La fe de un niño

Agosto 1998

La fe de un niño

Por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje fue breve, pero las palabras resultaron familiares: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios»

¡Qué período tan glorioso del año es la época de la conferencia! La Manzana del Templo de Salt Lake City es el lugar de recogimiento de decenas de miles de personas que viajan desde lejos para oír la palabra de Dios. El Tabernáculo se llena completamente, la conversación amistosa se ve reemplazada por la música del coro y por las voces de los que oran y los que hacen uso de la palabra. En el aire reina una dulce reverencia y así da comienzo la conferencia general.

Como orador, es una humilde experiencia el contemplar rostros amigables y el apreciar la fe y la devoción a la verdad que ellos representan.

En una ocasión en la que me disponía a hacer uso de la palabra ante las personas congregadas para una conferencia, observé que en la galería norte estaba una hermosa niña de quizás unos diez años de edad. Sentí la impresión de dirigirme directamente a ella; comencé diciendo:

Dulce pequeña, no sé cómo te llamas ni de dónde has venido, pero de una cosa estoy seguro: de que la inocencia de tu sonrisa y la tierna expresión de tus ojos me han persuadido a dirigirme especialmente a ti.

Cuando yo tenía tu edad también tenía una maestra de la Escuela Dominical; ella solía leernos pasajes de la Biblia acerca de Jesús, el Redentor y el Salvador del mundo.

Un día nos enseñó sobre cómo le eran llevados a Él los niños pequeñitos para que pusiese Sus manos sobre ellos y orase. Sus discípulos reprendían a los que les llevaban a los niños. “Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”1.

Nunca he olvidado esa lección. De hecho, hace unos años volví a aprender su significado y a participar de su poder; mi maestro fue el Señor.

Permíteme compartir esa experiencia contigo. Muy lejos de Salt Lake City y a unos 130 kilómetros de Shreveport, Luisiana, vivía la familia de Jack Methvin. La madre, el padre y los hijos son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Había una niña encantadora que bendecía el hogar con su sola presencia y cuyo nombre era Christal. Tenía apenas diez años cuando la muerte puso fin a su estancia terrenal.

A Christal le gustaba correr y jugar por el extenso rancho en el que vivía la familia; podía montar a caballo con gran habilidad y sobresalía en diversas otras activi­dades, llegando a ganar algunos premios en las ferias locales y del estado. Su futuro era brillante y su vida maravillosa. Fue entonces que se le descubrió una protu­berancia extraña en la pierna. Los especialistas de Nueva Orleans realizaron unas pruebas y dieron a conocer el diagnóstico: carcinoma; había que amputarle la pierna.

Christal se recuperó muy bien de la operación y reanudó su alegre vida sin quejarse nunca. Pero más tarde los médicos descubrieron que el cáncer se le había extendido a sus pequeños pulmones.

La condición de Christal iba empeorando; el fin se acercaba. Sin embargo, su fe no vaciló. Ella sabía que se acercaba la conferencia de estaca y le dijo a sus padres: “¿Creen que la persona que haya sido asignada a nuestra conferencia de estaca podría darme una bendición?”.

Mientras tanto, en Salt Lake City, y sin conocimiento alguno de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Shreveport, se presentó una situación poco frecuente. Para el fin de semana en que se iba a celebrar la confe­rencia de la Estaca Shreveport, Luisiana, yo había sido asignado a El Paso, Texas. El presidente Ezra Taft Benson, que en aquel entonces era el Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, me llamó a su despacho y me explicó que otra Autoridad General había llevado a cabo parte de la obra preliminar relacionada con la división de la estaca de El Paso. Me preguntó si me importaría que le cediesen a otra persona la asignación de ir a El Paso y que yo fuese asignado a otro lugar. Por supuesto que no tenía incon­veniente alguno; cualquier lugar me parecía apropiado. Entonces el presidente Benson me dijo: “Hermano Monson, siento la impresión de pedirle que visite la Estaca Shreveport, Luisiana”.

Acepté la asignación, y en el día señalado llegué a Shreveport.

La tarde del sábado estuvo ocupada con diversas reuniones: una con la presidencia de la estaca, otra con los líderes del sacerdocio, otra con el patriarca y aún otra con todos los líderes de la estaca. Con cierto tono de disculpa, el presidente de estaca, Charles F. Cagle, preguntó si mi horario me permitiría dar una bendición a una niña de diez años enferma de cáncer: se llamaba Christal Methvin. Respondí que lo haría si me era posible, y luego le pregunté si ella estaría en la conferencia o si estaba en un hospital de Shreveport. Como sabía que el horario estaba sumamente ajustado, el presidente Cagle casi con un murmullo dijo que Christal estaba confinada en su hogar, a muchos kilómetros de Shreveport.

Examiné el horario de las reuniones de esa noche y de la mañana siguiente, incluso el del vuelo de regreso. Sencillamente no había tiempo disponible. Pero se me ocurrió una idea alternativa: ¿Acaso no podríamos recordar a la pequeña en las oraciones que se ofrecieran durante la conferencia? Seguramente el Señor lo enten­dería; así que en base a esos hechos continuamos con el horario inicial de las reuniones. Seguir leyendo

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Se construye una réplica de la cabaña de troncos de la familia Smith

Se construye una réplica de la cabaña de troncos de la familia Smith

por Shaun D. Stahle

La cabaña de troncos en la que creció José Smith, destruida desde hace mucho por el tiempo, los elementos y el hombre, se ha recons­truido después de veinte años de averiguaciones e investigación arque­ológica. (En el artículo siguiente, “La ‘ familia Smith vivió ocho años en una cabaña de troncos”, hay más informa­ción sobre el hogar de la familia Smith.)

Los días 14 y 15 de enero se levantó la estructura principal de la réplica, en el sitio de la cabaña original.

Al terminarse en marzo, la vivienda tenía el mismo aspecto que presentaba el día en que el joven José salió por la puerta, encaminándose a la Arboleda Sagrada, en la primavera de 1820.

“La construcción de la cabaña fue un período de significado sagrado”, comentó Donald L. Enders, investi­gador jefe del Departamento Histórico de la Iglesia, que asesoró en la construcción. “Este es el lugar donde se cumplió una profecía antigua”, dijo.

Los detalles para construir la cabaña se obtuvieron como resul­tado de extensas averiguaciones, investigación arqueológica y un estudio de más de treinta casas de la época en Vermont y en el oeste de Nueva York.

La manipostería, las ventanas, las puertas, la chimenea y el ala del dormitorio se construyeron según el más alto grado de exactitud histó­rica, explicó el hermano Enders.

“La Iglesia fue afortunada en hallar un constructor competente, respetado por su sensibilidad al detalle histórico y su experiencia en la restauración de graneros histó­ricos”, continuó.

El Comité de Sitios Históricos de la Iglesia, bajo la dirección del élder Marlin K. Jensen, de los Setenta, coordinó la construcción de la réplica de la cabaña, incluso la cola­boración del constructor, los arqui­tectos y los obreros locales.

“Sentimos el espíritu de la ocasión”, comentó el élder Richard Hebertson, misionero de Asuntos Públicos que trabaja en los sitios históricos de Palmyra con su esposa, Barbara. “Se oyeron grandes vítores al colocar el último cabrio”, dijo.

La construcción comenzó en la tarde del 14 de enero, después que un camión cargado de troncos llegó al sitio de la cabaña original de los Smith.

Las tormentas de nieve y la temperatura baja habían amenazado posponer la construcción, pero el élder Chuck Canfield, director de los sitios históricos del área de Palmyra, optó por proseguir de acuerdo con los planes.

“Y al fin, fue un día bastante lindo”, dijo el élder Canfield. “Las tormentas se aplacaron y la tempera­tura fue moderada. No volvió a nevar hasta la noche, después de la última oración”.

Los troncos, de los bosques que rodean la granja de los Smith, se cortaron en febrero de 1997 y luego, durante el año, el cons­tructor los hizo formar a mano con hachas en Cazenovia, Nueva York. Después, los labraron con herra­mientas para que tuvieran dos caras planas, según las técnicas de cons­trucción de la época.

“Las casas de troncos se cons­truían con diversidad de maderas”, explicó el hermano Enders. “Los troncos que quedaban más expuestos a los efectos dañinos de los elementos tenían que ser los más resistentes. Generalmente, se elegía madera de pino blanco, quebracho, roble y nogal; otras maderas duras como el haya, el fresno y la pacana se utilizaban para las paredes, y el arce para hacer los cabrios”.

El constructor armó la réplica de la cabaña de troncos antes de trans­portar el material a la granja de los Smith; los troncos se habían marcado con etiquetas y ajustado a la medida.

En el terreno de la granja, con la ayuda de un numeroso grupo de voluntarios, el constructor comenzó a levantar la réplica descargando del camión los grandes troncos que se emplearon en el cimiento.

Al atardecer del día siguiente, el último cabrio se colocó en su lugar, arrancando grandes exclamaciones de júbilo de los que se habían reunido a observar los trabajos. Después de la última oración, empezó a nevar.

“En muchos aspectos”, dijo refle­xivamente el élder Hebertson, “la construcción de la réplica ha sido similar a la de la cabaña original de los Smith. Ambas se construyeron en el período entre la cosecha y la primavera, ambas fueron resultado de ardua labor, y ambas requirieron un esfuerzo mancomunado para completarse”.

“Este es un hogar de significado sagrado”, explicó el élder Enders. “Es una región santificada por la visita personal de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo. ¿Cuántos lugares se conocen en el mundo donde sepamos que el Padre haya estado personalmente?

“Este es el hogar donde vivió José Smith después de salir de la Arboleda Sagrada con una promesa divina de que el Evangelio sería restaurado”. □

Artículo por cortesía de Church News, enero 24 de 1998.


Lo familia Smith vivió ocho años en una cabaña de troncos

Por Shaun D. Stahle

En 1816, varios años consecu­tivos de malas cosechas obli­garon a la familia de Joseph Smith a trasladarse desde Vermont a una granja cercana a Palmyra, estado de Nueva York.

La población era pequeña entonces, con aproximadamente seis­cientos habitantes; pero con la cons­trucción del canal del Erie, la región prometía convertirse en un centro agrícola y comercial importante.

La situación económica de la familia era mala, por lo que algunos de ellos aprovecharon diversas oportuni­dades de empleo: el padre, Alvin y Hyrum se emplearon como jornaleros para cavar y empedrar pozos, construir paredes y chimeneas de mampostería, levantar cosechas, y cortar y vender madera.

En el otoño de 1816 [últimos meses del año en el hemisferio norte], poco meses después de haber llegado al lugar, empezaron negocia­ciones para comprar 40 hectáreas de tierra.

El terreno estaba al sur de Palmyra, junto a una rústica huella de carretas. A fines de 1817 y princi­pios de 1818, durante el invierno, los Smith pudieron limpiar un pequeño sitio y empezaron a construir una cabaña de troncos; pero en la época de cultivos y cosechas, desde la primavera hasta el otoño, tuvieron que trabajar para otras personas a fin de pagar sus obligaciones monetarias.

La cabaña quedó terminada a fines del otoño de 1818, y fue la vivienda de los Smith durante ocho de los doce años que vivieron en la granja: desde fines de 1818 hasta la primavera [los primeros meses] de 1825, y desde la primavera de 1829 hasta fines de 1830. De 1825 hasta 1829 la familia Smith vivió en la casa blanca de madera que se encuentra en la granja, cerca de la cabaña, y que los turistas visitan en la actua­lidad cuando van a ver la Arboleda Sagrada. Seguir leyendo

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Plantando las promesas en el corazón de los hijos

Liahona Junio 1998

Plantando las promesas en el  corazón de los hijos

Por Élder Bruce C. Hafen
De los Setenta

Honrar a nuestro padre y a nuestra madre en el verdadero sentido del quinto mandamiento, no sólo nos proporciona bendiciones eternas para nuestra familia, sino que también edifica comunidades que perduran.

Hace unos pocos años, uno de nuestros hijos adolescentes hizo un largo viaje. La dis­tancia dificultaba tanto la comunica­ción con él, por lo que sólo pudimos enviarle un pequeño mensaje escrito con la siguiente posdata: «Lee Alma 37:35-37». En estos versículos Alma dice: «¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud… implora a Dios todo tu sostén; sí… deja que los afectos de tu corazón se funden en el Señor para siempre… y él te dirigirá para bien».

En su corta respuesta, nuestro hijo nos decía: «Lean D. y C. 2». Aquí se encuentran las palabras de Moroni a José Smith, prometiéndole que, antes de la venida del Señor, el sacerdocio sería revelado por conducto de Elías, el cual «plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá hacia sus padres.

«De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida» (D. y C. 2:2-3).

Su respuesta me impresionó. Me preguntaba si él se daría cuenta de los sentimientos que estaba tocando en mi interior, ya que demostraba su aceptación del quinto mandamiento, el cual dice: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da» (Éxodo 20:12).

La adaptación que Moroni hace de la profecía de Malaquías (véase Malaquías 4:5-6) extiende el espí­ritu y la promesa del quinto manda­miento mucho más allá de la simple muestra de respeto hacia los padres, siendo esto importante de por sí. Moroni prometió que el espíritu de Elías, es decir, el poder del sacer­docio que sella las familias para siempre, plantaría en el corazón de los hijos un deseo de obtener las mismas promesas que el Señor le dio a Abraham. Para muchos hijos de Santos de los Últimos Días ésas son las promesas que nuestros padres terrenales recibieron en el templo; y la obtención de esas bendiciones prometidas les salvará no sólo a ellos, sino a «toda la tierra», de ser asolados.

Un milagroso cambio de corazón

Literalmente, ¡qué milagroso que una sed, incluso un anhelo de esas bendiciones maravillosas pueda arraigarse en el corazón de nuestros hijos! Tengo la impresión de que muchos padres en la Iglesia oran cada noche, al igual que nosotros, para que este deseo sea plantado en el corazón de sus hijos.

Para explicar por qué la respuesta de mi hijo me conmovió tanto, debo compartir un relato sobre su hermano mayor, el cual nació poco tiempo después de fallecer mi padre. A este hijo le pusimos como segundo nombre el nombre de mi padre. Al principio se sentía molesto por tener un nombre tan anticuado y no lo usaba, pero cuando se inscribió en el club de oratoria del colegio y aprendió que su abuelo había sido campeón de debate en los años veinte, empezó a sentir una relación de proximidad hacia su tocayo. Mi padre había llevado un diario personal durante gran parte de su vida como adulto y, un día, le mostré a mi hijo una anotación que describía el más grande de los debates de su abuelo. Le entregué el diario con la esperanza de que lo leyera.

Nuestro hijo era un joven bueno, aunque difícil de educar. Oramos en busca de paciencia para que las semi­llas de la fe se arraigaran en su corazón; pero sabíamos que no podí­amos forzar este proceso. Durante esos días pensé en mi propio hermano mayor, quien había muerto en un accidente durante su turbu­lenta adolescencia. ¡Cuánto habían orado y se habían lamentado por él mis padres! Una noche, mi hijo me dejó una simple nota: «Nunca quiero hacer nada que pueda herirte a ti y a mamá del mismo modo que los problemas de tu hermano hirieron a tus padres». Me preguntaba cómo pudo haber llegado a saber de algo tan personal y de una generación pasada, pero recordé el diario y decidí no indagar más.

Pocas semanas más tarde, nuestro hijo pasó por una experiencia bastante difícil y una noche se acercó a nosotros para decirnos lo que le había pasado: «Papá, nunca he cono­cido al abuelo Hafen, pero sentí que estaba allí para ayudarme». Lo estreché fuerte y le conté más sobre su abuelo.

No mucho tiempo después, este hijo nuestro se encontraba deci­diendo la manera de responder a un llamamiento como misionero. Una tarde, mientras nos encontrábamos en el sudeste de Utah para una reunión familiar, sin explicación alguna tomó el coche y se dirigió al solitario cañón en el que su abuelo disfrutaba montando a caballo; se trataba, de hecho, del lugar donde había fallecido. Nuestro hijo había leído en el diario concerniente a este cañón y lo había visto de lejos, pero nunca había estado en él. Se arro­dilló en un parque solitario y solicitó la ayuda del Señor para hallar respuesta a sus preguntas sobre su fe, la misión y su vida. En su despedida misional hizo alusión a lo sagrado de ese día y describió la profunda certeza y el sentido de dirección que había traído del cañón de su abuelo. Ahora, años más tarde y con hijos propios, continúa reflejando en su vida esa misma certeza y sentido, y yo sé el gozo que debe sentir mi padre.

No tengo duda alguna de que las promesas de Dios a mi padre fueron plantadas en el corazón de nuestro hijo del mismo modo que lo fueron en mi propio corazón. Realmente puede existir un lazo y un senti­miento de aceptación que une a las generaciones que se encuentran a ambos lados del velo. Este lazo nos da un sentido de identidad y propó­sito. Nuestros lazos con el mundo eterno se vuelven muy reales de repente, esbozando con mayor claridad el propósito de nuestra vida y edificando nuestras expectativas.

Al honrar a nuestro padre y a nuestra madre volviendo nuestro corazón hacia ellos, el Señor nos promete que «[serán] prolongados [nuestros] días, y para que [nos] vaya bien sobre la tierra que Jehová [nuestro] Dios [nos] da» (Deuteronomio 5:16). ¿Cómo se cumple esta promesa? No sólo podemos esperar que nuestros días «sean prolongados», sino que nues­tros días y nuestra vida sean bende­cidos con seguridad personal, felicidad y significado. No sólo podemos esperar que nos «vaya bien» individualmente, sino que nuestra sociedad disfrutará de paz y libertad. La clave para la supervivencia social e individual depende de que los hijos vuelvan el corazón hacia sus padres y aprendan de la sabiduría que éstos han acumulado.

La pérdida de los lazos familiares

Hoy en día, las relaciones humanas básicas que llamamos parentesco y matrimonio se están desintegrando, puesto que muchos hijos, padres y cónyuges están volviendo sus corazones no el uno hacia el otro, sino hacia sus propias necesidades egoístas. «No buscan al Señor… antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo» (D. y C. 1:16). Seguir leyendo

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Nacer de nuevo

Liahona Junio 1998

Nacer de nuevo

Por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje actual del Salvador es semejante al mensaje del pozo, al de los sembrados o al del Mar de Galilea. Es el mensaje de que puede haber un reino celestial sobre la tierra al igual que lo hay en los cielos, y que aque­llos que toman Su obra sobre sí, nacerán por segunda vez, renovados en corazón y en espíritu.

A nuestra obtención individual de un segundo nacimiento, un volver a despertar, le sigue una búsqueda eterna de aquello que es noble y bueno. Al igual que Nicodemo, muchos preguntarán cómo se lleva a cabo este segundo nacimiento (véase Juan 3:4). La respuesta sigue siendo la misma: «…el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5).

El inquisitivo Tomás hizo un pregunta clave: «Señor… ¿cómo, pues, podemos saber el camino?». La respuesta fue: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:5—6).

Nacer espiritualmente de Dios significa que debemos ser capaces de responder afirmativamente la pregunta de Alma: «¿Habéis experimentado este gran cambio en vuestros corazones?» (Alma 5:14). Nacer de nuevo significa que debemos ejercer una fe que no vacile y que no se aleje fácil­mente de Dios.

Muchos miembros, cuando beben de la amarga copa que llega hasta ellos, creen, en forma equivocada, que ésta pasa de largo para otras personas. En sus primeras palabras a la gente del continente occi­dental, Jesús de Nazaret habló intensamente de la amarga copa que el Padre le había dado (véase 3 Nefi 11:11). Toda alma tiene algún tipo de copa amarga de la que beber. Los padres cuyo hijo se desvía del camino llegan a conocer una pena imposible de describir; una mujer puede ver cómo se le rompe el corazón cada día ante el trato de un marido cruel e insensible; los miem­bros que no se casan pueden sufrir penas o decepciones. Sin embargo, cuando se bebe de la amarga copa, uno debe aceptar la situación tal como es, y así llegar hasta Dios y hasta las demás personas. El presidente Harold B. Lee dijo: «No permitan que la compasión por uno mismo o la desesperación les aleje del camino que saben que es correcto». El Salvador fijó el curso a seguir: debemos nacer de nuevo en espíritu y corazón.

Hace varios años, Bonnie McKean Giauque ganó el Concurso nacional de decoración de sillas de ruedas. Esta madre de Salt Lake estaba afectada de esclerosis múltiple y tenía que cuidar de su esposo y de sus cinco encantadoras hijas desde una silla de ruedas. Para el concurso, decoró su silla a la manera de Raggedy Ann (una muñeca famosa en los Estados Unidos), a fin de que los niños que la vieran pudiesen hablar de algo más que de su incapacidad. Un día de ayuno comentó que ella y otra amiga discapacitada de igual forma, se habían dicho: «¿No somos afortunadas por tener sillas de ruedas?».

James Reston, analista político del New York Times, comentó: «Cuando G. K. Chesterton escribió su autobio­grafía al final de una vida extraordinaria, dijo que la lección más importante que había aprendido era la de aceptar las cosas con gratitud, en lugar de darlas por sentado». El señor Reston comentó también que no importaba lo pesimista que pudiera ser nuestro punto de vista de todas nuestras bien ponderadas instituciones, «aun entonces, y especialmente en ese momento, podemos rechazar o volver a confiar en la amistad personal y en el fiel amor personal o en los tratos claros y honestos que realicemos en nuestra vida privada. En la obra Hamlet, de Shakespeare, Polonio da el siguiente consejo a su hijo: «Los amigos que escojas y cuya adop­ción hayas puesto a prueba, sujétalos a tu alma con garfios de acero» (William Shakespeare, Obras Completas, «Hamlet, príncipe de Dinamarca», Acto I, Escena III, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1982, pág. 242).

Tal y como preguntó Tomás: ¿cómo podemos saber el camino? (véase Juan 14:5). Lo descubriremos al ver más allá de nosotros mismos. Un buen amigo dijo: «Necesito que me recuerden los peligros de pensar sólo en mí mismo, de preocuparme en exceso de mí. En mi intento de protegerme a mí mismo, podría perder el sentido de la vida». Hay graves peligros en considerar con demasiada preocupación los deseos y necesidades personales, pudiendo éstos llegar a impedir la oportunidad de nacer de nuevo. No se puede dejar de lado la cuestión de este renacer espiritual. El apóstol Pablo dijo a los romanos: «Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz» (Romanos 8:6). Seguir leyendo

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Las mejores semillas

Las mejores semillas

Un empresario agricultor, de poco estudio, participaba todos los años de la principal feria de agricultura de su ciudad. Lo más extraordinario es que él siempre ganaba, año tras año, el trofeo: Maíz del Año.

Entraba con su maíz en la feria y salía con la faja azul recubriendo su pecho. Su maíz era cada vez mejor. En una ocasión de esas, un reportero de TV abordó al agricultor después de la tradicional colocación de la faja de campeón!. Él quedó muy intrigado con la revelación del agricultor, de como acostumbraba cultivar su calificado y valioso producto. El reportero descubrió que el agricultor compartía buena parte de las mejores semillas de su plantación de maíz con sus vecinos.

¿Cómo puede usted compartir sus mejores semillas con sus vecinos, cuando ellos están compitiendo directamente con usted?

El agricultor respondió: ¿Usted no sabe? Es simple!

El viento recoge el polen del maíz maduro y lo lleva de campo en campo. Si mis vecinos cultivaran maíz inferior al mío, la polinización degradaría continuamente la calidad de mi maíz. Si yo quiero cultivar maíz bueno, tengo que ayudarlos a cultivar el mejor maíz, cediendo a ellos las mejores semillas.

Para aprender:

Aquellos que escogen estar en paz, deben hacer que sus vecinos estén en paz.
Aquellos que quieren vivir bien, tienen que ayudar a los otros para que vivan bien.
Aquellos que quieren ser felices, tienen que ayudar a los otros a encontrar la felicidad, pues el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos.

¿Ahora entiendes que todos somos importantes unos para otros y que para vivir bien, dependemos unos de los otros?
Espero que también consigas ayudar a tus vecinos a cultivar cada vez más las mejores semillas, los mejores maíces y las mejores amistades.

Para tratar contigo mismo, usa la cabeza. Para tratar con los otros, usa el corazón.

Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice habitad y rogad por ella a Jehová, porque en su paz tendréis vosotros paz. (Jeremías 29:7)

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Debéis continuar ministrando

Liahona Octubre 1987

«Debéis continuar ministrando”

Por el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce

Recientemente, las Autoridades Generales han empleado la expresión “menos activos” para preferirse a aquellos hermanos a quienes debe­mos ayudar a participar más activamente en las acti­vidades y los programas de la Iglesia. Esta frase no lleva implícita ninguna censura y es más amable que el término anterior; es también más exacto. Los estu­dios que se han hecho indican claramente que mu­chos de esos hermanos tienen una enorme reserva de buena voluntad y de opiniones positivas con respecto a la Iglesia, y un sinnúmero de ellos están mucho más dispuestos de lo que pensamos a hablar del evangelio; incluso hay muchos que consideran temporarias sus circunstancias actuales y tienen toda la intención de volver a ser completamente activos. Un profesional amigo mío, después de prepararse durante algún tiempo para ese regreso, me dijo al abrazarnos en un cuarto de sellamiento: “¡Por fin!” Es que él ya sabía lo que significaba volver.

Los principios básicos son los mismos

No debe extrañarnos encontrar en nuestros estu­dios de los jóvenes de la Iglesia, del programa misio­nal, y últimamente, de los hermanos menos activos, que los principios básicos son los mismos: la impor­tancia de establecer relaciones basadas en la confian­za y el interés mutuos; la comprensión de que enseña­mos por el ejemplo; y la realidad de que muchos de nuestros éxitos tienen lugar en ambientes y situacio­nes naturales, en los cuales se tienen conversaciones sencillas, directas y llenas de amor.

El siguiente pasaje de las Escrituras es básico para mí; en él, el Jesús resucitado nos recuerda con fran­queza nuestras responsabilidades y nuestra perspecti­va limitada:

“No lo echaréis de vuestras sinagogas ni de vues­tros lugares donde adoráis, porque debéis continuar mi­nistrando por éstos; pues no sabéis si tal vez vuelvan, y se arrepientan, y vengan a mí con íntegro propósito de co­razón, y yo los sane; y vosotros seréis el medio de traer­les la salvación.” (3 Nefi 18: 32; cursiva agregada.)

No echarlos solamente es de por sí una forma ina­propiada de tratarlos, puesto que debemos también darles lugar en nuestro medio y hacerles formar parte de nosotros. Y siempre debemos “continuar minis­trando”, ya que, para algunos, seremos “el medio de traerles la salvación”. No es de extrañar, pues, que para este esfuerzo no se necesite un nuevo programa, sino un principio: el cumplimiento fundamental y regular del segundo y grande mandamiento.

Tenemos el profundo deseo de que estos herma­nos tomen parte en la Iglesia hoy para ayudar a moldear la Iglesia de mañana, y participen con nosotros de las bendiciones que se reciben por ello.

“Y aconteció que yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la Igle­sia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la su­perficie de la tierra; y tenían por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria.” (1 Nefi 14:14.)

Además, el recogimiento de que somos parte y el hecho de estar juntos traen bendiciones especiales:

“A fin de que el recogi­miento en la tierra de Sión y sus estacas sea por defensa y por refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra.” (D. y C. 115:6.)

Soledad en medio de la multitud

Por otra parte, a esas personas no les interesará mucho lo que sabemos a menos que sepan cuánto nos interesamos por ellas. Los que se sienten espiritual- mente solos necesitan confirmaciones especiales de nuestro interés, puesto que es posible sentir hambre frente a un banquete y sentirse solo en medio de una multitud, ¡aun en la Iglesia!

Un presidente de estaca, cansado de hablar de este problema —porque el hablar puede llegar a conver­tirse en un substituto del hacer—, puso un día fin a la reunión del sumo consejo y se fue con el líder del grupo de los sumos sacerdotes a visitar a un hermano menos activo. Mientras estaban allí hubo lágrimas y cuando llegó el momento de irse, el hermano había recibido un llamamiento.

¡Cuántas veces el ayudar a alguien depende de que se le conozca! Entre los miles de nuestros miembros cuya dirección se desconoce, ¿cuántos son personas que nunca llegamos realmente a conocer durante el proceso de la conversión o del hermanamiento?

Al tratar de ayudarlos, podemos decir con toda ve­racidad a estos buenos hermanos cuánto se les necesita en la Iglesia. Por ejemplo, actualmente la dirección de la Iglesia está en manos de un 13,5 por ciento del total de sus miembros, fracción que representa a los varones adultos que poseen el Sacerdocio de Melquisedec y son activos. Solamente un 30 por ciento de los bautismos de conversos que se efectúan es de va­rones adultos, y hasta un 75 por ciento de esa peque­ña porción ¡no recibe nunca el Sacerdocio de Melquisedec! En la misma forma, muchos de los jóvenes que se convierten tampoco llegan a recibirlo. Seguir leyendo

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Pagad a vuestros acreedores y vivid

Liahona Octubre 1987
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

«Pagad a vuestros acreedores y vivid»

Por el presidente Ezra Taft Benson

En el libro de Reyes leemos acerca de una mujer que acudió afligida a Eliseo, el profeta. Su es- ‘poso había muerto y ella tenía una deuda que no podía saldar. El acreedor había ido para quitarle a sus dos hijos y venderlos como esclavos.

Mediante un milagro, Eliseo le proporcionó una abundante cantidad de aceite y luego le dijo: “Ve y vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede”. (Véase 2 Reyes 4:1-7.)

“Paga a tus acreedores y. . . vivid.” ¡Cuánta sabiduría encierran estas palabras! ¡Cuán sabio con­sejo para nosotros en la actualidad!

Por boca de hombres sabios a través de las edades, una y otra vez encontramos esta gran exhortación en cuanto a la sabiduría de estar libres de deudas. En Hamlet, Shakespeare puso estas palabras en los labios de uno de sus personajes: “No pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar [frecuentemente] hace perder… el dinero y al amigo” (Acto 1, escena 3).

Otros han escrito:

“La pobreza es difícil, pero la deuda horrible.” (Charles Haddon Spurgeon).

“Pensad en lo que hacéis cuando os endeudáis; ce­déis a otra persona el derecho a que os domine.” (Benjamín Franklin).

Los principios de verdad nunca cambian

Es cierto que los tiempos han cambiado desde los días de Franklin, pero los principios de verdad y sabiduría nunca cambian. Nuestros inspirados líderes siempre nos han exhortado a que salgamos de deudas y que vivamos con lo que ganamos.

Nuestros antepasados pioneros nos dejaron un le­gado de autosuficiencia, de ahorro y de estar libres de deudas. Ciertamente nos aconsejarían en la actuali­dad: “Pagad a vuestros acreedores y vivid”.

Muchas personas, sintiéndose seguras al esperar un empleo continuo, así como la estabilidad de un suel­do o salario, firman contratos de compra y consignan su futuro salario sin pensar en lo que harían si perdie­sen su trabajo o si por alguna otra razón dejasen de recibir un sueldo.

Una de las preocupaciones aún mayores es el alza del materialismo comparado a la dedicación a los va­lores espirituales. Todos parecemos tener la tenden­cia a querer lo que tiene el vecino, aun si nuestro salario es más bajo. Es triste que muchas personas parezcan estar viviendo de esta manera.

A la larga, es mucho más fácil vivir con lo que ganamos y resistir la tentación de utilizar reservas fu­turas, excepto en casos de extrema necesidad, y nun­ca para lujos. No es justo, ni para nosotros, ni para nuestras comunidades, ser tan desjuiciados en nuestra manera de gastar que el día en que cesemos de recibir un sueldo tengamos que acudir a las agencias de ayu­da o a la Iglesia para recibir ayuda económica-

Comprad dentro de vuestras posibilidades económicas

Os exhorto solemnemente a que no os comprome­táis a pagar intereses que a menudo son exorbitante­mente altos. Ahorrad ahora y comprad después a pre­cios más convenientes. De esta forma os evitaréis al­tos intereses y otros pagos, y el dinero que ahorréis os proveerá la oportunidad de comprar más tarde a pre­cios más módicos por pagar al contado.

Si tenéis que endeudaros para afrontar las necesi­dades razonables de la vida, tales como una casa, os imploro, si valoráis vuestra solvencia y felicidad, comprad dentro de vuestras posibilidades económicas y haced uso prudente del crédito. Resistid la tenta­ción de comprar una propiedad mucho más lujosa o grande de lo que realmente necesitáis. El pago de intereses fácilmente se puede convertir en una tre­menda carga, especialmente cuando uno le añade los impuestos y los costos de reparación.

Cuando pienso en el establecimiento de mi propio hogar, estoy agradecido por una compañera que, aun­que se había criado con muchos de los lujos de la vida, estuvo dispuesta a empezar modestamente.

No os dejéis a vosotros o vuestra familia desprovis­tos de protección contra las tempestades económicas. Eliminad los lujos por ahora, cuando menos, hasta que tengáis unos ahorros. ¡Qué sabio es proveer para la educación futura de los hijos y para la vejez!

Clamad al Señor

Cuanto más reducido sea el ingreso familiar, más importante es que cada centavo se utilice prudentemente.

El gastar y ahorrar eficientemente le proporcionará a la familia más seguridad, más oportunida­des, más educación y un nivel de vida más alto. Siempre que sea posible, apresuremos el pago de las hipotecas y hagamos previsión para la educación, pa­ra las posibles épocas en que se reduzca el sueldo, así como cualquier emergencia que pudiese surgir.

La mayordomía, y no el consumo desmedido, es la relación adecuada del hombre con respecto a la ri­queza material.

Clamad al Señor para que os dé la fortaleza para dar oído a los oráculos de Dios. El profeta Amulek dijo:

“Clamad a él por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas. Clamad por los reba­ños de vuestros campos para que puedan aumentar.” (Alma 34:24-25.)

Permitidme agregar esto al consejo de Amulek: Clamad al Señor por vuestras deudas, a fin de que salgáis de ellas. Clamad a él para que os dé la fe para salir de vuestras deudas y para poder vivir dentro de vuestras posibilidades económicas. Sí, “Pagad a vuestros acreedores y vivid.”

Mis hermanos, sigamos el consejo de los líderes de la Iglesia. ¡Salgamos de deudas! Paguemos primera­mente nuestro diezmo, nuestras obligaciones a nues­tro Padre Celestial, y entonces podremos más fácil­mente pagar nuestras deudas a nuestro prójimo. Siga­mos el consejo del presidente Brigham Young, quien dijo: “Pagad vuestras deudas,… no volváis a endeu­daros nuevamente. . . Obrad con prontitud en todo, especialmente en pagar las deudas”. (Citado en “. . . Un reino que no será jamás destruido…. ”, Liahona, agosto de 1976, pág. 3.)

El presidente Joseph F. Smith agregó: “Si deseáis prosperar y ser. . . un pueblo libre, cumplid primera­mente con vuestras obligaciones justas con Dios, y en seguida. . . con vuestro prójimo.” (Doctrina del Evangelio, pág. 254.)

El presidente Heber J. Grant aconsejó: “El diezmo es una ley de Dios. . . Sed honrado con el Señor y prometo [a los Santos de los Últimos Días] que seréis bendecidos con paz, prosperidad y éxito económico”.

(Gospel Standards, recopilado por G. Homer Durham, Salt Lake City: Improvement Era, 1941, págs. 60-61.)

Hermanos y hermanas, nuestros corazones sienten paz y contentamiento cuando vivimos dentro de nuestros medios económicos. Dios nos conceda la sabiduría y la fe para dar oído al inspirado consejo del sacerdocio de salir de deudas y vivir con lo que tenemos; en una palabra, “pagad a vuestras acreedores y vivid”. □

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Batallones perdidos

Liahona Septiembre 1987

Batallones perdidos

Por el élder Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia


Hace largo tiempo estuve sobre un viejo puen­te que se extiende sobre el río Somme que sigue su constante pero sereno recorrido por el corazón de Francia. Estando allí, de pronto me di cuenta de que habían pasado cincuenta y dos años, basta ese entonces, desde que se había firmado en 1918 el Armisticio y llegado a su fin la Primera Gue­rra Mundial.

Miles de soldados habían cruzado aquel mismo puente durante la guerra, y muchos de ellos jamás habían vuelto de ella. En los campos de batalla yacían cruces limpias y blancas sobre las tumbas, co­mo inolvidable recuerdo de aquellos que habían muerto.

Recordé entonces que había leído la historia del “batallón perdido”, una unidad de la Septuagésima Séptima División de Infantería de la Primera Guerra Mundial. Durante una parte de la guerra, el batallón entero se vio rodeado por el enemigo; los alimentos y el agua habían empezado a escasear y no se podía evacuar a las víctimas. El tenaz batallón había resisti­do repetidos ataques, haciendo caso omiso de las pe­ticiones del enemigo de que se rindieran. Después de ese desesperado período de aislamiento total, otras unidades de la misma división avanzaron y ayudaron al “batallón perdido”.

Los reporteros indicaban que las fuerzas de relevo parecían estar resueltas a rescatar a sus camaradas, motivados por una cruzada de amor. Los guerreros estaban más prestos a ayudar voluntariamente, más dispuestos a luchar con denodado heroísmo y a morir con mayor valentía. En mi mente resaltó un frag­mento del inmortal sermón pronunciado en el Monte de los Olivos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13.)

El rescate de los “batallones perdidos”

Hoy ya casi han quedado en el olvido la historia del “batallón perdido” y el terrible precio que se pagó por su rescate, pero es mucho lo que podemos apren­der de ello. ¿Existen batallones perdidos en la actua­lidad—gente que se siente aislada de su prójimo? Si es así, ¿qué responsabilidad tenemos de rescatarlos?

Existen los “batallones perdidos” de aquellos que tienen impedimentos físicos, de los ancianos, las viu­das y los enfermos. Muy a menudo estas personas se encuentran en los desolados y abrasadores desiertos de la soledad. Cuando se desvanece la juventud, la salud se menoscaba; cuando disminuye el vigor y se va apagando la luz de la esperanza, los miembros de estos enormes “batallones perdidos” pueden recibir el apoyo y socorro de una mano amiga, de ese alguien que se preocupa por su prójimo.

Recuerdo a un joven muchacho que, a la edad de trece años, efectuó con éxito una labor de rescate con personas como éstas. El y varios de sus amigos vivían en un barrio donde residían muchas viudas de escasos recursos económicos, y del cual yo era el obis­po. Durante todo el año, los muchachos habían aho­rrado dinero y hecho planes para realizar una anima­da fiesta de Navidad. Pensaban únicamente en sí mismos, hasta el momento en que el espíritu navide­ño inspiró a Frank, el jovencito que los dirigía, a pensar también en otras personas. Él les sugirió a sus compañeros que en lugar de usar los fondos que habían ahorrado para esa gran fiesta, los utilizaran para el provecho de tres ancianitas que vivían juntas. Entonces todos acordaron cambiar sus planes.

Con el entusiasmo de una nueva aventura, los jó­venes compraron la gallina más grande que encontra­ron, patatas, verduras, fruta y todos los demás pro­ductos que acompañan un tradicional banquete navi­deño en los Estados Unidos de América. Se dirigie­ron a la casa de las viudas llevando consigo sus pre­ciados regalos. Llamaron a la puerta, escucharon aproximarse los delicados pasos y, con las voces de­sentonadas características de los niños de trece años, empezaron a cantar: “Noche de luz, noche de paz, reina ya gran solaz. . . ” Después hicieron entrega de sus regalos. Los ángeles de la gloriosa noche histórica que todos conocemos no pudieron haber cantado más espléndidamente, ni los reyes magos haber presenta­do regalos de mayor significado, que esos pequeños en esa ocasión.

El amor: un bálsamo milagroso

Existen por ahí también otros “batallones perdi­dos” integrados por padres e hijos quienes, a causa de un comentario descuidado, se han alejado el uno del otro. Permitidme contaros un incidente que ocurrió en la vida de un joven al que llamaremos Jack.

Durante su vida, Jack y su padre habían tenido muchas discusiones serias, hasta que un día, cuando el joven tenía diecisiete años de edad, tuvieron una violenta disputa en la cual él le dijo a su padre: “¡Hasta aquí llegó! ¡Me voy de la casa y no pienso volver jamás!” Y, acto seguido, se introdujo en la casa y empezó a empacar sus cosas. Su madre le rogó que se quedara, pero él estaba tan disgustado, que no podía escuchar, de modo que la dejó llorando frente a la puerta. Seguir leyendo

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El cuidado de los miembros menos activos

Liahona Septiembre 1987

El cuidado de los miembros menos activos

Por el élder Carlos E. Asay
Del Primer Quorum de los Setenta

Cualquiera que sea la razón por la que algunas personas se aparten de la Iglesia, sus almas son de un valor infinito. Son miembros vita­les del cuerpo de Cristo.

En su primera epístola a los corintios, Pablo com­paró el cuerpo de Cristo, o el de la Iglesia, con el cuerpo de un hombre. En la Iglesia como en el cuer­po humano, dijo, cada miembro es esencial. “Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito…” (1 Corintios 12:21). Cada miembro tiene algo para con­tribuir.

Luego Pablo mencionó en forma especial a los miembros “que parecen más débiles,” aquellos “que nos parecen menos dignos,” y aquellos que son “me­nos decorosos”. Estas partes, dijo, no deben ser me­nospreciadas, sino que todos los miembros deben re­cibir el mismo cuidado los unos de los otros.

Pocas palabras son tan conmovedoras como éstas: “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; No tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.” (Salmos 142:4.) ¿Hay miembros de la Iglesia que se consideren desconocidos o dejados de lado? ¿Hemos rechazado a aquellos cuyas vidas pare­cen menos que santificadas? Si lo hemos hecho, de­bemos buscar a esa gente, amarla y ayudarle a regre­sar a la Iglesia.

¿A quién buscaremos?

Al pensar en las personas a quienes debemos invi­tar a que regresen a la Iglesia, deberíamos considerar las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdi­da y del hijo pródigo. (Véase Lucas 15.)

La oveja perdida puede representar a la persona que se aleja del camino, cosa que quizás no haya he­cho intencionalmente. Simplemente sigue a la multi­tud y se convierte en parte de cualquier grupo que le demuestre el mayor interés. Generalmente, este tipo de persona responderá a nuestro amor, interés y her­mandad genuinos.

Quizás el Salvador utilizó la parábola de la moneda perdida para demostrar que un alma preciosa, como una pieza de plata, se puede perder debido a la negli­gencia de maestros o líderes. Si un maestro o líder ofende a alguien que está bajo su cuidado, deberá hacer todo lo posible para recobrar esa alma.

El hijo pródigo puede representar a aquellos que abiertamente se rebelan contra el cielo y el hogar; a menudo el hijo pródigo considera que sabe más que los mayores y desea ir por su propio camino. Quizás tropiece por el peligroso sendero de la juventud; tal vez los que estén cerca de él no entiendan la razón por la que se ha rebelado, pero el alma del hijo pródi­go es de gran valor y jamás se debe abandonar. La oración, las súplicas y el amor constantes pueden ayudarle a regresar. Seguir leyendo

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¿Qué estáis haciendo aquí?

Liahona Septiembre 1987

¿Qué estáis haciendo aquí?

por el élder John H. Groberg

No esperéis a estar en otro lugar o en otro tiempo. Tomad las riendas de vuestra vida ahora mismo y proseguid en una dirección positiva.
Nuestro Padre Celestial nos ha designado una misión específica a cada uno de nosotros para que la desempeñemos mientras vivamos en la tierra.

Permitídme empezar ha­ciéndoos algunas pregun­tas. ¿Cuál es vuestra mi­sión en la vida? ¿Qué espera Dios que logréis durante vuestra permanencia en esta tierra? ¿Lo estáis haciendo?

Para ayudarnos a contestar estas preguntas, ruego que el Espíritu del Señor impregne en nuestra alma la importancia de por lo menos tres verdades eter­nas:

  1. Dios, nuestro Padre Celes­tial, nos ha designado una mi­sión específica a cada uno de nosotros para que la desempe­ñemos mientras vivamos en la tierra.
  2. Podemos descubrir en esta vida cuál es esa misión.
  3. Con la ayuda del Señor, podemos cumplir con esa mi­sión y contar con la seguridad de que estamos haciendo lo que le complace a Él.

Comenzad desde donde estéis

Desde luego que no sentiréis esa comprensión y seguridad de la noche a la mañana. Dios os las dará línea sobre línea, de acuerdo con lo que resulte más provechoso para el progreso de su obra. Pero lo que sí os puedo asegurar es que os deberíais de esforzar, puesto que bien lo po­déis hacer, por saber que os en­contráis en el sendero correcto —ya sea que seáis adolescen­tes, estudiantes, misioneros, re­cién casados u os encontréis en cualquier otra etapa de vuestra vida.

Muchos de vosotros diréis: «¿Y cómo puedo estar seguro de cuál es mi misión y llamamiento en la vida?»

Lo primero y lo más funda­mental que debemos hacer es aprender acerca del Salvador y seguirlo, porque cuando lo ha­gáis, encontraréis la respuesta a todas vuestras preguntas. Os quisiera sugerir cinco pasos específicos para lograrlo:

  1. Haceos dignos de poseer honradamente una recomenda­ción para el templo, y conservaos en ese estado.
  2. Recibid vuestra bendición patriarcal y estudiadla a menu­do con detenimiento y fervorosa oración.
  3. Leed las Escrituras diaria­mente con actitud de oración.
  4. Orad con fervor por lo me­nos todas las noches y todas las mañanas.
  5. Empezad desde donde os encontréis en estos momentos y haced algo de provecho-formad una nueva amistad, aprended algo nuevo, cultivad algún ta­lento, leed un buen libro. No es­peréis recibir una gran revela­ción; no esperéis a que algo ex­terno os cambie, ni a estar en otro lugar o en otro tiempo. To­mad las riendas de vuestra vida ahora mismo y proseguid en una dirección positiva.

Tomad las riendas y proseguid

Algunas veces nos encontra­mos en situaciones en las que tenemos que tomar las riendas y proseguir, o no sucederá nada. Cuando hace treinta años lle­gué al campo misional, a Tonga (Islas de los Amigos, Polinesia), el presidente de la misión me dijo: «Sé cuál es el lugar preciso al que debo enviarlo. Se trata de una isla pequeña que queda a varios cientos de kilómetros de aquí; su circunferencia apenas llega a los doce kilómetros y en ella hay aproximadamente 700 habitantes. Nadie habla el mis­mo idioma que usted, pero quie­ro que vaya y que permanezca allí hasta que aprenda las char­las misionales y aprenda a hablar tongano.»

De manera que fui al lugar al que me enviaron y, para no de­cir más, tuvimos que-encarar muchísimos problemas. En cier­ta ocasión estuvimos a punto de morirnos de hambre literalmen­te, ya que un huracán había destruido el barco de provisio­nes. Pero, a pesar de todo, mi compañero y yo seguimos ade­lante.

Algunas veces cometimos errores; sin embargo, siempre que existió el peligro de que hiciéramos algo seriamente equi­vocado, el Señor nos lo advirtió y no lo hicimos. Os aseguro que sí os estáis esforzando por hacer lo correcto, el Señor os avisará si estáis empezando a hacer al­go equivocado. De modo que, ¡Estad prestos a escuchar! Sé que hubo otras cosas buenas que pudimos haber hecho, pero por lo menos nunca desistimos. Seguimos adelante; hicimos al­go, y eso era lo que contaba.

Cuando llegó la hora de par­tir de aquella pequeña isla, tre­ce meses después de estar allí, yo ya había aprendido a hablar el idioma tongano, y había aprendido mucho acerca de la vida. Pero lo más importante de todo fue que salí de allí sabien­do que Dios vive y que El posee todo conocimiento y todo poder, y que es literalmente el Padre de nuestros espíritus. Supe que Él nos ama a cada uno indivi­dualmente.

Supe también con certeza que Jesucristo es Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, una perso­na real, un verdadero amigo, alguien que dio la vida por no­sotros. Supe que gracias al Sal­vador, podemos tener la espe­ranza de una gloriosa resurrec­ción, y la oportunidad de llegar un día a comparecer limpios y puros ante nuestro Padre Celes­tial.

Yo sabía que Dios me había encomendado una misión; aun­que no sabía con exactitud en qué iba a consistir, sabía en dónde debía empezar. Sabía que tenía que acercarme más a Él, que tenía que mejorar y que conocía el camino que debía to­mar. Sabía que podía confiar en Él, y que El me haría saber lo demás que podría yo hacer pa­ra cumplir con mi misión en la vida. Nunca ha habido razón para sentirme decepcionado, ni tampoco la habrá para vosotros. Seguir leyendo

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La unidad conyugal a través de las escrituras

Liahona Septiembre 1987

La unidad conyugal a través de las escrituras

Por Spencer J. Condie

La mejor persona a quien acudir es el Señor, por medio de la oración y la lectura de las Escrituras

Todos los matrimonios ocasionalmente enfren­tan problemas y frustraciones, y a veces nos preguntamos dónde se puede obtener la sabiduría necesaria para mejorar. ¿Debemos acudir a un obispo, a un miembro de la familia, o quizás hasta un consejero matrimonial? Aun cuando a veces otras personas pueden ayudar, la mejor persona a quien acudir por ayuda en la solución de los problemas con­yugales es el Señor, por medio de la oración y la lectura de las Escrituras.

Las Escrituras son una fuente inmensa de consejo divino sobre el matrimonio, aun cuando a menudo no se recurre a ellas. A continuación se dan algunas ideas de las Escrituras que se pueden utilizar como guía para mantener una relación más armoniosa y satisfactoria en el matrimonio.

Llegar a ser uno

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24.) Este mandamiento se repite nueva­mente en la Perla de Gran Precio, tanto en Moisés (3:24) como en Abraham (5:18). ¿Qué significa?

La unidad física entre el esposo y la esposa, el crear vida humana, es una parte importante para llegar a ser una carne, pero hay otras formas en que los cón­yuges pueden llegar a ser uno en un sentido simbóli­co.

El apóstol Pablo dijo: “. . . el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. . .

“Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. . .

“para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.

“De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.” (1 Co­rintios 12:14, 21, 25-26.)

Aun cuando Pablo hacía referencia a la necesidad de unidad entre los miembros de la Iglesia, la unidad —emocional y espiritual, al igual que física— es una necesidad esencial para el matrimonio feliz, un matri­monio en el que ambas partes llegan a ser simbólicamente uno en todas las cosas. Seguir leyendo

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Un matrimonio libre de Manipulaciones

Liahona Agosto 1987

Un matrimonio libre de Manipulaciones

Por Larry K. Langlois

Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el empleo de la coerción.
En términos de un largo plazo, la coerción siempre fracaza. El amor, la fidelidad y la lealtad sólo se pueden desarrollar dentro de una atmófera de libertad

Hace algún tiempo se presentó en mi oficina un hombre que se encontraba sumido en la más terrible desesperación. Era robusto y de fuerte constitución pero lloró amargamente mientras me re­lataba su caso.

Se había casado en el templo hacía veinte años y siempre había creído tener un buen matrimonio. Por supuesto que él y su esposa tenían sus problemas, pe­ro me aseguró que los miembros de su barrio pensa­ban que ellos eran la pareja más feliz de todas. En­tonces, cierto día, su esposa empacó sus pertenencias y se marchó junto con los niños para entablar inme­diatamente el divorcio.

Aquel hombre estaba totalmente pasmado de que su esposa lo hubiera abandonado y en aquellos mo­mentos expresó también un grave resentimiento y enojo hacia ella. Era obvio que para él el comporta­miento de su esposa era completamente reprochable y diabólico, y tenía que ser sancionado a costa de cualquier cosa. El escucharlo hablar así ya de por sí era penoso, pero más incómodo fue el darme cuenta de que lo que él quería era que yo buscara alguna manera de obligar a su esposa a volver con él. No tuve más remedio que interrumpirlo y aclararle: “Yo no puedo obligar a su esposa a que regrese a su lado si ella está resuelta a no hacerlo”.

Ante aquella réplica, muy decepcionado me dijo: “Ya acudí a mi obispo y a mi presidente de estaca, pero ellos no han podido ayudarme. Me lo recomen­daron a usted como consejero matrimonial y por eso estoy aquí, y ahora usted me dice que no puede ayu­darme. ¿A quién debo recurrir entonces?”

Traté de ayudarlo a considerar alguna otra alterna­tiva que no fuera obligarla a volver, pero él miraba las cosas de una manera distinta. Para él, ella estaba equivocada y tenían que castigarla severamente y obligarla a actuar correctamente. La sola idea de bus­car otra solución lo irritaba en extremo. Por lo que sé- hasta el día de hoy, él nunca cambió y su matrimonio se disolvió.

 

El libre albedrío en contra de la coerción: una lucha eterna

La eterna lucha entre el libre albedrío y la coer­ción ha sido la razón de muchas disputas en los ma­trimonios. Pocos son los principios del evangelio que se explican con más claridad en las Escrituras que éste y, asimismo, de muy pocos se ha hablado más amplia y reconocidamente que de éste. No obstante, pocos son los que se abusan y malentienden al mismo grado que este principio.

En Moisés 4:1-4 se explica claramente que la rebe­lión en el cielo se originó precisamente por el con­flicto existente entre el libre albedrío y la coerción. Dios anunció un plan en el que el hombre haría uso de su libre albedrío, más Satanás quiso rivalizar pre­sentando con alarde otro plan diferente, diciendo: “Rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderá una sola alma”. En cambio Cristo apoyaba el plan de Dios, diciendo: “Hágase tu volun­tad”. De modo que se llevó a cabo una guerra, y Dios explicó el resultado de ella: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también, que le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigéni­to”.

Los matrimonios de muchos miembros fieles de la Iglesia que piensan que están viviendo los principios del evangelio se ven debilitados, dañados y destruidos a causa del uso incorrecto del libre albedrío y el em­pleo de la coerción, que viene a ser el mismo conflic­to por el cual se libró la batalla en el cielo.

Existen varias maneras en que la gente trata de imponer la voluntad propia sobre la del cónyuge. Cinco de ellas son las siguientes:

1: El uso de la fuerza física

El primero, y el más obvio, de los medios de coer­ción es la fuerza física para agredir. El Señor ha con­denado una y otra vez el mal uso de la fuerza física y la violencia. Por ejemplo, cuando los centuriones ro­manos llegaron a arrestar a Jesús antes de su crucifi­xión, uno de los seguidores del Salvador sacó su espa­da e hirió a uno de los soldados, cortándole la oreja. Jesús lo sanó inmediatamente y reprendió a su segui­dor, diciéndole: “Todos los que tomen espada, a es­pada perecerán” (Mateo 26:52).

Aun cuando Jesucristo censuró incesantemente la violencia, muchos que dicen ser cristianos tratan de justificarse en imponer su voluntad por medios agresi­vos a su cónyuge. Recuerdo a un hombre que se justi­ficaba de golpear a su esposa, arguyendo: “Nunca le pongo las manos, a menos que se lo merezca”. No fue sino hasta que juntos llegamos al acuerdo de que no la golpearía más, creyera él que ella se lo merecía o no, que pudimos proceder a resolver otros problemas de su relación.

En el matrimonio no hay lugar para la violencia —el uso de la fuerza física para imponer la voluntad propia a la del cónyuge. Esto debería ser obvio para las personas que tienen un testimonio del evangelio de Jesucristo; pero, aparentemente, muchas todavía necesitan aprenderlo.

2: El uso incorrecto de la autoridad del sacerdocio

Otra manera en que uno de los cónyuges, y en este caso específico el esposo, puede tratar de imponer su voluntad es de carácter más sutil y, por lo tanto, más difícil de corregir. Es cuando, valiéndose de la autori­dad del sacerdocio, o del tipo de llamamiento o car­go, u orden patriarcal que posea, pretende obligar a otros a hacer lo que él manda.

En las Escrituras, dicha práctica ha sido explícita y severamente condenada. Por ejemplo, en D. y C. 121:39 se declara: “Hemos aprendido, por funesta ex­periencia, que la naturaleza y disposición de casi to­dos los hombres, en cuanto reciben un poco de auto­ridad, como ellos suponen, es comenzar inmediata­mente a ejercer injusto dominio”.

El sacerdocio y el orden patriarcal pueden funcio­nar correctamente sólo donde existe una atmósfera de libre albedrío. En el versículo 46 de la misma sec­ción dice que si utilizamos apropiadamente la autori­dad, contaremos con la siguiente promesa: “Tu cetro [será] un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido, fluirá hacia ti para siempre jamás” (cursiva agregada).

Queda claro, entonces, que no debemos usar la au­toridad del sacerdocio como un instrumento de coer­ción. No obstante, algunos hermanos de la Iglesia insisten erróneamente en que esta autoridad les da el derecho de exigir a los miembros de su familia que les obedezcan sin objeción alguna.

Por otro lado, hay algunas hermanas de la Iglesia que se empecinan en obligar a sus maridos a magnifi­car sus llamamientos en el sacerdocio. No se dan cuenta de que están haciendo casi lo mismo que Lu­cifer pretendía hacer cuando se rebeló contra Dios: obligar la observancia de los principios de rectitud. El Señor siempre ha censurado el empleo de la coerción para conseguir fines justos.

3: Invocar una autoridad mayor

Otra de las formas en que muchos hacen uso de la coerción es valiéndose de una autoridad mayor. Utili­zan citas de las Escrituras y de autoridades eclesiásti­cas, o se valen de principios del evangelio para obli­gar a otros a obedecerles. Esta táctica de manipula­ción no debe confundirse con la expresión genuina de algún sentimiento religioso sincero, sino que debe reconocerse como el uso descarado de pasajes de las Escrituras o de los nombres o declaraciones de las autoridades de la Iglesia para obligar a otros a some­terse a su voluntad.

Hace algún tiempo conversaba en mi clínica con una pareja de miembros de la Iglesia. Ella parecía ser una persona muy dedicada a sus deberes religiosos; él asistía a las reuniones a intervalos moderados, mas no quería comprometerse a participar en nada. Como es­poso, era amoroso con su esposa e hijos y le daba a su familia la importancia que debía; no obstante, no poseía un testimonio genuino del evangelio y por lo tanto no tenía mayor interés en adoptar muchos otros elementos del estilo de vida de un Santo de los Últimos Días. Su angustiada esposa sentía que esa actitud apática hacia la participación en los progra­mas de la Iglesia constituía una amenaza directa con­tra su salvación eterna.

Por mucho tiempo ella había estado tratando de obligar a su esposo a cambiar, hasta que un día había decidido que ambos debían recurrir a un consejero matrimonial. En vista de que ella sabía que yo ade­más era un miembro fiel de la Iglesia, había supuesto que yo trataría de hacerlo cambiar. Conforme se de­sarrolló la sesión ella trató de que yo la ayudara a obligar a su esposo a cumplir con principios correc­tos, según el criterio de ella. Para ello, constante­mente citaba pasajes de las Escrituras y declaraciones de autoridades de la Iglesia, así como principios del evangelio. Sin embargo, yo evitaba el tratar de obli­garlo.

En cierto momento yo cité los versículos de la sec­ción 121 mencionados anteriormente, para insinuar­le a ella que el tratar de forzar a su esposo a cumplir con las normas de la Iglesia no era apropiado. En esos momentos, y con una mirada seria, el preguntó: Seguir leyendo

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El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Liahona Mayo 1987

El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Por Bruce R. McConkie

Jesús nació, al igual que nosotros; creció como nosotros; aprendió a gatear, a caminar, a leer y a escribir, a trabajar y a jugar, tal como nosotros.
El Salvador es nuestro ejemplo y amigo. Sí aprendemos a vivir como El lo hizo, tendremos el privilegio de ir a su presencia y vivir con El para siempre.

Habia una vez un joven en Palestina—un joven fuerte, vibrante e inteligente— cuyo destino fue, en la flor de su vida, morir en una cruz romana, crucificado por los pecados del mundo.

Lo conocemos como el Hijo de Dios, la única persona perfecta que jamás existió, y nos maravillamos de los milagros que efectuó, las verdades que emanaron de sus labios y el poder y la sabiduría que manifestó en los días de su ministerio.

¿Y con respecto a sus años de preparación? ¿Era como otros jóvenes judíos, sujeto al dolor, la aflicción y las enfermedades y a todas las desgracias de la carne?

¿Os habéis preguntado alguna vez: -dónde y bajo qué circunstancias nació Jesús?

—¿Qué hizo en su niñez, cuando fue un jovencito judío y un hombre preparándose para comenzar su ministerio?

—¿Fue como todos los demás jóvenes de Galilea, Judea y Perea, o vivió un tipo de vida aislada y santificada?

—¿Quiénes eran sus amigos y qué clase de asociación tenían entre ellos?

Puedo deciros muchas cosas acerca de Jesús y su vida que generalmente se desconocen, cosas que no se encuentran en las Escrituras, pero que emanan de ciertas verdades que sí se hallan en ellas. Al aplicar estos principios a las circunstancias sociales y culturales en la Palestina de aquella época, podemos darnos un idea razonablemente clara de cómo eran las cosas.

Antes de volver nuestra atención a cómo era el Señor, fijémonos, en forma cuidadosa y reflexiva, endos cosas que Pablo escribió: Jesús, dijo,

“se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8).

Además: “En los días de su carne, [ofreció] ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas …Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:7-8).

Ahora, permitid que vuestras mentes se remonten a Palestina en los días de ese inicuo y desdichado Herodes. Fue entonces cuando Augusto César mandó tomar un censo para imponer impuestos. Herodes, para honrar a sus subditos judíos, les permitió reunirse en sus tierras natales, para que allí se contaran junto con sus familiares.

Por esa razón, José y María, ambos de la casa de David, viajaron los 129 kilómetros desde Nazaret a Belén, la Ciudad de David. María estaba a punto de dar a luz. La jornada, así como la de sus amigos y familiares, fue lenta; probablemente utilizaron asnos para llevar sus alimentos y enseres, y acamparon en los lugares acostumbrados de todas las caravanas de esos días.

Estas postas eran sitios cuadrados o rectangulares en los que se encontraba un patio para los animales, y en una plataforma más alta, rodeando el patio, una serie de habitaciones con puertas que se abrían hacia el centro. A cada uno de esos cuartos se le llamaba Katalyma, y en ellos los fatigados viajeros hacían sus camas con tapetes o frazadas que colocaban en el piso de tierra. Las bestias de carga se dejaban en el patio. Siempre había algún manantial cercano para abastecerlos de agua, y cuando las postas quedaban cerca de una ciudad o aldea, como en el caso de Belén, alguna persona emprendedora, por unos pocos centavos, vendía forraje para los animales y algunas verduras para los viajeros. Las comidas se preparaban en una fogata al aire libre y siempre prevalecía entre ellos un espíritu de hospitalidad, cooperación y camaradería. Seguir leyendo

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Crean, obedezcan, perseveren

Conferencia General Abril 2012
Crean, obedezcan, perseveren
Por el presidente Thomas S. Monson

Crean que el permanecer firmes y fieles a las verdades del Evangelio es de fundamental importancia. ¡Yo les testifico que lo es!

Mis queridas jóvenes hermanas, la responsabilidad de hablarles me hace sentir humilde; ruego la ayuda divina para estar a la altura de esta oportunidad.

Hace sólo unos 20 años ustedes aún no habían comenzado su jornada en la mortalidad; todavía se encontraban en su hogar celestial. Allí estaban entre personas que las amaban y se preocupaban por su bienestar eterno. Con el tiempo, la vida sobre la tierra llegó a ser esencial para su progreso. Sin duda hubo palabras de despedida y expresiones de confianza; obtuvieron un cuerpo y se convirtieron en seres mortales, separados de la presencia de su Padre Celestial.

No obstante, una bienvenida llena de gozo las esperaba en la tierra. Esos primeros años fueron años preciados y especiales. Satanás no tenía poder para tentarlas pues ustedes todavía no eran responsables. Eran inocentes ante Dios.

Muy pronto llegaron a esa etapa que algunos han catalogado como “la terrible adolescencia”. Yo prefiero llamarla “la fantástica adolescencia”. Qué época de oportunidades, un período de crecimiento, un semestre de desarrollo, caracterizado por la adquisición de conocimiento y la búsqueda de la verdad.

Nadie ha descrito la adolescencia como una etapa fácil. Con frecuencia son años de inseguridad, de sentir que no son suficientemente buenas, de buscar su lugar entre sus compañeras, de tratar de sentirse integradas. Ésta es una época en la que son cada vez más independientes y tal vez deseen más libertad de la que sus padres quieran darles en este momento. También son años importantes en los que Satanás las tentará y hará cuanto pueda para alejarlas del camino que las conduce de regreso al hogar celestial del que vinieron, a sus seres queridos que están allí y a su Padre Celestial.

El mundo que las rodea no está provisto para proporcionarles la ayuda que precisan a fin de realizar este viaje que a menudo es peligroso. Tantas personas de la sociedad actual parecen haberse desprendido de las anclas de seguridad y estar a la deriva, alejados de los puertos de paz.

La indulgencia, la inmoralidad, la pornografía, las drogas, la presión social —todas éstas y más— hacen que muchas personas vayan a la deriva en un mar de pecado y se estrellen contra los afilados arrecifes de las oportunidades perdidas, las bendiciones desperdiciadas y los sueños destrozados.

¿Hay un camino hacia la seguridad? ¿Se puede escapar la amenazante destrucción? ¡La respuesta es un rotundo sí! Les aconsejo que dirijan la vista al faro del Señor. Lo he dicho antes y lo diré otra vez: no existe niebla tan densa, noche tan oscura, viento tan intenso ni marinero tan perdido que el faro del Señor no pueda rescatar. Nos indica el camino a través de las tormentas de la vida. Nos dice: “Por aquí vas a salvo. Por aquí llegas a casa”. Emite señales de luz que se ven fácilmente y nunca se extinguen. Si se siguen, esas señales las guiarán de regreso a su hogar celestial.

Esta noche deseo hablarles sobre tres señales esenciales que emanan del faro del Señor que las ayudarán a volver a ese Padre que espera ansiosamente su regreso triunfante. Esas tres señales son: crean, obedezcan y perseveren.

Primero, menciono una señal que es básica y esencial: crean. Crean que son hijas del Padre Celestial, que Él las ama y que están aquí con un propósito glorioso: ganar su salvación eterna. Crean que el permanecer firmes y fieles a las verdades del Evangelio es de fundamental importancia. ¡Yo les testifico que lo es!

Mis jóvenes amigas, crean las palabras que repiten cada semana al recitar el lema de las Mujeres Jóvenes. Piensen en el significado de esas palabras; expresan la verdad. Esfuércense siempre por vivir según los valores que indica. Crean, como lo dice el lema, que si aceptan esos valores y actúan de acuerdo con ellos estarán preparadas para fortalecer su hogar y a su familia, para hacer y guardar convenios sagrados, para recibir las ordenanzas del templo y, al final, gozar de las bendiciones de la exaltación. Éstas son hermosas verdades del Evangelio, y al seguirlas, serán más felices en esta vida y en la venidera de lo que serán si las ignoran.

A la mayoría de ustedes se les enseñaron los principios del Evangelio desde que eran niñas. Se los enseñaron padres y maestros amorosos. Las verdades que les enseñaron las ayudaron a obtener un testimonio; creyeron lo que se les enseñó. Si bien ese testimonio puede seguir alimentándose espiritualmente y creciendo a medida que estudien, que oren para recibir dirección y que asistan a las reuniones de la Iglesia todas las semanas, depende de ustedes el que ese testimonio se mantenga vivo. Satanás tratará de destruirlo con todas sus fuerzas. Tendrán que alimentarlo durante toda su vida. Al igual que la llama de un fuego que arde intensamente, el testimonio de ustedes, si no se alimenta constantemente, se irá apagando hasta ser brasas, y luego se enfriará por completo. No deben dejar que eso suceda.

Además de asistir a sus reuniones dominicales y a las actividades semanales, cuando tengan la ocasión de participar en seminario, ya sea en clases matutinas o supervisado, aprovechen esa oportunidad. Muchas de ustedes ya están haciéndolo ahora. Como todas las cosas de la vida, el beneficio que obtendrán de su experiencia en seminario dependerá de su actitud y de su buena disposición a que les enseñen. Ruego que su actitud sea una de humildad y deseo de aprender. Qué agradecido estoy por la oportunidad que tuve cuando era jovencito de asistir a seminario matutino, ya que jugó un papel vital en el desarrollo de mi testimonio. Seminario puede cambiar vidas.

Hace unos años era parte de una comisión directiva junto con un buen hombre que había tenido mucho éxito en la vida. Su integridad y su lealtad a la Iglesia me impresionaron. Supe que había obtenido un testimonio y se había unido a la Iglesia gracias a seminario. Cuando se casó, su esposa había sido miembro de la Iglesia toda la vida; él no pertenecía a ninguna iglesia. A través de los años, y a pesar de los esfuerzos de ella, no mostró interés por asistir a la Iglesia con su esposa y sus hijos. Entonces comenzó a llevar a dos de sus hijas a seminario matutino; se quedaba en el auto mientras ellas participaban de la clase y después las llevaba a la escuela. Un día llovía y una de sus hijas le dijo: “Ven adentro papá; puedes sentarte en el pasillo”. Él aceptó la invitación. La puerta de la clase permanecía abierta y él comenzó a escuchar. Su corazón fue conmovido. El resto del año escolar asistió a seminario con sus hijas, lo cual, con el tiempo, llevó a que se uniera a la Iglesia y fuese activo toda la vida. Permitan que seminario edifique y fortalezca sus testimonios.

Habrá veces en que afrontarán desafíos que puedan poner en peligro su testimonio; o lo descuidarán al dedicarse a otros intereses. Les ruego que lo mantengan fuerte. Es la responsabilidad de ustedes, y sólo de ustedes, la de mantener la llama ardiendo intensamente. Se requiere un esfuerzo, pero es un esfuerzo del cual nunca se lamentarán. Me viene a la memoria la letra de una canción que escribió Julie de Azevedo Hanks. En cuanto a su testimonio ella escribió:

A través de los cambiantes vientos,
envuelta en las nubes de dolor,
con mi vida la protejo.
Necesito la luz, necesito el calor.
Aun cuando la tormenta ruja
y esté de pie en medio de la fuerte lluvia,
sigo siendo
Guardiana de la llama1.

Es mi deseo que crean y que puedan mantener la llama de su testimonio vivamente encendida, suceda lo que suceda en sus vidas. Seguir leyendo

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¡Ahora es el tiempo de levantarse y brillar!

Conferencia General Abril 2012
¡Ahora es el tiempo de levantarse y brillar!
Por Elaine S. Dalton
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Como hijas de Dios, nacieron para liderar.

Desde mi ventana, en la oficina de las Mujeres Jóvenes, tengo una vista espectacular del Templo de Salt Lake. Todos los días veo al ángel Moroni en lo alto del templo como un brillante símbolo no sólo de su propia fe, sino de la nuestra. Me encanta Moroni, porque en una sociedad deteriorada él permaneció puro y leal. Él es mi héroe; permaneció firme él solo. Siento que, de alguna manera, se encuentra en lo alto del templo hoy llamándonos a tener valor, a que recordemos quiénes somos y a que seamos dignas de entrar en el santo templo, a “…[levantarnos y brillar]”1 y permanecer por encima del clamor del mundo, y a que, como profetizó Isaías, “…[vengamos]… al monte de Jehová”2, el santo templo.

Hoy están reunidas las hijas escogidas del Señor. No hay ningún grupo más influyente que defienda la verdad y la rectitud en todo el mundo que las mujeres jóvenes y las mujeres de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Veo la nobleza de ustedes y conozco su identidad y destino divinos. Se distinguieron en la vida premortal; su linaje conlleva convenios y promesas, y han heredado los atributos espirituales de los fieles patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Un profeta de Dios se refirió una vez a cada una de ustedes reunidas esta noche como “la esperanza radiante”3 del futuro, ¡y estoy de acuerdo! En un mundo con grandes desafíos, la luz de ustedes brilla intensamente. De hecho, estos son “días inolvidables”4. Éstos son sus días, y ahora es el tiempo para que las mujeres jóvenes de todas partes se “…[levanten y brillen], para que [su] luz sea un estandarte a las naciones”5.

“Una norma es una medida mediante la cual se determina la exactitud o la perfección”6. ¡Debemos ser una norma de santidad para que el mundo entero lo vea! La nueva versión del librito Para la Fortaleza de la Juventud contiene no sólo las normas que deben vivir con exactitud, sino las bendiciones prometidas si así lo hacen. Las palabras que se encuentran en este importante librito son normas para el mundo, y vivir estas normas les permitirá saber qué hacer para llegar a ser más como el Salvador y ser felices en un mundo cada vez más oscuro. Vivir las normas de este librito las ayudará a ser merecedoras de la compañía constante del Espíritu Santo; en el mundo que viven, necesitarán esa compañía para tomar decisiones cruciales que determinarán su éxito y felicidad futuros. Vivir esas normas las ayudará a ser merecedoras de entrar en los santos templos del Señor y recibir allí las bendiciones y el poder que las esperan al hacer y guardar convenios sagrados7.

Cuando nuestra hija Emi era una niña pequeña, le gustaba observar todo lo que yo hacía mientras me alistaba para ir a la Iglesia. Después de observar mi rutina, se peinaba el cabello, se ponía su vestido y, finalmente, siempre me pedía que le pusiera un poco de “brillo”. El “brillo” al que se refería era una crema espesa y pegajosa que usaba para prevenir las arrugas; al pedírmelo, yo se lo ponía en las mejillas y en los labios; ella entonces sonreía y decía: “¡Ahora si estamos listas!”. Sin embargo, Emi no se daba cuenta de que ella ya llevaba consigo su “brillo”. Su rostro brillaba porque era tan pura, inocente y buena. Ella tenía la compañía del Espíritu y se notaba.

Desearía que cada mujer joven reunida aquí esta noche entendiera y supiera que su belleza, su “brillo”, no radica en el maquillaje, en las cremas pegajosas ni en la ropa ni en los peinados de moda, sino que yace en su pureza personal. Cuando viven las normas y son merecedoras de la compañía constante del Espíritu Santo, pueden ejercer un impacto poderoso en el mundo. Su ejemplo, aun la luz que emana de sus ojos, influirá en los demás que vean ese “brillo” y querrán ser como ustedes. ¿Dónde consiguen esa luz? El Señor es la luz, “…y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu”8. Una luz divina aparece en nuestros ojos y en nuestros semblantes cuando nos acercamos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo. ¡Es de esa manera que obtenemos nuestro “brillo”! Además, como todas podrán ver, ¡de todos modos la crema realmente no funcionó para mis arrugas!

El llamado para “levantarse y brillar” es un llamado a cada una de ustedes para guiar al mundo en una poderosa causa, para elevar las normas y conducir a esta generación a la virtud, a la pureza y a ser digna de entrar en el templo. Si desean marcar una diferencia en el mundo, deben ser diferentes del mundo. Repito las palabras de Joseph F. Smith, que dijo a las mujeres de su época: “No corresponde que ustedes sean guiadas por las mujeres [jóvenes] del mundo; ustedes deben guiar… a las mujeres [jóvenes] del mundo, en todo lo que sea… purificador para los hijos de los hombres”9. Estas palabras siguen siendo verdaderas hoy en día. Como hijas de Dios, nacieron para liderar.

En el mundo en que vivimos, su habilidad de liderar requerirá la guía y la compañía constante del Espíritu Santo, que les dirá “todas las cosas que debéis hacer”10 al reconocer y confiar en Su guía e impresiones; y dado que el Espíritu Santo no habita en templos impuros, cada una de nosotras tendrá que analizar sus hábitos y su corazón. Todas tendremos que cambiar algo; es decir, arrepentirnos. El padre del Rey Lamoni dijo en el Libro de Mormón: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte”11. ¿Estamos dispuestas, ustedes y yo, a hacer lo mismo?

Un grupo de jóvenes de Queen Creek, Arizona, decidió “levantarse y brillar” y guiar a los jóvenes de su comunidad al vivir las normas de Para la Fortaleza de la Juventud. Cada uno escribió en su diario personal algo que a su parecer lo estaba deteniendo o algo que quería cambiar en su vida y, literalmente, todos cavaron un hoyo; entonces, se reunieron y arrancaron la página del diario y la tiraron al hoyo que habían hecho en la tierra, de la misma manera que el pueblo de Ammón lo hizo en el Libro de Mormón con sus armas de guerra12. Luego enterraron esas páginas y ese día hicieron un compromiso de cambiar. Se arrepintieron; ¡decidieron levantarse! Seguir leyendo

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