Una proclamación al mundo

Liahona Noviembre 1987
Una proclamación al mundo
presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

A principios de este año se llevaron a cabo cinco grandes conferencias en las Islas Británicas, con la participación de miembros de la Primera Presidencia, del Con­sejo de los Doce y del Primer Quórum de los Setenta, junto con los Santos de los Ultimos Días del Reino Unido. Dichas conferencias fueron la culminación de una serie de cele­braciones realizadas para conmemorar el sesquicentenario de la Iglesia en las Islas Británicas.

La apertura de la Misión Británica hace siglo y medio constituyó una proclam ación al mundo en los siguientes aspectos:

  1. Fue una proclamación; de una magnífica visión milenaria.
  2. Fue una procla­mación de una gran fe.
  3. Fue una procla­mación de valor personal.
  4. Fue una proclamación de verdad sempiterna.

El Señor resucitado había dicho en el me­ridiano de los tiempos a Sus amados discípulos antes de Su ascensión al cielo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Se trataba de una responsabilidad tremenda que descansaba sobre los hombros de un pequeño grupo de hombres que ni contaban con los me­dios debidos, ni poseían el prestigio necesario ante el mundo para llevar a cabo semejante misión. Pero ellos dieron su vida en su afán por hacer todo lo que estuviera a su alcance.

En estos últimos días, el Señor ha dicho: “Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd junta­mente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado . . . “Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días. “E irán y no habrá quién los de­tenga, porque yo, el Señor, los he mandado.” (D. y C. 1:1-2, 4-5.)

Esta misión milenaria se le asignó a un pequeño grupo de Santos de los Ultimos Días residentes de las comunidades agrícolas de Kirtland (estado de Ohio) y sus alrededores en la década de 1830 a 1840. Eran personas de escasos recursos, que con supremo sacrificio habían construido un templo. Entonces el poder del adversario empezó a infiltrarse en Kirtland, manifestán­dose a través del espíritu de codicia y atro­pelladas especulaciones, lo cual desvió la mente de mucha gente de las cosas de Dios, haciéndolos tomarse hacia las cosas del mundo. Muchos se rebelaron contra José Smith, y la Iglesia sufrió una tre­menda sacudida, cerniéndose así los fieles de entre aquellos cuyo corazón estaba puesto en las cosas mundanas. El problema se vio agravado por el hecho de que algunos miembros se encontraban en el estado de Ohio y otros en el de Misuri, separados por una distancia de aproximadamente mil trescientos ki­lómetros, a través de la cual la comunicación era ex­tremadamente escasa.

Fue en medio de estos tiempos de aflicción y zozo­bra que, el domingo 4 de junio de 1837, el profeta José Smith se dirigió al élder Heber C. Kimball, miembro entonces del Quórum de los Doce, mientras éste se encontraba “sentado enfrente del estrado, al otro lado de la mesa sacramental, en el extremo del templo representativo del Sacerdocio de Melquisedec, en la ciudad de Kirtland, y le musitó al oído: “Flermano Fleber, el Espíritu del Señor me ha susu­rrado esto: ‘Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi Evangelio, para abrir las puertas de la salvación a esa nación’ ”. (History of the Church, 2:490.)

Imaginaos, pues, a un hombre que tenía muy po­cos bienes materiales, decirle al otro que práctica­mente no contaba con nada y que recientemente había vuelto de una misión, que tenía que atravesar el mar para iniciar la obra en esa parte del mundo. ¿No había ya suficiente qué hacer en su propia tie­rra?, se habrían preguntado los menos fieles. Sus ho­gares estaban en las fronteras de la nación, y el nú­mero total de miembros de la Iglesia probablemente no sobrepasaba ni siquiera los 1500 en esa época.

Pero en las mentes de estos hombres se albergaba una visión, una visión milenaria de que el evangelio debía predicarse a toda nación antes de que llegara el fin. Se había iniciado ya la obra en Canadá, pero ahora se trataba de atravesar el océano y llegar hasta las Islas Británicas.

El llamamiento del élder Heber C. Kimball y sus compañeros, de cruzar el océano para ir a Gran Bre­taña, fue una declaración del profeta José Smith so­bre el destino de esta obra restaurada. Desde ese en­tonces hasta el día de hoy, jamás se ha empañado esa visión.

Durante todos los años posteriores a aquel suceso, no obstante los incesantes esfuerzos del adversario por impedir el progreso, la obra ha crecido y se ha expandido notablemente, hasta que hoy contamos con 192 misiones, y el evangelio se está predicando en 75 naciones soberanas y en 18 territorios, colonias y propiedades. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

Casa de Santidad, Casa del Señor

Liahona Septiembre 1987
Casa de Santidad, Casa del Señor
Por Richard M. Romney

El santo templo, la casa del Señor, se puede comparar a un oasis —un lugar de aliento y renovación en un mundo de sequía es­piritual. Todo es paz en su interior; su estructura es una de belleza y reve­rencia, pero sobre todo, es un lugar en donde el Espíritu se comunica.

Los que ahí entran, dejan atrás las cosas del mundo; es ahí donde el hombre va en busca de entendimiento, a hacer promesas, a recibir ben­diciones de Dios. Este es el lugar donde profetas y líderes del sacerdocio oran para recibir inspi­ración; es ahí donde se efectúan ordenanzas sa­gradas tales como el bautismo por los muer­tos; es ahí donde los matrimonios se hacen eternos y las familias son selladas para siem­pre.

Ya sea que pioneros diestros lo hayan escul­pido de granito y ador­nado con fina madera, o que sus letras resplande­cientes sobre su moder­na torre blanca hayan sido cinceladas en espa­ñol, chino o alemán, se ha dedicado gran canti­dad de tiempo, destreza, energía y recursos sim­plemente para que exis­ta.

Pero detrás de esos sa­crificios se encuentran otros aún mayores: un corazón quebrantado y un espíritu contrito, au­todominio, la devoción de toda una vida para buscar primeramente el reino de Dios, el aban­dono de apetitos tempo­rales a cambio de las ri­quezas duraderas de la eternidad.

Este es el templo, una casa de santidad. Aquí el Señor se ha aparecido a profetas; aquí ha hecho convenios con sus hijos, tal como lo hizo en el antiguo Israel y en la América antigua. Y hoy, en la casa del Señor, continúa haciendo la misma cosa en todo el mundo.

“Regocíjese el corazón de vuestros herma’ nos, así corno el corazón de todo mi pueblo, que con su tuerza ha cons­truido esta casa a mi nombre.

“Porque he aquí, he aceptado esta casa, y mi nombre estará aquí; y me manifestaré a mi pueblo en misericordia en esta casa.

“Sí, me manifestaré a mis siervos y les hablaré con mi propia voz, si mi pueblo guarda mis man­damientos y no profana esta santa casa.

“Sí, el corazón de mi­llares y decenas de mi­llares se regocijará en gran manera como con­secuencia de las bendi­ciones que han de ser derramadas, y la investi­dura que mis siervos han recibido en esta casa.

“Y la fama de esta ca­sa se extenderá hasta los países extranjeros; y éste es el principio de las bendiciones que se de­rramarán sobre la cabeza de mi pueblo.” (D. y C. 110:6-10.)

“. . . que sea ésta una casa de oración, una ca­sa de ayuno, una casa de fe, una casa de gloria y de Dios, sí, tu casa;

“que todas las entra­das de tu pueblo en esta casa sean en el nombre del Señor.” (D. y C. 109:16-17, de la ora­ción dedicatoria del Templo de Kirtland.)

“Es razonable el he­cho de que las relacio­nes familiares continúen después de la muerte. Es algo que añoramos. El Dios del cielo ha revela­do una manera median­te la cual esto puede lle­varse a cabo: las sagra­das ordenanzas de la ca­sa de Señor lo hacen posible. ’’ (Gordon B. Hinckley, ‘Why These Temples?’ en Temples of the Church of Jesús Christ of Latier-day Saiuts, 1981, pág. 6.)

“Aprenderéis acerca de la creación de este mundo y de cuando nuestros primeros padres fueron puestos en el Jardín de Edén. Sabréis cómo Satanás tentó a Adán y a Eva y cómo fueron expulsados del Jardín de Edén y de la presencia de Dios a nuestro mundo, con su oposición en todas las cosas. Aquí fue donde llegaron a conocer los gozos así como los dolo­res de la vida” (In His House, en Temples, pág. 11).

“En el templo organi­zamos la familia, la más pequeña y a la vez la más básica de todas las organizaciones en la Iglesia. No es una orga­nización temporaria sino que es la única organiza­ción permanente y eter­na sobre la tierra, ya que se hace ‘eterna’ me­diante el poder sellador y la autoridad del sacer­docio. Existirá después de la muerte. Existirá por las eternidades co­mo una organización permanente.» (A. Theodore Tuttle, ‘Prophecies and Promises’, en Temples, pág. 54.)

“Es bueno estar en el templo, la casa del Se­ñor, un sitio donde el sacerdocio instruye, un sitio de paz, de conve­nios, de bendiciones y de revelación. . . El templo, con sus dones y bendiciones, está abier­to a todos aquellos que obedecen los requisitos del evangelio de Jesu­cristo. . . Las ordenan­zas que allí se efectúan son sagradas, no miste­riosas. Todos los que aceptan el evangelio, lo obedecen y se conservan puros, pueden tomar parte en ellas.” (John A. Widtsoe, ‘Mirando hacia el Templo’, Liahona, marzo de 1968, pág. 17.)

“¿Cómo podré acep­tar vuestros lavamien­tos, si no los efectuáis en una casa que hayáis erigido a mi nombre?

“Porque por esta cau­sa le mandé a Moisés que edificara un taber­náculo. . . y que cons­truyera una casa en la tierra de promisión, a fin de que se pudieran revelar las ordenanzas que habían estado ocul­tas desde antes que el mundo fuese.

“Por tanto, de cierto os digo que vuestras un­ciones y lavamientos y vuestros bautismos por los muertos, y vuestras asambleas solemnes. . . son conferidos mediante la ordenanza de mi san­ta casa, que a mi pueblo siempre se le manda construir a mi santo nombre.

“Y de cierto os digo, edifíquese esta casa a mi nombre, para que en ella pueda yo revelar mis ordenanzas a mi pueblo;

“porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondi­das desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cum­plimiento de los tiem­pos.

“Y le mostraré a mi siervo José todas las co­sas concernientes a esta casa, y su sacerdo­cio. . . ” (D. y C. 124:37-42.)’ Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

Las enseñanzas de Nefi con respecto a vencer el desaliento

Liahona Agosto 1987
Las enseñanzas de Nefi con respecto a vencer el desaliento
Elizabeth K. Ryser

Elizabeth K. Ryser, trabajadora social y terapeuta matrimonial y familiar, sirve actualmente como misionera regular en la Misión África del Sur—Johannes- burgo.

En el bello pasaje de las Escrituras conocido como el salmo de Nefi (2 Nefi 4:15—35), el profeta nos revela las impresiones de su espléndido corazón. No es difícil comprender la lucha que sostenía Nefi para conservarse santo en un mundo en que se le permite a Satanás gobernar y tentar. El dilema de Nefi es el mismo que todos tenemos que encarar:

“He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Se­ñor, y mi corazón medita continuamente las cosas que he visto y oído.

“Sin embargo, a pesar de la gran bondad del Señor en mostrarme sus grandes y maravillosas obras, mi corazón exclama: ¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi al­ma se aflige a causa de mis iniquidades.” (Versículos 16 – 17.)

En lenguaje moderno, podríamos expresar lo mis­mo de la siguiente manera: “Sé muy bien qué es lo que debo hacer, pero aún así continúo pecando. Dios me ha bendecido tanto, pero todavía no soy comple­tamente feliz”.

Nefi describe su desventura con abundancia de de­talles; escribe que su corazón llora, que su alma per­manece en el valle del dolor, que su carne se disipa y que se enoja con sus enemigos. (Versículos 26-27.)

¿Cómo es posible que Nefi, que había hablado con ángeles y que había sido testigo de la realidad de la venida de Cristo, pudiera tener tales sentimientos? Quizás fue la profundidad de su testimonio lo que causó que sus propios fracasos fueran tan difíciles de soportar. Sabemos que Lehi, su padre, había muerto hacía poco. Después de una pérdida de esa naturale­za, el abatimiento es muy común.

Nefi comprendía que no es fácil ser santo. Todos debemos tratar de vencer al hombre natural, esfor­zándonos por llegar a ese punto en el que ya no ten­gamos más ninguna disposición a obrar mal. A cada paso de nuestra vida, nos toca escoger entre el bien y el mal y, muchas veces, a pesar de nuestros deseos justos, se nos tienta diariamente y caemos en el peca­do.

Y para aumentar nuestra carga, con frecuencia también nos afligimos por los demás. Nefi escribe en cuanto a esto: “Continuamente ruego por [mi pueblo] de día, y mis ojos bañan mi almohada de noche a causa de ellos” (2 Nefi 33:3).

Cuando termina de expresar su desesperación, Ne­fi empieza a buscar otros ángulos desde dónde enfocar su situación, y se hace una serie de preguntas: “Y ¿por qué he de ceder al pecado a causa de mi carne? Sí, ¿Y por qué sucumbiré a las tentaciones, de modo que el maligno tenga lugar en mi corazón para des­truir mi paz y contristar mi alma? ¿Por qué me enojo a causa de mi enemigo?” (2 Nefi 4:27).

Cuando nos sentimos desanimados, nosotros tam­bién podríamos beneficiarnos al hacernos las mismas preguntas y después contestarlas. Al igual que Nefi, muchas veces tenemos que decidir que no vamos a volcarnos a la tristeza. Podemos decir, como él: “¡Despierta, alma mía! No desfallezcas más en el pe­cado. ¡Regocíjate, oh corazón mío, y no des más lu­gar al enemigo de mi alma!” (Versículo 28). Gracias a esto, los pensamientos lastimosos de Nefi se transfor­maron en pensamientos de gozo.

¿Qué podemos aprender de Nefi que nos sirva de aliciente cuando nos encontremos desanimados o su­midos en la desesperación?

  1. Nefi escribía sobre sus pensamientos, sus impresio­nes y sus deseos. Nefi era muy diligente en llevar un diario. Llevaba dos registros, aunque no comprendía totalmente el propósito del segundo. Escribió, a pesar de que no era “poderoso para escribir” (2 Nefi 33:1). Pero para él era suficiente saber que era un manda­miento del Señor, que por algún sabio propósito le requeriría llevarlo. Al terminar su registro, Nefi es­cribió: “Yo, Nefi, he escrito lo que he escrito; y lo estimo de gran valor, especialmente para mi pueblo” (2 Nefi 33:3).

El escribir puede constituir un proceso de recupe­ración. En mi profesión como trabajadora social, con frecuencia les pido a mis pacientes que se sienten de­primidos, aprensivos o inquietos que viertan sus sen­timientos en un diario. Los que lo hacen me infor­man que les resulta sumamente beneficioso.

  1. Nefi meditaba. (Véase 2 Nefi 4:16.) Meditar sig­nifica algo más que simplemente pensar; es el proceso de estudiar las cosas en nuestra mente, de analizarlas. El meditar las cosas del Señor, tal y como lo hizo Nefi, abre nuestra mente al Espíritu.
  2. Nefi estudiaba las escrituras. Él se deleitaba en ellas y testificaba de su veracidad. (Véase el versículo 15). Se deleitaba especialmente en los escritos de Isaías y los incluyó en su registro “para que aquellos de mi pueblo que vean estas palabras eleven sus cora­zones y se regocijen por todos los hombres” (2 Nefi 11:8). La comprensión que Nefi tenía de las Escritu­ras le ayudó a conservar su fe. Las Escrituras le ayuda­ron a saber en quién había puesto su confianza, aun cuando su corazón gemía a causa de sus pecados. (Véase 2 Nefi 4:19.)
  3. Nefi reconocía la bondad, el apoyo, el amor y la protección del Señor. (Véase versículos 20-25.) Recor­daba las ocasiones en que Dios le había preservado la vida, lo había llenado con su amor, había confundido a sus enemigos, le había contestado sus oraciones, y le había dado conocimiento. Nefi contaba sus bendi­ciones y se sentía agradecido. El recordar nuestras bendiciones y vivencias espirituales puede constituir un poderoso antídoto para el desaliento.
  4. Nefi se infundía ánimo a sí mismo. Rechazaba los malos pensamientos y los reemplazaba con buenos, como lo confirman sus palabras: “¡Despierta, alma mía! No desfallezcas más en el pecado. ¡Regocíjate, oh corazón mío!” (Versículo 28).
  5. Nefi oraba. Oraba con toda su fuerza, con fran­queza y sinceridad. Sus oraciones no eran de tipo ge­neral, sino pedía específicamente los dones que nece­sitaba. Pedía que su alma fuera redimida, que se le librara de las manos de sus enemigos, que temblara al aparecer el pecado, que se cerraran las puertas del infierno delante de él y que se abrieran las de la justi­cia, que el Señor lo envolviera con el manto de su justicia, que pudiera escapar de sus enemigos, que se enderezara su sendero y que éste no fuera obstruido por sus enemigos. (Véanse versículos 31-33.) Todas éstas son súplicas sobre las que podríamos meditar y luego presentárselas al Señor.
  6. Nefi alababa al Señor y se regocijaba en El. “¡Oh Señor, te alabaré para siempre! Sí, mi alma se rego­cijará en ti, mi Dios, y la roca de mi salvación” (versículo 30.) Nefi rebosaba de gratitud y fe, como lo manifiestan sus palabras: “En ti confiaré para siem­pre” (vers. 34).
  7. Nefi imploraba la ayuda del Señor. Él sabía que lo único que podría redimirlo sería la sangre expiatoria del Salvador. Este es el paso más importante que uno puede tomar. Nosotros también necesitamos implorar la misericordia del Señor para obtener la remisión de nuestros pecados. El verdadero arrepentimiento pue­de llenarnos de gozo y tranquilidad de conciencia.

El desaliento de Nefi se tornó en gran regocijo, lo cual muestra que los deseos de su corazón se centra­ban en Cristo. Al acercarse al final de sus días, escri­bió: “Debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y per­severáis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Ten­dréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20). Al centrar nues­tros corazones en Cristo, nosotros también encontra­remos la clave para vencer el desaliento. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Entregados al servicio del Señor

Liahona Agosto 1987
Entregados al servicio del Señor
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Aunque ya han pasado más de tres años desde que se dedicó el Templo de la Ciudad de Guatemala, Guatemala, en Centroamérica, aún recuerdo vívidamente lo emocionante y conmovedor que fue participar en los sagrados servicios dedicatorios.

En un total de diez sesiones dedicatorias, miles de magníficas personas se unie­ron para obsequiarle a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Jesucristo, Su Hijo Amado, esa santa casa. Los que cono­cen a los habitantes de esa tierra calcularon que más del 75 por ciento de los que concurrieron al templo con motivo de su dedicación eran descendientes del padre Lehi.

Para mí fue motivo de gran inspiración el observar sus semblantes: bellos los padres, y adorables sus hijos. Pude ver, casi como en una visión, a genera­ciones de sus progenitores: los gloriosos días de su fortaleza y rectitud, cuando conocían a Cristo y lo adoraban; y también los años trágicos y desdichados que, extendiéndose por muchas generaciones, a causa de haberlo rechazado a Él, sólo los condujeron al de­rramamiento de sangre, como funesta consecuencia del constante conflicto en que vivían, en medio del dolor, la inmundicia, la pobreza y la opresión.

Muchos de los que con­currieron a la ceremonia de dedicación del templo eran personas que vivían en las áreas montañosas y en la selva de Guatemala, así como en otras regiones de los países centroamericanos. Acudieron al lugar como muestra de la forma en que su vida se había visto trans­formada gracias a fieles misioneros que, recorriendo de uno en uno esos humil­des hogares, les habían hablado de sus antepasados, leyéndoles en el Libro de Mormón su propio testa­mento de Cristo, olvidado ya en el pasado. El poder del Espíritu Santo ha pe­netrado hasta el corazón de esas personas. Las escamas de tinieblas se han ido desprendiendo gradualmente de sus ojos. Hoy en­contramos entre ellos hombres fuertes que sirven a su pueblo como presidentes de estaca y de misión, como obispos de barrio y patriarcas. También entre ellos hay mujeres hermosas y fuertes que presiden Socieda­des de Socorro, organizaciones de Mujeres Jóvenes y Primarias, quienes enseñan con sinceridad en las or­ganizaciones de la Iglesia. Cada una de estas personas posee un amor firme hacia el Señor y un testimonio conmovedor. Se trata de un milagro de estos últimos días, un acontecimiento maravilloso de presenciarse. ¿Y cómo sucedió? ¿Cómo tuvo lugar tal transformación?

El verdadero espíritu del Maestro

Para comprender dicha transformación, no se necesita más que ver a los muchos misioneros que han servido en esa parte del mundo, quienes, obedientes al Señor, aceptaron el llamado que les extendió Su profeta para servir en una misión. El apóstol Pedro dijo hace mucho tiempo que Jesús “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). Como embajadores Suyos, los misioneros de nuestra generación han ido y conti­núan yendo por el mundo haciendo el bien compene­trados del verdadero espíritu del Maestro. Permitid­me describiros a uno de ellos. El ejemplifica a mu­chos otros que también tienen un deseo sincero de servir al Señor.

El misionero al que me refiero es de California, Estados Unidos. Se crió en un ambiente común y corriente, no siendo miembro de la Iglesia. Después de conocer a una muchacha que era miembro de la Iglesia, se quedó tan impresionado con ella, que al enterarse de que era miembro, se interesó en saber más acerca de la Iglesia. Mientras completaba en la universidad un programa de estudios superiores bas­tante exigente, otros estudiantes le enseñaron el evangelio y el buen joven se bautizó. Con denodado esfuerzo, se dedicó a trabajar después de las clases y durante los veranos para ahorrar suficiente dinero pa­ra sostenerse muy ajustadamente durante un período de dieciocho meses como misionero del Señor. Se le llamó a servir en Guatemala. Fue en el Templo de 1a. Ciudad de Guatemala donde conocí a ese apuesto jovencito de mente brillante y poseedor de una exce­lente educación y preparación en un campo suma­mente técnico. Encontrándonos ambos en el templo con motivo de la dedicación, me estrechó la mano calurosamente, y entonces yo le pregunté:

— ¿Se siente feliz?

— ¡Claro que sí! ¡Muy feliz! —me respondió. Cuando le pregunté en qué lugar estaba sirviendo co­mo misionero, declaró entusiasta:

—Allá entre los lamanitas, la gente nativa de Guatemala. Es un lugar bastante pequeño, en el que hay mucha pobreza, pero la gente es maravillosa, y yo la quiero tanto.

Las promesas del Señor

Al recordar a ese apuesto joven, dotado de tanto talento y tan bien preparado académicamente, sir­viendo entre los indígenas de Guatemala, en una al­dea entre la selva, vienen a mi mente las palabras de Samuel el Lamanita:

“Sí, os digo que en los postreros tiempos se han extendido las promesas del Señor a nuestros herma­nos los lamanitas; y a pesar de las muchas aflicciones que experimentarán, y no obstante que serán echados de un lado al otro sobre la superficie de la tierra, y serán perseguidos y heridos y dispersados, sin tener Jugar donde refugiarse, el Señor será misericordioso con ellos.

“Y esto de acuerdo con la profecía de que serán traídos al conocimiento verdadero, que es el conoci­miento de su Redentor y de su gran y verdadero pas­tor, y serán contados entre sus ovejas.” (Helamán 15:12-13.)

Ese joven misionero, junto con sus compañeros de labor, estaba ayudando a aquellos entre quienes ca­minaba a recibir el “conocimiento verdadero, que es el conocimiento de su Redentor y de su gran y verda­dero pastor”, para ser contados entre Sus ovejas.

Ese jovencito al que me he referido nunca recibió en el campo misional una carta de sus padres, ni tam­poco dinero, ni apoyo moral. Con el dinero que había ahorrado, tenía suficiente para sostenerse du­rante esos dieciocho meses de servicio. Ya que en esos días en que él estaba por terminar su misión se anunció que se estaba extendiendo el período de ser­vicio misional de dieciocho a veinticuatro meses, se le ofreció la alternativa de quedarse por seis meses más. Lleno de emoción, le preguntó a su presidente de misión: “¿Existe alguna manera de que alguien me ayude para poder quedarme seis meses más y trabajar entre esta gente a la que he llegado a querer tanto?” En efecto, se encontró una persona que estaba dis­puesta a sufragar sus gastos por ese período de tiem­po, de modo que el misionero pudo servir por veinti­cuatro meses.

Como él, hay muchos misioneros, miles de ellos, laborando en muchas tierras, haciendo mucho bien, compenetrados del espíritu del Señor.

El presidente del Templo

Me gustaría hablar de otra persona a quien conocí también en Guatemala. Se trata de John O’Donnal, el presidente del Templo de la Ciudad de Guatemala. Parado enfrente de la congregación, con la voz entre­cortada por la emoción, habló de su vida. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

“Y los dos serán una sola carne” las relaciones íntimas en el matrimonio

Liahona Junio 1987
“Y los dos serán una sola carne”
las relaciones íntimas en el matrimonio
Por Brent A. Barlow

Ni el marido ni la mujer por sí solos deben controlar la relación física. Al contrario, ambos deben… observar una actitud afectuosa hacia el otro.
De la misma forma en que el esposo debe buscar tiempo para pasarlo con su esposa, ella también necesita hacer lo mismo.

Hace muchos años, cuando era una joven mi­sionero y me acababan de asignar un nuevo compañero, conocimos a un ministro protes­tante que nos invitó a pasar a su casa para que no nos congeláramos afuera en la calle. Después de inter­cambiar algunas ideas sobre diferentes temas, nos hi­zo esta pregunta: “¿Y qué piensan los mormones en cuanto a lo sexual?”

Ante la pregunta tan inesperada, me atraganté con el chocolate caliente que estaba tomando, y no pude decir nada. “Y bien”, repuso el ministro después de un rato de silencio, “¿me pueden explicar cuál es la filosofía del mormonismo con respecto a la sexuali­dad?” En vista de que yo no profería palabra, mi compañero se dio cuenta de que no tenía respuesta y replicó: “Creemos en ella, señor”.

Han pasado ya más de veinte años desde aquel in­cidente. En mi carrera como consejero matrimonial y catedrático universitario, muchos estudiantes, ami­gos, profesionales, miembros de la Iglesia y otros me han hecho la misma pregunta, para la cual no he encontrado mejor respuesta que aquella que dio mi joven compañero de misión: “Creemos en ella”.

Así es efectivamente, creemos en ella y sabemos acerca del dolor que acarrea su uso incorrecto fuera de los vínculos del matrimonio. Estamos totalmente conscientes de las advertencias que al respecto han dado los profetas, tanto del pasado como del presen­te. Concerniente al asunto, el profeta Alma declaró a su hijo Coriantón: “La maldad nunca fue felici­dad”. (Alma 41:10.)

No obstante, conocemos también el resultado be­neficioso de las relaciones apropiadas dentro del ma­trimonio. Estamos plenamente conscientes del gozo y sentido de unión de que disfruta una pareja casada cuando ambos nutren este aspecto de su matrimonio.

Pero a pesar de las grandes posibilidades de gozo que traen las relaciones sexuales en el matrimonio, muchas parejas consideran frustrante su relación se­xual y hasta la convierten en motivo de contención. En efecto, la incapacidad de llevar una buena rela­ción íntima es una de las principales causas del divor­cio. El presidente Spencer W. Kimball señaló en uno de sus libros lo que sucede aun en nuestra Iglesia: “Si se analizan los divorcios, tal como lo hemos tenido que hacer en estos últimos años, se advierte que han existido una, dos, tres y hasta cuatro razones para consumarlos; el sexo ha sido generalmente la razón número uno. Muchas parejas han recurrido al divor­cio debido a que no se han llevado bien en este as­pecto. Cuando esas son las circunstancias, es proba­ble que ni mencionen esto ante el tribunal, y que ni siquiera se lo digan a sus abogados, pero esa es la razón esencial”. (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, Salt Lake City: Book- craft, 1982, pág. 312.)

Ideas erradas con respecto a las relaciones sexuales

¿Cómo es posible que algo tan bello pueda ser la causa de tantos problemas? Parte de la dificultad yace en las ideas erradas que prevalecen en nuestro medio. Algunas personas piensan que las relaciones sexuales son un mal necesario para poder tener hijos. Es posi­ble que sus padres hayan sentido vergüenza de hablar con ellos sobre este tema. Es probable que hayan te­mido tanto que sus hijos quebrantaran la ley de casti­dad, que por ello solamente les enseñaron las conse­cuencias negativas de la sexualidad.

Algunas ideas equivocadas provienen de la mala interpretación de ciertos versículos bíblicos. Por ejemplo, en Efesios 5:22 se les dice a las esposas que estén “sujetas” a sus maridos. Algunos han interpre­tado erróneamente esta escritura, diciendo que signi­fica que las mujeres deben ceder ante los deseos de sus esposos aun cuando no tengan la disposición de hacerlo. Por supuesto que en condiciones tales, las expresiones íntimas de afecto no pueden dar lugar a la unidad marital desde ningún punto de vista.

Un bello poder

La sexualidad es en realidad un bello poder dado por Dios a la humanidad. El presidente Kimball seña­ló en uno de sus discursos: “La Biblia aprueba la fun­ción sexual y su uso debido, y la presenta como algo creado, ordenado y bendecido por Dios. Aclara que Dios mismo implantó la atracción física entre los se­xos por dos motivos: para la propagación de la raza humana y para la expresión de esta clase de amor entre el hombre y la mujer, que constituye la verda­dera unidad. Su mandamiento a la primera pareja de ser ‘una sola carne’ fue tan importante como su pre­cepto de ‘fructificad y multiplicaos’ ”. (Cita de Billy Graham [un conocido evangelista norteamericano], usada por Spencer W. Kimball en “Pautas para efec­tuar la obra de Dios con pureza”, Liahona, ago. de 1974, pág. 36.)

Es interesante notar que en las Escrituras no apare­cen las palabras sexo ni sexualidad. En su lugar, se utiliza la palabra conocer para referirse a la relación íntima entre el hombre y la mujer. El “conocerse” o “familiarizarse” constituye un aspecto satisfactorio del amor conyugal. Un buen matrimonio puede so­brevivir sin la relación sexual, como en aquellos ca­sos en los que uno de los consortes se encuentra en­fermo o incapacitado físicamente. Pero este aspecto íntimo de “conocerse” el uno al otro contribuye al carácter integral de la relación matrimonial.

Un tema apropiado de conversación

El que ambos cónyuges hablen sobre las dimensio­nes físicas de su relación los puede ayudar a conocer­se mutuamente en el aspecto físico. Aun aquellas pa­rejas que hablan libremente sobre asuntos económi­cos, la disciplina de sus hijos, actividades recreativas y otros temas similares se sienten a menudo incómo­dos al abordar el tema de la intimidad sexual. Algu­nas veces suponen que sus relaciones íntimas deben marchar correctamente en forma “natural”, y que el hablar acerca de ello significa que algo anda mal. Desde luego que esto no es cierto; mientras que los asuntos íntimos del matrimonio, debido a su natura­leza sagrada, no deben comentarse con amigos o pa­rientes, es completamente apropiado el hacerlo entre cónyuges.

En cuanto a este asunto, el élder Hugh B. Brown, un apóstol del siglo veinte y miembro de la Primera Presidencia, expuso lo siguiente: “Se han destrozado muchos matrimonios en las peligrosas rocas de la ig­norancia y la conducta sexual degradante, tanto an­tes como después del matrimonio. La gran ignorancia por parte de los recién casados en cuanto a dónde dirigirse para recibir la guía correcta es causante de mucha infelicidad y hogares destrozados.

“Miles de jóvenes llegan al matrimonio casi igno­rantes por completo en lo que concierne a esta fun­ción básica y fundamental. . .

“Si aquellos que están contemplando embarcarse en la más gloriosa e íntima de todas las relaciones humanas [el matrimonio] se preocuparan de preparar­se para las responsabilidades que les esperan,… si hablaran abiertamente sobre los aspectos delicados y santificantes de la vida sexual armoniosa que conlle­va el matrimonio… se evitarían muchos pesares angustias y tragedias.” (You and Your Marriage, Salt Lake City: Bookcraft, 1960, págs. 22-23, 73; véase también Fundamentos para el matrimonio en el templo (PCSS58A7SP], 1980, pág. 70.)

El dialogar sobre esta relación íntima —incluyendo los sentimientos y las emociones que la acompañan—puede obrar grandes resultados en el fortalecimiento del matrimonio.

Una expresión de amor, lealtad y unidad

  • Algunos de los pro­blemas en este aspecto del matrimonio se suscitan cuando uno de los cónyuges limita su uso de modo insensato, o lo usa en forma indebida. La sexua­lidad debe ser parte integral del amor y del acto de dar. Cualquier uso en el que no existan estos senti­mientos es un acto inapropiado.

En los años de experiencia que llevo como con­sejero matrimonial, he descubierto que hay algunas parejas que piensan que la expresión sexual debe res­tringirse a una sola dimensión: la de la reproducción. No obstante, el presidente Kimball enseñó: “No te­nemos conocimiento de que el Señor haya dado ins­trucciones de que la debida relación sexual entre ma­rido y mujer deba limitarse totalmente a la procrea­ción”. (“El plan del Señor para el hombre y la mujer», Liahona, abr. de 1976, pág. 3.) La procrea­ción es un aspecto integral y bello de la intimidad conyugal, pero el utilizar esta intimidad únicamente para este propósito es negar su inmenso potencial co­mo expresión de amor, lealtad y unidad.

El abuso de las relaciones íntimas

Por otro lado, hay parejas que consideran que la única razón por la que existe la sexualidad es para lograr gratificación física. Estas personas se obsesio­nan tanto por saciar sus apetitos que olvidan comple­tamente la verdadera emoción del amor. Hay otros que emplean la sexualidad como arma o instrumento de extorsión. Esto no solamente constituye un abuso del privilegio que Dios nos ha dado, sino que también muestra gran egoísmo por parte de uno o ambos compañeros y convierte las relaciones sexuales en algo destructivo, más bien que en un elemento de unión en el matrimonio. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 3 comentarios

Los deseos de, nuestro corazón

Liahona Junio 1987
Los deseos de, nuestro corazón
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 8 de octubre de 1985.

Todos deseamos recibir la bendición suprema de la exaltación en el reino ce­lestial. Aun cuando a veces fraca­samos en vivir de la manera en que debemos, nunca dejamos de desear Jo bueno, y este tema es precisamente del que quiero ha­blar, de “los deseos de nuestro co­razón”.

Me interesa este tema por el hecho de que muestra el contras­te entre las leyes de Dios, según se nos han revelado por medio de las Escrituras, y lo que llamaré las leyes del hombre, según se estipu­lan en los códigos nacionales y estatales con los cuales traté du­rante los treinta años de mi profe­sión jurídica.

Las leyes de Dios y las del hombre

Las leyes de Dios se refieren a las cosas espirituales, y tanto nuestros pensamientos y deseos como nuestras obras traen conse­cuencias espirituales. Sin embar­go, las leyes del hombre se basan más que todo con nuestras obras.

Me gustaría ilustrar con un sencillo ejemplo el contraste al que me he referido. Supongamos que uno de vuestros vecinos tiene un flamante automóvil y que ca­da vez que lo estaciona enfrente de su casa, vosotros añoráis tener uno como ése y empezáis a codi­ciarlo, sin ejecutar ninguna ac­ción concreta. Con el solo hecho de haberlo codiciado, aun cuando no hayáis procedido a hacer na­da, ya habéis quebrantado uno de los Diez Mandamientos (véase Éxodo 20:17), lo que tendrá re­percusiones espirituales.

Hasta este punto no habéis quebrantado ninguna ley huma­na; sin embargo, si decidieseis apropiaros de ese vehículo, estaríais cometiendo un delito del cual se os podría castigar según las leyes del hombre. Para impu­taros el castigo correspondiente, la ley trataría de averiguar la in­tención que hubieseis tenido al adueñaros del coche. Si toda vuestra intención hubiese sido el tomarlo prestado bajo la creencia equívoca de que a vuestro vecino no le importaría y de que él accedería a que lo hicieseis, pro­bablemente no se os declararía culpables de ningún delito. No obstante, sin lugar a dudas se os haría responsables de cualquier daño que pudiese sufrir el auto­móvil debido a su uso ilegal. Si vuestra intención hubiese sido la de utilizarlo en contra de la vo­luntad del dueño, para devolverlo a un corto plazo de tiempo, habríais cometido un delito me­nor. Si, por el contrario, la in­tención hubiese sido apropiaros definitivamente de él, se os inculparía de un crimen grave. A fin de determinar cuál de éstos sería vuestro caso, el juez o jurado trataría de establecer vuestra con­dición mental.

En algunos casos, la ley del hombre indaga el estado mental de un individuo para determinar las consecuencias de ciertos actos que se cometen, más nunca casti­gará sobre la base de los deseos o intenciones únicamente. Así su­cedió en los tiempos del Libro de Mormón, como podemos leerlo en Alma, que la gente de Nefi podía ser castigada según sus crímenes, pero “no había ningu­na ley contra la creencia de un hombre” (Alma 30:11). Menos mal que esto es así, porque la ley no cuenta con ningún medio confiable para escudriñar el cora­zón de una persona.

En contraposición a lo ante­rior, tenemos que la ley de Dios sí puede señalar las consecuencias de nuestros hechos basándose ex­clusivamente en nuestros pensa­mientos y deseos más recónditos. Tal y como Ammón le declaró al rey Lamoni, la manera de proce­der de Dios es como sigue: “Sus ojos están sobre todos los hijos de los hombres; y conoce todos los pensamientos e intenciones del corazón; porque por su mano to­dos fueron creados desde el prin­cipio” (Alma 18:32).

En forma similar, Pablo les ad­virtió a los hebreos que Dios “dis­cierne los pensamientos y las in­tenciones del corazón” y que “to­das las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12-13).

En otras palabras, Dios nos juz­ga no solamente por nuestros ac­tos, sino también por los deseos del corazón. Esto no ha de sor­prendernos, puesto que el libre albedrío y el hacernos responsa­bles son principios eternos. Ejer­cemos ese libre albedrío no sólo mediante, lo que hacemos, sino también lo que decidimos, lo que queremos y lo que deseamos. Por lo tanto, somos totalmente res­ponsables de los deseos de nues­tro corazón.

Este principio tiene aplicación tanto negativa —haciéndonos culpables de pecado por nuestros pensamientos y deseos perver­sos— como positiva —prome­tiéndonos bendiciones por nues­tros deseos justos.

Los deseos pecaminosos

El Señor definió uno de los de­seos pecaminosos cuando declaró: “He aquí, fue escrito por los an­tiguos que no cometerás adulterio;

“más yo os digo que quien mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su cora­zón.” (3 Nefi 12:27-28; véase también Mateo 5:27-28.)

El Nuevo Testamento condena también la ira y los sentimientos mezquinos —otro ejemplo de pe­cados que se cometen propiamen­te con la mente. (Véase Mateo 5:22.)

Aun aquellos que predican el evangelio —acto que por lo gene­ral consideramos como justo— pecan si lo hacen para satisfacer intereses personales, más bien que para ayudar a que crezca la obra del Señor. “Son supercherías sacerdotales el que los hombres prediquen y se constituyan a sí mismos como una luz al mundo, con el fin de poder obtener lucro y alabanza del mundo; pero no buscan el bien de Sión” (2 Nefi 26:29; véase también Alma 1:16.)

También aquellos que se acer­can al Señor con sus labios, pero su corazón está lejos de Él, son culpables de la misma clase de pe­cado. (Véase Isaías 29:13; Mateo 15:8; 2 Nefi 27:25; y José Smith—Historia 19.) El salmista condenó de la misma manera al pueblo del antiguo Israel porque “sus corazones no eran rectos con [Dios]” (Salmos 78:37).

Mormón enseñó que si no es recto nuestro corazón, aunque hagamos una buena acción, no se nos contará por justicia. “Porque he aquí, Dios ha dicho que un hombre, siendo malo, no puede hacer lo que es bueno; porque si presenta una ofrenda… a me­nos que lo haga con verdadera in­tención, de nada le aprovecha.

“Porque he aquí, no le es con­tado por justicia.

“Pues he aquí, si un hombre, siendo malo, presenta una ofren­da, lo hace de mala gana; de mo­do que le es contado como si hu­biese retenido la ofrenda; por tanto, se le tiene por malo ante Dios.” (Moroni 7:6-8.)

Aun a nuestras oraciones apli­có Mormón este principio: “E igualmente le es contado por mal a un hombre, si ora y no lo hace con verdadera intención de cora­zón; sí, y nada le aprovecha, por­que Dios no recibe a ninguno de éstos” (Moroni 7:9).

Podemos educar nuestros deseos

¿Cuándo podemos decir que nuestro corazón es recto con Dios? Lo es cuando deseamos ver­daderamente lo que es recto. Es recto con Dios cuando deseamos lo que El desea.

La fuerza de voluntad con la que se nos ha dotado por medios divinos nos permite controlar nuestros deseos, pero es posible que nos lleve muchos años edu­carlos hasta el punto en que sean completamente rectos. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Valientes en el testimonio de Jesús

Liahona Junio 1987
Valientes en el testimonio de Jesús
Por el presidente Ezra Taft Benson

El tener un testimonio de Jesucristo significa que él, en el Jardín de Getsemaní, tomó sobre sí, voluntariamente, los pecados de toda la humanidad, lo que le causó un sufrimiento físico y espiritual tan grande, que sangró por cada poro. Y lo hizo para que nosotros, si nos arrepentimos, no tengamos que sufrir.

UNA DE LAS BENDI­CIONES más preciadas que está al alcance de todos los miembros de la Iglesia es un testimonio de la divinidad de Jesucristo y de su Iglesia, el cual es una de las pocas posesiones que podemos llevar con nosotros al dejar esta vida.

Tener un testimonio de Jesús es poseer el conocimiento, por medio del Espíritu Santo, de la divina misión de Jesucristo.

Tener un testimonio de Jesús es tener la certeza de la naturaleza divina del nacimiento de nuestro Señor: que Él es, de hecho, el Hijo Unigénito de Dios en la carne.

Tener un testimonio de Jesús es saber que Él fue el Mesías prometido y que mientras vivió entre los hombres llevó a cabo muchos milagros grandiosos.

Tener un testimonio de Jesús es saber que las leyes que Él ha prescrito como Su doctrina son verdaderas y, con ese conocimiento, vivir de acuerdo con esas leyes y ordenanzas.

Tener un testimonio de Jesús es saber que El, en el Jardín de Getsemaní, tomó voluntariamente sobre Sí los pecados de todos los hombres, que lo hizo sufrir, tanto física como espiritualmente, y sangrar por cada poro. El hizo todo eso para que nosotros no tuviéramos que padecer si nos arrepentíamos. (Véase D. y C. 19:16,18.)

Tener un testimonio de Jesús es saber que Él se levantó triunfante de la tumba con un cuerpo físico y resucitado. Y precisamente porque Él vive, vivirá también toda la humanidad.

Tener un testimonio de Jesús es saber que Dios el Padre y Jesucristo en verdad aparecieron al profeta José Smith para establecer una nueva dispensación de Su evangelio, a fin de que pudiera predicarse la salvación a todas las naciones antes de Su venida.

Tener un testimonio de Jesús es saber que la Iglesia, que El estableció en el meridiano de los tiempos y que El restauró en los tiempos modernos, es “la única Iglesia verdadera y viviente” (D. y C. 1:30).

Tener un testimonio de Jesús es de gran valor, pero aún más importante es ser valiente en nuestro testimonio.

SER VALIENTE EN UN TESTIMONIO de Jesús significa aceptar la divina misión de Jesucristo, aceptar su evangelio y hacer su obra. También significa aceptar la misión profética de José Smith y sus sucesores y seguir su consejo. Tal como Jesús ha dicho: “Sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).

Refiriéndose a aquellos que recibirán las bendiciones del reino celestial, el Señor dijo a José Smith: “Estos son los que recibieron el testimonio de Jesús, y creyeron en su nombre, y fueron bautizados según la manera de su sepultura, siendo sepultados en el agua en su nombre; y esto de acuerdo con el mandamiento que él ha dado.” (D. y C. 76:51.)

Estos son aquellos que son valientes en su testimonio de Jesús, “y son quienes vencen por la fe, y son sellados por el Santo Espíritu de la promesa, que el Padre derrama sobre todos los que son justos y fieles” (D. y C. 76:53).

¡Aquellos que son justos y fieles! ¡Qué expresión tan apropiada para los valientes en el testimonio de Jesús! Ellos defienden con valor la verdad y la justicia; son miembros de la Iglesia que magnifican sus llamamientos (véase D. y C. 84:33), pagan sus diezmos y ofrendas, viven vidas moralmente limpias, apoyan a sus líderes de la Iglesia en palabra y acción, santifican el día de reposo y obedecen todos los man­damientos de Dios. A estos valientes el Señor ha prometido que “todos los tronos y dominios, princi­pados y potestades, serán revelados y señalados a to­dos los que valientemente hayan padecido por el evangelio de Jesucristo” (D. y C. 121:29).

El no ser valiente en el testimonio que se posee es una tragedia de consecuencias eternas.

Hay miembros de la Iglesia que saben que esta obra de los últimos días es verdadera, pero que, a pesar de ello, no perseveran hasta el fin.

La persona que se justifica diciendo que tiene un testimonio de Jesucristo, pero que no acepta la dirección y el consejo de los líderes de su Iglesia, está en una posición fundamental­mente errada y está en peligro de perder la exaltación.

DESDE MI JUVENTUD he valorado con grati­tud el testimonio de la veracidad de la glorio­sa obra en la cual estamos embarcados, y oro para siempre ser valiente en ella. Quiero que sepáis que amo a mis consejeros, a mis hermanos del Quo­rum de los Doce, del Primer Quorum de los Setenta y del Obispado Presidente. Sé que ellos han sido asig­nados por nuestro Padre Celestial. Apoyo sus inspira­das palabras y consejos, y os testifico de la unión que existe entre las Autoridades Generales de la Iglesia.

– Amo a los miembros de la Iglesia; amo a todos los hijos de mi Padre Celestial y deseo que todos reciban las bendiciones de la vida eterna. Sé que eso es lo que el Señor, nuestro Salvador y Redentor, desea pa­ra cada uno de nosotros.

Mi súplica a todos los miembros de la Iglesia es que sean valientes, verídicos y leales:

“Firmes creced en la fe que guardamos,
por la verdad y justicia luchamos;
a Dios honrad, por El luchad,
y por su causa siempre velad.”
(Himnos de Sión, 59.)

Testifico que ésta es la Iglesia de Jesucristo; que El la preside y que está cerca de Sus siervos. Que Dios nos bendiga a todos para que seamos valientes en nuestro testimonio de Él, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

De vuelta al redil

Liahoma Mayo 1987
De vuelta al redil
por el élder Hartman Rector, hijo
del Primer Quorum de los Setenta

En una publicación fechada el 22 de diciembre de 1985, la Primera Presidencia extendió una invitación especial a todas las personas que estuvieran inactivas, o a las que les hubieran sido suspendidos sus derechos o excomulgadas, para que se reintegrasen a una completa actividad en la Iglesia. El propósito de esta invitación es proveer mayor gozo a todos los miembros de la Iglesia, porque la única forma que un miembro de ella puede ser verdaderamente feliz es guardando los mandamientos. El Señor dijo: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis» (Juan 13:17).

El Señor espera que cada uno de nosotros trate de ayudar a aquellos que se encuentran alejados de la hermandad de la Iglesia, cualquiera sea la razón. La reactivación de sus miembros es uno de los problemas más importantes que la Iglesia ha enfrentado en esta dispensación y en cualquier otra.

A los tres testigos del Libro de Mormón realmente se les mostraron las planchas por intermedio de un ángel de Dios, y escucharon la voz de Dios que les mandaba dar testimonio de lo que habían visto y oído. Sin embargo, incluso después de estas experiencias espirituales, cada uno de ellos con el tiempo se ofendió y apostató de la Iglesia. Dos regresaron más tarde. De los doce miembros originales del Quorum de los Doce Apóstoles, siete apostataron y fueron excomulgados. Tres regresaron por medio de las aguas bautismales continuando su actividad en la Iglesia; cuatro no lo hicieron.

Aparentemente Jesús enfrentaba este mismo problema al principio de su ministerio. En el capítulo 15 de Lucas describe tres formas distintas de cómo surge la inactividad, o la falta de participación de los miembros, y sugiere por lo menos tres formas diferentes de lograr la reactivación. Este es el tema de tres parábolas: (1) la oveja perdida (Lucas 15:4-7), (2) la moneda perdida (Lucas 15:8— 10) y (3) el hijo pródigo (Lucas 15:11-32).

La oveja perdida

En la parábola de la oveja perdida parece ser que la oveja se perdió porque se desvió. Probablemente no tenía la intención de perderse, pero se distrajo y no puso atención hacia dónde iba.

¿Cómo se consigue que una oveja perdida regrese al rebaño? Se va en su busca, se le encamina y se le trae hasta el rebaño. Generalmente la oveja se siente tan feliz de encontrarse a salvo en el rebaño que corre y salta de alegría.

La moneda perdida

En la parábola de la moneda perdida, la moneda se perdió por la negligencia de la dueña. Al darse cuenta de lo que ha hecho, el dueño tiene la responsabilidad de buscar en forma diligente hasta encontrar lo que ha perdido.

Recuerdo una oportunidad en que un joven padre, miembro de la Iglesia, siguiendo una tradición de los Estados Unidos, compró una caja de puros para regalarles a sus amigos para anunciar el nacimiento de su primer hijo. Ingenuamente le ofreció uno al bispo, quien al recibirlo lo destrozó y tiró al basurero, enfrente de él. Este acto desconsiderado ofendió tanto al nuevo padre que nunca más regresó a la Iglesia. De hecho, ha criado a toda su familia de hijos y nietos fuera de la Iglesia.

En mi opinión, el obispo era parcialmente responsable por la pérdida de esa alma y debió haber buscado esa «moneda» hasta encontrarla y regresarla a donde correspondía. Si inmediatamente se hubiera disculpado por su falta de tacto, posiblemente el joven padre hubiese regresado y hasta se hubiese hecho más fuerte.

Esta parábola nos enseña que cuando ofendemos a alguien, tenemos la responsabilidad de enmendar la situación o de buscar hasta encontrar lo que perdimos. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

Algunas ideas acerca del matrimonio

Algunas ideas acerca del matrimonio

Por el élder Theodore M. Burton
Del Primer Quórum de los Setenta

De un discurso pronunciado en la Universi­dad Brigham Young en Provo, Utah, Estados Unidos.

Desde mi punto de vista, una de las más grandes historias de amor de todas las épocas ha sido muy rara vez reconocida como tal. Es más, si la habéis leído, es muy probable que no la hayáis califi­cado como una historia de amor. Me refiero en particular a la de Adán y Eva.

Cuando Adán fue puesto sobre la tierra, era un hombre perfecto tanto física como men­talmente, creado a la imagen de Dios; pero tenía una desventaja: no podía recordar de dónde ve­nía ni el conocimiento que había tenido antes de venir a la tierra.

Por lo tanto, fue necesario que volviera a aprender todo de nuevo.

Después de haber creado a Adán, el Padre le dijo al Hijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18).

Y así se creó a Eva, para ser compañera y esposa de Adán. Y como en esa época la muerte no existía sobre la tierra, habrían de estar unidos en matrimo­nio por todas las eternidades.

La gran historia de amor

Cuando Adán vio a Eva, ese ser glorioso que había sido sella­do a él como su esposa, sintió un gran amor por ella, porque, sim­bólicamente, había sido tomada de la costilla que estaba junto a su corazón. Entonces dijo: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del va­rón fue tomada” (Génesis 2:23). Acerca de uniones como ésta el Salvador dijo: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).

Una de las preocupaciones de los líderes de la Igle­sia acerca del matrimonio, y particularmente del ca­samiento y sellamiento en el templo, es la poca im­portancia que algunos miembros le dan a este manda­to santo y eterno. Parecería que hay demasiadas per­sonas que se casan en el templo con la idea de que dicho matrimonio es muy similar a cualquier otro.

Pero un casamiento en el templo se realiza bajo la especial autoridad del sacerdocio proveniente de Dios y, por lo tanto, es una ordenanza sagrada que debe tomarse muy seriamente. El casamiento en el templo significa que ha de perdurar para siempre.

La diferencia entre el amor y el odio

Muchos miembros de la Iglesia no comprenden la santidad del convenio del casamiento en el templo; es como si dijeran: “Si no resulta, podemos hacer un cambio. Si me canso de mi cónyuge, puedo ob­tener una anulación del sellamiento e intentar de nue­vo con otro”. Si se va al casamiento celestial con este tipo de actitud, cualquiera que sea el amor en que se basó dicha relación, tarde o temprano se con­vertirá en indiferencia y hasta quizás en odio.

¿Por qué muere el amor entre una pareja? Veamos la gran diferencia que existe entre la actitud y los hechos de Jehová y los de Lucifer, ya que ellos repre­sentan la diferencia entre el amor y el odio.

Jesús no pensó sólo en sí mismo, sino que captó una perspectiva más amplia acerca del verdadero amor del Padre; no pensó sólo en su conveniencia, sino en los demás y en lo que Él podía hacer por ellos. Jesús sabía que el plan de salvación del Padre era de vital importancia para el progreso y el desarro­llo de la humanidad; generosamente ofreció su propia vida mortal futura para ser nuestro Salvador.

Lucifer, por otro lado, pensó sólo en sí mismo; creyó que sabía más de la vida que el mismo Dios el Padre, y en su arrogancia y vanidad quería obligarnos a ser justos, lo deseáramos o no. El odio comienza con el egoísmo, y el egoísmo de Lucifer lo guio, sin lugar a dudas, al odio.

El creer en el evangelio

Este plan de egoísmo es el evangelio satánico que Lucifer está predicando en la actualidad y que mu­chos, engañados, aceptan porque no pueden ver sus – artimañas y sus trampas; es un evangelio de oposición que derriba, destruye, denigra y hace que todo sea desfavorable. Aplicado al matrimonio, lleva a la des­trucción de familias por medio de la contención, la disensión y la iniquidad.

Jesús simplemente dice: “¡Creed!” El creer en el evangelio es lo que establece la diferencia entre lo bello y lo feo, entre el amor y el odio, entre el gozo eterno y el tormento eterno; el creer en el evangelio establece una gran diferencia en el cortejo y en el matrimonio.

Para comprender la importancia del casamiento en el templo, primero debemos creer, de todo corazón, que somos hijos espirituales de Dios. Además, es de vital importancia que nos demos cuenta de que todos tenemos un origen divino, que Dios es real y que Él vive.

Segundo, debemos recordar que Jesucristo es nues­tro Salvador Ungido; que es tanto el amor que siente por cada uno de nosotros que dio Su vida para expiar nuestros pecados siempre y cuando nos arrepintamos y nos santifiquemos. Su vida fue una de generosa de­voción.

Una vida basada en estos principios es también la base tanto para el cortejo como para el matrimonio. En este último, el verdadero amor cristiano implica brindar un servicio desinteresado a nuestro cónyuge.

Una pregunta importante en el matrimonio

Además, nuestro Padre Celestial espera que cada uno de nosotros actúe con sabiduría. Cuando escojáis a vuestro compañero eterno, no debéis precipitaros a hacer un convenio tan importante como lo es el ma­trimonio sin llegar a conocer a vuestro futuro cónyu­ge lo mejor que podáis. Casarse con una persona a la cual habéis conocido por sólo un corto período de tiempo no es lo más prudente. Porque, tanto la fe de la otra persona como la vuestra debe primeramente ponerse a prueba. ¿Es él o ella una persona honrada y responsable en cumplir las cosas que se compromete a hacer? En otras palabras, ¿es digna de confianza? Esta es una pregunta muy importante en el matrimonio ya que el ser digno de confianza es más admirable que el ser amado.

Debéis saber acerca del pasado de vuestro compa­ñero, así como el de su familia. Debéis enteraros del ambiente en el cual se crió, así como observar sus costumbres e ideales y estar al tanto de las experien­cias que ha vivido.

El casarse con una persona que tiene problemas de honradez o con la Palabra de Sabiduría, por ejemplo, con la idea de reformarla por medio del matrimonio, raras veces da resultados. Si la persona ha de arrepen­tirse, debe hacerlo antes del casamiento y no des­pués, y el cambio que se produzca debe ser tan com­pleto que casi no debe existir la posibilidad de que reincida en los antiguos malos hábitos después del matrimonio.

El maltrato físico es otro problema que a menudo proviene de las experiencias que la persona haya te­nido en la niñez. Cuando el niño que ha sido físicamente maltratado crece y se casa, tiene la ten­dencia a maltratar del mismo modo a sus propios hijos, a menos que la influencia sanadora del Salva­dor le indique un nuevo camino. Lo mismo sucede con otros tipos de abusos, como el incesto. Con de­masiada frecuencia, los niños que han sido ultrajados sexualmente someten más tarde a sus propios hijos a esta misma atrocidad.

Preparaos para embarcaros en el matrimonio

Otra de las causas de la desdicha en el matrimonio es la inmadurez. Cuando las parejas se casan muy jó­venes, no están preparadas ni física, ni mental ni económicamente para las presiones de la vida conyu­gal, y cuando llegan los hijos, las obligaciones y las responsabilidades de la paternidad, terminan por abrumarlas aún más. Al enfrentarse a este tipo de problemas, la joven pareja pronto se da cuenta de que ni las expresiones de amor, ni la atracción física, ni el romanticismo pueden proveer la entrada de di­nero necesaria, el alimento nutritivo y las fuentes de recursos para casos de emergencia.

Si estáis preparados para embarcaros en el matri­monio, éste puede ser una experiencia gloriosa y ma­ravillosa. Pero, por el contrario, si carecéis de la ma­durez necesaria y la debida preparación, puede ser un desastre.

Una de las cosas que he observado al estudiar casos de matrimonios que han fracasado es que el divorcio muy rara vez soluciona los problemas matrimoniales. El dolor que deriva de un hogar destrozado es una de las tragedias más grandes de nuestro mundo actual.

Es casi imposible determinar el efecto devastador que el divorcio tiene en los hijos, quienes frecuentemente llegan a tener tal resentimiento que llegan a la madu­rez con gran amargura y desdicha. Cuando a ellos les llega el momento de enfrentarse al vínculo matrimo­nial, las posibilidades de que éste tenga éxito se ven limitadas muchas veces por los recuerdos de los pro­blemas, las peleas y las ofensas que vieron en el de sus padres.

Ninguno sale “ganando”

El divorcio también acarrea otros problemas. Los arreglos económicos que se establecen son general­mente insuficientes para mantener a una familia y, frecuentemente, la mujer divorciada tiene grandes di­ficultades para proveer para sus hijos, lo que trae co­mo consecuencia resentimientos y pesares. En un di­vorcio ninguno sale “ganando”, y muy pocas veces se le puede considerar como la solución a los problemas maritales.

Con frecuencia, la gran responsabilidad de los consejeros matrimoniales es ayudar a la pareja a esca­par del odio y el resentimiento que se han ido acu­mulando en el matrimonio. La solución yace casi siempre en el arrepentimiento y el perdón; el enojo y el rencor sólo conducen a acciones trágicas.

¡Si la gente tan sólo aprendiera a perdonar! Fre­cuentemente hago referencia a Doctrina y Convenios 64:9, que dice: “Por tanto, os digo que debéis perdo­naros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Se­ñor, porque en él permanece el mayor pecado”.

Debemos recordar el amor que Jesús demostró cuando nos enseñó a tratarnos los unos a los otros con bondad. Él dijo: “Porque si perdonáis a los hom­bres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os per­donará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15).

La bondad puede restaurar el amor

¿Cuándo aprenderemos que el amor puede ven­cer al odio y que la bon­dad y la humildad pueden en verdad restaurar el amor?

Permitidme dirigirme especialmente a aquellos que no han tenido nunca un compañero, o que lo han perdido por medio de la muerte, el divorcio o el abandono. No os desesperéis o penséis que todo se ha perdido. Recordad que sois hijos de Dios; tened fe en vuestro Padre Celestial; no os preocupéis acerca de lo que os sucederá después de la muerte; no os preocupéis de quién se casará con vosotros o quién recibirá a vuestros hijos que nacieron bajo el conve­nio. La muerte no pone fin a la posibilidad de encon­trar soluciones a lo que a menudo son actualmente problemas muy difíciles.

Lo único que debe preocuparnos en esta etapa te­rrenal es vivir lo más cristianamente posible, y si lo­gramos perdurar hasta el fin llevando una vida de amor y perdón, aquella gran historia que comenzó en la vida mortal con Adán y Eva puede también llegar a ser la nuestra. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Cómo ser feliz

Cómo ser feliz

Por el Élder Marlin K. Jensen
De la Presidencia de los Setenta

De un discurso pronunciado en una reunión espiritual celebrada en la Universidad Brigham Young el 19 de septiembre de 1995.

Hace varios años me llamó la atención un pasaje del Libro de Mormón que se encuentra en la primera parte, en la que se ha especializado nuestra familia, y que abarca el período de tiempo justo después de que Nefi se separó de Laman y de Lemuel y partió hacia el desierto. Allí Nefi estableció una sociedad basada en las verdades del Evangelio, sociedad de la cual dice: “Y aconteció que vivimos de una manera feliz” (2 Nefi 5:27).

Medité en el posible significado del vivir “de una manera feliz”. Sabía que tenía que estar relacionado con el Evangelio y el plan que Dios tiene para nosotros. Me preguntaba cuáles serían los elementos individuales de una vida y una sociedad verdaderamente felices y comencé a escudriñar los escritos de Nefi en busca de indicios.

La familia

Comienzo en 2 Nefi 5:6 con la observación de Nefi de que al viajar al desierto: “…yo… tomé a mi familia… y a Sam, mi hermano mayor, y su familia, y a Jacob y José, mis hermanos menores, y también a mis hermanas”. Esta es una clave significativa para la felicidad: nuestra propia familia.

Había una buena razón por la que Nefi llevó consigo al desierto a su parentela más justa. Él les perte­necía, y ellos le pertenecían a él. No existe ninguna otra organización que satisfaga de manera tan completa nuestra necesidad de ser parte de algo ni que nos proporcione la consiguiente felicidad tal como puede hacerlo la familia.

A veces, tras una placentera noche de hogar, o durante una ferviente oración familiar, o cuando toda nuestra familia está sentada a la mesa el domingo por la noche para tomar un ligero refrigerio, inmersa en una agradable y buena conversación, me digo a mí mismo: “Sí el cielo no es más que esto, para mí es más que suficiente”.

La observancia de los mandamientos

En 2 Nefi 5:10, Nefi dice: “Y nos afanamos por cumplir con los juicios, y los estatutos y mandamientos del Señor en todas las cosas”.

Ésta es una verdad simple pero poderosa: el vivir de manera recta y el guardar los mandamientos de Dios nos hace felices. Siempre podemos acudir a Alma en busca de grandes verdades; una de ellas, que en unas cuantas palabras refleja este tema, es: “…la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Es una pequeña frase digna del noticiario de la noche. Las palabras de Alma constituyen una declaración categórica sobre el tema, y las posibili­dades de demostrar que estaba equivocado se reducen a cero.

Desde lo más profundo de mi alma testifico que Satanás quiere que creamos que somos la excepción a las reglas de Dios, que de algún modo nuestras transgre­siones son más nobles y justificables que lo que jamás lo hayan sido las de cualquier otra persona, lo cual es mentira. Y no sólo ofendemos a Dios al quebrantar Sus leyes, sino que también nos ofendemos a nosotros mismos y a los demás y, por tanto, experimentamos dolor, sufrimiento y desdicha, precisamente lo contrario de la felicidad,

Las escrituras

En 2 Nefi 5:12, Nefi menciona que él “también había traído los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce”.

¿Por qué el tener acceso a las Escrituras sería un elemento importante para tener una vida feliz? Cualquiera que lea las Escrituras con regularidad desa­rrolla una perspectiva más clara, pensamientos más puros, y sus oraciones son más sinceras y profundas. Ciertamente, somos más felices cuando utilizamos las Escrituras para recibir respuesta a nuestras preguntas y necesidades más personales.

Las Escrituras nos limpian de los pensamientos malos y fortalecen nuestra determinación de resistir la tenta­ción, Nos dan consuelo en momentos de nece­sidad, como la muerte de un ser querido u otra tragedia personal. El leerlas nos pone en armonía con el Espíritu del Señor. Testifico que recibiremos gran cons­tancia y felicidad del estudio diario de la Biblia y de las Escrituras de la Restauración.

El trabajo

El versículo diecisiete del quinto capítulo de 2 Nefi dice: “Y aconteció que yo, Nefi, hice que mi pueblo fuese industrioso y que trabajase con sus manos”.

No importa el tipo de trabajo que tengamos en la vida, sé que seremos más felices si con regularidad trabajamos con nuestras manos. Esto puede hacerse de muchas formas: trabajar en el jardín, coser, acolchar, cocinar, hornear, reparar el coche, hacer reparaciones en la casa; la lista es interminable, así como también lo es la felicidad y el senti­miento de logro que tales actividades nos hacen sentir.

El templo

Nefi hizo otra observación muy interesante sobre su sociedad. En 2 Nefi 5:16, dice: “Y yo, Nefi, edifiqué un templo”. El templo de Nefi quizás difería en algunos aspectos de los templos que tenemos en estos días, pero su propósito principal era posiblemente el mismo: enseñar y orientar de forma continua a los hijos de Dios con respecto a Su plan para su felicidad, y proporcio­narles las ordenanzas y los convenios esenciales para el logro de dicha felicidad.

Puedo decir con toda franqueza que las personas más espiritualmente maduras y felices que conozco son las que devotamente asisten al templo. Y hay un buen motivo para ello, ya que es en el templo donde una y otra vez se nos repite el plan que Dios tiene para nosotros, dándonos en cada ocasión un mayor entendimiento y una renovada dedicación para vivir a Su manera.

El servicio en la iglesia

El elemento final de la sociedad de Nefi, registrado en 2 Nefi 5, tiene que ver con la función que nuestros llamamientos y servicio en la iglesia tienen que ver con una vida feliz. Nefi destaca en el versículo 26 que él “[consagró] a Jacob y a José para que fuesen sacerdotes y maestros sobre la tierra de mi pueblo”.

Es cierto que el verdadero servicio cris­tiano no se puede brindar exclusivamente a través de medios institucionales. Los pequeños y espontáneos actos de servicio personal, motivados por nues­tros sentimientos de caridad, son nece­sarios para nuestra salvación.

Pero la Iglesia organizada, tal como la ha establecido Dios, en la cual velamos por los demás y les pres­tamos servicio, y recibimos el cuidado y el servicio de ellos, nos proporciona una fuente maravillosa de felicidad a todos nosotros. Nefi mismo es el ejemplo perfecto de esta ética de prestar cuidado y servicio. No es por accidente que en el plan de Dios se nos haya dado una iglesia que “tiene necesidad de cada miembro” (D. y C. 84:110). Debido a que se nos necesita para servir, se nos anima a servir y somos capaces de servir, somos mucho más felices.

Otros elementos

Si vamos más allá del quinto capítulo de 2 Nefi., descu­brimos aún más sobre los estilos de vida que permitieron a Nefi y a su pueblo vivir de manera tan feliz. Sabemos que él “[esperó] anhelosamente y con firmeza en Cristo” (2 Nefi 25:24). El Salvador y Sus enseñanzas eran el centro de sus esfuerzos; él sabía y enseñaba, tal como lo han hecho todos los profetas, que la paz y la felicidad verdaderas sólo se obtienen mediante la remisión de nuestros pecados. En dosis cuantiosas, las enseñanzas del Salvador son el único antídoto seguro contra la infelicidad.

Es interesante descubrir que los principios de feli­cidad que Nefi comparte se encuentran en todas las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

Con frecuencia me pregunto por qué luchamos tanto por entender el significado de pasajes oscuros de las Escrituras cuando lo que es realmente importante para nuestra felicidad y salvación lo declara el Señor una y otra vez en términos sumamente daros.

Dudo que Nefi tuviera la intención de realizar una lista completa de los elementos necesarios para tener una sociedad feliz. De hecho, es probable que ni siquiera tuviera la intención de darnos tal lista. Quiero aclarar que yo no creo tampoco que la felicidad se logre como resultado del seguir una lista de cosas determinadas. No existe una fórmula infalible que garantice una vida siempre feliz, y tenemos evidencia de que Dios no tenía la intención de que cada día de nuestra vida fuese completamente feliz. Se puede apreciar un plan y un propósito eternos en el tener que sobrellevar algo de sufri­miento, de tristeza y de adversidad.

Les invito a mirar a su alrededor y observar a las personas que ustedes creen que son felices de verdad. Creo que invariablemente verán cómo los principios que se han tratado aquí se manifiestan en la vida de esas personas. Es mi oración que todos hallemos esa misma felicidad. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Llamados a la obra

Liahona Junio 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Llamados a la obra

Por el presidente Thomas S. Monson

Cuando el profeta José Smith llamó al élder Heber C. Kimball (1801-1868) a “abrir la puerta de la salvación” como misionero en Inglaterra, al élder Kimball lo embargaron sentimientos de ineptitud.

“¡Oh, Señor!”, escribió, “soy un hombre de lengua balbuciente y totalmente incapaz para tal obra”.

No obstante, el élder Kimball aceptó el llamamiento, y añadió: “… esas consideraciones no me desviaron del sendero del deber; desde el momento que comprendí la voluntad de mi Padre Celestial, tomé la determinación de vencer todos los obstáculos, confiando en que Él me apoyaría con Su poder omnipotente y me investiría con la capacidad que necesitaba”1.

Mis jóvenes hermanos y hermanas que son llamados a prestar servicio misional de tiempo completo, ustedes son llamados a la obra porque, al igual que el élder Kimball, “[tienen] deseos de servir a Dios” (D. y C. 4:3) y porque están preparados y son dignos.

Matrimonios misioneros, ustedes son llamados a la obra por las mismas razones; sin embargo, aportan no solo el deseo de servir, sino también la sabiduría adquirida de las épocas de sacrificio, amor y experiencia que su Padre Celestial puede utilizar para tocar el corazón de Sus hijos e hijas que están buscando la verdad. Sin duda han aprendido que nunca podremos amar verdaderamente al Señor sino hasta que le sirvamos prestando servicio a los demás.

A sus deseos de servir como misioneros, aportarán fe y fortaleza, valor y confianza, resolución y resiliencia, determinación y dedicación. Los misioneros dedicados pueden hacer milagros en el campo misional.

El presidente John Taylor (1808–1887) resumió las cualidades esenciales de los misioneros de esta manera: “Los hombres [y mujeres y matrimonios] que deseamos como portadores del mensaje de este Evangelio son los que tengan fe en Dios y en su religión, que honren su sacerdocio; hombres en quienes… Dios tenga confianza… Deseamos hombres llenos del Espíritu Santo y del poder de Dios… hombres de honor, de integridad, de virtud y de pureza”2.

El Señor ha declarado:

“… pues he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae salvación a su alma;

“y fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra” (D. y C. 4:4–5).

Su llamamiento ha llegado por inspiración. Testifico que a quien Dios llama, Dios capacita. Recibirán ayuda celestial mientras trabajan, con espíritu de oración, en la viña del Señor.

La hermosa promesa que el Señor dio a los misioneros a principios de esta dispensación, y que se encuentra en Doctrina y Convenios, será de ustedes: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Mientras presten servicio, edificarán recuerdos y lazos de amistad valiosos y eternos. No conozco ningún campo que produzca una cosecha más abundante de felicidad que el campo misional.

Ahora bien, una palabra para aquellos élderes, hermanas y matrimonios que, por cualquier razón, no puedan terminar su tiempo asignado en el campo misional: El Señor los ama. Él aprecia su servicio y está al tanto de su desánimo. Sepan que Él aún tiene una obra para ustedes. No permitan que Satanás les diga lo contrario. No se vengan abajo; no se desanimen; no pierdan la esperanza.

Tal como mencioné en la conferencia general poco después de que fui llamado a dirigir la Iglesia: “… no teman. Sean de buen ánimo. El futuro es tan brillante como su fe”3. Esa promesa es válida también para ustedes. Así que no pierdan su fe, porque el Señor no ha perdido la fe en ustedes. Guarden sus convenios y sigan adelante.

El mundo necesita el evangelio de Jesucristo. Que el Señor bendiga a todos Sus santos —independientemente de donde prestemos servicio— con un corazón misionero.

Cómo enseñar con este mensaje

Ya sea que trabajemos o no como misioneros de tiempo completo, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de compartir el Evangelio y servir a los que nos rodean. Considere utilizar conjuntamente este mensaje con un discurso reciente de la conferencia general sobre este tema, como por ejemplo “Compartir el Evangelio restaurado”, por el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles (Liahona, noviembre de 2016, pág. 57). Podría también analizar la frase “a quien Dios llama, Dios capacita” con aquellos a quienes enseña. ¿Cómo han sentido la ayuda de Dios en la obra misional y en sus llamamientos? Podría invitar a quienes enseña a orar para recibir fuerza e inspiración para saber cómo compartir el Evangelio con su familia, amigos y vecinos.

Jóvenes
Una misionera sin placa de identificación

Por Kirsti Arave
La autora vive en Utah, EE. UU.

teenage girl in school

En la escuela tengo un maestro con el tipo de personalidad que podría atemorizar a alguien e impedirle compartir puntos de vista contrarios sobre algún tema. Un día abordamos el tema de los misioneros Santos de los Últimos Días. Sabía que podría haber contestado sus preguntas, pero sentí que no debía hacerlo, así que dije lo suficiente para satisfacerlo por el momento.

Durante las siguientes semanas no pude dejar de pensar en nuestra conversación. Finalmente, tuve la impresión de que debía darle un Libro de Mormón con algunas frases subrayadas sobre la obra misional. La idea de hacerlo me atemorizaba, pero persistía. Sabía que era una impresión que tenía que seguir.

Alrededor de dos meses después tuve listo el Libro de Mormón. Durante todo el día sentí que el libro estaba ardiendo y haciendo un agujero en mi mochila. Los tres segundos que tardé en entregárselo cuando me iba de vacaciones de invierno fue el momento más aterrador de mi vida.

El primer día después que volví, pasé por su aula pero tenía miedo de entrar. Entonces le oí llamarme y me dio una tarjeta. La leí en el pasillo. Escribió que había estudiado “a fondo” los pasajes que había marcado, y empezaba a ver la lógica de mi religión.

Ahora me emociona compartir el Evangelio, y me emociona aun más servir pronto a mi Padre Celestial en una misión.

Niños
El servicio misional

(haz clic para ampliar la imagen)

Los misioneros son llamados a enseñar el Evangelio y también a servir a la gente. Ayuda a los misioneros a encontrar estas herramientas que están escondidas en la imagen.

Notas

1. Heber C. Kimball, en Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, tercera edición, 1967, pág. 104.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 82.
3. Thomas S. Monson, “Sed de buen ánimo”, Liahona, mayo de 2009, pág. 92.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

El poder del sacerdocio al guardar convenios

Liahona Junio 2017
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

El poder del sacerdocio al guardar convenios

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

woman walking out of the temple

“Mi mensaje… a todos, es que ‘a toda hora podemos ser bendecidos por el poder del sacerdocio’, cualquiera sea nuestra situación”, dijo el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles.

“… a medida que participen dignamente en las ordenanzas del sacerdocio, el Señor les brindará mayor fortaleza, paz y perspectiva eterna. Cualquiera que sea su situación, su hogar será ‘bendecido por la fortaleza del poder del sacerdocio’”1.

¿Cómo invitamos al poder del sacerdocio a nuestra vida? El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos recuerda: “Quienes han entrado a las aguas del bautismo y posteriormente recibido la investidura en la casa del Señor tienen derecho a bendiciones abundantes y maravillosas. La investidura es literalmente un don de poder… [y] nuestro Padre Celestial es generoso con Su poder”. Nos recuerda que los hombres y las mujeres “son investidos con el mismo poder” en el templo, “a saber, el poder del sacerdocio”2.

Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “… puesto que ese poder es algo que todos deseamos tener en nuestra familia y en nuestro hogar, ¿qué debemos hacer nosotros para [invitar ese poder a nuestras vidas]? La rectitud personal es indispensable para tener el poder del sacerdocio”3.

“Si nos presentamos humildemente ante el Señor y le pedimos que nos enseñe, Él nos mostrará cómo aumentar nuestro acceso a Su poder”, dijo el presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles4.

Relief Society sealEscrituras e información adicionales

1 Nefi 14:14;

Doctrina y Convenios 121:36; 132:20;

reliefsociety.lds.org

Considere lo siguiente

¿En qué forma el guardar nuestros convenios nos bendice con poder del sacerdocio?

Notas

1. Neil L. Andersen, “Poder en el sacerdocio”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 92.
2. M. Russell Ballard, “Los hombres y las mujeres, y el poder del sacerdocio”, Liahona, septiembre de 2014, pág. 36.
3. Linda K. Burton, “El poder del sacerdocio — Al alcance de todos”, Liahona, junio de 2014, págs. 21–22.
4. Russell M. Nelson, “El precio del poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2016, pág. 69.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

Vivir el Evangelio fortalece las sagradas relaciones familiares

Liahona Junio 2017
LO QUE CREEMOS

Vivir el Evangelio fortalece las sagradas relaciones familiares

Todos somos hijos de Padres Celestiales amorosos que nos enviaron a la tierra para aprender la forma de regresar a Ellos. La familia es fundamental en el Plan de Salvación. Dios nos da familias para que obtengamos cuerpos, aprendamos principios correctos y nos preparemos para la vida eterna.

El Padre Celestial quiere que cada uno de Sus hijos se críe en entornos llenos de amor. La mejor manera de lograr esos ambientes comprensivos es vivir y practicar los principios del Evangelio. “La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”1. Los hogares establecidos sobre los principios del Evangelio son lugares de paz, donde el Espíritu del Señor puede guiar, influir y edificar a todos los miembros de la familia.

La familia es ordenada por Dios y es “el orden de los cielos… un símbolo del modelo celestial, una semejanza de la familia eterna de Dios”2. Esas relaciones familiares y las responsabilidades que conllevan son sagradas. En las Escrituras aprendemos que los padres tienen el deber de criar a sus hijos en verdad, luz y amor (véanse Efesios 6:4; D. y C. 68:25). Los maridos y sus esposas deben amarse y respetarse mutuamente (véase Efesios 5:25), y los hijos deben honrar a sus padres (véase Éxodo 20:12).

“Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y se mantienen sobre los principios de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes”3. Seguir los principios del Evangelio fortalece las relaciones familiares y aumenta la fuerza espiritual individual y colectiva de los miembros de la familia. Esos principios también nos ayudarán a acercarnos a Cristo.

Toda familia tiene sus problemas. En la agitación espiritual de esta época, no todas las familias tienen circunstancias ideales. Tal como dijo el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “… con millones de miembros y la diversidad que existe entre los niños de la Iglesia, debemos ser aún más considerados y sensibles”4. Algunas personas no cuentan con apoyo familiar para vivir el Evangelio. Algunos desafíos son especialmente difíciles, e incluyen el divorcio, el abuso y la adicción (pero no se limitan a estos).

Dios es consciente de la situación de cada familia y de los deseos individuales de tener amor en el hogar. Incluso si tenemos relaciones imperfectas con nuestras familias, vivir el Evangelio todavía puede bendecir nuestra vida y nuestro hogar. Puede fortalecer nuestras relaciones con nuestro cónyuge, padres, hijos, hermanos y hermanas, y con nuestro Padre Celestial. Algunas de esas bendiciones se recibirán ahora, y otras no llegarán hasta la eternidad, pero Dios no les retendrá ninguna bendición a aquellos que se esfuerzan por lograr la rectitud.

Cómo fortalecer las relaciones familiares al vivir el Evangelio:

(haz clic para ver la imagen)

Divina y sagrada

“La familia es divina [y] abarca las más sagradas de todas las relaciones”.

Presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, 2016, pág. 176.

 

Notas

1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
2. Dieter F. Uchtdorf, “Un elogio a los que salvan”, Liahona, mayo de 2016, pág. 77.
3. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, pág. 129.
4. Neil L. Andersen, “Cualquiera que los reciba, a mí me recibe”, Liahona, mayo de 2016, pág. 50.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

En tiempo récord

Liahona Junio 2017
NUESTRO HOGAR, NUESTRA FAMILIA

En tiempo récord

Por Richard L. Bairett Jr.
El autor vivía en California, EE. UU., al momento de esta experiencia.

Tendría que pasar algo extraordinario para que llegase a casa para el bautismo de mi hija.

air force plane

Mi hija acababa de cumplir ocho años y estaba entusiasmada de que yo la bautizara. Sus abuelos también vendrían para esa ocasión especial, lo que aumentó su entusiasmo y expectativa. Sin embargo, al acercarse el gran día, parecía que no me sería posible estar en el bautismo.

Mi trabajo como piloto de aviones militares y oficial asistente de operaciones de escuadrón rara vez era aburrido, pero el ritmo se tornó aun más intenso cuando mi oficial de operaciones se ausentó a causa de otra asignación. Me encontraba tratando de atajar una ola tras otra de diversas tareas. A fin de contar con el número requerido de tripulaciones de vuelo, me vi obligado a cancelar el entrenamiento, suspender algunas funciones del escuadrón y cancelar vacaciones que se habían planificado hacía meses.

Las tripulaciones estaban saliendo con órdenes de vuelo de 21 días con pocas probabilidades de regresar a casa antes de tiempo. Y cuando mi oficial de operaciones y otro oficial asistente de operaciones regresaron, me fue difícil justificar quedarme para una actividad familiar. ¿Cómo podía hacerlo cuando había requerido sacrificios de tantas otras personas?

Me encontraba en un dilema. Siempre traté de poner a mi familia por encima de mi carrera, pero esas eran circunstancias inusuales, y también tenía el deber de servir a mi patria. Mi oficial de operaciones, aunque no era miembro de la Iglesia, comprendió la importancia de ese acontecimiento para mi familia y me permitió tomar la decisión yo mismo. Después de haber orado mucho y de consultarlo con la familia, hice lo que pensé que era lo correcto y me apunté para salir en la siguiente misión.

Cuando mi tripulación recibió la orden de una misión que iba a empezar el lunes por la mañana, parecía que no había ninguna posibilidad de que regresara para el sábado, el día del bautismo de mi hija. Teníamos que volar al sitio donde recogeríamos la carga; después haríamos escala en una base en la que tendríamos que descansar antes de reanudar el vuelo. Más tarde volaríamos a otro lugar y descansaríamos; después entregaríamos la carga en un lugar muy lejano, nos detendríamos en el vuelo de regreso para que la tripulación descansara, y luego volveríamos al punto de partida para recoger más carga e iniciar el ciclo otra vez. Por lo general costaba por lo menos siete días realizar el circuito completo una sola vez, pero sabía que mi familia estaba orando para que regresara. Su fe y sus oraciones me ayudaron a tener fe, y rápidamente quedó claro que esta no iba a ser una misión cualquiera.

En primer lugar, en lugar de detenernos durante uno o dos días, a nuestra misión se le asignó reabastecerse y continuar sin parar hasta llegar a nuestra primera ubicación internacional. Luego, tras el período legal mínimo de descanso, se nos dio la alerta de volar una misión diferente de ida y vuelta a la lejana ubicación de entrega de la carga. La descarga del equipo y el reabastecimiento en nuestro destino marchó excepcionalmente bien, y después de otro período mínimo de descanso, nos avisaron que regresáramos directamente a nuestra base. ¡Regresaríamos a casa por un par de días!

Estaba muy feliz de decirle a mi familia que estaba casi a punto de llegar a casa. Pero entonces mi esposa me dijo que el servicio bautismal lo habían cambiado de las 5 a las 2 de la tarde a fin de que se llevara a cabo una actividad de la juventud de la estaca. Llamé a nuestro gerente de transporte aéreo y le expliqué la situación. Después de una breve pausa, respondió que había suficientes tripulaciones disponibles para retrasar nuestra próxima alerta hasta las 5 de la tarde del sábado, ¡la hora en que inicialmente se había programado que empezara el servicio bautismal!

En el vuelo a casa, al pasar por encima de las montañas cercanas a mi casa, vi que aún tenía una prueba más de fe: las luces de la ciudad estaban cubiertas de niebla; sería la peor visibilidad con la que jamás habría intentado aterrizar. Rápidamente elaboramos un plan para desviarnos a otro campo de aviación si fuese necesario, completamos nuestras listas de comprobación y descendimos para echar un vistazo.

Al avanzar hacia la pista a 60 m sobre el nivel del suelo, estábamos completamente rodeados de niebla. De repente, al pasar los 37 m, vimos una pista iluminada frente a nosotros, y unos segundos más tarde nos encontrábamos a salvo en tierra. Todos suspiramos de alivio.

Brother Bairett and daughter at baptism

Una serie extraordinaria de lo que parecían ser coincidencias había permitido que mi tripulación hiciera un viaje de varias etapas al otro lado del mundo y de vuelta en un tiempo récord, y yo pude estar en casa por un breve espacio que coincidió con el bautismo de mi hija. Con la ayuda del Señor me fue posible cumplir mi deber con mi patria, mi escuadrón y, sobre todo, con mi familia. Aunque la vida habría seguido su curso si hubiese sido necesario cambiar el bautismo de nuestra hija, nuestro Padre Celestial nos estaba comunicando que nos amaba y que oyó nuestras oraciones. Él le dio a mi hija el recuerdo de esos milagrosos acontecimientos como testimonio de que Él la ama, y mi esposa y yo obtuvimos un testimonio más fuerte que “cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20).

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

Protegido por nuestro Padre Celestial

Liahona Junio 2017
REFLEXIONES

Protegido por nuestro Padre Celestial

Por LaRene Porter Gaunt
Revistas de la Iglesia

cowboys

Antes de que la enfermedad de Alzheimer le arrebatara la mente, mi padre siempre tenía una historia o una canción para sus hijos. Lo recuerdo sentado en el sillón acunando a mi hermanito en su regazo mientras su voz suave llenaba la habitación de historias de su juventud, desde cuando cuidaba las vacas llevando el gato encima del hombro, hasta cuando descendía por las montañas rojizas de Escalante, Utah, EE. UU. Entonces, cuando a mi hermano se le empezaban a cerrar los ojos, terminaba con las historias y daba comienzo a la misma canción de cuna del vaquero:

Cierra tus somnolientos ojitos, mi pequeño vaquerito,
mientras tu Padre Celestial te cuida.
¿No sabes que es hora de dormir y que ha terminado otro día?
Así que duerme, mi pequeño vaquerito1.

Ahora mi hermano menor es padre, y mi papá yace en la cama de un hospital de San Diego, California, EE. UU. A pesar de que ve palmeras, piensa que es un niño que hace girar el agua de riego por las hileras de maíz, tomates y judías verdes. Pero no lo es; se está muriendo.

Día tras día, mi madre, mis hermanos y mi hermana se reúnen alrededor de su cama. Mi madre me llama a mi casa en las montañas de Utah, EE. UU. Me dice que cuando le muestra a papá viejas fotos familiares, se le dibuja una sonrisa en el rostro hundido. Otras veces, sus hermanos, que murieron hace mucho tiempo, entran y salen de su mente y corazón. Ella trata de conseguir que coma, pero él se niega. Le dice que sus hermanos han pescado una trucha y que tiene que ir a cuidar de los caballos antes de la cena.

Uno por uno hemos encontrado consuelo en el conocimiento de que cuando deje esta vida terrenal, nuestro padre será “[llevado] de regreso a ese Dios que [nos] dio la vida” al “paraíso… donde [descansará] de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena” (Alma 40:11–12).

Llamo a mi madre y ella le pasa el teléfono a papá. Para mi sorpresa, él comienza a cantarme: “Cierra tus somnolientos ojitos, mi pequeño vaquerito, mientras tu Padre Celestial te cuida”.

Me pregunto si mi padre realmente sabe que soy yo. Probablemente no, pero esa canción viene como un regalo que me llega al corazón. Lloro de gratitud por esa tierna misericordia de mi Padre Celestial y por Su plan de salvación. Pronto termina la canción de cuna, e imagino que a mi padre se le empiezan a cerrar los ojos. El momento se ha esfumado, pero encuentro esperanza en el conocimiento de que la muerte es parte del plan de Dios para llevarnos a Él. Creo en el plan de Dios y en Su amor por nosotros cuando dejemos esta vida. Susurro: “Buenas noches, papito. Vete a dormir. Nuestro Padre Celestial te está cuidando”.

Mostrar las referencias

Nota

1. Véase de Jack Scholl y M. K. Jerome, “My Little Buckaroo”, 1937.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario