La obra que tenemos que realizar

Liahona Junio 1988
La obra que tenemos que realizar
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

«Sed celoso en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. El evangelio ha de extenderse hasta que llene toda la tierra.»

Deseo invitar a los miembros de la Iglesia a pensar nuevamente en el gran mandamiento que ha dado el Señor a todos los que quieren ser conocidos como sus discípulos. Se trata de un mandamiento que no se puede pasar por alto y del cual no podemos desentendemos. Ese mandamiento es el de enseñar el evangelio a las naciones y pueblos de la tierra.

Esa fue la última instrucción que el Señor dio en el período después de su resurrección y antes de su as­cención y, al iniciarse esta dispensación, lo reiteró.

Después de organizarse el primer Quórum de los Doce en 1835, Oliverio Cowdery, uno de los consejeros de la Primera Presidencia, dio una responsabilidad espe­cial a los miembros del quorum. Desde entonces, las palabras que él declaró se han convertido en un reglamento para todos los Apóstoles que han sucedido al primer grupo. Uno de los consejos que se dan en él es:

“Sed celosos en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. . . El evangelio ha de exten­derse hasta que llene toda la tierra. .. Se os ha con­fiado una obra que nadie más puede realizar; sois vo­sotros los que debéis proclamar el evangelio en toda su sencillez y pureza; y os encomendamos a Dios y a la gracia de Su palabra.” (History of the Church, 2:196-198.)

Después de haber dado esas instrucciones, el Señor dio la revelación que se conoce como la sección 112 de Doctrina y Convenios, la cual va dirigida específicamente a los Doce y dice lo siguiente:

“Contiende, pues, mañana tras mañana; y día tras día hágase oír tu voz amonestadora; y al anochecer no dejen dormir tus palabras a los habitantes de la tierra. . .

“Y yo estaré contigo; y sea cual fuere el lugar donde proclames mi nombre, te será abierta una puerta eficaz para que reciban mi palabra” (D. y C. 112:5, 19).

“Un hombre tardo en el hablar”

En los primeros días de la Iglesia, se enviaron mi­sioneros a otros estados de los Estados Unidos de Norteamérica y a Canadá, y, en 1837, a Inglaterra, al otro lado del océano. En el Templo de Kirtland, el profeta José Smith le dijo al élder Beber C. Kimball: “Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha indicado lo siguiente: ‘que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi evangelio y abra las puertas de la salvación a esa nación’

Aunque el hermano Kimball era un hombre de gran fe, sentía temor de no poseer la habilidad para predicar. Y en tono humilde dijo:

“Oh, Señor, soy tardo en el hablar, y soy total­mente incompetente para realizar tal obra. ¡Cómo podré yo predicar en esa tierra, que es tan conocida en todo el mundo cristiano por ser tan versada, ilus­tre y piadosa; que es la cuna de la religión misma; y a gente cuya inteligencia es universalmente reconoci­da?” (Citado por Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Salt Lake City, Bookcraft, 1945, pág. 104.)

No obstante tales temores, él y sus compañeros co­laboradores partieron para Inglaterra. Aunque el idioma era esencialmente el mismo que ellos habla­ban, muchas de las costumbres de la gente eran dife­rentes. Sin embargo, no se preocuparon por esos por­menores. El mensaje que ellos llevaban era el evan­gelio de salvación y ningún otro tema era más impor­tante que ése. La historia da un notable testimonio sobre el éxito de la labor que realizaron. En los años posteriores, el mensaje del evangelio restaurado se llevó a las islas del mar, en donde se encontraron con culturas y civilizaciones completamente distintas y peculiares. Tal fue el caso de los países de Europa, con tantos idiomas nuevos que aprender y tantas cos­tumbres distintas a las cuales ajustarse.

Después de que los miembros de la Iglesia partie­ron hacia el oeste de los Estados Unidos, aunque tu­vieron que enfrentarse a las arduas tareas de colonizar el desierto y de establecer una nación, no descuida­ron su responsabilidad de llevar el evangelio a otras naciones. En una conferencia celebrada en 1852, se llamó a varios hombres de entre la congregación para ir no sólo a las naciones de Europa, sino también a la China y a Siam [hoy Tailandia]. Es conmovedor ad­vertir que en esos primeros días se enviaron misione­ros a la India, en donde hoy, después de muchos años, se está plantando nuevamente la semilla del evangelio.

El empuje de los pioneros

Me quedo maravillado de la valentía —o mejor dicho la fe— de los líderes y demás miembros de la Iglesia de esa primera época de esforzarse al grado de llegar a lugares tan distantes para llevar el evangelio, a pesar del reducido número de miembros de ese en­ tonces y de los recursos tan limitados con que conta­ban. No se puede leer el relato de los viajes del élder Parley P. Pratt a Chile sin reconocer con gratitud el valor y la fe de esos primeros misioneros, que toma­ron tan seriamente la responsabilidad que les enco­mendó el Señor de llevar el evangelio a todas las naciones de la tierra.

Los largos viajes que realizaron a través del océano se llevaron a cabo bajo condiciones extremadamente difíciles; cabe advertir que cuando llegaban a la na­ción designada, no había nadie, ni siquiera un amigo o compañero, que estuviera esperándolos para recibirlos. Ellos no recibían ninguna capacitación u orientación anticipada con respecto a las condiciones que encontrarían al viajar o al encontrarse lejos en otras naciones, ni tampoco aprendían con antelación el idioma del país al que viajarían. Aun cuando mu­chos de ellos enfermaban al tratar de adaptarse a la comida y a otras circunstancias de vida, estaban muy conscientes de su misión: de su responsabilidad de enseñar el evangelio de salvación a los pueblos de la tierra. Aunque las diferencias de costumbres e idio­sincrasias representaban ciertos obstáculos para ellos, éstos carecían de importancia ante la gran responsa­bilidad que descansaba sobre sus hombros. Seguir leyendo

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La compañía el Espíritu Santo

Liahona Agosto 1988
La compañía el Espíritu Santo
Por el élder Carlos E. Asay
Del Primer Quórum de los Setenta

Es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la excelencia y da significado a la vida. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

Para muchos Santos de los Últimos Días solte­ros, particularmente para algunas de las hermanas que no se han casado, el cortejo y el compañerismo eterno son sueños que aún no se hacen realidad. Es algo que anhelan, saben que tal compañerismo eterno es una parte clave del evangelio y, sin embargo, se sienten frustrados por motivo de no encontrar un compañero digno.

Es una tentación muy grande para mí desear poder juntaros al instante con compañeros perfectos y en­viaros unidos en matrimonio a las eternidades. Pero tal solución sería satánica. Como recordaréis, Sata­nás deseaba dirigir el curso de nuestra vida, abolien­do nuestras pruebas y elecciones, y de esta manera frustrando el plan de nuestro Padre Celestial y dete­niendo nuestro progreso.

El cortejar a un compañero mortal no es algo que podáis dirigir o planear solos; más existe un tipo de compañerismo de gran importancia eterna sobre el cual vosotros tenéis pleno y completo control; es un compañerismo que todos podemos obtener y gozar, sean cual sean la edad o el sexo; es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la exce­lencia y da significado a la vida. Se trata del compa­ñerismo de uno de los miembros de la Trinidad: el Espíritu Santo, el Consolador, el Revelador, el Santificador, el Espíritu del Señor. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

El compañerismo de mortales —el de una persona con otra— es importante y esencial, y si se mantiene unido con amor y respeto mutuo, puede convertirse en una camaradería celestial y brindar un gozo indes­criptible. Sin embargo, este tipo de relación se vuel­ve vacía y sin significado si no tiene la influencia del Espíritu Santo. Ningún compañerismo de personas mortales sobrepasará en importancia a la unión de una persona con el Espíritu del Señor.

“Oraron por lo que más deseaban”

Es importante observar que mientras Cristo ense­ñaba a los nefitas y oraba con ellos, “oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9). Los miembros de la Iglesia hemos completado los pasos necesarios de fe, arrepentimiento y bautismo y hemos tenido manos autorizadas puestas en nuestra cabeza para otorgarnos el don del Espíritu Santo. Pero, así como el amor entre amigos o compañeros se debe cultivar y nutrir como una tierna planta, de la misma manera debe­mos cultivar nuestro compañerismo con el Espíritu Santo.

Cuando muchacho me enamoré de una hermosa joven. Más que cualquier otra cosa en el mundo aspi­raba a tener su amor y compañerismo eternos. Por lo tanto, me esforzaba por que mi comportamiento fuera el mejor, mi hablar superior y trataba en lo posible de dar lo mejor de mí cuando estaba con ella a fin de que gustara de mí. Incluso, después de estar compro­metidos, reconocí la necesidad de continuar cor­tejándola. Mi deseo era, y aún es, complacerla y evi­tar ofenderla en lo más mínimo. Ella es mi fuente de inspiración, mi motivación para vivir en un nivel más alto y más noble.

El compañerismo del Espíritu Santo se cultiva en forma muy similar. Para obtener su influencia y compañía constante, debemos tratar de ser lo mejor, debemos ser dignos de su presencia. Veo cinco cosas que debemos hacer para atraer y retener al Espíritu Santo:

  1. Debemos mantener nuestro cuerpo limpio.

No debemos contaminar nuestro tabernáculo mor­tal de ninguna manera. Debemos obedecer la Palabra de Sabiduría; no debemos usar mal nuestros poderes de procreación; debemos hacer todo lo posible por evitar las enfermedades y otros enemigos de nuestro cuerpo físico. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17).

  1. Debemos mantener nuestra mente limpia.

Debemos defendernos de toda idea indecente y sensual y de otras influencias satánicas. Del libro Doctrina y Convenios recibimos este consejo y pro­mesa: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se hará fuerte en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45-46).

Hay muy pocas cosas que son más repulsivas que una mente maligna, generadora de inmundicia. ¿Pue­de alguien aspirar a gozar de la compañía del Espíritu Santo si es de doble ánimo, si su mente divide su tiempo entre el Espíritu Santo y el Maligno? Yo creo que no.

  1. Debemos ejercer la fe y reservar un lugar en nuestro corazón para el Espíritu Santo.

Se nos ha dicho que cuando no tenemos fe, perde­mos el derecho a recibir manifestaciones del Espíritu de Dios. Moroni habló abiertamente con respecto a los dones del Espíritu, incluso el de sanidades y el de lenguas, y luego advirtió: “Y. . . todos estos dones de que he hablado, que son espirituales, jamás serán su­primidos, mientras permanezca el mundo, sino por la incredulidad de los hijos de los hombres” (Moroni 10:19).

Es sumamente importante que comprendamos que “a fin de que el Espíritu Santo pueda tener cabida ‘en [nuestros] corazones” debemos tener fe en Cristo (Moroni 7:32). ¿Cómo podemos ser aceptables ante el Espíritu Santo si no reconocemos ni admitimos a aquellos a quienes El representa, de quienes El testifi­ca? La verdadera adoración se demuestra por medio de nuestro amor y por llevar una vida como la de Cristo; es el tipo de adoración que abre nuestra vida al poder del Espíritu Santo.

  1. Debemos evitar toda iniquidad, toda forma de maldad.

Como se explicó previamente, los dones del Señor cesan cuando la fe no está presente. Lo mismo se aplica, y el problema se acrecienta, cuando la iniqui­dad se halla presente.

Alma dijo: “Ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo” (Alma 11:37). De la misma forma, ninguna persona impura puede desarrollar una rela­ción duradera con el Espíritu de Dios.

  1. Debemos orar, deleitarnos en las palabras de Cristo y andar rectamente ante Dios.

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Para la Familia: La preparación para entrar en el Templo

Liahona Agosto 1988
Para la Familia:
La preparación para entrar en el Templo

Las ordenanzas que se efectúan en el templo son sagradas; por lo tanto, solamente se habla de ellas dentro del templo mismo. Esta es la razón por la que a veces sus maestros o amigos dudan sobre lo que pueden decirle si se está preparando para reci­bir las ordenanzas del templo.

Como parte de esa preparación, es necesario que tenga presente que va a necesitar mucha fe para beneficiarse con esta experiencia de entrar en el templo, sabiendo que la primera vez que vaya no comprenderá todas las ordenanzas ni todo lo que se enseña allí. La primera visita es sólo el comienzo de una educación espiritual que lleva toda una vida.

El élder John A. Widtsoe, del Consejo de los Doce [1921-1952], escribió que como parte de la obra que se realiza en el templo, se efectúan “bautismos, orde­naciones en el sacerdocio, matrimonios y sellamientos por esta vida y por la eterni­dad, tanto por los vivos como por los muertos, la investidura para los vivos y los muertos, instrucción sobre el evangelio, consejos para la obra del ministerio. . . ”

Dijo que el templo es “un sitio donde el sacerdocio instruye, un sitio de paz, de convenio, de bendicio­nes y revelación. . . De hecho, se invita y se insta a todos los fieles miembros de la Iglesia a que hagan uso de los templos y disfruten de sus privilegios” (Liahona, marzo de 1968, pág. 17).

El significado de la investidura

La investidura es una serie de convenios que hace­mos con nuestro Padre Celestial de que viviremos una vida casta y virtuosa, y de que nos sacrificaremos en bien de nuestros semejantes para edificar su reino; y El, a su vez, nos promete que nos protegerá y ben­decirá en esta vida y que, en la venidera, nos dará gloria y bendiciones aún mayores.

El presidente Brigham Young dijo: “Permitidme daros una breve definición. Vuestra investidura signi­fica recibir en la Casa del Señor todas aquellas orde­nanzas que, después que hayáis partido de esta vida, os permitan volver a la presencia del Padre pasando frente a los ángeles que actúan como centinelas” (Discourses of Brigham Young, seleccionados por John A. Widtsoe, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1941, pág. 416).

Por medio de esta ordenanza, los miembros de la Iglesia que son dignos reciben poder de los cielos para soportar las maldades del mundo. Como parte de ella, se les da instrucciones sobre la crea­ción de la tierra, la transgresión de Adán y Eva y su expulsión del Jardín de Edén. Se les enseña el plan de redención, la apostasía y la restauración del evangelio. Tanto el método de enseñan­za como lo que se enseña en sí son muy particulares y merecen toda una vida de estudio y asistencia al templo.

“Las ceremonias del templo han sido instituidas por un Padre Celestial sabio, quien nos las ha revelado en estos últimos días para que sean una guía y una protección a través de nuestras vidas, a fin de que vosotros y yo no [perdamos la oportunidad de recibir] la exaltación en el reino celestial, que es el lugar en que viven Dios y Cristo” (Harold B. Lee, Decisions for Successful Living, Salt Lake City, Deseret Book, 1973, pág. MU-

Al igual que el bautismo es una ordenanza esencial para nuestra salvación, la investidura es esencial para nuestra exaltación. Además, es una ordenanza indivi­dual que debemos «recibir antes de poder sellarnos en un matrimonio eterno.

Ser dignos de recibir la investidura

Podemos participar en las ordenanzas del evangelio solamente si somos dignos de hacerlo. Y esto se apli­ca aún más a las ordenanzas del templo. “Si no somos dignos y no estamos preparados mental y emocional­mente para recibir las bendiciones de la investidura, es mejor que no vayamos a la Casa del Señor, pues allí la luz de la verdad brilla en esplendor, y esta luz, además de bendecir, puede condenar” (John K. Ed- munds, Through Temple Doors, Salt Lake City, Book- craft, 1978, pág. 77).

Los requisitos que debemos cumplir para ser dignos de entrar en el templo son los siguientes:

  • Obedecer la ley de castidad y ser moralmente puros.
  • Sostener al profeta actual por ser la única persona sobre la tierra que tiene la autoridad para administrar todas las llaves del sacerdocio.
  •  Vivir de acuerdo con las normas de la Iglesia.
  •  No tener ningún pecado pendiente (del que deba­mos arrepentimos).
  •  Ser honrados.
  •  Ser miembros activos de la Iglesia.
  •  Pagar un diezmo íntegro.
  •  Tener una relación apropiada con todos los miembros de nuestra familia.
  •  Sostener a los líderes locales y generales de la Iglesia.
  •  Cumplir con la Palabra de Sabiduría.
  •  No estar afiliados a grupos apóstatas.

En entrevistas con nuestro obispo o presidente de rama, y luego con un miembro de la presidencia de la estaca o de la misión, se nos pregunta si vivimos de acuerdo con los requisitos menciona­dos. Cuando los líderes que nos entre­vistan están convencidos de nuestra dignidad, nos otorgan una recomendación para el templo, la que debemos presentar allí antes de que se nos permita entrar.

Al firmar nosotros también la recomenda­ción, certificamos que nos consideramos dignos de entrar en el templo. Seguir leyendo

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El dolor y el gozo ¿Que podemos aprender de Lehi?

Liahona Agosto 1988
El dolor y el gozo
¿Que podemos aprender de Lehi?
Por Keith K. Hill

Hace ya varios años, mientras visitaba a un querido amigo, lo noté muy desalentado.

Él es maestro de escuela, su esposa se dedica a las labores del hogar, y con los nueve hijos que tienen, sus recursos económicos se veían bastante limitados.

Al preguntarle cómo estaba, trató de evadir la res­puesta demostrando no tener deseos de hablar sobre sus problemas; pero finalmente, con lágrimas en los ojos, me contó sus preocupaciones familiares. Uno de sus hijos había abandonado los estudios en la escuela secundaria y se había ido a vivir a otra casa; se pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo, mascando taba­co y en fiestas con sus amigos. La hija de dieciocho años había transgredido y planeaba casarse, pero no en el templo. El hijo de dieciséis años tenía serios problemas de alcohol y drogas. El hijo mayor de mi amigo servía en una misión, pero con los gastos del tratamiento para ayudar al que tomaba drogas, peli­graban los fondos misionales y la estabilidad econó­mica de la familia.

Mi amigo me dijo que se sentía culpable e indigno, dado que por toda la tensión que experimentaba la familia, él y su esposa se culpaban mutuamente de los problemas de los hijos, lo que hacía que el matrimonio viviera bajo mayor presión. Era notorio que se debatía ante una pregunta: ¿Por qué le sucedían esas cosas a su familia cuando él trataba de vivir el evangelio?

Muchos Santos de los Últimos Días entran al sen­dero del evangelio con ahínco, disfrutando anticipa­damente de la felicidad en que esperan vivir; sin em­bargo, por el contrario, se encuentran afligidos ante dificultades y desafíos inesperados. Algunas de las personas que enfrentan esos problemas se vuelven amargadas, poniendo en duda el amor de Dios y olvi­dándose de los compromisos que han hecho; otros llegan a perder la fe totalmente y buscan alivio a sus dolores en el pecado.

Aquellos que sufren este tipo de dolores pueden aprender de la experiencia que Lehi tuvo en el de­sierto. Lehi emprendió con ahínco la aventura que le asignó el Señor, pero años más tarde reveló el dolor y sufrimiento que había experimentado en la jornada, cuando dijo: “Te hablo a ti, José, mi postrer hijo. Tú naciste en el desierto de mis aflicciones; sí, tu madre te dio a luz en la época de mis mayores angustias” (2 Nefi 3:1).

Al igual que Lehi, mucha gente se encuentra en lo que muy bien podemos llamar el “desierto de la aflic­ción”. Se encuentran aislados de aquellos que aman debido a circunstancias totalmente ajenas a su volun­tad; desean paz, pero sólo sienten desesperación.

Y sin embargo, este tipo de experiencias puede ayudarnos a progresar. El élder Marvin J. Ashton ex­plica que “la grandeza de una persona se mide por la manera en que ésta reaccioné ante los sucesos que parecen ser totalmente injustos, desmedidos e inmerecidos” (Liahona, enero de 1985, pág. 18).

Al igual que Lehi, nosotros también debemos empezar bien

Lehi había logrado tener un hogar confortable en Jerusalén para su familia, pero cuando escuchó la voz del Señor, su corazón y su alma se llenaron de paz y gozo. Sus pertenencias materiales pasaron a ser me­nos importantes que el gozo y la esperanza que sintió ante la idea del amor que se le ofrecía por intermedio de la expiación de Jesucristo. Ese amor fue para su alma como un fruto delicioso.

Si el hombre empieza su vida en forma recta y siempre procede igual, lo más probable es que termi­ne bien. Igual les sucede a aquellos que empiezan mal y persisten en seguir así: terminarán mal. Lehi empe­zó bien; mantuvo su fe en el Señor Jesucristo y se arrepintió sinceramente de sus pecados, actuando sin hipocresía; el arrepentimiento le trajo como recom­pensa el perdón y la compañía del Espíritu Santo. Y luego de haber vivido rectamente, Lehi estaba preparado para “el desierto de sus aflicciones”.

Lehi tuvo fe y estaba agradecido

El viaje de Lehi fue una prueba de fe en el Señor. Leemos que “salió para el desierto; y abandonó su casa, la tierra de su herencia, y su oro, su plata y objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desier­to” (1 Nefi 2:4).

Cuando la familia hubo viajado tres días por pa­rajes deshabitados, se detuvo y levantó sus tiendas en un valle a orillas de un río. Aquí leemos que Lehi “erigió un altar de piedras y ofreció un sacrificio al Señor, y dio gracias al Señor nuestro Dios” (1 Nefi 2:6-7). Durante el transcurso de su viaje siempre re­cordó al Señor y guardó Sus mandamientos. En cualquier lugar o situación en que se encontrara, era humilde, adoraba a Dios y agradecía al Señor su miseri­cordia y bendiciones. Aun cuando algunos pensaban que era un anciano extraviado, él siempre confió en nuestro Padre Celestial, reconociendo que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).

La visión de Lehi del plan de Dios para su familia

Aun cuando Lehi empezó bien, ejercitando su fe en Dios con un espíritu de gratitud, no se vio libre de dolores. Aun cuando ofreció un sacrificio de agrade­cimiento, Laman y Lemuel reclamaban contra él lla­mándolo un “hombre visionario” que “los había saca­do de Jerusalén, abandonando la tierra de su heren­cia, y su oro, y su plata y objetos preciosos, para pe­recer en el desierto. Y decían que había hecho esto por motivo de las locas imaginaciones de su corazón” (1 Nefi 2:11). Al igual que los judíos en Jerusalén, Lamán y Lemuel rechazaron las palabras de su padre. Seguir leyendo

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En pos de la vida plena

Liahona de Agosto 1988

En pos de la vida plena
Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero la Primera Presidencia

¡Cuán emocionante es la vida que tenemos la posibilidad de vivir en esta época! Quizás no seamos como los navegantes y exploradores del pasado, cuyos viajes y descubrimientos los llevaban hasta los confines de la tierra, pero sí po­demos ser exploradores en espíritu y tener el  deseo de hacer de éste un mundo mejor, descubriendo maneras mejores de vivir y de proceder.

El espíritu de exploración, ya sea de la superficie de la tierra, de la inmensidad del espacio, o de los principios de una vida recta, requiere que desarrolle­mos la capacidad de hacer frente a los problemas con valor, a las desilusiones con buen ánimo, al triunfo con humildad.

Al crear el mundo, el Señor no lo hizo todo absolutamente, sino que dejó muchas puertas abiertas para que el hombre empleara su ingenio; dejó la electricidad en la nube, el petróleo en la tierra; no tendió puentes sobre los ríos, no taló los bosques, ni nos edificó ciudades. Dios le da al hombre la mate­ria prima en vez del producto acabado; nos deja los cuadros sin pintar, la música sin componer y los pro­blemas sin resolver, a fin de que nosotros mismos descubramos la dicha y la gloria de crear.

Sin embargo, durante el último medio siglo, se ha percibido un retroceso gradual aunque continuo en las normas que conducen a la excelencia en muchos aspectos de nuestra vida.

Nos encontramos con ejemplos de empresas sin moral, ciencia sin humanitarismo, conocimiento sin integridad, veneración sin sacrificio, placer sin con­ciencia, política sin principios y riqueza sin obras.

Tal vez sin saberlo, hace dos siglos el renombrado autor inglés Carlos Dickens describió nuestra época cuando se refería a otra. Su obra clásica Cuento de dos ciudades comienza así:

“Era el mejor de los tiempos, y el peor de los tiem­pos; era la etapa de la sabiduría y del aturdimiento, de la fe, era la época de la incredulidad, era el período de la Luz y de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Teníamos todas las perspectivas y ninguna.” (Tres obras de Car­los Dickens, Editorial Porrúa, S. A., pág. 125.)

El medir las bondades de la vida según sus deleites, sus placeres y la seguridad que ella nos ofrece es pres­tarse al engaño. La vida plena no consiste en lujos imperecederos, ni se satisface con los placeres mate­riales, a los que a menudo se confunde con el gozo y la felicidad.

Por el contrario, son la obediencia a la ley, el respeto al prójimo, el autodominio y el servicio sincero lo que compone la vida plena.

Tal vez lleguemos a entender mejor esos principios esenciales si los tratamos uno por uno.

A OBEDIENCIA A LA LEY

Vayamos de inmediato a ese código de con­ducta revelado que ha guiado a la humanidad a través de todos los disturbios que se puedan conce­bir. Al hacerlo, casi podemos escuchar el eco de la voz que partió del monte Sinaí, hablándonos a noso­tros hoy:

No tendrás dioses ajenos delante de mí.
No te harás imagen.
No tomarás el nombre de jehová tu Dios en vano.
Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No hurtarás.
No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
No codiciarás. (Véase Éxodo 20:3-4, 7-8, 12-17.)

Años después de haber recibido Moisés la ley, lle­gó el meridiano de los tiempos, en el cual emergió “una magna investidura” [D. y C. 105:12], un poder mayor que el de las armas, una riqueza más perdura­ble que las monedas del César; pues el Rey de reyes y el Señor de señores añadió a los principios de la ley el concepto del amor.

¿Recordáis la punzante pregunta formulada por el intérprete de la ley? “Maestro, ¿cuál es el gran man­damiento de la ley?”

Lo que es más importante aún, ¿recordáis la res­puesta divina? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-39).

Estas son las leyes de Dios. Violémoslas y padece­remos consecuencias interminables; obedezcámoslas y segaremos gozo eterno.

No pasemos por alto la importancia de obedecer las leyes del país. Estas no fueron creadas tanto para restringir nuestra conducta sino para garantizamos la libertad, proporcionarnos protección y salvaguardar todo lo que es de valor para nosotros. Seguir leyendo

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Magnífica estructura

Liahona Noviembre 1990
Magnífica estructura
Por El Élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Si seguimos al Salvador, cada uno de nosotros podrá edificar su vida como si fuera una

Se cuenta el relato de un joven constructor que se estaba iniciando en el negocio de construcción cuando un hombre muy adinerado, amigo de su padre, fue a hablar con él y le dijo: “Para ayudarte a establecer tu negocio, te voy a pedir que construyas una casa para mí. Acá tienes los planos; no te preocupes por los gastos, pues lo que quiero es que emplees los mejores materiales y que contrates la mejor mano de obra que encuentres. No repares en el costo. Envíame las cuentas y yo las pagaré sin objeciones”.

Al joven constructor le obsesionó el deseo de enrique­cerse por medio de aquella oferta tan generosa y amplia y, en lugar de emplear la mejor mano de obra y los materiales más finos, buscó lo más barato engañando así a su benefactor en toda forma que le fue posible.

Finalmente, el último clavo ordinario se clavó en la última pared endeble y el constructor entregó al amigo de su padre las llaves y una cuenta por una cantidad exorbitante. El caballero le hizo un cheque por la cantidad total y luego le devolvió las llaves, diciéndole con una afable sonrisa: “Hijo, esta casa que acabas de construir es un regalo que quiero hacerte. ¡Espero que vivas en ella con gran felicidad!”

Si el joven de este relato hubiera reflexionado sobre las consecuencias de sus pensamientos y actos deshonestos, quizás habría podido entender claramente lo que Jesús enseñó hace ya mucho tiempo:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue

En otra ocasión, Jesús dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20); pero, a menos que abramos la puerta y le demos entrada en nuestra vida, El no podrá entrar. Sólo si aceptamos al Salvador y hacemos su voluntad, tendremos siempre la inclinación a hacer lo correcto.

La buena inclinación es una parte esencial de los prime­ros principios del evangelio: la inclinación a amar a Dios y al prójimo “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Cada uno de nosotros debe obrar en armonía con la voluntad de Dios y crear un ambiente espiritual que traiga a Jesús al centro mismo de nuestra vida; después debemos continuar viviendo “con la única mira de glorificar a Dios” (D. y C. 4:5).

En esta Iglesia maravillosa, no hay diferencias entre nosotros a causa de nuestra edad, sino que nos unen los principios eternos. A medida que vosotros, jovencitos, edificáis vuestra vida, vuestra creencia en Jesucristo y su evangelio os guiará en la misma forma que guía a aquellos de nosotros que todavía estamos por terminar la cons­trucción de nuestra estructura.

Tal como se encuentra registrado en las Escrituras, Cristo hizo un impresionante compendio de algunos de estos principios: “…vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

¿Quién no desearía saber, o daría todo lo que poseyera, por recibir la respuesta a esa pregunta, especialmente por boca del Señor mismo?

Esta es la respuesta: “…Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Fijaos en las palabras mágicas: “…si quieres entrar en la vida”. ¡Sí, entrar en la vida! ¿No es ése nuestro verdadero propósito? En verdad, ¿hay algún otro?

Cuando le preguntaron qué significaba “guardar los mandamientos”, Jesús respondió: “…No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio”, y luego la positiva y gloriosa exhortación: “Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19).

¡Qué planos tan sublimes para edificar la mejor vida! Estos mandamientos, y todo lo que encierran, constituyen un baluarte glorioso e inexpugnable contra la maldad. Requieren que utilicemos nuestro tiempo de la mejor manera posible, lo cual nos servirá para mantener nues­tra integridad y moralidad y ser buenos ejemplos. Esa es la clase de vida que los Santos de los Últimos Días deben edificar.

Durante la época de José Smith, los miembros de la Iglesia se sentían preocupados; deseaban saber si debían construir hogares permanentes o simplemente tempora­rios, ya que con frecuencia habían tenido que mudarse de un lugar a otro, pero el Profeta les dijo: “Construyan como si fueran a permanecer aquí para siempre”.

El estudio minucioso de nuestra historia nos enseña a todos una gran lección. El éxito de nuestra Iglesia se debe a nuestra fe en Dios, a la guía inspirada de líderes firmes y dedicados que nunca tomaron el camino fácil, y al hecho de poner en primer lugar en nuestra vida las enseñanzas divinas de Jesús.

Si edificamos nuestra vida siguiendo el ejemplo del Señor y dedicándonos a Él, lo haremos con los mejores materiales y con el máximo esfuerzo. No escatimaremos el estudio, la diligencia ni la obediencia. No engañaremos en cuanto a la calidad de lo que estamos edificando ni trataremos de aprovecharnos de la bondad de nuestro benefactor, que nos ha concedido una maravillosa opor­tunidad. Desearemos edificar algo noble y firme, algo que sea digno de la confianza que Él ha depositado en noso­tros.

Al hacerlo así, no sólo nos beneficiaremos a nosotros mismos sino a los demás. Y al terminar la construcción, tendremos una magnífica estructura. □

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Claves para fortalecer a las familias

Liahona Noviembre 1990
Claves para fortalecer a las familias
Por William G. Dyer y Phillip R. Kunz

Un estudio revela algunos de los principios básicos que sirven para fortalecer a las familias santos de los últimos días.

La mayoría de los informes actuales sobre las fami­lias señalan los proble­mas por los que éstas están pasando, tales como el divorcio, el maltrato físico, el uso de las drogas, el incesto, el suicidio, etc. En vista de todo eso, tal vez surja la pregunta: ¿quedan aún familias fuertes y estables y, si las hay, cuál es el factor que las ayuda a tener éxito?

Con el fin de determinar los puntos que las familias Santos de los Últimos Días unidas y fuertes tienen en co­mún, llevamos a efecto un estudio en el que les pedimos a varios presiden­tes de estaca de diversas partes de los Estados Unidos que nos proporcio­naran una lista de quince familias de su estaca que, a su parecer, fueran las más sobresalientes. (A pesar de que las familias utilizadas en este es­tudio residen en los Estados Unidos, los principios básicos que se manifes­taron se aplican a las familias de San­tos de los Últimos Días de todo el mundo.) Las entrevistas que se lleva­ron a cabo posteriormente demostra­ron que casi todas las doscientas familias seleccionadas participaban activamente en la Iglesia y había fuertes lazos entre padres e hijos.

El estudio se limitó a aquellas fami­lias que tenían por lo menos un hijo que aún vivía en el hogar paterno, y por lo menos otro más en edad de casarse, o para ir a una misión o a la universidad. Después de analizar las encuestas y entrevistas, encontramos que todas las familias que participa­ron en el estudio tenían doce prácti­cas en común y, no obstante que diferían de muchas otras maneras, manifestaron semejanzas extraordi­narias en ciertos aspectos básicos.

  1. Se dedican al Evangelio de Jesu­cristo.

Es obvio que, en un momento de­terminado, estas parejas tomaron la resolución de que su familia sería ac­tiva en la Iglesia.

La resolución que estos padres han tomado se manifiesta en tres aspec­tos: (a) asistencia a las reuniones de la Iglesia, (b) el pago de un diezmo íntegro, (c) la voluntad de aceptar llamamientos en la Iglesia. Estos fac­tores formaban parte de casi todas las familias entrevistadas.

Una de ellas comentó: “Lo más im­portante para nuestra familia es el amor que sentimos por el evangelio. Sabemos cuál es el propósito de la vida, y sabemos que nuestros hijos son importantes. Nuestro Padre Ce­lestial es nuestro socio, y contamos con su ayuda una vez que hayamos hecho nuestra parte. Vivimos sin mu­chas de las comodidades de las que gozan los vecinos porque sabemos que el ayudar a un hijo es mucho más importante que tener una casa grande u otras posesiones materiales. Lo más importante en la vida son las misiones, el casamiento en el templo y el mantenernos unidos”.

El setenta y tres por ciento de estas familias indicó que siempre, o por lo general, efectuaba la oración fami­liar por la mañana y por la noche. Muchos de los que dijeron que la lle­vaban a cabo sólo de vez en cuando recalcaron que a causa de los hora­rios de los miembros de la familia a veces les era imposible reunirse todos al mismo tiempo. Un padre de familia dijo: “Tenemos nuestras oraciones familiares tan frecuentemente como nos es posible, pero es difícil hacerlo por la mañana y por la noche ya que algunos de nuestros hijos trabajan y tienen diferentes horarios. Raras veces nos encontramos todos en casa al mismo tiempo, pero los domingos siempre oramos juntos”.

Este mismo problema, el de los horarios, hizo difícil que todas las familias llevaran a cabo la noche de hogar o leyeran juntos las Escrituras. Sin embargo, el sesenta y seis por ciento afirmó que siempre, o por lo general, efectuaba la noche de hogar todas las semanas. El tercio restante se reúne sólo de vez en cuando.

Con respecto a la lectura diaria de las Escrituras, sólo un treinta por ciento lo hace, mientras que el otro setenta por ciento indicó que lo podían hacer de tiempo en tiempo. Según los antecedentes de estas parejas, su dedi­cación religiosa no se puede atribuir a una sola cosa; por el contrario, han llevado vidas muy variadas. Muchos son conversos a la Iglesia. A causa de la Segunda Guerra Mundial y la guerra con Corea, menos de la mitad de los padres que participaron en este estudio sirvieron en mi­siones; menos de la mitad se graduaron de seminario; más del veinte por ciento se bautizaron después de los ocho años de edad. Naturalmente, muchos de ellos provenían de familias Santos de los Últimos Días activas, que habían sido miembros de la Iglesia por varias generaciones y habían gozado de tradiciones que para ellos eran impor­tantes al criar a sus propios hijos. Otros provenían de familias menos activas o donde sólo algunos eran miem­bros de la Iglesia, o se criaron en hogares donde nadie era miembro y más tarde se unieron a la Iglesia.

  1. Muestran amor y unidad familiar.

Aparte de la poderosa influencia que la Iglesia tiene en sus vidas, estas familias señalan que el amor y la unidad son los factores más importantes en su éxito como familia. Una de ellas declaró: “Nos encanta estar juntos; una de las cosas que más nos gusta hacer es sentarnos a conversar y gozar de la compañía mutua. Verdaderamente desea­mos estar juntos por la eternidad”.

Para la mayoría de estas familias, el tener ese amor, ese apoyo y esa unidad familiar no fue algo automático, sino que fue el resultado de la buena enseñanza y el esfuerzo. Los padres alentaban a sus hijos a que se apoyaran mu­tuamente, como por ejemplo asistiendo a actividades en donde participara un hermano o una hermana.

Además de demostrarse apoyo mutuo en las actividades fuera del hogar, estas familias trabajan y se divierten juntas. Las vacaciones familiares, siempre que sea posi­ble, se convierten en una experiencia unificadora.

  1. Se fijan metas.

Estas familias parecen tener una visión clara del curso que deben seguir y las metas que desean alcanzar. Todos los participantes indicaron que deseaban lo mismo para sus hijos: una buena educación, que se casen en el templo, que reconozcan su propia estimación y tengan una imagen positiva de sí mismos, que sientan amor por la familia y dedicación hacia la Iglesia, que sirvan en una misión y tengan buen comportamiento.

Los miembros de la familia se reúnen regularmente para hablar en cuanto a lo que desean lograr como fami­lia; su plan es estar juntos para siempre, de manera que se fijan metas específicas que mencionan con regularidad cuando los niños son pequeños, y más tarde cuando em­piezan a hacer planes para sus misiones, su educación y el casamiento en el templo. Incluso los miembros peque­ños de las familias podían mencionar estas metas de ma­nera clara y concisa.

  1. Enseñan y conversan.

Los padres de estas familias dedican una porción con­siderable de tiempo para hablar con sus Hijos, enseñarles y ayudarles a hacer frente a los problemas o preocupacio­nes que puedan tener. Una pareja lo expresó de la si­guiente manera:

“Ha sido una gran ventaja para nuestra familia el poder hablar libremente el uno con el otro, así como con nuestros hijos, en cuanto a sentimientos, problemas, metas, disgustos y gozos. Lo hacemos mientras trabaja­mos o jugamos juntos. Algunas veces permanecemos sentados alrededor de la mesa después de terminar de comer para continuar conversando. A veces estudiamos juntos libros de consulta, leemos en voz alta o contamos chistes.” Seguir leyendo

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Un vidente escogido

Liahona Diciembre 1987
Un vidente escogido
José Smith fue testigo ocular del Cristo resucitado y por medio de él Dios comunicó Su palabra al mundo.
Por el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

No importa cuándo hablemos de José Smith, es importante que recordemos lo que él dijo de sí mismo: “Yo nunca os he declarado que soy perfecto; pero no hay errores en las revelaciones que [os] he enseñado” (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 457).

José Smith era ya un buen hombre, pero fue llama­do por un Señor perfecto, ¡Jesús de Nazaret! La pri­mera exhortación la recibió de Dios el Padre: “Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 17). Y desde ese momento en adelante siempre escu­chó atentamente a Jesucristo.

De José Smith, que no era erudito ni estaba capa­citado en teología, hemos recibido más páginas im­presas de escritura que de cualquier otro ser mortal, incluidas las páginas combinadas que tenemos de Moisés, Pablo, Lucas y Mormón. Según parece, en la primavera de 1829 el Profeta traducía entre siete y diez páginas impresas por día.

Revelaciones extraordinarias

Pero no sólo la cantidad de esas revelaciones es impresionante, sino también su extraordinaria calidad. Por medio de él se recibieron doctrinas esencia­les que habían desaparecido de la faz de la tierra, haciendo que la gente tropezara “muchísimo”; esas “partes. . . sencillas y preciosas” se habían reservado o quitado, y por ese motivo no aparecen en la Biblia. (Véase 1 Nefi 13:34.)

A continuación doy algunos ejemplos de las gran­des verdades que Dios restauró por medio del profeta José Smith:

En 1833 se le dijo que no sólo Jesús estaba con el Padre desde antes de venir a la tierra, sino que “tam­bién el hombre fue en el principio con Dios. La inte­ligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser” (D. y C. 93:29). Esta reve­lación da al hombre una idea más correcta de su pro­pia naturaleza eterna.

También por medio del Profeta se recibió la reve­lación de que cada uno de nosotros es responsable ante Dios de sus propios pecados, y no de los de Adán:

“Y el Señor le contestó [a Adán]: He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén.

“De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado el pecado original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo.” (Moisés 6:53-54; véase también D. y C. 93:38 y el Artículo de Fe 2.)

El propósito de la vida mortal

Por medio del Profeta podemos saber el lugar que tiene el ser humano en este vasto universo:

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.

“Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Lle­var a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hom­bre.” (Moisés 1:33, 39.)

Mientras que todavía muchas personas se pregun­tan en la actualidad si la vida en la tierra tendrá al­gún propósito, el Señor reveló el propósito de la vida mortal por medio del profeta José Smith: “Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

Las verdades de la Restauración dan respuestas confirmantes a las preguntas más básicas que .se hace el ser humano: ¿Es realmente imposible explicar el origen de nuestro universo? ¿Tiene propósito e im­portancia la existencia humana? ¿Por qué hay tanta injusticia y tanto sufrimiento en el mundo?

Y fue por medio del profeta José Smith que recibi­mos esas respuestas: No tenemos por qué desesperar­nos; estamos rodeados de propósitos divinos.

Recibimos éstas y otras revelaciones mediante este profeta inspirado, que nos proveyó los elementos esenciales del evangelio.

Probar, reprobar y progresar

José Smith fue también testigo ocular del Cristo resucitado. Sin embargo, como les sucede a todos los que son en verdad discípulos, él también pasó por un proceso de probación, reprobación y progresión mientras servía siendo el profeta por el cual Dios co­municó Su palabra a esta generación (véase D. y C. 5:10). Seguir leyendo

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Hoy se ha cumplido esta escritura

Liahona Diciembre 1987
El ungido, el gran Rey
“Hoy se ha cumplido esta escritura”
Por Keith H. Meservy

En Jesucristo se cumplieron las antiguas profecías acerca del Mesía prometido, el cual murió para que tuviéramos vida.

Nuestra fe está cimentada en el testimonio de que Jesús es el Cristo o, en otras palabras, el Mesías. Según Pablo lo declara, esto signifi­ca “Que [el Mesías] murió por nuestros pecados, con­forme a las Escrituras;

“y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día. . .” (1 Corintios 15:3-4.)

Para ayudar al lector a comprender la idea hebrea más claramente, he sustituido en este artículo la pa­labra hebrea “Mesías” en corchetes por la palabra griega “Cristo”.

La mayoría de la gente que vivió durante la época de Cristo no esperaba, sin embargo, que el Mesías fuera a sufrir y finalmente morir. Aun los Apóstoles se hallaban confusos acerca del papel sacrificador del Mesías.

¿Eran los anuncios proféticos acerca del papel que desempeñaría el Mesías tan poco claros que causaron que se difundiera un concepto erróneo del mismo? ¿Estaba la gente tan poco familiarizada con las Escri­turas que sus creencias en cuanto al Mesías eran in­fundadas?

El Ungido, el gran Rey

El título hebreo mesías y su equivalente en griego cristo significan el ungido y se podía utilizar para un gran número de llamamientos. El título mashia (el un­gido) se aplicaba a cualquiera —a un sacerdote, a un rey o a un profeta— que fuera ungido con aceite para ministrar en nombre de Dios. (Véase Éxodo 29:29; 1 Samuel 10:1; 1 Reyes 19:16.) Jesús fue todo eso: Profeta, Sac­erdote y Rey.

Su ungimiento se llevó a cabo en el cielo, debido a que Dios, sabiendo de antemano que tendría lugar la caída de Adán, sabía también que se necesitaría un redentor. Fue allí que Jesús se convirtió en “el Hijo de Dios, ungido desde antes de la fundación del mun­do” (Enseñanzas del profeta José Smith, compilación de Joseph Fielding Smith, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1975, pág. 324). Fue por esa razón que Juan identificó a Jesús como el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8).

Aun cuando el papel principal del Hijo de Dios fue conquistar la muerte física y espiritual, muchas profecías, al hablar del Ungido, lo hacen concen­trándose principalmente en su papel de rey. Una an­tigua profecía declaraba: “No será quitado el cetro de Judá,

“Ni el legislador de entre sus pies,

“Hasta que venga Siloh;

“Y a él se congregarán los pueblos.” (Génesis 49:10.)

Cuando David, de la tribu de Judá, ascendió al trono, el Señor le prometió que su posteridad heredaría el trono eternamente. (Véase 1 Crónicas 17:11-14.) De esa manera, el Mesías ocuparía el tro­no de David. Isaías escribió sobre Él lo siguiente:

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, dis­poniéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. . . ” (Isaías 9:7.)

Por lo tanto, el título Hijo de David llegó a tener el mismo significado que Mesías, y cualquiera que lla­mara a Jesús por ese nombre demostraba que conside­raba al Señor de esa manera.

Cuando por fin llegó el momento de mostrarse co­mo el Rey de Israel, lo hizo siguiendo el antiguo ejemplo establecido por Salomón quien, después de haber sido ungido rey en Gihón, su séquito real lo montó en una mula y lo acompañó a Jerusalén donde fue recibido con gran alegría y alboroto por el pueblo que gritaba “¡Viva el rey Salomón!” (Véase 1 Reyes 38-45.) Con seguridad a otros sucesores también se les debe haber ungido de manera similar. De ese mo­do, Dios les reveló a los judíos que de esa manera podrían reconocer a su Rey cuando éste viniera a ellos:

“Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.” (Zacarías 9:9.)

Al elegir entrar en Jerusalén montado en un asno, Jesús —su nombre mismo que significaba que salvaría a su pueblo— anunció que Él era el Rey del cual se había profetizado que traería la salvación. Por consi­guiente, los judíos creyentes lo recibieron emociona­dos, diciendo “¡Hosanna!”, que significa ¡sálvanos!, y gritaban “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor, paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (Marcos 11:7-10; Lucas 19:35-38.)

El Heredero real del trono había llegado a la ciu­dad real. Sus enemigos pronto lo crucificarían —pen­sando haber logrado una victoria— pero por el mo­mento, el Dios de salvación hacía su entrada triunfal en Jerusalén, dejando bien claro su mensaje de que Él era el Mesías real.

El Legislador

Después que Moisés estableció el con­venio de Dios y la ley en Israel y se pre­paró para dejar a su pueblo, les acon­sejó que se prepararan para aceptar a otro profeta como él. Porque Dios ha­bía prometido que: “Profeta les levan­taré de en medio de sus hermanos, co­mo tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.

“Más a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.” (Deuteronomio 18:18—19.)

Al igual que Moisés, ese profeta haría un nuevo convenio e impondría nuevas leyes. Jeremías escribió sobre ese nuevo convenio con la casa de Israel, di­ciendo que, según las palabras de Dios, no sería “co­mo el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto”, sino que sería como una ley escrita “en su corazón”. (Jeremías 31:31-33.)

Pedro declaró que Jesús era el profeta mesiánico que todo Israel estaba esperando:

“Porque Moisés dijo a los padres; El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os ha­ble. . .

“A vosotros primeramente, Dios habiendo levan­tado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:22, 26.) Seguir leyendo

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Lo que podemos darle al Señor

Lo que podemos darle al Señor

Por el presidente Ezra Taft Benson

Al comenzar esta época de dar y recibir por acercarnos a la Navidad, me gustaría hablar de algunos de los muchos dones (o “regalos”) que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, y de lo que nosotros podemos darle a Él.

Primero, estableció para nosotros un modelo per­fecto —El mismo— que debemos tomar como ejem­plo para nuestra vida. Él dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus ami­gos” (Juan 15:13). No sólo nos dio el ejemplo de una vida terrenal perfecta, sino que por nosotros dio tam­bién su vida, pasando tanto en cuerpo como en espíritu por una agonía que no podemos siquiera con­cebir, para darnos la gloriosa bendición de la expia­ción y la resurrección (véase D. y C. 19:15-19).

Hay personas que están dispuestas a morir por su fe, pero no a vivir por ella. Cristo vivió y murió por nosotros. Si seguimos sus pasos, por medio de su ex­piación podemos obtener el don más grande de todos —la vida eterna— que es la que vive el Gran Eterno, nuestro Padre Celestial.

Jesucristo hizo esta pregunta a los nefitas: “¿Qué clase de hombres debéis ser?”, y luego El mismo la respon­dió diciéndoles que debían ser así como Él es (véase 3 Nefi 27:27).

Aquel cuya vida se aproxime más al modelo de la de Cristo es el más grande, más bienaventurado y más lleno de gozo. Pero esto no tiene nada que ver con riqueza, poder o prestigio terrenal. La única prueba verdadera de grandeza, bienaventuranza y go­zo es el grado hasta el cual podamos ser como el Maestro, Jesucristo. Él es el camino verdadero, la plena verdad y la vida en abundancia.

Segundo, además del don de la vida de Cristo, está el de su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30). No hay salvación ni exaltación para nosotros fuera de la Iglesia; mediante ella recibimos el bautismo, el sacerdocio, el matrimonio celestial y otras ordenanzas vitales; ella es el medio organizado que Dios emplea para establecer y expandir Su obra. Debemos trabajar con la Iglesia y en ella, edificarla y hacerla avanzar.

Debemos estar dispuestos a dedicarle generosamen­te nuestro tiempo, talento y bienes. Pase lo que pase con el mundo, la Iglesia crecerá y se fortalecerá y estará intacta cuando el Señor venga otra vez.

Dios nos ha asegurado que jamás volverá la Iglesia a desaparecer de la tierra por causa de apostasía, y ha dicho que está complacido con ella, hablando colec­tiva y no individualmente (véase D. y C. 1:30).

La Iglesia es verdadera; obedeced sus preceptos, asistid a sus reuniones, sostened a sus líderes, aceptad sus llamamientos, disfrutad de sus bendiciones.

Tercero, además de los dones de la vida de Cris­to y de su Iglesia, tenemos el don de las Escri­turas y, en particular, del Libro de Mormón.

El profeta José Smith declaró que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus precep­tos que los de cualquier otro libro” (Enseñanzas del profeta José Smith, págs. 233-234).

El Libro de Mormón fue escrito para nuestros días. Mormón, el Profeta que lo compiló, vio nuestra épo­ca en una visión, y se le dirigió para que pusiera en él todo aquello que Dios consideraba que sería especial­mente necesario para nosotros; por lo tanto, debemos conocerlo mejor que cualquier otro libro.

No solamente debemos conocer la historia y los relatos inspiradores que contiene, sino también com­prender sus enseñanzas. Si realmente cumplimos nuestro deber estudiando concienzudamente la doc­trina que encierra, podremos encontrar las verdades que pongan al descubierto los errores y combatan las falsas teorías y filosofías de los hombres, que están en boga en nuestros días.

Ahora bien, la vida de Cristo, su iglesia y el Libro de Mormón son sólo parte de los dones con que Jesu­cristo nos ha bendecido para toda la vida. Por lo tan­to, os pregunto, mis hermanos, ¿qué podríamos darle al Señor en esta Navidad? Considerando todo lo que Él ha hecho y hace por nosotros, nos daremos cuenta de que hay algo que podemos darle a cambio.

El grandioso regalo que Cristo nos hizo fue su vi­da y su sacrificio. ¿No debería ser entonces ése mismo nuestro pequeño regalo para El: nuestra vida y sacrificio ahora y en el futuro?

Los hombres y mujeres que se dedican a obedecer la voluntad de Dios descubren que Él puede hacer de sus vidas mucho más de lo que ellos harían; Él les hace más profundo el gozo, les expande la visión, les vivifica el entendimiento, les fortalece los músculos, les eleva el espíritu, les multiplica las bendiciones, les aumenta las oportunidades, los consuela, les pro­vee amigos y derrama Su paz sobre ellos. Cualquiera que pierda su vida en el servicio de Dios encontrará la vida eterna (véase Mateo 10:39). Pero además, al perder la vida en Su servicio, se encuentra la vida en abundancia y, cuando lo sacrificamos todo por Dios, El, a su vez, comparte todo lo que tiene con noso­tros.

Por mucho que nos esforcemos, nunca podremos tener al Señor por deudor, pues cada vez que trata­mos de hacer su voluntad El derrama más bendicio­nes sobre nosotros; a veces quizás parezca que tardan en llegar —tal vez como prueba de nuestra fe—, pero llegarán, y en abundancia.

El presidente Brigham Young dijo:

“He oído a muchas personas hablar de lo que han sufrido por causa de Cristo, y me siento feliz de poder decir que yo nunca he tenido que sufrir. He pasado por mucho, pero si vamos a hablar de sufrimiento, lo he comparado muchas veces, para mí mismo y ante congregaciones, con un hombre que teniendo un abrigo viejo, sucio y andrajoso recibiera de otro uno nuevo, hermoso e inmaculado. Esa es la comparación que hago cuando pienso en lo que he sufrido por cau­sa del evangelio: que he tirado a la basura un abrigo viejo y me he puesto uno nuevo.” (Discourses of Brigham Young, pág. 348.)

Los santos no sufren jamás como los pecadores.

Una joven que había sacrificado sus planes y pasado largas y tediosas horas en el trabajo pa­ra criar a su hermanito al quedar ambos huér­fanos, yacía en su lecho de muerte e hizo llamar al obispo; mientras le hablaba, él sostenía entre las suyas una de las manos de la joven, ásperas y encalle­cidas por el trabajo. Ella le hizo esta pregunta: “¿Có­mo sabrá Dios que yo soy suya?” El obispo le levantó suavemente la muñeca y le contestó: “Muéstrale tus manos”.

Algún día veremos esas manos que sacrificaron tanto por nosotros. ¿Están las nuestras limpias y muestran las señales de estar al servicio del Señor?

¿Es nuestro corazón puro y estamos llenos de los pen­samientos de Cristo?

Todas las semanas hacemos un convenio solemne de ser como El, recordarlo siempre en todo y guardar Sus mandamientos; a cambio, el Señor nos promete su Espíritu.

Hubo una época en que conocíamos muy bien a nuestro Hermano Mayor y a su (y nuestro) Padre Ce­lestial; nos regocijábamos ante la perspectiva de una vida terrenal que nos permitiera tener una plenitud de gozo, y estábamos ansiosos por demostrarles, a nuestro Padre y a nuestro Hermano, el Señor, cuánto los amábamos y que seríamos obedientes a pesar de la oposición del adversario en la tierra.

Ahora estamos acá y nuestra memoria está cubier­ta por un velo. Acá demostramos, a Dios y a nosotros mismos, lo que podemos hacer. Y nada nos sorpren­derá más que, al pasar al otro lado del velo en la eternidad, poder damos cuenta de lo bien que cono­cemos a nuestro Padre y lo familiar que nos es su rostro.

Dios nos ama y nos cuida. Él quiere que tengamos éxito, y algún día sabremos que no ha dejado nada por hacer en cuanto al bienestar eterno de cada uno de nosotros. Y si pudiéramos saberlo, nos enteraríamos de que en los cielos tenemos amigos a quienes no recordamos que anhelan nuestra victoria. Este es el momento de demostrar lo que podemos ha­cer y hasta qué punto estamos dispuestos a vivir y sacrificarnos por Dios diariamente, hora a hora, al instante. Si lo damos todo en su servicio, recibiremos de Él, que es el más grande de todos, todo lo que tiene.

Dad a Dios lo mejor de vosotros y recibiréis lo mejor de Él.

Ruego que el Señor esté con vosotros en esta épo­ca y siempre. □

Liahona Diciembre 1987

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Casados y solteros unidos en la fe

Liahona Noviembre 1987
Casados y solteros unidos en la fe
por Kathleen Lubeckso

Los miembros casados y los solteros pueden trabajar juntos para ayudar a que to­dos disfruten de las bendiciones de la actividad en la Iglesia.

George Merrill nunca se imaginó que le podría suceder a él. Había visto cómo le sucedía a otra gente mientras servía como presidente de estaca, presidente de misión y representante regio­nal, pero a él lo tomó totalmente por sorpresa.

Después de treinta y ocho años de matrimonio, el hermano Me­rrill estaba solo otra vez; su esposa había fallecido.

“Si uno jamás ha perdido a su cónyuge, es muy difícil entender la situación”, dice. “Aun cuando no deseamos pensarlo, en un bre­ve instante podríamos volver a quedar solos. Si pensamos en có­mo sería, entenderíamos mejor por lo que pasan las personas sol­teras.” Hace tres años que el her­mano Merrill perdió a su esposa; en la actualidad está casado en segundas nupcias.

Ser soltero se está haciendo muy común

La experiencia del hermano Merrill no es única. El vivir solo se está haciendo muy común en la Iglesia, especialmente entre las mujeres. En los Estados Unidos de América, aproximadamente un tercio de todos los miembros casados de la Iglesia estarán di­vorciados o viudos antes de cum­plir los sesenta años. En algunas regiones específicas, este porcen­taje es aún mayor.

“Se suponía que cualquier miembro de la Iglesia que deseaba casarse podía hacerlo”, dice Maríe Comwall, profesora asistente de sociología en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah. “Sin embargo, cada vez hay más Santos de los Ultimos Días solte­ros.

El perfil demográfico de la Igle­sia también está cambiando. La cantidad de miembros divorcia­dos va en aumento, aumentando así el número de padres solteros. No hay tantos solteros varones como mujeres y ahora se está ha­ciendo más difícil para una gran cantidad de mujeres activas en la Iglesia casarse con miembros, es­pecialmente en regiones donde predomina la gente que no es miembro de la Iglesia. Se enfren­tan ante la posibilidad de no ca­sarse o de casarse con alguien que no es miembro de la Iglesia. En los Estados Unidos, por cada 100 solteras activas de treinta años de edad o mayores, hay solamente 19 solteros activos.

A menudo se hace difícil ayu­dar al gran número de miembros solteros a que participen en los barrios y ramas comunes y co­rrientes. El ser aceptado como parte del barrio o de la rama es importante, además de tener oportunidades de servir a otros miembros.

La sensación de formar parte del grupo

El primer paso para lograr esa sensación de formar parte del gru­po, dice Jolayne Wilson, es que los solteros tomen la iniciativa. “Al mudarme a mi nuevo barrio me hice el propósito de ir a ha­blar con el obispo a la semana de estar ahí. Le dije que estaba pre­parada para empezar a trabajar y ser parte del barrio. Al poco tiempo estaba trabajando como supervisora de las maestras visi­tantes, lo que me dio la oportuni­dad de conocer a mucha gente.

Me gustó mucho ese barrio por­que era parte de él y porque los miembros me hicieron sentir bienvenida de inmediato, tratán­dome como un miembro valioso del barrio.

Elizabeth Shaw Smith, miem­bro de un barrio para solteros an­tes de su reciente matrimonio, descubrió la misma cosa: Si uno es amigable, la demás gente tam­bién lo será con uno. Si se va a la Iglesia preparado para trabajar, para cumplir con una responsabi­lidad, para hablar con la gente y dejar de preocuparse por uno mis­mo, la gente aceptará y responde­rá.

¿Cuáles son algunas de las ma­neras en que se puede ayudar a que los miembros solteros se sien­tan bienvenidos? Es difícil gene­ralizar cómo les gustaría a todos ellos que se les tratara, dado que las necesidades varían, como su­cede con la gente casada. Pero, en todo caso, a continuación se dan algunas sugerencias que pue­den ayudar a que estos hermanos se sientan amados, aceptados y valiosos, sin importar de dónde sean.

  1. Trate a los solteros como amigos, iguales y adultos

La amistad no tiene límite de edad, nacionalidad o estado civil. Al trabajar unidos en el evange­lio, la gente tiene grandes opor­tunidades de compartir la amistad y los intereses comunes. Seguir leyendo

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Una proclamación al mundo

Liahona Noviembre 1987
Una proclamación al mundo
presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

A principios de este año se llevaron a cabo cinco grandes conferencias en las Islas Británicas, con la participación de miembros de la Primera Presidencia, del Con­sejo de los Doce y del Primer Quórum de los Setenta, junto con los Santos de los Ultimos Días del Reino Unido. Dichas conferencias fueron la culminación de una serie de cele­braciones realizadas para conmemorar el sesquicentenario de la Iglesia en las Islas Británicas.

La apertura de la Misión Británica hace siglo y medio constituyó una proclam ación al mundo en los siguientes aspectos:

  1. Fue una proclamación; de una magnífica visión milenaria.
  2. Fue una procla­mación de una gran fe.
  3. Fue una procla­mación de valor personal.
  4. Fue una proclamación de verdad sempiterna.

El Señor resucitado había dicho en el me­ridiano de los tiempos a Sus amados discípulos antes de Su ascensión al cielo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Se trataba de una responsabilidad tremenda que descansaba sobre los hombros de un pequeño grupo de hombres que ni contaban con los me­dios debidos, ni poseían el prestigio necesario ante el mundo para llevar a cabo semejante misión. Pero ellos dieron su vida en su afán por hacer todo lo que estuviera a su alcance.

En estos últimos días, el Señor ha dicho: “Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd junta­mente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado . . . “Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días. “E irán y no habrá quién los de­tenga, porque yo, el Señor, los he mandado.” (D. y C. 1:1-2, 4-5.)

Esta misión milenaria se le asignó a un pequeño grupo de Santos de los Ultimos Días residentes de las comunidades agrícolas de Kirtland (estado de Ohio) y sus alrededores en la década de 1830 a 1840. Eran personas de escasos recursos, que con supremo sacrificio habían construido un templo. Entonces el poder del adversario empezó a infiltrarse en Kirtland, manifestán­dose a través del espíritu de codicia y atro­pelladas especulaciones, lo cual desvió la mente de mucha gente de las cosas de Dios, haciéndolos tomarse hacia las cosas del mundo. Muchos se rebelaron contra José Smith, y la Iglesia sufrió una tre­menda sacudida, cerniéndose así los fieles de entre aquellos cuyo corazón estaba puesto en las cosas mundanas. El problema se vio agravado por el hecho de que algunos miembros se encontraban en el estado de Ohio y otros en el de Misuri, separados por una distancia de aproximadamente mil trescientos ki­lómetros, a través de la cual la comunicación era ex­tremadamente escasa.

Fue en medio de estos tiempos de aflicción y zozo­bra que, el domingo 4 de junio de 1837, el profeta José Smith se dirigió al élder Heber C. Kimball, miembro entonces del Quórum de los Doce, mientras éste se encontraba “sentado enfrente del estrado, al otro lado de la mesa sacramental, en el extremo del templo representativo del Sacerdocio de Melquisedec, en la ciudad de Kirtland, y le musitó al oído: “Flermano Fleber, el Espíritu del Señor me ha susu­rrado esto: ‘Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi Evangelio, para abrir las puertas de la salvación a esa nación’ ”. (History of the Church, 2:490.)

Imaginaos, pues, a un hombre que tenía muy po­cos bienes materiales, decirle al otro que práctica­mente no contaba con nada y que recientemente había vuelto de una misión, que tenía que atravesar el mar para iniciar la obra en esa parte del mundo. ¿No había ya suficiente qué hacer en su propia tie­rra?, se habrían preguntado los menos fieles. Sus ho­gares estaban en las fronteras de la nación, y el nú­mero total de miembros de la Iglesia probablemente no sobrepasaba ni siquiera los 1500 en esa época.

Pero en las mentes de estos hombres se albergaba una visión, una visión milenaria de que el evangelio debía predicarse a toda nación antes de que llegara el fin. Se había iniciado ya la obra en Canadá, pero ahora se trataba de atravesar el océano y llegar hasta las Islas Británicas.

El llamamiento del élder Heber C. Kimball y sus compañeros, de cruzar el océano para ir a Gran Bre­taña, fue una declaración del profeta José Smith so­bre el destino de esta obra restaurada. Desde ese en­tonces hasta el día de hoy, jamás se ha empañado esa visión.

Durante todos los años posteriores a aquel suceso, no obstante los incesantes esfuerzos del adversario por impedir el progreso, la obra ha crecido y se ha expandido notablemente, hasta que hoy contamos con 192 misiones, y el evangelio se está predicando en 75 naciones soberanas y en 18 territorios, colonias y propiedades. Seguir leyendo

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Casa de Santidad, Casa del Señor

Liahona Septiembre 1987
Casa de Santidad, Casa del Señor
Por Richard M. Romney

El santo templo, la casa del Señor, se puede comparar a un oasis —un lugar de aliento y renovación en un mundo de sequía es­piritual. Todo es paz en su interior; su estructura es una de belleza y reve­rencia, pero sobre todo, es un lugar en donde el Espíritu se comunica.

Los que ahí entran, dejan atrás las cosas del mundo; es ahí donde el hombre va en busca de entendimiento, a hacer promesas, a recibir ben­diciones de Dios. Este es el lugar donde profetas y líderes del sacerdocio oran para recibir inspi­ración; es ahí donde se efectúan ordenanzas sa­gradas tales como el bautismo por los muer­tos; es ahí donde los matrimonios se hacen eternos y las familias son selladas para siem­pre.

Ya sea que pioneros diestros lo hayan escul­pido de granito y ador­nado con fina madera, o que sus letras resplande­cientes sobre su moder­na torre blanca hayan sido cinceladas en espa­ñol, chino o alemán, se ha dedicado gran canti­dad de tiempo, destreza, energía y recursos sim­plemente para que exis­ta.

Pero detrás de esos sa­crificios se encuentran otros aún mayores: un corazón quebrantado y un espíritu contrito, au­todominio, la devoción de toda una vida para buscar primeramente el reino de Dios, el aban­dono de apetitos tempo­rales a cambio de las ri­quezas duraderas de la eternidad.

Este es el templo, una casa de santidad. Aquí el Señor se ha aparecido a profetas; aquí ha hecho convenios con sus hijos, tal como lo hizo en el antiguo Israel y en la América antigua. Y hoy, en la casa del Señor, continúa haciendo la misma cosa en todo el mundo.

“Regocíjese el corazón de vuestros herma’ nos, así corno el corazón de todo mi pueblo, que con su tuerza ha cons­truido esta casa a mi nombre.

“Porque he aquí, he aceptado esta casa, y mi nombre estará aquí; y me manifestaré a mi pueblo en misericordia en esta casa.

“Sí, me manifestaré a mis siervos y les hablaré con mi propia voz, si mi pueblo guarda mis man­damientos y no profana esta santa casa.

“Sí, el corazón de mi­llares y decenas de mi­llares se regocijará en gran manera como con­secuencia de las bendi­ciones que han de ser derramadas, y la investi­dura que mis siervos han recibido en esta casa.

“Y la fama de esta ca­sa se extenderá hasta los países extranjeros; y éste es el principio de las bendiciones que se de­rramarán sobre la cabeza de mi pueblo.” (D. y C. 110:6-10.)

“. . . que sea ésta una casa de oración, una ca­sa de ayuno, una casa de fe, una casa de gloria y de Dios, sí, tu casa;

“que todas las entra­das de tu pueblo en esta casa sean en el nombre del Señor.” (D. y C. 109:16-17, de la ora­ción dedicatoria del Templo de Kirtland.)

“Es razonable el he­cho de que las relacio­nes familiares continúen después de la muerte. Es algo que añoramos. El Dios del cielo ha revela­do una manera median­te la cual esto puede lle­varse a cabo: las sagra­das ordenanzas de la ca­sa de Señor lo hacen posible. ’’ (Gordon B. Hinckley, ‘Why These Temples?’ en Temples of the Church of Jesús Christ of Latier-day Saiuts, 1981, pág. 6.)

“Aprenderéis acerca de la creación de este mundo y de cuando nuestros primeros padres fueron puestos en el Jardín de Edén. Sabréis cómo Satanás tentó a Adán y a Eva y cómo fueron expulsados del Jardín de Edén y de la presencia de Dios a nuestro mundo, con su oposición en todas las cosas. Aquí fue donde llegaron a conocer los gozos así como los dolo­res de la vida” (In His House, en Temples, pág. 11).

“En el templo organi­zamos la familia, la más pequeña y a la vez la más básica de todas las organizaciones en la Iglesia. No es una orga­nización temporaria sino que es la única organiza­ción permanente y eter­na sobre la tierra, ya que se hace ‘eterna’ me­diante el poder sellador y la autoridad del sacer­docio. Existirá después de la muerte. Existirá por las eternidades co­mo una organización permanente.» (A. Theodore Tuttle, ‘Prophecies and Promises’, en Temples, pág. 54.)

“Es bueno estar en el templo, la casa del Se­ñor, un sitio donde el sacerdocio instruye, un sitio de paz, de conve­nios, de bendiciones y de revelación. . . El templo, con sus dones y bendiciones, está abier­to a todos aquellos que obedecen los requisitos del evangelio de Jesu­cristo. . . Las ordenan­zas que allí se efectúan son sagradas, no miste­riosas. Todos los que aceptan el evangelio, lo obedecen y se conservan puros, pueden tomar parte en ellas.” (John A. Widtsoe, ‘Mirando hacia el Templo’, Liahona, marzo de 1968, pág. 17.)

“¿Cómo podré acep­tar vuestros lavamien­tos, si no los efectuáis en una casa que hayáis erigido a mi nombre?

“Porque por esta cau­sa le mandé a Moisés que edificara un taber­náculo. . . y que cons­truyera una casa en la tierra de promisión, a fin de que se pudieran revelar las ordenanzas que habían estado ocul­tas desde antes que el mundo fuese.

“Por tanto, de cierto os digo que vuestras un­ciones y lavamientos y vuestros bautismos por los muertos, y vuestras asambleas solemnes. . . son conferidos mediante la ordenanza de mi san­ta casa, que a mi pueblo siempre se le manda construir a mi santo nombre.

“Y de cierto os digo, edifíquese esta casa a mi nombre, para que en ella pueda yo revelar mis ordenanzas a mi pueblo;

“porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondi­das desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cum­plimiento de los tiem­pos.

“Y le mostraré a mi siervo José todas las co­sas concernientes a esta casa, y su sacerdo­cio. . . ” (D. y C. 124:37-42.)’ Seguir leyendo

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Las enseñanzas de Nefi con respecto a vencer el desaliento

Liahona Agosto 1987
Las enseñanzas de Nefi con respecto a vencer el desaliento
Elizabeth K. Ryser

Elizabeth K. Ryser, trabajadora social y terapeuta matrimonial y familiar, sirve actualmente como misionera regular en la Misión África del Sur—Johannes- burgo.

En el bello pasaje de las Escrituras conocido como el salmo de Nefi (2 Nefi 4:15—35), el profeta nos revela las impresiones de su espléndido corazón. No es difícil comprender la lucha que sostenía Nefi para conservarse santo en un mundo en que se le permite a Satanás gobernar y tentar. El dilema de Nefi es el mismo que todos tenemos que encarar:

“He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Se­ñor, y mi corazón medita continuamente las cosas que he visto y oído.

“Sin embargo, a pesar de la gran bondad del Señor en mostrarme sus grandes y maravillosas obras, mi corazón exclama: ¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi al­ma se aflige a causa de mis iniquidades.” (Versículos 16 – 17.)

En lenguaje moderno, podríamos expresar lo mis­mo de la siguiente manera: “Sé muy bien qué es lo que debo hacer, pero aún así continúo pecando. Dios me ha bendecido tanto, pero todavía no soy comple­tamente feliz”.

Nefi describe su desventura con abundancia de de­talles; escribe que su corazón llora, que su alma per­manece en el valle del dolor, que su carne se disipa y que se enoja con sus enemigos. (Versículos 26-27.)

¿Cómo es posible que Nefi, que había hablado con ángeles y que había sido testigo de la realidad de la venida de Cristo, pudiera tener tales sentimientos? Quizás fue la profundidad de su testimonio lo que causó que sus propios fracasos fueran tan difíciles de soportar. Sabemos que Lehi, su padre, había muerto hacía poco. Después de una pérdida de esa naturale­za, el abatimiento es muy común.

Nefi comprendía que no es fácil ser santo. Todos debemos tratar de vencer al hombre natural, esfor­zándonos por llegar a ese punto en el que ya no ten­gamos más ninguna disposición a obrar mal. A cada paso de nuestra vida, nos toca escoger entre el bien y el mal y, muchas veces, a pesar de nuestros deseos justos, se nos tienta diariamente y caemos en el peca­do.

Y para aumentar nuestra carga, con frecuencia también nos afligimos por los demás. Nefi escribe en cuanto a esto: “Continuamente ruego por [mi pueblo] de día, y mis ojos bañan mi almohada de noche a causa de ellos” (2 Nefi 33:3).

Cuando termina de expresar su desesperación, Ne­fi empieza a buscar otros ángulos desde dónde enfocar su situación, y se hace una serie de preguntas: “Y ¿por qué he de ceder al pecado a causa de mi carne? Sí, ¿Y por qué sucumbiré a las tentaciones, de modo que el maligno tenga lugar en mi corazón para des­truir mi paz y contristar mi alma? ¿Por qué me enojo a causa de mi enemigo?” (2 Nefi 4:27).

Cuando nos sentimos desanimados, nosotros tam­bién podríamos beneficiarnos al hacernos las mismas preguntas y después contestarlas. Al igual que Nefi, muchas veces tenemos que decidir que no vamos a volcarnos a la tristeza. Podemos decir, como él: “¡Despierta, alma mía! No desfallezcas más en el pe­cado. ¡Regocíjate, oh corazón mío, y no des más lu­gar al enemigo de mi alma!” (Versículo 28). Gracias a esto, los pensamientos lastimosos de Nefi se transfor­maron en pensamientos de gozo.

¿Qué podemos aprender de Nefi que nos sirva de aliciente cuando nos encontremos desanimados o su­midos en la desesperación?

  1. Nefi escribía sobre sus pensamientos, sus impresio­nes y sus deseos. Nefi era muy diligente en llevar un diario. Llevaba dos registros, aunque no comprendía totalmente el propósito del segundo. Escribió, a pesar de que no era “poderoso para escribir” (2 Nefi 33:1). Pero para él era suficiente saber que era un manda­miento del Señor, que por algún sabio propósito le requeriría llevarlo. Al terminar su registro, Nefi es­cribió: “Yo, Nefi, he escrito lo que he escrito; y lo estimo de gran valor, especialmente para mi pueblo” (2 Nefi 33:3).

El escribir puede constituir un proceso de recupe­ración. En mi profesión como trabajadora social, con frecuencia les pido a mis pacientes que se sienten de­primidos, aprensivos o inquietos que viertan sus sen­timientos en un diario. Los que lo hacen me infor­man que les resulta sumamente beneficioso.

  1. Nefi meditaba. (Véase 2 Nefi 4:16.) Meditar sig­nifica algo más que simplemente pensar; es el proceso de estudiar las cosas en nuestra mente, de analizarlas. El meditar las cosas del Señor, tal y como lo hizo Nefi, abre nuestra mente al Espíritu.
  2. Nefi estudiaba las escrituras. Él se deleitaba en ellas y testificaba de su veracidad. (Véase el versículo 15). Se deleitaba especialmente en los escritos de Isaías y los incluyó en su registro “para que aquellos de mi pueblo que vean estas palabras eleven sus cora­zones y se regocijen por todos los hombres” (2 Nefi 11:8). La comprensión que Nefi tenía de las Escritu­ras le ayudó a conservar su fe. Las Escrituras le ayuda­ron a saber en quién había puesto su confianza, aun cuando su corazón gemía a causa de sus pecados. (Véase 2 Nefi 4:19.)
  3. Nefi reconocía la bondad, el apoyo, el amor y la protección del Señor. (Véase versículos 20-25.) Recor­daba las ocasiones en que Dios le había preservado la vida, lo había llenado con su amor, había confundido a sus enemigos, le había contestado sus oraciones, y le había dado conocimiento. Nefi contaba sus bendi­ciones y se sentía agradecido. El recordar nuestras bendiciones y vivencias espirituales puede constituir un poderoso antídoto para el desaliento.
  4. Nefi se infundía ánimo a sí mismo. Rechazaba los malos pensamientos y los reemplazaba con buenos, como lo confirman sus palabras: “¡Despierta, alma mía! No desfallezcas más en el pecado. ¡Regocíjate, oh corazón mío!” (Versículo 28).
  5. Nefi oraba. Oraba con toda su fuerza, con fran­queza y sinceridad. Sus oraciones no eran de tipo ge­neral, sino pedía específicamente los dones que nece­sitaba. Pedía que su alma fuera redimida, que se le librara de las manos de sus enemigos, que temblara al aparecer el pecado, que se cerraran las puertas del infierno delante de él y que se abrieran las de la justi­cia, que el Señor lo envolviera con el manto de su justicia, que pudiera escapar de sus enemigos, que se enderezara su sendero y que éste no fuera obstruido por sus enemigos. (Véanse versículos 31-33.) Todas éstas son súplicas sobre las que podríamos meditar y luego presentárselas al Señor.
  6. Nefi alababa al Señor y se regocijaba en El. “¡Oh Señor, te alabaré para siempre! Sí, mi alma se rego­cijará en ti, mi Dios, y la roca de mi salvación” (versículo 30.) Nefi rebosaba de gratitud y fe, como lo manifiestan sus palabras: “En ti confiaré para siem­pre” (vers. 34).
  7. Nefi imploraba la ayuda del Señor. Él sabía que lo único que podría redimirlo sería la sangre expiatoria del Salvador. Este es el paso más importante que uno puede tomar. Nosotros también necesitamos implorar la misericordia del Señor para obtener la remisión de nuestros pecados. El verdadero arrepentimiento pue­de llenarnos de gozo y tranquilidad de conciencia.

El desaliento de Nefi se tornó en gran regocijo, lo cual muestra que los deseos de su corazón se centra­ban en Cristo. Al acercarse al final de sus días, escri­bió: “Debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y per­severáis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Ten­dréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20). Al centrar nues­tros corazones en Cristo, nosotros también encontra­remos la clave para vencer el desaliento. □

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Entregados al servicio del Señor

Liahona Agosto 1987
Entregados al servicio del Señor
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Aunque ya han pasado más de tres años desde que se dedicó el Templo de la Ciudad de Guatemala, Guatemala, en Centroamérica, aún recuerdo vívidamente lo emocionante y conmovedor que fue participar en los sagrados servicios dedicatorios.

En un total de diez sesiones dedicatorias, miles de magníficas personas se unie­ron para obsequiarle a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Jesucristo, Su Hijo Amado, esa santa casa. Los que cono­cen a los habitantes de esa tierra calcularon que más del 75 por ciento de los que concurrieron al templo con motivo de su dedicación eran descendientes del padre Lehi.

Para mí fue motivo de gran inspiración el observar sus semblantes: bellos los padres, y adorables sus hijos. Pude ver, casi como en una visión, a genera­ciones de sus progenitores: los gloriosos días de su fortaleza y rectitud, cuando conocían a Cristo y lo adoraban; y también los años trágicos y desdichados que, extendiéndose por muchas generaciones, a causa de haberlo rechazado a Él, sólo los condujeron al de­rramamiento de sangre, como funesta consecuencia del constante conflicto en que vivían, en medio del dolor, la inmundicia, la pobreza y la opresión.

Muchos de los que con­currieron a la ceremonia de dedicación del templo eran personas que vivían en las áreas montañosas y en la selva de Guatemala, así como en otras regiones de los países centroamericanos. Acudieron al lugar como muestra de la forma en que su vida se había visto trans­formada gracias a fieles misioneros que, recorriendo de uno en uno esos humil­des hogares, les habían hablado de sus antepasados, leyéndoles en el Libro de Mormón su propio testa­mento de Cristo, olvidado ya en el pasado. El poder del Espíritu Santo ha pe­netrado hasta el corazón de esas personas. Las escamas de tinieblas se han ido desprendiendo gradualmente de sus ojos. Hoy en­contramos entre ellos hombres fuertes que sirven a su pueblo como presidentes de estaca y de misión, como obispos de barrio y patriarcas. También entre ellos hay mujeres hermosas y fuertes que presiden Socieda­des de Socorro, organizaciones de Mujeres Jóvenes y Primarias, quienes enseñan con sinceridad en las or­ganizaciones de la Iglesia. Cada una de estas personas posee un amor firme hacia el Señor y un testimonio conmovedor. Se trata de un milagro de estos últimos días, un acontecimiento maravilloso de presenciarse. ¿Y cómo sucedió? ¿Cómo tuvo lugar tal transformación?

El verdadero espíritu del Maestro

Para comprender dicha transformación, no se necesita más que ver a los muchos misioneros que han servido en esa parte del mundo, quienes, obedientes al Señor, aceptaron el llamado que les extendió Su profeta para servir en una misión. El apóstol Pedro dijo hace mucho tiempo que Jesús “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). Como embajadores Suyos, los misioneros de nuestra generación han ido y conti­núan yendo por el mundo haciendo el bien compene­trados del verdadero espíritu del Maestro. Permitid­me describiros a uno de ellos. El ejemplifica a mu­chos otros que también tienen un deseo sincero de servir al Señor.

El misionero al que me refiero es de California, Estados Unidos. Se crió en un ambiente común y corriente, no siendo miembro de la Iglesia. Después de conocer a una muchacha que era miembro de la Iglesia, se quedó tan impresionado con ella, que al enterarse de que era miembro, se interesó en saber más acerca de la Iglesia. Mientras completaba en la universidad un programa de estudios superiores bas­tante exigente, otros estudiantes le enseñaron el evangelio y el buen joven se bautizó. Con denodado esfuerzo, se dedicó a trabajar después de las clases y durante los veranos para ahorrar suficiente dinero pa­ra sostenerse muy ajustadamente durante un período de dieciocho meses como misionero del Señor. Se le llamó a servir en Guatemala. Fue en el Templo de 1a. Ciudad de Guatemala donde conocí a ese apuesto jovencito de mente brillante y poseedor de una exce­lente educación y preparación en un campo suma­mente técnico. Encontrándonos ambos en el templo con motivo de la dedicación, me estrechó la mano calurosamente, y entonces yo le pregunté:

— ¿Se siente feliz?

— ¡Claro que sí! ¡Muy feliz! —me respondió. Cuando le pregunté en qué lugar estaba sirviendo co­mo misionero, declaró entusiasta:

—Allá entre los lamanitas, la gente nativa de Guatemala. Es un lugar bastante pequeño, en el que hay mucha pobreza, pero la gente es maravillosa, y yo la quiero tanto.

Las promesas del Señor

Al recordar a ese apuesto joven, dotado de tanto talento y tan bien preparado académicamente, sir­viendo entre los indígenas de Guatemala, en una al­dea entre la selva, vienen a mi mente las palabras de Samuel el Lamanita:

“Sí, os digo que en los postreros tiempos se han extendido las promesas del Señor a nuestros herma­nos los lamanitas; y a pesar de las muchas aflicciones que experimentarán, y no obstante que serán echados de un lado al otro sobre la superficie de la tierra, y serán perseguidos y heridos y dispersados, sin tener Jugar donde refugiarse, el Señor será misericordioso con ellos.

“Y esto de acuerdo con la profecía de que serán traídos al conocimiento verdadero, que es el conoci­miento de su Redentor y de su gran y verdadero pas­tor, y serán contados entre sus ovejas.” (Helamán 15:12-13.)

Ese joven misionero, junto con sus compañeros de labor, estaba ayudando a aquellos entre quienes ca­minaba a recibir el “conocimiento verdadero, que es el conocimiento de su Redentor y de su gran y verda­dero pastor”, para ser contados entre Sus ovejas.

Ese jovencito al que me he referido nunca recibió en el campo misional una carta de sus padres, ni tam­poco dinero, ni apoyo moral. Con el dinero que había ahorrado, tenía suficiente para sostenerse du­rante esos dieciocho meses de servicio. Ya que en esos días en que él estaba por terminar su misión se anunció que se estaba extendiendo el período de ser­vicio misional de dieciocho a veinticuatro meses, se le ofreció la alternativa de quedarse por seis meses más. Lleno de emoción, le preguntó a su presidente de misión: “¿Existe alguna manera de que alguien me ayude para poder quedarme seis meses más y trabajar entre esta gente a la que he llegado a querer tanto?” En efecto, se encontró una persona que estaba dis­puesta a sufragar sus gastos por ese período de tiem­po, de modo que el misionero pudo servir por veinti­cuatro meses.

Como él, hay muchos misioneros, miles de ellos, laborando en muchas tierras, haciendo mucho bien, compenetrados del espíritu del Señor.

El presidente del Templo

Me gustaría hablar de otra persona a quien conocí también en Guatemala. Se trata de John O’Donnal, el presidente del Templo de la Ciudad de Guatemala. Parado enfrente de la congregación, con la voz entre­cortada por la emoción, habló de su vida. Seguir leyendo

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