El Casamiento y la Religión

Liahona Agosto 1962

El Casamiento y la Religión

Por Antbon S. Cannoh
(Tomado de the Instructor)

El camino más seguro hacia la felicidad eterna es el casamiento por la eternidad—la perfecta unión en matrimonio y religión.

La religión necesita del casamiento para poder realizar cabal­mente su propósito eterno y divino. Y el casamiento necesita de la religión, para poder recibir las más ricas bendiciones y la garantía más efectiva respecto de su propia estabilidad, seguridad, satisfac­ción, éxito y santidad. La familia, la Iglesia y la sociedad son grandemente beneficiadas cuando el casamiento es santificado y unido por medio del convenio eterno.

La óptima solución de los problemas sociales requiere un saludable y feliz nutrimento mutuo de los valores primordiales de la vida: el casamiento y la religión. Es esencial que los jóvenes obtengan la fuerza, compresión, motivación, valentía, visión y carácter que sólo la religión puede proveer a su matrimonio. Es éste el camino hacia el gozo, el triunfo, la satisfacción y la realización eternos. Y también el sendero—el más seguro—hacia la paz mental, la devoción y la dedicación a los más nobles y gratos objetivos, la salud más anhelada, la salvación más codiciable, las mayores realizaciones, el altruismo más elevado y el más completo desarrollo de los potenciales humanos.

Un sólido casamiento, combinado con la religión verdadera, ha de nutrir la dinámica salud y el básico bienestar que todos los hijos de Dios necesitan. Y en tal circunstancia, el divorcio es in­compatible e inconcebible.

Sólo un incontenible deseo de prestar un desinteresado y gozoso servició—al Señor y a los hijos del Señor—puede emanar cuando se reconocen tanto la satisfacción producida por el hecho de ser buenos y de hacer lo bueno, como el privilegio de la oportunidad y el deber más elevados: amar y servir a nuestra compañera y a nuestra familia, contribuyendo de esta forma al fortalecimiento del reino de Dios sobre la tierra, por tiempo y eternidad. Y ésta es la única manera por la que las más grandes bendiciones, y la paz y el gozo permanentes pueden ser obtenidos.

Las complicaciones de la vida moderna incluyen una multipli­cidad de pecados de omisión y de comisión. Un matrimonio sin una preparación adecuada podría terminar en una situación de miseria, tensión, desencanto, fracaso, frustración, pena, confusión, desorganización social, delincuencia, deserción y divorcio. La sociedad gasta anualmente enormes cantidades de dinero para tratar de reedificar las ruinas resultantes de los malos casamientos, los noviazgos impropios, la inmadurez emocional y la impudicia, la amoralidad y la carencia de sentimientos religiosos. La fantasía de los romances absurdos o los saltos a ciegas en los brazos del amor, sólo han contribuido, desde tiempos inmemoriales, al acre­centamiento de los consecuentes problemas de la vida familiar.

El casamiento por la eternidad es la mayor bendición que el evangelio provee. Es el fin y los medios para poder alcanzar todas las otras bendiciones importantes, ahora y a través de las eternidades.

Religión significa devoción—devoción a lo que consideramos divinamente inspira­do. El evangelio nos hace saber que nuestro enlace eterno con la compañera o compañero indicado, y la edificación de una vida familiar estable y feliz, son esenciales para la exaltación. El casa­miento satisface las más íntimas y signi­ficativas necesidades del hombre. Es la unión por medio de la cual nuestra capa­cidad procreativa provee de cuerpos a los hijos espirituales de Dios.

La asombrosa cifra de 16 millones de personas divorciadas en los Estados Uni­dos durante los últimos veinte años, dramatiza elocuentemente la urgente ne­cesidad de proteger nuestras familias y nuestra juventud en general, contra los estragos resultantes de los mal aconsejados y presurosos casamientos. Pero aún más lastimosos y más socialmente destructivos son aquellos otros tantos millones de matrimonios carentes de gozo, despojados de armonía y saturados de hostilidad, a causa de estar juntos legalmente pero desunidos psico­lógica y espiritualmente. Y estos innumerables hogares destruidos, son los que engendran las inútiles vidas de los delincuentes juveniles e incuban desalentados niños de mentalidad perturbada.

La mejor protección contra tales desdichas y gravámenes de nuestra vida social, depende de una firme observancia de las enseñanzas del verdadero evangelio. La gloria tía Dios es la inteligencia, y el mayor bienestar de Sus lujos requiere vivir a la luz de la más grande de sus revelaciones: el matrimonio eterno. ¡Qué desafío es para uno el tener que usar la inteligencia antes de casarnos, de vivir y llegar a saber cómo somos, cuáles son nuestras necesidades, aprender a controlarnos y a amar sinceramente a otros con nobles propósitos! Es toda una inspiración el valerse de la oración y de la meditación honesta, en la búsqueda de aquella persona que habrá de ser nuestra compañera en esta vida y por toda la eternidad. ¡Cuán gloriosa es la oportunidad que tenemos de poder escoger a alguien a quien estaremos unidos para siempre —alguien que básicamente proveerá la mitad de la potencialidad genésica y gran parte del ambiente social en que nuestros descendientes habrán de desarrollarse a través de las eternidades! ¿No es acaso este trascen­dental desafío, realmente digno de la mayoría de nuestros mejores años de estudio, búsqueda y oración?

Debemos buscar el consejo y la ayuda del Señor por medio de la oración; de nuestra familia y aun de nuestros mejores amigos, a través de su cariñosa relación y de sus enseñanzas. Los que verdaderamente nos aman, son los que habrán de contribuir benéficamente a nuestro crecimiento espiritual.

Nuestra primera tarea es evolucionista: llegar a ser la clase de persona digna de tener una compañía eterna, y desarrollar la capacidad de carácter necesaria para amar y servirle por siempre y para siempre. En verdad, ser capaz de tomar a alguien en casamiento por la eternidad, requiere una fe religiosa inquebran­table en el propósito y significado de tal convenio.

El segundo paso es igualmente importante y tan desafiante como el primero, aunque más deleitable: encontrar, a través del noviazgo—pero también mediante la oración, el consejo y el estadio—, la persona con quien estaremos dispuestos a enlazar nuestros destinos y a levantar nuestra posteridad. No podemos arries­garnos a contraer enlace con el primer ser que nos enamore. Necesitamos más estudio, investigación, ex­periencia, cultivo de relaciones sociales y de los valores espirituales. Necesitamos también tiempo para estu­diarnos a nosotros mismos y estudiar a aquellos que habrán de estar ligados a nuestra existencia—grado de sabiduría que sólo se consigue por medio de la oración y las experiencias sociales. Puesto que una sola decisión podría tener tanta importancia para la larga vida que nos espera, no debiéramos despreciar irres­ponsablemente nuestras oportunidades ni jugar con nuestra futura felicidad,

La esencia de la oración es receptiva e infinita. Cuando buscamos una solución perfecta para nuestro problema, sólo a la fuente de toda bondad, verdad, sabiduría y justicia podemos recurrir: nuestro Padre Celestial, que desea nuestro perfecto bienestar pero que nos concede la libertad de buscar y escoger por la fe. El Señor está siempre dispuesto a iluminamos con Su inspiración y conocimiento cuando, con sinceri­dad de propósitos y libres de todo prejuicio arbitrario, buscamos Su ayuda.

No existe guía o indicio mejor para un matrimonio feliz, que el que dos personas, luego de una sincera consideración y estudio de las fuentes sociales, de su relación, comprueben que son mutuamente compatibles y deseen casarse por la eternidad. Porque cuando cada uno de ellos puede, en los ámbitos divinos de la oración privada, confirmar su elección, y luego ambos están dispuestos a establecer la promesa de edificar juntos su futuro, la más alta bendición necesaria es sellar su amor y su devoción ante el altar del convenio sempi­terno, bajo las manos del Sagrado Sacerdocio, por tiempo y eternidad.

Tal unión es una fuente natural de niños bendeci­dos con educación, adiestramiento, seguridad, sólida fe religiosa y amor, como fundamentos para sus felices y sanas personalidades. Los hijos nacidos bajo tan selectas circunstancias, estarán henchidos de las diná­micas energías necesarias para el logro de las mejores cosas de la vida y el mayor bienestar de la humanidad. El mundo necesita de la influencia del casamiento en el templo para poder disminuir los efectos causantes del divorcio, la delincuencia, la infidelidad, las enfer­medades y las muertes prematuras. Todos debiéramos trabajar y orar siempre por un creciente número de casamientos y familias bendecidas por este gran recurso unificador.

El carácter de los individuos es determinado por la relación entre padres e hijos. La oración familiar es una de las mejores oportunidades para infundir en los hijos el amor a Dios, la noble aspiración del casa­miento en el templo, el propósito de vivir honestamente, y todos los elementos básicos de la vida religiosa. El ejemplo de los padres habla más elocuente y significa­tivamente que sus propias enseñanzas. No obstante, ambas cosas son necesarias para la edificación de un firme deseo de poder contraer matrimonio por la eterni­dad en el corazón de la juventud, como uno de los más grandes objetivos de la vida.

Los frutos del amor en el hogar vigorizan la significancia de la eterna asociación existente entre la religión y el casamiento—asociación tendiente a estruc­turar la vida familiar más perfecta.

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La Gran Obra de la A.M.M.

Liahona Agosto 1962

La Gran Obra de la A.M.M.

Por el presidente David O. McKay

Verdaderamente, los miembros de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son indi­viduos que se ayudan mutuamente en una vida de producti­vidad-una vida orientada hacia la salvación del ser humano. Al decir salvación no me refiero a aquella gloriosa condición de la vida venidera en que habrán de cesar nuestras pre­ocupaciones y necesidades, sino a la situación actual—aquí y ahora—que comprende tanto al individuo como a la familia y a la sociedad. Mediante el evangelio de Jesucristo y la per­fecta organización de la Iglesia, revelados en esta dispensa­ción al profeta José Smith, estamos ayudándonos espiritual­mente unos a otros, aprovechando las innumerables oportuni­dades que tenemos de participar en los programas de su plan. Asimismo, a través del sistema unificado de escuelas y del Programa de Bienestar, estamos ayudándonos mutuamente en el campo educacional y temporal; prácticos y evidentes bene­ficios están, día a día, resultando del esfuerzo combinado de todos los Santos de los Últimos Días.

Con la asociación y la actividad en los distintos quórumes del sacerdocio, en las varias organizaciones auxiliares y en nuestras reuniones sociales y espirituales, estamos fomentando la hermandad humana. Por medio de nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo que, como las demás organizaciones auxiliares de la Iglesia, operan bajo la dirección del sacerdocio, estamos proveyendo a nuestra juventud de medios tendientes a asegurar una constante actividad y recreación sanas. Es de tal forma que la Iglesia fomenta la faz práctica y cotidiana de la vida.

El objetivo primordial de las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo, es ayudar a llevar a cabo, bajo la inspiración y la guía del Señor, la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

Nuestro directo e inmediato propósito, es depositar en los corazones de la juventud de Sión un firme y real testimonio de la divinidad de la obra de Dios, sin el cual no puede obte­nerse la vida eterna, porque “. . . ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verda­dero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3.)

Nunca antes, en toda la historia de la Igle­sia, ha habido tanta influencia insidiosa entre nuestra gente como en la actualidad, con respec­to a la actividad. Nunca antes se ha visto una juventud tan amenazada como hoy. No creo ser una de esas personas pesimistas o que piensan que la juventud moderna es peor que la de ataño. En verdad, tengo tanta confianza en nuestros muchachos y jovencitas, como la que habréis te­nido vosotros, padres y madres, en vuestros hijos e hijas hace veinte o más años. La mayoría de los jóvenes de hoy son tantos o más serios, pien­san y consideran tanto o más la religión, y aman tanto o más la verdad que aquéllos de antaño. Pero las condiciones existentes en la actualidad son, en realidad, tanto o más graves que las de años anteriores. Hoy, es evidente la mayor can­tidad de influencias malignas que tratan de des­viar a la juventud por senderos prohibidos.

Aun algunos de nuestros jóvenes y señoritas piensan que las normas de la moralidad han cambiado. Pero os digo que las normas de moral de los Santos de los Últimos Días nunca cam­biarán; no deben cambiar jamás. Las reglas mo­rales de los que son del mundo podrán ser cam­biadas, enmendadas o rebajadas, y hasta podrían sus influencias penetrar en nuestro propio ámbito social, pero nuestras normas han de mantenerse y conservarse por siempre. Para ello es menester que todo joven de la Iglesia conozca y compren­da cabalmente dichas normas.

¿Sobre quién descansa entonces esa respon­sabilidad? La A.M.M., con sus clases instructivas y con sus actividades en música, bailes, deportes y arte dramático—de las que participan no sólo los jó­venes, sino también los que quieren permanecer jóve­nes—, tiende a establecer un medio de vida completo y deseable.

Uno de los deberes de la A.M.M. es presentar dra­mas que no solamente entretengan sino que asimismo sean edificantes y educativos—que realcen lo mejor de las relaciones humanas. Esto debiera llevarse a cabo por varias razones, pero principalmente por dos de ellas:

En primer lugar, los jóvenes, al memorizar sus conservaran en sus mentes algunos pasajes que podrían influir sanamente en sus vidas. Y la segunda y más importante razón es que, mediante estas obras dramáticas, podrán poner de manifiesto su íntima per­sonalidad ante la concurrencia. Para la gente joven, especialmente, una obra bien escrita y distribuida, es no solo un espejo de la naturaleza”, sino la realidad misma.

Los dramas son una fase muy importante dentro de la obra de la A.M.M., y constituyen un eficaz ins­trumento para la creación y el cultivo de una firme preferencia por lo mejor y más elevado de la literatura y de la vida misma.

En una de Sus revelaciones modernas, el Señor de­claró que la canción de los justos es una oración para nuestro Padre Celestial. (Doc. y Con. 25:12.) Os re­comiendo que disfrutéis y cultivéis este arte divino que es la música. Tratad de inclinaros hacia la buena música, para que penetre vuestros corazones. La par­ticipación en las actividades y festivales musicales pro­piciados por la A.M.M., os ayudarán en ello.

Hace varios años, “la gran señora de la A.M.M.”, Ruth May Fox, escribió un poema que, habiéndosele puesto música, ha llegado a ser “el animoso himno de la Mutual.” Vosotros, los que amáis a la Asociación de Mejoramiento Mutuo, y que trabajáis en ella, recono­ceréis enseguida estas inspiradas palabras:

“Constantes cual firmes montañas unidos en gran valor, en la Roca nos fundamos, la Roca del Salvador. . .

En honor y virtud plantada, y fe en nuestro Dios, su bandera desplegamos sobre la soledad. . .”

También yo quiero unir mi voz a la vuestra, oh juventud de Sión, para decir:

“Cantad, juventud bendita: ¡A vencer, a vencer, a vencer…!”

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Firmes testimonios acera de Cristo

Liahona Mayo 1962

Firmes testimonios acera de Cristo

(Tomado de the Improvement Era)

¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre? (MATEO 16:13.)

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre—
Que por él, y mediante él, y de él los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.

El profeta José Smith y Sidney Rigdon


Yo testifico que Jesús es el Cristo, el Salvador y Redentor del mundo; he obedecido sus palabras y comprendido sus promesas, y el conocimiento que dé El tengo no puede serme dado ni quitado por la sabiduría de este mundo.

El presidente Brigham Young


El Jesucristo] tiene el poder para restaurar la vida de aquellos que la pierdan; por tanto, Él es la Resurrección y la Vida, cuyo poder otro hombre no tiene.
Por consiguiente, siendo el Mediador entre Dios y el hombre, le asiste el derecho de ser guía y director de vivos y muertos tanto en la tierra como en los cielos, y en el pasado, presente y futuro de los hombres.

El presidente John Taylor


Siempre he visto en la vida de nuestro Salvador, todo un ejemplo para sus seguidores. Y aun, en cierto sentido, me resulta extraño que el Hijo de Dios, el Primogénito de Dios en los mundos eternos, el Unigénito en la carne, haya tenido que descender a la tierra y soportar lo que soportó-nacido en un establo, acunado en un pesebre, perseguido, afligido, despreciado, siendo objeto de calumnia y oprobio para casi todo el mundo, especialmente para los habitantes de Jerusalén y la Judea.
Todo esto causa cierta sensación de pena; pero parece haber sido necesario que el Salvador descendiera por debajo de todas las cosas, para poder ascender luego y superar todas las cosas.

El presidente Wilford Woodruff


Cuando Jesús vino, lo hizo no simplemente para sacrificarse por los intereses de Israel. . . sino por el interés de la entera familia humana, para que por él todos los hombres pudieran ser bendecidos, para que por él todos los hombres puedan ser salvos; su misión fué proveer a la humanidad de los medios por los cuales pueda gozar de los beneficios del evangelio sempiterno… no sólo a los que moran sobre la tierra, sino también a los que habitan el mundo espiritual.

El presidente Lorenzo Snow


Jesucristo es el Hijo de Elohim, Su descendiente tanto espiritual como corporal; es decir, Elohim es literalmente el Padre del espíritu de Jesucristo y también del cuerpo con el cual Jesús llevó a cabo su misión en la carne, cuyo cuerpo murió en la cruz y fué luego levantado mediante el divino proceso de la resurrección, siendo ahora el tabernáculo inmortal del espíritu de nuestro Señor y Salvador.

El presidente José F. Smith


Es notable el hecho de que no podamos leer u oír de las obras que nuestro Señor y Salvador Jesucristo realizara sin que sintamos gozo cada vez que lo hagamos, mientras que por otro lado no hay otro hombre de cuya vida e historia no nos sintamos cansados después de leerlas u oírlas un par de veces. La historia de Jesucristo es siempre nueva. Cuanto más leo de su vida y obras, más grandes son el gozo, la paz, la felicidad y la satisfacción que llenan mi alma. Siempre hallo un nuevo encanto al contemplar sus palabras y el plan de vida y salvación que enseñara a los hombres durante su ministerio sobre la tierra.

El presidente Heber J. Grant


Se nos ha dicho que no seremos juzgados por el pecado de Adán, sino que seremos responsables por nuestros propios pecados. La expiación de Jesucristo nos libró del pecado do nuestro padre Adán, gracias a quien nos ha sido posible vivir sobre la tierra; y en el propio y debido tiempo, si aprovechamos nuestras oportunidades, estaremos preparados para resucitar de la muerte.

El presidente Jorge Alberto Smith


No hay principio enseñado por el Salvador que no sea aplicable al crecimiento, evolución y felicidad de la humanidad. Cada una de sus enseñanzas está conectada con la verdadera filosofía de la vida. Yo las acepto de todo corazón. Me gusta estudiarlas. Gran gozo produce el tratar de vivir en base a ellas.

El presidente David O. McKay

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La existencia pre-terrenal del hombre

Liahona Mayo 1962

La existencia pre-terrenal del hombre

Por Daniel H. Ludiow
(Tomado de the Improvement Era)

HAY dos palabras, generalmente usadas para referirse a las relaciones del tiempo, que siempre me han parecido algo capciosas y en cierto modo auto contradictorias. Una de esas palabras—prehistoria —es usada para definir un tiempo muy antiguo y remoto. Pero probablemente la mayoría de nosotros reconocerá, si se estudia y analiza su etimología, que dicho término no significa realmente lo que quiere dar a entender. La palabra prehistórico no se refiere a un período anterior a la Historia, sino a uno anterior a algún punto arbitrario de la Historia.

La otra palabra es una que tiene que ver con el alma o espíritu del hombre. Y esta es preexistencia. Yo creo que cuando usamos esta palabra, realmente estamos pensando o queriendo referirnos a la existencia pre-terrenal (o pre-mortal) del hombre, y que usamos el termino preexistencia” sólo por tradición. Habiendo destacado este particular, vamos ahora a tratar directamente el problema en sí: ¿Hemos o no existido antes de nacer sobre la tierra como seres mortales? En tal caso, ¿cuál fué la naturaleza de dicha existencia?

Aunque la mayoría de los religiosos y filósofos del mundo, desde tiempo inmemorial, ha estado tratando de dilucidar el problema, existe un sólo y único plan que ofrece la más completa y satisfactoria respuesta: el evangelio de Jesucristo. Las enseñanzas de los antiguos profetas, tal como se encuentran en las presentes versiones de la Biblia, no son tan claras como mucha gente quisiera, pero sin embargo hay evidencias de que aquellos siervos de Dios enseñaron una definida doctrina acerca de la existencia pre-terrenal del hombre.

Asimismo, los profetas modernos han contribuido notablemente a aumentar el grado de conocimiento respecto a dicha existencia original. José Smith, el Profeta de la Restauración, enseñó que todo ser humano que haya vivido, viva o llegue a vivir sobre la tierra, ha tenido una existencia pre-terrenal: primero, como una mente o inteligencia”; más tarde, como un hijo espiritual de Dios, vestido de un cuerpo espiritual. El Profeta dijo:

La mente o inteligencia que el hombre posee es co-igual con Dios. . . Estoy hablando de la inmortalidad del espíritu del hombre. ¿Sería lógico decir que la inteligencia de los espíritus es inmortal, y sin embargo, que tuvo un principio? La inteligencia de los espíritus no tuvo principio ni tendrá fin. Esto es un buen razonamiento. Lo que tiene principio puede tener fin. Nunca hubo tiempo en que no hubo espíritus, porque ellos y nuestro Padre Celestial son co-iguales [es decir, co-eter-nos]. . . La inteligencia es eterna y existe sobre un principio que es existente por sí mismo. Es un espíritu, de eternidad en eternidad, y nada tiene de creado. (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 437-438)

Aproximadamente en la misma época en que declarara lo que se ha transcripto en el párrafo anterior, el profeta José Smith manifestó que toda materia ha existido, desde la eternidad, en un estado elemental, y que la misma no puede ser creada ni destruida, aunque sí cambiada en naturaleza o condición. Y esta verdad, con el correr de los tiempos, ha sido verificada a través de los experimentos de la ciencia.

La mente o inteligencia del hombre, esencialmente, es la parte de nuestro ser con que operamos nuestro pensamiento. Las Escrituras no son claras con respecto al estado exacto de la inteligencia antes de que fuera organizada, o en otras palabras, antes de que fuera revestida de un cuerpo espiritual por el Creador. Sin embargo, son terminantes en cuanto al concepto de que todos fuimos “inteligencias organizadas” (Abrahán 3:22), y que desde entonces comenzamos a referirnos a Dios como nuestro Padre. Esto fué nuestro nacimiento espiritual, mediante el cual llegamos a ser hijos e hijas de Dios. Por lo tanto, todos somos realmente hermanos y hermanas, ya que venimos de un mismo Padre: Dios.

Los antiguos profetas, en su mayoría, estaban familiarizados con esta doctrina de que liemos tenido una existencia anterior a la vida terrenal, como hijos e hijas de Dios:

Por otra parte, tuvimos           a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12:9)

Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. (Hechos 17:29)

En el libro de Números, Moisés hace referencia al “Dios de los espíritus de toda carpe. . .” (Núm. 16:22 y 27:16). En Eclesiastés 12:7 leemos: “. . .El espíritu vuelva a Dios-que lo dio.” ¿Cómo podría un espíritu retornar a Dios si nunca ha estado en su presencia? El Señor declaró a Jeremías que le había preordinado en el mundo espiritual, antes de que naciese en este mundo terrenal. Al respecto, Jeremías declara:

Vino, pues, palabra de Dios a mí, diciendo:

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones,” (Jeremías 1:4-5)

También el profeta Job entendió la doctrina de la existencia pre-terrenal del hombre. De acuerdo a sus registros, parece que el Señor le preguntó:

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra. . .

Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios? (Job 38:4, 7)

Notemos que esta Escritura nos dice que los hijos de Dios se regocijaban (lo cual da a entender que existían), antes que la tierra fuera formada. Prestemos también atención a que hijos está en plural y dice que del regocijo participaban todos ellos.

Quizás una de las más impresionantes Escrituras acerca de la doctrina de una existencia pre-terrenal, sea la que nos llega, mediante el Nuevo Testamento, de boca del Salvador mismo:

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?

Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. (Juan 9; 1-3; cursiva del autor)

Notemos la definida implicación que se hace, tanto en la pregunta como en la respuesta, a una existencia pre-terrenal. Si no hubiera habido existencia pre-terrenal alguna, lo más lógico era esperar que el Señor contestara: “No ha habido existencia antes del nacimiento; por lo tanto es absurdo pensar (pie este hombre pudo haber pecado antes de nacer.” Sin embargo, el Maestro no hizo tal comentario, sino que confirmó la creencia de sus discípulos en cuanto a la existencia pre-terrenal, al reconocer que el ciego en cuestión podría haber pecado antes de nacer, pero declarando que en este caso particular no era así.

Jesucristo también nos definió como hijos e hijas de Dios, al decirnos:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48; cursiva del autor)

En varias ocasiones, el Salvador 110 sólo indicó que éramos hijos e hijas de Dios, sino que El mismo era Hijo de Dios en igual sentido. Según Mateo 6:9, Él nos enseñó a orar al “Padre nuestro que estás en los cielos. . .” Y cuando, una vez resucitado, habló con María Magdalena, le dijo: “. . . ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre . . .” Juan 20:17; cursiva del autor) Es obvio que Jesús (pieria ‘decir que Dios es nuestro Padre, tal como lo era de El mismo. Esto es, que Dios es el Padre de todos nosotros como hijos espirituales.

Sabemos que además de la mencionada, hay otra relación entre Dios y Jesucristo, puesto que éste es hijo carnal, a la vez que espiritual, de Dios. Pero refiriéndose específicamente a la paternidad espiritual de Dios, muchas son las Escrituras que nos aclaran esta doctrina. Por ejemplo, en Goloseases 1:15 leemos que Jesucristo es “el primogénito de toda creación” En Juan 1:1-5, 9, 10, 14; 6:62; 16:28; 17:4-5; 1 Pedro 1:18-20; y muchos otros pasajes bíblicos, encontramos la aseveración de que Jesucristo es nuestro hermano mayor. Y Pablo también nos dice:

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo. . .” (Romanos 8:16-17; cursiva del autor)

El cuerpo espiritual que teníamos en la existencia pre-terrenal, sin embargo, no era un cuerpo de carne y huesos como el que ahora tenemos. No obstante, estaba compuesto de una materia espiritual, que ha sido definida por el profeta José Smith de la siguiente manera:

… el espíritu es una sustancia;…es materia, pero. . , más pura, elástica y refinada que el cuerpo;. . . existió antes que el cuerpo, puede existir en el cuerpo; y existirá separada del cuerpo cuando el cuerpo se esté convirtiendo en polvo; y… en la resurrección los dos serán unidos de nuevo. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 251)

También el Salvador nos enseñó algo concerniente a la naturaleza de los cuerpos espirituales. Consideremos cuidadosamente el relato de la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Los apóstoles estaban reunidos a puertas cerradas en un cuarto y no obstante el Señor resucitado se les apareció y “les dijo: Paz a vosotros.”

Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.

Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?

Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. (Lucas 24:36-39; cursiva del autor)

En esta breve manifestación, el Señor nos hace reconocer dos cosas: primero, que los espíritus existen y que ellos aparentemente tienen cuerpo, con manos, pies, etc.; y segundo, que el cuerpo de un espíritu no es de carne y huesos.

La mejor descripción de un cuerpo espiritual se encuentra en el Libro de Mormón. Unos dos mil años antes de su nacimiento terrenal, Jesús apareció, en su forma espiritual, al hermano de Jared, y le dijo:

. . . ¿Ves cómo has sido creado a mi propia imagen? Sí, en el principio todos los hombres fueron creados a mi propia imagen.

He aquí, este cuerpo que ves ahora, es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne. (Eter 3:15-16; cursiva del autor)

Aunque el cuerpo espiritual que tuvimos antes de venir a la tierra, era el prototipo del que ahora tenemos, y con él éramos capaces de llevar a cabo notables tareas (cuando Jesucristo creó los mundos, no tenía aún un cuerpo físico), teníamos ciertas limitaciones en aquel estado. Aparentemente, una de estas limitaciones era que, con solo el cuerpo espiritual, éramos incapaces de procrear, es decir, que los cuerpos espirituales no pueden tener hijos. Y sin los poderes para multiplicarnos, nuestras posibilidades de progresión eterna eran limitadas.

A fin de darnos oportunidad de poseer cuerpos de carne y huesos, cuerpos capaces de multiplicarse, Dios, nuestro Padre Eterno, llamó a un gran concilio en los cielos y nos presentó un plan mediante el cual podíamos llegar a compartir con Él, el poder de crear y de procrear. Este concilio, indudablemente, fué uno de los acontecimientos más significativos de nuestra existencia pre-mortal.

El plan presentado por Dios nos proveía la oportunidad de salir temporariamente de su presencia y venir a la tierra, donde podríamos (1) aprender a vivir por la fe; (2) ser probados en nuestra fidelidad para guardar los mandamientos que Él nos diera; y (3), habiendo obtenido cuerpos físicos de carne y huesos, tener facultades para procrear y multiplicarnos. Para que podamos realizar cabalmente los dos primeros objetivos mencionados, nuestro Padre consideró que era necesario que un velo de olvido nos separara de nuestra existencia pre-mortal, puesto que de otro modo no aprenderíamos a vivir por la fe (sino que viviríamos de acuerdo al conocimiento que teníamos en aquellas existencia), ni nuestra vida terrenal podría ser probatoria.

Aunque muchos de los hijos de Dios se regocijaron al recibir este plan que les proveía oportunidades de progresión eterna, otros se opusieron al mismo. Estos disidentes estaban encabezados por Lucifer, el “ángel de la mañana,” y sus argumentos incluían los siguientes puntos de vista:

  1. Si vamos a la tierra, fuera de la presencia de Dios, y nos son dados mandamientos y libertad de acción, la mayoría o todos nosotros cometeremos pecados y no guardaremos, sin duda, algunos de estos mandamientos.
  2. Una ley eterna hace imposible que una persona mala o pecadora vuelva a la presencia de Dios. Por lo tanto, si cometemos pecado, estaremos perdidos para siempre.
  3. No debiera darse al hombre la oportunidad de pecar; y por consiguiente, tampoco debiera dársele mandamiento alguno (para que de esta forma no peque), o si se le dan mandamientos, no debe tener el hombre derecho de escoger, sino en tal caso obligársele a cumplirlos.
  4. Puesto que este plan de privar al hombre de toda responsabilidad (y por consiguiente, de su libre albedrío), pertenece a Lucifer, todo el honor y la gloria que resulte del mismo, deben serle acreditados.

Jehová (el que luego de su nacimiento terrenal se llamaría Jesucristo), se opuso, a su vez, a los argumentos de Lucifer y habló en favor del plan presentado por Dios el Padre. Al proponer dicha posición, indudablemente Jehová incluyó los siguientes considerandos:

  1. Es verdad que si vamos a la tierra, fuera de la presencia de Dios, y se nos dan mandamientos a la vez que el libre albedrío, posiblemente muchos hombres no guardarán dichos mandamientos y pecarán.
  2. Es también cierto que ningún pecador puede morar en la presencia de Dios; sin embargo, si una persona que tuviera el poder de Dios, fuera enviada a la tierra, y estuviera dispuesta a expiar los pecados cometidos, los hombres, si se arrepintieran y obedecieran los mandamientos, podrían entrar nuevamente en la presencia de Dios.
  3. El libre albedrío—la libertad o derecho de escoger—es parte inherente del principio de la progresión eterna. Sin él, los hombres no podrían ser considerados responsables por sus propios actos y por tanto nunca podrían llegar a ser como Dios, nuestro Padre, es.
  4. Puesto que este plan de salvación y exaltación es obra de Dios, sólo a Dios corresponden la gloria y el honor resultantes.

Lucifer y sus seguidores continuaron oponiéndose al plan del Padre, argumentando que Dios no tenía suficiente poder para redimir a los hombres de sus pecados; esto equivalía a negar el poder de Dios y discutir Su palabra.

El debate que siguió a la presentación de estos planes, derivó en lo que uno de los profetas definiera como “guerra en los cielos.” (Véase Apocalipsis 12:7-12) Finalmente, el conflicto fué resuelto, y sus resultados son los siguientes:

  1. Lucifer y sus seguidores fueron expulsados de los cielos, no permitiéndoseles participar en el plan de Dios.
  2. El gran plan de salvación y exaltación propuesto por Dios el Padre, y apoyado por Jehová, el Primogénito en el Espíritu, fué llevado a la práctica.

Todas las Escrituras contienen referencias a este concilio en los ciclos y al conflicto resultante. Respecto del destierro de Lucifer y sus seguidores, Isaías dice:

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! . . .

Tú que decías en tu corazón: Subiré al ciclo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono. . . (Isaías 14:12-13)

Muchos de los escritores del Nuevo Testamento se refieren al “ángel que pecó,” “los ángeles que no guardaron su primer estado,’ y “la tercera parte” de las huestes del cielo que siguieron a Lucifer y fueron desterradas. (2 Pedro 2:4; Judas 6; Apocalipsis 12:4, 7-12)

Sin embargo, los relatos más completos de estos eventos están en las Escrituras que nos han sido revelados en ésta, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. (2 Nefi 2:17-18; 9:8-9; D. y C. 29:36-38; 76:25-29; Moisés 4:1-4; Abrahán 3:27-28)

Muchos quizás piensen que Dios el Padre fué algo injusto al negar a Lucifer y sus seguidores el privilegio de una vida mortal, a raíz de su rebelión en los cielos. Sin embargo, los siguientes principios relacionados con la actitud de Lucifer, debieran ser siempre tenidos en cuenta:

  1. Dios es un Dios de ley y de orden; por ende, El mismo está limitado por ciertas leyes divinas v eternas. (D. y C. 82:10; Alma 12:32 y 42:13) Una de las leyes por las cuales Dios está limitado, es la ley de la justicia, la cual, esencialmente, significa que toda ley está secundada por el castigo o la recompensa, la maldición o la bendición, según su cumplimiento, es decir, conforme sea obedecida o desobedecida.

Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

Y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa. (D. y C. 130: 20-21)

  1. Lucifer y sus seguidores se rebelaron contra el plan do Dios por propia voluntad y sabiendo lo que hacían, rechazaron las leyes sobre las que se basan las bendiciones de la vida terrenal. Por consiguiente, ellos trajeron sobre sí su propia condenación. Ellos—y no Dios—son responsables de sus propios castigos y limitaciones.
  2. Hay por lo menos una condición que es peor que el castigo impuesto a Lucifer (“Perdición”) y sus seguidores (“Hijos de Perdición”), de no poder venir a la tierra y obtener un cuerpo físico.

Y esa peor condición es la de llegar a ser un “Hijo de Perdición” después de haber obtenido un cuerpo físico. El Señor ha definido esta clase de ser de la siguiente manera:

A sí dice el Señor concerniente a todos los que conocen mi poder y han participado do él, y se han dejado vencer por el poder del diablo, neptunio la verdad y desafiando mi poder;

Estos son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor hubiera sido para ellos no haber nacido;

. . . Concerniente a los cuales he dicho que no hay perdón en este mundo ni en el venidero. . . (D. y C. 76:31-32, 34; cursiva del autor; léanse también los versículos 35 al 38)

La justicia de los castigos impuestos a ambas clases de hijos de perdición, es comprensible a todo aquél que busca la verdad. Lucifer y sus huestes rehusaron ante el gran concilio celestial, aceptar el sacrificio de Jesucristo y las leyes necesarias para una vida terrenal; por tanto, les fueron negados los privilegios y las bendiciones de esta vida. Caín y los otros que aquí en la tierra se convirtieron en hijos de perdición, habían aceptado, sin embargo, obedecer y sostener las leyes y mandamientos de Dios, pero después de haber obtenido un cuerpo físico fallaron a su palabra y quebrantaron los convenios. Por consiguiente, se concibe que el castigo dispuesto para los hijos de perdición físicos, sea más severo que el impuesto a Lucifer y sus seguidores espirituales. Las Escrituras son bastante claras al indicar que Caín (quien llegó a ser un hijo de perdición en la tierra), reinará sobre Lucifer (quien llegó a ser un hijo de perdición en los cielos) —es decir, Caín es más inicuo y malvado que Lucifer, puesto que transgredió promesas adicionales. (Véase Moisés 5:22-25)

A todos los hijos espirituales de Dios el Padre que hayan manifestado su aceptación del plan divino en el concilio de los cielos, les ha sido dado el derecho de venir a la tierra y obtener un cuerpo físico, habilitado para la procreación. Y este derecho no pudo haber sido dado a otro grupo que no haya prometido ajustarse a los requisitos y someterse a los convenios que corresponden al mismo. En un sentido real, todos los que han vivido, estamos viviendo o lleguen a vivir sobre la tierra, somos hijos e hijas de Dios, puesto que aceptamos, en la existencia preterrenal, sujetarnos a su disciplina. El, a su vez, nos ha prometido que si somos fieles y perseveramos en la verdad que nos ha legado, podemos llegar a ser como El—un Dios de gloria y honor—, capaces 110 solo ya de procrear, sino también de crear. ¡No en vano nos regocijamos y alabamos al Padre Eterno en el concilio de los cielos!

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El sacerdocio y el joven en la Iglesia

Liahona Mayo 1962

El sacerdocio y el joven en la Iglesia

por el presidente David O. McKay

Como miembros de la Iglesia, estamos muy agradecidos por la aparición de Dios y Jesucristo en la Arboleda Sagrada, respondiendo a la oración del joven José Smith, oportunidad en que el Padre dijo: “¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” Este fue uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la humanidad.

Más tarde, Juan el Bautista, como ser resucitado, fué enviado para responder a las oraciones de José Smtih y Oliverio Cówdery, sobre quienes confirió el Sacerdocio de Aarón que habilitaba a ambos jóvenes para bautizarse uno al otro y les daba el poder de la ministración de ángeles.

Luego, otros tres seres resucitados—Pedro, Santiago y Juan—fueron enviados para otorgar el Sacerdocio Mayor o de Melquisedec, con poderes y autoridad para establecer la Iglesia en su plenitud, revelándoles la organización completa de la misma, tal como existiera en los tiempos en que el Salvador viviera como un ser mortal sobre la tierra.

El sacerdocio no tiene comienzos; y no tendrá fin. Es eterno como Dios mismo. Juan el Bautista, que poseía el Sacerdocio de Aarón, fué quien bautizó a Jesucristo. Y testificó de la divinidad del Salvador; vió al Espíritu Santo descender sobre El; Juan el Bautista es un hombre sobre el que no pueden tenerse dudas de que tenía el sacerdocio y su derecho de conferirlo sobre otros. Y él vino en esta dispensación como un ser resucitado para conferir a José Smith y Oliverio Cowdery aquel poder y autoridad para representar a Dios. Ningún otro hombre tuvo el derecho que Juan tenía. Y él descendió como mensajero para otorgar dicha autoridad sobre aquéllos que habían suplicado por ella, deseando saber cómo obtenerla. Desde entonces, cada mes de mayo, la Iglesia realiza programas conmemorativos, en recordación de la restauración del Sacerdocio de Aarón, que tuvo lugar a orillas del río Susquehana, el 15 de mayo de 1829.

Un joven que es ordenado diácono al serle conferido el Sacerdocio Aarónico, es debidamente apartado para ello. Él no puede andar sometiéndose a juramentos, ni fumar, ni deambular haciendo perjuicios entre sus vecinos, como hacen otros jóvenes que no han sido apartados como él. Por el contrario, debe ser un verdadero líder entre sus amigos y compañeros. Puede oír a otros injuriar, pero él mismo nunca debe hacerlo; antes bien, le asiste el derecho de amonestar y corregir. Nunca sentí tanto orgullo hacia nuestros jóvenes, como cierta vez en que, al pasar, oí que un muchacho que vivía a media cuadra de la Manzana del Templo dijo a otros que jugaban con él: “En nuestro grupo no acostumbramos a jurar.” Era sólo un diácono, pero magnificaba su llamamiento; y nunca más juró nadie en su grupo.

¿Me permitiréis mencionar algunas de mis propias experiencias de cuando era yo poseedor del Sacerdocio Menor?

Recuerdo que cuando era un diácono, solía cortar leña para las viudas de nuestro barrio los días sábados. Acostumbrábamos, con un grupo de nueve compañeros, a tener una breve reunión y luego de tomar nuestras hachas, íbamos a las casas de las hermanas viudas y les cortábamos la leña que necesitaban para la semana.

Cuando maestro, recuerdo mi primera experiencia como acompañante en la obra de los maestros visitantes. Aún recuerdo la primera casa a la que entré como tal. Pero principalmente tengo grabado en mi memoria el momento en que mi compañero, Eli Traey, me contó de su experiencia como fumador. Había adquirido el hábito en un tiempo, pero una vez que decidió terminar con ello, tomó su pipa y su tabaco y los colocó sobre la repisa de la chimenea, en un lugar donde podía estar viéndolos constantemente, y dijo para sí: ¡Ahora se quedan allí. Ya nunca volveré a tocarlos!’’ Y nunca jamás volvió a fumar. Él era ahora un hombre que había agregado dignidad a su propia hombría y fuerza a su propio carácter. Nunca lo olvidé. Yo estaba enseñando, pero esa fué la mejor lección que alguien pudo haber recibido ese día. Era yo, precisamente, quien había sido enseñado.

Siendo yo un presbítero, recuerdo que me tocó administrar la Santa Cena por primera vez en mi vida; y especialmente me acuerdo de ello porque me equivoqué en la oración. En aquel entonces no teníamos delante nuestro la oración impresa en una tarjeta, como ahora. Como presbíteros, se esperaba de nosotros que memorizáramos las palabras. La mesa sacramental estaba ubicada inmediatamente debajo del pulpito y mi padre, a la sazón obispo de nuestro barrio, solía permanecer parado justamente detrás del que ofrecía la oración.

Yo creía saber perfectamente la oración, pero cuando me arrodillé y vi delante de mí a toda la concurrencia, me sentí aturdido. Recuerdo que cuando estaba diciendo: “. . . que desean tomar sobre sí el nombre de tu Hijo “.  . . las cosas se me nublaron y agregué: “Amén.” Entonces mi padre, suavemente, me corrigió: “. . . y recordarle siempre. . .” Yo estaba ya incorporándome, pero dejándome caer nuevamente sobre mis rodillas, repetí: “. . . y recordarle siempre . . . Amén.” Y mi padre dijo: “. . . y guardar sus mandamientos que Él les ha dado; para que siempre tengan su espíritu consigo. Amén.” Me arrodillé nuevamente y repetí, una a una, las palabras que acababa de recordarme mi padre.

Sufrí todo el pánico del fracaso, pero soy feliz porque no me di por vencido.

Os menciono estas reminiscencias para significaros que los años pasan rápidos de la juventud a la madurez y de ésta a la ancianidad. Pero estas cosas no parecen ser muy remotas, porque la vida se va edificando en base a esas pequeñas experiencias.

Quiero felicitar a todos los poseedores del Sacerdocio de Aarón en la Iglesia, en esta ocasión, por sus grandes y sus pequeñas realizaciones. Dios os bendiga, jóvenes, para que podáis ser fieles a la ordenación que será siempre vuestra mientras la magnifiquéis.

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El poder de la fe

Conferencia General Octubre 1969

El poder de la fe

por el presidente Hugh B. Brown
Primer Consejero en la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos y hermanas, es un verdadero honor ser incluido como uno de los oradores de esta gran conferencia, un honor que, sin embargo, cambiaría con gusto en este momento con cualquiera; un honor que conlleva algunas responsabilidades. Me gustaría estar en armonía con lo que se ha dicho o se dirá, y para ello busco la guía divina.

El poder de la fe

Me gustaría discutir brevemente con los miembros de la Iglesia, así como con los no miembros, un tema de interés e importancia universales, un tema que es la causa impulsora de la acción: el poder de la fe.

Entendemos que los mundos fueron creados por la palabra de Dios a través de este principio, “de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Heb. 11:3).
El sentido predominante en que se usa este tema a lo largo de las escrituras es el de plena confianza en el ser, los propósitos y las palabras de Dios. Tal confianza, si es implícita, eliminará toda duda sobre las cosas realizadas o prometidas por Dios, aunque tales cosas no sean aparentes o explicables por los sentidos ordinarios.

Algunos piensan que las personas religiosas son poco prácticas y viven en las nubes de una esperanza injustificada. La noción de que la ciencia es todo hecho y la religión toda fe es una ficción. La ciencia, al igual que la religión, se basa en la fe, pues la fe siempre es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Seguir leyendo

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La caída de Adán

La caída de Adán


Marion G. Romney
Consejero en la Primera Presidencia

(Look to God and Live, compilado por George J. Romney [Salt LakeCity: Deseret Book Co., 1971], págs. 249-51.)

Me gustaría comentar algo acerca de mi testimonio sobre la misión de Jesucristo y penetrar en el pasado por un momento, si puedo contar con la ayuda del Espíritu del Señor para decir correcta­mente la verdad y mencionar la gran condición existente anterior a la misión de Jesucristo. Esta fue la comisión del padre Adán, pues sin ella no hubiese habido necesidad de la misión —la Expiación— de Jesucristo.

La Primera Presidencia me ha dado la asignación de servir en el Comité de Publicaciones de la Iglesia. Se espera que este comité lea y dé el visto bueno a toda la literatura que se propone para los cursos de estudio de nuestras organizaciones auxiliares. Me agradaría en gran manera si, en la preparación de esta literatura, pudiéramos apartarnos de usar el lenguaje de aquellos que no creen en la misión de Adán. Me refiero a frases y palabras como «hombre primitivo», «hombre prehistórico», «antes de que el hombre aprendiera a escribir» y frases seme­jantes. En ocasiones usamos estos términos de una forma que ofende mis sentimientos; como que me indica que nos confundimos en nuestra compren­sión de la misión de Adán. La connotación de estos términos, según los usan los no creyentes, no está en armonía con nuestra comprensión de la misión de Adán.

«Adán cayó para que los hombres existiesen: (2 Nefi 2:25). No hubo hombres pre-adámicos en la línea ancestral de Adán. El Señor dijo que Adán fue el primer hombre (Moisés 1:34, 3:7; Doctrinas y Convenios 84:16). Es difícil para los hombres concebir a un hombre anterior a Adán, anterior al primer hombre. El Señor también dijo que Adán fue la primera carne (Moisés 3:7), lo cual, según una afirmación en el libro de Moisés hecha por Enoc, que no hubo muerte en el mundo antes de Adán (Moisés 6:48; véase también 2 Nefi 2:11). Enoc dijo:

La muerte ha venido sobre nuestros padres, no obstante, los conocemos, y no podemos negar, y al primero de todos conocemos, aun a Adán.

Porque hemos escrito un libro de memorias, entre nosotros, de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios; y se ha dado en nuestro propio idioma (Moisés 6:45, 46).

Yo comprendo según esto, que Enoc leyó acerca de Adán en un libro que fue escrito bajo la dirección del Dios Todopoderoso. Así pues no hubo hombres prehistóricos que no podían escribir, porque los hombres que vivían en los días de Adán, que fue el primer hombre, escribían.

Yo no soy científico. No pretendo conocer nada sino a Jesucristo crucificado y los principios de su evangelio. Sin embargo, si hay cosas en las capas de la tierra que indican que hubo hombres anteriores a Adán, no fueron sus antepasados.

Adán fue el hijo de Dios. Fue nuestro hermano mayor, no mayor que Jesús pero sí nuestro her­mano en el mismo sentido que Jesús y «cayó» a la vida terrenal. No llegó a ser por medio de una cadena evolutiva orgánica. Tuvo que haber una caída. «Adán cayó para que los hombres exis­tiesen» (2 Nefi 2:25).

Ahora leeré este pasaje:

Porque hemos escrito un libro de memorias entre nosotros, de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios; y se ha dado en nuestro propio idioma.

Y al hablar Enoc las palabras de Dios, la gente tembló y no pudo estar en su presencia (Moisés 6:46-47).

Algunos consideran a los hombres antiguos como salvajes, como si no tuvieran inteligencia. Yo les digo que este hombre Enoc tenía inteligencia, y Adán también la tenía, igual que cualquier hombre que haya vivido o viva ahora. Eran los hijos de Dios.

Y él les dijo: Por motivo de que Adán cayó, existimos; y por su caída vino la muerte; y lle­gamos a participar de miseria y de aflicción (Moisés 6:48).

Si Adán y Eva no hubieran participado de la fruta prohibida, no habrían tenido hijos, y nosotros no hubiéramos llegado a ser (2 Nefi 2:23-25; Moisés 5:11).

Yo no considero como pecado la acción de Adán. Pienso que fue un acto deliberado del libre al­bedrío. El escogió hacer lo que se tenía que hacer para adelantar los propósitos de Dios. Las consecuencias de este acto hicieron que fuera necesaria la expiación del Redentor.

No debo comentar más a fondo este asunto, pero de nuevo digo que me agradaría mucho si en nuestra enseñanza del evangelio pudiéramos apartar la verdad revelada de las ideas y teorías de los hombres que no creen en lo que el Señor ha reve­lado respecto a la caída de Adán.

Ahora bien, yo creo al igual que Enoc que «Por motivo de que Adán cayó, existimos; y por su caída vino la muerte» (Moisés 6:48) que todo hombre tiene que morir. Creo que para satisfacer la justicia, se necesitó la expiación de Jesucristo para redimir al hombre de esa muerte, que de nuevo podrán levantarse el espíritu y el cuerpo unidos, aunque hayan sido separados por la muerte. Creo que mediante la expiación de Jesucristo se pagó por cualquier «transgresión» de Adán, y así como en Adán todos mueren, aun así en Cristo todos serán vivificados, todas las criaturas vivientes (1 Corintios 15:22; Doctrinas y Convenios 29:24, 77). Creo también, que mediante la expiación de Jesucristo se expiaron mis pecados, los de ustedes, y los de cada ser humano que haya vivido o viva sobre la tierra, con la condición de que aceptemos el evangelio y lo vivamos hasta el fin de nuestra vida.

Yo sé que mi Redentor vive. No será mayor mi conocimiento de esto cuando me pare ante la barra de Dios para ser juzgado. Esto lo testifico, no por lo que la gente me ha dicho; lo testifico por el conocimiento que me ha revelado el Espíritu Santo. En cuanto a este conocimiento, después de mandar a los apóstoles de esta dispensación que testificaran que las palabras que les había pronun­ciado eran de Él, el Señor dijo:

Porque es mi voz que os habla; porque os son dadas por mi Espíritu, y las podéis leer los unos a los otros por mi poder; y si no fuere por él, no las podríais tener.

Por tanto podéis testificar que habéis oído mi voz, y que conocéis mis palabras (Doctrinas y Con­venios 18:35, 36).

Estoy dispuesto a testificar esto a todos los santos y a todos los hombres, justos y pecadores en el mundo, porque es la verdad eterna.

Yo sé que el profeta José Smith fue un profeta de Dios. Yo sé que vio a Dios, el eterno Padre y a su Hijo, Jesucristo, como él dijo. Yo no estuve allí, pero he leído su relato muchas, pero muchas veces. Por éste puedo tener una imagen en mi mente pero el conocimiento que tengo de que él tuvo la visión no llegó por ese medio. Lo recibí por el susurro del Espíritu Santo, y he escuchado esos susurros en mi mente igual que Enós cuando dijo: «La voz del Señor de nuevo llegó a mi alma» (Enós 10).

Yo sé que Dios reveló cada principio de salvación necesario para la exaltación del hombre al profeta José Smith. Sé que sus sucesores tienen todo el poder, la autoridad y el sacerdocio que tuvo el profeta José, menos las llaves de esta última dis­pensación. Pero ellos tienen todo el poder nece­sario para la salvación de los hombres. Ningún hombre que tenga un testimonio del evangelio será salvo a menos que sepa también esto.

Para concluir, permítanme decir esto. Trabajen, hermanos, trabajen en el reino. Obtengan un testimonio del evangelio. Pienso que es una des­gracia que los hombres y las mujeres estén en el mismo grado de progreso día tras día en cuanto a su testimonio, su conocimiento del evangelio y su trabajo en la Iglesia. Debemos avanzar. Debemos ser motivados a hacer nuestro mejor esfuerzo todo el tiempo, perfeccionando nuestras vidas, tra­bajando más, progresando y preparándonos para recibir al Redentor. Vivimos en un día muy cer­cano a su venida. Debemos apresurar el día, apresurar el trabajo de preparación para ese gran día, para que puedan descansar nuestras almas en el reino de Dios, lo cual espero que todos podamos hacer, y así lo pido en el nombre de Jesucristo, Amén.

(Marion G. Romney, Look to God and Live, compilado por George J. Romney [Salt LakeCity: Deseret Book Co., 1971], págs. 249-51.)

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Profetas para guiarnos

Liahona, Septiembre 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Profetas para guiarnos

Por el presidente Thomas S. Monson

Hace unos años me encontraba sentado en el salón del Templo de Salt Lake, donde la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles se reúnen una vez a la semana. Contemplé la pared que se halla frente a la Primera Presidencia, y allí observé los retratos de cada uno de los presidentes de la Iglesia.

family watching general conference on a tablet

Al mirar detenidamente a mis antecesores —desde el profeta José Smith (1805–1844) hasta el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008)—, pensé: “Qué agradecido me siento por la guía de cada uno de ellos”.

Estos son grandes hombres que nunca titubearon, nunca flaquearon y nunca fallaron; son hombres de Dios. Al pensar en los profetas modernos que he conocido y querido, recuerdo sus vidas, sus atributos y sus inspiradas enseñanzas.

El presidente Heber J. Grant (1856–1945) era el Presidente de la Iglesia cuando yo nací. Al contemplar su vida y sus enseñanzas, creo que una cualidad que el presidente Grant siempre ejemplificó fue la persistencia; la persistencia en las cosas que son buenas y nobles.

El presidente George Albert Smith (1870–1951) fue el Presidente de la Iglesia durante el tiempo en que presté servicio como obispo de mi barrio en Salt Lake City. Él señaló que existe una gran lucha entre el Señor y el adversario. “Si permanecen del lado del Señor”, enseñó él, “se hallarán bajo Su influencia y ningún deseo tendrán de hacer lo malo…”1.

Fui llamado a prestar servicio como miembro del Cuórum de los Doce en 1963 por el presidente David O. McKay (1873–1970). Por medio de su forma de vivir, él enseñó que debemos ser considerados con los demás. “El verdadero cristianismo”, dijo él, “es el amor en acción”2.

El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972), uno de los escritores más prolíficos de la Iglesia, tenía como principio rector en su vida el conocimiento del Evangelio. Leía las Escrituras incesantemente y estaba más familiarizado con las enseñanzas y doctrinas que se hallan en sus páginas que ninguna otra persona que haya conocido.

El presidente Harold B. Lee (1899–1973) fue mi presidente de estaca cuando yo era niño. Una de sus citas preferidas era “… permaneced en lugares santos y no seáis movidos…”3. Él alentó a los santos a estar en sintonía con el Espíritu Santo y responder a Sus susurros.

Creo que un principio rector en la vida del presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) sería la dedicación. Él estaba absoluta e inequívocamente dedicado al Señor. También estaba dedicado a vivir el Evangelio.

Cuando el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) llegó a ser Presidente de la Iglesia, me llamó a prestar servicio como su Segundo Consejero en la Primera Presidencia. El amor era su principio rector, lo cual se ejemplifica en su cita preferida, declarada por el Salvador: “… ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”4.

El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) era alguien que siempre veía lo bueno en los demás. Siempre fue cortés; siempre fue humilde. Fue un privilegio para mí servir como su Segundo Consejero.

El presidente Gordon B. Hinckley nos enseñó a dar nuestro mejor esfuerzo. Testificó poderosamente del Salvador y Su misión, y nos enseñó con amor. Servir como su Primer Consejero fue un honor y una bendición para mí.

El Salvador envía profetas porque nos ama. Durante la conferencia general de octubre, las Autoridades Generales de la Iglesia volveremos a tener el privilegio de compartir Su palabra. Tomamos esta responsabilidad con gran solemnidad y humildad.

Qué bendecidos somos de que la Iglesia restaurada de Jesucristo esté sobre la tierra y de que esté establecida sobre la roca de la revelación. La revelación continua es la savia misma del evangelio de Jesucristo.

Ruego que nos preparemos para recibir la revelación personal que llega en abundancia durante la conferencia general. Que nuestro corazón se llene de determinación al levantar la mano para sostener a los profetas y apóstoles vivientes. Que seamos iluminados, edificados, consolados y fortalecidos al escuchar sus mensajes. Asimismo ruego que estemos dispuestos a renovar nuestro compromiso con el Señor Jesucristo, Su evangelio y Su obra, y a vivir con una determinación renovada de guardar Sus mandamientos y hacer Su voluntad.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Monson comparte poderosas lecciones que aprendió de los profetas que lo precedieron. También nos recuerda que “el Salvador envía profetas porque nos ama”. Al ministrar a quienes usted enseñe, tal vez desee analizar de qué manera los profetas y apóstoles son una señal del amor que Dios tiene por nosotros. Considere compartir el consejo de uno de los discursos del presidente Monson de conferencias generales pasadas. Invite a los que enseñe a prepararse para la conferencia general repasando los discursos que los hayan inspirado y ayudado a sentir el amor del Salvador.

Jóvenes
Te damos, Señor, nuestras gracias

youth writing in a journal

¿De qué manera ha influido en ti nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson? ¿Qué es lo que más recordarás de él? Considera escribir en tu diario acerca del presidente Monson y su vida, tal como él describe en este mensaje la influencia de cada uno de los profetas que él recuerda.

Quizás también quieras escoger una de tus citas preferidas de él y escribirla donde puedas verla a menudo, como en una carpeta de la escuela o en una nota en tu habitación. Incluso podrías adjuntar una foto a la cita y configurarla como imagen de fondo de tu teléfono. Cada vez que veas la cita, podrías pensar en la importancia de tener un profeta viviente y recordar que él está aquí para amarnos y guiarnos hoy en día.

Puedes descargar la música de “Te damos, Señor, nuestras gracias” en lds.org/go/9176.

Niños
Los profetas nos guían a Cristo

El Salvador nos da profetas porque nos ama. Seguir a los profetas nos ayuda a hacer lo justo. ¿Qué camino deben elegir los niños para seguir al profeta?

Notas

1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2011, pág. 199.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, pág. 200.
3. Doctrina y Convenios 87:8.
4. 3 Nefi 27:27.

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Uno en corazón

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Uno en corazón

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Christ praying

“Y el Señor llamó Sion a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). ¿Cómo podemos llegar a ser uno?

El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La palabra uno es una parte importante de la palabra expiación en inglés. Si toda la humanidad comprendiera esto, no habría nadie de quien no nos preocupáramos, sin importar la edad, la raza, el sexo, la religión o el nivel social o económico; nos esforzaríamos por emular al Salvador y nunca seríamos descorteses, indiferentes, irrespetuosos ni insensibles con los demás”1.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “Entre aquellos que poseen [el] Espíritu podemos esperar que exista la armonía… El Espíritu de Dios nunca causa contención (véase 3 Nefi 11:29)… Conduce a la paz personal y a un sentimiento de unión con los demás”2.

Al hablar de los desafíos familiares, Carole M. Stephens, quien sirvió como Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, declaró: “Nunca he tenido que pasar por un divorcio, ni por el dolor y la inseguridad que provienen del abandono, ni he tenido la responsabilidad asociada con ser madre soltera; no he experimentado la muerte de un hijo, la infertilidad, ni la atracción hacia personas del mismo sexo; no he tenido que soportar el abuso ni una enfermedad crónica ni la adicción; esas no han sido mis oportunidades de crecimiento.

“… pero mediante mis pruebas y dificultades personales… he llegado a conocer bien a Aquel que sí entiende… y además, he vivido todas las pruebas terrenales que acabo de mencionar a través de la perspectiva de ser hija, madre, abuela, hermana, tía y amiga.

“Nuestra oportunidad como hijas que guardan los convenios de Dios no es solo la de aprender de nuestros propios desafíos; es la de unirnos en empatía y en compasión al apoyar a otros miembros de la familia de Dios en sus dificultades…”3.

Escrituras e información adicionales

Juan 17:20–23Efesios 4:15Mosíah 18:21–224 Nefi 1:15

Sello de la Sociedad de Socorro

Sello de la Sociedad de Socorro
Fe Familia Socorro

Considere lo siguiente

¿De qué manera nos ayuda la unidad a ser uno con Dios?

Notas

1. Véase M. Russell Ballard, “La Expiación y el valor de un alma”, Liahona, mayo de 2004, pág. 86.
2. Véase Henry B. Eyring, “Para que seamos uno”, Liahona, julio de 1998, pág. 73.
3. Carole M. Stephens, “La familia es de Dios”, Liahona, mayo de 2015, págs. 11–12.

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Amor y pastel de chocolate: ¿Qué daría para traerlos de regreso?

Liahona. Septiembre 2017

Amor y pastel de chocolate: ¿Qué daría para traerlos de regreso?

Por Devin G. Durrant
Primer Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

La hermana Babata Sonnenberg estaba desanimada. Debido a que era una joven madre de cinco niñas menores de ocho años, le sorprendió que la llamaran a enseñar la clase de la Escuela Dominical para jóvenes de 16 y 17 años de su barrio. Varios meses después de haber sido llamada, vio que la asistencia a su clase era esporádica y por lo general escasa. Un domingo, un solo joven asistió a la clase. En vez de enseñar a un solo alumno, combinó su clase con otra. Estaba a punto de darse por vencida, pero al meditar y orar sobre su desalentadora situación, recibió inspiración y experimentó un cambio de corazón.

chocolate cake

Trabajo en equipo

Su esposo Ken era el líder misional del barrio. Ambos sintieron que debían combinar sus esfuerzos para ayudar a los jóvenes del barrio. Ella haría pastel de chocolate y él invitaría a los jóvenes del barrio a su casa cada domingo por la tarde para comer el pastel y hablar de la preparación misional. Mientras los adolescentes comían pastel, la hermana Sonnenberg los invitaba a su clase de la Escuela Dominical.

Como resultado de esa “dulce” invitación, la asistencia a la clase de la Escuela Dominical aumentó; pero un joven llamado Nate no se dejó persuadir por las persistentes invitaciones. La hermana Sonnenberg sintió que estaba perdiendo a una de sus ovejas. Su respuesta a ese sentimiento fue “[ir] tras la que se le perdió, hasta que la [halló]” (Lucas 15:4), por lo que, en vez de darse por vencida con Nate, la hermana Sonnenberg ideó un plan.

Visitas en casa

Un domingo por la tarde ella fue a la casa de Nate. Lo encontró en su casa con otro miembro de su clase, quien tampoco había asistido ese día. Les dijo a los dos que los había extrañado en clase y procedió a enseñarles la lección allí mismo. El padre de Nate, quien había sido relevado recientemente como obispo del barrio, se conmovió por la persistencia de aquella maestra. Le envió un mensaje de texto al esposo de ella que decía: “Ken, por favor agradece a tu esposa de mi parte. Fue inspirador que haya venido aquí y les haya enseñado a Nate y a McKay”.

Sin embargo, el siguiente domingo Nate nuevamente decidió no asistir a la Escuela Dominical, así que la hermana Sonnenberg volvió a ir a su casa para hablar del Evangelio con él. Nate supuso que eso ocurriría, y había ido a la casa de un amigo para esconderse. La hermana Sonnenberg lo encontró en la casa de un vecino muy cerca de donde él vivía y enseñó la lección allí.

Finalmente Nate decidió regresar a su clase de la Escuela Dominical.

¿Qué dio resultado?

friends eating cake

¿Por qué regresó Nate?

¿Fue debido al pastel de chocolate que la hermana Sonnenberg sirvió en su casa?

¿Fue por causa de las visitas que ella hizo a casa de Nate (y de un vecino) para encontrarlo?

¿Fue debido a que amigos y familiares lo alentaron a asistir a la Iglesia?

¿O fue el amor que él sintió de la hermana Sonnenberg, su maestra de la Escuela Dominical?

La respuesta probablemente es todo lo anterior. Por todas esas razones y otras más, Nate comenzó a asistir a la Escuela Dominical constantemente junto con sus amigos.

El resto de la historia

Permítanme continuar con el resto del relato. Por causa de lo que Nate llegó a sentir por su maestra de la Escuela Dominical, no dejó pasar la oportunidad de comprarle chocolates cuando más tarde la vio en el centro comercial. La hermana Sonnenberg, quien le había demostrado tanto amor, recibió el cariño de él.

Poco después, en septiembre de 2015, Nate finalizó su solicitud misional y ahora presta servicio en la Misión Misisipi Jackson.

Otros miembros de la clase a los que les costaba asistir a la Escuela Dominical también decidieron servir en una misión. Cinco hombres jóvenes y tres mujeres jóvenes que asistieron a la clase de la Escuela Dominical para jóvenes de 16 y 17 años durante el tiempo en que la hermana Sonnenberg fue maestra han servido o están sirviendo en una misión, y otros posiblemente lo harán.

Tienda una mano a los que no asisten

“Ame a los que enseña”, la parte 1 de Enseñar a la manera del Salvador, contiene un tema de análisis llamado “Tienda una mano a los que no asisten”. Allí dice: “El mostrar interés por los miembros menos activos no es solamente el deber del maestro orientador, la maestra visitante o el líder del sacerdocio o de una organización auxiliar; los maestros también pueden colaborar. La enseñanza implica mucho más que dar una lección el domingo; implica ministrar con amor y ayudar a que otras personas reciban las bendiciones del Evangelio, y esto suele ser exactamente lo que el miembro menos activo necesita. Todos debemos colaborar para mostrar interés por quienes están pasando dificultades y, como maestro, usted se encuentra en una posición única”1.

La hermana Sonnenberg reconoció la posición única en que se encontraba para ayudar a los miembros de su clase. Fue bendecida con una oportunidad semanal de tocarles el corazón, y tenía la determinación de hacerlo, ya fuera en el salón de clases o en sus casas. Sin duda no todos los maestros están en posición de visitar la casa de los que no asisten a clase cada semana, ni tampoco es posible hacerlo siempre, pero todos podemos hacer algo, incluso algo pequeño, para demostrar amor por los que están bajo nuestra mayordomía. Recuerden las palabras del profeta Alma: “… por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas…” (Alma 37:6).

Extienda invitaciones con amor

Jesus teaching

La sección titulada “Extienda invitaciones con amor” de este mismo tema de análisis contiene la siguiente perspectiva: “Las expresiones sinceras de amor cristiano tienen un peso enorme cuando se trata de ablandar el corazón de un integrante de la clase que está pasando por dificultades relacionadas con el Evangelio. A menudo, a esas personas solo les hace falta saber que se las necesita y se las ama”2.

Como resultado de los esfuerzos de la hermana Sonnenberg por ayudar a Nate, él se sintió necesitado y amado. Como misioneros de tiempo completo, Nate y sus compañeros de clase ahora tienen la oportunidad de ayudar a otras personas a sentir ese mismo amor cristiano. Qué bendición que puedan recordar y emular el ejemplo de su maestra de la Escuela Dominical.

Hasta hallar la que se perdió

Como Presidencia General de la Escuela Dominical, estamos agradecidos por los maestros de la Escuela Dominical en todo el mundo que, de diferentes maneras, invitan a los miembros de su clase a venir a Cristo. Rogamos que el Señor les bendiga en sus esfuerzos por amar a los que enseñan y que, por causa de ese amor, “[vayan] tras la que se [les] perdió, hasta que la [hallen]”, tal como Él lo hizo durante su ministerio terrenal.

Para aprender más acerca de enseñar como el Salvador, puede ver el video “Amar a los que enseña”, el cual se encuentra en teaching.lds.org, así como también los otros videos de Enseñar a la manera del Salvador.

Notas

1. Enseñar a la manera del Salvador, 2016, pág. 8, teaching.lds.org.
2. Enseñar a la manera del Salvador, pág. 9.

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El camino del Evangelio hacia la felicidad

Liahona. Septiembre 2017

El camino del Evangelio hacia la felicidad

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Living after the Manner of Happiness”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho el 23 de septiembre de 2014. Para leer el texto completo en inglés, vaya a web.byui.edu/devotionalsandspeeches.

Jesucristo es “el camino, y la verdad y la vida”. Nadie alcanza la verdadera felicidad sino por Él.

lighted path

En una frase que estoy seguro que han escuchado muchas veces, el profeta José Smith (1805–1844) una vez dijo: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad”1.

Es acerca de esa búsqueda digna de la felicidad que deseo hablar. Observen que mencioné la “búsqueda de la felicidad”, no la felicidad misma. Recuerden las palabras que escogió el profeta José: él indicó que el sendero que conduce a la felicidad es la clave para lograr ese objetivo.

Esta no es una búsqueda nueva; ha sido una de las búsquedas fundamentales de la humanidad a lo largo de todos los tiempos. Una de las mentes intelectuales más grandiosas del mundo occidental una vez dijo que la felicidad es el significado y propósito de la vida, el objetivo y fin mismos de la existencia humana2.

Se trata de Aristóteles, pero observen cuán proféticamente se asemeja su declaración a la del profeta José, casi hasta en el modo exacto de expresión. En las primeras líneas de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, Thomas Jefferson inmortalizó nuestra búsqueda tanto personal como política al vincular para siempre (al menos en Estados Unidos) los tres derechos inalienables de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Pero observen que en esa magnífica troica no es la felicidad lo que es un derecho (como lo son la vida y la libertad) sino específicamente la búsqueda de la felicidad.

¿Cómo “buscamos”, entonces, la felicidad, en especial cuando somos jóvenes e inexpertos y tal vez un poco temerosos, y la vida se extiende frente a nosotros como una desafiante montaña que debemos escalar? Bueno, sabemos algo con seguridad: no es fácil encontrar la felicidad cuando la buscamos directamente; por lo general es demasiado escurridiza, demasiado efímera, demasiado sutil. Si aún no lo han aprendido, aprenderán en años venideros que la mayoría de las veces la felicidad viene a nosotros cuando menos la esperamos, cuando estamos ocupados haciendo otra cosa. La felicidad es casi siempre un derivado de algún otro esfuerzo.

girl with butterfly

Henry David Thoreau, uno de mis escritores favoritos desde mis días de estudiante universitario, dijo: “La felicidad es como una mariposa; cuanto más la persigues, más te elude, pero si prestas atención a otras cosas, se posará suavemente sobre tu hombro”3. Esta es una de esas grandes ironías del Evangelio que a menudo no parecen obvias, como “… los postreros [serán] primeros”(Mateo 19:30D. y C. 29:30) y “el que pierda su vida la hallará” (véase Mateo 16:25). El Evangelio está lleno de tales ironías y oblicuidad, y pienso que la búsqueda de la felicidad es una de ellas. ¿Cómo aumentamos, pues, nuestra probabilidad de ser felices sin buscar la felicidad de forma tan directa que la perdamos? Permítanme acudir a un libro sumamente extraordinario para obtener respuestas.

Vivir “de una manera feliz”

Los primeros 30 años de la historia del Libro de Mormón no relatan una historia agradable. La hostilidad que había dentro de la familia de Lehi y Saríah llegó a ser tan intensa que las dos mitades de su familia se separaron; un grupo huyó hacia las profundidades del desierto temiendo por su vida, no fuese que fueran víctimas de la sanguinaria búsqueda del otro grupo. Cuando el primer grupo se adentró en un terreno desconocido para hallar seguridad y recomponer su vida de la mejor manera posible, el profeta y líder de esa mitad nefita de la familia dijo que “[vivieron] de una manera feliz” (2 Nefi 5:27).

A la luz de lo que acababan de soportar durante 30 años y las pruebas que sabemos que aún les aguardaban, tal comentario parece casi doloroso. ¿Cómo podría cualquier aspecto de eso describirse como algo remotamente parecido a la “felicidad”? Pero Nefi no dice que eran felices, aunque es evidente que lo eran. Lo que él dice es que “[vivieron] de una manera feliz”. Quisiera que comprendiesen que en esa frase hay una poderosa clave que puede abrirles la puerta a preciosas bendiciones durante el resto de su vida.

No creo que Dios en Su gloria o los ángeles del cielo o los profetas sobre la tierra pretendan hacernos felices todo el tiempo, cada día y en todo sentido, dadas las pruebas que este mundo terrenal tiene el propósito de proporcionar. Como el presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, una vez expresó: “La felicidad no se nos da en un envoltorio que simplemente podamos abrir y consumir; no hay nadie que sea feliz las 24 horas del día, siete días a la semana”4.

No obstante, el consuelo que les ofrezco es que en el plan de Dios podemos hacer mucho para hallar la felicidad que deseamos. Podemos dar ciertos pasos, podemos adoptar ciertos hábitos, podemos hacer ciertas cosas que Dios y la historia nos dicen que conducen a la felicidad con la confianza de que si vivimos de tal manera, es mucho más probable que esa mariposa se pose sobre nuestro hombro.

En pocas palabras, la mayor probabilidad de ser feliz es hacer las cosas que las personas felices hacen, vivir como viven las personas felices y recorrer el camino que las personas felices recorren. Al hacerlo, las posibilidades de hallar gozo y paz en momentos y lugares inesperados, y de recibir la ayuda de ángeles cuando ustedes ni siquiera sabían que ellos conocían de su existencia, se incrementarán exponencialmente. A continuación comparto cinco formas en las que podemos vivir “de una manera feliz”.

Vivan el Evangelio

woman healed by Christ

Por sobre todas las cosas, la máxima felicidad, la verdadera paz y cualquier cosa que remotamente se compare con el gozo que se describe en las Escrituras, se encuentran primero, ante todo y para siempre al vivir el evangelio de Jesucristo. Se han probado muchas otras filosofías y sistemas de creencias; de hecho, se podría decir que se ha probado prácticamente cada filosofía y sistema a lo largo de los siglos. Pero cuando el apóstol Tomás le hizo al Señor la pregunta que la gente joven a menudo hace en la actualidad: “¿cómo, pues, podemos saber el camino?” —que para muchos se traduce a “¿cómo podemos saber el camino para ser felices?”—, Jesús dio la respuesta que resuena desde la eternidad hacia toda la eternidad:

“… Yo soy el camino, y la verdad y la vida…

“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré…

“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”  (Juan 14:5–6, 13–14).

¡Qué grandiosa promesa! Vive a mi manera, vive mi verdad, vive mi vida —vive de la manera que te estoy mostrando y enseñando— y todo lo que pidas te será dado, todo lo que busques lo hallarás, incluso la felicidad. Parte de esa bendición puede llegar pronto, otras partes más adelante y las demás quizás no se reciban sino hasta después de llegar al cielo, pero todas ellas llegarán. ¡Qué motivación brinda eso, después de un lunes triste o un martes lleno de lágrimas o un miércoles agotador! Y es una promesa cuya realización no puede llevarse a cabo de otra manera que por la devoción a la verdad eterna.

En palabras del entonces recién ordenado élder David O. McKay (1873–1970) hace casi un siglo, a diferencia de la satisfacción, el placer o algún tipo de emoción, la verdadera “… felicidad se halla únicamente en ese camino conocido [del Evangelio], angosto como es… [y] estrecho [como es], el cual conduce a la vida eterna”5. Así que amen a Dios y ámense unos a otros, y sean fieles al evangelio de Jesucristo.

Escojan la felicidad

En segundo lugar, aprendan lo más rápido posible que gran parte de su felicidad está en sus manos, no en los sucesos, las circunstancias, la fortuna ni la mala fortuna. Eso es parte de la razón de la guerra por el albedrío en los concilios premortales del cielo. Tenemos opciones, tenemos voluntad propia, tenemos el albedrío y podemos escoger, tal vez no la felicidad en sí, pero sí vivir de una manera feliz. El presidente Abraham Lincoln tenía muchas razones para ser infeliz durante la administración más difícil que un presidente de los Estados Unidos jamás ha afrontado, pero aun él declaró que “la mayoría de las personas son tan felices como deciden serlo”6.

La felicidad primero llega según lo que viene a la mente mucho tiempo antes de que llegue a las manos. José Smith estaba viviendo “de una manera feliz” una situación muy triste cuando escribió desde la cárcel de Liberty a los que estaban fuera y que también eran víctimas de una gran injusticia y persecución:

“… deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios…

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad” (D. y C. 121:45–46).

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”. No es solo un buen consejo contra la plaga moderna de la pornografía, sino que también es un buen consejo para todo tipo de pensamientos del Evangelio, buenos pensamientos, pensamientos constructivos, pensamientos llenos de esperanza. Esos pensamientos llenos de fe cambiarán el modo de ver los problemas de la vida y de encontrar una solución para los mismos. “… el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34), dice la revelación.

Con demasiada frecuencia pensamos que todo depende del corazón, pero no es así. Dios espera que tengamos una mente bien dispuesta en la búsqueda de la felicidad y también de la paz. Centren su mente en esto; todo esto requiere esfuerzo. Es una batalla, pero una batalla por la felicidad que vale la pena librar.

Hace unos años, en uno de sus conocidos libros, la autora escribió: “La felicidad es la consecuencia del esfuerzo personal. Luchamos por ella, nos esforzamos por alcanzarla, insistimos y… la [buscamos]. Debemos participar sin cesar en las manifestaciones de nuestras propias bendiciones. Y una vez que hayamos logrado un estado de felicidad, nunca debemos descuidarla ni olvidarnos de mantenerla; debemos hacer un gran esfuerzo por seguir nadando corriente arriba hacia a esa felicidad… por mantenernos a flote sobre ella”7.

Me encanta la frase “participar sin cesar en las manifestaciones de nuestras propias bendiciones”. No sean pasivos; naden corriente arriba. Piensen, hablen y actúen de forma positiva; eso es lo que hacen las personas felices; ese es un aspecto de vivir de una manera feliz.

Sean bondadosos y agradables

father with daughter

Comparto otro punto. Al preparar este mensaje, estuve sentado en mi sala de estudio por un largo rato tratando de pensar si alguna vez había conocido a una persona feliz que fuera antipática o desagradable. ¿Y saben qué? No logré pensar en nadie, ni en una sola persona. Así que aprendan a temprana edad esta gran verdad: No se puede edificar la felicidad propia sobre la infelicidad de otra persona.

A veces, tal vez especialmente cuando somos jóvenes e inseguros y tratamos de abrirnos camino en el mundo, pensamos que si degradamos un poco a alguien, de alguna manera milagrosa eso nos elevará. Eso es lo que constituye el acoso escolar; esa es la causa de los comentarios malintencionados; eso representa la arrogancia y la superficialidad y el sentimiento de superioridad. Quizás pensamos que si somos lo suficientemente negativos, cínicos o crueles, entonces las expectativas no serán tan elevadas; podemos degradar a todos hasta un nivel lleno de imperfecciones, y, de esa manera, nuestros defectos no serán tan notorios.

Las personas felices no son negativas ni cínicas ni crueles, así que no esperen que eso sea parte de vivir “de una manera feliz”. Si la vida me ha enseñando algo, es que la bondad, la amabilidad y el optimismo basado en la fe son características de la gente feliz. En las palabras de la Madre Teresa: “No dejes que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz. Sé la viva expresión de la bondad de Dios; bondad en tu rostro, bondad en tus ojos, bondad en tu sonrisa, bondad en tu saludo afectuoso”8.

Un paso relacionado en el sendero que conduce a la felicidad es evitar la animosidad, la contención y la ira en la vida. Recuerden que es Lucifer, Satanás, el adversario de todos nosotros, quien se deleita en la ira. Él “es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros” (3 Nefi 11:29).

Después de citar ese versículo durante la conferencia general hace unos años, el élder Lynn G. Robbins, de los Setenta, dijo: “El verbo irritar suena a una receta para el desastre: Calentar los ánimos a fuego lento, mezclar con palabras bruscas hasta que empiecen a hervir; seguir revolviendo hasta que adquieran consistencia; dejar reposar; dejar enfriar los sentimientos durante varios días; servir helado; esperar muchas sobras”9. Ciertamente hay muchas sobras.

La ira daña o destruye casi todo lo que toca. Como alguien ha dicho, tener ira es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Es un ácido malicioso que destruirá al recipiente mucho antes de hacerle daño al objeto al que está dirigido. No hay nada en ella ni en otros vicios similares —la violencia, la rabia, la amargura y el odio— que tenga nada que ver con vivir el Evangelio o buscar la felicidad. No creo que la ira pueda existir —o al menos fomentarse, considerarse o permitirse— cuando se vive “de una manera feliz”.

Esfuércense por lograrlo

girl with rake

Comparto una última sugerencia, aunque hay muchas otras que deberíamos tener en cuenta. Nefi dijo que en sus esfuerzos por encontrar la felicidad en su nueva tierra después de 30 años de dificultades, “… yo, Nefi, hice que mi pueblo fuese industrioso y que trabajase con sus manos” (2 Nefi 5:17). Por el contrario, aquellos de los que huyeron “se convirtieron en un pueblo ocioso, lleno de maldad y astucia” (2 Nefi 5:24).

Si quieren ser felices en sus estudios, en una misión, en un empleo o en el matrimonio, esfuércense por lograrlo. Aprendan a trabajar; sirvan diligentemente; no sean ociosos ni dañinos. Una definición sencilla del carácter cristiano podría ser la integridad para hacer lo correcto en el momento oportuno y de la manera correcta. No sean ociosos; no derrochen. “… buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118). Sean industriosos y trabajen, incluso presten servicio a otras personas; esa es una de las grandes claves de la verdadera felicidad.

Ahora bien, permítanme finalizar citando el claro consejo de Alma a Coriantón. Con todo el ánimo que un padre quisiera darle a un hijo o una hija, él dijo que en la Resurrección los fieles son levantados a un estado de “felicidad sin fin” en el que “[heredarán] el reino de Dios” (Alma 41:4). En ese momento, añadió, seremos “levantado[s] a la dicha, de acuerdo con [nuestros] deseos de felicidad” (Alma 41:5). Pero también advirtió con firmeza: “No vayas a suponer… que [sin arrepentimiento] serás restaurado del pecado a la felicidad. He aquí, te digo que la maldad nunca fue felicidad”  (Alma 41:10; cursiva agregada).

El pecado es la antítesis de vivir “de una manera feliz”. Ciertamente, quienes creen lo contrario, dice Alma, “se encuentran sin Dios en el mundo, y han obrado en contra de la naturaleza de Dios; por tanto, se hallan en un estado que es contrario a la naturaleza de la felicidad”  (Alma 41:11).

Rechacen la transgresión

Jesus with Mary Magdalene

Les pido que rechacen la transgresión a fin de vivir de acuerdo con la naturaleza de Dios, que es la naturaleza de la verdadera felicidad. Los animo y los felicito por sus esfuerzos por “[seguir] el camino que nos conduce a la felicidad”. No es posible hallarla de ninguna otra manera.

Mi testimonio es que Dios, el Padre Eterno que está en el cielo, siempre los alienta y los felicita en su búsqueda aun con más amor que yo. Testifico que Él quiere que ustedes sean felices, que tengan verdadero gozo. Testifico de la expiación de Su Hijo Unigénito, la cual provee el camino correcto y, si es necesario, un nuevo comienzo en el mismo, una segunda oportunidad, un cambio en nuestra naturaleza si es necesario.

Ruego que ustedes sepan que Jesucristo es “el camino, y la verdad y la vida” y que nadie alcanza la verdadera felicidad sino por Él. Ruego que algún día, en algún momento, en algún lugar, reciban cada deseo justo de su corazón al vivir el evangelio de Jesucristo, o sea, vivir “de una manera” que conduzca a tales bendiciones.

Notas

1. José Smith, en History of the Church, tomo V, pág. 134.
2. Véase Aristóteles, The Nicomachean Ethics, traducido por H. Rackham, 1982, pág. 31.
3. Henry David Thoreau, Thoreau on Nature: Sage Words on Finding Harmony with the Natural World, 2015, pág. 72; esta cita también ha sido atribuida a Nathaniel Hawthorne y a alguien anónimo.
4. James E. Faust, “Nuestra búsqueda de la felicidad”, Liahona, octubre de 2000, pág. 4.
5. David O. McKay, en Conference Report, octubre de 1919, pág. 180; cursiva agregada.
6. Esta cita fue atribuida a Abraham Lincoln por el Dr. Frank Crane en el periódico Syracuse Herald, 1 de enero de 1914 (quoteinvestigator.com/category/frank-crane).
7. Elizabeth Gilbert, Eat, Pray, Love: One Woman’s Search for Everything Across Italy, India and Indonesia, 2006, pág. 260.
8. Madre Teresa, en Susan Conroy, Mother Teresa’s Lessons of Love and Secrets of Sanctity, 2003, pág. 64.
9. Véase Lynn G. Robbins, “El albedrío y la ira”, Liahona, julio de 1998, pág. 86.

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Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil

Liahona. Septembre 2017

Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil

Por Betsy VanDenBerghe

Las siguientes son cuatro maneras en que usted puede ayudar a los miembros nuevos y a los que regresan a sentirse integrados.

women at church

Nota del editor: Independientemente de lo firme que sea la creencia de alguien en el evangelio de Jesucristo, puede ser difícil para los miembros nuevos y para los que regresan mantenerse fieles cuando no se sienten integrados. En este artículo examinaremos lo que pueden hacer los miembros que ya están en el redil para recibir a los que ingresan en él. En el ejemplar de diciembre trataremos lo que las personas que sienten que están fuera del redil pueden hacer para hallar su sitio.

A menos de un mes del bautismo de Melissa (todos los nombres se han cambiado) en la región del Medio Oeste de Estados Unidos, ella ofreció la primera oración en la reunión sacramental. Estaba nerviosa por tener que orar en público, pero “sentía plena confianza en mi capacidad de hablar con mi Padre Celestial”, recuerda. “Después de todo, había orado durante años, en especial mientras investigaba la Iglesia, y podía sentir que el Espíritu Santo me ayudaba”.

De modo que fue una sorpresa para ella recibir un mensaje de correo electrónico de un miembro del barrio que describía “en gran detalle” todas las formas en que su oración había sido incorrecta. Melissa sintió culpa, vergüenza y un torrente de duda, hasta que se sintió inspirada a llamar al exmisionero que le había enseñado. “Enseguida me aseguró que era completamente inapropiado por parte de aquel miembro criticarme de tal manera”, dice. “También me dijo que el obispado jamás pediría a otro miembro, como yo había supuesto, que me hiciera ese tipo de comentarios”.

Reconfortada, Melissa se mantuvo activa en el barrio, aceptó llamamientos y siguió progresando en su fe. Sin embargo, le tomó varios meses superar el dolor y la confianza perdida por haber recibido aquel mensaje desalentador.

Desafortunadamente, la historia de Melissa no es algo singular. Muchos de los miembros nuevos y de los que regresan afrontan desafíos significativos, pero que con frecuencia podrían evitarse; desafíos que surgen al sentir que no forman parte del grupo. En ocasiones, aun quienes tienen un firme testimonio luchan para mantenerse fieles al sentirse excluidos. En una reciente serie de videos titulada La unidad en la diversidad, los líderes de la Iglesia tratan ese problema e instan a los miembros a ser más perceptivos, inclusivos y amorosos al interactuar con los demás.

Los siguientes relatos contribuyen a ilustrar el modo en que nosotros, como miembros, podemos poner en práctica esos principios, y ofrecer amistad sincera y apoyo emocional a quienes ansían la genuina aceptación en la Iglesia del Señor.

Ser un amigo en la fe

fellowshipping of the Saints

“Cuando el pie de cualquier persona se posa sobre el umbral de alguna capilla, de inmediato debe sentirse bien recibida, amada, elevada e inspirada… para luego ser mejor, porque sabe que el Señor la ama y que tiene amigos en su fe”.

—Carol F. McConkie, Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Melissa necesitaba amigos sinceros, especialmente en su barrio, a quienes poder acudir cuando necesitaba consejo o ayuda. Su esposo y su hija no se habían unido a la Iglesia junto con ella.

“Asistir a la capilla y ver a todas las familias me hacía sentir muy sola”, dice; todos eran amigables, pero incluso su felicidad la hacía sentir como si “nunca fuera a lograr aquella luz mormona, porque era la única persona que tenía problemas”.

Además del exmisionero que le había enseñado, Melissa tuvo la bendición de contar con Cindy, una amiga de internet que la había conducido a la Iglesia la primera vez. “Era difícil ver a Melissa lidiar con dificultades en su unidad local mientras yo contemplaba con impotencia”, explica Cindy. “De modo que creé un grupo privado en Facebook con algunos miembros increíblemente afectuosos, de buen criterio y gran diversidad que la ayudaron y le brindaron amistad de formas que yo jamás hubiera podido lograr sola”.

El grupo no solo proporcionaba a Melissa un sentimiento de inclusión mientras ella hallaba su lugar en el barrio, sino que también respondía preguntas sobre inquietudes culturales y referentes a la forma de vida. “Me crié con camisetas sin mangas [musculosas] y pantalones muy cortos”, dice Melissa. Se sintió agradecida por sus amigos de internet, que colaboraron con fotografías de indumentaria que podría ver en las tiendas locales. Eso la animó a pedir recomendaciones sobre películas a las hermanas de su barrio, al ya no sentirse cómoda con algunas de su colección.

Un aspecto importante sobre brindar amistad, señala Melissa, es que ella pidió consejo. Recibir un consejo sin haberlo solicitado se percibe como una intromisión en vez de inclusión; una invasión a la privacidad que puede ser hiriente para quienes no se hallen preparados para recibirlo.

Con el tiempo, Melissa fue llamada como maestra de la Sociedad de Socorro. Su llamamiento le brindó oportunidades de interactuar con otras personas del barrio. Melissa compartió con las hermanas sus dificultades no solo en lo relativo a adaptarse como miembro nueva, sino también las de criar un hijo autista, las tocantes a algunos problemas de salud personales, y hasta las de que su perro estuviese muriendo. La experiencia de que otras hermanas escucharan y respondieran con sus propias dificultades en la clase y en conversaciones privadas resultó de gran remedio. Esas relaciones ayudaron a Melissa a sentir que finalmente tenía verdaderos amigos en la fe.

Incluyan a todos

members of the Church

“El Salvador mandó a Sus discípulos amarse ‘unos a otros; como yo os he amado’ (Juan 13:34; cursiva agregada). De modo que hemos de examinar cómo nos ha amado… Si lo tomamos a Él como nuestro modelo de conducta, siempre debemos estar intentando tender la mano a fin de incluir a todos”.

—Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Robert, un investigador de Canadá, ha asistido a diversas reuniones y actividades SUD. Ha investigado varias religiones, pero continúa estudiando la Iglesia a causa de la inspiración que ha hallado en su doctrina y en el Libro de Mormón. Asiste a Instituto para aprender más y encuentra el entorno social “gratamente sano, amistoso y con muy buena energía”, dice. “Los mormones son las personas más agradables del mundo”.

Robert, quien se autodescribe como introvertido, quiere relacionarse con los demás, pero dice: “Tiendo a mantenerme apartado, inseguro de cómo integrarme a los grupos, algunos de los cuales están compuestos por amigos que hace mucho que son SUD y que no parecen necesitar a nadie más”. No obstante, no se requiere de mucho para disminuir esa sensación de aislamiento. Recuerda que, durante una actividad, “alguien se me acercó después de la cena y me alentó a quedarme para ver una película; de otro modo, me habría ido, pero en cambio, pasé un rato muy agradable. Solo necesitaba saber que alguien quería que yo estuviera allí”.

Al igual que Melissa, Robert valora los amigos SUD que explican la doctrina, pero que no profundizan demasiado específicamente en cuanto a cómo vivirla. Los amigos que escuchan más de lo que amonestan son como “alguien que camina a tu lado, en vez de empujarte desde atrás para hacerte ir más aprisa. La mayoría de las veces, tropiezas y trastabillas”.

A Robert le ha sido difícil dejar de fumar. Su incomodidad ilustra el modo en que las personas nuevas tienen muy presentes sus diferencias. “Ni un solo miembro me ha dicho jamás algo en cuanto a que tuviera olor a cigarrillo”, dice. “No obstante, si mi ropa no está recién lavada, me quedo en casa y me ausento de Instituto o de la Iglesia”.

Podemos generar un mayor sentido de pertenencia al reconfortar e integrar a quienes son nuevos en la Iglesia. El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dice: “Se me parte el corazón si alguien viene y es muy vulnerable, y dice…: ‘Quiero estar aquí’ y luego se le da la espalda o halla una falta de interés. Eso es trágico… Tenemos que ser mejores” (“Is There a Place for Me?” , lds.org/media-library).

Colóquense en una posición en la que puedan interactuar

“Cuando deciden situarse en una posición en la que pueden interactuar, bendicen la vida de otra persona… ¿Pueden ir en pos de la persona que está afuera del grupo, que se halla en los márgenes?… Cuando le has abierto el corazón a otros, ves que todos formamos parte”.

—Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Después de que Elsa se unió a la Iglesia en los Países Bajos, sintió un vínculo genuino con un amoroso Padre Celestial. Sin embargo, como joven adulta soltera, también afrontó la soledad cuando sus familiares y amigos se sintieron incómodos ante sus nuevas creencias y costumbres religiosas. “Lo mejor que los miembros han hecho por mí es brindarme amistad de buena gana fuera de la Iglesia”, dijo ella. “Algunos van al templo a realizar bautismos conmigo aunque ya han recibido sus investiduras. Necesito relacionarme con los miembros además de los domingos para fortalecerme y perseverar hasta el fin”.

Elsa piensa que su mayor desafío como conversa reciente es “la expectativa de entender todo de repente”, dice. “Todas las siglas, las actividades, los llamamientos; puede ser un tanto abrumador, y en ocasiones me preocupa que las personas me juzguen por no aprender más rápidamente”. Además, al igual que muchos otros, experimenta una ansiedad social que hace que se sienta “cómoda al sentarse en la parte de atrás de la capilla y apenas interactuar”. Los grupos numerosos le resultan intimidantes y se pregunta si los demás la juzgan por su falta de participación. “No es que no quiera tomar parte en las lecciones, ni cantar himnos ni ofrecer oraciones en público”, explica. “Es solo que temo que podría romper en llanto frente a esas personas que aún no conozco tanto”.

La hermana McConkie dice: “Conozco a personas que asisten a la Iglesia todos los domingos a fin de que se las inspire y eleve que salen sintiéndose juzgadas y no amadas y no necesitadas, como si no hubiera lugar para ellas en la Iglesia. Debemos proceder de manera diferente al respecto”.

Los miembros que no juzgan, dice Elsa, son quienes más la ayudan. “Escuchan mis dilemas y no se entrometen en mi vida personal. Actúan con sinceridad y paciencia mientras yo aprendo por mi cuenta todo lo que implica ser miembro”. A pesar de su ansiedad, acompaña a los misioneros y procura ayudar a los miembros nuevos e investigadores. Elsa explica: “Sé cómo se siente ser nuevo y quiero asegurarme de que nadie se aleje de los dones del Evangelio que me salvaron de la desesperanza”.

Vivan el Evangelio; lleguen a ser discípulos

members of the Church

“Las personas pueden aportar dones y perspectivas diferentes. La amplia variedad de experiencias, de procedencias socioculturales y de desafíos que afronta la gente nos mostrará lo que en verdad es esencial en el evangelio de Cristo. Y gran parte del resto, que tal vez se haya adquirido con el tiempo y sea más cultural que doctrinal, puede desaparecer, y podremos aprender realmente a ser discípulos”.

—Élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

A pesar de haber criticado a la Iglesia anteriormente, Jim se unió a ella porque recibió “un testimonio espiritual incuestionable del Espíritu Santo que le testificó de la veracidad del Evangelio y su doctrina”. Sin embargo, una de sus mayores dificultades fue adaptarse a la cultura SUD.

Después del bautismo, descubrió que muchos comportamientos que se aceptan en general entre los miembros eran culturales, y no doctrinales. “Aunque eso sucede en cualquier religión organizada, sentía que si no me amoldaba de ciertas formas, se me tildaría de no aceptar el Evangelio por completo”, explica. “Mis problemas no eran con el Evangelio ni la doctrina, sino con cierto grado de avenencia que parecía solo cultural”.

Tal como explica el élder Christofferson, necesitamos a nuestros nuevos conversos, investigadores y a otras personas para que nos ayuden a despojarnos de costumbres no doctrinales que hemos acumulado con el tiempo y llegar a ser verdaderos discípulos.

El élder Oaks celebra los beneficios de relacionarse con personas de diferentes orígenes socioculturales e insta a los Santos de los Últimos Días a evitar centrarse en las diferencias y, en vez de ello, comenzar por preguntar: “¿Cuáles son tus orígenes? ¿Cuáles son tus valores básicos? ¿Qué quieres lograr?”. Ese tipo de apertura y aceptación, a su vez, ayuda a las personas nuevas en nuestro círculo a sentirse incluidas, elevadas, amadas y prestas a aceptar la salvación en el cuerpo de Cristo.

Al igual que a los líderes de la Iglesia de hoy en día, al apóstol Pablo le preocupaban las divisiones en la Iglesia primitiva de Cristo. Este alentó a los miembros que tenían opiniones firmes a evitar ofender a los otros santos en cuanto a costumbres que, en definitiva, no eran de importancia en realidad, al explicar que, mientras que “el conocimiento envanece, … la caridad edifica” (1 Corintios 8:1). Exhortó a “que no haya entre vosotros disensiones” y a centrarse en “Jesucristo, y a este crucificado”, en lugar de en el modo en que los miembros se diferencian unos de otros (1 Corintios 1:10; 2:2).

Hoy en día, los apóstoles y profetas modernos nos instan a buscar la unidad dentro de la diversidad, al alentarnos a hacer sitio para todo miembro de la Iglesia de Cristo como parte importante de nuestro objetivo de llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, … a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Vea La unidad en la diversidad

Mire una serie de breves videos de líderes de la Iglesia sobre lo que significa pertenecer a la Iglesia en lds.org/go/unity917.

Sugerencias para relacionarse con éxito con los nuevos miembros e investigadores

  • Haga un esfuerzo especial por saludarlos cordialmente, interactuar con ellos y presentarlos a otros miembros.
  • Invítelos a su casa o a otras actividades a fin de que tengan amigos durante la semana, así como los domingos.
  • Escuche y haga preguntas que los ayuden a sentirse comprendidos.
  • Comparta sus propias experiencias referentes a cómo vencer las dificultades a fin de que sepan que todos afrontamos problemas.
  • Espere a que ellos le pidan consejo y, al brindárselo, no les diga exactamente lo que deben hacer ni sea autoritario.
  • Deje que los líderes del sacerdocio y de la Sociedad de Socorro ofrezcan orientación eclesiástica; los demás miembros deben preocuparse más por ser un buen amigo.
  • Evite comparar el progreso de ellos con el suyo o con el de ninguna otra persona.
  • Enseñe las doctrinas fundamentales de la Iglesia y no las tendencias culturales.
  • Si bien puede buscar oportunidades en internet para tender la mano a los nuevos conversos, investigadores y miembros menos activos, el brindar amistad en persona puede ser más significativo.
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Cómo defender la fe

Liahona, Septiembre 2017

Cómo defender la fe

Por el élder Jörg Klebingat
De los Setenta

El Señor necesita un pueblo dispuesto y capaz de defender con humildad pero con firmeza a Cristo y al Reino de Dios.

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En la existencia preterrenal, poseíamos albedrío, capacidad de razonamiento e inteligencia. Allí fuimos “llamados y preparados… de acuerdo con la presciencia de Dios” y, en el inicio, estuvimos “en la misma posición” que nuestros hermanos y hermanas (Alma 13:3, 5). Las oportunidades de crecer y aprender se hallaban ampliamente disponibles.

Sin embargo, el mismo acceso a las enseñanzas de un amoroso hogar celestial no produjo un mismo deseo entre nosotros —los hijos procreados en espíritu del Padre Celestial— de escuchar, aprender y obedecer. Al ejercer nuestro albedrío, tal como lo hacemos hoy en día, dimos oído con diversos grados de interés y voluntad. Algunos de nosotros procuramos con ansias aprender y obedecer. Ante la inminente guerra en los cielos, nos preparamos para la graduación de nuestro hogar preterrenal. Se enseñó la verdad y también fue cuestionada; se dieron testimonios y se ridiculizaron; y cada espíritu preterrenal tomó la decisión de ya fuera defender o apartarse del plan del Padre.

No hubo neutralidad

Al final, no existió la opción de retirarse de modo indeciso a un territorio neutral en ese conflicto. Tampoco existe hoy en día. Aquellos de nosotros que estábamos armados con fe en la futura expiación de Jesucristo, aquellos a quienes nos fortalecía el testimonio de Su función divina, aquellos que poseíamos conocimiento espiritual y el valor para utilizarlo en defensa de Su sagrado nombre luchamos en el frente de batalla de esa guerra de palabras. Juan enseñó que esos espíritus valientes, así como otros, han vencido a Lucifer “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio” (Apocalipsis 12:11, cursiva agregada).

Sí, la guerra preterrenal la ganó la promesa de un Salvador, y de un Getsemaní y un Calvario teñidos de sangre. No obstante, nuestro valor y testimonio preterrenales, nuestra disposición a explicar, a razonar con otros espíritus y persuadirlos, también ayudaron a detener el que la marejada de falsedades se propagara sin oposición.

Al haber cumplido con éxito nuestro período de servicio en Su defensa, llegamos a ser testigos de Su santo nombre. Efectivamente, habiéndonos probado en el campo de batalla y al así estar seguro de nuestro corazón y nuestro valor, el Señor luego dijo de nosotros, los miembros de la casa de Israel: “Vosotros sois mis testigos”(Isaías 43:10). Pensemos: ¿Aún es verdad tal declaración sobre nosotros en la actualidad?

Nuestra batalla actual

Todavía hoy se vive un conflicto por las mentes, los corazones y las almas de los hijos de nuestro Padre, como anticipación de la segunda venida de Jesucristo. Si bien muchas personas del mundo sienten curiosidad sincera en cuanto a las enseñanzas de la Iglesia, un creciente abismo entre los inicuos y los rectos separa de las verdades del Evangelio restaurado a un mundo que se halla en caída libre en cuanto a la moral. Cuando se acusa de seguir la oscuridad a los imperfectos santos que se esfuerzan por procurar luz, cuando se afirma que la dulzura de sus intenciones y obras es amarga (véase Isaías 5:20), ¿es de sorprender que haya dedos de escarnio que apunten a la Iglesia restaurada del Señor y a Sus siervos fieles? (véase 1 Nefi 8:27).

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Vivimos en una época en la que estamos rodeados de muchas cosas que tienen el propósito de atraernos a caminos que pueden conducirnos a la destrucción. Para evitar esos caminos se necesita determinación y valor”.

¡Ser miembros pasivos y neutrales no es suficiente en este conflicto de los últimos días! El presidente Monson prosigue: “Al vivir nuestro día a día, es casi inevitable que nuestra fe se ponga en tela de juicio… ¿Tenemos el valor moral para defender nuestras creencias aunque tengamos que hacerlo solos?”1.

A pesar del ruido de fondo permanente que proviene del edificio grande y espacioso (véase  1 Nefi 8:26–27), ¿estamos resueltos a andar con paso firme por el camino menos transitado?2. ¿Estamos dispuestos y somos capaces de participar en conversaciones corteses con quienes tienen preguntas sinceras? ¿Podemos y estamos dispuestos a aclarar y defender las enseñanzas de la Iglesia restaurada de Jesucristo sin recurrir a la contención?

Al aconsejarnos poder discrepar sin ser desagradables, el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Aun al procurar ser humildes… no debemos abandonar ni debilitar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos”3.

Lleguen a ser valientes

Consideremos con detenimiento la invitación del presidente Monson: “Una vez que obtenemos un testimonio, nos corresponde compartir ese testimonio con los demás…Que siempre seamos valientes y estemos preparados para defender lo que creemos, y si tenemos que estar solos en el proceso, que lo hagamos con valor, con esa fortaleza que viene del conocimiento de que en realidad nunca estamos solos cuando estamos con nuestro Padre Celestial”4.

Ser miembros de la Iglesia únicamente no nos hace de forma automática testigos valientes de Cristo y Su Iglesia restaurada. El Señor nos ha enseñado a hacer que nuestra luz brille al vivir el Evangelio; sin embargo, algunos mantienen en secreto su condición de miembros de la Iglesia al poner su luz debajo de un almud. Algunos responden preguntas ocasionales sobre el Evangelio, pero titubean en testificar e invitar. No obstante, otros en efecto procuran oportunidades de compartir el Evangelio y lo hacen de buen grado. ¿Cuántos de nosotros somos defensores proactivos y valientes de la fe?

speaking with love vs speaking with a megaphone

Para mantener y recuperar terreno en la guerra de palabras actual, el Señor necesita un pueblo tanto dispuesto como capaz de defender con humildad —pero con firmeza— a Cristo, a Sus oráculos vivientes, al profeta José Smith, al Libro de Mormón y las normas de la Iglesia. Necesita un pueblo que esté “siempre [preparado] para responder… a cada uno que… demande razón de la esperanza que hay en [ellos]” (véase 1 Pedro 3:15). ¡El Señor necesita un ejército de verdaderos Santos de los Últimos Días dispuestos a testificar de la verdad con un espíritu de mansedumbre y amor cuando se cuestione cualquier aspecto del Evangelio restaurado!

El ejemplo del capitán Moroni

Si se sienten faltos de preparación como valientes defensores de la verdad en nuestros días, no están solos. La mayoría de nosotros se siente de ese modo, hasta cierto punto. Sin embargo, hay cosas sencillas que podemos hacer para adquirir tanto capacidad como confianza.

En el Libro de Mormón, aprendemos que el capitán Moroni “[preparó] la mente de los del pueblo para que fueran fieles al Señor su Dios” (véase Alma 48:7). Había comprendido que la primera línea de defensa era una vida edificada sobre el fundamento de la obediencia personal. Además, “[construyó] pequeños fuertes… levantando parapetos de tierra… y erigiendo también muros de piedra para cercarlos” (versículo 8). No solo tomó algunas precauciones obvias, sino que también fortaleció estratégicamente “sus fortificaciones más débiles” (versículo 9). Sus estrategias preventivas tuvieron tanto éxito que sus enemigos “se asombraron en extremo” (Alma 49: 5) y no pudieron llevar a cabo sus inicuos designios.

Ustedes podrían preguntarse: “¿Puede alguien tan débil como yo ser un valiente defensor de Cristo y Su evangelio restaurado?”. La debilidad que perciben en sí mismos puede convertirse en fortaleza al aceptar que todo lo que el Señor requiere en un principio es “[su] corazón y una mente bien dispuesta” (véase D. y C. 64:34). Los “débiles y sencillos” del mundo, investidos con el espíritu de valentía, son Sus reclutas preferidos. Recuerden que Él, por “medios muy pequeños”, se deleita en “[confundir] a los sabios” (véase  Alma 37:6, 7). Si están dispuestos a compartir y defender el Evangelio restaurado y a sus líderes y doctrinas, podrían considerar las siguientes sugerencias.

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1. Saber a quién y qué defender. Una estrategia defensiva firme es el fundamento de una ofensiva firme. Al igual que no pueden defender eficazmente aquello de lo cual conocen muy poco o nada, tampoco lo defenderán si no les importa en extremo. Como el asalariado, a quien se paga para cuidar las ovejas y que se retirará o huirá a la primera señal de dificultades, de igual modo ustedes no mantendrán las líneas de defensa por mucho tiempo, salvo que tengan la convicción espiritual de que su causa es justa y verdadera. ¡Para testificar de Cristo y Su Iglesia y defenderlos, deben saber que Él vive y que esta es Su Iglesia restaurada!

Quienes conocen y viven el Evangelio rebosan de entendimiento y de la ardiente convicción que se enciende mediante la dignidad y las experiencias personales. Están más preparados para testificar de la verdad que quienes solo han prestado atención para aprender cómo ofrecer las respuestas.

2. Evalúen sus fortificaciones. Sigan el ejemplo del capitán Moroni. Evalúen con sinceridad los puntos fuertes y débiles de su comprensión del Evangelio. ¿Dan un buen ejemplo al llevar una vida semejante a la de Cristo? ¿Son capaces de hallar respuesta a las preguntas escudriñando las Escrituras? ¿Se sienten cómodos al compartir su testimonio? ¿Pueden responder preguntas sobre las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia, incluso las que son más difíciles de explicar, apelando a las Escrituras? ¿Están preparados para decir: “No lo sé, pero lo averiguaré”, o a conducir a la gente adonde puedan hallar respuesta? ¿Podría ser que el estudio diligente debe ayudarlos a cultivar la confianza y el valor que buscan?5.

3. Afiancen sus fortificaciones. Una vez que tengan presente una evaluación de sus “fortificaciones” doctrinales, comiencen un estudio centrado y a largo plazo con el objetivo de hacer que las cosas débiles sean fuertes para ustedes (véase  Éter 12:27). Respondan al ruego de Moisés: “¡Ojalá que todos los del pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!” (Números 11:29). “Importunen” al Señor con el pedido de que, por cada cucharada de esfuerzo diario, Él acumule kilos de tierra sobre sus parapetos defensivos.

Lean las Escrituras con espíritu de oración, una y otra vez; no se limiten a sorber relatos conocidos a través de una pajilla [popote]; deléitense en ellas. Consideren la opción de llevar apuntes de estudio doctrinal y de incrementarlos constantemente. Podrían determinar algunos pasajes de las Escrituras de cada tema y luego memorizarlos en un orden lógico para sustentar sus propias ideas y las enseñanzas. Tal como enseñó el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Cuando las Escrituras se emplean de la forma en que el Señor ha mandado que se registren, tienen un poder intrínseco que no se comunica si se parafrasean”6.

Considere la posibilidad de memorizar algunas citas textuales de profetas y apóstoles. El Espíritu Santo típicamente les “recordará” solo aquello que pongan ahí primero (véase Juan 14:26). El verdadero conocimiento doctrinal centrado en Cristo, combinado con “la espada de [Su] Espíritu”, (véase D. y C. 27:18) es la mayor fortificación y arma ofensiva que poseen.

4. ¡Practiquen! A los misioneros de tiempo completo de la Iglesia se los insta a interpretar representaciones a fin de prepararse para las situaciones en las que podrían estar. Ya que a ustedes se les podría pedir que defiendan la Iglesia o que expliquen su doctrina en los momentos o sitios más inesperados, consideren la posibilidad de seguir el ejemplo de los misioneros al prepararse espiritualmente antes de entablar una conversación naturalmente (véase Moisés 3:5, 7). Interpreten una representación antes de hallarse en circunstancias en que enseñen o defiendan las normas del Evangelio. Ya sea solos, o con familiares o amigos, plantéense preguntas hipotéticas y luego respóndanlas. Conforme lleguen a estar cada vez más preparados, se volverán “más y más fuertes” en su confianza como testigos de Cristo (véase Helamán 3:35). Empiecen con respuestas breves y sencillas. Serán las más adecuadas en la mayoría de las situaciones, pero también pueden fortalecer sus defensas aun más al estudiar los pasajes de las Escrituras relacionados y conectar diversas doctrinas.

speaking puzzle pieces

5. Busquen oportunidades. Habiéndose preparado así, oren para pedir la oportunidad de —humilde pero confiadamente— compartir y, si es necesario, defender el Evangelio. Recuerden que “el desaliento no es la ausencia de capacidad, sino de valor”7. Oren para amar a los hijos del Padre Celestial dentro y fuera de la Iglesia lo suficiente para compartir y defender las normas del Evangelio. Oren para que jamás experimenten indiferencia o resignación en cuanto a los puntos doctrinales que en lo personal les resulten difíciles, sino más bien esfuércense por superarlos con fe en Cristo.

Recuerden que incluso un niño puede ser un defensor de Cristo en el patio de recreo escolar al dar un testimonio sencillo; que no tienen que ser eruditos del Evangelio para ser testigos de la verdad; que no tienen que tener todas las respuestas; que está bien decir a veces: “No lo sé” o “todavía no me han sido revelados plenamente estos misterios; por tanto, me refrenaré” (Alma 37:11). No “[avergonzarse] del evangelio de Cristo” ((Romanos 1:16) es más que tan solo hacer caso omiso o soportar medias verdades y falsedades; ¡significa conocer y defender las doctrinas! Por consiguiente, si permanecemos en silencio, que no sea por temor, sino porque obedecemos un susurro del Espíritu (véase, por ejemplo, Alma 30:29).

Sean testigos bien dispuestos a actuar

Conforme sigan defendiendo el evangelio de Jesucristo, “fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, [los] califican para la obra” (D. y C. 4:5). En este punto, vale recordar que Cristo fue manso pero nunca débil; que Él invitaba pero también reprendía, y que también dijo que “aquel que tiene el espíritu de contención no es mío”  (3 Nefi 11:29).

A medida que el mundo inicuo sigue transgrediendo las normas morales y doctrinales de Dios, Cristo depende de hasta los más pequeños de los santos para que sean testigos vivientes de Su nombre.

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) nos recordó que “no basta con tan solo ser buenos. Deben ser buenos para algo. Deben aportar lo bueno al mundo. El mundo tiene que ser un mejor lugar debido a la presencia de ustedes… En este mundo tan colmado de problemas, tan amenazado constantemente por retos oscuros y malignos, ustedes pueden y deben elevarse por encima de la mediocridad, por encima de la indiferencia. Pueden tomar parte y alzar en alto la voz a favor de lo que es correcto”8.

Si desean ser testigos del Evangelio restaurado, ¡únanse a las filas de un ejército de testigos de los últimos días al alumbrar con su luz! Que la forma en que viven el Evangelio y su defensa de dicho Evangelio sea un reflejo del grado de su conversión a Jesucristo.

Notas

1. Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 60.
2. Véase “The Road Not Taken”, The Poetry of Robert Frost, ed. por Edward Connery Lathem, 1969, pág. 105.
3. Dallin H. Oaks, “Amar a los demás y vivir con las diferencias”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 26.
4. Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, pág. 67.
5. Los ensayos que contiene Temas del Evangelio, que está en lds.org/topics?lang=spa&old=true, son de particular ayuda para contestar preguntas sobre la historia y la doctrina de la Iglesia.
6. Richard G. Scott, “¡Él vive!”, Liahona, enero de 2000, pág. 106.
7. Véase Neal A. Maxwell, “A pesar de nuestras flaquezas”, Liahona, febrero de 1977, pág. 5.
8. Gordon B. Hinckley, “Stand Up for Truth” (devocional pronunciado en la Universidad Brigham Young, 17 de septiembre de 1996), pág. 2; cursiva agregada.

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Salvada después del suicidio de mi hija

Liahona, Septiembre 2017

Salvada después del suicidio de mi hija

Por Le Etta Thorpe
La autora vive en Utah, EE. UU.

Después de que mi hija se quitó la vida, no tenía familiares que me ayudaran a pasar esa prueba, excepto la familia de mi barrio.

woman sitting at church

Recientemente, una amiga me hizo una pregunta que me tomó por sorpresa. Entre todas las preguntas que quedan pendientes después de que un ser querido se quita la vida, ella solo pensaba en una. La pregunta era: “¿De qué modo te ha ayudado la Iglesia después del suicidio de tu hija de quince años?”.

Lo primero que pensé fue: “No me ha ayudado. Alejé a todos, me aislé en casa y sufrí en una soledad absoluta”.

Sin embargo, tras algunos días de reflexión, me di cuenta de que aquella idea era totalmente incorrecta. No tengo duda alguna de que el horror inimaginable que experimenté me nubló la perspectiva.

En el hospital al que llevaron a mi hija Natalie (que ya había fallecido), yo estaba en estado de shock; estaba completamente aturdida, física y mentalmente. Sucedían cosas a mi alrededor que yo veía pero no sentía: la policía que hacía preguntas, los amigos que lloraban, el personal médico que informaba. Todo eso es vago y perfectamente claro al mismo tiempo.

Recuerdo haber visto a mi anterior obispo y a su esposa. Uno de mis colegas los había llamado. Mi hija Natalie y yo nos habíamos mudado de su barrio tan solo unos meses antes. Mi obispo y su esposa eran amigos a quienes queríamos mucho.

La esposa del obispo, que también se llamaba Natalie, dijo que me alojaría con ellos. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en su vehículo de regreso a mi anterior vecindario. Había perdido la dimensión del tiempo; sin embargo, sabía que ya era casi el día siguiente cuando recibí una bendición del sacerdocio del obispo y un amigo.

Sé que debo haber participado y estado al tanto de todos los arreglos pertinentes al funeral; no obstante, no era consciente de lo que sucedía. Me vestía cuando se me decía que me vistiera; entraba en el auto cuando se me decía que teníamos que ir a algún lugar. Me sentía como un robot que obedecía órdenes sencillas; aquello era todo cuanto podía hacer. Sorprendentemente, aún no había derramado ni una lágrima.

El funeral de mi hija fue hermoso; hubo muchas risas entremezcladas con lágrimas, y el Espíritu estuvo muy, muy presente. Mi hija mayor, Victoria, viajó a Utah desde otro estado y compuso una canción y la cantó en el funeral.

Jamás se me mencionó nada sobre el costo del funeral, excepto que ya se habían encargado de ello. En cuestión de semanas, el funeral se había pagado por completo con donativos de miembros de la Iglesia.

En aquel momento, aún me alojaba con la familia de mi obispo anterior. Los miembros de mi barrio anterior estaban buscando un nuevo lugar para que yo viviera. Se desocupó un bonito y pequeño apartamento situado debajo de una planta baja, y lo siguiente que recuerdo es estar firmando el contrato de alquiler. Aquello no ocurrió por iniciativa propia; fueron los actos de un grupo de miembros de la Iglesia, entre ellos, mi querida amiga Natalie, la esposa del obispo.

Los miembros del barrio me ayudaron a trasladar mis pertenencias, y nos acomodaron a mi otra hija y a mí. Los primeros dos meses de alquiler se habían pagado por adelantado; de nuevo, mediante donativos de miembros de la Iglesia. Aún no percibía el transcurso del tiempo y seguía emocionalmente aturdida hasta cierto grado; no obstante, comenzaba a sentir otra vez.

Aproximadamente un mes después de la muerte de mi hija, la comprensión y la magnitud de lo que había sucedido empezaban a entrar en escena. Era como si al principio se filtrara un vapor denso y negro, seguido de ráfagas agobiantes, hasta que me sentía rodeada por una completa oscuridad. El pesar —en su forma más absoluta— puede ser cegador.

Natalie había fallecido el Día de Acción de Gracias [en noviembre]; ahora era Navidad. Los días festivos no hacían más que acrecentar mi pérdida. Las lágrimas brotaban sin cesar durante días, y la agonía parecía implacable en aquella época. Los minutos transcurrían como horas; las horas, como días; y los días, como años.

Al ser una mujer divorciada, no tenía un esposo que saliera a ganarse la vida. Si hubiera podido, me habría acurrucado, me habría encerrado en un armario y hubiese permanecido allí. Pero no podía darme ese lujo; de algún modo, tenía que reunir fuerzas para seguir; tenía que buscar trabajo. Tenía empleo cuando sucedió lo del Día de Acción de Gracias, pero de alguna forma, en todo aquel caos, había olvidado mi trabajo. Podría haber regresado, pero a mi Natalie le encantaba pasar tiempo allí, y la idea de volver sin ella era intolerable.

Para la primera semana de enero, había conseguido un empleo de baja remuneración. Trataba de actuar con normalidad; mi cuerpo seguía adelante, pero sentía como si mi alma hubiera muerto. Nadie sabía que era un ser vacío que actuaba por inercia. Solo me derrumbaba emocionalmente cuando conducía hacia el trabajo y al regresar de él.

Comencé a asistir a mi nuevo barrio poco a poco. Sabía muy bien que si alguien me preguntaba cómo estaba, me desmoronaría. Quería ir a la Iglesia desesperadamente, pero no quería hablar con nadie y mucho menos hacer contacto visual. Deseaba de todo corazón ser invisible. Más que nada, ¡quería arrancar de mi pecho aquel pesar agobiante!

No tengo idea de lo que las hermanas de la Sociedad de Socorro pensaban de mí, y en ese momento no me importaba mucho. ¡Estaba demasiado ocupada tratando de respirar! Estoy segura de que daba la impresión de querer que me dejaran en paz, ya que ninguna de ellas me molestaba. Sin embargo, de vez en cuando me ofrecían una sonrisa afectuosa que yo hallaba algo reconfortante; justo la pequeña dosis exacta como para evitar que corriera a la salida más cercana, lo cual era una idea constante.

El tiempo sana; no borra los acontecimientos, pero permite que las heridas abiertas se cierren lentamente.

Aquel fatídico Día de Acción de Gracias fue en 2011, y me ha llevado algunos años darme cuenta de cuánto me ayudaron mis hermanos y hermanas de la Iglesia. Sentí como si me recogieran del campo de batalla tras haber sido gravemente herida. Se me atendió hasta que recobré la salud y se me cuidó hasta que pude sostenerme por mis propios medios.

He recibido innumerables bendiciones en mi camino de diversas maneras. Mi testimonio ha crecido tremendamente. Ahora sé lo que se siente que nuestro Salvador te lleve en Sus brazos amorosos.

Así que, en respuesta a la pregunta de mi amiga: “¿De qué modo te ayudó la Iglesia durante esa prueba de fuego?”, yo digo: “No me ayudaron. Me salvaron”.

Cómo sanan los deudos

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Cuando alguien decide poner fin a su dolor mediante el suicidio, comienza un proceso de duelo complicado y singularmente doloroso para los seres queridos que quedan (a quienes en general se hace referencia como deudos o dolientes). Los sentimientos de confusión, culpa, abandono, rechazo e ira se intensifican. Hay preguntas sin responder como: ¿Por qué?, qué cosas no supe ver?, por qué no recibí inspiración al respecto?, de qué modo influirá esto en su galardón eterno?, etcétera, que pueden ocasionar confusión, así como la idea de que quizás los dolientes hayan sido de algún modo responsables de la muerte de su ser querido.

Existe la tendencia en los deudos a apartarse de los demás al avergonzarse por temor a que se los culpe, juzgue o estigmatice. Los deudos también podrían tener reacciones postraumáticas, en especial en el caso de los que han hallado el cuerpo. Los dolientes, en su pesar, incluso pueden llegar a abrigar pensamientos suicidas.

A pesar de tales hondos pesares y angustias, nuestro Salvador “descendió debajo de todo” (véase D. y C. 88:6122:8) “a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos” (Alma 7:12) para que “[hallemos] gracia para el oportuno socorro” (véase Hebreos 4:16).

Para quienes atraviesan el duelo:

  • No culpe a otras personas; en especial, no se culpe a sí mismo.
  • Cuídese en el aspecto espiritual: Confíe en el don del albedrío, acepte lo imprevisible (véase 1 Nefi 9:6), y confíe en el poder del Señor de sanar y dar paz (véase Filipenses 4:7).
  • Cuídese en el aspecto físico: Observe una rutina de buena alimentación, descanso y ejercicio.
  • Pida apoyo a aquellos en quienes usted confíe (los familiares, los amigos, el obispo) y permita que los demás lo ayuden a atravesar esta crisis.
  • Participe en actividades saludables que ofrezcan distracción.
  • Hable con un terapeuta profesional y/o asista a algún grupo de ayuda para familiares de suicidas.
  • Sea paciente durante su proceso de sanación.

Para quienes cuidan a alguien que atraviesa el duelo:

  • Sea compasivo y no culpe ni juzgue. Entienda cómo el “Señor… [acomoda] sus misericordias” (D. y C. 46:15).
  • Tienda la mano a los deudos y pregúnteles cómo podría ayudarlos incluso con las tareas sencillas, o acompáñelos en las actividades.
  • Sea paciente, escuche y acepte los sentimientos que ellos compartan a su tiempo.
  • Evite las frases hechas y las falsas frases reconfortantes como: “Todo estará bien”, “Podría ser peor”, “Sé cómo te sientes”, “Te entiendo”, “Es la voluntad de Dios”, “El tiempo lo cura todo”, etcétera.
  • No intente contestar las preguntas pendientes de ellos.
  • No compare el pesar de ellos con el suyo, aunque este se relacione con un suicidio.
  • Hábleles sobre su ser querido de un modo similar al que lo haría sobre alguien que haya fallecido de otra manera.
  • Tranquilice a los niños afectados al asegurarles que ellos no tienen la culpa.
  • Ofrezca ayudarlos a buscar más fuentes de ayuda para sobrellevar el duelo (psicoterapia, grupos de apoyo, etc.).
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Cómo vencer el peligro de la duda

Liahona, Septiembre 2017

Cómo vencer el peligro de la duda

Por el élder Hugo Montoya
De los Setenta

Incluso árboles enormes pueden sucumbir ante hongos que no se ven. Sucede lo mismo con la fe: Si dejamos que la duda crezca, esta puede pudrir nuestras raíces espirituales hasta que caigamos.

tree in yellow field

Durante Su ministerio terrenal, el Salvador fue tentado por Satanás.

“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

“Y se le acercó el tentador y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2–3; cursiva agregada).

El adversario tentó al Salvador poniendo en duda Su divinidad. Él utilizó una frase condicional: “Si eres el Hijo de Dios…”.

Pero, haciendo uso de la fortaleza que proviene del conocimiento de las Escrituras, el Señor rechazó la tentación. “Escrito está”, dijo. “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).

Esta conversación entre Jesucristo y Satanás nos da una idea clara del modo en el que el adversario nos tienta poniendo dudas insidiosas en nuestra mente y nuestro corazón.

Una invasión oculta

En Sonora, México, donde crecí, hay grandes árboles llamados laureles de la India. Tienen una altura de cerca de 30 metros., con enormes troncos y una frondosa estructura ramal y foliar. Hace poco, muchos de esos árboles fueron atacados por una enfermedad llamada pudrición texana de las raíces. Los efectos del ataque de este hongo tardan años en ser visibles. Sin embargo, el hongo va pudriendo poco a poco las raíces de esos hermosos árboles, los cuales comienzan a morir. Las hojas se vuelven amarillas y caen. Luego el tronco y las ramas se secan, y los árboles se deben talar.

Tal como ese hongo se introduce en los árboles, las dudas pueden invadir nuestros pensamientos. Si las dejamos crecer, con el tiempo pueden afectar nuestras raíces y pudrir nuestro fundamento.

Los supuestos amigos pueden provocar dudas cuando hacen preguntas hirientes. Los sitios de internet pueden generar dudas al difundir información sacada de contexto, pero las dudas se intensifican especialmente cuando nosotros, al sentirnos abandonados o abrumados, cuestionamos nuestras propias cargas. Las quejas del hombre natural —tales como “¿Por qué a mí, Señor?” o “Si soy Tu siervo, ¿por qué permites que…?”— pueden llegar a nuestros oídos como susurros del padre de las mentiras. Su propósito es siniestro: debilitar nuestra certeza de que somos hijos de Dios.

Para contrarrestar esa duda, debemos recordar la perfección del plan de nuestro Padre. En lugar de obcecarnos en cuestiones negativas, debemos pedir fortaleza tal como hizo José Smith: “Acuérdate de tus santos que sufren, oh Dios nuestro, y tus siervos se regocijarán en tu nombre para siempre” (D. y C. 121:6). También debemos confiar en que el Señor nos librará (véase 1 Corintios 10:13).

Asaltados a punta de pistola

Recuerdo una experiencia personal que me ayudó a sustituir la duda por la esperanza. Por aquel entonces yo servía como presidente de estaca. Mis hijos eran pequeños y mi esposa y yo éramos dueños de un negocio de tortillas; trabajábamos muchas horas.

Una de esas noches en que mi esposa y yo teníamos que hacer tortillas desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, tres jóvenes fueron a nuestra tienda. Estaban bajo los efectos de las drogas y dos de ellos llevaban pasamontañas y gabardinas largas, las cuales ocultaban sus armas. Nos amenazaron, nos metieron en la tienda y cerraron la puerta. Uno se quedó afuera haciendo guardia y gritando reiteradamente: “¡Mátenlos! ¡Mátenlos!”.

Otro me puso el cañón de su pistola en la sien y me obligó a tumbarme, y el tercero encañonó a mi esposa en el pecho. Oré para que mis hijos no quedasen huérfanos, y que el Señor nos protegiera. Al final, los ladrones nos encerraron en el baño y desaparecieron, huyendo en mi camioneta.

Nosotros escapamos y pedimos ayuda. Acudió la policía, así como mi hermano. En cuanto pudimos, llevamos a mi esposa a casa y mi hermano y yo fuimos a buscar mi camioneta sin éxito. Regresé a casa muy triste, a las cinco de la mañana.

¿Dónde estaba mi familia?

Para mi sorpresa, mi esposa y mis hijos no estaban allí. Un vecino me explicó que a mi hija de cuatro años le había comenzado a doler el estómago y la habían llevado de urgencia al hospital. Sabía que necesitaríamos desesperadamente dinero para sus cuidados, por lo que sentí que no tenía más remedio que volver a la tortillería y completar los pedidos del día. Dado que mi esposa y yo éramos los únicos empleados, estaba solo, corriendo como un loco, amasando, poniendo la masa en la tolva, ajustando el tamaño, corriendo de un lado a otro para acabar las tortillas y atender a los clientes.

Para entonces ya eran las ocho de la mañana, y comencé a reflexionar en los acontecimientos de la noche. Por mi mente pasó la duda: “Si tú eres el presidente de estaca; ¿por qué te pasa esto a ti?”.

Todo menos las tortillas

Deseché ese pernicioso pensamiento y oré para pedir fortaleza. Entonces escuché una voz detrás de mí: “Presidente”. Era mi obispo y un hermano de mi barrio: mis maestros orientadores.

El obispo dijo: “No sabemos hacer tortillas, así que no podemos ayudar aquí. Pero no se preocupe por su camioneta, ni por su esposa ni por su hija enferma y sus otros hijos. Quédese aquí y nosotros ayudaremos con lo demás”. Los ojos se me llenaron de lágrimas de gratitud.

Ellos se hicieron cargo de todo menos de las tortillas. Aquella tarde, cuando regresé a casa, la encontré limpia y ordenada, mis camisas planchadas y comida preparada para mí. No había nadie en casa, pero sabía que la Sociedad de Socorro había estado allí. La policía había encontrado mi camioneta, y una persona de mi barrio había pagado para recuperarla.

Rápidamente fui a ver a mi esposa y a mi hija. El obispo había estado allí y le había dado a mi hija una bendición. Tenía apendicitis, pero todo estaba bajo control.

Al hablar con mi esposa, sentimos la impresión de que el obispo no había utilizado las ofrendas de ayuno ni productos del almacén del obispo para ayudarnos. En lugar de eso, él había utilizado los recursos y la piedad de los miembros de nuestro barrio.

Unos días después, mientras mi hija se recuperaba y mi esposa me ayudaba en la tortillería, llegaron tres mujeres. Eran las madres de los jóvenes ladrones y habían ido para pedir disculpas. Nos explicaron que la policía había detenido a sus hijos. Más tarde esas madres llevaron prácticamente a rastras a sus hijos a la tienda para que nos pidieran perdón, y nosotros los perdonamos.

Ellos no dudaron

tree trunk

Las raíces espirituales de mi árbol familiar han sido fortalecidas por seis generaciones gracias a la inquebrantable fe de mi bisabuelo.

Otro ejemplo de mi historia familiar me recuerda que no dude. En 1913, en México, el élder Ernest Young y sus compañeros predicaron el Evangelio a mi tatarabuela, María de Jesús Monroy, una viuda; a sus tres hijas, Natalia, Jovita y Guadalupe; y a su único hijo, Rafael —mi bisabuelo—. Se bautizaron el día 10 de junio y, dos meses después, los ciudadanos estadounidenses salieron del país por causa de la Revolución Mexicana.

El 29 de agosto de 1913, el día en que el presidente Rey L. Pratt y todos los misioneros estadounidenses habían de salir, Rafael Monroy —un converso de treinta y cuatro años bautizado dos meses antes— fue a la casa de la misión para expresar su preocupación. “¿Qué va a ser de nosotros?”, preguntó. “No hay una rama organizada en San Marcos, y no tenemos el sacerdocio”. Al escuchar las inquietudes de Rafael, el presidente Pratt le pidió que tomara asiento y puso las manos sobre su cabeza, le confirió el Sacerdocio de Melquisedec, lo ordenó al oficio de élder y lo apartó como presidente de la Rama San Marcos.

Rafael, que entendía que su convenio bautismal era sagrado y eterno, también entendía que debía compartir el Evangelio. Durante veintitrés meses, su consejero, Vicente Morales, y él ayudaron en la conversión y el bautismo de más de cincuenta personas, y predicaron a muchos más.

Entonces, el 17 de julio de 1915, la revolución llegó a San Marcos. Los soldados revolucionarios acusaron a Rafael y a Vicente de pertenecer y apoyar al ejército enemigo, esconder armas y ser miembros de una religión extraña. Los tomaron prisioneros, los torturaron y los colgaron hasta que se desmayaron. Entonces los soldados les dieron una última oportunidad para salvar sus vidas. Les perdonarían la vida si renunciaban a su religión. Rafael respondió: “No puedo hacerlo, porque sé que lo que he recibido es verdad”.

Rafael y Vicente no dudaron; fueron consecuentes con su conocimiento y su testimonio. Al final del día fueron ejecutados por el Ejército Libertador del Sur, dando sus vidas por aquello que creían1.

Sigue siendo verdad hoy

No dudemos de que esta obra es verdadera. Cada vez que seamos probados con dudas, meditemos en nuestras experiencias espirituales. El hacerlo nos ayudará a disipar esas dudas. Esto es particularmente cierto para quienes han regresado de prestar servicio como misioneros de tiempo completo y luego permiten que las dudas vayan haciendo mella; para los que son miembros hace mucho tiempo y se han cansado de perseverar; y para los nuevos conversos que al principio sintieron un gran gozo pero no han nutrido su fe.

Si ese es su caso, me gustaría decir: Si el Evangelio era verdadero cuando enviaron su solicitud para servir una misión (¡y lo era!), si era verdadero cuando fueron al templo (¡y lo era!), si era verdadero cuando se convirtieron y fueron bautizados (¡y lo era!), si era verdadero cuando fueron sellados (¡y lo era!)… ¡entonces es igualmente verdadero hoy en día!

Jesús nos mostró con Su ejemplo que podemos recibir fortaleza por medio de las Escrituras. José Smith nos enseñó que pedir en oración proporcionará alivio. Aquellos que han dado su vida, sin dudar en nada, han mostrado que, aun cuando afrontemos la muerte, tenemos esperanza.

No hemos de sucumbir a la desesperación, porque las pruebas y las tentaciones son temporales. Podemos hallar esperanza en las palabras del Salvador: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:36).

Nota

1. Véase Rey L. Pratt, en Conference Report, abril de 1920, págs. 90–93.

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