Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

Liahona Febrero 1999

Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contri­buirá a que el Espíritu flu­ya como agua curativa para ayudar en las prue­bas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos.


Hay gran humildad y timidez en mi alma al tratar de abordar el tema de llegar a tener un conocimiento personal de Dios, el Padre Eterno, y de Jesucristo, el Redentor del mundo y el Hijo de Dios,

Hace algún tiempo se le preguntó a un experimentado grupo de excelentes misioneros de Sudamérica: “¿Cuál es la necesidad más grande del mundo?”, a lo que uno respondió sabiamente: “La necesidad más grande del mundo es que cada persona tenga una relación personal, diaria y continua con la Deidad”, Tal relación puede liberar lo divino que hay en nuestro interior; nada podría influir más en nuestra vida que el llegar a conocer y comprender nuestra rela­ción divina con Dios y Su Hijo Amado, nuestro Maestro, Tal y como dijo Jesús en Su oración intercesora: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Debemos esforzarnos seriamente no sólo por saber acerca del Maestro, sino por luchar, cómo El nos exhortó, a fin de ser uno con .El (véase Juan 17:21) para “ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). Quizás no nos sintamos cerca de El porque pensamos que está muy lejos, o puede que nuestra relación no sea demasiado santificadora porque no lo consideramos como una persona real.

¿Cómo podemos recibir la bendición personal de la in­fluencia divina y glorificante del Maestro en nuestra pro­pia vida? Debido a que nuestros sentimientos son sagrados, y los demás no pueden cuestionarlos, empece­mos con esas convicciones apacibles que nos llegan de vez en cuando y que sabemos que son verdaderas. No siempre podemos probar esas verdades a los demás, pero se presentan en forma de conocimiento. ¿Forma esto par­te de ese algo divino que agita nuestro interior y que lu­cha por regresar a su origen? ¿No es semejante a un testimonio personal de la verdad que fluye a través del fi­no velo que separa este mundo de otro? ¿No hay un an­helo por comprender en la mente lo que hay en el corazón, un sentimiento que no se puede expresar por­que es extremadamente personal? A modo de respuesta, el Maestro dijo que esa realidad apacible puede hablar “paz a tu mente en cuanto al asunto” (D. y C. 6:23).

Quisiera sugerir cinco medidas esenciales que man­tendrán abierto el canal de manera significativa para que a diario fluya “agua viva” desde la fuente misma del ma­nantial (véase Juan 4:7-15).

Primero: La comunión espiritual diaria mediante la ora­ción. Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contribuirá a que el Espíritu fluya como agua curativa para ayudar en las pruebas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos. ¿Cuál es la calidad de nuestras oraciones en privado? Al orar, deberíamos pensar que nuestro Padre Celestial está cerca, lleno de conocimien­to, comprensión, amor y compasión, la esencia del poder, y que espera mucho de cada uno de nosotros.

Segundo: El servicio diario y desinteresado a los demás. Los seguidores del Cristo divino tienen que ser juzgados por la balanza de sus acciones más que por sus solemnes declaraciones de creencia. La verdadera manera de juz­gar se encuentra en Mateo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos… más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Un hombre sabio observó: “El hombre que vive por sí mismo y para sí mismo es probable que se corrompa debido a la compañía que tiene” (Charles Henry Parkhurst, citado en The International Dictionary of Thoughts, 1969, pág. 659).

Tercero: La lucha diaria en busca de una mayor obedien­cia y perfección en nuestra vida. “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”, dijo el Salvador (3 Nefi 27:27). Gracias a la Expiación per­fecta de jesús, podemos ser hechos perfectos (véase D. y C. 76:69). Seguir leyendo

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José Smith entre los profetas

Liahona Junio 1994

José Smith entre los profetas

Por Robert L. Millet
Decano del Departamento de Educación Religiosa y profesor de Escritura antigua de la Universidad Brigham Young.

Él es el testigo preeminente de Cristo en ésta, la dispensación final.

José Smith, el Profeta mormón, fue sumamente incomprendido por la gente del siglo diecinueve y quizás cause una perplejidad aún mayor a los que viven a fines del siglo veinte. “Nadie conoce mi historia”, dijo él una vez. “Yo no la puedo explicar y nunca lo intentaré. No culpo a nadie por no creerla; si yo mismo no hubiera experimentado lo que pasó, tampoco yo la creería” (History of the Church, 6:317).

Como su Maestro, Jesucristo, José Smith se vio obligado a soportar cierta clase de soledad durante su vida. El muchacho de granja que creció para ser Profeta podía dar un testimonio personal del divino Redentor, puesto que, como Jesús, él también fue hasta cierto punto un “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Su vida estuvo marcada no sólo por la persecución y las sospechas, sino también por un aislamiento que únicamente conocen aquellos que andan en los gloriosos rayos del sol del mediodía pero deben ministrar entre los que se contentan con andar en la tenue luz moribunda del ocaso.

“Dios es mi amigo”, le escribió el Profeta a su esposa Emma en un momento de dificultad. “En El encontraré consuelo. He puesto mi vida en Sus manos y estoy dispuesto a responder a Su llamado. Mi deseo es estar con Cristo. El único valor que tiene mi vida para mí es el de hacer Su voluntad” (en The Personal Writings of Joseph Smith, comp. por Dean C. Jessee, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1984, pág. 239).

Esas palabras nos dan una idea del profundo secreto de su humildad y su éxito: él sabía, y quería que todos lo supieran, que andaba en la luz del Todopoderoso. Él era el portavoz del convenio del Todopoderoso. Dios lo sabía y él lo sabía.

Conocido por los antiguos

La dispensación del cumplimiento de los tiempos estaba destinada a consumar la obra del Señor. Por ser ésta la época en que Dios reuniría “todas las cosas en Cristo… así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10), eran días que los primeros santos esperaban y ansiaban; sabían que llegarían y hablaron de ellos así como del hombre que dirigiría la dispensación final.

El presidente Brigham Young dijo lo siguiente de José Smith:

“En los concilios de la eternidad se decretó, mucho antes de que se establecieran los fundamentos de esta tierra, que él, José Smith, sería el hombre que sacaría a luz la palabra de Dios para la gente en esta última dispensación del mundo, y que recibiría la plenitud de las llaves y del poder del Sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor tenía puestos los ojos en él y en su padre, y en el padre de su padre, y en sus antepasados remontándonos hasta Abraham, y desde Abraham hasta el Diluvio, y desde el Diluvio hasta Enoc, y desde Enoc hasta Adán. Él ha observado circular esa sangre desde su origen hasta el nacimiento de ese hombre, que fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación” (en Discourses of Brigham Young, sel. por John A. Widtsoe, Deseret Book Company, 1954, pág. 108; cursiva agregada).

Hubo algunos que supieron de la vida de José Smith en los últimos días y de la función vital que él tendría en los acontecimientos finales de esta época. José de la antigüedad (véase 2 Nefi 3:7, 18), el Salvador resucitado cuando estuvo entre los nefitas (véase 3 Nefi 21:9-11),

Moroni (véase Mormón 8:14-16, 23-25) y Juan el Bautista (véase TJS, Juan 1:20-22), todos ellos hablaron de un gran Profeta, un gran Elías que restauraría todas las cosas antes de la segunda venida del Mesías (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 452).

José Smith fue también conocido entre los antiguos de otra manera: ellos lo capacitaron y le enseñaron durante el ministerio terrenal del Profeta. Con la excepción solamente de Jesucristo, no ha habido en el mundo un erudito más competente de las Escrituras que José Smith. Una cosa es leer un libro de Escrituras y otra muy diferente es ser instruido personalmente por su autor. Entre los eruditos y líderes religiosos del mundo, ¿quién puede declarar que ha visto cara a cara a Adán, Enoc, Noé, Moisés, Elías, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan? ¿Quién puede hablar con autoridad sobre la vida de la antigua América por haberlo aprendido de Nefi, Mormón, Moroni y otros antiguos israelitas americanos? (véase Journal of Discourses, 13:47; 17:374; 21:94, 161-164; 23:362). Muchos de los visitantes celestiales que él tuvo le pusieron las manos sobre la cabeza y le confirieron las llaves y autoridades que ellos poseían (véase D. y C. 128:20). Resumiendo estos acontecimientos, el presidente John Taylor dijo lo siguiente:

“En primer lugar, José Smith fue apartado por el Todopoderoso, de acuerdo con los concilios de los dioses en los mundos eternos, para dar a conocer los principios que se aplican a la vida… Los principios que él conocía lo pusieron en comunicación con el Señor, y… con los profetas y apóstoles de la antigüedad; hombres como Abraham, Isaac, Jacob, Noé, Adán, Set, Enoc, y Jesús y el Padre, y los apóstoles que vivieron en este continente, así como los de Asia. Él parecía conocer a todas esas personas tan bien como nosotros nos conocemos los unos a los otros, ¿y por qué? Porque él tuvo que introducir una dispensación que se conoce como la dispensación del cumplimiento de los tiempos, y por ese nombre la conocían los antiguos siervos de Dios” (en Journal of Discourses, 21:94; cursiva agregada).

José Smith conocía las Escrituras, conocía sus preceptos, conocía a los profetas que éstas mencionan y conocía el Personaje central de todas ellas: el Señor Jesucristo.

Cabeza de una dispensación

El apóstol Pablo explicó que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Existe un orden aun entre los que han sido llamados como oráculos y portavoces del Todopoderoso. El élder Bruce R. McConkie, Apóstol ya fallecido, hizo esta observación:

“Se comienza por el Señor Jesús, y luego están Adán y Noé. Después, los que son cabeza de cada dispensación. A continuación, más abajo en la escala, están los apóstoles y profetas, los élderes de Israel y los hombres buenos y perspicaces que tienen consigo el espíritu de luz y entendimiento” (“This Generation Shall Have My Word through You”, en Hearken O Ye People: Discourses on the Doctrine and Covenants, Simposio de Sperry 1984, Sandy, Utah: Randall Book Company, 1984, pág. 4).

José Smith, igual que Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros, es el cabeza de una dispensación; la persona que ocupa esa posición es el medio por el cual Dios transmite Su conocimiento y poder a los hombres y las mujeres de la tierra; el medio por el cual se revela nuevamente el Evangelio de Jesucristo, o sea, el plan de salvación y exaltación; el medio por el que los poderes divinos que tienen la facultad de cambiar a la gente, incluso los convenios y ordenanzas salvadores, se extienden a los seres humanos durante un periodo llamado “dispensación”. El cabeza de la dispensación se destaca como el preeminente testigo profético de Cristo; él tiene un conocimiento íntimo y personal de todo ello, porque lo ha visto y oído, y lo ha sentido y lo ha vivido. Por el lugar central que ocupa en el plan, y porque es por medio del poder de su testimonio que hombres y mujeres llegan a conocer al Señor y gozar de la luz del Espíritu, sus seguidores testifican de su llamamiento y posición. El élder McConkie lo explicó así: Seguir leyendo

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El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Liahona Junio 1994

El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro testimonio del Salvador se fortalecerá si emulamos al profeta José Smith, que nos enseña grandes principios por medio de toda una vida de buenos ejemplos.

«Nací en el año de nuestro Señor mil ochocientos cinco, el día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, Estado de Vermont” (José Smith—Historia 1:3). Eso dijo el primer Profeta de esta gran dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esas palabras del profeta José Smith y su testimonio, que está a continuación, han sido traducidas al portugués, al español, al chino, al ruso, al alemán, al francés, al polaco y a casi todos los demás idiomas del mundo civilizado. Al ser leídas por los hombres y mujeres de integridad, esas profundas palabras han cambiado su manera de pensar y su vida. Y en eso consiste el valor del sencillo testimonio del joven Profeta, José Smith.

Remontémonos en el tiempo al año 1805 de nuestro Señor, al día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, estado de Vermont. Invito al lector a ir conmigo en esa jornada, a acompañarme en la contemplación de los importantes acontecimientos que tuvieron lugar ese día. Estoy seguro de que, al mirar con orgullo al pequeño infante que había llegado a su hogar, Joseph Smith y su esposa, Lucy Mack, estarían complacidos y sumamente agradecidos al Señor porque el período de gestación había transcurrido sin problemas y les había nacido aquel hermoso niño. Me imagino que hayan podido exclamar, como el poeta, que el pequeño era “un delicado renuevo humano, recién salido del hogar de Dios para florecer en la tierra” (Gerald Massey). Un espíritu escogido había venido a morar en su tabernáculo terrenal.

Hay quienes preguntan: “¿Tuvo una infancia o adolescencia fuera de lo común?” “¿Era el profeta José Smith diferente de mí o de mis hermanos?” Tal vez obtengamos más luz en cuanto a la infancia del Profeta al leer las palabras de su madre, Lucy, que escribió: “Seguramente, algunos de mis lectores se desilusionarán, puesto que… hay quienes piensan que es posible que yo tenga para relatar muchos hechos extraordinarios de su infancia; pero, como durante los primeros años de su vida no ocurrió nada fuera de las situaciones triviales que son particulares en esa época de la existencia humana, no escribo nada sobre ese período” (Lucy. Mack Smith, History of Joseph Smith hy His Mother, Salt Lake City: Bookcraft, 1979, pág. 67). Eso es todo lo que tenemos de su madre con referencia a los primeros años de su niñez.

Sin embargo, todavía en la época de su infancia la mala salud y el infortunio parecen haber perseguido a la familia. El padre, un buen hombre, trató de establecer una granja en varias localidades, pero no tuvo éxito en ninguna. Cuando el niño tenía siete años, él y sus hermanos cayeron enfermos de fiebre tifoidea; los otros se recuperaron rápidamente, pero él quedó con una dolorosa herida en la pierna, que no sanaba; los médicos, haciendo todo lo que podían según las condiciones de esa época, lo sometieron a tratamientos que no dieron resultados; la herida continuaba abierta, hasta que al fin los doctores pensaron que la única solución sería amputarle la pierna.

Podemos imaginar la preocupación y el dolor de los padres a quienes se les diga que es necesario amputarle una pierna a su pequeño hijo. Felizmente, un día llegaron los médicos a la casa de los Smith para decir a la familia que iban a intentar una nueva operación, en la que extraerían un trozo del hueso, con la esperanza de que contribuyera a la cicatrización de la herida. Habían llevado un trozo de cuerda con el que pensaban atar al niño a la cama, porque no contaban con ningún anestésico, nada con que mitigarle el dolor, para hacerle el corte en la pierna con el fin de extraer el pedazo de hueso.

No obstante, el pequeño José les dijo: “No me atarán; soportaré mucho mejor la operación si me dejan libre”. Los doctores, entonces, trataron de persuadirlo a tomar licor, diciéndole: “Debes tomar algo, de lo contrario, no podrás soportar esta grave operación”.

Y nuevamente el Profeta rehusó: “No… pero les diré lo que haremos: Mi padre se sentará en la cama y me tendrá en sus brazos; y yo haré lo que sea necesario para que ustedes puedan extraer el hueso».

Así fue que Joseph Smith tuvo a su hijo en brazos mientras los médicos le abrían la pierna y le extraían el trozo de hueso que estaba infectado. Aunque anduvo cojeando durante un tiempo después de la operación, José Smith sanó y quedó bien (véase de Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, págs. 54-58). A los siete años, el Profeta nos dejó una lección de valor por medio de su ejemplo.

Cuando el pequeño José tenía diez años, su familia, que consistía entonces de once personas, se mudó del estado de Vermont a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; cuatro años después, se mudaron a Manchester, localidad del mismo condado. Estando ahí se encontraron rodeados de un gran resurgimiento religioso, que José Smith describió y que, según parece, prevalecía y era de gran interés para toda persona. Estas son sus palabras:

“…eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no…

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (José Smith—Historia 1:8, 11).

El Profeta dijo que después de leer ese versículo supo con certeza que tendría que poner a prueba la promesa del Señor y preguntarle directamente o, de lo contrario, exponerse a permanecer en tinieblas para siempre. Luego, continuó diciendo que cuando se retiró al bosque para orar, era la primera vez que intentaba orar en voz alta a su Padre Celestial. Pero, había leído aquel pasaje de las Escrituras, lo había comprendido y había puesto su confianza en Dios el Padre Eterno; así que se arrodilló y oró, sabiendo que Dios le daría la luz que tan ansiosamente buscaba. De esa manera, el profeta José Smith nos enseñó el principio de la fe por medio del ejemplo.

Podemos imaginar la ridiculización, el escarnio y las burlas a que lo habrán sometido sus amigos, jóvenes y viejos, y sus enemigos por igual cuando les contó que había tenido una visión. Me supongo que la situación habrá llegado a serle insoportable; sin embargo, fue honrado consigo mismo, diciendo:

“…Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo…” (José Smith—Historia 1:25). El profeta José Smith enseñó la honradez por medio del ejemplo. Seguir leyendo

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José Smith y el Libro de Mormón

Liahona Febrero  1996

José Smith y el Libro de Mormón

Por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

José Smith y el Libro de Mormón son el núcleo de la obra del Señor Jesucristo en los postreros días. Los profetas de la Biblia y del Libro de Mormón tenían conocimiento de José Smith y de la obra que él efectuaría. La gran profecía que se encuentra en Ezequiel dice:

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

“Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano” (Ezequiel 37:15-17).

La Biblia y el Libro de Mormón son uno en nuestras manos. En Egipto, José vio a los nefitas en una visión y profetizó en cuanto a José Smith y a la aparición del Libro de Mormón:

“Porque José en verdad testificó diciendo: El Señor mi Dios levantará a un vidente, el cual será un vidente escogido para los del fruto de mis lomos…

“Por lo tanto, el fruto de tus lomos escribirá, y el fruto de los lomos de Judá escribirá; y lo que escriba el fruto de tus lomos, y también lo que escriba el fruto de los lomos de Judá, crecerán juntamente para confundir las falsas doctrinas, y poner fin a las contenciones, y establecer la paz entre los del fruto de tus lomos, y llevarlos al conoci­miento de sus padres en los postreros días, y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor…

“y su nombre será igual que el mío; y será igual que el nombre de su padre. Y será semejante a mí, porque aque­llo que el Señor lleve a efecto por su mano, por el poder del Señor, guiará a mi pueblo a la salvación” (2 Nefi 3:6, 12, 15).

El proceso de la traducción del Libro de Mormón fue una educación para José Smith. Cuando recibió el lla­mado del Señor, era un jovencito inexperto, sencillo y, ante los ojos del mundo, sin nada especial. Eso, natural­mente, iba de acuerdo con el modelo establecido en las Escrituras, el cual describió Pablo:

“…sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

El presidente Brigham Young enumeró las cualidades que deben tener los siervos del Señor:

“Si un hombre… por su buen discernimiento natural, no poseyera ninguna otra cualidad más que la fidelidad y la humildad para acudir… al Señor para recibir todo conocimiento y… confiar en El para que lo haga fuerte, lo preferiría a él… que al sabio” (“General Church Minutes», 1839-1877, 23 de octubre de 1859, pág. 2).

Sin embargo, incluso aquellos que son humildes, faltos de conocimiento y dóciles tienen necesidad de un maes­tro así como de los medios a través de los cuales puedan saber los propósitos que Dios tiene para ellos. Este fue el caso de José Smith. Para él, el Espíritu fue el maestro, y traducir el Libro de Mormón le proporcionó la educación. El proceso de la traducción le brindó a ese jovencito inexperto de Nueva York lecciones esenciales que eran de vital importancia para su llamamiento como Profeta de la Restauración. Al igual que el Libro de Mormón se considera la “clave de nuestra religión” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 233), el proceso de la traducción fue la clave para la educación del Profeta (Ron Esplín, memorándum privado enviado al autor, 2 de junio de 1987).

El Libro de Mormón fue fundamental para que José Smith comprendiera las doctrinas del evangelio y su papel en la Restauración. Ciertamente, la Primera Visión le previno al joven en cuanto a sus responsabilidades especiales, pero sólo mediante la traducción del Libro de Mormón le fue concedido un conocimiento más amplio. Durante los cuatro años antes de que le fuera permitido siquiera obtener las planchas, llegó a entender clara­mente cuál era la naturaleza de sus responsabilidades proféticas. Quizás la confirmación de la responsabilidad que tenía de traducir el registro la haya recibido única­mente después de haber tenido las planchas en su poder y de habérsele dado el mandato de poner ese registro al alcance de esta generación.

El Señor le dijo: “Y tienes un don para traducir las planchas; y éste es el primer don que te conferí; y te he mandado no profesar tener ningún otro don sino hasta que mi propósito se cumpla en esto; porque no te conce­deré ningún otro don hasta que se realice” (D. y C. 5:4).

El Señor dejó bien claro que el don de traducir, pese a su importancia trascendental, era sólo el primero de todos los demás que recibiría; una vez que se terminara la tra­ducción, le seguirían otros dones y otras responsabilidades.

Es interesante observar con cuánta rapidez empezó a desenvolverse la misión profética de José Smith después de terminada la traducción y publicación del Libro de Mormón. Durante ese proceso de traducción, se restau­raron la autoridad del sacerdocio y muchas doctrinas del evangelio. Una vez que se concluyó la traducción, los primeros misioneros salieron sin demora y la Iglesia se organizó. De todo esto podemos deducir que el Libro de Mormón fue necesario tanto para entretejer los hilos del manto profético de José Smith como para poner los cimientos para la restauración de la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

En el proceso de sacar a luz el Libro de Mormón, el joven José Smith aprendió, línea por línea, las cosas que tenía que saber para llegar a ser el Profeta de la Restauración. No obstante, la educación de José Smith continuó aun después de la traducción y a través de res­ponsabilidades y experiencias subsiguientes. Al mismo tiempo, aumentó la conciencia de sus responsabilidades; ciertamente fue mucho lo que aprendió durante la dedi­cación del Templo de Kirtland y de las visitas celestiales registradas en la sección 110 de Doctrina y Convenios. Seguir leyendo

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La llave de la fe

Liahona Mayo 1994

La llave de la fe

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia

Hace varios años, antes de recibir mi llamamiento como Autoridad General, tuve la buena suerte de aceptar un , llamamiento para prestar servicio como miembro del Comité de Genealogía del Sacerdocio y tuve el privilegio de visitar estacas y misiones, y hablar a los miembros de la Iglesia acerca de este tema sagrado, que es quizás, entre todos los programas de la Iglesia, el que menos se comprende.

Nuestra responsabilidad principal en esa época era la de convencer a los miembros de la Iglesia de que no era preciso ser especialistas en la materia, que no tenían que esperar hasta tener ochenta años ni ser genealogistas profesionales para comprender la responsabilidad que todos tenemos de buscar datos e información acerca de nuestros parientes muertos y efectuar la obra del templo en beneficio de ellos.

Creo que existe y siempre ha existido la idea de que la investigación de historia familiar es exclusivamente para unos pocos y no para los miembros de la Iglesia en general. De la serie de conferencias que llevamos a cabo en ese entonces, uno de los resultados beneficiosos que se obtuvieron fue la creación de las organizaciones familiares. En todas partes, los miembros de la Iglesia van adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo de la responsabilidad que tenemos hacia los miembros de nuestra familia.

Debido a que mis antepasados provienen de diferentes países (parte de ellos vienen de Suecia, donde los apellidos patronímicos crean grandes problemas [apellidos derivados del apellido o del nombre del padre; por ejemplo, Fernández proviene del nombre Fernando. Esto crea un problema, ya que cada generación tiene un apellido compuesto o derivado del original], y otros provienen de Escocia e Inglaterra), siento que he heredado todos los problemas que pueden sobrevenirle a alguien que debe buscar información acerca de sus antepasados muertos.

En mi línea ancestral sueca, el nombre de mi abuelo era Neis Monson; el nombre de su padre (mi bisabuelo) no era Monson sino Mons Okeson; el del padre de este último (mi tatarabuelo), Oke Pederson, y el nombre del padre de éste, Peter Monson —con lo que volvemos nuevamente al apellido Monson— y finalmente el nombre del padre de este último era Mons Lustig, el cual era un apellido dado por el ejército sueco para diferenciar a los Peterson, los Johnson y los Monson unos de otros cuando entraban en el servicio militar.

A pesar de la confusión de apellidos, es extraordinario todo lo que nuestra asociación familiar [diversos familiares abocados a una misma tarea] ha logrado con respecto a esta línea de nuestros antepasados. Hemos tenido un éxito similar en la búsqueda de información concerniente a los ascendientes de mi madre, de los cuales obtuvimos los apellidos de Condie y Watson.

Hace algunos años, tuvimos con mi esposa la oportunidad de visitar Suecia y, una vez allí, ir a la pequeña aldea agrícola de Smedjebacken, donde su padre, los once hermanos y hermanas de éste, y sus padres vivieron en una casa de campo compuesta de dos cuartos pequeños. Me siento profundamente agradecido de que haya sido mi tío abuelo quien llevara el evangelio a esta familia escogida. Por un momento, imaginé las experiencias por las que debieron haber pasado esos misioneros, sentados frente al fuego comiendo platillos a los cuales no estaban acostumbrados, presentándose ante los ojos de personas amigables pero que los recibían quizás con un poco de sospecha, y finalmente orando juntos para que la luz de los cielos los bendijera y se comprendieran mutuamente y de esa forma se efectuara la conversión al Evangelio de Jesucristo. Y agradecí a nuestro Padre Celestial Su divina ayuda.

En esa época de nuestra visita a Suecia, el presidente de misión era el hermano Reid H. Johnson, primo de mi esposa. Mientras viajábamos con él y nuestro grupo por la zona, nos dirigimos a una gran iglesia luterana. Al entrar en el edificio, el presidente Johnson dijo: “Creo que les interesaría conocer una experiencia que tuvimos mi compañero, Richard Timpson, y yo en esta ciudad al final de nuestras misiones, allá por el año 1948”.

Y nos relató lo siguiente: “Vinimos a este pueblo porque sabíamos que nuestra historia familiar estaba registrada aquí y que nuestros antepasados habían vivido en la zona. Al entrar en este edificio tan grande de la iglesia luterana, nos recibió el encargado de registros más hostil que puedan imaginar. Y cuando se enteró de que habíamos terminado nuestra misión y contábamos con unos pocos y valiosos días, los cuales deseábamos utilizar para investigar los registros que se guardaban en esa iglesia, nos dijo que a nadie se le había permitido jamás examinar esos valiosos registros, y mucho menos se le iba a dar permiso a un mormón. Él nos explicó que se encontraban guardados bajo llave y nos mostró la enorme llave de la bóveda donde se encontraban guardados los libros de registros. Luego agregó; ‘Mi trabajo, mi futuro y el sustento de mi familia dependen de la forma en que cuide y proteja esta llave. No, lo lamento, pero es imposible que ustedes examinen esos registros; sin embargo, si desean ver la iglesia, con mucho gusto los acompañaré y les mostraré su arquitectura y el cementerio que la bordea, pero los registros no; ésos son sagrados”’.

El presidente Johnson nos contó que se sintieron profundamente decepcionados, pero que sin embargo, le dijeron al encargado de los archivos que aceptaban su amable invitación. Durante todo el tiempo que duró el recorrido, él y su compañero oraron fervorosa e intensamente para que algo sucediera que hiciera que el encargado de los registros cambiara de opinión y les permitiera examinar los registros.

Luego de un largo recorrido por el cementerio y de contemplar el edificio de la iglesia, el encargado de los archivos les dijo de improviso: “Voy a hacer algo que nunca he hecho antes. Me puede costar el empleo, pero voy a prestarles esta llave por quince minutos”.

El presidente Johnson pensó: ¡Quince minutos.1 i Lo único que tendremos tiempo de hacer en quince minutos es abrir la cerradura de la puerta!

El encargado les dio la llave y ellos pudieron abrir la puerta y contemplar los valiosos registros que eran en sí un tesoro en valor genealógico. A los quince minutos, llegó el encargado y los encontró inmóviles, sobrecogidos en un estado de admiración por lo que tenían delante.

Ellos entonces le preguntaron:

—Por favor, ¿podemos quedarnos más tiempo?

— ¿Cuánto más? —les dijo el encargado mirando su reloj.

—Unos tres días —le contestaron los jóvenes.

—Nunca he hecho antes nada parecido. No puedo explicarme por qué, pero siento que puedo confiar en ustedes. Aquí está la llave; quédense con ella y entréguenmela cuando hayan terminado. Yo voy a venir todos los días a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde en punto. Seguir leyendo

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El pecado y el sufrimiento

Liahona Abril 1994

El pecado y el sufrimiento

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nos preocupa mucho saber que hay personas que demuestran una actitud muy despreocupada con respecto al pecado. Algunos jóvenes piensan: “Voy a hacer lo que quiero ahora; después ya tendré tiempo de arrepentirme rápidamente y cumplir una misión (o casarme en el templo), y no habrá problema”.

Y los jóvenes no son los únicos que tienen esa actitud; sabemos que hay miembros de la Iglesia adultos que, a sabiendas y deliberadamente, cometen transgresiones serias confiando en una supuesta capa­cidad de arrepentirse en seguida y quedar “como nuevos”. Quieren disfrutar de la conveniencia y el goce del pecado en el presente y de las consecuencias de la rectitud en el futuro; desean experimentar el pecado pero al mismo tiempo eludir sus efectos.

El Libro de Mormón describe así a esas personas:

“Y también habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de alguno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal; y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8).

La manera de ser y la posición que asumen esas personas son totalmente contrarias a las del Salvador, que nunca experimentó el pecado pero que, por Su sacrificio expiatorio, se vio sujeto a toda la angustia que éste causa.

Los pecados que obstaculizan el progreso

Para evitar los malentendidos, daré algunas descripciones de lo que quiero decir cuando me refiero al pecado o transgresión. En su aplicación más amplia, el pecado comprende todo tipo de irregulari­dad en la conducta, toda clase de impureza; pero muchas cosas que se califican de pecado en esta definición son sólo como granos de arena que no obstaculizan nuestro progreso en el camino hacia la vida eterna. Los pecados a los que me refiero son las transgresiones serías, las grandes rocas que obstaculizan el camino y que no se pueden remover a menos que haya un proceso prolongado de arrepentimiento.

Un observador entendido se dedicó a anotar los delitos que publicó un periódico de Utah durante una semana, tachando todos los que no habían sido cometidos por miembros de la Iglesia. La lista que le quedó nos da un ejemplo de la clase de pecados que cometen los Santos de los Últimos Días:

  • Venta ilegal de drogas.
  • Agresión con intento de causar daño.
  • Secuestro agravado.
  • Abuso sexual.
  • Relación sexual de un profe­sional con un cliente.

Los informes disciplinarios de la Iglesia nos ponen al tanto de otras transgresiones graves que raramente se publican en la prensa, por ejemplo: el adulterio, la fornicación, la poligamia y la apostasía.

El Salvador les habló a los nefitas sobre el juicio final, en el que Él será “pronto testigo contra los hechiceros, y los adúlteros, y contra los que juran en falso, y contra los que defraudan en su salario al jornalero…” (3 Nefi 24:5).

He dado algunas descripciones de transgresiones serias; podría dar muchas otras.

Los principios básicos

A modo de antecedente, re­pasemos algunos principios muy conocidos.

1.- Uno de los propósitos principales de esta vida es que Dios pruebe a Sus hijos para ver si obedecen Sus mandamientos (véase Abraham 3:25).

2.- Por lo tanto, esta vida es “un tiempo de probación”, como dice Alma, “un tiempo para arrepentirse y servir a Dios” (Alma 42:4).

3.- La desobediencia a un man­damiento de Dios es pecado.

4.- En el juicio final nos pre­sentaremos ante Dios para ser juzgados de acuerdo con nuestras obras (véase Alma 11:41; 3 Nefi 26:4; D. y C. 19:3).

5.- Para cada pecado “se fijó un castigo” (Alma 42:18; véase también Amos 3:1-2).

6.- Los que hayan desobedecido los mandamientos de Dios y no se hayan arrepentido en esta vida se presentarán “con vergüenza y con terrible culpa ante el tribunal de Dios” (Jacob 6:9) y tendrán un “horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones” (Mosíah 3:25); las Escrituras lo describen como “un vivo sentimiento de… culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible, cuya llama asciende para siempre jamás” (Mosíah 2:38).

7.- Las terribles exigencias de la justicia que se aplican a los que han violado las leyes de Dios, ese “estado de miseria y tormento sin fin” (Mosíah 3:25) que se describe en estos pasajes de las Escrituras, se pueden reconciliar por medio de la expiación de Jesucristo. Esa es la esencia del Evangelio de Jesucristo.

En el caso particular de un Santo de los Últimos Días despreocupado, que comete deliberadamente un pecado grave con la idea de que puede disfrutar de la transgresión y gozar sus efectos para después pasar por un arrepentimiento rápido y relativamente sin dolor y quedar como nuevo, ¿cómo se aplican esos principios básicos?

El Libro de Mormón enseña que el Salvador no redime al hombre “en sus pecados» (Alma 11:34, 36, 37; Helamán 5:10). “…los malvados permanecen como si no se hubiese hecho ninguna redención, a menos que sea el rompimiento de las ligaduras de la muerte” (Alma 11:41). El Salvador vino “para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento” y en “las condiciones del arrepentimiento” (Helamán 5:11; cursiva agregada).

Una de las condiciones del arrepentimiento es la fe en el Señor Jesucristo, incluso la fe y la confianza en Su sacrificio expiatorio. Como lo enseñó Amulek:

“…Aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención” (Alma 34:16).

El sufrimiento personal por los pecados

Otra condición del arrepenti­miento es la del sufrimiento o castigo por los pecados. Según las palabras de Alma, “el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16); o sea, donde ha habido pecado debe haber sufrimiento.

Quizás la enseñanza más grandiosa de este principio que se pueda hallar en las Escrituras sea la revelación que el Señor dio al profeta José Smith en marzo de 1830 (véase D. y C. 19). En ella, Él nos recuerda que habrá un “gran día final del juicio” en el que todos seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras (vers. 3); también nos explica que el tormento o castigo “sin fin” o “eterno” que es conse­cuencia del pecado no es un castigo realmente sin fin, sino que es castigo de Dios y Él mismo es sin fin y eterno (véanse los vers. 10-12).

Establecidas esas condiciones, el Salvador del mundo nos manda arrepentimos y obedecer Sus mandamientos.

“…Arrepiéntete”, nos dice, “no sea que… sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“más si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.

“Por lo que otra vez te mando que te arrepientas, no sea que te humille con mi omnipotencia; y que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado…» (vers. 15-20). Seguir leyendo

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Porque yo vivo, vosotros también viviréis

Liahona Abril 1994

 “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”

Por el presidente Ezra Taft Benson

Enseñemos esta verdad a nuestra familia: Porque Jesús vive, nosotros también viviremos. Porque Él vive, el amor y las relaciones familiares que nos resultan tan preciadas de este lado del velo pueden continuar por la eternidad.

Últimamente, ha habido mucha publicidad y los medios de comunicación se han referido repetidamente en cuanto a experiencias que parecen verificar el hecho de que la vida después de esta existencia es una realidad. Se ha renovado el interés en la pregunta que un profeta se hizo hace ya siglos: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14.) O en otras palabras, ¿qué le pasa a una persona cuando muere? El ministerio del Salvador en el mundo de los espíritus, después de Su crucifixión, muerte y sepultura, provee una respuesta muy definida a esa pregunta.

Aun antes de la caída de Adán, la cual trajo como consecuencia la muerte en el mundo, nuestro Padre Celestial había preparado un lugar para los espíritus que salieran de esta vida terrenal. Cuando Jesús murió, el mundo de los espíritus estaba ocupado por innumerables hijos de nuestro Padre que habían muerto —desde la época de la familia de Adán hasta la muerte de Jesús— tanto justos como inicuos.

En el mundo de los espíritus había dos grandes divisiones: los espíritus de los justos habían ido al paraíso, que es un estado de felicidad, paz y serena labor; los espíritus de los inicuos (o malvados) habían ido a la prisión, que es un estado de tinieblas y desdicha (véase Alma 40:12-15). Jesús estuvo sólo entre los justos, en el paraíso.

A continuación, hay una parte de la gloriosa Visión de la Redención de los Muertos que se dio al presidente Joseph F. Smith y que la Iglesia aceptó y sostuvo como Santa Escritura en abril de 1976:

“Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne,

“y quienes habían… padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor.

“Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección…

“…estaban llenos de gozo y de alegría, y se regocijaban juntamente porque estaba próximo el día de su liberación.

“Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declarar su redención de las ligaduras de la muerte…

“Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles;

“y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran…

“y los santos se regocijaron en su redención, y doblaron la rodilla, y reconocieron al Hijo de Dios como su Redentor y Libertador de la muerte y de las cadenas del infierno.

“Sus semblantes brillaban, y el resplandor de la presencia del Señor descansó sobre ellos, y cantaron alabanzas a su santo nombre» (D. y C. 138:12-16, 18-19, 23-24).

Jesús no fue a visitar a los inicuos, o sea, no fue a la prisión. Los que estaban allí eran los que no se habían arrepentido y “se habían profanado mientras estuvieron en la carne” (vers. 20).

Más aún, el Señor “organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas…

“A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos,

“y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios” (D. y C. 138:30, 33-34).

El mundo de los espíritus no se halla lejos de éste. Desde el punto de vista del Señor todo se halla comprendido en un extenso programa que se lleva a cabo a ambos lados del velo; a veces, y no tengo duda de esto, el velo que separa esta vida de la del más allá se vuelve muy delgado. Nuestros seres queridos que han partido de este mundo no se encuentran muy lejos de nosotros.

Un Presidente de la Iglesia hizo esta pregunta: “¿Dónde está el mundo de los espíritus?» Y él mismo la respondió, diciendo:

“Está aquí mismo… ¿Pasan los espíritus más allá de los límites de esta tierra, tal como está organizada? No, no lo hacen. Son conducidos a esta tierra con el propósito determinado de habitarla por toda la eternidad”. Y también dijo:

“Cuando el espíritu abandona el cuerpo, va ante la presencia de nuestro Padre y Dios y está preparado para ver, oír y entender asuntos espirituales… Si el Señor lo permitiera, y Su voluntad fuera que sucediera así, podríamos ver a los espíritus que han salido de este mundo con tanta claridad como vemos los cuerpos con los ojos carnales” (Brigham Young, en Journal of Discourses, 3:369, 368).

Sí, indudablemente, existe la vida después de la muerte. La vida terrenal es una condición temporal, y también lo es el mundo de los espíritus. Así como la muerte es inevitable para el ser terrenal, también lo es la resurrección para los que se encuentran en el mundo de los espíritus.

Al tercer día después de la crucifixión de Jesús, hubo un gran terremoto. La gran piedra que cerraba el sepulcro fue removida. Algunas de las mujeres, que estaban entre Sus seguidores más devotos, fueron al lugar llevando especias y “no hallaron el cuerpo del Señor Jesús». A continuación, se les aparecieron unos ángeles que les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:3, 5-6). En toda la historia no puede haber otra expresión que iguale a aquel extraordinario anuncio: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Los acontecimientos más grandiosos de la historia son aquellos que afectan al mayor número de personas durante el período más largo; guiándonos por esa norma, no hay ninguno que haya podido ser ni sea más importante para el hombre que la resurrección del Maestro, tanto desde el punto de vista personal como colectivo. La resurrección de toda alma que haya vivido y muerto en esta tierra es una certeza confirmada por las Escrituras, y, por supuesto, no hay ningún otro acontecimiento para el que debamos prepararnos con mayor esmero. Puesto que se trata de una realidad indiscutible, la meta de todo hombre y de toda mujer debe ser alcanzar una resurrección gloriosa. No hay nada que sea más universal que la Resurrección, y todo ser viviente será resucitado. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22). Seguir leyendo

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Ayudar a la juventud  escoger la pureza sexual

Liahona Mayo 1984

Ayudar a la juventud  escoger la pureza sexual

Por Joy Saunders Lundberg

Los niños deben aprender que sus cuerpos son sagrados, que un amoroso Padre Celestial los creó y que es de ellos la divina responsabilidad de protegerlos y de nunca envilecer sus funciones reproductivas.

Todo lo que sucede a nuestro alrededor es una evidencia convincente de que es imperante que la pureza moral sea uno de los temas preponderantes en la enseñanza de nuestros hijos. En el pasado, podíamos contar con que la sociedad nos daría una mano al respecto; pero ya no podemos hacerlo más. En realidad, la sociedad en general, parece, en ese aspecto, haberse convertido en nuestra enemiga, al aceptar la inmoralidad como un estilo de vida deseable.

A pesar de lo que los medios de difusión y la prensa desearían que creyéramos, existen sin embargo todavía bastiones de buena moral en nuestra sociedad. Millones de padres tratan de combatir la iniquidad que nos rodea. En la Iglesia, por cierto, comprendemos la responsabilidad que tenemos de oponernos a la inmoralidad y de enseñar a los demás a hacerlo.

En los últimos años, he hablado con muchos padres, obispos y jóvenes acerca de la moralidad sexual. He descubierto que los padres que crían hijos moralmente puros siguen todos ellos un método similar, el cual comprende cinco puntos principales.

Enseñar abiertamente y con cariño

Debemos ser los primeros en enseñar a nuestros hijos acerca del sexo, ya que la primera información que ellos reciban puede tener el impacto más grande. Con mucho cuidado y oración debemos explicar la forma en la que les enseñaremos las funciones sexuales básicas de sus cuerpos.

Debemos también tener en cuenta que esa enseñanza no se limita a hablarles una sola vez. Es imposible que después de nuestra primera charla al respecto digamos: “Uf, me alegro de haber ya salido de eso”. A medida que los chicos crecen, es necesario ampliar su conocimiento en la materia. Debemos estar dispuestos a contestar preguntas, a guiarlos espiritualmente y sin vergüenza. Los niños deben aprender que sus cuerpos son sagrados, que un amoroso Padre Celestial los creó y que es de ellos la divina responsabilidad de protegerlos y no envilecer jamás sus funciones reproductivas.

Un joven que ha vivido una vida de pureza moral me dijo: “Mis padres comenzaron a enseñarme acerca del sexo desde muy joven”. Aparte de explicarle el proceso biológico, le enseñaron también la función apropiada del sexo dentro del matrimonio. “Siempre supe que podía hacerles cualquier pregunta que me viniera a la mente, y eso hizo que me dirigiera a ellos muchas veces en busca de respuestas”.

Por lo general, es muy difícil para un niño comenzar una conversación acerca de temas íntimos; por consiguiente, los padres deben facilitarles el camino para que ellos hagan preguntas. Un padre descubrió que las salidas a pescar le proporcionan la oportunidad perfecta de tener una conversación “tete a tete” sin interrupciones. Una madre preocupada proporcionaba la oportunidad para esa clase de charlas al salir a comer con cada una de sus hijas adolescentes. Pero la mayoría de las oportunidades ocurren naturalmente mientras padres e hijos hacen las tareas cotidianas, trabajan o juntos llevan a cabo diferentes actividades.

Algunos padres se preocupan tanto acerca de cómo enseñar esos conceptos, que al final no enseñan absolutamente nada. En el mundo actual, ello puede ser trágico. Si desean obtener sugerencias sobre cómo pueden enseñar a sus hijos acerca del sexo, lean el manual Una guía para los padres, preparado por la Iglesia.

Enseñen la doctrina de la iglesia concerniente a la moral

Los líderes de la Iglesia nos han proporcionado una definición clara de lo que el Señor espera de nosotros concerniente a la pureza sexual. En el folleto La fortaleza de la juventud, ellos declaran lo siguiente: “El Señor específicamente prohíbe cierto comportamiento, incluso toda relación sexual antes del matrimonio, las caricias impúdicas fuera del matrimonio, la perversión sexual (como la homosexualidad, la violación sexual y el incesto), la masturbación y el interés desmedido en el sexo, ya sea en el pensamiento, la palabra o la acción” (página 16). Debemos asegurarnos de que nuestros hijos comprendan el significado de esas palabras dentro del contexto del evangelio; si nosotros no lo hacemos, alguien más, sin la ayuda del Espíritu, les enseñará dentro de un contexto completamente diferente.

Debemos hacer que nuestros hijos adolescentes y los que estén acercándose a esa etapa de sus vidas comprendan las palabras del presidente Ezra Taft Benson: “Sí diéramos distintas categorías a los delitos, solamente el asesinato y el negar al Espíritu Santo son más graves que las relaciones sexuales ilícitas, a las cuales llamamos fornicación cuando se trata de personas que no están casadas o el pecado aún más grave del adulterio cuando está involucrado alguien que está casado… Ante los ojos de Dios, la castidad nunca está pasada de moda”. En otra ocasión, el Profeta dijo: “Los valores morales se han cambiado tanto que algunos jóvenes no se atreven a fumar un cigarrillo, pero sin ningún problema se entregan a las caricias impúdicas. Ambas cosas están mal, pero una es mucho más grave que la otra” (The Teachings of Ezra Taft Benson, Salt Lake City: Bookcraft, 1988, págs. 279, 281).

Si se hubiera impartido una buena enseñanza, es muy posible que lo que me contó un joven no habría sucedido. Una jovencita que trabajaba en el mismo lugar que este joven le confió que ella y su novio, quien esperaba salir como misionero, en algunas ocasiones cometían actos de inmoralidad. Su joven compañero de trabajo le explicó entonces que no había forma que su novio fuera entonces encontrado digno de ir a la misión. Sin embargo, la joven le contestó: “Claro que puede; nosotros pensamos arrepentimos”.

Nuestros hijos deben comprender claramente que “no le complace al Señor… que nos involucremos en transgresiones sexuales de cualquier naturaleza y luego esperemos que una confesión ya planeada y un arrepentimiento rápido puedan satisfacer al Señor” (Ezra Taft Benson, “A las mujeres jóvenes de la Iglesia”, Liahona, enero de 1987, pág. 84). En lo que se refiere al servicio misional, una grave transgresión sexual puede demorar la salida de una persona al campo misional por lo menos un año y muchas veces hasta tres.

Necesitamos enseñar el arrepentimiento, pero debemos ser honrados al hacerlo. El presidente Benson dijo: “No quisiera que persona alguna pensara que, después de haber cometido un grave error, ya no hay esperanzas, ya que el arrepentimiento y el perdón son también parte del evangelio. ¡Gracias a Dios por ello! Pero debe ser un arrepentimiento verdadero. Ese arrepentimiento es un profundo y sincero pesar por el pecado, que lleva a un cambio de vida. No es simplemente una confesión de la culpa” (God, Family, Country: Our Three Great Loyalties, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1974, pág. 196).

Enseñar la forma de hacer elecciones acertadas

Los hijos deben comprender que el deseo de estar con otra persona en forma íntima es algo natural que Dios nos ha dado, pero que ellos tienen el poder de controlar la expresión de esos sentimientos. Debemos hacerles comprender la bendición del gran don del albedrío. “Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna” (2 Nefi 10:23). Seguir leyendo

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Lo que tiene más valor

Liahona, Marzo de 1994

Lo que tiene más valor

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Nunca deja de maravillarme la grandiosa enseñanza que dio repetidamente el Señor a las diversas personas que le preguntaron, por medio del profeta José Smith, qué era lo más importante que podrían hacer. Esto es lo que dijo:

“…He aquí, te digo que lo que será de mayor valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que traigas almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre” (D. y C. 15:6).

Las Escrituras contienen muchos ejemplos de hombres y mujeres nobles que dieron a conocer a otras personas la palabra del Señor con determinación y dedicación. Además de esos inspirados relatos, contamos también con infinidad de historias y experiencias de los Santos de los Últimos Días que lo han consagrado todo a la edificación del reino de Dios.

Un ejemplo del siglo pasado que siempre me ha impresionado es la historia de Dan Jones, el galés que estaba con el profeta José Smith la noche antes de que asesinaran a este último. Creo que vale la pena hacer una breve reseña de su vida.

Dan Jones nació el 4 de agosto de 1810 en Halkin, Flintshire, Gales. Cuando tenía diecisiete años, se hizo a la mar; aprendió lo que había que saber sobre barcos y marineros, y sintió el escozor del agua salada agitada por un fuerte viento y las sacudidas del barco en medio de una aterradora tormenta. En 1840 emigró a los Estados Unidos, donde adquirió un pequeño barco que piloteó como capitán en las aguas del río Misisipí, transportando pasajeros principalmente entre Nueva Orleans y Saint Louis. Posteriormente, perdió la embarcación. En 1842, a la edad de treinta y un años, aquel galés robusto de baja estatura era propietario, a medias con otra persona, del barco Maid of lowa, que tenía capacidad para transportar trescientos pasajeros.

Mientras se hallaba embarcado en esta empresa naviera, jones oyó hablar de los mormones, que después de haber sido expulsados del estado de Misuri y haberse refugiado temporalmente en Quincy, estado de Illinois, habían seguido adelante estableciéndose en un lugar donde el río forma un recodo que crea la ilusión de una península y fundando allí “Nauvoo, la Hermosa”. Existen evidencias de que Dan Jones leyó algunos de los artículos que se escribían contra los mormones y que aparecían publicados en periódicos y revistas. Parece que todo eso le despertó la curiosidad y quiso averiguar algo más sobre esa gente. Así fue como los conoció y le enseñaron la verdad, que él aceptó. En enero de 1843 fue bautizado en las aguas heladas del río Misisipí.

En el mes de abril de ese mismo año, navegó por el río con el barco lleno de conversos ingleses conduciéndolos a Nauvoo. Allí conoció a José Smith y desde el primer momento surgió entre ambos hombres la estima y el respeto mutuos.

En junio del año siguiente, apresaron a José Smith y a su hermano Hyrum y los llevaron a Carthage. Dan Jones se hallaba entre los que los acompañaban y fue encarcelado con ellos. La última noche que pasaron en la cárcel, aparentemente después que los demás se habían dormido, el Profeta le susurró al oído a Jones: “¿Tiene usted miedo de morir?”, a lo que él respondió: “¿Cree usted que ha llegado el momento? Embarcado en una causa como ésta, no creo que la muerte sea muy aterradora”.

Entonces José Smith pronunció lo que se cree hayan sido sus últimas palabras proféticas: “Antes de morir, usted verá Gales y cumplirá la misión que se le ha asignado» (Rex LeRoy Christensen, “The Life and Contributions of Captain Dan Jones”, tesis universitaria, Utah State University, 1977, pág. 17).

Al día siguiente, el Profeta le pidió que llevara una carta a Orvil H. Browning, de Quincy, Illinois, en la que le solicitaba al señor Browning que los defendiera a él y a su hermano en el juicio que se aproximaba. Al salir de la cárcel y caminar por entre el populacho, la vida del hermano Jones estuvo en constante peligro; mientras se alejaba a caballo, las balas pasaban a su alrededor, pero ninguna lo tocó; en su apuro por alejarse de allí se desvió del camino, lo que le evitó encontrarse con otro populacho que tal vez lo hubiera matado. Al final, en la calurosa y pesada tarde del 27 de junio de 1844, llegó a Quincy, donde se enteró del asesinato de José y Hyrum Smith. Su afecto por el Profeta jamás disminuyó, y él nunca flaqueó en su lealtad hacia la causa a la que José Smith había dedicado su vida.

El cumplimiento de la profecía hecha en la cárcel se verificó unos meses después, cuando Dan Jones recibió el llamamiento de ir a Gales. Su esposa, Jane, lo acompañaba, y viajaron con Wilford Woodruff y otros hermanos hasta las Islas Británicas. Al élder Jones se le asignó la labor de predicar en el norte de Gales. A pesar de tener la gran ventaja de hablar tanto inglés como galés, fue muy poco lo que pudo lograr al tratar de llegar al corazón de los habitantes de esa zona. Por otra parte, el hermano William Henshaw, que no hablaba galés, tuvo bastante éxito en el sur del país.

Cuando relevaron al hermano Henshaw un año más tarde, llamaron al élder Jones para presidir la obra en todo Gales; él se estableció en Merthyr Tydfil, lugar que se encontraba en la parte sudeste del país, y, trabajando con un pequeño grupo de misioneros, presenció una cosecha extraordinaria: desde 1845 hasta 1848 se bautizaron unas tres mil seiscientas personas; de acuerdo con la población de Gales en aquel entonces, se calcula que uno de cada doscientos setenta y ocho galeses se convirtió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Seguir leyendo

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Un consejo para los miembros de la Iglesia

Liahona, Febrero de 1994

Un consejo para los miembros de la Iglesia

Por el presidente Ezra Taft Benson

Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base para una vida recta.

E l mensaje que quiero dejarles tiene como fin proporcionar consejo sobre la forma en que podemos llevar la obra de Dios a todo el mundo, tanto a nivel de Iglesia como en forma individual.

Primero, debemos fortalecer la institución familiar. Es necesario que reconozcamos que la familia es la piedra angular de la civilización y que ningún país podrá llegar jamás a un nivel de excelencia que sobrepase el de las familias que vivan en dicho país. La familia es el firme cimiento sobre el cual se levanta la Iglesia. Por lo tanto, hacemos un llamado a todo jefe de familia para que fortalezca su hogar.

Creemos que Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base de una vida recta, y ya desde el comienzo del mundo Dios designó cuáles serían las funciones del padre, la madre y los hijos.

Dios le dio al padre la responsabilidad de presidir en el hogar; por consiguiente, él debe mantener, amar, enseñar y guiar a su familia. Dios designó también el papel de la madre, la cual debe concebir, dar a luz, cuidar, amar y enseñar a sus hijos. La madre es a la vez la compañera y consejera de su marido.

En el plan de Dios no existe la desigualdad entre los sexos, sino más bien una división de responsabilidades.

En las Escrituras también se aconseja a los hijos acerca de los deberes que tienen para con sus padres. El apóstol Pablo dijo:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

“Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

“para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra’’ (Efesios 6:1-3).

Cuando los padres, unidos en amor, cumplen con esa responsabilidad de procedencia divina, los hijos responden con amor y obediencia y, como resultado, reina gran gozo en el hogar.

Hace poco recibí una carta de un miembro de la Iglesia en la que me describía algunas de las dificultades y los problemas por los cuales él y su esposa estaban pasando para criar a sus hijos.

Se habían casado en el templo, pero poco a poco ambos se habían vuelto inactivos y sólo recientemente habían vuelto a la Iglesia. En la carta, ellos pedían consejo sobre lo que debían hacer para que sus hijos permanecieran fieles en el evangelio y evitaran los peligros y las dificultades por los que ellos habían pasado y por los que habían visto pasar a otras familias.

En otras palabras, la pregunta que tenían era: “¿Cómo podemos fortalecer espiritualmente a nuestra familia?”

Quisiera pedir a cada uno de ustedes que medite sobre esa importante pregunta. Y como respuesta a esta petición, me gustaría exhortarlos a que consideraran la fórmula tantas veces comprobada, y que tantas familias han utilizado con éxito a través de los años, para que en el hogar haya amor y unidad, para que los familiares se mantengan leales el uno al otro, y para que todos comprendan los principios del evangelio.

Los integrantes de esas familias se aman y respetan entre sí, y todos saben que se les quiere y se les aprecia. Los hijos sienten el amor de sus padres, lo cual les brinda seguridad y confianza.

Las familias unidas cultivan el atributo de la buena comunicación. En el seno familiar se habla de los problemas, se hacen planes y todos cooperan a la pal­para alcanzar sus objetivos. Con ese fin se utilizan y se llevan a cabo las noches de hogar y los consejos familiares. Los padres y las madres de esos firmes hogares mantienen fuertes vínculos de unión con sus hijos; ellos hablan y se comunican. Algunos padres entrevistan formalmente a cada uno de sus hijos; otros, lo hacen en forma informal, y hay algunos que con regularidad buscan pasar tiempo a solas con cada uno de ellos.

En todas las familias hay problemas y dificultades; sin embargo, en los hogares fuertes, sus integrantes se esfuerzan por encontrar las soluciones, en lugar de recurrir a la crítica y a la contención. Oran juntos, expresan sus opiniones y se dan ánimo mutuamente. En ocasiones, ayunan juntos para ayudar a uno de los miembros de la familia que lo necesite.

Este tipo de familias hace cosas juntos: Proyectos familiares, trabajo, vacaciones, momentos de diversión y reuniones.

Los padres que han logrado buenos resultados con sus hijos se han dado cuenta de que no es fácil criarlos en medios contaminados por el mal, do manera que han tomado las medidas necesarias para contrarrestarlos con influencias positivas. En su hogar, se enseñan principios morales y se tienen y se leen buenos libros; se escogen buenos programas de televisión y se oye música inspiradora. Pero lo más importante es que se leen y se analizan los Escrituras como un medio para ayudar a los miembros de la familia a desarrollar una orientación espiritual.

En los hogares de los miembros de la Iglesia en los que existe una buena relación entre todos, los padres enseñan a los hijos a comprender los principios de la fe en Dios, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo (véase D. y C. 68:25).

La oración familiar es parte intrínseca de su vida, ya que es el medio por el cual se puede expresar agradecimiento por las bendiciones recibidas y aceptar con humildad que dependemos del Dios Todopoderoso para recibir fortaleza y apoyo.

De manera que ésta es la muy probada fórmula para criar una buena familia, y les recomiendo que la pongan en práctica.

Como padres, abuelos y bisabuelos en Sión, mi esposa y yo tenemos la esperanza de que todos lleguemos a estar juntos en las eternidades, que todos seamos dignos de estar allí, sin que falte uno solo de nuestros seres queridos.

Esa es también mi más ferviente oración y esperanza por todas las familias de la Iglesia.

Más que en ninguna otra época de nuestra historia tenemos necesidad de mayor espiritualidad, la cual podemos lograr si nos deleitamos en las palabras de Cristo, tal como se encuentran reveladas en las Escrituras.

Hemos pedido a los líderes del sacerdocio que reduzcan a un mínimo las reuniones adminis­trativas los domingos con el fin de que las familias pasen más tiempo juntas y dediquen ese día a adorar al Señor. Esperemos que ese día lo utilicen para asistir a las reuniones, prestar servicio caritativo, visitar a otros miembros de la familia, llevar a cabo las noches de hogar y estudiar las Escrituras.

Les aconsejamos que acepten los llamamientos que se les extiendan en la Iglesia y que sirvan fielmente en las posiciones a las cuales se les llame. Préstense servicio los unos a los otros; magnifiquen sus llamamientos y, al hacerlo, se convertirán en el medio por el que muchas personas recibirán bendiciones, a la vez que aumentará la espiritualidad en ustedes mismos.

Les instamos a prestar atención a las necesidades de los pobres, de los enfermos y los necesitados. Tenemos la responsabilidad cristiana de asegurarnos de que las viudas y los huérfanos rengan lo necesario para subsistir.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Los amonestamos a guardar los mandamientos de Dios, ya que al hacerlo, se verán libres de las ataduras del pecado.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás” (D. y C. 59:5).

Confesarás la mano de Dios en todas las cosas (véase D. y C. 59:21).

“Sé paciente en las aflicciones” (D. y C. 24:8).

“Animaos” (D. y C. 61:36).

Sostengan y apoyen el sacerdocio en el hogar y en la Iglesia (véase D. y C. 107:22).

Paguen su diezmo fielmente y contribuyan con una ofrenda de ayuno generosa (véase D. y C. 119:4; Mosíah 4:21).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (D. y C. 59:6).

Enseñen a sus hijos. Críenlos en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:40, 42-43).

“Cesad de inculparos el uno al otro” (D. y C. 88:124).

“Debéis perdonaros los unos a los otros” (D. y C. 64:9).

Sean frugales y no contraigan deudas (véase D. y C. 19:35).

No sean codiciosos (véase D. y C. 88:123).

Trátense honradamente los unos a los otros (véase D. y C. 51:9).

Santifiquen el día de reposo (véase D. y C. 59:10, 12-13).

Absténganse de las bebidas alcohólicas, el tabaco y las bebidas calientes (véase D. y C. 89:5-9).

“Cesad de ser impuros” y desechad la pornografía (D. y C. 88:124).

Busquen las palabras de sabiduría de los mejores libros (véase D. y C. 88:118). Eviten cualquier libro, revista o película que represente lo malo como algo bueno y lo bueno como algo malo.

No cometan adulterio, “no… ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6); lo cual incluye también las caricias impúdicas, la fornicación, la homosexualidad y toda clase de inmoralidad.

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente” (D. y C. 121:45).

Pongan “en práctica la virtud y la santidad” continuamente (D. y C. 38:24).

“Vestíos con el vínculo de la caridad” (D. y C. 88:125).

Vivan “de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 98:11).

Sean valientes en el testimonio que tienen de Cristo (véase D. y C. 76:51,79).

Honren los convenios que han hecho (véase D. y C. 25:13).

Perseveren “hasta el fin” (D. y C. 14:7).

En pocas palabras, ¡aunque vivan en el mundo, no pertenezcan a él!

La misión de la Iglesia es la de salvar almas por medio de la proclamación del evangelio, el perfeccionamiento de los santos y la redención de los muertos.

Les instamos a hacer todo lo que esté a su alcance para que por medio de sus talentos y bienes ayuden en la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Esta es la obra del Señor.

Les testifico que Dios vive y que en la actualidad Él comunica a Sus siervos Su voluntad divina.

Yo les testifico que ésta es la Iglesia de Jesucristo, el reino de Dios aquí en la tierra.

¡Santos de los Últimos Días, los felicitamos! Admiramos su fidelidad. Nunca han sido tan grandes nuestras oportunidades y bendiciones. El profeta José Smith preguntó: “¿No hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor… e id… adelante a la victoria!” (D. y C. 128:22).□

(Adaptado de un discurso que el presidente Ezra Taft Benson dio en la conferencia general del 7 de abril de 1984.)

 

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“No codiciarás”

Liahona, Febrero 1991
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

“No codiciarás”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Los que observen este consejo andarán con paz en el corazón, tendrán seguridad con respecto a su hogar y serán merecedores del respeto de todos los que los rodeen.

Deseo hablar sobre una trampa que puede destruir a cualquiera de nosotros en nuestra búsqueda del gozo y la felicidad en la vida. Se trata de esa engañosa, siniestra y malvada influencia que susurra: “Lo que tengo no es suficiente; tengo que lograr más”.

Cuando el dedo del Señor escribió los Diez Mandamientos en las tablas de piedra, el décimo y último mandamiento que dio fue: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Exodo 20:17).

Desde aquella época ha habido muchos cambios en esta tierra, pero la naturaleza humana no ha cambiado. He observado que entre los jóvenes del presente hay muchos en todo el mundo que tienen la determinación de hacerse ricos mientras todavía estén en su juventud, de poseer automóviles caros, de usar la ropa más fina, de tener un apartamento en la ciudad y quizás una casa de veraneo, y muchas otras cosas. Esto se convierte en su meta principal en la vida; y para algunos de ellos no tienen importancia la ética ni la moralidad de los medios por los cuales logren esa meta. Envidian lo que otros tienen y el egoísmo e incluso la codicia reinan en su afán por lograr posesiones.

Por supuesto, ya sé que toda persona quiere tener éxito en la vida, y desearía que todos lo obtuvieran. Pero debe­mos tener cuidado en cuanto a nuestra manera de deter­minar lo que es el éxito. No tenemos más que leer los diarios para enterarnos de caso tras caso de personas cuyos impulsos apremiantes y egoístas les han causado proble­mas y las han conducido a un profundo fracaso. Algunos de los que andaban en los autos más elegantes y poseían las casas más lujosas ahora se encuentran languideciendo en la cárcel. No hay duda de que son personas de enorme capacidad y talento, con un buen intelecto, pero su codi­cia los precipitó a la caída.

Creo que si el Señor fuera a darnos en la actualidad el último de los Diez Mandamientos, quizás nos diría: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su posición en la sociedad, ni su auto, ni cosa alguna que pertenezca a tu prójimo”.

En estos últimos años, los diarios han publicado muchas historias de hombres y mujeres muy capaces que empeza­ron a trabajar con integridad y honradez, que vivían con bastante comodidad, pero que no estaban satisfechos; en su empeño por ampliar su propio pequeño reino, atrajeron a otras personas convenciéndolas de que invirtieran di­nero en sus respectivas empresas. Los inversionistas, a su vez, no se hallaban ellos mismos libres del mal de la codicia y prestaron atención a los cuentos de grandes ganancias con muy poco esfuerzo. Como le pasa a un perro que persigue su propia cola, el impulso con que crecía la trama fue en aumento hasta que un día todo se derrumbó y tanto al promotor como al inversionista sólo les queda­ron sus sueños destrozados. Lo que había sido una relación amigable se convirtió en una serie de acusaciones, encar­nizamiento, procesamiento criminal y demandas legales.

En una de sus magníficas epístolas a Timoteo, Pablo escribió: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). No tenemos que mirar muy lejos para ver la gran verdad que encierra esa advertencia; habiéndose hecho ricas mediante un abrasador deseo de dinero, algunas de esas personas a las que me refiero se encuentran ahora “traspasadas de muchos dolores”.

Por supuesto, tenemos que ganarnos la vida. El Señor mismo le dijo a Adán que comería el pan con el sudor de su frente todos los días de su vida, y es importante que aprendamos a ser autosuficientes y, particularmente los hombres, que todo joven en el momento de casarse sea capaz de asumir las responsabilidades de proveer lo nece­sario para su compañera y para los hijos que vengan a ese hogar.

Sin embargo, nadie tiene nunca lo suficiente, o al menos eso es lo que pensamos; y sea cual sea nuestra condición económica, siempre queremos mejorarla; esto último también es bueno, con tal de que no se lleve a los extremos. Es cuando la ambición nos domina, cuando empezamos a envidiar lo que otros tienen, que comienza nuestra aflicción. Y puede ser una aflicción muy grande e intensa.

“No codiciarás la casa de tu prójimo”. Todos necesita­mos un refugio, un techo sobre nuestra cabeza que nos asegure calor en el invierno y cierto grado de comodidad en el verano. El desear esto no es malo; es importante que lo tengamos. Pero cuando caemos en desenfrenados exce­sos, como algunos lo hacen, nuestra insensatez puede convertirse en una trampa que nos destruya.

No codiciarás la clase de ropa ni de joyas que use tu prójimo. ¡Ah, cómo nos volvemos esclavos de la moda! Y esto puede convertirse en una fuerza dominante y mons­truosa que destruya la personalidad y el ingenio del indi­viduo. Parecería que todos quisiéramos volvernos iguales, teniendo el mismo aspecto y viviendo en las mismas cir­cunstancias, en lugar de desarrollar nuestra cualidad de seres únicos.

No codiciarás el auto de tu prójimo. El automóvil mo­derno es una máquina extraordinaria y en algunas socieda­des es casi una necesidad; pero cuando veo que algunas personas contraen una gran deuda para comprar un auto de precio exorbitante, me pregunto qué le ha pasado a nuestro sentido común. Para satisfacer nuestros deseos contraemos deudas, gastamos nuestros recursos en el pago de altos intereses y luego trabajamos como esclavos para pagar lo que debemos. Os pido que no me interpretéis mal: Repito que desearía que toda persona disfrutara de algunas de las cosas buenas de este mundo, mas espero que nues­tros deseos no provengan de la codicia, que es una enfer­medad maligna y persistente.

En 1831 el Señor habló a los santos de Ohio y sus palabras de entonces se aplican a nosotros actualmente: “Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sión, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia” (D. y C. 68:31). Seguir leyendo

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El gárment del Templo

Liahona Septiembre 1999

El gárment del Templo

Por el élder Carlos E. Asay (1926-1999)
Miembro emérito del Primer Quórum de los Setenta y ex presidente del Templo de Salt Lake.

“Manifestación externa de un compromiso interior”

A través de sagrados convenios con el Señor, los miembros de la Iglesia reciben bendiciones de promesa y de protección, y un recordatorio tangible de esos convenios.

Hace pocos años, en un seminario para nuevos presidentes de templo y directoras de las obreras de templo, el élder James E. Faust, en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de cómo había sido llamado a servir como Autoridad General. El presidente Harold B. Lee le formuló una única pregunta: “¿Usa usted el gárment correctamente?”, a lo que el presidente Faust respondió que sí; y luego le preguntó al presidente Lee si no le iba a preguntar sobre su dignidad. El presidente Lee le contestó que no necesi­taba hacerlo, pues había aprendido por experiencia que la forma en que uno usa el gárment es una expresión de lo que la persona piensa con respecto a la Iglesia y a todo lo relacionado con ella. Es una medida de la dignidad personal y de nuestra devoción al Evangelio.

Hay personas a las que les gustaría tener un detallado código de vestir que respon­diese a toda pregunta imaginable sobre cómo usar el gárment del templo. Les gustaría que los líderes del sacerdocio esta­blecieran reglas sobre la longitud, que especificaran condiciones sobre cuándo y cómo debería o no debería usarse, y que impusieran castigos a los que no usaran el gárment al pie de la letra en el más mínimo detalle. Tales personas preferirían que los miembros “colasen el mosquito” y omitieran las cosas más importantes del Evangelio de Jesucristo (véase Mateo 23:23-26).

Sin embargo, la mayoría de los Santos de los Últimos Días se regocijan en el albe­drío moral que les ha sido otorgado por un amoroso Padre Celestial. Tienen en gran valor la confianza que les han dado el Señor y los líderes de la Iglesia, una confianza implícita en la declaración del profeta José Smith: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”1.

Samuel el Lamanita declaró:

“Así pues, recordad, recordad, mis hermanos, que el que perece, perece por causa de sí mismo; y quien comete iniquidad, lo hace contra sí mismo; pues he aquí, sois libres; se os permite obrar por vosotros mismos; pues he aquí, Dios os ha dado el conocimiento y os ha hecho libres.

“Él os ha concedido que discernáis el bien del mal, y os ha concedido que esco­jáis la vida o la muerte; y podéis hacer lo bueno, y ser restaurados a lo que es bueno, es decir, que os sea restituido lo que es bueno; o podéis hacer lo malo, y hacer que lo que es malo os sea resti­tuido” (Helamán 14:30-31).

Creo que hay un conocimiento muy importante relacionado con el gárment del templo, y cuando este conocimiento se obtiene, los Santos de los Últimos Días llenos de fe lo usan debidamente, no porque alguien esté controlando sus actos, sino porque entienden las virtudes de la ropa sagrada y desean “hacer lo bueno, y ser restaurados a lo que es bueno”. Por otro lado, cuando alguien no entiende la naturaleza sagrada del gárment del templo, tiene la tendencia a tratarlo como una prenda más de ropa.

Este conocimiento importante relacionado con el gárment del santo sacerdocio puede dividirse en tres partes: la armadura de Dios, antece­dentes históricos y las enseñanzas de los profetas de la actualidad. A continuación presentaré alguna información relacionada con estas tres partes, con la esperanza de que los pensamientos que exprese inspiren un mayor aprecio por el gárment y hagan nacer en la mente de los santos una mayor resolución de usarlos en la debida forma.

LA ARMADURA DE DIOS

¡Estamos en guerra! Nuestro enemigo no es el ejército invasor de una nación limítrofe, ni la marina de una potencia allende el mar. No hay balas silbando por encima de nues­tras cabezas, ni bombas estallando dentro o cerca de nuestras casas. Sin embargo, estamos enzarzados en una guerra a vida o muerte con unas fuerzas capaces de destruirnos por completo y enviarnos a las profundi­dades de una derrota espiritual si no estamos alerta.

Me refiero, por supuesto, a la “lucha” contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas y contra las huestes espirituales de la maldad en las regiones celestes mencionados por el apóstol Pablo (Efesios 6:12). Me refiero a la arremetida de la inmora­lidad, de la delincuencia, del abuso de las drogas y de otras influencias insidiosas que amenazan nuestra sociedad. Tales influencias, junto con otros peligros inminentes, cons­tituyen “las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11) a las cuales debemos hacer frente en estos “tiempos peli­grosos” (2 Timoteo 3:1).

Pablo aconsejó: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13). Con sus poderes proféticos, Pablo previo las condi­ciones adversas que existirían en la tierra en nuestra época; así que instó a todos los santos a tener sus lomos “ceñidos… con la verdad” (Efesios 6:14), a ponernos “la coraza de la justicia” (versículo 14), a tener calzados los “pies con el apresto del evangelio de la paz” (versículo 15), a tomar “el escudo de la fe” (versículo 16, a ponernos en la cabeza “el yelmo de la salvación” (versículo 17), a tomar “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (versículo 17) y a orar siempre (véase el ver­sículo 18), para estar protegidos. Él sabía que una armadura hecha de la verdad, de la rectitud, de la fe, del espíritu y de la oración protegería a la gente de los “dardos de fuego” (versículo 16), creados y lanzados por Satanás y sus secuaces.

Sin embargo, hay otra armadura digna de nuestra consideración. Ésta es la ropa interior especial que se conoce como el gárment del templo o gárment del santo sacerdocio, que usan los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que han recibido la investidura del templo. Este gárment, que se usa día y noche, cumple tres propósitos importantes: es un recordatorio de los convenios sagrados que se han hecho con el Señor en Su santa casa, es una protección para el cuerpo, y es un símbolo de la modestia del modo de vestir y de vivir que debe caracterizar la vida de todos los humildes segui­dores de Jesucristo.

Está escrito que “el gárment blanco simboliza la pureza y nos ayuda a confirmar la modestia, el respeto por los atributos de Dios y, hasta el grado en que se honre, es un símbolo de lo que Pablo consideró como el hecho de tomar sobre nosotros toda la armadura de Dios (Efesios 6:13; compárese con D. y C. 27:15)… El gárment tiene ciertas marcas senci­llas de orientación hacia los princi­pios del Evangelio de la obediencia, la verdad, la vida y el discipulado en Cristo”2.

Podría decirse muchísimo más sobre la guerra por las almas de los hombres y toda la armadura de Dios. La guerra sobre la tierra comenzó en los días de Adán, continuó a lo largo de los años con Moisés y los hijos de Israel, y todavía se oye su fragor en la dispensación que se conoce como la del cumplimiento de los tiempos, una dispensación que fue inaugurada por las revelaciones recibidas por conducto del profeta José Smith. Por lo tanto, el tema de ropas protectoras que nos permitan hacer frente a los dardos de fuego de Satanás conti­nuará siendo de gran importancia.

Debemos vestirnos de la arma­dura de Dios que mencionó el apóstol Pablo y que ha sido reite­rada en una revelación moderna (véase D. y C. 27:15-18). Debemos ponernos también “la armadura de la rectitud” (2 Nefi 1:23) que simbo­liza el gárment del templo. De otro modo, podríamos perder la guerra y perecer.

La pesada armadura que llevaban los soldados de la antigüedad, que incluía yelmos, escudos y corazas, determinó el resultado de algunas batallas. Sin embargo, las batallas reales de la vida de nuestra época moderna las ganarán los que lleven una armadura espiritual, la armadura compuesta por la fe en Dios, la fe en uno mismo, la fe en la causa propia y la fe en los líderes. La parte de la armadura que se llama el gárment del templo no sólo nos proporciona la comodidad y el calor de una prenda de ropa, sino que fortalece al que la lleva para resistir la tentación, rechazar las influencias malignas y permanecer firme en defensa de la verdad.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Debiera entenderse que “las cosas del Señor” (2 Nefi 4:16) han incluido ropas sagradas desde el prin­cipio de este mundo. Las Escrituras contienen muchas referencias al uso de ropas especiales de la gente de la antigüedad. Antes de su expulsión del Jardín de Edén, Adán y Eva fueron vestidos con ropa sagrada. Leemos: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). Seguir leyendo

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Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Liahona Septiembre 1999

Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Nombre omitido

 

Al luchar con la situación que se suscitó en mi matri­monio, llegué a comprender la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y socorrerme.

El sábado pasado”, comen­zaba diciendo la carta de mi marido, “me preguntaste: ‘¿Puedes escribir lo que sientes?’ Pues aquí lo tienes”.

Había percibido que algo iba mal en los sentimientos que mi marido tenía hacia mí, pero no estaba prepa­rada para las devastadoras palabras de su carta, la cual incluía una admi­sión de infidelidad. Me causaba angustia pensar en las probables repercusiones que sufrirían nuestros quince años de matrimonio y me sentía desesperadamente sola, por lo que decidí buscar fuerzas en mi Padre Celestial en el templo.

En la sala celestial, una mujer me alcanzó un pañuelo de papel mien­tras me decía que, tras observarme, se preguntaba si podría ayudarme. Le di las gracias y le dije que no, pero en mí interior parecía gritar: ¿Puede devolverme mis esperanzas y mis sueños? ¿Puede devolverme la eternidad?

Seguí llorando. Unos pocos minutos más tarde, a medida que más gente entraba en la sala celes­tial, un hombre se sentó en una silla cerca de mí y me preguntó: “¿Puedo decirle algo?”

Le dije que sí.

Me dijo: “Percibo que sus seres queridos del otro lado del velo están con usted. Cualquiera que sea la dificultad por la que esté pasando en estos momentos, no se encuentra sola”. Sentí la calidez del Espíritu mientras el hombre se levantaba y se iba.

Había sido rechazada por mi marido, pero el Salvador no me había abandonado. Aquel que “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4) me fortaleció. Aquel día salí del templo sintiendo la paz del Salvador.

A medida que mi matrimonio se iba desmoronando, esta extensión del misericordioso amor del Salvador me instruía en el poder de la Expiación. Durante los cuatro años siguientes, llegué a entender las bendiciones de la Expiación de un modo más profundo.

EL HALLAR EL PODER PARA SER SANADA

Me asombraba la gran variedad de cargas que me abrumaban al deba­tirme en mi matrimonio; pero a través de cada prueba, fui compren­diendo cada vez con mayor claridad la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y soco­rrerme.

La noche del consejo disciplinario eclesiástico al que fue sometido mi esposo, éste regresó a casa cuando los niños ya estaban dormidos y respondió a mis preguntas sobre la medida que se había tomado. Casi como una ocurrencia, añadió: “A propósito, algunos de mis amigos han muerto de SIDA; pero no te preo­cupes, me he hecho las pruebas y he dado negativo”.

Aunque ya había comentado previamente su comportamiento inmoral de la juventud, esta nueva información me dejó conmocionada. Sintiendo que no podía soportarlo más, rompí a llorar y me fui a mi cuarto a orar. Mi Padre Celestial escuchó los llantos de mi corazón desconsolado y sentí una influen­cia consoladora y tranquilizadora descansar sobre mí. Así fortalecida, fui capaz de dormir aquella noche y más tarde pude soportar los humillantes análisis prescritos por mi médico.

A causa de ésa y de muchas otras experiencias, las enseñanzas sobre la Expiación se convirtieron para mí en más que simples frases e ideas; llegaron a ser verdades que obraron un cambio en mi vida. El arrepenti­miento, el perdón y la fe en el Salvador: estas verdades se convir­tieron en principios de acción que trajeron a mi vida muchas de las bendiciones que tanto necesitaba. A través de la experiencia práctica, llegué a apreciar más plenamente la poderosa realidad de la capacidad de Jesucristo para socorrer y sanar.

EL SOMETERSE A LA VOLUNTAD DE NUESTRO PADRE CELESTIAL

Las humillantes experiencias del último año de mi matrimonio fueron particularmente difíciles. El enterarme de la infidelidad de mi marido, el abrir mi vida privada a mi obispo y a mi presidente de estaca, el aceptar la decisión de mi marido de irse, el comenzar con los procedi­mientos del divorcio y el contemplar el sufrimiento de mis hijos a causa de que su padre ya no estaba más en casa no fueron más que el principio de lo que parecía ser una tanda tras otra de dificultades. También llegué a perder la estrecha relación que había disfrutado con la familia de mi esposo; tuve que solicitar ayuda económica a mi familia, al barrio y al estado; sufrí muchísimo a causa de unas heridas que recibió una de mis hijas, pasé por un período en el que creí tener cáncer; me recuperé de un serio accidente de coche; luché para finalizar mi licenciatura y padecí las decepciones de la búsqueda de empleo. Para el final de ese año, no me quedaba nada de orgullo. Me sentía libre ante el Señor, humilde ante el “sentido de [mi] nulidad” (Mosíah 4:5) y por una completa dependencia de El cómo mi ancla en un océano de cambios. Seguir leyendo

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En pos de la Excelencia

Liahona Septiembre 1999
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

En pos de la Excelencia

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Hallarán su mayor ejemplo en el Hijo de Dios. Espero que cada uno de ustedes sea Su amigo. Espero que se esfuercen por andar en Sus caminos, siendo miseri­cordiosos, bendiciendo a los que tengan problemas, viviendo con menos egoísmo y extendiendo una mano de ayuda a los demás.

Leí por primera vez las siguientes palabras en una clase de inglés de la universidad: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimiento, ¡cuán expresivo y maravilloso! En sus acciones, ¡qué pare­cido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo de los seres!” (William Shakespeare, Obras completas, “Hamlet”, acto 2, escena 2, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1967, pág. 1353).

Reconozco que estas palabras de Hamlet fueron dichas con ironía, pero sin embargo hay mucho de verdad en ellas. Describen el gran potencial de exce­lencia del hombre y de la mujer. Si Shakespeare no hubiese escrito nada más, creo que habría sido recordado por las breves palabras de ese soliloquio, pues van de la mano con las que mencionó David:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, “Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?

“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coro­naste de gloria y de honra” (Salmos 8:3-5).

Estas palabras se suman a las que el Señor habló a Job desde el torbellino:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia…

“Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4, 7).

Estas magníficas palabras declaran la gran maravilla que es el hombre; y cuando digo hombre, desde luego me refiero también a la mujer. Todos somos hijos de Dios y hay algo de Su divinidad en el interior de cada uno de nosotros. Somos más que un hijo o una hija de los señores de Fulanito de Tal, de tal y cual lugar. Todos pertenecemos a la familia de Dios, con un potencial inmenso de excelencia. La distancia entre la medio­cridad y la excelencia puede ser muy pequeña. Podremos ver de nuevo, cuando los juegos olímpicos de invierno lleguen a Salt Lake City en el 2002, que esa diferencia se medirá en décimas de segundo. Todo pequeño esfuerzo extra que hagamos influirá considera­blemente en el resultado.

Oí a una de las Autoridades Generales relatar una visita reciente que realizó a una prisión, donde se percató de un joven de apariencia elegante y de gestos inteligentes.

Esa Autoridad General le dijo al oficial de la prisión: “¿Qué está haciendo aquí ese joven?”.

La respuesta fue que un día el joven había tomado el coche de su madre, había conseguido y bebido cerveza, y luego, fuera de control, había manejado el coche por la acera, matando a dos niñas.

No sé por cuánto tiempo estará en la prisión, pero sí sé que nunca podrá sobreponerse del todo a los senti­mientos relacionados con el hecho que le llevaron a esa situación. En qué bisagras tan pequeñas se apoya la puerta de nuestra vida. Los pequeños errores, que nos parecen carecer de importancia al principio, determinan el rumbo eterno que seguimos.

Quiero invitarnos a todos a caminar por el sendero más elevado de la excelencia. Recientemente seleccioné un libro antiguo, escrito por Lytton Strachey, para leer acerca de la vida de Florence Nightingale. Creo que actualmente no se leen mucho los libros de ese tipo. Lo había leído por primera vez hacía mucho tiempo, pero leerlo de nuevo me proporcionó un renovado senti­miento de admiración y de respeto por esa joven inglesa que ejerció tan grande influencia en su época.

Pertenecía a la clase alta. Su destino era bailar y asistir a fiestas, ir a las carreras y tener buena presencia en la sociedad; pero a ella no le gustaba ese tipo de vida. Sus padres no podían entenderla, pues su mayor deseo era aliviar el dolor y el sufrimiento, acelerar la curación, hacer que los hospitales de su época pareciesen menos temibles. Nunca se casó, sino que dedicó su vida a su profesión de enfermera y llegó a ser una experta en el cuidado de los demás, de acuerdo con la capacitación del momento.

Gran Bretaña se vio inmersa en la guerra de Crimea. Ella tenía amigos en las altas esferas del gobierno e insistió e insistió hasta que fue nombrada directora del hospital de Escutari, a donde eran llevadas miles y miles de víctimas de la guerra.

El ambiente en el que fue recibida era de absoluta desesperación. Un antiguo almacén hacía las veces de hospital, donde las condiciones higiénicas eran terribles, al igual que las dependencias destinadas a cocina. Los heridos se apiñaban en grandes cuartos malolientes e inundados por los lamentos del dolor. Seguir leyendo

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Conocer al Cristo

Liahona Enero 1963

Conocer al Cristo

Por el presidente David O. McKay

Todas las palabras de Jesucristo que obran en nuestro poder no serían quizás suficien­tes para hacer una edición de bolsillo. Sin embargo, Juan el Amado nos informa que si escribiéramos todo lo que Él dijo e hizo no habría lugar en el mundo para tantos libros. En comparación a ello, pensemos cuán poco tene­mos. Y aún así, no hay ni ha habido ser humano sobre la tierra que haya ejercido la milésima parte de la influencia que el Hombre de Gali­lea ha irradiado sobre los hombres. Han pasado ya cerca de dos mil años desde Su ministerio terrenal y todavía la humanidad lo considera una persona sin par en la historia del mundo.

Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tienen la obli­gación moral de hacer del impecable Hijo de Dios — el único Ser perfecto que haya jamás caminado sobre la tierra — su ideal. Porque Él es el sublime ejemplo de la nobleza»

Porque Él es de naturaleza divina.
Perfecto en Su amor.
Nuestro Hermano mayor.
Nuestro Redentor.
Nuestro Salvador.
El Hijo Unigénito de nuestro Eterno Padre.
El Camino, la Luz y la Vida.

Tengamos siempre presente que nuestro Di­rector es Jesucristo, nuestro Señor. Si podemos abrazarnos firmemente a esta idea y confiar en Él, como El mismo nos ha recomendado, yendo a Él en cada uno de nuestros problemas — ya sea en los negocios, en nuestros estudios, en nuestro noviazgo o en nuestro hogar — tendre­mos éxito.

¿Qué nos ha dicho Él acerca de nuestras actividades en la Iglesia y en cuanto al hecho de velar por aquellos que no se encuentran en el lugar que debieran? Leed en el Evangelio según S. Lucas las parábolas del Señor, comen­zando con la de la Oveja Perdida, en que el pastor dejó las otras noventa y nueve con tal de buscar la que se había apartado del redil e imaginad el gozo que experimentó al encon­trarla. Luego seguid con la de la Moneda que una mujer había perdido, probablemente por descuido, pero que luego, con la ayuda de sus amigos y vecinos, la encontró y una gran felici­dad reinó en el ambiente.

A continuación, leed de nuevo la inmortal parábola del Hijo Pródigo en todo su contenido, particularmente la parte que relata cómo el joven malgastó sus bienes viviendo perdidamente y de impro­viso se encontró comiendo algarrobas con los cerdos.

Cristo, nuestro Señor, nos ha dicho cuál es nuestra misión: predicar el evangelio sempiterno a todos los hombres de buena voluntad en el mundo y velar, cual pastor cariñoso, por los miembros de la Iglesia.

En junio de 1829, casi un año antes de tener organizada la Iglesia, el profeta José Smith recibió la siguiente revelación:

“Y si fuere que trabajareis todos vuestro días procla­mando el arrepentimiento a este pueblo, y me trajereis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (Doc. y Cov. 18: 15.)

Esta es parte de nuestra misión. Y parte de nuestra recompensa.

La Iglesia está completamente organizada y hay un sello de divinidad en ella. Pero, ¿cuál es su propósito? ¿Qué nos ha dicho el Señor al respecto?

“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17: 3.)

¡La vida eterna! ¿Qué podría ser más dulce que ella? ¿Qué más precioso? Vosotros, estudiantes que gustáis de la ciencia, tratad do descubrir por medio de los cientí­ficos qué es la vida. No podrán decíroslo, porque ellos ven sólo sus efectos y sus distintas manifestaciones naturales.

Pero su más grande manifestación está en el mismo hombre—estirpe de Dios—quien tiene la oportunidad de vivir eternamente.

La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él envió. Y ¿cómo podemos conocer a Dios? Un abogado preguntó cierta vez a Jesús: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eter­na?” Y el Salvador, sabiendo por qué hacía este hombre la pregunta, le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”

El abogado respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús entonces replicó: “Bien has respon­dido; haz esto, y vivirás.” (Lucas 20: 25-28.)

En otra ocasión, el Maestro dijo a la multitud cómo podía saber la verdad: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.”

¡Oh, hijos de los hombres, escuchad esto, si es que habéis de conocer a Dios y a Jesucristo, Su enviado especial: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

“El que quiera hacer la voluntad de Dios, cono­cerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo de mi propia cuenta.” (Juan 7:16-17.)

Pero entonces surge la pregunta: ¿Cuál es la voluntad de Dios? Ello ya fue contestado por el intérprete de la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10: 27.)

No obstante, ha sido más específica y terminante­mente definida por el superior de los Apóstoles de Cristo en el día de Pentecostés, cuando tres mil per­sonas fueron estremecidas en sus corazones por la palabra y suplicaron: “Varones hermanos, ¿qué liare­mos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hechos 2: 37-39.)

Posteriormente, el mismo Apóstol, hablando acerca de este arrepentimiento, el bautismo, cómo el sacerdocio habría de venir y cómo ellos habían llegado a ser “participantes de la naturaleza divina,” mencionó otras virtudes específicas. Si podéis alcanzar este nivel, sabréis que Jesús es el Cristo y que ésta es la obra de Dios. Pedro dijo:

. . Añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, domino propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abun­dan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 Pedro 1:5-8.)

Cada uno de nosotros puede llegar a conocer esa verdad—el conocimiento de Jesucristo—y vivir eterna­mente. Y no nos preocupemos por nuestras tareas dia­rias; sólo debemos recordar continuamente que nuestro Salvador nos está guiando y preguntarnos a nosotros mismos: “Para lo que debo hacer hoy, ¿puedo dirigirme a Él y pedir Su ayuda?”

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