Conferencia General Abril 2017
Preparen la vía
Por el obispo Gérald Caussé
Obispo Presidente
Aun cuando se les ha conferido misiones y autoridad diferentes, el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec son compañeros inseparables en la obra de salvación.
Cuando tenía 30 años empecé a trabajar en un grupo de venta al público en Francia. Cierto día, el presidente de la compañía, un buen hombre de otra religión, me llamó a su oficina; su pregunta me dejó perplejo: “Acabo de enterarme de que usted es un sacerdote en su iglesia. ¿Es verdad?”.
Le contesté: “Sí, lo es. Poseo el sacerdocio”.
Visiblemente intrigado por mi respuesta, preguntó: “¿Pero estudió en un seminario teológico?”.
“Por supuesto”, respondí, “entre los 14 y los 18 años, ¡y tuve clase de seminario casi a diario!”. Casi se cae de la silla.
Para mi sorpresa, varias semanas más tarde volvió a llamarme a su oficina para ofrecerme el puesto de director gerente de una de las empresas del grupo. Me quedé sorprendido y le expresé mi preocupación porque era demasiado joven e inexperto para tener una responsabilidad tan importante. Con una sonrisa benévola, me dijo: “Tal vez sea cierto, pero no importa. Conozco sus principios y sé lo que ha aprendido en su iglesia. Le necesito”.
Estaba en lo cierto en cuanto a lo que había aprendido en la Iglesia. Los años siguientes fueron difíciles y no creo que habría podido tener éxito alguno de no haber sido por la experiencia que adquirí al servir en la Iglesia desde joven.
Tuve la bendición de crecer en una rama pequeña; como éramos pocos, se llamaba a los jóvenes a participar activamente en todos los aspectos de la rama. Estaba muy atareado y me encantaba sentirme útil. Los domingos oficiaba en la mesa sacramental, prestaba servicio en mi cuórum del sacerdocio y asistía en otros llamamientos. Durante la semana solía acompañar a mi padre y a otros adultos poseedores del sacerdocio a hacer visitas de orientación familiar, consolar a los enfermos y afligidos, y ayudar a los necesitados. Nadie parecía pensar que yo fuese demasiado joven para servir o incluso para dirigir. Para mí todo era normal y natural.
El servicio que presté en mi adolescencia contribuyó a edificar mi testimonio y anclar mi vida en el Evangelio. Estaba rodeado de hombres buenos y compasivos que estaban comprometidos a usar su sacerdocio para bendecir la vida de los demás; deseaba ser como ellos. Mucho más de lo que me di cuenta entonces, al servir con ellos aprendí a ser un líder en la Iglesia y también en el mundo.
Tenemos muchos jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico asistiendo hoy a esta reunión o conectándose a ella. Al contemplar a los asistentes, veo a muchos de ustedes sentados al lado de un hombre maduro, puede que sean sus padres, abuelos, hermanos mayores o líderes del sacerdocio; todos ellos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec. Ellos los aman y, en gran medida, vinieron esta noche para estar con ustedes.
Esta congregación de generaciones ofrece una visión maravillosa de la unidad y hermandad que existe entre los dos sacerdocios de Dios. Aun cuando se les ha conferido misiones y autoridad diferentes, el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec son compañeros inseparables en la obra de salvación. Son como uña y carne y tienen gran necesidad el uno del otro.
El modelo perfecto de la relación estrecha que existe entre ambos sacerdocios se encuentra en la interacción entre Jesús y Juan el Bautista. ¿Es posible imaginarse a Juan el Bautista sin Jesús? ¿Cómo habría sido la misión del Salvador sin la obra preparatoria realizada por Juan?
Juan el Bautista recibió una de las misiones más nobles que ha existido: “preparar la vía del Señor”1 para bautizarlo en el agua y preparar a un pueblo para recibirlo. Este “hombre justo y santo”2, que había sido ordenado al sacerdocio menor por el ángel de Dios era perfectamente consciente de la importancia y los límites de su misión y autoridad.
La gente acudía a Juan para oírle y ser bautizados por él; era honrado y reverenciado por derecho propio como un hombre de Dios. Mas cuando se presentó Jesús, Juan retrocedió humildemente ante Uno mayor que él y declaró: “Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros hay uno… que ha de venir después de mí, el que es antes de mí, de quien yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”3.
Por Su parte, Jesús el Cristo, el Unigénito del Padre, que poseía el sacerdocio mayor, reconoció humildemente la autoridad de Juan. El Salvador dijo de él: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”4.
Piensen en lo que ocurriría en nuestros cuórums si las relaciones entre los poseedores de ambos sacerdocios siguieran el patrón establecido por Jesús y Juan el Bautista. Mis jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico, al igual que Juan, su labor consiste en “preparar la vía”5 para la gran obra del Sacerdocio de Melquisedec, y lo están haciendo de muchas formas distintas. Ustedes administran las ordenanzas del bautismo y la Santa Cena. Ayudan a preparar a un pueblo para el Señor al predicar el Evangelio, al “[visitar la casa de todos los miembros”6 y al “velar… por los miembros de la iglesia”7. Ustedes brindan ayuda al pobre y al necesitado al recolectar las ofrendas de ayuno y participan en el cuidado de los centros de reuniones de la Iglesia y de otros recursos temporales. Su labor es importante, necesaria y sagrada. Seguir leyendo




























