Nuestra responsabilidad más Grande

Conference Report, octubre de 1954, Improvement Era, Diciembre, 1954

Nuestra responsabilidad más Grande
por el élder Sterling Welling Sill

En cuatro días, serán seis meses desde que el presidente McKay me invitó a su oficina para notificarme que había sido llamado a esta posición. Estos seis meses han sido tremendos para mí. Aunque siempre he estado activo en el trabajo de la Iglesia, han sido en su mayoría capacitando en algún barrio o estaca, y a veces nuestro agradecimiento es restringido por nuestra experiencia. Sin embargo, durante estos últimos seis meses he tenido la nueva experiencia de visitar muchas estacas de la Iglesia, que se encuentra en seis estados y un país extranjero. En cada caso, he estado sólo unas pocas horas antes que me sintiera como si estuviera en casa y hubiese vivido allí toda mi vida, ha sido encantador e inspirador para mi encontrar que en toda la Iglesia existe el mismo ferviente testimonio del evangelio, y la misma devoción a Dios que ha caracterizado a los grandes hombres y mujeres de mi propio barrio y estaca, con quienes tengo una gran deuda de gratitud por su ejemplo.

Esta ha sido una experiencia provechosa para mí por muchas otras razones. Una de ellas es que he podido conocer un poco mejor a los hombres que conducen la Iglesia, no sólo por el contacto personal más frecuentes, sino también por una resolución que tome de que me gustaría leer de principio a fin todos los libros que han sido escrito por todas las Autoridad general de la Iglesia con el fin de aprender algo de su devoción y fe. No he terminado este proyecto, sin embargo, he hecho un progreso sustancial en esa dirección, y he estado encantado con la gran estimulación e inspiración que he recibido. Descubrí hace mucho tiempo, que no sólo podemos ser inspirados por nuestro Padre en el cielo, sino que también podemos recibir la inspiración de sus hijos.

Esta lectura particular, se presenta como una especie de culminación de una gran experiencia que comenzó para mí hace diez años cuando oí Adam S. Bennion dar una conferencia sobre el valor de la gran literatura. Fue cerca del final de la guerra japonés y que ha presentado esta proposición: Supongamos que usted es un prisionero en un campo de concentración japonés durante los próximos cuatro años, y que se le permitirá llevar consigo las obras de diez autores. ¿Cuál llevar, y  qué  espera  obtener  de  su estudio? Es decir, ¿cuáles son los valores de la gran literatura del pensamiento humano? La idea del hermano Bennion fue que uno podría seleccionar los diez autores en el mundo en los que tuviera el mayor interés y confianza, los hombres a los que más le gustaría parecerse, y después lee todo lo que alguna vez habían escrito, y uno a uno tratar de agotar de cada uno de ellos; es decir, todo su pensamiento. Intentado sentir como se sentían. Mirando a través de todos los rincones de su mente. Intentaría vivir su vida de nuevo.

Siguiendo esta sugerencia ha sido una experiencia maravillosa para mí, y actualmente estoy releyendo uno de mis diez autores. Este autor en particular ha escrito cinco libros. Uno de ellos se titula el Antiguo Testamento. Otro es el Nuevo Testamento. Uno de ellos es el Libro de Mormón. Una de ellos es Doctrina y Convenios y la otra es la Perla de Gran Precio. Cada vez que leemos un libro con un nuevo propósito se convierte en un nuevo libro. Esto no se debe a que las palabras en el libro han cambiado, sino porque traemos a ella una nueva perspectiva; por ejemplo, uno podría leer la Biblia para obtener de ella su literatura, o su historia, o su filosofía, o su psicología  o  su  teología,  pero  no  estoy  releyendo  los  libros canónicos de la Iglesia principalmente por cualquiera de estas razones. Más bien, yo estoy tratando de conseguir un mejor conocimiento del autor.

Daniel Twohig escribió un canto sagrado, «Hoy caminé por donde, tiempo ha, Jesús caminó.» y no tengo ninguna duda de que eso sería una experiencia emocionante, hasta situarse en el mismo lugar de la tierra en la que Jesús estuvo una vez, pero es posible tener una experiencia que es mucho más importante. Por medio de las Escrituras podemos  pensar,  hoy  en  día,  lo  que  pensaba Jesús. Podemos tratar de sentir lo que sentía. Podemos tratar de hacer lo que hizo. Podemos tratar de ser lo que es.

Alguien ha hecho esta pregunta: ¿Cómo le gustaría crear su propia mente? ¿Pero no es eso lo que estamos haciendo? William James dijo «. . .La mente se compone de lo que se alimenta». Alguien más ha dicho, «. . .la mente, como la mano del tintorero, colorea con lo que posee.» Es decir, si tengo en la mano una esponja llena de tinte púrpura, mi mano se vuelve púrpura, y cuando tenemos en las mentes y los corazones los pensamientos de Dios, las ideas tienen que ver con una gran espiritualidad, dedicación y fe, entonces nuestras vidas están constituidas por consiguiente, como lo expresara   el   escritor    de    Proverbios:    «porque    cual    es su pensamiento en su corazón, tal es él. . .» (Proverbios 23:7)

Estoy muy agradecido por estos maravillosos libros que llamamos libros canónicos de la Iglesia, porque a través de ellos podemos pensar incluso los pensamientos de Dios como los profetas los han grabado a través de todas las edades del mundo. El Antiguo Testamento fue escrito en el periodo anterior a la mortalidad de Jesús. El Nuevo Testamento está escrito acerca de su vida en la tierra. Doctrina y Convenios fue escrito en nuestros días. Y el Libro de Mormón y la Perla de Gran Precio atraviesan estos tres períodos.

Pero, además de los libros canónicos, estoy muy agradecido por las ideas grabadas de los que en la actualidad y en el pasado han dirigido la Iglesia. Debido a que han escrito sus ideas, podemos pensar sus pensamientos. Espero no avergonzarlo presidente Joseph Fielding Smith al hablar de su reciente gran libro titulado El hombre su Origen y Destino, que creo que es uno de los grandes libros de la Iglesia. Me gustaría ver a cada persona en el mundo leer este gran libro, por que el conocimiento que posee puede ser más importante y útil para el hombre que las ideas que allí se presentan. El presidente Smith ha incluido en este libro el estudio, la meditación y la devoción de toda la vida, y a través de nuestra lectura podemos hacer estas ideas propias en una semana o un mes. Esta es una de las ventajas de un gran libro.

Para tratar de indicar la necesidad que existe en el mundo, y en nuestras propias vidas, de obtener información religiosa adecuada, me gustaría decirles  de una experiencia que tuve unas cuantas semanas antes de leer el libro del hermano Smith. Me pasó al estar en una gran ciudad del este en una asignación de negocio y, en la medida en que estaba en la ciudad durante el domingo y no estaba cerca de mi propia Iglesia, fui a escuchar a uno de los grandes ministros protestantes del mundo. Después de que la reunión había terminado, me compré un libro escrito por el ministro, que leí con mucho cuidado en el tren de regreso a casa. Tres semanas más tarde estaba de nuevo en esta ciudad y otra vez fui a escuchar a este hombre hablar. Después de que el servicio terminó un grupo grande de personas en fila fue para estrechar la mano del altavoz. Después de que todos los demás se habían ido, me presenté y le dije lo mucho que había disfrutado de sus sermones y su libro, pero había algunas cosas que no podía entender y le agradecería que si podría discutir algunos de ellos conmigo. Había utilizado algunas frases en referencia a Dios como «sumergirse en Dios», o «enviar sus raíces hacia abajo en Dios», o «llenar su mente de Dios», y le pregunté si me podría explicar su concepción de Dios. Era muy franco al decir: «No sé lo que es Dios, y no sé de nadie que lo haga saber. Si alguien pudiera descubrir lo que Dios es, creo que sería la mayor noticia que habría llegado jamás al mundo. “Yo le dije, «¿Me daría su idea de lo que se entiende por la declaración en el Génesis (Génesis 1:27), que dice que «Dios creó al hombre a su propia imagen» Él dijo: «Hay una cosa de la que estoy razonablemente seguro, y es que Dios no es un Dios antropomorfo; Que el hombre no fue creado a imagen de Dios?»

Este gran hombre, que es uno de los líderes religiosos más populares en el mundo, no entiende a Dios, y sin embargo, Jesús dijo: «. . .Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,  y  a  Jesucristo,  a  quien  has enviado.»  (Juan  17:3) Además de esto, este hombre que ha tomado sobre sí mismo servir en el nombre de Cristo no entiende la preexistencia o la resurrección. Él no sabe la diferencia entre el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec, ni entiende la organización de la Iglesia, o el uso de los templos, o la salvación de los muertos. No entiende la necesidad de la autoridad divina, y un gran número de otras doctrinas simples de Jesús que están claramente mencionadas y discutidas en las escrituras. Sin embargo, este hombre es el director espiritual de miles de personas.

Me impresionó grandemente la seriedad de su declaración de que conocer a Dios sería la mayor información que puede venir al mundo. Cuando volví a casa, decidí averiguar cuáles eran los eventos importantes que estaban ocurriendo en el mundo de hoy para que pudiera hacer una comparación. Llamé a un periodista y le pregunté si él me haría saber cuáles eran los mayores acontecimientos de las noticias del año pasado. Hizo una lista de lo siguiente:

La muerte de Stalin en marzo de 1953.

La ejecución de los Rosenberg en junio de 1953. El secuestro Greenlease el pasado otoño.

El caso de Harry Dexter White el pasado otoño.

Disturbios de Alemania del Este de alimentos a comienzos de 1954. La bomba de hidrógeno.

El lanzamiento del submarino atómico, Nautilus, en enero de 1954. El puertorriqueño que se disparó en el Congreso en marzo de 1954.

La prueba de vacunación contra la poliomielitis, 1954.

Las audiencias del Ejército-McCarthy de 1954.

La mayoría de estos eventos tienen que ver con la muerte en el mundo, mientras que conocer a Dios podría dar vida eterna a todos los hombres. Con esto en mente, abrí Doctrina y Convenios y volví a leer con una nueva apreciación la cuenta de este acontecimiento más grande que ha sucedido en esta tierra desde los días en que

Jesús vivió en ella. Este maravilloso evento se registra de modo que todo el mundo puede leer y entender. Declaramos al mundo que en la primavera de 1820, Dios el Padre y su hijo, Jesucristo, se aparecieron a José Smith (José Smith Historia 17), para volver a establecer sobre la tierra una creencia en el Dios del Génesis, y restaurar en su plenitud el conocimiento de todos los principios del evangelio. Descubrir a Dios es el descubrimiento más grande que alguna vez alguien puede hace en su vida, y al tratar de entender la gran responsabilidad que va con ese descubrimiento, me puse de rodillas y le pedí a Dios que me ayude a ser un testigo aceptable con todos aquellos con los que entre en contacto. Cuando se reveló a Pablo que iba de camino a Damasco de que Jesús era el Cristo, una gran responsabilidad recaía sobre él. Cuando se hizo lo mismo con José Smith, una tremenda responsabilidad recaía sobre él. Él dijo: «. . .Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo. . .» (José Smith Historia 25) Ahora esto mismo se nos ha dado a conocer, una gran responsabilidad se ha colocado sobre nosotros, y ruego que nuestro Padre celestial nos ayude a ser efectivos, inspirados y portadores incansables de esta gran verdad a todos los hombres en todo lugar en el mundo. Esta oración pido en el nombre de Jesús. Amén.

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En el servicio de nuestro Padre

Conference Report, abril de 1954

En el servicio de nuestro padre
por el élder Sterling Welling Sill

Estoy aquí por una serie de circunstancias que se han combinado a sí mismo en esta mañana lo que ha producido en mi corazón una gran humildad, acompañado de una sensación de inadecuación al desempeño de las responsabilidades para esta cita. Oro para poder recobrar  la  fuerza  necesaria  para  cumplir  con   esas obligaciones. Estoy muy agradecido por la confianza de los hermanos que son responsables de esta cita. También aprecio mucho su voto de sostenimiento. Prometo a las Autoridades Generales de la Iglesia, así como a la composición general de la Iglesia, y aquel cuyo nombre lleva la Iglesia, que haré lo mejor que pueda.

Muchas veces he rogado a mi Padre en el cielo que me ayude a hacer mi trabajo. Espero poder orar más y con mayor eficacia para que pueda ayudar a hacer su trabajo, y por este medio expreso el aprecio que siento por todas las bendiciones de mi vida.

Estoy muy agradecido por mi esposa y familia. Estoy agradecido por mis  padres,  abuelos  y  bisabuelos. Mi  bisabuelo  marchó  con  el Batallón Mormón para ayudar en la guerra con México, mi bisabuela marchó  con  su  pequeña  familia  a  través  de  las  llanuras  para establecerse ella misma y su posteridad en este valle. El carro que contenía  sus  posesiones  terrenales  era  tirado  por  una  yunta  de bueyes. Antes de llegar a su destino uno de los bueyes murió. Mi bisabuela levantó el yugo del buey caído a sus propios hombros y continuó la marcha. Yo oro para que pueda sacar de su fuerza y determinación.

Agradezco la gran oportunidad de ser parte de esta Iglesia, tanto por lo que ha significado para mí en el pasado, y por lo que significará en el futuro. El verdadero valor de un hombre no está en sí mismo, sino en lo que él representa. Es algo inspirador para mí que el más humilde de nosotros puede presentarse a las cosas más importantes. José Smith es un ejemplo de aquello.

Cuando José Smith se levantó de sus rodillas, después de su primera visión, y atravesó los campos hasta la casa de su padre, y fue a la cocina donde su madre estaba trabajando, y apoyado en la chimenea, dijo en sustancia, «Madre, he visto a Dios» (José Smith Historia 20), en ese instante no sabía con más seguridad de lo que yo sé, o de lo que usted sabe que es correcto ser honesto, que es el derecho a ser virtuoso, y que todos los otros principios que se encuentra en esta iglesia son los adecuados. Tenemos el derecho de gastar nuestras fuerzas al servicio de nuestro Padre para ayudar a llevar a cabo sus propósitos.

El gran psicólogo William James, dijo que el mayor uso de una vida es pasarla en algo que dure más que ella.

En una clase de escuela dominical que he visitado recientemente oí un recuento del maestro de escuela dominical de la emocionante historia de la creación, que «Dios creó al hombre a su imagen» (Génesis 1:27), y me encontré deseando haber sido testigo de este gran comienzo, y luego se me ocurrió, como ha ocurrido muchas veces desde entonces, que la creación del hombre no es algo que se haya terminado. La creación del hombre está todavía en curso, y en un sentido muy real, cada uno de nosotros es un creador, es decir, las actitudes, el entusiasmo, la fe, la determinación de servir a Dios, que son tan importantes para nuestra exaltación eterna, siguen estando en la actualidad dentro de nosotros y en los demás.

Es más importante construir un gran carácter que construir un gran rascacielos. Sabemos que el valor de las almas es grande, pero sobre todo no somos grandes por lo que somos, somos grandes para lo que podemos llegar a ser, y es mi esperanza y oración en mi propio nombre que pueda desarrollar esas cualidades que me permitan lograr los deberes de esta asignación como se espera de mí por mi Padre que está en los cielos y los que presiden sobre mí en la Iglesia.

Que las bendiciones de nuestro Padre en el cielo estén con nosotros para que podamos entender nuestras oportunidades, lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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El libre albedrío; un desafío

Liahona octubre 1953

El libre albedrío un desafío
por el élder Sterling Welling Sill

Si se le pidiera a usted nombrar el beneficio mayor en su vida, aparte de su vida misma, probablemente diría, «Libertad». El deseo de libertad siempre ha tenido un lugar sagrado en el corazón humano. Para obtenerla, o mantenerla, ha sido la razón por la que ha habido la mayoría de las guerras. Aun hubo una guerra en el cielo para determinar si los hombres tendríamos derecho al libre albedrío. Pero, ¿se ha puesto usted a pensar alguna vez sobre el hecho de que la libertad tiene una base de doble entrada? Es como nuestro sistema capitalista: no es un sistema de ganancias solamente, es un sistema de ganancias y pérdidas.

El libre albedrío no es tan solamente un sistema para obtener bendiciones. Es un sistema para obtener bendiciones y maldiciones. Significa castigos tanto como galardones. Primeramente, el libre albedrío no es gratis —les ha costado sus vidas a muchas personas.  A otros les ha costado  su felicidad eterna. «Por cada privilegio que queremos, hay un deber que tenemos que cumplir. Por cada esperanza que abrigamos, hay una tarea que tenemos que hacer. Por cada beneficio que deseamos, hay un sacrificio que se requiere». Aceptamos el  riesgo cuando aceptamos la oportunidad. No hay tal cosa como recibir algo por nada. Tarde o temprano, aquí o después, tenemos que balancear el registro. No hay ninguna oportunidad de registrar sólo los créditos. Tenemos también que registrar las deudas. Como el gran poeta Emerson ha dicho, no hay tales cosas como galardones y castigos, que sólo hay consecuencias. No podemos hacer una cosa incorrecta y evitar  el castigo como tampoco hacer una cosa correcta y evitar el galardón. La ley de compensación nunca descansa; por cada hecho tiene que haber una consecuencia.

Lucifer propuso privar a los hombres de su libre albedrío. Si conocía la naturaleza humana, tenía buena razón por creer que estaba tratando de hacerles a los hombres un gran favor. Salvaría a todos, aunque lo tuviera que hacer por compulsión. Si su plan hubiera prevalecido, todos habríamos sido perfectos y todos habríamos sido salvos en el reino celestial. Por fuerza nos habría impedido cometer errores. Pero nosotros ayudamos a echar abajo el plan de Lucifer y conseguirnos el libre albedrío.

La mayoría de nuestros pecados los llegamos a cometer por causa de nuestro libre albedrío, porque además de nuestras otras  grandes libertades, somos libres para ser ociosos, libres para profanar, libres para no observar el Día del Señor, libres para arreglar nuestras vidas llenas de ociosidad, libres para dormir en el domingo, libres para faltar en hacer nuestras visitas como maestros visitantes, libres para ir al infierno. El autor John Milton pone en la boca del Creador estas palabras:

«Libres los formé: y libres tienen que quedar;
Hasta que se esclavicen; o yo tendría que cambiar
Su naturaleza, y revocar el decreto alto
Inmutable, eterno, el cual ordenó
Su libertad: ellos mismos ordenaron su caída».
Paradise Lost, Tomo III

La «caída del hombre» no fue completada y terminada hace 6,000 años; está aconteciendo en nuestro derredor todos los días, sólo porque, como el padre Adán, podemos escoger por nosotros mismos. Esto es un asunto serio. Peleamos la batalla en el cielo porque quisimos ser libres, y sin embargo, de los cuarenta billones de gentes que han vivido en el mundo desde la era Cristiana, sólo un billón han sido libres políticamente; casi ninguno ha sido libre espiritualmente.

Pero bueno o malo, siempre tiene que haber una oposición. Siempre tiene que haber elecciones alternativas. Se decidió que a pesar del peligro, seríamos libres de escoger, aunque escogiéramos la libertad de ser ignorantes, la libertad de ser indignos, la libertad de no ser dignos de confianza. Uno de nuestros argumentos contra el plan de Satanás puede haber sido que se perdería una grande parte del beneficio si la salvación fuese obtenida por compulsión. Pero también, muchos de los hijos de Nuestro Padre usan este precioso libre albedrío para traer sobre sí condenación eterna.

Probablemente el pensamiento más emocionante del mundo es el pensamiento de libertad. Ese es el procedimiento por el que llegamos a ser «aun como Dios es». Incluye la oportunidad de hacer voluntariamente la elección correcta. La libertad es nuestra benefactora más grande, como también podría ser nuestra tragedia más grande. ¡Qué cosa más terrible! cuando lleguemos al fin de la jornada, si mirando para atrás descubriéramos que por nuestras propias elecciones deliberadas, y como consecuencia de nuestros propios hechos, nos hubiéramos destrozado.

Para los débiles, los descuidados, los indiferentes y ociosos, el libre albedrío no es una bendición sencilla. A los rectos y a los valientes es el beneficio más grande de nuestra vida y aprender a hacer elecciones correctas es el mero propósito de nuestra existencia. Todos sabemos lo suficiente para llegar al reino celestial. Por lo regular, no nos falta conocimiento; nos falta voluntad.

Entonces, alce sus ojos a Dios. Busque al a quien se parece. A usted le ha engendrado para que pueda ser como El es. Ha hecho posible que usted tenga el don glorioso de la libertad, libertad de ser piadoso, libertad de ser valiente, libertad de trabajar con todo su corazón por su causa, y libertad de salvar su alma y las almas de Sus otros hijos que El ha confiado a su ciudado.

(Un aporte de Raúl E. Fuentes Díaz)

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Una Fe imperturbable

Liahona de Septiembre 1988

Una Fe imperturbable
Por el élder James E. Faust

Hace varios meses visité, en compañía de otra Autoridad General, la hermosa isla de Tahití. El avión llegó al aero­puerto de Papeete alrededor de las cuatro de la mañana. Un grupo de líderes locales, precedido por el Representante Regional, Víctor Cave, nos estaba esperando. Rápidamente recogimos nuestro equipaje y fui­mos al hotel para descansar lo que el tiempo nos lo permitiera, antes de comenzar las actividades del día.

Mientras conducíamos por las solitarias calles, en las primeras horas de la mañana, un hombre cruzó la calle frente al auto del hermano Cave, quien aminoró la marcha para darle tiempo y nos dijo:

—Ese hombre pertenece al ba­rrio de esta zona. Va de prisa ha­cia el templo. Si bien la primera sesión no comienza hasta las nue­ve de la mañana, siempre prefiere estar allí mucho más temprano.
— ¿Vive lejos de aquí? —le preguntamos.
—A dos o tres cuadras.

Entonces el hermano Cave nos explicó que los custodios abren los portones del templo temprano, y que este hermano va y observa el amanecer desde los sagrados terrenos que rodean el hermoso templo.

No pude menos que maravillarme ante la fe de aquel hombre que sacrificaba horas de sueño o la oportunidad de hacer otras cosas a cambio de ir a los terrenos del templo y dedicar ese tiempo a la meditación y la contemplación. Sin lugar a dudas ha­brá quienes dirán: “¡Qué tontería!, ¡qué manera de perder el tiempo que podría dedicar a dormir o estudiar!” Espero que durante esas horas especiales de medi­tación y contemplación, ese fiel hom­bre esté aprendiendo a conocerse a sí mismo y conocer a su Creador.

Es importante que desarrollemos esa clase de fe, sencilla e imperturbable. Deseo recalcar la importancia de que debemos aceptar totalmente los aspectos fundamentales de nuestra propia fe y, al mismo tiempo, os insto a que no os preocupéis demasiado por los pequeños detalles y las aparentes contradicciones que parecen perturbar a mu­chos. A veces nos dedicamos a satisfacer nuestro orgullo intelectual y tratar de encontrar todas las respuestas sin aceptar antes ninguna de ellas.

Todos buscamos la verdad y el conocimiento. El desa­rrollar una fe sencilla e imperturbable no limita nuestro progreso y nuestros logros. Por el contrario, hasta es posible que nos ayude a prosperar cada vez más rápida­mente, porque el desarrollo y el conocimiento están siempre mejorando los dones y poderes naturales que tenemos para lograr las cosas.

Nefi explicó que sus hermanos se habían vuelto tan inicuos e insensibles hacia el Espíritu que habían “dejado de sentir”, aun cuando habían visto a un ángel y la voz del Señor les había hablado de un modo suave y apacible (véase 1 Nefi 17:45). En contraste con esto, Nefi nos dice: “Deleitaos en las palabras de Cristo. . . porque las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Leyó, estudió y releyó el manual

Tengo un amigo al que quiero mucho. Él y yo nos criamos juntos. Si bien es inteligente y capaz, no se destacó como un buen alumno. Los problemas y las necesidades de la familia le impidieron continuar con sus estudios, y no terminó la escuela secundaria. Se las arre­gló para comprarse un camión viejo y comenzó a trans­portar arena y grava para unos constructores. El trabajo que hacía era por temporadas y no le daba muy buenos resultados; el viejo camión se rompía con frecuencia y tenía que hacerlo arreglar.

Se casó con una mujer muy buena, lo que le dio estabilidad a su vida. Su situación económica era difícil, pero de todas maneras se las arreglaron para construir su casa propia.

En esa época yo era el obispo de ellos y lo llamé como asesor del Sacerdocio Aarónico. Tomó muy seriamente el llamamiento y leyó, estudió y releyó el manual de instrucciones; tenía un cuaderno donde anotaba las fe­chas en que todos los jovencitos del barrio debían ser avanzados en el Sacerdocio Aarónico; se mantenía infor­mado sobre la vida y los asuntos de ellos y mantenía al obispado informado de sus actividades.

Años después, cuando fui relevado como obispo, este hermano fue llamado como miembro del obispado, cargo que cumplió con gran fidelidad. Luego pasó a ser obispo, desempeñando esta labor también en forma maravillosa.

Mientras tanto, él y un compañero aprendieron a tra­bajar con ladrillos y se asociaron para hacer trabajos de construcción relacionados con esta especialidad. Hacían un trabajo de buena calidad y pronto se hicieron de muchos clientes. El prosperó y era muy respetado en la comunidad en que vivía.

Después de tener el cargo de obispo por varios años, fue llamado como miembro del sumo consejo de estaca, y nuevamente sirvió en forma devota y fiel. Si bien había dejado de estudiar antes de terminar la secundaria, este hermano se convirtió en un respetable y honorable hombre de negocios, y no cabe la menor duda de que, si hubiera realizado estudios universitarios, habría llegado a mucho más. Seguir leyendo

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Élder Charles A. Didier

Liahona de Septiembre 1988

Élder Charles Didier
Un hombre que goza haciendo lo justo
por Edwin O. Haroldsen

El viajero no aceptó la mayor parte de la comida que sirvieron durante el cansador viaje de trece horas entre Miami, Estados Unidos, y Buenos Aires, Argentina, en octubre de 1983.

Tenía más interés en saciar la mente que el estómago; leía el libro que uno de sus hijos le había regalado para su cumpleaños: In Search of Excellence (La búsqueda de la excelencia).

El élder Charles Didier, del Primer Quórum de los Setenta, viajaba a Sudamérica como Administrador Ejecutivo de la Iglesia, responsable de Argentina, Uruguay y Paraguay. Antes de llegar a Buenos Aires, ya había leído casi todo el libro y había tenido tiempo para descansar y meditar so­bre el trabajo que le esperaba allí.

Esto era usual en él. Desde que se bautizó en la Iglesia a los veintidós años, en su tierra natal, Bélgica, todo lo que ha hecho para la Iglesia se ha caracte­rizado por el entusiasmo y la de­dicación con que lo ha emprendi­do. Es un hombre que goza haciendo lo justo.

Charles Didier nació en Ixelles, Bélgica, el 5 de octubre de 1935. Este hermano recuerda que su padre, André, un oficial del ejército belga, fue capturado durante la Segunda Guerra Mundial. Pero consiguió escaparse y vivía escondido; su familia lo veía sólo de vez en cuando, durante vi­sitas inesperadas. Recuerda que una vez, cuando tenía nueve años:

“La policía secreta alemana andaba buscando a mi padre y nosotros apenas tuvimos tiempo de marchar­nos de nuestra casa antes de que nos encontraran. Nos fuimos a donde estaba mi padre, en la provin­cia de Amberes, y de allí a vivir con mi bisabuela en Flandes.” De la liberación de Bélgica, dice: “Re­cuerdo con toda claridad a los soldados alemanes escapando en bicicletas, la venida de los aviones, el tiroteo y la llegada de las tropas aliadas a nuestro pueblo”.

Al igual que a los demás niños de su pueblo, al hermano Didier lo educaron en el catolicismo. Era el único de su familia que iba a misa casi todos los domingos.

En 1950, cuando la familia vivía en Namur, Bélgica, y él tendría unos quince años, dos misione­ros de la Iglesia Mormona, estadounidenses, fueron a visitarlos. Su madre, Gabrielle, los hizo pasar y los escuchó. Durante las vacaciones de la Pascua de Re­surrección del año siguiente, ella se bautizó en una pequeña pila bautismal en Bruselas. El élder Didier no pudo estar presente porque se encontraba en Roma, visitando al Papa, como parte de una excur­sión organizada por la Iglesia Católica.

Aunque se resistía a las invitaciones de ir a la ca­pilla “mormona”, iba a las clases de inglés que ense­ñaban los misioneros, y en seguida se marchaba, an­tes de que empezaran las actividades de los jóvenes, porque temía que lo “atraparan”. Pero un día le pi­dieron que actuara en una obra de teatro en la capi­lla, y luego su madre lo convenció de que fuera a la iglesia con ella un domingo. Poco después se bautizó su hermana Jacqueline.

De cuando estaba en Lieja, estudiando en la uni­versidad, recuerda: “Yo iba a las actividades de los jóvenes de vez en cuando, y casi siempre participaba en alguna cosa, pero no quería comprometerme a hacerlo siempre. Era muy tímido y no me gustaba hacer nada en público”.

Entonces, uno de los misioneros, Dewitt Paul, le preguntó por qué no se bautizaba, ya que cumplía con todo, lo mismo que un miembro de la Iglesia.

“Le contesté que no veía la necesidad de hacerlo. Me gustaba la vida que llevaba. Podía asistir a la iglesia sin tener responsabilidades. El me propuso que oráramos sobre la veracidad del Libro de Mormón y sobre José Smith, pues si yo tenía un testi­monio, sabría que tenía que bautizarme.

“Así lo hicimos, y cuando terminamos de orar, ya sabía con seguridad que debía bautizarme. Esa fue la contestación a la oración: no vi una luz ni escuché una voz; simplemente me vinieron a la mente las palabras: ‘Bautízate; en eso hay sabiduría; éste es mi mandamiento’.” Seguir leyendo

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Busca el Espíritu del Señor

Liahona de Septiembre 1988

Busca el Espíritu del Señor
Por el presidente Ezra Taft Benson

Una de las formas más seguras de determinar si estamos en la senda correcta del evangelio es observar si sentimos la influencia del Espíritu del Señor.

Cuando gozamos de la compañía del Espíritu Santo producimos ciertos frutos.

El apóstol Pablo dijo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).

Lo más importante en nuestra vida es gozar de la compañía del Espíritu. Siempre he pensado esto. Siempre debemos ser sensibles a la inspiración del Espíritu Santo.

Los presidentes David O. McKay y Harold B. Lee solían relatar algo que le sucedió hace tiempo al obis­po John Wells y que puede servimos de enseñanza:

“Mamá, no sufras más”

Este hermano era responsable de muchos informes de la Iglesia y dedicaba gran parte de su tiempo fijándose en los detalles y en las estadísticas. Uno de sus hijos murió en un accidente ferroviario debajo de las ruedas de un tren de carga. La hermana Wells no podía consolarse. No encontró alivio du­rante el funeral y siguió muy apenada después del entierro. El obispo Wells estaba preocupado por su salud, ya que se encontraba sumamente deprimida.

Un día, poco después del funeral, ella estaba re­costada orando cuando se le apareció el hijo muerto y le dijo: “Mamá, no sufras más; no llores, que estoy bien”.

Entonces, él le contó cómo había ocurrido el ac­cidente y le aseguró que había sido tal, porque apa­rentemente tenían dudas de que su muerte realmen­te hubiera sido accidental ya que el joven tenía mucha experiencia en su trabajo con los ferrocarriles.

Y ahora fíjense en esto: También le dijo que tan pronto como se dio cuenta de que había perdido la vida, había tratado de comunicarse con su padre sin poder lograrlo. Su padre estaba siempre tan ocupado con su trabajo que no respondía a los lla­mados del Espíritu. Por eso el hijo se había apareci­do a su madre.

Entonces le pidió: “Dile a papá que estoy bien, y no quiero que sigas lamentándote” (David O. McKay, Gospel Ideáis, Salt Lake City, Improvement Era, 1953, págs. 525-526).

El presidente McKay y el presidente Lee contaban esta experiencia para recalcar que siempre debemos ser receptivos a la inspiración del Espíritu. Estamos más alerta a esta influencia cuando no tenemos la presión de tener demasiadas entrevistas y cuando no nos dejamos atrapar por las preocupaciones de todos los días.

Es necesario dedicar tiempo para meditar. Medi­tar sobre un pasaje de las Escrituras fue lo que con­dujo al joven José Smith a la arboleda para tratar de comunicarse con su Padre Celestial. Y de esa forma se abrieron los cielos en esta dispensación.

La meditación sobre un pasaje del libro de Juan en el Nuevo Testamento logró la gran revelación sobre los tres grados de gloria.

La meditación sobre otro pasaje de la Epístola de Pedro permitió al presidente Joseph F. Smith tener la revelación sobre el mundo de los espíritus. Esa re­velación, conocida como la “Visión de la redención de los muertos”, ahora forma parte del libro Doctri­na y Convenios.

Vosotros que sois padres y abuelos debéis reflexio­nar sobre lo que significa la responsabilidad que Dios os ha dado: “Reposen en vuestra mente las so­lemnidades de la eternidad” (D. y C. 43:34). Y esto no es posible si uno está obsesionado con las preo­cupaciones de la vida diaria. Seguir leyendo

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El libro de Mormón y la familia de hoy

Liahona de Junio 1988

El libro de Mormón y la familia de hoy
Por Darwin L. Thomas

Aunque el Libro de Mormón se haya escrito hace mucho tiempo y trate acerca de otra gente, su mensaje es muy importante tanto para los padres como para los hijos de esta época.

Existen muchas familias que corren peligro hoy en día. Se nos ha amonestado que, a menos ‘que se fortalezca a la familia, la propia sociedad enfrentará grandes desastres.

No obstante tales predicciones, me consuela enor­memente el mensaje del Libro de Mormón. Aunque se haya escrito hace tanto tiempo atrás y acerca de otra gente, y aunque su propósito principal sea el de testificar de Cristo, el mensaje que contiene para pa­dres e hijos sobre la manera de relacionarse entre sí es de suma importancia.

Para empezar con un ejemplo, en la primera parte del Libro de Mormón se encuentra una importante lección para los matrimonios. Lehi y su familia habían abandonado Jerusalén, pero sus hijos habían vuelto a esa ciudad para obtener las planchas de La­bán. Tanto él como su esposa pasaron mucho tiempo afligidos por sus hijos (véase 1 Nefi 5:6-7), pero Saríah llegó al punto de quejarse contra él por las condiciones tan penosas que estaban viviendo. Es de comprender que se haya sentido así después de no haber visto a sus hijos por un largo tiempo; estaba preocupada por el bienestar de ellos, y el vivir en el desierto le parecía insoportable sobre todo al considerar las comodidades con que habían vivido antes. Tres eran las acusaciones que tenía en contra de su marido: (1) que estaba desorientado y era un “hombre visionario”, (2) que habían perdido la tierra de su “herencia” e iban a “[perecer] en el desierto” y (3) lo peor de todo, decía: “Mis hijos ya no existen”.

Ante tales acusaciones, no podía esperarse sino una gran discusión entre ambos, puesto que Lehi pu­do haber defendido sus actos y procedido a quejarse de las faltas que hubiera podido cometer Saríah.

A pesar de todo, aunque podríamos suponer que seguirían el patrón normal de ataque y contraataque, Lehi procedió a consolar a su esposa. Vemos que re­conoce que era un “hombre visionario”, pero luego le asegura que ha obedecido el mandamiento del Señor de enviar de vuelta a sus hijos a obtener las planchas, que sabe con certeza que el Señor lo ha guiado y que El en verdad les ha prometido una herencia mayor que la que acaban de perder. Le hace ver que si se hubieran quedado en Jerusalén, realmente habrían perecido, y finalmente le reafirma su fe en que Dios protegerá a sus hijos.

En otras palabras, el Libro de Mormón nos indica con claridad el comportamiento que debe seguir un cónyuge ante una actitud similar, es decir, dar con­suelo y no buscar excusas ni defenderse con un con­traataque. Cuando alguien se queja, se le debe dar consuelo. De modo que, para los matrimonios Santos de los Últimos Días, el mejor consuelo debe ser el conocimiento de la guía de Dios y la fe en su protección. Si todas las familias Santos de los Últimos Días siguieran esta regla, los hijos verían a sus padres resolver conflictos por medio de la expresión de su creencia en Dios y la manifestación de interés por los demás, en lugar de verlos justificar su comportamiento con distintas excusas. ¡Y en verdad es eficaz! Cuando damos consuelo a un ser querido, éste responde devolviéndonos también consuelo una y otra vez.

La fe de una mujer en su marido

Mientras que, por un lado, el caso de Lehi y Saríah ilustra el interés del esposo por su mujer, el de la conversión del rey Lamoni representa el ejemplo de una esposa amorosa que demuestra fe en su esposo e interés en su bienestar.

Como se recordará, Ammón, el gran misionero e hijo del rey Mosíah, predicó entre los lamanitas y logró la conversión del rey Lamoni. El rey, dominado por el Espíritu, cayó al suelo, y su pueblo pensó que estaba muerto. Sin embargo, la reina creyó que todavía vivía y le suplicó a Ammón que lo fuera a ver para hacer algo por él.

Ammón le aseguró que todo marcharía bien y le preguntó a la reina si le creía. Ella le respondió que sólo contaba con su palabra, pero añadió: “No obs­tante, creo que se hará según lo que has dicho” (Al­ma 19:9). Ammón la bendijo debido a su gran fe.

La reina veló a su marido toda la noche hasta el día siguiente. Cuando él despertó, “extendió su ma­no hacia [ella], y dijo: ¡Bendito sea el nombre de Dios, y bendita eres tú!” (Alma 19:12).

Así como sucedió al principio con el rey Lamoni, existen muchos maridos en nuestra época que se comportan como si estuvieran muertos espiritual­mente. A las esposas de esos hombres les debe servir de consuelo y fortaleza el ejemplo de la reina lamani­ta que creyó en su esposo, buscó consejo de una fuen­te espiritualmente confiable, tuvo fe en ésta y, con gran devoción, veló junto a su compañero durante las largas noches en que estuvo como muerto.

El deber de enseñar

El Libro de Mormón está lleno de ejemplos que ilustran principios importantes en las relaciones entre padres e hijos. Nefi habla con respeto de sus padres refiriéndose a ellos como a sus “buenos padres” y al hecho de que recibió “alguna instrucción en toda la ciencia de [su] padre” (1 Nefi 1:1; cursiva agregada).

Enós también brinda información sobre la relación que existe entre los buenos padres y la enseñanza. Estas son sus palabras: “He aquí, aconteció que yo, Enós, sabía que mi padre era un varón justo, pues me instruyó en su idioma y también en el conocimiento y amonestación del Señor —y bendito sea el nombre de mi Dios por ello—” (Enós 1).

Tanto por medio de los ejemplos mencionados, como por muchos otros del Libro de Mormón, se ha­ce evidente que los padres “justos” y “buenos” deben enseñar a sus hijos. Ahora bien, ¿qué es lo que deben enseñar los padres a sus hijos? En aquellos días, les enseñaban idiomas, historia y el debido modo de comportarse en el medio social, pero la lección que más se repitió, según lo indica el libro, fue la de la divinidad y expiación de Cristo. Seguir leyendo

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Fe, Esperanza y Caridad

Liahona de Junio 1988

Fe, Esperanza y Caridad
Por Arthur R. Bassett

Los principios de la fe, la esperanza y la caridad se mencionan a menudo en el Libro de Mormón.

Los principios eternos de la fe, la esperanza y la caridad por lo general nos recuerdan las enseñanzas del apóstol Pablo en el Nuevo Testamento (véase 1 Corintios 13). Sin embargo, también aparecen con mucha frecuencia en el Libro de Mormón.

LA FE

La confrontación entre Alma y Korihor, el anti­cristo, sirve de preámbulo al principio de la fe, en el capítulo 30 de Alma. Korihor acusa a este profeta de basar su vida en una fe que no puede probar, insi­nuando así que su propia vida se basa en algo más substancioso. Esta confrontación presenta una idea importante que debe considerarse cuando se habla de la fe.

Me he preguntado si la fe puede existir completa­mente independiente de todo o si es algo como el amor que necesita de un objeto que lo reciba. No se puede decir que se ama si ese amor no se dirige hacia una persona o hacia un objeto; por el mismo consi­guiente, es inútil decir que se tiene fe si esa fe no está puesta en alguien o en algo. Todos tenemos fe en algo; puede que algunos no tengan fe en Dios ni en Jesucristo, que es la clase de fe de que hablan los profetas, pero tienen fe en sí mismos o en otras per­sonas. Todos confiamos en alguien o en algo, aunque sea en un concepto vago que tengamos. Digamos que confiar en algo y tener fe es casi lo mismo.

Cuando los profetas hablan de la fe, se podría agre­gar “en Cristo” para captar mejor el significado. Co­mo lo dijo el profeta José Smith en el cuarto Artículo de Fe, tener fe en el Señor Jesucristo es el primer principió que debe obedecer un miembro de la Iglesia.

A medida que tratamos de conocer a Cristo, nos damos cuenta de lo que tenemos que hacer para ser como El. Él es el modelo que debemos seguir: Él nos guía por la senda correcta, toda la verdad se centra en El, nos da la luz que ilumina nuestra obra como cristianos y en El confiamos plenamente.

Si al leer lo que sucedió entre Alma y Korihor te­nemos presente lo antedicho, comprenderemos mejor el relato. Es interesante notar que todos los argumen­tos que presenta Korihor contradicen su propia posi­ción. Ambos tenían fe; pero Alma tenía fe en Cristo en tanto que Korihor creía en sí mismo. Según él,

“todo hombre prosperaba según su genio, todo hom­bre conquistaba según su fuerza” (Alma 30:17).

Como lo sugiere Nefi, siempre es conveniente aplicar las Escrituras a nuestra propia situación (véase 1 Nefi 19:23). Al leer relatos como el mencionado anteriormente, podríamos examinar nuestra vida y preguntarnos: ¿En qué tenemos fe? ¿En qué o en quién confiamos? ¿Buscamos satisfacción o felicidad prestando ayuda en la obra del Señor o en nuestro trabajo, o en lo que poseemos? ¿Vivimos como Alma o tenemos demasiada confianza en nosotros mismos y nos olvidamos de confiar en Cristo?

Alma tiene mucho que decir sobre la fe. Por ejem­plo, cuando les habla a los zoramitas (véase Alma 32), pareciera dar a entender que ninguno de noso­tros llegará a un punto en el que no necesitaremos más la fe. Esta parece ser un principio eterno que nos acompañará toda la eternidad. Cuando lleguemos al más allá y estemos en la presencia de Cristo, sabien­do a ciencia cierta que existe, nuestra relación con El aún estará parcialmente determinada por la fe que tengamos en El. Porque conocerlo no es suficiente, como nos dice Santiago. También los demonios creen y tiemblan, pero no siguen a Jesucristo (véase Santiago 2:19).

Pero, si seguimos a Cristo, veremos que el conoci­miento y la fe se apoyan mutuamente.

Alma les dice a los zoramitas que la fe en algo puede sustituirse por el conocimiento en ese algo. Al poner en práctica la palabra de Dios y al comprobar que es verdadera, podemos decir que sabemos que es cierta. “¿Es perfecto vuestro conocimiento?”, pre­gunta; y al contestar nos hace ver que este conoci­miento tiene límites: “Sí, vuestro conocimiento es perfecto en esta cosa, y vuestra fe queda inactiva” (Alma 32:34; cursiva agregada).

Además, Alma da a entender que tardaremos en conocer todos los aspectos de nuestra existencia. “¿Es perfecto vuestro conocimiento después de haber gus­tado esta luz? He aquí, os digo que no; ni tampoco debéis dejar a un lado vuestra fe” (Alma 32:35-36).

Ninguno de nosotros, incluso los más educados, alcanza un punto en el que puede actuar sólo en base al conocimiento que posee, excluyendo por completo la fe.

Los discursos de Alma, al igual que los de Moroni (véase Eter 12) y los de Mormón (véase Moroni 7), nos ayudan a entender el principio de la fe. Pero, la vida de otros hombres de Dios nos ayudan aún más a comprenderlo; por ejemplo, otro hombre llamado también Moroni, el capitán de los ejércitos nefitas durante más de una década (véase Alma 43:16); Ne­fi, el hijo de Helamán, al que Dios le dio poder para controlar la naturaleza por motivo de la gran fe que tenía en Cristo (véase Helamán); Samuel el Lamani­ta, el que para ayudar a los enemigos de su pueblo a volver a Dios corrió el riesgo de que lo mataran (véa­se Helamán 16:2, 6-7); Nefi, el hijo de Nefi, nieto de Helamán, que no se inmutó ante las amenazas de muerte de los enemigos de la iglesia que iban a ma­tarlo si no se cumplían las profecías de Samuel (véase 3 Nefi 1:5-15); y el hermano de Jared, que es un gran ejemplo de fe, el profeta que estuvo en la pre­sencia de Dios y que movió montañas por medio de su fe en Cristo (véase Eter 3:13; Helamán 12:30).

Teorías y sermones explican muy bien la fe, pero la vida ejemplar de muchas personas la ilustra mucho mejor. El Libro de Mormón está lleno de relatos so­bre la vida de hombres y mujeres fieles. Si nosotros, los miembros de la Iglesia, reflexionamos sobre el va­lor que han tenido estas vidas y nos esforzamos por basar nuestra fe en el Señor, sin duda alguna, al estu­diar el Libro de Mormón, sentiremos con intensidad el espíritu del Maestro.

LA ESPERANZA

La vida de los personajes del Libro de Mormón también ilustra el segundo principio, la esperanza, que es la compañera inseparable de la fe. Cuando se tiene fe en Cristo, también se siente una paz tan pro­funda que sobrepuja toda comprensión y, además, una esperanza que no da lugar a la desesperación y que llena el alma. Como dice Mormón: “¿Cómo po­déis lograr la fe, a menos que tengáis esperanza?” (Moroni 7:40). A medida que crece nuestra fe en Cristo, también aumenta nuestra esperanza, una es­peranza que Moroni describe así: Seguir leyendo

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No piensa quemar el Libro

Liahona de Junio 1988

«¡No piensa quemar el Libro»!
Por Don Vicenzo di Francesca

A continuación aparece el relato de la milagrosa conver­sión del hermano di Francesca, el cual se ha extraído de un artículo publicado en la revista Improvement Era en mayo de 1968, y de una carta escrita por él mismo. Ac­tualmente la carta se encuentra en los archivos de la Igle­sia y constituye un resumen de los cuarenta años de lucha que el autor sostuvo para poder unirse a la Iglesia. El hermano di Francesca fue bautizado en 1951 por el presidente de la Misión Suizo-austriaca, Samuel E. Bringhurst.

Al reflexionar sobre los acontecimientos de mi vida que condujeron a lo que sucedió en una fría mañana de febrero de 1910, en la ciudad de Nueva York, me convenzo aún más de que Dios estaba consciente de mi existencia. Esa singular mañana, el guarda de la capi­lla italiana me entregó una nota que me enviaba el pastor, en la cual me informaba que estaba enfermo y que deseaba que fuera a su casa para hablar de algu­nos asuntos importantes con respecto a la iglesia.

Mientras caminaba por una calle cercana al puer­to, advertí que el fuerte viento del mar movía las páginas de un libro que yacía sobre un barril de ceni­zas. Por el aspecto de las páginas y la encuaderna­ción, supuse que se trataba de un libro religioso. Mo­vido por la curiosidad, me acerqué y lo tomé, sacu­diéndole el polvo. Me di cuenta de que estaba escrito en el idioma inglés y busqué su portada, pero descubrí que ya no la tenía.

El fuerte viento continuó dando vuelta a las pági­nas y alcancé a leer rápidamente varias palabras, co­mo Alma, Mosíah, Mormón, Moroni, Isaías, lamani­tas. Excepto por Isaías, todos los otros nombres me eran desconocidos. Envolví el libro en un periódico que acababa de comprar y continué la marcha hacia la casa del pastor.

Después de llevarle unas palabras de aliento al pas­tor, decidí lo que iba a hacer por él y me retiré. En el trayecto a casa, seguí pensando en quiénes podrían ser los personajes del libro con esos nombres tan ex­traños. ¿Acaso ese Isaías era el mismo de quien se hablaba en la Biblia, o se trataba de alguien diferente?

Cuando llegué a casa, me acomodé cerca de una ventana y ansiosamente empecé a revisar el conteni­do del libro. AI darles vuelta a las páginas rotas y leer las palabras de ese Isaías, me convencí de que se tra­taba de un libro religioso que hablaba de cosas que habrían de acontecer. No obstante, no sabía cuál era la iglesia que enseñaba tal doctrina, puesto que le habían arrancado al libro la tapa y la portada. Leí la declaración de los testigos, y sentí una gran confianza de que era un libro verdadero.

Compré un líquido limpiador y algodón en una tienda cercana y comencé a limpiar las páginas. Pasé varias horas leyendo, y sentí que recibía gradualmen­te luz y conocimiento, por lo que deseé saber de qué fuente provenía esa nueva revelación. Leí una y otra vez, dos, tres y cuatro veces, y llegué al convenci­miento de que ese libro era un quinto evangelio del Redentor.

Al concluir el día, cerré con llave la puerta de mi dormitorio, me arrodillé con el libro en las manos y leí el capítulo diez de Moroni. Entonces le pedí a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de su Hijo Jesu­cristo, que me dijera si ese libro era su palabra, si era un libro verdadero, y si al predicar podía usar sus enseñanzas, además de las de los cuatro Evangelios.

Minutos después de iniciar mi súplica, sentí un frío como el del viento del mar. Luego el corazón me empezó a latir más rápidamente y me invadió un gran sentimiento de alegría, como si hubiera encontrado algo precioso y extraordinario, y mi alma sintió con­suelo y se llenó de un júbilo imposible de describir en términos humanos. En esos momentos había recibido la confirmación de que Dios había contestado mi ora­ción y de que el libro era de sumo beneficio para mí y para todos los que quisieran escuchar sus palabras.

Continué con mis servicios en aquella iglesia, pero empecé a incorporar en mis sermones las palabras del libro que había encontrado. Los miembros de la congregación empezaron a interesarse tanto en lo que me oían decir, que ya no les satisfacían los sermones de mis colegas. A medida que advirtieron éstos que los miembros dejaban las bancas vacías cuando ellos discursaban y, por el contrario, se quedaban cuando yo estaba en el pulpito, se enojaron conmigo. Seguir leyendo

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Quien se lleva el Hijo

¿Quien se lleva el Hijo?

Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección; desde Picasso hasta Rafael.

Muy a menudo, se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte, pero desgraciadamente, el hijo fue a la guerra.

Fue muy valiente y murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado. El padre recibió la noticia a través de un telegrama que le envió el Estado y sufrió profundamente la muerte de su único hijo.

Durante todo un año, nadie fue a visitarle ni preocuparse por su estado de ánimo, pero, un año más tarde, justo antes de la Navidad, alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos dijo al padre:

– Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida. Él salvó muchas vidas ese día, me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el pecho, muriendo así instantáneamente- hizo una pausa obligada por la pena que le inundaban esos recuerdos.

– Hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el arte.

El muchacho extendió los brazos para entregar el paquete:

– Yo sé que esto no es mucho. No soy un gran artista, de hecho esta es mi primera pintura tras finalizar mis clases de arte que inicié al llegar de la guerra, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto.

El padre abrió el paquete. Era un retrato de su hijo, pintado por el joven soldado. Lo embargó una profunda admiración el ver la manera en que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en la pintura.

Estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su hijo, que los suyos propios se arrasaron de lágrimas. Le agradeció al joven soldado y ofreció pagarle por el cuadro.

– ¡Oh no, Señor!, yo nunca podría pagarle lo que su hijo hizo por mí, no sólo me dio la vida, sino que además me enseñó a vivirla. Acéptelo con un regalo de algo que nunca podré pagar

El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería.

Pasó no más de unos meses, cuando el hombre falleció, otorgando en testamento todos sus bienes a subasta y el dinero que se recaudase se destinaría a sufragar las guerras inútiles que abundan en el mundo.

Se anunció pues una subasta con todas las pinturas que poseía. Mucha gente importante e influyente acudió con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de la colección.

Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo. El subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta.

– Empezaremos los remates con este retrato del hijo, ¿quién ofrece por este retrato?

Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la habitación gritó:

– Queremos ver las pinturas famosas, olvídese de esa…

Sin embargo el subastador persistió:

– ¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿$100.00…? ¿$200.00…?»

Otra voz gritó con enojo:

– ¡No venimos por esa pintura, Venimos por los Van Goghs, los Rembrandts…¡Vamos a las ofertas de verdad!

Pero aún así el subastador continuaba su labor:

– El Hijo, El Hijo, ¿Quién se lleva El Hijo…?

Finalmente una voz se oyó desde atrás, el viejo jardinero del padre y del hijo, que no entendía nada de pinturas, pero que al ver el grabado del Hijo recordó los buenos momentos que disfrutaban apreciando del arte, y lo buenos que eran con él y su familia, donde él no era un simple jardinero, sino que se había convertido en un amigo de la familia a quien le encomendaban la dura tarea de mantener bello el entorno donde vivían.

Siendo un hombre muy pobre, era lo único que podía ofrecer, y alzando la mano para dejarse ver al tiempo que decía:

– Tenemos $10.

– ¿Quién da $20…? – gritó el subastador.

La multitud se estaba enojando mucho. No querían la pintura de «El Hijo». No querían una pintura por la que sólo ofrecían $10 y nadie era capaz de subir la puja. Querían las que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones, y airaban al subastador a que diera por cerrada la venta de esa pintura que sólo un pobre jardinero estaba dispuesto a pagar unos míseros $10.

El subastador golpeó por fin el mazo:

– Va una, van dos, ¡VENDIDA por $10!

– ¡Empecemos con la colección! – gritó uno.

El subastador soltó su mazo y dijo:

– Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final.

– Pero… ¿y las pinturas? – dijeron los interesados llenos de estupor.

– Lo siento, – contestó el subastador- cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me dijo de un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento. Solamente la pintura de «EL HIJO» sería subastada. Aquel que la aceptara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas. El hombre que aceptó quedarse con «EL HIJO» se queda con TODO, porque quien ama al Hijo lo tiene todo.

Dios nos ha entregado a su Hijo quien murió en una cruz hace 2,000 años. Así como el subastador, su mensaje hoy es: «¡EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA EL HIJO?» Quien ama al Hijo lo tiene todo.

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Mateo 6:33

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Joseph F. Smith Siguiendo al Príncipe de Paz

Liahona Febrero 2000

Joseph F. Smith Siguiendo al Príncipe de paz
Por Jítl Mulvay Derr y Heidí S. Swinton

Joseph F. Smith, sexto Presidente, de la Iglesia, nació el 13 de noviembre de 1838 en medio de las persecucio­nes de Misurí, y falleció el 19 de noviembre de 1918, ocho días después del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Por estar bien familiarizado con el dolor y el sufrimiento, la violencia y la persecución, tenía el deseo de ser “un pacificador, un predicador de justicia”. Por lo tanto, enseñó las doctrinas de Jesucristo con extraordinaria claridad y se esforzó “por predicar la justicia no sólo por medio de la palabra sino también por el ejemplo”1. Su po­deroso testimonio del Redentor era el mensaje central de sus sermones y el núcleo de su diario vivir. Su hijo, Joseph Fielding Smith, décimo Presidente de la Iglesia, recuerda con cariño: “Tenía un espíritu gentil y bondadoso. Entre los del pueblo de Israel [los miembros de la Iglesia] no habría podido encontrarse un alma más comprensiva, que sufriera con el afligido, que estuviera más dispuesta a ayudar al indefenso a llevar su carga y al oprimido a recuperarse de su aflicción.

El era un pacificador, un amante de la paz”2, v Joseph F. Smith conocía la paz que reciben “los pacíficos discípulos de Cristo” (Moroni 7:3), y exhortó a los Santos de los Últimos Días a seguir adelante en ver­dad y santidad. Abrió el camino con su propia actitud pa­cífica. “No soy ,más que un niño, sólo estoy aprendiendo”, dijo en 1916. “Espero sinceramente que, a medida que aprenda poco a poco, línea por línea, precepto por pre­cepto, un poco aquí y un poco allí, día tras día, mes tras mes y año tras año, llegue el’ momento en que habré aprendido la verdad y la conozca cómo Dios la conoce, y sea salvo y exaltado en Su presencia”3.

Los hermanos del Sacerdocio de Melquisedec y las hermanas de la Sociedad de Socorro tienen la oportuni­dad de acompañar al presidente Smith en su jornada du­rante los años 2000 y 2001, Durante esos años, un compendio de sus enseñanzas será el curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro para los idiomas de la fase 3. Dicho compendio, que se ha extraído de sus discursos y escritos, es el segundo de la serie Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia.

Una herencia de obediencia y sacrificio

El deseo que tenía Joseph E Smith de se­guir al Príncipe de Paz nació durante su niñez. Sus padres le enseñaron a seguir el ejemplo que el Salvador dio de obediencia, sacrificio y servicio, aun ante las tribulaciones y las dificultades.

A finales del otoño de 1838, Hyrum y Mary Fielding Smith esperaban el nacimiento de su primer hijo en medio del conflicto que se agudizaba entre los primeros colonizadores de Mísuri y un grupo numeroso de Santos de los Últimos Días recién llegados. Cuando se desató la violencia, el gobernador dio órdenes de que los Santos de los Últimos Días abandonaran el estado o hicieran fren­te a la “exterminación”. Cientos de miembros de la Iglesia perdieron sus propiedades y otros tantos perdieron la vida. Varios líderes de la Iglesia, entre ellos Hyrum, su hermano el profeta José Smith y otros, fueron encarcelados injustamente.

Años más tarde, el presidente Smith daría comienzo a un bosquejo de su vida con las siguientes pa­labras: “Nací en Far West, condado de Caldwell, Misuri, trece días después de que la chusma se llevase prisionero a mi padre”4.-

Hyrum, José y los demás sufrieron en la cárcel de Liberty durante cuatro largos meses. Mary Fielding Smith, quien acababa de dar a luz a su “querido y pequeño Joseph F.”, luchó por cuidar al recién nacido y a los cinco hijos que Hyrum había tenido con su primera esposa Jerusha Barden Smith, quien había fallecido en 1837.

Mientras Mary se encontraba postrada en cama, unos rufianes atacaron el hogar de los Smith, saquearon las pertenencias de la familia y estuvieron a punto de sofocar al pequeño Joseph F. con ropa de cama que le tiraron enci­ma. Mary y los niños, con la ayuda de la hermana de ésta, Me rey Fielding Thompson, se unieron al éxodo de Misuri impuesto de manera obligatoria sóbrelos santos. Hyrum se reunió finalmente con su familia él 22 de abril de 1839 en Quincy, Illinois, y en junio se tras­ladaron por el río Misisipí para establecerse con otros santos en Nauvoo, Illinois.

Años más tarde, el 13 de noviembre de 1874, día en que cumplió 36 años de edad, Joseph K agregó lo si­guiente de: manera reflexiva: “El día era frío, gris y depri­mente, un aniversario adecuado para él día tenebroso y angustioso de mi nacimiento cuando mi padre Hyrum; y su hermano [José] fueron encerrados en un calabozo por causa del Evangelio y los santos eran desalojados de sus casas en Misuri por populachos despiadados. La luz radiante de mi alma nunca ha disipado del rodo las tene­brosas sombras de la amenazadora oscuridad de aquellos días en los que ocurrieron tantas cosas. No obstante, la misericordiosa mano de Dios y sus benévolas providencias han estado siempre visiblemente extendidas hacia: mí, incluso desde mi niñez, y mis días se vuelven mejores: por medio de la humildad y la búsqueda de la sabiduría y la felicidad en el reino de Dios. Los objetivos de mi vida se hacen más evidentes a medida que pasa el tiempo y gano experiencia. Dichos objetivos son la; proclamación del Evangelio, o sea, el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, la salvación de las almas”3.

Durante cinco años relativamente pacíficos en Nauvoo, Joseph E observaba a su padre que servía como Patriarca de la Iglesia y presidente auxiliar del profeta José. Fue así que el joven Joseph F. aprendió en cuanto a

la misión divina de Jesucristo y el llama­miento profético de su tío, José Smith, al darse cuenta de que José “era un profeta de Dios, de que era inspirado como ningún otro hombre de su generación, ni de siglos antes, pudo ser inspirado, de que había sido escogido por Dios para esta­blecer el fundamento del reino de Dios”0.

José y Hyrum fueron asesinados por un populacho el 27 de junio de 1844. Joseph E no había cumplido los seis años, pero la imagen del cuerpo inerte de su tío “junto con el de mi padre, después que fueron asesinados en la cárcel de Carthage” permaneció con él durante mucho tiempo7. Aunque nunca olvidó “las atroces escenas que… llenaron diez mil corazones de pesar y fe congoja”, Joseph E llegó a comprender el significado sagrado que el martirio tenía par a él, para su familia y para la Iglesia8. En años subsiguientes, testificó con frecuencia que el profe­ta José Smith: había cumplido su destino y sellado su tes­timonio con su sangre.

El presidente Smith también atesoraba tiernos recuer­dos de su madre, de su fe perdurable y su disposición para sacrificarse. Durante el lapso de ocho años que transcurrió entre el martirio de Hyrum en 1844 y la muerte de Mary en 1852, ella dirigió a su familia a través de las llanuras hasta el valle del Gran Lago Salado, estableció un hogar y una granja, y fortaleció la fe de sus hijos. El presidente Smith siempre veneró la buena voluntad que tenía su madre; “trabajaba, se afanaba y se sacrificaba día y noche para: lograr las: comodidades y las bendiciones temporales que escasamente podía dar a sus hijos»9 En medio de tiem­pos duros y difíciles, él sintió gran consuelo en la convic­ción que ella expresaba: “El Señor abrirá el camino»10.

UN MISIONERO PARA EL MUNDO

Siendo un joven misionero, Joseph F. hizo todo lo po­sible por llevar la obra del Salvador “a los confines más remotos de la tierra”11. Antes de cumplir, dieciséis años, aceptó el llamamiento para servir como misionero en las islas Sandwich (Hawai). Su primera asignación, en octubre de 1854, fue en Kula, en donde se dedi­có de lleno a aprender el idioma y la cultura hawaiana, Al poco tiem­po, este jovencito inexperto descu­brió que la gente “tenía hábitos muy diferentes a los que él había estado acostumbrado, y la comida, el modo de vestir, las casas y todo eran nuevos y extraños… Esta separación del mundo continuó duran­te tres meses, pero la historia de ese breve período de mí vida no se puede contar. Dispuse del tiempo suficiente para llegar a conocer al Señor y acercarme a Él con toda mi alma”12.

En medio de todo eso, descubrió que también se fue acercando cada vez más a la gente hawaiana. Con ahínco buscó el don de lenguas y aprendió el idioma en cien días; enseñó el Evangelio, solucionó disputas, sanó a los enfermos, echó fuera espíritus malignos y trató de recuperar a aquellos que se habían alejado.

En las islas de Maui, Hawai y Molokai, sir­vió como élder presidente y aprendió a reci­bir y a dar amor. En marzo de 1856 anotó en su diario que un hermano de Maui “me dio los zapatos que llevaba en sus pies y se fue descalzo… Para mí eso fue una muestra de su amor hacia mí que no se debe olvi­dar”13.

En Molokai, recibió cuida­do maternal de la hermana Ma Mahuhii, quien le atendió durante los tres meses en que se encontró gravemente enfermo. Ella nunca lo olvi­dó, ni él a ella. “¡Iosepa, losepa!”, exclamó ella cuando él fue a Hawai casi cincuenta años más tarde. “¡Mamá, mamá, mi querida anciana mamá!”, exclamó él14.

Aquellas personas que al principio de su misión habí­an parecido ser tan diferen­tes a él se habían convertido en su familia.

Durante su primera mi­sión, el presidente Joseph F. Smith se volvió un ávido de­fensor de la verdad. Durante la segunda, aprendió la im­portancia de evitar la con­tención y de ofrecer la paz. En 1896 le describió a su hijo Hyrum un incidente que ocurrió durante su misión a Inglaterra a principios de la década de 1860. “Yo estaba hablando, y dije que ‘la autoridad de los apóstoles de hoy en día era la misma que la que tenían los apóstoles de la época de Cristo, y que la palabra de los apóstoles con­temporáneos era tan válida como lo era la palabra de los antiguos apóstoles’. Una de las personas que estaban ahí congregadas exclamó: ‘¡Blasfemia!’. Esto fue el colmo que mi joven temperamento no pudo soportar”.

El ardiente joven misionero discutió lleno de brío con su oponente e “incitó a los emisarios de su Majestad Satánica hasta que estaban a punto de reventar de ira”. El presidente Smith dijo haber aprendido “una buena lección” de aquel arranque emocional. “Después de aquella ocasión moderaba mi fervor: tuve más diploma­cia ante la presencia de un grupo mixto, y evitaba mani­festar ninguna ciase de mal genio cuando era objeto de algún abuso verbal. Por cierto, aprendí a ser objeto de abuso verbal sin reciprocar la acción, a recibir un insulto sin responder, excepto con mansedumbre y con la digni­dad de un caballero”. Lo resumió de esta manera: “Siempre intenté que las personas que me escuchaban sintieran que mis compañeros y yo éramos pacificadores, amadores de la paz y la buena voluntad, que nuestra mi­sión era la de allanar el camino y no de destruir, de edifi­car y no de echar abajo”15.

Un esposo y padre amoroso

El presidente Smith comprendía que el hombre o la mujer que estableciera la paz no sólo debía predicar los principios de rectitud, sino vivir de acuerdo con ellos. Para él, “en el hogar divinamente ordenado se establece el cimiento mismo del Reino de Dios, de la rectitud, el progreso, el desarrollo, la vida eterna y el progreso eter­no en el Reino de Dios”16. Su hijo Joseph Fielding Smith observó con admiración y gratitud que su padre amaba a su familia “con un amor sagrado que raras veces se ve, y jamás igualado. Al igual que Job de antaño, oraba por ellos noche y día, y le pedía al Señor que los conservara puros y sin mancha en el sendero de la rectitud”17.

Las: muchas ocasiones “en que la muerte invadía su hogar… y sus pequeños le eran arrebatados, sufría con un corazón quebrantado y se lamentaba, no de la manera que se lamentan los que viven sin esperanza, sino por la pérdida de sus ‘preciosas joyas’ ”18. El 6 de julio de 1879, el presidente Smith escribió en su diario palabras de pesar por la muerte de su hija Rhoda: “La puse en una almo­hada, la levanté así y la paseé, revivió y estuvo viva cerca de una hora y murió en mis brazos a la 1:40 de la madru­gada. Ahora sólo Dios sabe cuánto lloramos su pérdida. Esta es la quinta muerte que ocurre en mi familia. ¡Mis tan amados pequeñitos! ¡Oh, Dios, ayúdanos a soportar esta prueba!”19.

El creía que “la vida sempiterna debería empezar… en el hogar”20. Habló con fervor acerca de salvar a sus pro­pios hijos y aconsejó a los padres que enseñaran el Evangelio a sus hijos. “¡Oh Dios, no permitas que pierda ajos míos!” clamó. “No puedo perder a los míos, los que Dios me ha dado y por quienes soy responsable ante el Señor, los cuales dependen de mí para que les dé orien­tación, instrucción y una influencia correcta”21.

V Usaba palabras enérgicas para recalcar la importancia del hogar y la familia en la búsqueda de la paz personal: “En el hogar son muy limitados la devoción religiosa, él amor y el temor de Dios; la mundanería, el egoísmo, la indiferencia y la falta de reverencia en la familia son ex­cesivos; de lo contrario, no existirían tan abundante­mente alrededor. De manera que es el hogar lo que debe reformarse”. Tenía confianza en lo que produciría armo­nía: “Hagan que abunden en su familia el amor y la paz, el Espíritu del Señor, la bondad, la caridad, el sacrificio en bien de los demás. Desechen las palabras ásperas, la envidia, el odio, la maledicencia, el lenguaje obsceno, las insinuaciones y la blasfemia, y dejen que el Espíritu de Dios tome posesión de su corazón. Enseñen a sus hijos estas cosas con espíritu y con fuerza, sostenidos y fortale­cidos por la práctica personal”22. Seguir leyendo

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No tengáis miedo… De hacer lo bueno

Liahona Febrero 2000

“No tengáis miedo… De hacer lo bueno”
Por el presidente Gordon B. Hinckley

Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miem­bros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que viva­mos. Pertenecemos a la que puede ser considerada como la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

En la alborada de este año 2000, nos llena de maravi­lla el testimonio de José Smith en cuanto a las pala­bras que le fueron dirigidas cuando era un jovencito de diecisiete años de edad. Durante la noche recibió la visita de Moroni, y José relata; “Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo el pueblo” (José Smith—Historia 1:33). Y así ha sucedido.

Esta se ha convertido en una gran iglesia cosmopolita. Nos complace el tremendo progreso de la obra por todo el mundo. Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miembros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que vivamos.

Pertenecemos a la que se puede considerar la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

El hermanamiento de los santos

Cuando el emperador de Japón se encontra­ba de visita en los Estados Unidos hace algunos años, asistí a un banquete que se celebró en su honor en San Francisco. A nuestra mesa se sentaron otras tres parejas que habían tenido amplia ex­periencia en Japón y que habían residido allí por un tiem­po mientras trabajaban para el gobierno, en el mundo de los negocios o en el campo de la educación. Uno de los ca­balleros me dijo: “Jamás he visto algo semejante a su gente. Muchos norteamericanos llegaron a Japón durante nuestra estancia allí y para la mayoría el adaptarse a la cultura les fue dificilísimo; además, sufrían mucha soledad y nostalgia, pero siempre que llegaba una familia mormona, se hacían amigos al momento. Tanto ellos como sus hijos se integraban de inmediato en el ambiente social al igual que en la congregación religiosa de ustedes. En mu­chas ocasiones mi esposa y yo hablamos en cuanto a ello”.

Así es como debería ser. Debemos ser amigos;

debemos amamos, honrarnos, respetarnos y ayudamos los unos a los otros, A dondequiera que van, los Santos de los Últimos Días son bien recibidos porque comparten las mismas creencias sobre la divinidad del Señor Jesucristo, y juntos están embarcados en Su gran causa.

Nos referimos a la hermandad de los santos, la cual es y debe ser algo muy real. Nunca debemos permitir que este espíritu de hermandad se debilite; debemos culti­varlo constantemente, ya que es un aspecto importante del Evangelio. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón en español

El Libro de Mormón en español
La primera traducción y cómo llegó a México
por LaMond Tullis

Después de un sueño asombroso que giró su vida, Melitón González Trejo, un ofi­cial militar español asignado a las Filipinas, vendió la propiedad que allí tenía, renunció a su cargo y viajó a Salt Lake City, Territorio de Utah, Estados Unidos. Poco después de su llegada, a principios de la primavera de 1875, caminaba por las calles buscando a alguien con quien hablar, cuando se encontró con Henry Brizzee. ¡Una afortunada coincidencia!

Brizzee, quien tenía un somero conocimiento del español, se había estado pregun­tando cómo él y Daniel W. Jones, cuyo titubeante español se reducía a lo que había apren­dido como soldado en un campamento militar en México, podrían traducir el Libro de Mormón y otros documentos en este idioma y así responder al llamado que les hizo Brigham Young en 1874: “prepararse para una misión en México a través del estudio de dicha lengua hispana y co­menzar la traducción del Libro de Mormón y otros docu­mentos”.

Melitón González Trejo, traductor de Trozos Selectos del Libro de Mormón

Brigham Young admiraba al Presidente Benito Juá­rez y su Reforma, y había estado esperando una oportunidad para llevar el evangelio a México y también para establecer colonias allí. Gracias a la Reforma, la ventana de la oportu­nidad estaba ahora abierta; sin embargo, primero se necesi­taba que alguien aprendiera bien el español y luego tradujera el Libro de Mormón. Había una clara urgencia en hacerlo.

¿Cómo lograrlo? El español González Trejo era jus­tamente el hombre; la respuesta a las fervientes oraciones de Brizzee y Jones. Bien educado, dominaba el inglés, leía la Biblia y no tendría problemas en traducir la no siempre fácil prosa del Libro de Mormón; las complicadas conjugaciones verbales y las formas de los pronombres del español.

Mientras se encontraba en las Filipinas, lejos de su natal España, González Trejo a menudo meditaba sobre los avatares filosóficos de la vida, y por lo tanto había estado orando para encontrar solución a sus inquietudes religiosas. Se le informó en un sueño que encontraría respuestas en Salt Lake City, preguntándoles a los mormones.

De inmediato, Brizzee lo llevó a ver a Jones y de común acuerdo los dos, consultaron a Brigham Young. Justo después de eso lo eligieron para traducir los documentos que el Presidente Young había ordenado2. Claramen­te, esta unión se había hecho con anterioridad en los cielos. González Trejo encontró la res­puesta del porqué había renunciado a todo para viajar a Salt Lake City.

Como se tradujo y se publicó el Libro de Mormón

Pese a lo celestial de la unión, seguía habiendo problemas prácticos cuyas soluciones reque­rían integridad humana, trabajo duro y una gran dosis de fe. Aunque González Trejo esta­ba bien instruido académicamente y le gustaba leer, no era un traductor profesional. Además, cualquier ayuda de revisión que Brizzee pu­diera haberle dado, se esfumó cuando para fines de mayo de 1875, éste se retiró del pro­yecto. Por otro lado, era cierto que Jones estu­diaba sus escrituras, pero sus habilidades en el español eran cuestionables y probablemente no dedicaba mucho tiempo para estudiar con minuciosidad documentos literarios en cual­quier idioma. Aparte de eso, por un tiempo había tenido problemas con cierto uso del voca­bulario y expresiones demasiado coloquiales.

Lugar de nacimiento de Melitón González Trejo en Garganta de la Olla, España

En lo que a González Trejo se refería, Brigham pensaba que era bueno, pero sus ap­titudes no habían sido confirmadas y no podría hacer una traducción sin la debida supervi­sión, por mucho que él fuera la respuesta a las oraciones de Jones y Brizzee.

¿Quién debería supervisar el trabajo de traducción? Las autoridades generales no te­nían ni pizca de destreza en el español. Si alguien más en el Territorio de Utah poseía conocimiento de este idioma, Brigham, o no lo sabía, o no estaba convencido de su confiabilidad. La solución del Profeta era simplemente delegar la responsabilidad de la autenticidad de la traducción en Jones. El cómo lo hiciera era asunto de éste; aunque más tarde el Presi­dente Young haría una prueba.

Esto no representó un problema para Jones. Como casi en todas las asignaciones di­fíciles que había aceptado después de convertirse a la Iglesia, estaba seguro de que en ésta también recibiría ayuda divina. Meses después, mientras él y González Trejo estaban revisando por última vez3 la traducción de todo el Libro de Mormón, Jones dijo: “Tuve la sensación de que alguien jalaba con suavidad una fina hebra desde el centro mismo de mi fren­te; cuando había un error, esta suavidad se interrumpía como si un nudo la detuviera”4. En­tonces los dos hombres ajustaban la traducción hasta que dicha “suavidad” regresaba.

Todo esto no convenció totalmente a Brigham Young; es más, tenía que estar bien seguro antes de pedir a las autoridades generales que aprobaran la publicación de la traducción; así que le preguntó a Jones cómo podría asegurarles que ésta era correcta:

Mi propuesta consistía en que tomáramos un libro que ni González Trejo ni yo conociéramos, pedirle que lo tradujera al español, y después sin siquiera verlo, tomar la traducción, escribirlo en inglés y compararlo con el original. Al hermano Brigham le pareció bien la idea. Me preguntó si conocía Las cartas de Spencer. Le dije que no y que nunca las había leído. Me mandó a la oficina del historiador, hermano G. A. Smith, que le prestara a González Trejo una copia de las cartas, para que hiciera lo anteriormente propuesto. Al terminar nuestras traducciones tal como acordamos, el hermano Smith dijo sin dejar de reír:

“me gusta más el estilo del hermano Jones que el del hermano Spencer. En sustancia es lo mismo, pero el lenguaje se entiende más fácilmente”5.

Jones, Brizzee y después González Trejo trabajaron varios meses sin ningún ingre­so. Luego de que Brizzee    se retiró del proyecto, los dos restantes se apretaron el cinturón y trabajaron meses extras usando sus propios y cada vez más escasos recursos, hasta que finalmente los de Daniel W. Jones se agotaron, y lo mismo pasó con lo que Melitón González Trejo había traído de las Filipinas.

Aun los hombres dedicados deben comer y encontrar alojamiento; Jones y González Trejo todavía tenían trabajo de traducción por delante y aún faltaban los costos de impresión. Desanimado, en junio de 1875, Jones visitó al Presidente Young para explicarle lo que ambos habían hecho y por qué no podían continuar.

Portada de Trozos Selectos del Libro de Mormón. En 1875-76 se transportaron a lomo de caballos y mulas 1500 ejemplares del libro de noventa y ocho páginas, desde Salt Lake City a la Ciudad de Chihuahua.

Ya sea por falta de  dinero o porque así se  acostumbraba en aquellos días, la Iglesia no financiaba la publicación de libros, ni siquiera tra­tándose de algo tan importante como la primera edición del Libro de Mormón en español. Lo que se hacía era tomar por adelantado los depósitos de las compras o solicitar cuotas para la causa. El Presidente les autorizó que pidieran donaciones para financiarla y si eso no funcionaba, utilizaría sus fondos personales.

Llegaron donaciones desde diez centavos hasta diez dólares. Congregaciones completas, incluidas algunas particulares, contribuyeron al fondo que Brigham autorizó. Cuatrocientos once personas donaron dinero; entre ellos: Feramorz Little, Erastus Snow, J. P. Ball, William Hyde, Orson Hyde, George Q. Cannon, George Teasdale, Mathias Cowley, Anson Call, y varios miembros de la familia Martineau. De todos estos, Little, Snow, Hyde, Teasdale, Cowley, Call y la familia Martineau figuraron de manera prominente en la futura expansión de la Iglesia en México.

Jones y González Trejo recolectaron suficiente dinero (alrededor de 500 dólares), para terminar la traducción; pero no lo suficiente para publicar el libro completo. Brigham Young al parecer no ayudaría con más fondos, por lo que, con desagrado, los traductores tuvieron que reducir el total de su trabajo a sólo ciertas secciones cuidadosamente escogi­das con el título de Trozos Selectos del Libro de Mormón. Basándose en la edición inglesa de 1852, incluyeron la página del título de El Libro de Mormón, así como el testimonio de los tres testigos; el testimonio de los ocho testigos; todo el libro de 1 Nefi6; el capítulo doce de 2 Nefi (ver nota 7); Omni; los capítulos 5-9 del Libro de Nephi: Nieto de Helaman y el capítulo 3 de Mormón (ver nota)7. Como apéndice, añadieron las “Instrucciones para Prac­ticar las Primeras Ordenanzas de la Iglesia; Manera de Administrar los Sacramentos; y, Or­ganización y Fundación de la Iglesia”8. Seguir leyendo

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Daniel Webster Jones

Liahona Junio 1988
La Traducción del Libro de Mormón
Daniel Webster Jones
Por Jack McAIlister

Un jovencito huérfano, de Misuri, Estados Unidos, inició la gran obra de traducir el Libro de Mormón al español.

Cinco de los siete misioneros que llevaron a México los Trozos Selectos del Libro de Mormón Al fondo Wiley C Jones, Anthony W Ivins al frente Helaman Pratt, Daniel W. Jones, James Z Stewart No aparecen Robert H Smith y Amm

 

Habiendo quedado huérfano a la edad de once años, Daniel Webster Jones viajó desde Misuri, su suelo natal, hasta el oeste de los Es­tados Unidos de Norteamérica en 1847, con una compañía de soldados voluntarios para pelear en la guerra entre su país y México. “El juego, las palabro­tas, el combate y otros modales bruscos” formaban parte de su vida cotidiana, tal y como él lo indicó en su autobiografía Forty Years among the Indiam (Salt Lake City, Utah, Juvenile Instructor Office). De mo­do que, conociendo a Daniel Webster Jones en su juventud, era difícil concebir que se uniera a la Igle­sia, que pasara cuarenta años ganando prosélitos en­tre los indios americanos y que, contando apenas con conocimientos básicos de español, contribuyera a que se publicara la primera traducción del Libro de Mormón a ese idioma. Sin embargo, eso sucedió; ese buen hombre hizo todas esas cosas.

Aunque Daniel Webster Jones no habla en su libro de sus primeros años de vida, se deduce que en algún momento llegó a creer fuertemente en Dios. Durante los tres años que pasó en México en el ejército de voluntarios, participó “en distintas formas, en la vida salvaje y desenfrenada que predominaba en el ejérci­to”, pero aun así no tomaba, como dice él, “bebidas fuertes ni poseía esos vicios más serios que estaban destruyendo la vida de mis amigos”.

Debido al estilo de vida que llevaba, dice: “Sentía que ya estaba condenado y con frecuencia le pedía seriamente a Dios que me ayudara a encontrar el ca­mino recto y a aprender a servirle, insistiendo en que quería saber la verdad, sin ser engañado”. En su sen­cillo modo de pensar, él sentía que la gente de su época también tenía derecho a contar con la guía de un profeta; que no era justo “que tuvieran únicamen­te el conocimiento de la Biblia”.

En 1850, Daniel salió de México con una gran em­presa comercial cuyo destino era Salt Lake City, Utah. Durante el viaje, por accidente, fue herido gravemente con un arma, pero sobrevivió hasta que sus compañeros lo llevaron a un poblado de Santos de los Últimos Días cerca de Provo, al sur de Salt Lake City.

En aquellos días, los viajeros ridiculizaban a menu­do a los miembros de la Iglesia, más cuando él oyó por casualidad a uno de sus amigos leer Doctrina y Convenios en tono jocoso, se detuvo a pensar en sus propias oraciones y en su súplica por que hubiera re­velación en su época. De manera que abandonó a sus compañeros y se trasladó a vivir con una familia de Santos de los Últimos Días, y así empezó a indagar sobre el evangelio mientras se recuperaba de su herida. “Todos eran muy amables conmigo y me tenían mucha confianza”, recuerda él. “Cuando escuché a los élderes predicar, pronto llegué a la conclusión de que, o eran honestos y sabían con certeza lo que decían, o eran unos mentirosos y farsantes. Estaba resuelto a no dejarme engañar, de ser eso posible; de modo que empecé a observarlos cuidadosamente.” Daniel Webster Jones quedó particularmente impre­sionado al notar que los Santos de los Últimos Días no se ensañaban con los indios, a pesar de las batallas libradas con ellos.

Cuando escuchó hablar del Libro de Mormón, ex­presó: “Me parecía natural creer en lo que decía. No recuerdo haber dudado jamás de la veracidad del Li­bro de Mormón, o de que José Smith fuera profeta.

Lo que me inquietaba saber era si los mormones eran sinceros, y si yo podía ser uno de ellos”. Cuando se dio cuenta de que sí podía serlo, le habló a Isaac Morley, uno de los primeros conversos de la Iglesia en Ohio (EE.UU.). Era el 27 de enero de 1851, épo­ca de invierno. El hermano Morley “acababa de salir a buscar leña, y llevaba el hacha bajo el brazo”; al ver llegar a Daniel, dijo suavemente: “He estado es­perando que viniera a pedir el bautismo”. El herma­no Morley utilizó su hacha para cortar la gruesa capa de hielo que se había formado sobre el lago cercano, y así se bautizó Daniel, convirtiéndose en miembro de la Iglesia.

Los siguientes veintitrés años fueron bastante agi­tados. Daniel se dedicó a la agricultura, intercambia­ba artículos con los indios de la tribu Ute, fue orde­nado setenta, contrajo matrimonio con Harriet Emily Colton, sirvió de intérprete a Brigham Young cuando éste tuvo que comunicarse con algunos mexicanos del condado Sanpete en el centro de Utah, ayudó a rescatar a los pioneros que quedaban atascados con sus carros de mano por causa de las tormentas invernales, y conservó siempre una relación amistosa con los indios, como miembro de la Iglesia y como fun­cionario del gobierno.

En el año 1874 se le invitó a ir a la oficina de Brigham Young y allí fue llamado para cumplir una misión en México. “Por algún tiempo había estado esperando este llamamiento”, dijo, agregando con franqueza: “Lo había deseado y, a la vez, lo había temido”, puesto que sabía lo difícil que era ir a una misión a México. También se llamó a Harry Brizzee y a ambos se les dijo que se prepararan. Como el presidente Young había dicho que deseaba que se tra­dujeran al español algunas partes del Libro de Mormón, ellos empezaron a estudiar y a prepararse para traducir.

Aunque ambos hablaban español, Daniel pensaba a menudo en lo útil que sería que les ayudara alguien que tuviera este idioma por lengua materna. A los pocos meses, el hermano Brizzee conoció a un hom­bre que hablaba español, llamado Melitón G. Trejo, quien, al oír hablar de la Iglesia en las Islas Filipinas, había llegado a Utah para indagar más. Muy pronto este hombre se bautizó y empezó a traducir seleccio­nes del libro al español, con la ayuda y el apoyo de Daniel.

En 1875, Daniel le informó al presidente Young que ya estaban listos para empezar a servir en su mi­sión. Con la autorización del Presidente, Daniel re­colectó dinero para pagar la impresión del primer jue­go de selecciones del Libro de Mormón en español.

En una conversación que sostuvieron más tarde el presidente Young y Daniel, el Presidente le pidió a éste que sugiriera una forma de demostrar la exacti­tud de la traducción a las Autoridades Generales de la Iglesia, ninguna de las cuales hablaba español. Da­niel sugirió entonces que seleccionaran una parte del libro para que la tradujera el hermano Trejo, luego él (Daniel), sin ver el original del libro en inglés, tomaría la traducción vertida al español y, a su vez, la traduciría otra vez al inglés. El presidente Young aceptó la sugerencia y cuando las Autoridades reci­bieron una copia de la traducción de Daniel del espa­ñol al inglés, el presidente George A. Smith, que entonces era miembro de la Primera Presidencia, “se­ñaló sonriente: ‘Me gusta más el estilo del hermano Jones [que el original]… Se entiende mejor’

Pero ésa no fue la única experiencia excepcional que Daniel tuvo relacionada con la traducción. En otra ocasión, expresó:

“Cuando se empezó la impresión de la traducción al español, el hermano Brigham me dijo que yo era responsable de cuidar de que no hubiera errores. Me afligí tanto, que le pedí al Señor que si había errores, me lo manifestara [cuando le diéramos la lectura final a las páginas impresas].

“El manuscrito del hermano Trejo reflejaba un es­tilo de lenguaje de nuestros días. Cuando le señalaba yo algún error, él indefectiblemente lo aceptaba. A menudo comentaba que yo era un crítico muy meti­culoso y que comprendía el español mejor que él. Yo no le decía la forma en que discernía los errores.

“Tenía la sensación de que en el centro de mi frente había un hilo fino del cual alguien tiraba sua­vemente hacia afuera. Cuando en medio de la lectura pasaba por un error, se interrumpía el suave flujo y sentía como si un nudo pequeño estuviera atravesán­dome la frente con dificultad. Ya sea que viera o no el error, siempre estaba totalmente seguro de que el error existía y que debía mostrárselo a mi compañero y pedirle que lo corrigiera. De esa manera procedíamos, hasta que yo volvía a sentir la misma sensación.”

En el mes de septiembre de 1875, Daniel salió ha­cia México con su hijo Wiley, y con James Z. Stewart, Helaman Pratt, Robert H. Smith, Ammon M. Tennev y Anthony W. Ivins. Viajaron a caballo llevando consigo dos mil ejemplares de la publicación, cuyo título era: “Trozos Selectos del Libro de Mormón”.

Después de pasar muchas dificultades al tratar con las autoridades locales, obtuvieron permiso para reali­zar una reunión pública en Chihuahua. El 8 de abril de 1876 predicaron a un grupo de aproximadamente quinientas personas en la primera reunión de la Igle­sia realizada en el interior de la República Mexicana. Después de varios intentos adicionales por predicar el evangelio, volvieron a los Estados Unidos de Nortea­mérica y llegaron a Salt Lake City, Utah, el 5 de julio de 1876. Daniel sirvió en una segunda misión en México, de 1876 a 1877, nuevamente con los hermanos Trejo, Pratt y Stewart. También fueron Louis Garff y George Terry. Bautizaron a cinco personas.

En 1879, el élder Moses Thatcher, del Quórum de los Doce, inauguró la primera misión de México, acompañado por los hermanos Stewart y Trejo. Salvo durante las interrupciones causadas por las condicio­nes políticas del país en 1913 y 1926, la misión ha funcionado desde entonces.

Los hermanos Trejo y Stewart terminaron la pri­mera traducción completa del Libro de Mormón en 1886. Rey L. Pratt, presidente de la misión desde 1907 hasta 1931, revisó la traducción con la ayuda de Eduardo Balderas. El hermano Balderas se encargó más tarde de dirigir la traducción al español de las publicaciones de la Iglesia y alrededor del año 1949 corrigió la edición de Pratt para una nueva impre­sión. En 1969 se inició una segunda revisión, la cual el hermano Balderas terminó en 1980, que es la ver­sión que se utiliza actualmente en todas las misiones de habla hispana de la Iglesia.

La obra que inició en México un fiel y obediente siervo del Señor, Daniel Webster Jones, un niño huérfano de Misuri, ha llegado a convertirse hoy en un factor fundamental de la vida de miles de personas de habla hispana del mundo entero. □

 

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Las cosas pequeñas son importantes

Liahona Junio 1988
Las cosas pequeñas son importantes
Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

No se trata de cómo vamos a administrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducirnos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Las llamadas pequeñeces son realmente importantes si queremos obtener la vida eterna.

Últimamente me he percatado más profunda­mente del hecho de que la vida se compone de cosas pequeñas: esos pormenores que son muy importantes. Yo considero que las pequeñeces son importantes en nuestra relación con nosotros mismos, en nuestra relación con los demás y en nues­tra relación con Dios.

El Señor ha dicho: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C, 64:33).

A menudo he pensado que algunas de las cosas pequeñas más comunes de la vida son los minutos que pasan cada hora del día. El tiempo es un recurso necesario para todo ser humano. No se puede pasar inadvertido ni tampoco se puede cambiar. Tenemos que usar exactamente los sesenta minutos de cada hora que pasa. No nos es posible agregar ni substraer al número de minutos que transcurren en un día.

No se trata, por lo tanto, de cómo vamos a admi­nistrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducimos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Cada minuto es una pequeñez, pero aun así, en lo que respecta a productividad per­sonal, el minuto bien utilizado es el secreto del éxito.

Nuestra relación con nosotros mismos

Pensemos primero en la relación que tenemos con nosotros mismos. Debemos asegurarnos de llevar una vida tal, que todo aquello que sea pequeño con res­pecto a nuestra vida personal se encuentre en orden. Debemos aprender a cuidar de nuestra salud y de nuestro bienestar mental. ¿Llevamos un régimen apropiado de ejercicios físicos que nos permita contar con la energía y fuerza necesarias para las labores co­tidianas? ¿Observamos un régimen alimenticio ade­cuado? ¿Consumimos alimentos benéficos para el cuerpo? ¿Mantenemos ocupada nuestra mente con ideas que elevan nuestro espíritu y alimentan una ac­titud positiva?

Nuestros cuerpos son realmente el resultado de lo que comemos y pensamos, y son un reflejo de la can­tidad de ejercicios físicos que realizamos. Si no obra­mos con sabiduría, estos pormenores pueden dar ori­gen a problemas de salud mayores que limitarán nues­tro éxito y nuestra capacidad de servir.

Nuestra relación, con los demás

Con respecto a nuestra relación con los demás, siempre me asombro del perfecto ejemplo que da nuestro Señor Jesucristo en todos los aspectos de nuestra existencia. Si pudiéramos hablar con Él per­sonalmente, nos daríamos cuenta de que es muy afa­ble y de la perfección que existe en todas Sus relacio­nes y tratos con cada uno en forma individual.

¿Tomamos tiempo para ofrecer esos simples gestos de cortesía que son tan importantes en nuestras rela­ciones con los demás? ¿Nos acordamos de brindar una sonrisa, de decir un cumplido, de hacer un co­mentario positivo y de dar una palabra de aliento? Deberíamos practicar sin vacilar todos estos pequeños e importantes gestos.

La paciencia y la longanimidad, consideradas in­significantes en la vida por algunos, son dos de los atributos más grandes que podemos cultivar cuando nos relacionamos con nuestro prójimo. El desarrollar esos dos grandes atributos en el ámbito de los depor­tes, los negocios o en nuestra actividad en la Iglesia nos demostrará que podemos llevarnos bien con las personas y ejercer una buena influencia en su vida.

Otras pequeñeces importantes que merecen nues­tra atención son esos sencillos actos de bondad hacia nuestro prójimo, a los cuales el presidente Spencer W. Kimball se refirió de la manera siguiente:

“Mi experiencia me ha demostrado que mediante el servicio [mismo] es como aprendemos a servir. Cuando nos embarcamos en el servicio a nuestros se­mejantes, el beneficio resultante es dual, ya que no solamente ayudamos a aquellos que nos necesitan, si­no que en el proceso de hacerlo vemos nuestros pro­pios problemas bajo una nueva perspectiva.

“Cuanto más esfuerzos dedicamos a nuestro próji­mo, menos tiempo nos queda para preocuparnos de­masiado por nosotros mismos… Dios nos tiene pre­sentes y nos vigila, más es a menudo a través de otro mortal que satisface nuestras necesidades; por lo tan­to, es [imperioso] que nos sirvamos mutuamente en su reino” (“Esos actos de bondad”, Liahona, dic. de 1976, pág. 1).

Nuestra relación con Dios

Cuando nuestro Padre Celestial creó nuestros cuerpos espirituales, con sumo cuidado colocó en ca­da uno de nosotros los potenciales de carácter, de compasión, de gozo y de conocimiento que necesitaríamos para nuestro progreso personal. En ca­da uno de nosotros yace el embrión de cada uno de los atributos divinos. Confiando en esto, realmente somos capaces de convertimos en dioses, tal y como Él nos lo ha mandado. ¿Recuerdan las palabras que el Salvador dirigió a los nefitas al respecto? Esto fue lo que dijo: “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Debemos prestar atención a las cosas pequeñas que nos ayudarán a crecer y a desarrollar nuestra relación con Dios. Debemos tener presente el mensaje de las palabras que el profeta Alma dirigió a su hijo Hela­mán: “Más he aquí, te digo que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas; y en muchos casos, los pequeños medios confunden a los sabios” (Alma 37:6).

El deseo de cultivar cualidades espirituales nos ayudará a olvidarnos de nuestros deseos injustos. Nos instará a orar con mayor fervor y a perdonar con mayor facilidad las faltas de nuestro prójimo. Au­mentará nuestro amor hacia los demás y tendremos menos deseos de criticar. Si queremos alcanzar un crecimiento personal a la manera cristiana, debemos lograr que el propósito de nuestra vida sea el de desa­rrollar esas virtudes espirituales.

No cabe duda que uno de los mensajes principales que Satanás trata de transmitirnos en el mundo de hoy es que no debemos preocupamos por los asuntos sin importancia. Él es un maestro del engaño paulati­no. Él tiene poder para hacer parecer las cosas peque­ñas totalmente insignificantes, cuando en realidad esas cosas capturan rápidamente el alma y destruyen el espíritu. Él tiene poder para persuadimos de que la inmodestia en el vestir y el comportamiento sugesti­vo son perfectamente aceptables. Él puede hacernos creer que las pequeñas indiscreciones en nuestro ha­blar y los pequeños deslices de conducta no nos des­merecen en nada. Pero no pasará mucho tiempo an­tes de que esas faltas se repitan una y otra vez, hasta hacernos descender a niveles jamás imaginados.

A fin de protegernos contra aquello que destruye el espíritu, sugiero que nos mantengamos alertas a toda oportunidad de vencer al mal y aumentar nuestra fuerza espiritual. Debemos dejar “que la virtud enga­lane [nuestros] pensamientos incesantemente; enton­ces [nuestra] confianza se hará fuerte en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).

Esas cosas pequeñas que, en realidad, se convier­ten en grandes nos ayudan a comprender más clara­mente mientras aprendemos a vencerlas una a una en nuestro esfuerzo por fortalecernos cada vez más. Para ello siempre es necesario tener un espíritu de humil­dad y gratitud hacia nuestro Padre Celestial.

Nuestro profeta de la actualidad, el presidente Ezra Taft Benson, observó cómo Apóstol del Señor que todas las cosas de que hemos hablado son posibles.

En cierta ocasión él expresó: “Los hijos de nuestro Padre Celestial son en esencia buenos. Creo que to­dos, sin excepción, poseen un destello de divini­dad. .. y en el fondo desean hacer lo que es correc­to” (Seminario de Representantes Regionales, 4 de octubre de 1973, pág. 3).

Debemos tratar de vivir cada día de nuestra vida con absoluta fe, porque hemos aprendido por expe­riencia propia que el Señor guarda sus promesas y vela por los que confían en El. Él ha sido tan benig­no con todos, que no deberíamos dudar jamás que Él nos ama realmente, a pesar de nuestros defectos.

Testifico que las llamadas pequeñeces son real­mente importantes si queremos obtener la vida eter­na en la presencia de nuestro Padre Celestial. □

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

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