Al reunirnos otra vez

Conferencia General Abril 2012
Al reunirnos otra vez
Por el presidente Thomas S. Monson

Nuestro Padre Celestial tiene presente a cada uno de nosotros y nuestras necesidades. Que seamos llenos de Su Espíritu al participar de esta conferencia.

Mis queridos hermanos y hermanas, al reunirnos otra vez en una conferencia general de la Iglesia, les doy la bienvenida y les expreso mi amor. Nos reunimos cada seis meses para fortalecernos unos a otros, para dar ánimo, para proporcionar consuelo, para fortalecer la fe. Estamos aquí para aprender. Algunos de ustedes tal vez busquen respuesta a preguntas o desafíos por los que estén pasando en la vida. Algunos sufren a causa de la desilusión o de pérdidas. Cada uno puede ser iluminado y recibir ánimo y consuelo al sentir el Espíritu del Señor.

Si hubiese cambios que efectuar en su vida, ruego que encuentren el incentivo y el valor para hacerlo al escuchar las palabras inspiradas que se expresarán. Que cada uno de nosotros vuelva a decidir vivir de manera tal que seamos dignos hijos de nuestro Padre Celestial. Que sigamos oponiéndonos al mal dondequiera que se encuentre.

Qué bendecidos somos por haber venido a la tierra en una época como ésta, una época maravillosa en la larga historia del mundo. No podemos estar todos bajo un mismo techo, pero ahora tenemos la capacidad de participar de esta conferencia a través de la maravilla de las transmisiones por televisión, radio, cable, satélite e internet, incluso en los dispositivos móviles. Nos congregamos unificados; hablamos diferentes idiomas, vivimos en muchos países, pero todos tenemos una fe, una doctrina y un propósito.

Desde nuestros pequeños comienzos hace 182 años, nuestra presencia ahora se siente en todo el mundo. Esta gran obra en la que participamos seguirá adelante, cambiando y bendiciendo vidas al hacerlo. Ninguna causa ni fuerza en el mundo entero puede detener la obra de Dios. A pesar de lo que venga, esta gran causa seguirá adelante. Recordarán las palabras proféticas del profeta José Smith: “Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”1.

Hay muchas cosas difíciles y desafiantes en el mundo hoy día, mis hermanos y hermanas; pero también hay mucho que es bueno y ennoblecedor. Como declaramos en el decimotercer artículo de fe: “Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos”; que siempre continuemos haciéndolo.

Les agradezco su fe y devoción al Evangelio. Les doy las gracias por el amor y cuidado que se brindan los unos a los otros. Les agradezco el servicio que dan en sus barrios y ramas, y en sus estacas y distritos. Es ese servicio el que permite al Señor lograr muchos de Sus propósitos aquí sobre la tierra.

Expreso mi agradecimiento por la bondad con la que me tratan dondequiera que voy. Les agradezco sus oraciones a mi favor. He sentido esas oraciones y estoy muy agradecido por ellas.

Ahora, mis hermanos y hermanas, hemos venido a que se nos instruya y se nos inspire. Se ofrecerán muchos mensajes en los próximos dos días. Les aseguro que los hombres y mujeres que les hablarán han buscado la ayuda y la guía del cielo al preparar sus mensajes. Han sido inspirados en cuanto a lo que compartirán con nosotros.

Nuestro Padre Celestial tiene presente a cada uno de nosotros y nuestras necesidades. Que seamos llenos de Su Espíritu al participar de esta conferencia; ése es mi ruego sincero. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 473.

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Un testimonio viviente

Conferencia General Abril 2011
Un testimonio viviente
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El testimonio requiere ser nutrido por la oración de fe, tener hambre de la palabra de Dios que está en las Escrituras y obedecer la verdad.

Mis queridas jóvenes hermanas, ustedes son la esperanza radiante de la Iglesia del Señor. Mi propósito de esta noche es ayudarlas a creer que eso es así. Si esa creencia puede convertirse en un profundo testimonio de Dios, determinará sus decisiones diarias y constantes. Y después de lo que aparenten ser decisiones pequeñas, el Señor las conducirá a la felicidad que ustedes quieran. Mediante sus decisiones, Él podrá bendecir a un sinnúmero de otras personas.

La decisión de estar con nosotros esta noche es un ejemplo de las decisiones que importan. Se invitó a más de un millón de mujeres jóvenes, madres y líderes. De todas las cosas que podrían haber elegido hacer, han decidido estar con nosotros. Hicieron eso debido a sus creencias.

Ustedes son creyentes en el evangelio de Jesucristo; creen lo suficiente para venir aquí a escuchar a Sus siervos y tener la fe suficiente para esperar que algo de lo que escucharán o sientan las motive hacia una vida mejor. Sintieron en su corazón que seguir a Jesucristo era la manera de tener una felicidad mayor.

Ahora bien, tal vez no reconozcan eso como una decisión consciente de importancia alguna. Quizás se sintieron inclinadas a estar con nosotros debido a los amigos o la familia. Tal vez sencillamente respondieron a la bondad de alguien que las haya invitado a venir; pero incluso sin haberlo notado, sintieron, por lo menos, un eco, apenas perceptible, de la invitación del Salvador: “Ven, sígueme”1.

En la hora que hemos estado juntos, el Señor ha profundizado la creencia de ustedes en Él y ha fortalecido el testimonio de ustedes. Han escuchado más que palabras y música; han sentido el testimonio del Espíritu en el corazón de ustedes de que hay profetas vivientes sobre la tierra en la Iglesia verdadera del Señor y que el sendero hacia la felicidad se halla dentro de Su reino. Su testimonio de que ésta es la única Iglesia verdadera y viviente en la tierra hoy en día ha crecido.

Ahora bien, no todos sentimos exactamente las mismas cosas. Para algunos el testimonio del Espíritu fue que Thomas S. Monson es un profeta de Dios. Para otras personas fue que la honradez, la virtud y el hacer bien a todos los hombres son realmente atributos del Salvador. Y con ello vino un deseo más grande de ser como Él.

Todas ustedes tienen el deseo de que se fortalezca su testimonio del evangelio de Jesucristo. El presidente Brigham Young pudo notar sus necesidades hace muchos años. Él era un profeta de Dios y con una visión profética, hace 142 años, las vio a ustedes y vio sus necesidades; él era un padre amoroso y un profeta viviente.

Él podía ver la influencia que el mundo ejercía en sus propias hijas; vio que esas influencias del mundo las estaban apartando del sendero del Señor que conduce a la felicidad. En su día, esas influencias las traía, en parte, el ferrocarril intercontinental que conectaba a los santos que estaban aislados y protegidos del mundo.

Quizás él no haya visto las maravillas tecnológicas de hoy, donde con un dispositivo que tengan en la mano pueden elegir conectarse a innumerables ideas y pueblos de la tierra; pero vio el valor que tendría para sus hijas y para ustedes tomar decisiones basadas en un testimonio poderoso de un Dios viviente y amoroso, y de Su plan de felicidad.

Aquí está su consejo profético e inspirado de siempre para sus hijas y para ustedes.

Se encuentra en el corazón de mi mensaje de esta noche; lo dijo en una habitación de su hogar, a menos de una milla de donde este mensaje se dirige a las hijas de Dios en las naciones del mundo: “Existe la necesidad para las jóvenes hijas de Israel de obtener un testimonio viviente de la verdad”2.

Entonces, creó una asociación de mujeres jóvenes que ha llegado a ser lo que llamamos las “Mujeres Jóvenes”, en la Iglesia del Señor. Esta noche, ustedes han sentido algo del resultado maravilloso de esa elección hecha en esa reunión, ese domingo por la tarde en la sala de la casa de él.

Más de cien años después, las hijas de Israel por el mundo tienen ese deseo de tener un testimonio viviente de la verdad por sí mismas. Ahora bien, por el resto de su vida necesitarán ese testimonio viviente que crece para fortalecerlas y conducirlas hacia el sendero de la vida eterna. Y con él, llegarán a ser las transmisoras de la Luz de Cristo para sus hermanos y hermanas por el mundo, y por generaciones.

Ustedes saben por su propia experiencia lo que es un testimonio. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que un testimonio “es un conocimiento convincente dado por revelación a [una persona] que busca humildemente la verdad”. Él dijo del testimonio y del Espíritu Santo, que trae esa revelación: “Su poder convincente es tan grande que no existe duda en la mente cuando ha hablado el Espíritu. Es la única manera de que una persona sepa verdaderamente que Jesús es el Cristo y que el Evangelio es verdadero”3.

Ustedes han sentido esa inspiración por ustedes mismas. Quizás haya sido para confirmar una parte del Evangelio, como lo ha sido para mí esta noche. Cuando escuché las palabras del décimo artículo de fe sobre ser “honrados, verídicos, castos, benevolentes” para mí fue como si el Señor mismo las hubiera dicho. Sentí una vez más que esos son Sus atributos. Sentí que José Smith era Su profeta; por lo tanto, para mí no fueron meramente palabras.

En mi mente, vi las polvorientas calles de Judea y del jardín de Getsemaní. En mi corazón sentí por lo menos algo de lo que hubiera sido arrodillarse como José lo hizo ante el Padre y el Hijo en una arboleda de Nueva York. No pude ver en mi mente una luz más brillante que el sol del mediodía como él, pero pude sentir el calor y la maravilla de un testimonio.

El testimonio les llegará en porciones como partes confirmadas de la verdad total del evangelio de Jesucristo. Por ejemplo, al leer el Libro de Mormón y meditar en él, los versículos que hayan leído antes aparecerán como nuevos para ustedes y darán nuevas ideas; su testimonio crecerá en amplitud y profundidad con la confirmación del Espíritu Santo de que son verdaderas. Su testimonio viviente se expandirá si estudian, oran y meditan en las Escrituras.

Para mí, la mejor descripción de cómo ganar y practicar un testimonio viviente ya se ha mencionado; está en el capítulo 32 de Alma, en el Libro de Mormón. Tal vez lo hayan leído muchas veces. Yo encuentro en él una nueva luz cada vez que lo leo. Revisemos una vez más esta noche la lección que enseña. Seguir leyendo

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Guardianas de la virtud

Conferencia General Abril 2011
Guardianas de la virtud
Por Elaine S. Dalton
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Prepárense ahora para ser merecedoras de recibir todas las bendiciones que les esperan en los santos templos del Señor.

Hay veces que no se puede expresar con palabras lo que sentimos. Ruego que el Espíritu testifique a sus corazones en cuanto a la identidad divina y la responsabilidad eterna que poseen. Ustedes son la esperanza de Israel; son hijas electas y majestuosas de nuestro amoroso Padre Celestial.

El mes pasado tuve la oportunidad de asistir al matrimonio en el templo de una jovencita que conozco desde que nació. Al sentarme en la sala de sellamientos y mirar la hermosa lámpara de cristal que brillaba con la luz del templo, recordé cuando la sostuve en mis brazos por primera vez. Su madre le había puesto un vestidito blanco, me pareció que era una de las bebés más hermosas que había visto. Entonces la jovencita entró por la puerta otra vez vestida de blanco; estaba radiante y feliz. Cuando entró, deseé con todo mi corazón que toda joven imaginara ese momento y se esforzara para siempre ser digna de hacer y guardar convenios sagrados, y de recibir las ordenanzas del templo en preparación para disfrutar de las bendiciones de la exaltación.

Al arrodillarse frente al sagrado altar, esa pareja recibió promesas más allá de la comprensión mortal que los bendecirán, fortalecerán y ayudarán en su jornada terrenal. Fue uno de esos momentos en que el mundo se detuvo y los cielos se regocijaron. Cuando la pareja recién casada miró los grandes espejos de la sala, se le preguntó al novio qué era lo que veía. Él dijo: “A todos los que vivieron antes de mí”. Entonces la pareja miró el espejo de la pared opuesta y la novia dijo con lágrimas en los ojos: “Yo veo a todos los que vendrán después de nosotros”; ella vio a su futura familia —su posteridad. Sé que ella comprendió una vez más, en ese momento, cuán importante es creer en ser castas y virtuosas. No hay vista más hermosa que la de una pareja debidamente preparada, de rodillas frente al altar del templo.

Sus años en las Mujeres Jóvenes las prepararán para el templo. Allí recibirán las bendiciones a las que tienen derecho en calidad de preciadas hijas de Dios. Su Padre Celestial las ama y desea que sean felices. La manera de lograrlo es “anda[r] por las sendas de la virtud”1 y “[adherirse] a los convenios que [han] hecho”2.

Jovencitas, en un mundo donde la corrupción moral, la tolerancia al mal, la explotación de la mujer y la distorsión de los roles van en aumento, deben resguardarse a ustedes mismas, a su familia y a todos aquellos con quienes se relacionen; deben ser guardianas de la virtud.

¿Qué es la virtud y qué es un guardián? “La virtud es un modelo de pensamientos y de conducta basado en elevadas normas morales, e incluye la castidad y la pureza [moral]”3. ¿Y qué es un guardián? Un guardián es alguien que protege, ampara y defiende4. Por lo tanto, como guardianas de la virtud protegerán, ampararán y defenderán la pureza moral, porque el poder de crear vida mortal es un poder sagrado y exaltado, y debe preservarse hasta que se casen. La virtud es un requisito para tener la compañía y la guía del Espíritu Santo, y necesitarán esa guía para navegar exitosamente por el mundo en que viven. El ser virtuosas es un requisito para entrar en el templo y es un requisito para ser dignas de estar en la presencia del Salvador; ustedes se están preparando ahora para ese momento. El Progreso Personal y las normas que se hallan en Para la Fortaleza de la Juventud son importantes. El vivir los principios que se encuentran en cada uno de esos libritos las fortalecerá y las ayudará a ser “más [dignas] del reino”5.

El verano pasado, un grupo de mujeres jóvenes de Alpine, Utah, decidió que llegarían a ser “más [dignas] del reino”. Determinaron enfocarse en el templo, y para ello caminaron desde el Templo de Draper, Utah, al Templo de Salt Lake, una distancia total de 35 kilómetros, tal como lo había hecho uno de los pioneros, John Roe Moyle. El hermano Moyle era cantero a quien el profeta Brigham Young había llamado a trabajar en el Templo de Salt Lake. Todas las semanas caminaba 35 kilómetros desde su casa al templo. Una de sus asignaciones era tallar las palabras “Santidad al Señor” en el lado este del Templo de Salt Lake. No fue fácil, y tuvo que superar muchos obstáculos. En cierta ocasión, una de sus vacas lo pateó en la pierna y, puesto que no sanaba, tuvieron que amputársela. Pero eso no impidió que cumpliera su compromiso con el profeta y con su trabajo en el templo. Talló una pierna de madera y después de muchas semanas volvió a caminar los 35 kilómetros al templo para realizar el trabajo que se había comprometido a hacer6.

Las jóvenes del Barrio Cedar Hills 6 decidieron caminar la misma distancia en honor a un antepasado y también por alguien que fue su inspiración para permanecer dignas de entrar en el templo. Entrenaron todas las semanas durante la Mutual y compartían lo que aprendían y lo que sentían sobre los templos mientras caminaban.

Comenzaron su caminata al templo temprano por la mañana con una oración. Cuando empezaron, yo estaba muy impresionada por la confianza que tenían. Se habían preparado bien y sabían que estaban listas. Tenían la mira fija en la meta. Cada paso que daban simbolizaba a cada una de ustedes que también se están preparando ahora para entrar en el templo. La preparación ha comenzado con sus oraciones personales a diario, la lectura diaria del Libro de Mormón y al trabajar en el Progreso Personal.

A medida que las jóvenes seguían caminando, se topaban con distracciones en el camino; pero se mantuvieron centradas en su meta. Unas comenzaron a tener ampollas y a otras les empezaron a doler las rodillas, pero siguieron adelante. Cada una de ustedes tiene muchas distracciones, sufrimientos y obstáculos en su camino al templo; pero también están decididas y siguen adelante. La ruta que tomaron las jovencitas fue trazada por los líderes que habían caminado y recorrido el sendero, y determinaron el curso más seguro y directo. Una vez más, ustedes tienen el curso trazado y pueden tener la seguridad de que el Salvador no sólo ha recorrido el sendero, sino que volverá a hacerlo junto a ustedes en cada paso del camino. Seguir leyendo

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“La bondad debe por mí empezar”

Conferencia General Abril 2011

“La bondad debe por mí empezar”

Por Mary N. Cook
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

La benevolencia traerá alegría y unidad a su hogar, a su clase, a su barrio y a su escuela.

Hace algunas semanas, aprendí una importante lección de una Laurel, que fue la discursante de los jóvenes de mi barrio. Me emocionó escucharla enseñar y testificar con seguridad de Jesucristo. Concluyó su mensaje con esta afirmación: “Cuando hago de Jesucristo el centro de mi vida, tengo un mejor día, trato con más amabilidad a las personas que amo y estoy llena de gozo”.

He observado a esa jovencita a la distancia en los últimos meses. Saluda a todos con una mirada alegre y una sonrisa pronta; y la he visto alegrarse por el éxito de otros jóvenes. Recientemente dos damitas me contaron que esa jovencita decidió no usar la entrada que tenía para una película cuando se dio cuenta de que no iba a ser una experiencia “virtuosa y bella”1. Ella es amorosa, bondadosa y obediente; viene de un hogar que tiene sólo uno de los padres, y en su vida no han faltado los desafíos; así que me he preguntado cómo hace para mantener ese espíritu feliz y afable. Al escuchar a esta mujer joven testificar: “Centro mi vida en Jesucristo”, obtuve mi respuesta.

“Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres”; esta hermosa lista de atributos cristianos que se encuentran en el decimotercer Artículo de Fe nos preparará para las bendiciones del templo y para la vida eterna.

Me gustaría centrarme sólo en una de esas palabras: benevolente. Benevolente es una hermosa palabra que no se oye muy a menudo. Su raíz proviene del latín y significa “buena voluntad hacia las personas”2. El ser benevolente es ser bondadosa, tener buena intención y ser caritativa. Muchas de ustedes aprendieron acerca de la benevolencia cuando estuvieron en la Primaria y aprendieron de memoria esta canción:

Bondad mostraré a todo ser;
así se debe actuar.
Es por eso que digo: “La bondad
debe por mí empezar”3.

Nuestro Salvador nos enseñó sobre ser benevolentes y vivió una vida benevolente. Jesús amó y sirvió a todos. El centrar nuestra vida en Jesucristo nos ayudará a adquirir el atributo de la benevolencia. Para que adquiramos esos mismos atributos cristianos, debemos aprender sobre el Salvador y “[seguir] Sus pasos”4.

Aprendemos de la parábola del Buen Samaritano que debemos amar a todos. La historia empieza en Lucas, capítulo 10, cuando un intérprete de la ley le preguntó al Salvador: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”.

La respuesta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

Entonces el intérprete de la ley le preguntó: “¿Quién es mi prójimo?”. Esa pregunta del intérprete fue muy interesante, ya que los judíos tenían vecinos hacia el norte, los samaritanos, que les desagradaban tanto, que cuando viajaban de Jerusalén a Galilea tomaban el camino más largo por el valle del Jordán en lugar de viajar por Samaria.

Para responder la pregunta del intérprete, Jesús contó la parábola del Buen Samaritano. De acuerdo con la parábola:

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto…

“Mas un samaritano que iba de camino llegó cerca de él y, al verle, fue movido a misericordia;

“y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él.

“Y otro día, al partir, sacó dos denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva”5.

A diferencia del sacerdote judío y el levita que pasaron de largo al ver al hombre herido, que era uno de los suyos, el samaritano fue bondadoso a pesar de las diferencias. Demostró el atributo cristiano de la benevolencia. Jesús nos enseñó por medio de esta historia que todos son nuestro prójimo.

El consejero de un obispado recientemente compartió una experiencia que muestra lo importante que es cada persona. Al mirar a la congregación, vio a un niño con una caja grande llena de crayolas de distintos colores. Al mirar a los muchos miembros del barrio, se le ocurrió que, al igual que las crayolas, todos eran similares, pero también cada persona era única.

Comentó: “La tonalidad que ellos traían al barrio y al mundo era la suya propia; tenían sus fortalezas y debilidades individuales, anhelos personales y sueños íntimos. Pero juntos se combinaban en una rueda de colores de unidad espiritual… Seguir leyendo

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“Creo en ser honrada y verídica”

Conferencia General Abril 2011
“Creo en ser honrada y verídica”
Por Ann M. Dibb
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

El ser verídicas a nuestras creencias, incluso cuando el serlo no sea tan popular, fácil o divertido, nos mantiene seguras en el camino que nos lleva a la vida eterna con nuestro Padre Celestial.

Mis queridas mujeres jóvenes, es un gran privilegio y oportunidad para mí estar frente a ustedes esta tarde. Constituyen una vista asombrosa e inspiradora.

El decimotercer artículo de fe es el lema de la Mutual del año 2011. Al asistir a las reuniones de los jóvenes y las reuniones sacramentales este año, he escuchado a los hombres y a las mujeres jóvenes compartir lo que este artículo de fe significa para ellos y cómo se aplica en sus vidas. Muchos lo conocen como el último artículo de fe, el más largo, el más difícil de memorizar y el artículo de fe que esperan que el obispo no les pida que reciten. Sin embargo, muchas de ustedes entienden que este artículo de fe es mucho más que eso.

El decimotercer artículo de fe es una guía para vivir una vida recta y cristiana. Imagínense por un momento lo que sería nuestro mundo si todos eligiéramos vivir según las enseñanzas de este artículo de fe: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos”.

En el primer discurso de la sesión del domingo por la mañana de la conferencia general, el presidente Thomas S. Monson, como profeta, citó la admonición de Pablo que está en Filipenses 4:8, la cual inspiró muchos de los principios del decimotercer artículo de fe. El presidente Monson hizo mención de los tiempos difíciles en los cuales vivimos y nos alentó; él dijo: “En la jornada de la vida, que a veces es peligrosa… sigamos este consejo del apóstol Pablo, el cual servirá para mantenernos seguros y bien encaminados”1.

Esta noche me gustaría concentrarme en dos principios estrechamente relacionados con el decimotercer artículo de fe que, sin lugar a dudas, nos ayuda a “mantenernos seguros y bien encaminados”. Tengo un fuerte testimonio de los importantes principios de ser honrados y verídicos, y estoy comprometida a vivirlos.

Primero: “(Yo) creo en ser honrada”. ¿Qué significa ser honrada? En el librito Leales a la Fe se enseña que “Ser honrado significa ser sincero, verídico y sin engaño en todo momento”2. Es un mandamiento de Dios el ser honrado3 y “para lograr nuestra salvación se requiere que seamos totalmente honrados”4.

El presidente Howard W. Hunter enseñó que debemos estar dispuestos a ser completamente honrados; él dijo:

“Hace muchos años había carteles en los pasillos y en las entradas de nuestras capillas con el título ‘Sé honrado contigo mismo’. La mayoría de ellos se referían a los asuntos pequeños y comunes de la vida. Es allí donde se cultiva el principio de la honradez.

“Hay algunas personas que admitirían que es moralmente erróneo el no ser honrado en asuntos grandes; sin embargo, creen que se puede justificar si esos asuntos son de menor importancia. ¿Existe en realidad alguna diferencia entre el no ser honrado cuando se trata de un asunto de miles de dólares en contraste a un asunto de diez centavos?… ¿Existen realmente grados de falta de honradez, dependiendo de si el asunto es grande o pequeño?”.

El presidente Hunter continúa: “Cuando tenemos la compañía del Maestro y la influencia del Espíritu Santo, debemos ser honrados con nosotros mismos, con Dios y con nuestro prójimo; esto da como resultado el gozo verdadero”5.

Cuando somos honrados en todas las cosas, ya sean grandes o pequeñas, sentimos paz en nuestra mente y tenemos una conciencia tranquila. Nuestras relaciones se enriquecen debido a que se basan en la confianza; y la mayor bendición que obtenemos al ser honrados es que podemos tener la compañía del Espíritu Santo.

Me gustaría compartir un relato simple que ha fortalecido mi compromiso de ser honrada en todas las cosas:

“Una tarde, un hombre fue a robar maíz del campo de su vecino. Llevó a su hijo pequeño para que se sentara en la cerca para vigilar y advertirle en caso de que alguien apareciera. El hombre saltó la cerca con una bolsa grande en su brazo y antes de comenzar a juntar el maíz miró a su alrededor, primero para un lado y luego para el otro; al no ver a nadie estaba por comenzar a llenar su bolsa… [El niño le gritó]:

“ ‘¡Papá, hay un lado donde no has mirado todavía!… Olvidaste mirar hacia arriba’”6.

Cuando estamos tentados a no ser honrados, y esa tentación la tenemos todos, puede que supongamos que nadie jamás se enterará. Ese relato nos recuerda que nuestro Padre Celestial siempre se entera y que, en última instancia, somos responsables ante Él. Este conocimiento me ayuda constantemente a esforzarme por vivir a la altura de este compromiso: “[Yo] creo en ser honrada”.

El segundo principio que se enseña en el decimotercer artículo de fe es: “Creo en ser… verídica”. El diccionario inglés define la palabra verídico como ser “firme”, “leal”, “exacto” y “sin desviación”7. Seguir leyendo

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Al partir

Conferencia General Abril 2011
Al partir
Por el presidente Thomas S. Monson

Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

Mis hermanos y hermanas, siento gran emoción al llegar a la conclusión de esta conferencia. Hemos sentido el Espíritu del Señor en abundancia. Expreso mi agradecimiento, y el de los miembros de la Iglesia de todas partes, a cada uno de los que ha participado, incluso a quienes han ofrecido las oraciones. Espero que recordemos por mucho tiempo los mensajes que hemos escuchado. Al recibir los ejemplares de las revistas Ensign y Liahona con los mensajes escritos, espero que los leamos y los estudiemos.

Una vez más la música de todas las sesiones ha sido maravillosa. Expreso mi gratitud personal por aquellos que están dispuestos a compartir sus talentos con nosotros y que, al hacerlo, nos conmueven e inspiran.

Hemos sostenido, al levantar la mano, a los hermanos que han sido llamados a cargos nuevos en esta conferencia. Queremos que sepan que será un placer trabajar con ellos en la obra del Maestro.

Expreso mi amor y mi agradecimiento por mis devotos consejeros, el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf. Son hombres de sabiduría y entendimiento; su servicio es invalorable. Amo y apoyo a mis hermanos del Quórum de los Doce Apóstoles. Sirven de manera muy eficaz y están completamente dedicados a la obra. También expreso mi amor hacia los miembros de los Setenta y del Obispado Presidente.

Afrontamos muchas dificultades en el mundo hoy, pero les aseguro que nuestro Padre Celestial nos tiene presentes. Él ama a cada uno de nosotros y nos bendecirá si lo buscamos en oración y nos esforzamos por guardar Sus mandamientos.

Somos una iglesia global; nuestros miembros se encuentran por todo el mundo. Ruego que seamos buenos ciudadanos de los países donde vivimos y buenos vecinos en nuestras comunidades; y que tendamos una mano a aquellos de otras religiones así como a los de la nuestra. Seamos ejemplos de honradez y de integridad dondequiera que vayamos y en lo que sea que hagamos.

Gracias por las oraciones que ofrecen por mí, hermanos y hermanas, y a favor de todas las Autoridades Generales de la Iglesia. Estamos profundamente agradecidos por ustedes y por todo lo que hacen para llevar adelante la obra del Señor.

Al regresar a sus hogares, ruego que lo hagan a salvo; que las bendiciones del cielo se derramen sobre ustedes.

Ahora, antes de partir, permítanme compartir con ustedes mi amor por el Salvador y por Su gran sacrificio expiatorio a nuestro favor. En tres semanas todo el mundo cristiano celebrará la Pascua de Resurrección. Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

A último momento Él podría haberse arrepentido, pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Al hacerlo, Él nos concedió vida después de esta existencia mortal. Él nos reivindicó de la caída de Adán.

Mi agradecimiento hacia Él llega hasta lo profundo de mi alma. Él nos enseñó cómo vivir; Él nos enseñó como morir; Él aseguró nuestra salvación.

Para concluir, compartiré unas emotivas palabras escritas por Emily Harris que describen muy bien mis sentimientos al acercarse la Pascua:

La túnica que lo cubría está vacía.
Yace allí,
Fresca, blanca y limpia.
La puerta está abierta.
La roca desplazada,
Y casi puedo escuchar ángeles cantarle alabanzas.
El lino no lo contiene.
La piedra no lo detiene.
Las palabras retumban en la cámara desierta,
“No está aquí”.
La túnica que lo cubría está vacía.
Yace allí,
Fresca, blanca y limpia.
Y oh, ¡aleluya!, está vacía.1

Que el Señor los bendiga, mis hermanos y hermanas. En el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

Nota

1. Emily Harris, “Empty Linen”, New Era, abril de 2011, pág. 49. [Traducción libre]

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Un estandarte a las naciones

Conferencia General Abril 2011
Un estandarte a las naciones
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si nosotros enseñamos por el Espíritu y ustedes escuchan por el Espíritu, uno de nosotros se referirá a las circunstancias de ustedes.

Me ha conmovido cada una de las notas musicales que se ha cantado y cada palabra que se ha dicho, ruego que tenga la fortaleza para dirigirme a ustedes.

Antes de irse de Nauvoo, en el invierno de 1846, el presidente Brigham Young tuvo un sueño en el cual vio a un ángel parado en una colina en forma de cúpula en alguna parte del Oeste, que señalaba al valle debajo. Cuando llegó al Valle del Lago Salado dieciocho meses después, vio precisamente sobre el lugar donde ahora nos encontramos, la misma colina prominente que había visto en la visión.

Como se ha dicho con frecuencia desde este púlpito, el hermano Brigham condujo a un grupo de líderes a la cima de esa colina y la designó Ensign Peak (monte Estandarte), un nombre lleno de significado religioso para esos modernos israelitas. Dos mil quinientos años antes el profeta Isaías había declarado que en los últimos días “será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes… Y levantará [allí] estandarte a las naciones”1.

Al reconocer su momento en la historia como el cumplimiento parcial de esa profecía, los líderes de la Iglesia querían levantar un estandarte de algún tipo para que la idea de “un estandarte a las naciones” fuese literal. El élder Heber C. Kimball consiguió un trozo de tela amarilla; el hermano Brigham lo ató a un bastón que tenía el élder Willard Richards y luego clavó la bandera improvisada, declarando el valle del Gran Lago Salado y las montañas a su alrededor como el lugar del cual, según las profecías, saldría la palabra del Señor en los últimos días.

Hermanos y hermanas, esta conferencia general y las otras versiones anuales y semestrales son la continuación de esa declaración inicial al mundo. Testifico que las reuniones de los dos últimos días son otra evidencia más de que, como dice el himno, el estandarte “en Sión se deja ver”2—y seguramente el doble significado de la palabra estandarte es intencional. No es por casualidad que una publicación que contiene los discursos de la conferencia general sea la revista cuyo título en inglés es simplemente: the Ensign (el estandarte).

Al llegar al final de esta conferencia, les pido que en los días subsiguientes reflexionen, no sólo en los mensajes que han escuchado, sino también en el fenómeno excepcional que es la conferencia general en sí, lo que nosotros como Santos de los Últimos Días creemos que son estas conferencias, y lo que invitamos al mundo a que escuchen y observen en cuanto a ellas. Testificamos a cada nación, tribu, lengua y pueblo que Dios no sólo vive, sino que Él también habla para nuestra época y en nuestros días, el consejo que han escuchado es, bajo la dirección del Santo Espíritu, “la voluntad del Señor… la intención del Señor… la palabra del Señor… la voz del Señor y el poder de Dios para salvación”3.

Quizás ya sepan (y si no lo saben, deben saberlo), que con muy rara excepción, a ninguno de los oradores, hombre o mujer, se les asigna un tema. Cada uno debe ayunar y orar, estudiar y buscar, comenzar, detenerse y volver a empezar hasta tener la seguridad de que, para esta conferencia, en este momento, ése es el tema del cual el Señor desea que ellos hablen, a pesar de sus deseos personales o preferencia individuales. Cada hombre y cada mujer a quien han escuchado en las últimas diez horas de conferencia general ha tratado de ser fiel a esa inspiración. Cada uno de ellos ha derramado lágrimas, se ha preocupado y buscado intensamente la dirección del Señor para que Él guíe sus pensamientos y sus palabras. Y al igual que Brigham Young vio a un ángel parado arriba de este lugar, yo también vi ángeles de pie aquí. Mis hermanos y hermanas oficiales generales de la Iglesia no se sentirán cómodos de que los describa de ese modo, pero así es como yo los veo a ellos: mensajeros terrenales con mensajes angelicales, hombres y mujeres que tienen las mismas dificultades físicas, económicas y familiares que ustedes y yo tenemos, pero que con fe han consagrado su vida al llamamiento que han recibido y a su deber de predicar la palabra de Dios y no la de ellos.

Consideren la variedad de los mensajes que escuchan; un milagro aun mayor, ya que no hay ninguna coordinación, a excepción de la dirección del cielo. ¿Pero por qué no han de ser variados? La mayor parte de la congregación, la que vemos y la que no vemos, está formada por miembros de la Iglesia. Sin embargo, con los maravillosos nuevos medios de comunicación, proporciones mucho mayores de la audiencia de nuestras conferencias no son miembros de la Iglesia —todavía. Por lo tanto, debemos hablarles a aquellos que nos conocen muy bien y a los que no nos conocen en absoluto. Dentro de los que son miembros de la Iglesia, debemos dirigirnos a los niños, a los jóvenes, a los jóvenes adultos, a los de edad madura y a los ancianos. Debemos hablarles a las familias, a los padres y a los hijos en casa, así como a los que no están casados, que no tienen hijos y quizás a los que estén muy lejos de casa. Durante una conferencia general siempre hacemos hincapié en las verdades eternas de la fe, la esperanza, la caridad4, y el Cristo crucificado5, aún cuando hablamos francamente de temas morales muy específicos de la actualidad. Se nos ha mandado en las Escrituras: “No prediquéis sino el arrepentimiento a esta generación”6; y al mismo tiempo debemos “proclamar buenas nuevas a los mansos [y] vendar a los quebrantados de corazón”. Sean cuales sean los mensajes de la conferencia, “[proclaman] libertad a los cautivos”7 y declaran “las inescrutables riquezas de Cristo”8. Se supone que en la gran variedad de sermones que se brindan, habrá algo provechoso para todos. En cuanto a esto, creo que el presidente Harold B. Lee lo dijo mejor años atrás cuando dijo: que el Evangelio es “para consolar al afligido y para afligir al que está [cómodo]”9. Seguir leyendo

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El milagro de la Expiación

Conferencia General Abril 2011
El milagro de la Expiación
Por el élder C. Scott Grow
De los Setenta

No existe pecado ni transgresión, ni dolor ni pena, que esté fuera del alcance del poder sanador de Su expiación.

Mientras preparaba mi discurso para esta conferencia, recibí una consternadora llamada telefónica de mi padre; dijo que mi hermano menor había fallecido esa mañana, mientras dormía. Quedé con el corazón destrozado. Sólo tenía 51 años. Al pensar en él, tuve la impresión de compartir con ustedes algunos acontecimientos de su vida; hago esto con permiso.

Cuando era joven, mi hermano era guapo, amigable y extrovertido; se dedicaba totalmente al Evangelio. Después de haber servido una misión honorable, se casó en el templo con su novia. Se les bendijo con un hijo y una hija. El futuro de él era prometedor.

Pero luego claudicó ante una debilidad: optó por vivir un estilo de vida hedonístico, lo cual le costó la salud, su matrimonio y su condición de miembro de la Iglesia.

Se mudó lejos de casa. Continuó con su conducta autodestructiva por mucho más de una década; pero el Salvador no lo había olvidado ni abandonado. Con el tiempo, el dolor de su desesperación permitió que un espíritu de humildad permeara en su alma. Sus sentimientos de ira, rebeldía y agresividad comenzaron a disiparse. Al igual que el hijo pródigo, “vol[vió] en sí”1. Empezó a acudir al Salvador y a recorrer la senda de regreso a casa, y a sus fieles padres, que nunca se dieron por vencidos.

Anduvo el sendero del arrepentimiento. No fue fácil; después de haber estado fuera de la Iglesia durante doce años, se bautizó nuevamente y recibió otra vez el don del Espíritu Santo. Con el tiempo, se le restauraron sus bendiciones del sacerdocio y del templo.

Tuvo la bendición de hallar una mujer que estaba dispuesta a pasar por alto los problemas de salud constantes de su anterior estilo de vida, y se sellaron en el templo. Juntos, tuvieron dos hijos y él prestó servicio de manera fiel en un obispado durante varios años.

Mi hermano falleció en la mañana del lunes 7 de marzo. La tarde del viernes anterior él y su esposa asistieron al templo. El domingo por la mañana, el día antes de morir, enseñó la clase del sacerdocio en su grupo de sumos sacerdotes. Se fue a dormir aquella noche para jamás volver a despertarse en esta vida; sino para levantarse en la resurrección de los justos.

Estoy agradecido por el milagro de la Expiación en la vida de mi hermano. La expiación del Salvador está a disposición de cada uno de nosotros, siempre.

Accedemos a la Expiación mediante el arrepentimiento. Cuando nos arrepentimos, el Señor permite que dejemos atrás los errores del pasado.

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”2.

Cada uno de nosotros conoce a alguna persona que haya afrontado serios retos en su vida; alguien que haya andado errante o haya titubeado. Dicha persona podría ser un amigo o familiar, un padre o un hijo, o un esposo o esposa. Dicha persona podría ser incluso usted mismo.

Les hablo a todos, incluso a usted; hablo del milagro de la Expiación.

El Mesías vino para redimir a los hombres de la caída de Adán3. En el Evangelio, todo señala el sacrificio expiatorio del Mesías, el Hijo de Dios4.

El plan de salvación no podría llevarse a efecto sin una expiación. “Por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también”5.

El sacrificio expiatorio debía llevarse a cabo por el Hijo de Dios que no tenía pecado, puesto que el hombre caído no podía expiar sus propios pecados6. La Expiación debía ser infinita y eterna para cubrir a todos los hombres a través de toda la eternidad7.

Por medio de Su sufrimiento y muerte, el Salvador expió los pecados de todos los hombres8. Su expiación comenzó en Getsemaní, continuó en la cruz y culminó con la Resurrección.

“Sí,… será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”9. Mediante Su sacrificio expiatorio, Él hizo “de su alma ofrenda por el pecado”10.

Puesto que es el Hijo Unigénito de Dios, heredó poder sobre la muerte física. Ello le permitió conservar la vida mientras sufría “aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le bro[tó] de cada poro, tan grande [fue] su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo”11.

No sólo pagó el precio por los pecados de todos los hombres, sino que también tomó “sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo”. Y tomó sobre sí “sus enfermedades… para que sus entrañas sean llenas de misericordia… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos”12.

El Salvador sintió el peso de la angustia de toda la humanidad; la angustia del pecado y del pesar. “Ciertamente él ha llevado nuestros pesares y sufrido nuestros dolores”13.

Mediante Su expiación, Jesús no sólo sana al transgresor, sino que también sana al inocente que sufre debido a tales transgresiones. Conforme el inocente ejerza la fe en el Salvador y en Su expiación, y perdone al transgresor, también puede ser sanado.

Hay momentos en que cada uno de nosotros “[necesita] sentir alivio de los sentimientos de culpa que tie[ne] por los errores y los pecados”14. Al arrepentirnos, el Salvador quita la culpa de nuestras almas.

Por medio de Su sacrificio expiatorio se remiten nuestros pecados. Con excepción de los hijos de perdición, la Expiación está a disposición de todos, en todo momento, sin importar cuán grande o pequeño sea el pecado, “mediante las condiciones del arrepentimiento”15. Seguir leyendo

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Llamados a Ser Santos

Conferencia General Abril 2011
Llamados a Ser Santos
Por el élder Benjamín De Hoyos
De los Setenta

¡Cuán bendecidos somos al haber sido traídos a esta hermandad de los santos en estos últimos días!

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Espíritu me ayude a expresar mi mensaje.

Durante mis visitas y conferencias en las estacas, barrios y ramas siempre me ha embargado un profundo sentimiento de gozo al reunirme con los miembros de la Iglesia, aquellos que, ahora, como en el meridiano de los tiempos han sido llamados santos. El espíritu de paz y amor que siempre siento entre ellos me hace saber que me encuentro en una de las estacas de Sión.

Aún cuando la mayoría de ellos representan a miembros de dos o más generaciones en la Iglesia, muchos otros son conversos recientes. A éstos, les repetimos como bienvenida las palabras del apóstol Pablo a los Efesios:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios;

“edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20).

Hace algunos años, mientras servía en la oficina de asuntos públicos de la Iglesia en México, fuimos invitados a participar en un programa radiofónico dedicado a describir las religiones del mundo. Dos de nosotros fuimos designados para representar la Iglesia y contestar las preguntas que generalmente se hacen en ese tipo de programas. Después de repetidos cortes comerciales, como se dice en el ambiente de la radio, el conductor del programa volvió a decir: “Esta noche tenemos con nosotros a dos élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, hizo una pausa y preguntó: “¿Por qué tiene su Iglesia un nombre tan largo? ¿No podría tener uno más corto, o más comercial?”.

Mi compañero y yo sonreímos ante esa magnífica pregunta, y procedimos a explicar que el nombre de la Iglesia no había sido elegido por hombre alguno, sino que había sido dado por el Salvador a través de un profeta en estos últimos días: “porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (D. y C. 115:4). A lo que el conductor del programa inmediata y respetuosamente agregó: “Entonces, lo repetiremos con mucho gusto”. No recuerdo ahora cuántas veces él repitió el significativo nombre de la Iglesia, pero sí recuerdo el dulce espíritu que nos acompañó mientras explicábamos, no sólo el nombre de la Iglesia, sino la manera en que se refiere a los miembros de ella: los Santos de los Últimos Días.

Leemos en el Nuevo Testamento que los primeros miembros de la Iglesia fueron llamados Cristianos por primera vez en Antioquía (véase Hechos 11:26), pero entre ellos mismos se hacían llamarsantos. Qué conmovedor debe haber sido para ellos escuchar al apóstol Pablo llamarlos “…conciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19) y también dice que fueron “…llamados a ser santos” (Romanos 1:7; énfasis agregado).

A medida que los miembros de la Iglesia viven el Evangelio y siguen el consejo de los profetas, poco a poco y aún sin notarlo, se realiza en ellos el proceso de la santificación. Los humildes miembros de la Iglesia que a diario oran y leen las escrituras como familia, los que hacen historia familiar y consagran tiempo para asistir con frecuencia al templo, llegan a ser santos. Como aquellos que están dedicados a la edificación de una familia eterna. También lo son aquellos que apartan tiempo de sus ocupadas vidas para salir en rescate de sus hermanos desalentados, animándolos a venir y sentarse de nuevo a la mesa del Señor. Y todos aquellos élderes y hermanas y matrimonios maduros, que sin dudar responden al llamado de ser misioneros del Señor. Sí hermanos, llegan a ser en santos a medida que descubren ese cálido y asombroso sentimiento llamado la caridad o el amor puro de Cristo (véase Moroni 7:42–48). Seguir leyendo

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¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?

Conferencia General Abril 2011
¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?
Por el élder Lynn G. Robbins
De los Setenta

Ruego que el empeño de ustedes por adquirir los atributos de Cristo tenga éxito a fin de que reciban la imagen de Él en su rostro y que Sus atributos se manifiesten en su comportamiento.

“Ser o no ser” es en realidad una muy buena pregunta1. El Salvador hizo la pregunta de una manera mucho más profunda, convirtiéndola en una pregunta doctrinal de vital importancia para cada uno de nosotros: “¿Qué clase de hombres [y mujeres] habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). La primera persona del presente del verbo ser es: Yo soy. Él nos invita a tomar sobre nosotros Su nombre y Su naturaleza.

Para llegar a ser como Él es, también debemos hacer las cosas que Él hizo: “En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” (3 Nefi. 27:21; cursiva agregada).

El ser y el hacer son inseparables. Como doctrinas interdependientes se refuerzan y se promueven una a la otra. Por ejemplo, la fe nos inspira a orar y, a su vez, la oración fortalece nuestra fe.

El Salvador con frecuencia denunciaba a quienes hacían sin ser, llamándolos hipócritas: “Este pueblo con los labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6). El hacer sin ser es hipocresía, o fingir ser lo que uno no es; es decir, un impostor.

Del mismo modo, ser sin hacer es inútil, así como “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17; cursiva agregada). Ser sin hacer realmente no es ser, es engañarse a sí mismo, es creer que uno es bueno sólo porque tiene buenas intenciones.

El hacer sin ser—la hipocresía—da una imagen falsa a los demás, mientras que el ser sin hacer da una imagen falsa a uno mismo.

El Salvador reprendió a los escribas y a los fariseos por su hipocresía: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis”—algo que hacían—“la menta, y el eneldo y el comino, y habéis dejado lo más importante de la ley: la justicia, y la misericordia y la fe” (Mateo 23:23). O en otras palabras, no lograron ser lo que deberían haber sido.

Si bien reconoció la importancia de hacer, el Salvador estableció el ser como “lo más importante”; que ser sea lo más importante se ilustra en los siguientes ejemplos:

  • Entrar en las aguas del bautismo es algo que El serque debe precederlo es la fe en Jesucristo y el gran cambio de corazón.
  • Participar de la Santa Cena es algo que  Serdignos de tomar la Santa Cena es un asunto más importante y de mucha más trascendencia.
  • La ordenación al Sacerdocio es un acto, o Lo más importante, sin embargo, es el poder en el sacerdocio, que está basado “conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36), o ser.

Muchos de nosotros hacemos listas de las cosas que debemos hacer para ayudarnos a recordar lo que deseamos lograr. Pero muy rara vez la gente tiene listas de lo que deben ser. ¿Por qué? Lo que se debe hacer son actividades o acontecimientos que se pueden marcar en una lista como terminados una vez que los hayamos hecho. Ser, sin embargo, es algo que nunca se termina. No se pueden poner marcas de verificación a lo que debemos ser. Puedo llevar a mi esposa a una linda velada este viernes, lo que sería un hacer; pero ser un buen esposo no es un evento, tiene que ser parte de mi naturaleza, de mi carácter o de quien soy.

O como padre, ¿cuándo puedo marcar a un hijo de mi lista como terminado? Nunca acabamos de ser buenos padres. Y para ser buenos padres, una de las cosas más importantes que podemos enseñar a nuestros hijos es cómo ser más semejante al Salvador. Seguir leyendo

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Las más ricas bendiciones del Señor

Conferencia General Abril 2011
Las más ricas bendiciones del Señor
Por el élder Carl B. Pratt
De los Setenta

Al pagar nuestros diezmos fielmente, el Señor abrirá las ventanas del cielo y derramará sobre nosotros Sus más ricas bendiciones.

Estoy agradecido por los antepasados rectos que enseñaron el Evangelio a sus hijos en el hogar mucho antes de que se instituyera la noche de hogar. Mis abuelos maternos eran Ida Jesperson y John A. Whetten, quienes vivían en la pequeña comunidad de Colonia Juárez, Chihuahua, México. A los hijos de los Whetten se les enseñó por precepto y por observar el ejemplo de sus padres.

En México eran tiempos difíciles a principios de la década de 1920. La violenta revolución acababa de terminar, circulaba poco dinero en efectivo y la mayor parte era en monedas de plata. La gente a menudo efectuaba sus negocios por medio del trueque o del intercambio de artículos y servicios.

Un día, al final del verano, el abuelo John llegó a casa después de haber hecho un negocio por el cual había recibido 100 pesos en monedas de plata. Le dio el dinero a Ida y le pidió que lo usara para cubrir los próximos gastos escolares de los niños.

Ida estaba agradecida por el dinero, pero le recordó a John que no habían pagado el diezmo durante todo el verano. Ellos no habían tenido ingresos en efectivo, pero Ida le recordó que los animales habían proporcionado carne, huevos y leche; su huerta había producido abundante frutas y verduras, y que habían hecho otros intercambios de artículos sin usar dinero en efectivo. Ida sugirió que deberían darle el dinero al obispo para pagar sus diezmos.

John estaba un poco desilusionado, puesto que el dinero les habría ayudado mucho con los estudios de sus hijos, pero de inmediato estuvo de acuerdo en que tenían que pagar sus diezmos. Llevó la pesada bolsa a la oficina de diezmos y le entregó el dinero al obispo.

Poco después, supo que un rico hombre de negocios de los Estados Unidos, el señor Hord, llegaría la semana siguiente con varios hombres a pasar unos días en las montañas para cazar y pescar.

El abuelo John se reunió con ese grupo de hombres en la estación de ferrocarril no muy lejos de Colonia Juárez. Tenía varios caballos ensillados y los animales de carga necesarios listos para transportar el equipaje y el equipo de campamento a las montañas. La semana siguiente fue guía de los hombres y cuidó del campamento y los animales.

Al final de la semana, los hombres volvieron a la estación de ferrocarril para tomar el tren de regreso a los Estados Unidos. Ese día se le pagó a John por su trabajo y se le dio una bolsa de monedas de un peso de plata para cubrir los otros gastos. Una vez que John y sus hombres recibieron el dinero acordado, regresó el saldo del dinero al señor Hord, quien se sorprendió ya que no esperaba que sobrara nada de dinero. Entonces interrogó a John para asegurarse de que se habían cubierto todos los gastos, y John respondió que todos los gastos del viaje se habían cubierto, y que ése era el saldo de los fondos.

Se oyó el silbato del tren, el señor Hord giró para irse, pero luego se dio vuelta y arrojó la pesada bolsa de monedas a John. “Tenga, llévelas a casa para sus muchachos”. John tomó la bolsa y se dirigió a Colonia Juárez.

Esa noche, después de cenar, cuando la familia se reunió para escuchar los relatos del viaje, John se acordó de la bolsa, la trajo y la puso sobre la mesa. Les dijo que no sabía cuánto había en la bolsa, así que para que se entretuvieran vació el contenido de la bolsa en la mesa, que resultó ser una gran pila y, cuando la contaron, llegó a ser exactamente 100 pesos de plata. Desde luego que se consideró como una gran bendición que el señor Hord hubiera decidido hacer ese viaje. John y sus muchachos habían ganado buen dinero, pero los 100 pesos sobrantes eran un recordatorio de la cantidad exacta de diezmos que habían pagado la semana anterior. Para algunas personas, esto podría ser una coincidencia interesante, pero para la familia Whetten era claramente una lección de que el Señor se acuerda de lo que ha prometido a los que fielmente pagan Sus diezmos. Seguir leyendo

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Yo reprendo y disciplino a todos los que amo

Conferencia General Abril 2011
Yo reprendo y disciplino a todos los que amo
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales.

Nuestro Padre Celestial es un Dios de altas expectativas. Lo que Él espera de nosotros lo expresa por medio de Su Hijo Jesucristo con estas palabras: “Quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48). Él plantea que nos hagamos santos para que podamos “soportar una gloria celestial” (D. y C. 88:22) y “vivir en Su presencia” (Moisés 6:57). Él sabe lo que se requiere, por tanto, para hacer nuestra transformación posible, nos proporciona Sus mandamientos y convenios, el don del Espíritu Santo y, por encima de todo, la Expiación y la Resurrección de Su Hijo Amado.

En todo eso, el propósito de Dios es que nosotros, Sus hijos, podamos experimentar el gozo supremo, estar con Él eternamente y llegar a ser como Él es. Hace algunos años, el élder Dallin H. Oaks explicó que: “El juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser. No es suficiente que cualquiera tan sólo actúe mecánicamente. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios del Evangelio no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra cómo llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser”1.

Lamentablemente, gran parte de la cristiandad moderna no reconoce que Dios haga ninguna exigencia real a los que crean en Él, y lo ven como un mayordomo “que atiende a sus necesidades cuando se le solicita” o como un terapeuta cuya función es ayudar a la gente a “sentirse bien con ellos mismos”2. Ésa es una perspectiva religiosa que “no pretende cambiar vidas”3. “Por otro lado”, como un autor declara, “el Dios que se describe en las Escrituras hebreas y cristianas pide no sólo un compromiso, sino nuestra vida misma. El Dios de la Biblia trata asuntos de la vida y la muerte, no de la apacibilidad, y exige un amor abnegado, no una inofensiva corriente de pensamiento sin compromiso alguno”4.

Me gustaría hablar de una actitud y una práctica particular que debemos adoptar si deseamos satisfacer las altas expectativas de nuestro Padre Celestial. Es ésta: Aceptar la corrección con buena disposición, e incluso buscarla. La corrección es fundamental si deseamos moldear nuestra vida conforme a “un varón perfecto, [es decir] a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Pablo dijo de la corrección o la disciplina divinas: “Porque el Señor al que ama, disciplina” (Hebreos 12:6). Aunque suela ser difícil de sobrellevarlo, verdaderamente debemos alegrarnos de que Dios nos considere dignos del tiempo y la molestia para corregirnos.

La disciplina divina tiene por lo menos tres propósitos: (1) persuadirnos al arrepentimiento, (2) purificarnos y santificarnos y (3) a veces reorientar nuestro rumbo en la vida hacia lo que Dios sabe que es un mejor camino.

Consideren en primer lugar el arrepentimiento, la condición indispensable para el perdón y la purificación. El Señor declaró: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). Una vez más, dijo: “Y es necesario que mi pueblo sea disciplinado hasta que aprenda la obediencia, si es menester, por las cosas que padece” (D. y C. 105:6; véase también D. y C. 1:27). En una revelación de los últimos días, el Señor mandó a cuatro líderes prominentes de más antigüedad de la Iglesia a arrepentirse (como podría mandarnos a muchos de nosotros) por no enseñar debidamente a sus hijos “conforme a los mandamientos” y por no ser “más diligentes y atentos en el hogar” (véase D. y C. 93:41–50). El hermano de Jared, según se menciona en el Libro de Mormón, se arrepintió cuando el Señor estaba en una nube y habló con Él “por el espacio de tres horas… y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor” (Éter 2:14). Debido a que el hermano de Jared respondió a esta severa amonestación con tan buena disposición, más adelante se le dio el privilegio de ver y ser instruido por el Redentor en Su estado premortal (véase Éter 3:6–20). El fruto de la disciplina de Dios es el arrepentimiento que lleva a la rectitud (véase Hebreos 12:11).

Además de impulsarnos al arrepentimiento, la experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales. El Señor dijo: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí, la gloria de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi reino” (D. y C. 136:31). En otro lugar Él dice: “Porque todos los que no quieren soportar la disciplina, antes me niegan, no pueden ser santificados” (D. y C. 101:5; véase también Hebreos 12:10). Como dijo el élder Paul V. Johnson esta mañana: Debemos tener cuidado de no resentir esas mismas cosas que nos ayudan a ser participantes de la naturaleza divina. Seguir leyendo

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Las bendiciones eternas del matrimonio

Conferencia General Abril 2011
Las bendiciones eternas del matrimonio
Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El sellamiento en el templo cobra mayor significado a medida que la vida avanza; los ayudará a acercarse más el uno al otro y a encontrar más gozo y realización.

Ese hermoso mensaje de este magnífico coro describe, yo creo, el modelo de vida para muchos de nosotros: “trato de ser como Cristo”.

El 16 de julio de 1953, como pareja joven, mi querida Jeanene y yo nos arrodillamos ante un altar del Templo de Manti, Utah. El presidente Lewis R. Anderson ejerció la autoridad para sellar y nos declaró esposo y esposa, casados por el tiempo de esta vida y por toda la eternidad. No tengo palabras para describir el sentimiento de paz y serenidad que viene al tener la seguridad de que, si continúo viviendo dignamente, podré estar con mi amada Jeanene y nuestros hijos para siempre en virtud de esa ordenanza sagrada efectuada mediante la debida autoridad del sacerdocio en la Casa del Señor.

Nuestros siete hijos están ligados a nosotros por medio de las sagradas ordenanzas del templo. Mi amada esposa Jeanene y dos de nuestros hijos están del otro lado del velo, y proporcionan a cada miembro de nuestra familia que aún permanece aquí una motivación poderosa para vivir de manera tal que juntos recibamos todas las bendiciones eternas que se prometen en el templo.

Dos de los pilares esenciales que sostienen el plan de felicidad del Padre Celestial son el matrimonio y la familia. La gran importancia que tienen se pone de relieve en los esfuerzos incesantes que realiza Satanás por dividir la familia y minimizar el significado de las ordenanzas del templo que unen a la familia por la eternidad. El sellamiento en el templo cobra mayor significado a medida que la vida avanza; los ayudará a acercarse más el uno al otro y a encontrar más gozo y realización.

Una vez, mi esposa me dio una gran lección. Debido a mi profesión, yo viajaba mucho. En una ocasión, había estado ausente por casi dos semanas y regresé a casa un sábado por la mañana. Tenía cuatro horas libres antes de tener que asistir a otra reunión. Vi que nuestra pequeña máquina de lavar se había roto y que mi esposa estaba lavando la ropa a mano, por lo que comencé a arreglarla.

Jeanene se acercó y me dijo: “Rich, ¿qué estás haciendo?”

Le respondí: “Estoy reparando la máquina de lavar para que no tengas que lavar a mano”.

Ella dijo: “No, ve a jugar con los niños”.

Le contesté: “Puedo jugar con los niños en cualquier momento; quiero ayudarte”.

Entonces dijo: “Richard, por favor ve a jugar con los niños”.

Cuando ella me hablaba con esa autoridad, yo obedecía.

Me divertí mucho con nuestros hijos. Nos perseguimos unos a otros y rodamos entre las hojas de otoño. Luego fui a la reunión; y quizás hubiera olvidado por completo lo sucedido si no fuera por la lección que ella quiso que yo aprendiera.

Al día siguiente, alrededor de las cuatro de la mañana, me despertaron dos pequeños brazos que me rodeaban el cuello, un beso en la mejilla y estas palabras, que nunca olvidaré, susurradas al oído: “Papá, te quiero mucho; eres mi mejor amigo”.

Si tienes esa clase de experiencias con tu familia, disfrutas de uno de los gozos más extraordinarios de la vida.

Si eres un joven en edad de casarte y todavía no lo has hecho, no pierdas el tiempo en frivolidades; sigue adelante con tu vida y concéntrate en casarte. No vivas esta etapa de tu vida sin ton ni son. Jóvenes, sirvan una misión digna y después pónganse como prioridad principal el buscar una compañera eterna digna. Cuando sientan que tienen interés en una joven, demuéstrenle que son una persona extraordinaria que a ella le interesará conocer más a fondo. Invítenla a lugares que valgan la pena y demuestren ingeniosidad. Si desean tener una esposa maravillosa, deben hacer que ella los vea como un hombre maravilloso y un posible esposo.

Si han encontrado a alguien, pueden tener un extraordinariamente maravilloso noviazgo y matrimonio, y ser muy, pero muy felices eternamente al permanecer dentro de los límites de dignidad que el Señor ha establecido.

Si estás casado, ¿eres fiel a tu esposa tanto mental como físicamente? ¿Eres leal a los convenios matrimoniales al no participar nunca en conversaciones con otra persona que no querrías que tu esposa oyera? ¿Tratas con bondad y apoyas a tu esposa e hijos?

Hermanos, ¿toman la iniciativa en actividades familiares como el estudio de las Escrituras, la oración familiar y la noche de hogar, o es su esposa la que lo hace para suplir la falta de interés de ustedes? ¿Le dicen a menudo a su esposa cuánto la quieren? Eso le dará gran felicidad. Cuando digo esto, algunos hombres me han dicho: “Oh, ella lo sabe”. Ustedes tienen que decírselo. Una mujer mejora y es grandemente bendecida por esa confirmación. Expresen gratitud por lo que su esposa hace por ustedes. Expresen ese amor y gratitud a menudo. Eso hará que la vida sea más plena, más placentera y con mayor sentido. No dejen de mostrar esas expresiones naturales de amor; que tienen mucho mejor resultado si la abrazan fuerte mientras se lo dicen. Seguir leyendo

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El Santo Templo: Un faro para el mundo

Conferencia General Abril 2011
El Santo Templo: Un faro para el mundo
Por el presidente Thomas S. Monson

Las bendiciones supremas y de fundamental importancia del ser miembros de la Iglesia son las bendiciones que recibimos en los templos de Dios.

Mis queridos hermanos y hermanas, hago extensivos mi amor y saludos a cada uno de ustedes y ruego que nuestro Padre Celestial guíe mis pensamientos e inspire mis palabras al hablarles hoy.

Permítanme comenzar haciendo un comentario o dos con respecto a los buenos mensajes que hemos escuchado esta mañana de la hermana Allred, del obispo Burton y de otras personas en cuanto al programa de bienestar de la Iglesia. Como se ha indicado, este año marca el aniversario número 75 de este inspirado programa que ha bendecido la vida de tantas personas. Tuve el privilegio de conocer personalmente a algunos de los que iniciaron esta gran labor, hombres de compasión y visión.

Como lo mencionaron el obispo Burton, la hermana Allred y otras personas, el obispo del barrio tiene la responsabilidad de cuidar a los necesitados que residen dentro de los límites de su barrio. Tal fue mi privilegio cuando era un joven obispo que presidía un barrio de Salt Lake City de 1080 miembros, entre ellos, 84 viudas. Había muchos que necesitaban ayuda. Cuán agradecido estaba por el programa de bienestar de la Iglesia y por la ayuda de la Sociedad de Socorro y de los quórumes del sacerdocio.

Declaro que el programa de bienestar de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es inspirado por el Dios Todopoderoso.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, esta conferencia marca tres años desde que se me sostuvo como Presidente de la Iglesia. Desde luego han sido años ocupados, llenos de muchos desafíos, pero también de incontables bendiciones. La oportunidad que he tenido de dedicar y rededicar templos se halla entre las bendiciones más sagradas y que más he gozado, y es sobre el templo que deseo hablarles hoy.

Durante la conferencia general de octubre de 1902, el Presidente de la Iglesia, Joseph F. Smith, expresó en su discurso de apertura su esperanza de que algún día tuviésemos “templos construidos en diferentes partes del [mundo] donde sean necesarios para la conveniencia de la gente”1.

Durante los primeros 150 años que siguieron a la organización de la Iglesia, desde 1830 a 1980, se construyeron 21 templos, entre ellos los de Kirtland, Ohio, y Nauvoo, Illinois. Comparen eso con los 30 años que siguieron desde 1980, durante los que se construyeron y dedicaron 115 templos. Con el anuncio de ayer de tres templos nuevos, hay además 26 templos en construcción o en la etapa previa a la construcción; y esos números seguirán creciendo.

La meta que el presidente Joseph F. Smith esperaba en 1902 se está convirtiendo en realidad. Nuestro deseo es que los miembros tengan un templo lo más accesible que sea posible.

Uno de los templos que actualmente está en construcción es el de Manaus, Brasil. Hace muchos años leí que un grupo de más de cien miembros partieron de Manaus, ubicada en el corazón de la selva amazónica, para viajar a lo que entonces era el templo más cercano, que estaba en Sao Paulo, Brasil; a unos 4.000 kilómetros de Manaus. Esos santos fieles viajaron cuatro días y cuatro noches en bote por el río Amazonas y sus ríos tributarios. Después del viaje por agua, anduvieron en autobuses por otros tres días, viajando por caminos llenos de baches, con muy poco para comer y sin un lugar cómodo para dormir. Después de siete días completos llegaron al Templo de Sao Paulo, donde se efectuaron ordenanzas de naturaleza eterna. Por supuesto, su viaje de regreso fue igual de difícil; sin embargo, habían recibido las ordenanzas y las bendiciones del templo y, aunque sus monederos habían quedado vacíos, ellos estaban llenos del espíritu del templo y de gratitud por las bendiciones que habían recibido2. Ahora, muchos años más tarde, nuestros miembros de Manaus se regocijan al ver su propio templo tomar forma a orillas del río Negro. Los templos traen gozo a los miembros fieles dondequiera que se construyan.

Los informes de los sacrificios que se hacen para recibir las bendiciones del templo de Dios no dejan de conmover mi corazón y de renovar mis sentimientos de agradecimiento por los templos.

Me gustaría compartir con ustedes el relato de Tihi y Tararaina Mou Tham y de sus diez hijos. Con excepción de una hija, toda la familia se unió a la Iglesia a principios de la década de 1960 cuando los misioneros llegaron a la isla donde vivían, que está a unos 160 kilómetros al sur de Tahití. Pronto comenzaron a anhelar las bendiciones del sellamiento de una familia eterna en el templo.

En ese entonces, el templo más cercano para la familia Mou Tham era el Templo de Hamilton, Nueva Zelanda, a unos 4.000 kilómetros hacia el sudoeste, sólo accesible por avión, lo cual era muy caro. La numerosa familia de los Mou Tham, que sobrevivía con una escasa entrada proveniente de una pequeña plantación, no tenía dinero para el viaje ni tampoco había oportunidades de trabajo en esa isla del Pacífico. Así que, el hermano Mou Tham y su hijo Gérard tomaron la difícil decisión de viajar 4.800 kilómetros para trabajar en Nueva Caledonia, donde trabajaba otro de los hijos.

Los tres hombres de la familia Mou Tham trabajaron durante cuatro años. En ese período sólo el hermano Mou Tham volvió a casa una sola vez para el casamiento de un hija.

Después de cuatro años de trabajo agotador, el hermano Mou Tham y sus hijos habían ahorrado suficiente dinero para llevar a la familia al Templo de Nueva Zelanda. Todos los que eran miembros fueron, con excepción de una hija que estaba esperando un bebé. Se sellaron por el tiempo de esta vida y por la eternidad, una experiencia indescriptible y de gran gozo. Seguir leyendo

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El espíritu de revelación

Conferencia General Abril 2011
El espíritu de revelación
por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El espíritu de revelación es real, puede funcionar, y de hecho funciona, en la vida de cada uno y en La Iglesia.

Expreso gratitud por la inspiración que ha dirigido la selección del himno que vendrá después de mis palabras, “¿En el mundo he hecho bien?” (Himnos, Nº 141). Me doy por aludido.

Los invito a considerar dos experiencias que la mayoría hemos tenido con la luz.

La primera experiencia sucede cuando entramos en un cuarto oscuro y encendemos el interruptor de la luz. Recuerden cómo, en un instante, la habitación se llena de luz y hace que desaparezca la oscuridad. Lo que antes no se veía y era incierto, se vuelve claro y reconocible. Esta experiencia se caracteriza por el inmediato e intenso reconocimiento de la luz.

La segunda experiencia tiene lugar al observar la noche transformarse en la mañana. ¿Recuerdan el lento y casi imperceptible aumento de luz en el horizonte? En comparación con el hecho de encender una luz en un cuarto oscuro, la luz del sol naciente no irrumpe de inmediato. Más bien, la intensidad de la luz aumenta de manera gradual y constante, y a la oscuridad de la noche la reemplaza el resplandor de la mañana. Finalmente, el sol se asoma por el horizonte, pero la evidencia visual de su inminente llegada se manifiesta horas antes de aparecer realmente sobre el horizonte. Esta experiencia se caracteriza por el discernimiento sutil y gradual de la luz.

De esas dos experiencias comunes y corrientes con la luz podemos aprender mucho acerca del espíritu de revelación. Ruego que el Espíritu Santo nos inspire e instruya al centrar nuestra atención en el espíritu de revelación y en los métodos básicos mediante las cuales se recibe.

El espíritu de revelación

La revelación es la comunicación de Dios con Sus hijos en la tierra y es una de las grandes bendiciones relacionadas con el don y la compañía constante del Espíritu Santo. El profeta José Smith enseñó: “El Espíritu Santo es un revelador”, y “ningún hombre puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones” (Véase, Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 139).

El espíritu de revelación está al alcance de toda persona que, mediante la debida autoridad del sacerdocio, reciba las ordenanzas salvadoras del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo, y que actúe con fe para cumplir el mandato del sacerdocio que dice: “Recibe el Espíritu Santo”. Esta bendición no se limita a las autoridades que presiden la Iglesia, sino que le pertenece y debe estar en vigor en la vida de todo hombre, toda mujer y todo niño que alcanza la edad de responsabilidad y que entra en convenios sagrados. El deseo sincero y la dignidad invitan al espíritu de revelación a nuestra vida.

José Smith y Oliver Cowdery adquirieron una valiosa experiencia con el espíritu de revelación al traducir el Libro de Mormón. Esos hermanos descubrieron que podían recibir el conocimiento que fuera necesario para llevar a cabo su obra si pedían con fe, con un corazón sincero, creyendo que recibirían. Con el tiempo, fueron comprendiendo cada vez más que el espíritu de revelación normalmente funciona como pensamientos y sentimientos que acuden a nuestra mente y corazón por el poder del Espíritu Santo. (Véase D. y C. 8:1–2100:5–8.) Como el Señor les mandó: “Ahora, he aquí, éste es el espíritu de revelación; he aquí, es el espíritu mediante el cual Moisés condujo a los hijos de Israel a través del Mar Rojo sobre tierra seca. Por tanto, éste es tu don; empéñate en él” (D. y C. 8:3–4).

Hago hincapié en la frase “empéñate en él” en relación con el espíritu de revelación. En las Escrituras, con frecuencia se describe la influencia del Espíritu Santo como “una voz apacible y delicada” (1 Reyes 19:121 Nefi 17:45; véase también 3 Nefi 11:3) y “una voz… de perfecta suavidad” (Helamán 5:30). A causa de que el Espíritu nos susurra tierna y delicadamente, es fácil comprender por qué debemos rechazar los medios de comunicación inapropiados, la pornografía y las substancias y conductas perjudiciales y adictivas. Esas herramientas del adversario pueden dañar y, con el tiempo, destruir nuestra capacidad para reconocer los sutiles mensajes de Dios por medio del poder de Su Espíritu, y responder a ellos. Cada uno de nosotros debe considerar seriamente y meditar con espíritu de oración cómo rechazar las tentaciones del diablo, y en rectitud “empeñarnos” en el espíritu de revelación en nuestra vida y en la de nuestra familia.

Modelos de revelación

Las revelaciones se transmiten de diversas maneras, entre ellas, por ejemplo, sueños, visiones, conversaciones con mensajeros celestiales e inspiración. Algunas revelaciones se reciben de forma inmediata e intensa, mientras que otras se reconocen de manera gradual y sutil. Las dos experiencias que describí relacionadas con la luz nos sirven para entender mejor estos dos modelos básicos de revelación.

Una luz que se enciende en un cuarto oscuro es semejante a recibir un mensaje de Dios rápida y completamente, y todo de una vez. Muchos de nosotros hemos experimentado este modelo de revelación cuando se nos ha dado respuesta a nuestras oraciones sinceras o se nos ha proporcionado orientación o protección, de acuerdo con la voluntad y el tiempo de Dios. Las descripciones de este tipo de manifestaciones inmediatas e intensas se encuentran en las Escrituras, se relatan en la historia de la Iglesia y se manifiestan en nuestra propia vida. Efectivamente, estos poderosos milagros sí ocurren. Sin embargo, este modelo de revelación tiende a ser más infrecuente que común. Seguir leyendo

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