¡Haya luz!

Conferencia General Octubre 2010
¡Haya luz!
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

En nuestro mundo cada vez más inicuo, es esencial que los valores basados en la creencia religiosa formen parte de las disertaciones públicas.

El mes pasado celebré mi cumpleaños; como regalo, mi esposa Mary me dio un CD de canciones de esperanza y fe de la famosa cantante británica Vera Lynn, quien inspiró a sus oyentes durante los días sombríos de la Segunda Guerra Mundial.

Hay una historia detrás del hecho de que mi esposa me haya dado algo así. El bombardeo de Londres en septiembre de 1940 empezó un día antes de que yo naciera1. Mi madre, que escuchaba los sucesos por la radio en la habitación del hospital, decidió ponerme el nombre del anunciador, que se llamaba Quentin.

La cantante Vera Lynn tiene actualmente 93 años. El año pasado se volvieron a sacar a la venta sus canciones del tiempo de la guerra, y de inmediato ascendieron al primer lugar de la lista de éxitos en Gran Bretaña. Algunos de ustedes que sean ya mayores recordarán canciones como “Los blancos acantilados de Dover”.

Una canción titulada “Cuando se vuelvan a encender las luces (por todo el mundo)”, me conmovió profundamente. Me hizo recordar dos cosas: primero, las palabras proféticas de un estadista británico: “Se apagan las lámparas por toda Europa. No las volveremos a ver encendidas en nuestra vida”2; y segundo, los ataques aéreos en ciudades británicas como Londres. Para que fuera más difícil para los bombarderos encontrar un blanco, se instituyeron los apagones; se apagaban las luces y se cubrían las ventanas.

La canción reflejaba la esperanza de que se restablecerían la libertad y la luz. Para aquellos de nosotros que entendemos el papel del Salvador y de la Luz de Cristo3 en el constante conflicto entre el bien y el mal, la analogía que existe entre esa guerra mundial y el conflicto moral actual es clara. Es por medio de la Luz de Cristo que toda la humanidad puede “discernir el bien del mal”4.

Nunca ha sido fácil lograr ni conservar la libertad y la luz. Desde la guerra en los Cielos, las fuerzas de la maldad han utilizado todo medio posible para destruir el albedrío y extinguir la luz. El ataque contra los principios morales y la libertad religiosa nunca han sido tan potentes.

Como Santos de los Últimos Días tenemos que hacer todo lo posible por preservar la luz y proteger a nuestras familias y comunidades de este ataque a la moral y a la libertad religiosa.

Protejamos a la familia

Un peligro constante para la familia es la invasión de las fuerzas del mal que parecen provenir de todas direcciones. Mientras nuestro esfuerzo principal debe ser el buscar la luz y la verdad, seríamos prudentes si mantuviéramos nuestros hogares a oscuras para protegerlos de las bombas mortíferas que destruyen nuestro desarrollo y progreso espiritual. La pornografía, en particular, es un arma de destrucción moral masiva. Su impacto está al frente de la erosión de los valores morales. Igualmente letales son algunos programas de televisión y sitios de internet; esas fuerzas malignas despojan al mundo de la luz y la esperanza. El nivel de decadencia se va acelerando5. Si no apagamos las luces de nuestro hogar y de nuestra vida para que no entre la maldad, entonces, que no nos sorprenda si devastadoras explosiones morales destruyen la paz que es la recompensa de un vivir recto. Nuestra responsabilidad es la de estar en el mundo pero no ser de él.

Además, debemos aumentar considerablemente la observancia religiosa en el hogar. La noche de hogar cada semana, la oración familiar y el estudio de las Escrituras diarios son elementos esenciales. Debemos llevar a nuestros hogares aquello que es “virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza”6. Si hacemos de nuestros hogares lugares santos que nos resguarden de la maldad, seremos protegidos de las consecuencias adversas que se han predicho en las Escrituras.

Protejamos la comunidad

Además de proteger a nuestra propia familia, debemos ser una fuente de luz para proteger nuestras comunidades. El Salvador dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”7.

Nuestros días se han descrito como “un tiempo de abundancia y una época de duda”8. La creencia básica en el poder y la autoridad de Dios no sólo se pone en tela de juicio sino que se denigra. Bajo estas circunstancias, ¿cómo podemos fomentar valores de manera que los incrédulos y los apáticos se hagan eco de ellos, y que ayuden a mitigar la vertiginosa caída hacia la violencia y la maldad?

Esta pregunta es de monumental importancia. Piensen en el profeta Mormón y en su angustia cuando declaró: “¡…cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que esperaba con los brazos abiertos para recibiros!”9. La angustia de Mormón se justificaba, y su hijo, Moroni, permaneció para describir “el triste relato de la destrucción de [su] pueblo”10.

Mi experiencia personal de vivir y relacionarme con personas de todo el mundo me ha hecho optimista. Creo que la luz y la verdad serán preservadas en nuestros días. En todas las naciones hay grupos numerosos que adoran a Dios y sienten que tienen que darle cuentas a Él de su conducta. Algunos observadores creen que en realidad hay un renacimiento global de fe11. Como líderes de la Iglesia, nos hemos reunido con líderes de otras religiones y hemos descubierto que existe un fundamento moral común que trasciende las diferencias teológicas y nos une en nuestras aspiraciones por una sociedad mejor.

También encontramos que la mayoría de las personas aún respetan los valores morales básicos; pero, que no les quepa la menor duda: también hay personas que están resueltas a destruir la fe así como a rechazar cualquier influencia religiosa en la sociedad. Otras personas malvadas explotan, manipulan y destruyen la sociedad con drogas, pornografía, explotación sexual, tráfico humano, robo y prácticas fraudulentas de negocios. El poder y la influencia de esas personas son sumamente grandes a pesar de que ellas sean relativamente pocas. Seguir leyendo

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El albedrío: Esencial para el plan de la vida

Conferencia General Octubre 2010

El albedrío: Esencial para el plan de la vida

Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cada vez que escogemos venir a Cristo, tomar Su nombre sobre nosotros y seguir a Sus siervos, progresamos a lo largo del sendero a la vida eterna.

Hace poco recibí una carta de un amigo de más de 50 años que no es miembro de nuestra Iglesia. Le había mandado un material de lectura del Evangelio, a lo que respondió: “Al principio me fue difícil entender el significado de la típica jerga mormona, tal como albedrío. Quizá una breve página de vocabulario sería útil”.

Me sorprendió que no entendiera lo que queremos decir con la palabra albedrío. Acudí a un diccionario en línea y, de las diez definiciones y usos de la palabra albedrío, ninguna expresaba la idea de escoger para actuar. Nosotros enseñamos que el albedrío es la facultad y el privilegio que Dios nos da para escoger y “…actuar por [nosotros] mismos y no para que se actúe sobre [nosotros]”1. El albedrío es actuar con responsabilidad y dar cuenta de nuestras acciones. Nuestro albedrío es esencial para el plan de salvación. Con él, somos “…libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo”2.

La letra de un conocido himno enseña este principio claramente:

El hombre tiene libertad
de escoger lo que será;
mas Dios la ley eterna da,
que él a nadie forzará3.

Para contestar la pregunta de mi amigo, y las preguntas de buenos hombres y mujeres de todas partes, permítanme compartir con ustedes más de lo que sabemos acerca del significado del albedrío.

Antes de venir a esta tierra, el Padre Celestial presentó Su plan de salvación, un plan para venir a la tierra y recibir un cuerpo, escoger actuar entre el bien y el mal, y progresar para llegar a ser como Él y vivir con Él para siempre.

Nuestro albedrío —nuestra capacidad para escoger y actuar por nosotros mismos— fue un elemento esencial de este plan. Sin el albedrío, no seríamos capaces de hacer elecciones correctas ni progresar. Sin embargo, con el albedrío podríamos hacer malas elecciones, cometer pecado y perder la oportunidad de estar con nuestro Padre Celestial otra vez. Por esa razón, se proporcionaría un Salvador para sufrir por nuestros pecados y para redimirnos si nos arrepentíamos. Mediante Su Expiación infinita, “…realizó el plan de misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia”4.

Después de que nuestro Padre Celestial presentó Su plan, Lucifer se ofreció y dijo: “Envíame a mí… y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma… dame, pues, tu honra”5. Este plan fue rechazado por nuestro Padre, porque nos privaba de nuestro albedrío. De hecho, era un plan de rebelión.

Entonces Jesucristo, el “Amado y… Escogido [Hijo] del [Padre Celestial] desde el principio”, ejerció Su albedrío para decir: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”6. Él sería nuestro Salvador, el Salvador del mundo.

Debido a la rebelión de Lucifer, se produjo un gran conflicto espiritual. Cada uno de los hijos del Padre Celestial tuvo la oportunidad de ejercer el albedrío que el Padre Celestial le había dado. Decidimos tener fe en el Salvador Jesucristo: venir a Él, seguirlo y aceptar el plan que el Padre Celestial presentó para nuestro beneficio. Pero una tercera parte de los hijos del Padre Celestial no tuvieron fe para seguir al Salvador y, en cambio, decidieron seguir a Lucifer, o Satanás7.

Y Dios dijo: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado… hice que fuese echado abajo”8. Los que siguieron a Satanás perdieron la oportunidad de recibir un cuerpo mortal, de vivir en la tierra y progresar. Debido a la forma en que ejercieron su albedrío, perdieron dicho albedrío.

Actualmente, el único poder que Satanás y sus seguidores tienen es el poder de tentarnos y probarnos. Su único gozo es hacernos “miserables como [ellos]”9; su única felicidad se produce cuando somos desobedientes a los mandamientos del Señor.

Pero piensen en esto: En nuestro estado premortal, ¡elegimos seguir al Salvador Jesucristo! Y por haberlo hecho, se nos permitió venir a la tierra. Testifico que al hacer la misma elección de seguir al Salvador ahora, aquí en la tierra, obtendremos una bendición aún mayor en las eternidades; pero conste que debemos continuar escogiendo seguir al Salvador. La eternidad está en juego, y el uso prudente del albedrío y nuestras acciones son esenciales para que logremos la vida eterna.

A lo largo de Su vida, el Salvador nos mostró cómo usar nuestro albedrío. Siendo niño en Jerusalén, intencionalmente escogió estar “…en los asuntos de [Su] Padre”10. Durante Su ministerio, eligió obedientemente “…cumplir la voluntad de [Su] Padre”11. En Getsemaní, eligió sufrir todas las cosas, diciendo: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”12. Sobre la cruz, eligió amar a Sus enemigos, y oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”13. Y entonces, para que pudiera finalmente demostrar que estaba eligiendo por Sí mismo, se le dejó solo. “Padre, ¿por qué me has desamparado?”, preguntó14. Por último, ejerció Su albedrío para actuar, perseverando hasta el fin, hasta que pudo decir: “¡Consumado es!”15. Seguir leyendo

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De las cosas que más importan

Conferencia General Octubre 2010
De las cosas que más importan
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces, quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

Es impresionante lo mucho que aprendemos de la vida al estudiar la naturaleza. Por ejemplo, los científicos pueden analizar los anillos de crecimiento de los árboles y hacer conjeturas bastante acertadas del clima y de las condiciones de crecimiento que existían hace cientos e incluso miles de años. Algo que aprendemos al estudiar el crecimiento de los árboles es que en las temporadas en que las condiciones son ideales, los árboles crecen a un ritmo normal. Sin embargo, durante épocas en que las condiciones de crecimiento no son las ideales, los árboles disminuyen el ritmo de crecimiento y dedican su energía a los elementos básicos necesarios para sobrevivir.

En este momento algunos de ustedes tal vez piensen: “Eso es muy cierto y bueno; pero, ¿qué tiene que ver con pilotar un avión?”. Bueno, permítanme decirles.

¿Han estado alguna vez en un avión y sentido la turbulencia? La causa más común de la turbulencia es un cambio repentino en el movimiento del aire que hace que la aeronave cabecee, se balancee y oscile. A pesar de que los aviones se construyen para resistir peores turbulencias que las de un vuelo normal, esto aún puede resultar desconcertante para los pasajeros.

¿Qué creen que hacen los pilotos cuando encuentran turbulencia? Un estudiante de aviación podría pensar que aumentar la velocidad sería una buena estrategia porque así se atravesaría la turbulencia más rápido. Pero eso podría no ser lo indicado. Los pilotos profesionales comprenden que hay una velocidad óptima de penetración que reduce al mínimo los efectos negativos de la turbulencia. Y casi siempre eso implica reducir la velocidad. El mismo principio se aplica también a los badenes [o topes] de las calles.

Por lo tanto, es un buen consejo reducir un poco la velocidad, redefinir el curso y centrarse en lo básico al atravesar condiciones adversas.

El ritmo de la vida moderna

Ésta es una lección sencilla pero fundamental que parece lógica cuando se explica con términos de árboles o turbulencia, pero es sorprendente lo fácil que es pasarla por alto cuando se tratan de aplicar esos principios en nuestra vida cotidiana. Cuando los niveles de estrés aumentan, cuando aparece la angustia, cuando la tragedia azota, con demasiada frecuencia procuramos mantener el mismo ritmo frenético, o incluso acelerar, pensando que cuanto más nos apresuremos, mejor superaremos los problemas.

Una de las características de la vida moderna es nos movemos a un ritmo cada vez mayor, independientemente de la turbulencia o los obstáculos.

Seamos sinceros; resulta un tanto fácil estar ocupados. Todos podemos pensar en una lista de tareas que colmaría nuestras agendas. Algunas personas quizás piensen que su propia valía depende de lo larga que sea su lista de tareas; llenan los espacios libres de su horario con listas de reuniones y pequeñeces, incluso durante épocas de estrés y fatiga. Debido a que se complican la vida sin necesidad, suelen sentir mayor frustración, menos gozo y le hallan muy poco sentido a la vida.

Se dice que cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio. Sin duda, la programación de demasiadas actividades para el día podría calificarse como tal. Llega un punto en el que las metas se convierten en piedras de molino y las ambiciones en una carga.

¿Cuál es la solución?

Los sabios comprenden y aplican las lecciones de los anillos de los árboles y la turbulencia de aire. Resisten la tentación de verse envueltos en la frenética carrera de la vida cotidiana; siguen el consejo: “Hay más en la vida que el aumentar su velocidad”1. En resumen, se centran en las cosas que más importan.

El élder Dallin H. Oaks, en una conferencia general reciente, enseñó: “Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia”2.

La búsqueda de las cosas mejores inevitablemente conduce a los principios fundamentales del evangelio de Jesucristo: las verdades sencillas y hermosas que nos ha revelado un generoso, eterno y omnisciente Padre Celestial. Esas doctrinas y principios fundamentales, aunque bastante sencillos para que un niño los comprenda, aportan las respuestas a los interrogantes más complejos de la vida. Seguir leyendo

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Reflexiones sobre una vida consagrada

Conferencia General Octubre 2010
Reflexiones sobre una vida consagrada
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios

Cuando era joven, visité la Feria Mundial de 1964 de la ciudad de Nueva York. Uno de mis puestos favoritos era el pabellón de la Iglesia SUD con su impresionante réplica de las torres del Templo de Salt Lake. Allí vi por primera vez el video El hombre y su búsqueda de la felicidad. La presentación del plan de salvación, narrada por el élder Richard L. Evans causó gran impacto en muchos visitantes, incluso en mí. Entre otras cosas, el élder Evans dijo:

“La vida les ofrece dos dones de valor incalculable, uno de ellos es el tiempo, y el otro, la libertad de escoger, la libertad de adquirir lo que deseen con su tiempo. Tienen la libertad de invertir su tiempo en placeres pasajeros; pueden emplearlo para satisfacer sus deseos bajos; son libres de invertirlo en la codicia…

“Suya es la libertad de escoger. Pero no piensen que esto es una ganga, porque en ello no se encuentra satisfacción duradera.

“Llegado el momento, tendrán que responder por cada día, cada hora y cada minuto que haya durado su vida mortal. Es en esta vida que uno camina por la fe y demuestra tener la capacidad de escoger entre el bien y el mal, lo debido y lo indebido, procurando la felicidad más bien que la mera diversión, y la recompensa eterna será acorde con lo que uno escoja.

“Un profeta de Dios ha dicho: ‘Existen los hombres para que tengan gozo’, gozo que incluye la plenitud de la vida, una vida dedicada al servicio, al amor y la armonía en el hogar y los frutos de un trabajo honrado, la aceptación del evangelio de Jesucristo, de sus requisitos y mandamientos.

“Sólo en ellos encontrarán la verdadera felicidad, la felicidad que no se desvanece al extinguirse las luces, la música y la multitud”1.

Estas palabras expresan la realidad de que nuestra vida en la tierra es una mayordomía del tiempo y las opciones que nuestro Creador nos ha otorgado. La palabra mayordomía trae a la mente la ley de consagración del Señor (véase, por ejemplo, D. y C. 42:32, 53) que tiene una función financiera, pero más que eso, es una aplicación de la ley celestial a nuestra vida aquí y ahora (véase D. y C. 105:5). Consagrar es apartar o dedicar algo como sagrado, reservado para propósitos santos. El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios (véase Juan 17:1, 4, D. y C. 19:19). Al hacerlo, permitimos que Él nos eleve a nuestro destino más alto.

Me gustaría analizar con ustedes cinco elementos de una vida consagrada: pureza, trabajo, respeto hacia el cuerpo físico, servicio e integridad.

Como lo demostró el Salvador, una vida consagrada es una vida pura. Si bien Jesús es el único que tuvo una vida sin pecado, quienes vienen a Él y toman Su yugo sobre sí pueden reclamar Su gracia, que los hará como Él, sin culpa y sin mancha. Con profundo amor el Señor nos alienta con estas palabras: “Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha” (3 Nefi 27:20).

Por lo tanto, consagración significa arrepentimiento. Se debe abandonar la obstinación, la rebelión y la justificación, y reemplazarlos con sumisión, un deseo de corrección y aceptación de todo lo que el Señor requiera. Esto es a lo que el rey Benjamín llamó despojarse del hombre natural, someterse al influjo del Espíritu Santo y hacerse santo “por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). A tal persona se le promete la presencia constante del Espíritu Santo, una promesa que se recuerda y se renueva cada vez que un alma arrepentida participa de la Santa Cena del Señor (véase D. y C. 20:77, 79).

En una ocasión, el élder B. H. Roberts expresó el proceso en estas palabras: “El hombre que camina en la luz, sabiduría y poder de Dios, finalmente, por asociación, hará suya la luz, sabiduría y poder de Dios—entrelazando esos rayos brillantes en una cadena divina, uniéndose para siempre a Dios y Dios a él. Eso [es] la sustancia de las palabras místicas del Mesías: ‘Tú, oh Padre, en mí, y yo en ti’— mayor grandeza el ser humano no puede alcanzar”2.

Una vida consagrada es una vida de trabajo. Ya desde temprano en Su vida, Jesús estaba en los asuntos de Su Padre (véase Lucas 2:48–49). Dios mismo es glorificado por Su obra de llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39). De forma natural, deseamos participar con él en Su obra y, al hacerlo, debemos reconocer que todo trabajo honrado es el trabajo de Dios. En las palabras de Thomas Carlyle: “Todo verdadero trabajo es sagrado; en todo trabajo verdadero, aunque sólo sea trabajo manual, hay algo de divinidad. El trabajo, tan grande como la tierra, tiene su culminación en los Cielos”3. Seguir leyendo

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El aprendizaje y la enseñanza del Evangelio

Conferencia General Octubre 2010
El aprendizaje y la enseñanza del Evangelio
Por David M. McConkie
Primer Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

Lo que más importa es la actitud o el espíritu con el que el maestro enseñe.

Como miembro de la Presidencia General de la Escuela Dominical, considero que debo comenzar mis palabras esta mañana diciéndoles: “Buenos días, clase”.

Mi mensaje de hoy es para todos aquellos que han sido llamados a enseñar, en cualquier organización en la que presten servicio, o si son conversos recientes en la Iglesia o maestros con años de experiencia.

No voy a hablar sobre los “métodos” de enseñanza sino del “método” de aprendizaje. Puede haber una gran diferencia entre lo que dice el maestro y lo que oyen o aprenden los integrantes de la clase.

Piensen por un momento en un maestro que realmente haya tenido gran impacto en la vida de ustedes. ¿Qué fue lo que les impresionó de él o ella que les permitió recordar lo que se enseñó, lo que los motivó a descubrir la verdad por ustedes mismos, a ejercer su albedrío y actuar y no para que se actuara sobre ustedes, es decir, aprender? ¿Qué fue lo que distinguió a ese maestro de los demás?

Un autor y maestro de éxito dijo: “Lo que más importa en el aprendizaje es la actitud. La actitud del maestro”1.

Tengan en cuenta que lo que más importa en el aprendizaje no es el número de años que el maestro haya sido miembro de la Iglesia, ni cuanta experiencia tenga la persona en la enseñanza, ni siquiera el conocimiento que el maestro tenga del Evangelio, ni sus técnicas de enseñanza. Lo que más importa es la actitud o el espíritu con el que el maestro enseñe.

En una reunión mundial de capacitación de líderes, el élder Jeffrey R. Holland relató lo siguiente: “Durante muchos años me ha encantado la historia que el presidente Packer ha relatado una y otra vez sobre el maestro de Escuela Dominical de William E. Berrett cuando era joven. Se llamó a un anciano hermano danés a enseñar una clase de jóvenes alborotados… él no hablaba bien inglés, tenía un acento danés muy fuerte, era mucho mayor que ellos, tenía manos grandes, de granjero. Sin embargo, debía enseñar a esos jóvenes indisciplinados de 15 años. No parecía que fueran a ser compatibles, pero el hermano Berrett solía decir, y ésta es la parte que el presidente Packer cita, que este hombre de alguna forma les enseñó; que frente a todas esas barreras, frente a todas las limitaciones, ese hombre entró al corazón de esos inquietos jóvenes de 15 años y cambió sus vidas. Y el testimonio del hermano Berrett fue: “hubiéramos podido calentarnos las manos con el fuego de su fe’”2.

Los maestros del Evangelio que tienen éxito aman el Evangelio y sienten un gran entusiasmo por él. Y a causa de que aman a sus alumnos, desean que sientan lo que ellos sienten y que pasen por lo que ellos han pasado. Enseñar el Evangelio es compartir el amor que se tiene por el Evangelio.

Hermanos y hermanas, la actitud de un maestro no se enseña, sino que se adquiere3.

Entonces, ¿cómo desarrollamos la actitud necesaria para ser un maestro de éxito? Me gustaría analizar cuatro puntos básicos en la enseñanza del Evangelio:

Primero, sumérjanse en las Escrituras. No podemos amar lo que no conocemos. Cultiven el hábito del estudio diario de las Escrituras, separado y aparte de la preparación de sus lecciones. Antes de que podamos enseñar el Evangelio debemos conocerlo. Seguir leyendo

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La obediencia a los profetas

Conferencia General Octubre 2010
La obediencia a los profetas
Por el élder Claudio R. M. Costa
De la Presidencia de los Setenta

¡Qué gran bendición es tener profetas en nuestros días!

Yo soy converso a la Iglesia. Estoy tan agradecido de que Dios respondió mi oración y me dio el conocimiento y un testimonio fuerte de que José Smith es un profeta de Dios.

Antes de tomar la decisión de bautizarme en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, estudié fragmentos de la historia de José Smith. Oré después de leer detenidamente cada párrafo. Si desean hacer esto ustedes mismos, podría tomarles unas catorce horas.

Después de que leí, medité y oré, el Señor me otorgó la confirmación de que José Smith era Su profeta. Yo les testifico que José Smith es un profeta y, por haber recibido esa respuesta del Señor, sé que todos sus sucesores son profetas también. ¡Qué gran bendición es tener profetas en nuestros días!

¿Por qué es importante tener profetas vivientes para guiar la verdadera Iglesia de Jesucristo y a sus miembros?

En la Guía para las Escrituras encontramos la definición de la palabra profeta: “Persona llamada por Dios para que hable en Su nombre. En calidad de mensajero de Dios, el profeta recibe mandamientos, profecías y revelaciones de Él” (“Profeta” scriptures.lds.org; véase también Guía para el estudio de las Escrituras, “Profeta”, págs. 170–171).

Es una gran bendición recibir la palabra, los mandamientos y la guía del Señor en estos días difíciles de la tierra. El profeta puede ser inspirado para ver el futuro en beneficio de la humanidad.

Se nos ha dicho: “Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7). De este pasaje aprendemos que el Señor revelará a Sus profetas absolutamente todo lo que Él crea necesario comunicarnos. Él nos revelará Su voluntad y nos instruirá por medio de Sus profetas.

El Señor nos ha prometido que si creemos en Sus santos profetas, tendremos vida eterna (véase D. y C. 20:26). En el sexto artículo de fe declaramos que creemos en los profetas. Creer significa tener fe y confianza en ellos, y seguir y hacer lo que los profetas nos pidan que hagamos.

En 1980, cuando el presidente Ezra Taft Benson servía como presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dio un poderoso mensaje acerca de la obediencia a los profetas en un devocional de la Universidad Brigham Young, en el Centro Marriott. Su gran discurso, que se tituló: “Catorce razones para seguir al profeta”, conmovió mi corazón, y me hizo sentir bien de haber tomado la decisión de seguir a los profetas por el resto de mi vida cuando acepté el bautismo en la verdadera Iglesia del Señor.

Me gustaría compartir con ustedes algunos de los principios que el presidente Benson enseñó:

“Primero: El profeta es el único hombre que habla por el Señor en todo” (véase Liahona, junio de 1981, págs. 1–7). Seguir leyendo

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Mantengámonos en la senda

Conferencia General Octubre 2010
Mantengámonos en la senda
Por Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

Al mantener a nuestros hijos aferrados a nosotros y al seguir el ejemplo del Salvador, todos regresaremos a nuestro hogar celestial y estaremos a salvo en los brazos de nuestro Padre Celestial.

Hace poco observé el nacimiento de la pequeña Kate Elizabeth. Después de llegar a este mundo y de que la colocaran en los brazos de su madre, Kate extendió su mano y tomó el dedo de su madre. Era como si estuviera diciendo: “Si me aferro, ¿me ayudarás a mantenerme en la senda de regreso a mi Padre Celestial?”.

A los siete años de edad, José Smith contrajo fiebre tifoidea y se le infectó la pierna. El doctor Nathan Smith estaba implementando un nuevo procedimiento por medio del cual se podría salvar la pierna infectada. Sin anestesia, el doctor Smith tendría que hacer un corte en la pierna de José y extraer partes del hueso infectado. José se negó a tomar licor para soportar el dolor y no quiso que se le amarrara, pero dijo: “Quiero que mi padre se siente en la cama junto a mí y me sostenga en sus brazos, y entonces haré lo que sea necesario”1.

A los niños de todo el mundo decimos: “Toma mi mano. Aférrate. Permaneceremos juntos en la senda de regreso a nuestro Padre Celestial”.

Padres, abuelos, vecinos, amigos, líderes de la Primaria, cada uno de nosotros puede tender la mano para que los niños se aferren a nosotros. Podemos detenernos, arrodillarnos, mirarlos a los ojos y sentir su deseo innato de seguir al Salvador. Tómenlos de la mano. Caminen con ellos. Es la oportunidad que tenemos para anclarlos en la senda de la fe.

Ningún niño tiene que caminar solo por la senda, siempre y cuando le hablemos libremente del plan de salvación. Comprender el plan les ayudará a aferrarse a las verdades que son hijos de Dios y que Él tiene un plan para ellos, que vivieron con Él en la vida premortal, que se regocijaron por venir a esta tierra y que por medio de la ayuda del Salvador todos podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Si ellos entienden el plan y quiénes son, no temerán.

En Alma 24 leemos: “…él ama nuestras almas [y] ama a nuestros hijos; por consiguiente,… el plan de salvación nos [es] dado a conocer, tanto a nosotros como a las generaciones futuras”2.

Comenzamos a dar a conocer el plan a nuestros hijos cuando nosotros mismos nos aferramos a la barra de hierro. Seguir leyendo

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A causa de vuestra fe

Conferencia General Octubre 2010
A causa de vuestra fe
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Mi agradecimiento a todos ustedes maravillosos miembros de la Iglesia… por probar cada día de su vida que el amor puro de Cristo “nunca deja de ser”.

Presidente Monson, todos los miembros de la Iglesia de todo el mundo se unen a este maravilloso coro en ese gran himno, y decimos “Te damos, Señor, nuestras gracias”. Gracias por su vida, su ejemplo, y por ese mensaje de bienvenida a otra conferencia general de la Iglesia. Lo amamos, lo admiramos y lo apoyamos. De hecho, en la sesión de esta tarde tendremos una oportunidad más formal de levantar la mano en un voto de sostenimiento, no sólo para el presidente Monson, sino también para todos los demás oficiales generales de la Iglesia. Ya que mi nombre se incluirá en esa lista, me atreveré a hablar en nombre de todos agradeciéndoles de antemano esas manos levantadas. Ninguno de nosotros podría servir sin sus oraciones ni sin su apoyo. Su lealtad y su amor significa más para nosotros de los que jamás nos sea posible expresar.

Siguiendo con el tema, mi mensaje hoy es para decirles que nosotros los apoyamos a ustedes; que les retribuimos a ustedes esas mismas oraciones sinceras y expresiones de amor. Todos sabemos que hay llaves, convenios y responsabilidades especiales que se dan a los oficiales que presiden la Iglesia, pero también sabemos que la Iglesia recibe una fuerza incomparable, una vitalidad única y verdadera, de la fe y devoción de cada miembro de esta Iglesia, quienquiera que sea. No importa en qué país viva, lo joven o inadecuado que se sienta, la edad que tenga o lo limitado que se considere, yo testifico que Dios lo ama individualmente, usted es clave en el propósito de Su obra, y los oficiales presidentes de Su Iglesia lo aprecian y oran por usted. El valor personal, el esplendor sagrado de cada uno de ustedes es la razón por la cual hay un plan de salvación y exaltación. Contrario a lo que se dice usualmente, esto sí tiene que ver con ustedes. No, no se vuelvan para ver a la persona que está sentada a su lado; ¡les estoy hablando a ustedes!

He tenido dificultad para encontrar una manera apropiada de decirles cuánto los ama Dios y cuán agradecidos estamos por ustedes los que nos encontramos en este estrado. Estoy tratando de ser la voz de los ángeles del cielo para agradecerles cada cosa buena que han hecho, cada palabra amable que han dicho, cada sacrificio que han hecho por ofrecer a alguien —el que fuere— la hermosura y las bendiciones del evangelio de Jesucristo.

Estoy agradecido por las líderes de las Mujeres Jóvenes que van a los campamentos y que sin champú, duchas ni maquillaje hacen que las reuniones de testimonio llenas de humo sean algunas de las experiencias espirituales más profundas que esas jovencitas —o esas líderes— tendrán en la vida. Estoy agradecido por todas las mujeres de la Iglesia que en mi vida han sido tan firmes como el Monte Sinaí y tan compasivas como el Monte de las Bienaventuranzas. Era sólo un pequeño acolchado, realmente pequeño, para que en su viaje de regreso al hogar celestial mi hermanito, que había fallecido, estuviese tan abrigado y cómodo como las hermanas de la Sociedad de Socorro querían que lo estuviera. La comida que prepararon para mi familia después del servicio, de forma voluntaria, sin que dijéramos una palabra, fue recibida con agradecimiento. Sonrían, si quieren, por nuestras tradiciones, pero de algún modo, las mujeres de esta iglesia, con frecuencia no valoradas, siempre están allí cuando hay manos caídas o rodillas debilitadas1. Parecen comprender de forma instintiva la divinidad de la declaración de Cristo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”2. Seguir leyendo

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Al encontrarnos reunidos de nuevo

Conferencia General Octubre 2010
Al encontrarnos reunidos de nuevo
Por el presidente Thomas S. Monson

El servicio misional es un deber del sacerdocio, una obligación que el Señor espera de nosotros, a quienes se nos ha dado tanto.

Mis amados hermanos y hermanas, les damos la bienvenida a la conferencia general, la cual se está escuchando y viendo a través de diversos medios por el mundo. Expresamos agradecimiento a todos los que tienen algo que ver con la complicada logística de esta gran empresa.

Desde abril, cuando nos reunimos por última vez, la obra de la Iglesia ha seguido adelante sin obstáculos. He tenido el privilegio de dedicar cuatro templos nuevos. Acompañado de mis consejeros y de otras Autoridades Generales, he viajado a Gila Valley, Arizona; a Vancouver, Columbia Británica; a Cebú City, en las Filipinas; y a Kiev, Ucrania. El templo de cada uno de esos lugares es magníficamente bello. Cada uno está bendiciendo la vida de nuestros miembros y es una influencia para bien en las personas que no son de nuestra fe.

La noche antes de la dedicación de cada templo, tuvimos el privilegio de presenciar una celebración cultural en la que participaron nuestros jóvenes y algunos de los que no son tan jóvenes. Esos espectáculos generalmente se llevaron a cabo en grandes estadios, aunque en Kiev nos reunimos en un hermoso palacio. Las actuaciones musicales de baile y de canto, así como las exhibiciones, fueron excelentes. Expreso mis felicitaciones y amor a todos los que participaron.

La dedicación de cada templo fue un banquete espiritual. En todas ellas sentimos el Espíritu del Señor.

El mes próximo rededicaremos el Templo de Laie, Hawaii, uno de los más antiguos, en el que se han llevado a cabo extensas renovaciones durante muchos meses. Esperamos con ansias esa sagrada ocasión.

Seguimos edificando templos. Esta mañana me complace anunciar cinco templos más, para los que se están adquiriendo los terrenos y los que, en meses y años venideros, se construirán en los siguientes lugares: Lisboa, Portugal; Indianápolis, Indiana; Urdaneta, Filipinas; Hartford, Connecticut; y Tijuana, México.

Las ordenanzas que se efectúan en nuestros templos son vitales para nuestra salvación y la salvación de nuestros seres queridos fallecidos. Ruego que continuemos siendo fieles en asistir a los templos, los cuales se están construyendo cada vez más cerca de nuestros miembros.

Ahora bien, antes de que escuchemos a nuestros discursantes esta mañana, quisiera mencionar un asunto que está muy cerca de mi corazón y que merece nuestra seria atención. Hablo de la obra misional.

En primer lugar, a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico y a ustedes jóvenes que están llegando a ser élderes, repito lo que los profetas han enseñado por mucho tiempo: que todo joven digno y capaz debe prepararse para servir en una misión. El servicio misional es un deber del sacerdocio, una obligación que el Señor espera de nosotros, a quienes se nos ha dado tanto. Jóvenes, los amonesto a que se preparen para prestar servicio como misioneros. Consérvense limpios y puros, y dignos de representar al Señor. Preserven su salud y fortaleza. Estudien las Escrituras. En donde estén disponibles, participen en seminario e instituto. Familiarícense con el manual misional Predicad Mi Evangelio.

Un consejo para ustedes jóvenes hermanas: Aunque ustedes no tienen la misma responsabilidad del sacerdocio que la que tienen los hombres jóvenes de servir como misioneros de tiempo completo, ustedes aportan una valiosa contribución como misioneras y les agradecemos su servicio.

Y ahora a ustedes hermanos y hermanas mayores: necesitamos muchos, muchos más matrimonios mayores. A los fieles matrimonios que sirven actualmente y que han servido en el pasado, les damos las gracias por su fe y devoción al evangelio de Jesucristo. Ustedes sirven bien y de buen grado, y logran mucho bien.

A aquellos que aún no llegan a la época de la vida en la que podrían servir una misión como matrimonio, los exhorto a prepararse ahora para el día en que ustedes y su cónyuge puedan hacerlo. Según lo permitan las circunstancias, si están a punto de jubilarse, y si su salud lo permite, estén dispuestos a dejar su hogar y prestar servicio misional de tiempo completo. Pocas veces en su vida disfrutarán del dulce espíritu y la satisfacción que resultan del prestar servicio de tiempo completo juntos en la obra del Maestro.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, ruego que estén a tono con el Espíritu del Señor al oír de parte de Sus siervos durante los dos próximos días. Que ésta sea la bendición de cada uno, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El perdurable legado de la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 2009
El perdurable legado de la Sociedad de Socorro
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

La historia de la Sociedad de Socorro se ha registrado con palabras y cifras, pero su legado va pasando de corazón a corazón.

Estoy agradecido de estar con ustedes esta noche. Les expreso el amor y la gratitud del presidente Monson y del presidente Uchtdorf. A partir de su fundación, en 1842, la Sociedad de Socorro ha sido bendecida con la atenta y amorosa supervisión del Profeta de Dios. Desde sus comienzos en Nauvoo, José Smith instruyó a las líderes y a los miembros allí congregados.

Al saber que ustedes poseen esa gloriosa historia, siento el peso de la responsabilidad ante la invitación que recibí del presidente Monson para que les dirija la palabra. En una de las primeras reuniones de la sociedad, el profeta José Smith desconcertó al obispo Newel K. Whitney cuando le pidió que hablara en su lugar. Éste comenzó diciendo que había llegado con la feliz expectativa de recibir la enseñanza del Profeta; entiendo los sentimientos de desilusión de él y tal vez los de ustedes ahora.

Por eso, al prepararme para este momento, le pregunté al presidente Monson qué sería lo más provechoso para ustedes. Lo que me dijo confirmó las impresiones que yo ya había recibido al estudiar y orar.

Esta noche les hablaré del gran legado que les han transmitido quienes las han precedido en la Sociedad de Socorro. El sector del cimiento que ellas colocaron para ustedes y que me parece más importante y perdurable es que la caridad es la esencia de esta sociedad y que debe penetrar el corazón de cada una de sus miembros y pasar a ser parte de su misma naturaleza. La caridad significaba mucho más que un sentimiento de benevolencia para ellas. La caridad es fruto de la fe en el Señor Jesucristo y es una consecuencia de Su expiación que obra en el corazón de los miembros. Existen numerosos grupos benévolos de mujeres que hacen mucho bien; hay muchas personas que tienen fuertes sentimientos de compasión por los desafortunados, los enfermos y los necesitados. No obstante, esta organización es única, y lo ha sido desde sus comienzos.

En los cimientos que pusieron, aquellas grandes hermanas establecieron “la caridad nunca deja de ser” 1 como parte central de los mismos. Eso les sirvió al principio, les sirvió en el gran período que siguió, les sirve ahora en una nueva época y le servirá a la Sociedad de Socorro en todas las épocas por venir.

Esta sociedad está compuesta por mujeres cuyos sentimientos de caridad provienen de un corazón cambiado que reúne las condiciones necesarias para hacer convenios que se reciben y se cumplen sólo en la verdadera Iglesia del Señor. Sus sentimientos de caridad proceden de Él mediante Su expiación; sus actos de caridad son guiados por el ejemplo del Señor y motivados por el agradecimiento que surge ante Su infinito don de la misericordia, así como por el Espíritu Santo, que Él envía para acompañar a Sus siervos en sus misiones de misericordia. Debido a ello, han hecho y son capaces de hacer cosas extraordinarias por el prójimo y de hallar gozo aun cuando ellas mismas tengan grandes necesidades.

La historia de la Sociedad de Socorro está colmada de relatos de ese notable servicio desinteresado. En los terribles días de la persecución y las privaciones sufridas mientras los fieles se trasladaban de Ohio a Misuri, después a Illinois, y luego a través de los yermos en dirección al Oeste, las hermanas, en medio de su pobreza y aflicciones, cuidaban de otras personas. Si les leyera ahora algunos de esos relatos, llorarían como yo lo he hecho. Se sentirían conmovidas por su generosidad, pero aún más al reconocer la fe que las elevaba y sostenía.

Aquellas hermanas provenían de una gran diversidad de circunstancias. Todas enfrentaron las pruebas y aflicciones universales de la vida. Su determinación, fruto de la fe para servir al Señor y al prójimo, parece que no les evitaba las tormentas de la vida, sino que las lanzaba directamente en medio de ellas. Algunas eran jóvenes y otras mayores. Provenían de muchos pueblos y tierras, lo mismo que ustedes hoy; no obstante, eran de un solo corazón y una sola voluntad, y tenían un solo propósito: estaban resueltas a ayudar al Señor a edificar Su Sión, donde pudiera existir la vida feliz que el Libro de Mormón les había descrito tan vívidamente. Recordarán algunas de las escenas de 4 Nefi que ellas llevaron en el corazón doquiera que el Señor las condujo en su travesía a Sión:

“Y ocurrió que en el año treinta y seis se convirtió al Señor toda la gente sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contenciones ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros.

“Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos fueron hechos libres, y participantes del don celestial…

“Y ocurrió que no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo” 2 .

Las primeras integrantes de la Sociedad de Socorro no gozaron de tal época apacible; no obstante, el amor de Dios moraba en su corazón. Así fue que ese amor —y ellas mismas— perseveraron durante la travesía hacia el Oeste y en los años posteriores. Debido a circunstancias difíciles, la Sociedad de Socorro dejó de funcionar durante casi cuatro décadas como organización de toda la Iglesia; pero en 1868, Brigham Young llamó a Eliza Snow para que ayudara a los obispos a organizar Sociedades de Socorro; y en 1880 se la llamó como segunda Presidenta General de la Sociedad de Socorro. Los registros de la Sociedad de Socorro demuestran que cuando los líderes se acercaron a las hermanas de toda la Iglesia para comenzar otra vez formalmente la obra de la sociedad, hallaron que la caridad no había disminuido en su corazón sino que habían continuado tendiendo la mano a los necesitados con misericordia. El don de la caridad, el amor puro de Cristo, había permanecido en las que se habían mantenido fieles a sus convenios. Seguía formando parte de ellas. Seguir leyendo

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¡Cuidado con la brecha!

Conferencia General Octubre 2009
¡Cuidado con la brecha!
Barbara Thompson
Segunda Consejera de la presidencia general de la Sociedad de Socorro

Las brechas podrían servir de recordatorios de la forma de mejorar o, si no les hacemos caso, serán piedras de tropiezo en nuestra existencia.

Hace varios años fui a Londres, Inglaterra, a visitar a unos amigos íntimos. Durante mi estadía allá viajé en “el tubo”, el sistema de trenes subterráneos que mucha gente utiliza para desplazarse de un lugar a otro. En cada una de esas concurridas estaciones hay carteles de advertencia sobre algunos peligros que puedan amenazar a los pasajeros; hay luces intermitentes para advertir que se acerca un tren y que deben alejarse del borde de la plataforma. Hay, además, un cartel que indica otro peligro, una brecha que queda entre el tren y la plataforma. En el cartel dice: “¡Cuidado con la brecha!”, para recordar a la gente que no deben poner el pie ahí ni dejar caer nada en ese espacio, porque quedaría debajo del tren y se perdería. Ese cartel es indispensable pues advierte de un gran riesgo: A fin de estar a salvo, las personas deben tener “cuidado con la brecha”.

En la vida de muchas de nosotras también hay brechas; a veces, es la diferencia entre lo que sabemos y lo que hacemos, o la distancia entre una meta que nos hayamos puesto y lo que realmente logremos. Esas brechas podrían servir de recordatorios de la forma de mejorar o, si no les hacemos caso, serán piedras de tropiezo en nuestra existencia.

Quiero mencionar algunas brechas que veo en mí misma o en la vida de otras personas. Hoy me referiré a las siguientes:

Primero, la brecha que hay entre creer que son hijas de Dios y saber, de corazón y de alma, que cada una de ustedes es una valiosa y amada hija de Dios.

Segundo, la brecha que se les presenta entre completar el programa de las Mujeres Jóvenes y pasar a ser participante y miembro activa de la Sociedad de Socorro, “la organización del Señor para la mujer” 1 .

Tercero, la brecha que hay entre creer en Jesucristo y ser valiente en el testimonio del Jesucristo.

La número uno: la brecha entre creer que son hijas de Dios y saber, de corazón y de alma, que cada una de ustedes es una hija de Dios preciada y amada.

La mayoría de las que hemos asistido a la Iglesia durante más de unos meses hemos cantado la canción “Soy un hijo de Dios” 2 ; yo la he cantado desde que era niña y siempre he creído en lo que dice. Aunque casi todas lo creemos, en tiempos de aflicciones o dificultades parece que tenemos la tendencia a dudar de su mensaje o a olvidarlo.

Algunos han dicho cosas como éstas: “Ah, si Dios me amara de verdad, no habría dejado que mi niño contrajera esta enfermedad”. “Si Dios me amara, me ayudaría a encontrar un hombre digno con quien casarme y sellarme en el santo templo”. “Si Dios me amara, nos daría bastante dinero para comprar una casa para nuestra familia”. O “He pecado, así que no es posible que Dios todavía me ame”.

Es lamentable que oigamos tan a menudo ese tipo de expresiones. Es preciso que sepan que nada las “podrá separar del amor” de Cristo. Las Escrituras dicen claramente que ni la tribulación ni la angustia ni la persecución ni potestades ni ninguna cosa creada puede separarnos del amor de Dios 3 .

Nuestro Padre Celestial nos ama tanto que envió a Su Hijo Unigénito para expiar nuestros pecados. El Salvador no sólo sufrió por cada uno de esos pecados, sino que también padeció todo dolor, pesar, molestia, soledad y tristeza que cualquiera de nosotras pueda tener que pasar. ¿No es eso un amor extraordinario? El presidente Henry B. Eyring ha dicho: “El Espíritu Santo es quien testifica la realidad de la existencia de Dios y nos permite sentir el gozo de Su amor” 4 .

Debemos aceptar Su amor, amarnos a nosotras mismas y amar a los demás. Recuerden que toda alma que viva en esta tierra es también un hijo de Dios y que debemos tratarnos los unos a los otros con el amor y la bondad propios de los hijos de Dios que somos.

La mayoría de ustedes se esfuerza por cumplir con su deber, por guardar los mandamientos y obedecer al Señor; es importante que reconozcan la aprobación de Él. Es preciso que sepan que el Señor está complacido con ustedes y que ha aceptado su ofrenda 5 .

Recuerden que deben tener en cuenta esta brecha y no permitan que les invadan las dudas ni la incertidumbre. Tengan la seguridad de que Dios las ama profundamente y que cada una de ustedes es una preciada hija Suya. Seguir leyendo

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Toda mujer necesita la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octunre 2009
Toda mujer necesita la Sociedad de Socorro
Silvia H. Allred
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Queremos que sean bendecidas personalmente y en su hogar con la influencia y el poder de la Sociedad de Socorro.

Qué alegría es estar reunidas en todo el mundo como hermanas en Sión. Agradezco esta oportunidad de compartir con ustedes mi testimonio del Salvador y de expresarles mi amor.

Mi tema de hoy trata de por qué toda mujer necesita la Sociedad de Socorro.

Poco después de organizar y establecer la Iglesia, el profeta José Smith también organizó la Sociedad de Socorro para la mujer y dijo: “La Iglesia nunca estuvo perfectamente organizada hasta que se organizó a las mujeres de esa manera” 1 . La Sociedad de Socorro es parte esencial de la Iglesia, y como presidencia, esperamos ayudarlas a entender por qué es esencial para ustedes.

Nuestro deseo más profundo es ayudar a toda mujer de la Iglesia a prepararse para recibir las bendiciones del templo, para honrar los convenios que haga y para participar en la causa de Sión. La Sociedad de Socorro inspira y enseña a las mujeres a fin de ayudarlas a aumentar su fe y rectitud, a fortalecer a la familia y a buscar a los necesitados y socorrerlos.

Al hablar de nuestros días, el presidente Spencer W. Kimball dijo:

“Gran parte del progreso y crecimiento que tendrá la Iglesia en estos últimos días se deberá a que habrá muchas mujeres buenas en el mundo que… se sentirán atraídas a la Iglesia. Pero esto sólo puede suceder al grado que las mujeres de la Iglesia reflejen rectitud y prudencia y hasta el punto en que las consideren diferentes —en forma positiva— de las mujeres del mundo.

“Entre aquellas que son verdaderas heroínas y que se unirán a la Iglesia están las mujeres a quienes les interesa más lograr la rectitud que satisfacer sus deseos egoístas. Éstas son las que tienen verdadera humildad, la cual hace que valoren más la integridad que el aspecto exterior…

“Las mujeres de la Iglesia que sean ejemplos de vida recta constituirán una influencia significativa en el desarrollo de la Iglesia, tanto desde el punto de vista numérico como del espiritual en los últimos días” 2 .

Yo creo que esas palabras proféticas se están cumpliendo. Gran cantidad de mujeres buenas del mundo están aceptando el Evangelio de Jesucristo en todas las naciones. Ustedes son las heroínas a las que él se refería. Nos hemos reunido con miles de ustedes al viajar por el mundo; hemos visto sus buenas obras, hemos escuchado sus testimonios sinceros, hemos sentido su espíritu. Hemos visto la luz del Evangelio reflejado en sus rostros. Su ejemplo e influencia para el bien son a la vez extraordinarios y asombrosos.

Pero también sabemos que hay muchas mujeres que son miembros que no están disfrutando plenamente de la bendición de ser activas en la Iglesia y en la Sociedad de Socorro. A las que ya asisten a la Sociedad de Socorro, les extendemos un llamado: les pedimos que visiten a las hermanas que no participan en la obra de la Sociedad de Socorro en sus barrios y ramas para enseñarles con amor lo que esta organización hará por ellas; testifíquenles que las bendecirá en su hogar y en su vida personal: ofrézcanles su amistad y hermandad; velen por ellas y fortalézcanlas. Ayúdennos a dar marcha atrás a la tendencia de la desintegración familiar. Ayuden a sus hermanas a confiar en el Señor y en Su plan de felicidad para Sus hijos; así ellas encontrarán guía, consuelo, paz, comprensión e inspiración. Sabrán que su Padre Celestial las ama y que se ocupa de ellas de modo inconmensurable. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro: Una obra sagrada

Conferencia General Octubre 2009
La Sociedad de Socorro: Una obra sagrada
Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

La nuestra es una obra de salvación y de servicio, y su objetivo es convertirnos en un pueblo santo.

¡Qué bella congregación de mujeres de la Sociedad de Socorro! Desde nuestra última reunión general, he tenido la bendición de visitar a muchas de ustedes. Gracias por su vida fiel y por su servicio dedicado. En años recientes, en las reuniones generales de la Sociedad de Socorro hemos aprendido sobre la manera firme e inquebrantable en que las mujeres Santos de los Últimos Días conocen el propósito de la Sociedad de Socorro y lo llevan a cabo 1 . Esta tarde deseo ampliar nuestro testimonio y comprensión de que la Sociedad de Socorro es una obra que se basa en la fe. Hablaré del propósito de esta obra y de la forma en que debemos realizarla.

Sabemos que el propósito de la Sociedad de Socorro, según lo estableció el Señor, es preparar a la mujer para las bendiciones de la vida eterna ayudándola a:

1. Aumentar su fe y su rectitud.
2. Fortalecer a su familia y su hogar.
3. Servir al Señor y a Sus hijos.

La historia, el propósito y la obra de la Sociedad de Socorro son únicos entre todas las organizaciones femeninas. En 1942, durante la celebración del centenario de esta Sociedad, la Primera Presidencia de la Iglesia dijo:

“Ninguna otra organización de mujeres en toda la tierra ha tenido semejante origen…

“Los miembros [de la Sociedad de Socorro] no deben permitir que ningún interés hostil ni competitivo le reste valor a los deberes ni a las obligaciones, a los privilegios ni a los honores, a las oportunidades ni a los logros que se adquieren por pertenecer a esta gran Sociedad” 2 .

Si el ser miembro de la Sociedad de Socorro es de tanta importancia, tenemos que saber qué es lo que nos distingue de cualquier otro grupo u organización de mujeres. Todo lo que hacemos en ella es importante porque nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo visitaron a José Smith y, por medio de él, se restauró en la tierra la plenitud del Evangelio de Jesucristo. La Sociedad de Socorro es parte de esa Restauración. El profeta José Smith definió el propósito de esta sociedad e instruyó a las hermanas al respecto, del mismo modo que enseñó a los líderes del sacerdocio de Kirtland y de Nauvoo su propósito y su obra en el sacerdocio. A nuestra organización la siguen guiando hoy en día profetas, videntes y reveladores.

La Sociedad de Socorro es singular porque fue organizada “según el modelo del sacerdocio” 3 , y funciona a nivel general y local bajo la dirección de los líderes del sacerdocio; nosotras trabajamos conjuntamente con ellos, quienes poseen las llaves que les dan la autoridad para presidir en el nombre del Señor. Funcionamos a la manera del sacerdocio, lo que significa que buscamos la revelación, la recibimos y actuamos de acuerdo con lo revelado; tomamos decisiones reunidas en consejos y nos ocupamos del cuidado de las personas, una por una. Nuestro propósito es el mismo del sacerdocio: prepararnos para las bendiciones de la vida eterna haciendo convenios y guardándolos. Por lo tanto, igual que para nuestros hermanos que poseen el sacerdocio, la nuestra es una obra de salvación y de servicio, y su objetivo es convertirnos en un pueblo santo.

El presidente Boyd K. Packer ha enseñado que “la Sociedad de Socorro tiene una responsabilidad sumamente amplia.

“El asistir a la reunión del domingo es sólo una pequeña parte de su deber. Algunas de ustedes no han entendido este principio y han hecho a un lado mucho de lo que la Sociedad de Socorro ha significado a lo largo de los años: la hermandad, la caridad y otras partes prácticas de la organización”.

Luego explicó:

“Según nos lo dijo el Profeta [José], la Sociedad de Socorro está organizada conforme al modelo del sacerdocio. Cuando un hombre posee el sacerdocio… se le requiere total dedicación y lealtad…

“El ser miembro del sacerdocio magnifica al hombre y al muchacho. En dondequiera que se encuentre, haga lo que haga, sean cuales sean las personas con quienes se relacione, se espera que él honre su sacerdocio…

“Si ustedes, hermanas, se ajustan a ese modelo… servirán a su organización, a su causa: la Sociedad de Socorro…

“El servicio en la Sociedad de Socorro engrandece y santifica a todas las hermanas. Siempre deben recordar que son miembros de la Sociedad de Socorro” 4 .

Trabajar a la manera del Señor

Si nuestro propósito es claro, naturalmente se deduce que hay una manera apropiada de llevar a cabo nuestras responsabilidades. Repasemos la forma en que se lleva a cabo la obra de la Sociedad de Socorro cuando está basada en la fe. Uno de los recursos más valiosos que todos tenemos es el tiempo. La mayoría de las mujeres tienen muchas responsabilidades y nunca disponen del tiempo suficiente para hacer todo lo que desean de todo corazón. Nosotras demostramos respeto por el Señor y por las hermanas cuando utilizamos el tiempo de la Sociedad de Socorro de manera inspirada.

El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó: Una vez, un hombre sabio hizo una distinción entre ‘el arte virtuoso de hacer las cosas’ y ‘el arte más virtuoso de dejar las cosas sin hacer’. Enseñó que la verdadera ‘sabiduría en la vida’, consiste en ‘eliminar lo que no es esencial’”. A continuación, el presidente Uchtdorf preguntó: “¿Cuáles son las cosas no esenciales que plagan sus días y les roban su tiempo? ¿Qué hábitos han adquirido que no les sirven para nada? ¿Cuáles son las cosas que han dejado sin terminar o que no han empezado pero que podrían dar vigor, significado y gozo a su vida?” 5 . Podemos aplicar esas preguntas a todas las reuniones y actividades de la Sociedad de Socorro.

Las reuniones dominicales de la Sociedad de Socorro

Llevamos a cabo los domingos la reunión semanal de nuestra sociedad, como parte del horario regular de tres horas. Es extraordinario pensar que todos los domingos, por todo el mundo, miles de grupos de hermanas se reúnen para aumentar su fe, fortalecer a su familia y coordinar sus esfuerzos para brindar alivio a los demás. Nuestras reuniones dominicales duran sólo cincuenta minutos, de modo que para dar comienzo, damos atención a los asuntos esenciales que nos servirán para ser más unidas y eficaces en nuestro trabajo de la Sociedad de Socorro. Tratamos nuestros asuntos con brevedad, con circunspección y orden, y de acuerdo con quiénes somos y con lo que tenemos que lograr. Seguir leyendo

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Palabras de clausura

Conferencia General Octubre 2009
Palabras de clausura
Presidente Thomas S. Monson

Si prestamos oído a Sus palabras y vivimos los mandamientos, sobreviviremos esta época de permisividad e iniquidad.

Mi corazón rebosa de emoción al concluir esta conferencia. Hemos sido ampliamente instruidos y espiritualmente edificados al escuchar los mensajes que se han presentado y los testimonios que se han ofrecido. Expresamos agradecimiento a cada uno de los que han participado, incluso a los hermanos que ofrecieron las oraciones.

Una vez más la música ha sido maravillosa. Expreso mi gratitud a los que estuvieron dispuestos a compartir su talento con nosotros, y que nos emocionaron e inspiraron al hacerlo. La hermosa música que producen realza y eleva cada sesión de la conferencia.

Les recordamos que los mensajes que hemos escuchado durante esta conferencia se imprimirán en los ejemplares de noviembre de las revistas Ensign y Liahona. Al leerlos y estudiarlos, recibiremos más instrucción e inspiración. Es mi deseo que incorporemos a nuestro diario vivir las verdades que allí se encuentran.

Expresamos nuestra profunda gratitud a los hermanos que han sido relevados en esta conferencia. Han servido bien y han hecho contribuciones significativas a la obra del Señor; su dedicación ha sido completa. Les agradecemos desde lo profundo de nuestro corazón.

Vivimos en una época en la que muchas personas en el mundo se han soltado de las amarras de la seguridad que se encuentran en el cumplimiento de los mandamientos. Es una época de permisividad, en que la sociedad en general no tiene en cuenta las leyes de Dios y las quebranta de manera habitual. Con frecuencia nos encontramos nadando contra la corriente y, a veces, parece como si la corriente pudiese arrastrarnos.

Me vienen a la memoria las palabras del Señor que se encuentran en el libro de Éter, del Libro de Mormón. Dijo Él: “…no podéis atravesar este gran mar, a menos que yo os prepare contra las olas del mar, y los vientos que han salido, y los diluvios que vendrán” 1 . Mis hermanos y hermanas, Él nos ha preparado. Si prestamos oído a Sus palabras y vivimos los mandamientos, sobreviviremos esta época de permisividad e iniquidad, una época que se puede comparar con las olas, los vientos y los diluvios que pueden destruir. Él siempre nos tiene presentes y nos ama y, a medida que hagamos lo correcto, nos bendecirá.

Cuán agradecidos estamos de que los cielos en verdad estén abiertos, de que el Evangelio de Jesucristo se haya restaurado y de que la Iglesia esté fundada sobre la roca de la revelación. Somos un pueblo bendecido, con apóstoles y profetas en la tierra hoy en día.

Ahora, al partir de esta conferencia, invoco las bendiciones del cielo sobre cada uno de ustedes. Que todos regresen a salvo a su hogar. Al meditar sobre las cosas que han escuchado durante esta conferencia, espero que digan, al igual que el pueblo del rey Benjamín que exclamó a una voz: “…creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros… por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” 2 . Ruego que cada hombre, mujer, niño y niña salga de esta conferencia como una persona mejor de lo que era cuando la comenzamos hace dos días.

Los amo, mis hermanos y hermanas; oro por ustedes. Les pido otra vez que se acuerden de mí y de todas las Autoridades Generales en sus oraciones. Somos uno con ustedes para llevar adelante esta maravillosa obra. Les testifico que todos estamos en esto juntos y que cada hombre, mujer y niño tiene una parte que cumplir. Ruego que Dios nos dé la fortaleza, la capacidad y la determinación para cumplir bien con nuestra parte.

Les testifico que esta obra es verdadera, que nuestro Salvador vive y que Él guía y dirige Su Iglesia aquí sobre la tierra. Les dejo mi afirmación y mi testimonio de que Dios, nuestro Padre Eterno vive y nos ama. Él es, en verdad, nuestro Padre; es un Ser personal y real.

Que Dios los bendiga; que la paz que Él ha prometido los acompañe ahora y siempre.

Me despido de ustedes hasta que volvamos a reunirnos dentro de seis meses y lo hago en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, y nuestro Abogado ante el Padre. Amén.

Notas

1. Éter 2:25.
2. Mosíah 5:2.

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La disciplina moral

Conferencia General Octubre 2009
La disciplina moral
el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el presidente James E. Faust, que era entonces un joven soldado del Ejército de Estados Unidos, presentó una solicitud para entrar en la escuela de oficiales. Tuvo que presentarse ante una mesa de examinadores compuesta por lo que él describió como “severos soldados de carrera”. Pasado un rato, las preguntas se volvieron a asuntos de religión. Las preguntas finales fueron éstas:

“‘En tiempos de guerra, ¿no se debería moderar el código moral? El estrés de la batalla, ¿no justifica que los hombres hagan cosas que no harían cuando están en casa, en situaciones normales?’

El presidente Faust relata:

“Reconocí que tal vez fuera mi oportunidad de ganar quizás algunos puntos si mostraba amplitud de criterio. Sabía bien que los hombres que me hacían esa pregunta no vivían según las normas que se me habían enseñado a mí. Me cruzó por la mente la idea de que tal vez podría decir que tenía mis propias creencias al respecto pero que no quería imponérselas a los demás. Sin embargo, también acudieron a mi memoria las caras de las muchas personas a las que había enseñado la ley de castidad cuando era misionero. Al fin respondí simplemente: ‘No creo que haya una norma doble de moralidad’.

“Salí de allí resignado al hecho de que no les gustarían mis respuestas… y que seguramente me darían una nota muy baja. Unos días después, cuando publicaron los resultados, para mi asombro vi que había aprobado ¡y estaba en el primer grupo elegido para la escuela de oficiales!…”.

“Aquella experiencia fue una de los momentos decisivos de mi vida” 1 .

El presidente Faust reconoció que todos tenemos el don que Dios nos ha dado del albedrío moral, el derecho de tomar decisiones y la obligación de ser responsables de ellas (véase D. y C. 101:78). También comprendió, y así lo demostró, que para obtener resultados positivos, el albedrío moral debe ir acompañado de la disciplina moral.

Por “disciplina moral”, me refiero a la autodisciplina basada en normas morales. La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil; rechaza la vida egoísta para cultivar, en cambio, un carácter digno de respeto y de grandeza por medio del servicio cristiano (véase Marcos 10:42–45). La raíz de la palabra “disciplina” es la misma de la palabra “discípulo” y sugiere que el hecho de conformarse al ejemplo y a las enseñanzas de Jesucristo es la disciplina ideal que, combinada con Su gracia, forma a una persona virtuosa y de moral excelente.

La disciplina moral del mismo Jesús se originaba en Su discipulado con el Padre. A Sus discípulos, Él explicó: “Mi comida es que se haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). De acuerdo con ese modelo, nuestra disciplina moral debe originarse en la lealtad y la devoción hacia el Padre y hacia el Hijo. Es el evangelio de Jesucristo lo que brinda la certeza moral en la cual se basa la disciplina moral.

Las sociedades en las cuales muchos vivimos no han fomentado la disciplina moral durante más de una generación, enseñando que la verdad es relativa y que cada uno decide por sí mismo lo que es correcto. Los conceptos como el pecado y lo malo se han condenado llamándolos “valores de criterio”. Como lo describe el Señor, “todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios” (D. y C. 1:16).

Como consecuencia, la autodisciplina se ha corroído y las sociedades tienen que mantener el orden y la urbanidad por obligación. La falta de control interno de parte del individuo provoca el control externo por parte del gobierno. Un columnista observó: “La conducta caballeresca [por ejemplo, antes] protegía a la mujer del comportamiento indecente; hoy día, esperamos que las leyes de acoso sexual refrenen esa conducta grosera…

“La policía y las leyes no pueden reemplazar nunca las costumbres, las tradiciones y los valores morales como medio de reglamentar la conducta humana. En el mejor de los casos, la policía y el sistema criminal de justicia son la última y más apremiante línea de defensa de una sociedad civilizada. Nuestra dependencia cada vez mayor de las leyes para regular la conducta es una medida de cuán incivilizados nos hemos vuelto” 2 .

En la mayor parte del mundo hemos experimentado una recesión económica extensa y devastadora provocada por múltiples causas; una de las mayores es la amplia conducta deshonesta y falta de ética, particularmente en los mercados de bienes raíces y de finanzas. Las reacciones al problema se han enfocado en promulgar reglamentos adicionales y más fuertes; tal vez eso disuada a algunos de una conducta deshonrosa, pero otros se vuelven más creativos en burlarse de la ley 3 . No podría haber nunca suficientes reglas creadas con tanta astucia como para prever y cubrir toda situación, y aunque las hubiera, el imponerlas sería sumamente caro y oneroso. Esa acción conduce a una pérdida de libertad para todos, según lo dijo el obispo Fulton J. Sheen en esta memorable frase: “No quisimos aceptar el yugo de Cristo; ahora debemos temblar ante el yugo del César” 4 . Seguir leyendo

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