Preparen la vía

Conferencia General Abril 2017
Preparen la vía
Por el obispo Gérald Caussé
Obispo Presidente

Aun cuando se les ha conferido misiones y autoridad diferentes, el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec son compañeros inseparables en la obra de salvación.

Cuando tenía 30 años empecé a trabajar en un grupo de venta al público en Francia. Cierto día, el presidente de la compañía, un buen hombre de otra religión, me llamó a su oficina; su pregunta me dejó perplejo: “Acabo de enterarme de que usted es un sacerdote en su iglesia. ¿Es verdad?”.

Le contesté: “Sí, lo es. Poseo el sacerdocio”.

Visiblemente intrigado por mi respuesta, preguntó: “¿Pero estudió en un seminario teológico?”.

“Por supuesto”, respondí, “entre los 14 y los 18 años, ¡y tuve clase de seminario casi a diario!”. Casi se cae de la silla.

Para mi sorpresa, varias semanas más tarde volvió a llamarme a su oficina para ofrecerme el puesto de director gerente de una de las empresas del grupo. Me quedé sorprendido y le expresé mi preocupación porque era demasiado joven e inexperto para tener una responsabilidad tan importante. Con una sonrisa benévola, me dijo: “Tal vez sea cierto, pero no importa. Conozco sus principios y sé lo que ha aprendido en su iglesia. Le necesito”.

Estaba en lo cierto en cuanto a lo que había aprendido en la Iglesia. Los años siguientes fueron difíciles y no creo que habría podido tener éxito alguno de no haber sido por la experiencia que adquirí al servir en la Iglesia desde joven.

Tuve la bendición de crecer en una rama pequeña; como éramos pocos, se llamaba a los jóvenes a participar activamente en todos los aspectos de la rama. Estaba muy atareado y me encantaba sentirme útil. Los domingos oficiaba en la mesa sacramental, prestaba servicio en mi cuórum del sacerdocio y asistía en otros llamamientos. Durante la semana solía acompañar a mi padre y a otros adultos poseedores del sacerdocio a hacer visitas de orientación familiar, consolar a los enfermos y afligidos, y ayudar a los necesitados. Nadie parecía pensar que yo fuese demasiado joven para servir o incluso para dirigir. Para mí todo era normal y natural.

El servicio que presté en mi adolescencia contribuyó a edificar mi testimonio y anclar mi vida en el Evangelio. Estaba rodeado de hombres buenos y compasivos que estaban comprometidos a usar su sacerdocio para bendecir la vida de los demás; deseaba ser como ellos. Mucho más de lo que me di cuenta entonces, al servir con ellos aprendí a ser un líder en la Iglesia y también en el mundo.

Tenemos muchos jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico asistiendo hoy a esta reunión o conectándose a ella. Al contemplar a los asistentes, veo a muchos de ustedes sentados al lado de un hombre maduro, puede que sean sus padres, abuelos, hermanos mayores o líderes del sacerdocio; todos ellos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec. Ellos los aman y, en gran medida, vinieron esta noche para estar con ustedes.

Esta congregación de generaciones ofrece una visión maravillosa de la unidad y hermandad que existe entre los dos sacerdocios de Dios. Aun cuando se les ha conferido misiones y autoridad diferentes, el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec son compañeros inseparables en la obra de salvación. Son como uña y carne y tienen gran necesidad el uno del otro.

El modelo perfecto de la relación estrecha que existe entre ambos sacerdocios se encuentra en la interacción entre Jesús y Juan el Bautista. ¿Es posible imaginarse a Juan el Bautista sin Jesús? ¿Cómo habría sido la misión del Salvador sin la obra preparatoria realizada por Juan?

Juan el Bautista recibió una de las misiones más nobles que ha existido: “preparar la vía del Señor”1 para bautizarlo en el agua y preparar a un pueblo para recibirlo. Este “hombre justo y santo”2, que había sido ordenado al sacerdocio menor por el ángel de Dios era perfectamente consciente de la importancia y los límites de su misión y autoridad.

La gente acudía a Juan para oírle y ser bautizados por él; era honrado y reverenciado por derecho propio como un hombre de Dios. Mas cuando se presentó Jesús, Juan retrocedió humildemente ante Uno mayor que él y declaró: “Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros hay uno… que ha de venir después de mí, el que es antes de mí, de quien yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”3.

Por Su parte, Jesús el Cristo, el Unigénito del Padre, que poseía el sacerdocio mayor, reconoció humildemente la autoridad de Juan. El Salvador dijo de él: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”4.

Piensen en lo que ocurriría en nuestros cuórums si las relaciones entre los poseedores de ambos sacerdocios siguieran el patrón establecido por Jesús y Juan el Bautista. Mis jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico, al igual que Juan, su labor consiste en “preparar la vía”5 para la gran obra del Sacerdocio de Melquisedec, y lo están haciendo de muchas formas distintas. Ustedes administran las ordenanzas del bautismo y la Santa Cena. Ayudan a preparar a un pueblo para el Señor al predicar el Evangelio, al “[visitar la casa de todos los miembros”6 y al “velar… por los miembros de la iglesia”7. Ustedes brindan ayuda al pobre y al necesitado al recolectar las ofrendas de ayuno y participan en el cuidado de los centros de reuniones de la Iglesia y de otros recursos temporales. Su labor es importante, necesaria y sagrada. Seguir leyendo

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Llamados a la obra

Conferencia General Abril 2017
Llamados a la obra
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 La asignación de trabajar en un lugar específico es esencial e importante, pero secundaria a un llamado a la obra.

Presidente Monson, estamos encantados de oír su voz y de recibir instrucción suya. Lo amamos y sostenemos, y siempre oramos por usted.

Ruego la ayuda del Espíritu Santo al considerar juntos algunos principios pertinentes a la gran obra de predicar el Evangelio a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo1.

Llamados a servir y asignados a trabajar

Cada año, decenas de miles de hombres y mujeres jóvenes, y muchos matrimonios mayores, esperan con anhelo recibir una carta especial de Salt Lake City. El contenido de la carta influye para siempre en la persona a quien se dirige, así como en los miembros de la familia y en un gran número de otras personas. Al llegar, quizás se abra el sobre con cuidado y paciencia, o se rasgue con entusiasmo y gran prisa. Leer esa carta especial es una experiencia inolvidable.

La carta está firmada por el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y las dos primeras oraciones dicen lo siguiente: “Por medio de la presente, se le llama a prestar servicio como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se le ha asignado servir en la Misión ______”.

Noten que la primera oración es un llamado a servir como misionero de tiempo completo en la Iglesia restaurada del Señor. La segunda oración indica la asignación a servir en un lugar y una misión específicos. Es esencial que todos entendamos la importante distinción que se expresa en esas dos oraciones.

En la cultura de la Iglesia, con frecuencia hablamos de ser llamados a servir en cierto país como Argentina, Polonia, Corea o Estados Unidos, pero al misionero no se lo llama a un lugar; más bien, se lo llama a prestar servicio. Tal como el Señor declaró al profeta José Smith en 1829: “Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra”2.

Cada llamamiento y asignación, o posterior reasignación, es resultado de la revelación que se recibe mediante los siervos del Señor. El llamado a la obra proviene de Dios por medio del Presidente de la Iglesia. La asignación a alguna de las más de cuatrocientas misiones que al presente funcionan alrededor del mundo proviene de Dios mediante un miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, que actúa con autorización del profeta viviente del Señor. Los dones espirituales de profecía y revelación acompañan a todos los llamamientos y asignaciones misionales.

La sección 80 de Doctrina y Convenios es un registro del llamamiento misional que el profeta José Smith extendió a Stephen Burnett en 1832. Estudiar el llamamiento del hermano Burnett puede ayudarnos a (1) comprender con más claridad la diferencia que existe entre ser “llamado a la obra” como misionero y “asignado a trabajar” en un lugar en particular, y (2) valorar más plenamente nuestra responsabilidad individual y divinamente señalada de proclamar el Evangelio.

El versículo 1 de dicha sección es un llamado a servir: “De cierto, así te dice el Señor, mi siervo Stephen Burnett: Ve, ve entre los del mundo y predica el evangelio a toda criatura a quien llegue el son de tu voz”3.

Resulta interesante que el versículo 2 informe al hermano Burnett sobre su compañero misional asignado: “Y por cuanto deseas un compañero, te doy a mi siervo Eden Smith”4.

El versículo 3 indica dónde habían de trabajar aquellos dos misioneros: “Por tanto, id y predicad mi evangelio, bien sea al norte o al sur, al este o al oeste, no importa, porque no podréis errar”5.

No creo que la frase “no importa”, tal como la usa el Señor en ese pasaje de las Escrituras, sugiera que a Él no le interese dónde trabajan Sus siervos. De hecho, a Él le interesa en extremo. Sin embargo, puesto que la obra de predicación del Evangelio es la obra del Señor, Él inspira, guía y dirige a Sus siervos autorizados. Conforme los misioneros se esfuercen por ser instrumentos cada vez más dignos y capaces en Sus manos y den lo máximo para cumplir fielmente los deberes que ellos tienen, entonces, con Su ayuda, “no [pueden] errar”; dondequiera que sirvan. Tal vez una de las lecciones que el Salvador nos enseña en esta revelación es que la asignación de trabajar en un lugar específico es esencial e importante, pero secundaria a un llamado a la obra.

El siguiente versículo recalca importantes requisitos para todos los misioneros: “Por consiguiente, declarad las cosas que habéis oído, y que ciertamente creéis y sabéis que son verdaderas”6.

El último versículo recuerda al hermano Burnett y a todos nosotros de quién proviene en verdad el llamado a servir: “He aquí, esta es la voluntad del que os ha llamado, vuestro Redentor, sí, Jesucristo. Amén”7.

Superar las malinterpretaciones

Algunos de ustedes tal vez se pregunten por qué he decidido referirme, en una sesión del sacerdocio de la conferencia general, a esta distinción aparentemente obvia entre ser llamados a la obra y asignados a trabajar. Mi respuesta a esta pregunta es bastante directa: la experiencia me ha enseñado que muchos miembros de la Iglesia no entienden bien esos principios.

La razón primordial para abordar esa cuestión es lo que he aprendido con el tiempo en cuanto a la inquietud, la preocupación e incluso la culpa que sienten muchos misioneros a los que, por diversas razones, se ha reasignado a un campo de trabajo diferente durante su tiempo de servicio. En ocasiones, tales asignaciones son necesarias debido a acontecimientos y circunstancias como accidentes y lesiones físicas, demoras y dificultades para la obtención de visados, inestabilidad política, creación y dotación de misiones nuevas, o las necesidades constantemente cambiantes y en evolución en el mundo en la obra de proclamar el Evangelio8. Seguir leyendo

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Bondad, caridad y amor

Conferencia General Abril 2017
Bondad, caridad y amor
Por el presidente Thomas S. Monson

Examinemos nuestras vidas y tomemos la determinación de seguir el ejemplo del Salvador siendo bondadosos, cariñosos y caritativos.

Mis queridos hermanos, me siento honrado por el privilegio de dirigirme a ustedes en esta reunión mundial de fieles poseedores del sacerdocio de Dios. Esta tarde me referiré a un tema del que ya he hablado antes.

El profeta Mormón describió una de las características clave del Salvador, la cual deben emular Sus discípulos. Él dijo:

“… y si un hombre es manso y humilde de corazón, y confiesa por el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo, es menester que tenga caridad; porque si no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad.

“Y la caridad es sufrida y es benigna, y no tiene envidia ni se envanece, no busca lo suyo, no se irrita fácilmente…

“Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer;

pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien”1.

Hermanos, si no somos bondadosos con los demás, no honramos el sacerdocio de Dios.

Mi amado amigo y colega, el élder Joseph B. Wirthlin, era en verdad un hombre benévolo. Él dijo:

“La bondad es la esencia de la vida celestial, es el modo en que una persona que se asemeja a Cristo trata a los demás. La bondad debe estar presente en todas nuestras palabras y obras, en la escuela, en el trabajo, la Iglesia y, especialmente, en el hogar.

“Jesús, nuestro Salvador, fue la personificación de la bondad y de la compasión”2.

Las Escrituras nos enseñan que el ejercicio justo del sacerdocio depende de que vivamos los principios de bondad, caridad y amor. En Doctrina y Convenios leemos lo siguiente:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión… benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia”3.

Hermanos, examinemos nuestras vidas y tomemos la determinación de seguir el ejemplo del Salvador de ser bondadosos, cariñosos y caritativos; y al hacerlo, estaremos en una mejor posición de suplicar que los poderes del cielo desciendan sobre nosotros, sobre nuestras familias y sobre nuestros compañeros de viaje en este a veces difícil trayecto, de vuelta a nuestro hogar celestial. Lo ruego en el nombre de Jesucristo el Señor. Amén.

Notas

  1. Moroni 7:44-47.
  2. Joseph B. Wirthlin, “La virtud de la bondad”, Liahona, mayo de 2005, pág. 26.
  3. Doctrina y Convenios 121:41–42.
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Volver y recibir

Conferencia General Abril 2017

Volver y recibir

Por el élder M. Russell Ballard
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Volver a la presencia de Dios y recibir las bendiciones eternas que se reciben al hacer y guardar convenios son las metas más importantes que podemos fijar.

Mis hermanos y hermanas, ahora mi asignación es hablarles, y su asignación es escuchar. Mi meta es terminar mi asignación antes que ustedes terminen la suya. Haré mi mejor esfuerzo.

A lo largo de los años, he observado que aquellos que logran más en este mundo son aquellos que tienen un panorama de su vida, con metas para mantenerlos centrados en ese panorama, y planes prácticos para saber cómo lograrlas. Cuando una persona sabe adónde se dirige y cómo espera llegar a su destino le proporciona significado, propósito y logro a su vida.

Algunos tienen dificultad para diferenciar entre una meta y un plan hasta que aprenden que una meta es un destino o un fin, mientras que un plan es la ruta por la que llegamos a ese destino. Por ejemplo, podemos tener la meta de manejar a un lugar desconocido y, como saben algunas de ustedes, queridas hermanas, nosotros los hombres a menudo pensamos que sabemos cómo llegar hasta allí, y que a veces decimos: “Lo sé; debe estar al doblar en la próxima esquina”. Mi esposa debe estar sonriendo. La meta era clara, pero no se había dispuesto un buen plan para llegar al destino.

Poner metas es, en esencia, “comenzar con el fin en mente”; y la planificación es idear una manera de llegar a ese fin. Una clave para la felicidad radica en comprender qué destinos son los que de verdad importan, y luego emplear nuestro tiempo, esfuerzo y atención en las cosas que constituyen la manera segura de llegar hasta allí.

Dios, nuestro Padre Celestial, nos ha dado el ejemplo perfecto de fijar metas y planificar. Su objetivo es “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre [y de la mujer]”1 y Sus medios para lograrlo es el Plan de Salvación.

El plan de nuestro amado Padre Celestial incluye darnos una existencia física de crecimiento, progreso y aprendizaje mediante la cual podamos llegar a ser más como Él. Revestir nuestro espíritu eterno en cuerpos físicos; vivir de acuerdo con las enseñanzas y los mandamientos de Su Hijo, el Señor Jesucristo; y formar familias eternas, nos permite, por medio de la expiación del Salvador, cumplir la meta de Dios de inmortalidad y vida eterna para Sus hijos con Él en Su reino celestial.

Fijar metas con prudencia incluye la comprensión de que las metas a corto plazo solo son eficaces si conducen a metas a largo plazo que se entiendan claramente. Creo que una clave importante para la felicidad es aprender a fijar nuestras propias metas y establecer nuestros propios planes dentro del marco del plan eterno de nuestro Padre Celestial. Si nos centramos en ese sendero eterno, inevitablemente reuniremos los requisitos para regresar a Su presencia.

Es bueno tener metas y planes para nuestras carreras, para nuestra educación, incluso para nuestro juego de golf. También es importante tener metas para nuestro matrimonio, nuestra familia, y nuestros consejos y llamamientos en la Iglesia; eso se aplica en especial a los misioneros. Pero nuestras metas más grandes e importantes deben encajar en el plan eterno de nuestro Padre Celestial. Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”2.

Los expertos sobre el tema de fijar metas afirman que cuanto más sencilla y directa sea una meta, más poder tendrá. Cuando somos capaces de transformar una meta en una imagen clara o en una o dos palabras potentes y simbólicas, entonces esa meta puede convertirse en parte de nosotros y servir de guía para casi todo lo que pensamos y hacemos. Creo que hay dos palabras que, en este contexto, simbolizan las metas que Dios tiene para nosotros y las metas que son más importantes para nosotros mismos. Las palabras son volver y recibir.

Volver a Su presencia y recibir las bendiciones eternas que se reciben al hacer y guardar convenios son las metas más importantes que podemos fijar.

Volvemos y recibimos cuando tenemos “fe inquebrantable en [el Señor Jesucristo], confiando íntegramente” en Sus méritos, siguiendo “adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres [y las mujeres]… deleitándoos en la palabra de Cristo, y [perseverando] hasta el fin”3. Seguir leyendo

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Vencer al mundo

Conferencia General Abril 2017
Vencer al mundo
Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Vencer al mundo no es un momento decisivo en la vida, sino toda una vida de momentos que definen la eternidad.

Hace muchos años, el presidente David O. McKay compartió una hermosa experiencia que tuvo mientras navegaba hacia Samoa. Después de quedarse dormido, “en una visión [contempló] algo infinitamente sublime. Vi en la distancia”, dijo él, “una bella ciudad blanca… árboles cargados de abundante fruto… y flores perfectas por todas partes… [Un] grupo grande de personas… se acercaban a la ciudad; todos llevaban puestas túnicas blancas… De inmediato, mi atención se enfocó en el líder y, aunque solo distinguía el perfil de sus rasgos… ¡en seguida lo reconocí como mi Salvador! El… resplandor de su semblante [era] glorioso… Lo rodeaba un halo de paz que… ¡era divino!”.

El presidente McKay continúa: “… la ciudad era Suya… la Ciudad Eterna; y la gente que lo seguía iba a morar allí en paz y felicidad perpetuas”.

El presidente McKay se preguntó: “¿Quiénes son? [¿Quiénes son esas personas?]”.

Él explica lo que sucedió a continuación:

“Como si hubiera leído mis pensamientos, el Salvador respondió señalando hacia un semicírculo… por encima de ellos en el cual estaban escritas con oro estas palabras:

“‘Estos son los que han vencido al mundo,

los que ciertamente han nacido de nuevo’”1.

Durante décadas he recordado las palabras: “Estos son los que han vencido al mundo”.

Las bendiciones que el Señor ha prometido a quienes venzan al mundo son grandiosas. Ellos “… será[n] vestido[s] de vestiduras blancas… y [nombrados en el] libro de la vida…”. El Señor “[confesará] su nombre delante [del] Padre y delante de sus ángeles”2. Cada uno de ellos tendrá “parte en la primera resurrección”3, recibirá la vida eterna4 y “nunca más saldrá fuera”5 de la presencia de Dios.

¿Es posible vencer al mundo y recibir estas bendiciones? Sí, lo es.

Amor por el Salvador

Aquellos que vencen al mundo desarrollan un amor integral por nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Su nacimiento divino, Su vida perfecta, Su expiación infinita en Getsemaní y Gólgota aseguraron la Resurrección de cada uno de nosotros; y mediante nuestro arrepentimiento sincero, únicamente Él es capaz de limpiarnos de nuestros pecados y permitirnos volver a la presencia de Dios. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”6.

Jesús dijo: “… confiad; yo he vencido al mundo”7.

Más tarde agregó: “… es mi voluntad que venzáis al mundo…”8.

Vencer al mundo no es un momento decisivo en la vida, sino toda una vida de momentos que definen la eternidad.

Puede comenzar cuando un niño aprende a orar y canta con reverencia: “Yo trato de ser como Cristo”9. Continúa a medida que una persona estudia la vida del Salvador en el Nuevo Testamento y medita el poder de la Expiación del Salvador en el Libro de Mormón.

Orar, arrepentirnos, seguir al Salvador y recibir Su gracia nos ayuda a comprender mejor por qué estamos aquí y quiénes debemos llegar a ser.

Alma lo describió de la siguiente manera: “… en sus corazones también se [efectúa] un potente cambio; y se [humillan], y [ponen] su confianza en el Dios verdadero y viviente… [siendo] fieles hasta el fin…”10.

Aquellos que vencen al mundo saben que deberán responder ante su Padre Celestial. El cambiar sinceramente y arrepentirnos de nuestros pecados no nos refrena sino que nos libera a medida que los “… pecados [que son] como la grana, como la nieve [son] emblanquecidos…”11.

Responsabilidad ante Dios

A quienes son del mundo les cuesta asumir su responsabilidad ante Dios, tal como el joven que hace una fiesta en la casa de sus padres mientras ellos no están, disfruta el bullicio y se niega a pensar en las consecuencias cuando los padres regresen 24 horas después.

Al mundo le interesa más satisfacer al hombre natural que dominarlo.

Vencer al mundo no es una invasión mundial sino una batalla personal y privada que requiere un combate mano a mano con nuestros propios enemigos internos.

Vencer al mundo significa atesorar el principal mandamiento: “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas…”12.

El escritor cristiano C. S. Lewis lo describió de esta manera: “Cristo dice: ‘Dame todo. No quiero tanto de tu tiempo ni tanto de tu dinero ni tanto de tu trabajo: te quiero a ti’”13.

Vencer al mundo es cumplir nuestras promesas a Dios: nuestro bautismo, nuestros convenios del templo y nuestro juramento de fidelidad a nuestra compañera o compañero eternos. Vencer al mundo nos conduce humildemente a la mesa sacramental cada semana, donde pedimos perdón y prometemos “… recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos… para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]”14.

Nuestro amor por el día de reposo no termina cuando las puertas del salón sacramental se cierran detrás de nosotros, sino que abre las puertas a un hermoso día de descanso, estudio, oración y ayuda a familiares y otras personas que necesiten nuestra atención. En vez de dar un suspiro de alivio cuando terminan las reuniones de la Iglesia, corriendo frenéticamente en busca de un televisor antes de que comience el partido de fútbol, centrémonos en el Salvador y en Su día santo.

El mundo se deja arrastrar incesantemente por un torrente de voces tentadoras y seductoras15.

Vencer al mundo es confiar en la única voz que advierte, consuela, ilumina y da paz “no… como el mundo la da”16.

Desinterés

Vencer al mundo significa enfocarnos en los demás, recordando el segundo mandamiento17: “ El que es el mayor entre vosotros será vuestro siervo”18. La felicidad de nuestro cónyuge es más importante que nuestro propio placer. Ayudar a nuestros hijos a amar a Dios y guardar Sus mandamientos es una prioridad absoluta. Compartimos de buena gana nuestras bendiciones materiales mediante el diezmo, las ofrendas de ayuno y el dar a los necesitados; y mientas nuestra antena espiritual apunta hacia el cielo, el Señor nos guía hacia quienes necesitan nuestra ayuda.

El mundo edifica el universo alrededor suyo, proclamando con orgullo: “¡Miren cuánto tengo comparado con mi prójimo! ¡Miren lo que es mío! ¡Miren lo importante que soy!”.

El mundo se irrita fácilmente, es indiferente y exigente, y ama las alabanzas de la multitud, mientras que vencer al mundo produce humildad, empatía, paciencia y compasión por aquellos que son diferentes a nosotros.

Seguridad en los profetas

Vencer al mundo siempre significará que este ridiculizará algunas de nuestras creencias. El Salvador dijo:

“Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.

“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo”19.

El presidente Russell M. Nelson dijo esta mañana: “Los discípulos verdaderos de Jesucristo están dispuestos a destacarse, defender sus principios y ser diferentes a la gente del mundo”20.

Un discípulo de Cristo no se alarma si un comentario sobre su fe no recibe 1.000 “Me gusta” o siquiera algunos emoticones amigables.

Vencer al mundo es preocuparse menos por nuestros vínculos en internet y más por nuestro vínculo celestial con Dios.

El Señor nos da seguridad a medida que damos oído a la guía de Sus amados profetas y apóstoles.

Presidente Monson dirigiendo la palabra

El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “El mundo puede ser un lugar… desafiante… [Al ir al templo] seremos más capaces de soportar toda prueba y superar cada tentación… seremos renovados y fortalecidos”21.

Con cada vez más tentaciones, distracciones y distorsiones, el mundo trata de engañar a los fieles para que desechen las profundas experiencias espirituales de su pasado, redefiniéndolas como engaños insensatos.

Vencer al mundo es recordar, aun cuando estemos desanimados, los momentos en que hemos sentido el amor y la luz del Salvador. El élder Neal A. Maxwell explicó una de esas experiencias de esta manera: “Yo había sido bendecido, y sabía que Dios sabía que yo sabía que había sido bendecido”22. Aunque por un momento tal vez nos sintamos olvidados, nosotros no nos olvidamos. Seguir leyendo

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El idioma del Evangelio

Conferencia General Abril 2017
El idioma del Evangelio
Por el élder Valeri V. Cordón
De los Setenta

La enseñanza poderosa es extremadamente importante para preservar el Evangelio en nuestras familias, y que requiere diligencia y esfuerzo.

Después de ser llamado como Autoridad General, me trasladé con mi familia de Costa Rica a Salt Lake City para mi primera asignación. Aquí en Estados Unidos, he tenido la bendición de conocer personas maravillosas de culturas y orígenes étnicos diferentes. Entre ellas hay muchas que, como yo, nacieron en países de Latinoamérica.

He notado que aquí muchos hispanos de la primera generación hablan español como su primer idioma y suficiente inglés como para comunicarse. La segunda generación, los que nacieron en los Estados Unidos o que vinieron a temprana edad y asistieron a la escuela aquí, hablan inglés muy bien y tal vez un español a medias. Con frecuencia, en la tercera generación, el español, la lengua materna de sus antepasados, se ha perdido1.

En términos lingüísticos esto se denomina sencillamente “pérdida del idioma”. Esta pérdida suele suceder cuando las familias se trasladan a un país extranjero donde su lengua materna no es la predominante. No solo sucede entre los hispanos, sino en poblaciones de todo el mundo donde la lengua materna es reemplazada por un nuevo idioma2. Incluso a Nefi, un profeta del Libro de Mormón, le preocupaba perder el idioma de sus padres cuando se estaba preparando para partir hacia la tierra prometida. Nefi escribe: “Y he aquí, es prudente para Dios que obtengamos estos anales a fin de que preservemos para nuestros hijos el idioma de nuestros padres”3.

Pero a Nefi también le preocupaba perder otro tipo de idioma. En el versículo siguiente leemos: “Y también para preservarles las palabras que han salido de la boca de todos los santos profetas, las cuales les han sido dadas por el Espíritu y poder de Dios, desde el principio del mundo, hasta el día de hoy”4.

Noté una similitud entre preservar una lengua materna y preservar el evangelio de Jesucristo en nuestra vida.

Hoy, en mi analogía, me gustaría hacer hincapié no en un idioma terrenal en particular, sino más bien en un idioma eterno que debemos preservar en nuestras familias y no perder jamás. Me refiero al idioma5 del evangelio de Jesucristo. Por “idioma del Evangelio” me refiero a todas las enseñanzas de nuestros profetas, nuestra obediencia a ellas y el seguir tradiciones de rectitud.

Abordaré tres maneras de preservar este idioma.

Primero: Ser más diligentes y atentos en el hogar

En Doctrina y Convenios, el Señor invitó a muchos miembros prominentes de la Iglesia, incluido Newel K. Whitney, a poner sus hogares en orden. El Señor dijo: “Mi siervo Newel K. Whitney… también tiene necesidad de ser reprendido, y de poner en orden a su familia, y procurar que sean más diligentes y atentos en el hogar, y que oren siempre, o serán quitados de su lugar”6.

Un factor que influye en la pérdida de la lengua materna es cuando los padres no dedican tiempo a enseñarla a sus hijos. No basta simplemente con hablarla en casa. Si los padres desean preservar su lengua, deben enseñarla. Las investigaciones han concluido que los padres que realizan un esfuerzo consciente por preservar su lengua materna suelen lograrlo7. ¿Cuál sería un esfuerzo consciente para preservar el idioma del Evangelio?

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, advirtió que “una enseñanza y modelo débil del Evangelio en el hogar” es una causa poderosa que puede romper el ciclo de las familias multigeneracionales en la Iglesia8.

Por tanto, podemos concluir que la enseñanza poderosa es extremadamente importante para preservar el Evangelio en nuestras familias, y que requiere diligencia y esfuerzo.

Se nos ha invitado muchas veces a adquirir la práctica del estudio personal y familiar diario de las Escrituras9. Muchas familias que lo están haciendo son bendecidas cada día con mayor unidad y una relación más personal con el Señor.

Padre e hija estudiando las Escrituras

¿Cuándo tendrá lugar el estudio diario de las Escrituras? Cuando los padres las tomen en sus manos y, con amor, inviten a la familia a reunirse para estudiarlas. Es difícil ver que este estudio suceda de alguna otra manera.

Familia estudiando las Escrituras

Padres y madres, no se pierdan estas grandes bendiciones. ¡No esperen a que sea demasiado tarde!

Segundo: Un fuerte modelo en el hogar

Un lingüista experto escribió que para preservar una lengua materna “es necesario hacer que el idioma cobre vida para los niños”10. Hacemos que el idioma “cobre vida” cuando la enseñanza y un modelo adecuado van de la mano.

De joven trabajaba en la fábrica de mi padre durante las vacaciones. La primera pregunta que él siempre me hacía después de haber recibido mi salario era: “¿Qué vas a hacer con tu dinero?”. Seguir leyendo

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Estar de pie por dentro y del todo dispuestos

Conferencia General Abril 2017
Estar de pie por dentro y del todo dispuestos
Por el élder Gary B. Sabin
De los Setenta

Ruego que recalculemos nuestra ruta si es necesario y miremos hacia el futuro con gran esperanza y fe. Ruego que “nos pongamos de pie por dentro” siendo valientes y “del todo dispuestos”.

Hace varios años, nuestra pequeña nieta corrió hacia mí y, llena de emoción, anunció: “¡Abuelo, abuelo, anoté los tres goles en mi partido de fútbol hoy!”

Le respondí con entusiasmo: “¡Eso es genial, Sarah!”.

Su madre entonces me miró con una mirada pícara y dijo: “La puntuación fue de dos a uno”.

¡No me atreví a preguntar quién había ganado!

La Conferencia es un tiempo de reflexión, revelación y, a veces, redirección.

Hay una empresa de alquiler de coches con un sistema de GPS llamada NeverLost [NuncaPerdido]. Si después de poner el destino deseado, usted da una vuelta equivocada, la voz que lo guía no dice: “¡Pero qué tonto eres!”.Más bien, con una voz muy agradable, dice: “Recalculando la ruta; cuando sea posible, dé una vuelta permitida en U”.

En Ezequiel leemos esta maravillosa promesa:

“Pero el malvado, si se aparta de todos los pecados que cometió, y guarda todos mis estatutos y hace juicio y justicia, ciertamente vivirá; no morirá.

“Ninguna de las transgresiones que cometió le será recordada”1.

Qué maravillosa promesa, pero requiere llevar a cabo dos acciones a fin de recibir dicha promesa: apartarse de todo, guardar todo, y entonces todo se perdona. Eso requiere que estemos “¡del todo dispuestos!”

No debemos ser como el hombre que, como informó el periódico Wall Street Journal, envió un sobre lleno de dinero en efectivo junto con una carta anónima a la Administración Federal de Impuestos que decía: “Estimada agencia: “Adjunto encontrarán el dinero que debo por impuestos pasados. P.D. Si después de esto sigo con la conciencia intranquila, enviaré el resto”2.

¡Así no se hace! No retenemos el pago para ver cuál es la cantidad mínima con la que podemos escapar. El Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta3, ¡Todo nuestro corazón! Cuando somos bautizados, se nos sumerge completamente como símbolo de nuestra promesa de seguir al Salvador, no a medias. Cuando nos comprometemos plenamente y estamos “del todo dispuestos”, los cielos se sacudirán para nuestro bien4. Cuando somos tibios o estamos dedicados parcialmente, nos privamos de algunas de las bendiciones más grandes del cielo5.

Hace muchos años, llevé a los scouts a un campamento en el desierto. Los muchachos dormían junto a una fogata grande que habían hecho, y como todo buen líder scout, yo dormí en la parte trasera de mi camioneta. Por la mañana, al incorporarme y ver el campamento, vi a un scout, al que llamaré Paul, que parecía que no había pasado una buena noche. Le pregunté cómo había dormido, y respondió: “No muy bien”.

Cuando le pregunté por qué, dijo: “Tenía frío; la hoguera se apagó”.

Le contesté que eso suele pasar con el fuego. “¿No era tu bolsa de dormir lo suficientemente caliente?”

No contestó.

Entonces otro de los scouts explicó: “No usó su bolsa de dormir”.

Incrédulo, pregunté: “¿Por qué no, Paul?”.

Reinó el silencio, y finalmente la respuesta tímida: “Bueno, pensé que si no la desenrollaba, no tendría que volver a enrollarla”.

No exagero: se congeló durante horas por intentar ahorrarse cinco minutos de trabajo. Podemos pensar: “¡Qué tontería! ¡Quién haría eso?” Bueno, lo hacemos todo el tiempo de maneras mucho más peligrosas. De hecho, nos negamos a desenrollar nuestras bolsas de dormir espirituales cuando no nos tomamos el tiempo para orar sinceramente, estudiar y vivir el Evangelio con fervor cada día; no solo se apagará el fuego, sino que estaremos indefensos y nos enfriaremos espiritualmente.

Cuando somos indiferentes a nuestros convenios, somos responsables de las consecuencias. El Señor nos ha aconsejado tener “cuidado, en cuanto a vosotros mismos, de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna”6. Y además declaró: “… mi sangre no los limpiará si no me escuchan”7.

En realidad, es mucho más fácil estar “del todo dispuestos” que solo a medias. Cuando estamos dispuestos a medias, o nada dispuestos, ocurre, según dicen en La guerra de las galaxias, “una perturbación en la fuerza”. Estamos en contra de la voluntad de Dios y, por tanto, en contra de la naturaleza de la felicidad8. Isaías dijo:

“… los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo.

“No hay paz para los malvados, dice mi Dios”9.

Afortunadamente, no importa dónde estemos o dónde hayamos estado, no estamos fuera del alcance del Salvador, quien dijo: “Por tanto, al que se arrepintiere y viniere a mí como un niño pequeñito, yo lo recibiré, porque de los tales es el reino de Dios. He aquí, por estos he dado mi vida, y la he vuelto a tomar”10.

Al arrepentirnos y confiar continuamente en el Señor, obtenemos fuerza cuando volvemos a tener la humildad y la fe de un niño11, enriquecidos con la sabiduría que proviene de una vida de experiencia. Job proclamó: “… proseguirá el justo su camino, y el limpio de manos aumentará la fuerza”12. El poeta Tennyson escribió: “Mi fuerza es como la fuerza de diez, porque mi corazón es puro”13. El Señor ha aconsejado: “… permaneced en lugares santos y no seáis movidos”14.

Nuestro hijo Justin falleció a los 19 años después de luchar contra una enfermedad toda su vida. En un discurso que dio en una reunión sacramental poco antes de que se fuera, compartió una historia que debió significar algo para él acerca de un padre y su hijo pequeño que entraron en una tienda de juguetes donde había una bolsa inflable de boxeo en forma de hombre . El muchacho golpeó al hombre inflable, el cual se inclinaba y de inmediato se volvía a levantar después de cada golpe. El padre preguntó a su hijito por qué el hombre se volvía a levantar. El niño pensó durante un minuto y luego dijo: “No lo sé, creo que es porque está de pie por dentro”. A fin de estar “del todo dispuestos”, necesitamos “estar de pie por dentro”, “venga lo que venga”15. Seguir leyendo

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Las canciones que se cantan y las que no se cantan

Conferencia General Abril 2017

Las canciones que se cantan y
las que no se cantan

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Ruego a cada uno de nosotros que permanezca fielmente en el coro.



Eliza Hewitt escribió: “Tengo gozo en mi alma hoy, que brilla mucho más que el sol con todo su fulgor, pues Cristo es mi luz”1. Ese maravilloso y antiguo himno cristiano, con fulgor en cada nota, es literalmente imposible de cantar sin sonreír; pero hoy quisiera sacar de contexto tan solo un verso de él que podría ayudar en los días en que hallamos difícil cantar o sonreír y en que no parecemos “[tener] gozo en [el] alma”. Si por algún tiempo, no pueden hacerse eco de las gozosas melodías que oyen de otras personas, les pido que se aferren con tenacidad al verso del himno que reafirma que “Jesús… escucha con amor”2 las canciones que no podemos cantar.

Entre las realidades que afrontamos como hijos de Dios que viven en un mundo caído, está la de que algunos días son difíciles; días en que se prueban nuestras fe y fortaleza. Dichos retos podrían venir de alguna carencia en nosotros, en otras personas o sencillamente de la vida; pero sean cuales fueren las razones, hallamos que pueden privarnos de las canciones que tanto queremos cantar y que ensombrecen la promesa de una “primavera en [el] alma”3, que Eliza Hewitt proclama en uno de sus versos.

Así que, ¿qué hacemos en esos momentos? Por una parte, aceptamos el consejo del apóstol Pablo y “esperamos lo que no vemos, [y] con paciencia lo esperamos”4. En esos momentos en que la melodía de gozo flaquea y no alcanza la altura de nuestro poder de expresión, quizás tengamos que permanecer callados por un tiempo y simplemente oír a los demás y obtener fortaleza del esplendor de la música que nos rodea. A muchos de los que no tenemos muy buen “oído musical”, se nos ha fortalecido la confianza y mejorado el canto notablemente al colocarnos junto a alguien con una voz más fuerte y más segura. Por consiguiente, es seguro que, al cantar los himnos de la eternidad, deberíamos mantenernos tan cerca como sea humanamente posible del Salvador y Redentor del mundo, que tiene el tono perfecto. Luego cobramos valor de Su capacidad de escuchar nuestro silencio y recibimos esperanza de Su melodiosa intercesión mesiánica a nuestro favor. Ciertamente, es cuando “cerca Dios está” que “en mi corazón [está] la paz que siempre Él me da”5.

En esos días en que nos sentimos un poco desafinados, un poco menos de lo que pensamos que vemos u oímos en los demás, pediría a todos nosotros, en especial a los jóvenes de la Iglesia, que recordemos que es por designio divino que no todas las voces del coro de Dios son iguales. Para enriquecer la música, se requiere variedad: sopranos y contraltos, barítonos y bajos. Tomo prestada una línea de la alegre correspondencia de dos extraordinarias mujeres Santos de los Últimos Días: “Todas las criaturas de Dios tienen un lugar en el coro”6. Cuando menospreciamos nuestra singularidad o intentamos coincidir con los estereotipos ficticios —estereotipos impulsados por una insaciable cultura de consumo e idealizados por las redes sociales más allá de toda comprensión posible— perdemos la riqueza de tono y timbre que Dios deseaba al crear un mundo de diversidad.

Ahora bien, eso no quiere decir que todos los de este coro divino puedan simplemente comenzar a gritar en su propio oratorio personal. La diversidad no es cacofonía y los coros requieren disciplina —para nuestro fin hoy, élder Hales, yo diría discipulado— pero una vez que hemos aceptado la letra revelada divinamente y la armoniosa orquestación compuesta antes que el mundo fuese, entonces nuestro Padre Celestial se deleita en que cantemos con nuestra propia voz y no con la de otra persona. Crean en sí mismos y crean en Él. No menosprecien su valor ni menoscaben sus aportaciones. Sobre todo, no abandonen su función en el coro. ¿Por qué? Porque ustedes son únicos; son irremplazables. La pérdida de aunque sea una sola voz debilita a todos los demás cantantes de nuestro gran coro terrenal, incluso la pérdida de quienes sienten que están en los márgenes de la sociedad o en los márgenes de la Iglesia.

Sin embargo, así como insto a todos ustedes a tener fe tocante a las canciones que podrían ser difíciles de cantar, reconozco enseguida que, por diferentes razones, yo lucho con otra clase de canciones que deberían cantarse, pero que aún no se cantan.

Cuando veo la alarmante desigualdad económica del mundo, me siento culpable al cantar con la señora Hewitt sobre las “bendiciones que [Dios] me da [y] por las dichas ‘guardadas’ en los cielos”7. Ese coro no puede cantarse de forma plena ni fiel hasta que hayamos cuidado de los pobres honorablemente. Las penurias económicas son una maldición que sigue maldiciendo año tras año y generación tras generación. Daña cuerpos, mutila espíritus, perjudica familias y destruye sueños. Si pudiéramos hacer más para aliviar la pobreza, tal como Jesús nos manda repetidamente que hagamos, quizás algunos de los menos afortunados del mundo podrían tararear algunas notas de “Tengo gozo en mi alma hoy”, tal vez por primera vez en su vida. Seguir leyendo

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Llegar a ser un discípulo de nuestro Señor Jesucristo

Conferencia General Abril 2017
Llegar a ser un discípulo de nuestro Señor Jesucristo
Por el élder Robert D. Hales
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Necesitamos toda la constelación de características que procedan de la fe en Cristo para poder permanecer firmes en estos últimos días.

¿Qué significa ser un discípulo de nuestro Señor Jesucristo? Un discípulo es alguien que ha sido bautizado y está dispuesto a tomar sobre sí el nombre del Salvador y seguirle. Un discípulo aspira a llegar a ser como Él, guardando Sus mandamientos en la vida terrenal, tal como un, o una, aprendiz procura llegar a ser como su maestro.

Muchas personas escuchan la palabra discípulo y piensan que solo significa un “seguidor”. Mas el auténtico discipulado es una condición o un estado del ser. Esto indica que es más que aprender y aplicar una lista de atributos personales. Los discípulos viven de tal manera, que las características de Cristo están entretejidas en las fibras de su ser, como en un tapiz espiritual.

Escuchen la invitación que hace el apóstol Pedro para llegar a ser un discípulo del Salvador.

“Vosotros también, por esto mismo, poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud; y a la virtud, conocimiento;

“y al conocimiento, templanza; y a la templanza, paciencia; y a la paciencia, piedad;

“y a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”1.

Como pueden ver, se requiere más de un hilo para tejer el tapiz espiritual del discipulado personal. En los días del Salvador, había muchos que afirmaban ser justos en algún que otro aspecto de sus vidas. Ellos practicaban lo que he llamado la obediencia selectiva. Por ejemplo, ellos guardaban el mandamiento de abstenerse de trabajar en el día de reposo, sin embargo, criticaban al Salvador por sanar en ese día santo2. Daban limosnas a los pobres, pero les ofrecían solo lo que les sobraba, lo que ellos mismos no necesitaban3. Ayunaban, pero solo ponían caras largas4. Oraban solo para ser vistos por los hombres5. Jesús dijo: “Con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí”6. Tales hombres y mujeres se centran en dominar un atributo o una acción específicos, sin que esto necesariamente suponga que en sus corazones, han llegado a ser como Él es.

Sobre estas personas, Jesús declaró:

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”7.

Los atributos del Salvador, tal como los percibimos nosotros, no constituyen un guión que hay que seguir ni una lista de puntos que cumplir. Son características entrelazadas, que se integran una a la otra, y que se desarrollan en nosotros en forma interrelacionada. En otras palabras, no podemos adquirir una característica de Cristo sin obtener otras a su vez, o sin que influya en las otras también. A medida que una característica se hace fuerte, también se fortalecen muchas otras.

De 2 Pedro y de la sección 4 de Doctrina y Convenios, aprendemos que la fe en el Señor Jesucristo es la base. Medimos nuestra fe por lo que nos lleva a hacer, por nuestra obediencia. “Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente”8. La fe es un catalizador, un agente de cambio. Sin obras, sin una vida virtuosa, nuestra fe no tiene poder para activar el discipulado; de hecho, está muerta9.

Por eso, Pedro explica que hay que “añadir a vuestra fe virtud”. Esa virtud es más que pureza sexual. Es un estado de limpieza y santidad en la mente y el cuerpo. La virtud es también un poder. Al vivir el Evangelio con fe, tendremos poder para ser virtuosos en cada pensamiento, sentimiento y acción. Nuestras mentes se vuelven más receptivas a las impresiones del Espíritu Santo y a la luz de Cristo10. Personificamos a Cristo no solo en lo que decimos y hacemos, sino también en lo que somos.

Pedro sigue diciendo: “añadir… a [tu] virtud, conocimiento”. A medida que llevamos vidas virtuosas, llegamos a conocer a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo de un modo especial. “El que quiera hacer la voluntad de él [el Padre] conocerá si la doctrina es de Dios”11. Este conocimiento es el testimonio personal, producto de la experiencia personal. Es el conocimiento que nos transforma, de modo que nuestra “luz se allega a [Su] luz” y nuestra “virtud ama [Su] virtud”12. Viviendo virtuosamente es como avanzamos desde el “Yo creo” hacia el glorioso destino del “Yo sé”.

Pedro nos exhorta a añadir “al conocimiento, templanza; y a la templanza, paciencia”. Como discípulos templados, vivimos el Evangelio de un modo equilibrado y constante. No tratamos de correr “más aprisa de lo que [nuestras] fuerzas [nos] permiten”13. Día tras día seguimos avanzando sin inmutarnos ante los desafíos de la vida terrenal. Seguir leyendo

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Cómo obtener el poder de Jesucristo en nuestra vida

Conferencia General Abril 2017
Cómo obtener el poder de Jesucristo en nuestra vida
Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

 El evangelio de Jesucristo está lleno de Su poder, el cual está disponible para cada hija o hijo de Dios que lo busque fervientemente.

Mis queridos hermanos y hermanas, vivimos en una dispensación sumamente difícil. Estamos rodeados de desafíos, controversias y complejidades. Estos tiempos turbulentos fueron previstos por el Salvador. Él nos advirtió que en nuestros días el adversario incitaría la ira en el corazón de los hombres y los descarriaría1. Sin embargo, nuestro Padre Celestial nunca tuvo la intención de que afrontáramos solos el laberinto de los problemas personales y las dificultades sociales.

De tal manera amó Dios al mundo que envió a Su Hijo Unigénito2 para ayudarnos3; y Su Hijo Jesucristo dio Su vida por nosotros para que pudiésemos tener acceso al poder divino, un poder suficiente para sobrellevar las cargas, obstáculos y tentaciones de nuestros días4. Hoy me gustaría hablar sobre cómo podemos obtener en nuestra vida el poder de nuestro Señor y Maestro, Jesucristo.

Comenzamos al aprender de Él5. “Es imposible que [nos salvemos] en la ignorancia”6. Cuanto más sabemos acerca del ministerio y la misión del Salvador7 —cuanto mejor comprendemos Su doctrina8 y lo que Él hizo por nosotros—, más claramente sabemos que Él puede darnos el poder que necesitamos para nuestras vidas.

A principios de este año les pedí a los jóvenes adultos de la Iglesia que consagraran un poco de tiempo cada semana para estudiar todo lo que Jesús dijo e hizo, según se registra en los libros canónicos9. Los invité a que las referencias de las Escrituras acerca de Jesucristo que se encuentran en la guía temática [Topical Guide, en inglés] se convirtieran en su principal material de estudio personal10.

Extendí ese desafío porque yo mismo ya lo había aceptado. Leí y subrayé cada versículo acerca de Jesucristo que aparece bajo el encabezamiento principal y los 57 subtítulos de la guía temática11. Cuando terminé ese emocionante ejercicio, mi esposa me preguntó qué efecto tuvo en mí. Le respondí: “¡Soy un hombre diferente!”.

Sentí una devoción renovada hacia Él al volver a leer en el Libro de Mormón la declaración del Salvador mismo sobre Su misión en la vida terrenal. Él declaró:

“…vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz…”12.

Como Santos de los Últimos Días, nos referimos a Su misión como la expiación de Jesucristo, la cual hizo realidad la resurrección para todos y posibilitó la vida eterna para aquellos que se arrepientan de sus pecados, y reciban y cumplan ordenanzas y convenios esenciales.

Es doctrinalmente incompleto hablar del sacrificio expiatorio del Señor con frases abreviadas, tales como “la Expiación”, “el poder habilitador de la Expiación”, “aplicar la Expiación” o “ser fortalecidos por la Expiación”. Tales expresiones suponen un riesgo real de centrar la fe en algo equivocado al tratar el acontecimiento como si este tuviera una existencia viviente y capacidades independientes de nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo.

Bajo el gran plan eterno del Padre, es el Salvador quien sufrió. Es el Salvador quien rompió las ataduras de la muerte. Es el Salvador quien pagó el precio de nuestros pecados y transgresiones, y quien los limpia con la condición de que nos arrepintamos. Es el Salvador quien nos libera de la muerte física y espiritual.

No existe una entidad amorfa llamada “la Expiación” a la que podamos acudir en busca de socorro, sanación, perdón o poder. Jesucristo es la fuente. Términos sagrados como Expiación y Resurrección describen lo que el Salvador hizo, según el plan del Padre, para que podamos vivir con esperanza en esta vida y obtener la vida eterna en el mundo venidero. El sacrificio expiatorio del Salvador —el acto central de toda la historia de la humanidad— se comprende y se aprecia más cuando lo relacionamos expresa y claramente con Él.

El profeta José Smith hizo hincapié en la importancia de la misión del Salvador cuando declaró enfáticamente que “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”13.

Fue esta declaración del Profeta la que incentivó a 15 profetas, videntes y reveladores a publicar y firmar su testimonio para conmemorar el aniversario número 2.000 del nacimiento del Señor. Ese testimonio histórico se titula “El Cristo Viviente”14. Muchos miembros han memorizado las verdades que contiene; otros apenas saben que existe. A medida que procuran aprender más acerca de Jesucristo, los insto a estudiar “El Cristo Viviente”.

Cuando dedicamos tiempo a aprender sobre el Salvador y Su sacrificio expiatorio, sentimos el deseo de participar en otro elemento clave para tener acceso a Su poder: elegimos tener fe en Él y seguirlo.

Los discípulos verdaderos de Jesucristo están dispuestos a destacarse, defender sus principios y ser diferentes a la gente del mundo. Son impávidos, devotos y valientes. Conocí a tales discípulos durante una asignación reciente en México, donde me reuní con funcionarios gubernamentales y también con líderes de otras denominaciones religiosas. Cada uno de ellos me agradeció por los heroicos y exitosos esfuerzos de nuestros miembros por proteger y preservar matrimonios y familias firmes en su país. Seguir leyendo

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Más y más resplandeciente hasta el día perfecto

Conferencia General Abril 2017

Más y más resplandeciente hasta el día perfecto

Por el élder Mark A. Bragg
De los Setenta

 Incluso en los tiempos de mayor dificultad y oscuridad, hay luz y bondad a nuestro alrededor.

Pablo compartió este maravilloso mensaje de esperanza con los corintios:

“Estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados;

“perseguidos, pero no desamparados; abatidos, pero no destruidos”1.

¿Cuál era la fuente de la esperanza de Pablo? Escuchen su explicación: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”2.

Incluso en los tiempos de mayor dificultad y oscuridad, hay luz y bondad a nuestro alrededor. El pasado mes de octubre, el presidente Dieter F. Uchtdorf nos recordó: “Estamos rodeados de una riqueza de luz y verdad tan extraordinaria que me pregunto si realmente apreciamos lo que tenemos”3.

Sin embargo, el adversario quiere que nos centremos más bien en “los vapores de tinieblas… que ciegan los ojos… endurecen el corazón… y… conducen [a la perdición]”4.

No obstante, con un entendimiento perfecto de los desafíos de nuestros días, el Salvador hace la promesa: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto”5.

Somos hijos de Dios. Hemos sido creados para recibir la luz, perseverar en Dios y recibir más luz. Desde el principio, hemos seguido la luz; seguimos a nuestro Padre Celestial y Su plan. En nuestro ADN espiritual está el buscar de la luz.

Escuché esta verdad eterna expresada bellamente en un lugar inesperado. Mientras trabajaba para un banco grande, me invitaron a asistir a un programa de formación para ejecutivos en la Universidad de Michigan. En el transcurso del programa, el profesor Kim Cameron enseñó el concepto del liderazgo positivo y su efecto heliotrópico. Él explicó: “Se refiere a la tendencia en todos los sistemas vivos de dirigirse hacia la energía positiva [la luz] y alejarse de la energía negativa [la oscuridad]. Desde los organismos unicelulares hasta los complejos sistemas humanos, todo lo que tiene vida posee la inclinación inherente hacia lo positivo, alejándose de lo negativo”6.

Apoyándose en una gran cantidad de estudios, él se centró también en tres componentes esenciales de una exitosa cultura laboral: la compasión, el perdón y la gratitud7. Tiene mucho sentido el hecho de que al dirigirse las personas hacia lo positivo [la luz], se manifiesten los atributos que ejemplificó de manera perfecta la Luz del Mundo: ¡Jesucristo!

Hermanos y hermanas, por favor, consuélense en el hecho de que tenemos luz a nuestro alcance. Permítanme sugerir tres áreas en las que siempre hallaremos luz:

1. La luz de la Iglesia

La Iglesia es un faro de luz para un mundo que se va oscureciendo. ¡Este es un tiempo maravilloso para ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días! La Iglesia es más fuerte que nunca8 y se fortalece literalmente cada día que se unen a nosotros nuevos miembros, se organizan nuevas congregaciones, se llama a nuevos misioneros y se abren nuevos territorios para el Evangelio. Vemos el regreso de aquellos que se habían apartado temporalmente de la actividad en la Iglesia, a medida que el rescate, que el presidente Thomas S. Monson ha concebido, va dando lugar a milagros diariamente.

Recientemente estuve con jóvenes en Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina en sus conferencias Para la Fortaleza de la Juventud [FSY]. Durante una semana, miles y miles de jóvenes y jovencitas fortalecieron su amor por el Salvador y volvieron a casa, a sus familias y amigos, irradiando la luz y el amor de Cristo.

Como saben, siempre habrá quien critique a la Iglesia; ha sido así desde el principio, y así seguirá hasta el fin; pero no podemos permitir que esas críticas adormezcan nuestra sensibilidad a la luz que está a nuestro alcance. El reconocer y el buscar la luz nos hará merecedores de recibir aún más luz.

En un mundo que se va oscureciendo, la luz de la Iglesia se hará más y más resplandeciente hasta el día perfecto.

2. La luz del Evangelio

La luz del Evangelio es la senda “resplandeciente que va en aumento hasta que el día es perfecto”9, y donde más resplandece es en nuestras familias y en los templos por todo el mundo.

En Predicad Mi Evangelio se declara que “por medio de la luz del Evangelio, las familias pueden resolver los malos entendidos, las contenciones y los desafíos. Las familias destrozadas por la discordia pueden sanar mediante el arrepentimiento, el perdón y la fe en el poder de la expiación de Jesucristo”10. Ahora más que nunca, nuestras familias han de ser fuentes de gran luz para todos los que nos rodean. Las familias aumentan en luz conforme aumentan en amor y bondad. A medida que establecemos nuestras familias en estos principios, “fe… arrepentimiento… perdón… respeto… amor… [y] compasión”11, experimentaremos un aumento de amor por el Salvador y del uno por el otro. La familia se fortalecerá y la luz en cada uno de nosotros se hará más resplandeciente. Seguir leyendo

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Confiar en Dios firmemente

Conferencia General Abril 2017
Confiar en Dios firmemente
Por el élder Ulisses Soares
De la Presidencia de los Setenta

Si somos firmes y no vacilamos en nuestra fe, el Señor aumentará nuestra capacidad de elevarnos por encima de los desafíos de la vida.

Estimados hermanos y hermanas, para comenzar mi mensaje de hoy deseo testificar que sé que el presidente Thomas S. Monson es el profeta de Dios en la actualidad; sus consejeros de la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles son también, de hecho, profetas, videntes y reveladores. Ellos representan al Señor Jesucristo y tienen el derecho de declarar Su disposición y voluntad según les sea revelada. Testifico que hay seguridad al seguir su consejo. El Señor los está inspirando a hacer hincapié en fortalecer nuestra fe en el Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo y en Su expiación a fin de que no vacilemos al afrontar los desafíos de nuestros días.

En el Libro de Mormón leemos sobre un hombre llamado Ammón que fue enviado de la tierra de Zarahemla a la tierra de Lehi-Nefi a averiguar acerca de sus hermanos. Allí encontró al rey Limhi y a su pueblo, que estaban bajo el cautiverio de los lamanitas. El rey Limhi se animó por las cosas que Ammón le compartió sobre su pueblo en Zarahemla; el corazón se le llenó con una esperanza y un gozo tan grandes que reunió a su pueblo en el templo y dijo:

“Por tanto, levantad vuestras cabezas y regocijaos, y poned vuestra confianza en Dios…

“Mas si os tornáis al Señor con íntegro propósito de corazón… y le servís con toda la diligencia del alma… él, de acuerdo con su propia voluntad y deseo, os librará del cautiverio”1.

Las palabras de Ammón tuvieron un efecto tan profundo en la fe del pueblo del rey Limhi, que hicieron un convenio con Dios de servirle y de guardar Sus mandamientos a pesar de sus difíciles circunstancias. Gracias a su fe, pudieron idear un plan para escapar de las manos de los lamanitas2.

Hermanos y hermanas, les pido que por favor consideren la importancia de la invitación que el rey Limhi hizo a su pueblo y la forma en que se aplica a nosotros. Él dijo: “Por tanto, levantad vuestras cabezas y regocijaos, y poned vuestra confianza en Dios”. Con esas palabras, Limhi invitó a su pueblo a mirar hacia el futuro con el ojo de la fe; a remplazar sus temores con el optimismo de la esperanza que nace de la fe; y a no dudar en depositar su confianza en Dios independientemente de las circunstancias.

La vida terrenal es un período en el que seremos probados para ver si haremos todas las cosas que el Señor nuestro Dios nos mande3. Ello requerirá una fe inquebrantable en Cristo, incluso en momentos de gran dificultad. Requerirá que sigamos adelante con una fe firme en Cristo, guiados por el Espíritu y confiando que Dios proveerá para nuestras necesidades4.

Hacia el final de Su ministerio terrenal, justo antes de que se le tomara prisionero, el Salvador enseñó a Sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”5.

Mediten conmigo un momento: Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre, vivió una vida sin pecado y venció todas las tentaciones, dolores, desafíos y aflicciones del mundo. Derramó gotas de sangre en Getsemaní; padeció un terrible dolor que es imposible describir; tomó sobre Sí todos nuestros dolores y enfermedades. Él está presto para ayudar —a cada uno de nosotros— con todas nuestras cargas. Por medio de Su vida, sufrimiento, muerte y resurrección, eliminó todo impedimento a que nos regocijemos y hallemos paz en esta tierra. Los beneficios de Su sacrificio expiatorio se extienden a todos los que lo acepten y se nieguen a sí mismos, así como a los que tomen Su cruz y lo sigan como Sus verdaderos discípulos6. Por tanto, a medida que ejerzamos fe en Jesucristo y en Su expiación, seremos fortalecidos, nuestras cargas serán aligeradas, y por medio de Él venceremos al mundo. Seguir leyendo

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Nuestro Buen Pastor

Conferencia General Abril 2017
Nuestro Buen Pastor
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Jesucristo, nuestro Buen Pastor, siente gozo al ver que Sus ovejas enfermas progresan hacia la sanación.

Podemos hacernos una idea del carácter de nuestro Padre Celestial cuando reconocemos la inmensa compasión que tiene por los pecadores y apreciamos la distinción que hace entre el pecado y los que pecan. Esta idea nos ayuda a tener un “[entendimiento más] correcto de Su carácter, perfecciones y atributos”1, y es fundamental para ejercer la fe en Él y en Su Hijo, Jesucristo. La compasión del Salvador ante nuestras imperfecciones nos acerca a Él y nos motiva en nuestros repetidos intentos por arrepentirnos y emularlo. A medida que llegamos a ser más como Él, aprendemos a tratar a los demás como Él lo hace, sin que importe ninguna característica o comportamiento externos.

El efecto de distinguir entre las características externas de una persona y la persona en sí es la esencia de la novela Los miserables, del escritor francés Víctor Hugo2. Al comienzo de la novela, el narrador nos presenta a Bienvenue Myriel, obispo de Digne, y analiza el dilema que enfrenta. ¿Debe visitar a un hombre que es un ateo confeso y que es despreciado en la comunidad a causa de su pasado durante la Revolución francesa?3

El narrador declara que, naturalmente, el obispo podría sentir una profunda aversión hacia ese hombre, pero entonces formula una pregunta sencilla: “Igualmente, ¿la costra de las ovejas hará que el pastor retroceda?”4. Respondiendo por el obispo, el narrador da una respuesta definitiva, “No”; y luego añade un comentario cómico: “¡Pero qué oveja!”5

En ese pasaje, Hugo compara la “iniquidad” del hombre con una enfermedad cutánea de las ovejas, y al obispo con un pastor que no retrocede cuando tiene ante sí a una oveja enferma. El obispo muestra empatía y más adelante en el libro demuestra una compasión similar por otro hombre, el protagonista de la novela, Jean Valjean, un expresidiario degradado. La misericordia y la empatía del obispo motivan a Jean Valjean a cambiar el curso de su vida.

Dado que Dios utiliza en las Escrituras la enfermedad como una metáfora del pecado, cabe preguntarse: “¿Cómo reacciona Jesucristo cuando afronta nuestras enfermedades metafóricas: nuestros pecados?”. Después de todo, el Salvador dijo que Él “no [puede] considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”6; entonces, ¿cómo es capaz de mirarnos, imperfectos como somos, sin retroceder horrorizado e indignado?

La respuesta es clara y sencilla. Como es el Buen Pastor7, Jesucristo ve la enfermedad de Sus ovejas como una dolencia que necesita tratamiento, atención y compasión. Este pastor, nuestro Buen Pastor, siente gozo al ver que Sus ovejas enfermas progresan hacia la sanación.

El Salvador predijo que “como pastor [apacentaría] su rebaño”8, “[buscaría] a la oveja perdida… [haría] volver a la descarriada… [vendaría] a la perniquebrada y [fortalecería] a la débil”9. Si bien se representó al Israel apóstata como consumido por “heridas, y moretones y llagas”10 pecaminosas, el Salvador alentó, exhortó y prometió la curación11.

En verdad, el ministerio terrenal del Salvador se caracterizó por el amor, la compasión y la empatía. Él no recorrió con desprecio los caminos polvorientos de Galilea y Judea, sobresaltándose ante los pecadores, ni los evitó con vil horror. No; Él comió con ellos12. Les ayudó, los bendijo, los elevó y edificó, y reemplazó el temor y la desesperación con esperanza y gozo. Como el verdadero pastor que es, Él nos busca y nos encuentra para brindarnos alivio y esperanza13. Comprender Su compasión y amor nos ayuda a ejercer fe en Él, arrepentirnos y ser sanados.

El Evangelio de Juan registra el efecto que la empatía del Salvador tiene en una pecadora. Los escribas y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio. Los acusadores insinuaban que había que apedrearla, en cumplimiento de la ley de Moisés. Jesús, en respuesta a sus preguntas insistentes, les dijo finalmente: “El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”.

Los acusadores se fueron “y quedaron solo Jesús y la mujer, que estaba en medio.

“Y… no viendo [Jesús] a nadie más que a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?

“Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”14.

Ciertamente, el Salvador no aprobó el adulterio, pero tampoco condenó a la mujer, sino que la animó a reformar su vida. Ella se animó a cambiar gracias a la compasión y la misericordia de Él. La Traducción de José Smith de la Biblia da fe de su discipulado consiguiente: “Y la mujer glorificó a Dios desde aquella hora, y creyó en su nombre”15.

Si bien Dios es empático, no debemos creer erróneamente que acepta el pecado ni que está abierto a considerarlo, porque no lo está. El Salvador vino a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y, lo que es importante, no nos salvará en nuestros pecados16. Zeezrom, un hábil interrogador, intentó una vez que Amulek cayera en su trampa al preguntarle: “¿Salvará [el Mesías futuro] a su pueblo en sus pecados? Y Amulek contestó y le dijo: Te digo que no, porque le es imposible negar su palabra… no puede salvarlos en sus pecados”17. Amulek declaró la verdad fundamental de que para poder ser salvos de nuestros pecados, debemos cumplir con “las condiciones del arrepentimiento”, las cuales liberan el poder del Redentor para salvar nuestra alma18. Seguir leyendo

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El glorioso plan de nuestro Padre

Conferencia General Abril 2017
El glorioso plan de nuestro Padre
Por el élder Weatherford T. Clayton
De los Setenta

Gracias al santo plan de Dios, sabemos que el nacimiento y la muerte realmente constituyen momentos significativos en nuestro viaje hacia la vida eterna con nuestro Padre Celestial1.

En los inicios de mi formación como médico, tuve el privilegio de ayudar a una joven madre a dar a luz a su primer hijo. Ella estaba tranquila, centrada y feliz. Cuando nació el bebé, le entregué a la madre su preciado recién nacido. Con lágrimas de felicidad que le rodaban por las mejillas, ella tomó en sus brazos a ese bebé recién nacido y lo examinó de pies a cabeza. Lo estrechó y acarició como solo una madre puede hacerlo. Para mí fue un privilegio estar en esa habitación con ella.

De ese modo comenzó la vida para todos nosotros. Sin embargo, ¿fue nuestro nacimiento realmente el comienzo? El mundo considera el nacimiento y la muerte como el principio y el fin. Sin embargo, nosotros sabemos, gracias al santo plan de Dios, que el nacimiento y la muerte realmente constituyen momentos significativos en nuestro viaje hacia la vida eterna con nuestro Padre Celestial1. Son componentes esenciales del plan de nuestro Padre; son momentos sagrados en los que el cielo entra en contacto con la mortalidad. Hoy, al reflexionar en lo que aprendí al observar nacimientos y muertes a lo largo de los años de practicar la medicina y de servir en la Iglesia, deseo testificar del glorioso plan de nuestro Padre.

“Antes de nacer, vivíamos con Dios, el Padre de nuestros espíritus. Todas las personas de la tierra [somos] literalmente hermanos y hermanas de la familia de Dios”2, y cada uno de nosotros es valioso para Él. Vivimos con Él millones de años antes de nuestro nacimiento terrenal, aprendiendo, eligiendo y preparándonos.

Debido a que el Padre Celestial nos ama, desea que tengamos el don más grande que Él puede dar: el don de la vida eterna3. Él no podía darnos ese don sin más; para recibirlo, teníamos que elegirlo a Él y Sus caminos. Para ello, era necesario que saliéramos de Su presencia y emprendiéramos un maravilloso y desafiante viaje de fe, crecimiento y desarrollo. El viaje que el Padre preparó para nosotros se llama el Plan de Salvación o el plan de felicidad4.

En un gran concilio preterrenal, nuestro Padre nos presentó Su plan5. Cuando lo entendimos, nos sentimos tan felices que exclamamos de gozo, y “las estrellas del alba cantaron alabanzas”6.

El plan está edificado sobre tres grandes pilares: los pilares de la eternidad7.

El primer pilar es la Creación de la tierra, el entorno para nuestra trayectoria terrenal8.

El segundo pilar es la Caída de nuestros primeros padres: Adán y Eva. Gracias a la Caída, se nos concedieron algunas cosas maravillosas. Pudimos nacer y recibir un cuerpo físico9. Siempre estaré agradecido a mi madre por traernos a mis hermanos y a mí al mundo, y por enseñarnos la palabra de Dios.

Dios además nos dio el albedrío moral: la capacidad y el privilegio de escoger y actuar por nosotros mismos10. A fin de ayudarnos a escoger bien, el Padre Celestial nos dio mandamientos. Cada día, conforme guardamos Sus mandamientos, mostramos a Dios que lo amamos, y Él bendice nuestras vidas11.

Al saber que no siempre escogeríamos bien —o en otras palabras, que pecaríamos— el Padre nos dio el tercer pilar: el Salvador Jesucristo y Su expiación. Mediante Su sufrimiento, Cristo pagó el precio tanto de la muerte física como del pecado12. Él enseñó: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”13.

Jesucristo vivió una vida perfecta, y siempre guardó los mandamientos de Su Padre. “Él recorrió los caminos de Palestina”, enseñó las verdades de la eternidad, sanó a los enfermos, hizo que los ciegos vieran y levantó a los muertos”14. Él “anduvo haciendo bienes”15 y “alentó a los demás a seguir Su ejemplo”16.

Hacia el final de Su vida terrenal, Él se arrodilló y oró, diciendo:

“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…

“Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían a tierra”17.

Cristo nos ayudó a comprender mejor la magnitud de Su sufrimiento, cuando le dijo al profeta José Smith.

“Yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; Seguir leyendo

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Su mano que guía diariamente

Conferencia General Abril 2017
Su mano que guía diariamente
Por M. Joseph Brough
Segundo Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

El Padre Celestial sabe mejor que nadie lo que ustedes y yo necesitamos.

Uno de los instrumentos más queridos del Padre Celestial para guiar a Sus hijos son los abuelos que viven con rectitud. La madre de mi padre era una de esas mujeres. En una ocasión que tuvo lugar cuando yo era demasiado pequeño para recordar, mi padre me estaba disciplinando. Al observar esa corrección, mi abuela dijo: “Monte, me parece que lo estás corrigiendo de manera muy severa”.

Mi padre respondió: “Mamá, corregiré a mis hijos como yo desee”.

Y mi sabia abuela suavemente declaró: “Y yo también”.

Estoy seguro de que mi padre escuchó la sabia guía de su madre ese día.

Cuando pensamos en guiar, quizá nos venga a la mente el himno que todos conocemos y amamos: “Soy un hijo de Dios”. En el estribillo encontramos las palabras: “Guíenme; enséñenme la senda a seguir”1.

Hasta hace poco, entendía que ese estribillo era dirección divina para los padres. Al meditar sobre esas palabras, me di cuenta de que si bien contienen dicha dirección, tienen un significado mucho mayor. De forma individual, cada uno de nosotros suplica diariamente que el Padre Celestial nos guíe y nos enseñe.

El presidente Dieter F. Uchtdorf explicó: “Nuestro Padre Celestial conoce las necesidades de Sus hijos mejor que nadie; Su obra y Su gloria es ayudarnos en cada paso, dándonos maravillosos recursos temporales y espirituales para ayudarnos en nuestra senda de regreso a Él”2.

Escuchen esas palabras: El Padre Celestial sabe mejor que nadie lo que ustedes y yo necesitamos. Por consiguiente, ha preparado un kit de ayuda personal adaptado a cada uno de nosotros, el cual contiene muchos componentes, entre ellos Su Hijo y la Expiación, el Espíritu Santo, mandamientos, Escrituras, oración, profetas, apóstoles, padres, abuelos, líderes locales del sacerdocio y muchos más, todos ellos para ayudarnos a regresar a vivir con Él algún día.

Permítanme explayarme hoy en solo unos cuantos de los componentes del kit de ayuda que me han hecho reconocer que un Padre amoroso está guiándome y enseñándome a mí y también a mi familia. Ruego que cada uno de ustedes reconozca en sus experiencias que el Padre Celestial está guiando y enseñándoles a ustedes y que, con ese conocimiento, procedan con confianza, sabiendo de que nunca están realmente solos.

Los mandamientos del Padre Celestial son componentes clave del kit de ayuda. Alma declaró“que la maldad nunca fue felicidad”3. El tolerar un comportamiento indebido sin reprender de forma amorosa equivale a una compasión falsa que reafirma la noción popular de que la maldad puede, de hecho, ser felicidad. Samuel el Lamanita refutó claramente dicha noción: “… habéis buscado la felicidad cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa justicia que existe en nuestro gran y Eterno Caudillo”4.

Por medio de Sus profetas, el Padre Celestial nos recuerda constantemente que la rectitud es felicidad. El rey Benjamín, por ejemplo, enseñó que el Padre Celestial “requiere que hagáis lo que os ha mandado; y si lo hacéis, él os bendice inmediatamente”5. Otro himno contiene un recordatorio similar: Seguir leyendo

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