No tengáis miedo… De hacer lo bueno

Liahona Febrero 2000

“No tengáis miedo… De hacer lo bueno”
Por el presidente Gordon B. Hinckley

Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miem­bros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que viva­mos. Pertenecemos a la que puede ser considerada como la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

En la alborada de este año 2000, nos llena de maravi­lla el testimonio de José Smith en cuanto a las pala­bras que le fueron dirigidas cuando era un jovencito de diecisiete años de edad. Durante la noche recibió la visita de Moroni, y José relata; “Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo el pueblo” (José Smith—Historia 1:33). Y así ha sucedido.

Esta se ha convertido en una gran iglesia cosmopolita. Nos complace el tremendo progreso de la obra por todo el mundo. Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miembros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que vivamos.

Pertenecemos a la que se puede considerar la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

El hermanamiento de los santos

Cuando el emperador de Japón se encontra­ba de visita en los Estados Unidos hace algunos años, asistí a un banquete que se celebró en su honor en San Francisco. A nuestra mesa se sentaron otras tres parejas que habían tenido amplia ex­periencia en Japón y que habían residido allí por un tiem­po mientras trabajaban para el gobierno, en el mundo de los negocios o en el campo de la educación. Uno de los ca­balleros me dijo: “Jamás he visto algo semejante a su gente. Muchos norteamericanos llegaron a Japón durante nuestra estancia allí y para la mayoría el adaptarse a la cultura les fue dificilísimo; además, sufrían mucha soledad y nostalgia, pero siempre que llegaba una familia mormona, se hacían amigos al momento. Tanto ellos como sus hijos se integraban de inmediato en el ambiente social al igual que en la congregación religiosa de ustedes. En mu­chas ocasiones mi esposa y yo hablamos en cuanto a ello”.

Así es como debería ser. Debemos ser amigos;

debemos amamos, honrarnos, respetarnos y ayudamos los unos a los otros, A dondequiera que van, los Santos de los Últimos Días son bien recibidos porque comparten las mismas creencias sobre la divinidad del Señor Jesucristo, y juntos están embarcados en Su gran causa.

Nos referimos a la hermandad de los santos, la cual es y debe ser algo muy real. Nunca debemos permitir que este espíritu de hermandad se debilite; debemos culti­varlo constantemente, ya que es un aspecto importante del Evangelio. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón en español

El Libro de Mormón en español
La primera traducción y cómo llegó a México
por LaMond Tullis

Después de un sueño asombroso que giró su vida, Melitón González Trejo, un ofi­cial militar español asignado a las Filipinas, vendió la propiedad que allí tenía, renunció a su cargo y viajó a Salt Lake City, Territorio de Utah, Estados Unidos. Poco después de su llegada, a principios de la primavera de 1875, caminaba por las calles buscando a alguien con quien hablar, cuando se encontró con Henry Brizzee. ¡Una afortunada coincidencia!

Brizzee, quien tenía un somero conocimiento del español, se había estado pregun­tando cómo él y Daniel W. Jones, cuyo titubeante español se reducía a lo que había apren­dido como soldado en un campamento militar en México, podrían traducir el Libro de Mormón y otros documentos en este idioma y así responder al llamado que les hizo Brigham Young en 1874: “prepararse para una misión en México a través del estudio de dicha lengua hispana y co­menzar la traducción del Libro de Mormón y otros docu­mentos”.

Melitón González Trejo, traductor de Trozos Selectos del Libro de Mormón

Brigham Young admiraba al Presidente Benito Juá­rez y su Reforma, y había estado esperando una oportunidad para llevar el evangelio a México y también para establecer colonias allí. Gracias a la Reforma, la ventana de la oportu­nidad estaba ahora abierta; sin embargo, primero se necesi­taba que alguien aprendiera bien el español y luego tradujera el Libro de Mormón. Había una clara urgencia en hacerlo.

¿Cómo lograrlo? El español González Trejo era jus­tamente el hombre; la respuesta a las fervientes oraciones de Brizzee y Jones. Bien educado, dominaba el inglés, leía la Biblia y no tendría problemas en traducir la no siempre fácil prosa del Libro de Mormón; las complicadas conjugaciones verbales y las formas de los pronombres del español.

Mientras se encontraba en las Filipinas, lejos de su natal España, González Trejo a menudo meditaba sobre los avatares filosóficos de la vida, y por lo tanto había estado orando para encontrar solución a sus inquietudes religiosas. Se le informó en un sueño que encontraría respuestas en Salt Lake City, preguntándoles a los mormones.

De inmediato, Brizzee lo llevó a ver a Jones y de común acuerdo los dos, consultaron a Brigham Young. Justo después de eso lo eligieron para traducir los documentos que el Presidente Young había ordenado2. Claramen­te, esta unión se había hecho con anterioridad en los cielos. González Trejo encontró la res­puesta del porqué había renunciado a todo para viajar a Salt Lake City.

Como se tradujo y se publicó el Libro de Mormón

Pese a lo celestial de la unión, seguía habiendo problemas prácticos cuyas soluciones reque­rían integridad humana, trabajo duro y una gran dosis de fe. Aunque González Trejo esta­ba bien instruido académicamente y le gustaba leer, no era un traductor profesional. Además, cualquier ayuda de revisión que Brizzee pu­diera haberle dado, se esfumó cuando para fines de mayo de 1875, éste se retiró del pro­yecto. Por otro lado, era cierto que Jones estu­diaba sus escrituras, pero sus habilidades en el español eran cuestionables y probablemente no dedicaba mucho tiempo para estudiar con minuciosidad documentos literarios en cual­quier idioma. Aparte de eso, por un tiempo había tenido problemas con cierto uso del voca­bulario y expresiones demasiado coloquiales.

Lugar de nacimiento de Melitón González Trejo en Garganta de la Olla, España

En lo que a González Trejo se refería, Brigham pensaba que era bueno, pero sus ap­titudes no habían sido confirmadas y no podría hacer una traducción sin la debida supervi­sión, por mucho que él fuera la respuesta a las oraciones de Jones y Brizzee.

¿Quién debería supervisar el trabajo de traducción? Las autoridades generales no te­nían ni pizca de destreza en el español. Si alguien más en el Territorio de Utah poseía conocimiento de este idioma, Brigham, o no lo sabía, o no estaba convencido de su confiabilidad. La solución del Profeta era simplemente delegar la responsabilidad de la autenticidad de la traducción en Jones. El cómo lo hiciera era asunto de éste; aunque más tarde el Presi­dente Young haría una prueba.

Esto no representó un problema para Jones. Como casi en todas las asignaciones di­fíciles que había aceptado después de convertirse a la Iglesia, estaba seguro de que en ésta también recibiría ayuda divina. Meses después, mientras él y González Trejo estaban revisando por última vez3 la traducción de todo el Libro de Mormón, Jones dijo: “Tuve la sensación de que alguien jalaba con suavidad una fina hebra desde el centro mismo de mi fren­te; cuando había un error, esta suavidad se interrumpía como si un nudo la detuviera”4. En­tonces los dos hombres ajustaban la traducción hasta que dicha “suavidad” regresaba.

Todo esto no convenció totalmente a Brigham Young; es más, tenía que estar bien seguro antes de pedir a las autoridades generales que aprobaran la publicación de la traducción; así que le preguntó a Jones cómo podría asegurarles que ésta era correcta:

Mi propuesta consistía en que tomáramos un libro que ni González Trejo ni yo conociéramos, pedirle que lo tradujera al español, y después sin siquiera verlo, tomar la traducción, escribirlo en inglés y compararlo con el original. Al hermano Brigham le pareció bien la idea. Me preguntó si conocía Las cartas de Spencer. Le dije que no y que nunca las había leído. Me mandó a la oficina del historiador, hermano G. A. Smith, que le prestara a González Trejo una copia de las cartas, para que hiciera lo anteriormente propuesto. Al terminar nuestras traducciones tal como acordamos, el hermano Smith dijo sin dejar de reír:

“me gusta más el estilo del hermano Jones que el del hermano Spencer. En sustancia es lo mismo, pero el lenguaje se entiende más fácilmente”5.

Jones, Brizzee y después González Trejo trabajaron varios meses sin ningún ingre­so. Luego de que Brizzee    se retiró del proyecto, los dos restantes se apretaron el cinturón y trabajaron meses extras usando sus propios y cada vez más escasos recursos, hasta que finalmente los de Daniel W. Jones se agotaron, y lo mismo pasó con lo que Melitón González Trejo había traído de las Filipinas.

Aun los hombres dedicados deben comer y encontrar alojamiento; Jones y González Trejo todavía tenían trabajo de traducción por delante y aún faltaban los costos de impresión. Desanimado, en junio de 1875, Jones visitó al Presidente Young para explicarle lo que ambos habían hecho y por qué no podían continuar.

Portada de Trozos Selectos del Libro de Mormón. En 1875-76 se transportaron a lomo de caballos y mulas 1500 ejemplares del libro de noventa y ocho páginas, desde Salt Lake City a la Ciudad de Chihuahua.

Ya sea por falta de  dinero o porque así se  acostumbraba en aquellos días, la Iglesia no financiaba la publicación de libros, ni siquiera tra­tándose de algo tan importante como la primera edición del Libro de Mormón en español. Lo que se hacía era tomar por adelantado los depósitos de las compras o solicitar cuotas para la causa. El Presidente les autorizó que pidieran donaciones para financiarla y si eso no funcionaba, utilizaría sus fondos personales.

Llegaron donaciones desde diez centavos hasta diez dólares. Congregaciones completas, incluidas algunas particulares, contribuyeron al fondo que Brigham autorizó. Cuatrocientos once personas donaron dinero; entre ellos: Feramorz Little, Erastus Snow, J. P. Ball, William Hyde, Orson Hyde, George Q. Cannon, George Teasdale, Mathias Cowley, Anson Call, y varios miembros de la familia Martineau. De todos estos, Little, Snow, Hyde, Teasdale, Cowley, Call y la familia Martineau figuraron de manera prominente en la futura expansión de la Iglesia en México.

Jones y González Trejo recolectaron suficiente dinero (alrededor de 500 dólares), para terminar la traducción; pero no lo suficiente para publicar el libro completo. Brigham Young al parecer no ayudaría con más fondos, por lo que, con desagrado, los traductores tuvieron que reducir el total de su trabajo a sólo ciertas secciones cuidadosamente escogi­das con el título de Trozos Selectos del Libro de Mormón. Basándose en la edición inglesa de 1852, incluyeron la página del título de El Libro de Mormón, así como el testimonio de los tres testigos; el testimonio de los ocho testigos; todo el libro de 1 Nefi6; el capítulo doce de 2 Nefi (ver nota 7); Omni; los capítulos 5-9 del Libro de Nephi: Nieto de Helaman y el capítulo 3 de Mormón (ver nota)7. Como apéndice, añadieron las “Instrucciones para Prac­ticar las Primeras Ordenanzas de la Iglesia; Manera de Administrar los Sacramentos; y, Or­ganización y Fundación de la Iglesia”8. Seguir leyendo

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Daniel Webster Jones

Liahona Junio 1988
La Traducción del Libro de Mormón
Daniel Webster Jones
Por Jack McAIlister

Un jovencito huérfano, de Misuri, Estados Unidos, inició la gran obra de traducir el Libro de Mormón al español.

Cinco de los siete misioneros que llevaron a México los Trozos Selectos del Libro de Mormón Al fondo Wiley C Jones, Anthony W Ivins al frente Helaman Pratt, Daniel W. Jones, James Z Stewart No aparecen Robert H Smith y Amm

 

Habiendo quedado huérfano a la edad de once años, Daniel Webster Jones viajó desde Misuri, su suelo natal, hasta el oeste de los Es­tados Unidos de Norteamérica en 1847, con una compañía de soldados voluntarios para pelear en la guerra entre su país y México. “El juego, las palabro­tas, el combate y otros modales bruscos” formaban parte de su vida cotidiana, tal y como él lo indicó en su autobiografía Forty Years among the Indiam (Salt Lake City, Utah, Juvenile Instructor Office). De mo­do que, conociendo a Daniel Webster Jones en su juventud, era difícil concebir que se uniera a la Igle­sia, que pasara cuarenta años ganando prosélitos en­tre los indios americanos y que, contando apenas con conocimientos básicos de español, contribuyera a que se publicara la primera traducción del Libro de Mormón a ese idioma. Sin embargo, eso sucedió; ese buen hombre hizo todas esas cosas.

Aunque Daniel Webster Jones no habla en su libro de sus primeros años de vida, se deduce que en algún momento llegó a creer fuertemente en Dios. Durante los tres años que pasó en México en el ejército de voluntarios, participó “en distintas formas, en la vida salvaje y desenfrenada que predominaba en el ejérci­to”, pero aun así no tomaba, como dice él, “bebidas fuertes ni poseía esos vicios más serios que estaban destruyendo la vida de mis amigos”.

Debido al estilo de vida que llevaba, dice: “Sentía que ya estaba condenado y con frecuencia le pedía seriamente a Dios que me ayudara a encontrar el ca­mino recto y a aprender a servirle, insistiendo en que quería saber la verdad, sin ser engañado”. En su sen­cillo modo de pensar, él sentía que la gente de su época también tenía derecho a contar con la guía de un profeta; que no era justo “que tuvieran únicamen­te el conocimiento de la Biblia”.

En 1850, Daniel salió de México con una gran em­presa comercial cuyo destino era Salt Lake City, Utah. Durante el viaje, por accidente, fue herido gravemente con un arma, pero sobrevivió hasta que sus compañeros lo llevaron a un poblado de Santos de los Últimos Días cerca de Provo, al sur de Salt Lake City.

En aquellos días, los viajeros ridiculizaban a menu­do a los miembros de la Iglesia, más cuando él oyó por casualidad a uno de sus amigos leer Doctrina y Convenios en tono jocoso, se detuvo a pensar en sus propias oraciones y en su súplica por que hubiera re­velación en su época. De manera que abandonó a sus compañeros y se trasladó a vivir con una familia de Santos de los Últimos Días, y así empezó a indagar sobre el evangelio mientras se recuperaba de su herida. “Todos eran muy amables conmigo y me tenían mucha confianza”, recuerda él. “Cuando escuché a los élderes predicar, pronto llegué a la conclusión de que, o eran honestos y sabían con certeza lo que decían, o eran unos mentirosos y farsantes. Estaba resuelto a no dejarme engañar, de ser eso posible; de modo que empecé a observarlos cuidadosamente.” Daniel Webster Jones quedó particularmente impre­sionado al notar que los Santos de los Últimos Días no se ensañaban con los indios, a pesar de las batallas libradas con ellos.

Cuando escuchó hablar del Libro de Mormón, ex­presó: “Me parecía natural creer en lo que decía. No recuerdo haber dudado jamás de la veracidad del Li­bro de Mormón, o de que José Smith fuera profeta.

Lo que me inquietaba saber era si los mormones eran sinceros, y si yo podía ser uno de ellos”. Cuando se dio cuenta de que sí podía serlo, le habló a Isaac Morley, uno de los primeros conversos de la Iglesia en Ohio (EE.UU.). Era el 27 de enero de 1851, épo­ca de invierno. El hermano Morley “acababa de salir a buscar leña, y llevaba el hacha bajo el brazo”; al ver llegar a Daniel, dijo suavemente: “He estado es­perando que viniera a pedir el bautismo”. El herma­no Morley utilizó su hacha para cortar la gruesa capa de hielo que se había formado sobre el lago cercano, y así se bautizó Daniel, convirtiéndose en miembro de la Iglesia.

Los siguientes veintitrés años fueron bastante agi­tados. Daniel se dedicó a la agricultura, intercambia­ba artículos con los indios de la tribu Ute, fue orde­nado setenta, contrajo matrimonio con Harriet Emily Colton, sirvió de intérprete a Brigham Young cuando éste tuvo que comunicarse con algunos mexicanos del condado Sanpete en el centro de Utah, ayudó a rescatar a los pioneros que quedaban atascados con sus carros de mano por causa de las tormentas invernales, y conservó siempre una relación amistosa con los indios, como miembro de la Iglesia y como fun­cionario del gobierno.

En el año 1874 se le invitó a ir a la oficina de Brigham Young y allí fue llamado para cumplir una misión en México. “Por algún tiempo había estado esperando este llamamiento”, dijo, agregando con franqueza: “Lo había deseado y, a la vez, lo había temido”, puesto que sabía lo difícil que era ir a una misión a México. También se llamó a Harry Brizzee y a ambos se les dijo que se prepararan. Como el presidente Young había dicho que deseaba que se tra­dujeran al español algunas partes del Libro de Mormón, ellos empezaron a estudiar y a prepararse para traducir.

Aunque ambos hablaban español, Daniel pensaba a menudo en lo útil que sería que les ayudara alguien que tuviera este idioma por lengua materna. A los pocos meses, el hermano Brizzee conoció a un hom­bre que hablaba español, llamado Melitón G. Trejo, quien, al oír hablar de la Iglesia en las Islas Filipinas, había llegado a Utah para indagar más. Muy pronto este hombre se bautizó y empezó a traducir seleccio­nes del libro al español, con la ayuda y el apoyo de Daniel.

En 1875, Daniel le informó al presidente Young que ya estaban listos para empezar a servir en su mi­sión. Con la autorización del Presidente, Daniel re­colectó dinero para pagar la impresión del primer jue­go de selecciones del Libro de Mormón en español.

En una conversación que sostuvieron más tarde el presidente Young y Daniel, el Presidente le pidió a éste que sugiriera una forma de demostrar la exacti­tud de la traducción a las Autoridades Generales de la Iglesia, ninguna de las cuales hablaba español. Da­niel sugirió entonces que seleccionaran una parte del libro para que la tradujera el hermano Trejo, luego él (Daniel), sin ver el original del libro en inglés, tomaría la traducción vertida al español y, a su vez, la traduciría otra vez al inglés. El presidente Young aceptó la sugerencia y cuando las Autoridades reci­bieron una copia de la traducción de Daniel del espa­ñol al inglés, el presidente George A. Smith, que entonces era miembro de la Primera Presidencia, “se­ñaló sonriente: ‘Me gusta más el estilo del hermano Jones [que el original]… Se entiende mejor’

Pero ésa no fue la única experiencia excepcional que Daniel tuvo relacionada con la traducción. En otra ocasión, expresó:

“Cuando se empezó la impresión de la traducción al español, el hermano Brigham me dijo que yo era responsable de cuidar de que no hubiera errores. Me afligí tanto, que le pedí al Señor que si había errores, me lo manifestara [cuando le diéramos la lectura final a las páginas impresas].

“El manuscrito del hermano Trejo reflejaba un es­tilo de lenguaje de nuestros días. Cuando le señalaba yo algún error, él indefectiblemente lo aceptaba. A menudo comentaba que yo era un crítico muy meti­culoso y que comprendía el español mejor que él. Yo no le decía la forma en que discernía los errores.

“Tenía la sensación de que en el centro de mi frente había un hilo fino del cual alguien tiraba sua­vemente hacia afuera. Cuando en medio de la lectura pasaba por un error, se interrumpía el suave flujo y sentía como si un nudo pequeño estuviera atravesán­dome la frente con dificultad. Ya sea que viera o no el error, siempre estaba totalmente seguro de que el error existía y que debía mostrárselo a mi compañero y pedirle que lo corrigiera. De esa manera procedíamos, hasta que yo volvía a sentir la misma sensación.”

En el mes de septiembre de 1875, Daniel salió ha­cia México con su hijo Wiley, y con James Z. Stewart, Helaman Pratt, Robert H. Smith, Ammon M. Tennev y Anthony W. Ivins. Viajaron a caballo llevando consigo dos mil ejemplares de la publicación, cuyo título era: “Trozos Selectos del Libro de Mormón”.

Después de pasar muchas dificultades al tratar con las autoridades locales, obtuvieron permiso para reali­zar una reunión pública en Chihuahua. El 8 de abril de 1876 predicaron a un grupo de aproximadamente quinientas personas en la primera reunión de la Igle­sia realizada en el interior de la República Mexicana. Después de varios intentos adicionales por predicar el evangelio, volvieron a los Estados Unidos de Nortea­mérica y llegaron a Salt Lake City, Utah, el 5 de julio de 1876. Daniel sirvió en una segunda misión en México, de 1876 a 1877, nuevamente con los hermanos Trejo, Pratt y Stewart. También fueron Louis Garff y George Terry. Bautizaron a cinco personas.

En 1879, el élder Moses Thatcher, del Quórum de los Doce, inauguró la primera misión de México, acompañado por los hermanos Stewart y Trejo. Salvo durante las interrupciones causadas por las condicio­nes políticas del país en 1913 y 1926, la misión ha funcionado desde entonces.

Los hermanos Trejo y Stewart terminaron la pri­mera traducción completa del Libro de Mormón en 1886. Rey L. Pratt, presidente de la misión desde 1907 hasta 1931, revisó la traducción con la ayuda de Eduardo Balderas. El hermano Balderas se encargó más tarde de dirigir la traducción al español de las publicaciones de la Iglesia y alrededor del año 1949 corrigió la edición de Pratt para una nueva impre­sión. En 1969 se inició una segunda revisión, la cual el hermano Balderas terminó en 1980, que es la ver­sión que se utiliza actualmente en todas las misiones de habla hispana de la Iglesia.

La obra que inició en México un fiel y obediente siervo del Señor, Daniel Webster Jones, un niño huérfano de Misuri, ha llegado a convertirse hoy en un factor fundamental de la vida de miles de personas de habla hispana del mundo entero. □

 

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Las cosas pequeñas son importantes

Liahona Junio 1988
Las cosas pequeñas son importantes
Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

No se trata de cómo vamos a administrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducirnos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Las llamadas pequeñeces son realmente importantes si queremos obtener la vida eterna.

Últimamente me he percatado más profunda­mente del hecho de que la vida se compone de cosas pequeñas: esos pormenores que son muy importantes. Yo considero que las pequeñeces son importantes en nuestra relación con nosotros mismos, en nuestra relación con los demás y en nues­tra relación con Dios.

El Señor ha dicho: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C, 64:33).

A menudo he pensado que algunas de las cosas pequeñas más comunes de la vida son los minutos que pasan cada hora del día. El tiempo es un recurso necesario para todo ser humano. No se puede pasar inadvertido ni tampoco se puede cambiar. Tenemos que usar exactamente los sesenta minutos de cada hora que pasa. No nos es posible agregar ni substraer al número de minutos que transcurren en un día.

No se trata, por lo tanto, de cómo vamos a admi­nistrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducimos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Cada minuto es una pequeñez, pero aun así, en lo que respecta a productividad per­sonal, el minuto bien utilizado es el secreto del éxito.

Nuestra relación con nosotros mismos

Pensemos primero en la relación que tenemos con nosotros mismos. Debemos asegurarnos de llevar una vida tal, que todo aquello que sea pequeño con res­pecto a nuestra vida personal se encuentre en orden. Debemos aprender a cuidar de nuestra salud y de nuestro bienestar mental. ¿Llevamos un régimen apropiado de ejercicios físicos que nos permita contar con la energía y fuerza necesarias para las labores co­tidianas? ¿Observamos un régimen alimenticio ade­cuado? ¿Consumimos alimentos benéficos para el cuerpo? ¿Mantenemos ocupada nuestra mente con ideas que elevan nuestro espíritu y alimentan una ac­titud positiva?

Nuestros cuerpos son realmente el resultado de lo que comemos y pensamos, y son un reflejo de la can­tidad de ejercicios físicos que realizamos. Si no obra­mos con sabiduría, estos pormenores pueden dar ori­gen a problemas de salud mayores que limitarán nues­tro éxito y nuestra capacidad de servir.

Nuestra relación, con los demás

Con respecto a nuestra relación con los demás, siempre me asombro del perfecto ejemplo que da nuestro Señor Jesucristo en todos los aspectos de nuestra existencia. Si pudiéramos hablar con Él per­sonalmente, nos daríamos cuenta de que es muy afa­ble y de la perfección que existe en todas Sus relacio­nes y tratos con cada uno en forma individual.

¿Tomamos tiempo para ofrecer esos simples gestos de cortesía que son tan importantes en nuestras rela­ciones con los demás? ¿Nos acordamos de brindar una sonrisa, de decir un cumplido, de hacer un co­mentario positivo y de dar una palabra de aliento? Deberíamos practicar sin vacilar todos estos pequeños e importantes gestos.

La paciencia y la longanimidad, consideradas in­significantes en la vida por algunos, son dos de los atributos más grandes que podemos cultivar cuando nos relacionamos con nuestro prójimo. El desarrollar esos dos grandes atributos en el ámbito de los depor­tes, los negocios o en nuestra actividad en la Iglesia nos demostrará que podemos llevarnos bien con las personas y ejercer una buena influencia en su vida.

Otras pequeñeces importantes que merecen nues­tra atención son esos sencillos actos de bondad hacia nuestro prójimo, a los cuales el presidente Spencer W. Kimball se refirió de la manera siguiente:

“Mi experiencia me ha demostrado que mediante el servicio [mismo] es como aprendemos a servir. Cuando nos embarcamos en el servicio a nuestros se­mejantes, el beneficio resultante es dual, ya que no solamente ayudamos a aquellos que nos necesitan, si­no que en el proceso de hacerlo vemos nuestros pro­pios problemas bajo una nueva perspectiva.

“Cuanto más esfuerzos dedicamos a nuestro próji­mo, menos tiempo nos queda para preocuparnos de­masiado por nosotros mismos… Dios nos tiene pre­sentes y nos vigila, más es a menudo a través de otro mortal que satisface nuestras necesidades; por lo tan­to, es [imperioso] que nos sirvamos mutuamente en su reino” (“Esos actos de bondad”, Liahona, dic. de 1976, pág. 1).

Nuestra relación con Dios

Cuando nuestro Padre Celestial creó nuestros cuerpos espirituales, con sumo cuidado colocó en ca­da uno de nosotros los potenciales de carácter, de compasión, de gozo y de conocimiento que necesitaríamos para nuestro progreso personal. En ca­da uno de nosotros yace el embrión de cada uno de los atributos divinos. Confiando en esto, realmente somos capaces de convertimos en dioses, tal y como Él nos lo ha mandado. ¿Recuerdan las palabras que el Salvador dirigió a los nefitas al respecto? Esto fue lo que dijo: “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Debemos prestar atención a las cosas pequeñas que nos ayudarán a crecer y a desarrollar nuestra relación con Dios. Debemos tener presente el mensaje de las palabras que el profeta Alma dirigió a su hijo Hela­mán: “Más he aquí, te digo que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas; y en muchos casos, los pequeños medios confunden a los sabios” (Alma 37:6).

El deseo de cultivar cualidades espirituales nos ayudará a olvidarnos de nuestros deseos injustos. Nos instará a orar con mayor fervor y a perdonar con mayor facilidad las faltas de nuestro prójimo. Au­mentará nuestro amor hacia los demás y tendremos menos deseos de criticar. Si queremos alcanzar un crecimiento personal a la manera cristiana, debemos lograr que el propósito de nuestra vida sea el de desa­rrollar esas virtudes espirituales.

No cabe duda que uno de los mensajes principales que Satanás trata de transmitirnos en el mundo de hoy es que no debemos preocupamos por los asuntos sin importancia. Él es un maestro del engaño paulati­no. Él tiene poder para hacer parecer las cosas peque­ñas totalmente insignificantes, cuando en realidad esas cosas capturan rápidamente el alma y destruyen el espíritu. Él tiene poder para persuadimos de que la inmodestia en el vestir y el comportamiento sugesti­vo son perfectamente aceptables. Él puede hacernos creer que las pequeñas indiscreciones en nuestro ha­blar y los pequeños deslices de conducta no nos des­merecen en nada. Pero no pasará mucho tiempo an­tes de que esas faltas se repitan una y otra vez, hasta hacernos descender a niveles jamás imaginados.

A fin de protegernos contra aquello que destruye el espíritu, sugiero que nos mantengamos alertas a toda oportunidad de vencer al mal y aumentar nuestra fuerza espiritual. Debemos dejar “que la virtud enga­lane [nuestros] pensamientos incesantemente; enton­ces [nuestra] confianza se hará fuerte en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).

Esas cosas pequeñas que, en realidad, se convier­ten en grandes nos ayudan a comprender más clara­mente mientras aprendemos a vencerlas una a una en nuestro esfuerzo por fortalecernos cada vez más. Para ello siempre es necesario tener un espíritu de humil­dad y gratitud hacia nuestro Padre Celestial.

Nuestro profeta de la actualidad, el presidente Ezra Taft Benson, observó cómo Apóstol del Señor que todas las cosas de que hemos hablado son posibles.

En cierta ocasión él expresó: “Los hijos de nuestro Padre Celestial son en esencia buenos. Creo que to­dos, sin excepción, poseen un destello de divini­dad. .. y en el fondo desean hacer lo que es correc­to” (Seminario de Representantes Regionales, 4 de octubre de 1973, pág. 3).

Debemos tratar de vivir cada día de nuestra vida con absoluta fe, porque hemos aprendido por expe­riencia propia que el Señor guarda sus promesas y vela por los que confían en El. Él ha sido tan benig­no con todos, que no deberíamos dudar jamás que Él nos ama realmente, a pesar de nuestros defectos.

Testifico que las llamadas pequeñeces son real­mente importantes si queremos obtener la vida eter­na en la presencia de nuestro Padre Celestial. □

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

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La obra que tenemos que realizar

Liahona Junio 1988
La obra que tenemos que realizar
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

«Sed celoso en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. El evangelio ha de extenderse hasta que llene toda la tierra.»

Deseo invitar a los miembros de la Iglesia a pensar nuevamente en el gran mandamiento que ha dado el Señor a todos los que quieren ser conocidos como sus discípulos. Se trata de un mandamiento que no se puede pasar por alto y del cual no podemos desentendemos. Ese mandamiento es el de enseñar el evangelio a las naciones y pueblos de la tierra.

Esa fue la última instrucción que el Señor dio en el período después de su resurrección y antes de su as­cención y, al iniciarse esta dispensación, lo reiteró.

Después de organizarse el primer Quórum de los Doce en 1835, Oliverio Cowdery, uno de los consejeros de la Primera Presidencia, dio una responsabilidad espe­cial a los miembros del quorum. Desde entonces, las palabras que él declaró se han convertido en un reglamento para todos los Apóstoles que han sucedido al primer grupo. Uno de los consejos que se dan en él es:

“Sed celosos en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. . . El evangelio ha de exten­derse hasta que llene toda la tierra. .. Se os ha con­fiado una obra que nadie más puede realizar; sois vo­sotros los que debéis proclamar el evangelio en toda su sencillez y pureza; y os encomendamos a Dios y a la gracia de Su palabra.” (History of the Church, 2:196-198.)

Después de haber dado esas instrucciones, el Señor dio la revelación que se conoce como la sección 112 de Doctrina y Convenios, la cual va dirigida específicamente a los Doce y dice lo siguiente:

“Contiende, pues, mañana tras mañana; y día tras día hágase oír tu voz amonestadora; y al anochecer no dejen dormir tus palabras a los habitantes de la tierra. . .

“Y yo estaré contigo; y sea cual fuere el lugar donde proclames mi nombre, te será abierta una puerta eficaz para que reciban mi palabra” (D. y C. 112:5, 19).

“Un hombre tardo en el hablar”

En los primeros días de la Iglesia, se enviaron mi­sioneros a otros estados de los Estados Unidos de Norteamérica y a Canadá, y, en 1837, a Inglaterra, al otro lado del océano. En el Templo de Kirtland, el profeta José Smith le dijo al élder Beber C. Kimball: “Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha indicado lo siguiente: ‘que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi evangelio y abra las puertas de la salvación a esa nación’

Aunque el hermano Kimball era un hombre de gran fe, sentía temor de no poseer la habilidad para predicar. Y en tono humilde dijo:

“Oh, Señor, soy tardo en el hablar, y soy total­mente incompetente para realizar tal obra. ¡Cómo podré yo predicar en esa tierra, que es tan conocida en todo el mundo cristiano por ser tan versada, ilus­tre y piadosa; que es la cuna de la religión misma; y a gente cuya inteligencia es universalmente reconoci­da?” (Citado por Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Salt Lake City, Bookcraft, 1945, pág. 104.)

No obstante tales temores, él y sus compañeros co­laboradores partieron para Inglaterra. Aunque el idioma era esencialmente el mismo que ellos habla­ban, muchas de las costumbres de la gente eran dife­rentes. Sin embargo, no se preocuparon por esos por­menores. El mensaje que ellos llevaban era el evan­gelio de salvación y ningún otro tema era más impor­tante que ése. La historia da un notable testimonio sobre el éxito de la labor que realizaron. En los años posteriores, el mensaje del evangelio restaurado se llevó a las islas del mar, en donde se encontraron con culturas y civilizaciones completamente distintas y peculiares. Tal fue el caso de los países de Europa, con tantos idiomas nuevos que aprender y tantas cos­tumbres distintas a las cuales ajustarse.

Después de que los miembros de la Iglesia partie­ron hacia el oeste de los Estados Unidos, aunque tu­vieron que enfrentarse a las arduas tareas de colonizar el desierto y de establecer una nación, no descuida­ron su responsabilidad de llevar el evangelio a otras naciones. En una conferencia celebrada en 1852, se llamó a varios hombres de entre la congregación para ir no sólo a las naciones de Europa, sino también a la China y a Siam [hoy Tailandia]. Es conmovedor ad­vertir que en esos primeros días se enviaron misione­ros a la India, en donde hoy, después de muchos años, se está plantando nuevamente la semilla del evangelio.

El empuje de los pioneros

Me quedo maravillado de la valentía —o mejor dicho la fe— de los líderes y demás miembros de la Iglesia de esa primera época de esforzarse al grado de llegar a lugares tan distantes para llevar el evangelio, a pesar del reducido número de miembros de ese en­ tonces y de los recursos tan limitados con que conta­ban. No se puede leer el relato de los viajes del élder Parley P. Pratt a Chile sin reconocer con gratitud el valor y la fe de esos primeros misioneros, que toma­ron tan seriamente la responsabilidad que les enco­mendó el Señor de llevar el evangelio a todas las naciones de la tierra.

Los largos viajes que realizaron a través del océano se llevaron a cabo bajo condiciones extremadamente difíciles; cabe advertir que cuando llegaban a la na­ción designada, no había nadie, ni siquiera un amigo o compañero, que estuviera esperándolos para recibirlos. Ellos no recibían ninguna capacitación u orientación anticipada con respecto a las condiciones que encontrarían al viajar o al encontrarse lejos en otras naciones, ni tampoco aprendían con antelación el idioma del país al que viajarían. Aun cuando mu­chos de ellos enfermaban al tratar de adaptarse a la comida y a otras circunstancias de vida, estaban muy conscientes de su misión: de su responsabilidad de enseñar el evangelio de salvación a los pueblos de la tierra. Aunque las diferencias de costumbres e idio­sincrasias representaban ciertos obstáculos para ellos, éstos carecían de importancia ante la gran responsa­bilidad que descansaba sobre sus hombros. Seguir leyendo

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La compañía el Espíritu Santo

Liahona Agosto 1988
La compañía el Espíritu Santo
Por el élder Carlos E. Asay
Del Primer Quórum de los Setenta

Es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la excelencia y da significado a la vida. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

Para muchos Santos de los Últimos Días solte­ros, particularmente para algunas de las hermanas que no se han casado, el cortejo y el compañerismo eterno son sueños que aún no se hacen realidad. Es algo que anhelan, saben que tal compañerismo eterno es una parte clave del evangelio y, sin embargo, se sienten frustrados por motivo de no encontrar un compañero digno.

Es una tentación muy grande para mí desear poder juntaros al instante con compañeros perfectos y en­viaros unidos en matrimonio a las eternidades. Pero tal solución sería satánica. Como recordaréis, Sata­nás deseaba dirigir el curso de nuestra vida, abolien­do nuestras pruebas y elecciones, y de esta manera frustrando el plan de nuestro Padre Celestial y dete­niendo nuestro progreso.

El cortejar a un compañero mortal no es algo que podáis dirigir o planear solos; más existe un tipo de compañerismo de gran importancia eterna sobre el cual vosotros tenéis pleno y completo control; es un compañerismo que todos podemos obtener y gozar, sean cual sean la edad o el sexo; es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la exce­lencia y da significado a la vida. Se trata del compa­ñerismo de uno de los miembros de la Trinidad: el Espíritu Santo, el Consolador, el Revelador, el Santificador, el Espíritu del Señor. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

El compañerismo de mortales —el de una persona con otra— es importante y esencial, y si se mantiene unido con amor y respeto mutuo, puede convertirse en una camaradería celestial y brindar un gozo indes­criptible. Sin embargo, este tipo de relación se vuel­ve vacía y sin significado si no tiene la influencia del Espíritu Santo. Ningún compañerismo de personas mortales sobrepasará en importancia a la unión de una persona con el Espíritu del Señor.

“Oraron por lo que más deseaban”

Es importante observar que mientras Cristo ense­ñaba a los nefitas y oraba con ellos, “oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9). Los miembros de la Iglesia hemos completado los pasos necesarios de fe, arrepentimiento y bautismo y hemos tenido manos autorizadas puestas en nuestra cabeza para otorgarnos el don del Espíritu Santo. Pero, así como el amor entre amigos o compañeros se debe cultivar y nutrir como una tierna planta, de la misma manera debe­mos cultivar nuestro compañerismo con el Espíritu Santo.

Cuando muchacho me enamoré de una hermosa joven. Más que cualquier otra cosa en el mundo aspi­raba a tener su amor y compañerismo eternos. Por lo tanto, me esforzaba por que mi comportamiento fuera el mejor, mi hablar superior y trataba en lo posible de dar lo mejor de mí cuando estaba con ella a fin de que gustara de mí. Incluso, después de estar compro­metidos, reconocí la necesidad de continuar cor­tejándola. Mi deseo era, y aún es, complacerla y evi­tar ofenderla en lo más mínimo. Ella es mi fuente de inspiración, mi motivación para vivir en un nivel más alto y más noble.

El compañerismo del Espíritu Santo se cultiva en forma muy similar. Para obtener su influencia y compañía constante, debemos tratar de ser lo mejor, debemos ser dignos de su presencia. Veo cinco cosas que debemos hacer para atraer y retener al Espíritu Santo:

  1. Debemos mantener nuestro cuerpo limpio.

No debemos contaminar nuestro tabernáculo mor­tal de ninguna manera. Debemos obedecer la Palabra de Sabiduría; no debemos usar mal nuestros poderes de procreación; debemos hacer todo lo posible por evitar las enfermedades y otros enemigos de nuestro cuerpo físico. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17).

  1. Debemos mantener nuestra mente limpia.

Debemos defendernos de toda idea indecente y sensual y de otras influencias satánicas. Del libro Doctrina y Convenios recibimos este consejo y pro­mesa: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se hará fuerte en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45-46).

Hay muy pocas cosas que son más repulsivas que una mente maligna, generadora de inmundicia. ¿Pue­de alguien aspirar a gozar de la compañía del Espíritu Santo si es de doble ánimo, si su mente divide su tiempo entre el Espíritu Santo y el Maligno? Yo creo que no.

  1. Debemos ejercer la fe y reservar un lugar en nuestro corazón para el Espíritu Santo.

Se nos ha dicho que cuando no tenemos fe, perde­mos el derecho a recibir manifestaciones del Espíritu de Dios. Moroni habló abiertamente con respecto a los dones del Espíritu, incluso el de sanidades y el de lenguas, y luego advirtió: “Y. . . todos estos dones de que he hablado, que son espirituales, jamás serán su­primidos, mientras permanezca el mundo, sino por la incredulidad de los hijos de los hombres” (Moroni 10:19).

Es sumamente importante que comprendamos que “a fin de que el Espíritu Santo pueda tener cabida ‘en [nuestros] corazones” debemos tener fe en Cristo (Moroni 7:32). ¿Cómo podemos ser aceptables ante el Espíritu Santo si no reconocemos ni admitimos a aquellos a quienes El representa, de quienes El testifi­ca? La verdadera adoración se demuestra por medio de nuestro amor y por llevar una vida como la de Cristo; es el tipo de adoración que abre nuestra vida al poder del Espíritu Santo.

  1. Debemos evitar toda iniquidad, toda forma de maldad.

Como se explicó previamente, los dones del Señor cesan cuando la fe no está presente. Lo mismo se aplica, y el problema se acrecienta, cuando la iniqui­dad se halla presente.

Alma dijo: “Ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo” (Alma 11:37). De la misma forma, ninguna persona impura puede desarrollar una rela­ción duradera con el Espíritu de Dios.

  1. Debemos orar, deleitarnos en las palabras de Cristo y andar rectamente ante Dios.

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Para la Familia: La preparación para entrar en el Templo

Liahona Agosto 1988
Para la Familia:
La preparación para entrar en el Templo

Las ordenanzas que se efectúan en el templo son sagradas; por lo tanto, solamente se habla de ellas dentro del templo mismo. Esta es la razón por la que a veces sus maestros o amigos dudan sobre lo que pueden decirle si se está preparando para reci­bir las ordenanzas del templo.

Como parte de esa preparación, es necesario que tenga presente que va a necesitar mucha fe para beneficiarse con esta experiencia de entrar en el templo, sabiendo que la primera vez que vaya no comprenderá todas las ordenanzas ni todo lo que se enseña allí. La primera visita es sólo el comienzo de una educación espiritual que lleva toda una vida.

El élder John A. Widtsoe, del Consejo de los Doce [1921-1952], escribió que como parte de la obra que se realiza en el templo, se efectúan “bautismos, orde­naciones en el sacerdocio, matrimonios y sellamientos por esta vida y por la eterni­dad, tanto por los vivos como por los muertos, la investidura para los vivos y los muertos, instrucción sobre el evangelio, consejos para la obra del ministerio. . . ”

Dijo que el templo es “un sitio donde el sacerdocio instruye, un sitio de paz, de convenio, de bendicio­nes y revelación. . . De hecho, se invita y se insta a todos los fieles miembros de la Iglesia a que hagan uso de los templos y disfruten de sus privilegios” (Liahona, marzo de 1968, pág. 17).

El significado de la investidura

La investidura es una serie de convenios que hace­mos con nuestro Padre Celestial de que viviremos una vida casta y virtuosa, y de que nos sacrificaremos en bien de nuestros semejantes para edificar su reino; y El, a su vez, nos promete que nos protegerá y ben­decirá en esta vida y que, en la venidera, nos dará gloria y bendiciones aún mayores.

El presidente Brigham Young dijo: “Permitidme daros una breve definición. Vuestra investidura signi­fica recibir en la Casa del Señor todas aquellas orde­nanzas que, después que hayáis partido de esta vida, os permitan volver a la presencia del Padre pasando frente a los ángeles que actúan como centinelas” (Discourses of Brigham Young, seleccionados por John A. Widtsoe, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1941, pág. 416).

Por medio de esta ordenanza, los miembros de la Iglesia que son dignos reciben poder de los cielos para soportar las maldades del mundo. Como parte de ella, se les da instrucciones sobre la crea­ción de la tierra, la transgresión de Adán y Eva y su expulsión del Jardín de Edén. Se les enseña el plan de redención, la apostasía y la restauración del evangelio. Tanto el método de enseñan­za como lo que se enseña en sí son muy particulares y merecen toda una vida de estudio y asistencia al templo.

“Las ceremonias del templo han sido instituidas por un Padre Celestial sabio, quien nos las ha revelado en estos últimos días para que sean una guía y una protección a través de nuestras vidas, a fin de que vosotros y yo no [perdamos la oportunidad de recibir] la exaltación en el reino celestial, que es el lugar en que viven Dios y Cristo” (Harold B. Lee, Decisions for Successful Living, Salt Lake City, Deseret Book, 1973, pág. MU-

Al igual que el bautismo es una ordenanza esencial para nuestra salvación, la investidura es esencial para nuestra exaltación. Además, es una ordenanza indivi­dual que debemos «recibir antes de poder sellarnos en un matrimonio eterno.

Ser dignos de recibir la investidura

Podemos participar en las ordenanzas del evangelio solamente si somos dignos de hacerlo. Y esto se apli­ca aún más a las ordenanzas del templo. “Si no somos dignos y no estamos preparados mental y emocional­mente para recibir las bendiciones de la investidura, es mejor que no vayamos a la Casa del Señor, pues allí la luz de la verdad brilla en esplendor, y esta luz, además de bendecir, puede condenar” (John K. Ed- munds, Through Temple Doors, Salt Lake City, Book- craft, 1978, pág. 77).

Los requisitos que debemos cumplir para ser dignos de entrar en el templo son los siguientes:

  • Obedecer la ley de castidad y ser moralmente puros.
  • Sostener al profeta actual por ser la única persona sobre la tierra que tiene la autoridad para administrar todas las llaves del sacerdocio.
  •  Vivir de acuerdo con las normas de la Iglesia.
  •  No tener ningún pecado pendiente (del que deba­mos arrepentimos).
  •  Ser honrados.
  •  Ser miembros activos de la Iglesia.
  •  Pagar un diezmo íntegro.
  •  Tener una relación apropiada con todos los miembros de nuestra familia.
  •  Sostener a los líderes locales y generales de la Iglesia.
  •  Cumplir con la Palabra de Sabiduría.
  •  No estar afiliados a grupos apóstatas.

En entrevistas con nuestro obispo o presidente de rama, y luego con un miembro de la presidencia de la estaca o de la misión, se nos pregunta si vivimos de acuerdo con los requisitos menciona­dos. Cuando los líderes que nos entre­vistan están convencidos de nuestra dignidad, nos otorgan una recomendación para el templo, la que debemos presentar allí antes de que se nos permita entrar.

Al firmar nosotros también la recomenda­ción, certificamos que nos consideramos dignos de entrar en el templo. Seguir leyendo

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El dolor y el gozo ¿Que podemos aprender de Lehi?

Liahona Agosto 1988
El dolor y el gozo
¿Que podemos aprender de Lehi?
Por Keith K. Hill

Hace ya varios años, mientras visitaba a un querido amigo, lo noté muy desalentado.

Él es maestro de escuela, su esposa se dedica a las labores del hogar, y con los nueve hijos que tienen, sus recursos económicos se veían bastante limitados.

Al preguntarle cómo estaba, trató de evadir la res­puesta demostrando no tener deseos de hablar sobre sus problemas; pero finalmente, con lágrimas en los ojos, me contó sus preocupaciones familiares. Uno de sus hijos había abandonado los estudios en la escuela secundaria y se había ido a vivir a otra casa; se pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo, mascando taba­co y en fiestas con sus amigos. La hija de dieciocho años había transgredido y planeaba casarse, pero no en el templo. El hijo de dieciséis años tenía serios problemas de alcohol y drogas. El hijo mayor de mi amigo servía en una misión, pero con los gastos del tratamiento para ayudar al que tomaba drogas, peli­graban los fondos misionales y la estabilidad econó­mica de la familia.

Mi amigo me dijo que se sentía culpable e indigno, dado que por toda la tensión que experimentaba la familia, él y su esposa se culpaban mutuamente de los problemas de los hijos, lo que hacía que el matrimonio viviera bajo mayor presión. Era notorio que se debatía ante una pregunta: ¿Por qué le sucedían esas cosas a su familia cuando él trataba de vivir el evangelio?

Muchos Santos de los Últimos Días entran al sen­dero del evangelio con ahínco, disfrutando anticipa­damente de la felicidad en que esperan vivir; sin em­bargo, por el contrario, se encuentran afligidos ante dificultades y desafíos inesperados. Algunas de las personas que enfrentan esos problemas se vuelven amargadas, poniendo en duda el amor de Dios y olvi­dándose de los compromisos que han hecho; otros llegan a perder la fe totalmente y buscan alivio a sus dolores en el pecado.

Aquellos que sufren este tipo de dolores pueden aprender de la experiencia que Lehi tuvo en el de­sierto. Lehi emprendió con ahínco la aventura que le asignó el Señor, pero años más tarde reveló el dolor y sufrimiento que había experimentado en la jornada, cuando dijo: “Te hablo a ti, José, mi postrer hijo. Tú naciste en el desierto de mis aflicciones; sí, tu madre te dio a luz en la época de mis mayores angustias” (2 Nefi 3:1).

Al igual que Lehi, mucha gente se encuentra en lo que muy bien podemos llamar el “desierto de la aflic­ción”. Se encuentran aislados de aquellos que aman debido a circunstancias totalmente ajenas a su volun­tad; desean paz, pero sólo sienten desesperación.

Y sin embargo, este tipo de experiencias puede ayudarnos a progresar. El élder Marvin J. Ashton ex­plica que “la grandeza de una persona se mide por la manera en que ésta reaccioné ante los sucesos que parecen ser totalmente injustos, desmedidos e inmerecidos” (Liahona, enero de 1985, pág. 18).

Al igual que Lehi, nosotros también debemos empezar bien

Lehi había logrado tener un hogar confortable en Jerusalén para su familia, pero cuando escuchó la voz del Señor, su corazón y su alma se llenaron de paz y gozo. Sus pertenencias materiales pasaron a ser me­nos importantes que el gozo y la esperanza que sintió ante la idea del amor que se le ofrecía por intermedio de la expiación de Jesucristo. Ese amor fue para su alma como un fruto delicioso.

Si el hombre empieza su vida en forma recta y siempre procede igual, lo más probable es que termi­ne bien. Igual les sucede a aquellos que empiezan mal y persisten en seguir así: terminarán mal. Lehi empe­zó bien; mantuvo su fe en el Señor Jesucristo y se arrepintió sinceramente de sus pecados, actuando sin hipocresía; el arrepentimiento le trajo como recom­pensa el perdón y la compañía del Espíritu Santo. Y luego de haber vivido rectamente, Lehi estaba preparado para “el desierto de sus aflicciones”.

Lehi tuvo fe y estaba agradecido

El viaje de Lehi fue una prueba de fe en el Señor. Leemos que “salió para el desierto; y abandonó su casa, la tierra de su herencia, y su oro, su plata y objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desier­to” (1 Nefi 2:4).

Cuando la familia hubo viajado tres días por pa­rajes deshabitados, se detuvo y levantó sus tiendas en un valle a orillas de un río. Aquí leemos que Lehi “erigió un altar de piedras y ofreció un sacrificio al Señor, y dio gracias al Señor nuestro Dios” (1 Nefi 2:6-7). Durante el transcurso de su viaje siempre re­cordó al Señor y guardó Sus mandamientos. En cualquier lugar o situación en que se encontrara, era humilde, adoraba a Dios y agradecía al Señor su miseri­cordia y bendiciones. Aun cuando algunos pensaban que era un anciano extraviado, él siempre confió en nuestro Padre Celestial, reconociendo que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).

La visión de Lehi del plan de Dios para su familia

Aun cuando Lehi empezó bien, ejercitando su fe en Dios con un espíritu de gratitud, no se vio libre de dolores. Aun cuando ofreció un sacrificio de agrade­cimiento, Laman y Lemuel reclamaban contra él lla­mándolo un “hombre visionario” que “los había saca­do de Jerusalén, abandonando la tierra de su heren­cia, y su oro, y su plata y objetos preciosos, para pe­recer en el desierto. Y decían que había hecho esto por motivo de las locas imaginaciones de su corazón” (1 Nefi 2:11). Al igual que los judíos en Jerusalén, Lamán y Lemuel rechazaron las palabras de su padre. Seguir leyendo

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En pos de la vida plena

Liahona de Agosto 1988

En pos de la vida plena
Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero la Primera Presidencia

¡Cuán emocionante es la vida que tenemos la posibilidad de vivir en esta época! Quizás no seamos como los navegantes y exploradores del pasado, cuyos viajes y descubrimientos los llevaban hasta los confines de la tierra, pero sí po­demos ser exploradores en espíritu y tener el  deseo de hacer de éste un mundo mejor, descubriendo maneras mejores de vivir y de proceder.

El espíritu de exploración, ya sea de la superficie de la tierra, de la inmensidad del espacio, o de los principios de una vida recta, requiere que desarrolle­mos la capacidad de hacer frente a los problemas con valor, a las desilusiones con buen ánimo, al triunfo con humildad.

Al crear el mundo, el Señor no lo hizo todo absolutamente, sino que dejó muchas puertas abiertas para que el hombre empleara su ingenio; dejó la electricidad en la nube, el petróleo en la tierra; no tendió puentes sobre los ríos, no taló los bosques, ni nos edificó ciudades. Dios le da al hombre la mate­ria prima en vez del producto acabado; nos deja los cuadros sin pintar, la música sin componer y los pro­blemas sin resolver, a fin de que nosotros mismos descubramos la dicha y la gloria de crear.

Sin embargo, durante el último medio siglo, se ha percibido un retroceso gradual aunque continuo en las normas que conducen a la excelencia en muchos aspectos de nuestra vida.

Nos encontramos con ejemplos de empresas sin moral, ciencia sin humanitarismo, conocimiento sin integridad, veneración sin sacrificio, placer sin con­ciencia, política sin principios y riqueza sin obras.

Tal vez sin saberlo, hace dos siglos el renombrado autor inglés Carlos Dickens describió nuestra época cuando se refería a otra. Su obra clásica Cuento de dos ciudades comienza así:

“Era el mejor de los tiempos, y el peor de los tiem­pos; era la etapa de la sabiduría y del aturdimiento, de la fe, era la época de la incredulidad, era el período de la Luz y de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Teníamos todas las perspectivas y ninguna.” (Tres obras de Car­los Dickens, Editorial Porrúa, S. A., pág. 125.)

El medir las bondades de la vida según sus deleites, sus placeres y la seguridad que ella nos ofrece es pres­tarse al engaño. La vida plena no consiste en lujos imperecederos, ni se satisface con los placeres mate­riales, a los que a menudo se confunde con el gozo y la felicidad.

Por el contrario, son la obediencia a la ley, el respeto al prójimo, el autodominio y el servicio sincero lo que compone la vida plena.

Tal vez lleguemos a entender mejor esos principios esenciales si los tratamos uno por uno.

A OBEDIENCIA A LA LEY

Vayamos de inmediato a ese código de con­ducta revelado que ha guiado a la humanidad a través de todos los disturbios que se puedan conce­bir. Al hacerlo, casi podemos escuchar el eco de la voz que partió del monte Sinaí, hablándonos a noso­tros hoy:

No tendrás dioses ajenos delante de mí.
No te harás imagen.
No tomarás el nombre de jehová tu Dios en vano.
Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No hurtarás.
No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
No codiciarás. (Véase Éxodo 20:3-4, 7-8, 12-17.)

Años después de haber recibido Moisés la ley, lle­gó el meridiano de los tiempos, en el cual emergió “una magna investidura” [D. y C. 105:12], un poder mayor que el de las armas, una riqueza más perdura­ble que las monedas del César; pues el Rey de reyes y el Señor de señores añadió a los principios de la ley el concepto del amor.

¿Recordáis la punzante pregunta formulada por el intérprete de la ley? “Maestro, ¿cuál es el gran man­damiento de la ley?”

Lo que es más importante aún, ¿recordáis la res­puesta divina? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-39).

Estas son las leyes de Dios. Violémoslas y padece­remos consecuencias interminables; obedezcámoslas y segaremos gozo eterno.

No pasemos por alto la importancia de obedecer las leyes del país. Estas no fueron creadas tanto para restringir nuestra conducta sino para garantizamos la libertad, proporcionarnos protección y salvaguardar todo lo que es de valor para nosotros. Seguir leyendo

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Magnífica estructura

Liahona Noviembre 1990
Magnífica estructura
Por El Élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Si seguimos al Salvador, cada uno de nosotros podrá edificar su vida como si fuera una

Se cuenta el relato de un joven constructor que se estaba iniciando en el negocio de construcción cuando un hombre muy adinerado, amigo de su padre, fue a hablar con él y le dijo: “Para ayudarte a establecer tu negocio, te voy a pedir que construyas una casa para mí. Acá tienes los planos; no te preocupes por los gastos, pues lo que quiero es que emplees los mejores materiales y que contrates la mejor mano de obra que encuentres. No repares en el costo. Envíame las cuentas y yo las pagaré sin objeciones”.

Al joven constructor le obsesionó el deseo de enrique­cerse por medio de aquella oferta tan generosa y amplia y, en lugar de emplear la mejor mano de obra y los materiales más finos, buscó lo más barato engañando así a su benefactor en toda forma que le fue posible.

Finalmente, el último clavo ordinario se clavó en la última pared endeble y el constructor entregó al amigo de su padre las llaves y una cuenta por una cantidad exorbitante. El caballero le hizo un cheque por la cantidad total y luego le devolvió las llaves, diciéndole con una afable sonrisa: “Hijo, esta casa que acabas de construir es un regalo que quiero hacerte. ¡Espero que vivas en ella con gran felicidad!”

Si el joven de este relato hubiera reflexionado sobre las consecuencias de sus pensamientos y actos deshonestos, quizás habría podido entender claramente lo que Jesús enseñó hace ya mucho tiempo:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue

En otra ocasión, Jesús dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20); pero, a menos que abramos la puerta y le demos entrada en nuestra vida, El no podrá entrar. Sólo si aceptamos al Salvador y hacemos su voluntad, tendremos siempre la inclinación a hacer lo correcto.

La buena inclinación es una parte esencial de los prime­ros principios del evangelio: la inclinación a amar a Dios y al prójimo “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Cada uno de nosotros debe obrar en armonía con la voluntad de Dios y crear un ambiente espiritual que traiga a Jesús al centro mismo de nuestra vida; después debemos continuar viviendo “con la única mira de glorificar a Dios” (D. y C. 4:5).

En esta Iglesia maravillosa, no hay diferencias entre nosotros a causa de nuestra edad, sino que nos unen los principios eternos. A medida que vosotros, jovencitos, edificáis vuestra vida, vuestra creencia en Jesucristo y su evangelio os guiará en la misma forma que guía a aquellos de nosotros que todavía estamos por terminar la cons­trucción de nuestra estructura.

Tal como se encuentra registrado en las Escrituras, Cristo hizo un impresionante compendio de algunos de estos principios: “…vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

¿Quién no desearía saber, o daría todo lo que poseyera, por recibir la respuesta a esa pregunta, especialmente por boca del Señor mismo?

Esta es la respuesta: “…Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Fijaos en las palabras mágicas: “…si quieres entrar en la vida”. ¡Sí, entrar en la vida! ¿No es ése nuestro verdadero propósito? En verdad, ¿hay algún otro?

Cuando le preguntaron qué significaba “guardar los mandamientos”, Jesús respondió: “…No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio”, y luego la positiva y gloriosa exhortación: “Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19).

¡Qué planos tan sublimes para edificar la mejor vida! Estos mandamientos, y todo lo que encierran, constituyen un baluarte glorioso e inexpugnable contra la maldad. Requieren que utilicemos nuestro tiempo de la mejor manera posible, lo cual nos servirá para mantener nues­tra integridad y moralidad y ser buenos ejemplos. Esa es la clase de vida que los Santos de los Últimos Días deben edificar.

Durante la época de José Smith, los miembros de la Iglesia se sentían preocupados; deseaban saber si debían construir hogares permanentes o simplemente tempora­rios, ya que con frecuencia habían tenido que mudarse de un lugar a otro, pero el Profeta les dijo: “Construyan como si fueran a permanecer aquí para siempre”.

El estudio minucioso de nuestra historia nos enseña a todos una gran lección. El éxito de nuestra Iglesia se debe a nuestra fe en Dios, a la guía inspirada de líderes firmes y dedicados que nunca tomaron el camino fácil, y al hecho de poner en primer lugar en nuestra vida las enseñanzas divinas de Jesús.

Si edificamos nuestra vida siguiendo el ejemplo del Señor y dedicándonos a Él, lo haremos con los mejores materiales y con el máximo esfuerzo. No escatimaremos el estudio, la diligencia ni la obediencia. No engañaremos en cuanto a la calidad de lo que estamos edificando ni trataremos de aprovecharnos de la bondad de nuestro benefactor, que nos ha concedido una maravillosa opor­tunidad. Desearemos edificar algo noble y firme, algo que sea digno de la confianza que Él ha depositado en noso­tros.

Al hacerlo así, no sólo nos beneficiaremos a nosotros mismos sino a los demás. Y al terminar la construcción, tendremos una magnífica estructura. □

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Claves para fortalecer a las familias

Liahona Noviembre 1990
Claves para fortalecer a las familias
Por William G. Dyer y Phillip R. Kunz

Un estudio revela algunos de los principios básicos que sirven para fortalecer a las familias santos de los últimos días.

La mayoría de los informes actuales sobre las fami­lias señalan los proble­mas por los que éstas están pasando, tales como el divorcio, el maltrato físico, el uso de las drogas, el incesto, el suicidio, etc. En vista de todo eso, tal vez surja la pregunta: ¿quedan aún familias fuertes y estables y, si las hay, cuál es el factor que las ayuda a tener éxito?

Con el fin de determinar los puntos que las familias Santos de los Últimos Días unidas y fuertes tienen en co­mún, llevamos a efecto un estudio en el que les pedimos a varios presiden­tes de estaca de diversas partes de los Estados Unidos que nos proporcio­naran una lista de quince familias de su estaca que, a su parecer, fueran las más sobresalientes. (A pesar de que las familias utilizadas en este es­tudio residen en los Estados Unidos, los principios básicos que se manifes­taron se aplican a las familias de San­tos de los Últimos Días de todo el mundo.) Las entrevistas que se lleva­ron a cabo posteriormente demostra­ron que casi todas las doscientas familias seleccionadas participaban activamente en la Iglesia y había fuertes lazos entre padres e hijos.

El estudio se limitó a aquellas fami­lias que tenían por lo menos un hijo que aún vivía en el hogar paterno, y por lo menos otro más en edad de casarse, o para ir a una misión o a la universidad. Después de analizar las encuestas y entrevistas, encontramos que todas las familias que participa­ron en el estudio tenían doce prácti­cas en común y, no obstante que diferían de muchas otras maneras, manifestaron semejanzas extraordi­narias en ciertos aspectos básicos.

  1. Se dedican al Evangelio de Jesu­cristo.

Es obvio que, en un momento de­terminado, estas parejas tomaron la resolución de que su familia sería ac­tiva en la Iglesia.

La resolución que estos padres han tomado se manifiesta en tres aspec­tos: (a) asistencia a las reuniones de la Iglesia, (b) el pago de un diezmo íntegro, (c) la voluntad de aceptar llamamientos en la Iglesia. Estos fac­tores formaban parte de casi todas las familias entrevistadas.

Una de ellas comentó: “Lo más im­portante para nuestra familia es el amor que sentimos por el evangelio. Sabemos cuál es el propósito de la vida, y sabemos que nuestros hijos son importantes. Nuestro Padre Ce­lestial es nuestro socio, y contamos con su ayuda una vez que hayamos hecho nuestra parte. Vivimos sin mu­chas de las comodidades de las que gozan los vecinos porque sabemos que el ayudar a un hijo es mucho más importante que tener una casa grande u otras posesiones materiales. Lo más importante en la vida son las misiones, el casamiento en el templo y el mantenernos unidos”.

El setenta y tres por ciento de estas familias indicó que siempre, o por lo general, efectuaba la oración fami­liar por la mañana y por la noche. Muchos de los que dijeron que la lle­vaban a cabo sólo de vez en cuando recalcaron que a causa de los hora­rios de los miembros de la familia a veces les era imposible reunirse todos al mismo tiempo. Un padre de familia dijo: “Tenemos nuestras oraciones familiares tan frecuentemente como nos es posible, pero es difícil hacerlo por la mañana y por la noche ya que algunos de nuestros hijos trabajan y tienen diferentes horarios. Raras veces nos encontramos todos en casa al mismo tiempo, pero los domingos siempre oramos juntos”.

Este mismo problema, el de los horarios, hizo difícil que todas las familias llevaran a cabo la noche de hogar o leyeran juntos las Escrituras. Sin embargo, el sesenta y seis por ciento afirmó que siempre, o por lo general, efectuaba la noche de hogar todas las semanas. El tercio restante se reúne sólo de vez en cuando.

Con respecto a la lectura diaria de las Escrituras, sólo un treinta por ciento lo hace, mientras que el otro setenta por ciento indicó que lo podían hacer de tiempo en tiempo. Según los antecedentes de estas parejas, su dedi­cación religiosa no se puede atribuir a una sola cosa; por el contrario, han llevado vidas muy variadas. Muchos son conversos a la Iglesia. A causa de la Segunda Guerra Mundial y la guerra con Corea, menos de la mitad de los padres que participaron en este estudio sirvieron en mi­siones; menos de la mitad se graduaron de seminario; más del veinte por ciento se bautizaron después de los ocho años de edad. Naturalmente, muchos de ellos provenían de familias Santos de los Últimos Días activas, que habían sido miembros de la Iglesia por varias generaciones y habían gozado de tradiciones que para ellos eran impor­tantes al criar a sus propios hijos. Otros provenían de familias menos activas o donde sólo algunos eran miem­bros de la Iglesia, o se criaron en hogares donde nadie era miembro y más tarde se unieron a la Iglesia.

  1. Muestran amor y unidad familiar.

Aparte de la poderosa influencia que la Iglesia tiene en sus vidas, estas familias señalan que el amor y la unidad son los factores más importantes en su éxito como familia. Una de ellas declaró: “Nos encanta estar juntos; una de las cosas que más nos gusta hacer es sentarnos a conversar y gozar de la compañía mutua. Verdaderamente desea­mos estar juntos por la eternidad”.

Para la mayoría de estas familias, el tener ese amor, ese apoyo y esa unidad familiar no fue algo automático, sino que fue el resultado de la buena enseñanza y el esfuerzo. Los padres alentaban a sus hijos a que se apoyaran mu­tuamente, como por ejemplo asistiendo a actividades en donde participara un hermano o una hermana.

Además de demostrarse apoyo mutuo en las actividades fuera del hogar, estas familias trabajan y se divierten juntas. Las vacaciones familiares, siempre que sea posi­ble, se convierten en una experiencia unificadora.

  1. Se fijan metas.

Estas familias parecen tener una visión clara del curso que deben seguir y las metas que desean alcanzar. Todos los participantes indicaron que deseaban lo mismo para sus hijos: una buena educación, que se casen en el templo, que reconozcan su propia estimación y tengan una imagen positiva de sí mismos, que sientan amor por la familia y dedicación hacia la Iglesia, que sirvan en una misión y tengan buen comportamiento.

Los miembros de la familia se reúnen regularmente para hablar en cuanto a lo que desean lograr como fami­lia; su plan es estar juntos para siempre, de manera que se fijan metas específicas que mencionan con regularidad cuando los niños son pequeños, y más tarde cuando em­piezan a hacer planes para sus misiones, su educación y el casamiento en el templo. Incluso los miembros peque­ños de las familias podían mencionar estas metas de ma­nera clara y concisa.

  1. Enseñan y conversan.

Los padres de estas familias dedican una porción con­siderable de tiempo para hablar con sus Hijos, enseñarles y ayudarles a hacer frente a los problemas o preocupacio­nes que puedan tener. Una pareja lo expresó de la si­guiente manera:

“Ha sido una gran ventaja para nuestra familia el poder hablar libremente el uno con el otro, así como con nuestros hijos, en cuanto a sentimientos, problemas, metas, disgustos y gozos. Lo hacemos mientras trabaja­mos o jugamos juntos. Algunas veces permanecemos sentados alrededor de la mesa después de terminar de comer para continuar conversando. A veces estudiamos juntos libros de consulta, leemos en voz alta o contamos chistes.” Seguir leyendo

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Un vidente escogido

Liahona Diciembre 1987
Un vidente escogido
José Smith fue testigo ocular del Cristo resucitado y por medio de él Dios comunicó Su palabra al mundo.
Por el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

No importa cuándo hablemos de José Smith, es importante que recordemos lo que él dijo de sí mismo: “Yo nunca os he declarado que soy perfecto; pero no hay errores en las revelaciones que [os] he enseñado” (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 457).

José Smith era ya un buen hombre, pero fue llama­do por un Señor perfecto, ¡Jesús de Nazaret! La pri­mera exhortación la recibió de Dios el Padre: “Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 17). Y desde ese momento en adelante siempre escu­chó atentamente a Jesucristo.

De José Smith, que no era erudito ni estaba capa­citado en teología, hemos recibido más páginas im­presas de escritura que de cualquier otro ser mortal, incluidas las páginas combinadas que tenemos de Moisés, Pablo, Lucas y Mormón. Según parece, en la primavera de 1829 el Profeta traducía entre siete y diez páginas impresas por día.

Revelaciones extraordinarias

Pero no sólo la cantidad de esas revelaciones es impresionante, sino también su extraordinaria calidad. Por medio de él se recibieron doctrinas esencia­les que habían desaparecido de la faz de la tierra, haciendo que la gente tropezara “muchísimo”; esas “partes. . . sencillas y preciosas” se habían reservado o quitado, y por ese motivo no aparecen en la Biblia. (Véase 1 Nefi 13:34.)

A continuación doy algunos ejemplos de las gran­des verdades que Dios restauró por medio del profeta José Smith:

En 1833 se le dijo que no sólo Jesús estaba con el Padre desde antes de venir a la tierra, sino que “tam­bién el hombre fue en el principio con Dios. La inte­ligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser” (D. y C. 93:29). Esta reve­lación da al hombre una idea más correcta de su pro­pia naturaleza eterna.

También por medio del Profeta se recibió la reve­lación de que cada uno de nosotros es responsable ante Dios de sus propios pecados, y no de los de Adán:

“Y el Señor le contestó [a Adán]: He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén.

“De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado el pecado original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo.” (Moisés 6:53-54; véase también D. y C. 93:38 y el Artículo de Fe 2.)

El propósito de la vida mortal

Por medio del Profeta podemos saber el lugar que tiene el ser humano en este vasto universo:

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.

“Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Lle­var a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hom­bre.” (Moisés 1:33, 39.)

Mientras que todavía muchas personas se pregun­tan en la actualidad si la vida en la tierra tendrá al­gún propósito, el Señor reveló el propósito de la vida mortal por medio del profeta José Smith: “Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

Las verdades de la Restauración dan respuestas confirmantes a las preguntas más básicas que .se hace el ser humano: ¿Es realmente imposible explicar el origen de nuestro universo? ¿Tiene propósito e im­portancia la existencia humana? ¿Por qué hay tanta injusticia y tanto sufrimiento en el mundo?

Y fue por medio del profeta José Smith que recibi­mos esas respuestas: No tenemos por qué desesperar­nos; estamos rodeados de propósitos divinos.

Recibimos éstas y otras revelaciones mediante este profeta inspirado, que nos proveyó los elementos esenciales del evangelio.

Probar, reprobar y progresar

José Smith fue también testigo ocular del Cristo resucitado. Sin embargo, como les sucede a todos los que son en verdad discípulos, él también pasó por un proceso de probación, reprobación y progresión mientras servía siendo el profeta por el cual Dios co­municó Su palabra a esta generación (véase D. y C. 5:10). Seguir leyendo

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Hoy se ha cumplido esta escritura

Liahona Diciembre 1987
El ungido, el gran Rey
“Hoy se ha cumplido esta escritura”
Por Keith H. Meservy

En Jesucristo se cumplieron las antiguas profecías acerca del Mesía prometido, el cual murió para que tuviéramos vida.

Nuestra fe está cimentada en el testimonio de que Jesús es el Cristo o, en otras palabras, el Mesías. Según Pablo lo declara, esto signifi­ca “Que [el Mesías] murió por nuestros pecados, con­forme a las Escrituras;

“y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día. . .” (1 Corintios 15:3-4.)

Para ayudar al lector a comprender la idea hebrea más claramente, he sustituido en este artículo la pa­labra hebrea “Mesías” en corchetes por la palabra griega “Cristo”.

La mayoría de la gente que vivió durante la época de Cristo no esperaba, sin embargo, que el Mesías fuera a sufrir y finalmente morir. Aun los Apóstoles se hallaban confusos acerca del papel sacrificador del Mesías.

¿Eran los anuncios proféticos acerca del papel que desempeñaría el Mesías tan poco claros que causaron que se difundiera un concepto erróneo del mismo? ¿Estaba la gente tan poco familiarizada con las Escri­turas que sus creencias en cuanto al Mesías eran in­fundadas?

El Ungido, el gran Rey

El título hebreo mesías y su equivalente en griego cristo significan el ungido y se podía utilizar para un gran número de llamamientos. El título mashia (el un­gido) se aplicaba a cualquiera —a un sacerdote, a un rey o a un profeta— que fuera ungido con aceite para ministrar en nombre de Dios. (Véase Éxodo 29:29; 1 Samuel 10:1; 1 Reyes 19:16.) Jesús fue todo eso: Profeta, Sac­erdote y Rey.

Su ungimiento se llevó a cabo en el cielo, debido a que Dios, sabiendo de antemano que tendría lugar la caída de Adán, sabía también que se necesitaría un redentor. Fue allí que Jesús se convirtió en “el Hijo de Dios, ungido desde antes de la fundación del mun­do” (Enseñanzas del profeta José Smith, compilación de Joseph Fielding Smith, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1975, pág. 324). Fue por esa razón que Juan identificó a Jesús como el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8).

Aun cuando el papel principal del Hijo de Dios fue conquistar la muerte física y espiritual, muchas profecías, al hablar del Ungido, lo hacen concen­trándose principalmente en su papel de rey. Una an­tigua profecía declaraba: “No será quitado el cetro de Judá,

“Ni el legislador de entre sus pies,

“Hasta que venga Siloh;

“Y a él se congregarán los pueblos.” (Génesis 49:10.)

Cuando David, de la tribu de Judá, ascendió al trono, el Señor le prometió que su posteridad heredaría el trono eternamente. (Véase 1 Crónicas 17:11-14.) De esa manera, el Mesías ocuparía el tro­no de David. Isaías escribió sobre Él lo siguiente:

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, dis­poniéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. . . ” (Isaías 9:7.)

Por lo tanto, el título Hijo de David llegó a tener el mismo significado que Mesías, y cualquiera que lla­mara a Jesús por ese nombre demostraba que conside­raba al Señor de esa manera.

Cuando por fin llegó el momento de mostrarse co­mo el Rey de Israel, lo hizo siguiendo el antiguo ejemplo establecido por Salomón quien, después de haber sido ungido rey en Gihón, su séquito real lo montó en una mula y lo acompañó a Jerusalén donde fue recibido con gran alegría y alboroto por el pueblo que gritaba “¡Viva el rey Salomón!” (Véase 1 Reyes 38-45.) Con seguridad a otros sucesores también se les debe haber ungido de manera similar. De ese mo­do, Dios les reveló a los judíos que de esa manera podrían reconocer a su Rey cuando éste viniera a ellos:

“Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.” (Zacarías 9:9.)

Al elegir entrar en Jerusalén montado en un asno, Jesús —su nombre mismo que significaba que salvaría a su pueblo— anunció que Él era el Rey del cual se había profetizado que traería la salvación. Por consi­guiente, los judíos creyentes lo recibieron emociona­dos, diciendo “¡Hosanna!”, que significa ¡sálvanos!, y gritaban “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor, paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (Marcos 11:7-10; Lucas 19:35-38.)

El Heredero real del trono había llegado a la ciu­dad real. Sus enemigos pronto lo crucificarían —pen­sando haber logrado una victoria— pero por el mo­mento, el Dios de salvación hacía su entrada triunfal en Jerusalén, dejando bien claro su mensaje de que Él era el Mesías real.

El Legislador

Después que Moisés estableció el con­venio de Dios y la ley en Israel y se pre­paró para dejar a su pueblo, les acon­sejó que se prepararan para aceptar a otro profeta como él. Porque Dios ha­bía prometido que: “Profeta les levan­taré de en medio de sus hermanos, co­mo tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.

“Más a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.” (Deuteronomio 18:18—19.)

Al igual que Moisés, ese profeta haría un nuevo convenio e impondría nuevas leyes. Jeremías escribió sobre ese nuevo convenio con la casa de Israel, di­ciendo que, según las palabras de Dios, no sería “co­mo el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto”, sino que sería como una ley escrita “en su corazón”. (Jeremías 31:31-33.)

Pedro declaró que Jesús era el profeta mesiánico que todo Israel estaba esperando:

“Porque Moisés dijo a los padres; El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os ha­ble. . .

“A vosotros primeramente, Dios habiendo levan­tado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:22, 26.) Seguir leyendo

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Lo que podemos darle al Señor

Lo que podemos darle al Señor

Por el presidente Ezra Taft Benson

Al comenzar esta época de dar y recibir por acercarnos a la Navidad, me gustaría hablar de algunos de los muchos dones (o “regalos”) que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, y de lo que nosotros podemos darle a Él.

Primero, estableció para nosotros un modelo per­fecto —El mismo— que debemos tomar como ejem­plo para nuestra vida. Él dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus ami­gos” (Juan 15:13). No sólo nos dio el ejemplo de una vida terrenal perfecta, sino que por nosotros dio tam­bién su vida, pasando tanto en cuerpo como en espíritu por una agonía que no podemos siquiera con­cebir, para darnos la gloriosa bendición de la expia­ción y la resurrección (véase D. y C. 19:15-19).

Hay personas que están dispuestas a morir por su fe, pero no a vivir por ella. Cristo vivió y murió por nosotros. Si seguimos sus pasos, por medio de su ex­piación podemos obtener el don más grande de todos —la vida eterna— que es la que vive el Gran Eterno, nuestro Padre Celestial.

Jesucristo hizo esta pregunta a los nefitas: “¿Qué clase de hombres debéis ser?”, y luego El mismo la respon­dió diciéndoles que debían ser así como Él es (véase 3 Nefi 27:27).

Aquel cuya vida se aproxime más al modelo de la de Cristo es el más grande, más bienaventurado y más lleno de gozo. Pero esto no tiene nada que ver con riqueza, poder o prestigio terrenal. La única prueba verdadera de grandeza, bienaventuranza y go­zo es el grado hasta el cual podamos ser como el Maestro, Jesucristo. Él es el camino verdadero, la plena verdad y la vida en abundancia.

Segundo, además del don de la vida de Cristo, está el de su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30). No hay salvación ni exaltación para nosotros fuera de la Iglesia; mediante ella recibimos el bautismo, el sacerdocio, el matrimonio celestial y otras ordenanzas vitales; ella es el medio organizado que Dios emplea para establecer y expandir Su obra. Debemos trabajar con la Iglesia y en ella, edificarla y hacerla avanzar.

Debemos estar dispuestos a dedicarle generosamen­te nuestro tiempo, talento y bienes. Pase lo que pase con el mundo, la Iglesia crecerá y se fortalecerá y estará intacta cuando el Señor venga otra vez.

Dios nos ha asegurado que jamás volverá la Iglesia a desaparecer de la tierra por causa de apostasía, y ha dicho que está complacido con ella, hablando colec­tiva y no individualmente (véase D. y C. 1:30).

La Iglesia es verdadera; obedeced sus preceptos, asistid a sus reuniones, sostened a sus líderes, aceptad sus llamamientos, disfrutad de sus bendiciones.

Tercero, además de los dones de la vida de Cris­to y de su Iglesia, tenemos el don de las Escri­turas y, en particular, del Libro de Mormón.

El profeta José Smith declaró que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus precep­tos que los de cualquier otro libro” (Enseñanzas del profeta José Smith, págs. 233-234).

El Libro de Mormón fue escrito para nuestros días. Mormón, el Profeta que lo compiló, vio nuestra épo­ca en una visión, y se le dirigió para que pusiera en él todo aquello que Dios consideraba que sería especial­mente necesario para nosotros; por lo tanto, debemos conocerlo mejor que cualquier otro libro.

No solamente debemos conocer la historia y los relatos inspiradores que contiene, sino también com­prender sus enseñanzas. Si realmente cumplimos nuestro deber estudiando concienzudamente la doc­trina que encierra, podremos encontrar las verdades que pongan al descubierto los errores y combatan las falsas teorías y filosofías de los hombres, que están en boga en nuestros días.

Ahora bien, la vida de Cristo, su iglesia y el Libro de Mormón son sólo parte de los dones con que Jesu­cristo nos ha bendecido para toda la vida. Por lo tan­to, os pregunto, mis hermanos, ¿qué podríamos darle al Señor en esta Navidad? Considerando todo lo que Él ha hecho y hace por nosotros, nos daremos cuenta de que hay algo que podemos darle a cambio.

El grandioso regalo que Cristo nos hizo fue su vi­da y su sacrificio. ¿No debería ser entonces ése mismo nuestro pequeño regalo para El: nuestra vida y sacrificio ahora y en el futuro?

Los hombres y mujeres que se dedican a obedecer la voluntad de Dios descubren que Él puede hacer de sus vidas mucho más de lo que ellos harían; Él les hace más profundo el gozo, les expande la visión, les vivifica el entendimiento, les fortalece los músculos, les eleva el espíritu, les multiplica las bendiciones, les aumenta las oportunidades, los consuela, les pro­vee amigos y derrama Su paz sobre ellos. Cualquiera que pierda su vida en el servicio de Dios encontrará la vida eterna (véase Mateo 10:39). Pero además, al perder la vida en Su servicio, se encuentra la vida en abundancia y, cuando lo sacrificamos todo por Dios, El, a su vez, comparte todo lo que tiene con noso­tros.

Por mucho que nos esforcemos, nunca podremos tener al Señor por deudor, pues cada vez que trata­mos de hacer su voluntad El derrama más bendicio­nes sobre nosotros; a veces quizás parezca que tardan en llegar —tal vez como prueba de nuestra fe—, pero llegarán, y en abundancia.

El presidente Brigham Young dijo:

“He oído a muchas personas hablar de lo que han sufrido por causa de Cristo, y me siento feliz de poder decir que yo nunca he tenido que sufrir. He pasado por mucho, pero si vamos a hablar de sufrimiento, lo he comparado muchas veces, para mí mismo y ante congregaciones, con un hombre que teniendo un abrigo viejo, sucio y andrajoso recibiera de otro uno nuevo, hermoso e inmaculado. Esa es la comparación que hago cuando pienso en lo que he sufrido por cau­sa del evangelio: que he tirado a la basura un abrigo viejo y me he puesto uno nuevo.” (Discourses of Brigham Young, pág. 348.)

Los santos no sufren jamás como los pecadores.

Una joven que había sacrificado sus planes y pasado largas y tediosas horas en el trabajo pa­ra criar a su hermanito al quedar ambos huér­fanos, yacía en su lecho de muerte e hizo llamar al obispo; mientras le hablaba, él sostenía entre las suyas una de las manos de la joven, ásperas y encalle­cidas por el trabajo. Ella le hizo esta pregunta: “¿Có­mo sabrá Dios que yo soy suya?” El obispo le levantó suavemente la muñeca y le contestó: “Muéstrale tus manos”.

Algún día veremos esas manos que sacrificaron tanto por nosotros. ¿Están las nuestras limpias y muestran las señales de estar al servicio del Señor?

¿Es nuestro corazón puro y estamos llenos de los pen­samientos de Cristo?

Todas las semanas hacemos un convenio solemne de ser como El, recordarlo siempre en todo y guardar Sus mandamientos; a cambio, el Señor nos promete su Espíritu.

Hubo una época en que conocíamos muy bien a nuestro Hermano Mayor y a su (y nuestro) Padre Ce­lestial; nos regocijábamos ante la perspectiva de una vida terrenal que nos permitiera tener una plenitud de gozo, y estábamos ansiosos por demostrarles, a nuestro Padre y a nuestro Hermano, el Señor, cuánto los amábamos y que seríamos obedientes a pesar de la oposición del adversario en la tierra.

Ahora estamos acá y nuestra memoria está cubier­ta por un velo. Acá demostramos, a Dios y a nosotros mismos, lo que podemos hacer. Y nada nos sorpren­derá más que, al pasar al otro lado del velo en la eternidad, poder damos cuenta de lo bien que cono­cemos a nuestro Padre y lo familiar que nos es su rostro.

Dios nos ama y nos cuida. Él quiere que tengamos éxito, y algún día sabremos que no ha dejado nada por hacer en cuanto al bienestar eterno de cada uno de nosotros. Y si pudiéramos saberlo, nos enteraríamos de que en los cielos tenemos amigos a quienes no recordamos que anhelan nuestra victoria. Este es el momento de demostrar lo que podemos ha­cer y hasta qué punto estamos dispuestos a vivir y sacrificarnos por Dios diariamente, hora a hora, al instante. Si lo damos todo en su servicio, recibiremos de Él, que es el más grande de todos, todo lo que tiene.

Dad a Dios lo mejor de vosotros y recibiréis lo mejor de Él.

Ruego que el Señor esté con vosotros en esta épo­ca y siempre. □

Liahona Diciembre 1987

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Casados y solteros unidos en la fe

Liahona Noviembre 1987
Casados y solteros unidos en la fe
por Kathleen Lubeckso

Los miembros casados y los solteros pueden trabajar juntos para ayudar a que to­dos disfruten de las bendiciones de la actividad en la Iglesia.

George Merrill nunca se imaginó que le podría suceder a él. Había visto cómo le sucedía a otra gente mientras servía como presidente de estaca, presidente de misión y representante regio­nal, pero a él lo tomó totalmente por sorpresa.

Después de treinta y ocho años de matrimonio, el hermano Me­rrill estaba solo otra vez; su esposa había fallecido.

“Si uno jamás ha perdido a su cónyuge, es muy difícil entender la situación”, dice. “Aun cuando no deseamos pensarlo, en un bre­ve instante podríamos volver a quedar solos. Si pensamos en có­mo sería, entenderíamos mejor por lo que pasan las personas sol­teras.” Hace tres años que el her­mano Merrill perdió a su esposa; en la actualidad está casado en segundas nupcias.

Ser soltero se está haciendo muy común

La experiencia del hermano Merrill no es única. El vivir solo se está haciendo muy común en la Iglesia, especialmente entre las mujeres. En los Estados Unidos de América, aproximadamente un tercio de todos los miembros casados de la Iglesia estarán di­vorciados o viudos antes de cum­plir los sesenta años. En algunas regiones específicas, este porcen­taje es aún mayor.

“Se suponía que cualquier miembro de la Iglesia que deseaba casarse podía hacerlo”, dice Maríe Comwall, profesora asistente de sociología en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah. “Sin embargo, cada vez hay más Santos de los Ultimos Días solte­ros.

El perfil demográfico de la Igle­sia también está cambiando. La cantidad de miembros divorcia­dos va en aumento, aumentando así el número de padres solteros. No hay tantos solteros varones como mujeres y ahora se está ha­ciendo más difícil para una gran cantidad de mujeres activas en la Iglesia casarse con miembros, es­pecialmente en regiones donde predomina la gente que no es miembro de la Iglesia. Se enfren­tan ante la posibilidad de no ca­sarse o de casarse con alguien que no es miembro de la Iglesia. En los Estados Unidos, por cada 100 solteras activas de treinta años de edad o mayores, hay solamente 19 solteros activos.

A menudo se hace difícil ayu­dar al gran número de miembros solteros a que participen en los barrios y ramas comunes y co­rrientes. El ser aceptado como parte del barrio o de la rama es importante, además de tener oportunidades de servir a otros miembros.

La sensación de formar parte del grupo

El primer paso para lograr esa sensación de formar parte del gru­po, dice Jolayne Wilson, es que los solteros tomen la iniciativa. “Al mudarme a mi nuevo barrio me hice el propósito de ir a ha­blar con el obispo a la semana de estar ahí. Le dije que estaba pre­parada para empezar a trabajar y ser parte del barrio. Al poco tiempo estaba trabajando como supervisora de las maestras visi­tantes, lo que me dio la oportuni­dad de conocer a mucha gente.

Me gustó mucho ese barrio por­que era parte de él y porque los miembros me hicieron sentir bienvenida de inmediato, tratán­dome como un miembro valioso del barrio.

Elizabeth Shaw Smith, miem­bro de un barrio para solteros an­tes de su reciente matrimonio, descubrió la misma cosa: Si uno es amigable, la demás gente tam­bién lo será con uno. Si se va a la Iglesia preparado para trabajar, para cumplir con una responsabi­lidad, para hablar con la gente y dejar de preocuparse por uno mis­mo, la gente aceptará y responde­rá.

¿Cuáles son algunas de las ma­neras en que se puede ayudar a que los miembros solteros se sien­tan bienvenidos? Es difícil gene­ralizar cómo les gustaría a todos ellos que se les tratara, dado que las necesidades varían, como su­cede con la gente casada. Pero, en todo caso, a continuación se dan algunas sugerencias que pue­den ayudar a que estos hermanos se sientan amados, aceptados y valiosos, sin importar de dónde sean.

  1. Trate a los solteros como amigos, iguales y adultos

La amistad no tiene límite de edad, nacionalidad o estado civil. Al trabajar unidos en el evange­lio, la gente tiene grandes opor­tunidades de compartir la amistad y los intereses comunes. Seguir leyendo

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