas, pero siempre pagó más de una décima parte del total de sus ingre­sos como diezmo. En la pequeña rama que administraba estableció un fondo misional, y durante varios meses, él fue el único contribuyente.

Él era como un padre para los misioneros que laboraban en esa ciudad, les daba de comer, y ellos nunca se iban de la casa sin que él les diera algo que les sirviera en su obra y que fuera para su bienestar. Los miembros de la Iglesia de lugares lejanos que pasaban por la ciudad y visita­ban la rama siempre recibían la hos­pitalidad y la calidez del espíritu de ese hermano, y se iban de ahí con el firme sentimiento de que habían conocido a un hombre especial, a un siervo obediente del Señor,

Los líderes que lo presidían reci­bían su profundo respeto y cuidado especial; él los consideraba como emisarios del Señor y hacía cual­quier cosa que ellos le mandaran. El ayudaba a satisfacer las necesidades físicas de esos hermanos, y muchas veces, las oraciones fervientes que ofrecía eran para suplicar por el bienestar de ellos. Un día de reposo, varios líderes de la Iglesia que visita­ban la rama participaron con él en más de una docena de oraciones que se pronunciaron en diversas reunio­nes y visitas a los miembros. Al final del día, ellos se fueron de ahí con un sentimiento de regocijo que les hizo más ameno aquel viaje de cuatro horas en condiciones típicas del invierno, y que ahora, cuando piensan en ello, después de tantos años, les alienta el espíritu y les ale­gra el corazón.

Los hombres educados y de expe­riencia buscaban a ese hombre de Dios, humilde y sencillo, y se consi­deraban afortunados si les era posi­ble pasar una hora con él. Tenía la apariencia de un hombre común, no hablaba mucho inglés y era un tanto difícil entenderle; su hogar era modesto; no tenía automóvil ni tele­visión, no escribió libros ni predicó sermones ilustres, ni hizo ninguna de las cosas que por lo general cap­tan la atención de la gente del mundo. Sin embargo, los fieles acu­dían a su puerta. ¿Por qué? Porque deseaban beber de la “fuente de la verdad”. No era tanto lo que ese hombre decía, sino lo que hacía; no era la esencia de los sermones que predicaba, sino la fortaleza de la vida que llevaba.

El saber que de buena gana y en forma regular un hombre pobre le daba al Señor por lo menos el doble del diezmo, les permitía a los demás obtener una perspectiva más clara del verdadero significado del diezmo. El verlo ministrar al necesi­tado y dar albergue al desvalido, les hacía saber que él lo hacía como si hubiera sido para el Maestro. El orar con él y sentir la seguridad que él tenía de que recibiría la ayuda divina era experimentar un nuevo medio de comunicación.

Bien podría haberse dicho que él guardó el primer y grande manda­miento, y el segundo, que es seme­jante, que sus entrañas estaban llenas de caridad hacia todos los hombres, que la virtud engalanaba sus pensamientos incesantemente, y que, por consiguiente, su confianza se fortalecía en la presencia de Dios (véase D, y C. 121:45), Ese hombre poseía el brillo de la bondad y el res­plandor de la rectitud. Su fortaleza provenía de la obediencia.

La fortaleza que diligentemente buscamos hoy día para hacer frente a los desafíos de un mundo complejo y cambiante puede ser nuestra si, con entereza y valor, estamos dispuestos a declarar junto con Josué: “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). □

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El gozo de Dar

El gozo de Dar

por el élder Henry B. Eyring
del Quorum de los Doce Apóstoles

Siempre he soñado con ser especialista en hacer regalos. Me imagino a alguien abriendo un regalo que yo le haya hecho, con lágrimas de gozo y una sonrisa, demostrando así que no sólo el regalo sino también mi acción de regalar le ha tocado el corazón. Estoy seguro de que otras personas también sueñan con eso, y segura­mente muchas son ya expertas en el arte de regalar. Pero quizás incluso los expertos compartan algo de la curiosidad que yo ciento por saber qué es lo que hace que un regalo sea perfecto.

Toda mi vida he estado rodeado de expertos en hacer regalos, y aun­que ninguno me ha enseñado nunca cómo hacerlo, he observado y desa­rrollado una teoría; ésta ha surgido rememorando muchos regalos y muchos días festivos, pero el recuerdo de un día y de un regalo particular lo ilustra a la perfección.

El día no estaba ni cerca de la Navidad, sino que era un día de verano. Mi madre había muerto esa tarde, temprano; mi padre, mi her­mano y yo habíamos regresado del hospital a casa, los tres solos. Después, nos preparamos una merienda sencilla y más tarde recibi­mos algunas visitas; pasó el tiempo, llegó el anochecer y me acuerdo de que ni siquiera nos dimos cuenta de encender las luces.

Alguien tocó el timbre y papá abrió la puerta. Eran la tía Catherine y el tío Bill, y vi que él tenía en la mano un frasco de cere­zas; todavía tengo un claro recuerdo de esas cerezas maduras, de un color rojo casi púrpura, y la tapa brillante y dorada del frasco. El tío Bill dijo, señalando las cerezas: “Pensamos que les gustarían, Seguramente no habrán comido nada de postre”.

No, no habíamos comido postre. Los tres nos sentamos alrededor de la mesa, nos servimos unas cerezas y las comimos, mientras los tíos reco­gían unos platos sucios y los lava­ban. El tío Bill nos dijo: “¿Hay algunas personas a las que todavía no se les haya avisado? Denme los nombres y yo les avisaré”. Le dijimos de unos cuantos parientes a quienes debíamos darles la noticia de la muerte de mamá. Cuando quisimos acordar, los tíos ya se habían ido; no deben de haber estado con nosotros más de veinte minutos.

Mi teoría será más fácil de entender si nos concentramos en un regalo; el frasco de cerezas; y quiero explicarla desde el punto de vista del que recibió el regalo; yo mismo. Esto es fundamental, puesto que lo que realmente importa con respecto a la acción del que hace el regalo es lo que siente el que lo recibe.

En mi opinión, el hacer y el reci­bir un regalo siempre se componen de tres partes, que son las siguientes, según lo ilustra aquel que recibí en un atardecer de verano:

Primero, supe que mis tíos habían percibido lo que yo sentía y que eso los había conmovido. Al recordarlo todavía me emociono. Deben de haber pensado que estaríamos muy cansados para prepararnos comida, y que tal vez un plato de cerezas enva­sadas en casa nos harían sentir, aun­que fuera un momento, que éramos otra vez una familia. El solo hecho de saber que alguien había compren­dido lo que yo sentía tuvo para mí mucho más significado que las cere­zas en sí. Se me ha olvidado el sabor de las frutas, pero en cambio recuerdo que alguien percibió los sentimientos que me abrumaban el corazón y se ocupó de mí.

Segundo, sentí que el regalo era sincero y generoso. Sabía que el tío Bill y la tía Catherine habían deci­dido de buena voluntad ir a llevár­noslo, que no lo hacían para recibir nada a cambio, sino que parecería que el hacerlo les causaba gozo.

Y tercero, había en el regalo un elemento de sacrificio. Habrá quien piense: “¿Cómo podían sentir gozo si era un sacrificio?” Y bien, el sacri­ficio estaba a la vista. Yo sabía que mi tía había envasado esas cerezas para su familia, porque de seguro les gustaban; no obstante, tomó lo que a ellos les causaría placer y me lo dio a mí. Eso es un sacrificio y desde entonces he llegado a comprender este concepto maravilloso: el tío Bill y la tía Catherine deben de haber pensado que tendrían mayor placer si yo me comía las cerezas que si se las comían ellos. Fue un sacrificio, pero se hizo a cambio de una recompensa más grande para ellos: mí felicidad. Cualquiera puede dar a conocer a la persona que recibe un regalo el sacrificio que éste haya sig­nificado para el dador, pero sólo el experto puede hacemos sentir en el corazón que ese sacrificio trae gozo al que hizo el regalo porque bendice al recipiente.

Así que ésa es mi teoría. El arte de hacer regalos encierra tres ele­mentos: se siente lo que siente la otra persona, se da con sinceridad y generosidad, y se considera que el sacrificio es una bendición para el que lo hace.

Ahora bien, no será fácil emplear mi teoría para lograr gran progreso en nuestra presentación de obse­quios esta Navidad; el aprender a conmoverse con lo que piensen o sientan los demás requerirá cierta práctica y más de una ocasión fes­tiva. Y el aprender a dar generosa y sinceramente, considerando que el sacrificio es un gozo, llevará un tiempo. Pero en esta Navidad pode­mos empezar por lo menos siendo buenos recibidores. Según lo que percibamos, podemos hacer que los demás lleguen a ser expertos en el arte de regalar; y por lo que perciba­mos en lo que se nos regale, pode­mos hacer que cualquier obsequio sea mejor. Por otra parte, si no somos capaces de percibir el verda­dero intento detrás de lo que se nos regale, podemos hacer que cualquier regalo sea un fracaso. El arte de regalar incluye tanto al dador como al recibidor. Espero que empleemos esta teoría no para criticar los rega­los que recibamos o hagamos este año, sino para observar cuántas veces se comprende lo que llevamos en el corazón y cuántos regalos se hacen gozosamente, aun cuando impliquen un sacrificio.

No obstante, nos es posible hacer algo esta Navidad para perfeccionar el arte de regalar: podemos empezar a poner en reserva algunos regalos —grandes regalos— para futuras Navidades.

En una clase de religión que daba en el Colegio Ricks [estado de Idaho], estaba un día enseñando la sección 25 de Doctrina y Convenios, en la cual se le dice a Emma Smith que debe dedicar “tiempo a escribir, y a aprender mucho” (D. y C. 25:8). En una de las filas del frente había una mujer de cabello rubio que frunció el ceño ante mi insistencia en que los alum­nos desarrollaran su habilidad de escribir; después levantó la mano y me dijo: “Eso me parece poco dotado de razón. Lo único que escribiré yo en toda mi vida serán cartas a mis hijos”. Sus palabras provocaron risas.

A continuación, un joven que estaba atrás se puso de pie; no había hablado mucho desde que habían empezado las clases; era mayor que los demás estudiantes y se notaba que era tímido. Me pidió permiso para hablar, y procedió a contar sosegadamente que había sido sol­dado en la guerra de Vietnam. Contó que un día había puesto a un lado el rifle para dirigirse a través del recinto cercado adonde estaban entregando la correspondencia; en el momento en que le pusieron una carta en las manos, oyó un toque de clarín y los disparos de rifle proce­dentes del enemigo que atacaba por todos lados. Corrió hacia donde había dejado el arma, empleando las manos para defenderse y, junto con los otros sobrevivientes entre todos hicieron huir al enemigo; a conti­nuación, sacaron a los heridos. Después, se sentó entre los que habían quedado con vida, y entre algunos muertos, y abrió la carta para leerla.

Era de su madre, y en ella le contaba que había tenido una experiencia espiritual que le había hecho saber que, si él guardaba su rectitud, viviría y regresaría a su hogar. El muchacho dijo serena­mente a la clase: “Esa carta fue escritura para mí. Y la guardé”. Luego volvió a sentarse.

Si ustedes todavía no tienen hijos, probablemente los tendrán algún día. ¿Pueden imaginar sus ros­tros? ¿Los ven enfrentando un día una situación de gran peligro en algún lugar? ¿Se imaginan el temor que les oprimirá el corazón? ¿Estarían dispuestos a dar, sincera y generosamente? ¿Qué sacrificio ten­drían que hacer para escribir la carta que desearían enviarles enton­ces? No les será posible hacer ese sacrificio si apenas empiezan un poco antes de que llegue el cartero; ni tampoco podrán hacerlo en un día ni en una semana. Tal vez les lleve años, pero pueden empezar a prepararse ahora; un buen sistema para lograr esa preparación es llevar un diario personal. Y no les pare­cerá un sacrificio si se imaginan a esos hijos, si perciben sus sentimien­tos y meditan sobre el tipo de cartas que les harán falta.

Hay otro regalo que quizás algu­nos queramos hacer y para el que es necesario empezar a prepararse temprano. Siendo obispo, lo vi una vez en sus comienzos. Un joven estudiante, sentado frente a mí, me habló de los errores que había cometido; me dijo cuánto deseaba que los hijos que tal vez trajera al mundo algún día tuvieran un padre que pudiera ejercer el sacerdocio y a quien estuvieran sellados para la eternidad, Agregó que sabía bien que el precio y el dolor del arrepen­timiento podían ser grandes; y des­pués dijo algo que nunca olvidaré:

“Obispo, quiero regresar. Haré cual­quier cosa que se me exija, pero quiero regresar”. Sentía pesar, tenía fe en Cristo, pero aun así, lograr su meta le llevó meses de doloroso esfuerzo.

Y sin embargo, en esta Navidad, en alguna parte, hay una familia cuyo padre fue una vez aquel joven estudiante, mas ahora posee el sacerdocio; una familia con esperan­zas eternas, que goza de paz en la tierra. Posiblemente él les dé a todos muchas clases de regalos envueltos en papel de colores brillantes, pero ninguno tendrá la importancia de aquel que empezó a preparar ese día en mi oficina. Ya entonces percibía las necesidades de los hijos con los que apenas soñaba, y estuvo dis­puesto a empezar a preparar su regalo temprano y generosamente; sacrificó su orgullo, su inercia, su falta de consideración. Estoy seguro de que ahora lo que hizo no le pare­cerá un sacrificio.

No obstante, tengamos en cuenta que él pudo hacer ese regalo por causa de otros regalos que se nos hicieron hace mucho tiempo: Dios el Padre nos dio a Su Hijo, y Jesucristo nos dio la Expiación, rega­los de profundidad y valor indescrip­tibles para nosotros.

Jesús nos hizo a todos Su regalo con abnegación y buena voluntad. Estas son Sus palabras:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar…

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo…” (Juan 10:17-18).

Testifico que el aceptar ese regalo que Él nos dio con un sacrificio infi­nito produce gozo al Dador. Jesús mismo enseñó:

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepen­timiento” (Lucas 15:7).

Si eso les emociona como a mí, tal vez quieran hacerle un regalo al Salvador. Pero Él lo tiene todo ¿ver­dad? En realidad, no. No nos tiene a todos de regreso junto a Él para la eternidad, al menos no por ahora. Espero que lo que Él siente nos con­mueva, hasta el punto de que poda­mos percibir cuán grandes son Sus deseos de que cada uno de nosotros regrese a Su presencia. Ése es un regalo que no podemos hacerle en un día ni en una Navidad; en cam­bio, nos es posible demostrarle a partir de hoy que estamos en el camino de regreso.

Si ya lo hemos hecho, todavía nos queda algo para regalarle: A nuestro alrededor, hay seres a los que Él ama y a quienes desea ayu­dar… valiéndose de nosotros.

Una de las señales más seguras de que las personas han aceptado el regalo de la expiación del Salvador es la disposición a dar. Parece que el proceso de purificar nuestra vida nos hace más sensibles, más generosos, más complacidos de poder compartir algo que tiene para nosotros una importancia tan fundamental. Supongo que ésa debe de haber sido la razón por la cual el Salvador uti­lizó el ejemplo del arte de regalar para describir a aquellos que al fin regresarán al hogar donde Él está:

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para voso­tros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cár­cel, y vinisteis a mí…

“…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:34-36, 40).

Y me imagino que ése es el mejor efecto de recibir grandes regalos: despierta en nosotros el deseo de hacer regalos, buenos regalos. Toda mi vida he sido bendecido por rega­los así, y lo reconozco.

Varios de esos regalos se dieron mucho tiempo atrás. Nos acercamos al aniversario del nacimiento del profeta José Smith, el 23 de diciem­bre. Él dio su gran talento y su vida para que el Evangelio de Jesucristo fuera restaurado. Mis propios ante­pasados abandonaron su tierra natal y sus costumbres para abrazar ese evangelio restaurado, quizás más por mí que por ellos mismos.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer para apreciar un regalo recibido y hacer la Navidad más feliz para alguien? “…De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).

Ruego que demos generosa y sin­ceramente. Ruego que podamos conmovernos con los sentimientos de los demás, que demos sin sentir­nos obligados a hacerlo ni esperar recompensa, y que sepamos que el sacrificio se nos hará dulce si ateso­ramos el gozo que lleve al corazón de otra persona. □

Liahona Diciembre 1996

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La gratitud: un principio salvador

La gratitud:
un principio salvador

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Diciembre 1996

«Entonces uno de ellos [un leproso], viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, «y se postró… a sus pies, dándole gra­cias…» (Lucas 17:15-16).


Quisiera hablar sobre la gratitud como una expresión de fe y como un principio salvador. El Señor ha dicho: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos” (D. y C. 59:21). Para mí es obvio que este pasaje de las Escrituras nos dice que el dar “…las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7) es más que una cortesía; es un mandamiento.

Una de las ventajas de haber vivido mucho tiempo es que podemos recor­dar a menudo las épocas en que hemos pasado por situaciones peores que las de ahora. Estoy agradecido por haber vivido lo suficiente para conocer algu­nas de las bendiciones que provienen de la adversidad. Recuerdo la época de la Gran Depresión en los Estados Unidos, cuando teníamos ciertos valores grabados en nuestra alma. Uno de esos valores era la gratitud por lo que teníamos, ya que nuestras’ posesiones eran muy pocas. Para poder sobrevivir tuvimos que aprender a llevar una vida próvida. Esa situación, en lugar de crear en nosotros un sentimiento de envidia o enojo por lo que no teníamos, hizo que muchos desarrollaran un espíritu de agradecimiento por las escasas y sencillas cosas con las que habíamos sido bendecidos, como el pan casero recién horneado y los cereales, y muchas otras cosas.

Otro ejemplo: recuerdo a mi querida abuela, Mary Caroline Roper Finlinson, haciendo jabón casero en la granja; su receta incluía grasa animal, una pequeña parte de lejía como detergente y cenizas de leña como abrasivo. El jabón tenía un aroma extraño y era casi tan duro como un ladrillo. No había dinero para comprar un jabón suave y perfumado. En la granja había mucha ropa llena de tierra y transpirada que lavar y muchos cuerpos que necesitaban desesperadamente el baño del sábado por la noche. Si había necesidad de bañarse con el jabón hecho en casa, las personas salían impecables pero olían peor que antes del baño. Como ahora uso el jabón más que cuando era niño, be desarrollado un sentido diario de agradecimiento por su aroma delicado.

Es muy lamentable el que, en nuestra época, no sepa­mos agradecer las muchas cosas que disfrutamos. Esto lo dijo el Señor: “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). El apóstol Pablo describió nuestros días al indicar a Timoteo que en los últimos días “…habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos” (2 Timoteo 3:2). Esos pecados son compañeros insepara­bles y la ingratitud es lo que nos hace susceptibles a ellos.

La historia del samaritano agradecido tiene un gran significado. Cuando el Salvador pasaba entre Samaría y Galilea, “…al entrar en una aldea, le salieron al encuen­tro diez hombres leprosos… los cuales alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Y Jesús les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes.

“…Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
“y se postró… a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fue­ron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:12-19).

En esa época la lepra era una enfermedad tan repulsiva que a los afectados no se les permitía por ley acercarse a Jesús. Se esperaba que los que sufrían esa horrible enfermedad agonizaran juntos compartiendo su desgracia (véase Levítíco 13:45-46). El afligido clamor: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” tuvo que haber llegado al corazón del Salvador. Una vez que fueron sana­dos y recibieron la aprobación de los sacerdotes de que ya eran limpios y aceptables ante la sociedad, debieron de haberse regocijado y sorprendido, y el hecho de haber recibido tan grande milagro tuvo que haberlos dejado muy satisfechos; sin embargo, olvidaron a su benefactor. Es difícil entender por qué fueron tan desagradecidos. Tal ingratitud es egoísta; es una forma de orgullo. ¿Cuál es el significado de que el único que regresó para agradecer era samaritano? Al igual que la historia del buen samaritano, la experiencia parece demostrar que aquellos que están en un estado económico o social inferior a menudo se elevan mostrándose muy nobles y capaces de asumir grandes responsabilidades.

Además de la gratitud personal como un principio de salvación, quisiera expresar lo que siento con respecto a la gratitud que debemos tener por las muchas bendicio­nes que disfrutamos.

Aquellos de entre vosotros que se han unido a la Iglesia en esta generación se han hermanado con un pueblo entre quienes hay muchos que tienen una gran herencia de sufrimiento y sacrificio. Ese sacrificio se transforma también en herencia suya, porque es la herencia de un pueblo con faltas e imperfecciones, pero con un propósito grande y noble. Ese propósito es ayu­dar a todo el género humano a entender en forma dulce y pacífica quiénes son, a sentir amor por sus semejantes y a tomar la determinación de guardar los mandamien­tos de Dios. Este es el llamado sagrado del evangelio; es la esencia de la adoración.

No hay duda de que necesitamos estar informados en cuanto a lo que sucede en el mundo; pero los medios modernos de comunicación traen a nuestros hogares una avalancha de violencia y desdicha humana, y llega el momento en que necesitamos encontrar una renova­ción espiritual pacífica.

Reconozco con gran agradecimiento la paz y la satis­facción que podemos encontrar en el nido espiritual de nuestro hogar, en nuestras reuniones sacramentales y en nuestros templos sagrados. En estos lugares serenos, nuestra alma descansa y sentimos lo que se siente al vol­ver a casa después de una larga ausencia.

Tiempo atrás estuve en el reino de Tonga. El presi­dente de la Estaca Nuku’alofa Tonga Sur, Penisimani Mu ti, preparó en el centro de estaca una noche de hogar con música y mensajes de inspiración. La reunión era en honor de su Majestad el rey Taufa’ahau Tupou Cuarto, monarca de Tonga. El rey, su hija y sus nietas amable­mente aceptaron la invitación, al igual que muchos nobles y representantes diplomáticos que se encontra­ban en Tonga. Nuestros miembros presentaron un pro­grama hermoso con cantos y versos. Una de las nietas del rey cantó una canción titulada “Cuánto amo a mi abuelo”. Al finalizar se invitó al élder Sonnenberg y a mí a decir unas breves palabras a la congregación, lo cual hicimos gozosamente.

Al terminar el programa, y haciendo caso omiso del protocolo, el rey vino a saludarnos a nosotros y a nues­tras respectivas esposas en señal de agradecimiento por la actuación de sus súbditos miembros de la Iglesia. El protocolo social se observa en muchos lugares, pero las expresiones de bondad son adecuadas universalmente.

Parece que en nuestro interior se libra una lucha entre los distintos rasgos de carácter, lo cual no permite que en nuestra alma haya un lugar vacío: si en ésta no hay agradecimiento o éste desaparece, a menudo se reemplaza con la rebelión. No hablo de rebelión en contra de la opresión civil; me refiero a la rebelión en contra de la limpieza moral, de la belleza, de la decencia, de la honradez, de la reverencia y del respeto por la autoridad paterna. Un corazón agradecido es el comienzo de la grandeza. Es una expresión de humildad. Es el fundamento para que se desarrollen virtudes como la oración, la fe, la valentía, el contentamiento, la felici­dad, el amor y el bienestar.

Pero hay una verdad indiscutible asociada con todo tipo de fortaleza humana: “Usalo o piérdelo”. Cuando no se utilizan, los músculos se debilitan, las habilidades se deterioran y la fe desaparece. El presidente Thomas S. Monson, en aquel entonces miembro del Quorum de los Doce Apóstoles, declaró: “Piensa en agradecer. En estas tres palabras está la fórmula del matrimonio feliz, de la amistad duradera y de la felicidad personal” (Pathways to Perfection [1973], pág. 254). El Señor dijo: “Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

Estoy agradecido por la gente de esta tierra que ama y aprecia a los niños pequeños. Hace algunos años, ya entrada la noche, me encontraba en un avión lleno de pasajeros, volando desde la Ciudad de México basta Culiacán. Los asientos del avión eran algo estrechos y todos estaban ocupados, la mayoría con la agradable gente de México. En todas partes había paquetes y male­tas de todo tamaño. Una mujer joven apareció en el pasillo con cuatro pequeños, el mayor de unos cuatro años y el menor un recién nacido. Además tenía una bolsa con pañales, un coche plegadizo para bebé y algu­nos paquetes. Los niños estaban cansados, llorando e inquietos. Al encontrar su asiento en el avión, los demás pasajeros a su alrededor, tanto hombres como mujeres, se levantaron de inmediato para ayudarle y pronto los niños sintieron el amor y la tierna atención de los pasa­jeros. Pasaron de brazo en brazo por todo el avión y el resultado fue un avión lleno de niñeras y niñeros. Los niños se calmaron en los brazos de los que los cuidaban y poco después se quedaron dormidos. Lo más admirable fue ver a algunos de los hombres, que obviamente eran padres o abuelos, mecer y acariciar con ternura al recién nacido. La madre estuvo liberada del cuidado de los niños durante la mayor parte del vuelo. ¡Lo único que no me gustó fue que nadie me pasó al niñito a mí! Volvía aprender que el aprecio y la bondad hacia los niños es una expresión del amor que el Salvador tiene por ellos.

¿Cómo podemos pagar nuestra deuda de gratitud por la herencia de fe demostrada por los pioneros de muchos países a través del mundo, que se sacrificaron y lucharon por que el evangelio echara raíces? ¿Cómo expresar el agradecimiento a los intrépidos pioneros de los carros de mano que arrastraron en esos carros a través de las pra­deras y de la nieve en las altas montañas sus escasas posesiones a fin de escapar de la persecución y encontrar la paz para adorar tranquilos en estos valles? ¿Cómo pueden pagar los descendientes de los que atravesaron las llanuras en las compañías de carros de mano la fe de sus antepasados?

Una de esas almas intrépidas fue Emma Batchelor, una joven inglesa que viajaba sin su familia. Salió con la compañía de carros de mano de Willie, pero al llegar al Fuerte Laramie (en el estado de Wyoming), se les ordenó alivianar las cargas. A Emma se le pidió que dejara su cofre de cobre en el que guardaba todas sus pertenencias. Emma rehusó hacerlo y se sentó sobre su cofre a la orilla del camino; sabía que la compañía de Martin pasaría dentro de unos días. Cuando la compañía de Martin la encontró, se unió a la familia de Paul Gourley.

Muchos años más tarde un hijo de esa familia escri­bió: “Aquí se unió a nuestra familia la hermana Emma Batchelor; cosa que nos alegró porque ella era joven y fuerte, y significaba más harina para nuestro grupo”. Fue entonces cuando la hermana Gourley dio a luz un hijo y Emma actuó como partera y cargó a la madre y al hijo en el carro de mano, que luego ayudó a tirar durante dos días, mientras se reponía la madre.

Aquellos que murieron mientras viajaban con la com­pañía de Martin fueron relevados misericordiosamente de los sufrimientos que experimentaron otros viajeros que resultaron con pies, orejas, narices o dedos congelados, los que más tarde les tuvieron que amputar. Sin embargo, Emma, que entonces tenía veintiún años de edad, fue una de las afortunadas y superó todas las pruebas.

Un año más tarde conoció a Brigham Young, quien se sorprendió al verla que no tenía ninguna mutilación, y ella le dijo: “Hermano Young, yo no tenía a nadie que me cuidara ni que se preocupara de mí, así es que decidí cuidarme a mí misma. Yo fui la que reclamó cuando el hermano Savage nos advirtió no viajar en esas circunstancias, y me equivoqué en eso, pero traté de compensar mi equivocación. Cada día tiré del carro cuando me tocaba mi turno; cuando llegábamos a un arroyo me sacaba los zapatos, los calcetines y la falda y los ponía sobre el carro, y cuando llegaba al otro lado con el carro, regresaba a buscar a Pablito para cargarlo sobre mi espalda. Luego me sentaba, me frotaba muy fuerte los pies con una bufanda de lana y me ponía los zapatos y los calcetines secos”.

Los descendientes de esos pioneros pueden saldar parcialmente esa deuda siendo fieles a la causa por la cual sus antepasados sufrieron tanto.

Como en todos los mandamientos, la gratitud es la descripción de un modo de vivir que da resultados. El corazón agradecido abre los ojos a una multitud de ben­diciones que nos rodean. El presidente J, Reuben Clark, anteriormente el Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Aferraos a las bendiciones que Dios os ha dado; vuestra tarea no es ganarlas, ya están aquí; vuestra tarea es apreciarlas” (Church News, 14 de junio de 1969, pág. 2), En esta época navideña, espero que podamos cultivar corazones agradecidos para apreciar la multitud de bendiciones que Dios con tanta bondad nos ha concedido. Ruego que sepamos expresar abierta­mente tal gratitud a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes. □

Liahona Diciembre 1996

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Asombro me da el amor que me da Jesús

Asombro me da el amor que me da Jesús

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso dado a los obreros del Templo de Salt Lake el 24 de noviembre de 1985.

Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Él fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra.

Uno de nuestros himnos favoritos comienza con las palabras “Asombro me da”1. Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Nos asombra el papel que desempeñó en la vida preterrenal como el gran Jehová, agente de Su Padre, Creador de la tierra, guardián de toda la familia humana. Nos asombra Su venida a la tierra y las circunstancias que acompañaron Su advenimiento.

Nos asombra saber que cuando tenía sólo doce años, ya estaba en los negocios de Su Padre. Nos asombran el comienzo formal de Su ministerio, Su bautismo y Sus dones espirituales.

Nos asombra que Jesús echaba fuera y vencía las fuerzas del mal dondequiera que iba, incluso que hacía que el cojo caminara, que el ciego viera, que el sordo oyera y que el enfermo sanara. Al meditar en el ministerio del Salvador, me pregunto: “¿Cómo lo hizo?”.

Él perdona

Lo que más me asombra es el momento en que Jesús, después de haber sufrido intensa agonía al llevar encima Su gran carga hacia la cima del lugar llamado de la Calavera, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Si hay un momento que verdaderamente me causa asombro, es éste. Cuando pienso en Él, soportando el peso de todos nuestros pecados y perdonando a aquellos que lo clavaron en la cruz, mi pregunta no es: “¿Cómo lo hizo?”, sino “¿Por quélo hizo?”. Cuando llevo a cabo un examen crítico de mi vida y la comparo con la de Él, una vida llena de misericordia, me doy cuenta de que no hago todo lo que debería para seguir al Maestro.

Para mí, esto constituye un asombro superior a cualquier otro. Me asombra muchísimo Su habilidad de sanar a los enfermos y de levantar a los muertos, pero yo también, en cierta medida, he tenido alguna que otra experiencia en sanar. A pesar de que ninguno de nosotros es tan digno como Él, todos hemos sido testigos, una y otra vez, de los milagros del Señor en nuestra propia vida, en nuestro propio hogar y con nuestra propia porción del sacerdocio. Pero ¿Misericordia? ¿Perdón? ¿Expiación? ¿Reconciliación? Las más de las veces, eso es otra cosa.

¿Cómo pudo perdonar a los que lo atormentaban en ese momento? Aun padeciendo todo ese dolor, con la sangre que le brotaba por cada poro, seguía pensando en otras personas. Ésta es todavía otra evidencia asombrosa de que en verdad es perfecto y que espera que nosotros también lo seamos. En el Sermón del Monte, antes de declarar que la perfección es nuestra meta, mencionó un último requisito; dijo que todos debemos amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien a los que nos aborrecen, y orar por los que nos ultrajan y nos persiguen” (véase Mateo 5:44).

Ésa es una de las cosas más difíciles de hacer.

Jesucristo fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra. Él es la única persona de todo el mundo, desde Adán hasta este momento, que merecía adoración, respeto, admiración y amor; sin embargo, lo persiguieron, lo abandonaron y lo mataron. Pese a todo eso, no condenó a los que lo persiguieron.

Él es el sacrificio perfecto

Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron expulsados del Jardín de Edén, el Señor les mandó que “adorasen al Señor su Dios y ofreciesen de las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor” (Moisés 5:5). El ángel le dijo a Adán: “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:7).

El sacrificio servía como recordatorio constante de la humillación y del sufrimiento que el Hijo soportaría para rescatarnos. Era un recordatorio constante de la mansedumbre, la misericordia y la bondad, sí, el perdón que habría de marcar la vida de todas las personas cristianas. Por todas estas razones y otras más, se ofrecían las primeras crías de esos corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

En nuestra dispensación, participamos de la Santa Cena: una ofrenda simbólica que refleja nuestro corazón quebrantado y nuestro espíritu contrito (véase D. y C. 59:8). Al participar, prometemos “recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos…, para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77).

Los símbolos del sacrificio del Señor, ya sea en los días de Adán o en los nuestros, tienen el objetivo de ayudarnos a recordar que debemos vivir de manera pacífica, obediente y misericordiosa. Estas ordenanzas sirven para ayudarnos a recordar que debemos ser ejemplos del evangelio de Jesucristo al mostrar longanimidad y bondad a nuestro prójimo, tal como Él nos lo demostró en la cruz.

Sin embargo, a través de los siglos, muy pocos de nosotros hemos usado estas ordenanzas de la manera apropiada. Caín fue el primero en ofrecer una ofrenda inaceptable. Tal como el profeta José Smith observó: “Abel ofreció a Dios un sacrificio aceptable de las primicias del rebaño. Caín ofreció del fruto de la tierra, y no fue aceptado porque… no podía ejercer una fe que se opusiera al plan celestial. Para expiar por el hombre, era necesario el derramamiento de la sangre del Unigénito, porque así lo disponía el plan de redención; y sin el derramamiento de sangre no había remisión; y en vista de que se instituyó el sacrificio como símbolo mediante el cual el hombre habría de discernir el gran Sacrificio que Dios había preparado, no se podría ejercer la fe en un sacrificio contrario, porque la redención no se pagó de esa manera, ni se instituyó el poder de la Expiación según ese orden… Ciertamente, verter la sangre de un animal no beneficiaría a nadie, a menos que se hiciese como imitación o símbolo o explicación de lo que se iba a ofrecer por medio del don de Dios mismo”2.

Asimismo, muchas personas en nuestros días, al estilo de Caín, regresan a su hogar después de participar de la Santa Cena y discuten con algún integrante de la familia, mienten, engañan o se enojan con un vecino.

Samuel, un profeta de Israel, habló acerca de lo inútil que es ofrecer un sacrificio sin hacer honor al significado de ese sacrificio. Cuando Saúl, rey de Israel, desafió las instrucciones del Señor al llevar consigo, de los de Amalec, “lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová [su] Dios”, Samuel exclamó: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:15, 22).

Saúl ofreció un sacrificio sin comprender el significado de él. Los Santos de los Últimos Días que asisten fielmente a la reunión sacramental, pero que no por ello tienen más misericordia, paciencia o disposición a perdonar, se parecen en mucho a Saúl; participan de las ordenanzas sin llegar a comprender el propósito por el cual se establecieron, el cual es ayudarnos a ser obedientes y mansos al buscar el perdón de nuestros pecados.

La manera de recordar Su sacrificio

Hace muchos años, el élder Melvin J. Ballard (1873–1939) enseñó que Dios “es un Dios celoso; celoso, no sea que [alguna vez] hagamos caso omiso y olvidemos y consideremos sin importancia el mayor don que nos dio”3: la vida de Su Hijo Primogénito.

Entonces, ¿cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos?

Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

“‘Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo’ (Gálatas 6:2) [nos manda Pablo]… La ley de Cristo, con la cual es nuestro deber cumplir, es llevar la cruz. La carga de mi hermano, que yo debo sobrellevar, no es sólo su situación [y circunstancia] externa… sino, literalmente, su pecado; y la única manera de sobrellevar ese pecado es perdonarlo… El perdón implica un sufrimiento semejante al de Cristo, el cual todo cristiano tiene el deber de sobrellevar”4.

Sin duda, la razón por la cual Cristo dijo: “Padre, perdónalos” fue porque, aun en esa terrible hora, Él sabía que ése era el mensaje que había venido a dejar a través de toda la eternidad. El plan de salvación se habría perdido por completo si Él hubiera olvidado que había venido a extender el perdón a la familia humana, no a pesar de la injusticia, la bestialidad, la crueldad y la desobediencia, sino precisamente por causa de ellas. Cualquiera puede ser afable y paciente y perdonar cuando está pasando por un día bueno; pero la persona cristiana debe ser afable y paciente, y perdonar todos los días.

¿Hay alguien que ustedes conozcan que necesite ser perdonado? ¿Hay alguien de su casa, de su familia, de su vecindario que haya hecho algo injusto, algo cruel o algo que una persona cristiana no debería hacer? Todos somos culpables de tales transgresiones; por eso, seguramente hay alguien que necesita su perdón.

Y les ruego que no pregunten si es justo que las víctimas tengan que llevar la carga del perdón en lugar del ofensor; no pregunten si la “justicia” no exige lo contrario. Cuando se trata de nuestros propios pecados, no pedimos justicia; lo que pedimos es misericordia, y eso es lo que debemos estar dispuestos a ofrecer.

¿Somos conscientes de la trágica ironía que implica el no darles a los demás lo que nosotros mismos tanto necesitamos? Al enfrentarnos con la crueldad y la injusticia, tal vez el acto más sublime, sagrado y puro sería decir, con mucha sinceridad, que, aún así “aman a sus enemigos, bendicen a los que los maldicen, hacen bien a los que los aborrecen, y oran por los que los ultrajan y los persiguen”. Ése es el exigente camino hacia la perfección.

El gozo del reencuentro

Recuerdo haber presenciado hace algunos años una situación especial en el Aeropuerto Internacional de Salt Lake. Ese día, bajé del avión y caminé hacia la terminal. Era evidente que un misionero regresaba a su casa, ya que el aeropuerto estaba lleno de personas que indiscutiblemente eran amigos y familiares de ese misionero.

Intenté reconocer a la familia inmediata. Había un padre que no se veía exactamente cómodo; llevaba un traje que lucía raro en él y que estaba un tanto pasado de moda. Parecía ser un hombre que trabajaba la tierra, ya que tenía la piel bronceada y manos grandes y agrietadas por el trabajo.

Había una madre bastante delgada que parecía haber trabajado arduamente durante su vida. Tenía un pañuelo en la mano, uno que creo que alguna vez fue de lino, pero que en ese momento parecía de papel. Estaba casi deshilachado por la expectativa que sólo la madre de un misionero que regresa a casa podría conocer.

Dos o tres hermanos menores correteaban, totalmente ajenos a la situación que se desarrollaba en ese momento.

Me preguntaba quién sería el primero en apartarse del grupo para darle la bienvenida al misionero; al echarle un vistazo al pañuelo de la madre, no me quedó duda de que probablemente sería ella.

Mientras permanecía allí sentado, vi aparecer al misionero que regresaba; supe que era él por los gritos de emoción de la multitud. Parecía el capitán Moroni: limpio y apuesto, erguido y alto. Sin duda alguna, él había llegado a apreciar el sacrificio que esa misión había significado para su padre y para su madre.

Cuando se acercó al grupo, efectivamente, alguien no soportó la espera. No fue la madre ni tampoco fue ninguno de los niños. Fue el padre. Ese hombre, grande, algo torpe, callado y bronceado, corrió y tomó a su hijo entre sus brazos.

El misionero debía de medir casi un metro noventa, más o menos, pero ese padre robusto lo agarró y lo levantó del suelo, y siguió abrazándolo por un largo, largo tiempo. Sólo lo abrazaba, sin pronunciar palabra. El joven puso sus brazos alrededor de su padre y permanecieron abrazados fuertemente. Parecía como si toda la eternidad se hubiese detenido, como si el mundo entero hubiese enmudecido para mostrar respeto por tan sagrado momento.

Fue entonces que pensé en Dios, el Padre Eterno, viendo a Su Hijo salir a servir, a sacrificarse aun cuando no tenía que hacerlo, costeándose Sus propios gastos, por así decirlo, costándole todo lo que había ahorrado durante toda Su vida para darlo a los demás. En ese momento tan maravilloso, no era difícil imaginar a ese Padre decirles con cierta emoción a quienes pudieran escuchar: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Y también era posible imaginar a ese hijo que regresaba triunfante decir: “Consumado es” (Juan 19:30). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Cuán asombroso es

Aun con mi limitada imaginación, puedo ver esa reunión en los cielos; y ruego que ustedes y yo tengamos una similar. Ruego que haya reconciliación, perdón y misericordia, y que tengamos la estatura y el carácter cristianos que debemos cultivar si queremos gozar plenamente de ese momento.

Me asombra que, aun para un hombre como yo, exista esa posibilidad. Si es que he entendido las “buenas nuevas” correctamente, para ustedes y para mí de verdad existe tal posibilidad, de la misma manera que existe para todos los que estén dispuestos a seguir con esperanza y a seguir esforzándose y a brindar a otras personas el mismo privilegio.

Me cuesta entender que quisiera Jesús bajar
del trono divino para mi alma rescatar…
Comprendo que Él en la cruz se dejó clavar.
Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.
Por siempre jamás al Señor agradeceré;
mi vida y cuanto yo tengo a Él daré….
Cuán asombroso es lo que dio por mí5.

Se ofrecían esas primeras crías de corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

¿Cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos: la vida de Su Hijo Primogénito? Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

Notas

  1. “Asombro me da”, Himnos, N° 118.
  2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (curso de estudio para el Sacerdocio de Melquisedec y la Sociedad de Socorro, 2007) pág. 50.
  3. Melvin J. Ballard: Crusader for Righteousness, 1966, págs. 136–137.
  4. Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship, segunda edición, 1959, pág. 100.
  5. Himnos, N° 118.
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Consagra tu acción

Consagra tu acción

Por el élder Neal A. Maxwell (1926–2004)
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell prestó servicio durante dos años como Ayudante de los Doce y durante cinco en la Presidencia de los Setenta hasta el 3 de octubre de 1981, cuando se le sostuvo como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. El élder Maxwell murió el 21 de julio de 2004, en Salt Lake City, después de librar una lucha de ocho años con la leucemia. Pronunció este memorable discurso sobre la consagración en la conferencia general de abril de 2002.

Al meditar sobre la consagración y procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente”.

Estos comentarios se dirigen a los que son imperfectos pero que aún están esforzándose por mejorar en la familia de la fe. Como siempre, los dirijo a mí mismo antes que a nadie.

Tenemos la tendencia a interpretar la consagración sólo como una renuncia a nuestros bienes materiales cuando nos lo sea indicado por mandato divino, pero la consagración total es la renuncia de sí mismo para entregarse a Dios. El corazón, el alma la mente fueron las palabras inclusivas de Cristo cuando describió el primer mandamiento, que está constantemente en vigencia y no de vez en cuando (véase Mateo 22:37). Si guardamos este mandamiento, nuestras acciones serán a su vez consagradas para el bienestar perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Esa entrega total abarca la sumisa unión convergente de sentimientos, pensamientos, palabras y acciones, que es precisamente lo opuesto al distanciamiento: “Porque, ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchas personas hacen caso omiso de la consagración porque les parece o muy abstracta o muy abrumadora. No obstante, los que somos conscientes sentimos un descontento inspirado por Dios ante la mezcla de progreso y dejadez que nos afecta. Por eso, ofrezco un afectuoso consejo para continuar en ese progreso, aliento para seguir adelante en la jornada y consuelo para hacer frente a nuestras propias dificultades en las variaciones que le son inherentes.

Seamos totalmente sumisos

La sumisión espiritual no se logra en un instante sino al ir mejorando poco a poco y con pasos sucesivos, peldaño a peldaño. De todos modos, esos peldaños se deben subir uno a uno. Finalmente, nuestra voluntad queda “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 15:73:19). De otra forma, aun cuando sigamos intentándolo, la conmoción del mundo nos mantendrá, hasta cierto punto, desviados de nuestra meta.

Es importante notar los hechos que ilustran lo que sucede cuando se trata de la consagración económica. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustrajeron del precio” (véase Hechos 5:1–11). Del mismo modo, muchos de nosotros nos aferramos tenazmente a determinada “parte”, tratando como una posesión algo que nos obsesione. Así es como, sea lo que sea que ya se haya dado, la última porción es la más difícil de ceder. Es cierto que una entrega parcial es todavía digna de encomio, pero se parece en gran parte a la conocida excusa: “Ya contribuí a esa causa” (véase Santiago 1:7–8).

Por ejemplo, quizás poseamos ciertas habilidades que erróneamente pensemos que nos pertenecen. Si continuamos aferrándonos a ellas más de lo que nos allegamos a Dios, estaremos retrocediendo ante el primer mandamiento consagrante. Puesto que Él nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable que quedemos sin aliento por dedicarnos demasiado a dichas distracciones! (Mosíah 2:21).

Cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y dinero pero aún nos reservamos partes de nuestro yo íntimo, eso nos presenta una piedra de tropiezo, ¡pues significa que no somos completamente Suyos!

Hay personas que tienen dificultad cuando están a punto de completar alguna tarea en particular. Pero tenemos un modelo en Juan el Bautista cuando dijo con respecto al rebaño de Jesús que se acrecentaba: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente que nuestras presentes asignaciones son el único indicador de cuánto nos ama Dios servirá sólo para aumentar nuestra renuencia a dejarlas. Hermanos y hermanas, Dios ya ha establecido que el valor que tiene cada uno de nosotros es “grande”, y no fluctúa como el mercado de valores.

Hay otros peldaños que no se utilizan porque, como el joven rico y justo, todavía no estamos dispuestos a reconocer lo que aún nos falta (véase Marcos 10:21). Queda expuesto así un residuo de nuestro egoísmo.

La vacilación para consagrarnos se presenta de diversas formas. Por ejemplo, en el reino terrestre estarán los “honorables”, quienes obviamente no hablan falso testimonio. Sin embargo, no fueron “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:75, 79). La mejor manera de testificar de Jesús valerosamente es parecernos cada vez más a Él, y ésa es la consagración que talla en nuestro carácter la facultad de emularlo (véase 3 Nefi 27:27).

No pongamos a otros dioses delante de Dios

Cuando enfrentamos las dificultades a que me he referido, la sumisión espiritual es una cualidad afortunada y útilmente sagaz, ayudándonos a veces a renunciar a algunas cosas, inclusive a la vida terrenal, y otras a asirnos e incluso a subir el siguiente peldaño (véase 1 Nefi 8:30).

No obstante, si carecemos de la debida perspectiva, los próximos metros, aunque sean pocos, pueden resultarnos terriblemente difíciles. Lamán y Lemuel, con su visión limitada, aun cuando sabían cómo bendijo Dios al antiguo Israel para escapar del poderoso Faraón y de sus huestes, carecían de la fe en que Dios les ayudaría a vencer a Labán, un insignificante líder local.

Es posible también que nos desviemos si estamos demasiado anhelosos por complacer a nuestros superiores en el nivel profesional o a los compañeros de esparcimiento. El complacer a “otros dioses” en lugar de al Dios verdadero es también una violación del primer mandamiento (Éxodo 20:3).

A veces defendemos incluso nuestras idiosincrasias como si esos rasgos constituyeran nuestra personalidad. En cierto modo, el discipulado es un “deporte de contacto”, como lo testificó el profeta José Smith:

“Soy como una enorme piedra áspera… y la única manera de pulirme es cuando una de las puntas de la piedra se alisa al entrar en contacto con otra cosa pegándose fuertemente contra ella… Así llegaré a ser un dardo liso y pulido en el carcaj del Todopoderoso”1.

Puesto que muchas veces las rodillas se doblan mucho antes que la mente, el hecho de retener esta “parte” priva a la obra de Dios de algunos de los mejores intelectos de la humanidad. Sería mucho mejor que fuéramos mansos como Moisés, que aprendió cosas “que… nunca… había imaginado” (Moisés 1:10). Sin embargo, hermanos y hermanas, lamentablemente existe mucha vacilación en la sutil interacción entre el albedrío y la identidad. La entrega de la mente es, en realidad, una victoria, porque nos introduce en los caminos ensanchadores y “más altos” de Dios (Isaías 55:9).

Irónicamente, aun cuando se ponga en cosas buenas, la atención desmesurada quizás haga que nuestra devoción a Dios disminuya. Por ejemplo, es posible envolverse demasiado en deportes y en un fanatismo por el aspecto del cuerpo, algo que observamos a diario; se puede venerar la naturaleza y aun así descuidar al Dios de la naturaleza; es posible sentir una admiración especial por la buena música, así como por una profesión meritoria hasta el punto de excluir todo lo demás. En esas circunstancias, muchas veces se omite “lo más importante” (Mateo 23:23; véase también 1 Corintios 2:16). Sólo el Altísimo puede guiarnos totalmente hacia el bien más sublime que podamos llevar a cabo.

Según lo que Jesús hizo destacar con énfasis, de los dos grandes mandamientos depende todo lo demás, y no viceversa (véase Mateo 22:40). No se suspende el primer mandamiento solamente porque vayamos entusiasmados en pos de un bien menor, porque no es un Dios menor al que adoramos.

Reconozcamos la mano de Dios

Por lo tanto, antes de disfrutar del producto de nuestros justos esfuerzos, reconozcamos primeramente la mano de Dios; de lo contrario, surgen justificativos tales como: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:17); o nos “alabamos” nosotros mismos, como lo habría hecho el antiguo Israel (excepto el ejército de Gedeón, que deliberadamente era pequeño), jactándonos: “Mi mano me ha salvado” (Jueces 7:2). El halago de nuestra propia “mano” hace que sea doblemente difícil confesar la mano de Dios en todas las cosas (véase Alma 14:11D. y C. 59:21).

En un lugar llamado Meriba, Moisés, uno de los más grandes hombres que han existido, estaba asediado por la gente que clamaba por agua. En ese momento, Moisés “habló precipitadamente”, diciendo: “¿Os hemos de hacer salir aguas?” (Salmos 106:33Números 20:10; véase también Deuteronomio 4:21). El Señor le enseñó una lección sobre el problema de pronombres [por haber dicho “os hemos” en lugar de “Dios os hará”], y lo magnificó aún más. Bien haríamos en ser tan mansos como Moisés (véase Números 12:3).

Jesús nunca, nunca, ¡nunca! perdió de vista Su perspectiva. Aun cuando anduvo haciendo tanto bien, siempre tuvo en cuenta que le esperaba la Expiación, suplicando con percepción: “Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto he llegado a esta hora” (Juan 12:27; véase también 5:30; 6:38).

Al desarrollar nosotros más amor, paciencia y mansedumbre, más tendremos para ofrecer a Dios y a la humanidad. Más aún, ninguna otra persona ha sido colocada como lo hemos sido nosotros, exactamente, en nuestra esfera humana de oportunidades.

Es cierto que los mencionados peldaños sucesivos nos llevan a un territorio nuevo que tal vez no tengamos ningún deseo de explorar. De ahí que los que ya hayan recorrido con éxito esos peldaños sean una fuerza motivadora para el resto de nosotros; generalmente, prestamos más atención a aquellos a quienes admiramos. El hambriento hijo pródigo añoraba las comidas de su hogar, pero también lo atraían allí otros recuerdos, por lo que dijo: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18).

La consagración devuelve a Dios lo que es Suyo

En nuestra lucha por lograr una total sumisión, de todas maneras nuestra voluntad es lo único que realmente tenemos para entregar a Dios. Los dones de costumbre y sus derivados que le ofrecemos podrían muy bien llevar una etiqueta que dijera: “Devuélvase al remitente”, con Rmayúscula. Aun cuando Dios reciba a cambio ese único don, los que sean totalmente fieles recibirán “todo lo que [el] Padre tiene” (D. y C. 84:38). ¡Qué extraordinario tipo de cambio!

Entretanto, hay todavía ciertas realidades a tener en cuenta: Dios nos ha dado la vida, el albedrío, diferentes tipos de talento y oportunidades; nos ha dado nuestros bienes; nos ha dado la porción de vida terrenal que nos corresponde, junto con el aliento que nos hace falta (véase D. y C. 64:32). Si nos dejamos guiar por esa perspectiva, evitaremos cometer errores graves en cuanto a lo que es o no es importante; esos errores serían mucho más serios que el de escuchar un cuarteto doble ¡y confundirlo con el Coro del Tabernáculo!

No es de extrañar que el presidente [Gordon B.] Hinckley… haya hecho hincapié en que somos un pueblo de convenios, poniendo énfasis en los convenios de la Santa Cena, del diezmo y del templo, y mencionando el sacrificio como “la esencia misma de la Expiación”2.

El ejemplo de sumisión de Jesús

El Salvador logró una asombrosa sumisión cuando se enfrentó a la angustia y al terrible sufrimiento de la Expiación y deseó “no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). En nuestra escala imperfecta y mucho menor, nosotros enfrentamos pruebas y deseamos que de algún modo se nos libre de ellas.

Consideren lo siguiente: ¿Cuán importante habría sido el ministerio de Jesús si hubiese efectuado más milagros pero sin el milagro trascendental de Getsemaní y el Calvario? Sus otros milagros brindaron benditas extensiones de vida y disminuyeron el sufrimiento de algunas personas; pero ¿cómo podrían compararse ésos con el milagro más grandioso de todos: la Resurrección universal? (véase 1 Corintios 15:22). La multiplicación de los panes y los peces alimentó a una multitud hambrienta; a pesar de ello, los que comieron tuvieron otra vez hambre muy pronto, mientras que los que coman del Pan Vivo no volverán a sentirla nunca (véase Juan 6:51, 58).

Al meditar sobre la consagración y cómo procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente” (D. y C. 17:8). ¿Le creemos realmente? También ha prometido que hará que lo débil se haga fuerte (véase Éter 12:27). ¿Estamos realmente dispuestos a someternos a ese proceso? Y, sin embargo, ¡si deseamos la plenitud, no podemos reservarnos una parte!

El dejar que nuestra voluntad sea cada vez más absorbida en la voluntad del Padre significa en realidad que nuestra individualidad sea ensalzada y expandida y más capaz de recibir “todo lo que [Dios] tiene” (D. y C. 84:38). Además, ¿cómo nos puede confiar “todo” lo que es Suyo a menos que nuestra voluntad sea como la Suya? Tampoco podrían los que se comprometan a medias apreciar completamente “todo” lo que Él tiene.

Francamente, si nos reservamos una parte, sea cual sea, lo que traicionamos es nuestro propio potencial. Por lo tanto, no tenemos por qué preguntar: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Preguntemos en cambio sobre nuestras propias piedras de tropiezo: “Señor, ¿es esto lo que debo cambiar?”. Quizás hayamos sabido la respuesta desde hace mucho tiempo y necesitemos más resolución personal que contestación del Señor.

En el generoso plan de Dios, la mayor felicidad está reservada al final para los que estén dispuestos a extenderse y a pagar el precio de la jornada hacia Su reino majestuoso. Hermanos y hermanas, “emprendamos otra vez esta jornada”3.

En el nombre del Señor del brazo extendido (véase D. y C. 103:17136:22), sí, el Señor Jesucristo. Amén.

Notas

1. Citado en la obra de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, (1965–1975), tomo 1, pág.185.
2. Teachings of Gordon B. Hinckley [“Enseñanzas de Gordon B. Hinckley”], 1997, pág. 147.
3. “Come, Let Us Anew”, Hymns, Nº 217 [no se ha traducido al español].

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Las profecías sobre la venida de Cristo

Las profecías sobre la venida de Cristo

Puedes prepararte ahora para la Navidad al recordar cómo se prepararon otras personas para Él en aquel entonces.

En la Biblia y en el Libro de Mormón muchos profetas predijeron el nacimiento y el ministerio de Jesucristo cientos de años antes de que ocurrieran. Durante los doce días que preceden a la Navidad, este calendario de Adviento servirá como referencia para los pasajes de las Escrituras que mencionan el nacimiento y la vida del Salvador, así como para actividades que puedas realizar a fin de ser más como Cristo. Lee las Escrituras a diario y, si lo deseas, intenta realizar la actividad correspondiente. Con el permiso de tus padres, en la noche de hogar podrías utilizar ideas de este calendario.

El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Dejemos por algunos momentos los catálogos de Navidad con sus exóticos regalos. Más aún, dejemos a un lado las flores para mamá, la corbata especial para papá, la hermosa muñeca, el tren con su silbato, la tan ansiada bicicleta, incluso los libros y los videos, y dirijamos nuestros pensamientos hacia las dádivas perdurables de Dios”1.

Cuando la época navideña llegue a su fin, retengan en la mente y en el corazón lo que hayan aprendido y celebren la Navidad todo el año al prestar servicio a los demás.

13 de diciembre

Isaías, un profeta del Antiguo Testamento, profetizó que una mujer pura daría a luz al Hijo de nuestro Padre Celestial. Esas predicciones de las Escrituras se escribieron más de setecientos años antes de Su nacimiento.

“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14; véase también 2 Nefi 17:14).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6; véase también 2 Nefi 19:6).

Guiándote por la oración, elige a un amigo o a un miembro de la familia o del barrio o de la rama y, en secreto, déjale un pequeño obsequio, como por ejemplo una golosina, un pensamiento de las Escrituras o una tarjeta de Navidad.


14 de diciembre

Nefi vio en una visión a la virgen María y al niño Jesús:

“Y me dijo: He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.

“Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:18–21).

Para Navidad, haz una lista de las cosas que te gustaría daren lugar de las que quisieras recibir.


15 de diciembre

Los profetas testificaron de la misión de Cristo en la tierra. A continuación hay una explicación del profeta Abinadí, que vivió aproximadamente en el año 150 a. C.:

“Y así la carne, habiéndose sujetado al Espíritu, o el Hijo al Padre, siendo un Dios, sufre tentaciones, pero no cede a ellas, sino que permite que su pueblo se burle de él, y lo azote, y lo eche fuera, y lo repudie.

“Y tras de todo esto, después de obrar muchos grandes milagros entre los hijos de los hombres …

“… será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:5–7).

Prepara alguna golosina de Navidad y regálala a una familia de tu barrio o rama. La acción de dar aumentará la unión y la amistad de la gente del barrio.


16 de diciembre

Alma profetizó lo siguiente a la gente de Gedeón alrededor del año 83 a.de J.C.:

“…el Hijo de Dios viene sobre la faz de la tierra …

“Y he aquí, nacerá de María… y siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, dará a luz un hijo, sí, aun el Hijo de Dios.

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia” (Alma 7:9–12).

Da un regalo de servicio a alguien que lo necesite. Pide ayuda a tu familia para saber qué tipo de servicio podrías prestar.


17 de diciembre

Jesucristo ama a cada uno de los hijos de Dios y jamás olvidaría a ninguno. Ezequiel profetizó que el Señor iba a ser un pastor y que reuniría a Sus ovejas perdidas.

“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré,

“Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares …

“Y yo las sacaré de los pueblos, y… las traeré a su propia tierra, y las apacentaré en los montes de Israel” (Ezequiel 34:11–13).

Dedica tiempo para pasarlo con un hermano menor, un pariente o un amigo. Léele la historia de la Natividad en el capítulo 2 de Lucas.


18 de diciembre

Aunque Jesucristo es perfecto, era necesario que se bautizara para cumplir toda justicia. Lo que sigue a continuación es un relato de la profecía de Lehi, registrado por Nefi:

“Y mi padre dijo que [Juan el Bautista] bautizaría en Betábara, del otro lado del Jordán; y también dijo que bautizaría con agua; que aun bautizaría al Mesías con agua;

“y que después de haber bautizado al Mesías con agua, vería y daría testimonio de haber bautizado al Cordero de Dios, que quitaría los pecados del mundo” (1 Nefi 10:9–10).

Para obsequiar el regalo de tu tiempo, pásalo con una persona enferma, anciana o viuda de tu barrio o vecindario. Pídele que te hable de una Navidad inolvidable que haya tenido.


19 de diciembre

Samuel el Lamanita profetizó de las señales que aparecerían en el tiempo del nacimiento del Salvador:

“He aquí, os doy una señal; porque han de pasar cinco años más y, he aquí, entonces viene el Hijo de Dios para redimir a todos los que crean en su nombre.

“… habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida, al grado de que a los hombres les parecerá que es de día …

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:2–3, 5).

Escribe en tu diario lo que significa para ti la Navidad y cuáles son las tradiciones de tu familia en esa fecha.


20 de diciembre

Antes del nacimiento de Cristo, el ángel Gabriel visitó a María.

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

“a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres …

“porque has hallado gracia delante de Dios.

“Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:26–28, 30–31).

Reúne a familiares y amigos para salir a cantar villancicos por el vecindario, o cántenlos en tu propio hogar.


21 de diciembre

Nefi, nieto de Helamán, esperaba fielmente la venida del Señor. Pero los incrédulos le dijeron: “…He aquí, ya se pasó el tiempo, y no se han cumplido las palabras de Samuel; de modo que han sido en vano vuestro gozo y vuestra fe concernientes a esto” (3 Nefi 1:6).

Entonces, Nefi “fue y se postró en tierra y clamó fervorosamente a su Dios a favor de su pueblo” (vers. 11).

Y el Señor le dijo: “Alza la cabeza y sé de buen ánimo, pues he aquí, ha llegado el momento; y esta noche se dará la señal, y mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho declarar por boca de mis santos profetas” (vers. 13).

En tus oraciones, expresa gratitud al Padre Celestial por el don de Su Hijo.


22 de diciembre

Finalmente se cumplieron las profecías del nacimiento de Cristo.

“Y aconteció que se cumplieron las palabras que se dieron a Nefi, tal como fueron dichas …

“Y hubo muchos, que no habían creído las palabras de los profetas, que cayeron a tierra y se quedaron como si estuviesen muertos… porque la señal que se había indicado estaba ya presente …

“Y sucedió que no hubo obscuridad durante toda esa noche, sino que estuvo tan claro como si fuese mediodía …

“Y aconteció también que apareció una nueva estrella, de acuerdo con la palabra” (3 Nefi 1:15–16, 19, 21).

Jesucristo nos dio el regalo más grandioso de todos: Su vida. Para demostrar a tus padres cuánto los aprecias, escríbeles una carta en la que les agradezcas todo lo bueno que han hecho por ti.


23 de diciembre

La noche del nacimiento de Cristo apareció un ángel ante los buenos pastores de Belén proclamando las nuevas de Su nacimiento.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor” (Lucas 2:7–11).

Toma la determinación de ser una persona más feliz y bondadosa.


24 de diciembre

Nosotros, los cristianos, somos testigos de Jesucristo todos los días del año por medio de la fe y las buenas obras. El profeta José Smith y Sidney Rigdon dieron este testimonio:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

Comparte tu testimonio sobre el Salvador en la próxima oportunidad que se te presente, como por ejemplo en la reunión de ayuno y testimonios.


Nota

  1. Thomas S. Monson, “Dones atesorados”, Liahona,diciembre de 2006, pág. 4; Ensign, diciembre de 2006, pág. 6.

 

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Lugar en el mesón

Lugar en el mesón

Por el élder Neil L. Andersen
De la Presidencia de los Setenta

“Lugar en el mesón” apareció impreso originalmente en Christmas Treasures[“Tesoros de Navidad”], Deseret Book, 1994.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

Una hermosa y fría tarde de invierno nos dirigíamos en una furgoneta hacia la casa de la misión en Burdeos, Francia; era el 24 de diciembre de 1990, y estábamos en camino a casa para pasar la Navidad.

Mi esposa Kathy y yo, junto con nuestros cuatro hijos: Camey, de catorce años, Brandt, de trece, Kristen, de diez, y Derek, de ocho, acabábamos de pasar una semana inolvidable: a causa de las grandes distancias que formaban parte de nuestra misión, no habíamos reunido a los misioneros para celebrar la Navidad, sino que en cambio habíamos recorrido con nuestra familia todas las ciudades de la misión, brindando así un espíritu de unidad familiar y dando participación a los niños en un programa especial de Navidad. Con cada uno de los misioneros, nuestra familia se había regocijado en el gran privilegio de compartir el Evangelio restaurado de Cristo en esa gloriosa época del año.

El último día se habían unido a nosotros cuatro excelentes misioneros. La gran furgoneta azul, ya repleta, iba llena también del espíritu de Navidad, y los villancicos y las historias favoritas hacían que el tiempo pasara más rápido. Kristen y Derek estaban cada vez más entusiasmados con la expectativa de las sorpresas que les traería la mañana de Navidad. Casi podíamos sentir el aroma del pavo para la cena que un maravilloso matrimonio misionero estaba preparando para nuestro regreso. En el aire se percibía el espíritu de la Navidad.

No fue sino hasta avanzada la tarde que nos dimos cuenta del problema que estábamos por enfrentar; durante la mayor parte de la mañana habíamos tenido algunas dificultades al hacer los cambios en la furgoneta. Nos detuvimos para revisar el líquido de la caja de cambios y todo parecía estar bien. Para entonces, cuando ya estaba oscureciendo y todavía nos quedaban dos horas de viaje hasta Burdeos, la tercera, la cuarta y la quinta velocidades dejaron de funcionar.

Avanzamos lentamente en segunda por el camino rural bordeado de árboles; era imposible que llegáramos a Burdeos en esas condiciones, por lo que empezamos a buscar alguna ayuda. Nuestra primera esperanza fue una pequeña tienda de artículos generales que estaba por cerrar. Allí pregunté dónde podríamos alquilar un auto o encontrar una estación de tren; pero estábamos lejos de cualquier ciudad y mis preguntas no obtuvieron la respuesta que deseábamos.

Regresé a la furgoneta, donde observé la preocupación y la desilusión en las caras de nuestros hijos menores. ¿No íbamos a llegar a casa para la Nochebuena? ¿Tendrían que pasar aquella noche tan especial del año en una furgoneta de la misión abarrotada de gente? Después de haber brindado felicidad y alegría a los misioneros que estaban lejos de su casa, ¿iban a recibir la Navidad en un remoto camino rural de Francia, lejos de su propio hogar?

Kristen sabía a Quién debíamos recurrir e inmediatamente propuso que oráramos. Muchas veces habíamos orado en familia por los que necesitaban ayuda: por los misioneros, los investigadores, los miembros de la Iglesia, nuestros líderes, los habitantes de Francia y nuestra propia familia. Nos inclinamos para orar y suplicamos ayuda humildemente.

Ya había oscurecido. La furgoneta continuó marchando lentamente junto a los bosques de pinos, al paso de una persona que hace ejercicio trotando. Teníamos la esperanza de llegar a un pueblito que estaba a cinco kilómetros de distancia; al poco rato, con las luces del coche vimos el pequeño cartel con una flecha que nos indicaba el lugar: Villeneuve-de-Marsan.

Habíamos recorrido muchas veces el camino de doble vía desde Pau hasta Burdeos, pero nunca nos habíamos desviado de la carretera hasta el pueblecito de Villeneuve-de-Marsan. La escena que se nos presentó al entrar era la misma de muchos pueblos franceses: las casas y las pequeñas tiendas estaban pegadas unas a las otras y parecían amontonarse a los lados del angosto camino que conducía al pueblo. La gente había cerrado temprano los postigos de las ventanas y las calles estaban oscuras y desiertas. En el centro del pueblo, las luces de la antigua iglesia católica constituían la única señal de vida; brillaban resplandecientes en preparación para la tradicional misa de medianoche. Después de pasar la iglesia, la furgoneta aminoró la marcha y al fin se paró; felizmente, estábamos enfrente de una hermosa posada campestre que tenía las luces encendidas; nos pareció que era nuestra última oportunidad de obtener ayuda.

A fin de no inquietar a los de la posada con tanta gente, Kathy, Camey y los misioneros se quedaron en la furgoneta mientras los tres niños menores entraban conmigo. En la recepción había una joven a la cual le expliqué nuestra situación; ella notó la expresión ansiosa en las caras de mis hijos y nos dijo con bondad que esperáramos mientras iba a buscar al posadero, el señor Francis Darroze.

Camey entró para averiguar cómo estaban las cosas. Mientras esperábamos que apareciera el señor Darroze, ofrecí en silencio una oración de gratitud. Quizás no pudiéramos volver aquella noche a Burdeos, pero, ¡qué grande la bondad de nuestro Padre Celestial al habernos conducido hasta un hotel limpio! Me estremecí al pensar en que, con toda probabilidad, habríamos tenido que pasar la noche en la furgoneta, en una región remota de Francia. Noté que en la sala vecina había un restaurante y me sorprendió que estuviera abierto en Nochebuena. Al menos podríamos tener una buena cena, bañarnos con agua caliente y dormir cómodamente.

El señor Darroze llegó vestido con la ropa tradicional de cocinero francés, con su chaqueta cruzada y abotonada hasta la barbilla. Era el dueño de la posada, un hombre de importancia en la localidad. Sus ojos simpáticos y su pronta sonrisa comunicaban también que, además, era un caballero.

Le hablé de nuestro problema, de que éramos diez en la furgoneta y de que íbamos camino a Burdeos. Como notó mi acento, agregué que éramos estadounidenses y en una frase le expliqué por qué estábamos en Francia.

Inmediatamente se mostró dispuesto a ayudarnos. A unos dieciséis kilómetros había una ciudad no muy grande que tenía un servicio de trenes, y llamó para preguntar a qué hora había un tren a Burdeos, pero le informaron que no había ninguno sino hasta las 10:15 de la mañana de Navidad. Todos las compañías de autos de alquiler estaban ya cerradas.

En la cara de mis hijos menores se hizo evidente la desilusión que sentían. Pregunté al señor Darroze si había lugar en el mesón para alojar a nuestra familia y a los cuatro misioneros aquella noche. Aun cuando no llegáramos a casa, por lo menos era una gran bendición haber encontrado un alojamiento tan agradable.

El señor Darroze miró a mis hijos; hacía tan sólo unos pocos minutos que nos conocía, pero la hermandad que atraviesa todos los océanos y nos hace ser una sola familia le tocó el corazón. El espíritu de Navidad le llenó el alma. “Señor Andersen”, me dijo, “por supuesto, tenemos cuartos que ustedes pueden alquilar; pero estoy seguro de que no quieren pasar la Nochebuena aquí en la posada. Los niños deben estar en su hogar para esperar el alborozo de la mañana de Navidad. Le prestaré mi auto y podrán llegar a Burdeos esta noche”.

Me quedé asombrado ante su gran amabilidad. La mayor parte de la gente contempla con desconfianza a los extraños, particularmente a los extranjeros como nosotros. Le agradecí, explicándole que éramos diez y que un pequeño auto francés no podría jamás llevar a todos.

Él vaciló un momento, pero su vacilación no hizo disminuir su ofrecimiento, sino que lo aumentó.

”En la granja que tengo a unos dieciséis kilómetros de aquí hay una furgoneta vieja; la usamos para el trabajo de granja y sólo tiene los dos asientos del frente. No alcanzará más de unos setenta kilómetros por hora y no estoy seguro de que la calefacción funcione bien; pero si la quiere, lo llevaré hasta la granja para buscarla”.

Los niños brincaron de alegría al oírlo. Metí la mano en el bolsillo para sacar dinero y tarjetas de crédito, pero él sacudió la cabeza y un dedo en señal de desaprobación.

”No”, me dijo, “no aceptaré nada. Usted puede devolverme la furgoneta cuando tenga tiempo, después de Navidad. Es Nochebuena; ¡lleve a su familia a casa!”

Poco después de medianoche, aparecieron en la distancia las luces de Burdeos; los niños y los misioneros se habían quedado dormidos en la parte de atrás de la furgoneta del posadero. Al recorrer las conocidas calles que conducían a nuestro hogar, Kathy y yo agradecimos al bondadoso Padre Celestial nuestro propio milagro de Navidad, porque había escuchado nuestras oraciones en un momento en que solamente Él podía traernos de regreso a casa.

Llegamos a casa en Nochebuena, aun cuando en Villeneuve-de-Marsan había lugar en el mesón.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

 

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La mejor de las Navidades

La mejor de las Navidades

Por el presidente Thomas S. Monson

El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el espíritu de la Navidad, lo que nos hace interesarnos más por las personas que por los objetos.


En esta época del año, las ondas radiofónicas están llenas de música navideña. Mi corazón se remonta muchas veces a mi hogar natal y a Navidades pasadas al escuchar algunas de mis canciones predilectas de Navidad, tal como ésta:

¡Ah! No hay nada como el hogar
para las Fiestas, pues no obstante
lo mucho que te puedas alejar,
si quieres ser feliz de mil maneras
para las Fiestas, nada supera
al hogar, el dulce hogar1.

Una escritora dijo: “Otra vez Navidad, siempre el momento del regreso. Al destacarse por su misterio, su espíritu y magia, de cierto modo la época parece quedar suspendida en el tiempo. La importancia de todo lo que nos es querido, que es duradero, se renueva: Hemos regresado al hogar”2.

El presidente David O. McKay (1873–1970) dijo: “La verdadera felicidad se obtiene solamente al hacer felices a otras personas, o sea, en la aplicación práctica de la doctrina del Salvador de perder la vida para hallarla. En resumen, el espíritu de la Navidad es el espíritu de Cristo que ilumina nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y que nos inspira a rendir actos bondadosos de servicio.

“Es el espíritu del evangelio de Jesucristo, por cuya obediencia se obtendrá ‘paz en la tierra’, porque significa buena voluntad hacia todos los hombres”3.

El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el espíritu de la Navidad. Se perdona a los enemigos, se recuerda a los amigos y se obedece a Dios. El espíritu de la Navidad ilumina la ventana panorámica del alma por la que contemplamos la vida agitada del mundo y nos hace interesarnos más por las personas que por los objetos. Para comprender el verdadero significado del “espíritu de la Navidad”, sólo tenemos que recordar de quién es el nacimiento que celebramos ese día y entonces se convierte en el “Espíritu de Cristo”.

Lo recordamos a Él

Si tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquel cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año. Con la imaginación, contemplamos aquella primera Navidad predicha por los profetas de la antigüedad. Así como yo, ustedes recordarán las palabras de Isaías: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”4, que significa “Dios con nosotros”.

En el continente americano, los profetas dijeron: “Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… morará en un tabernáculo de barro… sufrirá tentaciones, y dolor… Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios”5.

Entonces llegó aquella noche de noches en que los pastores se hallaban en los campos y el ángel del Señor apareció ante ellos, anunciándoles el nacimiento del Salvador. Más adelante, los magos viajaron desde el Oriente hasta Jerusalén, “diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle …

“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”6.

Los tiempos cambian; los años pasan en rápida sucesión; pero la Navidad continúa siendo sagrada. En esta maravillosa dispensación de la plenitud de los tiempos, las oportunidades que tenemos de dar parte de nosotros mismos son verdaderamente ilimitadas, pero también son perecederas. Hay corazones que alegrar, palabras bondadosas que expresar, regalos que dar, buenas acciones que llevar a cabo. Hay almas que salvar.

Un regalo de Navidad

En el siglo pasado, a principios de los años 30, Margaret Kisilevich y su hermana Nellie dieron un regalo de Navidad a sus vecinos, la familia Kozicki, que éstos recordaron por el resto de su vida y que llegó a ser una inspiración para todos los miembros de esa familia.

En esa época, Margaret vivía en Two Hills, Alberta, Canadá, una comunidad de granjeros poblada en su mayor parte por inmigrantes ucranianos y polacos, que generalmente tenían familias grandes y eran muy pobres. Eran los tiempos de la gran depresión económica.

La familia de Margaret consistía de sus padres y los quince hijos de ambos. La madre era una mujer industriosa y el padre era un hombre emprendedor, y con todos aquellos hijos formaban un buen equipo de trabajadores; por consiguiente, su hogar estaba siempre tibio en el invierno y, a pesar de su humilde situación, nunca pasaban hambre. En el verano cultivaban un enorme huerto, hacían chucrut [repollo fermentado], requesón, crema agria y encurtidos para hacer intercambio. También criaban aves, cerdos y ganado para consumo. Tenían poco dinero, pero podían cambiar todos esos productos por otros artículos que ellos no producían.

La madre de Margaret tenía unos amigos con los cuales había emigrado de su país; éstos eran propietarios de una tienda de artículos generales, la que se convirtió en un depósito donde la gente del lugar donaba o trocaba ropa, zapatos, etc., de segunda mano. Muchos de esos artículos pasaron a la familia de Margaret.

Los inviernos en Alberta eran fríos, largos y rigurosos; durante uno de ésos, Margaret y su hermana Nellie notaron la pobreza de sus vecinos, la familia Kozicki, que vivían en una granja a pocos kilómetros. Cuando el padre de esta familia llevaba a los hijos a la escuela en su trineo hecho en casa, siempre entraba en el edificio para calentarse junto a la estufa antes de regresar a casa. El calzado de la familia consistía en trapos y bolsas de arpillera que cortaban en tiras y con las que se envolvían las piernas y los pies; después las rellenaban de paja y las ataban con un cordel.

Las dos niñas decidieron invitar, por medio de los niños, a la familia Kozicki para la cena de Navidad; también se pusieron de acuerdo en no hablar de la invitación con nadie de su familia.

Llegó la mañana de Navidad y todos estaban muy ocupados en los preparativos para el banquete del mediodía. La noche anterior habían puesto en el horno el enorme trozo de cerdo para asar; con anticipación, ya se habían preparado los rollos de repollo, las rosquillas, los bollos de ciruela y una bebida especial de azúcar acaramelada; para completar el menú, había chucrut, encurtidos y hortalizas surtidas. Margaret y Nellie estaban a cargo de preparar las hortalizas frescas, y la madre les preguntó varias veces por qué pelaban tantas papas, zanahorias y remolachas, pero ellas se limitaron a seguir pelando sin decir nada.

El padre fue el primero en notar el trineo tirado por caballos y lleno con trece personas que llegaba por el camino. Puesto que le gustaban mucho todos los caballos, era capaz de reconocerlos a gran distancia. “¿Por qué vienen para acá los Kozicki?”, le preguntó a la esposa, y ésta contestó: “No lo sé”.

Una vez que llegaron, el papá de Margaret ayudó al señor Kozicki a poner los animales en el establo, y la esposa de éste abrazó a la mamá de Margaret y le agradeció el que los hubieran invitado para Navidad. Luego todos entraron en la casa y las festividades comenzaron.

Los adultos comieron primero; a continuación, se lavaron los platos y cubiertos y los niños comieron en turnos. Fue un festín magnífico que se hizo mejor por haberlo compartido. Después de que todos terminaron de comer, cantaron villancicos y otras canciones de Navidad, tras lo cual los adultos se sentaron otra vez a conversar.

La caridad en acción

Margaret y Nellie llevaron a los niños al dormitorio y sacaron de debajo de la cama varias cajas llenas de ropa y calzado de segunda mano que los comerciantes amigos de su madre les habían regalado. A esto siguió un celestial desorden, con un desfile de moda espontáneo mientras cada uno elegía la ropa y el calzado que más le gustaba. Hicieron tanto alboroto que el padre de Margaret fue a averiguar a qué se debía todo ese ruido. Al ver la felicidad de sus hijas y el regocijo de los niños de los Kozicki con sus ropas “nuevas”, sonrió y les dijo: “Sigan divirtiéndose”.

A primera hora de la tarde, antes de que se pusiera muy frío y oscuro con la puesta de sol, la familia de Margaret despidió a sus amigos, que se fueron bien alimentados, bien vestidos y bien calzados.

Margaret y Nellie nunca contaron a nadie sobre su invitación a los Kozicki y el hecho permaneció en secreto hasta 1998, cuando al celebrar su Navidad número setenta y siete, Margaret Kisilevich Wright lo contó por primera vez a su familia, comentando que aquella había sido la mejor Navidad de su vida.

Si queremos tener la mejor Navidad de nuestra vida, debemos prestar atención al sonido de los pies calzados con sandalias; debemos tratar de alcanzar la mano del Carpintero. Con cada paso que demos en Sus huellas, abandonaremos una duda y ganaremos una verdad.

De Jesús de Nazaret se dijo que “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”7. ¿Tenemos nosotros la determinación de hacer lo mismo? Una línea de las santas Escrituras contiene un tributo a nuestro Señor y Salvador, de Quien se dijo que “anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él”8.

Ruego que en esta época de Navidad, y en todas las Navidades venideras, sigamos Sus pasos. Entonces cada Navidad será la mejor de nuestra vida.


Notas

  1. Al Stillman y Robert Allen, “Home for the Holidays” [“Regreso al hogar para las Fiestas”].
  2. Elizabeth Bowen, “Home for Christmas”, citado en la obra de Mary Engelbreit, Believe: A Christmas Treasury[“Cree: Un tesoro de Navidad”], 1998, pág. 27.
  3. David O. McKay, Gospel Ideals [“Ideales del Evangelio”], 1953, pág. 551.
  4. Isaías 7:14; véase también Mateo 1:18–25.
  5. Mosíah 3:5, 7–8.
  6. Mateo 2:2, 10–11.
  7. Lucas 2:52.
  8. Hechos 10:38.
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