El buen Servicio Diario

Liahona Julio 1963

El buen Servicio Diario

Por el presidente David O. McKay

Elogiando a los muchachos que observan las buenas normas de conducta, Sir Robert Baden-Powell, el padre del escultismo mundial, escribió:

«. . . Siendo que no basta simplemente que os defendáis contra los malos hábitos, debéis ser también activos en hacer bien las cosas. Con esto quiero decir que debéis convertiros en algo útil, realizando pequeños actos de bondad hacia otras personas — sean amigos o extraños. Esto no es difícil. La mejor manera de llevarlo a cabo consiste en decidirse a hacer por lo menos un ‘buen servicio’ a alguien cada día, y pronto habréis adoptado el hábito de hacer buenos servicios conti­nuamente.

‘‘No importa cuán pequeño este ‘buen servicio’ pueda ser — aunque sólo se trate de ayudar a una anciana a cruzar la calle o decir una palabra cariñosa a alguien que nadie quiere. Lo principal es hacer algo. . . Debéis comenzar este mismo día y si queréis escribirme para hacerme saber cuál ha sido vuestro primer ‘buen servicio’, será para mí una gran satisfacción.”

Se cree que ésta ha sido la primera mención del “buen servicio diario” en el programa del escultismo; y la transcrip­ción proviene de una caita que el gran líder escribió desde Sud África a los jóvenes en Londres.

En el año de 1924, mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de asistir a la primera conferencia de la Misión Armenia, en Siria. La experiencia del Salvador con la mujer de Samaría junto al Pozo de Jacob, siempre fue una de mis referencias favoritas, y en aquella ocasión yo esperaba que el conductor del automóvil en que viajábamos, pararía en el pueblo de Sicar y que entonces tendríamos el privilegio de visitar aquel histórico lugar. Sin embargo, el hombre nos dijo que no habría tiempo para hacer tal escala.

Por más extraño que pueda parecer, justa­mente al entrar al pueblo de Sicar reventó unas- de las gomas del automóvil. El conductor parecía muy contrariado, pero yo consideré la circuns­tancia casi providencial. Inmediatamente la hermana McKay y yo aprovechamos la oportuni­dad de visitar el Pozo de Jacob.

Cerca del mismo encontramos a un joven nativo que parecía ser el único que podía en­tender el idioma inglés y quien nos dijo que se sentiría muy halagado de ser nuestro guía. Entonces disfrutamos, a continuación, de unos 45 minutos de interesante visita y exploración, cosa que habíamos estado saboreando de ante­mano.

Al regresar al lugar donde se encontraba nuestro automóvil para continuar nuestro viaje, ofrecí al joven una propina; en verdad yo había pensado que su consideración obedecía a la esperanza de recibir alguna recompensa. Pero cual no fue mi sorpresa cuando el mucha­cho, irguiéndose, me dijo: “No, muchas gracias; ha sido un placer señales — yo soy un Boy Scout.”

¡Pensemos en el significado y alcance de tener en todo el mundo a estos muchachos adiestrados para pensar en los demás! ¡Meditemos en el principio sobre el cual esta conducta se basa! “. . . De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40.)

La primera parte del juramento del escultismo, reza: “Por mi honor prometo hacer lo mejor por servir a Dios. . . Algunas veces los jóvenes suelen sentirse descorazonados. Con frecuencia sollozan en silencio porque sienten que sus com­pañeros se alejan de ellos. Es entonces cuando debemos recomendarles que se dirijan a nuestro Padre Celestial en oración.

El mundo sería mucho mejor si todos los jóvenes, padres y también los hombres de negocio siguieran el ejemplo del hombre a quien he de referirme, el cual era superintendente de una fábrica.

Cierto director influyente, llegando cierta mañana temprano a la oficina ele nuestro hombre, dijo a su secretaría: “Quiero ver al superintendente.”

“Lo siento,” respondió ella, “pero él está teniendo una conferencia y pidió no ser perturbado.”

“¿Cómo puede estar en conferencia si no hay nadie en la oficina, salvo él mismo? Es muy importante que le vea inmediatamente.”

“Si usted desea,” respondió la secretaría, “puede vol­ver en quince minutos o dejarle un mensaje; yo le haré saber que usted estuvo aquí, apenas él se desocupe. Pero por el momento no puede ser perturbado.”

El airado director, haciendo a un lado a la secretaría, abrió impulsivamente la puerta de la oficina privada del superintendente. Luego de un ligero vistazo, tan rápidamente como había entrado, volvió a salir y con sem­blante asombrado dijo a la secretaria: “Pero. . . él está allí arrodillado.” Con sencillez, la secretaria le respondió: “Sí, tal como le dije, está teniendo una conferencia.”

“Lo siento, lo siento,” balbuceó el director, “no sabía yo que él era de esta clase de hombre. En efecto, está hablando con alguien mucho más importante que yo. Y habiendo dicho esto, se retiró,

Dios nos bendiga a todos con estas virtudes e ideales, que son parte fundamental del evangelio de Jesucristo.

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El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Liahona Julio 1963

El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Por Marion G. Romney
Del Consejo de los Doc
(Tomado de The Improvement Era)

El presente artículo ha sido tomado de un discurso que el élder Marión G. Romney pronunció en oportunidad de la Con­ferencia General celebrada en abril de 1962, “Liahona” se com­place en publicarlo con motivo de haberse cumplido en junio el mes aniversario de la restauración del Sacerdocio de Melquisedec. (N. del Editor,)

Al meditar acerca de la solemne oportunidad en que José Smith y otros cinco hermanos se reunieron en el hogar de Pedro Whítmer para organizar la Iglesia, no puedo dejar de reconocer la transcendencia del hecho sucedido unos diez meses antes de aquel seis de abril de 1830, cuando José y Oliverio recibieron de Pedro, Santiago y Juan el poder por el cual quedaban autori­zados para iniciar la restauración. Ese poder fue el Sacerdocio de Melquisedec — el poder más grande que haya venido a la tierra en cualquier dispensación,-y que superará y controlará todos los demás poderes des­cubiertos y aún por descubrir por el hombre.

En relación con esta declaración, os aseguro, madres y novias, que cuando recibáis la exaltación por la cual todo verdadero Santo de los Últimos Días honestamente lucha, estaréis de la mano de un poseedor del Sacer­docio de Melquisedec que haya magnificado ese llamamiento. Por consiguiente, todo lo que podáis hacer para alentar en vuestros seres amados el deseo de magnificar su sacerdocio, os será infinitamente recom­pensado.

Tradicionalmente, el pueblo de Dios ha sido conocido como uno de alianza. El evangelio mismo es un nuevo y sempiterno convenio. La posteridad de Abrahán, Isaac y Jacob constituye una raza de alianza. Entramos a la Iglesia por convenio, el cual es establecido por medio del bautismo. El nuevo y sempiterno convenio del matrimonio eterno es la puerta que conduce a la exalta­ción en el reino celestial. Los hombres dignos reciben el Sacerdocio de Melquisedec como un convenio por medio de un juramento.

Un convenio o alianza es un acuerdo establecido entre dos o más partes. Un juramento es un voto de atestación en cuanto a la inviolabilidad de las prome­sas comprendidas en un convenio, En el convenio del sacerdocio, las partes contratantes son el Padre Celes­tial y el recibidor del poder o autoridad de aquel sacerdocio, Cada una de estas partes se hace cargo de ciertas obligaciones específicas, EL recibidor se compromete a magnificar su llamamiento en el sacer­docio. El Padre, por juramento y convenio, promete al recibidor que sí magnífica su sacerdocio será santificado por el Espíritu para la renovación de su cuerpo; (véase Doc. y Con. 84:33), a fin de que llegue a ser miembro de “. . . la Iglesia y el reino, y elegido de Dios,” (Ibid 84:34) y recibir “el reino del Padre [y] por tanto,” dice el Salvador, “todo lo que mi Padre tiene le será dado.” (Ibid84:38.)

De éstos — es decir, de los que reciben el Sacerdocio y lo magnifican — se ha dicho:

Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas
Son sacerdotes y reyes, quienes han recibido de su plenitud y de su gloria,
Y son sacerdotes del Altísimo} según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Hijo Unigénito.
De modo que, como está escrito, ellos son dioses, aun los hijos de Dios(Ibid., 76:55-58.)…

El Padre ha prometida estas transcendentes bendi­ciones al recibidor del Sacerdocio de Melquisedec por medio de un juramento y convenio “que no se puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.” (Ibid 84:40.) Estas bendiciones, como podemos comprender, no se reciben por la simple ordenación. La ordenación al sacerdocio es un requisito previo a la recepción de estas bendiciones, pero en sí no las garantiza. Para que un hombre pueda obtenerlas, debe primeramente cum­plir con fidelidad cada una de las obligaciones per­tinentes al propio sacerdocio — es decir, tiene que magnificar su llamamiento.

Más, ¿qué significa magnificar nuestro llamamiento?

En/oportunidad de haber sido revelado el “juramento y convenio”, el Señor, hablando a los poseedores del sacerdocio que se habían congregado, dijo: “. . . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio que habéis redhibo! El cual ahora os confirmo, por mí propia voz desde los cielos, a vosotros los que estáis presentes en este día; y aun a las huestes celestiales y a mis ángeles he mandado que os cuiden,” (Ibid, 84:42.) ¿No es acaso impresionante pensar que el Señor ha dis­puesto que Sus ángeles y huestes celestiales tengan incumbencia en las actividades de aquellos que reciben el sacerdocio?

En la misma ocasión, dirigiéndose especialmente a los élderes, continuó: “Y ahora os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.

«Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.” (Ibid., 84:43-44,) Es cuando con esto cumple que el poseedor del sacerdocio puede recibir las bendiciones y recompensas ofrecidas por el Padre Celes­tial en “el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.”

El estado de aquellos que descuidan o faltan a sus obligaciones en el sacerdocio, es definido en esta forma por el Señor: “. . . El que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare toralmente, no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo ni en el venidero.” (Ibid., 84:41.)

Considerando tal penalidad por la violación del convenio, uno debe meditar bien antes de aceptar las obligaciones del mismo; sin embargo, no debemos dejar de considerar las palabras previas del Señor: “. .  . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio. . . !” (Ibid., 84:42; cursiva agregada.)

Tal es la seria importancia del “juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio,” Podemos encontrar una interesante explicación al respecto en la sección 84 de las Doctrinas y Convenios, comenzando con el versículo 33.

A juzgar por este revelación, es aparente que para que un hombre pueda progresar cabalmente hacia la vida eterna, propósito para el cual la mortalidad ha sido dispuesta, consiste en obtener y magnificar el Sacerdocio de Melquisedec. Siendo nuestro propósito “. . .la vida eterna,… el máximo de todos los dones de Dios” (Ibid. 14:7), es de incalculable importancia que comprendamos lo que la magnificación de nuestros llamamientos en el sacerdocio requiere de nosotros:

1.- Que obtengamos un conocimiento del evangelio.
2.- Que vivamos en armonía con las normas del evan­gelio.
3.- Que sirvamos con dedicación.

En cuanto a la importancia de un conocimiento del evangelio, el profeta José Smith dijo que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia.” (Ibid., 131:6.) Que al decir esto él tenía en mente la ignorancia en cuanto a las verdades del evangelio, se desprende a raíz de otra ocasión en la que dijo: “El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiere conocimiento, porque si no obtiene conocimiento, algún poder maligno lo dominará en el otro mundo; porque los espíritus malos tendrán más conocimiento, y por consiguiente, más poder que muchos de los hombres que se hallan en el mundo. De modo que se precisa la revelación para que nos ayude y nos dé conocimiento de las cosas de Dios”. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 264.)

No existe otro conocimiento que no sea el de las cosas de Dios, que pueda salvarnos. En los primeros días de la Iglesia en esta dispensación, el Señor declaró a los hermanos: “. . . Debéis crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad.” (Doc. y Con. 50:40.)

En la revelación dada al presidente Brigham Young en Winter Quarters, en enero de 1847, el Señor dijo: “Aprenda sabiduría el ignorante, humillándose y supli­cando al señor su Dios, a fin de que sean abiertos sus ojos para que vea, y sean destapados sus oídos para que oiga.

“Porque se envía mi Espíritu al mundo para iluminar a los humildes y a los contritos, v para condenar a los impíos,” (Ibid., 136:32-33.)

Catorce años antes el Todopoderoso había aconse­jado a los hermanos: “. . . Os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.
“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os atenderá, para que seáis más perfectamente instruidos, en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os es conveniente comprender;… (Ibid., 88:76-78.)

Una de las mejores maneras de aprender el evan­gelio consiste en escudriñar las Escrituras. Nuestro propósito en exhortar a los poseedores del sacerdocio a que lean el Libro de Mormón, ha sido para que quedan aprender más acerca del evangelio. No podemos estudiar honestamente el Libro de Mormón sin aprender las verdades del plan de Dios, puesto que contiene.  . . la plenitud del evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos;. . .” (Ibid., 20:9). Tan impresio­nado quedó el profeta José Smith con esta revelación, que algo después dijo a los hermanos del sacerdocio que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234.)

Pero aprender el evangelio leyendo libros, no es suficiente. A fin de que podamos magnificar nuestro llamamiento en el sacerdocio, debemos vivir el evan­gelio. En realidad, el obtener un conocimiento del evangelio es un proceso gradual. Aprendemos un poco, y entonces obedecemos lo que aprendemos; apren­demos algo más, y obedecemos esto; y eventualmente, la proyección de este ciclo va constituyendo el progreso eterno.

Juan el Amado nos dice que este fue el modo en que Jesús llegó a la plenitud:

Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, más recibía gracia por gracia;

Y no recibió de la plenitud al principio, más progresó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud. (Doc. y Con. 93:12-13.)

Jesús prescribió el mismo proceso con las siguientes palabras: “. . . Si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud, y seréis glorificados en mí, como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia por gracia.” (Ibid., 93:20.)

Algo más adelante, en la misma Escritura leemos: “Y ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde sus mandamientos.
“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas.” (Ibid., 93:27-28.)

Al leer estas cosas, ¡cómo no ha de llenarse nuestro corazón de gozo!

Jesús declaró que los mandamientos que debemos guardar están contenidos en las Escrituras; y agregó: “Si me amas, me servirás, y guardarás todos mis man­damientos.” (Ibid., 42:29.) Y también, “. . . A quien guardare mis mandamientos, revelaré los misterios de mi reino, y serán en él un manantial de aguas vivas, brotando a vida eterna.” (Ibid., 63:23.)

Muchos de los mandamientos relacionados con nuestra conducta personal, se encuentran en la Sección 42 de las Doctrinas y Convenios, la cual, según el Profeta lo especificó, “contiene la ley de la Iglesia.” Todo poseedor del sacerdocio debe estar familiarizado con esta revelación, como así también con las Secciones 59 y 88 — de esta última, particularmente los versículos 117 a 126. En verdad, un poseedor del sacerdocio que seriamente intente magnificar su llamamiento para merecer las bendiciones del “convenio que pertenece al sacerdocio”, debe estar al corriente de todas las instrucciones dadas para guiarnos en nuestra conducta personal — tanto las que están registradas en las Es­crituras como las que son dadas eventualmente por medio de los profetas vivientes. Difícilmente podemos “estar firmes contra las asechanzas del diablo,” vis­tiéndonos con “la armadura de Dios” (Véase Efesios 6:11), a menos que sepamos qué es esta armadura.

No obstante, los mandamientos no se aplican sola­mente a la conducta personal del individuo. Los mismos colocan sobre todo poseedor del sacerdocio la esti­mulante responsabilidad de rendir servicio — el servicio de predicar el evangelio restaurado, con todas las ben­diciones del sacerdocio — a los pueblos de la tierra; el servicio de consolar, fortalecer y perfeccionar las vidas de sus semejantes y todos los Santos de Dios.

De cierto os digo, los hombres deberían estar an­helosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad, y efectuando mucha Justicia;
Porque el poder está en ellos. . . . (Doc. y Con. 58:27-28.)

Es de esta manera que magnificaremos nuestros llamamientos, y obtendremos las recompensas prome­tidas por el Señor en el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.

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Escudriñad las Escrituras

Liahona Julio 1963

Escudriñad las Escrituras

Por Belle S. Spafford
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Discurso pronunciado por la hermana Spafford en la Sesión General de la Conferencia Anual de la Sociedad de Socorro, realizada en el Tabernáculo de la Manzana del Templo el 3 de octubre de 1962. (N. del Editor)

Durante las diferentes sesiones de estas confe­rencias, como así también en casi todas las re­uniones de la Iglesia, frecuentemente se hace referencia a la palabra del Señor, tal como se encuentra registrada en las Sagradas Escrituras. La Iglesia tiene cuatro vo­lúmenes de Escrituras, considerados como “Libros Canónicos”:

(1) La Biblia, conteniendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, traducida de los idiomas originales.

(2) El Libro de Mormón, el cual es un compendio de los anales de pueblos que antiguamente vivieron en el continente americano. Este libro, de acuerdo a su prefacio, intenta “mostrar al resto de la casa de Israel cuán grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres… y también para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios” Este volumen de Escrituras tiene un lugar de privilegio al lado de la Biblia, como una guía espiritual para la humanidad. El profeta Ezequiel declaró una significativa profecía con relación a ambos compendios, los cuales habrían de ser uno en las manos del Señor en los últimos días:

Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus com­pañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tus manos. (Ezequiel 37:15-17.)

(3) Otro tomo es el de las Doctrinas y Convenios, que contiene las revelaciones dadas al profeta José Smith, con algunos agregados de sus sucesores en la Presidencia de la Iglesia.

(4)  Un cuarto volumen, el de la Perla de Gran Precio, contiene las visiones de Moisés, tal como fueron reveladas a José Smith, y la traducción de algunos regis­tros antiguos — los escritos de Abrahán durante su per­manencia en Egipto — que llegaron a las manos del Profeta.

Sin embargo, éstas no son las únicas Escrituras. No todas las Escrituras son encontradas en los libros canónicos. Nosotros creemos en la revelación continua y que aquellas enseñanzas que recibimos de nuestros Profetas modernos,

. . . cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para la salvación. (Doc. y Con. 68:4.)

¿Cuán frecuentemente meditamos, como individuos, sobre la importancia y significado que estas Sagradas Escrituras tienen en nuestras vidas? Muchas veces pienso cómo seríamos si estos volúmenes estuvieran sellados. La pérdida de bendiciones sería incalculable.

El Señor hizo notar a Nefi lo que significaba poseer los sagrados registros de los judíos que estaban en manos de Labán. Cuando habiéndosele indicado a Lehi y su familia que debían procurar estos anales y Lamán trató de obtenerlos, Labán se enfadó sobremanera ex­pulsándolo de su presencia. Entonces, por expreso man­damiento del Señor, Nefi intentó conseguir los anales. A fin de que pudiera lograrlo, el Señor puso a Labán en manos de Nefi, indicando a éste que era necesario que le matara para evitar que Sus propósitos fracasaran. Nefi jamás había, hasta entonces, derramado sangre humana y por tanto se estremeció. Entonces el Espíritu del Señor le dijo:

. . Vale más que muera un hombre, que dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad, (1 Nefi 4:13.)

Nefi recordó entonces las palabras que el Señor le había dicho estando en el desierto:

,. . En tanto que tus descendientes guarden mis man­damientos, prosperarán en la tierra de promisión. Sí, y también consideré que no podrían guardar los man­damientos del Señor según la ley de Moisés, a menos que la tuvieran,

Y además, sabía que esta ley se hallaba grabada sobre las planchas de bronce. (Ibid., 4:14-16.)

Por consiguiente, Nefi obedeció la voz del Espíritu y obtuvo los anales para su pueblo.

No todas las personas han tenido la fortuna de poseer copias de las Escrituras para su uso individual. Hubo un tiempo en que la gente tenía que depender de las enseñanzas provenientes de sus escribas y sacerdotes. En la actualidad, somos abundantemente bendecidos de poder, sí queremos, poseer estos valiosos volúmenes que contienen la voluntad de Dios para Sus hijos, el divino plan de la vida eterna, el evangelio de Jesucristo — que es poder de Dios para salvación. Pode­mos disponer de ellos en nuestros hogares y leer las enseñanzas y mandamientos del Señor, estudiarlos y aplicarlos en nuestra propias vidas y circunstancias. Seguir leyendo

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“No temáis”

Liahona, Octubre 2002

“No temáis”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cuando pensamos en el profeta José Smith, nos damos cuenta de que fue un hombre que poseía muchos atributos extraordinarios. Ciertamente, el valor era uno de esos atributos. Aun a la tierna edad de siete años, no permitió que el temor influyera en sus decisiones. Contrajo un tifus que degeneró en una llaga supurante que se le alojó en la pierna izquierda. Para salvarle la pierna, los médicos realizaron una incisión profunda y le extirparon varios fragmentos del hueso afectado. Por aquel entonces no había anestesia, pero ya despuntaban los brotes de la grandeza mientras el joven José soportaba esa dolorosísima operación, con tan sólo el consuelo que recibía mientras su padre lo sostenía entre sus brazos.

Miedo Al Dolor

Puedo entender la experiencia del profeta José porque me sucedió algo parecido. Cuando era niño, me gustaba mucho caminar por los campos y los prados, y nadar en los arroyos y en los estanques. Mi padre me enseñó a cazar y a pescar. Un verano, mi familia se fue de excursión a Wanship, Utah. Acampamos en unas tiendas entre los árboles que crecían en las orillas del río. Nos acompañaban otras familias, amigos de nuestros padres, las que acamparon cerca de nosotros. Una tarde, unos de mis jóvenes amigos y yo nos fuimos a cazar alimañas, a las que se consideraba una plaga, pues se comían los brotes que servían de pasto para las ovejas. Teníamos rifles del calibre 22 y yo recibí un disparo accidental en la pierna, por encima de la rodilla, casi a bocajarro. Cuando la bala me atravesó la pierna, sentí como si un atizador al rojo vivo me atravesara la carne. A continuación sentí la sangre cálida manar del agujero en la pierna, por donde había pasado la bala. Llamé a mi padre para mostrarle lo sucedido, y tanto él como otros hombres me administraron los primeros auxilios para detener la hemorragia, y luego me metieron en nuestro auto para llevarme al médico más cercano, que estaba en Coalville.

Luego de depositarme sobre la mesa de operaciones y examinar la herida con detenimiento, el médico decidió que lo primero que debía hacer era esterilizar el agujero que la bala había causado en la pierna. Cuando vi cómo iba a hacerlo, tuve miedo de dos cosas: tuve miedo del dolor y también de echarme a llorar. No quería llorar porque deseaba que mi padre supiera que ya no era un niño. En mi corazón, ofrecí una oración para que mi Padre Celestial me ayudara a no llorar, sin importar lo mucho que me doliera aquello.

El médico tomó una varilla como las que se usan para limpiar los cañones de las armas. En el extremo de la varilla había un hueco al que sujetó una gasa que impregnó de solución esterilizante. Entonces tomó la varilla y la pasó por el agujero de la pierna. Cuando salió del otro extremo, cambió la gasa, puso más antiséptico y la extrajo nuevamente por el agujero, operación que repitió tres o cuatro veces más. Dolía bastante, especialmente cuando pasaba cerca del hueso, pero mi padre me tomó de la mano y yo apretaba los dientes y cerraba los ojos, mientras intentaba mantenerme inmóvil. Mi Padre Celestial había escuchado mi callada oración, pues parecía no dolerme tanto como yo me había esperado, y no lloré. La herida sanó rápidamente y por completo; la pierna no volvió a molestarme jamás, ni siquiera cuando hacía deporte en la secundaria y en la universidad. Desde entonces he desarrollado cierta empatía hacia el profeta José, pues sabía que también él había padecido una terrible herida en la pierna, que ésta se había curado y que más tarde se le describió como un hombre fuerte y sano.

El Temor No Tiene Por Qué Dominarnos

Aunque desde entonces he tenido problemas y dificultades en la vida, he intentado hacerles frente de la mejor manera posible, confiando más en la ayuda de nuestro Padre Celestial que en el consuelo de las lágrimas. Aprendí la lección que dice que, si no permitimos que la pena y el dolor nos paralicen con un estupor de inactividad, las cargas de la vida no parecen ser tan grandes. Como hijos de nuestro Padre Celestial, debemos aprender a ser felices, a confiar en Él y a no tener miedo.

Los Estados Unidos de América y muchos otros países han caído en un estado de temor a causa de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto no es nada nuevo en la historia del mundo. En la historia de los nefitas, el terror y el asesinato desempeñaban un papel fundamental en la estrategia de los ladrones de Gadiantón. El terror desencadenado en este nuevo milenio ha sido hábilmente ideado para asustarnos, pero el temor no tiene por qué dominarnos. La consiguiente amenaza del ántrax se contempla como un daño de carácter más psicológico, pues es menos obvio que el choque de un avión. Sin embargo, hacemos frente a riesgos mucho más comunes, como las infecciones bacteriológicas, que se suceden a diario. Tenemos una mayor disposición para aceptar riesgos con los que estamos familiarizados, como manejar un auto o incluso cruzar la calle.

Satanás es nuestro mayor enemigo y trabaja noche y día para destruirnos. Sin embargo, el temor al poder de Satanás no tiene por qué paralizarnos, puesto que no puede tener poder sobre nosotros a menos que se lo permitamos. En realidad él es un cobarde y si nos mantenemos firmes, se retirará.

En la obra clásica infantil El jardín secreto, la escritora Frances Hodgson Burnett relata la historia de una huérfana, Mary Lennox, que es llevada a la casa de su tío, donde conoce a su primo, Colin, que lleva una vida de reclusión. Aunque no le sucede nada malo, le paraliza el temor de convertirse en un jorobado si sigue viviendo y se ha convencido de que morirá pronto.

Mary Lennox es una niña solitaria que ha decidido no tener interés por nada. Un día, mientras camina por la hacienda de su tío, tropieza con la llave para entrar a un jardín circundado por un muro elevado. Una vez que entra en el jardín, tiene lugar una transformación. Al trabajar por devolver al jardín su esplendor pasado, ella experimenta un rejuvenecimiento de ánimo. Se persuade a Colin para que abandone su sombrío cuarto y vaya al jardín, y la autora escribe este comentario:

“Mientras Colin se encerraba en su cuarto y pensaba sólo en sus temores y debilidades, en cuánto detestaba a la gente que le miraba, y reflexionaba a cada hora en jorobas y en una muerte temprana, se convertía en un pequeño hipocondríaco histérico y medio loco que no sabía nada de la luz del sol ni de la primavera, y que tampoco sabía que podía curarse y ponerse de pie si tan sólo lo intentaba. Cuando los pensamientos nuevos y hermosos comenzaron a reemplazar a los espantosos anteriores, empezó a gozar de la vida, la sangre manó saludablemente por entre sus venas y la fortaleza se derramó sobre él como un diluvio… Pueden acontecerle cosas mucho más sorprendentes a cualquiera que, teniendo un pensamiento desagradable o desanimado, tenga la sensatez de recordar a tiempo el poder expulsarlo y sustituirlo por uno agradable y valeroso. No puede haber dos cosas en un mismo lugar.

“‘Donde se plantan rosas, querido amigo,
no crecen cardos’” 1 .

Nuestro Padre Celestial Nos Consolará

Recordemos que el Señor ha dicho: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” para el Padre. “Así que, no temáis” (Mateo 10:30–31). Él nos conoce, nos ama y conoce nuestras necesidades; nos consolará si tan sólo confiamos en Él, en Su bondad y sabiduría.

Hay muchas cosas que no podemos cambiar. Todos tenemos dificultades y padecemos decepciones, pero éstas se convierten con frecuencia en oportunidades. El Señor puede medir nuestra fortaleza según cómo resolvamos las dificultades que surjan en la vida. Él dijo al profeta José Smith: “…entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

En ocasiones el Señor permite que tengamos pruebas a fin de que nos transformemos en siervos productivos. En nuestro afán por tener éxito, a menudo no nos damos cuenta de que el Señor está intentando alejarnos del falso orgullo y de la vana ambición para poder instruirnos en el discipulado. Su ojo que todo lo ve está sobre nosotros y siempre nos observa, ya que Él es nuestro Padre Celestial Eterno. Cuando vengan las pruebas —y de seguro que todos tendremos pruebas durante nuestra vida terrenal— no nos hundamos en el abismo de la auto conmiseración, sino recordemos quién está al timón; recordemos que Él está ahí para guiarnos por entre las tormentas de la vida.

No Permitamos Que el Temor Influya En Nuestras Decisiones

Se cuenta la historia de un barco que pasaba por dificultades durante una fuerte tormenta cerca de las costas de Holanda:

“Partieron varios hombres en un bote de remos para rescatar a la tripulación de la barca pesquera. Las olas eran enormes y cada uno de esos hombres tenía que hacer un tremendo esfuerzo con los remos a fin de llegar hasta los desafortunados marineros en medio de la oscuridad de la noche y la furia de los elementos.

“Finalmente llegaron hasta ellos, pero resultó que el bote era demasiado pequeño para acomodar a todos los náufragos y, debido a que simplemente no había lugar para él, uno de los hombres tuvo que quedarse a bordo de la barca pesquera; de otro modo habría sido demasiado grande el riesgo de hundirse en el mar. Cuando los salvadores llegaron a la playa, había muchas personas esperando ansiosas con antorchas para alumbrar la negra noche. Los mismos hombres no podían regresar a buscar al náufrago, pues se encontraban exhaustos por haber luchado contra los vientos violentos, las olas y la lluvia arrolladora.

“Entonces, el capitán de guardacostas pidió voluntarios para hacer un segundo viaje; entre los que dieron un paso al frente sin vacilar había un joven de diecinueve años llamado Hans; éste, vestido con ropas impermeables, estaba allí acompañado por su madre, viendo las operaciones de rescate.

“Cuando el joven se adelantó, la madre, aterrada, le rogó: ‘Hans, te lo suplico, no vayas. Tu padre murió en el mar cuando tenías cuatro años y tu hermano mayor Pete lleva más de tres meses desaparecido. ¡Eres el único hijo que me queda!’

“Pero Hans le respondió: ‘Madre, siento que debo hacerlo. Es mi deber’. Su madre se echó a llorar y cuando Hans subió al bote, tomó los remos y desapareció en la noche; ella, inquieta, empezó a caminar de arriba para abajo en la playa.

“Tras una ardua lucha con aquella mar embravecida, una lucha que duró más de una hora (que para la afligida madre de Hans debe de haber sido como una eternidad), el bote apareció ante la vista. Cuando los rescatadores llegaron lo bastante cerca de la playa para escucharlo, el capitán de guardacostas hizo bocina con las manos y preguntó, gritando con todas sus fuerzas para hacerse oír a través de la tormenta: ‘¿Lo salvaron?’.

“La gente que iluminaba el mar con sus antorchas vio a Hans levantarse de su asiento de remero y gritar con todas sus fuerzas: ‘¡Sí! ¡Y dígale a mi madre que es mi hermano Pete!’” 2 .

En otra ocasión, en otro mar, los Apóstoles de la antigüedad estaban en una barca “azotada por las olas; porque el viento era contrario.

“Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

“Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.

“Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (Mateo 14:24–27).

No permitamos que el temor influya en nuestras decisiones y recordemos siempre ser de buen ánimo, depositar nuestra fe en Dios y vivir dignos de Su dirección. Cada uno de nosotros tiene derecho a recibir inspiración personal para guiarnos a lo largo de nuestro período de prueba aquí en la tierra. Ruego que vivamos así, para que nuestro corazón esté siempre receptivo en todo momento a los susurros y al consuelo del Espíritu.

Notas

1. The Secret Garden (1987), págs. 338–339.
2. Jacob de Jager, “¿A quién salvaremos?”, Liahona, febrero de 1977, pág. 24.

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Cocodrilos espirituales

Liahona, Octubre 2002

Cocodrilos espirituales

por el presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Siempre he tenido interés en los animales y en los pájaros. Cuando aprendí a leer, buscaba libros sobre éstos y llegué a saber mucho en cuanto al tema. De adolescente podía nombrar a casi todos los animales africanos y podía distinguir un antílope de un impala, o una gacela de un ñu.

Siempre había querido ir a África y ver los animales de cerca y, por fin, un día se me presentó la oportunidad. A la hermana Packer y a mí se nos asignó viajar por Sudáfrica. Teníamos un horario muy agotador y habíamos dedicado ocho capillas en siete días.

El presidente de la misión fue poco explícito acerca del programa para el 10 de septiembre, que es el día de mi cumpleaños. Yo pensaba que regresaríamos a Johannesburgo, Sudáfrica, pero él tenía otros planes. “A algo de distancia hay un parque zoológico”, explicó; “he alquilado un auto y mañana, para festejar su cumpleaños, lo recorreremos para ver de cerca los animales africanos”.

Debo aclarar que en esos parques zoológicos de África la situación es diferente: allí las personas son quienes están en “jaulas”, y a los animales los dejan sueltos en completa libertad. Para ello, los visitantes llegan ya avanzada la tarde a unos refugios donde pasan la noche, protegidos por altas verjas. Después del amanecer se les permite salir en auto a recorrer el parque, pero está prohibido bajarse del vehículo.

La cena se retrasó un poco y, por lo tanto, hacía buen rato que había oscurecido cuando nos pusimos en camino para dirigirnos a nuestra aislada cabaña. Habíamos recorrido una distancia relativamente corta por la angosta senda, cuando el motor dejó de funcionar. Encontramos una linterna en el auto y me bajé por un momento para ver si podía darme cuenta de lo que tenía. Al bajarme, la luz de la linterna iluminó el suelo, ¡y lo primero que vi fueron las inconfundibles huellas de un león!

De vuelta en el auto, nos dimos por satisfechos con pasar la noche allí. Afortunadamente, fuimos rescatados por el conductor de un camión de combustible que había salido tarde del refugio porque había tenido un problema.

A la mañana siguiente nos llevaron de regreso al refugio. No teníamos automóvil y no podíamos disponer de otro sino hasta esa tarde. Nuestro día en el parque se había quedado en nada, y yo le dije adiós al sueño de toda mi vida.

Me puse a hablar con un joven guarda del parque y él se sorprendió mucho al ver que yo conocía y distinguía muchas de las aves africanas, y se ofreció a ayudarnos. “Estamos edificando un nuevo punto de observación cerca de una charca. Queda a unos 32 km del refugio”, dijo. “Aunque todavía no está terminado, es un lugar seguro. Les llevaré hasta allá con el almuerzo. Desde allí podrán ver muchos animales más que si hubieran recorrido el parque en auto”.

Mientras nos dirigíamos al lugar, se ofreció a mostrarnos algunos leones. Manejó por entre la maleza y rápidamente localizó un grupo de diecisiete leones dormidos y pasamos por entre ellos.

En el camino, nos detuvimos también en las cercanías de una charca para observar a los animales que iban a beber. Había habido una gran sequía y el agua escaseaba por todos lados; realmente lo único que se veía eran barrizales. Cuando los pesados elefantes caminaban sobre aquel fango, el agua se filtraba a través de la depresión que sus patas dejaban en el terreno, y allí bebían los animales.

Los antílopes, en particular, se ponían muy nerviosos al acercarse a los pequeños charcos; lo hacían cautelosamente y después, sin razón aparente, salían corriendo asustados sin haber bebido. Miré alrededor para ver si había algún león o tigre en las inmediaciones, pero no vi nada. Entonces le pregunté a nuestro guía por qué no bebían. Su respuesta encerró toda una lección para mí: “Los cocodrilos”.

Pensé que estaría bromeando, así que repetí la pregunta con seriedad. “¿Cuál es el problema?” “Los cocodrilos”, volvió a decirme.

“No puede ser”, le repliqué. “Cualquiera puede ver que no hay cocodrilos ahí”.

Pensé que estaba divirtiéndose a costa de un extranjero a quien consideraba inexperto. Por fin, le supliqué que nos dijera la verdad. Quisiera recordarles que yo estaba bastante bien informado, pues había leído muchos libros. Además, cualquiera puede darse cuenta de que es imposible que un cocodrilo se esconda en la huella que deja un elefante en el barro.

El joven se dio perfecta cuenta de que yo no le creía y supongo que decidió darme una lección. Para ello dirigió el vehículo hacia un alto terraplén desde donde se podía ver toda la charca. “Allí los tiene”, me dijo. “Véalos usted mismo”.

No podía ver nada más que el lodo, las porciones de agua empozada y, en la distancia, los animales asustados ¡Pero de pronto, lo vi! Era un enorme cocodrilo, acechando desde el lodo que lo cubría casi totalmente, en espera de algún incauto animal que, vencido por la sed, bajara a beber.

¡Y de repente, creí! Cuando el guarda vio que estaba dispuesto a escuchar, prosiguió con la lección. “No sólo hay cocodrilos en los ríos, sino que están por todo el parque y especialmente cerca de los depósitos de agua. ¡Más vale que lo crea!”.

La verdad es que fue más bondadoso conmigo de lo que yo merecía, por mi incredulidad. Mi actitud de “sabelotodo” ante su primera advertencia sobre los “cocodrilos” podría haber traído aparejada una invitación suya de que me acercara para salir de dudas.

Me parecía tan claro que no podía haber ningún cocodrilo escondido allí y me sentía tan seguro de mí, que probablemente me hubiera acercado sin temor. Mi arrogancia me hubiera costado la vida. Pero el guía fue lo suficientemente paciente como para enseñarme.

Espero que al hablar con sus guías sean más sabios de lo que yo fui en aquella ocasión. La presumida idea que tenía sobre mis conocimientos no era digna de mí, ni tampoco lo sería de ninguno de ustedes. No me siento orgulloso de ello y me daría vergüenza contarlo si no fuera porque creo que puede servirles de ayuda.

Aquellos que los han precedido en la vida han inspeccionado las “charcas” y elevan su voz de advertencia para prevenirles contra los “cocodrilos”; no los grandes reptiles que pueden devorarlos en un abrir y cerrar de ojos, sino los cocodrilos espirituales, que son infinitamente más peligrosos, por ser aún más engañosos y menos visibles que los que se esconden al acecho en las charcas de África.

Esos cocodrilos espirituales pueden matar o mutilar su alma y destruir su paz mental y la de aquellos que les aman. Ésos son los “reptiles” contra los cuales es necesario que estén prevenidos, porque difícilmente encontrarán un lugar en el mundo que no esté infestado de ellos.

En otro viaje que hice a África comenté esta experiencia a un guarda de otro parque y me confirmó que en la huella de un elefante puede esconderse un cocodrilo de tamaño suficiente como para partir a un hombre en dos.

Me mostró el lugar donde ocurrió una tragedia. Un joven de Inglaterra se encontraba trabajando en el hotel durante la temporada de verano. A pesar de las repetidas y constantes advertencias que le habían hecho, un día saltó la verja protectora y se dirigió hacia un charco cuya agua no alcanzaba a cubrir los zapatos.

“No se había internado ni dos pasos cuando lo atacó un cocodrilo”, me dijo el guarda. “No pudimos hacer nada para salvarle”.

Aceptar guía y consejo de otras personas parecería ir en contra de nuestra naturaleza humana, especialmente en la época de la juventud. Sin embargo, no obstante la convicción que podamos tener de lo mucho que sabemos, o el deseo que sintamos de hacer algo, hay veces en que nuestra existencia misma depende de la atención que pongamos a nuestros guías.

Es terrible pensar en lo que le sucedió al joven que fue devorado por el cocodrilo. Pero eso no es lo más terrible que le puede suceder a una persona. Hay peligros morales y espirituales mucho más aterradores que la idea de ser devorado por un monstruoso reptil.

Afortunadamente, contamos con suficientes guías para evitar que estas cosas nos sucedan, si estamos dispuestos a oír su voz de advertencia. Si prestan atención al consejo de sus padres, sus líderes y sus maestros mientras son jóvenes, aprenderán también a seguir al guía más seguro e infalible de todos: los susurros del Espíritu Santo. Y a eso se le llama revelación personal. Hay medios por los cuales recibimos un aviso sobre los peligros espirituales. De igual modo que ese guía me previno contra los cocodrilos, ustedes pueden percibir las señales de advertencia contra los cocodrilos espirituales que acechan.

Afortunadamente, contamos con primeros auxilios espirituales para aquellos que hayan recibido esos “mordiscos”. El obispo del barrio es el encargado de administrarlos y él también cuenta con el poder de curar a aquellos que hayan sido moralmente mutilados por esos enemigos, curarlos hasta el punto de que sean completamente sanados.

La experiencia que tuve en África fue para mí otra señal de que debo seguir al Guía, y lo sigo porque así lo deseo. Testifico que Él vive, que Jesús es el Cristo. Y sé que Él tiene un cuerpo de carne y huesos, que dirige Su Iglesia y que Su propósito es conducirnos sanos y salvos de regreso a Su presencia.

Adaptado de un discurso pronunciado en la conferencia general de abril de 1976.

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Jeremías: Como el barro del alfarero

Liahona, Octubre 2002

Jeremías: Como el barro del alfarero

por el élder Jean A. Tefan
Setenta Autoridad de Área

La forma en que tiernamente el Señor dio forma a la vida del profeta Jeremías nos recuerda que también puede dar forma a la nuestra.

Su nombre significa “Jehová exaltará” y fue intrépido en su servicio al Señor; a pesar de ello, en su alma el profeta Jeremías padeció mucha angustia.

En algún momento de la primera parte del ministerio de más de cuarenta años de Jeremías en Jerusalén, el Señor le mandó visitar la casa de un alfarero (véase Jeremías 18:1–2). Allí observó cómo éste trabajaba, haciendo girar una rueda con el pie mientras con las manos daba forma a un pedazo de barro húmedo situado en una rueda elevada. La alfarería es una de las actividades más antiguas de la civilización. Jeremías observaba mientras el alfarero descubrió una imperfección en la vasija que estaba haciendo. Le llamó la atención que el alfarero deshiciera la vasija y volviera a empezar a darle forma (véase Jeremías 18:3–4). Entonces, el Señor hizo una pregunta retórica: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?” (Jeremías 18:6). La pregunta también podría haber ido dirigida al profeta.

Él fue el profeta que presenció algunos de los días más tenebrosos de la iniquidad de Israel, pero a pesar de ello reconoció las manos habilidosas del Maestro alfarero, que moldeó su carácter y lo convirtió en una hermosa obra de arte. Los hechos de su vida nos recuerdan la necesidad de depositar toda nuestra vida, sin importar lo difícil que pueda ser, en las manos amorosas del Señor.

Su Llamamiento a Servir

Jeremías nació en la ciudad de Anatot, a unos cinco kilómetros al nordeste de Jerusalén. Su padre, Hilcías, era “de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín” (Jeremías 1:1). Siendo joven, el Señor lo llamó a ser Su profeta: “…a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande” (Jeremías 1:7). Al principio se resistió a la confianza que el Señor había depositado en él: “…no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6), pero el Señor era consciente de su potencial: “Antes que te formase en el vientre te conocí… te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

De igual modo, el Señor nos conoce a cada uno y nos ha escogido para venir a la vida terrenal en el tiempo y el lugar más adecuado para nosotros, y nos moldea a través de los llamamientos para servir en el hogar o en la Iglesia. Mi esposa y yo aumentamos nuestro aprecio por este principio cuando se nos llamó a presidir la Misión Fidji Suva. No hablábamos inglés con fluidez y mi esposa estaba particularmente desanimada. Al ser apartada, ella recibió una bendición especial referente a este don; estudiaba mucho y practicaba inglés en casa y con los misioneros. Pronto pudo dirigirse en inglés a los misioneros en las conferencias de zona en Fidji, Vanuatu y Kiribati; por otro lado, enseñó francés a los misioneros que servían en Nueva Caledonia. Ella tenía la impresión de que el Señor la había llamado a servir a la gente de ambas lenguas, así que necesitaba hablarlas. Esa experiencia la ha moldeado y bendecido a ella, a nuestra familia y a la gente a la que ha tenido la oportunidad de enseñar, aun cuando su inglés tenga un ligero acento francés.

Su Moldeamiento

Un factor principal del moldeado de la vida de Jeremías fue su flexibilidad, es decir, su disposición para someterse a los mandamientos de Dios, para ser flexible al escoger libre y repetidamente hacer la voluntad de Dios en vez de la suya. La humildad, la obediencia, la fe y el ser libres del orgullo son cualidades del carácter que fomentan la cualidad de ser moldeable. El Maestro alfarero probó con frecuencia la disposición que Jeremías tenía para ser obediente.

En una ocasión, el Señor le mandó a Jeremías que comprara una vasija de barro, que la rompiera delante de los líderes del pueblo y que luego profetizara con audacia: “…Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro, que no se puede restaurar más” (Jeremías 19:11; véase 19:1–15). Para cumplir con esta asignación de hacer una denuncia tan osada de los líderes gubernamentales, Jeremías tuvo que obedecer con valentía y poner a un lado cualquier interés en su propia seguridad.

Entonces la palabra del Señor vino a Jeremías para convertirse él mismo en una lección. Se le mandó que tomara un listón y unas correas para hacerse un yugo y ponérselo al cuello en presencia del rey Sedequías y del cuerpo diplomático de Jerusalén. ¡Qué espectáculo tan extraño debió haber sido Jeremías ante esos hombres de gran influencia y poder! Jeremías les dijo que si no se inclinaban y servían voluntariamente al rey de Babilonia, como bueyes con un yugo, el Señor los destruiría (véase Jeremías 27:1–11).

En éstas y otras muchas circunstancias, Jeremías fue lo suficientemente moldeable para hacer lo que el Señor le mandaba, sin importar lo peculiar, lo impopular o lo absurdo que hubiera podido parecerle a la gente.

Durante mi servicio como presidente de misión conocí a muchos jóvenes que también demostraron ese tipo de moldeamiento. De visita en Nueva Caledonia, conocí por primera vez a Olivier Pecqueux. Tenía veinticuatro años y prestaba servicio en el ejército. No era activo en la Iglesia y llevaba un estilo de vida mundano, pero el Señor tenía otros planes para él. A petición suya nos reunimos y comentamos su bendición patriarcal; decidió humillarse, arrepentirse y dejar que el Señor moldeara Su vida. Al poco tiempo se le llamó a una misión regular y llegó a ser uno de mis misioneros más capaces. Hoy día asiste a la universidad y recientemente se casó en el Templo de Tahití.

Nuestras decisiones deben, de igual modo, ejemplificar la cualidad moldeable y la esperanza en Cristo tal y como expresó el élder Hugh W. Pinnock (1934–2001), de los Setenta: “Cuando cometemos errores, como los que cometía el antiguo Israel, podemos tomar lo que hemos estropeado y empezar de nuevo. El alfarero no se dio por vencido y tiró el barro… nosotros no debemos perder la esperanza ni menospreciarnos; sí, nuestra tarea es superar nuestros problemas, aceptar lo que tenemos y somos y empezar de nuevo” 1 .

Las Cosas Que Padeció

Jeremías fue un hombre que vio muchas aflicciones (véase Lamentaciones 3:1). De hecho, el Señor le advirtió en el momento de llamarlo que los reyes, los príncipes y los sacerdotes, y la gente en general, lucharían en su contra. El Señor le prometió: “Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo… para librarte” (Jeremías 1:19). A continuación se encuentran sólo dos de las muchas circunstancias difíciles que Jeremías tuvo que soportar.

Cuando Pasur, el sacerdote encargado de mantener el orden en el recinto del templo, oyó el estruendo que causó Jeremías al romper la vasija de barro y profetizar ante el pueblo, mandó que lo arrestaran, lo azotaran y lo pusieran en el cepo. Al día siguiente mandó que le trajeran a Jeremías, pero éste repitió sin temor las palabras del Señor sobre la inminente destrucción, añadiendo: “Y tú, Pasur, y todos los moradores de tu casa iréis cautivos” (Jeremías 20:6).

Cuando el ejército babilónico sitió Jerusalén, Jeremías transmitió al rey Sedequías y a su pueblo la palabra del Señor de que debían rendirse, lo cual molestó a ciertos oficiales, quienes utilizaron el intento de Jeremías de abandonar la ciudad como pretexto para arrestarlo y encarcelarlo acusado de traición (véase Jeremías 37:6–15).

Jeremías fue arrojado a una cisterna que hacía las veces de mazmorra, para que muriese de hambre. Las cisternas son cavidades en forma de pera excavadas en la roca, cuyo objeto es recoger y almacenar el agua. Con el correr de los años, los sedimentos se habían ido acumulando en el fondo de la cisterna, hasta que era tal la cantidad, que “se hundió Jeremías en el cieno” (Jeremías 38:6). De no ser por el valor y el servicio cristiano de Ebed-melec, un etíope siervo del rey, Jeremías habría muerto sin remedio (véase Jeremías 38:7–13; véase también 1 Nefi 7:14).

Cuando el rey babilonio invadió Jerusalén, Jeremías escogió permanecer con su pueblo en la ciudad, para así continuar proclamando la palabra del Señor a pesar del rechazo constante del pueblo a seguir su consejo. Se cree que Jeremías falleció en Egipto no mucho después de una última apelación a su pueblo para que se volviese al Señor (véase Jeremías 44).

Las cosas que padeció Jeremías fueron algunos de los instrumentos más poderosos del Señor para moldear y purificar su vida. Igualmente, aquello que padecemos y soportamos con paciencia nos servirá de experiencia y puede ser para nuestro bien (véase D. y C. 122:7–8). El élder John B. Dickson, de los Setenta, ha dicho: “Nunca se nos dijo que la vida sería fácil, pero a los que trabajen fielmente… enfrentando toda dificultad con determinación y en la forma apropiada… les prometo que serán bendecidos con sentimientos de felicidad… que [les moldearán y ennoblecerán] y que nunca se [les] quitarán” 2 .

Vasos de Honor

El 19 de diciembre de 1841, el Quórum de los Doce Apóstoles se reunió en la casa del profeta José Smith. De acuerdo con las minutas tomadas por Wilford Woodruff, “el élder Heber C. Kimball predicó… sobre el barro en las manos del alfarero, en cuanto a que cuando se estropea, es retirado de la rueda y echado de nuevo al molino para ir en la próxima tanda, y que era un vaso de deshonra; pero que todo barro bien formado en las manos del alfarero… era un vaso de honor” 3 .

Jeremías fue un profeta que en verdad testificó de Cristo (véase Helamán 8:20). El Salvador mismo empleó sus palabras para enseñar y profetizar durante Su ministerio terrenal. Su vida fue un vaso de honor, un ejemplo de servicio, moldeamiento y longanimidad para los santos de hoy día.

También nuestra vida puede ser un vaso de honor, una obra de hermosura en las manos del Maestro alfarero si respondemos a Su llamado, somos moldeables en Sus manos y aprendemos de las cosas que padecemos.

El élder Jean A. Tefan es un Setenta Autoridad de Área que sirve en el Área Islas del Pacífico.

Notas

1. Véase “Volver a empezar”, Liahona, julio de 1982, pág. 23.
2. “Nadie nos dijo que sería fácil”, Liahona, enero de 1993, pág. 52.
3. History of the Church, tomo IV, pág. 478.

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“Llegará el momento”

Liahona, Octubre 2002

“Llegará el momento”

por Shauna Gibby
Relato verídico

En 1978, Isaac tenía ocho años y vivía en una pequeña aldea de Cross River State, Nigeria. Su casa estaba hecha de ramas de bambú unidas con adobe y un tejado de hojas de palmera. A Isaac le gustaba su aldea y quería a todas las personas que vivían en ella.

La aldea estaba rodeada de un bosque verde y frondoso, con palmeras, bananeros, helechos y bambú. Para ir a la aldea más cercana, Isaac caminaba por un camino de tierra a través del bosque o montaba en la vieja bicicleta de su primo.

Su familia tenía una pequeña granja donde cultivaban su propia comida. Comían sopa y gari, un plato hecho de raíces hervidas que se parece a los copos de avena. Isaac y sus hermanas tenían tareas que hacer; una de las tareas de Isaac era caminar hasta el río y traer agua para su familia.

Los domingos, Isaac y su familia iban a la Iglesia. El centro de reuniones también estaba hecho de bambú y adobe, y tenía un letrero blanco y limpio que decía: LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. En la parte delantera había una gran campana de bronce.

En la Iglesia, el hermano Ekong les enseñaba sobre Jesucristo, les leía de los pocos libros que habían recibido de Salt Lake City y cantaban himnos. El favorito de Isaac era “¡Oh, está todo bien!” ( Himnos, Nº 17).

Al igual que muchas otras personas de su aldea, Isaac tenía un fuerte testimonio de que la Iglesia es verdadera. Estaban aguardando a que llegaran los misioneros para ayudarles a saber más sobre el Evangelio restaurado. El hermano Ekong no tenía el sacerdocio, por lo que no podía bautizarles. Más que nada, Isaac quería bautizarse y ser miembro de la Iglesia, por lo que su padre le dijo: “Llegará el momento en que seremos bautizados”.

Cuando Isaac y sus hermanas fueron al bosque a cortar leña para el fuego, Isaac oró para que fueran los misioneros, y mientras estaba sentado en la orilla del río contemplando el ir y venir de los peces de colores, cantaba himnos. Muchas veces se imaginaba que el Coro del Tabernáculo Mormón estaba cantando con él.

Un día, su padre dijo a la familia que el sábado iba a haber una reunión especial. Antes de la reunión iban a ayunar durante 24 horas, y durante la reunión iban a orar para que llegaran los misioneros.

El sábado, Isaac y su familia se pusieron sus mejores ropas. A Isaac le gruñía el estómago por el hambre, pero casi ni se dio cuenta porque estaba muy animado.

Al poco rato sonó la campana y toda la gente de la aldea se congregó en el pequeño centro de reuniones, el cual quedó totalmente lleno. El hermano Ekong dirigió un himno y luego oró para que el Señor enviara a los misioneros. Muchas personas más se turnaron para orar. La madre de Isaac tenía lágrimas en los ojos. Volvieron a cantar y luego llegó el momento de irse.

Cuando la gente estaba yéndose, un auto se estacionó delante del centro de reuniones y de él se bajaron dos hombres y dos mujeres. Isaac no había visto jamás a alguien con la piel tan pálida. El hermano Ekong les hablaba con mucha emoción; luego se fue a la campana y la tocó con fuerza. Todo el mundo regresó al centro de reuniones.

El hermano Ekong dio la bienvenida a los cuatro extraños y les dijo que la aldea había aguardado muchos años ese momento tan feliz. Uno de los hombres, el élder Rendell Mabey, se puso de pie y dijo que era un misionero enviado por el profeta, el presidente Spencer W. Kimball.

El élder Mabey compartió su testimonio del Evangelio restaurado, y lo mismo hicieron el élder Cannon y las hermanas Mabey y Cannon. Era un día muy caluroso, pero nadie quería irse. Todos tenían muchas preguntas. El élder Mabey prometió regresar y enseñarles más, y les dijo a los aldeanos que había llegado el momento y que pronto podrían bautizarse.

El último día de diciembre de 1978, la familia de Isaac y muchas otras personas se congregaron en las orillas donde el río estaba más hondo y tenía una corriente tranquila. Cuando llegó el turno de Isaac, entró en el agua. El élder Mabey lo tomó de la muñeca, dijo la oración bautismal y lo sumergió en el agua. La cálida luz del sol resplandecía en la superficie mientras Isaac volvía a la orilla. En su corazón él también tenía un sentimiento de calidez.

Veintiún años más tarde, Isaac se encontró en el mismo río con su hijo de ocho años, Raymond. Ahora Isaac tenía el sacerdocio y podía bautizar a su hijo. Su corazón rebosaba de gozo al recordar el hermoso día en que se había bautizado en ese mismo río. Se sentía muy agradecido de que por fin llegara el momento.

“Por medio de misioneros y miembros, el mensaje del Evangelio restaurado está llegando a todo el mundo…

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ofrece a todos los hijos de Dios la oportunidad de aprender la plenitud del Evangelio de Jesucristo tal cual fue restaurado en estos días postreros. Ofrecemos a todos el privilegio de recibir todas las ordenanzas de salvación y exaltación” —Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles (“¿Ha sido usted salvo?”, Liahona, julio de 1998, pág. 67).

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Unidad en el matrimonio

Liahona, Octubre 2002

Unidad en el matrimonio

por el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985)

No se logran la felicidad ni un buen matrimonio con el solo hecho de efectuar una ceremonia. Esto requiere olvidarse de uno mismo, un cortejo continuo y el ser obedientes a los mandamientos del Señor.

Unidad en el matrimonio

Un matrimonio honorable, feliz y próspero es la meta principal de toda persona normal. El matrimonio es quizás la más vital de todas las decisiones, la que tiene efectos de más alcance, ya que tiene que ver no sólo con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno. Afecta no solamente a los cónyuges sino también a su familia, y particularmente a sus hijos y a los hijos de éstos a través de las muchas generaciones.

La Unión de La Mente y del Corazón

Cuando se elige un compañero para esta vida y para la eternidad, se debe efectuar la más cuidadosa preparación, meditación, oración y ayuno para asegurarse de que, entre todas las que se tomen, ésta no sea una decisión equivocada. En un verdadero matrimonio debe existir una unión de la mente así como del corazón. Las emociones no deben determinar las decisiones por completo, sino que la mente y el corazón, fortalecidos mediante el ayuno, la oración y una consideración seria, nos proporcionarán la mejor oportunidad para la felicidad marital, lo que conlleva la necesidad de sacrificarse, de compartir y de actuar con gran desinterés.

Muchas novelas y programas de televisión terminan en matrimonio: “Y vivieron muy felices…”. Hemos llegado a la conclusión de que no se logran la felicidad ni un buen matrimonio con el solo hecho de efectuar una ceremonia. La felicidad no se adquiere apretando un botón, como sucede con la luz eléctrica; la felicidad es un estado de ánimo y proviene de nuestro interior; se debe ganar; no se puede comprar con dinero; no se logra a menos que se dé algo a cambio.

Algunos consideran la felicidad como una vida fascinante de ocio, lujos y emociones constantes; pero un verdadero matrimonio se basa en una felicidad que es más que eso, una que se logra al dar, servir, compartir, sacrificarse y en la que se destaca el desinterés.

Un Corazón Comprensivo

Dos personas que proceden de diferentes hogares, después de la ceremonia se dan cuenta de que es necesario hacer frente a la realidad. Atrás queda una vida de fantasía, de ensueño; debemos bajar de las nubes y poner los pies bien en la tierra. Se deben asumir responsabilidades y aceptar nuevos deberes; tendrán que abandonar algunas libertades personales y efectuar muchos ajustes desinteresados.

Después de la ceremonia, uno empieza a descubrir muy pronto que el cónyuge tiene debilidades que antes no se habían advertido o descubierto. Las virtudes que constantemente se realzaban durante el cortejo parecen hacerse más pequeñas, mientras que las debilidades que antes parecían tan pequeñas e insignificantes, alcanzan ahora proporciones considerables. Es el momento de tener un corazón comprensivo, evaluarse uno mismo, tener sentido común, razonar y planear. Es ahora cuando afloran los hábitos adquiridos con los años; nuestro cónyuge puede ser tacaño o despilfarrador, vago o trabajador, devoto o irreligioso; puede que sea amable y cooperador, o petulante y enfadadizo; exigente o desprendido, egoísta o modesto. El problema de la relación con los suegros se hace aparente y la relación de nuestro cónyuge con ellos vuelve a agrandarse.

Con frecuencia hace falta la disposición para serenarse y asumir las pesadas responsabilidades que se presentan de inmediato; la economía es reacia a reemplazar una vida de abundancia y la joven pareja parece estar demasiado dispuesta a “no ser menos que los demás”. Frecuentemente falta la voluntad para hacer los ajustes económicos necesarios; algunas esposas jóvenes exigen que los lujos de los que disfrutaban en los prósperos hogares de sus exitosos padres estén presentes en los suyos. Algunas incluso están más que dispuestas a contribuir a esa vida de abundancia y siguen trabajando una vez casadas; consecuentemente, salen del hogar, en donde yace su deber, para ir en busca de logros profesionales o empresariales. Con ello, se acostumbran a esa situación económica, con lo que se hace muy difícil ceñirse a una vida familiar normal. Cuando ambos cónyuges trabajan, muchas veces entra en la familia la competencia en vez de la cooperación. Dos trabajadores exhaustos regresan a la casa con los nervios crispados, más orgullo individual, más deseo de independencia, y como consecuencia surgen las dificultades. Las pequeñas fricciones crecen hasta convertirse en descomunales.

Una Fórmula Infalible

Aunque la vida matrimonial es difícil, y es común encontrar en ella parejas discordantes y frustradas, la felicidad duradera es posible y el matrimonio puede resultar un éxtasis más exultante de lo que la mente humana pueda imaginar. Esto está al alcance de toda pareja, de toda persona. La idea de “almas gemelas” es una quimera, una ilusión, y aunque la mayoría de nuestros jóvenes tratan con toda diligencia y devoción de encontrar una persona con la cual la vida pueda ser más compatible y hermosa, también es cierto que casi todo buen hombre y toda buena mujer podrían tener felicidad y éxito en el matrimonio si ambos estuvieran dispuestos a pagar el precio.

Existe una fórmula infalible, la cual garantiza a toda pareja un matrimonio feliz y eterno; pero al igual que en todas las fórmulas, no se deben eliminar, reducir ni limitar los ingredientes principales. La selección antes del cortejo y la expresión constante de afecto después de la ceremonia matrimonial son de igual importancia, pero no son más importantes que el matrimonio mismo. Su éxito depende de ambos cónyuges, no sólo de uno, sino de los dos.

En el matrimonio iniciado y fundamentado sobre normas razonables como las ya mencionadas, no hay combinaciones de poder que puedan destruirlo, excepto el poder que existe en cada uno de los cónyuges o en el de ambos; generalmente, ambos deben asumir la responsabilidad. Puede haber otras personas o elementos que influyan para bien o para mal; puede parecer que el aspecto económico, social y político, así como otras situaciones, tengan cierta influencia; pero el matrimonio se basa pura y exclusivamente en ambos cónyuges, quienes siempre podrán lograr éxito y felicidad en su matrimonio si se lo proponen, son desinteresados y rectos.

La fórmula es sencilla; los ingredientes son pocos, aunque existen numerosos ejemplos de cada uno.

Primero, debe existir una actitud adecuada hacia el matrimonio. La persona debe tratar de seleccionar el cónyuge que alcance, hasta donde sea posible, el pináculo de la perfección en todos los aspectos que tengan importancia para ella como persona. Luego, ambas partes deben llegar al altar del templo dándose cuenta de que deben trabajar arduamente para tener éxito en la vida en común.

Segundo, debe abundar la generosidad, olvidándose del “yo”, dirigiendo toda la vida familiar y lo que a ella corresponde hacia aquello que sea de beneficio para la misma, y subyugando así el egoísmo.

Tercero, el cortejo y las expresiones de afecto, amabilidad y consideración deben continuar a fin de que el amor se mantenga vivo y crezca.

Cuarto, se deben vivir plenamente los mandamientos del Señor, tal como se encuentran definidos en el Evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Los verdaderos valores de la vida

Liahona Agosto 1968

Los verdaderos valores de la vida

Por el presidente David O. McKay

Con toda mi alma, mego a todos los miembros de la Iglesia así como a las personas de todo el mundo, que piensen más en el evangelio; que desarrollen el espíritu que en él se encuentra; que dediquen más tiempo a los verdaderos valores de la vida, y menos a aquellas cosas que se acaban.

Estoy completamente de acuerdo con las admoni­ciones que se han dado en esta conferencia, de resistir las tentaciones que nos rodean. Si los miembros de la Iglesiaadoptaran estas sugerencias, eso sería suficiente para que fueran una “luz” sobre un mon­te, una luz que no se puede esconder. Algunas veces nos referimos a tales enseñanzas como “cositas”, pero en realidad son las más grandes en esta vida. Si pusiéramos más atención a tales consejos, y estu­diáramos más las revelaciones modernas que se en­cuentran en las Doctrinas y Convenios, apreciaría­mos más la magnitud de la gran obra que se ha establecido en esta dispensación.

A menudo se ha declarado que la Iglesia es la cosa más grandiosa del mundo, ¡y lo es! Cuanta más atención le demos—dándonos cuenta de lo bien adaptada que está a nuestra vida, en el hogar y en nuestra vida social—cuanto más estudiemos desde el punto de vista de los descubrimientos científicos y del punto de vista del destino del hombre, más se regocijarán nuestros corazones por la misericordia de Dios para con nosotros al darnos el privilegio de conocer el Evangelio de Jesucristo.

Lo que necesitamos hoy en día es fe en el Cristo viviente, lo cual es más que un simple sentimiento: es un poder que nos induce a actuar, es la fe que pondrá un propósito en la vida y valor en el corazón. Necesitamos un evangelio de aplicación, ese evan­gelio que se predica con actos nobles y que requiere la atención y aún el respeto hacia los enemigos. Una simple creencia en Jesús como un gran maestro, o como el hombre más grande que haya vivido, ha probado ser inadecuada para combatir las enferme­dades de la sociedad y el mundo.

Evidentemente, la necesidad del mundo—y par­ticularmente a la luz de las condiciones actuales que nos rodean—va más allá de una simple aceptación del Hombre de Galilea como el hombre más gran­dioso. Lo que es verdaderamente esencial es la fe en El como un ser divino, ¡como nuestro Señor y Salvador! Es la fe que el apóstol Pedro experimen­tó cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16)

Los miembros de la Iglesia reciben las amonesta­ciones de que adquieran la verdad mediante el estu­dio, la fe y la oración, y que busquen todo lo “vir­tuoso, bello, o de buena reputación o digno de ala­banza.” (Artículo de Fe 13)

Las escuelas e iglesias deberían irradiar el hecho de que en la vida hay ciertos fundamentos que nun­ca cambian, los cuales son esenciales para la felicidad de toda alma. Los padres y oficiales en la Iglesia deben enseñar más cuidadosa y diligentemente los principios de la vida y salvación a los jóvenes de Sión y al mundo entero para poder ayudar a la juventud a mantenerse en un nivel apropiado duran­te los años formativos de su vida.

Deseo recordaros jóvenes poseedores del Santo Sacerdocio, que estudiéis nuevamente esa divina re­velación, tan sencilla pero tan eficaz, concerniente al gobierno por el sacerdocio:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por per­suasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero;

“Por bondad y conocimiento puro, lo que enno­blecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia:

“Reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo.” (Doc. y Con. 121: 41-43)

Esta es una maravillosa admonición y lección concerniente al gobierno, no sólo en quórumes del sacerdocio, sino también en nuestro hogar, y natural­mente en todos los aspectos de la sociedad.

Hermanos, el evangelio es nuestra ancla. Sabemos lo que representa. Si lo vivimos y sentimos, si habla­mos bien de él, del sacerdocio, de nuestras familias y vecinos, seremos más felices, y en realidad estare­mos predicando el Evangelio de Jesucristo. Se nos ha dado la responsabilidad de comunicar el evan­gelio a nuestro prójimo. Algunos de nosotros espera­mos hasta que nos llegue una oportunidad especial de proclamar el Evangelio de Jesucristo, y sin em­bargo recae sobre nosotros el deber de proclamar esas buenas nuevas cada día de nuestra vida. Lo proclamamos con nuestros actos, en el hogar, los ne­gocios, los círculos sociales, la política; de hecho, dondequiera que nos asociemos con las personas que nos han dado esta responsabilidad de propagar las buenas nuevas a todo el mundo.

Vigilemos nuestros pensamientos y lengua. Una de las mejores maneras de edificar un hogar, ya sea en una ciudad, estado o nación, es siempre hablando bien de ese hogar, ciudad, estado o nación. Contro­lemos siempre nuestra lengua.

Dios bendiga a los miembros de la Iglesia por su devoción y lealtad, por sus oraciones en beneficio de todas las Autoridades Generales y oficiales. Vos­otros sabéis, y yo os aseguro, que esas oraciones son eficaces.

Os testifico, así como a todo el mundo, que la inspiración y protección de un Padre Celestial mise­ricordioso son verdaderas; Él está al cuidado de la Iglesia, y sé con todo mi corazón que no es tan sólo una fuente abstracta y alejada como algunos pien­san; es un Padre benévolo, que cuida por el bienes­tar de sus hijos y está alerta y dispuesto a escuchar y contestar sus llamados. La respuesta podrá ser negativa, como algunas veces un padre sabio da una respuesta negativa a su hijo suplicante, pero Él está listo para escuchar y contestar en el momento que sea más propicio para el que suplica.

Dios bendiga a nuestros misioneros que se en­cuentran en las 78 misiones del mundo. Estos mara­villosos jóvenes y señoritas con fuertes testimonios del evangelio, ricos en fe y excelentes representantes del Señor y su Iglesia. Estamos orgullosos de todos ellos. Estamos agradecidos a nuestros presidentes de misiones y a estos misioneros por su servicio de­sinteresado. Estamos agradecidos también por los padres y otras personas que apoyan a estos jóvenes.

Las palabras son insuficientes para expresar la angustia y pena que sentimos por los sufrimientos que han ocurrido en varios hogares a causa de las víctimas de la guerra. Nuestras oraciones están con los jóvenes que están poniendo todo lo que está de su parte por preservar la libertad y otros derechos inherentes del hombre. Mi corazón está rebosante de gratitud y agradecimiento por los informes que me han traído personalmente acerca de su fe en Dios, de su lealtad y de las largas distancias que tienen que viajar para asistir a las reuniones de la Iglesia. ¡Pensad lo que significa para ellos la confianza en Cristo, su Redentor, mientras se encuentran luchando contra las tentaciones, penas y horrores de la guerra! Les da consuelo en el momento en que se sienten solos o desalentados; hace su determinación más eficaz para mantenerse moralmente limpios y en condición de prestar servicio; les da valor al cum­plir con su deber; los llena de esperanza cuando es­tán enfermos o heridos; y si afrontan lo inevitable, llena sus almas con la confianza de que así como Cristo vivió después de la muerte, ¡también ellos vivirán! Que Dios bendiga y proteja a estos hombres en las Fuerzas Armadas.

Que Dios os bendiga representantes regionales, presidentes de estaca, obispos y todos los oficiales de la Iglesia que estáis sirviendo y dando vuestro tiempo para la edificación del reino de Dios.

Que vosotros padres y madres seáis bendecidos en vuestros hogares; que busquéis sabiduría y en­tendimiento para dar a vuestros hijos salud y carác­ter limpio y sin mancha. La tarea más grande que los padres tienen que efectuar es el entrenamiento y desarrollo religioso del carácter de sus hijos.

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a las personas en todo el mundo. Que nos volvamos hacia Él y busquemos los valores verdaderos de la vida y los más espirituales. Él es nuestro Padre; El conoce nuestros deseos y esperanzas; y nos ayudará si lo buscamos y aprendemos acerca de Él.

Mis bendiciones os acompañan ahora que regre­sáis a vuestros hogares. Que Dios nos ayude a todos a desempeñar nuestras responsabilidades y de esta manera crear un ambiente en el hogar, escuela, Igle­sia y nuestra comunidad que sea de progreso, sano e inspirador. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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Enseñar es más que decir

Liahona Agosto 1968

Enseñar es más que decir

Por Lyman C. Berrett

Hace algún tiempo, dos niños se encontraban cruzando una calle. Cuando estaban en medio de la misma, el menor se soltó de la mano de su hermano mayor, precipitándose hacia un automóvil. El niño murió instantáneamente. Los padres sin pensarlo bien acusaron al hermano de ser el respon­sable de la muerte de su hermano menor.

Tan traumática fue la experiencia de la muerte repentina de su hermano y las acusaciones de sus padres, que el niño se aisló en una coraza y pronto empezó a ser un problema en su casa y en la es­cuela. El que antes fuera un niño modelo, llegó a ser un déspota.

Los oficiales de la escuela trataron de expulsarlo porque llegó a ser intolerable, y parecía que nadie podía controlarlo. Sin embargo, la coraza por fin fue penetrada por una comprensiva maestra de la Iglesia. Mostrando amor y preocupación por él, ésta pudo gradualmente enterarse de la razón de su pro­blema; cuidadosamente se ganó su confianza. En la última conferencia con los oficiales de la escuela pública antes de que el niño fuera expulsado, el con­sejero le preguntó si tenía a alguien que pudiera ayudarlo antes de que fuera demasiado tarde. El niño entonces nombró a su maestra y preguntó si ella podría estar presente en la conferencia y expli­car la razón de sus problemas. Pronto se le com­prendió y con consejos profesionales el niño res­tauró su buen comportamiento.

El punto al que se debe dar énfasis en cuanto a este incidente, es que una maestra se preocupó lo suficiente por saber más acerca del alumno, no sola­mente su nombre; se preocupó por conocerlo per­sonalmente; por llegar a comprometerse personal­mente en la vida de él. La maestra mostró amor por el alumno haciendo algo por él; se interesó por él y lo amó lo suficiente como para darle algo más que meros datos en la clase.

La mayoría de los maestros reflejan su filosofía personal en la clase. Los polos opuestos de pensa­mientos filosóficos en cuanto al valor de los jóvenes se pueden expresar en las siguientes declaraciones. (1) “Para el existencialismo, el hombre es un deri­vado de la nada, es prácticamente nada, y está des­tinado a la nada.” (Truman G. Madsen, Eternal Man, p. 28.) (2) Los habitantes de la tierra son hijos e hijas de Dios, y como tales, tienen el poten­cial de llegar a ser dioses. (Ver Doc. y Con. 76:24)

Probablemente sería difícil encontrar una maes­tra en la Iglesia que crea literalmente en la primera declaración, pero la observación ha mostrado que algunos maestros no creen en la segunda tampoco. Parecen tener la actitud de: “No importa lo que diga a estos chicos; de todas maneras terminarán metidos en algún problema.”

Los psicólogos han verificado la importancia de las grandes enseñanzas del Salvador en cuanto al amor. El único mandamiento que viene inmediata­mente a la mente del autor y que el Salvador dio al hombre cuando vivió en la tierra tiene que ver con el amor. (Ver Juan 13:34-25 y Mateo 22:34-40) El psicólogo, Louis P. Thorpe, ha escrito: “Las ne­cesidades fundamentales del hombre. . . animar al individuo a comportarse en la manera calculada para satisfacer sus demandas. La naturaleza humana se entiende más rápidamente desde el punto de vista de estas necesidades y su satisfacción. . . . Sin embargo, la siguiente fórmula, parece útil como funda­mento de las tendencias del comportamiento. 1. La necesidad de mantenerse bien físicamente; 2. La necesidad de reconocimiento personal o ser consi­derado como una persona de mérito e importancia; 3. La necesidad de seguridad, amor, afecto, comodi­dad y resguardo.” (Louis P. Thorpe, The Psychology of Mental Health, New York: Ronald Press; pp. 39- 40)

¿Ha pensado alguna vez en porqué a los alumnos les gustan ciertas personas más que otras, cooperan con ellas más ampliamente, o confían y están más ligados a ellas? Las personas que gozan de esta clase de armonía con la juventud son aquellas que demuestran su amor por ellos. En el caso de un maestro, lo que más influye en los alumnos no es el decirles que los ama, sino el involucrarlos, animarlos, y aceptarlos.

Los maestros que aman a sus alumnos llegan a penetrar en sus vidas y actividades; saben cuándo uno de ellos recibe un premio y lo elogian en forma apropiada y sincera; saben cuándo es el cumpleaños de uno de sus alumnos, le envían una tarjeta, lo lla­man por teléfono o le dan algún obsequio. Los maes­tros que aman a sus alumnos simplemente no se pueden aislar de la vida de éstos. Un entusiasta “muy bien hecho” al alumno que ha ganado en un juego deportivo, coro, banda, o drama, hace saber a esa persona cómo su maestro se interesa y preocupa por él.

Hay muchas maneras por medio de las cuales un maestro puede mostrar su amor a los alumnos, tales como animarlos a que vivan de acuerdo con las normas de la Iglesia, a ponerse del lado de la decencia y la rectitud, a obedecer las leyes y ser ejemplos apropiados, y a conformarse haciendo sola­mente lo mejor. Hay ejemplos de héroes genuinos que los maestros pueden llevar a su clase para re­forzar sus lecciones en estos puntos; los alumnos necesitan saber que no están solos, que no son anticuados, incautos o patanes, si se mantienen den­tro de las normas de la Iglesia. Los maestros pueden animarlos en sus quehaceres, mostrándoles interés genuino, o pueden desanimarlos fallando al darles el reconocimiento apropiado. Los comentarios fa­vorables de un maestro acerca de los estudiantes que son buenos ejemplos en el vestir, deportes, normas o asistencia, fortalecerán a la juventud hasta el pun­to en que estas actitudes lleguen a ser una forma de vida.

Muchas veces se oye decir a los alumnos, “¿A quién le importa? La última vez hice esto y esto y no recibí nada más que las gracias.” El agradeci­miento es una cortesía común que ningún maestro debería olvidar. Un simple “gracias,” lo reconocen tanto los adultos como los jóvenes. Es más que expresar aprecio; muestra que alguien está intere­sado, se preocupa y desea premiar y animar.

Los maestros que aman a sus alumnos recorda­rán que enseñar es más que decir. Los jóvenes aprenden haciendo. Parecería que la clave está en hacer, no solamente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos, sino también lo que es nece­sario hacer por ellos. Esto puede incluir cosas como animarlos a vivir las normas de la Iglesia, darles oportunidades de servir, saber lo que están haciendo, mostrarles que se les acepta como gente digna y que son hijos de Dios con potenciales divinos, y hacerles saber que el maestro se interesa por ellos.

El Salvador preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Pe­dro le contestó, “Tú sabes que te amo.” Él le dijo, “Apacienta mis ovejas.” Tres veces el Maestro pre­guntó a Pedro si lo amaba, y tres veces Pedro con­testó que sí, que lo amaba. En cada ocasión el Maes­tro pidió a Pedro que hiciera una cosa: apacentar sus ovejas. (Ver Juan 21:15-17)

Maestros de la Iglesia, haced algo por vuestros alumnos: Amadlos, y para amarlos debéis hacer algo por ellos.               □

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Mormón

Liahona Agosto 1968

Mormón

Recopilador del Libro de Mormón, Autor, Soldado, Hombre Santo de Dios

Por Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

Mormón, compendiador y recopilador del Libro de Mormón, fue un profeta y un hombre san­to que también sirvió como caudillo en las fuerzas armadas de la nación de los nefitas. Combinando en su carácter las cualidades de gran fortaleza y pro­funda espiritualidad, fue un maestro y guía para su pueblo, testificando de Jesús y predicando el arre­pentimiento mientras dirigía sus ejércitos hacia una brillante victoria militar.

Cuando su pueblo, enfermo con su arrogancia y olvidándose de Dios, celebraba los triunfos mili­tares jactándose de sus fuerzas, Mormón rehusó diri­girlos en batalla. Desaprobó sus juramentos de ven­ganza y muerte contra los enemigos, pero se compa­deció cuando su terrible derrota y destrucción llegó a ser inevitable; marchó con sus ejércitos y murió con ellos en los estragos que dieron como resultado la extinción de la nación de los nefitas.

Mormón recibió su nombre en recuerdo de su tierra, donde Alma, convertido mediante las prédi­cas de Abinadí, encontró amparo en la corte del rey Noé, y estableció la Iglesia de Cristo. A pesar de todos sus otros deberes, fue historiador y custodio de los registros de su gente, y se le asignó el gran deber de recopilar aquellos registros en un relato conciso. Por ser una figura literaria y por su tra­bajo, se le dio al libro su nombre, a pesar de haber sido escrito por muchos autores.

Mormón el Hombre

¿Qué fue lo que hizo de este profeta un histo­riador general? ¿Qué fue lo más importante para él? ¿Qué enseñó? ¿Hasta qué punto se reflejaron en su vida sus convicciones?

Mormón fue “descendencia pura” de Lehi y Nefi. Es asombroso observar como a tan temprana edad su disposición y logros llegaron a ser evidentes:

A la edad de diez años, un hombre responsable lo consideró como un “muchacho sensato,. . . presto para observar,” y recibió una significativa asignación para el futuro.

A los 11 años viajó con su padre a la tierra de Zarahemla.

A los 15 años “me visitó el Señor, y probé y conocí la bondad de Jesús”.

A la edad de 16 años dirigió los ejércitos de los nefitas.

Durante su adolescencia intentó intrépidamente predicar el arrepentimiento al pueblo, época en que “. . . no hubo dones del Señor, y el Espíritu Santo no descendió sobre ninguno. . .”

Como ha sucedido con otros grandes hombres, incluido el Señor mismo cuando estuvo en la tierra, la misión y contribución sobresaliente de Mormón tuvo lugar desde su juventud. Tomó una decisión y comprometió su vida desde temprana edad; la gran promesa se cumplió en una vida de servicio desinteresado.

Amó al Señor

La rúbrica de sus servicios se encuentra en una simple declaración de Mormón: “He aquí, soy dis­cípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido lla­mado de él para anunciar su palabra a su pueblo, a fin de que pueda alcanzar la vida eterna.”

El creyó y pensó fuertemente que: “. . . por Cris­to habría de venir todo lo que es bueno.”

Los amonestó diciendo: “. . . Os suplico herma­nos, que busquéis diligentemente según la luz de Cristo, para que podáis distinguir el bien del mal; y si os allegáis a todo lo que es bueno,. . . cierta­mente seréis hijos de Cristo.” Porque dijo que Cristo, “defiende la causa de los hijos de los hombres.”

Amó a su pueblo

Pese a sus iniquidades, Mormón amó a su pue­blo:

“. . . los había dirigido a la batalla; y los había amado con todo mi corazón, de acuerdo con el amor de Dios que había en mí; y todo el día había ele­vado mi alma en oración a Dios a favor de ellos. . .” “. . . Y mi súplica a Dios concerniente a mis hermanos es que otra vez vuelvan al conocimiento de Dios; sí, a la redención de Cristo. . .”

“. . . amo a los niños pequeñitos con un amor perfecto; y son todos iguales y participan de la salvación.”

Mormón oró por su pueblo, dándose cuenta de que su arrepentimiento no era sincero sino que era “el lamento de los condenados” y que “. . . el día de gracia había pasado para ellos, tanto temporal como espiritualmente. . . .” La ambición más seria de su corazón fue “Y quisiera persuadir a todos vosotros, extremos de la tierra, a que os arrepintieseis y os preparaseis para comparecer ante el tribunal de Cristo.”

Un maestro sabio y fiel

Mormón vivió sus convicciones. La gran pro­fundidad espiritual de sus enseñanzas estuvo com­binada con sabios consejos para los problemas de la vida diaria y conducta personal de acuerdo con sus profesiones. Humildemente rogó a su gente que vi­vieran con honor para proteger “lo que es más caro y precioso que todas las cosas, que es la castidad y la virtud.”

Los amonestó a:

  • “saber que Dios no es un Dios parcial.”
  • tener caridad porque “. . . la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre. . .”
  • orar, actuar y dar “. . . con verdadera intención de corazón. .
  • ser sensitivos al Espíritu de Cristo “. . . A todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal. . .”
  • creer en los profetas, ángeles y milagros, por­que Dios trabaja en “diversos modos” para “manifestar cosas a los hijos de los hombres.”
  • creer en la restauración de los judíos y los la­manitas, en la congregación de la casa de Ja­cob y la casa de José.

Admonición y promesa

Mormón vivió la mayor parte de su vida entre matanzas, destrucción y trágica iniquidad, a pesar de haber luchado contra el mal y los enemigos hasta la muerte. Fuerte y fiel, procuró hasta el fin llevar a su pueblo al arrepentimiento. Su despedida bien pudo estar en su ruego de que “los que tienen fe en El, se allegarán a todo lo que es bueno”, y en la admonición dada mediante su hijo Moroni:

“Por consiguiente, mis amados hermanos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones que os hincha este amor que él ha concedido a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesu­cristo; que lleguéis a ser hijos de Dios.” □

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Religión y responsabilidad social

Liahona Agosto 1968

Religión y responsabilidad social

Por Lowell L. Bennion

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ...
—Miqueas 6:6

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”
-—Salmos 24:3

Esta es la ardiente pregunta de las escrituras que hicieron una y otra vez los profetas, salmistas y todo aquel que buscaba fervorosamente a Dios. Y la respuesta no es sólo una; puede expresarse de varias maneras. Todo el que responda a la pregunta puede encontrar un pasaje en las escrituras que co­rrobore su punto de vista. Cualquiera que sea la respuesta, para todo hombre existe la pregunta fun­damental: ¿con qué me presentaré ante Jehová? ¿En qué consiste la vida religiosa?

Dimensiones de la vida religiosa

Toda persona que se considera a sí misma como religiosa, tiene una base para esta creencia y senti­miento. Es religiosa a causa de sus convicciones y su manera de vivir. Es interesante examinar las maneras típicas en que los hombres viven su religión, los patrones de vida y los pensamientos mediante los cuales se aseguran a sí mismos que son religiosos.

Hay por lo menos cinco maneras en que las per­sonas viven su religión; nuestras vidas podrán carac­terizarse por cualquier combinación de las cinco. Aquí se describirán sin ningún esfuerzo por evaluar­las hasta que todas estén ante nosotros.

(1) Un hombre es religioso porque posee ciertas creencias que piensa son verdaderas. Por ejemplo, los Santos de los Últimos Días creen en la restaura­ción del evangelio, los Artículos de Fe, la inspira­ción divina en la vida del Profeta viviente y en otras doctrinas propias de su credo. La creencia es un pilar básico de la vida religiosa.

(2) Un hombre tiende a identificar su vida reli­giosa con el conocimiento de sus creencias. En el campo misional, piensa que es religioso porque aprende las escrituras y estudia los preceptos de su fe, sabiendo que la doctrina contribuye a la seguri­dad de que es religioso.

(3) Otra forma es participar en la Iglesia. Para un Santo de los Últimos Días ésta es fácil y puede ser compensadora. Miles son las formas en que uno puede adorar al Señor, servir a su prójimo, participar de los dones del evangelio y edificar el reino de Dios con manos, corazón, alma y mente; mediante los fanales de la institución que conocemos como la Iglesia de Jesucristo.

(4) Una cuarta y diferente manera de ser reli­gioso es entrando en una relación con la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A esto desea­ríamos llamarle la dimensión espiritual de la vida. Un hombre es religioso en esos momentos y hasta el grado en que siente gratitud, humildad, temor, reve­rencia, adoración, confianza y amor hacia Dios. Estos sentimientos están ilustrados en Salmos:

“. . . Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmos 27:1)

“Jehová es mi pastor; nada me faltará.” (Salmos 23:1)

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmos 73:25, 26)

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el sol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” (Salmos 139:7-10)

(5) La quinta dimensión de la religión está ex­presada en su relación con el prójimo. En nuestra fe Judeo-Cristiana uno vive su religión practicando la justicia y misericordia con los hombres.

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vos­otros con ellos. . . .” (Mateo 7:12)

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viu­das en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27)

“. . . Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 1:27)

Evaluación de la vida religiosa

Estas cinco maneras de ser religioso son legíti­mas. Una persona religiosa tiene creencias las cua­les le animan y dirigen en la vida. Un estudio de éstas debería elevar el conocimiento y profundizar su significado. En la vida de la Iglesia, el creyente recibe instrucción, los dones y bendiciones del evan­gelio y fortalece a sus semejantes; y seguramente la fe en Dios y la consideración hacia el prójimo son maneras fundamentales de vivir la religión.

En los resúmenes de la vida religiosa, se da én­fasis a las dos últimas maneras de ser religioso. Por ejemplo, en el decálogo, los primeros cuatro manda­mientos son referentes a la relación del hombre con Dios, y los últimos seis, a la relación del hombre con sus semejantes. La respuesta de Miqueas a la pregunta: “¿Con qué me presentaré ante Jehová?” encierra los dos mismos énfasis:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8)

Y en una manera similar Jesús contestó la pre­gunta: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” diciendo:

“. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40)

De estas declaraciones se deduce que la creencia, el conocimiento de la religión, y la participación en la Iglesia tienen poco valor en sí, y para ellos mismos. Para ser eficaz en la vida, deben enseñar a uno a amar a Dios y al hombre. Santiago supo esto:

“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ” (Santiago 2:19)

Y Pablo sabía de las limitaciones de conocimien­to sin el amor:

“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. . . Ahora vemos por espejo, oscu­ramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte;… Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” (1 Corintios 13:2, 12, 13)

La religión profética comienza con una revela­ción dada al fundador, la cual lo induce a actuar en beneficio del prójimo. Moisés, al estar frente a la zarza ardiente, comprendió que estaba en tierra sa­grada y que Dios lo había llamado porque había vis­to la aflicción de Israel. Jesús pasó cuarenta días en el desierto resistiendo la tentación y recibiendo la fortaleza de su Padre, y después, “anduvo hacien­do bienes.” El apóstol Pablo estuvo frente al Cristo que cambió su manera de pensar y acciones hacia los paganos y cristianos. José Smith vio al Padre y al Hijo, después de lo cual vino la restauración del evangelio con el gran énfasis de llevar a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. La reli­gión principia con un mensaje de Dios lo cual des­pierta la preocupación del profeta por el hombre.

A medida que la religión se convierte en una institución, el mensaje divino original es a menudo ensombrecido por los intereses humanos. El antiguo amor por Dios y el hombre tiende a ser reemplazado por un gran interés en los asuntos de la organización, ritos, ceremonias, acciones superficiales y en los papeles legales. Esto se encuentra enérgicamente ilustrado en los escritos de Amos, Oseas, Miqueas, Isaías y Jeremías. En esos días, el pueblo escogido de Jehová estaba practicando superficialmente to­das las formas de la religión en el lugar y hora seña­lados, y al mismo tiempo, continuaban felizmente en sus negocios de vender al pobre a la esclavitud por el precio de un par de zapatos, de falsificar pese y medidas, de mezclar desperdicios con el trigo; agobiaban con impuestos a las viudas y huérfanos, sobornaban a los jueces en las cortes, bebían “vino en tazones, y se ungen los ungüentos más preciosos,” y no se “afligen por el quebrantamiento de José”. (Véase Amos 6:6)

Nadie ha declarado tan enfáticamente la nece­dad, futilidad e hipocresía de alabar y honrar a Dios a través de la religión formal, mientras que al mismo tiempo se ignoran y transgreden las obliga­ciones morales hacia los hombres, como los profetas de Israel. Jehová declaró por boca de Amos:

Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas,

“Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vues­tras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofren­das de paz de vuestros animales engordados.

“Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos.

“Pero corra el juicio como las aguas, y la justi­cia como impetuoso arroyo.” (Amos 5:21-24)

Este es el corazón del mensaje profético, repetido como el tema de una sinfonía. Dios es moral por naturaleza, una Persona de integridad y compasión. Ningún hombre puede servirle aceptablemente a me­nos que practique la integridad y misericordia en sus relaciones con el prójimo.1

En las enseñanzas de Miqueas o Jesús, Dios está igualmente interesado en los otros hombres así como lo está en mí, ni más, ni menos. No hay ma­nera de honrar a Dios al mismo tiempo que estamos deshonrando “el trabajo de sus manos.” Esta ense­ñanza fundamental viene repentinamente de las es­crituras. Ilustrémoslo: Amulek exhorta a su pueblo a orar por sus necesidades personales y entonces concluye:

“. . . No creáis que esto es todo; porque si des­pués de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 34:28)

Juan escribió algo similar:

“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas-” (1 Juan 2:9)

Aplicación en la actualidad

Es fácil discutir principios generales e ilustrar su aplicación en tiempos antiguos. Nadie parece estar profundamente inquieto o molesto por los acontecimientos pasados, pero cuando estas proscripciones bíblicas son interpretadas al idioma actual, parece haber situaciones de defensa y problemas. Alguien ha dicho: “Es muy fácil amar al prójimo (en lo abs­tracto); lo difícil viene cuando nos especializamos.”

En el siglo veinte, la sociedad ha llegado a ser alarmantemente compleja. Los asuntos no son ni sencillos ni claros; esto lo reconocemos. Uno no pue­de regirse por reglas de una era pasada y simple­mente dar al menesteroso y vestir al necesitado. Mu­chos problemas de la sociedad deben resolverse de una manera diferente al de un simple fundamento de persona a persona. Sin embargo, la filosofía bá­sica, el énfasis fundamental que se enseñó a través de las edades, es todavía válido. Para servir a Dios, el hombre debe servir a su prójimo. Quizá discuta­mos la manera de hacerlo pero no el precepto.

Por lo tanto, sin tratar en ningún sentido de juzgar a las personas, concluimos este artículo su­giriendo algunas de las responsabilidades sociales de todos aquellos que desean “subir al monte de Je­hová.” No podemos—más de lo que los antiguos israelitas pudieron—vivir la religión en la soledad de nuestras moradas y capillas e ignorar el efecto de nuestra conducta en la vida de otros, ya sea en los centros comerciales, escuelas, carreteras y caminos.

La vida moderna tiende a ser fríamente imper­sonal. Los seres humanos, fuera del círculo íntimo, se convierten en medio para nuestras metas, autóma­tas que trabajan en nuestro beneficio o nos dan ganancias. Pueden ser sólo estadísticas de los desocupados, personas que mueren anualmente en acci­dentes en carreteras, estudiantes de universidad, e incluso aquellas bautizadas en la Iglesia. Considere­mos algunos conceptos de la preocupación social en esta era del menoscabo de la persona.

Tratos honestos y justos

En estos días de relaciones impersonales de ne­gocios—ejemplificadas con las grandes compañías, supermercados, estaciones de servicio a lo largo de las carreteras, y los contratos gubernamentales—la tentación de ser deshonesto y desconsiderado con las personas se multiplica cada día. Las personas engañarán a un extraño o injustamente obtendrán ganancias del gobierno, pero nunca pensarían en ro­barle a un vecino. Se alteran los velocímetros de los autos con el propósito de volverlos a vender, los in­formes de los impuestos están incompletos, se sube el precio de las mercancías y con propaganda para una venta especial. Los maestros, abogados y doc­tores son tentados a satisfacer sus propios intereses antes que los de sus clientes.

Muchos de nosotros necesitamos afilar nuestro principios de ética y religión y entonces regirnos estrictamente por ellos en los negocios y actividades profesionales. Es fácil vivir una vida doble, una en las relaciones privadas, y otra para los negocios.

Participación en una comunidad grande

La Iglesia, con su rico programa de actividad y dirección secular, tiende a consumir el tiempo libre de sus miembros activos y esto de por sí, es algo bueno. ¿En dónde puede una persona servir mejor a Dios y al hombre? Sin embargo, también somos miembros de una gran sociedad, ciudadanos de la comunidad, el estado, la nación y el mundo. Los Santos de los Últimos Días necesitan ser ciudada­nos responsables en esta comunidad así como en sus círculos religiosos.

Es necesario estudiar y discutir los asuntos so­ciales y políticos de la actualidad en todos los niveles de la sociedad, así como ser activo en la vida cívica. En la ciudad moderna existen numerosas agencias sociales, por ejemplo: servicio familiar, centros de salud mental, consejos de servicio de la comunidad, las cuales necesitan el apoyo verdadero de los bue­nos ciudadanos. Todo adulto Santo de los Últimos Días, con algunas excepciones debido a la salud y circunstancias personales, debe prestar un buen ser­vicio a su comunidad, así como a su Iglesia.

Derechos humanos

El problema más grande en el mundo actual, desde el punto de vista del autor, aún más grande que el comunismo, es la necesidad de que los hom­bres de todas las razas, culturas y sociedades, sien­tan su propio valor y dignidad como seres humanos. El hombre tiene una larga y vergonzosa historia de subyugar y humillar a sus semejantes por razones económicas, políticas, religiosas, raciales y otras.

En el nombre de la religión y la humanidad, esta práctica tiene que llegar a su fin. Los hombres po­drán tener mayores talentos, más posesiones y ven­tajas sobre otros, pero como personas no son supe­riores. Todos somos hijos de la misma tierra y del mismo Creador. Dios ama a uno como a otro, ¿pue­de hacer menos? Todo ser humano tiene la misma necesidad de alimento, vestido, refugio, amor, autorrespeto y habilidad de expresarse. En las palabras del Libro de Mormón:

“Considerad a vuestros hermanos como a vos­otros mismos. . . en su vista un ser es tan precioso como el otro. . . .” (Jacob 2:17, 21)

“. . . pues él (el Señor) hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres. . . y los invita a venir a él, y participar de sus bondades; y a ninguno de los que a él vienen desecha, sean negros o blan­cos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuer­da de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto lo judíos como los gentiles.” (2 Nefi 26:33)

Los hombres son seres sociales. El amor frater­nal es la ley básica del evangelio y la vida, no im­porta cuánto tengamos, ni el puesto que tengamos en el Evangelio o la Iglesia de Cristo; si no tenemos amor “de nada os aprovechará.” “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” El aprender y practicar el amor y la justicia entre los hombres deberá ser nuestra meta principal al someternos al amor de Dios a través de Jesucristo. □

1.-Léase por ejemplo Isaías 1, Oseas 4, Miqueas 3, y Jeremías 7.

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El obispo

Liahona Agosto 1968

El obispo

Por Victor L, Brown
Del Obispado Presidente

En la sección central de este histórico Taber­náculo se encuentra un grupo de hombres de diversas partes del mundo; cada uno posee responsa­bilidades que lo diferencian de las otras personas que no pertenecen a este grupo. Casi todos los fines de semana tenemos la oportunidad de visitar a los obispos de la Iglesia en sus propias estacas; hoy tenemos el privilegio de tenerlos con nosotros en esta conferencia general. Sentimos un gran amor y respeto por ellos y estamos agradecidos por la gran obra que están desempeñando.

Antes de que me nombraran como obispo, sabía muy poco acerca de las responsabilidades de este cargo; he pensado que quizá otros miembros de la Iglesia carezcan de información, como pasó conmigo. El obispo es, o debería ser, una de las personas más importantes en la vida de todo miembro de la Igle­sia. Si es importante para nosotros, entonces nos­otros debemos ser importantes para él. Ruego que pueda decir algo que acerque más a los obispos a sus miembros, pero aún más, los miembros a sus obispos.

Para entender al obispo, debemos saber algo acerca de sus responsabilidades, las cuales son bas­tantes. El tiempo es limitado, así que sólo discutire­mos unas pocas. Primero, revisaremos dos de sus responsabilidades temporales: el cuidado del nece­sitado, y las finanzas.

En conexión con el Programa de Bienestar, fre­cuentemente escuchamos esta declaración; que la Iglesia cuida de lo suyo. El obispo es la clave prin­cipal al administrar el Programa de Bienestar, él y sólo él, determina quién recibirá ayuda, la manera en que la recibirá y, con la ayuda de la presidenta de la Sociedad de Socorro, hasta qué grado.

El obispo afronta esta asignación con un espíritu de amor, benevolencia y entendimiento. Una de sus metas principales es ayudar a las personas a conservar su autorrespeto y dignidad; y tiene ciertos principios sobre los cuales se basa para la adminis­tración de dicho programa.

El primer principio es que se espera que nos­otros, como miembros de la Iglesia, tengamos con­fianza en nosotros mismos y seamos independientes. Se nos amonesta a que tengamos almacenaje de ali­mentos en reserva para casos de serias dificultades. Si las circunstancias tales como un serio accidente o enfermedad resultaran en necesidad de ayuda, de­bemos recurrir a nuestras familias; si éstas no pue­den ofrecernos ayuda, es entonces que debemos ir al obispo.

Después de una cuidadosa investigación personal, el obispo decide sí la Iglesia debe prestar ayuda. Si su decisión es afirmativa, ésta deberá limitarse a las necesidades de la vida, y sólo hasta que la familia pueda valerse por sí misma nuevamente. El obispo no tiene la responsabilidad de sacarnos de nuestros problemas financieros causados por el imprudente manejo de nuestro salario.

Si él nos presta ayuda, espera que trabajemos por ella si estamos físicamente capacitados; su mo­tivo al hacer esto es ayudarnos a mantener el auto­rrespeto y no sentir que estamos recibiendo limosna. Francamente, muchas veces le sería mucho más fá­cil dar limosna; pero reconoce esto como un mal, y su deseo es beneficiarnos con este programa, y no debilitamos.

Hay muchas otras facetas referentes a este pro­grama, tales como las ofrendas de ayuno, proyectos de bienestar, presupuestos y almacenes del obispo. Como miembros de la Iglesia, se espera que respon­damos al llamado del obispo y su comité de bienes­tar en cada fase de dicho programa. En algunos lugares del mundo, este programa de bienestar es muy limitado; en tales casos, se espera que de todos modos apoyemos al obispo dentro de las normas establecidas.

En cuanto a las finanzas: el obispo debe recurrir a los miembros de su barrio para la ayuda financiera que sea necesaria para llevar a cabo los asuntos del barrio.

Uno de los problemas que más preocupa a los obispos es el de recolectar los fondos para el presu­puesto del barrio. Dichos fondos se necesitan para los gastos de las organizaciones del barrio y los cos­tos de mantenimiento de la capilla. Nosotros, como miembros del barrio, podemos ser una gran ayuda para el obispo si respondemos a sus peticiones por ayuda financiera. El Señor dijo que si pagábamos nuestros diezmos y ofrendas, abriría las ventanas del cielo y derramaría tantas bendiciones que casi no habría lugar para ellas.

El obispo sabe que todos los fondos que él re­cibe son sagrados, y que se aceptan como ofrendas voluntarias. Mediante nuestra voluntad para sostenerlo en los asuntos financieros, aligeramos su carga.

Hasta ahora hemos discutido sólo los asuntos temporales; ahora hablemos acerca de algunas de sus responsabilidades espirituales.

Por revelación del Señor, el obispo es el presi­dente del quorum de presbíteros. Él y sus conse­jeros constituyen la presidencia del Sacerdocio Aarónico de su barrio; él es la piedra angular en todos los asuntos referentes a los jóvenes de ambos sexos, y recibe ayuda de sus consejeros, maestros orienta­dores, secretarios generales, asesores, oficiales de las organizaciones auxiliares y maestros; pero con todo ello, él es la piedra angular en todo lo que se lleva a cabo.

Jóvenes: el obispo ha sido llamado mediante la inspiración de nuestro Padre Celestial para ser vues­tro consejero espiritual; ha sido designado como juez común por el Señor; él tiene una bendición es­pecial que le confiere el poder de discernir y enten­der; a él es a quien tenemos que acudir para con­fesar nuestros pecados. Tenemos que hacer esto si deseamos arrepentimos verdaderamente; el obispo reconoce que mediante la bendición del Señor él pue­de ser un juez, y a menos que sea justo, está sujeto a la condenación, ya que en las escrituras dice: “Que los derechos del sacerdocio están inseparable­mente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.

“Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de in­justicia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!” (Doc. y Con. 121:36-37)

El obispo está inalterablemente opuesto al pe­cado en cualquier forma, al mismo tiempo que tiene gran comprensión y misericordia por el pecador. Re­conoce muchos problemas de la vida y está listo para dar ayuda, especialmente cuando lo que está suce­diendo es algo difícil. Él puede ayudarnos en mu­chas formas sí le damos la oportunidad. Cualquier cosa que le confiéis permanecerá como un secreto. Deseo exhortaros a que dejéis que vuestro obispo os bendiga con su sabiduría; escuchadlo, él nunca estará demasiado ocupado para atenderos.

Existe otra responsabilidad básica espiritual que puede sobrepasar a todas las demás. El obispo es el padre espiritual del barrio, el sumo sacerdote que dirige; esta responsabilidad se extiende como un inmenso paraguas que nos cubriera a todos.

Él tiene un número de personas que lo ayudan en esto: los maestros orientadores. Esta es una responsabilidad de los poseedores del sacerdocio, la cual, si se lleva a cabo devotamente, quitará una gran carga de los hombros del obispo. El maestro orientador es en realidad un ayudante del obispo; él es el que se pone más en contacto con la familia. Un obispo comentó que uno de los más grandes cum­plidos que había recibido fue cuando una familia llamó primero al maestro orientador en un caso de enfermedad. El presidente McKay ha dicho que si los maestros orientadores desempeñan su deber, és­tos deben ser llamados antes que el obispo en un caso de muerte en la familia. Deseo exhortar a todo maestro orientador a que aprecie su responsabilidad y lleve a cabo su deber como ayudante del obispo.

Como padre del barrio, el obispo tiene muchos otros ayudantes; todo oficial y maestro le presta ayuda. Nosotros, como miembros del barrio, tene­mos la responsabilidad de responder a los llamados del obispo. El deberá poder depender de nosotros al llevar a cabo nuestras asignaciones; él necesita la ayuda de todos. Con esa ayuda, no sólo la obra del Señor progresa, sino que personalmente somos ben­decidos con una felicidad que no puede venir de ninguna otra fuente, a causa de que mostramos amor por nuestro Padre Celestial; porque las escrituras dicen: “, . . cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios.” (Mosíah 2:17)

¿Quién es este obispo del que hemos estado ha­blando? Podrá ser el vecino, el hijo de vuestros amigos íntimos, podrá ser ese muchacho ruidoso que teníais en la clase de la Escuela Dominical hace sólo unos pocos años, aquél a quien estuvisteis a punto de expulsar de la clase, para que nunca jamás re­gresara.

Casi siempre es esposo, generalmente padre, siem­pre el que gana el sustento. Afronta todos los pro­blemas que tenemos, tiene sus flaquezas e imperfec­ciones, sus gustos y aversiones y también su idio­sincrasia. Sí, es un ser humano, un ser humano especial a causa del llamamiento especial con una bendición también especial. Esto es lo que el Señor dijo que tiene que ser: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“No dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;

“Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad.

“(Pues el que no sabe gobernar su propia casa ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?)

“No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.” (1 Timoteo 3:2-6)

Este hombre, vuestro obispo, no solicitó el pues­to, ni siquiera se ofreció como voluntario. Es más factible que aceptara el llamamiento con temor, sin embargo, con la fe y deseo de perfeccionarse a sí mismo como una medida de lo que el Señor espera de él.

Su leal y amorosa esposa y sus hijos también han aceptado compartir su responsabilidad, al no quejarse cuando está fuera de casa la mayor parte del tiempo, estando siempre alegres cuando el telé­fono suena a la hora de la comida o a las tres de la mañana, y al estar dispuestos a llevar a cabo algu­nas de las responsabilidades que normalmente co­rresponden al esposo y padre.

Que el Señor derrame sus más ricas bendiciones sobre estos maravillosos y fieles obispos, sus esposas e hijos; y ojalá que nosotros, los miembros de sus barrios, respondamos a sus llamados, aun cuando al­gunos de ellos parecen tan jóvenes, y a pesar de que nosotros no los hubiéramos escogido. El Señor nos bendecirá por sostener a los siervos que ha lla­mado a dirigirnos.

Os doy mi testimonio de que esta es la Iglesia de Jesucristo, que los obispos de la misma han sido llamados por nuestro Padre Celestial mediante la inspiración extendida a aquellos que nos dirigen, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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La oración diaria

5 de Abril 1968

La oración diaria

Por el presidente Joseph Fielding Smith
De la Primera Presi­dencia

El siguiente es el texto completo del discurso pronunciado por el presidente José Fielding Smith de la Primera Presi­dencia en la sesión de la mañana del viernes 5 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual de la Iglesia en Salt Lake City, Utah

Mis queridos hermanos, es un gran placer para mí tener la oportunidad de estar aquí con vosotros en esta conferencia.

Como Santos de los Últimos Días tenemos muchos deberes que cumplir. Algunas veces me pregunto si no somos un poco descuidados, desconsiderados y olvidadi­zos, no prestando mucha atención a las cosas sencillas del evangelio.

Me pregunto si alguna vez nos detenemos a pensar porqué el Señor nos ha mandado que oremos. ¿Nos lo pidió porque desea que nos inclinemos delante de Él y lo adoremos? ¿Es esa la razón principal? No creo que lo sea. Es nuestro Padre Celestial, y nos ha mandado que lo adoremos y oremos a Él en el nombre de su Ama­do Hijo, Jesucristo. Pero el Señor puede pasar muy bien sin nuestras oraciones; su obra seguirá adelante ya sea que le oremos o no. El conoce el fin desde el principio.

Hay muchos mundos que han pasado por las mismas experiencias por las que nosotros estamos pasando. Evi­dentemente ha tenido otros hijos en otros mundos en donde tuvieron los mismos privilegios y oportunidades de servirle y los mismos mandamientos que se nos han dado. La oración es algo que necesitamos nosotros, y no el Señor. Él sabe cómo dirigir sus asuntos y organizar los sin necesitar de nuestra ayuda. Nuestras oraciones no tienen el fin de indicarle cómo manejar sus asuntos, y si pensamos que es así, por supuesto estamos equivo­cados. Las oraciones que ofrecemos son para nuestro beneficio, para edificarnos, fortalecernos y darnos valor para aumentar nuestra fe en El.

La oración es algo que ennoblece el alma. Aumenta nuestra comprensión y agudiza la mente, nos acerca a nuestro Padre Celestial. Necesitamos su ayuda, no hay ninguna duda de ello; necesitamos la guía de su Santo Espíritu; necesitamos saber cuáles son los principios que se nos han dado por los cuales podemos volver a su presencia; necesitamos que nuestras mentes sean alertadas por la inspiración que viene de Él, y por estas ra­zones es que le oramos, para que nos ayude a vivir de manera tal que conozcamos su verdad, podamos andar en su luz, y por medio de nuestra fidelidad y obediencia, volver nuevamente a estar en su presencia.

Si somos fieles y cumplimos con cada convenio, con cada principio de verdad que se nos ha dado, entonces después de la resurrección volveremos a su presencia y seremos como El, tendremos cuerpos que brillarán como el suyo; si somos fieles mientras estamos acá, seremos sus hijos.

Pero el Señor va a hacer una gran segregación des­pués de la resurrección de la humanidad, y muchos, en realidad la mayor parte de los habitantes de la tierra no serán llamados hijos e hijas de Dios, sino que irán al próximo mundo a ser sirvientes. Sabéis lo que dijo en el maravilloso Sermón del Monte:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

La vida eterna es el don maravilloso reservado para aquellos que están dispuestos a guardar los mandamien­tos del Señor acá, en la mortalidad.

Todos recibirán la resurrección. ¿Es ésa la vida eter­na? Por cierto que no en las palabras de nuestro Padre que está en los cielos, a eso lo llaman inmortalidad, o sea el derecho de vivir para siempre, pero el Señor ha dado su interpretación sobre lo que es vida eterna. La vida eterna es tener la misma clase de vida que tiene nuestro Padre Celestial y ser coronados con las mismas bendiciones, glorias y privilegios que El posee para que podamos ser sus hijos, miembros de su familia.

Para llegar a ser hijos e hijas de Dios debemos ser fieles a todos los convenios que son parte del evangelio, y serlo hasta el fin de nuestros días. Si lo hacemos, en­tonces heredaremos, seremos llamados herederos y sere­mos coherederos con Jesucristo; pero ¿qué heredaremos? No es que Él vaya a descender de su trono para que nosotros podamos ascender, sino que heredaremos las mis­mas bendiciones, privilegios y oportunidades de progreso que El posee, para que a su tiempo podamos llegar a ser como El, teniendo reinos y tronos. Seguir leyendo

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“Nacer nuevamente”

6 de Abril 1968

“Nacer nuevamente”

El presidente Alvin R. Dyer

El siguiente es el texto del discurso pronunciado por el presidente Alvin R. Dyer en la sesión de la tarde del sábado, 6 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual.

Ciento a mi querida esposa a mi lado, ella, junto con mi familia han sido una gran ayuda para mí en mi esfuerzo por servir al Señor.

Hace muchos años un hombre de la ley buscó a Jesús de Nazaret para preguntarle cuáles eran los re­quisitos que un hombre debía cumplir para llegar a la vida eterna. La respuesta que le dio el Señor, aunque simple, no fue entendida completamente por este hombre docto en la sabiduría de los hombres. El Señor le dio la respuesta de que el hombre debe “nacer nuevamente” si es que quiere entrar en el Reino del Cielo y vivir otra vez en la presencia de Dios, el Padre, y de su Hijo, Jesucristo.

El nacer nuevamente es una parte esencial para la conversión al evangelio, tal como Cristo instruyó a Nicodemo. Pero los hombres tienen en una manera simi­lar, aunque tal vez no con la misma potencia, muchos renacimientos de diferentes formas en el curso de la vida mortal. Usualmente estos renacimientos están re­lacionados con hechos importantes o casi tragedias. Pero el “nacer nuevamente” no es parte de la regeneración en las vicisitudes de la vida.

Recuerdo haber estado al borde de la muerte en dos ocasiones, una siendo un niño de la edad de los diáconos cuando estúpidamente me puse un alfiler de sombrero en la boca. Estaba sentado en el sillón al lado de la ventana cuando el ruido súbito de un trueno hizo que me lo tragara. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me asusté grandemente. Me puse de rodillas y oré para que ese accidente no me causara la muerte. Le prometí al Señor en ese momento que le serviría todos los días de mi vida. Creo que en esa comunicación con el Señor tuve un “renacimiento”.

En otra ocasión, junto con mi esposa May y nuestros dos hijos, Gloria y Brent, fuimos a la playa en California después de un viaje por el desierto, en un auto sin aire acondicionado. Pronto nos pusimos los trajes de baño y nos dirigimos a la playa; mi esposa y los niños se detu­vieron para jugar en la arena disfrutando de la fresca brisa, pero eso no fue suficiente para mí; me lancé en el océano y comencé a nadar internándome en el mar sin darme cuenta de cuán lejos iba, y cuando traté de re­gresar me di cuenta que estaba en una corriente que no me dejaba avanzar. Luché con todas mis fuerzas pero mis esfuerzos no dieron resultado.

Pronto comprendí la situación y me enfrenté con la posibilidad de ahogarme y no volver a ver a mis seres queridos. En unos pocos segundos pasaron por mi mente los recuerdos de mi vida, y nuevamente supliqué que fuera rescatado de la situación en que yo mismo me había metido, al entrar en el agua sin prestar atención a la señal indicada por una bandera roja.

Comencé a gritar pidiendo ayuda, y a pesar del ruido producido por las olas y la niebla, mis gritos fueron es­cuchados por un salvavidas que vino a mi rescate en un bote, justo cuando mis fuerzas se estaban terminando.

Llegamos a la costa después de expresar mi agra­decimiento al guardia, me senté sobre la arena a medi­tar y dar gracias a mi Padre Celestial. Creo que ese día volví a nacer, comprendí lo que significa estar vivo y tuve el sentimiento interior de tratar de vivir una vida digna.

Tal vez el “renacer” significa tener otra oportunidad, renovar nuestros esfuerzos para hacer nuestra parte. Mu­chas veces en mi vida he sentido eso al recibir llama­mientos para servir al Señor. Tuve ese sentimiento cuan­do fui llamado al apostolado en la conferencia de octu­bre próximo pasado. En este día siento como que un nuevo “renacimiento” está teniendo lugar. Seguir leyendo

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