La Palabra de Sabiduría

7 de Abril de 1968

La Palabra de Sabiduría

Por el presidente N. Eldon Tanner

El siguiente es el texto completo del discurso del presiden­te N. Eldon Tanner, pronunciado a las 10:00 horas del domingo 7 de abril de 1968, durante la 138a. Conferen­cia General Anual en el Tabernáculo.

Hace 135 años, un Profeta de Dios nos dio una revelación conocida como “Una Palabra de Sabi­duría. . . dada como un principio con promesa, adap­tada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos, que son, o que pueden ser llamados santos. He aquí, de cierto, así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado, y os prevengo, dándoos esta pala­bra de sabiduría por revelación.” (Doc. y Con. 89:1-4) Entre otras cosas, nos amonesta contra el uso del tabaco y las bebidas alcohólicas.

Y entonces nos da esta promesa:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los manda­mientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;

“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conoci­miento, aun tesoros escondidos;

“Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar. Seguir leyendo

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Cultivad un incansable apetito por el conocimiento

6 de Abril de 1968

Cultivad un incansable apetito por el conocimiento

Presidente Hugh B. Brown
De la Primera Presidencia

El siguiente es el texto completo de la narración ilustrada del presidente Hugh B. Brown de la Primera Presidencia, durante la Conferencia General del Sacerdocio, de la 138a. Conferencia Anual de la Iglesia, realizada la noche del sábado 6 de abril de 1968 en el Tabernáculo de la ciudad de Lago Salado.

Hermanos del Sacerdocio, nos reunimos esta noche en el famoso Tabernáculo y en cientos de capillas y otros lugares de reunión a través de los Estados Unidos y Canadá en lo que indudablemente es la reunión del sacerdocio más grande en esta dispensación, aumentada por una extensa audiencia que se ha unido a nosotros por medio de una transmisión por televisión.

Nos reunimos reverentemente en el nombre del fun­dador y principal de la Iglesia, nuestro Señor y Salva­dor, Jesucristo, de cuya divinidad humildemente damos testimonio.

Bajo la dirección de su Profeta, el presidente David O. McKay, la Primera Presidencia de la Iglesia emite una admonición y una exhortación que está dirigida hacia la juventud y los adultos igualmente—para abre­viar—a todos los miembros de la Iglesia y a nuestros semejantes de todo el mundo. Pero nuestro llamado va dirigido primeramente a vosotros, quienes estáis en ese interesante pero difícil período entre la niñez y la edad adulta llamado adolescencia, cuando ya no estáis some­tidos al estricto control de la niñez pero a su vez no estáis preparados para aceptar las totales responsabili­dades de un ser adulto.

Mantened en mente el hecho desafiante de que vues­tra meta no es simplemente exceder a otros, sino exce­deros a vosotros mismos; comenzad hoy mismo a ser la clase de persona que deseáis ser; a inmortalizar el pre­sente y el futuro que está delante para que vuestra vida pueda tener significado eterno. Cultivad un incansable apetito por el conocimiento.

Cada uno de vosotros es un heredero de las épocas. Aquellos que han ido adelante han descubierto parcial­mente y revelado un mundo de maravillas, con ilimita­dos y privilegiados campos.

A propósito, frecuentemente hemos exhortado a nues­tra juventud a que mantengan sus risas durante su edad madura. Un sano sentido del humor será una válvula de seguridad que os permitirá aplicar un toque risueño a los problemas más serios y a aprender una lección im­portante, que “el sudor y las lágrimas” fallen en resolver. Una línea tomada de Proverbios nos aconseja que “El corazón alegre produce buena disposición: más el espíritu triste seca los huesos.” (Proverbios 17:22)

Vivimos en una sociedad que cambia rápidamente y cuyos desafíos son temibles en su objetivo y frustrantes en su complejidad. Nuestra era es una era atómica don­de los movimientos, acciones y cambios revolucionarios son constantes. Un nuevo mundo está estallando sobre nosotros con repentina prontitud e irresistible fuerza— un mundo que es al mismo tiempo auspicioso y ominoso. La época requiere que nos preparemos para enfrentar las demandas del futuro, hacer los sacrificios requeridos, gozar de sus recompensas e inapreciables privilegios y acomodarnos a la ley universal del cambio.

Para tal finalidad, nuestra primera exhortación a vosotros es “estéis preparados”. Constantemente prepara­dos y continuad preparándoos para el futuro—vuestro futuro—el cual espera de vosotros importantes con­tribuciones. El paso del hombre a través de la vida es sostenido por el poder de su conocimiento.

La preparación que exhortamos no sólo es la educa­ción sino también la disciplina en ella, sea ésta impuesta o voluntaria.

Cada uno de vosotros debe enfrentar y resolver la pregunta de qué es lo que hará después que termine la enseñanza secundaria. Esta es una de las preguntas esenciales de la vida, que debe ser contestada con reso­lución y entusiasmo. Vuestra respuesta, si está afian­zada por el valor y la energía, determinará en gran manera cómo pasaréis el resto de vuestras vidas. Es, por lo tanto, de trascendental importancia.

Pero habrá tentaciones y altibajos a lo largo del camino, susurros sutiles intencionados a induciros a que abandonéis la búsqueda del conocimiento y a que seáis conducidos hacia desviaciones peligrosas. Tened cuidado de no ceder a la tentación, a veces halagadora, pero siem­pre falsa y destructora del alma de participar en cosas que Dios ha dicho no son buenas para el hombre.

Cito al autor Robert G. Ingersol, que por seguro no fue motivado por una gran razón religiosa, pero quien usó su maravillosa retórica para golpear a este enemigo común. “Creo, señores, que el alcohol, hasta cierto punto, desmoraliza a quienes lo producen, a aquellos que lo ven­den, y a aquellos que lo beben.

“Pienso que desde el momento en que sale de la plegada y envenenada serpiente de la destilería hasta que se vacía en el infierno del crimen, muerte y desho­nor, desmoraliza a todo aquel que lo toca. No creo que nadie pueda contemplar este sujeto sin convertirse en par­cial contra este crimen líquido. Todo lo que tenéis que ha­cer, señores, es pensar en la destrucción sobre cualquiera de ambas orillas de la corriente de la muerte—de los suicidios, de la insanidad, de la pobreza, de la ignoran­cia, de la angustia, de los niñitos tironeando las desco­loridas ropas de esposas sollozantes y desesperadas, pi­diendo pan; de los hombres de genio que ha destrozado, de los millones que han luchado con serpientes imagi­narias producidas por esta endiablada cosa. Y cuando se piensa en las cárceles, en los asilos, en las prisiones y en los cadalsos sobre cada orilla—no me extraña que cada hombre juicioso se defina contra esa endemoniada cosa llamada alcohol.” (Robert G. Ingersol.)

No permitáis que nadie os persuada de que el uso inapropiado de narcóticos, lo que se está volviendo co­mún en algunos centros de estudio, pueda beneficiaros en cierta manera. Algunos os dirán que ciertas drogas expanden el alma, pero como Al Capp nos dijo es una de sus historietas cómicas: “Mariguana y LDS expanden el alma de la misma forma que la bomba atómica ex­pandió a Hiroshima.” Al igual que Robert M. Hutchins de la Universidad de Chicago dijo: “No estoy preocu­pado acerca del futuro económico, estoy preocupado sobre vuestras morales. . . El más insidioso y paralizante peli­gro que enfrentaréis en la vida, es el peligro de la corrup­ción.”

De cada uno de los elevados caminos de verdades, desciende,
Por cada error que detiene el alma
Con la tristeza y la soledad del alma pagamos,
Y también con la demora en alcanzar la meta.

Recordad, la ley de la cosecha es inexorable. Lo que sembráis recogeréis. El uso de muchas substancias dañi­nas impedirá vuestro progreso hacia la meta.

La educación ha sido siempre reconocida por la Igle­sia como la obligación número uno de cada generación para con sus sucesores y de cada individuo para con­sigo mismo. Cada uno de nosotros es un ser inteligente, eterno y divinamente dotado. Nos incumbe por lo tanto, alentar y mantener vivo el espíritu inquisitivo, aprender y continuar aprendiendo todo lo que nos sea posible, acerca de nosotros, nuestros semejantes, nuestro universo y nuestro Dios, quien es nuestro Padre.

El profeta José Smith dijo: “Para ser salvo, un hom­bre debe elevarse por sobre todos sus enemigos, incluso por sobre la ignorancia.” Su profundo y constante in­terés en la educación es demostrado por el hecho de que fundó el primer programa de educación para adul­tos en América—La Escuela de los Profetas.

Aunque los Santos refugiados estaban ocupados eri­giendo un templo y predicando el evangelio reciente­mente restaurado, fueron sin embargo amonestados por el Señor a través del Profeta para que se enseñaran mutua­mente “cosas del cielo y de la tierra, y de debajo de la tierra; (conocimiento general), cosas que han sido (his­toria), cosas que son (hechos del presente), cosas que pronto sucederán (profecía), cosas de aquí, cosas de otro lado; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que están sobre la tierra, y también conocimiento de los países, y de los reinos.” En resumen, una educación general y comprensiva. Seguir leyendo

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El respeto

Liahona Abril 1968

El respeto

Por John H. Vandenberg

Durante el ministerio terrenal del Salvador, ya estuviera con el leproso, el lisiado, el sabio, ya se arrodillara en solemne oración ante su Padre, demostró poseer un profundo respeto hacia los demás. Aun durante la dura prueba, cuando aquellos que Él amaba, lo traicionaron, y aquellos a quienes había venido a servir se mofaron de Él y lo maldijeron, jamás salió de su boca una palabra irrespetuosa. Aun cuando la multitud gritó: “¡Crucificadlo! ¡Crucifi­cadlo!” y fue llevado al Gólgota para sufrir los más dolorosos tormentos, sus pensamientos fueron para el bienestar de su madre, para aquellos que amaba, y aun para los que lo crucificaron, y de sus labios no salió una palabra de menosprecio.

Jóvenes de ambos sexos: es esta importante ca­racterística del respeto lo que deseo considerar con vosotros. Esta es una virtud que a menudo resulta difícil que la juventud aprecie; sin embargo es una de las características de la madurez, la dignidad y la grandeza. Aunque el respeto es una virtud que puede aplicarse a cada etapa de nuestra vida, qui­siera discutir con vosotros algunos de sus aspectos que parecen ser de particular importancia en nuestros días.

El respeto a los padres

Desde los tiempos de Adán a los de Sinaí, y a nuestros días, siempre ha acompañado al joven la responsabilidad de respetar a sus padres; todos los grandes hombres lo han hecho. Cristo, nuestro Maes­tro, el más grande de todos, mientras colgaba san­grante en la cruz, pensó en su madre. El respeto a los padres es básico para llegar a ser un hombre o una mujer dignos.

Se cuenta el caso de un muchacho inglés que fue enviado a vigilar el campo de su padre. Bajo ningún concepto, debía dejar entrar a nadie en él. Apenas había tomado su puesto cuando llegaron algunos cazadores y le ordenaron abrir los portones. El mu­chacho declinó la orden, diciendo que se proponía obedecer las instrucciones de su padre. Por fin, uno de los señores se adelantó y le dijo con voz autori­taria: “Hijo, tú no me conoces, pero yo soy el Duque de Wellington, y no estoy acostumbrado a que se me desobedezca. Te ordeno que abras los portones.” El muchacho se quitó la gorra, y respondió con voz firme: “Estoy seguro de que el Duque de Wellingten no desea que obedezca sus órdenes. Debo mantener cerrados los portones, y nadie puede pasar por ellos, a no ser con el expreso permiso de mi padre.” En­tonces el Duque se quitó el sombrero, y dijo: “Ad­miro al hombre o muchacho que no se deja asustar ni sobornar para desobedecer órdenes. Con un ejér­cito de tales soldados, yo podría conquistar no sólo a Francia sino al mundo.”

La obediencia a los padres es la forma más su­blime del respeto, y a menudo son las así llamadas “pequeñas” cosas las que lo expresan. Sería bueno, jóvenes, que os dierais cuenta de que todo lo que sois, y todo lo que tenéis, se lo debéis a vuestros padres. No hay en vuestra vida nadie que merezca mayor respeto.

Muchas veces oímos comentar a los jóvenes que desearían que se les respetara más, y esta queja tiene su motivo; sin embargo, una regla básica de las relaciones humanas es aquella de que “el respeto engendra respeto”. Encontraréis que ganáis el res­peto de vuestros padres y otras personas, al tiempo que los honráis y respetáis a ellos.

Hace poco, un hombre que ahora camina encor­vado y cuyo cabello ha sido blanqueado por los años, contó un incidente. Cuando era joven, volvía una noche del campo de heno en la granja paterna, des­pués de haber trabajado desde el alba, cuando su padre le salió al encuentro pidiéndole que fuera has­ta el pueblo para llevar un recado. El anciano relató:

“Yo estaba cansado, sucio y hambriento. El pue­blo quedaba a más de tres kilómetros, y yo quería ir a casa a comer. Mi primer impulso fue rehusar ásperamente, porque estaba enojado con mi padre por ir a pedirme que fuera después de mi larga jor­nada de trabajo. Pero sabía que si me negaba iría él mismo, así que le dije: ‘Claro que voy, papá’ y le alcancé mi guadaña a uno de los hombres. ‘Gracias Jim’ replicó mi padre. ‘Pensaba ir yo pero no sé por qué no me siento muy bien hoy’. Me acompañó hasta el camino que conducía al pueblo, y antes de alejarse, poniéndome la mano en el brazo, me dijo otra vez: ‘Gracias, hijo. Siempre has sido un buen hijo, Jim’.

“Me apuré en el camino de ida y también al re­greso. Al acercarme a la casa, vi que había pasado algo. Todos los peones estaban reunidos alrededor de la puerta en lugar de estar cumpliendo con sus tareas. Cuando me acerqué a ellos, uno se dio vuelta y con lágrimas en los ojos me dijo: ‘Tu padre. . . ha muerto. Cayó al llegar a la casa. Sus últimas palabras fueron para ti.’

“Soy viejo ahora; pero he agradecido a Dios durante todos los años que han pasado desde aquel día, por aquellas últimas palabras de mi padre. ‘Siempre has sido un buen hijo.’ ”

El respeto a vuestros padres es el primer paso hacia la nobleza.

El respeto a los demás

El respeto es una actitud que a menudo se encuen­tra en lo que comúnmente se llama “cortesía co­mún”. Una de las tragedias de nuestro tiempo es que esta “cortesía común” no es tan común como debiera ser. Es una forma básica y esencial, del res­peto y la consideración. “Todas las puertas están abiertas a la cortesía,” dijo Thomas Fuller. Y Tennyson observó que “Cuanto mayor la grandeza del hombre, mayor su cortesía”.

La cortesía es una forma de respeto indispensa­ble para llegar a ser un hombre o una mujer dignos, y refleja confianza en sí mismo y autoestima. Ha­blando sobre esto, E. S. Martin dijo: “El autorespeto es la base de los buenos modos. Estos son la expresión de la disciplina, la benevolencia, del res­peto hacia los derechos, los sentimientos y la como­didad de los demás.”

Sería bueno, jóvenes, que nos examináramos, y cuidáramos que en todas nuestras acciones; seamos corteses y considerados, con ese respeto que brota de adentro.

Cicerón dijo: “Nada puede hacer más por la grandeza de un hombre, que la cortesía.”

El respeto a la ley

El respeto a la ley y a la autoridad civil es una parte básica de nuestras creencias. El profeta José Smith declaró que “creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes, y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley”. En nuestra so­ciedad, hay quienes se burlan y ridiculizan esto.

El respeto a la autoridad divina

El apóstol Pablo tuvo que aprender el respeto a la autoridad antes de ser llamado al ministerio. El libro de los Hechos nos cuenta del viaje de Saulo hacia Damasco, interrumpido cuando la voz del Se­ñor le clamó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y él le dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.” (Hechos 9:4, 6)

El Señor podría haberle dicho en pocas palabras lo que debía hacer, pero El conocía a Saulo y sabía que tendría dificultad en reconocer y respetar la autoridad de los líderes de la Iglesia, tal como lo probaron hechos posteriores. Por eso, en un esfuerzo por grabar en él la importancia vital del respeto a la autoridad de la Iglesia, el Señor envió al letrado Saulo a Ananías, el humilde presidente de la Iglesia en Damasco, precisamente el hombre a quien Pablo iba a arrestar por instrucciones relacionadas con el evangelio de Jesucristo.

El respeto a la autoridad es básico en nuestra doctrina. En las Doctrinas y Convenios, el Señor dio énfasis a este punto cuando declaró: “Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho, y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi pro­pia voz, o por la voz de mis siervos, es lo mismo.” (Doc. y Con. 1:38)

Hay una gran bendición para vosotros, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, y para vosotras, señoritas, si lográis comprender lo que se encuentra implicado en esta declaración del Señor. Mirad al Profeta, a vuestro presidente de estaca y a vuestro obispo; res­petad su autoridad y seguid su consejo.

El respeto, como ya hemos dicho, es básico. De­masiado frecuentemente en nuestra sociedad actual, los jóvenes, inseguros en su falsa madurez, se vuelven a la irrespetuosidad, pensando que dará fuerza a la imagen que se han formado de sí mismos. No comprenden que actuando así, están “traicionando su propio derecho a la dignidad”.

Concluyamos parafraseando una declaración del presidente McKay: “Los pequeños hombres pueden lograr éxito, pero sin (el respeto) jamás serán gran­des.”

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La fiesta de la Pascua

La fiesta de la Pascua

Por Helen Black Smith
Liahona Abril 1968


Nunca había sido maestra en la Escuela Domini­cal, a pesar de que había pertenecido a la Igle­sia por casi cincuenta años. Ahora, con la asigna­ción de enseñar a los estudiantes de 16 y 17 años, la cual se me dijo era la edad “difícil”, estaba pre­ocupada.

“¡Preparen una lección interesante!”, era lo que aconsejaban los mejores manuales de entrenamiento de maestros.

“¡Queremos una fiesta!”, insistió la clase.

¿Cómo podría hacer una lección interesante para una clase apática? ¿Son las fiestas una característica de la Escuela Dominical? ¿Qué podía hacer una maestra inexperta?

Estábamos en la novena lección de El Mensaje del Maestro, hasta que tristemente me di cuenta de que no estaba comunicando el mensaje a mis oyen­tes mientras les describía la fiesta de la pascua. Re­pentinamente se me ocurrió combinar las órdenes del maestro de capacitación con las de los estudian­tes y tener nuestra propia “Pascua”. Era la época propicia para ello y dicha celebración podría ayu­darme a unirme más estrechamente a mis alumnos.

La respuesta a mi sugerencia fue algo menos que entusiasta, pero la idea fue aceptada—quedando en­tendido de antemano que alguien haría el trabajo. Incluso las invitaciones que compuse en un tipo de lenguaje bíblico, escritas sobre papel parecido al papiro y enrolladas como pergaminos, en pedazos de madera delgados y atadas con tiras de paja, no despertaron mucho interés. Los oficiales de la clase convinieron en distribuirlas y naturalmente invita­mos a nuestros miembros inactivos.

Un estudio de la Pascua

Decidiendo que la sorpresa era el ingrediente principal de cualquier fiesta, opté por ser mi propio productor. La biblioteca pública y unos cuantos amigos judíos fueron mis principales fuentes de in­formación. Combinando las costumbres de las tres formas de la fe judía, pude inventar un plan que mantendría su autenticidad aunque se usara en for­ma modificada.

A medida que progresaban mis investigaciones so­bre esta antigua celebración, me quedé impresionada por las evidencias del amor hacia Dios en la fe judía, y la creencia de que el hogar y la familia son los cimientos de una buena vida. Me enteré de que el Ceder (que literalmente significa “orden de servi­cio”) se verificaba en la noche de la pascua y era el punto culminante de la celebración que duraba ocho días.

Los platos que se usan solamente para la semana de la pascua se sacan y lavan. Asimismo los cubier­tos de plata se limpian y se lustran. El hogar bri­llante refleja la radiante felicidad de la familia que se reúne para participar de las tan antiguas costum­bres bajo la dirección del patriarca de la familia o el varón de más edad.

Envuelta en el espíritu de la ocasión

Al preguntar a la madre del presidente de nues­tra clase si podíamos usar su comedor para servir una comida para 28 personas, me descubrí a mí mis­ma dando una descripción bastante exagerada del acontecimiento. Nuestra futura anfitriona captó el espíritu y no deseaba otra cosa que usáramos su comedor con los hermosos muebles de roble, su man­tel, porcelana y cubiertos más finos.

Al acercarse la fecha, llamé por teléfono a varios miembros de la clase, diciéndoles a cada uno que necesitaba ayuda en varios asuntos y les ofrecí la asignación. Dichas tareas, que fueron aceptadas con sentido de cooperación, se llevaron a cabo con todo detalle.

La Pascua

Nos reunimos en mi casa, la cual tenía en el dintel una marca simbólica de la “sangre del cor­dero”. Fue allí donde el presidente de la clase asu­mió el papel de patriarca, o “padre” de la familia.

Leyó de las Sagradas Escrituras, después que to­dos los varones se habían puesto sus yamakas (es­pecie de casquetes) los cuales habíamos confeccio­nado con papel crepé negro. (Dichos yamakas re­presentan la protección o cubrimiento de la mano de Dios.) Las jovencitas pasaron una hermosa jarra azul y servilletas de lino para la ceremonia del lavado de manos, y todos permanecimos de pie mientras participábamos de las “hierbas amargas”.

Más tarde, en el hogar de nuestra anfitriona, estuvimos sentados frente a su hermosa mesa con el tradicional candelabro de siete brazos en el centro. Colocada frente a la cabecera de la familia había una fuente que contenía los símbolos de Ceder: un hueso de cordero asado, para representar al cordero de los sacrificios; un huevo asado, símbolo de la vida y la esperanza; raíces de rábano y perejil para las hierbas amargas, para simbolizar la amargura de per­der los derechos personales; y una mezcla de man­zanas, nueces y vino (nosotros usamos jugo de uva) para sugerir por medio de su color rojo, los ladrillos que los esclavos israelitas fueron forzados a hacer en Egipto.

Nuestro “patriarca” presidió a la cabecera de la mesa, mientras que mi propio hijo, un invitado, pero además el varón más joven de los presentes, hacía las “cuatro preguntas” tradicionales; y se contaba el antiguo relato de cómo los hijos de Israel escapa­ron de la esclavitud.

Porque en la Tora está escrito:

“Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre… (La Tora, Éxodo 13:14)

Nuestra anfitriona entonces leyó una oración hebrea de acción de gracias para las madres de fa­milia, recitando las palabras de Salomón concernien­tes a una mujer casta. Esta fue seguida por la ora­ción hebrea sobre los alimentos.

Viviendo una experiencia

Aunque hubo un gran respeto cuando actuamos en las ceremonias sagradas, esto no interfirió con la diversión y el gozo de la ocasión. Era un placer ver el interés en las caras jóvenes a medida que les ex­plicaba cada ceremonia. Sus ojos chispeantes dije­ron más claramente que las palabras, que estaban disfrutando no sólo de una fiesta diferente, sino de una ocasión de aprender a medida que vivían y experimentaban.

Cerramos la noche con broche de oro, con una gira por la Tierra Sagrada, por medio de una pelí­cula en colores; seguimos los pasos del Maestro a lugares de renombre en donde El efectuó milagros y dijo las parábolas que habíamos discutido previa­mente en la clase; después continuamos la jornada hacia las angostas y torcidas calles de Jerusalén y hacia el Calvario.

Nuestra fiesta de la pascua había terminado. Sentí que cada joven y jovencita, incluyendo los invitados especiales, habían tomado parte en una antigua celebración bíblica. En ningún momento los jóvenes pensaron o indicaron que esto era una “idea tonta”, sino que cada uno mostró el anhelo de saber el significado y propósito de todo lo que comimos e hicimos.

El domingo siguiente, sus acciones me dijeron todo lo que deseaba saber. Primero, su saludo fue un simple ademán con la mano y un “hola”. Había desaparecido el estilo formal de la manera de comu­nicarnos. Segundo, pude notar más atención cuando empecé la lección con, “Era la COSTUMBRE cuando Jesús anduvo en la tierra…” Por fin pude sentir que estaba comunicando el mensaje. □

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Cristo ha Resucitado

Liahona Abril 1968

Cristo ha Resucitado

Por el presidente David O. McKay

No hay razón para temer a la muerte; es tan sólo un incidente en la vida

Ningún hombre puede aceptar la resurrección—el acontecimiento que cele­bramos como la Pascua—y ser firme en su creencia, sin aceptar tam­bién la existencia de un Dios personal. Mediante la resurrección, Cristo conquistó la muerte. El creer en su resurrección también significa la inmor­talidad del hombre. Jesús pasó por todas las experiencias de la mortalidad así como vosotros y yo. Conoció la felicidad y experimentó el dolor. Se regocijó con otros, también se afligió. Conoció la amistad. Sufrió la muerte así como cualquier otro ser humano. Si su espíritu vivió después de lo que uno llama muerte, así también lo hará el vuestro y el mío.

Es un tesoro incomprensible el poder decir: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19:25)

Por tanto, aquél que puede testificar del Redentor viviente, tiene su alma anclada en la verdad eterna.

El concepto de que el espíritu del hombre pasa triunfalmente a través de los portales de la muerte hacia la vida eterna, es uno de los gloriosos mensajes que Cristo, nuestro Redentor, nos ha dado. Para El, esta carrera terrenal es sólo un día, y su fin, tan sólo la puesta del sol de la vida. La muerte, que es un sueño solamente, es seguida por un glorioso despertar en la mañana de un reino eterno. Cuando María y Marta vieron a su hermano en la tumba oscura y silenciosa, Cristo lo vio todavía como un ser viviente. Este hecho lo expresó en dos palabras: “Lázaro duerme.”

Si todos los que participan en los servicios de la Pascua supieran que el Cristo crucificado, realmente se levantó de la tumba en el tercer día— que después de haber andado con otros en el mundo de los espíritus, su espíritu nuevamente revivió su cuerpo, y después de morar entre los hombres por un período de cuarenta días, ascendió a su Padre como un alma glorifi­cada— ¡qué paz tan benigna vendría a las almas perturbadas con duda e incertidumbre!

Es verdad que el conocimiento de la inmortalidad individual no depen­de de la existencia de la resurrección de Jesús: sin embargo, el estableci­miento del hecho de que se levantó de la tumba y se comunicó con sus discípulos, proporcionará en muchas maneras el apoyo más grande de esa esperanza.

No hay razón para temer a la muerte, es tan sólo un incidente en la vida. Es tan natural como el nacimiento. ¿Por qué habríamos de temerle? Algunos lo hacen porque piensan que es el fin de la vida, y muchas veces la vida es la cosa más preciada que tenemos. La vida eterna es la bendición más grande del hombre.

Si sólo los hombres “hicieran su voluntad” en vez de mirar sin espe­ranza hacia la oscura y lóbrega tumba, mirarían hacia el cielo y sabrían que “¡Cristo ha resucitado!”

Cristo vino al mundo para redimirlo del pecado. Vino con amor en su corazón para cada individuo, con redención y posibilidad de renovación para todos. Al escogerlo como nuestro ideal, creamos dentro de nosotros el deseo de ser como El, y de comunicarnos con El. Nosotros recibimos la vida como debería y como podría ser.

El apóstol Pedro, el incansable Pablo, el profeta José Smith y otros fieles seguidores del Señor resucitado, reconocieron en El al Salvador del individuo, porque ¿no dijo El, “. . . ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”? (Moisés 1:39)

Los miembros de la Iglesia de Cristo tienen la obligación de tener como ideal al Hijo del Hombre. Él es el único ser perfecto que jamás haya ca­minado sobre la tierra, el ejemplo más sublime de nobleza, divino en su naturaleza, perfecto en su amor, nuestro Redentor, nuestro Salvador, el Hijo inmaculado de nuestro Padre Eterno, la Luz, la Vida, el Camino.

Con toda mi alma sé que Jesucristo conquistó la muerte.

¡Porque nuestro Redentor vive, nosotros también viviremos! □

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La parábola de las manzanas

La parábola de las manzanas

Había una vez un árbol que estaba repleto de manzanas, todas las manzanas eran básicamente iguales, aunque de diferente tamaño, forma, color, pero en esencia todas manzanas.

Cierto día una manzana le dice a otra: «¡Wow! ¡Hoy te ves muy atractiva!»

Esa manzana al escuchar el comentario, empezó a sentirse superior a las demás manzanas y enfoco su vida en aquel comentario que le hicieron, en algo tan fútil y superfluo, algo que la hacía valer solo por su cascara.

Al siguiente día las membresías del gimnasio se multiplicaron, las citas con los cirujanos, las cosmetólogas, los diseñadores de imagen, etc… Todas las demás manzanas querían ser como la manzana «atractiva» y empezaron a competir entre sí.

Pronto llego el invierno y todas las manzanas comenzaron a caerse del árbol. La nieve empezó a caer y las manzanas, en el suelo, se secaron… se pudrieron, todas las manzanas pasaron por el mismo proceso y al final solo quedaron las semillitas tiradas en la fría tierra invernal…

Después llego la primavera y esas semillitas empezaron a retoñar. Pasado el tiempo, se convirtieron en arboles…

-¿Ustedes que son? ¿Árboles o Manzanas?

Por favor contesten la pregunta antes de seguir leyendo…

La moraleja es que nosotros fuimos creados para ser árboles y estamos temporalmente siendo manzanas porque esa es la cascara que está cubriendo nuestra semilla. Lo que esas manzanas no entendían, era que lo más importante no era el tipo de manzana que eran, sino el tipo de semilla que llevaban dentro de sí, porque eso es lo que determina el tipo de árbol que vamos a ser…

Dios no está esperando que nos enfoquemos en vernos como las mejores manzanas (que al final se caerán y secaran como toda manzana!!), si no que cultivemos aquellos atributos que nos hacen tener la mejor semilla, la más hermosa, la más virtuosa. Y eso no tiene nada que ver con la apariencia del fruto…

Considero que en el mundo de hoy estamos tan preocupados por el tipo de manzana que somos, que hemos dejado de valorar lo verdaderamente trascendental: nuestra semilla. En mi opinión, hay cosas en la vida que nos gustan mucho pero que no benefician en nada al crecimiento de nuestra semilla… aunque nos hacen vernos como la mejor manzana… el dilema es si realmente estamos dispuestos a dejar esas cosas que nos hacen «vernos» bien para dar lugar a las cosas que nos hacen «sentirnos» bien.

«No hay nada más bello que uno hombre o mujer joven que, como resultado de ser integro o virtuosa, resplandece con la luz del Espíritu, se siente seguro de sí mismo y es valiente. Creo que un hombre o  mujer joven integro o virtuosa, guiado por el Espíritu, puede cambiar el mundo”

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Enseñando, predicando, sanando

Liahona. Enero 2003

Enseñando, predicando, sanando

Por el Élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

Creo que Cristo desea que nuestra enseñanza resulte en sanidades de naturaleza espiritual.

Rápida y acertadamente pensamos en Cristo como un maestro: el mayor maestro que haya vivido, vive o vivirá. El Nuevo Testamento está lleno de Sus enseñanzas, Sus dichos, Sus sermones, Sus parábolas. De una u otra forma, Él es un maestro en cada página del Libro de Mormón. Pero incluso mientras enseñaba, conscientemente estaba haciendo algo más, algo que ponía Sus enseñanzas en perspectiva.

La obra comenzó después del llamado inicial del Salvador a aquellos primeros discípulos (aún no son apóstoles). Esto es lo que dice Mateo: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 4:23; cursiva agregada).

Ahora bien, conocemos las enseñanzas y las prédicas y las esperamos, pero puede que no estemos muy preparados para contemplar las sanidades de la misma forma. Sin embargo, desde el principio, desde la primera hora, las sanidades se mencionan casi como sinónimo de enseñanza y predicación. Al menos hay una clara relación entre las tres. De hecho, el pasaje que se cita a continuación dice más sobre las sanidades que sobre la enseñanza o la predicación.

Mateo continúa: “Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó” (versículo 24).

Lo que sigue después es la obra maestra: el Sermón del monte, unas seis páginas que nos llevarían unos seis años para enseñarlas adecuadamente, supongo. Pero cuando Él terminó ese sermón, descendió del monte y fue a sanar de nuevo. En rápida sucesión, ayudó al leproso, al siervo del centurión, a la suegra de Pedro, luego a un grupo descrito como “muchos endemoniados” (Mateo 8:16); en resumen, dice que “sanó a todos los enfermos” (versículo 16).

Después de cruzar el mar de Galilea, obligado a hacerlo debido a la mucha gente que ahora lo rodeaba, echó fuera demonios de dos personas que vivían en los sepulcros de Gadarene; luego “vino a su ciudad” (Mateo 9:1), donde sanó a un paralítico postrado en cama, sanó a una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años (en lo que considero uno de los más dulces y notables momentos de todo el Nuevo Testamento) y luego levantó de los muertos a la hija de un principal.

Luego restauró la vista a dos ciegos, para más tarde echar fuera un demonio que impedía hablar a un hombre. Éste es un resumen corto de los primeros seis capítulos del Nuevo Testamento dedicados al ministerio de Cristo. A continuación sigue este versículo; vean si les suena familiar: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35; cursiva agregada).

Este pasaje, salvo unas pocas palabras, es igual al versículo que leímos cinco capítulos atrás. Luego esto:

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

“Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.

“Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (versículos 36–38).

Después llamó a los Doce, y les encargó: “…id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

“Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.

“ Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:6–8; cursiva agregada).

Sabemos que el Salvador es el Maestro de maestros. Es eso y más. Y cuando dice que la mayor parte de la mies está ante nosotros y son pocos los obreros, inmediatamente pensamos en los misioneros y en otras personas que tienen que enseñar. Pero el llamamiento es para un determinado tipo de maestro, un maestro que sane durante el proceso.

Permítanme aclarar el punto. Con la palabra “sanar”, como la he estado empleando, no hablo del uso formal del sacerdocio, ni de una bendición a los enfermos ni de nada parecido. Ésa no es la función de los que son llamados como maestros en las organizaciones de nuestra Iglesia.

Sin embargo, creo que nuestra enseñanza puede conducir a cierta sanidad de naturaleza espiritual. No puedo creer que tanto de lo que escribió Mateo se enfocara en el ministerio del Salvador a la gente con problemas, afligida y consternada, si no hubiera un propósito. Y como sucede con el Maestro, ¿no sería maravilloso medir el éxito de nuestra enseñanza con la sanidad que ocurre en la vida de los demás? Seguir leyendo

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El ejemplo del maestro

El ejemplo del maestro

Por el Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El consejo del Maestro al intérprete de la ley se aplica a ustedes y a mí como si oyéramos Su voz dirigiéndose directamente a nosotros.

El mandamiento divino de amar

Durante el último ministerio del Señor en Judea, “un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

“Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

“Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

“Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

“Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

“Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.

“Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;

“y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.

“Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

“¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

“Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” 1 .

Los tiempos cambian, los años pasan, las circunstancias varían… pero el consejo del Maestro al intérprete de la ley se aplica a ustedes y a mí como si oyéramos Su voz dirigiéndose directamente a nosotros. Seguir leyendo

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Enseñar por la fe

Enseñar por la fe

Por el Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Un discurso para los educadores del Sistema Educativo de la Iglesia pronunciado en Bountiful, Utah el 1 de febrero de 2002.

Cuando enseñamos a los jóvenes por el Espíritu, sus corazones se conmueven y sus vidas cambian.

Las responsabilidades de los maestros del Evangelio en el hogar y en la Iglesia son muchas, y para cumplir con estas responsabilidades, los maestros deben primeramente esforzarse por procurar obtener la rectitud personal. Como maestros y padres de jóvenes, debemos vivir el Evangelio de tal modo que tengamos siempre el Espíritu con nosotros. Si vivimos dignos del Espíritu, estará siempre con nosotros. De ese modo, podremos enseñar por el Espíritu y, al hacerlo, la juventud podrá sentirlo y recibirlo. Se conmoverán corazones y se cambiarán vidas.

Recordarán el relato en el libro de Mosíah sobre Abinadí, que se encontraba encadenado ante el inicuo rey Noé. Abinadí enseñó el Evangelio con el fuego del Espíritu. Hizo advertencias severas y específicas mientras enseñaba osadamente el principio del arrepentimiento. Aunque Abinadí enseñó por medio del Espíritu, el rey Noé no lo sintió en el corazón. No obstante, Alma, que también escuchó el testimonio, pues formaba parte del tribunal, se convirtió (véase Mosíah 12:9–17:2). No siempre sabemos en quién influiremos, pero les prometo que al enseñar y testificar por el Espíritu, llegarán a influir en aquellos que estén listos para recibir sus palabras.

No podemos olvidar la importancia de la fe. La enseñanza por medio del Espíritu es realmente un ejercicio de la fe. Para todo concepto que enseñamos y para todo aquello de lo que testificamos, debemos confiar en el Espíritu Santo para poder llegar al corazón de aquellos de quienes somos responsables. Enseñamos por medio de la fe, enseñamos por medio del Espíritu y declaramos nuestro testimonio con valentía.

Apliquemos los principios del Evangelio

Mi preocupación es que existe una diferencia entre lo que nuestra juventud sabe sobre el Evangelio y lo que hace para aplicar estos principios a su conducta diaria. Es aquí donde nosotros, los maestros, somos de gran importancia.

Como maestros, debemos insistir en que nuestros jóvenes piensen. Nunca olvidaré la lección que aprendí de un maestro de la Escuela Dominical cuando yo tenía unos 10 años de edad. Para la Navidad nos regaló una tarjeta grande con libritos individuales adentro, cada uno con una historia de la Biblia: David y Goliat, la Creación del Mundo, Daniel y la cueva de los leones. Había una gran cantidad de relatos bíblicos maravillosos. Leíamos cada uno en casa e íbamos a la clase preparados para hablar de ellos. Aún hoy día puedo recordar claramente aquellos momentos de enseñanza.

Después de hablar sobre cada relato, nos preguntaba: “¿Qué significa eso para ti? ¿Cómo se relaciona este pasaje [historia o principio] a tu vida? ¿Cómo puedes aplicar estos principios en tu hogar? ¿Qué te parece eso?”. Posteriormente descubrí en mi propio hogar, con mis hijos, que al formular yo esas preguntas, ellos comenzaban a vivir y a sentir aquello que se les enseñaba.

Se nos pedía que pensáramos. No sólo estábamos aprendiendo las historias, sino que estábamos descubriendo el modo de aplicarlas a nuestra vida. Mi maestro estaba plantando en nosotros la semilla de la fe y ayudándola a crecer.

Nosotros enseñamos las Escrituras en forma de historias y debemos aplicarlas a la vida de esos jóvenes donde puedan ser más eficaces. Es inprescindible que nuestros jóvenes sean capaces de recordar las historias y las verdades de los principios del Evangelio en los momentos en que más las necesiten.

John Greenleaf Whittier escribió elocuentemente: “… De todas las palabras tristes jamás habladas o escritas, las más tristes son éstas: ‘Pudo haber sido’ ” 1 . No hay nada más trágico que el mirar hacia atrás hacia lo que pudo haber sido, ni tampoco queremos que aquellos a quienes enseñamos pasen por la vida sin saber que son hijos de Dios, sin conocer el plan de salvación, sin saber por qué están en esta tierra, sin saber quiénes son y cómo conducirse. Si llegan a ser conscientes del plan, podrán soportar todas las pruebas de la vida, desviar todos los ardientes dardos del adversario, perseverar hasta el fin y ganar la recompensa final del plan de felicidad.

Enseñen la importancia y el poder de la meditación y provean tiempo para meditar, pensar e intercambiar ideas. Usen aplicaciones prácticas: “¿Qué significa esto para ti?”. Mediten y oren. Pidan a los jóvenes que describan los pensamientos y las impresiones que reciban del Espíritu y lo que sientan al respecto. Los incidentes que promueven la fe ocurren cuando los estudiantes participan en la enseñanza y testifican a sus compañeros. Es muy importante tener conversaciones francas en cuanto a la importancia de la oración y el estudio de las Escrituras para que los jóvenes se ayuden y se apoyen unos a otros.

Es un proceso. Permítanles florecer durante el tiempo que estén con ustedes. Procuren que sean capaces de aprender de los errores de los demás, como un hermano o una hermana mayor, o un amigo, y denles ejemplos de las Escrituras para que ellos no cometan ese mismo error. En las Escrituras se nos dice todo lo que sucede cuando no somos obedientes. Nuestros jóvenes no tienen que repetir los errores y soportar el dolor que éstos llevan aparejado.

Conozcan a los jóvenes

Para algunas personas, aprender entraña más dificultades que para otras. Este aspecto del aprendizaje requiere que los maestros conozcan a sus alumnos y la aptitud que tienen para aprender. Los buenos maestros no sólo conocen el tema que enseñan, sino que también comprenden algo de igual importancia: las necesidades de sus alumnos. Los buenos estudiantes aprenden de sus maestros, están dispuestos a ser corregidos y expresan gratitud por el consejo amoroso del maestro. Ustedes, maestros sobresalientes, enseñen a los jóvenes a comprender quiénes son y motívenlos a desarrollar su potencial para la salvación eterna.

Estén al tanto de lo que sucede en la vida de los jóvenes. Debemos conocer sus preocupaciones y a lo que se enfrentan; por qué actúan del modo en que lo hacen y por qué dicen lo que dicen.

Reconozcan cuando un joven esté listo para usar su albedrío y tenga la fortaleza para tomar decisiones. Parte del proceso de la enseñanza es dar a nuestros jóvenes una idea de los desafíos y los problemas a los que tendrán que enfrentarse en el futuro y prepararlos para hacerlo.

¿Acaso no nos gustaría a todos evitar a veces las pruebas y las dificultades de este período de prueba terrenal?

Aquiles, uno de los grandes héroes de la mitología griega, era el héroe de La Ilíada, de Homero. Además del relato de Homero sobre Aquiles, autores más recientes desarrollaron fábulas y elementos folclóricos sobre Aquiles y su madre, Tetis. Seguir leyendo

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Encontré una fortuna

Liahona Septiembre 2003

Encontré una fortuna

Por el Élder D. Rex Gerratt
De los Setenta

Un día, cuando tenía 13 ó 14 años, fui a la tienda de comestibles que estaba a un par de cuadras de mi escuela. En la tienda se despachaba un helado delicioso y mis compañeros de clase y yo solíamos ir allí a menudo durante el almuerzo para tomar un helado doble.

Un día, mientras tomábamos uno de esos helados, miré hacia el suelo y vi un billete de 10 dólares. En aquel entonces, hace más de 50 años, un billete de 10 dólares era mucho dinero para un joven de mi edad. Satanás intentó tentarme con: “Piensa en todo lo que podrías hacer con ese dinero”.

Pero gracias a las enseñanzas de mis padres, no le hice caso. Entregué el dinero a la cajera y le dije que lo había encontrado en el suelo, a lo que ella respondió: “Jovencito, veo que eres honrado. Escribiré tu nombre en este papel y si nadie reclama el billete, te lo haré llegar”.

Le dejé el billete y aquella tarde un joven fue a la tienda para ver si alguien había entregado un billete de 10 dólares. La cajera le dijo: “Sí, y aquí tiene el nombre del chico que lo encontró”.

El joven me buscó para darme las gracias y nos hicimos buenos amigos.

Pero todo eso no es más que el comienzo de la historia. Debido a nuestra amistad y su buena opinión sobre mí, me presentó a su familia. Mientras los hijos de la familia crecían y se casaban, llegué a ser un buen amigo de las familias de ellos también, y durante mi vida he sido un íntimo amigo de 10 ó 12 familias gracias a aquel billete de 10 dólares. He estado en sus hogares y, durante mi servicio como obispo, he entrevistado a algunos de sus hijos. He sido invitado a las bodas celebradas en el templo y a otros acontecimientos familiares durante los últimos 50 años. He disfrutado de grandes amistades, no sólo con aquellos chicos, sino también con sus padres; constituyen una familia magnífica.

Me siento agradecido por no haber cedido a la tentación de quedarme con aquel billete de 10 dólares, gracias a que unos padres maravillosos me enseñaron el principio de la honradez. Me siento agradecido por las bendiciones que he recibido en mi vida al ser honrado, pues la honradez me ha abierto muchas puertas. Es maravilloso poder mirar a la gente a los ojos y decirle: “Siempre me he esforzado por ser honrado”.

He hablado con mis nueve hijos sobre el ser honrado y les he dicho que cuando vean un billete de 10 dólares, en realidad desconocen su verdadero valor. Claro que en los billetes se indica el valor monetario que tiene, pero mi amistad con aquella familia vale mucho más que una fortuna, ya que son una gran bendición en mi vida.

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El fiador de un mejor pacto

El fiador de un mejor pacto


Por el Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor pacto

El apóstol Pablo estaba bien familiarizado con el ajuste en la forma de pensar que era necesario efectuar en la transición del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento. Éste es un trayecto desde la rígida formalidad de la letra de la ley que enseñó Moisés hasta la guía espiritual que hallamos en el Espíritu Santo.

Pablo describió este ajuste en su epístola a los hebreos: “(pues nada perfeccionó la ley, [de Moisés])… [sino que fue] la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios… Por tanto, Jesús es hecho [el] fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:19, 22; véase también la traducción de la Biblia en inglés de José Smith, Hebreos 7:19–20).

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador, el “fiador de un mejor pacto”, para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor convenio

¿Qué es un fiador? En el diccionario vemos que fiador es la “persona que responde por otra de una obligación de pago, comprometiéndose a cumplirla si no lo hace quien la contrajo” 1 . ¿Acaso el Salvador no se hace merecedor de esta acepción gracias a Su misión?

¿Qué es un pacto? Para nosotros, el significado principal de esta palabra es: convenio con Dios. También es un “acuerdo, convenio, trato; particularmente, tratado, y en especial el de alianza” 2 . Así que el Salvador es ciertamente el fiador de un mejor convenio con Dios.

La doctrina más difícil

El Nuevo Testamento es “un mejor pacto” porque el solo propósito de la persona llega a ser parte de lo correcto o de lo incorrecto de sus acciones; por tanto, nuestra intención de obrar mal o nuestro deseo de hacer el bien se juzgarán independientemente de nuestras obras. Se nos dice que seremos juzgados en parte por la intención que albergue nuestro corazón (véase D. y C. 88:109) y en Mateo hallamos un ejemplo de culpabilidad basada en la intención:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27–28).

Este Nuevo Testamento es doctrina más difícil.

Debido a la formalidad y la rigidez adquiridas durante la administración del antiguo derecho consuetudinario inglés, a fin de obtener justicia se estableció la ley de la equidad. Una de mis máximas preferidas dice: “La equidad asegura la justicia”. El Nuevo Testamento lleva el concepto de esa ley aún más lejos: En gran medida seremos juzgados no sólo por lo que hayamos hecho, sino por lo que debiéramos haber hecho en una situación determinada.

Una ley más elevada

Gran parte del espíritu de esta ley más elevada del Nuevo Testamento se halla en el Sermón del Monte, en el que Jesús enseñó que Su ley exige una reconciliación de las diferencias que existen entre las personas antes de acudir a Él:

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23–24).

Otro ejemplo de esta doctrina más difícil se encuentra en este pasaje, en el que el perjurar queda totalmente prohibido:

“Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.

“Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera…

“Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:33–34, 37).

El texto siguiente es más de la doctrina difícil del Nuevo Testamento:

“…No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

“y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa…

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:39–40, 43–44).

El Salvador enseña en el Nuevo Testamento una nueva y más elevada forma de orar e indica qué debemos pedir en nuestras plegarias; es algo tremendamente sencillo y fácil:

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Seguir leyendo

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¿Es necesaria una Iglesia?

Conferencia General Octubre 1967

¿Es necesaria una Iglesia?

Howard W. Hunter 1

Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce


¿Cuantas veces habéis oído hacer la declara­ción o expresar la opinión de que no es necesario tener una Iglesia, o participar en una orga­nización religiosa, para ser un buen cristiano o llevar una vida cristiana? Quisiera ahora examinar con vosotros la validez de tal declaración en su rela­ción con las Escrituras y el razonamiento, el cual se basa en hechos.

A fin de comenzar una investigación en este tema, parece indispensable que nos volvamos al autor del Cristianismo. Al dirigirse a las multitudes, el Maestro dijo: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21)

Cuando oigo estas palabras me parece que el Señor estuviera diciendo: “Sólo porque una persona reconozca mi autoridad, crea en mi naturaleza divi­na, o simplemente exprese fe en mis enseñanzas o en el sacrificio expiatorio que realicé, esto no signi­fica que entrará en el reino de los cielos, ni que lo­grará un grado más alto de exaltación.” Implícita­mente está diciendo: “Creer sólo, no es suficiente.” Y entonces agrega: “sino el que hace la voluntad de mi Padre” o sea aquél que trabaja y poda la viña para que dé buenos frutos. Seguir leyendo

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¿Qué es Vida Eterna?

Liahona Junio 1968

¿Qué es Vida Eterna?

Por el presidente David O. McKay

En aquella gloriosa plegaria de mediación, ofre­cida por Jesús, nuestro Redentor, inmediata­mente antes de cruzar el arroyo Cedrón y recibir el beso del traidor que lo entregó a los soldados, en­contramos estas palabras:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3)

Conocer a Dios y a su Hijo es la Vida Eterna. ¡Ahí está la clave! Vida Eterna es lo que yo deseo; la deseo más que cualquier otra cosa en el mundo; Vida Eterna para mí y los míos; para vosotros y para todo el mundo. Y ahí, en las palabras del Redentor mismo, tenemos el secreto.

¿Cómo podemos conocerlo?

Pero, cómo podemos conocerlo?, es la pregunta que sigue. ¿En algún momento u ocasión nos con­testa El esta pregunta? Si es así, queremos la res­puesta porque es vital. Investigando en los regis­tros que han sido dados por hombres que acompa­ñaban diariamente al Señor, encontramos que en una ocasión los hombres que lo estaban escuchando, empezaron a vociferar en contra de Él; se oponían a sus obras tal como los hombres se oponen a El actualmente. Y una voz se destacó y dijo: “¿Cómo podemos saber que lo que nos dices es cierto? ¿Cómo sabemos que tu declaración de que eres el Hijo de Dios es verdadera?” Jesús le contestó de una ma­nera muy sencilla—y poned atención al criterio:

El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. (Juan 7:17)

Ese es un criterio filosófico; es el juicio más sim­ple para dar conocimiento a un individuo de lo que la mente humana puede concebir. Hacer alguna cosa introduciéndola dentro de vuestro propio ser, os con­vencerá de si es buena o mala. Podéis no ser capaces de convencerme a de lo que vosotros sabéis, pero lo sabéis porque lo habéis vivido. Esa fue la prueba que el Salvador dio a los hombres que le preguntaron cómo podían saber si la doctrina era de Dios o del hombre.

La «voluntad» ha sido revelada

Hemos contestado la pregunta de que si hace­mos su voluntad, conoceremos. Pero ahora viene otra pregunta: ¿Cuál es su voluntad? Y en ello está la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Tan claramente como Jesús declaró y definió lo que es Vida Eterna, o cómo la conoceremos, tan claramente como estableció la prueba, así mismo ha expresado cuál es su voluntad.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días da testimonio al mundo de que la “voluntad” de Dios se ha manifestado en esta dis­pensación; que los principios del evangelio, los prin­cipios de la vida, han sido revelados, y están en armonía con los que Cristo enseñó en el meridiano de los tiempos.

Hay un sentimiento innato que empuja al hom­bre hacia la verdad: es una responsabilidad impuesta al ser humano, y descansa sobre los miembros de la Iglesia en un grado mucho mayor que sobre sus semejantes.

En la sección 88 de Doctrinas y Convenios, se nos da esta admonición:

Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligen­temente y enseñaos el uno al otro palabras de sabi­duría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejo­res libros; buscad conocimiento.¿Cómo?—tanto por el estudio—pero no sólo por el estudio, como lo busca el mundo—como por la fe. (Doc. y Con. 88: 118)

Los miembros de la Iglesia conocen la verdad de que el evangelio sempiterno ha sido restaurado. ¿Qué es lo que este conocimiento les ha traído? A todos aquellos que honesta y sinceramente han obe­decido los principios de arrepentimiento y bautismo, les trae el don del Espíritu Santo, el cual ilumina sus mentes, aclara su entendimiento y les da un conocimiento de Cristo. Tienen un guía, una ayuda, un instrumento para asistirlos en su adquisición de la verdad, en su deseo de conocer su deber; una guía, en fin, que el mundo no posee. Y esta guía es necesaria; el hombre no puede encontrar la Ver­dad, no puede encontrar a Dios, sólo por medio de su intelecto. Se ha dicho que el hombre no puede encontrar a Dios con un microscopio; la razón sola no es una guía suficiente en la búsqueda de la ver­dad. Hay otra mucho más elevada, más segura que la razón.

Conocer y hacer

Esa guía es la Fe, ese principio que lleva nues­tros espíritus a la comunión con ese otro Espíritu, el más alto, el que trae todas las cosas a nuestra memoria, nos muestra las cosas que vendrán y nos- lo enseña todo. El obtener ese Espíritu es la res­ponsabilidad de los miembros de la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días.

Conocer algo, o simplemente tener la certeza de la verdad, no es suficiente, “y al que sabe hacer lo bueno, no lo hace, le es pecado”. (Santiago 4:17) El profeta José Smith dijo: “De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.” (Doc. y Con. 107:99) El hombre que conoce su deber, y fracasa en cumplirlo, no es sincero consigo, ni con sus hermanos; no vive en la luz que Dios y la con­ciencia le dan. Ahí es donde la Iglesia permanece y viene a nuestros hogares, para vosotros y para mí. Cuando mi conciencia me dice que está bien seguir una determinada línea, no soy sincero conmigo mis­mo si no la sigo.

Yo sé que somos dominados por nuestras debi­lidades y por las influencias externas; pero es nues­tra obligación ir por el camino recto y estrecho en el cumplimiento de todos nuestros deberes. Y notad lo siguiente: cada vez que tenemos la oportunidad y fracasamos en vivir de acuerdo con esa Verdad que está dentro de nosotros, cada vez que dejamos de realizar una buena acción, nos hacemos más débiles y hacemos más difícil expresar aquel pensamiento o realzar aquel acto en el futuro. Pero cada vez que llevamos a cabo un hecho bueno, o expresamos un sentimiento noble, hacemos más fáciles estos de­beres para la próxima vez.

¿Cuál es «la voluntad?»

“La voluntad” de Dios es que sirvamos a nues­tros semejantes, beneficiándolos, haciendo mejor el mundo por haber vivido en él. Cristo se dio entero para enseñarnos ese principio. Y declaró: “. . . en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40) ¡Este es el mensaje que Dios nos ha dado!

Esta Iglesia es la Iglesia de Dios, y está tan perfectamente organizada, que cada hombre, mujer o niño, puede tener la oportunidad de hacer algo bueno por los demás. Es la obligación de nuestros miembros del sacerdocio, la responsabilidad de las organizaciones auxiliares y de cada uno de los miem­bros, servir a Dios y hacer su voluntad. Cuanto más hagamos esto, más convencidos estaremos de que es la obra de Dios, porque la estamos probando. Así que, haciendo la voluntad de Dios aprenderemos a conocerlo y a acercarnos a Él, y sentiremos que la Vida Eterna es nuestra.

Ciertamente, Dios ha revelado al alma humana la realidad de la resurrección del Señor, la divinidad de su gran obra, y la Verdad, ¡la eterna verdad que Él vive, no como un poder, una esencia, una fuerza, sino como nuestro Padre en los cielos!

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La felicidad… la búsqueda universal

Liahona Marzo 1996

La felicidad… la búsqueda universal

Por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Debemos obtener la determinación y la resolu­ción, e incluso la perspectiva, para ver claramente el sen­dero por el que Jesús desea que andemos y no ser des­viados por las cosas del mundo ni los designios del maligno.

Todos deseamos ser felices. El profeta José Smith expresó los verdaderos sentimientos de todos nosotros al declarar: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y tam­bién será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios”1. Quizás deberíamos analizar los caminos menciona­dos para asegurarnos de que nuestros pies anden fiel y firmemente sobre ellos con el fin de alcanzar la meta prometida.

Primero, el camino de la virtud. En el diccionario se define la virtud como “disposición… que nos incita a obrar bien… integridad de ánimo y bondad de vida”, que son cualidades beneficiosas que nos dan “fortaleza, templanza y valor”.

Hace algunos años, la Iglesia solía publicar carteles y tarjetas tamaño billetera en los que se imprimían mensajes específicos de verdad y aliento para los jóvenes y las señoritas. Esa serie de publicaciones llevaba el siguiente encabezamiento: “Sé sincero contigo mismo”. Uno de los mensajes contenía esta verdad inspiradora y profunda: “La virtud tiene su propia recompensa”.

“Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.”2

La tentación forma parte de la vida y es algo que toda persona que viaja por el camino de la mortalidad llegará a experimentar de una manera u otra. No obstante, el após­tol Pablo, al reconocer esta verdad, nos aseguró: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”.1

Se dice que la conciencia nos advierte como amiga antes de que nos castigue como juez. Las palabras de un jovencito son un sermón en sí; cuando le preguntaron cuándo se sentía más feliz, respondió: “Soy más feliz cuando tengo la conciencia tranquila”.

Segundo, el camino de la justicia. Para definir este camino, acudo al primer versículo del primer capítulo del libro de Job, que dice: “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”.

La vida de Job no fue una vida tranquila; acosado por las tribulaciones, despojado de sus posesiones, lleno de angustia por la pérdida de su familia y torturado por el dolor, rechazó la invitación de maldecir a Dios y, en vez de ello, desde lo hondo de su alma noble, se oyó la sublime declaración de testimonio: “Yo sé que mi Redentor vive”.4

El doctor Karl Menninger, el destacado científico que fundó y puso en marcha el mundialmente conocido cen­tro psiquiátrico de Topeka, estado de Kansas (Estados Unidos), señaló que la única forma en que nuestra dolo­rida, atribulada y perturbada sociedad puede esperar prevenir las enfermedades sociales que la acosan es si reconoce la realidad del pecado. Esa idea es el tema de su famosa publicación Whatever Became of Sin? (¿Qué ha sucedido con el pecado?), en la que hace una súplica a los seres humanos para que nos detengamos y contemple­mos lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos, a los demás y a nuestro universo. El doctor Menninger hizo referencia a Sócrates, que se hizo la pregunta: “¿Por qué los hombres, sabiendo lo que es bueno, hacen lo malo?” El doctor Menninger dijo:

“He llegado a la conclusión de que la generalizada excusa de que ‘todos lo hacen’, tan prevalente en el mundo actual de los negocios, está debilitando a las per­sonas. Es preciso comprender que nosotros mismos tene­mos la responsabilidad de corregir nuestras transgresiones individuales: las mentirillas que suponemos son inofensi­vas, el fraude menor, la apatía, cosas ésas que caracterizan nuestra falta de interés en lo que pasa a nuestro alrede­dor”. Además, recalcó: “Si todas las personas volvieran a ser conscientes del concepto de la responsabilidad perso­nal y el hombre una vez más volviera a sentir culpabilidad por sus pecados y se arrepintiera y estableciera una con­ciencia que le sirviera de freno a los pecados, la esperanza volvería otra vez al mundo”.5

Permítanme compartir con ustedes una lección que aprendí cuando era niño. Por cinco generaciones, nuestra familia ha sido propietaria de una cabaña de verano en el parque Vivian, en el cañón de Provo. Para mí, los meses de julio y agosto significaban salir a caminar, a pescar y a nadar a diario en el ‘pozo’ de natación en el que había una enorme roca desde la cual nos lanzábamos hacia las veloces corrientes que se estrellaban violentamente contra ella formando peligrosos remolinos. La mayoría de los nadadores solían lanzarse a las frías aguas y se dejaban arrastrar por la corriente, pasando a toda velocidad por la enorme roca para por último llegar hasta las aguas tranquilas y la acogedora ribera arenosa del río; digo la mayoría, excepto uno. Se llamaba “Bcef” Peterson. En su traje de baño llevaba inscrito el título de “Salvavidas”, y su cuerpo era muestra de gran fuerza. Al igual que los demás, Beef se lanzaba al agua nadando con rapidez corriente abajo en medio de los remolinos, para de pronto darse vuelta y empezar a nadar corriente arriba. Por un corto trecho, sus pode­rosas brazadas lo impulsaban hacia adelante, pero luego la velocidad de la corriente lo mantenía en un mismo lugar mientras él luchaba con todas sus fuerzas contra la del río. Después de un rato, Beef se cansaba, se echaba hacia atrás y empezaba a nadar plácida­mente hacia la orilla, exhausto. El nadar contra la corriente llegó a ser una de las características de Beef Peterson.

Mis hermanos y hermanas, estoy seguro de que muchas veces tenemos el deber y la responsabilidad de nadar contra la corriente y contra la ola de la tentación y del pecado. Al hacerlo, tendremos más fortaleza espiri­tual y podremos desempeñar nuestras responsabilidades divinas.

En la pared de una de las atracciones favoritas del parque de Disneylandia, en Anaheim, California, hay un paradigma de verdad, el cual se puede leer precisa­mente al abordar el barco que conduce al emocionante y espeluznante paseo. Es una cita del tío Remus [perso­naje ficticio de raza negra; narrador de cuentos popula­res, creado por Joel Chandler Harris, hecho famoso en las películas de Walt Disney], que dice: “No puedes escapar de lo que te espera; no hay lugar que esté lo bastante lejos”.

Tercero, el camino de la fidelidad. Este sendero implica buena fe, lealtad, adherencia a las promesas. Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debemos venerar nuestros convenios sagrados, y la fidelidad a esos convenios es un requisito para lograr la felicidad. Sí, me refiero a los convenios del bautismo, del sacerdocio y al convenio del matrimonio.

No hay un lugar para descansar a lo largo del camino conocido como fidelidad; el arduo viaje es constante y no se permiten rezagados. La persona que da comienzo a la jomada no debe esperar que el camino de la vida se despliegue ante ella sin ningún obstáculo; debe pensar que encontrará bifurcaciones y rodeos en el camino, y que no llegará al punto deseado si se pasa el tiempo divagando en si deberá ir hacia el este o hacia el oeste; tendrá que tomar decisiones teniendo presente su meta.

Como nos cuenta Lewis Carroll, Alicia iba por un sendero del bosque en el País de las Maravillas, cuando llegó a una bifurcación. Indecisa, le preguntó al gato, que de pronto había visto en un árbol cercano, qué camino debía seguir. Seguir leyendo

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La guía de su vida ejemplar

Liahona Febrero 1999

La guía de su vida ejemplar

Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Es uña lección de humildad él estudiar en cuanto a las cualidades, de liderazgo del Salvador y luego compartir con los demás nuestros pensamientos en cuanto a ellas. El presi­dente Spencer W. Kimball dijo: “Hay muchísimas co­sas que uno podría decir tocante a la tremenda capacidad de liderazgo del Señor Jesucristo, mucho más de lo que podría expresarse en un discurso o en un libro… Todas esas ennoblecedoras, perfectas y hermosas cualidades de la madurez, de la fortaleza y del valoró se pueden encontrar en esta misma perso­na” (véase “Jesús: el líder perfecto”, Liahona, agosto de, 1983, pág. 7).

Un modelo perfecto

Al dirigirse a “todos aquellos que tienen deseos de hacer salir a luz y establecer esta obra” (D. y C. 12:7), el Señor ha dicho: “Y nadie puede ayudar en ella a menos que sea humilde y lleno de amor, y tenga fe, es­peranza y caridad, y sea moderado en todas las cosas, cualesquiera que le fueren confiadas” (D. y C. 12:8).

Y en la revelación en cuanto al sacerdocio, que se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Convenios, el Señor hace referencia a los quórumes presidentes de la Iglesia, cuando presenta: una lista impresionante y casi asombrosa de cualidades que, por cierto, son atri­butos que todo miembro de la Iglesia debería esforzar­se por adquirir: “rectitud… santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y… fe, y vir­tud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, ca­riño fraternal y caridad;

“porque existe la promesa de qué si abundan estas cosas en ellos, no serán sin fruto en cuanto al conoci­miento del Señor” (versículos 30-31).

Todas estas cualidades son, por cierto, característi­cas de Cristo, y nuestra meta más grande debería ser el llegar a ser como Él. De hecho, el Salvador: mismo nos exhortó a que fuéramos “perfectos, como [nues­tro] Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Sin embargo, pese a lo mucho que deseamos obedecer ese mandamiento, también comprendemos la dificultad de lograr la perfección en esta vida.

En lo concerniente a esa meta, estoy agradecido por la perspectiva del élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, quien escribió: “La forma grie­ga en la que se tradujo, el término perfectos, que se encuentra en Mateo 5:48… significa ‘totalmente desa­rrollado’, llegar a un ‘término’ en lo que respecta a nuestro potencial individual y el haber ‘completado’ el curso a seguir que Dios ha establecido para todos no­sotros…Todos los atributos divinos, al grado que se desarrollen mediante nuestra ‘diligencia y obediencia’, en realidad se levantarán con nosotros en la resurrección, dándonos ‘hasta ese grado… la ventaja en el mundo venidero’ (D. y C. 130:19)” (Menand Women of Christ, 1991, págs. 21-22).

Vale la pena esforzarse por alcanzar la perfección aun si al final es algo que no se puede obtener en esta vida. La lucha para llegar a ser como el Salvador y Su Padre es la forma mediante la cual nosotros mismos nos perfeccio­namos. Si seguimos el modelo que Cristo estableció, es­taremos respondiendo al mandato que se dio en las Escrituras: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32).

“He aquí», dijo el Salvador a los nefitas, “yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). Con frecuencia decía a Sus discípulos “Venid en pos de mí» (Mateo 4:19). Su enseñanza consistía en lo siguiente: “haz lo que hago” en vez de “haz lo que digo”. Una vez que hubo mi­nistrado humildemente a Sus apóstoles al arrodillarse an­te ellos y lavarles los pies, les enseñó: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros tam­bién hagáis” (Juan 13:15).

Naturalmente, Jesús, que fue nuestro modelo perfecto en todas las cosas, tenía Su propio modelo de perfección. Tal como El enseñó: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve ha­cer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).

Lo mismo sucede con los miembros de la Iglesia de hoy. No podemos hacer nada por nosotros en Su obra; pero mediante la guía del Espíritu Santo, podemos y de­bemos hacer las cosas que nuestro Salvador haría. Durante Su ministerio terrenal, Él nos mostró por lo me­nos tres maneras importantes de conducirnos y guiarnos unos a otros.

Un ejemplo en cuanto a la oración

Primeramente, Jesús compren­dió y enseñó la importancia de la oración; pero mucho más que eso, Él vivió ese con­cepto. Continuamente oraba al Padre para suplicar guía y fortaleza, porque Su gran deseo era hacer la voluntad del Padre.

En las Escrituras hay numerosas referencias en cuanto a las oraciones de Cristo. Marcos nos dice que Jesús se le­vantaba temprano por la mañana, salía “a un lugar de­sierto”, y oraba (Marcos 1:35). Lucas también hace referencia a la forma en que el Salvador “se apartaba a lu­gares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16). La transfiguración de Cristo ocurrió después de que Él y tres de Sus discípu­los subieron “al monte a orar” (Lucas 9:28; véanse tam­bién los versículos 28-36). Las Escrituras registran que Él oró por Pedro (véase Lucas 22:32), por Sus discípulos (véase Juan 17:9) y, en la víspera de Su terrible expia­ción, por sí mismo (véase Mateo 26:39).

En uno de los relatos más poderosos de todas las Escrituras, leemos en 3 Nefi acerca de las oraciones del Señor resucitado entre los nefitas: “No hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni co­razón de hombre que pueda concebir tan grandes y ma­ravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede conceptuar el gozo que llenó nues­tras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre” (17:17).

Más tarde, en ese mismo relato, Jesús “tomó a sus ni­ños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos” (versículo 21), después de lo cual hubo una in­creíble manifestación espiritual, con “ángeles que des­cendían del cielo cual si fuera en medio del fuego; y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos, y fueron rodeados de fuego; y los ángeles les ministraron” (versí­culo 24).

Varias veces Jesús oró por los nefitas, y les enseñó la forma de orar. Luego, señaló este punto importante: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto: aque­llo que me habéis visto hacer. He aquí, habéis visto que he orado al Padre, y todos vosotros habéis sido testigos” (3 Nefi 18:24).

La lección para cada uno de nosotros es evidente: de­bemos orar. Al acercarse el final de Su ministerio, el profeta Nefi expresó la importancia de la oración: “Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer ante’ el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os con­sagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9).

Una característica del estudio y de las enseñanzas de las escrituras

La segunda característica del liderazgo ejemplar de Jesucristo es que Él conocía y comprendía las Escrituras y las utilizaba para enseñar e inspirar a las personas. Desde que era niño, debió haberle gustado estudiar y analizar las palabras de los profetas según se encuentran en las Santas Escrituras. Con frecuencia hizo hincapié en la im­portancia de las mismas.

“Escudriñad las Escrituras”, dijo a Sus discípulos en Jerusalén; “porque a vosotros os parece que en ellas te­néis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Mateo registra que cuando los saduceos trataron de confundir al Salvador con puntos difíciles de doctrina, “Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29). Seguir leyendo

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