Las Ruinas de Cesárea

Liahona Octubre 1962
Excavaciones Bíblicas en Tierra Santa

Las Ruinas de Cesárea

Por Christme y O. Preston Robinson
(Tomado de the Church News)

El Dr. O. Preston Robinson y su esposa visitaron a principios de 1962 la impresionante Tierra Santa, donde una serie de excavaciones arqueológicas está siendo llevada a cabo. El presente es el primero de ocho artículos que los hermanos Robinson han escrito como resultado de sus estudios al respecto, y que «Liahona» se complace en presentar a sus lectores a partir del presente número. (N. del Editor)

La infame Casa de Herodes, que por tanto tiempo y durante tan crítico período gobernó Palestina, realizó muchas cosas a fin de asegurarse un lugar en la Historia. En contraste con las intrigas y crueldades que fueron parte de su régimen totalitario, sabemos que tanto Herodes el Grande como su hijo, Herodes Antipas, hicieron edificar magníficas ciudades y her­mosos lugares de recreación. Las ruinas que ponen hoy de manifiesto esta faz progresista de aquella inicua dinastía, se extienden desde Jerusalén hasta Tiberias, sobre el Mar de Galilea, y desde el antiguo pueblo jordano de Sebastia hasta Cesaera, en la costa del Mediterráneo israelí.

Cesárea era una de las más hermosas ciudades de la zona, y en la época de Jesús estaba en el apogeo de su gloria. Esta ciudad fué reconstruida por Herodes el Grande sobre las ruinas de un antiguo pueblo de Canaán —en la actualidad a unos 40 kilómetros al Norte de Tel Aviv—, situado entre Jope (Jaffa) y Dor, sobre la costa del Mar Mediterráneo. Habiéndole costado doce años su edificación, Herodes inauguró Cesárea, aproximada­mente unos 10 años antes de Jesucristo, con juegos espectaculares y desenfrenados entretenimientos que se calcula costaron en aquel tiempo unos trescientos mil dólares.

La ciudad consistía de un gran puerto protegido por una enorme dársena y rodeado por una pared rematada por diez elevadas torres de defensa. Cesárea fué fundada y sus desagües dispuestos de tal manera, que las marejadas no alcanzaban a mojar siquiera las Calles inmediatamente adyacentes a la costa.

Hacia el Este, Herodes había hecho edificar un templo profusamente ornamentado—a la memoria de Augusto César, de quien la ciudad llevaba el nombre. También hizo construir un hipódromo y un enorme anfiteatro al aire libre, con capacidad para unas 20.000 personas. El pueblo era proveído de agua mediante un ingenioso sistema de acueductos—uno de los cuales medía trece kilómetros de largo y se surtía de una vertiente en las colinas de Palestina.

Cesárea fué la residencia oficial de los Procuradores romanos, incluso Poncio Pilato. Fué precisamente desde aquí que Pilato se trasladó temporariamente a Jerusa­lén al tiempo del juicio que llevó a Jesús a la cruz. Fué en Cesárea que Pilato ordenó la masacre de los judíos que habían venido desde la Ciudad Santa a protestar por los profanos estandartes y las imágenes del Empera­dor que habían sido colocados alrededor del templo. Recordaremos que cuando vió que estos emisarios estaban dispuestos a sacrificar sus vidas en pro de la misión que traían, Pilato canceló su orden y procedió a retirar las imágenes y los estandartes.

Se cree que Felipe fué el primer misionero que predicó la doctrina Cristiana en Cesárea. Fué también aquí donde Pablo compareció ante Agripa, quien como resultado de la magnífica exposición del Apóstol de los Gentiles, exclamó: “Por poco me persuades a ser cristiano/’ (Hechos 26:28.) En esta misma ciudad, durante el gobierno de Félix, Pablo estuvo prisionero dos años.

Cornelio era centurión en Cesárea. Hombre devoto y temeroso de Dios, oraba constantemente en pos de orientación divina. Un día tuvo una visión que le hizo saber que debía recurrir a Pedro, quien a la sazón se encontraba en Jope, en la casa de Simón el curtidor de cueros. Plasta ese entonces, el evangelio había sido predicado exclusivamente entre los judíos. Antes de encontrarse con los mensajeros de Cornelio, Pedro tuvo también una visión. Vió que de los cielos abiertos descendía un gran lienzo, “que atado de las cuatro puntas era bajado a tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo.” (Ibíd., 10:11-12.) Pedro consideraba que esas cosas no se podían comer porque eran “comunes o inmundas”. Sin embargo, una voz celestial le ordenó que comiera. Como resultado de esta gran manifestación, Pedro llegó a saber que el evangelio era para todos los hijos de los hombres y no solamente para los judíos. En conse­cuencia, acompañó a los emisarios a Cesárea y allí bautizó a Cornelio y a todos los familiares y amigos de éste, que se habían congregado en tal oportunidad. Después de la ceremonia del bautismo, el Espíritu Santo descendió sóbrela entera congregación de gentiles convertidos, asombrando a los “fieles de la circuncisión.”

A fines de una década de suntuosa gloria, Cesárea comenzó a declinar rápidamente bajo la nefasta ad­ministración del inicuo procurador Floro. La cruel política de éste, que fué el último de los Procuradores romanos, incitó a los judíos a una rebelión que culminó con la masacre de unos 20.000 israelitas y la sublevación de Jerusalén que determinó la destrucción de la Ciudad Santa, en el año 69 de nuestra era. Y aun en este trágico drama final, Cesárea jugó un papel importante: allí fué establecida la base de operaciones mediante las cuales Jerusalén fué arrasada.

Durante los últimos años, en que se ha estado desarrollando el actual programa de excavaciones pa­trocinado por el gobierno de Israel y la Universidad Hebrea de Jerusalén, con el aporte de fondos por parte de otras universidades y sociedades del mundo entero, las ruinas de Cesárea y de otros importantes sitios bíblicos han sido profusamente investigadas.

En la actualidad, Cesárea y sus alrededores consti­tuyen una febril colmena de actividades, con cuadrillas de trabajadores que operan modernos equipos, bajo la hábil supervisión de conocidos arqueólogos. En una de las secciones de las ruinas, una enorme pala mecánica acumula escombros desde los cuales se extraen, en inmensa variedad, fantásticos artefactos. En otra área, los arqueólogos’ trabajan personalmente con imple­mentos manuales y cepillos suaves, a fin de remover la tierra y el polvo de preciosas estatuas, finos bajo relieves y grandes piedras fundamentales sobre las que perfectamente se pueden leer y descifrar notables inscripciones.

De los artículos de alfarería, las monedas, las estatuas y columnas de mármol y las inscripciones correspondientes, es todo esto y mucho más lo que los eruditos pueden conocer acerca de la maravillosa y trágica historia de la que una vez fué magnífica ciudad. A medida que las ruinas van saliendo a la luz y que los fundamentos de los varios edificios van apareciendo, este espectacular sepulcro de la Historia está llegando a ser una de las maravillas del mundo arqueológico actual.

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La Dispersión de Israel

La Dispersión de Israel

Por O. Preston Robinson
(Tomado de the Instructor)
Liahona Octubre 1962


Aproximadamente mil cuatrocientos años antes de Jesucristo (los historiadores no han podido precisar una fecha exacta), una caravana de cerca de 600.000 esclavos hebreos, “sin contar los niños” Éxodo 12:37, escaparon de sus opresores egipcios, iniciando una lenta y difícil marcha hacia la Tierra Prometida. Estos eran los descendientes literales de José, Jacob, Isaac y Abrahán, que unos 400 años antes habían bendecido a Egipto mediante sus virtudes y su la­boriosidad, y quienes. . . fructificaron y se multi­plicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo. . . . ” (Éxodo 1:7.) Pero después de un tiempo los gobernantes egipcios olvidaron las bendiciones de José y sometieron a estas gentes a la esclavitud, exigiéndoles pesados gravámenes y haciéndoles construir ciudades y monumentos dedicados a sus extraños dioses.

Bajo la dirección y el empeño de Moisés, los israelitas iniciaron su milagroso éxodo y después de unos cuarenta años de venturoso y esperanzado deambular por el desierto, llegaron a las montañas de Moab. Y desde estas cumbres pudieron ver ¡al fin!, allá abajo, el encantado oasis de Jericó y el indudablemente im­presionante panorama de la Tierra Prometida. Seguir leyendo

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El Mormonismo y la Antropología

Liahona Octubre 1962

El Mormonismo y la Antropología

por Dee F. Green
(Tomado de the Instructor)

A antropología es frecuentemente definida como la “ciencia del hombre.” Su objetivo ha sido siempre descubrir la naturaleza humana del individuo, problema que resulta ser más complejo y variado que los de cualquier otra ciencia.

El principal interrogante de la antropología es el Mormonismo, o la doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, porque si hemos de vivir para siempre y alcanzar las posibilidades declara­das en Doctrinas y Convenios 132:20, es menester que tengamos un íntimo y amplio conocimiento con respecto al hombre y sus acciones:

Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas estarán sujetas a ellos. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos. (Doc. y Con. 132:20.)

Ante el inmenso panorama que los antropólogos se han trazado, será necesario que trabajen en estrecha correlación con muchas otras disciplinas además de las aceptadas tradicionalmente. La antropología incluye la investigación y el estudio de las ramas de la arqueología, psicología, sociología, biología, lingüística, etnología y toda otra materia que pueda proveernos de indicios o evidencias concernientes a la verdadera naturaleza del hombre. Precisamente, entre estos otros campos de investigación podríamos contar la religión.

La coordinación de verdades religiosas con los datos antropológicos, facilita el esclarecimiento de los problemas y provee de resultados más completos a las tareas de investigación concerniente al hombre y su medio ambiente. Por otra parte, la misma antropología ha contribuido y aún contribuirá en lo futuro a un mayor entendimiento del evangelio de Jesucristo. He aquí algunos ejemplos específicos.

A diferencia de los animales, que pueden depender enteramente de sus instintos naturales, el hombre debe aprender un sinnúmero de hábitos culturales que le son tan indispensables como para los seres irracionales lo es el instinto. En efecto, tal como la cultura no podría prevalecer sin el hombre, éste no sobreviviría sin la cultura. Esta educación cultural comienza con su propio nacimiento y es transmitida, de generación en generación, a través de toda su descendencia. La conservación de esta corriente de cultura tradicional es tan importante como la propagación misma de la raza. No existe institución social tan idealmente identi­ficada como la familia, con respecto al adiestramiento de los hijos conforme a los moldes de cultura básica que éstos deben conocer para poder sobrevivir. Ni las escuelas, ni las iglesias, ni los clubes, ni las entidades de puericultura resultan ser tan fehacientes o adecuados como el seno familiar.

Todo padre que eluda la responsabilidad de enseñar a sus hijos las normas fundamentales de la cultura social, está contribuyendo a la destrucción de su linaje. Las actitudes tales como “Yo quiero que crezca y decida por sí mismo,” son un desatino y a ello se debe en gran parte la desorganización social pre­dominante en nuestros días. Esto no es nuevo para los miembros de la Iglesia. Nuestros profetas han dado siempre énfasis a la importancia del hogar y de la familia. Y de una larga lista enumerativa, ello constituye otro caso en que nuestros profetas y maestros han sido corroborados por los hallazgos de la ciencia.

Otra de las áreas en que la antropología puede llegar a ser de gran servicio para la Iglesia es el pro­grama misional. Las costumbres, hábitos, maneras y cultura de las gentes entre las que predicamos, son frecuentemente muy distintas a las nuestras. En efecto, el Mormonismo significa una cultura muy peculiar, con costumbres marcadamente distintivas y normas de vida que deben ser cabalmente asimiladas por todo aquel que desee experimentar una conversión decididamente positiva.

Nuestros misioneros son constantemente exhortados a amar y comprender a las personas entre las que trabajan. Esto puede conseguirse sólo si el misionero entiende y respeta las costumbres que para él y su cultura puedan resultar extrañas. Un antropólogo mormón no podría anticipar el campo de labor ni las circunstancias peculiares a que un joven o una señorita fueren llamados. No obstante, sí puede señalarles las diferencias de cultura y proveerles de puntos de vista y pormenores que habrán de desarrollar en ellos una mayor tolerancia hacia esos pueblos. Esto no significa que alguna de nuestras doctrinas o principios deban o puedan ser comprometidos; poro con un mejor entendimiento respecto de las gentes entre las que han de predicar, nuestros misioneros pueden realizar una tarea más efectiva.

La arqueología—estrechamente vinculada con la antropología—ha venido recibiendo últimamente más y mayor atención por parte de los miembros de la Iglesia, especialmente en cuanto a su relación con el Libro de Mormón. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, proclamamos que el Libro de Mormón es genuino, mientras que el mundo generalmente declara que es falso. En medio de esta fundamental discre­pancia en puntos de vista, los miembros de la Iglesia están en una posición tal que les permite reconocer ciertas conformidades entre el libro y la arqueología que los eruditos explican con diversas “teorías”. ¿Es que no aceptará el mundo la prueba del Libro de Mor­món? Y en todo caso, ¿qué es lo que constituye la “prueba” del Libro de Mormón? Sólo el testimonio del Espíritu, como lo promete el Señor:

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas. (Moroni 10:4-5.)

Todo lo que científicamente se ha descubierto y lo que en el futuro se descubra, debe ser clasificado como evidencia. Pero es aquí donde frecuentemente cometemos el error de buscar pruebas, cuando en reali­dad debemos buscar la verdad. Una “prueba” resulta ser diferentes cosas para distintas personas, y puede no constituir precisamente la “verdad”. Nuestro pri­mordial interés debiera ser la búsqueda de la verdad, dejando entonces que los “fragmentos” de la escultura caigan donde deban caer. Y de una cosa podemos estar seguros: los “fragmentos” nunca caerán en contraposi­ción al Libro de Mormón, porque la veracidad de éste ha sido ya demostrada mediante la evidencia de los testigos, la sangre del Profeta y el testimonio del Espíritu. Podrían, sin embargo, caer en contra de algunos de nosotros que estemos o hayamos estado principalmente apartándonos de las vías de acerca­miento a la verdad y corriendo detrás de cada sombra arqueológica a fin de poder “comprobar”. Dejemos las pruebas a la disposición y voluntad del Señor, y prosiga­mos cumpliendo con Su mandamiento de buscar la verdad.

¿Dónde descansa, entonces, el valor arqueológico y antropológico del Libro de Mormón?

Existen dos características benéficas y primordiales que han derivado de los diversos descubrimientos en esos campos. Primero, constituyen “señales que seguirán a los que creyeren.” (Mormón 9:24.) En otras palabras, después de haber recibido el testimonio dado por el Espíritu Santo, tendremos el privilegio de reconocer evidencias adicionales, proveídas por la ciencia. Tal como se mencionara anteriormente, estas señales y evidencias adicionales no son generalmente reconocidas sino por los Santos de los Últimos Días, debido a que existen otras teorías y explicaciones que resultan aceptables a los que no creen que el libro sea verídico.

Segundo, estas investigaciones pueden llegar a despertar tanto interés entre los pueblos, como lo han logrado los programas de la A.M.M. o las actuaciones del Coro del Tabernáculo, basta el punto de que muchas personas hayan comenzado a investigar seriamente nuestra doctrina. Debemos, asimismo recordar que al igual que las actividades mencionadas y también en cuanto a la obra misional, el Libro de Mormón debe convertir a las gentes por medio del testimonio del Espíritu y no en base a evidencias arqueológicas. Porque si el testimonio no está fundado en el testimonio espiritual, los resultados serán similares a los de aquellos individuos que se convierten por el misionero y no por la doctrina.

Habiendo leído uno de los varios libros que sobre el particular han publicado algunos miembros de la Iglesia, alguien exclamó: “No puedo entender cómo después de leer esta obra puede haber una sola persona que no se convenza de la veracidad del Libro de Mor­món.” Pero este hermano olvidaba que los no miembros de la iglesia carecen del don del Espíritu Santo, y en consecuencia no alcanzan a ver o identificar los mismos significados, conformidades y evidencias que son reveladas al individuo que ha tenido la fe necesaria para investigar, someterse a la prueba de la oración sincera y recibir entonces la respuesta mediante el testimonio del Espíritu.

 

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Sobreponiéndonos al Pecado

Liahona Septiembre 1962

Sobreponiéndonos al Pecado

por Roberto N. Oldiz
Rama Deseret (Misión Argentina)

Una mañana en que Jesús había ido al templo y se encontraba allí enseñando al pueblo, algunos escribas y fariseos trajeron ante El a una mujer acusada de haber cometido adulterio, a quien querían apedrear —decían—conforme a la ley de Moisés. Con la intención de tentar al Maestro, a fin de acusarle luego ellos le preguntaron: “Tú, pues, ¿qué dices?” Jesús, que conocía íntimamente el alma de cada persona, les res­pondió: «. . . El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” (Juan 8:2-7.)

La Escritura prosigue diciéndonos que los hombres, al oír estas impresionantes palabras, sintiéndose avergonzados en su conciencia, se alejaron del lugar, dejando solos a Jesús y a la mujer. Incorporándose luego el Salvador, reparó en ésta y le dijo:

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nin­guno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (Ibid., 8:10-11.)

En esa ocasión, el Salvador puso en evidencia mu­chas realidades de las cuales podemos extraer grandes enseñanzas. En primer lugar, todos los que acusaban a la mujer pecadora eran también pecadores. En segundo lugar, el Varón de Galilea, siendo el único hombre limpio y sin pecado, y entendiendo que la desdicha­da mujer estaba arrepentida, la perdonó. Y por último, observemos la advertencia del Maestro: “. . . No peques más.”

Todo ser humano, desde que ha llegado a la edad de responsabilidad, comete o ha cometido, en cierta medida, pecados. De ahí la importancia del principio del arrepentimiento. En una de sus Epístolas, Juan el Amado declara:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engaña­mos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:8-9.)

El objetivo de la Iglesia es el “perfeccionamiento de los santos”. Esto significa que los miembros de la Iglesia no nos distinguimos de “los que son del mundo” porque seamos perfectos, sino por el hecho de que la perfección es el propósito de nuestra vida, y que estamos “peleando la buena batalla” para conseguirlo. No podemos restar significación a aquellas reveladoras palabras de Jesús:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5: 48.)

Estamos en este mundo para al­canzar nuestra salvación, condición de progreso que sólo se ob­tiene mediante la superación del pecado, resistiendo a las tentaciones que nos acechan a cada paso. Debemos sobreponernos al pecado. Y esto es especialmente importante para la juventud—edad en que son mayores las tentacio­nes del mundo y desde donde es más largo el camino que nos llevará a hacer de nuestra vida él mayor de los éxitos o el peor de los fracasos. Si logramos esto— sobreponernos al pecado—la victoria sobre todo lo demás será fácil.

Como miembros de la Iglesia, ganaremos aún más conocimiento, mejoraremos nuestros propios hogares y llegaremos a ser oficiales y maestros más eficientes. Pero si tallarnos en ello, todo lo demás habrá de desmoronarse como la casa edificada sobre la arena.

Muchas son las armas para luchar contra el pecado y vencer. Una de ellas es el arrepentimiento. Nadie puedo siquiera pretender sobreponerse al pecado si no abriga en su ser la íntima disposición de arrepentirse. El verdadero arrepentimiento consiste en cuatro pasos fundamentales: reconocer la comisión del pecado; sentir remordimiento por la transgresión; agotar los recursos posibles para reparar las consecuencias; y abrazarse a la firme determinación de no reincidir. El trofeo infalible de esta batalla será una vida limpia, ante la resultante ausencia del pecado.

El arrepentimiento no es verdadero si no produce un cambio real en el individuo. Después del “proceso” mencionado, ‘el arrepentimiento habrá de cambiar nuestras vidas, despejando las funestas nubes de la miseria que puedan amenazar nuestro cielo, y transformando la pesadumbre en felicidad. Pablo dijo:

“La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (1 Corintios 7:10.)

Esa misma tristeza—el arrepentimiento verdadero—es la, que obró en Alma de tal forma que éste, de perseguidor de la Iglesia, se convirtió en ardiente defensor de ella, llegando a ser Sumo Sacerdote y Juez Superior de su país. En cambio, la tristeza del inundo—el remordimiento inoperante —arrastró a Judas a una muerto ignominiosa.

Para obtener un verdadero arrepentimiento, es sabio esforzarse en el estudio y la práctica del evangelio, es decir, tratar de conocer los mandamientos que debemos cumplir, ser humildes y honestos en reconocer nuestros errores, y actuar con un genuino deseo de no pecar más.

Otra de las armas eficaces es resistir las tentaciones Muchas veces confiamos demasiado en nuestra capaci­dad de resistencia y “jugamos con fuego”, exponiéndonos a quemarnos cuando menos lo pensamos. No abramos las puertas a Satanás; él siempre está al acecho para poder entrar en nosotros. Hay dos campos: el de Dios y el de Satanás; ambos están perfectamente demarcados. Si nos conservamos en el campo de Dios,’ no habrá fuerza dentro ni fuera del mundo que pueda hacernos tropezar. Pero si desaprensivamente nos acercamos a la línea divisoria, donde no pecamos abiertamente pero tampoco nos mostramos del todo fieles, fácil resultará ser arrastrados al campo del enemigo y difícil nos será regresar.

¿Cuándo nos acercamos a la línea divisoria? Cuando hacemos cualquier tipo de concesión incom­patible con nuestros ideales nobles; cuando no pagamos un diezmo completo; cuando frecuentamos ambientes de poca o ninguna espiritualidad y aun participamos de actividades que están en pugna con las normas morales del evangelio; cuando mantenemos relaciones o amistades deshonestas; cuando nos permitimos ciertas liberalidades impropias; cuando en lugar de cultivar la virtud del honesto reconocimiento, fomentamos el vicio de la auto justificación. . . .

La clave está en no ceder cuando algo nos empuja en dirección contraria al rumbo de la verdad y la justicia, en no consentir el pecado ni en su más mínima expresión. Una vez que se ha dado un paso en falso, fácil es la caída vertiginosa. Pablo escribió a los Santos de Tesalónica: “Absteneos de toda especie de mal.” (1 Tesalonicenses 5:22.)

En tercer lugar, debemos tratar de tener ocupados nuestro cuerpo y nuestra mente sólo en obras de bien.

Las malas acciones se engendran en la ociosidad. En cambio, el trabajo honesto aleja los malos pensamientos y anula los procederes incorrectos.

Podremos sobreponernos más fácilmente al pecado si agregamos una buena dosis de dedicación a nuestro trabajo. Si ocupamos nuestro tiempo libre en aprender un oficio, estudiar una ciencia o cultivar un arte; si concretamos nuestro entretenimiento a la sana recreación dentro del grupo familiar o de la Iglesia; si ponemos nuestra devoción al servicio del Señor y estudiamos seria y metódicamente el evangelio, “escudriñando las Escrituras” constantemente, el pecado, cansado de esperar inútilmente a nuestras puertas, se alejará de nosotros.

Un cuarto recurso para nuestro propósito consiste en tratar de ser un ejemplo al mundo. Timoteo, el joven discípulo de Pablo, recibió de “su padre en el evangelio” la siguiente recomendación:

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12; cursiva agregada.)

Todo buen Santo de los Últimos Días debe esfor­zarse por predicar el evangelio de Jesucristo por medio de la palabra y del ejemplo; por la voz y por la acción. Ninguno de nuestros asociados, vecinos o amigos debiera ignorar que somos “mormones”, sino que debemos manifestarlo en cada oportunidad apropiada, a través de nuestra fe y de nuestras obras; mediante nuestras creencias y nuestra manera de vivir. De esta forma podremos superar más cabalmente al pecado, puesto que ceder a una tentación y cometer un pecado equivaldría a desvirtuar nuestros propios ideales y defraudar la posible esperanza de nuestro prójimo.

Declararnos Santos y mostrarnos fieles seguidores de Cristo con sencillez de corazón, será adoptar en la vida y ante el mundo una posición bien definida que nos ayudará a mantenemos leales a nuestros nobles objetivos. Nosotros mismos debiéramos creamos la res­ponsabilidad, ante nuestros semejantes, de ser ejemplos de los creyentes. “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” (1 Corintios 4:20.)

A la par de esta disposición de ser un ejemplo, está la característica de la valentía. Como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nuestra peculiar manera de pensar y de proceder nos distingue de los demás, especialmente en casos tales como el no festejar bromas de mal gusto, evitar conversaciones indecorosas, abstenemos de fumar y de tomar bebidas alcohólicas o estimulantes, etc. Nunca debemos avergonzarnos de ello. Si nos mantenemos leales a nuestros principios, la gente de bien habrá de admirarnos y respetarnos. Pero si cedemos sólo por contemporizar con el mundo, estaremos vendiendo a bajo precio nuestros más nobles ideales. Conservemos siempre latente en nuestra mente aquel sencillo testimonio de Pablo:

“. . . No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16.)

Por último, las más sublimes actitudes del hombre se hacen entonces necesarias: la oración y el ayuno. Aquélla es una conversación entre nosotros y nuestro Padre Celestial. El ayuno—oración física—es uno de los medios más dicaces para sobreponernos a las cosas temporales y aumentar nuestra espiritualidad. La práctica de la oración y el ayuno sinceros serán arma y escudo contra las tentaciones. Así dice el Señor:

“Ora siempre, no sea que entres en tentación y pierdas tu galardón.” (Doc. y Con, 31:12.)

“También os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.” (Ibid., 88:76.)

El hombre está siendo constantemente acechado y acosado por las tentaciones. El mismo Salvador y. Sus discípulos debieron luchar contra ellas. Nadie está exento de la tentación, pero todos podemos evitar el pecado. La clave reside en resistir y fortalecernos.

Es reconfortante saber que el hombre puede cambiar. Todos podemos convertir nuestras actitudes, nuestros hábitos y aun nuestro carácter. Cada uno de nosotros puede abandonar sus defectos y debilidades, y obtener las virtudes que el evangelio fomenta. Ese es el cambio que vivifica al “nuevo hombre” de que nos hablan las Escrituras:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,

“Y renovaos en el espíritu de vuestra mente,

“Y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24; cursiva del editor.)

Combatamos, pues, el destructivo pecado, de acuer­do al antiguo consejo:

“. . . Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13.)

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El evangelio en Sud América

Liahona Septiembre 1962

El evangelio en Sud América

Por el presidente A. Theodore Tuttle
Director de las Misiones Sudamericanas (Tomado de the Improvement Era)

La nota simpática de la 132a. Conferencia General de la Iglesia, realizada en abril del corriente año, fué provista por el presidente A. Theodore Tuttle, quien visiblemente emocio­nado comenzó su discurso hablando en es­pañol. “Liahona” se complace en presentar a sus lectores el texto completo de dicho dis­curso. (N. del Editor)

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy feliz de estar aquí con ustedes esta tarde. No pude resistir la tentación de hablaros en el lenguaje del pueblo que amo, idioma que estoy tratando de aprender.

Os traigo los saludos de los presidentes de seis misiones y de sus devotas esposas, de más de 800 misioneros, y de 20.000 Santos maravillosos que habi­tan Sud América. Quizás lo más interesante, con res­pecto a este número de miembros, no sea la cantidad en sí, sino el promedio de aumento que se ha ido alcanzando paulatinamente, lo cual constituye el cum­plimiento de una profecía.

Quisiera relatar en forma breve los antecedentes de esta declaración. En 1851, Parley P. Pratt fué por primera vez a Sud América, después de haber visitado las Islas de los Mares del Sud, en un intento por introducir allí el evangelio restaurado, desembarcando en Valparaíso (Chile), justamente después de una revolución; pero las condiciones reinantes en el país eran desfavorables para la tarea misional, por lo que un par de meses más tarde debió desistir y regresar a los Estados Unidos. No fué entonces sino hasta 1925 que los élderes Melvin J. Ballard, Rulon S. Wells y Rey L. Pratt, fueron enviados a dedicar la tierra sudameri­cana para la predicación del evangelio. En su oración dedicatoria, el hermano Ballard pronunció palabras altamente inspiradas, algunas de las cuales quisiera repetiros; él dijo: “Y ahora, oh Padre, en virtud de la bendición y el llamamiento dados por tu siervo el Presidente de la Iglesia, y por medio de la autoridad del sagrado Apostolado que poseo, doy vuelta a la llave, destrabo y abro la puerta de estas tierras para la predicación del evangelio; bendecimos y dedicamos todas las naciones de estas tierras para la predicación de Tu evangelio. . . .”

El 4 de julio de 1926, el élder Ballard declaró inspiradamente: “La obra del Señor se llevará a cabo aquí en forma lenta por cierto tiempo, tal como un roble crece lentamente desde una bellota. No florecerá en un día como el girasol, que se desarrolla rápidamente y luego muere, pues miles se unirán a la Iglesia. Esta tierra será dividida en más de una mi­sión y llegará a ser una de las más fuertes del reino. La obra es ahora muy pequeña aquí, pero vendrá el día en que los lamanitas de esta tierra tendrán su oportunidad. La Misión Sudamericana será una poten­cia en la Iglesia.”

El élder Harold B. Lee dió parcial cumplimiento a esta profecía en 1959, cuando creó la 5a. unidad sudamericana—la Misión Andina—, en cuya ocasión hizo una significativa declaración, que considero yo otra profecía: “A mi juicio—dijo—, no hay en todo el mundo otras misiones que encierren tantas promesas como las misiones de Sud América. La obra seguirá creciendo, y no hemos visto aún el número total de misiones que serán aquí establecidas—y muchos de los que están aquí presentes, habrán de presenciar este crecimiento.”

Hace seis meses, y bajo la dirección de la Primera Presidencia, tuvimos el privilegio de organizar la Misión Chilena—la sexta misión de la Iglesia en Sud América. Y puede decirse que el trabajo recién ha comenzado. Treinta años de labor han sido necesarios para con­vertir las primeras 10.000 personas en estas tierras. Pero la conversión de otras 10.000, ha llevado sólo tres años. El año pasado, 6.000 personas fueron bau­tizadas en Sud América. Indudablemente, ésta es una tierra de promisión y profecía.

Estoy muy agradecido por el privilegio de traba­jar en esta parte de la viña del Señor. Ha sido una maravillosa experiencia para la hermana Tuttle y para mí, el habernos trasladado con nuestra joven familia para hacer de Sud América nuestro hogar temporario, y el tener la oportunidad de viajar por todos estos países para “apresurar” la obra del Señor, como dijera el élder Packer. Os aseguro que carezco tanto del tiempo como del vocabulario para poder describiros apropiadamente estas inmensas y variadas regiones, pero quisiera daros un breve vislumbre de lo que son.

Posiblemente, la mejor caracterización de esta tierra podría lograrse comparándola con un gigante dormido—recalcando ambos términos: gigante y dor­mido. Hay allí una tremenda potencialidad. Hay allí portentosos ríos cuyo poder no ha sido aún represado completamente. Hay allí fértiles terrenos, inmensos, inexplotados, Hay allí grandes fuentes de recursos naturales, adormecidas pero latentes. Y pareciera casi que el Señor ha estado permitiendo que así fuera.

El pueblo sudamericano es una combinación de muchas razas, principalmente europeos mezclados con lamanitas, los cuales son las crio­llos de esta tierra. La mitad de los 120 millones de almas que habi­tan Sud América, habla español; la otra mitad, portugués. Estos últimos se encuentran en el gran país de Brasil.

Estas gentes no son perezosas.

Yo sé que han sido generalmente caracterizadas como tales. Es ver­dad que duermen la siesta, pero comienzan sus jornadas temprano y la acaban tarde. Muchas veces he tenido la oportunidad de ver mujeres—particularmente mujeres lamanitas que llevan sus niños atados sobre sus espaldas—cami­nando apresuradamente a lo lar­go de una calle y zarandeando a la vez con increíble destreza el huso manual con que hilan la lana que sostienen con sus mismas ma­nos. Después de tantos cientos de años, estas gentes merecen el evangelio de Jesucristo—y esto también para dar cumplimiento a la profecía.

En cuanto a la política, conozco poco acerca de la situación. Lo que sé, lo lie leído en los diarios.

Pienso, sin embargo, que vosotros, padres y madres, no debéis pre­ocuparos seriamente acerca de la seguridad y el bienestar de vues­tros hijos e hijas que se encuen­tran en estos países. Es verdad que siempre existen amenazas y peligros más o menos frecuentes, pero tengo en mi corazón la tran­quila certeza de que Dios vive y que Él está en los cielos. Esta es Su obra y los antojos de los hombres no habrán ya de estorbarla.

No obstante, quisiera pediros una cosa—que cada uno de vosotros se una en oración con vuestros hijos e hijas, y con nosotros, para rogar por las bendiciones celestiales sobre esa tierra, a fin de que sus líderes y gobernantes sean bendecidos para que puedan preser­var la paz—paz que se hace necesaria para el progreso de la obra del Señor, ya que ésta es el medio por el cual habrá de llevarse a cabo el despertamiento y la salvación de este pueblo.

Una de las características más impresionantes de esta conferencia, es la que observo en estas primeras filas, en que algunos hombres se encuentran partici­pando de ella por medio de radioteléfonos. Quizás porque he estado en países de idiomas extraños para mí, puedo apreciar más prontamente la oportunidad que estos hermanos, habiendo venido de lejanas tierras, tienen de recibir los consejos e instrucciones de las Autoridades de la Iglesia personal y directamente en sus propios lenguajes. En verdad, puedo agregar un sincero “Así sea” a la declaración del hermano Hinck­ley, de que aunque en estos momentos algunas naciones se están reuniendo para resolver sus enigmas políticos, sólo el alma, el corazón y el espíritu de los hombres podrán solucionar el problema de la paz. Porque es en ella que el evangelio ha de ser enseñado, y no es sino por medio de su aceptación y obediencia que la paz habrá de ser lograda. No existe otra manera por la que todos los hombres podrán ser unidos en una Causa mayor que su propio nacionalismo, que mediante la aceptación del evangelio universal de Jesucristo.

He sido fuertemente impresionado en nuestras re­uniones de reportes, al oír a los hermanos rendir el informe de sus amplias labores y actividades desarrolladas tanto aquí como en lugares distantes, tales como Hamburgo, Glasgow, Tokio, Sidney, Helsinki, Manila y Bergen. La Causa de la verdad está actualmente más fortalecida y difundida que nunca en la historia del mundo, pero también lo está el poder de la maldad y el error. Sin embargo, vuelvo a decir que tengo la completa seguridad de que la justicia ha de prevalecer y que la verdad triunfará. Y mientras las naciones del mundo temen, tiemblan y dudan, nosotros per­manecemos en la certeza, la calma y la paz.

Pero, oh, cuánto anhelo la alborada del día en que en estas reuniones los hermanos habrán de darnos los reportes de la Obra en lugares tales como Nanking, Moscú, Delhi, Bombay, Dakar, Leningrado y Jerusalén, y hablarnos de las condiciones existentes en las ramas, distritos, barrios y estacas de esas localidades.

¿Cómo podría apresurarse y llevarse a cabo esto? Mediante la aceptación y la obediencia al evangelio de Jesucristo—obediencia por parte de los que creemos, y aceptación por los que son del mundo, porque este evangelio tiene el poder que ha de cambiar la vida de los hombres. Habiendo estado en los campos misionales, os aseguro que he podido notar más de cerca este poder con que el evangelio cambia la vida de las personas.

Una vez en Brasil oí decir a un presidente de rama recientemente apartado para tal función: “Hermanos, yo trabajo desde las 7 de la mañana a las 7 de la noche. He señalado dos noches de la semana para dedicarlas a mi familia, e intento estar en la rama las otras cinco. Aquí podrán entonces encontrarme cuan­do me necesiten.” El evangelio cambia la vida de los hombres, llamándoles a servir voluntariamente y pro­veyéndoles una causa noble.

En una reunión de oficiales del sacerdocio, reali­zada en Chile, un hermano dijo: “¿Quién iba a pensar hace dos años que un común mecánico como yo, iba a estar hoy parado ante un grupo de hombres, enseñán­doles acerca de las cosas espirituales? Sin embargo, aquí estoy, no haciendo sólo eso, sino presidiendo una rama.” Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, liberando sus latentes potencialidades.

En Uruguay, escuché a un hombre decir lo si­guiente: “Hace dos años, cuando mi hijo fué llamado como misionero, yo no era siquiera miembro de la Iglesia. Ahora que él está a punto de terminar su misión, tendré el privilegio, como Presidente de la Rama, de darle oficialmente la bienvenida a su regreso. Estoy casi colmado de gratitud por las bendiciones que el evangelio ha traído a mi vida, junto con la armonía y unidad que hay ahora en nuestra familia.” El evan­gelio cambia la vida de los hombres, trayendo, amor, armonía, y paz a sus familias.

Un ex-misionero argentino, que en la actualidad es casado y tiene dos hijos, se puso de pie en una reunión y dijo: “Si yo recibiera el llamado para salir nuevamente como misionero, vendería mis muebles con tal de ir.” Cabe destacar, hermanos, que aquel joven no era accionista ni tenía bonos, ni propiedades inmuebles, ni casa, ni automóvil—sólo muebles. Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, levantán­dolos del ámbito del materialismo hasta el reino de la espiritualidad.

Escuché a un hermano de la Misión Andina decir: “Ustedes son mis hermanos; si los de mi familia se unen a la Iglesia, llegarán a ser también mis hermanos, porque yo sé que la relación sanguínea no es tan fuerte como la de esta hermandad que el evangelio ha uni­ficado en la Iglesia.” Os digo nuevamente, el evangelio cambia la vida de los hombres, porque une en la hermandad divina a todos los que aman la verdad.

Tal como en casi todo el mundo, también en Sud América se está desarrollando un gran programa de edificación, el cual requiere siempre la asistencia de un diestro contratista para que los miembros locales pue­dan construir sus capillas. En la actualidad, estoy se­guro de que aquí en Norte América hay algún insospechado contratista de habla hispana que podría reci­bir un llamado telefónico y tener una entrevista, y si es digno y acepta, habrá de vender o alquilar su casa, dejar su trabajo, traspasar sus negocios a sus socios o competidores, tomar su familia y partir rumbo a algún lugar sudamericano que hasta ahora había sido quizás sólo un nombre extraño. Y cuando este hombre arribe a su punto de destino, encontrará allí gente que le enseñará a amar, y a comprender y apreciar la her­mandad; personas que habrán de ayudarle a edificarse en un hombre nuevo, mientras él les ayuda a construir una capilla donde adorar al Señor. El evangelio cam­bia la vida de los hombres y también su locación y medio ambiente, a la vez que requiere sacrificio. Y estoy agradecido por ello. Espero que nunca privemos a la Iglesia de este importante elemento que es el sacrificio. Bien vale la pena este sacrificio, a fin de poder tener la paz y la certeza de saber que Dios vive, porque nuestra voluntad de servirle nos acercará más a Él.

Hay varios miles de jóvenes y señoritas que este año tendrán también una entrevista con sus obispos respectivos, y si están preparados y prueban ser dignos, recibirán el llamado del Profeta del Señor para ir a servir al prójimo mediante la predicación del evangelio restaurado. Entonces, abandonarán sus estudios y sus becas, dejarán sus empleos, su dinero, sus novias y amigos, e irán, a costa propia, y aprenderán un idioma extranjero, a fin de que otras vidas puedan ser cam­biadas. Y declararán que Dios vive y que Él es nuestro Padre y que nos ama. Y proclamarán que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro Redentor. Y también testi­ficarán que el evangelio de Jesucristo ha sido restau­rado en estos últimos días por intermedio del profeta José Smith. Manifestarán que un nuevo testigo ha sido dado, el cual es el Libro de Mormón, para declarar otra y una vez más (pie Jesús es el Cristo. Asimismo, estos jóvenes irán y darán testimonio de que ésta es una tierra de promisión, como tan impresionantemente lo afirmara el élder Benson, desde donde ha de esparcirse  el evangelio por el mundo, a fin de que todos los hijos de Dios puedan ser bendecidos.

También habrán do declarar nuestros misioneros que el sacerdocio ha sido restaurado para que el hombre volviera a tener poder para bautizar y bendecir con el don del Espíritu Santo, y llevar a cabo todas las ordenanzas necesarias para la exaltación de la humani­dad.

Ahora bien, ¿cómo podemos ayudar, y qué pode­mos hacer? Juventud, preparáos. Vivid limpiamente. Sed honorables. Seguid los consejos que habéis reci­bido durante esta conferencia.

Padres y madres, instruid a vuestros hijos. Acer­cáos aún más a vuestras familias. Quizás lo que sig­nifica el consejo de los padres pueda ser ilustrado con el relato de una conversación telefónica entre una madre de ochenta años de edad, desde los Estados Unidos, y su hijo de cuarenta, allá en San Pablo, Brasil. Ella le decía: “Hijo, conserva tu fe, haz tu trabajo, paga tus diezmos, vive el evangelio, di tus oraciones y mantiene tu testimonio.” Más tarde, el comentó: “Ella me ha estado aconsejando esto durante toda mi vida.”

Estoy agradecido, mis hermanos y hermanas, por mi testimonio en cuanto a la divinidad de esta obra. Estoy agradecido por saber que este grande y noble hombre que la dirige en la tierra, es en verdad un Profeta de Dios. Deseo realmente sostener a estos hermanos de las Autoridades Generales en sus sagra­dos llamamientos. Quiero sosteneros también a voso­tros, hermanos y hermanas, en vuestros llamamientos y oficios. Estoy agradecido de ser miembro de esta Iglesia y de participar de la hermandad de todos voso­tros.

Ruego que el Señor continúe tocando el corazón de Sus hijos, para que respondan al poder de la verdad, de manera que ésta pueda operar en ellos y logren así cambiar la enemistad por el amor, la codicia, y la avari­cia por la generosidad, la apatía por la actividad honesta y el materialismo por la espiritualidad, estre­chando los vínculos de la hermandad promulgada por el evangelio en la paz fundamental. Y lo hago en el nombre de Jesucristo, Amén.

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Primogenitura y patriarcado

Liahona Septiembre 1962

Primogenitura y patriarcado

Por David H. Yarn, Jr.
(Tornado de the Instructor)

AS doce tribus de Israel fueron organi­zadas en base y administradas con­forme a los principios del patriarcado familiar. La típica familia hebrea era una institución tanto económica como política, y estaba compuesta por el padre de la misma, sus esposas, sus hijas e hijos solte­ros, sus hijos varones casados, las esposas y niños de éstos, y generalmente algunos esclavos o sirvientes.

Desde el punto de vista económico, la familia era la asociación más conveniente, pues todos sus integrantes, formando una sola unidad, estaban recíprocamente com­prometidos a cuidar los rebaños y labrar la tierra. Este común empeño, sumado a la coordinación familiar, les proveía un sistema de orden social que resultaba ser una fuente de poder, autoridad e influen­cia política para la nación.

Este sistema confería al padre o cabeza de la familia una gran autoridad, exal­tando a la vez el carácter sublime de la maternidad en la mujer. El celibato era considerado no sólo un pecado, sino tam­bién un crimen. Y conceptuaban al abor­to, el infanticidio y todo medio tendiente a limitar la procreación, como una abo­minación infame.

También estos padres de familia cumplían una función judicial, porque formaban un consejo o corte legal y de justicia que administraba los asuntos de la tribu. Conforme a este sistema patriar­cal del antiguo Israel, el primogénito del padre de la familia era distinguido sobre el resto de los hijos, aunque al­gunos de éstos fueran el primer hijo de una de las distintas esposas del patriarca —aun de la amada o preferida. De acuer­do a lo declarado en Deuteronomio 21: 15-17, el derecho de primogenitura indi­caba que si un hombre tenía dos esposas, una “amada” y la otra “aborrecida”, “en el día que hiciere heredar a sus hijos lo que tuviere, no podrá dar el derecho de primogenitura al hijo de la amada con preferencia al hijo de la aborrecida, que es el primogénito:

“Más al hijo de la aborrecida recono­cerá como primogénito, paira darle el doble de lo que correspondiere a cada uno de los demás; porque él es el prin­cipio de su vigor, y suyo es el derecho de la primogenitura.”

Cuando un hombre moría sin dejar testamento, la ley establecía que la herencia debía distribuirse en base al siguiente orden: primero, los hijos varones (reci­biendo ‘el mayor de éstos una porción doblemente mayor que la que habrían de recibir los demás) y sus descendientes; luego las hijas y sus descendientes. En el caso en que el fallecido no tuviere hijos ni hijas, su padre pasaba a ser el here­dero principal, y luego los otros hijos de su padre. Las mujeres eran herederas sólo en última instancia, después de los varo­nes. Un hombre podía heredar de su madre, y un esposo de su mujer; pero las esposas no podían ser herederas de sus maridos, aunque sí obtenían, sus dotes co­rrespondientes. (Véase Números 27: 1-11 y 36: 1-13; también Josué 17: 3-6.)

En los días de Moisés, las hijas podían heredar una propiedad siempre y cuando se casaran con miembros de la tribu de sus padres. (Números 36: 1-13.) En cambio, en la época de Job un padre podía incluir a sus hijas, juntamente con sus hijos, en su testamento. (Job 42: 15.)

Aún 700 años antes de Jesucristo, los derechos de propiedad continuaban siendo estrechamente relacio­nados con el sistema de las tribus antiguas de Israel. El libro de Jeremías nos hace saber que cuando alguien quería vender un terreno, lo ofrecía en primer término a los familiares o parientes. (Jeremías 32: 6-14.)

La relación familiar comprendía también otras responsabilidades para el grupo, tales como lo que es definido en la historia corno el “levirato” (del latín lev ir, que significa “cuñado”.) La ley establecía lo siguiente:

“Cuando hermanos habitaren juntos, y ‘ muriese alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con un hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco.

«Y el primogénito que ella diere a luz sucederá en el nombre del hermano muerto, para que el nombre de éste no sea borrado de Israel,” (Véase Dentera- nomio25: 5-10.)

De esta forma, el primogénito ocupaba el lugar del primer esposo de su madre, a fin de que el grupo familiar pudiera conservar sus derechos, sus propie­dades y su nombre. Asimismo, el derecho de primo­genitura no comprendía sólo responsabilidades y prerrogativas económicas, políticas, judiciales y socia­les, sino también las bendiciones y atribuciones del sacerdocio,

Abrahán nos dice que él llegó a ser “. . . heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el derecho que pertenecía a los patriarcas.” Y agrega:

“Me lo confirieron de los patriarcas; desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, descendió de los patriarcas, aun el derecho del primo­génito, sobre el primer hombre que es Adán, nuestro primer padre; y por medio de los patriarcas hasta mí.” (P. de G. P., Abrahán 1: 2, 3.)

Dios estableció un convenio especial con Abrahán, diciéndole;

. . Haré de ti una nación grande, y te ben­deciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.” (Ibicl., 2: 9. Véase también 2: 8-11, y Génesis 12: 1-3; 17: 1-8.)

Entre aquellos reales herederos que perdieron el derecho de su primogenitura, se destacan Esaú (Géne­sis 25: 24-34), -Rubén (Génesis 35: 22; 49: 3-4; 1 Crónicas 5: 1-2) y Manasés (Génesis 48). Quizás el caso más patético fué el de Esaú, quien no sólo perdió la doble porción correspondiente de la propiedad de su padre, sino también la sucesión patriarcal con Abra­hán e Isaac que le hubiera correspondido, y mediante la cual habría podido ser el fundador de una nación santa, administrar el convenio que iba a bendecir a todos los pueblos del mundo, y muchos otros privile­gios. Despreciando estas gloriosas oportunidades espiri­tuales y cediendo al deseo de satisfacer su pasión por la comida, vendió su primogenitura por un simple plato de legumbres guisadas.

Así como Jacob suplantó a Esaú, también José re­emplazó a Rubén, y Efraín a Manasés. En los días de Jeremías, el Señor confirmó la posición de Efraín al declarar:

“. . . Soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito.” (Jeremías 31: 9.) En la presente dispensación del cumplimiento de los tiempos, Efraín es el patriarca del principal pueblo del convenio celestial. Y debido a cambios en tiempo y lugar, y a la actual distribución de los que son de noble y real primogenitura, en rela­ción con los varios gobiernos, etc., este convenio, más que ser de alcances económico, político, judicial y social, se refiere más específicamente a las bendiciones y responsabilidades del sacerdocio, Y conforme al sistema patriarcal original, todo aquel que recibe el evangelio de Jesucristo, sea o no hijo literal de Abra­hán, será contado como su simiente e igualmente ben­decido. (Véase P. de G. P., Abrahán 2: 10.)

Además de los convertidos que aceptan el mensaje del evangelio, son contados, ‘por supuesto, los que han nacido de padres que son miembros de la Iglesia, y también aquellos cuyos padres no sólo pertenecen a ella, sino que han aceptado el nuevo y sempiterno convenio del casamiento en el templo; éstos últimos son considerados como “nacidos dentro del convenio.

No obstante, la gran bendición de haber nacido “dentro del convenio” no garantiza la exaltación. El presidente José Fielding Smith, del Consejo de los Doce, ha escrito lo siguiente:

“Todos los hijos nacidos dentro del convenio, si no cometen el pecado imperdonable de derramar sangre inocente, pertenecerán a sus padres por la eternidad; pero ello no significa que heredarán la gloria celestial. Ni la fe ni la fidelidad de los padres podrán salvar a los hijos desobedientes.

“La salvación es asunto personal, y si un individuo nacido dentro del convenio se rebela y niega a Dios, pierde las bendiciones de la exaltación. Toda alma humana será juzgada conforme a sus propias obras; el inicuo no puede heredar la vida eterna. Y no jode­mos exigir la salvación a los que no la desean” (Doc­trines of Salvation, tomo 2, páginas 90-91.)

Aunque hayamos obtenido nuestras bendiciones por medio del convenio, o aun por primogenitura y convenio, sólo podremos conservarlas si caminamos correcta y honestamente ante el Señor.

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El Pecado Contra el Espíritu Santo

Quisiera Saber…

El Pecado Contra el Espíritu Santo

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles
 (Tomado de the Improvement Era)

Al leer los versícu­los 31 y 32 del ca­pítulo 12 de Mateo, he quedado confundido con la palabra “blasfemia”, dado a que el Señor dice que ella sería perdonada cuando se cometiera: contra el Hijo del Hombre, y no cuando fuera contra el Espíritu Santo. ¿Podría usted aclararme la diferencia y definir cuáles serían nuestras acciones o actitudes que consti­tuirían una blasfemia contra el Espíritu Santo?

Esta es una pregunta muy importante, y que sería difícil de contestar a una persona no miembro de la Iglesia de Jesucristo, o que, aun siéndolo, haya permanecido inactiva e in­diferente a sus enseñanzas. A fin de tener dicho problema claramente delineado, creo que será con­veniente en primer lugar transcribir el pasaje bíblico en cuestión:

…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada.

A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.

O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce al árbol: (Mateo 12: 31-33.)

Cuando Juan el Bautista anduvo predicando por el desierto, dijo a las gentes:

Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. (Ibid., 3: 11.)

En muchas ocasiones el Salvador habló a sus discípulos acerca del “don el Espíritu Santo.” Este don es mencionado muy frecuentemente en la Biblia, en especial en el Nuevo Testamento. Cuando Nicodemo se llegó hasta el Señor en busca de luz para su entendimiento, Él le dijo:

. . . De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (Juan 3: 3.)

Esto no fué fácil de comprender para Nicodemo, por lo que preguntó a Jesús cómo’ podía un hombre “nacer de nuevo”. Entonces,

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

No te maravilles que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Ibid., 3: 5-8.)

Por supuesto, el nacimiento de agua es el bautismo por inmersión para la remisión de pecados, y consti­tuye una ordenanza especial para entrar en el reino de Dios. El bautismo del Espíritu—o el otorgamiento del don del Espíritu Santo—es efectuado mediante la imposición de manos de uno que tenga el sacerdocio. Ningún hombre puede llevar a cabo estas ordenanzas sin poseer el sacerdocio, porque resultaría sólo una burla a la vista del Señor. Esta autoridad divina fué conferida en esta dispensación a José Smith y a Oliverio Cowdery, por mediación directa de Pedro, Santiago y Juan, quienes tenían las llaves del Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. En una revelación concedida en octubre de 1830, el Señor declaró al profeta José Smith:

Sí, arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros para la remisión de sus pecados; sí, bautizaos aun en el agua, y entonces vendrá el bautismo de fuego y del Espíritu Santo.

He aquí, de cierto, de cierto os digo, éste es mi evan­gelio; y recordad que deberán tener fe en mí, o de ninguna manera podrán salvarse;

Y sobre esta roca edificaré mi iglesia; sí, sobre esta roca estáis edificados, y si perseveráis, las puertas del infierno no prevalecerán en contra de vosotros.

Y recordaréis las ordenanzas y convenios de la Iglesia para observarlos.

Y confirmaréis en mi iglesia por la imposición de manos a quienes tengan fe, y yo les daré el don del Espíritu Santo. (Doc. y Con. 33: 11-15.)

El apóstol Pablo comprendió que algo andaba mal cuando algunos convertidos en Éfeso aseguraron haber sido bautizados, por lo que les preguntó entonces si se les había conferido el don del Espíritu Santo después de la ordenanza del bautismo, a lo que ellos respondieron: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.” A raíz de esta declaración, Pablo dudó en cuanto a la validez del bautismo administrado a estas personas, y volvió a preguntarles: “¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.” El apóstol de los gentiles manifestó entonces: “Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, di­ciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.” Y la Escritura, sin más detalles, agrega: “Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.” (Véase Hechos 19: 1-6.)

Este don fué obtenido por todos los profetas de la antigüedad, conformo nos lo hace saber Pedro en su segunda Epístola;

. . . Entendiendo primero esto, que ninguna profecía es de interpretación privada.

Porque nunca la profecía fué traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo’ inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pedro 1: 20-21.)

Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de acuerdo a su integridad y fidelidad, están capacitados para recibir la misma guía y conocimientos divinos que se concediera a los Santos desde los días de Adán hasta la fecha. Sin embargo, ninguna persona podría obtener ni conservar este don—ni aun ejercerlo cabalmente—si no es humilde y guarda todos los mandamientos del Señor. El Es­píritu Santo no puede morar en tabernáculos inmundos ni contender con el hombre que no conserve tanto su mente como su cuerpo limpios y sea diligente ante el Señor.

Cuando el Salvador, poco antes de su enjuicia­miento, mantuvo una solemne reunión con Sus discí­pulos, les dijo:

Si me amáis, guardad mis mandamientos,

Y yo rogare al Padre, y os dará otro consolador, para que esté con vosotros para siempre:

El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará con vosotros. (Juan 14: 15-17.)

Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.

Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

De pecado, por cuanto no creen en mí;

De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más;

Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

Ei me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Ibid., 16: 7-14.)

Los que son del mundo no tienen hoy este don por causa de que se han alejado del camino del Señor y descartado Sus ordenanzas, enseñando sólo filosofías de hombres.

A todo aquel que honestamente busque la verdad, el Señor habrá de concederle una manifestación por medio del Espíritu Santo; pero no podrá pretender recibirlas repetidamente. Después de tal revelación, el individuo debe actuar por sí mismo, puesto que no se puede recurrir al Espíritu Santo y Su benéfica influen­cia sino hasta después del bautismo y la imposición de manos. Comelio fué un digno ejemplo en este particu­lar. Pedro se aferraba a la estricta tradición de Israel de que el evangelio sabía ser exclusivamente para los judíos y no para los gentiles. El Señor debió mostrarle una extraña visión para hacerle entonces comprender que el evangelio era de alcance universal.

De las inspiradas enseñanzas de Moroni, apren­demos lo siguiente:

He aquí, quisiera exhortaros, al leer estas cosas [el Libro de Mormón], si Dios juzga prudente que las leáis, a que recordaseis lo misericordioso (pie el Señor ha sido hacia los hijos de los hombres, desde la creación de Adán hasta el tiempo en que recibáis estas cosas, y a que lo meditéis en vuestros corazones.

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas, (Moroni 10: 3-5.)

Tan importante es el clon del Espíritu Santo, que toda persona que sea humilde y cumpla fielmente los mandamientos, puede tener su constante compañía e influencia. Y gracias al Espíritu Santo, dicho individuo podrá obtener el poder para discernir espíritus y para entender y aceptar todas las revelaciones del Señor. ¡Cuán glorioso es el privilegio de poder ser constante­mente guiado por el Espíritu Santo y conocer por Su intermedio los misterios del reino de Dios! ¿Cómo podemos leer las epístolas de Pablo, de Pedro o de cualquier otro profeta de la antigüedad, y no com­prender que la autoridad que les fuera conferida, y la luz y el conocimiento que poseyeran, vino a ellos a través del Espíritu Santo? Es por intermedio del Espíritu Santo que recibimos o podemos recibir el conocimiento de que Jesús es el Cristo, y que Sus profetas han declarado la verdad. Y después de obtener este testimonio, ¿puede un hombre apartarse de’ él y ser pasado por alto? Quien se aleje a sabiendas de la influencia del Espíritu Santo, dada la importancia de la verdad, se hace pasible de la sanción de no ser perdonado.

En la discutida Epístola a los Hebreos, leemos lo siguiente:

Porque es imposible que los que una vez fueron ilumina­dos y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,

Y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero,

Y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. (Hebreros 6: 4-6.)

Pedro nos da también su testimonio de que el pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable:

Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contamina­ciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.

Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.

Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. (2 Pedro 2: 20-22.)

Por consiguiente, si una persona ha sido iluminada por el Espíritu, hasta el grado de saber verdaderamente que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios el Padre, se vuelve en contra de ese testimonio y lucha contra el Señor y Su obra, significa que se ha entregado conscientemente a sus propias concupiscencias y a sabiendas desafía el mismo poder—el poder de Dios— por el cual ha recibido esa luz.

El testimonio dado por el Espíritu Santo—mediador especial de Dios—es el más fuerte que el hombre puede recibir. Por eso fué que Jesucristo declaró:

.”. . Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia [es decir, toda palabra, pensamiento o actitud ofensiva] contra el Espíritu no les será perdonada… ni en este siglo ni en el veni­dero.” (Mateo 12: 31, 32.)

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El Camino de la Paz

Liahona Septiembre 1962

El Camino de la Paz

Por el presidente David O. McKay

Con frecuencia escuchamos la siguiente pre­gunta: “¿Por qué envía la Iglesia a millares de misioneros anualmente a todas las partes del mundo Cristiano?” La respuesta podría ser dada específicamente así: “Para que proclamen la res­tauración del evangelio de Jesucristo,”

La restauración del evangelio de Cristo lleva implícito el reconocimiento de que ha habido una apostasía de las enseñanzas y organización originales, que fueran proclamadas y establecidas por el Salvador y Sus apóstoles en el principio de nuestra era.

En cierto modo, podríamos también respon­der a la interrogación mencionada, con aquellas palabras pronunciadas por las huestes celestiales en ocasión del nacimiento de Jesús: que somos enviados a testificar la existencia de Dios y a predicar la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres, en el nombre de Jesucristo.

Hoy los hombres hablan de paz, pero recha­zan el único plan verídico dado bajo los cielos para la obtención de esa paz. Pedro, el superior de los apóstoles del meridiano de los tiempos, dijo a ciertos individuos que parecían ser de los que mataron al Salvador:

“Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. . .

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom­bres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:10, 12)

Nuestros misioneros andan actualmente en­señando al mundo la verídica existencia de Dios, y predicando la hermandad del hombre.

Por casi dos mil años, los así llamados se­guidores de Cristo han estado asociando su nacimiento con aquel anunciamiento celestial: ¡En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! En verdad, desde que el hombre ha­bita la tierra, la paz ha sido una de sus más nobles aspiraciones. Y en su búsqueda, procura entonces la libertad individual, la libertad de hablar y escribir conforme a sus propios pensa­mientos, la libertad para ir de un lado a otro sin restricciones ni compulsión, la libertad para orar sin impedimento ni molestias, la libertad de poder edificar un hogar donde nidos usurpadores ni los déspotas puedan entrar sin su consenti­miento. Todas éstas son posesiones incalculable­mente valiosas, como también condiciones o elementos indis­pensables para el logro de la paz. Pero, hasta ahora, la ma­yoría de las naciones y de los hombres, ciega y empecinada­mente, persiste en rechazar el único plan eterno que nos ha de conducir a ella.

En el meridiano de los tiempos, Jesús sabía, mientras contemplaba proféticamente los siglos venideros de la humani­dad, que la paz dependería del lento pero infalible proceso de cambiar, paulatinamente y uno a uno, la actitud mental y espiritual de cada individuo. Sabía que las costumbres y los hábitos del mundo habrían de ser determinados por los más íntimos pensamientos y convicciones de los hombres que componen las asociaciones, los estados y las naciones. Por consiguiente, si el mundo tenía que ser cambiado, había que comenzar por convertir a sus habitantes. Sólo conforme a los deseos de paz y hermandad que los hombres tuvieren, y al grado en que estén dispuestos a seguir el sendero que lleva hacia esas benditas condiciones, podrá el mundo llegar a ser un lugar mejor y más saludable donde vivir. Sólo por medio de una cabal identificación con los principios fundamentales de justicia, podrán tanto los individuos como las naciones alcanzar la paz.

La paz duradera, la paz genuina, no puede ser en­contrada en las cosas abstractas o externas. La esencia de la paz emana del alma humana. No puede haber paz cundo tenemos cauterizada nuestra conciencia, o cuan­do somos conscientes de estar realizando actos des­favorables. La paz emerge de la nobleza del corazón y de una vida honesta. Si deseamos la paz, nuestra es la responsabilidad de conseguirla.

El evangelio restaurado enseña que nuestros ho­gares deben ser lugares santificados, donde nuestros hijos, al amparo de hombres y mujeres nobles, puedan ser protegidos contra las maldades del mundo; donde el amor pueda encontrar una intimidad sana, la vejez un cálido reposo, la oración un altar privado y la na­ción una legítima fuente de vigor y perpetuidad.

Nadie puede estar en paz con su conciencia ni con Dios, si no es fiel a lo mejor de sí mismo y falta a la ley del derecho, ya sea en sus íntimos procederes—mediante la indulgencia a sus propias pasiones o apetitos desme­didos, o cediendo a las tentaciones y abogando todo re­mordimiento—, o en sus negociaciones con sus seme­jantes, siendo desleal a la confianza que éstos le prodi­guen.

La paz no puede ser lograda por el transgresor de la ley, porque aquélla no es sino el fruto de ésta. Y es ése el mensaje que Jesucristo nos ha encomendado para que lo proclamemos a la humanidad.

Si queremos alcanzar la paz como individuos, debe­mos suplantar la enemistad por la paciencia. Y ten­dremos el poder para ello, siempre y cuando anidemos en nuestros corazones los ideales de Cristo, que dijo:

“Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (Mateo 5:23-24.)

Esta pareciera ser una simple ley; pero es uno de los pasos necesarios para la obtención de la paz uni­versal. Si el mundo ha de tener la paz, es menester substituir la ley de la fuerza por la ley del amor.

El mensaje de la Iglesia es proclamar a Jesucristo como el real y divino Hijo de Dios. Uno de los más importantes objetivos de Su evangelio es establecer la paz en los corazones de los hombres, en la vida fami­liar, y en los pueblos, ciudades y países del mundo— y esta es, precisamente, la declaración de la Iglesia de Jesucristo.

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“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Liahona Junio 1962

“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Por Doyle L. Green
(Tomado de the Improvement Era)

«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo. . . . Allí. . . porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.» Juan 19:41, 42.

Atraves de las centurias, todo turista que haya pisado la Tierra Santa ha tenido como meta principal el visitar los tradicionales lugares que se supone fueran escenario de la crucifixión, sepultura y resurrección del Salvador. Estos fueron los impre­sionantes eventos con que la misión del Señor sobre la tierra culminara, y lógicamente todo Cristiano consi­dera dichos lugares como los más sagrados en toda la Tierra Santa. La recuperación de estos sitios, que es­tuvieran en poder de los llamados “infieles”, parece que fué el motivo principal de las famosas Cruzadas, gue­rras que se libraron por espacio de unos doscientos años y en las cuales entre seis y diez millones de personas perdie­ron sus vidas.

El turista podría ser llevado a ver dos lugares distintos del Cal­vario y la Tumba, en la Tierra Santa moderna. Decimos “podría ser llevado a ver” porque el viajero corre el riesgo de que en su gira uno de los sitios sea evitado por completo—aun ignorado—a raíz de los prejuicios tradicionalistas de los guías lugareños. Esto nos sucedió en nuestra primera visita, por lo que esta vez decidimos ser nues­tros propios cicerones y mediante mapas pudimos ubicar el llamado “Calvario de Gordon” y la “Tumba del Jardín.” Aquél lleva el nombre del General “Chino” Gordon, quien asegurara que fué allí realmente donde crucificaran a Nuestro Se­ñor.

Quizás no sea verdaderamente importante conocer la exacta ubi­cación del Calvario o la tumba del Señor, ni aun el Jardín de la Resurrección. En realidad, es más importante determinar lo que para cada uno de nosotros significan estos acon­tecimientos.

Los sitios tradicionales del Calvario y la tumba están cerca de las murallas de la ciudad, y el área correspondiente está ocupada en la actualidad por un edificio conocido como la “Iglesia del Santo Sepulcro.” Millones de peregrinos han visitado el lugar durante cientos de años, y sin lugar a dudas cada uno ha de­bido guardar dentro de su pecho un vivido recuerdo hasta el fin de sus días.

A estar por la tradición, el “Santo Sepulcro” fue descubierto por la Emperatriz Elena y el obispo Maca­rios de Aelia, en el año 320 de nuestra era. Durante el famoso Concilio de Nicea, un año antes, Constantino ordenó al mencionado obispo la exploración de la Tierra Santa, a fin de identificar la tumba en que fuera depositado el cuerpo de Jesucristo y otros lugares rela­cionados con la vida y muerte del Maestro, como así también el madero en que fuera crucificado. Poco des­pués, Elena, la madre del emperador Constantino, se unió a la búsqueda, estando mayormente interesada en el hallazgo de la cruz.

Parece que ni el obispo ni la emperatriz tenían siquiera una idea respecto a por dónde debían comen­zar sus investigaciones. Se dice que el obispo sugirió que pronunciaran una oración, después de la cual de­claró que le había sido concedida una inspiración que le señaló que la cruz se encontraba en algún lugar de­bajo del piso de un templo edificado a una diosa pa­gana. Levantaron, pues, el piso del mencionado edi­ficio y encontraron tres cruces, por lo que llegaron a la conclusión de que habían localizado el Calvario.

La historia también nos cuenta que para poder identificar cuál de las tres era la del Señor, hicieron que una mujer enferma tocara cada uno de los brazos de una de las cruces: cuando la enferma hubo tocado el tercer brazo, fué automáticamente sanada. Y la cruz fué declarada sagrada. Continuando sus excavaciones, encontraron entonces el “santo sepulcro.”

Dos capillas fueron construidas en el mismo sitio; una donde la cruz fuera encontrada y la otra sobre el lugar en que existiera la tumba. Ambas fueron des­truidas por los persas en el año 614. Vueltas a cons­truir, fueron nuevamente derrumbadas, esta vez pol­los turcos, en el año 934 de nuestra era. Cinco años más tarde era reconstruida.

Los famosos Cruzados levantaron posteriormente un enorme edificio que cubría a varios otros más pe­queños, pero un pavoroso incendio lo destruyó por completo. La actual Iglesia del Santo Sepulcro fué erigida en 1810. Consiste de una enorme basílica que es compartida por cinco grupos religiosos-Católicos Romanos, Católicos Griegos, Sirios, Armenios y Coptos. El edificio está en un triste estado de deterioración, y actualmente una red de vigas de hierro sostiene el frente, a fin de evitar su derrumbamiento. El interior del edificio está también extensamente apuntalado,

Se dice que durante los últimos cuarenta años se han efectuado sólo .un par de reparaciones, y que todo se debe a la tirantez entre las mencionadas sectas religiosas en cuanto a la propiedad de la basílica. Como consecuencia de que ninguna de ellas quiere ceder la administración del edificio a cualquiera de las otras, un musulmán cuida las puertas del mismo. Todas las mañanas, al salir el sol, este hombre debe subir una empinada escalerilla para abrir el candado de la puerta principal, el cual está a casi dos metros y medio sobre el nivel del piso; y veinte minutos antes de la media­noche debe repetir la misma maniobra para cerrarlo.

En realidad, la Iglesia del Santo Sepulcro es una que agrupa varias capillas dentro de su estructura, cada una de las cuales simboliza distintos sitios relacionados con la muerte y la resurrección del Señor. El “Calva­rio” es una serie de cuartos dispuestos en el segundo piso, que señalan (1) el lugar en que Jesús fuera des­nudado y clavado en la cruz; (2) donde la cruz fuera levantada; y (3) donde estuviera María al momento en que Jesús fuera bajado de la cruz. Allí se conserva un pilar en el cual, según se alega, el Salvador fuera azotado. Y también la celda donde probablemente permaneció durante los días de su proceso. Hay una capilla que conmemora el repartimiento de las ropas del Maestro. Hay otra capilla en memoria del escarnio y la burla que El soportara. Otra más fué levantada a un tal Longino, quien, según se cree, fué el soldado que abrió de un lanzazo el costado del Señor.

El “Santo Sepulcro” propiamente dicho, está con­tenido en una distinta capilla de mármol. Pasando a través de una puerta inferior, uno se halla de improviso dentro de una pequeña cámara que se supone sea la tumba. El piso de la misma está cubierto de innume­rables hoyos, formados por las rodillas de miles de peregrinos que se han postrado allí.

Pero al final de nuestra visita a la Iglesia del Santo Sepulcro, nos encontrábamos muy deprimidos y desi­lusionados, ya que nada pudimos encontrar que nos ayudara a representar en nuestra mente la escena do la muerte y resurrección del Señor. Las varias capillas, la pomposidad, las ceremonias y las velas, los relicarios y altares, las vestimentas y las estatuas, como toda clase de historias y aseveraciones incrédulas que for­man marco a la escena, parecen ser completamente extrañas al conmovedor acontecimiento. No hay colina ni jardín algunos. Tampoco existe una tumba que pueda inspeccionarse: sólo una oscura cámara. No existe allí—en especial para un Santo de los Últimos Días—nada realmente atractivo o de genuino interés.

Pero justamente al Norte de Jerusalén, fuera de las murallas, se eleva una pronunciada colina de más de veinte metros de altura en relación al área circun­dante. Aunque en los comienzos de la primavera ver­dea allí el césped, la mayor parte del año el terreno es árido y amarillento. No ha sido poblada de edificios a causa de la existencia de un cementerio musulmán cercano. En una de sus laderas—más bien acantilada— su característica rocosa semeja una ladeada calavera humana. Desde esta colina, cerca de la Puerta de Damasco, pueden observarse perfectamente bien tanto el camino que rodea la ciudad y se aleja luego hacia Jericó, como el que lleva hacia el Norte.

Es imposible saber con exactitud si la formación rocosa que tiene apariencia de calavera existió o no en la época del Salvador. Algunos suponen que dicho fenómeno se debe posiblemente a terremotos. Otros dicen que quizás sea obra de la explotación industrial de canteras. De cualquier modo, es interesante notar que por tal motivo, el lugar ha sido denominado el Gólgota o Calvario—o más comúnmente, “el lugar de la calavera.” (Véase Mateo 27:33; Marcos 15:22; Lucas 2-3:33 y Juan 19:17)

No podríamos siquiera vislumbrar más exactamente en nuestra mente otro escenario mejor que éste, en el cual pudiera haberse consumado la crucifixión del Señor.

Justamente al pie de la colina, hacia el Oeste, se extiende el hermoso y primorosamente cultivado Jardín de la Resurrección. Seguramente el florido solar no ha de tener una mayor superficie que un acre. Una alta tapia de piedras lo rodea, a fin de separarlo del fragor de una activa estación terminal de autobuses, como de la confusión de las calles suburbanas de Jeru­salén. Encantadoramente sembrado de flores, arbustos y árboles de mostaza, aliantos y siempre verdes, resulta ser un pacífico y sereno retiro que invita a la medita­ción, a la lectura de las Escrituras y a la oración. . .

Difícilmente podamos imaginar mejor lugar para la sepultura de Jesús, que la tumba vacía que se en­cuentra en este jardín. Varios cientos de sepulcros existentes en las cercanías, han sido removidos en un intento por encontrar uno que coincida con la descrip­ción que las Escrituras hacen de la tumba que, para sí mismo, José de Arimatea hiciera abrir entre las rocas de un terreno de su propiedad, y en la cual “pusieron a Jesús . . .”

La “Tumba del Jardín” es, evidentemente, tal sepulcro. Finamente cincelada en plena roca sólida, tiene casi cuatro metros de largo por dos de ancho, y una profundidad de algo más que dos metros. Está divi­dida en dos partes: una antecámara para los lamentado­res y el compartimiento principal de las “camas” sobre las cuales se depositaba el cuerpo de los difuntos. Esta sección está preparada para tres de las tales “camas”, por lo que se deduce que se trataba de un panteón familiar. Sin embargo, sólo una de las “camas” parece haber sido terminada, la cual se halla en el lado Norte del sepulcro y tiene unos dos metros de largo por uno de ancho. En el extremo Oeste de la misma, existe una especie de almohada hecha de piedra, de manera que el difunto debía yacer con su faz hacia el Este. En la parte opuesta a la cabecera, hay una perforación practicada en la pared rocosa, la cual, evidentemente, fué hecha en una ocasión posterior a la construcción original de la tumba, sin duda para poder acomodar a una persona más alta que la que se tuviera en cuenta cuando se diseñara.

El sepulcro tiene, además, otras características in­teresantes, las cuales no se observan en el resto de las tumbas de la zona que fueran removidas en la investi­gación. Una de ellas es una ventana existente a unos dos metros sobre el nivel del terreno, que permite directo acceso de la luz diurna sobre el sector terminado de la cámara. Esto contestaría el interrogante de cómo pudo ver Pedro que el sepulcro estaba vacío y que los lienzos estaban en el suelo. También hay asientos de piedra a la cabecera y a los pies de la tumba, donde pudieron haber estado sentados los ángeles antes de pararse al lado de las mujeres, para revelarlos que el Señor había resucitado. (Lucas 24:4)

El dintel romano y los nichos excavados en la pared rocosa exterior de la tumba, indican que en un tiempo fué edificada allí una iglesia. Los entendidos consideran que los primeros Cristianos, y quizás los mismos Cruza­dos, posiblemente hayan creído que éste era el lugar donde Jesús fuera sepultado; y para protegerlo y realizar sus cultos cerca del mismo, construyeron allí una iglesia. Probablemente fueron también ellos quie­nes derribaron parte de la pared exterior a fin de poder contemplar directamente hacia la cámara mortuoria mientras realizaban sus servicios religiosos. Actual­mente, esta parte ha sido restaurada con una roca similar. La presente abertura de la pared es quizás dos veces mayor que la original, y un portal de madera provee de protección a la tumba. Entre la cámara y la antecámara, se ha instalado una verja de hierro forjado.

Al frente del sepulcro existe una especie de surco o canal practicado en plena roca. La Guía del Viajero dice que no hay razón para creer que esto haya sido parte de un sistema para abrir y cerrar la tumba, puesto que en tal caso las mujeres que vinieron a traer las especias aromáticas que habían preparado para Jesús, no habrían tenido dificultad alguna en mover la piedra. También dice que posiblemente haya sido utilizado como fuente para alimentar caballos y construida qui­zás por los Cruzados.

Este razonamiento nos extrañó un tanto, por lo que estuvimos deliberando al respecto con el guardián del jardín, señor Salomón J. Mattar, un Cristiano árabe oriundo de Caná (Galilea), que ocupa dicha posición desde 1953. Concordamos en que la zanja en cuestión es muy pequeña para que haya sido expresamente construida para alimentar caballos, y que realmente parece ser más adecuada para hacer rodar por ella la piedra que cerraba la tumba. Dicha piedra posible­mente tuviera un metro y cuarto, o más, de diámetro, y de veinte a treinta centímetros de espesor. Tosca­mente devastada como indudablemente habrá sido, y rozando contra el borde rocoso, no puede haber resul­tado fácil de mover. No en vano las mujeres que acu­dieran a la tumba se dijeron unas a otras: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?», y al llegar “vieron removida la piedra, que era muy grande. (Marcos 16:3-4) El señor Mattar nos dijo que reco­mendaría que en la próxima edición de la Guía del Viajero se cambiara la referida explicación.

Cerca de la entrada al sepulcro, se descubrió una fuente bautismal en forma de corazón, excavada en la roca, con la punta de la misma señalando hacia la puerta de la tumba. Debajo del jardín hay tres gran­des estanques, o al menos así se creía hasta hace unos pocos años, cuando uno de ellos se agotó por completo y el señor Mattar descendió dentro del mismo para investigar adonde había ido el agua. Mientras nos contaba esto, él permitió al autor de este artículo entrar en un cuarto subterráneo y descender unos doce metros por medio de una escalera de hierro, hasta el piso. Este cuarto, de unos trece metros de anche por dieciocho de largo, está también excavado en la roca. Sobre la pared oriental existen dos tallados en relieve: uno representa un escudo de las Cruzadas y el otro una cruz de un metro veinte de alto. Del cielorraso pende un gancho, el que seguramente solía usarse para colgar alguna lámpara. No existen muchas dudas en cuanto a la posibilidad de que se trate de una antigua capilla Cristiana subterránea, pero nadie ha podido determinar una fecha apropiada en cuanto a su origen. Es generalmente aceptado que los Cris­tianos no construyeron capillas o iglesias hasta después del tercero o cuarto siglo.

Un día mientras el señor Mattar estaba sacando unos escombros de la entrada al sepulcro, encontró dentro de una grieta una caja de metal conteniendo una hermosa cruz de oro con piedras preciosas incrus­tadas. La caja estaba tan deteriorada que se partió en dos al tomarla, pero la cruz estaba intacta. Nadie sabe cuándo o por qué fué depositada allí.

En la pared exterior oriental de la tumba, existe una cruz pintada, que data del siglo sexto. Sobre la misma, escrita en griego, una leyenda reza: “Jesucristo, Alfa y Omega.”

Estas y otras evidencias dan la pauta de que los primeros Cristianos identificaron y estimaron este se­pulcro como aquél en el que “pusieron a Jesús.”

Sean o no éstos los sitios genuinos donde tuvieran lugar la muerte, sepultura y resurrección del Señor, puede decirse que no existe otro lugar en toda la Tierra Santa que se asemeje más a las descripciones bíblicas. Mirando la cumbre del Calvario de Gordon, es fácil imaginar la posición de las tres cruces con el cuerpo del Salvador en la central de ellas. No es difícil ver con los ojos de la mente aquella tétrica pero conmo­vedora escena en que manos amorosas bajaron a Jesús del madero, lo llevaron al jardín, lo vistieron con lien­zos ―rápidamente, debido a la proximidad del Sábado Judío—, y con ternura lo depositaron en la tumba que fuera apresuradamente alargada para acomodarlo.

Si éste es el lugar donde estos eventos ocurrieran, significa, entonces, que no hay otro sitio más sagrado en toda la tierra, puesto que en la historia del mundo no ha habido acontecimiento comparable, en gloria, al de la resurrección. Nos sentimos infinitamente agrade­cidos hacia las personas que descubrieran estos sitios y hacia aquellos que los mantienen en tan hermoso estado de conservación natural, para gozo e inspiración de los visitantes de la Tierra Santa.

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El Libre Albedrío

Liahona Junio 1962

El Libre Albedrío

Por el presidente David O. McKay

Aparte de la vida en sí, el derecho de gobernar la misma es el don más grande que Dios ha dado al hombre. Hoy en día, la necesidad más importante de la humanidad es la conservación de la libertad individual. La libertad de elección es un tesoro superior a cualquier otra posesión te­rrenal. Es inherente al espíritu del hombre, 1111 don de Dios dado a todo ser normal. No importa que haya nacido en la más ignominiosa pobreza o en medio de grandes riquezas heredadas, todo ser humano trae consigo al mundo la más preciosa de todas las gracias divinas: el don del libre albedrío, derecho privativo e inalienable del hombre.

El libre albedrío es la fuente impulsora del progreso del alma. El propósito del Señor es que el hombre llegue a ser como El. Y a fin de poder lograrlo, lo hizo primeramente libre. Alguien dijo que “la libertad personal es el supremo principio de la dignidad y la felicidad humanas.»

Las Escrituras testifican que este principio es (1) esen­cial para la salvación del hombre, y (2) la vara de medir en base a la cual serán juzgadas las acciones de los hombres, las organizaciones y las naciones.

No ha habido época como la presente, en toda la historia del mundo, en que el demonio haya estado tratando de anular esta fundamental virtud del libre albedrío. Es una blasfemia imputar a Dios la causa de las catástrofes del mundo. Yo no puedo creer que la miseria actual se deba a Dios. Las condiciones del mundo de hoy, son directa consecuencia de la desobedien­cia a las leyes divinas.

Uno de los mayores atributos de Dios es el amor. Por consiguiente, es lógico pensar que El, como nuestro Padre, desea la felicidad y la vida eterna para nosotros, sus hijos. Podemos escoger lo justo o lo incorrecto, podemos caminar en la luz o en las tinieblas. Pero Dios 110 ha dejado al hombre sin la luz. Ella está allí, gene­rosa, eterna.

Junto al don del libre albedrío camina su sombra, que es la responsabilidad. Los princi­pios de la justicia demandan que se confiera al hombre el poder de actuar independientemente, si es que ha de ser recompensado por su rectitud o castigado por su maldad. Para su progreso sobre la tierra, es esencial que el hombre tenga conocimiento de lo bueno y de lo malo. Si fuera inducido a hacer el bien o impulsado a hacer el mal, no sería cabal merecedor de recom­pensa ni de castigo, según corresponda. La responsabilidad del hombre está estrechamente vinculada a su libre albedrío. Las acciones que estén en armonía con las leyes divinas y las leyes de la naturaleza, harán feliz al hombre, y aquellos procederes que sean opuestos a las ver­dades divinas, le causarán miseria. El hombre es no sólo responsable de cada uno de sus actos, sino también de cada una de sus palabras o pensamientos insustanciales.

La libertad de propósito y la responsabilidad que ella implica, son aspectos fundamentales de las enseñanzas de Jesucristo. Durante todo Su ministerio, El recalcó el mérito de cada in­dividuo y ejemplarizó lo que fuera posterior­mente definido en Sus revelaciones modernas como “Su obra y Su gloria”. (Véase Moisés 1:39) Y sólo por medio del divino don de la libertad del alma, dicho progreso es posible.

Por otro lado, la compulsión emana del propio Satanás, quien intentó obtener, aún en la preexistencia del hombre, el poder para obligar a la familia humana a obedecerle, argu­yendo que el plan del libre albedrío era inade­cuado. Si el diabólico plan hubiera sido acep­tado, los seres humanos serían simples títeres en las manos de un dictador y el propósito de la venida del hombre a la tierra, habría sido frustrado. Pero el proyecto de gobierno que Satanás propusiera fué rechazado, y en su lugar se promulgó el plan del libre albedrío:

Existe aún otra faz de la responsabilidad que acompaña al libre albedrío, la cual muy pocas veces es destacada: el efecto o consecuencia de los pensa­mientos del hombre. Todo ser humano irradia su per­sonalidad y moralidad, tanto a través de sus actos como de sus pensamientos; y dicha irradiación afecta en mayor o menor grado a cada persona relacionada con él.

El mundo actual está regido por el poder de la fuerza. Las rivalidades internacionales y los falsos ideales políticos están amenazando constantemente la libertad del hombre. Una administración indiscreta, muy frecuentemente inspirada por intereses creados o conveniencias políticas, mina el libre albedrío del hombre y le priva de la libertad de derecho, haciendo de cada individuo un simple engranaje de la aplastante rueda del régimen.

Debiera tenerse siempre presente que el estado es para el individuo y no éste para el estado. Toda clase de gobierno que destruya o impida el libre ejercicio del albedrío, está en el error. La libertad se convierte entonces en libertinaje y el hombre en transgresor. La finalidad del estado es proteger al violado y evitar la violación.

Me parece ver a Dios, parado a la sombra de la eternidad, contemplando a la humanidad y deplorando las consecuencias del desatino, las transgresiones y los pecados que sus hijos cometen. Pero no podemos cul­parle de estas cosas, como tampoco podemos culpar al padre que haya dicho a su hijo: “Hay dos caminos, hijo mío: uno va hacia la derecha y guía hacia el éxito y la felicidad; el otro va hacia la izquierda y lleva hacia la desdicha y la miseria, y aun quizás a la muerte. Tú debes escoger cuál has de tomar; yo no puedo forzarte a seguir ninguno de los dos. Tú debes decidirlo.”

El joven comienza a andar, y viendo los espejismos y las atracciones del camino de la izquierda, lo toma porque piensa que será el más corto hacia la dicha. Su padre sabe qué ha de sucederle a su hijo; sabe que no muy lejos del florido sendero, su hijo caerá en un inmundo lodazal y de allí en una ciénaga infran­queable. Ve a otros que, habiendo escogido el mismo camino de la ciénaga, tratan infructuosamente de alcan­zar la tierra firme y seca. Pudo ver lo que le acon­tecería a su hijo, aún antes de que éste tomara ese rumbo y por ello fué que se lo previno. El padre ama a su hijo y aunque no puede obligarlo, seguirá amones­tándolo y rogándole que regrese al sendero del bien.

También Dios, por medio de profetas que han existido desde la fundación del mundo, ha advertido que muchos de sus hijos, tanto hombres como naciones, habrían de escoger el camino que lleva a la miseria y a la muerte; y también predijo que la responsabilidad descansaría no sobre El, sino sobre todos aquellos que no prestaran sana atención a Sus mensajes.

El poder para escoger está en nosotros. Los sen­deros están perfectamente demarcados. ¡Quiera Dios damos una visión clara, una férrea voluntad y un corazón valiente, mediante sus benéficas inspiraciones, para que podamos hacer siempre una sabia selección!

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Nuestra Deuda Mayor

Liahona Julio 1962

Nuestra Deuda Mayor

Por el presidente Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvenient Era)

En el noveno capítulo de 2 Nefi, en el Libro de Mormón, encontramos uno denlos más impresio­nantes discursos jamás dados sobre la Expiación. Se trata de un consejo dado por Jacob, hermano de Nefi. Toda persona que busque la salvación debiera leer dichos pasajes con devoción. Se nos ha enseñado que el más grande don de Dios es la vida eterna—y ésta sólo puede obtenerse si se obedece cada uno de los mandamientos dados al hombre por nuestro Padre Celestial. Con relación a estos principios de la salvación y la exaltación, dados a fin de preparar a la humanidad para una herencia en el reino de Dios, existe en el mundo una abrumadora carencia de entendimiento, lo cual ha sido causa del extravío de mucha gente. Para los miembros de la Iglesia en particular, no hay excusa de ello puesto que han tenido la oportunidad de reci­bir, directamente de los cielos, las revelaciones nece­sarias en esta Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. La gran misión del Hijo de Dios ha sido revelada a través del Libro de Mormón y de las Doc­trinas y Convenios, con mayor claridad que en cual­quier otra Escritura. En estos sagrados volúmenes en­contramos perfectamente explicados todos aquellos pasajes que, habiendo sido mal interpretados, fueran erróneamente transcriptos en la Biblia.

Nuestra deuda mayor es la que tenemos con nues­tro Redentor, Jesucristo, por las grandes bendiciones de inmortalidad y vida eterna que nos ha traído. La inmortalidad es el don concedido a toda alma viviente, porque del trono mismo de Dios ha emanado el decreto de que la resurrección debe ser tan universal como la caída. Adán trajo la muerte al mundo, y puesto que ningún hombre ha podido ni podrá evitar la muerte, a todo ser mortal le asiste el derecho de resucitar. Y esta redención de la humanidad viene sólo mediante el amor y la misericordia del Hijo de Dios. Su extra­ordinario sufrimiento y la cruel muerte que padeciera, llevaron a cabo la expiación del pecado de Adán, res­catando de la tumba a cada ser que haya participado de los alcances de la caída, incluyendo aun a los mal­vados que, ante la misma faz de Jesús, gritaron a Pilato: “¡Crucifícale, crucifícale!” Sí, también ellos serán beneficiarios de la Expiación de Cristo, y aunque igualmente tendrán que responder por su espantoso pecado, habrán de ser resucitados por el poder de Dios.

Consideremos algunas de las grandes verdades del mensaje de Jacob—valederas no sólo a su propio pue­blo, sino para el beneficio del mundo entero:

“Porque como la muerte ha pasado a todo hombre para cumplir el misericordioso designio del Gran Creador, también es necesario que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fué des­terrado de la presencia del Señor.

“Por tanto, deberá ser una expiación infinita, por­que si no fuera infinita, esta corrupción no podría ves­tirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que cayó sobre el hombre habría durado eternamente. Y siendo así, esta carne tendría que pudrirse y desme­nuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.” (2 Nefi 9:6-7)

Detengámonos a meditar sobre la expresión de que la muerte cumple “el misericordioso designio del Gran Creador.” Muchos no creen que la muerte es un plan misericordioso. Es general la creencia de que Adán cometió un pecado horrible al participar del fruto prohibido. Algunos comentaristas han escrito que dicho acto fué “la vergonzosa caída del hombre,” pues­to que mediante su transgresión Adán y Eva fueron la causa de la miserable condición del mundo y tra­jeron la muerte al hombre—situación, dicen, que podría haber sido evitada, y Adán y su posteridad habrían podido vivir en paz, con amor y contentamiento, libres de la muerte, si ellos no hubieran transgredido. A nuestra madre Eva le fué revelado el propósito de la caída, por lo que ella entonces dijo:

“. . . Si no hubiese sido por nuestra transgresión, jamás habríamos tenido simiente, ni hubiéramos cono­cido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes.” (Moisés 5:11)

Por consiguiente, la caída fué parte necesaria del plan de salvación, que Jacob define como “el misericor­dioso designio del Gran Creador.” Lógicamente, nadie quiere permanecer mortal cuando llega a viejo y queda indefenso ante la vida. Así que la muerte llega a todos, no como cosa mala sino como algo misericordioso, es­pecialmente para aquél que muere estando seguro de que habrá de resucitar entre los justos. Lehi, el padre de Jacob, declara:

“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:25)

La caída de Adán y Eva prodigó a la humanidad el privilegio de una existencia mortal que de otra ma­nera no habría recibido. En consecuencia, si este plan no hubiera sido adoptado, habríamos perdido la opor­tunidad de vivir y ganar experiencias en la carne. No debemos pensar que la muerte del cuerpo es el fin del hombre y que cuando morimos nuestro cuerpo va a la tumba para nunca volver a levantarse. Jacob nos ha aclarado cuáles habrían sido las consecuencias si real­mente la muerte física fuera el fin del cuerpo mortal; y también nos ha hablado de cómo Dios, mediante el sacrificio de Jesucristo, ha preparado el camino para la redención humana. Y este plan de redención fué sancionado antes de la fundación del mundo.

“¡Oh la sabiduría de Dios! ¡Su misericordia y gracia! Porque lie aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus quedarían sujetos a aquél ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se con­virtió en diablo, para no levantarse más.

“Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, separados de la presencia de nuestro Dios para quedar con el padre de las mentiras, en miseria como él; sí, semejantes a aquel ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se hace aparecer como un ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinatos y a toda especie de obras secretas de tinieblas.

“¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que nos prepara el camino para que escapemos de las garras de ese terrible monstruo! Sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu.

“Y a causa del plan de redención de nuestro Dios, el Santo de Israel, esta muerte de que he hablado, que es la temporal, entregará sus muertos; y esta muerte es la tumba.

“Y la muerte de que he hablado, que es la muerte y el infierno han de entregar sus muertos: el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus espíritus cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados el uno al otro; y se hará por el poder de la resurrección del Santo de Israel.” (2 Nefi 9:8-12)

¡Qué espantoso sería si el cuerpo fuera destruido eternamente y el espíritu dejado libre tal como fuera antes de la vida mortal! Y ¿qué podríamos ganar con ello? Hay muchos que se han apartado de las enseñan­zas del Salvador y niegan que habrá resurrección. El propósito primordial de nuestra existencia es obtener tabernáculos de carne y huesos para nuestro espíritu, a fin de que podamos, después de la resurrección, lo­grar la plenitud de bendiciones que el Señor ha prome­tido a todos los que sean fieles a Él. El Señor nos ha prometido que llegaremos a ser hijos e hijas de Dios, co-herederos con Jesucristo, y que si hemos sabido guardar Sus mandamientos y convenios, seremos reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas del Más Alto, y poseeremos la plenitud de las bendiciones del reino celestial. Esta gran promesa nos fué hecha en el espí­ritu, antes de la fundación del mundo. Y el Señor nos renueva su promesa siempre que sepamos soportar pacientemente, aun entre bendición y bendición, las aflicciones de la carne, perseverando fielmente hasta el fin.

Nuestro Redentor amó de tal manera al mundo, que voluntariamente vino a la tierra y sufrió el derra­mamiento de su sangre, a fin de pagar la deuda de la caída y posibilitar que toda alma humana obtenga un lugar en el reino celestial. Nadie es capaz de re­conocer cabalmente el precio que Jesús pagara por nuestra salvación y por nuestra posible exaltación. Con las siguientes palabras, El mismo lo ha descripto:

“Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.

“Más si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;

“Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19:16-19)

¿Es posible que haya algo más terrible aún que el que nos sea negada la resurrección, y que nuestros espíritus queden sujetos a Satanás para siempre? ¡Cuán agradecido a nuestro Redentor debiera estar cada uno de nosotros, reconociendo que Jesús, por motivo de su amor infinito, accedió a sufrir en pos de la redención del hombre! Cada miembro de la Iglesia debiera mostrarle gratitud mediante la obediencia a Sus mandamientos.

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“Este es el Lugar…”

Liahona Julio 1962

“Este es el Lugar…”

Por R. Héctor Grillone

Todos los años, el 24 de julio, la ciudadanía de Sión se vuelca en las calles del homenaje para mostrar su júbilo agradecido por la hazaña de los pioneros. Mormones y no mormones se congregan en la armonía del sano reconocimiento para rendir culto a la memoria de los que supieron someterse a la voluntad del Señor.

La primera vez que se conmemoró la llegada de Brigham Young y su compañía al desolado valle del Gran Lago Salado, fué exactamente dos años después que ello ocurriera, es decir, en 1849, cuando los habi­tantes de la nueva ciudad de los Santos pidieron al gobierno de los Estados Unidos que se les concediera el derecho de tener una administración propia. La campana de Nauvoo, único remanente del templo des­truido por las desviaciones de la plebe profana, dejó sentir las vibraciones de su bronce durante varias de las fiestas conmemorativas del 24 de julio en años suce­sivos. Hoy, la querida campana descansa su agitación en la planta baja del Museo de la Manzana del Templo.

Precisamente en una de las primeras conmemo­raciones, el presidente Brigham Young declaró ante la nutrida concurrencia, durante los servicios inaugurales:

“Muchos de nosotros fuimos al mercado de los Estados Unidos a comprar libertad, y se nos dijo que el precio de la libertad sería sólo nuestra sangre. … No es que haya dificultades en las leyes o la Constitución; la corrupción está en aquellos que las administran. . .”

¿Cómo se inició el éxodo de los Santos de los Últimos Días? Oigamos al mismo presidente Young hablar­nos de ello:

“En 1844, la mayoría de los Doce nos encontrábamos en los estados de la costa atlántica del país, predicando el evangelio restaurado, y habiendo oído la triste noticia del martirio del profeta José Smith, regresamos a Nauvoo donde encontramos a miles de hombres y mujeres enlutados por el trágico aconte­cimiento. . . . En la jactanciosa república (estado) el gober­nador, el vicegobernador, los jefes y oficiales de la policía, la chusma y el clero habían triunfado en su intención de derramar la sangre del Profeta. . . . ¿Cesó acaso la persecución entonces? ¡De ninguna manera! Por el contrario, se cumplieron las pala­bras de José Smith, que dijo que una vez que lograran asesi­narle, tratarían de hacer lo mismo con el resto dé nosotros.” (La Estrella Milenaria, tomo 2, página 355.)

A poco la migración en grupos se iniciaba. Hacía ya tres meses que los Santos estaban cruzando las lla­nuras, los bosques, los ríos y las montañas del centro del país, cuando, ahora en las laderas de los collados eternos, siendo el 1 de julio de 1847, Orson Pratt y Erastus Snow fueron comisionados por el presidente Brigham Young para dirigir una compañía de veinti­trés carretas y cuarenta y dos yuntas de bueyes, y hacer un reconocimiento del valle del Gran Lago Salado,, lo cual se llevó a cabo 20 días después.

Ciento cuarenta y cuatro hombres y tres mujeres integraban la compañía de Brigham Young. La jornada —una jornada cansina que parecía interminable—había durado más de tres meses, y la distancia recorrida fué de unos 1.600 kilómetros de tierras atravesadas por valles, montañas, ríos y pantanos. Ansiosos por llegar, cargados de fe y vigor sobrehumanos, no habían per­dido tiempo explorando terrenos: sabían que Brigham Young iba a recibir la inspiración del Altísimo para determinar el lugar. Y así, desafiantes, treparon colinas, atravesaron desfiladeros y precipicios, descendieron al fondo de los cañones y volvieron a trepar. … En ocasiones, debían ingeniarse para salvar abismos sin puentes y abrir caminos en plena roca.

De pronto, Orson Pratt y Erastus Snow, comandan­tes de la compañía de vanguardia, se llegaron al presi­dente Young y le avisaron que el Gran Valle estaba allí, casi a sus pies. Brigham Young, que venía postrado en su coche por causa de su salud quebrantada, se in­corporó entonces y abarcando con sus dulces ojos pene­trantes todo el panorama—inmenso y desolado—del valle ganado por el salitre del gran lago, declaró solemne: “Este es el Lugar.” Era el 24 de julio de 1847.

“Dos de las tres mujeres que formaban la partida— nos relata el doctor James E. Talmage en La Estrella Milenaria—suspiraron entonces deprimidas, y una de ellas exclamó: ‘Débil, cansada y dolorida como estoy, ciertamente dispuesta estaría a hacer mil millas más antes que permanecer aquí’.”

Sin embargo, la visión del Profeta había sido genuina. El brazo de Dios guio la dócil mano de los fieles, quienes a poco cantaban:

“El desierto ya florece, como bella flor,

“Y el triste yermo fértil campo es. . .”

Muchos sucumbieron en la empresa—unos encon­traron la muerte porque tenían fe y enfrentaron la penuria; otros perdieron la Vida simplemente porque no confiaron. Hoy día se ven los frutos de aquella siembra. El mundo entero está volviendo los ojos hacia el Valle del Señor, la Nueva Jerusalén. La comunidad aquí edificada, está contenida en el territorio que an­teriormente poblaran los indios “Utos”, de donde pro­viene el nombre del estado: Utah—que en el lenguaje indígena originario significa “Morada Alta.” Y en ver­dad, lo es.

Siglos ha, había ya predicho Isaías:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, (pie será con­firmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. . .” (Isaías 2:2-3.)

El establecimiento de los Santos en el Valle del Gran Lago Salado, no fué un evento de simple alcance comunal.

En La Estrella Milenaria, tomo 11, páginas 232 y 233, se citan los siguientes artículos, aparecidos en 1849 en dos periódicos estadounidenses:

“Desde que los hijos de Israel erraran por el desierto o los Cruzados se precipitaran en Palestina, no ha habido otro movimiento histórico tan singular como la migración y el estable­cimiento de los Mormones. … Habiendo tenido un templo en medio de las iglesias y escuelas del Condado de Lake, en Ohío, y expulsados de allí por la opinión popular, construyeron Nauvoo, en Illinois, el cual llegó a ser un gran pueblo. Veinte mil personas se congregaron en él. Y ahora son nuevamente asaltados por la persecución popular; ¡su profeta asesinado, su ciudad asolada, y finalmente su templo incendiado! ¿Les ha destruido acaso esta persecución a que se han visto sujetos? ¡No! Unos siete mil de ellos se han establecido ya en las cumbres del continente americano. Miles más están reuniéndoseles desde Iowa y otros tantos están arribando desde el país de Gales. Este es un espectáculo muy singular, quizás el más singular de todos los grandes dramas de nuestra era. . .” (The Cincimiati Atlas, 1849.)

“Los Santos Mormones que han logrado sobrevivir, después de soportar todas las penurias de la persecución en Misuri e Illinois, de sufrir el asesinato de muchos de sus directores y apóstoles, y de ser malignamente acosados de un lugar a otro, han encontrado, al fin, una Nueva Jerusalén o Tierra Santa, en el Valle del Gran Lago Salado, situado entre las Montañas Rocallosas y la Sierra Nevada. . . . Los Mormones poseen ahora lodo ese territorio. Ellos son gente industriosa y capaz de ex­plotar exitosamente los recursos naturales de la rica región en que se han establecido. Esta es, en verdad, su Nueva Jerusalén, donde podrán construir una gran ciudad con pilares de oro, techada con plata y pavimentada con rubíes y esmeraldas. ¿Quién sabe? A estar por las observaciones hechas por Fremont, Abert, Kearney y otros, la región comprende algunos lu­gares realmente maravillosos. Parece ser una especie de Tierra Santa en mayor escala: tiene un Mar Salado más grande que el de Palestina, un Río Jordán, un Monte Horeb y casi todas las características de la antigua Tierra Santa, aunque en una escala tremendamente grande. Y Brigham Young, el conductor de esto pueblo, se asemeja en igual sentido a Moisés.

“Esta expedición de los Mormones muestra cierta analogía con aquél éxodo de los Israelitas que salieron de Egipto. Illinois, Misurí o Iowa han sido la tierra de esclavitud de la que han escapado los Mormones, y en la cual sus directores y santos han sido tiroteados. . .” (The New York Herald, 1849.)

Gracias a la humilde perseverancia de aquellos pioneros que atravesaron los pantanos de la persecución y las cercas del prejuicio tradicional, un verdadero Renacimiento mundial se está llevando a cabo. Desde el punto de vista histérico-geográfico, significó una notable colonización, efectuada en lugares que otros despreciaron por áridos, como también la inauguración de una nueva era de progreso económico internacional que resultó del franqueamiento de una frontera que separaba, como si hubieran sido dos civilizaciones dis­tintas, al Este distinguido y progresista, del indómito y lejano Oeste. Y desde el punto de vista religioso, re­sultó ser el afianzamiento de una Restauración termi­nante, la “confirmación del monte de la casa de Jehová, como cabeza de los montes.”

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La Primera Gran Visión

Liahona Julio 1962

La Primera Gran Visión

Por el presidente David O. McKay

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el (pie duda es semejante a la onda de la mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.” (Santiago 1:5-6.)

José Smith leyó esta promesa precisamente en una época en que la pequeña comunidad en que vivía era notablemente agitada por un despertamiento religioso, a través del cual cada una de las sectas Cristianas existentes anunciaba a gran­des voces sus razones por las que se consideraba a sí misma la “iglesia verdadera”, a la vez que condenaba ruidosamente los otros credos. El joven Smith quería sinceramente saber cuál de todas ellas estaba en la verdad. Es evidente, dado el mutuo desacuerdo manifiesto en cuanto a la interpretación y práctica de los preceptos bíblicos, que algunas enseñaban doctrinas que no estaban en armonía con las Santas Escrituras.

Fué entonces que José se internó en una solitaria arboleda, y dejándose caer sobre sus rodillas, oró por la solución de su problema. Y su oración fué prontamente contestada con la visitación del Padre Celestial y Su Hijo Unigénito.

Los dos principios más importantes que de esta visita re­sultaron, fueron: que Dios es un Ser personal que bajó de los cielos para comunicar Su voluntad al hombre; y que ninguno de los credos llamados Cristianos que existían, tenía el verdadero plan de salva­ción.

Inmediatamente después de esta sorpren­dente declaración, el joven José Smith quedó en una situación de verdadero ostracismo respecto del ámbito religioso, encontrándose completa­mente solo frente a un mundo descreído.

Estaba solo—y no familiarizado con la sabi­duría y las filosofías de la época.

Solo—y sin educación alguna en las artes o la ciencia.

Completamente solo—, sin filósofo alguno que lo instruyera, ni ministro religioso que le guiara.

Con bondad y sencillez había apremiado a lodos con su glorioso mensaje; con burla y es­carnio, ellos le despreciaron, diciendo que estaba poseído del maligno, que ya no había tales cosas como visiones o revelaciones porque estas habían cesado en la época de los Apóstoles, y que ya los mismos no eran necesarios.

Y así fué abandonado para que, solitario, navegara por los mares de la religión, habién­dosele prohibido embarcarse en uno solo de los veleros conocidos, y sin haber construido nunca ni haber visto construir un barco. Verdaderamente, si el joven era un impostor, sería muy tosca la nave cuya construcción debía entonces emprender.

Por otro lado, si el barco que iba a armar llegaba a poseer una excelencia que superara a la de todos aquellos que los profesores y filóso­fos habían estado, durante siglos, ofreciendo a la humanidad, los hombres se verían forzados, sin duda, a exclamar: “¡Ciertamente, éste es un hombre sabio!”

Pero aunque parecía estar realmente solo, lo estaba como Moisés lo estuvo en el Monte Sinaí; o como Jesús en el Monte de los Olivos. Tal como en el caso del Maestro, el Profeta recibió sus instrucciones no por medio de con­ductos creados por el hombre, sino directamente de Dios, fuente de toda razón e inteligencia.

La veracidad de las honestas enseñanzas de José Smith, como la misma valentía con que las proclamó, no fueron sino consecuencia de esta orientación divina. Cuando el joven Profeta en­señaba una doctrina, lo hacía autorizadamente. Para él no era cuestión de temer sí la misma concordaría o no con el criterio de los hombres.

Daba a la humanidad lo que recibía de los cielos, sin reparos ante la desconformidad o el acuerdo, la contra­dicción o la armonía que los credos de las iglesias o las normas vigentes de la sociedad civil manifestaran al respecto. Y hoy día, a más de trece décadas de en­tonces, tenemos la oportunidad de juzgar el valor y la virtud de sus enseñanzas, pudiendo reconocer a través de ellas mismas su propia fuente originaria.

Cuando José Smith recibió, en la primavera de 1820, su primera revelación, no era sino un muchacho sin preparación ni estudios. Diez años más tarde, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días era organizada. Y el joven Profeta no había cumplido aún los treinta y nueve años de edad cuando fué bru­talmente martirizado.

La armonía de sus enseñanzas con aquellas que el Salvador predicara; su razonable aseveración de que el hombre debe ser llamado de Dios para oficiar en las cosas espirituales; la completa organización de la Iglesia, con sus normas, sus leyes, y su maravillosa adaptabilidad a las necesidades del progreso de la familia humana, junto con otras varias fases de su gran obra en estos últimos tiempos—aunque sólo parcial­mente comprendidas—, han hecho y hacen que muchas personas se asombren y mediten en cuanto al origen de la sabiduría del profeta José Smith.

Aun con nobles aspiraciones, poderes y populari­dad, otros hombres han fracasado en sus intentos por promulgar nuevos ideales. José Smith fué favorecido intelectualmente por inspiración divina. Él sabía que había sido escogido por el Señor para establecer la Iglesia de Jesucristo en esta dispensación—cuya Iglesia, emulando a Pablo, declaró que era poder de Dios para la salvación (Romanos 1:16) —salvación social, moral y espiritual.

Él sabía qué “. . . es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6.)

En esta Escritura está el secreto del surgimiento de José Smith, de la obscuridad lugareña al renombre universal. Su creencia en Dios fué absoluta. Su fe en la orientación divina, firme.

Vosotros, miembros de la Iglesia, tenéis la respon­sabilidad de comprender el significado y la magnitud de ésta, la obra del Señor. Y especialmente vosotros, juventud de Israel, sois responsables de llevar el men­saje del evangelio por todo el mundo, en el cual hay millones de honestos corazones que están anhelando mejores condiciones que aquellas en las que actual­mente viven.

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“Acuérdate del Día de Reposo…»

Liahona Agosto 1962

“Acuérdate del Día de Reposo…»

Por Boyd K. Packer
(Tomado de the Instructor)

Uno de los principios del evangelio que resultan más difíciles de enseñar a la juventud, es el del Día de Reposo. Muy frecuentemente comprobamos que nuestros jóvenes están asociando este día santo con numerosas restricciones. Cuando un muchacho o una chica miembro de la Iglesia, habla por teléfono con algún amigo o amiga, es común oírle decir a cierta altura de su conversación: “No puedo ir”; y luego, como respuesta a un evidente “¿Por qué?” de su interlocutor, agregar: “Pues, porque hoy es domingo.” Y es fácil imaginar la siguiente pregunta del amigo: “¿Y qué hay con eso?” En verdad, esta última pregunta no siempre es contestada apropiadamente, porque su respuesta suele no estar al alcance de la gente joven. La mayoría de las veces ellos contestan que sus padres “prefieren que hagan otras cosas durante el día domingo.” Y aun, cuando de mala gana obedecen, una pregunta permanece—inquieta—en sus mentes: “¿Por qué?”

Los jóvenes siempre tienen un “¿Por qué?” en sus pensamientos, no importa lo que hagan o deban hacer. Por eso, ¡cuán benéfico sería que nuestra juventud pudiera cultivar una seria actitud hacia el Día del Señor, a fin de aprender al menos parte de ese “por qué”.

A veces resulta ser realmente problemático enseñar una lección en cuanto al Día de Reposo a un grupo de jóvenes. Cierta vez, los alumnos de una clase de la Escuela Dominical preguntaron al maestro: “Continua­mente se nos está indicando lo que no debemos hacer durante el Día de Reposo. ¿Por qué no nos hace una lista de las cosas que podemos hacer ese día?” En reali­dad, la preparación de una lista semejante sería de considerable ayuda, pero indudablemente no soluciona el problema.

Los hijos de Israel vivieron en base a una serie de regulaciones. Las Escrituras nos relatan que:

“. . . Les fué dada una ley; sí, una ley de cere­monias y ordenanzas, una ley que tenían que observar rígidamente de día en día, para conservar vivo en ellos el recuerdo de Dios y sus deberes hacia él.” (Mosíah 13:30.)

Pero fué evidente que ni aun esta “lista” de limi­taciones, por sí misma, les mantuvo firmemente leales.

Como maestros del evangelio, debemos tratar cons­tantemente de edificar en nuestros jóvenes una ade­cuada actitud y una profunda apreciación respecto del día domingo. Y cuando nos dispongamos específica­mente a ello, nuestra será la responsabilidad de ayudar­les a descubrir un “por qué”. Tres son los factores prin­cipales, que habrán de contribuir a nuestro éxito:

Primero, nuestras enseñanzas deben ser consisten­tes y ampliamente respaldadas por nuestro conocimien­to de las Escrituras. Debemos lograr que los mismos jóvenes recurran a las Escrituras para obtener respues­tas a todo interrogante que se relacione con el Día del Señor.

Segundo, nuestras enseñanzas deben demostrar que es sabio seguir los consejos de los padres y las admoniciones de las Autoridades de la Iglesia.

Y finalmente, nuestras enseñanzas concernientes al Día de Reposo deben estar conformadas a los al­cances de nuestros alumnos, y presentadas de tal ma­nera que puedan identificar en ellas una íntima rela­ción con sus propias vidas. De esta forma, evitaremos “hablar al aire”, como advirtiera Pablo en su epístola a los Corintios:

“Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire.” (1 Corintios 14:9.)

En Sus enseñanzas, el Señor frecuentemente utilizó parábolas y analogías. Su manera de instruir fué simple y generalmente relacionaba Sus preceptos con algo que los oyentes pudieran comprender con prontitud. Nos­otros podemos usar también este método.

Supongamos que estamos viajando hacia una tierra que nunca hemos visitado antes. Imaginemos que este viaje encierra promesas de grandes experiencias y re­compensas, tanto durante el trayecto como, y más es­pecialmente, al llegar a destino. Asimismo, presumamos que tenemos conocimiento de que grandes peligros y dificultades amenazan nuestro camino; que las huellas estarán, en parte, oscurecidas o disimuladas, y que hallaremos muchos senderos y atajos que conducen a sufrimientos y tribulaciones insospechables—aun a la muerte —; sabemos también que durante el viaje — y máxime un viaje de esta naturaleza—es posible per­derse.

¿Qué precauciones adoptaríamos antes de empren­der dicho viaje? Indudablemente, trataríamos de proveernos de un mapa. ¿Por qué? ¿Qué clase de mapa nos agradaría conseguir?

Pensemos en lo útil que nos resultaría una buena guía, y cuán importante no sería tener un mapa perfectamente delineado y con ano­taciones específicas, de manera que aun cuan­do encontremos los sectores oscurecidos del camino, podamos identificar las señales desta­cadas en el plano, y por medio de ellas determinar nuestra posición y rumbo. ¿No sería asimismo interesante que nuestro mapa contuviera, además de las advertencias de pe­ligros, indicaciones de parajes y característi­cas que podrían contribuir a que nuestro viaje sea más placentero? Y también, ¿qué haría­mos si supiéramos de alguna persona que ya ha hecho parte del trayecto, y que podría asesorarnos en cuanto al mismo? Considere­mos cuánto nos ayudaría poder lograr que esta persona nos indique, sobre nuestro propio mapa, algunos detalles y condiciones suple­mentarios, y aun nos señale otros “desvíos” recientemente practicados y algunos proble­mas nuevos.

Pienso que seríamos muy inconscientes si iniciáramos el trayecto sin llevar con nos­otros un buen mapa ni aceptar el consejo y las instrucciones de viajeros experimentados, especialmente si sabemos que nuestra vida misma depende de dicho viaje.

Muchas veces nuestros jóvenes tienen dificultades en entender el propósito del Día de Reposo, y lamentablemente algunos lo consideran como un período de restricciones. En general, sólo piensan que el domingo es un día durante el cual “no debemos hacer las- cosas que son divertidas.” Pero en realidad debieran conocer y comprender que el verda­dero significado del Día del Señor no es ése. Nuestra vida terrenal es un viaje similar al que liemos hecho mención. Existen muchos obstáculos y peligros. Asimismo, la vida abun­da en recompensas y en experiencias gozosas, y durante todo el transcurso de la misma en­contraremos muchos “puntos de interés.”

El Señor, conociéndonos y sabiendo de todas las dificultades y problemas que debe­mos enfrentar en nuestra existencia, ha pre­parado un plan o mapa, a fin de que podamos contar con la guía necesaria para que nuestro “viaje” sea seguro y benéfico. Este mapa es el evangelio de Jesucristo, y ha sido dado a conocer a través de las muchas revelaciones de nuestro Padre Celestial. También conta­mos con la orientación e instrucciones de las Autoridades de la Iglesia y de los padres de familia, quienes han hecho ya parte del ca­mino, utilizando precisamente el evangelio como “mapa”. Ellos han comprobado median­te la vida de otros, o aun a través de alguna experiencia personal, qué pasaría si llegára­mos a perder la huella.

El Señor nos ha explicado que “el día de reposo fué hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (Marcos 2:27-28.);

Podemos ver cuán importante es que regulemos nuestro tiempo, a medida que avanzamos en nuestro viaje, para poder detenernos periódicamente y consul­tar nuestro “mapa”. De esta manera podremos planear mejor nuestras jornadas futuras. Esto es, en esencia, lo que el Día del Señor requiere de nosotros. Por con­siguiente, las restricciones relativas al mismo, redundan en nuestro propio beneficio. Estas “restricciones” sólo intentan concentrarnos más en nuestro mapa, y tomar con más seriedad nuestro viaje, posibilitándonos el evi­tar o eliminar los riesgos de desviarnos por atajos equi­vocados.

Todos tenemos edad suficiente para entender que algunas cosas que parecen ser meras restricciones o limitaciones, nos son dadas sólo para que podamos precisar más claramente nuestro punto de destino, con­forme lo señala el mapa de nuestra vida. Cuando com­prendemos esto, reconocemos con gratitud que el Día de Reposo es un don del Señor, y llegamos al conven­cimiento de que esas “restricciones”, tales como no concurrir a eventos o programas recreativos en ese día, no son sino elementos de protección para nosotros. Y una vez que adoptamos esta actitud, estaremos en con­diciones de compartir el gozo de la sana asociación con nuestros amigos en la Escuela Dominical y en las re­uniones del Sacerdocio y Sacramental. Y más aún, en­contraremos que hay otras muchas cosas en armonía con el día santo, que podremos realizar para nuestro solaz. Cuando comprobemos algunos de los beneficios que derivan de la apropiada observancia del domingo, no necesitaremos “lista” alguna que nos indique qué es lo que debemos o qué es lo que no podemos hacer.

Evidentemente, el Señor reconoció la importancia de nuestro viaje terrenal, pues cuando nos concedió esta vida, reservó para Sí uno de cada siete días de la misma, a fin de que, en la comunión de Su espíritu y en la tranquilidad del alto en la jornada, pudiéramos consultar el “mapa” que nos indica el camino hacia la exaltación.

Si el “mapa” resulta por momentos algo difícil de leer, recurramos a aquellos que ya han empezado el trayecto—nuestros padres y las Autoridades de la Igle­sia. Mediante sus consejos, instrucciones y enseñanzas, podríamos esclarecer mucho nuestra “ruta”.

Repasemos lo que el Señor ha revelado concernien­te al Día de Reposo:

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.

Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, por­que en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.” (Génesis 2:1-3.)

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;

Más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de re­poso y lo santificó.” (Éxodo 20:8-11.)

“Y para que te conserves más limpio de las man­chas del mundo, iréis a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

Porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de todas tus obras y rendir tus devociones al Altísimo.

Sin embargo, tus votos se rendirán en justicia todos los días y a todo tiempo;

Pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofre­cerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, con­fesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.

Y en este día no harás ninguna otra cosa, sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o, en otras palabras, que tu gozo sea cabal.” (Doc. y Con. 59:9-13.)

“. . . El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.

Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (Marcos 2:27-28.)

No es de asombrarse, entonces, que nuestros ma­yores y las Autoridades de la Iglesia, estén, constante­mente, amonestándonos: “Acuérdate del Día de Reposo…”

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El Casamiento y la Religión

Liahona Agosto 1962

El Casamiento y la Religión

Por Antbon S. Cannoh
(Tomado de the Instructor)

El camino más seguro hacia la felicidad eterna es el casamiento por la eternidad—la perfecta unión en matrimonio y religión.

La religión necesita del casamiento para poder realizar cabal­mente su propósito eterno y divino. Y el casamiento necesita de la religión, para poder recibir las más ricas bendiciones y la garantía más efectiva respecto de su propia estabilidad, seguridad, satisfac­ción, éxito y santidad. La familia, la Iglesia y la sociedad son grandemente beneficiadas cuando el casamiento es santificado y unido por medio del convenio eterno.

La óptima solución de los problemas sociales requiere un saludable y feliz nutrimento mutuo de los valores primordiales de la vida: el casamiento y la religión. Es esencial que los jóvenes obtengan la fuerza, compresión, motivación, valentía, visión y carácter que sólo la religión puede proveer a su matrimonio. Es éste el camino hacia el gozo, el triunfo, la satisfacción y la realización eternos. Y también el sendero—el más seguro—hacia la paz mental, la devoción y la dedicación a los más nobles y gratos objetivos, la salud más anhelada, la salvación más codiciable, las mayores realizaciones, el altruismo más elevado y el más completo desarrollo de los potenciales humanos.

Un sólido casamiento, combinado con la religión verdadera, ha de nutrir la dinámica salud y el básico bienestar que todos los hijos de Dios necesitan. Y en tal circunstancia, el divorcio es in­compatible e inconcebible.

Sólo un incontenible deseo de prestar un desinteresado y gozoso servició—al Señor y a los hijos del Señor—puede emanar cuando se reconocen tanto la satisfacción producida por el hecho de ser buenos y de hacer lo bueno, como el privilegio de la oportunidad y el deber más elevados: amar y servir a nuestra compañera y a nuestra familia, contribuyendo de esta forma al fortalecimiento del reino de Dios sobre la tierra, por tiempo y eternidad. Y ésta es la única manera por la que las más grandes bendiciones, y la paz y el gozo permanentes pueden ser obtenidos.

Las complicaciones de la vida moderna incluyen una multipli­cidad de pecados de omisión y de comisión. Un matrimonio sin una preparación adecuada podría terminar en una situación de miseria, tensión, desencanto, fracaso, frustración, pena, confusión, desorganización social, delincuencia, deserción y divorcio. La sociedad gasta anualmente enormes cantidades de dinero para tratar de reedificar las ruinas resultantes de los malos casamientos, los noviazgos impropios, la inmadurez emocional y la impudicia, la amoralidad y la carencia de sentimientos religiosos. La fantasía de los romances absurdos o los saltos a ciegas en los brazos del amor, sólo han contribuido, desde tiempos inmemoriales, al acre­centamiento de los consecuentes problemas de la vida familiar.

El casamiento por la eternidad es la mayor bendición que el evangelio provee. Es el fin y los medios para poder alcanzar todas las otras bendiciones importantes, ahora y a través de las eternidades.

Religión significa devoción—devoción a lo que consideramos divinamente inspira­do. El evangelio nos hace saber que nuestro enlace eterno con la compañera o compañero indicado, y la edificación de una vida familiar estable y feliz, son esenciales para la exaltación. El casa­miento satisface las más íntimas y signi­ficativas necesidades del hombre. Es la unión por medio de la cual nuestra capa­cidad procreativa provee de cuerpos a los hijos espirituales de Dios.

La asombrosa cifra de 16 millones de personas divorciadas en los Estados Uni­dos durante los últimos veinte años, dramatiza elocuentemente la urgente ne­cesidad de proteger nuestras familias y nuestra juventud en general, contra los estragos resultantes de los mal aconsejados y presurosos casamientos. Pero aún más lastimosos y más socialmente destructivos son aquellos otros tantos millones de matrimonios carentes de gozo, despojados de armonía y saturados de hostilidad, a causa de estar juntos legalmente pero desunidos psico­lógica y espiritualmente. Y estos innumerables hogares destruidos, son los que engendran las inútiles vidas de los delincuentes juveniles e incuban desalentados niños de mentalidad perturbada.

La mejor protección contra tales desdichas y gravámenes de nuestra vida social, depende de una firme observancia de las enseñanzas del verdadero evangelio. La gloria tía Dios es la inteligencia, y el mayor bienestar de Sus lujos requiere vivir a la luz de la más grande de sus revelaciones: el matrimonio eterno. ¡Qué desafío es para uno el tener que usar la inteligencia antes de casarnos, de vivir y llegar a saber cómo somos, cuáles son nuestras necesidades, aprender a controlarnos y a amar sinceramente a otros con nobles propósitos! Es toda una inspiración el valerse de la oración y de la meditación honesta, en la búsqueda de aquella persona que habrá de ser nuestra compañera en esta vida y por toda la eternidad. ¡Cuán gloriosa es la oportunidad que tenemos de poder escoger a alguien a quien estaremos unidos para siempre —alguien que básicamente proveerá la mitad de la potencialidad genésica y gran parte del ambiente social en que nuestros descendientes habrán de desarrollarse a través de las eternidades! ¿No es acaso este trascen­dental desafío, realmente digno de la mayoría de nuestros mejores años de estudio, búsqueda y oración?

Debemos buscar el consejo y la ayuda del Señor por medio de la oración; de nuestra familia y aun de nuestros mejores amigos, a través de su cariñosa relación y de sus enseñanzas. Los que verdaderamente nos aman, son los que habrán de contribuir benéficamente a nuestro crecimiento espiritual.

Nuestra primera tarea es evolucionista: llegar a ser la clase de persona digna de tener una compañía eterna, y desarrollar la capacidad de carácter necesaria para amar y servirle por siempre y para siempre. En verdad, ser capaz de tomar a alguien en casamiento por la eternidad, requiere una fe religiosa inquebran­table en el propósito y significado de tal convenio.

El segundo paso es igualmente importante y tan desafiante como el primero, aunque más deleitable: encontrar, a través del noviazgo—pero también mediante la oración, el consejo y el estadio—, la persona con quien estaremos dispuestos a enlazar nuestros destinos y a levantar nuestra posteridad. No podemos arries­garnos a contraer enlace con el primer ser que nos enamore. Necesitamos más estudio, investigación, ex­periencia, cultivo de relaciones sociales y de los valores espirituales. Necesitamos también tiempo para estu­diarnos a nosotros mismos y estudiar a aquellos que habrán de estar ligados a nuestra existencia—grado de sabiduría que sólo se consigue por medio de la oración y las experiencias sociales. Puesto que una sola decisión podría tener tanta importancia para la larga vida que nos espera, no debiéramos despreciar irres­ponsablemente nuestras oportunidades ni jugar con nuestra futura felicidad,

La esencia de la oración es receptiva e infinita. Cuando buscamos una solución perfecta para nuestro problema, sólo a la fuente de toda bondad, verdad, sabiduría y justicia podemos recurrir: nuestro Padre Celestial, que desea nuestro perfecto bienestar pero que nos concede la libertad de buscar y escoger por la fe. El Señor está siempre dispuesto a iluminamos con Su inspiración y conocimiento cuando, con sinceri­dad de propósitos y libres de todo prejuicio arbitrario, buscamos Su ayuda.

No existe guía o indicio mejor para un matrimonio feliz, que el que dos personas, luego de una sincera consideración y estudio de las fuentes sociales, de su relación, comprueben que son mutuamente compatibles y deseen casarse por la eternidad. Porque cuando cada uno de ellos puede, en los ámbitos divinos de la oración privada, confirmar su elección, y luego ambos están dispuestos a establecer la promesa de edificar juntos su futuro, la más alta bendición necesaria es sellar su amor y su devoción ante el altar del convenio sempi­terno, bajo las manos del Sagrado Sacerdocio, por tiempo y eternidad.

Tal unión es una fuente natural de niños bendeci­dos con educación, adiestramiento, seguridad, sólida fe religiosa y amor, como fundamentos para sus felices y sanas personalidades. Los hijos nacidos bajo tan selectas circunstancias, estarán henchidos de las diná­micas energías necesarias para el logro de las mejores cosas de la vida y el mayor bienestar de la humanidad. El mundo necesita de la influencia del casamiento en el templo para poder disminuir los efectos causantes del divorcio, la delincuencia, la infidelidad, las enfer­medades y las muertes prematuras. Todos debiéramos trabajar y orar siempre por un creciente número de casamientos y familias bendecidas por este gran recurso unificador.

El carácter de los individuos es determinado por la relación entre padres e hijos. La oración familiar es una de las mejores oportunidades para infundir en los hijos el amor a Dios, la noble aspiración del casa­miento en el templo, el propósito de vivir honestamente, y todos los elementos básicos de la vida religiosa. El ejemplo de los padres habla más elocuente y significa­tivamente que sus propias enseñanzas. No obstante, ambas cosas son necesarias para la edificación de un firme deseo de poder contraer matrimonio por la eterni­dad en el corazón de la juventud, como uno de los más grandes objetivos de la vida.

Los frutos del amor en el hogar vigorizan la significancia de la eterna asociación existente entre la religión y el casamiento—asociación tendiente a estruc­turar la vida familiar más perfecta.

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