Liahona Agosto 1987
Un matrimonio libre de Manipulaciones
Por Larry K. Langlois
Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el empleo de la coerción.
En términos de un largo plazo, la coerción siempre fracaza. El amor, la fidelidad y la lealtad sólo se pueden desarrollar dentro de una atmófera de libertad
Hace algún tiempo se presentó en mi oficina un hombre que se encontraba sumido en la más terrible desesperación. Era robusto y de fuerte constitución pero lloró amargamente mientras me relataba su caso.
Se había casado en el templo hacía veinte años y siempre había creído tener un buen matrimonio. Por supuesto que él y su esposa tenían sus problemas, pero me aseguró que los miembros de su barrio pensaban que ellos eran la pareja más feliz de todas. Entonces, cierto día, su esposa empacó sus pertenencias y se marchó junto con los niños para entablar inmediatamente el divorcio.
Aquel hombre estaba totalmente pasmado de que su esposa lo hubiera abandonado y en aquellos momentos expresó también un grave resentimiento y enojo hacia ella. Era obvio que para él el comportamiento de su esposa era completamente reprochable y diabólico, y tenía que ser sancionado a costa de cualquier cosa. El escucharlo hablar así ya de por sí era penoso, pero más incómodo fue el darme cuenta de que lo que él quería era que yo buscara alguna manera de obligar a su esposa a volver con él. No tuve más remedio que interrumpirlo y aclararle: “Yo no puedo obligar a su esposa a que regrese a su lado si ella está resuelta a no hacerlo”.
Ante aquella réplica, muy decepcionado me dijo: “Ya acudí a mi obispo y a mi presidente de estaca, pero ellos no han podido ayudarme. Me lo recomendaron a usted como consejero matrimonial y por eso estoy aquí, y ahora usted me dice que no puede ayudarme. ¿A quién debo recurrir entonces?”
Traté de ayudarlo a considerar alguna otra alternativa que no fuera obligarla a volver, pero él miraba las cosas de una manera distinta. Para él, ella estaba equivocada y tenían que castigarla severamente y obligarla a actuar correctamente. La sola idea de buscar otra solución lo irritaba en extremo. Por lo que sé- hasta el día de hoy, él nunca cambió y su matrimonio se disolvió.
El libre albedrío en contra de la coerción: una lucha eterna
La eterna lucha entre el libre albedrío y la coerción ha sido la razón de muchas disputas en los matrimonios. Pocos son los principios del evangelio que se explican con más claridad en las Escrituras que éste y, asimismo, de muy pocos se ha hablado más amplia y reconocidamente que de éste. No obstante, pocos son los que se abusan y malentienden al mismo grado que este principio.
En Moisés 4:1-4 se explica claramente que la rebelión en el cielo se originó precisamente por el conflicto existente entre el libre albedrío y la coerción. Dios anunció un plan en el que el hombre haría uso de su libre albedrío, más Satanás quiso rivalizar presentando con alarde otro plan diferente, diciendo: “Rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderá una sola alma”. En cambio Cristo apoyaba el plan de Dios, diciendo: “Hágase tu voluntad”. De modo que se llevó a cabo una guerra, y Dios explicó el resultado de ella: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también, que le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito”.
Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia que piensan que están viviendo los principios del evangelio se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el empleo de la coerción, que viene a ser el mismo conflicto por el cual se libró la batalla en el cielo.
Existen varias maneras en que la gente trata de imponer la voluntad propia sobre la del cónyuge. Cinco de ellas son las siguientes:
1: El uso de la fuerza física
El primero, y el más obvio, de los medios de coerción es la fuerza física para agredir. El Señor ha condenado una y otra vez el mal uso de la fuerza física y la violencia. Por ejemplo, cuando los centuriones romanos llegaron a arrestar a Jesús antes de su crucifixión, uno de los seguidores del Salvador sacó su espada e hirió a uno de los soldados, cortándole la oreja. Jesús lo sanó inmediatamente y reprendió a su seguidor, diciéndole: “Todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52).
Aun cuando Jesucristo censuró incesantemente la violencia, muchos que dicen ser cristianos tratan de justificarse en imponer su voluntad por medios agresivos a su cónyuge. Recuerdo a un hombre que se justificaba de golpear a su esposa, arguyendo: “Nunca le pongo las manos, a menos que se lo merezca”. No fue sino hasta que juntos llegamos al acuerdo de que no la golpearía más, creyera él que ella se lo merecía o no, que pudimos proceder a resolver otros problemas de su relación.
En el matrimonio no hay lugar para la violencia —el uso de la fuerza física para imponer la voluntad propia a la del cónyuge. Esto debería ser obvio para las personas que tienen un testimonio del evangelio de Jesucristo; pero, aparentemente, muchas todavía necesitan aprenderlo.
2: El uso incorrecto de la autoridad del sacerdocio
Otra manera en que uno de los cónyuges, y en este caso específico el esposo, puede tratar de imponer su voluntad es de carácter más sutil y, por lo tanto, más difícil de corregir. Es cuando, valiéndose de la autoridad del sacerdocio, o del tipo de llamamiento o cargo, u orden patriarcal que posea, pretende obligar a otros a hacer lo que él manda.
En las Escrituras, dicha práctica ha sido explícita y severamente condenada. Por ejemplo, en D. y C. 121:39 se declara: “Hemos aprendido, por funesta experiencia, que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar inmediatamente a ejercer injusto dominio”.
El sacerdocio y el orden patriarcal pueden funcionar correctamente sólo donde existe una atmósfera de libre albedrío. En el versículo 46 de la misma sección dice que si utilizamos apropiadamente la autoridad, contaremos con la siguiente promesa: “Tu cetro [será] un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido, fluirá hacia ti para siempre jamás” (cursiva agregada).
Queda claro, entonces, que no debemos usar la autoridad del sacerdocio como un instrumento de coerción. No obstante, algunos hermanos de la Iglesia insisten erróneamente en que esta autoridad les da el derecho de exigir a los miembros de su familia que les obedezcan sin objeción alguna.
Por otro lado, hay algunas hermanas de la Iglesia que se empecinan en obligar a sus maridos a magnificar sus llamamientos en el sacerdocio. No se dan cuenta de que están haciendo casi lo mismo que Lucifer pretendía hacer cuando se rebeló contra Dios: obligar la observancia de los principios de rectitud. El Señor siempre ha censurado el empleo de la coerción para conseguir fines justos.
3: Invocar una autoridad mayor
Otra de las formas en que muchos hacen uso de la coerción es valiéndose de una autoridad mayor. Utilizan citas de las Escrituras y de autoridades eclesiásticas, o se valen de principios del evangelio para obligar a otros a obedecerles. Esta táctica de manipulación no debe confundirse con la expresión genuina de algún sentimiento religioso sincero, sino que debe reconocerse como el uso descarado de pasajes de las Escrituras o de los nombres o declaraciones de las autoridades de la Iglesia para obligar a otros a someterse a su voluntad.
Hace algún tiempo conversaba en mi clínica con una pareja de miembros de la Iglesia. Ella parecía ser una persona muy dedicada a sus deberes religiosos; él asistía a las reuniones a intervalos moderados, mas no quería comprometerse a participar en nada. Como esposo, era amoroso con su esposa e hijos y le daba a su familia la importancia que debía; no obstante, no poseía un testimonio genuino del evangelio y por lo tanto no tenía mayor interés en adoptar muchos otros elementos del estilo de vida de un Santo de los Últimos Días. Su angustiada esposa sentía que esa actitud apática hacia la participación en los programas de la Iglesia constituía una amenaza directa contra su salvación eterna.
Por mucho tiempo ella había estado tratando de obligar a su esposo a cambiar, hasta que un día había decidido que ambos debían recurrir a un consejero matrimonial. En vista de que ella sabía que yo además era un miembro fiel de la Iglesia, había supuesto que yo trataría de hacerlo cambiar. Conforme se desarrolló la sesión ella trató de que yo la ayudara a obligar a su esposo a cumplir con principios correctos, según el criterio de ella. Para ello, constantemente citaba pasajes de las Escrituras y declaraciones de autoridades de la Iglesia, así como principios del evangelio. Sin embargo, yo evitaba el tratar de obligarlo.
En cierto momento yo cité los versículos de la sección 121 mencionados anteriormente, para insinuarle a ella que el tratar de forzar a su esposo a cumplir con las normas de la Iglesia no era apropiado. En esos momentos, y con una mirada seria, el preguntó: Seguir leyendo →