Las mejores semillas

Las mejores semillas

Un empresario agricultor, de poco estudio, participaba todos los años de la principal feria de agricultura de su ciudad. Lo más extraordinario es que él siempre ganaba, año tras año, el trofeo: Maíz del Año.

Entraba con su maíz en la feria y salía con la faja azul recubriendo su pecho. Su maíz era cada vez mejor. En una ocasión de esas, un reportero de TV abordó al agricultor después de la tradicional colocación de la faja de campeón!. Él quedó muy intrigado con la revelación del agricultor, de como acostumbraba cultivar su calificado y valioso producto. El reportero descubrió que el agricultor compartía buena parte de las mejores semillas de su plantación de maíz con sus vecinos.

¿Cómo puede usted compartir sus mejores semillas con sus vecinos, cuando ellos están compitiendo directamente con usted?

El agricultor respondió: ¿Usted no sabe? Es simple!

El viento recoge el polen del maíz maduro y lo lleva de campo en campo. Si mis vecinos cultivaran maíz inferior al mío, la polinización degradaría continuamente la calidad de mi maíz. Si yo quiero cultivar maíz bueno, tengo que ayudarlos a cultivar el mejor maíz, cediendo a ellos las mejores semillas.

Para aprender:

Aquellos que escogen estar en paz, deben hacer que sus vecinos estén en paz.
Aquellos que quieren vivir bien, tienen que ayudar a los otros para que vivan bien.
Aquellos que quieren ser felices, tienen que ayudar a los otros a encontrar la felicidad, pues el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos.

¿Ahora entiendes que todos somos importantes unos para otros y que para vivir bien, dependemos unos de los otros?
Espero que también consigas ayudar a tus vecinos a cultivar cada vez más las mejores semillas, los mejores maíces y las mejores amistades.

Para tratar contigo mismo, usa la cabeza. Para tratar con los otros, usa el corazón.

Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice habitad y rogad por ella a Jehová, porque en su paz tendréis vosotros paz. (Jeremías 29:7)

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Debéis continuar ministrando

Liahona Octubre 1987

«Debéis continuar ministrando”

Por el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce

Recientemente, las Autoridades Generales han empleado la expresión “menos activos” para preferirse a aquellos hermanos a quienes debe­mos ayudar a participar más activamente en las acti­vidades y los programas de la Iglesia. Esta frase no lleva implícita ninguna censura y es más amable que el término anterior; es también más exacto. Los estu­dios que se han hecho indican claramente que mu­chos de esos hermanos tienen una enorme reserva de buena voluntad y de opiniones positivas con respecto a la Iglesia, y un sinnúmero de ellos están mucho más dispuestos de lo que pensamos a hablar del evangelio; incluso hay muchos que consideran temporarias sus circunstancias actuales y tienen toda la intención de volver a ser completamente activos. Un profesional amigo mío, después de prepararse durante algún tiempo para ese regreso, me dijo al abrazarnos en un cuarto de sellamiento: “¡Por fin!” Es que él ya sabía lo que significaba volver.

Los principios básicos son los mismos

No debe extrañarnos encontrar en nuestros estu­dios de los jóvenes de la Iglesia, del programa misio­nal, y últimamente, de los hermanos menos activos, que los principios básicos son los mismos: la impor­tancia de establecer relaciones basadas en la confian­za y el interés mutuos; la comprensión de que enseña­mos por el ejemplo; y la realidad de que muchos de nuestros éxitos tienen lugar en ambientes y situacio­nes naturales, en los cuales se tienen conversaciones sencillas, directas y llenas de amor.

El siguiente pasaje de las Escrituras es básico para mí; en él, el Jesús resucitado nos recuerda con fran­queza nuestras responsabilidades y nuestra perspecti­va limitada:

“No lo echaréis de vuestras sinagogas ni de vues­tros lugares donde adoráis, porque debéis continuar mi­nistrando por éstos; pues no sabéis si tal vez vuelvan, y se arrepientan, y vengan a mí con íntegro propósito de co­razón, y yo los sane; y vosotros seréis el medio de traer­les la salvación.” (3 Nefi 18: 32; cursiva agregada.)

No echarlos solamente es de por sí una forma ina­propiada de tratarlos, puesto que debemos también darles lugar en nuestro medio y hacerles formar parte de nosotros. Y siempre debemos “continuar minis­trando”, ya que, para algunos, seremos “el medio de traerles la salvación”. No es de extrañar, pues, que para este esfuerzo no se necesite un nuevo programa, sino un principio: el cumplimiento fundamental y regular del segundo y grande mandamiento.

Tenemos el profundo deseo de que estos herma­nos tomen parte en la Iglesia hoy para ayudar a moldear la Iglesia de mañana, y participen con nosotros de las bendiciones que se reciben por ello.

“Y aconteció que yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la Igle­sia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la su­perficie de la tierra; y tenían por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria.” (1 Nefi 14:14.)

Además, el recogimiento de que somos parte y el hecho de estar juntos traen bendiciones especiales:

“A fin de que el recogi­miento en la tierra de Sión y sus estacas sea por defensa y por refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra.” (D. y C. 115:6.)

Soledad en medio de la multitud

Por otra parte, a esas personas no les interesará mucho lo que sabemos a menos que sepan cuánto nos interesamos por ellas. Los que se sienten espiritual- mente solos necesitan confirmaciones especiales de nuestro interés, puesto que es posible sentir hambre frente a un banquete y sentirse solo en medio de una multitud, ¡aun en la Iglesia!

Un presidente de estaca, cansado de hablar de este problema —porque el hablar puede llegar a conver­tirse en un substituto del hacer—, puso un día fin a la reunión del sumo consejo y se fue con el líder del grupo de los sumos sacerdotes a visitar a un hermano menos activo. Mientras estaban allí hubo lágrimas y cuando llegó el momento de irse, el hermano había recibido un llamamiento.

¡Cuántas veces el ayudar a alguien depende de que se le conozca! Entre los miles de nuestros miembros cuya dirección se desconoce, ¿cuántos son personas que nunca llegamos realmente a conocer durante el proceso de la conversión o del hermanamiento?

Al tratar de ayudarlos, podemos decir con toda ve­racidad a estos buenos hermanos cuánto se les necesita en la Iglesia. Por ejemplo, actualmente la dirección de la Iglesia está en manos de un 13,5 por ciento del total de sus miembros, fracción que representa a los varones adultos que poseen el Sacerdocio de Melquisedec y son activos. Solamente un 30 por ciento de los bautismos de conversos que se efectúan es de va­rones adultos, y hasta un 75 por ciento de esa peque­ña porción ¡no recibe nunca el Sacerdocio de Melquisedec! En la misma forma, muchos de los jóvenes que se convierten tampoco llegan a recibirlo. Seguir leyendo

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Pagad a vuestros acreedores y vivid

Liahona Octubre 1987
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

«Pagad a vuestros acreedores y vivid»

Por el presidente Ezra Taft Benson

En el libro de Reyes leemos acerca de una mujer que acudió afligida a Eliseo, el profeta. Su es- ‘poso había muerto y ella tenía una deuda que no podía saldar. El acreedor había ido para quitarle a sus dos hijos y venderlos como esclavos.

Mediante un milagro, Eliseo le proporcionó una abundante cantidad de aceite y luego le dijo: “Ve y vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede”. (Véase 2 Reyes 4:1-7.)

“Paga a tus acreedores y. . . vivid.” ¡Cuánta sabiduría encierran estas palabras! ¡Cuán sabio con­sejo para nosotros en la actualidad!

Por boca de hombres sabios a través de las edades, una y otra vez encontramos esta gran exhortación en cuanto a la sabiduría de estar libres de deudas. En Hamlet, Shakespeare puso estas palabras en los labios de uno de sus personajes: “No pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar [frecuentemente] hace perder… el dinero y al amigo” (Acto 1, escena 3).

Otros han escrito:

“La pobreza es difícil, pero la deuda horrible.” (Charles Haddon Spurgeon).

“Pensad en lo que hacéis cuando os endeudáis; ce­déis a otra persona el derecho a que os domine.” (Benjamín Franklin).

Los principios de verdad nunca cambian

Es cierto que los tiempos han cambiado desde los días de Franklin, pero los principios de verdad y sabiduría nunca cambian. Nuestros inspirados líderes siempre nos han exhortado a que salgamos de deudas y que vivamos con lo que ganamos.

Nuestros antepasados pioneros nos dejaron un le­gado de autosuficiencia, de ahorro y de estar libres de deudas. Ciertamente nos aconsejarían en la actuali­dad: “Pagad a vuestros acreedores y vivid”.

Muchas personas, sintiéndose seguras al esperar un empleo continuo, así como la estabilidad de un suel­do o salario, firman contratos de compra y consignan su futuro salario sin pensar en lo que harían si perdie­sen su trabajo o si por alguna otra razón dejasen de recibir un sueldo.

Una de las preocupaciones aún mayores es el alza del materialismo comparado a la dedicación a los va­lores espirituales. Todos parecemos tener la tenden­cia a querer lo que tiene el vecino, aun si nuestro salario es más bajo. Es triste que muchas personas parezcan estar viviendo de esta manera.

A la larga, es mucho más fácil vivir con lo que ganamos y resistir la tentación de utilizar reservas fu­turas, excepto en casos de extrema necesidad, y nun­ca para lujos. No es justo, ni para nosotros, ni para nuestras comunidades, ser tan desjuiciados en nuestra manera de gastar que el día en que cesemos de recibir un sueldo tengamos que acudir a las agencias de ayu­da o a la Iglesia para recibir ayuda económica-

Comprad dentro de vuestras posibilidades económicas

Os exhorto solemnemente a que no os comprome­táis a pagar intereses que a menudo son exorbitante­mente altos. Ahorrad ahora y comprad después a pre­cios más convenientes. De esta forma os evitaréis al­tos intereses y otros pagos, y el dinero que ahorréis os proveerá la oportunidad de comprar más tarde a pre­cios más módicos por pagar al contado.

Si tenéis que endeudaros para afrontar las necesi­dades razonables de la vida, tales como una casa, os imploro, si valoráis vuestra solvencia y felicidad, comprad dentro de vuestras posibilidades económicas y haced uso prudente del crédito. Resistid la tenta­ción de comprar una propiedad mucho más lujosa o grande de lo que realmente necesitáis. El pago de intereses fácilmente se puede convertir en una tre­menda carga, especialmente cuando uno le añade los impuestos y los costos de reparación.

Cuando pienso en el establecimiento de mi propio hogar, estoy agradecido por una compañera que, aun­que se había criado con muchos de los lujos de la vida, estuvo dispuesta a empezar modestamente.

No os dejéis a vosotros o vuestra familia desprovis­tos de protección contra las tempestades económicas. Eliminad los lujos por ahora, cuando menos, hasta que tengáis unos ahorros. ¡Qué sabio es proveer para la educación futura de los hijos y para la vejez!

Clamad al Señor

Cuanto más reducido sea el ingreso familiar, más importante es que cada centavo se utilice prudentemente.

El gastar y ahorrar eficientemente le proporcionará a la familia más seguridad, más oportunida­des, más educación y un nivel de vida más alto. Siempre que sea posible, apresuremos el pago de las hipotecas y hagamos previsión para la educación, pa­ra las posibles épocas en que se reduzca el sueldo, así como cualquier emergencia que pudiese surgir.

La mayordomía, y no el consumo desmedido, es la relación adecuada del hombre con respecto a la ri­queza material.

Clamad al Señor para que os dé la fortaleza para dar oído a los oráculos de Dios. El profeta Amulek dijo:

“Clamad a él por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas. Clamad por los reba­ños de vuestros campos para que puedan aumentar.” (Alma 34:24-25.)

Permitidme agregar esto al consejo de Amulek: Clamad al Señor por vuestras deudas, a fin de que salgáis de ellas. Clamad a él para que os dé la fe para salir de vuestras deudas y para poder vivir dentro de vuestras posibilidades económicas. Sí, “Pagad a vuestros acreedores y vivid.”

Mis hermanos, sigamos el consejo de los líderes de la Iglesia. ¡Salgamos de deudas! Paguemos primera­mente nuestro diezmo, nuestras obligaciones a nues­tro Padre Celestial, y entonces podremos más fácil­mente pagar nuestras deudas a nuestro prójimo. Siga­mos el consejo del presidente Brigham Young, quien dijo: “Pagad vuestras deudas,… no volváis a endeu­daros nuevamente. . . Obrad con prontitud en todo, especialmente en pagar las deudas”. (Citado en “. . . Un reino que no será jamás destruido…. ”, Liahona, agosto de 1976, pág. 3.)

El presidente Joseph F. Smith agregó: “Si deseáis prosperar y ser. . . un pueblo libre, cumplid primera­mente con vuestras obligaciones justas con Dios, y en seguida. . . con vuestro prójimo.” (Doctrina del Evangelio, pág. 254.)

El presidente Heber J. Grant aconsejó: “El diezmo es una ley de Dios. . . Sed honrado con el Señor y prometo [a los Santos de los Últimos Días] que seréis bendecidos con paz, prosperidad y éxito económico”.

(Gospel Standards, recopilado por G. Homer Durham, Salt Lake City: Improvement Era, 1941, págs. 60-61.)

Hermanos y hermanas, nuestros corazones sienten paz y contentamiento cuando vivimos dentro de nuestros medios económicos. Dios nos conceda la sabiduría y la fe para dar oído al inspirado consejo del sacerdocio de salir de deudas y vivir con lo que tenemos; en una palabra, “pagad a vuestras acreedores y vivid”. □

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Batallones perdidos

Liahona Septiembre 1987

Batallones perdidos

Por el élder Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia


Hace largo tiempo estuve sobre un viejo puen­te que se extiende sobre el río Somme que sigue su constante pero sereno recorrido por el corazón de Francia. Estando allí, de pronto me di cuenta de que habían pasado cincuenta y dos años, basta ese entonces, desde que se había firmado en 1918 el Armisticio y llegado a su fin la Primera Gue­rra Mundial.

Miles de soldados habían cruzado aquel mismo puente durante la guerra, y muchos de ellos jamás habían vuelto de ella. En los campos de batalla yacían cruces limpias y blancas sobre las tumbas, co­mo inolvidable recuerdo de aquellos que habían muerto.

Recordé entonces que había leído la historia del “batallón perdido”, una unidad de la Septuagésima Séptima División de Infantería de la Primera Guerra Mundial. Durante una parte de la guerra, el batallón entero se vio rodeado por el enemigo; los alimentos y el agua habían empezado a escasear y no se podía evacuar a las víctimas. El tenaz batallón había resisti­do repetidos ataques, haciendo caso omiso de las pe­ticiones del enemigo de que se rindieran. Después de ese desesperado período de aislamiento total, otras unidades de la misma división avanzaron y ayudaron al “batallón perdido”.

Los reporteros indicaban que las fuerzas de relevo parecían estar resueltas a rescatar a sus camaradas, motivados por una cruzada de amor. Los guerreros estaban más prestos a ayudar voluntariamente, más dispuestos a luchar con denodado heroísmo y a morir con mayor valentía. En mi mente resaltó un frag­mento del inmortal sermón pronunciado en el Monte de los Olivos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13.)

El rescate de los “batallones perdidos”

Hoy ya casi han quedado en el olvido la historia del “batallón perdido” y el terrible precio que se pagó por su rescate, pero es mucho lo que podemos apren­der de ello. ¿Existen batallones perdidos en la actua­lidad—gente que se siente aislada de su prójimo? Si es así, ¿qué responsabilidad tenemos de rescatarlos?

Existen los “batallones perdidos” de aquellos que tienen impedimentos físicos, de los ancianos, las viu­das y los enfermos. Muy a menudo estas personas se encuentran en los desolados y abrasadores desiertos de la soledad. Cuando se desvanece la juventud, la salud se menoscaba; cuando disminuye el vigor y se va apagando la luz de la esperanza, los miembros de estos enormes “batallones perdidos” pueden recibir el apoyo y socorro de una mano amiga, de ese alguien que se preocupa por su prójimo.

Recuerdo a un joven muchacho que, a la edad de trece años, efectuó con éxito una labor de rescate con personas como éstas. El y varios de sus amigos vivían en un barrio donde residían muchas viudas de escasos recursos económicos, y del cual yo era el obis­po. Durante todo el año, los muchachos habían aho­rrado dinero y hecho planes para realizar una anima­da fiesta de Navidad. Pensaban únicamente en sí mismos, hasta el momento en que el espíritu navide­ño inspiró a Frank, el jovencito que los dirigía, a pensar también en otras personas. Él les sugirió a sus compañeros que en lugar de usar los fondos que habían ahorrado para esa gran fiesta, los utilizaran para el provecho de tres ancianitas que vivían juntas. Entonces todos acordaron cambiar sus planes.

Con el entusiasmo de una nueva aventura, los jó­venes compraron la gallina más grande que encontra­ron, patatas, verduras, fruta y todos los demás pro­ductos que acompañan un tradicional banquete navi­deño en los Estados Unidos de América. Se dirigie­ron a la casa de las viudas llevando consigo sus pre­ciados regalos. Llamaron a la puerta, escucharon aproximarse los delicados pasos y, con las voces de­sentonadas características de los niños de trece años, empezaron a cantar: “Noche de luz, noche de paz, reina ya gran solaz. . . ” Después hicieron entrega de sus regalos. Los ángeles de la gloriosa noche histórica que todos conocemos no pudieron haber cantado más espléndidamente, ni los reyes magos haber presenta­do regalos de mayor significado, que esos pequeños en esa ocasión.

El amor: un bálsamo milagroso

Existen por ahí también otros “batallones perdi­dos” integrados por padres e hijos quienes, a causa de un comentario descuidado, se han alejado el uno del otro. Permitidme contaros un incidente que ocurrió en la vida de un joven al que llamaremos Jack.

Durante su vida, Jack y su padre habían tenido muchas discusiones serias, hasta que un día, cuando el joven tenía diecisiete años de edad, tuvieron una violenta disputa en la cual él le dijo a su padre: “¡Hasta aquí llegó! ¡Me voy de la casa y no pienso volver jamás!” Y, acto seguido, se introdujo en la casa y empezó a empacar sus cosas. Su madre le rogó que se quedara, pero él estaba tan disgustado, que no podía escuchar, de modo que la dejó llorando frente a la puerta. Seguir leyendo

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El cuidado de los miembros menos activos

Liahona Septiembre 1987

El cuidado de los miembros menos activos

Por el élder Carlos E. Asay
Del Primer Quorum de los Setenta

Cualquiera que sea la razón por la que algunas personas se aparten de la Iglesia, sus almas son de un valor infinito. Son miembros vita­les del cuerpo de Cristo.

En su primera epístola a los corintios, Pablo com­paró el cuerpo de Cristo, o el de la Iglesia, con el cuerpo de un hombre. En la Iglesia como en el cuer­po humano, dijo, cada miembro es esencial. “Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito…” (1 Corintios 12:21). Cada miembro tiene algo para con­tribuir.

Luego Pablo mencionó en forma especial a los miembros “que parecen más débiles,” aquellos “que nos parecen menos dignos,” y aquellos que son “me­nos decorosos”. Estas partes, dijo, no deben ser me­nospreciadas, sino que todos los miembros deben re­cibir el mismo cuidado los unos de los otros.

Pocas palabras son tan conmovedoras como éstas: “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; No tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.” (Salmos 142:4.) ¿Hay miembros de la Iglesia que se consideren desconocidos o dejados de lado? ¿Hemos rechazado a aquellos cuyas vidas pare­cen menos que santificadas? Si lo hemos hecho, de­bemos buscar a esa gente, amarla y ayudarle a regre­sar a la Iglesia.

¿A quién buscaremos?

Al pensar en las personas a quienes debemos invi­tar a que regresen a la Iglesia, deberíamos considerar las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdi­da y del hijo pródigo. (Véase Lucas 15.)

La oveja perdida puede representar a la persona que se aleja del camino, cosa que quizás no haya he­cho intencionalmente. Simplemente sigue a la multi­tud y se convierte en parte de cualquier grupo que le demuestre el mayor interés. Generalmente, este tipo de persona responderá a nuestro amor, interés y her­mandad genuinos.

Quizás el Salvador utilizó la parábola de la moneda perdida para demostrar que un alma preciosa, como una pieza de plata, se puede perder debido a la negli­gencia de maestros o líderes. Si un maestro o líder ofende a alguien que está bajo su cuidado, deberá hacer todo lo posible para recobrar esa alma.

El hijo pródigo puede representar a aquellos que abiertamente se rebelan contra el cielo y el hogar; a menudo el hijo pródigo considera que sabe más que los mayores y desea ir por su propio camino. Quizás tropiece por el peligroso sendero de la juventud; tal vez los que estén cerca de él no entiendan la razón por la que se ha rebelado, pero el alma del hijo pródi­go es de gran valor y jamás se debe abandonar. La oración, las súplicas y el amor constantes pueden ayudarle a regresar. Seguir leyendo

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¿Qué estáis haciendo aquí?

Liahona Septiembre 1987

¿Qué estáis haciendo aquí?

por el élder John H. Groberg

No esperéis a estar en otro lugar o en otro tiempo. Tomad las riendas de vuestra vida ahora mismo y proseguid en una dirección positiva.
Nuestro Padre Celestial nos ha designado una misión específica a cada uno de nosotros para que la desempeñemos mientras vivamos en la tierra.

Permitídme empezar ha­ciéndoos algunas pregun­tas. ¿Cuál es vuestra mi­sión en la vida? ¿Qué espera Dios que logréis durante vuestra permanencia en esta tierra? ¿Lo estáis haciendo?

Para ayudarnos a contestar estas preguntas, ruego que el Espíritu del Señor impregne en nuestra alma la importancia de por lo menos tres verdades eter­nas:

  1. Dios, nuestro Padre Celes­tial, nos ha designado una mi­sión específica a cada uno de nosotros para que la desempe­ñemos mientras vivamos en la tierra.
  2. Podemos descubrir en esta vida cuál es esa misión.
  3. Con la ayuda del Señor, podemos cumplir con esa mi­sión y contar con la seguridad de que estamos haciendo lo que le complace a Él.

Comenzad desde donde estéis

Desde luego que no sentiréis esa comprensión y seguridad de la noche a la mañana. Dios os las dará línea sobre línea, de acuerdo con lo que resulte más provechoso para el progreso de su obra. Pero lo que sí os puedo asegurar es que os deberíais de esforzar, puesto que bien lo po­déis hacer, por saber que os en­contráis en el sendero correcto —ya sea que seáis adolescen­tes, estudiantes, misioneros, re­cién casados u os encontréis en cualquier otra etapa de vuestra vida.

Muchos de vosotros diréis: «¿Y cómo puedo estar seguro de cuál es mi misión y llamamiento en la vida?»

Lo primero y lo más funda­mental que debemos hacer es aprender acerca del Salvador y seguirlo, porque cuando lo ha­gáis, encontraréis la respuesta a todas vuestras preguntas. Os quisiera sugerir cinco pasos específicos para lograrlo:

  1. Haceos dignos de poseer honradamente una recomenda­ción para el templo, y conservaos en ese estado.
  2. Recibid vuestra bendición patriarcal y estudiadla a menu­do con detenimiento y fervorosa oración.
  3. Leed las Escrituras diaria­mente con actitud de oración.
  4. Orad con fervor por lo me­nos todas las noches y todas las mañanas.
  5. Empezad desde donde os encontréis en estos momentos y haced algo de provecho-formad una nueva amistad, aprended algo nuevo, cultivad algún ta­lento, leed un buen libro. No es­peréis recibir una gran revela­ción; no esperéis a que algo ex­terno os cambie, ni a estar en otro lugar o en otro tiempo. To­mad las riendas de vuestra vida ahora mismo y proseguid en una dirección positiva.

Tomad las riendas y proseguid

Algunas veces nos encontra­mos en situaciones en las que tenemos que tomar las riendas y proseguir, o no sucederá nada. Cuando hace treinta años lle­gué al campo misional, a Tonga (Islas de los Amigos, Polinesia), el presidente de la misión me dijo: «Sé cuál es el lugar preciso al que debo enviarlo. Se trata de una isla pequeña que queda a varios cientos de kilómetros de aquí; su circunferencia apenas llega a los doce kilómetros y en ella hay aproximadamente 700 habitantes. Nadie habla el mis­mo idioma que usted, pero quie­ro que vaya y que permanezca allí hasta que aprenda las char­las misionales y aprenda a hablar tongano.»

De manera que fui al lugar al que me enviaron y, para no de­cir más, tuvimos que-encarar muchísimos problemas. En cier­ta ocasión estuvimos a punto de morirnos de hambre literalmen­te, ya que un huracán había destruido el barco de provisio­nes. Pero, a pesar de todo, mi compañero y yo seguimos ade­lante.

Algunas veces cometimos errores; sin embargo, siempre que existió el peligro de que hiciéramos algo seriamente equi­vocado, el Señor nos lo advirtió y no lo hicimos. Os aseguro que sí os estáis esforzando por hacer lo correcto, el Señor os avisará si estáis empezando a hacer al­go equivocado. De modo que, ¡Estad prestos a escuchar! Sé que hubo otras cosas buenas que pudimos haber hecho, pero por lo menos nunca desistimos. Seguimos adelante; hicimos al­go, y eso era lo que contaba.

Cuando llegó la hora de par­tir de aquella pequeña isla, tre­ce meses después de estar allí, yo ya había aprendido a hablar el idioma tongano, y había aprendido mucho acerca de la vida. Pero lo más importante de todo fue que salí de allí sabien­do que Dios vive y que El posee todo conocimiento y todo poder, y que es literalmente el Padre de nuestros espíritus. Supe que Él nos ama a cada uno indivi­dualmente.

Supe también con certeza que Jesucristo es Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, una perso­na real, un verdadero amigo, alguien que dio la vida por no­sotros. Supe que gracias al Sal­vador, podemos tener la espe­ranza de una gloriosa resurrec­ción, y la oportunidad de llegar un día a comparecer limpios y puros ante nuestro Padre Celes­tial.

Yo sabía que Dios me había encomendado una misión; aun­que no sabía con exactitud en qué iba a consistir, sabía en dónde debía empezar. Sabía que tenía que acercarme más a Él, que tenía que mejorar y que conocía el camino que debía to­mar. Sabía que podía confiar en Él, y que El me haría saber lo demás que podría yo hacer pa­ra cumplir con mi misión en la vida. Nunca ha habido razón para sentirme decepcionado, ni tampoco la habrá para vosotros. Seguir leyendo

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La unidad conyugal a través de las escrituras

Liahona Septiembre 1987

La unidad conyugal a través de las escrituras

Por Spencer J. Condie

La mejor persona a quien acudir es el Señor, por medio de la oración y la lectura de las Escrituras

Todos los matrimonios ocasionalmente enfren­tan problemas y frustraciones, y a veces nos preguntamos dónde se puede obtener la sabiduría necesaria para mejorar. ¿Debemos acudir a un obispo, a un miembro de la familia, o quizás hasta un consejero matrimonial? Aun cuando a veces otras personas pueden ayudar, la mejor persona a quien acudir por ayuda en la solución de los problemas con­yugales es el Señor, por medio de la oración y la lectura de las Escrituras.

Las Escrituras son una fuente inmensa de consejo divino sobre el matrimonio, aun cuando a menudo no se recurre a ellas. A continuación se dan algunas ideas de las Escrituras que se pueden utilizar como guía para mantener una relación más armoniosa y satisfactoria en el matrimonio.

Llegar a ser uno

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24.) Este mandamiento se repite nueva­mente en la Perla de Gran Precio, tanto en Moisés (3:24) como en Abraham (5:18). ¿Qué significa?

La unidad física entre el esposo y la esposa, el crear vida humana, es una parte importante para llegar a ser una carne, pero hay otras formas en que los cón­yuges pueden llegar a ser uno en un sentido simbóli­co.

El apóstol Pablo dijo: “. . . el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. . .

“Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. . .

“para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.

“De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.” (1 Co­rintios 12:14, 21, 25-26.)

Aun cuando Pablo hacía referencia a la necesidad de unidad entre los miembros de la Iglesia, la unidad —emocional y espiritual, al igual que física— es una necesidad esencial para el matrimonio feliz, un matri­monio en el que ambas partes llegan a ser simbólicamente uno en todas las cosas. Seguir leyendo

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Un matrimonio libre de Manipulaciones

Liahona Agosto 1987

Un matrimonio libre de Manipulaciones

Por Larry K. Langlois

Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el empleo de la coerción.
En términos de un largo plazo, la coerción siempre fracaza. El amor, la fidelidad y la lealtad sólo se pueden desarrollar dentro de una atmófera de libertad

Hace algún tiempo se presentó en mi oficina un hombre que se encontraba sumido en la más terrible desesperación. Era robusto y de fuerte constitución pero lloró amargamente mientras me re­lataba su caso.

Se había casado en el templo hacía veinte años y siempre había creído tener un buen matrimonio. Por supuesto que él y su esposa tenían sus problemas, pe­ro me aseguró que los miembros de su barrio pensa­ban que ellos eran la pareja más feliz de todas. En­tonces, cierto día, su esposa empacó sus pertenencias y se marchó junto con los niños para entablar inme­diatamente el divorcio.

Aquel hombre estaba totalmente pasmado de que su esposa lo hubiera abandonado y en aquellos mo­mentos expresó también un grave resentimiento y enojo hacia ella. Era obvio que para él el comporta­miento de su esposa era completamente reprochable y diabólico, y tenía que ser sancionado a costa de cualquier cosa. El escucharlo hablar así ya de por sí era penoso, pero más incómodo fue el darme cuenta de que lo que él quería era que yo buscara alguna manera de obligar a su esposa a volver con él. No tuve más remedio que interrumpirlo y aclararle: “Yo no puedo obligar a su esposa a que regrese a su lado si ella está resuelta a no hacerlo”.

Ante aquella réplica, muy decepcionado me dijo: “Ya acudí a mi obispo y a mi presidente de estaca, pero ellos no han podido ayudarme. Me lo recomen­daron a usted como consejero matrimonial y por eso estoy aquí, y ahora usted me dice que no puede ayu­darme. ¿A quién debo recurrir entonces?”

Traté de ayudarlo a considerar alguna otra alterna­tiva que no fuera obligarla a volver, pero él miraba las cosas de una manera distinta. Para él, ella estaba equivocada y tenían que castigarla severamente y obligarla a actuar correctamente. La sola idea de bus­car otra solución lo irritaba en extremo. Por lo que sé- hasta el día de hoy, él nunca cambió y su matrimonio se disolvió.

 

El libre albedrío en contra de la coerción: una lucha eterna

La eterna lucha entre el libre albedrío y la coer­ción ha sido la razón de muchas disputas en los ma­trimonios. Pocos son los principios del evangelio que se explican con más claridad en las Escrituras que éste y, asimismo, de muy pocos se ha hablado más amplia y reconocidamente que de éste. No obstante, pocos son los que se abusan y malentienden al mismo grado que este principio.

En Moisés 4:1-4 se explica claramente que la rebe­lión en el cielo se originó precisamente por el con­flicto existente entre el libre albedrío y la coerción. Dios anunció un plan en el que el hombre haría uso de su libre albedrío, más Satanás quiso rivalizar pre­sentando con alarde otro plan diferente, diciendo: “Rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderá una sola alma”. En cambio Cristo apoyaba el plan de Dios, diciendo: “Hágase tu volun­tad”. De modo que se llevó a cabo una guerra, y Dios explicó el resultado de ella: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también, que le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigéni­to”.

Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia que piensan que están viviendo los principios del evangelio se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el em­pleo de la coerción, que viene a ser el mismo conflic­to por el cual se libró la batalla en el cielo.

Existen varias maneras en que la gente trata de imponer la voluntad propia sobre la del cónyuge. Cinco de ellas son las siguientes:

1: El uso de la fuerza física

El primero, y el más obvio, de los medios de coer­ción es la fuerza física para agredir. El Señor ha con­denado una y otra vez el mal uso de la fuerza física y la violencia. Por ejemplo, cuando los centuriones ro­manos llegaron a arrestar a Jesús antes de su crucifi­xión, uno de los seguidores del Salvador sacó su espa­da e hirió a uno de los soldados, cortándole la oreja. Jesús lo sanó inmediatamente y reprendió a su segui­dor, diciéndole: “Todos los que tomen espada, a es­pada perecerán” (Mateo 26:52).

Aun cuando Jesucristo censuró incesantemente la violencia, muchos que dicen ser cristianos tratan de justificarse en imponer su voluntad por medios agresi­vos a su cónyuge. Recuerdo a un hombre que se justi­ficaba de golpear a su esposa, arguyendo: “Nunca le pongo las manos, a menos que se lo merezca”. No fue sino hasta que juntos llegamos al acuerdo de que no la golpearía más, creyera él que ella se lo merecía o no, que pudimos proceder a resolver otros problemas de su relación.

En el matrimonio no hay lugar para la violencia —el uso de la fuerza física para imponer la voluntad propia a la del cónyuge. Esto debería ser obvio para las personas que tienen un testimonio del evangelio de Jesucristo; pero, aparentemente, muchas todavía necesitan aprenderlo.

2: El uso incorrecto de la autoridad del sacerdocio

Otra manera en que uno de los cónyuges, y en este caso específico el esposo, puede tratar de imponer su voluntad es de carácter más sutil y, por lo tanto, más difícil de corregir. Es cuando, valiéndose de la autori­dad del sacerdocio, o del tipo de llamamiento o car­go, u orden patriarcal que posea, pretende obligar a otros a hacer lo que él manda.

En las Escrituras, dicha práctica ha sido explícita y severamente condenada. Por ejemplo, en D. y C. 121:39 se declara: “Hemos aprendido, por funesta ex­periencia, que la naturaleza y disposición de casi to­dos los hombres, en cuanto reciben un poco de auto­ridad, como ellos suponen, es comenzar inmediata­mente a ejercer injusto dominio”.

El sacerdocio y el orden patriarcal pueden funcio­nar correctamente sólo donde existe una atmósfera de libre albedrío. En el versículo 46 de la misma sec­ción dice que si utilizamos apropiadamente la autori­dad, contaremos con la siguiente promesa: “Tu cetro [será] un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido, fluirá hacia ti para siempre jamás” (cursiva agregada).

Queda claro, entonces, que no debemos usar la au­toridad del sacerdocio como un instrumento de coer­ción. No obstante, algunos hermanos de la Iglesia insisten erróneamente en que esta autoridad les da el derecho de exigir a los miembros de su familia que les obedezcan sin objeción alguna.

Por otro lado, hay algunas hermanas de la Iglesia que se empecinan en obligar a sus maridos a magnifi­car sus llamamientos en el sacerdocio. No se dan cuenta de que están haciendo casi lo mismo que Lu­cifer pretendía hacer cuando se rebeló contra Dios: obligar la observancia de los principios de rectitud. El Señor siempre ha censurado el empleo de la coerción para conseguir fines justos.

3: Invocar una autoridad mayor

Otra de las formas en que muchos hacen uso de la coerción es valiéndose de una autoridad mayor. Utili­zan citas de las Escrituras y de autoridades eclesiásti­cas, o se valen de principios del evangelio para obli­gar a otros a obedecerles. Esta táctica de manipula­ción no debe confundirse con la expresión genuina de algún sentimiento religioso sincero, sino que debe reconocerse como el uso descarado de pasajes de las Escrituras o de los nombres o declaraciones de las autoridades de la Iglesia para obligar a otros a some­terse a su voluntad.

Hace algún tiempo conversaba en mi clínica con una pareja de miembros de la Iglesia. Ella parecía ser una persona muy dedicada a sus deberes religiosos; él asistía a las reuniones a intervalos moderados, mas no quería comprometerse a participar en nada. Como es­poso, era amoroso con su esposa e hijos y le daba a su familia la importancia que debía; no obstante, no poseía un testimonio genuino del evangelio y por lo tanto no tenía mayor interés en adoptar muchos otros elementos del estilo de vida de un Santo de los Últimos Días. Su angustiada esposa sentía que esa actitud apática hacia la participación en los progra­mas de la Iglesia constituía una amenaza directa con­tra su salvación eterna.

Por mucho tiempo ella había estado tratando de obligar a su esposo a cambiar, hasta que un día había decidido que ambos debían recurrir a un consejero matrimonial. En vista de que ella sabía que yo ade­más era un miembro fiel de la Iglesia, había supuesto que yo trataría de hacerlo cambiar. Conforme se de­sarrolló la sesión ella trató de que yo la ayudara a obligar a su esposo a cumplir con principios correc­tos, según el criterio de ella. Para ello, constante­mente citaba pasajes de las Escrituras y declaraciones de autoridades de la Iglesia, así como principios del evangelio. Sin embargo, yo evitaba el tratar de obli­garlo.

En cierto momento yo cité los versículos de la sec­ción 121 mencionados anteriormente, para insinuar­le a ella que el tratar de forzar a su esposo a cumplir con las normas de la Iglesia no era apropiado. En esos momentos, y con una mirada seria, el preguntó: Seguir leyendo

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El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Liahona Mayo 1987

El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Por Bruce R. McConkie

Jesús nació, al igual que nosotros; creció como nosotros; aprendió a gatear, a caminar, a leer y a escribir, a trabajar y a jugar, tal como nosotros.
El Salvador es nuestro ejemplo y amigo. Sí aprendemos a vivir como El lo hizo, tendremos el privilegio de ir a su presencia y vivir con El para siempre.

Habia una vez un joven en Palestina—un joven fuerte, vibrante e inteligente— cuyo destino fue, en la flor de su vida, morir en una cruz romana, crucificado por los pecados del mundo.

Lo conocemos como el Hijo de Dios, la única persona perfecta que jamás existió, y nos maravillamos de los milagros que efectuó, las verdades que emanaron de sus labios y el poder y la sabiduría que manifestó en los días de su ministerio.

¿Y con respecto a sus años de preparación? ¿Era como otros jóvenes judíos, sujeto al dolor, la aflicción y las enfermedades y a todas las desgracias de la carne?

¿Os habéis preguntado alguna vez: -dónde y bajo qué circunstancias nació Jesús?

—¿Qué hizo en su niñez, cuando fue un jovencito judío y un hombre preparándose para comenzar su ministerio?

—¿Fue como todos los demás jóvenes de Galilea, Judea y Perea, o vivió un tipo de vida aislada y santificada?

—¿Quiénes eran sus amigos y qué clase de asociación tenían entre ellos?

Puedo deciros muchas cosas acerca de Jesús y su vida que generalmente se desconocen, cosas que no se encuentran en las Escrituras, pero que emanan de ciertas verdades que sí se hallan en ellas. Al aplicar estos principios a las circunstancias sociales y culturales en la Palestina de aquella época, podemos darnos un idea razonablemente clara de cómo eran las cosas.

Antes de volver nuestra atención a cómo era el Señor, fijémonos, en forma cuidadosa y reflexiva, endos cosas que Pablo escribió: Jesús, dijo,

“se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8).

Además: “En los días de su carne, [ofreció] ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas …Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:7-8).

Ahora, permitid que vuestras mentes se remonten a Palestina en los días de ese inicuo y desdichado Herodes. Fue entonces cuando Augusto César mandó tomar un censo para imponer impuestos. Herodes, para honrar a sus subditos judíos, les permitió reunirse en sus tierras natales, para que allí se contaran junto con sus familiares.

Por esa razón, José y María, ambos de la casa de David, viajaron los 129 kilómetros desde Nazaret a Belén, la Ciudad de David. María estaba a punto de dar a luz. La jornada, así como la de sus amigos y familiares, fue lenta; probablemente utilizaron asnos para llevar sus alimentos y enseres, y acamparon en los lugares acostumbrados de todas las caravanas de esos días.

Estas postas eran sitios cuadrados o rectangulares en los que se encontraba un patio para los animales, y en una plataforma más alta, rodeando el patio, una serie de habitaciones con puertas que se abrían hacia el centro. A cada uno de esos cuartos se le llamaba Katalyma, y en ellos los fatigados viajeros hacían sus camas con tapetes o frazadas que colocaban en el piso de tierra. Las bestias de carga se dejaban en el patio. Siempre había algún manantial cercano para abastecerlos de agua, y cuando las postas quedaban cerca de una ciudad o aldea, como en el caso de Belén, alguna persona emprendedora, por unos pocos centavos, vendía forraje para los animales y algunas verduras para los viajeros. Las comidas se preparaban en una fogata al aire libre y siempre prevalecía entre ellos un espíritu de hospitalidad, cooperación y camaradería. Seguir leyendo

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Crean, obedezcan, perseveren

Conferencia General Abril 2012
Crean, obedezcan, perseveren
Por el presidente Thomas S. Monson

Crean que el permanecer firmes y fieles a las verdades del Evangelio es de fundamental importancia. ¡Yo les testifico que lo es!

Mis queridas jóvenes hermanas, la responsabilidad de hablarles me hace sentir humilde; ruego la ayuda divina para estar a la altura de esta oportunidad.

Hace sólo unos 20 años ustedes aún no habían comenzado su jornada en la mortalidad; todavía se encontraban en su hogar celestial. Allí estaban entre personas que las amaban y se preocupaban por su bienestar eterno. Con el tiempo, la vida sobre la tierra llegó a ser esencial para su progreso. Sin duda hubo palabras de despedida y expresiones de confianza; obtuvieron un cuerpo y se convirtieron en seres mortales, separados de la presencia de su Padre Celestial.

No obstante, una bienvenida llena de gozo las esperaba en la tierra. Esos primeros años fueron años preciados y especiales. Satanás no tenía poder para tentarlas pues ustedes todavía no eran responsables. Eran inocentes ante Dios.

Muy pronto llegaron a esa etapa que algunos han catalogado como “la terrible adolescencia”. Yo prefiero llamarla “la fantástica adolescencia”. Qué época de oportunidades, un período de crecimiento, un semestre de desarrollo, caracterizado por la adquisición de conocimiento y la búsqueda de la verdad.

Nadie ha descrito la adolescencia como una etapa fácil. Con frecuencia son años de inseguridad, de sentir que no son suficientemente buenas, de buscar su lugar entre sus compañeras, de tratar de sentirse integradas. Ésta es una época en la que son cada vez más independientes y tal vez deseen más libertad de la que sus padres quieran darles en este momento. También son años importantes en los que Satanás las tentará y hará cuanto pueda para alejarlas del camino que las conduce de regreso al hogar celestial del que vinieron, a sus seres queridos que están allí y a su Padre Celestial.

El mundo que las rodea no está provisto para proporcionarles la ayuda que precisan a fin de realizar este viaje que a menudo es peligroso. Tantas personas de la sociedad actual parecen haberse desprendido de las anclas de seguridad y estar a la deriva, alejados de los puertos de paz.

La indulgencia, la inmoralidad, la pornografía, las drogas, la presión social —todas éstas y más— hacen que muchas personas vayan a la deriva en un mar de pecado y se estrellen contra los afilados arrecifes de las oportunidades perdidas, las bendiciones desperdiciadas y los sueños destrozados.

¿Hay un camino hacia la seguridad? ¿Se puede escapar la amenazante destrucción? ¡La respuesta es un rotundo sí! Les aconsejo que dirijan la vista al faro del Señor. Lo he dicho antes y lo diré otra vez: no existe niebla tan densa, noche tan oscura, viento tan intenso ni marinero tan perdido que el faro del Señor no pueda rescatar. Nos indica el camino a través de las tormentas de la vida. Nos dice: “Por aquí vas a salvo. Por aquí llegas a casa”. Emite señales de luz que se ven fácilmente y nunca se extinguen. Si se siguen, esas señales las guiarán de regreso a su hogar celestial.

Esta noche deseo hablarles sobre tres señales esenciales que emanan del faro del Señor que las ayudarán a volver a ese Padre que espera ansiosamente su regreso triunfante. Esas tres señales son: crean, obedezcan y perseveren.

Primero, menciono una señal que es básica y esencial: crean. Crean que son hijas del Padre Celestial, que Él las ama y que están aquí con un propósito glorioso: ganar su salvación eterna. Crean que el permanecer firmes y fieles a las verdades del Evangelio es de fundamental importancia. ¡Yo les testifico que lo es!

Mis jóvenes amigas, crean las palabras que repiten cada semana al recitar el lema de las Mujeres Jóvenes. Piensen en el significado de esas palabras; expresan la verdad. Esfuércense siempre por vivir según los valores que indica. Crean, como lo dice el lema, que si aceptan esos valores y actúan de acuerdo con ellos estarán preparadas para fortalecer su hogar y a su familia, para hacer y guardar convenios sagrados, para recibir las ordenanzas del templo y, al final, gozar de las bendiciones de la exaltación. Éstas son hermosas verdades del Evangelio, y al seguirlas, serán más felices en esta vida y en la venidera de lo que serán si las ignoran.

A la mayoría de ustedes se les enseñaron los principios del Evangelio desde que eran niñas. Se los enseñaron padres y maestros amorosos. Las verdades que les enseñaron las ayudaron a obtener un testimonio; creyeron lo que se les enseñó. Si bien ese testimonio puede seguir alimentándose espiritualmente y creciendo a medida que estudien, que oren para recibir dirección y que asistan a las reuniones de la Iglesia todas las semanas, depende de ustedes el que ese testimonio se mantenga vivo. Satanás tratará de destruirlo con todas sus fuerzas. Tendrán que alimentarlo durante toda su vida. Al igual que la llama de un fuego que arde intensamente, el testimonio de ustedes, si no se alimenta constantemente, se irá apagando hasta ser brasas, y luego se enfriará por completo. No deben dejar que eso suceda.

Además de asistir a sus reuniones dominicales y a las actividades semanales, cuando tengan la ocasión de participar en seminario, ya sea en clases matutinas o supervisado, aprovechen esa oportunidad. Muchas de ustedes ya están haciéndolo ahora. Como todas las cosas de la vida, el beneficio que obtendrán de su experiencia en seminario dependerá de su actitud y de su buena disposición a que les enseñen. Ruego que su actitud sea una de humildad y deseo de aprender. Qué agradecido estoy por la oportunidad que tuve cuando era jovencito de asistir a seminario matutino, ya que jugó un papel vital en el desarrollo de mi testimonio. Seminario puede cambiar vidas.

Hace unos años era parte de una comisión directiva junto con un buen hombre que había tenido mucho éxito en la vida. Su integridad y su lealtad a la Iglesia me impresionaron. Supe que había obtenido un testimonio y se había unido a la Iglesia gracias a seminario. Cuando se casó, su esposa había sido miembro de la Iglesia toda la vida; él no pertenecía a ninguna iglesia. A través de los años, y a pesar de los esfuerzos de ella, no mostró interés por asistir a la Iglesia con su esposa y sus hijos. Entonces comenzó a llevar a dos de sus hijas a seminario matutino; se quedaba en el auto mientras ellas participaban de la clase y después las llevaba a la escuela. Un día llovía y una de sus hijas le dijo: “Ven adentro papá; puedes sentarte en el pasillo”. Él aceptó la invitación. La puerta de la clase permanecía abierta y él comenzó a escuchar. Su corazón fue conmovido. El resto del año escolar asistió a seminario con sus hijas, lo cual, con el tiempo, llevó a que se uniera a la Iglesia y fuese activo toda la vida. Permitan que seminario edifique y fortalezca sus testimonios.

Habrá veces en que afrontarán desafíos que puedan poner en peligro su testimonio; o lo descuidarán al dedicarse a otros intereses. Les ruego que lo mantengan fuerte. Es la responsabilidad de ustedes, y sólo de ustedes, la de mantener la llama ardiendo intensamente. Se requiere un esfuerzo, pero es un esfuerzo del cual nunca se lamentarán. Me viene a la memoria la letra de una canción que escribió Julie de Azevedo Hanks. En cuanto a su testimonio ella escribió:

A través de los cambiantes vientos,
envuelta en las nubes de dolor,
con mi vida la protejo.
Necesito la luz, necesito el calor.
Aun cuando la tormenta ruja
y esté de pie en medio de la fuerte lluvia,
sigo siendo
Guardiana de la llama1.

Es mi deseo que crean y que puedan mantener la llama de su testimonio vivamente encendida, suceda lo que suceda en sus vidas. Seguir leyendo

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¡Ahora es el tiempo de levantarse y brillar!

Conferencia General Abril 2012
¡Ahora es el tiempo de levantarse y brillar!
Por Elaine S. Dalton
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Como hijas de Dios, nacieron para liderar.

Desde mi ventana, en la oficina de las Mujeres Jóvenes, tengo una vista espectacular del Templo de Salt Lake. Todos los días veo al ángel Moroni en lo alto del templo como un brillante símbolo no sólo de su propia fe, sino de la nuestra. Me encanta Moroni, porque en una sociedad deteriorada él permaneció puro y leal. Él es mi héroe; permaneció firme él solo. Siento que, de alguna manera, se encuentra en lo alto del templo hoy llamándonos a tener valor, a que recordemos quiénes somos y a que seamos dignas de entrar en el santo templo, a “…[levantarnos y brillar]”1 y permanecer por encima del clamor del mundo, y a que, como profetizó Isaías, “…[vengamos]… al monte de Jehová”2, el santo templo.

Hoy están reunidas las hijas escogidas del Señor. No hay ningún grupo más influyente que defienda la verdad y la rectitud en todo el mundo que las mujeres jóvenes y las mujeres de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Veo la nobleza de ustedes y conozco su identidad y destino divinos. Se distinguieron en la vida premortal; su linaje conlleva convenios y promesas, y han heredado los atributos espirituales de los fieles patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Un profeta de Dios se refirió una vez a cada una de ustedes reunidas esta noche como “la esperanza radiante”3 del futuro, ¡y estoy de acuerdo! En un mundo con grandes desafíos, la luz de ustedes brilla intensamente. De hecho, estos son “días inolvidables”4. Éstos son sus días, y ahora es el tiempo para que las mujeres jóvenes de todas partes se “…[levanten y brillen], para que [su] luz sea un estandarte a las naciones”5.

“Una norma es una medida mediante la cual se determina la exactitud o la perfección”6. ¡Debemos ser una norma de santidad para que el mundo entero lo vea! La nueva versión del librito Para la Fortaleza de la Juventud contiene no sólo las normas que deben vivir con exactitud, sino las bendiciones prometidas si así lo hacen. Las palabras que se encuentran en este importante librito son normas para el mundo, y vivir estas normas les permitirá saber qué hacer para llegar a ser más como el Salvador y ser felices en un mundo cada vez más oscuro. Vivir las normas de este librito las ayudará a ser merecedoras de la compañía constante del Espíritu Santo; en el mundo que viven, necesitarán esa compañía para tomar decisiones cruciales que determinarán su éxito y felicidad futuros. Vivir esas normas las ayudará a ser merecedoras de entrar en los santos templos del Señor y recibir allí las bendiciones y el poder que las esperan al hacer y guardar convenios sagrados7.

Cuando nuestra hija Emi era una niña pequeña, le gustaba observar todo lo que yo hacía mientras me alistaba para ir a la Iglesia. Después de observar mi rutina, se peinaba el cabello, se ponía su vestido y, finalmente, siempre me pedía que le pusiera un poco de “brillo”. El “brillo” al que se refería era una crema espesa y pegajosa que usaba para prevenir las arrugas; al pedírmelo, yo se lo ponía en las mejillas y en los labios; ella entonces sonreía y decía: “¡Ahora si estamos listas!”. Sin embargo, Emi no se daba cuenta de que ella ya llevaba consigo su “brillo”. Su rostro brillaba porque era tan pura, inocente y buena. Ella tenía la compañía del Espíritu y se notaba.

Desearía que cada mujer joven reunida aquí esta noche entendiera y supiera que su belleza, su “brillo”, no radica en el maquillaje, en las cremas pegajosas ni en la ropa ni en los peinados de moda, sino que yace en su pureza personal. Cuando viven las normas y son merecedoras de la compañía constante del Espíritu Santo, pueden ejercer un impacto poderoso en el mundo. Su ejemplo, aun la luz que emana de sus ojos, influirá en los demás que vean ese “brillo” y querrán ser como ustedes. ¿Dónde consiguen esa luz? El Señor es la luz, “…y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu”8. Una luz divina aparece en nuestros ojos y en nuestros semblantes cuando nos acercamos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo. ¡Es de esa manera que obtenemos nuestro “brillo”! Además, como todas podrán ver, ¡de todos modos la crema realmente no funcionó para mis arrugas!

El llamado para “levantarse y brillar” es un llamado a cada una de ustedes para guiar al mundo en una poderosa causa, para elevar las normas y conducir a esta generación a la virtud, a la pureza y a ser digna de entrar en el templo. Si desean marcar una diferencia en el mundo, deben ser diferentes del mundo. Repito las palabras de Joseph F. Smith, que dijo a las mujeres de su época: “No corresponde que ustedes sean guiadas por las mujeres [jóvenes] del mundo; ustedes deben guiar… a las mujeres [jóvenes] del mundo, en todo lo que sea… purificador para los hijos de los hombres”9. Estas palabras siguen siendo verdaderas hoy en día. Como hijas de Dios, nacieron para liderar.

En el mundo en que vivimos, su habilidad de liderar requerirá la guía y la compañía constante del Espíritu Santo, que les dirá “todas las cosas que debéis hacer”10 al reconocer y confiar en Su guía e impresiones; y dado que el Espíritu Santo no habita en templos impuros, cada una de nosotras tendrá que analizar sus hábitos y su corazón. Todas tendremos que cambiar algo; es decir, arrepentirnos. El padre del Rey Lamoni dijo en el Libro de Mormón: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte”11. ¿Estamos dispuestas, ustedes y yo, a hacer lo mismo?

Un grupo de jóvenes de Queen Creek, Arizona, decidió “levantarse y brillar” y guiar a los jóvenes de su comunidad al vivir las normas de Para la Fortaleza de la Juventud. Cada uno escribió en su diario personal algo que a su parecer lo estaba deteniendo o algo que quería cambiar en su vida y, literalmente, todos cavaron un hoyo; entonces, se reunieron y arrancaron la página del diario y la tiraron al hoyo que habían hecho en la tierra, de la misma manera que el pueblo de Ammón lo hizo en el Libro de Mormón con sus armas de guerra12. Luego enterraron esas páginas y ese día hicieron un compromiso de cambiar. Se arrepintieron; ¡decidieron levantarse! Seguir leyendo

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Busquen conocimiento: Tienen una obra que realizar

Conferencia General Abril 2012

Busquen conocimiento: Tienen una obra que realizar

Por Mary N. Cook
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Aprendan todo lo que puedan ahora para que bendigan a sus hijos y su futuro hogar.

Mis queridas jovencitas, cuánto amamos a cada una de ustedes. Las vemos levantarse con valor y brillar con luz en un mundo en el que los grandes desafíos van acompañados de grandes oportunidades. Eso quizá las haga preguntarse: ¿qué me depara el futuro? Les aseguro que, como hijas virtuosas de Dios que son, ¡su futuro es brillante! Viven en una época en la que las verdades del Evangelio se han restaurado, las cuales se pueden encontrar en las Escrituras; ustedes recibieron el don del Espíritu Santo cuando se bautizaron, y Él les enseñará la verdad y las preparará para los desafíos de la vida.

Dios les dio el albedrío moral y la oportunidad de aprender mientras estén en la tierra, y Él tiene una obra para que ustedes realicen. Para hacerlo, tienen la responsabilidad individual de buscar conocimiento. La clave de su futuro, su “rayo brillante de esperanza”1, se encuentra en el nuevo librito Para la Fortaleza de la Juventud, bajo la norma de educación académica, así como en el valor conocimiento de las Mujeres Jóvenes.

“Estudiar… te abrirá las puertas de las oportunidades”2. A medida que sigan la admonición del Señor de “…busca[r] conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”3 ganarán no sólo conocimiento por medio de sus estudios, sino mayor luz a medida que aprendan por medio de la fe.

Busquen conocimiento por medio del estudio diligente. Rara vez podrán pasar tanto tiempo dedicado al aprendizaje como lo pueden hacer ahora. El presidente Gordon B. Hinckley sabiamente aconsejó a los jóvenes de la Iglesia: “El modelo de estudio que establezcan durante los años de estudio formal afectará en gran medida la sed de conocimiento que tengan durante toda la vida”4. “Deben obtener toda la educación académica que les sea posible… Sacrifiquen lo que sea necesario sacrificar para reunir los requisitos a fin de llevar a cabo la obra de [este] mundo… Entrenen su mente y sus manos para llegar a ser una influencia para bien conforme sigan adelante con su vida”5.

Dirigiéndose específicamente a la mujer, el presidente Thomas S. Monson dijo: “A menudo, el futuro es incierto; por tanto, es preciso prepararnos para lo incierto… Las insto a proseguir estudios y a adquirir conocimientos prácticos, para que, de surgir la necesidad, estén preparadas para proveer para su familia”6.

Mujeres jóvenes, sigan el consejo de estos sabios e inspirados profetas. Sean buenas alumnas. Levántense y brillen en la escuela por medio del trabajo arduo, la honradez y la integridad. Si están teniendo dificultades o se sienten desanimadas en cuanto a su desempeño en la escuela, pidan la ayuda de sus padres, maestros y miembros serviciales de la Iglesia. ¡Nunca se den por vencidas!

Hagan una lista de las cosas que deseen aprender; luego “…[compartan sus] metas educativas con [su] familia, amigos y líderes para que ellos puedan [darles] apoyo y ánimo”7. Ése es el modelo del Progreso Personal.

Gracias a la tecnología, están siendo testigos de una explosión de conocimiento. Se les está bombardeando constantemente con sonido, video y las redes sociales. Sean selectivas y no permitan que este aumento repentino de información las distraiga o detenga su progreso. ¡Levántense, mujeres jóvenes! Ustedes determinan sus metas. Ustedes deciden lo que entra en su mente y en su corazón.

Parte de su aprendizaje más importante se llevará a cabo fuera del salón de clases. Rodéense de mujeres ejemplares que puedan enseñarles habilidades relacionadas con las labores del hogar, el arte, la música, la historia familiar, los deportes, la escritura o la oratoria. Lleguen a conocerlas y pídanles que sean sus mentoras. Cuando hayan aprendido algo nuevo, enséñenlo en la Mutual o sean mentoras de otras jovencitas como parte de los requisitos para la Abejita de Honor.

Además de mi maravillosa madre, he tenido muchas mentoras en la vida. Llegué a conocer primero el proceso de tener mentores cuando sólo tenía nueve años. Mi maestra de la Primaria me enseñó a bordar en punto de cruz “Traeré la luz del Evangelio a mi hogar”, un cuadro que estuvo colgado en mi habitación durante mi adolescencia. Mi maestra me guió, me corrigió y siempre me animó en el tiempo que me tomó hacerlo. Después tuve otras mentoras. Dos excelentes costureras de mi barrio me enseñaron a coser. Con su guía, paciencia y ánimo, presenté un vestido en un concurso de costura cuando tenía 14 años, ¡y gané un premio! El proceso aumentó mi sed de conocimiento y excelencia en otras áreas también.

El conocimiento que obtengan ahora pagará grandes dividendos cuando sean madres. “El nivel de formación académica de una madre tiene una profunda influencia en las decisiones educativas de sus [hijos]”8. La formación académica de una madre puede ser la “clave para salir [del] ciclo de la pobreza”9. “Las mujeres con formación académica… tienden a: tener bebés más sanos, tener hijos más saludables, más seguros, más adaptables, y que tienen mejor razonamiento y juicio”10. Seguir leyendo

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Levantaos y brillad

Conferencia General Abril 2012
Levantaos y brillad
Por Ann M. Dibb
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Una de las formas más grandes en que podemos levantarnos y brillar es obedecer con confianza los mandamientos de Dios.

Es un privilegio para mí compartir esta noche con ustedes. Cada enero espero ansiosamente el anuncio del nuevo lema de la Mutual. Sin embargo, siempre tomo un momento para evaluar si he aprendido las lecciones del tema del año anterior.

Por un momento, repasemos temas recientes: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”1, “Ser firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras”2, “Sé ejemplo de los creyentes”3, “Esfuérzate y sé valiente”4, y el decimotercer artículo de fe: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres”5.

El estudiar estos pasajes de las Escrituras y concentrarnos en ellos durante un año entero ha permitido que lleguen a ser parte de nuestro corazón, de nuestra alma y de nuestro testimonio. Espero que ustedes continúen siguiendo esa guía al concentrar nuestra atención en el lema de la Mutual para 2012, que se halla en Doctrina y Convenios.

El encabezamiento de la Sección 115 indica que el año era 1838 y el lugar era Far West, Misuri. José Smith “…da a conocer la voluntad de Dios concerniente a la edificación de ese lugar y de la casa del Señor”. El profeta era optimista y estaba animado. En el versículo 5, donde se encuentra el lema de este año, el Señor le dice: “De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones”.

¿Qué piensan cuando escuchan la palabra levantaos? Personalmente, pienso en ustedes, la noble juventud de la Iglesia. Las imagino diligentemente levantándose de la cama cada mañana para asistir a seminario diario. Las veo levantándose fielmente después de estar arrodilladas haciendo sus oraciones diarias. Pienso en ustedes poniéndose de pie con valor para compartir su testimonio y defender sus normas. Me inspira la dedicación que tienen al Evangelio y sus buenos ejemplos. Muchas de ustedes ya han aceptado esta invitación de levantarse y brillar, y su luz anima a otras personas a hacer lo mismo.

Una de las formas más grandes en que podemos levantarnos y brillar es obedecer con confianza los mandamientos de Dios. Aprendemos de estos mandamientos en las Escrituras, de los profetas modernos y de las páginas del librito Para la Fortaleza de la Juventud. Cada una de ustedes debe tener su propio ejemplar. En mi librito, he marcado las palabras para y tú, como me enseñó una querida amiga. Este simple acto me recuerda que estas normas no son sólo pautas generales, sino que son específicamente para mí. Espero que dediquen tiempo para marcar esas palabras en su propio librito, que lo lean de tapa a tapa y sientan el Espíritu testificarles de que las normas son para ustedes también.

Quizás algunas de ustedes sientan la tentación de ignorar o descartar las normas de Para la Fortaleza de la Juventud. Quizás vean el librito y digan: “Ves, mamá, el libro no habla de [pongan el tema de actualidad]”, o tal vez se autojustifiquen y digan: “Lo que hago no está tan mal. Por cierto no soy tan mala como [inserten el nombre de una amiga o una conocida]”.

El presidente Harold B. Lee enseñó: “El más importante de todos los mandamientos de Dios es aquel que les resulte más difícil de guardar hoy”6. El rey Benjamín explicó: “No puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos”7. Si tienen problemas para guardar estas normas y mandamientos, las animo a que busquen apoyo en el Evangelio. Lean las Escrituras; pasen tiempo en el sitio web oficial de la Iglesia, LDS.org, para encontrar respuestas a sus preguntas. Hablen con sus padres, con sus líderes de la Iglesia y con aquellas personas que brillan al vivir el Evangelio. Oren; derramen su corazón a su Padre Celestial, quien las ama. Utilicen el don del arrepentimiento a diario; sirvan a los demás. Y lo más importante, escuchen y obedezcan los susurros del Espíritu Santo.

El presidente Thomas S. Monson nos anima a todos con estas palabras: “Mis jóvenes amigos, sean fuertes… Ustedes saben lo que es bueno y lo que es malo, y ningún disfraz, no importa cuán atractivo sea, puede cambiar ese hecho… Si los que supuestamente son sus amigos los instan a hacer algo que ustedes saben que está mal, sean ustedes los que defiendan lo correcto, aunque tengan que estar solos”8. Seguir leyendo

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Al concluir esta conferencia

Conferencia General Abril 2012
Al concluir esta conferencia
Por el presidente Thomas S. Monson

Ruego que mediten en las verdades que han escuchado y que ellas los ayuden a ser aún mejores de lo que eran cuando la conferencia comenzó hace dos días.

Siento el corazón henchido al llegar al final de esta gloriosa conferencia. Hemos sido sumamente bendecidos al escuchar el consejo y los testimonios de aquellos que nos han hablado. Creo que estarán de acuerdo conmigo en que hemos sentido el Espíritu del Señor, se ha conmovido nuestro corazón y se ha fortalecido nuestro testimonio.

Una vez más, hemos disfrutado de la bella música que ha elevado y enriquecido cada sesión de la conferencia. Expreso mi gratitud a todos los que han compartido sus talentos en ese aspecto.

Vaya mi más sincero agradecimiento a cada persona que nos ha hablado al igual que a quienes han ofrecido oraciones en cada una de las sesiones.

Hay incontables personas que trabajan entre bastidores y en puestos menos visibles en cada conferencia y, para nosotros, no sería posible llevar a cabo estas sesiones sin su ayuda. Vaya también mi agradecimiento a ellos.

Sé que se unen a mí al expresar profunda gratitud a aquellos hermanos y hermanas que han sido relevados durante esta conferencia. Los echaremos de menos. Sus contribuciones a la obra del Señor han sido enormes y se dejarán sentir a lo largo de las generaciones venideras.

También hemos sostenido, con la mano en alto, a hermanos y hermanas que han sido llamados a nuevas posiciones durante la conferencia. Les damos la bienvenida y queremos que sepan que anhelamos servir con ellos en la causa del Maestro; ellos han sido llamados por inspiración de lo alto.

En esta conferencia, hemos tenido una cobertura sin igual que ha llegado a través de los continentes y océanos a la gente de todas partes y, aunque estamos muy lejos de muchos de ustedes, sentimos su espíritu y su dedicación, y les hacemos extensivos nuestro amor y agradecimiento dondequiera que estén.

Cuán bendecidos somos, mis hermanos y hermanas, de tener el evangelio restaurado de Jesucristo en nuestra vida y en nuestro corazón; proporciona las respuestas a los grandes interrogantes de la vida; da significado, propósito y esperanza a nuestras vidas.

Vivimos en tiempos difíciles. Les aseguro que nuestro Padre Celestial es consciente de los desafíos que afrontamos. Él ama a cada uno de nosotros y desea bendecirnos y ayudarnos. Que nos dirijamos a Él mediante la oración, como Él nos exhortó cuando dijo: “Ora siempre, y derramaré mi Espíritu sobre ti, y grande será tu bendición, sí, más grande que si lograras los tesoros de la tierra”1.

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que sus hogares estén llenos de amor y cortesía, y con el Espíritu del Señor. Amen a su familia; si hay desacuerdos o contenciones entre ustedes, les insto a que los resuelvan ahora. El Salvador dijo:

“…no habrá disputas entre vosotros…

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“[Pero] he aquí, ésta no es mi doctrina… antes bien, mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas”2.

Como su humilde siervo, hago eco de las palabras del rey Benjamín, cuando le habló a su pueblo y le dijo:

“No os he mandado… que penséis que yo de mí mismo sea más que un ser mortal.

“Sino que soy como vosotros, sujeto a toda clase de enfermedades de cuerpo y mente; sin embargo, he sido elegido por… la mano del Señor… y su incomparable poder me ha guardado y preservado, para serviros con todo el poder, mente y fuerza que el Señor me ha concedido”3.

Mis amados hermanos y hermanas, deseo con todo mi corazón hacer la voluntad de Dios y servirle a Él y a ustedes.

Ahora, al partir de esta conferencia, invoco las bendiciones del cielo sobre cada uno de ustedes. Que ustedes, los que están fuera de su hogar, regresen a salvo. Ruego que mediten en las verdades que han escuchado y que ellas los ayuden a ser aún mejores de lo que eran cuando la conferencia comenzó hace dos días.

Hasta que nos volvamos a ver en seis meses, ruego que las bendiciones del Señor estén sobre ustedes y, en realidad, sobre todos nosotros; y lo hago en Su santo nombre, a saber Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén.

Notas

  1. Doctrina y Convenios 19:38.

  2. 3 Nefi 11:28–30; cursiva agregada.

  3. Mosíah 2:10–11.

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¿Qué piensa el Cristo de mí?

Conferencia General Abril 2012
¿Qué piensa el Cristo de mí?
Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

En la medida en que lo amen, confíen en Él, le crean y lo sigan, sentirán el amor y la aprobación de Él.

Un periodista de una de las principales revistas de Brasil estudió la Iglesia como preparativo para un importante artículo de prensa1. Examinó nuestra doctrina y visitó los centros de capacitación misional y de ayuda humanitaria. Habló con amigos de la Iglesia y con otras personas que no eran tan amigos. Cuando me entrevistó, el periodista parecía francamente perplejo al preguntarme: “¿Cómo es que hay personas que no los consideran cristianos?”. Sabía que se refería a la Iglesia; pero, por algún motivo mi mente planteó la pregunta en forma personal, y me hallé preguntándome en silencio: “¿Refleja mi vida el amor y la devoción que le tengo al Salvador?”.

Jesús preguntó a los fariseos: “¿Qué pensáis del Cristo?”2. En la evaluación final, no serán ni amigos ni enemigos los que juzguen nuestro discipulado. Más bien, como dijo Pablo, “…[todos] compareceremos ante el tribunal de Cristo”3. Ese día, la pregunta importante para cada uno de nosotros será: “¿Qué piensa el Cristo de mí?”.

Incluso con el amor que le tiene a toda la humanidad, Jesús se refirió en tono de amonestación a algunos que lo rodeaban llamándolos hipócritas4, insensatos5 y hacedores de maldad6. A otros con aprobación llamó hijos del reino7 y la luz del mundo8. Se refirió con desaprobación a algunos como cegados9 e infructuosos10; elogió a otros como de limpio corazón11 y que tenían hambre y sed de justicia12. Lamentó que algunos fueran incrédulos13 y de este mundo14, pero a otros los valoró como escogidos15, discípulos16, amigos17. Y, así, cada uno de nosotros se pregunta: “¿Qué piensa el Cristo de mí?”.

El presidente Monson ha descrito nuestra época como una que se aleja “de lo que es espiritual… [y en la] que los vientos del cambio sopl[an] a nuestro alrededor y la fibra moral de la sociedad continú[a] desintegrándose ante nuestros propios ojos…”18. Es una época en la que aumenta la incredulidad y la indiferencia hacia Cristo y Sus enseñanzas.

En este ambiente turbulento, nos regocijamos de ser discípulos de Jesucristo; vemos la mano del Señor en todos lados. Nuestro destino se presenta hermoso ante nosotros. “Y ésta es la vida eterna”, oró Jesús, “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”19. Ser discípulo en estos días de destino será un mérito de honor por todas las eternidades.

Los mensajes que hemos escuchado durante esta conferencia son carteles del Señor que nos guían en nuestra jornada de discipulado. Conforme hemos escuchado durante estos últimos dos días, orar para recibir guía espiritual y, según estudiemos y oremos en cuanto a estos mensajes en los días venideros, el Señor nos bendecirá con guía personal por medio del don del Espíritu Santo. Esos sentimientos nos vuelven aún más al Señor, al arrepentirnos, obedecer, creer y confiar. El Salvador responde a nuestros hechos de fe: “El que me ama [hombre o mujer], mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él”20.

El llamado de Jesús, “Ven, sígueme”21, no es sólo para quienes estén preparados para competir en unas olimpíadas espirituales. De hecho, el discipulado no es una competición en absoluto, sino una invitación para todos. Nuestra jornada del discipulado no es una rápida vuelta a la pista ni se compara del todo a un largo maratón. En verdad es una migración de toda la vida hacia un mundo más celestial.

Esta invitación es un llamado al deber diario. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”22. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día y sígame”23. Puede que no todos los días sean nuestro mejor día, pero si nos estamos esforzando, la invitación de Jesús está llena de ánimo y esperanza: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”24.

Donde sea que se encuentren en el camino del discipulado, están en el sendero correcto, el camino hacia la vida eterna. Juntos podemos levantarnos y fortalecernos unos a otros en los grandes e importantes días que están por delante. Sean cuales sean las dificultades que enfrentemos, las flaquezas que nos limiten o las imposibilidades que nos rodeen, tengamos fe en el Hijo de Dios, quien declaró: “…al que cree todo le es posible”25.

Permítanme compartir dos ejemplos del discipulado en acción. El primero es de la vida del presidente Thomas S. Monson y demuestra el poder de la bondad simple y de la enseñanza de Jesús de que “El que es el mayor entre vosotros será vuestro siervo”26.

Hace casi veinte años, el presidente Monson habló en la conferencia general acerca de una jovencita de doce años que padecía de cáncer. Contó de la valentía de ella y la bondad de sus amigos que la cargaron para subir el monte Timpanogos en el centro de Utah.

Hace unos años, conocí a Jami Palmer Brinton, y escuché la historia desde otro punto de vista, con la perspectiva de lo que el presidente Monson había hecho por ella.

Jami conoció al presidente Monson en marzo de 1993, al día siguiente de recibir la noticia de que un tumor que tenía arriba de la rodilla derecha era un cáncer óseo de rápido crecimiento. Con la ayuda del padre de Jami, el presidente Monson le dio una bendición del sacerdocio, prometiéndole: “Jesús estará a tu diestra y a tu siniestra para levantarte”.

“Al salir de su oficina ese día”, dijo Jami, “desaté un globo que llevaba en mi silla de ruedas y se lo di a él. ‘¡Eres lo máximo!’, decía con letras brillantes”.

A lo largo de los tratamientos de quimioterapia y una operación para salvarle la pierna, el presidente Monson no se olvidó de ella. Jami dijo: “El presidente Monson ejemplificó lo que es ser un verdadero discípulo de Cristo. Me sacó de mi angustia dándome una esperanza grande y duradera”. Tres años después de su primer encuentro, Jami otra vez estuvo en la oficina del presidente Monson. Al final de la reunión, él hizo algo que Jami nunca olvidará. Típico de los detalles del presidente Monson, él sorprendió a Jami con el mismísimo globo que ella le había dado tres años antes. “¡Eres lo máximo!”, proclamaba el globo. Lo había guardado, consciente de que ella regresaría a su oficina cuando estuviera curada del cáncer. Catorce años después del primer encuentro con Jami, el presidente Monson efectuó su casamiento con Jason Brinton en el Templo de Salt Lake27.

Podemos aprender muchísimo del discipulado del presidente Monson. Con frecuencia él recuerda a las Autoridades Generales que tengamos en mente esta simple pregunta: “¿Qué haría Jesús?”. Seguir leyendo

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