Conferencia General Abril 2012 Mantener sagrado
Por el élder Paul B. Pieper
De los Setenta
Las cosas sagradas se deben tratar con más cuidado, con más respeto, y se deben considerar con profunda reverencia.
Unos 1.500 años antes de Cristo, se llevó a un pastor a una zarza ardiente en las laderas del monte Horeb. Ese encuentro divino inició la transformación de Moisés de ser un pastor a ser un profeta, y de su trabajo de pastoreo de ovejas al recogimiento de Israel. Mil trescientos años más tarde, el testimonio de un profeta condenado cautivó a un privilegiado joven sacerdote de la corte del rey. Ese encuentro dio inicio a la evolución de Alma de ser un siervo común a ser un siervo de Dios. Casi 2000 años después, un joven de 14 años entró al bosque en búsqueda de una respuesta a una pregunta sincera. El encuentro de José Smith en la arboleda lo puso en el camino para llegar a ser un profeta y hacia una restauración.
Los encuentros con lo divino cambiaron completamente las vidas de Moisés, Alma y de José Smith. Estas experiencias los fortalecieron para permanecer fieles al Señor y a Su obra durante toda la vida a pesar de la abrumadora oposición y de los posteriores desafíos difíciles.
Nuestras experiencias con lo divino puede que no sean tan directas o dramáticas, ni nuestros desafíos tan desalentadores. Sin embargo, al igual que con los profetas, nuestra fortaleza para perseverar fielmente depende de que reconozcamos, recordemos y mantengamos sagrado aquello que recibimos de lo alto.
Hoy en día, la autoridad, las llaves y las ordenanzas han sido restauradas sobre la tierra. Hay también Escrituras y testigos especiales. Aquellos que buscan a Dios pueden recibir el bautismo para la remisión de los pecados y la confirmación “por la imposición de manos… para que reciban el bautismo de fuego y del Espíritu Santo” (D. y C. 20:41). Con estos preciados dones restaurados, nuestros encuentros divinos mayormente incluirán al tercer miembro de la Trinidad, el Espíritu Santo.
Con voz apacible el Espíritu me habla,
Me guía, me salva.
(“Con voz apacible”, (Liahona, abril de 2006, pág. A13)
Deja que el Espíritu
te enseñe la verdad,
testifique de Jesús
y te guíe en santidad.
(“Deja que el Espíritu te enseñe”, Himnos, Nº 77)
A medida que buscamos respuestas de Dios, sentimos la voz suave y apacible susurrar a nuestros espíritus. Estos sentimientos, estas impresiones, son tan naturales y tan sutiles que podemos pasarlos por alto o atribuirlos a la razón o la intuición. Estos mensajes personales testifican del amor personal de Dios y de Su preocupación por cada uno de Sus hijos y de las misiones terrenales de ellos. El reflexionar y registrar a diario las impresiones que vienen del Espíritu sirven el doble propósito de (1) ayudarnos a reconocer nuestros encuentros personales con lo divino y (2) preservarlos para nosotros y para nuestra posteridad. Registrarlos es también una aceptación y un reconocimiento formal de nuestra gratitud a Dios, porque “en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas” (D. y C. 59:21).
En cuanto a lo que recibimos a través del Espíritu, el Señor dijo: “Recordad que lo que viene de arriba es sagrado”(D. y C. 63:64). Su declaración es más que un recordatorio, también es una definición y una explicación. La luz y el conocimiento del cielo son sagrados, y lo son porque el cielo es su fuente.
Sagrado significa digno de veneración y respeto. Al designar algo como sagrado, el Señor indica que es de mayor valor y prioridad que otras cosas. Las cosas sagradas se deben tratar con más cuidado, con más respeto, y se deben considerar con profunda reverencia. Lo sagrado se cataloga en lo alto de la jerarquía de los valores celestiales. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 ¿Valió la pena?
Por el élder David F. Evans
De los Setenta
La labor de compartir el Evangelio de forma normal y natural con las personas que nos interesan y a quienes amamos será la obra y el gozo de nuestras vidas.
Durante esta conferencia y en otras reuniones recientes1, muchos de nosotros nos hemos preguntado: ¿qué puedo hacer para ayudar a fortalecer la Iglesia del Señor y ver un verdadero crecimiento en donde vivo?
En ése y en todo otro esfuerzo significativo, nuestra labor más importante siempre es la que realizamos dentro de nuestro propio hogar y en nuestra familia2. Es en la familia donde se establece la Iglesia y ocurre el verdadero crecimiento3. Debemos enseñar a nuestros hijos los principios y las doctrinas del Evangelio; debemos ayudarlos a tener fe en Jesucristo y ayudarlos a prepararse para el bautismo cuando tengan ocho años4. Debemos ser fieles nosotros mismos para que ellos vean nuestro ejemplo de amor por el Señor y por Su Iglesia. Eso ayuda a que nuestros hijos sientan gozo al guardar los mandamientos, felicidad en la familia y gratitud al prestar servicio a los demás. En nuestros hogares debemos seguir el modelo dado por Nefi cuando dijo:
“Trabajamos diligentemente… a fin de persuadir a nuestros hijos… a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios…
“… Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”5.
Trabajamos diligentemente para ofrecer estas bendiciones a nuestros hijos al asistir a la Iglesia con ellos, hacer la noche de hogar y leer las Escrituras juntos; al orar diariamente con nuestra familia, aceptar llamamientos, visitar a los enfermos y a los que están solos, y hacer otras cosas que demuestren a nuestros hijos que los amamos y que amamos a nuestro Padre Celestial, a Su Hijo y a la Iglesia de Ellos.
Hablamos y profetizamos de Cristo al dar una lección en la noche de hogar o al sentarnos con un hijo y expresarle nuestro amor y nuestro testimonio del Evangelio restaurado.
Podemos escribir de Cristo a través de cartas a aquellos que estén lejos. Los misioneros que están en el campo, los hijos e hijas que se encuentran en el servicio militar y aquellos a quienes amamos son todos bendecidos por las cartas que escribimos. Las cartas que se reciben de casa no son solamente breves correos electrónicos; las verdaderas cartas ofrecen algo tangible que se puede tener en la mano, considerar y apreciar.
Ayudamos a nuestros hijos a confiar en la expiación del Salvador y a conocer la compasión de un amoroso Padre Celestial al mostrar amor y compasión en nuestra manera de criarlos. Nuestro amor y compasión no sólo acercan a nuestros hijos más a nosotros, sino que también fortalecen su fe al saber que el Padre Celestial los ama y los perdonará cuando se esfuercen por arrepentirse y por ser mejores. Ellos confían en esa verdad porque han sentido lo mismo de sus padres terrenales.
Además de la labor que haremos dentro de nuestra propia familia, Nefi enseñó que “trabajamos diligentemente… a fin de persuadir a nuestros… hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios”6. Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cada uno de nosotros tiene la bendición y la responsabilidad de compartir el Evangelio. Algunos de los que necesitan el Evangelio en su vida aún no son miembros de la Iglesia. Otros estuvieron antes entre nosotros pero necesitan volver a sentir el gozo que sintieron cuando aceptaron el Evangelio en una época anterior de su vida. El Señor ama tanto a la persona que nunca ha tenido el Evangelio como a la que está regresando a Él7. Para Él y para nosotros no tiene importancia; todo es la misma obra. Es el valor de las almas, independientemente de su condición, lo que es grande para nuestro Padre Celestial, para Su Hijo y para nosotros8. La obra de nuestro Padre Celestial y Su Hijo es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna”9 de todos Sus hijos, sin importar sus circunstancias actuales. Nuestra bendición es ayudar en esta gran obra.
El presidente Thomas S. Monson explicó cómo podemos ayudar cuando dijo: “Nuestras experiencias misionales tienen que ser actuales. No es suficiente quedarse sentado y reflexionar sobre experiencias pasadas. Para sentirse satisfecho hay que seguir compartiendo el Evangelio de forma normal y natural”10.
La labor de compartir el Evangelio de forma normal y natural con las personas que nos interesan y a quienes amamos será la obra y el gozo de nuestras vidas. Permítanme contarles acerca de dos experiencias.
Dave Orchard se crió en Salt Lake City, donde la mayoría de sus amigos eran miembros de la Iglesia. Ellos eran una gran influencia para él. Además, los líderes de la Iglesia en su vecindario lo invitaban constantemente a las actividades, al igual que sus amigos. A pesar de que no se unió a la Iglesia en aquel momento, en sus años de juventud tuvo la bendición de la influencia de buenos amigos y de las actividades de la Iglesia. Después de ingresar a la universidad, se mudó lejos de su casa y la mayoría de sus amigos se fueron a servir misiones; él echaba de menos la influencia de ellos en su vida.
Uno de los amigos de Dave, de la escuela secundaria, todavía estaba en su casa. Ese amigo se reunía cada semana con su obispo en un esfuerzo por poner su vida en orden y servir como misionero. Él y Dave llegaron a ser compañeros de cuarto y, como es normal y natural, hablaron sobre por qué todavía no estaba sirviendo como misionero y por qué se reunía a menudo con el obispo. El amigo de Dave expresó gratitud y respeto hacia su obispo y por la oportunidad de arrepentirse y de servir. Entonces le preguntó a Dave si le gustaría ir a la próxima entrevista con él. ¡Qué invitación! Pero debido a su amistad y a las circunstancias, fue a la vez normal y natural.
Dave aceptó y no tardó en tener sus propias entrevistas con el obispo. Eso lo llevó a tomar la decisión de reunirse con los misioneros; recibió un testimonio de que el Evangelio es verdadero y fijaron una fecha para su bautismo. El obispo bautizó a Dave y, un año después, Dave Orchard y Katherine Evans se casaron en el templo. Ellos tienen cinco hermosos hijos. Katherine es mi hermana menor. Siempre estaré agradecido a ese buen amigo que, junto con un buen obispo, trajo a Dave a la Iglesia. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 “Conforme a los principios de la rectitud”
Por el élder Larry Y. Wilson
De los Setenta
Los padres sabios preparan a sus hijos para que puedan conducirse sin la guía paterna. Les brindan oportunidades de crecimiento a sus hijos a medida que éstos adquieren la madurez espiritual para ejercer su albedrío de manera apropiada.
Más o menos un mes después de casarnos, mi esposa y yo estábamos haciendo un viaje largo en automóvil. Ella iba manejando y yo trataba de relajarme. Digo que trataba porque la autopista por la que viajábamos tenía la reputación de tener muchos controles de velocidad, y creo que en aquellos días mi esposa tal vez tenía una leve tendencia de acelerar demasiado; así que le dije: “Vas muy rápido; baja la velocidad”.
Mi flamante esposa pensó: “Vaya, llevo unos diez años manejando y, salvo mi instructor de manejo, nunca nadie me ha dicho cómo manejar”. Así que contestó: “¿Qué te da el derecho de decirme cómo manejar?”.
En realidad, su pregunta me tomó desprevenido; entonces, haciendo lo mejor para asumir mis nuevas responsabilidades de hombre casado dije: “No lo sé, porque soy tu marido y poseo el sacerdocio”.
Hermanos, una breve sugerencia: Si se encuentran en una situación similar, ésa no es la respuesta correcta; y me siento feliz de informarles que fue la primera y la última vez que cometí ese error.
Doctrina y Convenios explica que el derecho de emplear el sacerdocio en el hogar o en cualquier otra parte está directamente relacionado con la rectitud de nuestra vida: “… los poderes del cielo […] no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud”1. Después dice que perdemos esos poderes cuando “[ejercemos] mando, dominio o compulsión sobre las almas de los [demás], en cualquier grado de injusticia”2.
En este pasaje de las Escrituras se dice que debemos guiar “conforme a los principios de la rectitud”. Esos principios se aplican a todos los líderes de la Iglesia como también a todos los padres y las madres en sus hogares3. Cuando ejercemos mando sobre otra persona de forma indebida, perdemos el derecho al Espíritu del Señor y a cualquier autoridad que tengamos de Dios4. Tal vez pensemos que esos métodos son para el bien de la persona sobre la que “ejercemos mando”, pero procedemos de forma injusta cada vez que tratamos de obligar a obrar con rectitud a alguien que puede y debe ejercer su propio albedrío moral. Cuando haya necesidad de establecer límites firmes para otra persona, esos límites siempre deben ponerse con afectuosa paciencia y de una manera que enseñe principios eternos.
Sencillamente no podemos forzar a los demás a hacer lo correcto. En las Escrituras queda claro que ésa no es la manera de Dios. La compulsión produce resentimiento; demuestra desconfianza y hace que las personas se sientan incompetentes. Las oportunidades de aprendizaje se pierden cuando las personas que ejercen control dan por sentado con altivez que tiene todas las respuestas correctas para los demás. En las Escrituras se dice que “la naturaleza y disposición de casi todos los hombres” es practicar este “injusto dominio”5, así que debemos ser conscientes de que es una trampa en la que se puede caer fácilmente. Puede que las mujeres también ejerzan injusto dominio, aun cuando las Escrituras asocian el problema especialmente con los hombres.
El injusto dominio con frecuencia va acompañado de la crítica constante y de no demostrar ni aprobación ni amor. Las personas sobre quienes se ejerce sienten que nunca pueden agradar a tales líderes o padres y que lo que hacen siempre es insuficiente. Los padres sabios deben sopesar cuándo los hijos están listos para comenzar a ejercer su propio albedrío en un aspecto particular de su vida. Pero si los padres se aferran a todo el poder de decisión, considerándolo su “derecho”, limitan de forma severa el crecimiento y desarrollo de sus hijos.
Nuestros hijos están en el hogar por un tiempo limitado. Si esperamos a que se vayan a vivir a otra parte para entregarles las riendas de su albedrío moral, habremos esperado demasiado. No van a desarrollar de repente la facultad de tomar decisiones prudentes si nunca han tenido la libertad de tomar alguna decisión importante mientras vivían en nuestra casa. Los hijos en esas circunstancias a menudo se rebelan contra tal compulsión o quedan traumatizados con la incapacidad de tomar decisiones por su propia cuenta. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 Tener la visión de actuar
Por el élder O. Vincent Haleck
De los Setenta
Si queremos prosperar en lugar de perecer, debemos obtener una visión de nosotros mismos igual a la que el Salvador tiene de nosotros.
Al igual que todos los buenos padres, los míos deseaban un futuro brillante para sus hijos. Mi padre no era miembro y, debido a circunstancias inusuales que existían en ese entonces, mis padres decidieron que mis hermanos, mis hermanas y yo dejáramos nuestro hogar en la isla de Samoa Americana, en el Pacífico Sur, y viajáramos a los Estados Unidos para ir a la escuela.
La decisión de separarse de nosotros fue muy difícil para mis padres, en especial para mi madre. Sabían que tendríamos que afrontar desafíos desconocidos al trasladarnos a un nuevo entorno. Sin embargo, con fe y determinación, siguieron adelante con su plan.
Debido a que mi madre se había criado como Santo de los Últimos Días, estaba familiarizada con los principios del ayuno y la oración, y tanto ella como mi padre sentían que necesitaban las bendiciones del cielo para ayudar a sus hijos. Con ese espíritu, comenzaron a apartar un día cada semana para ayunar y orar por nosotros. Su visión era la de preparar a sus hijos para un futuro brillante. Ellos actuaron de acuerdo con esa visión, ejerciendo su fe al buscar las bendiciones del Señor. Mediante el ayuno y la oración recibieron la seguridad, el consuelo y la paz de que todo saldría bien.
¿En qué forma obtenemos la visión necesaria para realizar las cosas que nos acercarán más al Salvador en medio de los desafíos de la vida? En referencia a tener visión, el libro de Proverbios nos enseña esta verdad: “Sin profecía, el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18). Si queremos prosperar en lugar de perecer, debemos obtener una visión de nosotros mismos igual a la que el Salvador tiene de nosotros.
El Salvador vio más potencial en aquellos humildes pescadores a quienes llamó para que lo siguieran de lo que ellos inicialmente veían en sí mismos. Él tenía la visión de lo que podían llegar a ser; conocía la bondad y el potencial de ellos y decidió llamarlos. Al principio no poseían experiencia, pero al seguirlo, vieron Su ejemplo, percibieron Sus enseñanzas y se convirtieron en Sus discípulos. Hubo un momento en que algunos de los discípulos se alejaron de Él debido a que las cosas que oían les eran difíciles. Consciente de que otros quizás también se alejarían, Jesús preguntó a los Doce: “¿También vosotros queréis iros?” (Juan 6:67). La respuesta de Pedro refleja la forma en que había cambiado y cómo había captado la visión de quién era el Salvador. “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68), respondió.
Con esa visión, esos discípulos fieles y devotos pudieron hacer cosas difíciles mientras viajaban para predicar el Evangelio y establecer la Iglesia después de que el Salvador hubo partido. Con el tiempo, algunos de ellos sacrificaron su vida por su testimonio.
En las Escrituras hay otros ejemplos de personas que captaron la visión del Evangelio y luego salieron y actuaron de acuerdo con esa visión. El profeta Alma captó la visión cuando escuchó a Abinadí enseñar y testificar osadamente ante el rey Noé. Alma actuó de acuerdo con las enseñanzas de Abinadí y se dedicó a enseñar lo que había aprendido, bautizando a muchos que creyeron en sus palabras (véase Mosíah 17:1–4; 18:1–16). Mientras perseguía a los antiguos Santos, el apóstol Pablo se convirtió en el camino a Damasco y luego actuó en consecuencia, enseñando y testificando de Cristo (véase Hechos 9:1–6, 20–22, 29).
En nuestra época, muchos hombres y mujeres jóvenes, y matrimonios mayores han respondido al llamado del profeta de Dios de prestar servicio misional. Con fe y valentía, dejan sus hogares y todo lo que les es familiar a causa de su fe en el bien que pueden hacer como misioneros. Al poner en práctica su visión de prestar servicio, bendicen la vida de muchos y, en el proceso, cambian su propia vida. En la última conferencia general, el presidente Thomas S. Monson nos agradeció por el servicio que nos brindamos los unos a los otros y nos recordó nuestra responsabilidad de ser las manos de Dios aquí en la tierra para bendecir a Sus hijos (véase “Hasta que nos volvamos a reunir”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 108). El cumplimiento de este mandato ha sido reconfortante a medida que los miembros de la Iglesia han actuado de acuerdo con la visión que él tiene.
Antes de que el Señor partiera, comprendiendo que necesitaríamos ayuda, dijo: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18). Enseñó a Sus discípulos: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26). Éste es el mismo Espíritu Santo que puede habilitarnos y motivarnos a hacer lo que el Salvador y los profetas y apóstoles de nuestros días nos enseñan.
Al poner en práctica las enseñanzas de nuestros líderes, obtenemos una comprensión más profunda de la visión que nuestro Salvador tiene para nosotros. A lo largo de esta conferencia hemos recibido consejo inspirado de profetas y apóstoles. Estudien sus enseñanzas y medítenlas en su corazón mientras buscan el Espíritu Santo para que los ayude a captar la visión de esas enseñanzas en sus vidas. Con esa visión, ejerzan su fe para actuar de acuerdo con el consejo de ellos.
Escudriñen y estudien las Escrituras concentrándose en recibir más luz y conocimiento de sus mensajes; medítenlos en su corazón y permitan que los inspiren; entonces actúen según la inspiración que reciban.
Tal como hemos aprendido en familia, actuamos cuando ayunamos y oramos. Alma habló de ayunar y orar como una manera de recibir certeza cuando dijo: “…he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo” (Alma 5:46). Nosotros también llegamos a saber cómo afrontar los desafíos al ayunar y orar.
Experimentamos dificultades en la vida que algunas veces pueden restringir nuestra visión y fe para hacer lo que debemos. Llegamos a estar tan ocupados que muchas veces nos sentimos abrumados e incapaces de hacer más. A pesar de que cada uno de nosotros es diferente, con humildad sugiero que debemos centrar nuestra visión en el Salvador y en Sus enseñanzas. ¿Qué vio Él en Pedro, Santiago y Juan, y en los demás apóstoles, que hizo que los invitara a que lo siguieran? Al igual que la visión que Él tuvo de ellos, el Salvador tiene una gran visión de lo que nosotros podemos llegar a ser. Requerirá la misma fe y valor que tuvieron los primeros apóstoles para que nos volvamos a centrar en las cosas que más importan para tener felicidad imperecedera y gran gozo.
Al estudiar la vida de nuestro Salvador y Sus enseñanzas, lo vemos entre la gente enseñando, orando, dando ánimo y sanando. Cuando lo emulamos y hacemos lo que vemos que Él hace, comenzamos a tener una visión de quiénes podemos llegar a ser. Ustedes serán bendecidos con entendimiento mediante la ayuda del Espíritu Santo para hacer mayor bien. Empezarán a cambiar y establecerán un orden diferente en su vida que los bendecirá a ustedes y a su familia. Durante Su ministerio entre los nefitas, el Salvador preguntó: “…¿qué clase de hombres habéis de ser?”. Y respondió: “En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). Necesitamos Su ayuda para llegar a ser cómo Él, y Él nos ha mostrado el camino: “Por consiguiente, pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá; porque el que pide, recibe; y al que llama, se le abrirá” (3 Nefi 27:29).
Sé que al obtener una visión de nosotros mismos tal como el Salvador nos ve, y al actuar de acuerdo con ella, nuestras vidas serán bendecidas de formas inesperadas. Gracias a la visión de mis padres, no sólo fui bendecido con experiencias académicas, sino que me encontré en circunstancias en las que conocí y acepté el Evangelio. Más importante aún, aprendí el significado de padres buenos y fieles. En pocas palabras, mi vida cambió para siempre.
De la misma forma en que la visión de mis padres los llevó a ayunar y a orar por el bienestar de sus hijos, y al igual que la visión de los antiguos apóstoles los llevó a seguir al Salvador, esa misma visión está a nuestro alcance para inspirarnos y ayudarnos a actuar. Hermanos y hermanas, somos un pueblo con una historia de visión, y con la fe y la valentía para actuar. ¡Miren a dónde hemos llegado y las bendiciones que hemos recibido! Crean que Él puede bendecirlos con visión en la vida y con la valentía para actuar.
Les doy mi testimonio del Salvador y de Su deseo de que regresemos a Él. Para lograrlo, debemos tener fe para actuar, seguirlo y llegar a ser como Él. Muchas veces en la vida Él nos tiende la mano y nos invita:
“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.
“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:29–30).
Al igual que el Salvador vio un gran potencial en Sus primeros apóstoles, Él también ve lo mismo en nosotros. Veámonos a nosotros mismos como el Salvador nos ve. Oro para que tengamos esa visión, con la fe y la valentía de actuar. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Conferencia General Abril 2012 Para hallar a los perdidos
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Al tratar de vivir el Evangelio y la doctrina de Cristo, el Espíritu Santo los guiará a ustedes y a su familia.
Hermanos y hermanas, según las Escrituras, la Liahona era “una esfera… esmeradamente labrada”, con dos agujas, una de las cuales indicaba el camino que la familia del padre Lehi debía seguir por el desierto (1 Nefi 16:10).
Creo que sé por qué Lehi se sorprendió grandemente cuando la vio por primera vez, porque me acuerdo de mi propia reacción la primera vez que vi una unidad de GPS (Sistema de posicionamiento global). En mi mente era un dispositivo moderno “esmeradamente labrado”. De alguna manera que no puedo ni siquiera imaginar, este pequeño dispositivo, en mi teléfono, puede determinar exactamente dónde estoy y decirme exactamente cómo llegar a donde quiero ir.
Para mi esposa, Barbara, y para mí, el GPS es una bendición. Para Barbara significa que ella no tiene que decirme que me detenga y pida indicaciones; y para mí significa que puedo tener razón cuando digo, “No tengo que preguntarle a nadie. Sé exactamente a donde voy”.
Ahora bien, hermanos y hermanas, tenemos a nuestro alcance una herramienta aún más notable que el mejor GPS. Todo el mundo se pierde en algún momento, hasta cierto punto. Es por medio de los susurros del Espíritu Santo que se nos puede llevar con seguridad de vuelta al sendero correcto; y es el sacrificio expiatorio del Salvador que nos puede llevar de regreso a casa.
El estar perdidos puede aplicarse a sociedades enteras, así como a las personas individuales. Hoy en día vivimos en una época en que gran parte de este mundo ha perdido el rumbo, en particular con respecto a los valores y las prioridades en nuestros hogares.
Hace cien años, el presidente Joseph F. Smith conectó la felicidad directamente a la familia y nos amonestó a centrar allí nuestros esfuerzos. Él dijo: “No puede haber felicidad genuina aparte y separada del hogar… No existe felicidad sin servicio, y no hay servicio más grande que el que convierte el hogar en una institución divina y fomenta y preserva la vida familiar… Es el hogar lo que debe reformase” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith 1998, págs. 410, 412).
Son nuestros hogares y nuestras familias los que deben reformarse en este mundo cada vez más materialista y secular. Un ejemplo sorprendente es el desprecio cada vez mayor que existe hacia el matrimonio aquí, en Estados Unidos. A principios de este año, el periódico New York Times informó que “la proporción de niños nacidos de madres solteras ha cruzado un umbral: más de la mitad de los nacimientos de mujeres estadounidenses menores de 30 años se producen fuera del matrimonio” (Jason DeParle y Sabrina Tavernise, “Unwed Mothers Now a Majority Before Age of 30”, New York Times, 18 de febrero de 2012, A1).
Además, sabemos que entre las parejas de los Estados Unidos que sí se casan, se divorcian cerca de la mitad. Incluso aquellas que permanecen casadas a menudo pierden su camino y dejan que otras cosas interfieran en sus relaciones familiares.
Igualmente preocupante es la brecha cada vez mayor que existe entre ricos y pobres, y la que hay entre los que se esfuerzan por conservar los valores y compromisos familiares y los que han renunciado a hacerlo. Estadísticamente, los que tienen menos formación académica y por consiguiente ingresos más bajos, son menos propensos a contraer matrimonio y a ir a la iglesia y mucho más propensos a involucrarse en la delincuencia y a tener hijos fuera del matrimonio. Estas tendencias son también preocupantes en gran parte del resto del mundo. (Véase W. Bradford Wilcox y otros autores, “No Money, No Honey, No Church: The Deinstitutionalization of Religious Life among the White Working Class”, disponible en la página http://www.virginia.edu/marriageproject/pdfs/Religion_WorkingPaper.pdf.)
A diferencia de lo que muchos pensaban, la prosperidad y la formación académica parecen estar conectadas a una mayor probabilidad de tener familias y valores tradicionales.
La verdadera pregunta, por supuesto, tiene que ver con causa y efecto. ¿Algunos sectores de la sociedad tienen valores y familias más fuertes, debido a que tienen más estudios y prosperidad, o es que tienen más estudios y prosperidad debido a que tienen valores y familias fuertes? En esta Iglesia mundial sabemos que es esto último. Cuando la gente hace compromisos familiares y religiosos con los principios del Evangelio, comienzan a mejorar espiritual y, a menudo, también temporalmente.
Y, claro está que, las sociedades en general se fortalecen a medida que las familias se hacen más fuertes. Los compromisos familiares y los valores son la causa básica. Casi todo lo demás es efecto. Cuando las parejas se casan y contraen compromisos mutuos, aumentan en gran medida sus posibilidades de bienestar económico. Cuando los niños nacen dentro del matrimonio y tienen a los dos, a una mamá y a un papá, sus oportunidades y su probabilidad de éxito en el trabajo aumentan considerablemente. Y cuando los integrantes de la familia trabajan y juegan juntos, los vecindarios y las comunidades prosperan, las economías mejoran, y se requieren menos subsidios del gobierno y menos programas costosos. Seguir leyendo →
Conferencia general Abril 2012 El poder de librarse
Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Podemos ser librados de la maldad y la perversidad al recurrir a las enseñanzas de las Santas Escrituras.
Tengo un muy buen amigo que me manda una corbata nueva para usar durante la sesión en la que discurso en cada conferencia general. Él tiene buen gusto, ¿verdad?
Mi joven amigo tiene algunos desafíos difíciles. En algunos aspectos lo limitan, pero en otros él es extraordinario. Por ejemplo, su valentía como misionero se compara a la de los hijos de Mosíah. La simplicidad de sus creencias hace que sus convicciones sean increíblemente firmes y estables. Creo que en la mente de Scott es inimaginable que no todos sean miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y que no todos hayan leído el Libro de Mormón ni tengan un testimonio de su veracidad.
Permítanme contarles un suceso en la vida de Scott cuando realizaba solo su primer viaje en avión para visitar a su hermano. Un pasajero que estaba sentado cerca escuchó la conversación de Scott con la persona sentada al lado de él:
“Hola, me llamo Scott. ¿Cómo se llama usted?”.
Su compañero de asiento le dijo su nombre.
“¿A qué se dedica?”.
“Soy ingeniero”.
“Qué bien. ¿Dónde vive?”.
“En Las Vegas”.
“Tenemos un templo allí. ¿Sabe dónde está el templo mormón?”.
“Sí. Es un edificio hermoso”.
“¿Es usted mormón?”.
“No”.
“Bueno, debería serlo; es una gran religión. ¿Ha leído el Libro de Mormón?”.
“No.”
“Debería hacerlo; es un gran libro”.
Estoy totalmente de acuerdo con Scott, el Libro de Mormón es un gran libro. Las palabras del profeta José Smith, citadas en la página de introducción del Libro de Mormón, siempre han sido especiales para mí: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”.
Este año en nuestras clases de la Escuela Dominical estamos estudiando el Libro de Mormón. Al prepararnos y al participar, espero que seamos motivados a seguir el ejemplo valiente de Scott para compartir nuestro amor por este libro de Escrituras especial con otras personas que no son de nuestra fe.
Un tema dominante en el Libro de Mormón se expresa en el último versículo del primer capítulo de 1 Nefi. Nefi escribe: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20).
Deseo hablarles sobre cómo el Libro de Mormón, el cual es una tierna misericordia del Señor preservada para estos últimos días, nos libera al enseñarnos de la manera “más correcta” y pura la doctrina de Cristo.
Muchas de las historias del Libro de Mormón son historias de liberación. La partida de Lehi al desierto con su familia era sobre la liberación de la destrucción de Jerusalén. La historia de los jareditas es una historia de liberación, como lo es la historia de los mulekitas. Alma hijo fue librado del pecado. Los jóvenes guerreros de Helamán fueron librados en batalla. Nefi y Lehi fueron librados de la prisión. El tema de la liberación es evidente en todo el Libro de Mormón.
Hay dos historias en el Libro de Mormón que son muy similares y enseñan una lección importante. La primera es del libro de Mosíah, comenzando con el capítulo 19. Aquí aprendemos del rey Limhi, que vivía en la tierra de Nefi. Los lamanitas comenzaron la guerra contra el pueblo de Limhi. El resultado de la guerra fue que los lamanitas permitirían que el rey Limhi gobernara sobre su propio pueblo, pero serían cautivos de ellos. Era una paz muy insegura (véase Mosíah 19–20).
Cuando el pueblo de Limhi se cansó de los abusos de los lamanitas, la gente convenció a su rey de que fueran a la batalla contra los lamanitas. El pueblo de Limhi fue derrotado tres veces y se impusieron pesadas cargas sobre ellos. Finalmente se humillaron y clamaron fervientemente al Señor para que Él los liberara Mosíah 21:1–14). En el versículo 15 del capítulo 21 se nos dice cómo respondió el Señor: “Ahora bien, el Señor fue lento en oír su clamor a causa de sus iniquidades; sin embargo, oyó sus clamores y empezó a ablandar el corazón de los lamanitas, de modo que empezaron a aligerar sus cargas; no obstante, el Señor no juzgó oportuno librarlos del cautiverio”.
Poco después, Ammón y un pequeño grupo de hombres de Zarahemla llegaron y, con Gedeón, uno de los líderes del pueblo de Limhi, idearon un plan que tuvo buenos resultados y lograron escapar de los abusos de los lamanitas. El Señor fue lento en escuchar sus lamentaciones. ¿Por qué? Por sus iniquidades.
La segunda historia es similar en muchos aspectos pero a la vez diferente. El relato se registra en Mosíah 24. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 La carrera de la vida
Por el presidente Thomas S. Monson
¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Adónde vamos después de esta vida? Estas preguntas universales ya no tienen necesidad de permanecer sin respuesta.
Mis queridos hermanos y hermanas, en esta mañana deseo hablarles de las verdades eternas, esas verdades que enriquecerán nuestra vida y nos llevarán a salvo a nuestro hogar.
En todas partes, la gente anda apresurada. Los rápidos aviones modernos llevan su preciosa carga humana a través de anchos continentes y vastos océanos para asistir a reuniones de negocios, cumplir con obligaciones, disfrutar de vacaciones y visitar parientes. Por los caminos de todas partes, las carreteras, las autopistas y rutas, pasan millones de automóviles, ocupados por aún más millones de personas en lo que parece una corriente interminable y por innumerables razones al ir de acá para allá en los asuntos de cada día.
En ese andar vertiginoso de la vida, ¿hacemos alguna pausa para un momento de meditación, aun para pensar en las verdades eternas?
Cuando las comparamos con las verdades eternas, la mayoría de las preguntas y preocupaciones de la vida cotidiana son más bien triviales. ¿Qué comeremos en la cena? ¿De qué color pintaremos la sala? ¿Lo inscribimos a Johnny para jugar al fútbol? Éstas y muchas otras preguntas pierden su significado en tiempos de crisis, cuando nuestros seres queridos se dañan o lastiman, cuando la enfermedad entra en el hogar que gozaba de buena salud, cuando se atenúa la luz de la vela de la vida y amenaza la oscuridad. Nuestros pensamientos se centran y podemos determinar fácilmente lo que es realmente importante y lo que es meramente trivial.
Hace poco visité a una mujer que ha estado luchando con una enfermedad que ha puesto su vida en peligro durante más de dos años. Ella indicó que, antes de su enfermedad, sus días estaban ocupados con actividades tales como limpiar su casa a la perfección y adornarla con hermosos muebles. Iba a la peluquería dos veces por semana y gastaba dinero y tiempo comprando ropa para su armario todos los meses. A sus nietos los invitaba ocasionalmente, puesto que siempre le preocupaba que lo que ella consideraba sus preciadas posesiones podrían romperse o arruinarse por pequeñas y descuidadas manitas.
Entonces, recibió la impactante noticia de que su vida terrenal estaba en peligro y que le quedaría un tiempo muy limitado aquí. Ella dijo que, en el momento que escuchó el diagnóstico del médico, inmediatamente supo que pasaría el tiempo que le quedaba con su familia y amigos, y con el Evangelio como la parte central de su vida, porque estos representaban lo que era más valioso para ella.
Esos momentos de claridad nos llegan tarde o temprano, aunque no siempre mediante tan dramáticas circunstancias. Vemos claramente lo que realmente importa en nuestra vida y cómo debemos vivir.
Dijo el Salvador:
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
“sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan:
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”1.
En nuestros momentos de profunda reflexión o de gran necesidad, el alma del hombre se dirige hacia el cielo buscando una respuesta divina a las preguntas más importantes de la vida: ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Adónde vamos después de dejar esta vida?.
Las respuestas a estas preguntas no se descubren entre las tapas de los libros de texto académicos o buscando en internet. Esas preguntas trascienden la vida mortal; abarcan la eternidad.
¿De dónde vinimos? Este interrogante es un pensamiento inevitable que tiene todo ser humano, aunque no lo diga.
El apóstol Pablo dijo a los atenienses, en el Areópago que somos “linaje de Dios”2. Puesto que sabemos que nuestro cuerpo físico es el linaje de nuestros padres terrenales, debemos averiguar el significado de la declaración de Pablo. El Señor ha declarado que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre”3. Por tanto, el espíritu es linaje de Dios. El autor del libro de Hebreos se refiere a Él como el “Padre de los espíritus”4. Los espíritus de todos los hombres literalmente son “engendrados hijos e hijas” de Dios”5.
Vemos que poetas inspirados han escrito conmovedores mensajes y pensamientos trascendentales para que contemplemos este tema. William Wordsworth escribió la siguiente verdad:
Tan solo un sueño y un olvido es el nacimiento;
el alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido,
ni de todas las cosas despojadas,
pues al salir de Dios,
que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido6.
Los padres reflexionan sobre la responsabilidad que tienen de enseñar, inspirar y proporcionar guía, dirección y ejemplo; y mientras los padres reflexionan, los hijos, y en particular los adolescentes, se hacen esta penetrante pregunta: “¿Por qué estamos aquí?” En general, la formulan en silencio a su propia alma y dicen: “¿Por qué estoy yo aquí?”.
Cuán agradecidos debemos estar que un sabio Creador formó una tierra y nos colocó aquí con un velo de olvido sobre nuestra existencia anterior, para que experimentemos una época de prueba, una oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser merecedores de todo lo que Dios ha preparado para darnos.
Es evidente que uno de los propósitos principales de nuestra existencia en la tierra es el de obtener un cuerpo de carne y huesos. También se nos ha dado el don del albedrío. Tenemos el privilegio de tomar nuestras propias decisiones de muchas maneras diferentes. Aquí aprendemos del estricto capataz de la experiencia. Discernimos entre el bien y el mal. Distinguimos lo amargo de lo dulce. Descubrimos que hay consecuencias vinculadas a nuestras acciones. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 La doctrina de Cristo
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
En la Iglesia hoy día, tal como en la antigüedad, el establecer la doctrina de Cristo o el corregir las desviaciones en cuanto a la doctrina es un asunto de revelación divina.
Nuestra más profunda gratitud y amor a la hermana Beck, a la hermana Allred y a la hermana Thompson, y a la mesa directiva de la Sociedad de Socorro.
Últimamente hemos visto un creciente interés del público en las creencias de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esto es algo que recibimos con alegría porque, después de todo, nuestra comisión fundamental es enseñar el evangelio de Jesucristo, Su doctrina, en todo el mundo (véase Mateo 28:19–20; D. y C. 112:28). Pero debemos admitir que ha habido y aún existe cierta confusión acerca de nuestra doctrina y de cómo está establecida; ése es el tema sobre el que deseo hablar hoy.
El Salvador enseñó Su doctrina en el meridiano de los tiempos y Sus apóstoles lucharon tenazmente por preservarla contra una constante avalancha de tradiciones y filosofías falsas. Las epístolas del Nuevo Testamento hacen referencia a numerosos incidentes que demuestran que durante el ministerio de los apóstoles ya había comenzado esa grave y extendida apostasía1.
Ocasionales rayos de luz del Evangelio iluminaron los siglos que siguieron hasta que, en el siglo diecinueve, una brillante aurora de Restauración irrumpió en el mundo y el evangelio de Jesucristo, pleno y completo, se encontró una vez más sobre la tierra. Ese día glorioso empezó cuando en “una columna de luz, más brillante que el sol” (José Smith—Historia 1:16), Dios el Padre y Su Amado Hijo Jesucristo visitaron al joven José Smith e iniciaron lo que prácticamente llegaría a ser un diluvio de revelación unido a la autoridad y el poder divinos.
En estas revelaciones encontramos lo que se podría llamar la doctrina básica de la Iglesia de Jesucristo restablecida sobre la tierra. Jesucristo mismo definió esa doctrina en estas palabras registradas en el Libro de Mormón, Otro Testamento de Jesucristo:
“…ésta es mi doctrina, y es la doctrina que el Padre me ha dado; y yo doy testimonio del Padre, y el Padre da testimonio de mí, y el Espíritu Santo da testimonio del Padre y de mí; y yo testifico que el Padre manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan y crean en mí.
“Y cualquiera que crea en mí, y sea bautizado, éste será salvo; y son ellos los que heredarán el reino de Dios.
“Y quien no crea en mí, ni sea bautizado, será condenado.
“… y quien en mí cree, también cree en el Padre; y el Padre le testificará a él de mí, porque lo visitará con fuego y con el Espíritu Santo…
“De cierto, de cierto os digo que ésta es mi doctrina; y los que edifican sobre esto, edifican sobre mi roca, y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos” (3 Nefi 11:32–35, 39).
Éste es nuestro mensaje, la roca sobre la cual edificamos, el fundamento de todo lo demás en la Iglesia. Al igual que todo lo que proviene de Dios, esta doctrina es pura, es clara, es fácil de entender, aún para un niño. Con alegres corazones, invitamos a todos a que la reciban.
En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días “creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículos de Fe 1:9). Esto quiere decir que aunque todavía hay mucho que no sabemos, las verdades y la doctrina que hemos recibido han venido y seguirán viniendo por medio de la revelación divina. En las tradiciones de ciertas religiones, los teólogos afirman tener la misma autoridad para enseñar que los líderes eclesiásticos, y los asuntos de doctrina pueden llegar a convertirse en una competencia de opiniones entre ellos. Algunos se basan en los consejos ecuménicos de la Edad Media y en sus credos; otros ponen un énfasis primordial en el razonamiento de teólogos que vivieron después de los apóstoles o en la hermenéutica y la exégesis bíblicas. Valoramos la erudición que realza el entendimiento, pero en la Iglesia hoy día, tal como en la antigüedad, el establecer la doctrina de Cristo o el corregir las desviaciones en cuanto a la doctrina es un asunto de revelación divina a aquellos que el Señor inviste con autoridad apostólica2.
En 1954, el presidente J. Reuben Clark Jr., que era consejero de la Primera Presidencia, explicó la forma en que se promulga la doctrina en la Iglesia y la función preeminente del Presidente de la Iglesia. Refiriéndose a los miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles, declaró: “[Debemos tener presente] que a algunas de las Autoridades Generales se les ha asignado un llamamiento especial; poseen un don especial; se les ha sostenido como profetas, videntes y reveladores, lo cual les da una investidura espiritual especial en relación con la responsabilidad de enseñar a la gente. Ellos tienen el derecho, el poder y la autoridad de dar a conocer la disposición y la voluntad de Dios a Su pueblo, estando sujetos al poder y a la autoridad absolutos del Presidente de la Iglesia. A otras Autoridades Generales no se les da esta investidura espiritual especial ni autoridad con respecto a sus enseñanzas; y por consiguiente ellos tienen una limitación, y dicha limitación en su poder y autoridad en la enseñanza se aplica a todo otro oficial y miembro de la Iglesia, ya que ninguno de ellos está espiritualmente investido como profeta, vidente y revelador. Más aún, como ya se ha indicado, el Presidente de la Iglesia tiene una investidura espiritual especial y mayor en este aspecto, ya que él es el Profeta, Vidente y Revelador para toda la Iglesia”3.
¿En qué forma revela el Salvador Su voluntad y doctrina a los profetas, videntes y reveladores? Podrá actuar por medio de un mensajero o por Su propia persona; podrá hablar por Su propia voz, o por la voz del Santo Espíritu, una comunicación de Espíritu a espíritu que se puede expresar con palabras o sentimientos que transmiten entendimiento más allá de las palabras (véase 1 Nefi 17:45; D. y C. 9:8). Podrá dirigirse Él mismo a Sus siervos en forma individual o en consejo (véase 3 Nefi 27:1–8).
Cito dos relatos del Nuevo Testamento. El primero fue una revelación dirigida al cabeza de la Iglesia. Al comienzo del libro de Hechos, los apóstoles de Cristo declaraban el mensaje del Evangelio sólo a los judíos, siguiendo el modelo del ministerio de Jesús (véase Mateo 15:24); pero entonces, según el tiempo del Señor, había llegado el momento para un cambio. En Jopa, Pedro tuvo un sueño en el cual vio una variedad de animales que eran bajados del cielo a la tierra en “un gran lienzo… atado de los cuatro cabos” (Hechos 10:11) y se le mandó “mata y come” (Hechos 10:13). Pedro estaba renuente, ya que algunos de los animales eran cosa “inmunda” bajo la ley de Moisés, y Pedro nunca había quebrantado el mandamiento de comer de ellas. Sin embargo, la voz le dijo a Pedro en su sueño: “Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú común” (Hechos 10:15).
El significado de ese sueño se esclareció cuando, poco después, varios hombres enviados por el centurión romano Cornelio llegaron a la casa de Pedro con la petición de que fuera a enseñar a su amo. Cornelio había llamado a un grupo grande de parientes y amigos y, al encontrarlos ansiosos de recibir su mensaje, Pedro dijo:
“Dios me ha mostrado que a ningún hombre llame común o inmundo…
“…En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas…
“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el mensaje.
“Y los… que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
“…Entonces respondió Pedro:
“¿Acaso puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (Hechos 10:44–47).
Mediante esta experiencia y revelación dada a Pedro, el Señor modificó la práctica de la Iglesia y reveló una comprensión doctrinal más completa a Sus discípulos. Y de ese modo se extendió la predicación del Evangelio para abarcar a toda la humanidad. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 La visión de los profetas en cuanto a la Sociedad de Socorro: fe, familia, socorro
Por Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Fe, familia y socorro— estas tres sencillas palabras han llegado a expresar la visión que los profetas tienen para las hermanas de la Iglesia.
En años recientes he sentido la impresión de hablar con frecuencia acerca de la Sociedad de Socorro: sus propósitos y sus cualidades1, el valor de su historia2, su obra y su relación con los obispos y los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec3. Ahora parece importante centrar un poco de atención en la visión que los profetas tienen en cuanto a la Sociedad de Socorro4.
Así como los profetas del Señor han enseñado continuamente a los élderes y a los sumos sacerdotes sus propósitos y deberes, ellos han compartido su visión en cuanto a las hermanas de la Sociedad de Socorro. De su consejo, queda claro que los propósitos de la Sociedad de Socorro son: aumentar la fe y la rectitud personales, fortalecer a las familias y los hogares, y buscar y ayudar a los necesitados. Fe, familia y socorro; estas tres sencillas palabras han llegado a expresar la visión que los profetas tienen para las hermanas de la Iglesia.
Desde el comienzo de la Restauración, los profetas han compartido su visión de mujeres firmes, fieles y resueltas, quienes entienden su valía y propósito eternos. Cuando el profeta José Smith estableció la Sociedad de Socorro, mandó a la primera presidenta que “[presidiera] sobre esta Sociedad en el cuidado de los pobres al satisfacer sus necesidades y atender a los diversos asuntos de la institución”5. La visión que tenía de la organización era que fuera “una sociedad selecta, separada de todas las iniquidades del mundo”6.
Brigham Young, el segundo Presidente de la Iglesia, mandó a sus consejeros y al Quórum de los Doce Apóstoles que instruyeran a los obispos a que “[dispusieran] que [las hermanas organizaran] Sociedades de Socorro [Femeninas]… en los diversos barrios”. Y agregó: “Algunos podrían pensar que esto es algo trivial, pero no lo es”7.
Más tarde, el presidente Joseph F. Smith dijo que en comparación con las organizaciones del mundo que “son establecidas por el hombre o la mujer”, la Sociedad de Socorro “es divinamente creada, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios”8. El presidente Joseph Fielding Smith dijo a las hermanas que habían “recibido poder y autoridad para hacer muchísimas cosas”9. Él dijo: “Ustedes son miembros de la más grandiosa organización de mujeres del mundo, una organización que es parte vital del reino de Dios sobre la tierra y cuyo diseño y funcionamiento ayuda a sus miembros fieles a obtener la vida eterna en el reino de nuestro Padre”10.
Una extensa esfera de influencia
Todos los años, cientos de miles de mujeres y mujeres jóvenes llegan a formar parte de este “círculo de hermanas”11 en constante expansión. A partir de entonces, dondequiera que viva una hermana y doquiera que sirva, retiene su calidad de miembro y su asociación en la Sociedad de Socorro12. Debido a los importantes propósitos de la Sociedad de Socorro, la Primera Presidencia ha expresado su deseo de que las mujeres jóvenes comiencen su preparación para la Sociedad de Socorro mucho antes de que cumplan los 18 años13.
La Sociedad de Socorro no es un programa; es una parte oficial de la Iglesia del Señor que está “divinamente ordenada por Dios” para enseñar, fortalecer e inspirar a las hermanas en su objetivo en cuanto a la fe, la familia y el socorro. La Sociedad de Socorro es un modo de vida para las mujeres Santos de los Últimos Días y su influencia se extiende más allá de una clase dominical o de una reunión social. Sigue el modelo de las discípulas que sirvieron con el Señor Jesucristo y Sus apóstoles en Su iglesia antigua14. Se nos ha enseñado que “Es tan obligatorio para la mujer el incorporar en su vida las virtudes inculcadas por la Sociedad de Socorro, como lo es para el hombre el instituir en la suya los modelos de carácter inculcados por el sacerdocio”15.
Cuando el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro, enseñó a las hermanas que debían “socorrer al pobre” y “salvar almas”16. En el mandato de “salvar almas”, se autorizó a las hermanas para organizar y participar en una extensa esfera de influencia. La primera presidenta de la Sociedad de Socorro fue apartada para exponer las Escrituras, y la Sociedad de Socorro todavía tiene la responsabilidad esencial de enseñar en la Iglesia del Señor. Cuando José Smith le dijo a las hermanas que la organización de la Sociedad de Socorro las prepararía para “los privilegios, las bendiciones y los dones del sacerdocio”17, se les abrió la puerta de la obra de salvación del Señor. El salvar almas incluye compartir el Evangelio y participar en la obra misional; incluye el participar en la obra del templo y de historia familiar; e incluye hacer todo lo posible para llegar a ser autosuficientes, tanto espiritual como temporalmente.
El élder John A. Widtsoe declaró que la Sociedad de Socorro ofrece “ayudar al necesitado, atender al enfermo; disipar las dudas, liberar de la ignorancia, aliviar de todo lo que obstaculice la alegría y el progreso de la mujer. ¡Qué magnífica comisión!”18.
El presidente Boyd K. Packer ha comparado la Sociedad de Socorro a una barrera protectora19. La responsabilidad de proteger a las hermanas y a sus familias aumenta la importancia del cuidado y la ministración de las maestras visitantes y es una manifestación de nuestra disposición a recordar nuestros convenios con el Señor. Al “ministrar a los necesitados y afligidos”, trabajamos conjuntamente con los obispos para velar por las necesidades temporales y espirituales de los santos20. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 Lecciones especiales
Por el élder Ronald A. Rasband
De la Presidencia de los Setenta
Es mi esperanza y mi ruego que sigamos sobrellevando noblemente nuestras cargas y tendamos una mano a los que sufren… entre nosotros.
Durante los últimos 20 meses, nuestra familia ha sido bendecida con el privilegio de tener un bebé muy especial.
El pequeño Paxton, nuestro nieto, nació con una eliminación cromosómica parcial muy inusual, un trastorno genético que literalmente lo distingue a él entre cientos de millones de personas. Cuando Paxton nació, nuestra hija y su marido empezaron una trayectoria desconocida que les cambió la vida. Esa experiencia se ha convertido en una prueba para aprender lecciones especiales vinculadas a la eternidad.
Nuestro querido élder Russell M. Nelson, quien nos acaba de hablar, ha enseñado:
“Por razones en general desconocidas, algunas personas nacen con limitaciones físicas: puede que partes específicas del cuerpo sean anormales o puede haber un desequilibrio en los sistemas reguladores. Además, todos nuestros cuerpos están sujetos a la enfermedad y a la muerte; no obstante, el don de un cuerpo físico es invaluable…
“No se requiere un cuerpo perfecto para alcanzar un destino divino; de hecho, algunos de los espíritus más dulces se alojan en cuerpos frágiles…
“Finalmente, vendrá el tiempo cuando cada ‘espíritu y… cuerpo serán reunidos… en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma’(Alma 11:43). Entonces, gracias a la expiación de Jesucristo, llegaremos a perfeccionarnos en Él”1.
A todos los que tengan desafíos, dudas, desilusiones o angustias con un ser querido, sepan esto: Dios, nuestro Padre Celestial, ama al que padece la aflicción y los ama a ustedes con amor infinito y compasión eterna.
Al afrontar ese tipo de sufrimiento, algunos podrían preguntarse: ¿Cómo puede el Dios Todopoderoso dejar que esto suceda? Y después, la pregunta que parece inevitable: ¿Por qué me pasó esto a mí?. ¿Por qué debemos pasar por enfermedades y circunstancias que ocasionan discapacidad o hacen que preciados miembros de la familia partan prematuramente o que se extiendan sus años de dolor? ¿Por qué existen los pesares?
En esos momentos podemos considerar el gran plan de felicidad creado por nuestro Padre Celestial. Ese plan, cuando se presentó en la vida preterrenal, causó que todos nos regocijáramos2. En pocas palabras, esta vida es un aprendizaje para la exaltación eterna, y ese proceso implica pruebas y dificultades. Siempre ha sido así, y nadie está exento.
Confiar en la voluntad de Dios es fundamental para nuestro estado mortal. Con fe en Él, nos valemos del poder de la expiación de Cristo en los momentos en que los interrogantes son muchos y las respuestas son pocas.
Después de Su resurrección, cuando visitó las Américas, nuestro Salvador Jesucristo se dirigió a todos con esta invitación:
“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros; mis entrañas rebosan de misericordia…
“Y sucedió que cuando hubo hablado así, toda la multitud, de común acuerdo, se acercó, con sus enfermos, y sus afligidos, y sus cojos, y sus ciegos, y sus mudos, y todos los que padecían cualquier aflicción; y los sanaba a todos, según se los llevaban”3.
Se puede hallar gran fortaleza en las palabras “toda la multitud… se acercó”; es decir, todos, hermanos y hermanas. Todos afrontamos dificultades. Y después la frase: “que padecían cualquier aflicción”. Todos nos sentimos identificados, ¿no es así?
Poco después de nacer el precioso Paxton, supimos que nuestro Padre Celestial nos bendeciría y nos enseñaría lecciones especiales. Cuando su padre y yo pusimos nuestros dedos sobre su pequeña cabecita, en la primera de muchas bendiciones del sacerdocio, las palabras del noveno capítulo de Juan vinieron a mi mente: “…para que las obras de Dios se manifestasen en él”4.
Definitivamente, las obras de Dios se están manifestando por medio de Paxton.
Estamos aprendiendo paciencia, fe y gratitud por medio del bálsamo del servicio, de las interminables horas de intensas emociones, de las lágrimas de empatía y de las oraciones y expresiones de amor a favor de los seres queridos que tienen necesidad, en especial por Paxton y sus padres.
El presidente James E. Faust, mi presidente de estaca en mi niñez, dijo: “Siento gran aprecio por los padres que sobrellevan y superan estoicamente su angustia y su dolor por un hijo que ha nacido con, o que ha desarrollado, una seria enfermedad física o mental. Esa angustia y dolor muchas veces se prolongan sin descanso a lo largo de toda la vida de los padres o del hijo. A menudo, los padres tienen que prestar atención sobrehumana constante, día y noche. Los brazos y el corazón de muchas madres han dolido sin cesar por años, dando consuelo y aliviando el sufrimiento de su hijo especial”5. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 Demos gracias a Dios
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
¡Cuánto mejor sería si todos pudiéramos ser más conscientes de la providencia y del amor de Dios y expresar esa gratitud hacia Él!
Estimados hermanos y hermanas, les agradecemos su apoyo y su devoción constantes. Expresamos nuestra gratitud y amor a cada uno de ustedes.
Hace poco, mi esposa y yo disfrutábamos de la belleza de los peces tropicales en un pequeño acuario privado. Los peces de vívidos colores y una variedad de formas y tamaños iban y venían. Le pregunté a la encargada, que estaba cerca: “¿Quién alimenta a estos hermosos peces?”.
Ella respondió: “Yo”.
Entonces, pregunté: “¿Le han dado las gracias alguna vez?”.
Ella contestó: “¡Todavía no!”.
Pensé en algunas personas que conozco que son igual de ajenas a Su Creador y a Su verdadero “pan de vida”1, que viven día a día sin ser conscientes de Dios y de Su bondad para con ellos.
¡Cuánto mejor sería si todos pudiéramos ser más conscientes de la providencia y del amor de Dios y expresáramos esa gratitud hacia Él! Ammón enseñó: “Demos gracias a [Dios], porque él obra rectitud para siempre”2. Nuestro nivel de gratitud es una medida de nuestro amor por Él.
Dios es el Padre de nuestros espíritus3. Él tiene un cuerpo glorificado y perfecto de carne y huesos4. Vivíamos con Él en los cielos antes de que naciéramos5; y cuando nos creó físicamente, fuimos creados a la imagen de Dios, cada uno con un cuerpo propio6.
Piensen en nuestro sustento físico. Es en verdad un regalo del cielo. Las necesidades de aire, comida y agua, todas ellas vienen a nosotros como regalos de un amoroso Padre Celestial. La tierra fue creada para apoyar nuestra breve jornada en la vida terrenal7. Nacimos con la capacidad de crecer, amar, casarnos y formar familias.
El matrimonio y la familia son ordenados por Dios. La familia es la unidad social más importante en esta vida y en la eternidad. Bajo el gran plan de felicidad de Dios, las familias pueden sellarse en los templos y prepararse para regresar a morar en Su santa presencia para siempre. ¡Eso es la vida eterna! Satisface los deseos más profundos del alma humana: el anhelo natural de una asociación sin fin con los queridos miembros de la familia de uno.
Somos parte de Su propósito divino: “Mi obra y mi gloria”, Él dijo, es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”8. Para lograr esos objetivos, “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”9. Ese acto fue una manifestación suprema del amor de Dios. “Porque no envió [Él] a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”10.
El aspecto central del plan eterno de Dios es la misión de Su Hijo Jesucristo11. Él vino para redimir a los hijos de Dios12. Gracias a la expiación del Señor, la Resurección (o inmortalidad) pasó a ser una realidad13. Debido a la Expiación, la vida eterna pasó a ser una posibilidad para todo el que cumpla los requisitos. Jesús lo explicó así:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
“Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás”14.
Por la expiación del Señor y Su dádiva de la Resurrección, por este sublime mensaje de Pascua, ¡demos gracias a Dios!
Dones físicos
Nuestro Padre Celestial ama a Sus Hijos15. Él ha bendecido a cada uno con dones físicos y espirituales. Permítanme hablar de cada uno de ellos. Cuando canten “Soy un hijo de Dios”, piensen en el don del cuerpo físico que Él les ha dado. Los muchos atributos admirables del cuerpo de ustedes atestiguan su propia “naturaleza divina”16.
Cada órgano de nuestro cuerpo es un don maravilloso de Dios. Cada ojo tiene un lente que puede auto enfocarse. Los nervios y músculos controlan a los dos ojos para crear una imagen tridimensional única. Los ojos están conectados al cerebro, que registra lo que se ve.
El corazón es una bomba increíble17. Tiene cuatro delicadas válvulas que controlan la dirección del flujo sanguíneo. Esas válvulas se abren y se cierran más de 100.000 veces al día, 36 millones de veces al año. Aún así, a menos que sufran daño por alguna enfermedad, son capaces de soportar esa tensión casi indefinidamente.
Piensen en el sistema de defensa del cuerpo. Para protegerlo de daños, percibe el dolor. En respuesta a la infección, genera anticuerpos. La piel brinda protección; advierte en contra del daño que podrían ocasionar el calor o el frío excesivos.
El cuerpo renueva sus propias células dañadas y regula los niveles de sus propios ingredientes vitales. El cuerpo cicatriza sus laceraciones, moretones y huesos fracturados. Su capacidad para la reproducción es otro don sagrado de Dios.
Debemos recordar que no se requiere un cuerpo perfecto para lograr nuestro destino divino. De hecho, algunos de los espíritus más dulces se hospedan en cuerpos débiles o imperfectos. A menudo, la gente que tiene dificultades físicas desarrolla una gran fortaleza espiritual, precisamente debido al desafío que afronta.
Cualquiera que estudie las funciones del cuerpo humano seguramente ha “…visto a Dios obrando en su majestad y poder”18. Puesto que el cuerpo es gobernado por la ley divina, cualquier curación viene por obediencia a la ley sobre la cual esa bendición se basa19.
Aún así, algunas personas piensan erróneamente que esos maravillosos atributos físicos ocurrieron por casualidad o fueron el resultado de una gran explosión en algún lugar. Pregúntense: “¿Podría una explosión en una imprenta producir un diccionario?”. La probabilidad es de lo más remota; pero si así fuera, ¡nunca podría curar sus páginas rotas o imprimir sus propias ediciones nuevas! Seguir leyendo →
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros”.
Mis queridos hermanos y hermanas, no hace mucho tiempo recibí una carta de una madre preocupada que rogaba que se hablara en una conferencia general sobre un tema que beneficiaría específicamente a sus dos hijos. Había surgido entre ellos una discordia y habían dejado de hablarse. La madre estaba desconsolada y en la carta me aseguraba que un mensaje de la conferencia general sobre ese tema haría que sus hijos se reconciliaran, y todo volvería a la normalidad.
El ruego profundo y sincero de esa buena hermana fue sólo una de las impresiones que he recibido en estos últimos meses de que debo decir hoy unas palabras sobre un tema que es cada vez de mayor preocupación, no sólo para una madre preocupada sino para muchas personas de la Iglesia y, ciertamente, del mundo.
Me ha impresionado la fe que esa madre amorosa tiene en el hecho de que un discurso de la conferencia general podría contribuir a mejorar la relación entre sus hijos. Estoy seguro de que su confianza no se basaba tanto en la habilidad de los discursantes como en “la virtud de la palabra de Dios” que tiene “un efecto más potente en la mente del pueblo que… cualquier otra cosa”1. Querida hermana, ruego que el Espíritu toque el corazón de sus hijos.
Cuando las relaciones se deterioran
Las relaciones tensas y rotas son tan antiguas como la humanidad misma. Caín de antaño fue el primero en dejar que el cáncer de la amargura y la malicia le corrompiera el corazón; cultivó el terreno de su alma con envidia y odio, y permitió que esos sentimientos maduraran en él hasta hacer lo inconcebible: asesinar a su propio hermano y convertirse, en el proceso, en el padre de las mentiras de Satanás2.
Desde aquellos primeros días, el espíritu de envidia y odio ha desencadenado algunos de los más trágicos sucesos de la historia: puso a Saúl en contra de David, a los hijos de Jacob en contra de su hermano José, a Lamán y Lemuel en contra de Nefi y a Amalickíah en contra de Moroni.
Imagino que toda persona sobre la tierra ha sido afectada de algún modo por el espíritu destructivo de la contención, el resentimiento y la venganza. Quizás haya ocasiones en las que reconozcamos ese espíritu en nosotros mismos. Cuando nos sentimos heridos, enojados o llenos de envidia, es muy fácil juzgar a otras personas y a menudo achacarles a sus acciones motivaciones tenebrosas a fin de justificar nuestros propios sentimientos de rencor.
La doctrina
Por supuesto, sabemos que eso está mal. La doctrina es clara: todos dependemos del Salvador; ninguno de nosotros puede salvarse sin Él. La expiación de Cristo es infinita y eterna. El perdón de nuestros pecados tiene condiciones: debemos arrepentirnos y estar dispuestos a perdonar a los demás. Jesús enseñó: “…debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona… queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”3, y “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”4.
Naturalmente, esas palabras parecen perfectamente lógicas… cuando se aplican a otra persona. Cuando los demás juzgan y guardan rencor, vemos muy clara y fácilmente los resultados dañinos que eso produce; y por cierto, no nos gusta que la gente nos juzgue a nosotros.
Pero cuando se trata de nuestros propios prejuicios y agravios, demasiadas veces justificamos nuestro enojo como justo y nuestro juicio como fidedigno y apropiado. Aunque no podemos ver el corazón de los demás, suponemos que podemos reconocer una motivación maliciosa o incluso a una mala persona en cuanto los vemos. Cuando se trata de nuestra propia amargura, hacemos excepciones porque pensamos que, en nuestro caso, tenemos toda la información necesaria para considerar a alguien con desdén.
En su epístola a los romanos, el apóstol Pablo dijo que quienes juzgan a los demás “no [tienen] excusa”; y explicó que en el momento en que juzgamos a otro nos condenamos a nosotros mismos, puesto que nadie está sin pecado5. El negarnos a perdonar es un grave pecado, uno del cual el Salvador nos advirtió. Los propios discípulos de Jesús “buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad”6.
Nuestro Salvador ha hablado tan claramente sobre este tema que no da lugar a la interpretación personal: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar”, pero después dijo: “…a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”7.
Permítanme hacer una aclaración: cuando el Señor nos requiere perdonar a todos los hombres, eso incluye perdonarnos a nosotros mismos. A veces, la persona más difícil de perdonar entre toda la gente del mundo, y quizás la que más necesite nuestro perdón, es la persona que se refleja en el espejo.
En resumidas cuentas
Este tema de juzgar a los demás en realidad podría enseñarse con un sermón de tres palabras. Cuando se trate de odiar, chismear, ignorar, ridiculizar, sentir rencor o el deseo de infligir daño, por favor apliquen lo siguiente:
¡Dejen de hacerlo!
Es así de sencillo. Simplemente debemos dejar de juzgar a otros y remplazar los pensamientos y sentimientos de crítica con un corazón lleno de amor por Dios y por Sus hijos. Dios es nuestro Padre, nosotros somos Sus hijos, todos somos hermanos y hermanas. No sé exactamente cómo expresar este asunto de no juzgar a los demás con la suficiente elocuencia, pasión y persuasión para que se grabe en ustedes. Podría citarles pasajes de las Escrituras, podría tratar de explicar a fondo la doctrina e incluso citar una calcomanía que vi hace poco que estaba pegada en la parte de atrás de un auto cuyo conductor parecía un tanto rústico, pero las palabras de la calcomanía me enseñaron una gran lección; decía: “No me juzgues por pecar de manera distinta a la tuya”.
Debemos reconocer que todos somos imperfectos, que somos mendigos ante Dios. ¿No nos hemos todos acercado sumisamente al trono de misericordia, en un momento u otro, para suplicar gracia? ¿No hemos anhelado con toda la energía de nuestra alma recibir misericordia y ser perdonados por los errores y pecados que hemos cometido? Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 Dispuestos a servir y dignos de hacerlo
Por el presidente Thomas S. Monson
Por doquier se pueden encontrar milagros si se entiende el sacerdocio, si su poder se honra y se utiliza debidamente, y si se ejerce la fe.
Mis amados hermanos, qué gusto me da estar con ustedes una vez más. Siempre que asisto a la reunión general del sacerdocio, pienso en las enseñanzas de algunos de los líderes nobles de Dios que han tomado la palabra en las reuniones generales del sacerdocio de la Iglesia. Muchos se han ido a su recompensa eterna y, sin embargo, de sus mentes brillantes, de las profundidades de sus almas y de la calidez de sus corazones nos han brindado dirección inspirada. Comparto con ustedes esta noche algunas de sus enseñanzas en cuanto al sacerdocio.
Del profeta José Smith: “El sacerdocio es un principio sempiterno, y existió con Dios desde la eternidad y existirá por la eternidad, sin principio de días ni fin de años”1.
De las palabras del presidente Wilford Woodruff, aprendemos: “El Santo Sacerdocio es la vía por la cual Dios se comunica con el hombre y trata con él en la tierra; y los mensajeros celestiales que han visitado la tierra para ponerse en contacto con el hombre han sido hombres que, en la carne, poseyeron y honraron el sacerdocio. Todo lo que Dios ha hecho que se lleve a cabo para la salvación del género humano, desde la llegada del hombre a la tierra hasta la redención del mundo, ha sido y será en virtud del sacerdocio sempiterno”2.
Además, el presidente Joseph F. Smith aclaró: “[El sacerdocio es]… el poder de Dios delegado al hombre mediante el cual éste puede actuar en la tierra para la salvación de la familia humana en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y actuar legítimamente; no asumiendo dicha autoridad, ni tomándola prestada de generaciones que ya han muerto y desaparecido, sino autoridad que se ha dado en esta época en que vivimos por ángeles ministrantes y espíritus de lo alto, directamente de la presencia del Dios Omnipotente”3.
Y, por último, del presidente John Taylor: “¿Qué es el sacerdocio?… es el gobierno de Dios, ya sea en la tierra o en los cielos, porque mediante ese poder, influencia o principio todas las cosas son gobernadas en la tierra y en los cielos, y por medio de ese poder, todas las cosas se conservan y se sostienen. Gobierna todas las cosas, dirige todas las cosas, sostiene todas las cosas y tiene que ver con todas las cosas con las que Dios y la verdad están relacionados”4.
Cuán bendecidos somos por estar aquí en estos últimos días cuando el sacerdocio de Dios está sobre la tierra. Cuán privilegiados somos de portar ese sacerdocio. El sacerdocio no es tanto un don sino una comisión de servir, un privilegio para elevar y una oportunidad para bendecir la vida de los demás.
Esas oportunidades conllevan responsabilidades y deberes. Amo y valoro la noble palabra deber y todo lo que ella implica.
Ya sea en un cargo u otro, en uno entorno u otro, he estado asistiendo a reuniones del sacerdocio durante los últimos 72 años, desde que fui ordenado diácono a los doce años. Ciertamente el tiempo sigue su marcha. El deber mantiene el ritmo con esa marcha; el deber no se aminora ni se acaba. Los conflictos catastróficos vienen y van, pero la guerra que se libra por las almas de los hombres sigue adelante sin menguar. La palabra del Señor viene como el toque del clarín a ustedes, a mí y a los poseedores del sacerdocio de todas partes: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”5.
El llamado del deber le llegó a Adán, a Noé, a Abraham, a Moisés, a Samuel, a David; le llegó al profeta José Smith y a cada uno de sus sucesores. El llamado del deber le llegó al joven Nefi cuando, por medio de su padre Lehi, el Señor le mandó que regresara a Jerusalén con sus hermanos para obtener las planchas de bronce de Labán. Los hermanos de Nefi murmuraron, diciendo que lo que se les había pedido era cosa difícil. ¿Cuál fue la respuesta de Nefi? Él dijo: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado”6.
Cuando ese mismo llamado nos llegue a ustedes y a mí, ¿cómo responderemos? ¿Murmuraremos como lo hicieron Lamán y Lemuel, y diremos: “Lo que se nos requiere es cosa difícil”?7. ¿O, al igual que Nefi, declararemos individualmente: “Iré y haré”? ¿Estaremos dispuestos a servir y a obedecer?
A veces la sabiduría de Dios pareciera ser insensata o simplemente demasiado difícil, pero una de las lecciones más grandes y más valiosas que podemos aprender en la tierra es que cuando Dios habla y el hombre obedece, ese hombre siempre estará en lo correcto.
Cuando pienso en la palabra deber y en cómo el llevar a cabo nuestro deber puede enriquecer nuestra vida y la de los demás, recuerdo las palabras de un famoso poeta y autor:
Dormía y soñaba
que la vida no era más que alegría.
Me desperté y vi
que la vida no era más que servir.
Actué, y he aquí,
el servir era alegría8.
Robert Louis Stevenson lo expresó de otra manera; él dijo: “Sé lo que es la dicha, porque he hecho buenas obras”9.
Al desempeñar nuestros deberes y ejercer nuestro sacerdocio, descubriremos el gozo verdadero; sentiremos la satisfacción de haber llevado a cabo nuestras tareas.
Se nos han enseñado los deberes específicos del sacerdocio que poseemos, ya sea del Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec. Los exhorto a que estudien esos deberes y luego hagan todo lo posible por llevarlos a cabo. A fin de lograrlo, cada uno debe ser digno. Tengamos manos prestas, manos limpias y manos dispuestas a fin de que podamos participar en brindar a los demás lo que nuestro Padre Celestial desea que reciban de Él. Si no somos dignos, es posible que perdamos el poder del sacerdocio; y si lo perdemos, habremos perdido la esencia de la exaltación. Seamos dignos de prestar servicio.
El presidente Harold B. Lee, uno de los excelentes maestros de la Iglesia, dijo: “Cuando uno se convierte en poseedor del sacerdocio, se convierte en agente del Señor. Uno debe considerar su llamamiento con la perspectiva de que está en la obra del Señor”10.
Durante la Segunda Guerra Mundial, a principios de 1944, sucedió algo relacionado con el sacerdocio mientras los marines de los Estados Unidos se apoderaban del atolón Kwajalein, parte de las Islas Marshall, ubicado en el Océano Pacífico, más o menos en la parte intermedia entre Australia y Hawai. Lo que sucedió al respecto lo relató un corresponsal, no miembro de la Iglesia, que trabajaba para un periódico de Hawai. En el artículo que escribió en 1944 después de esa experiencia, explicó que él y otros corresponsales se encontraban en la segunda oleada detrás de los marines en el atolón Kwajalein. Al avanzar, se dieron cuenta de que en el agua flotaba boca abajo un soldado, era obvio que estaba gravemente herido. El agua a su alrededor estaba roja por su sangre; entonces vieron a otro soldado que iba hacia donde estaba su compañero herido. El segundo soldado también estaba herido, con el brazo izquierdo que le colgaba inútilmente a su lado. Levantó la cabeza del que flotaba en el agua para que no se ahogara. Con voz llena de pánico gritó para pedir ayuda. Los corresponsales miraron otra vez al muchacho al que estaba sosteniendo y le respondieron: “Hijo, no hay nada que podamos hacer por ese muchacho”. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 Familias bajo el convenio
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Nada que haya ocurrido o que ocurrirá en su familia es de tanta importancia como las bendiciones del sellamiento.
Agradezco el estar junto a ustedes en esta reunión a la que se invita a todos los poseedores del sacerdocio de Dios en la tierra. Somos bendecidos de que nos presida el presidente Thomas S. Monson. Como Presidente de la Iglesia, él es el único hombre con vida que es responsable por las llaves que sellan a las familias y todas esas ordenanzas del sacerdocio que son necesarias para obtener la vida eterna, el máximo de todos los dones de Dios.
Esta noche hay un padre que está escuchando, quien ha regresado de la inactividad porque desea la seguridad de ese don con todo su corazón. Él y su esposa aman a sus dos hijitos, una niña y un niño. Al igual que otros padres, ve una felicidad celestial futura cuando lee estas palabras: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos”1.
Ese padre que nos escucha esta noche conoce el sendero a ese glorioso destino. No es fácil. Él ya lo sabe; requirió fe en Jesucristo, un profundo arrepentimiento y un cambio en el corazón que ocurrió cuando un bondadoso obispo lo ayudó a sentir el amoroso perdón del Señor.
Siguieron cambios maravillosos cuando fue al santo templo para recibir la investidura que el Señor describió a aquellos a quienes les otorgó poder en el primer templo de esta dispensación, en Kirtland, Ohio. El Señor dijo de ello:
“…fue por lo que os di el mandamiento de trasladaros a Ohio; y allí os daré mi ley, y allí seréis investidos con poder de lo alto;
“…y desde allí… porque tengo reservada una gran obra, pues Israel será salvo y lo guiaré por donde yo quiera, y ningún poder detendrá mi mano”2.
Para mi amigo que acaba de activarse y para todo el sacerdocio, una gran obra que tenemos por delante es la de dirigir la tarea de salvar la porción de Israel por la que somos o seremos responsables: nuestra familia. Mi amigo sabía que para eso era necesario ser sellado por el poder del Sacerdocio de Melquisedec en un santo templo de Dios.
Él me pidió que efectuara el sellamiento, el cual él y su esposa querían que se realizara lo más pronto posible. Pero como se acercaba la época ajetreada de la conferencia general, dejé que la pareja y su obispo hicieran los arreglos con mi secretaria para encontrar la mejor fecha.
Imagínense mi sorpresa y alegría cuando, en la capilla, el padre me dijo que el sellamiento se efectuará el 3 de abril. En 1836, ése fue el día cuando Elías, el profeta trasladado, fue enviado al Templo de Kirtland para entregar el poder para sellar a José Smith y a Oliver Cowdery. Esas llaves residen en la Iglesia hoy día y seguirán haciéndolo hasta el fin del tiempo3.
Es la misma autorización divina que el Señor le dio a Pedro, como lo había prometido: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos”4.
El regreso de Elías el profeta bendijo a todos los que poseen el sacerdocio. El élder Harold B. Lee lo dejó bien claro cuando habló en una conferencia general, citando al presidente Joseph Fielding Smith. Escuchen con atención: “Yo poseo el sacerdocio; ustedes hermanos que están aquí, poseen el sacerdocio; hemos recibido el Sacerdocio de Melquisedec, el cual poseyeron Elías el profeta y otros profetas, y también Pedro, Santiago y Juan. Pero aunque tengamos la autoridad para bautizar, aunque tengamos la autoridad para imponer las manos a fin de conferir el don del Espíritu Santo, para ordenar a otros y para hacer todas estas cosas, sin el poder para sellar, no podríamos hacer nada, pues lo que hiciéramos no tendría validez”.
El presidente Smith prosiguió, diciendo:
“Las ordenanzas más elevadas, las bendiciones más grandes, que son esenciales para la exaltación en el reino de Dios… y que sólo se pueden obtener en ciertos lugares… ningún hombre tiene el derecho de llevarlas a cabo a menos que reciba la autoridad para hacerlo de aquel que posee las llaves…
“…No hay ningún hombre sobre la faz de esta tierra que tenga el derecho de ir y administrar en cualquiera de las ordenanzas de este Evangelio, a menos que el Presidente de la Iglesia, quien posee las llaves, lo autorice. Él nos ha dado autoridad; él ha puesto el poder para sellar en nuestro sacerdocio porque él posee esas llaves”5.
Esa misma seguridad provino del presidente Boyd K. Packer cuando escribió acerca del poder para sellar. El saber que esas palabras son verdaderas es un consuelo para mí, como lo será para la familia que sellaré el 3 de abril: “Pedro habría de tener las llaves; habría de tener el poder para sellar… para atar o sellar en la tierra, o para desatar en la tierra, y así se haría en los cielos. Esas llaves le corresponden al Presidente de la Iglesia, al profeta, vidente y revelador. Ese sagrado poder para sellar existe actualmente en la Iglesia. Nada consideran con más sagrada reflexión aquellos que conocen el significado de esta autoridad. Nada se estima con mayor celo. Hay relativamente pocos hombres sobre la tierra que poseen, al mismo tiempo, este sagrado poder: en cada templo hay hermanos a quienes se les ha conferido el poder para sellar. Nadie puede recibirlo sino del profeta, vidente y revelador y Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”6. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2012 El porqué del servicio en el sacerdocio
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Entender el porqué del Evangelio y el porqué del sacerdocio nos ayudará a ver el propósito divino de todo esto.
Atesoro esta maravillosa oportunidad de reunirme con los hermanos del sacerdocio y regocijarme con ustedes en la maravilla y la belleza del evangelio de Jesucristo. Los felicito por su fe, sus buenas obras y su rectitud perdurable.
Tenemos un vínculo en común, y es que todos hemos recibido la ordenación al sacerdocio de Dios de aquellos a quienes se les ha confiado la autoridad y el poder del santo sacerdocio. Ésa no es una bendición pequeña; es una sagrada responsabilidad.
El poder del porqué
Recientemente he estado pensando en dos llamamientos significativos que recibí como poseedor del sacerdocio en la Iglesia.
El primero de esos llamamientos vino cuando era diácono; yo asistía con mi familia a la rama de la Iglesia en Fráncfort, Alemania. En nuestra pequeña rama, fuimos bendecidos con muchas personas maravillosas; una de ellas fue nuestro presidente de rama, el hermano Landschulz. Lo admiraba mucho, a pesar de que siempre parecía estar serio, era muy formal y la mayoría de las veces vestía un traje oscuro. Recuerdo que, cuando era joven, bromeaba con mis amigos de lo anticuado que parecía ser nuestro presidente de rama.
Pensar en eso ahora me hace reír, porque es muy posible que los jóvenes de hoy en la Iglesia me vean a mí de manera muy similar.
Un domingo, el presidente Landschulz me preguntó si podía hablar conmigo. Mi primer pensamiento fue: “¿Qué habré hecho mal?”. Rápidamente pensé en las muchas cosas que podría haber hecho que hubieran inspirado a ese presidente de rama a conversar con un diácono.
El presidente Landschulz me invitó a pasar a un pequeño salón (nuestra capilla no tenía una oficina para el presidente de rama) y allí me extendió el llamamiento para servir como presidente del quórum de diáconos.
“Éste es un llamamiento importante”, dijo y luego se tomó el tiempo para señalarme el porqué. Explicó lo que él y el Señor esperaban de mí y cómo podría recibir ayuda.
No recuerdo mucho de lo que dijo, pero sí recuerdo muy bien cómo me sentí. Un espíritu sagrado y divino colmó mi corazón mientras él hablaba. Yo podía sentir que ésta era la Iglesia del Salvador, y sentí que el llamamiento que me había extendido era inspirado por el Espíritu Santo. Recuerdo que salí de ese pequeño salón sintiéndome bastante más alto que antes.
Han pasado casi sesenta años desde aquel día y todavía atesoro esos sentimientos de confianza y amor.
Al pensar en esa experiencia, traté de recordar cuántos diáconos había en nuestra rama en aquel entonces. Si recuerdo bien, creo que había dos; sin embargo, eso podría ser una gran exageración.
Pero realmente no importaba que hubiese un diácono o una docena; yo me sentía honrado, y quería servir lo mejor que me fuera posible y no defraudar ni a mi presidente de rama ni al Señor.
Ahora me doy cuenta de que el presidente de rama podría haberme extendido el llamamiento en forma rutinaria; simplemente me podría haber dicho que yo era el nuevo presidente del quórum de diáconos en el pasillo o en nuestra reunión del sacerdocio.
En cambio, pasó tiempo conmigo y me ayudó a entender no sólo qué hacer en mi asignación, sino más importante aún, el porqué.
Eso es algo que nunca olvidaré.
El punto de este relato no es sólo describir cómo extender llamamientos en la Iglesia (aunque éste fue un ejemplo maravilloso para mí en cuanto a la manera correcta de hacerlo); es un ejemplo para mí del poder motivador de liderazgo del sacerdocio que despierta al espíritu e inspira a la acción.
Se nos tienen que recordar constantemente las razones eternas detrás de lo que se nos ha mandado hacer. Los principios básicos del Evangelio deben ser parte de nuestra vida, aunque signifique aprenderlos una y otra vez. Eso no significa que este proceso debe ser rutinario o aburrido. Por el contrario, cuando enseñemos los principios fundamentales en nuestros hogares o en la Iglesia, dejemos que la llama del entusiasmo por el Evangelio y el fuego del testimonio lleve luz, calor y alegría al corazón de aquellos a quienes enseñemos.
Desde el diácono ordenado más recientemente al sumo sacerdote más antiguo, todos tenemos listas de qué podemos y debemos hacer en nuestras responsabilidades del sacerdocio. El qué es importante en nuestra obra y tenemos que prestarles atención. Pero es en el porqué del servicio en el sacerdocio que descubrimos el fuego, la pasión y el poder del sacerdocio.
El qué del servicio en el sacerdocio nos enseña lo que hacer; el porqué inspira nuestras almas.
El qué informa, pero el porqué transforma.
Una abundancia de cosas “buenas” para hacer
Otro llamamiento del sacerdocio en el cual he estado pensando llegó muchos años después, cuando tenía mi propia familia. Nos habíamos mudado de vuelta a Fráncfort, Alemania, y recién había recibido un ascenso en el trabajo que requeriría mucho de mi tiempo y atención. Durante esa ocupada época de mi vida, el élder Joseph B. Wirthlin me extendió el llamamiento para servir como presidente de estaca. Seguir leyendo →