Congregar a la familia de Dios

Conferencia General Abril 2017

Congregar a la familia de Dios

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Dios el Padre quiere a Sus hijos de nuevo en casa, en familias y en gloria.

Mis queridos hermanos y hermanas, me regocijo por la oportunidad de estar con ustedes al inicio de esta sesión de la conferencia general. Les extiendo la más cordial bienvenida.

Para los Santos de los Últimos Días, la conferencia general ha sido siempre una ocasión para congregarse. Hace mucho tiempo que hemos excedido la capacidad de congregarnos físicamente en un solo lugar, pero el Señor ha provisto las formas para que las bendiciones de la conferencia general lleguen a ustedes sin importar dónde estén. Aunque es impresionante ver la congregación de santos en el amplio Centro de Conferencias, los que nos paramos ante este púlpito imaginamos siempre los millones de personas que se congregan con nosotros alrededor del mundo para ver y escuchar la conferencia. Muchos de ustedes están congregados con su familia; algunos quizás con amigos u otros miembros de la Iglesia.

Dondequiera que estén, y en cualquier manera que estén escuchando mi voz, por favor sepan que aunque no están con nosotros en persona, sentimos que lo están en espíritu. Esperamos que todos ustedes se sientan uno con nosotros; que sientan el poder espiritual que se recibe cada vez que un grupo de creyentes se congrega en el nombre de Jesucristo.

He sentido la inspiración de hablarles hoy sobre otra clase de congregación; dicha clase no ocurre solo cada seis meses, como la conferencia general. Más bien, ha estado ocurriendo continuamente desde los primeros días de la restauración de la Iglesia, y ha estado apresurándose los últimos años. Me refiero a la congregación de la familia de Dios.

Para describirla, tal vez sea mejor comenzar antes de que naciéramos, antes de lo que la Biblia llama “el principio” (Génesis 1:1). En aquel momento, vivíamos con el Padre Celestial como Sus hijos procreados en espíritu. Esto es cierto sobre toda persona que jamás haya vivido en la tierra.

Verán, los títulos “hermano” y “hermana” no son solo saludos amistosos ni apelativos afectuosos para nosotros. Son la expresión de una verdad eterna: Dios es el Padre literal de todo el género humano; cada uno de nosotros es parte de Su familia eterna. Debido a que Él nos ama con el amor de un Padre perfecto, quiere que progresemos y avancemos y lleguemos a ser semejantes a Él. Él estableció un plan mediante el cual vendríamos a la tierra, en familias, y tendríamos experiencias que nos prepararían para regresar a Él y vivir como Él vive.

El elemento central del plan era la promesa de que Jesucristo se ofrecería a Sí mismo como sacrificio, para rescatarnos del pecado y de la muerte. Nuestra labor en ese plan es aceptar el sacrificio del Salvador mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio. Ustedes y yo aceptamos ese plan. De hecho, nos regocijamos en él, aunque significara que dejásemos la presencia de nuestro Padre y olvidar lo que habíamos vivido allí con Él.

Pero no se nos envió aquí completamente a ciegas. A cada uno de nosotros se nos dio una porción de la luz de Dios, llamada la “Luz de Cristo”, para ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Es por ello que, aun quienes viven con poco o ningún conocimiento del plan del Padre pueden percibir, en el corazón, que ciertas acciones son rectas y morales mientras que otras no lo son.

Nuestro sentido de lo correcto y lo incorrecto parece agudizarse mientras criamos a nuestros hijos. En casi todo padre o madre se halla innato el deseo de enseñar virtudes morales a sus hijos; eso es parte del milagro del plan del Padre Celestial. Él quiere que Sus hijos vengan a la tierra, siguiendo el modelo eterno de familias que existe en el cielo. Las familias son la unidad de organización básica de los reinos eternos, y por tanto Él desea que estas también sean la unidad básica en la tierra. Aunque las familias terrenales están lejos de ser perfectas, brindan a los hijos de Dios la mejor oportunidad de ser acogidos en el mundo con el único amor de la tierra que se acerca a lo que sentimos en el cielo: el amor de los padres. Las familias son también el mejor modo de conservar y transmitir las virtudes morales y los principios verdaderos que tienen la mayor posibilidad de conducirnos de vuelta a la presencia de Dios.

Solo una pequeña minoría de los hijos de Dios obtienen, en esta vida, una total comprensión del plan de Dios, junto con el acceso a las ordenanzas del sacerdocio y los convenios que hacen que el poder expiatorio del Salvador tenga pleno vigor en nuestra vida. Incluso quienes tienen los mejores padres pueden vivir fielmente de acuerdo con la luz que tienen, aunque nunca hayan oído de Jesucristo y Su expiación ni se los haya invitado a bautizarse en Su nombre. Así ha sucedido con innumerables millones de nuestros hermanos y hermanas a lo largo de la historia del mundo.

Algunas personas podrían considerarlo injusto; incluso podrían considerarlo una evidencia de que no hay ningún plan, ni requisitos específicos para la salvación, al pensar que un Dios justo y amoroso no crearía un plan que esté a disposición de una proporción tan pequeña de Sus hijos. Otras personas podrían concluir que Dios debe haber determinado de antemano a cuáles de Sus hijos salvaría y haberles hecho llegar el Evangelio, mientras que quienes jamás escucharon el Evangelio sencillamente no fueron “escogidos”.

Pero ustedes y yo sabemos, debido a las verdades restauradas mediante el profeta José Smith, que el plan de Dios es mucho más amoroso y justo. Nuestro Padre Celestial está ansioso por congregar y bendecir a toda Su familia. Aunque sabe que no todos ellos escogerán ser congregados, Su plan da la oportunidad a cada uno de Sus hijos de aceptar o rechazar Su invitación; y las familias son esenciales en el plan.

Hace siglos, el profeta Malaquías dijo que en un día venidero, Dios enviaría a Elías el Profeta para hacer “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (Malaquías 4:6). Seguir leyendo

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Mi paz os dejo

Conferencia General Abril 2017
“Mi paz os dejo”
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El Señor prometió paz a Sus discípulos cuando los iba a dejar. Nos ha dado a nosotros la misma promesa.

Mis queridas hermanas, esta noche hemos sido bendecidos por el Espíritu de Dios. Los inspirados mensajes de las poderosas líderes, así como la música, han fortalecido nuestra fe y aumentado nuestro deseo de guardar los convenios sagrados que hemos hecho con nuestro amoroso Padre Celestial. Hemos sentido crecer nuestro amor por el Señor Jesucristo y nuestro agradecimiento por el maravilloso don de Su sacrificio expiatorio.

Mi mensaje hoy es sencillo: Todos hemos sentido paz esta tarde. A todos nos gustaría sentir esa paz a menudo en nuestro interior, en nuestras familias y con la gente a nuestro alrededor.El Señor prometió paz a Sus discípulos cuando los iba a dejar. Nos ha dado a nosotros la misma promesa; pero Él dijo que daría paz a Su manera, no a la manera del mundo. Él describió Su manera de enviar paz:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:26–27).

Los hijos de Mosíah necesitaban ese don de paz cuando embarcaron en su misión a los lamanitas. Con más de una leve inquietud al percibir la enormidad de su tarea, oraron para pedir tranquilidad. “Y sucedió que el Señor los visitó con su Espíritu, y les dijo: Sed consolados; y fueron consolados” (Alma 17:10; véase también Alma 26:27).

En ocasiones, desearán paz al enfrentarse a incertidumbres y a lo que les pudieran parecer desafíos inminentes. Los hijos de Mosíah aprendieron la lección que el Señor enseñó a Moroni. Es una guía para todos nosotros: “… si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27)..

Moroni dijo: “… habiendo oído estas palabras, me consolé” (Éter 12:29). Pueden ser un consuelo para todos nosotros. Aquellos que no ven sus debilidades, no progresan. El reconocer sus debilidades es una bendición, ya que las ayuda a permanecer humildes y las hace acudir al Salvador. El Espíritu no solo nos consuela, sino que también es el agente por la cual la Expiación obra un cambio en nuestra propia naturaleza. Entonces las cosas débiles se hacen fuertes.

A veces Satanás presentará desafíos a su fe; eso sucede a todos los discípulos de Jesucristo. Su defensa contra esos ataques es mantener al Espíritu Santo como su compañero. Él Espíritu hablará paz a su alma; Él las impulsará a avanzar con fe, Y Él les devolverá el recuerdo de los momentos en que sintieron la luz y el amor de Jesucristo.

Recordar puede ser uno de los dones más preciados que el Espíritu puede darles.Él les “recordará todo lo que [el Señor] os [ha] dicho” (John 14:26). El recuerdo puede ser el de una oración contestada, una ordenanza del sacerdocio, una confirmación de su testimonio, o de un momento en que vieron la mano guiadora de Dios en su vida. Tal vez en un día futuro cuando necesiten fuerza, el Espíritu les traiga a la memoria los sentimientos que están teniendo durante esta reunión. Ruego que así sea.

Un recuerdo que el Espíritu a menudo me trae a la mente es el de una reunión sacramental celebrada al atardecer en un cobertizo de metal en Innsbruck, Austria, hace muchos años. El cobertizo estaba debajo de una vías de ferrocarril. Solo había una docena de personas presentes, sentadas en sillas de madera. La mayoría eran mujeres, unas más jóvenes y otras mayores. Vi lágrimas de gratitud cuando se repartió la Santa Cena entre esa pequeña congregación. Sentí el amor del Salvador por aquellos santos, y ellos también lo sintieron.Sin embargo, el milagro que recuerdo con mayor claridad fue la luz que parecía llenar aquel ese cobertizo de metal, trayendo consigo un sentimiento de paz.Era de noche y no había ventanas, y aun así la habitación estaba iluminada como si fuera por el sol del mediodía. Seguir leyendo

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Ciertas mujeres

Conferencia General Abril 2017
Ciertas mujeres
Por Linda K. Burton
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Las mujeres ciertas se centran en el Salvador Jesucristo y tienen esperanza mediante la promesa de Su sacrificio expiatorio.

Mis amadas hermanas, cuánto las amamos y agradecemos su compasiva y entusiasta respuesta a la invitación de la Primera Presidencia y a la campaña #fuiforastero. Sigan orando, escuchando los susurros del Espíritu y actuando de conformidad con las impresiones que reciban.

Ya sea que viaje localmente o alrededor del mundo, es común que me pregunten: “¿Se acuerda de mí?”. Debido a que soy penosamente imperfecta, debo admitir que a menudo no puedo recordar nombres. Sin embargo, sí recuerdo el amor tan real que el Padre Celestial me ha permitido sentir al conocer a Sus queridos hijos e hijas.

Hace poco tuve la oportunidad de visitar a algunas amadas mujeres que están en la prisión. Cuando nos despedimos con profunda sinceridad, una querida mujer suplicó: “Hermana Burton, por favor no nos olvide”. Espero que ella y otras que deseen que se les recuerde sientan que así es mientras comparto algunos pensamientos con ustedes.

Ciertas mujeres de la época del Salvador: Centradas en el Salvador Jesucristo

Nuestras hermanas a través de todos los tiempos han demostrado el fiel modelo de discipulado que nosotras también nos esforzamos por conseguir. “El Nuevo Testamento contiene relatos sobre [ciertas] mujeres, cuyos nombres no siempre se mencionan, que ejercieron fe en Jesucristo [y Su expiación], aprendieron y vivieron Sus enseñanzas y testificaron de Su ministerio, Sus milagros y Su majestuosidad. Tales mujeres llegaron a ser discípulas ejemplares e importantes testigos en la obra de salvación”1.

Ciertas mujeres

Consideren estos relatos en el libro de Lucas. El primero, durante el ministerio del Salvador:

“Y aconteció… que Jesús caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él,

“y [ciertas] mujeres… María, que se llamaba Magdalena… y Juana… y Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes”2.

El siguiente, después de Su resurrección:

“y ciertas mujeres… que fueron temprano al sepulcro;

“… como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que… habían visto visión de ángeles, quienes les dijeron que él vive”3.

He leído estos relatos de “ciertas mujeres” muchas veces antes, pero hace poco al reparar en ello más atentamente, esas palabras parecían saltar de la página. Al meditar esos relatos con mayor detenimiento, ha sido evidente para mí que esas mujeres son mujeres ciertas, en el sentido de que son mujeres convencidas, seguras, confiadas, firmes, inequívocas y fiables4.

Cuando reflexioné sobre esas potentes palabras descriptivas, recordé a dos de esas ciertas mujeres que dieron testimonios seguros, confiados y firmes del Salvador. Aun cuando ellas, como nosotras, fueron mujeres imperfectas, sus testimonios son inspiradores.

¿Recuerdan a esa mujer anónima junto al pozo que invitó a los demás a venir y ver lo que había aprendido del Salvador? Dio un testimonio con plena certeza en la forma de una pregunta: “¿No será este el Cristo?”5. Su testimonio e invitación fueron tan persuasivos que “muchos… creyeron en él”6.

Marta da su testimonio del Salvador.

Tras la muerte de su hermano Lázaro, Marta, la amada discípula y amiga del Señor, declaró, con lo que debió haber sido gran emoción: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Consideren su certeza cuando continuó: “mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará”. Y siguió dando testimonio: “… yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”7. Seguir leyendo

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La hermosura de la santidad

Conferencia General Abril 2017
La hermosura de la santidad
Por Carol F. McConkie
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado todo lo que se requiere para que podamos llegar a ser santos como Él es santo.

Queridas hermanas, mientras me estaba preparando para esta reunión, mi corazón se ha volcado hacia las muchas hermanas fieles que he conocido, tanto lejos como cerca. Para mí, se les describe de la mejor manera en un salmo de agradecimiento del rey David: “Tributad a Jehová la gloria debida a su nombre; traed ofrenda y venid delante de él; postraos delante de Jehová en la hermosura de la santidad”1.

Veo la hermosura de la santidad en las hermanas cuyo corazón se centra en todo lo que es bueno, que desean llegar a ser más como el Salvador. Ofrecen toda su alma, corazón, mente y fuerza al Señor en la forma en que viven cada día2. La santidad proviene del esfuerzo y la lucha por guardar los mandamientos y honrar los convenios que hemos hecho con Dios; la santidad es tomar decisiones que mantendrán al Espíritu Santo como nuestro guía3; la santidad es dejar de lado nuestras tendencias naturales y llegar a ser santo por medio de la expiación de Cristo nuestro Señor4. “Todo momento de [nuestra] vida debe ser de santidad al Señor”5.

El Dios de los cielos mandó a los hijos de Israel: “Porque yo soy Jehová, vuestro Dios; vosotros, por tanto, os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo. Así que no contaminéis vuestras personas”6.

El élder D. Todd Christofferson ha enseñado: “Nuestro Padre Celestial es un Dios de altas expectativas… Él se propone hacernos santos para que podamos ‘soportar una gloria celestial’ (D. y C. 88:22) y ‘morar en su presencia’ (Moisés 6:57)”7. Lectures on Faith [Discursos sobre la fe] explica: “Ningún ser puede disfrutar Su gloria sin poseer Sus perfecciones y santidad”8. Nuestro Padre Celestial nos conoce; Él nos ama y nos ha proporcionado todo lo que se requiere para que podamos llegar a ser santos como Él es santo.

Somos hijas del Padre Celestial, y cada una de nosotras tiene una herencia divina de santidad. Nuestro Padre Celestial ha declarado: “He aquí, yo soy Dios; Hombre de Santidad es mi nombre”9. En el mundo preterrenal, amábamos a nuestro Padre y lo adorábamos; deseábamos ser como Él. Como resultado de Su perfecto amor paternal, dio a Su Hijo Amado, Jesucristo, para que fuera nuestro Salvador y Redentor. Él es el Hijo del Hombre de Santidad10. Su “nombre es el Santo”,11, “el Santo de Israel”12.

Nuestra esperanza de lograr la santidad se centra en Cristo, en Su misericordia y Su gracia. Con fe en Jesucristo y en Su expiación, podemos llegar a ser limpias, sin mancha, cuando nos abstenemos de toda impiedad13 y nos arrepentimos sinceramente. Somos bautizadas por agua para la remisión de pecados, y nuestra alma se santifica cuando recibimos el Espíritu Santo con un corazón sincero. Cada semana participamos en la ordenanza de la Santa Cena. Con espíritu de arrepentimiento y con un deseo sincero de rectitud, hacemos convenio de que estamos dispuestas a tomar sobre nosotras el nombre de Cristo, recordarle y guardar Sus mandamientos para que siempre podamos tener Su Espíritu con nosotros. Con el paso del tiempo, al esforzarnos a llegar a ser uno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, llegamos a ser partícipes de Su naturaleza divina14.

La santidad es guardar nuestros convenios

Reconocemos la infinidad de pruebas, tentaciones y tribulaciones que pudieran alejarnos de todo lo que es virtuoso y digno de alabanza ante Dios; sin embargo, nuestras experiencias terrenales nos ofrecen la oportunidad de elegir la santidad. La mayoría de las veces son los sacrificios que hacemos para guardar nuestros convenios que nos santifican y hacen que seamos santas.

Evangeline, una mujer joven de Ghana

Vi santidad en el semblante de Evangeline, una joven de trece años de Ghana. Una de las formas en que guarda sus convenios es al magnificar su llamamiento como presidenta de la clase de Abejitas. Con humildad explicó que ella va a la casa de sus amigas, las mujeres jóvenes menos activas, para hablar con sus padres a fin de que les permitan asistir a la Iglesia. Los padres le dicen que es difícil porque los domingos los hijos deben hacer quehaceres domésticos, de modo que Evangeline va y ayuda con los quehaceres, y por medio de sus esfuerzos a sus amigas a menudo se les permite ir a la Iglesia. Seguir leyendo

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Confía en Jehová, y no te apoyes

Conferencia General Abril 2017
Confía en Jehová, y no te apoyes
Por Bonnie H. Cordon
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Podemos centrar nuestras vidas en el Salvador al llegar a conocerlo, y Él dirigirá nuestras veredas.

Mientras viajaba por Asia, una querida hermana se me acercó, me abrazó y preguntó, “¿Realmente cree que este Evangelio es verdadero?”Querida hermana, sé que es verdadero. Confío en el Señor.

En Proverbios3:5–6, leemos este consejo:

“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.

Esta Escritura viene con dos admoniciones, una advertencia y una gloriosa promesa. Las dos admoniciones: “Confía en Jehová con todo tu corazón”, y “Reconócelo en todos tus caminos”. La advertencia: “… no te apoyes en tu propia prudencia”. Y la gloriosa promesa: “… él enderezará tus veredas”.

Hablemos primero de la advertencia. La imagen visual nos da mucho en que reflexionar. La advertencia viene en las palabras “no te apoyes”— “no te apoyes en tu propia prudencia”. La palabra apoyar tiene la connotación de inclinarse físicamente o moverse a un lado. Cuando nos inclinamos físicamente hacia un lado u otro, nos apartamos del centro, nos desequilibramos y nos ladeamos. Cuando nos apoyamos espiritualmente en nuestra propia prudencia, nos inclinamos de tal forma que nos apartamos de nuestro Salvador. Si nos inclinamos, no estamos centradas; no estamos equilibradas; no estamos centradas en Cristo.

Hermanas, recuerden, en nuestra vida premortal, estuvimos con el Salvador; confiamos en Él. Expresamos nuestro apoyo, entusiasmo y alegría por el plan de felicidad que estableció nuestro Padre Celestial. No nos inclinamos; luchamos con nuestros testimonios y “nos unimos a las fuerzas de Dios, y esas fuerzas salieron triunfantes”1. Esa batalla entre el bien y el mal se ha trasladado a la tierra. Una vez más tenemos la sagrada responsabilidad de permanecer como testigos y poner nuestra confianza en el Señor.

Debemos preguntarnos individualmente: ¿Cómo me mantengo centrada y no me apoyo en mi propia prudencia? ¿Cómo puedo reconocer y seguir la voz del Salvador cuando las voces del mundo son tan convincentes? ¿Cómo puedo cultivar confianza en el Salvador?

Permítanme sugerir tres maneras de aumentar nuestro conocimiento y confianza en el Salvador. Se darán cuenta de que esos principios no son nuevos, pero sí son fundamentales. Se cantan en cada Primaria, resuenan en lecciones de las Mujeres Jóvenes, y son respuestas a muchas preguntas de la Sociedad de Socorro. Son principios que sirven para centrarse, y no para inclinarse.

Primero, podemos llegar a conocer al Señor y confiar en Él al “[deleitarnos] en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer”2.

Hace varios meses, estábamos estudiando las Escrituras en familia. Mi nieto de dos años estaba sentado en mi regazo mientras leíamos. Yo disfrutaba de mi papel de abuela, deleitándome en la visita de la familia de mi hijo.

Al terminar nuestro estudio de las Escrituras, cerré mi libro. Mi nieto sabía que pronto sería la hora de acostarse. Alzó la vista con sus ansiosos ojos azules y dijo una verdad eterna: “Más Escrituras, Nana”.

Mi hijo, un padre bueno y constante, me advirtió: “Mamá, no seas ingenua; simplemente no quiere irse a la cama”.

Pero cuando mi nieto pide más Escrituras, ¡leemos más Escrituras! Más Escrituras nos iluminan la mente, nos nutren el espíritu, dan respuesta a nuestras preguntas, aumentan nuestra confianza en el Señor, y nos ayudan a centrar nuestras vidas en Él. “… quisiera que os acordaseis de escudriñarlas diligentemente, para que en esto os beneficiéis”3. Seguir leyendo

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La ley de castidad

La Ley de Castidad

por el presidente Ezra Taft Benson
Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Pravo, Utah
Liahona Octubre 1988


Cuando obedecemos la ley de castidad y nos conservamos moralmente limpios, recibiremos las bendiciones de sentir cada vez más amor y paz y una comprensión más profunda de lo que es el verdadero gozo y felicidad.

En esta dispensación, el Señor ha repetido el mandamiento que dio en el Sinaí cuando dijo: «No cometerás adulterio . . . ni harás ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6; cursiva agregada). Desde el comienzo, el Señor estableció una norma clara e inconfundible con respecto a la pureza sexual, la cual fue, es y será siempre la misma. Esta norma es la ley de castidad, y se aplica a todos por igual, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, ricos y pobres.

En el Libro de Mormón, el profeta Jacob nos dice que el Señor se deleita en la castidad de sus hijos (véase Jacob 2:28). ¿Sabíais esto, mis hermanos y hermanas? El Señor no sólo se siente complacido cuando somos castos, sino que se deleita en ello. Mormón le enseñó lo mismo a su hijo Moroni cuando le escribió diciéndole que la castidad era lo «más caro y precioso que todas las cosas» (Moroni 9:9).

La ley de castidad es un principio que tiene repercusiones eternas. Por lo tanto, no debemos dejarnos influenciar por las muchas voces del mundo, sino que debemos prestar atención a la voz del Señor y entonces tomar la determinación de seguir firmes, sin dudar, por la senda que El nos ha marcado.

El mundo no practica ninguna norma moral y ya ha comenzado a sufrir las consecuencias. Por ejemplo, los oficiales de la salud pública han declarado que si no se descubre la cura para el Síndrome de Inmuno-deficiencia Adquirida (SIDA), llegará a ser una epidemia mundial de tal magnitud que, en comparación, las pestes de viruela, tifoidea y la llamada plaga negra del pasado llegarán a ser insignificantes.

Se está tratando afanosamente de encontrar la manera de curar esta enfermedad, que comenzó entre los homosexuales, y se ha buscado la solución en todas partes menos en las leyes del Señor. Hay muchas instituciones, tanto públicas como privadas, que están tratando de combatir el SIDA; buscan la manera de recaudar más fondos para la investigación; promueven programas de educación e información acerca de la enfermedad; crean proyectos de leyes para evitar que se contagien inocentes; crean programas para brindar tratamiento a los que ya están contaminados. Todos estos son programas importantes y necesarios, y alabamos los esfuerzos que se están haciendo al respecto. Pero, ¿por qué no se oye hablar mucho de volver a fomentar la ley de castidad, de que se tome la determinación de llevar una vida virtuosa y de ser fiel en el matrimonio?

La tentación a la inmoralidad

Reconozco que la mayoría de la gente peca sexualmente con el equívoco intento de llenar las necesidades básicas del ser humano. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos e importantes; todos buscamos la felicidad y el gozo en la vida. Y como Satanás sabe muy bien esto, induce a las personas a la inmoralidad motivándolas a satisfacer las necesidades básicas prometiendo placeres, felicidad y un sentimiento de seguridad y satisfacción personal.

Pero el pecado, inevitablemente, conduce al engaño. Tal como aparece en Proverbios: «Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace» (Proverbios 6:32). Samuel el Lamanita enseñó el mismo principio cuando dijo: «… habéis buscado la dicha cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa . . . justicia» (Helamán 13:38). Por otro lado, Alma dijo en forma más simple: «… la maldad nunca fue felicidad» (Alma 41:10).

No os dejéis engañar por las mentiras de Satanás. El placer de la inmoralidad no perdura; no existe gozo en quebrantar la ley de castidad, sino que, por el contrario, frustración y pesar. Al principio todo parece maravilloso, pero muy pronto el entusiasmo se desvanece y lo sustituyen la vergüenza y los sentimientos de culpa; surge el. temor de que se descubra el pecado; las personas se ven obligadas a ocultar y a mentir. El amor comienza a morir y se despierta la amargura, el enojo, la desconfianza y hasta el odio. Todo esto es el resultado del pecado y la transgresión.

Por otro lado, cuando obedecemos la ley de castidad y nos conservamos moralmente limpios, recibiremos las bendiciones de sentir cada vez más amor y paz, de tener más confianza y respeto por nuestro cónyuge, una entrega mayor del uno para el otro y, por lo tanto, una comprensión más profunda de lo que es el verdadero gozo y felicidad.

No debemos confundirnos pensando que este tipo de pecado no es importante o que las consecuencias que acarrea no son serias.

El Señor estableció una norma clara e inconfundible con respecto a la pureza sexual. Esta norma es la ley de castidad, y se aplica a todos por igual, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, ricos y pobres. Seguir leyendo

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Conferencia General Abril 2017


Sesión general de mujeres
Confía en Jehová, y no te apoyes Bonnie H. Cordon
La hermosura de la santidad Carol F. McConkie
Ciertas mujeres Linda K. Burton
Mi paz os dejo Henry B. Eyring
Sesión del sábado por la mañana
Congregar a la familia de Dios Henry B. Eyring
 Su mano que guía diariamente M. Joseph Brough
El glorioso plan de nuestro Padre Weatherford T. Clayton
Nuestro Buen Pastor Dale G. Renlund
Confiar en Dios firmemente Ulisses Soare
Más y más resplandeciente hasta el día perfecto Mark A. Bragg
Cómo obtener el poder de Jesucristo en nuestra vida Russell M. Nelson
 Sesión del sábado por la Tarde
Llegar a ser un discípulo de nuestro Señor Jesucristo Robert D. Hales
Las canciones que se cantan y las que no se cantan Jeffrey R. Holland
Estar de pie por dentro y del todo dispuestos Garry B. Sabin
El idioma del Evangelio Valeri V. Cordón
Vencer al mundo Neil L. Andersen
Volver y recibir M. Russell Ballard
Sesión General del Sacerdocio
Bondad, caridad y amor Thomas S. Monson
Llamados a la obra David A. Bednar
Preparen la vía Gérald Caussé
El mayor entre vosotros Dieter F. Uchtdorf
Anda conmigo Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la mañana
 El poder del Libro de Mormón  Thomas S. Monson
 Una generación resistente al pecado Joy D. Jones
 No mires a tu alrededor, ¡mira hacia arriba!  Yoon Hwan Choi
 Deja que el Espíritu te enseñe  Ronald A. Rasband
 Haced todo lo que él os diga  L. Whitney Clayton
 La Trinidad y el Plan de Salvación Dallin H. Oaks
 El perfecto amor echa fuera el temor  Dieter F. Uchtdorf
Sesión del domingo por la tarde
 La voz de amonestación D. Todd Christofferson
 A los amigos e investigadores de la Iglesia  Joaquin E. Costa
 Entonces Jesús, mirándole, le amó  S. Mark Palmer
 ¿Cómo te ayuda el Espíritu Santo? Gary E. Stevenson
 Y esta es la vida eterna C. Scott Grow
 Que nuestra luz sea un estandarte a las naciones  Benjamín De Hoyes
 Los fundamentos de fe  Quentin L. Cook
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El justo por la fe vivirá

Abril 2017
El justo por la fe vivirá
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El rabino y el fabricante de jabón

Hay un viejo relato judío sobre un fabricante de jabón que no creía en Dios. Un día, mientras caminaba con un rabino, dijo: “Hay algo que no puedo entender; hemos tenido la religión durante miles de años, pero por dondequiera que uno mira hay maldad, corrupción, deshonestidad, injusticia, dolor, hambre y violencia. Parece que la religión no ha mejorado el mundo en absoluto. Así que le pregunto, ¿de qué sirve?”.

President Uchtdorf and his daughter visiting refugees

El rabino no respondió durante un tiempo, sino que siguió caminando con el fabricante de jabón. Finalmente se acercaron a un parque donde los niños, cubiertos de polvo, jugaban en la tierra.

“Hay algo que no entiendo”, dijo el rabino. “Mire esos niños; hemos tenido jabón por miles de años, y sin embargo esos niños están sucios. ¿De qué sirve el jabón?”.

El fabricante de jabón respondió: “Pero rabino, no es justo culpar al jabón por esos niños sucios; el jabón se tiene que usar antes de que pueda lograr su propósito”.

El rabino sonrió y dijo: “Exactamente”.

¿Cómo viviremos?

El apóstol Pablo, al citar a un profeta del Antiguo Testamento, sintetizó lo que significa ser un creyente cuando escribió: “… el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Tal vez con esa sencilla declaración comprendamos la diferencia que existe entre una religión que es frágil e ineficaz y una que tiene el poder de transformar vidas.

Sin embargo, para entender lo que significa vivir por la fe, debemos entender lo que esta es.

La fe es más que creer; es una completa confianza en Dios, acompañada de acción.

Es más que desear;

Es más que simplemente sentarnos, asentir con la cabeza, y decir que estamos de acuerdo. Cuando decimos “el justo por la fe vivirá”, estamos diciendo que nuestra fe nos guía y nos dirige. Actuamos de una manera que es compatible con nuestra fe, no por un sentido de obediencia irreflexiva, sino por un amor seguro y sincero por nuestro Dios y por la valiosa sabiduría que Él ha revelado a Sus hijos.

La fe debe ir acompañada de acción, de lo contrario, no tiene vida (véase Santiago 2:17); simplemente no es fe; no tiene el poder de cambiar a una sola persona, y mucho menos al mundo.

Los hombres y las mujeres de fe confían en su misericordioso Padre Celestial, incluso en tiempos de incertidumbre, incluso en tiempos de duda y adversidad cuando no pueden ver perfectamente ni entender con claridad.

Los hombres y las mujeres de fe caminan fervientemente por el camino del discipulado y se esfuerzan por seguir el ejemplo de su amado Salvador Jesucristo. La fe nos motiva y, de hecho, nos inspira a inclinar nuestros corazones al cielo y a activamente ayudar, edificar y bendecir a nuestros semejantes.

La religión sin acción es como el jabón que permanece en la caja; puede tener un potencial maravilloso, pero en realidad tiene poco poder para tener algún efecto hasta que cumpla con su propósito. El evangelio restaurado de Jesucristo es un evangelio de acción. La Iglesia de Jesucristo enseña la verdadera religión como un mensaje de esperanza, fe y caridad, incluyendo ayudar a nuestro prójimo de manera espiritual y temporal.

Hace unos meses, mi esposa, Harriet, y yo estábamos en un viaje familiar con algunos de nuestros hijos en el Mediterráneo; visitamos algunos campos de refugiados y nos reunimos con familias de países devastados por la guerra. Esas personas no eran de nuestra fe, pero eran nuestros hermanos y hermanas y necesitaban ayuda urgentemente. Se nos conmovió el corazón cuando experimentamos en carne propia cómo la fe activa de los miembros de nuestra Iglesia brinda ayuda, alivio y esperanza a nuestros semejantes necesitados, sin importar su religión, nacionalidad o educación.

La fe, unida a la acción constante, llena el corazón con bondad, la mente con sabiduría y comprensión, y el alma con paz y amor.

Nuestra fe puede bendecir y ejercer una influencia recta, tanto en los que nos rodean como en nosotros.

Nuestra fe puede llenar el mundo con bondad y paz.

Nuestra fe puede transformar el odio en amor y los enemigos en amigos.

Los justos, pues, viven actuando por fe; viven confiando en Dios y caminando en Sus vías.

Esa es la clase de fe que puede transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Uchtdorf explica que la fe es más que una expresión de creencia. La fe verdadera en el Padre Celestial y en Jesucristo requiere acción, y vivir por fe tiene el poder de transformar vidas y hogares. Podría invitar a las personas que enseña a que compartan momentos en los que hayan visto las bendiciones y el poder de vivir por fe, ya sea de ejemplos personales o de haber observado a otras personas. Anímelos a orar para pedir orientación para saber cómo vivir mejor el Evangelio.

Jóvenes
Prestar servicio a los demás con fe

boys with shovels
El presidente Uchtdorf nos dice que nuestra fe en Dios debe ir “acompañada de acción”. Él nos explica que cuando nuestra fe está “unida a la acción constante, llena… el alma con paz y amor”. Con la promesa de esa bendición, podemos marcar una diferencia, y podemos lograrlo si nos damos tiempo para prestar servicio lleno de fe. Cada mañana, puedes orar para pedirle al Señor que te ayude para servir a los demás. Por ejemplo, pídele que te muestre cuando uno de tus hermanos necesite ayuda con alguna tarea, o cuando un amigo necesite una palabra de ánimo. Después, cuando recibas una impresión, ¡actúa de acuerdo con dicha impresión! Si conviertes esas oraciones y ese servicio en un hábito, entonces la acción fiel y constante será una bendición en tu vida y en la vida de los demás. El presidente Uchtdorf promete que puedes “transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo”.

Niños
Confianza

(haz clic para ampliar la imagen)

Intenta hacer esta actividad con un amigo. Tendrás que confiar y seguir sus instrucciones cuidadosamente.

Con una pluma o un lápiz en la mano, cierra los ojos. Deja que tu amigo te diga dónde dibujar los ojos, la nariz, la boca y el cabello en esta cara. Después puedes abrir los ojos. ¿Lo hiciste bien? Puedes colorear la cara y dibujar otra para volver a jugar.

A veces es difícil seguir instrucciones, pero cuando tratamos de seguir al Padre Celestial y escuchamos al Espíritu Santo, Él nos ayudará. Siempre podemos confiar en Él.

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El juramento y el convenio del sacerdocio

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

El juramento y el convenio del sacerdocio

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Kansas City Missouri Temple

Cuanto más nosotras, las hermanas, entendamos que el juramento y el convenio del sacerdocio se aplican a nosotras personalmente, más abrazaremos las bendiciones y las promesas del sacerdocio.

El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Todos los que han hecho convenios sagrados con el Señor y que honran dichos convenios son dignos de recibir revelación personal, de ser bendecidos con el ministerio de ángeles, de comunicarse con Dios, de recibir la plenitud del Evangelio y, finalmente, de llegar a ser herederos junto con Jesucristo de todo lo que nuestro Padre tiene”1.

Las bendiciones y promesas del juramento y el convenio del sacerdocio se relacionan con los hombres así como con las mujeres. La hermana Sheri L. Dew, ex consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, dijo: “… la plenitud del sacerdocio comprendida en las ordenanzas más sublimes de la casa del Señor solo las pueden recibir juntos un hombre y una mujer”2.

La hermana Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, ha emitido este llamado: “Los insto a que… memoricen el juramento y convenio del sacerdocio, que se encuentra en Doctrina y Convenios 84:33–44. Si lo hacen, les prometo que el Espíritu Santo expandirá su comprensión del sacerdocio y los inspirará y elevará de formas maravillosas”3.

Las instrucciones que José Smith dio a la Sociedad de Socorro tenían como fin preparar a las mujeres para “tomar posesión de los privilegios, las bendiciones y los dones del sacerdocio”. Eso se lograría mediante las ordenanzas del templo.

“Las ordenanzas del templo [son] ordenanzas del sacerdocio, pero estas [no] confieren oficios eclesiásticos a los hombres o a las mujeres. [Estas ordenanzas cumplen] la promesa del Señor de que Su pueblo —mujeres y hombres— serían ‘investidos con poder de lo alto’ [D. y C. 38:32]”4.

Escrituras e información adicionales

Doctrina y Convenios 84:19–40; 121:45–46;

Relief Society seal

Considere lo siguiente

¿Qué puede hacer usted para comprender más plenamente las bendiciones prometidas del juramento y el convenio del sacerdocio y acceder a ellas?

Notas

1. M. Russell Ballard, “Los hombres y las mujeres, y el poder del sacerdocio”, Liahona, septiembre de 2014, pág. 36.
2. Sheri L. Dew, en Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro, 2011, pág. 142.
3. Linda K. Burton, “El poder del sacerdocio — Al alcance de todos”, Liahona, junio de 2014, págs. 21–22.
4. Gospel Topics, “Joseph Smith’s Teachings about Priesthood, Temple, and Women”, topics.lds.org.

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La expiación del Salvador: El cimiento del verdadero cristianismo

Abril 2017
La expiación del Salvador: El cimiento del verdadero cristianismo
Por el élder Robert D. Hales
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “La Expiación”, pronunciado durante el seminario para nuevos presidentes de misión en el Centro de Capacitación Misional de Provo, el 24 de junio de 2008.

Todos resucitaremos y llegaremos a ser inmortales gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo.

Savior in Gethsemane painting

Al profeta José Smith (1805–1844) se le hizo la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?”. Él respondió: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”1.

Deseo testificar sobre la declaración del profeta José. El núcleo de todo lo que creemos es nuestro Salvador y Su sacrificio expiatorio: “la condescendencia de Dios” (1 Nefi 11:16) mediante la cual el Padre envió a Su Hijo a la tierra para llevar a cabo la Expiación. El propósito central de la vida de Jesús era finalizar el sacrificio expiatorio. La Expiación es la base del verdadero cristianismo.

¿Por qué es la expiación del Salvador el principio central del Evangelio en la Iglesia y en nuestra vida?

Artículos de Fe 1:3

El tercer Artículo de Fe dice: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”.

“Salvarse” en este contexto se refiere a alcanzar el más alto grado de gloria en el reino celestial. La resurrección se concede a todos los que vienen a la tierra, pero para recibir la vida eterna, todas las bendiciones del progreso eterno, cada persona debe obedecer las leyes, recibir las ordenanzas y hacer los convenios del Evangelio.

¿Por qué Jesucristo, y solo Él, podía expiar los pecados del mundo? Él reunía todos los requisitos.

Dios lo amaba y confiaba en Él

Jesús nació de Padres Celestiales en un mundo premortal; fue el Primogénito de nuestro Padre Celestial; fue escogido desde el principio; fue obediente a la voluntad de Su Padre. Las Escrituras a menudo hablan del gozo que el Padre tiene en Su Hijo.

En Mateo leemos: “… y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3:17).

Lucas registra: “Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo Amado; a él oíd” (Lucas 9:35).

Y en el templo, en la tierra de Abundancia, tras la resurrección del Salvador, el pueblo oyó la voz del Padre: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco” (3 Nefi 11:7).

Me conmueve en particular cuando leo que, mientras Jesús se encontraba sufriendo en el Jardín de Getsemaní, el Padre, a causa de Su gran amor y compasión por Su Hijo Unigénito, envió a un ángel para que lo consolara y lo fortaleciera (véase Lucas 22:43).

Jesús utilizó Su albedrío para obedecer

Christ before the crowd

Jesús tuvo que dar Su vida por nosotros por Su propia voluntad.

En el gran concilio de los cielos, Lucifer, “el hijo de la mañana” (Isaías 14:12; D. y C. 76:26–27), dijo:

“Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2; véase también Abraham 3:27).

Debido al gran amor que el Hijo tiene por Su Padre y por cada uno de nosotros, Él dijo: “… envíame a mí”. Cuando Jesús dijo “envíame a mí”, Él utilizó Su albedrío.

“… así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas…

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

“Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:15, 17–18).

Si el Salvador lo hubiese deseado, legiones de ángeles podrían haberlo llevado de la cruz directamente a Su Padre. No obstante, Él utilizó Su albedrío para sacrificarse por nosotros, para finalizar Su misión en la tierra, y para perseverar hasta el fin, llevando a cabo así el sacrificio expiatorio.

Jesús quiso venir a la tierra, y reunía los requisitos para hacerlo, y cuando vino, dijo: “… he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

Jesús fue preordenado

Pedro enseñó que Jesús fue “ordenado desde antes de la fundación del mundo” (véase 1 Pedro 1:19–21).

Los profetas de todas las dispensaciones predijeron la venida de Jesucristo y cuál sería Su misión. Por su gran fe, a Enoc se le mostró una maravillosa visión del nacimiento, de la muerte, la ascensión y la segunda venida del Salvador:

“Y he aquí, Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre en la carne; y se regocijó su alma, y dijo: El Justo es levantado, y muerto es el Cordero desde la fundación del mundo…

“Y dijo el Señor a Enoc: Mira; y mirando, vio que el Hijo del Hombre era levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres;

“y oyó una fuerte voz; y fueron cubiertos los cielos; y todas las creaciones de Dios lloraron; y la tierra gimió; y se hicieron pedazos los peñascos; y se levantaron los santos y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria…

“Y Enoc vio al Hijo del Hombre ascender al Padre…

“Y aconteció que Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre, en los últimos días, para morar en rectitud sobre la tierra por el espacio de mil años” (Moisés 7:47, 55–56, 59, 65).

Aproximadamente 75 años antes del nacimiento de Cristo, Amulek testificó: “He aquí, os digo que yo sé que Cristo vendrá entre los hijos de los hombres para tomar sobre sí las transgresiones de su pueblo, y que expiará los pecados del mundo, porque el Señor Dios lo ha dicho” (Alma 34:8).

Jesús poseía aptitudes únicas

Mary at the tomb

Solo Jesucristo podía llevar a cabo el sacrificio expiatorio por haber nacido de una madre mortal, María, y haber recibido el poder de vida de Su Padre (véase Juan 5:26). Debido a ese poder de vida, Él venció la muerte, se hizo nulo el poder del sepulcro, y Él se convirtió en nuestro Salvador y Mediador y el Maestro de la Resurrección, que constituyen los medios por los cuales se nos conceden a todos la salvación y la inmortalidad. Todos resucitaremos y llegaremos a ser inmortales gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo.

De Su propia voluntad, Jesús expió el pecado original

El segundo Artículo de Fe declara: “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán”.

Mediante el uso de nuestro albedrío, elegimos ejercitar nuestra fe. Si somos diligentes, podemos arrepentirnos; sin la Expiación, no podemos hacerlo.

En Moisés se nos enseña: “De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado la transgresión original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque estos son limpios desde la fundación del mundo” (Moisés 6:54).

En 2 Nefi se nos da una grandiosa enseñanza:

“Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor.

“Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás” (2 Nefi 9:6–7).

Jesús fue el único Ser perfecto

En Doctrina y Convenios, el Salvador dice: “Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado” (D. y C. 45:4).

Jesús fue el único Ser humano que fue perfecto, sin pecado. En el Antiguo Testamento, sacrificio significaba un sacrificio de sangre que señalaba el sacrificio futuro de nuestro Señor y Redentor en la cruz para cumplir con el sacrificio expiatorio. Cuando en los templos antiguos se llevaban a cabo sacrificios de sangre, los sacerdotes sacrificaban un cordero sin defecto, perfecto en todo sentido. En las Escrituras con frecuencia se hace referencia al Salvador como “el Cordero de Dios” debido a Su pureza (véanse, por ejemplo, Juan 1:29, 36; 1 Nefi 12:6; 14:10; D. y C. 88:106)).

Pedro enseñó que somos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).

Jesús quitó los pecados del mundo

Los siguientes versículos aclaran que por medio de Su expiación, el Salvador pagó el precio de nuestros pecados:

“Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas, nos hemos apartado, cada cual por su propio camino; y el Señor ha puesto sobre él las iniquidades de todos nosotros” (Mosíah 14:6).

“Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros…

“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida.

“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio del Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación…

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:8, 10–11, 19).

“… para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

“Mas Dios no cesa de ser Dios, y la misericordia reclama al que se arrepiente; y la misericordia viene a causa de la expiación; y la expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos; y la resurrección de los muertos lleva a los hombres de regreso a la presencia de Dios; y así son restaurados a su presencia, para ser juzgados según sus obras, de acuerdo con la ley y la justicia…

“Y de este modo realiza Dios sus grandes y eternos propósitos, que fueron preparados desde la fundación del mundo. Y así se realiza la salvación y la redención de los hombres, y también su destrucción y miseria” (Alma 42:23, 26).

Jesús perseveró hasta el fin

Christ on the cross

Jesús soportó las pruebas, el sufrimiento, el sacrificio y las tribulaciones de Getsemaní, así como la angustia del Gólgota en la cruz. Entonces, finalmente, pudo decir: “¡Consumado es!” (Juan 19:30). Él había llevado a cabo Su obra en la mortalidad y había perseverado hasta el fin, finalizando así el sacrificio expiatorio.

En el jardín, Él dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

En Doctrina y Convenios se nos enseña:

“… padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:18–19).

Jesús le dijo a Su Padre: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).

Después, sobre la cruz, “cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30).

Jesús vino a la tierra, mantuvo Su divinidad a fin de poder realizar el sacrificio expiatorio, y perseveró hasta el fin.

Recordémoslo mediante la Santa Cena

Hoy día recordamos el sacrificio expiatorio del Salvador con los emblemas del pan y del agua —símbolos de Su cuerpo y Su sangre— tal como se instituyeron durante la última cena del Señor con Sus apóstoles.

“Entonces tomó el pan, y habiendo dado gracias, lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.

“Asimismo, tomó también la copa, después que hubo cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:19–20).

En Juan 11:25–26 leemos:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”.

También leemos: “Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:51).

“La vida del mundo” significa la vida eterna.

Todas las semanas debemos prepararnos nosotros y preparar a nuestras familias a fin de ser dignos de participar de la Santa Cena y renovar nuestros convenios con corazones arrepentidos.

El Padre y el Hijo nos aman

Resurrected Christ

El Padre envió a Su Hijo a la tierra —la condescendencia— para permitirle ser crucificado y pasar por todo lo que tenía que pasar. En Juan leemos:

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis y le habéis visto” (Juan 14:6–7).

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Propiciación significa reconciliación o pacificación.

Conclusión

Todo el que viene a la tierra y recibe un cuerpo terrenal será resucitado, pero tenemos que esforzarnos para recibir la bendición de la exaltación mediante nuestra fidelidad, nuestro albedrío, nuestra obediencia y nuestro arrepentimiento. La misericordia se ejecutará con justicia, dando lugar al arrepentimiento.

Debido a que hemos escogido seguir y aceptar a Jesucristo como nuestro Redentor, tomamos Su nombre sobre nosotros durante el bautismo. Adoptamos la ley de la obediencia y prometemos que siempre lo recordaremos y guardaremos Sus mandamientos. Renovamos nuestros convenios cuando participamos de la Santa Cena.

Al renovarlos, se nos da la promesa de que siempre tendremos Su Espíritu con nosotros. Si permitimos que el Espíritu forme parte de nuestra vida y la dirija, podemos regresar a la presencia del Padre Celestial y de Jesucristo, que es el plan de felicidad: el Plan de Salvación.

Nota

1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 51–52.

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La resurrección de Jesucristo y algunas verdades sobre el cuerpo físico

Abril 2017
La resurrección de Jesucristo y algunas verdades sobre el cuerpo físico
Por David A. Edwards
Revistas de la Iglesia

Mediante Su resurrección, Jesucristo nos enseñó importantes verdades sobre el cuerpo físico.

Resurrected Christ with Thomas

“Jesús… dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30). En ese momento, el espíritu de Jesucristo dejó Su cuerpo; un cuerpo que había soportado padecimientos para que Él pudiese expiar los pecados de todas las personas y socorrerlas de acuerdo con las debilidades de ellas (véase Alma 7:12–13). Aquel cuerpo, ahora un tabernáculo vacío, fue quitado de la cruz, envuelto en una sábana, y finalmente colocado en una tumba. Al tercer día, las mujeres que se dirigían al sepulcro fueron para terminar los preparativos para la sepultura del cuerpo; no obstante, el cuerpo no estaba.

El hallazgo del sepulcro vacío fue solo el comienzo. Más adelante, María Magdalena, los apóstoles y muchas otras personas vieron algo milagroso: a Jesucristo, resucitado y perfeccionado, en forma humana y tangible.

El Salvador se aseguró de que quienes lo vieran tras Su resurrección comprendieran plenamente la clase de cuerpo que tenía; invitó a los apóstoles, por ejemplo, a palparlo a fin de que pudieran tener la certeza de que tenía un cuerpo físico y que no era una aparición (véase Lucas 24:36–40)1. Incluso comió con ellos (véase Lucas 24:42–43).

Luego, conforme los apóstoles cumplieron con su comisión de predicar el evangelio de Jesucristo, afrontaron oposición y persecuciones, en parte porque enseñaban que Jesucristo había resucitado y que todo el género humano resucitaría como resultado de ello (véase Hechos 4:1–3).

Hoy en día, la resurrección de Jesucristo es tan esencial en el mensaje que Su Iglesia proclama al mundo como lo era entonces. Tal como dijo el profeta José Smith: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”2.

La Resurrección sirve para dar respuesta a preguntas fundamentales sobre la naturaleza de Dios, nuestra naturaleza y nuestra relación con Dios, el propósito de esta vida, y la esperanza que tenemos en Jesucristo. Las siguientes son algunas de las verdades que la resurrección de Jesucristo puso de relieve.

El Padre Celestial tiene un cuerpo glorificado

First Vision

Ciertamente, la idea de que Dios tiene forma humana está arraigada en la Biblia3, así como en el pensamiento popular; sin embargo, muchas tradiciones filosóficas —teológicas y religiosas— la han rechazado a cambio de un dios “sin cuerpo, partes ni pasiones”4, ya que, desde esa perspectiva, el cuerpo (y la materia en general) es maligno o irreal; mientras que el espíritu, la mente o las ideas son la verdadera esencia del ser o realidad supremos.

Por lo tanto, ¡cuán gloriosamente sencilla y revolucionaria fue la revelación de la naturaleza de Dios por medio de Su Hijo Jesucristo!

Durante Su ministerio, el Salvador dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9); eso fue aun más cierto después de Su resurrección con un cuerpo perfeccionado e inmortal, lo cual demostró que “el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo” (D. y C. 130:22).

De ese modo se reveló la naturaleza física del Padre Celestial. Más tarde, José Smith explicó: “Lo que no tiene cuerpo ni partes es nada. No hay otro Dios en el cielo sino ese Dios de carne y huesos”5.

El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo ha explicado de este modo: “Si Dios no solo no necesita ni desea un cuerpo ¿por qué el Redentor de la humanidad redimió Su cuerpo, redimiéndolo de las garras de la muerte y de la tumba, garantizando de ese modo que nunca más volvería a separarse de Su espíritu en esta vida y la eternidad? Cualquiera que rechace el concepto de un Dios con un cuerpo, rechaza al Cristo viviente y al resucitado”6.

El Padre Celestial es omnipotente, omnisciente y amoroso

Los atributos supremos de la naturaleza del Padre Celestial también se revelan en el hecho mismo de la resurrección de Jesucristo. Como ha dicho el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Dada la realidad de la resurrección de Cristo, carecen de fundamento las dudas acerca de la omnipotencia, la omnisciencia y la benevolencia de Dios el Padre, quien dio a Su Hijo Unigénito para la redención del mundo”7.

El poder, el conocimiento y la benevolencia de Dios se demuestran mediante la resurrección de Jesucristo, que da evidencia de la sabiduría y del amor del plan del Padre Celestial y de la capacidad de Él (y de la de Su Hijo) para llevarlo a cabo.

Somos hijos de Dios

Tal como nos enseña la Biblia, fuimos creados “a imagen de Dios… varón y hembra” (Génesis 1:27). La resurrección de Jesucristo recalca dicha verdad. De hecho, en el momento mismo de Su resurrección, Jesucristo enfatizó nuestra relación con el Padre Celestial al decir: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17; cursiva agregada).

El Salvador reveló que Dios y el género humano no son completamente distintos el uno del otro en la esencia de su ser. La forma básica de nuestro cuerpo es semejante a la de nuestro espíritu8, y nuestro espíritu se creó a imagen de Dios, porque tal es la naturaleza de la relación entre los padres y los hijos.

El cuerpo es un don habilitador y ennoblecedor

sleeping infant

Mediante Su resurrección, el Salvador nos mostró que la existencia física y corporal es una parte integral de la existencia eterna de Dios y de Sus hijos. Tal como el Señor le reveló a José Smith: “Los elementos son eternos; y espíritu y elemento, inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo” (D. y C. 93:33). Esa conexión inseparable fusiona el espíritu y la materia física a fin de que sean un solo cuerpo inmortal, incorruptible, glorioso y perfecto; la única clase de cuerpo capaz de recibir la plenitud de gozo que Dios posee.

Por el contrario, después de tener un cuerpo físico y luego separarnos de él para entrar en el mundo de los espíritus, “los muertos [consideran] un cautiverio la… separación de sus espíritus y sus cuerpos” (véase D. y C. 138:50; véase también D. y C. 45:17).

Incluso nuestro cuerpo mortal es parte esencial del plan del Padre Celestial y es un don divino. Cuando nuestros espíritus preterrenales vienen a la Tierra, les es “añadido” un cuerpo (Abraham 3:26). Tal y como el profeta José Smith enseñó: “Vinimos a esta tierra para tener un cuerpo y presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran principio de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no lo tiene y ese es su castigo”9.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado: “Nuestro cuerpo físico posibilita una amplitud de experiencias profundas e intensas que sencillamente no podríamos obtener en nuestra existencia premortal. De este modo, nuestra relación con otras personas, nuestra capacidad para reconocer la verdad y de actuar según ella, y nuestra habilidad de obedecer los principios y las ordenanzas del evangelio de Jesucristo aumentan por medio de nuestro cuerpo físico. En la escuela de la vida terrenal, experimentamos ternura, amor, bondad, felicidad, tristeza, desilusión, dolor e incluso los desafíos de las limitaciones físicas en modos que nos preparan para la eternidad. En pocas palabras, hay lecciones que debemos aprender y experiencias que debemos tener, como dicen las Escrituras, ‘según la carne’ (1 Nefi 19:6; Alma 7:12–13))”10.

Asimismo, el profeta José Smith enseñó que “todos los seres que tienen cuerpo poseen potestad sobre los que no lo tienen”11. Satanás puede tentarnos, pero no puede obligar. “El diablo solo tiene poder sobre nosotros cuando se lo permitimos”12.

En definitiva, el don de un cuerpo perfecto y resucitado nos pone fuera del alcance del poder de Satanás para siempre. Si no hubiera resurrección, “nuestros espíritus tendrían que estar sujetos… al diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria como él” (2 Nefi 9:8–9).

El espíritu y el cuerpo no son enemigos

Aunque son diferentes, el espíritu y el cuerpo no pertenecen a dos realidades distintas e irreconciliables. José Smith aprendió que “no hay tal cosa como materia inmaterial. Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y solo los ojos más puros pueden discernirlo; no lo podemos ver; pero cuando nuestros cuerpos sean purificados, veremos que todo es materia” (D. y C. 131:7–8).

Christ appears to the Nephites

En Su estado glorificado y resucitado, Jesucristo representa la unión perfecta del espíritu y el cuerpo, lo cual nos pone de manifiesto que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). En esta vida nos esforzamos por ser “de mente espiritual” en lugar “de mente carnal” (2 Nefi 9:39), por “[despojarnos] del hombre natural” (Mosíah 3:19), y por “refrenar todas [nuestras] pasiones” (Alma 38:12). Sin embargo, eso no significa que el espíritu y el cuerpo sean enemigos. Tal como Jesucristo nos mostró, el cuerpo no ha de ser despreciado y trascendido, sino dominado y transformado.

La vida en un cuerpo mortal tiene un propósito significativo

El concepto de que esta vida es una prueba cobra más sentido al considerar lo que sabemos sobre nuestra vida anterior y posterior a ella. Vivíamos como espíritus antes de venir a la Tierra; y el Padre Celestial desea que lleguemos a ser semejantes a Él y vivamos para siempre con cuerpos físicos inmortales. Esas verdades significan que nuestro tiempo de prueba en este cuerpo mortal no se deja a la casualidad, sino que tiene un significado y un propósito reales.

El élder Christofferson ha explicado: “Mediante nuestras decisiones le demostraríamos a Dios (y a nosotros mismos) nuestro compromiso y nuestra capacidad de vivir Su ley celestial mientras estábamos alejados de Su presencia y en un cuerpo físico, con todos sus poderes, apetitos y pasiones. ¿Podríamos refrenar la carne a fin de que se convirtiera en el instrumento, en lugar del amo, del espíritu? ¿Se nos podrían confiar, por el tiempo y la eternidad, poderes divinos, incluso el poder para crear vida? ¿Venceríamos personalmente lo malo? A los que lo hicieran, ‘les [sería] aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás’ [Abraham 3:26], siendo un aspecto sumamente importante de esa gloria el tener un cuerpo físico resucitado, inmortal y glorificado”13.

Las vivencias que tengamos en nuestro cuerpo actual, incluso la relación que tengamos los unos con los otros, son importantes, puesto que son una semejanza de lo que ha de venir. José Smith aprendió que “la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (D. y C. 130:2).

Tenemos esperanza en Jesucristo

women at the tomb

Desde el momento en que se vio el sepulcro vacío, la resurrección de Jesucristo ha brindado esperanza, ya que reconocemos en Su resurrección la esperanza de la nuestra, en la cual “todas [nuestras] pérdidas se [nos] compensarán… si [continuamos] siendo fieles”14.

Los primeros apóstoles del Salvador pudieron testificar osadamente de Su resurrección, puesto que habían visto y palpado Su cuerpo; sin embargo, se trataba de mucho más que eso. Del mismo modo en que Jesucristo había sanado enfermedades del cuerpo a fin de mostrar que tenía poder para perdonar pecados (véase Lucas 5:23–25), Su resurrección —la prueba tangible de Su poder para vencer la muerte física— llegó a ser la certeza que tenían Sus discípulos de Su poder para vencer la muerte espiritual. Las promesas que extendió en Sus enseñanzas —el perdón de los pecados, la paz en esta vida, la vida eterna en el reino del Padre— llegaron a hacerse realidad y, la fe de ellos, inquebrantable.

“Si Cristo no resucitó, [nuestra] fe es vana” (1 Corintios 15:17). No obstante, dado que Él sí resucitó de entre los muertos, podemos “tener esperanza [en que] por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección… [seremos] levantados a vida eterna, y esto por causa de [nuestra] fe en él, de acuerdo con la promesa” (véase Moroni 7:41).

Durante Su vida terrenal, Jesucristo invitaba a las personas a seguirlo; tras Su muerte y resurrección, el lugar de destino se tornó aun más claro. Si nosotros, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, cultivamos un “espíritu celestial” en nuestro interior, podemos “[recibir] el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural” y ser “vivificados por una porción de la gloria celestial [y recibir] entonces de ella, sí, una plenitud” (D. y C. 88:28–29). Él ha mostrado el camino; Él es el camino. Mediante Su poder —mediante Su expiación y resurrección— es posible dicha plenitud celestial, la cual incluye una plenitud de gozo en un cuerpo resucitado.

Notas

1. Cuando Jesucristo se apareció a los del pueblo del Nuevo Mundo les pidió a que fuesen “uno por uno” —miles de ellos— y tocaran Sus manos, pies y costado a fin de que pudieran testificar que habían palpado y visto al Señor resucitado (véase 3 Nefi 11:14–15; 18:25).
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 51–52.
3. Véanse Génesis 1:27; Éxodo 33:11; Hechos 7:56.
4. Aunque en los credos cristianos de los primeros días había ideas semejantes, esta enunciación en particular proviene de los XXXIX Artículos de la Iglesia de Inglaterra, 1563.
5. Enseñanzas: José Smith, pág. 44.
6. Jeffrey R. Holland, “El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 42.
7. D. Todd Christofferson, “La resurrección de Jesucristo”, Liahona, mayo de 2014, pág. 113.
8. Incluso el que Jesucristo se revelara durante Su vida preterrenal fue testimonio de ese hecho, ya que demostró que el cuerpo de Su espíritu tenía forma humana (véase Éter 3:16).
9. Enseñanzas: José Smith, pág. 222.
10. David A. Bednar, “Creemos en ser castos”, Liahona, mayo de 2013, pág. 41.
11. Enseñanzas: José Smith, pág. 222.
12. Enseñanzas: José Smith, pág. 225.
13. D. Todd Christofferson, “El porqué del matrimonio, el porqué de la familia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 51.
14. Enseñanzas: José Smith, pág. 53.

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El viejo álbum familiar: El poder de las historias familiares

Abril 2017
El viejo álbum familiar: El poder de las historias familiares
Por Amneris Puscasu
La autora vive en Nueva York, EE. UU.

El legado de mis antepasados perdura en mí, influyendo continuamente en mi vida para bien.

funeral parade

Una mañana de verano antes de la Segunda Guerra Mundial, mi bisabuelo se despertó como siempre lo hacía, antes del amanecer. Salió de su casa y se dirigió a una colina desde la que se apreciaba un valle verde y su pueblo en Rumania, y se sentó en el pasto cubierto por el rocío de la mañana, profundamente ensimismado en sus pensamientos, los mismos que tenía desde hacía tiempo. Era un hombre culto que tenía un gran corazón y una mente inquisitiva, y toda la gente del pueblo lo quería y lo respetaba.

Después de que salió el sol, volvió a casa y le confesó a su esposa que había tenido la curiosidad de ver cómo sería su funeral y que deseaba realizar un ensayo general de su funeral. Fijó la fecha, compró el ataúd, contrató al sacerdote y a los dolientes profesionales y consiguió todos los demás artículos que requería la tradición griega ortodoxa. Entonces llegó el día del ensayo general del funeral. Se colocaron mesas en medio del pueblo para el banquete tradicional, los familiares estaban vestidos de negro, llegó el sacerdote, mi bisabuelo estaba acostado en el ataúd, acomodando la almohada para tener una vista cómoda y comenzó la procesión fúnebre. Al concluir la ceremonia, se invitó a todo el pueblo al banquete, y mi bisabuelo realizó el sueño de bailar en su propio funeral. Vivió otros 20 años, y con frecuencia comprobaba si aún cabía en su ataúd.

No solo nombres y fechas

Nunca conocí a mi bisabuelo, pero de las historias que me transmitieron mis abuelos, la de él siempre ha sido mi preferida. Todos los días mis abuelos nos contaban a mis hermanos y a mí relatos de nuestros antepasados: de dónde venían, cómo eran, sus valores, sueños y esperanzas. Cada domingo después de comer, mis abuelos sacaban el álbum familiar y, con cada vuelta de página, los relatos cobraban vida y los corazones se entrelazaban en un tapiz de amor que abarca seis generaciones. No eran solo viejas fotografías con nombres y fechas garabateados en el reverso. Detrás de cada rostro había un padre o una madre, un hijo o una hija, un hermano o una hermana, y de esa manera me transmitieron su legado, junto con otras tradiciones familiares.

Fortaleza en tiempos de pruebas

Para cuando yo tenía 19 años, mis padres y la mayoría de mis familiares más cercanos habían muerto, y muchas de las posesiones que yo había heredado se habían perdido o las habían robado. Sin embargo, hay algo que ni el tiempo, los desastres naturales ni aun la muerte podrán destruir: el puente que abarca el pasado, el presente y el futuro que construyeron cada uno de los miembros de mi familia. Gracias a su diligencia, el lazo que ata los corazones de mi familia me ha dado fortaleza para superar circunstancias difíciles.

Cuando mis padres y mis abuelos murieron, sentí un pesar tan profundo que me preguntaba si tendría la fuerza para seguir adelante. Tuve la bendición de sentir su influencia desde el otro lado del velo, y eso me ayudó a obtener un fuerte testimonio del Plan de Salvación, de la vida después de la muerte y, más tarde, de las ordenanzas del templo que son tan necesarias para nuestra salvación. Nunca conocí a mis bisabuelos ni a la mayoría de mis tías y tíos, pero cada vez que veo el viejo álbum familiar con sus fotografías, me veo a mí misma en sus ojos. Soy quien soy gracias a aquellos que vinieron antes de mí; sus experiencias y sabiduría han servido para moldear mi carácter y me han guiado en la vida.

Uno de los dones más grandes que mi familia me dio desde mi niñez es el conocimiento de mi historia familiar y la convicción de que soy el eslabón entre el pasado y el futuro. Sé además que vine a la Tierra para vivir mi propia historia: para explorarla, experimentarla y atesorarla. Este conocimiento de mi historia familiar es lo que me sostiene en todas las pruebas de la vida.

A menudo pienso en mi familia que está al otro lado del velo y en los sacrificios que hicieron por mí para que tuviera una vida mejor. Pienso en las ordenanzas del templo que algún día nos permitirán estar nuevamente juntos como familia. Y pienso en la expiación de mi Salvador, quien hizo todo esto posible. Él pagó el precio para que pudiésemos vivir. Por esta razón lo amamos y lo adoramos con gratitud hoy y para siempre.

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Un puente a la esperanza y la sanación

Abril 2017
Un puente a la esperanza y la sanación
Por Nanon Talley
Servicios para la Familia SUD, Texas, EE. UU.

Con la ayuda adecuada, las víctimas de abuso sexual pueden hallar la sanación que tanto ansían.

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Imaginen que están ante el borde de un precipicio y quieren cruzar al otro lado de un cañón profundo, donde les han dicho que los espera una gran dicha. Mientras buscan la manera de hacerlo, encuentran un montón de elementos que, si se unen correctamente, formarán un puente para atravesar el cañón.

Si no saben cómo construir el puente, los elementos de nada servirán y sentirán frustración y desesperanza; pero si reciben ayuda de alguien con experiencia en construcción de puentes, podrán ampliar su conocimiento y entendimiento, y juntos podrán realizar la tarea.

Durante los últimos dieciocho años, mi labor ha sido proporcionar instrumentos y orientación para ayudar a algunas personas a cruzar el abismo del sufrimiento emocional o mental. De todas las personas que he tratado, no hay paciente alguno que parezca llegar tan herido como aquellos que han sido víctimas de abuso sexual. He visto el impacto que dicho problema tiene en la capacidad de la persona de sobrellevarlo bien hasta el fin.

No obstante, también he llegado a saber que el alivio perdurable de nuestras luchas y padecimientos es posible mediante nuestro Salvador. Su amor eleva a las personas por encima de las tinieblas hasta la luz.

¿Por qué causa tanto daño el abuso sexual?

Las víctimas de abuso me cuentan de vidas colmadas de depresión, inseguridad y otros hondos pesares emocionales. El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) nos ha ayudado a entender por qué el abuso sexual causa un daño tan grande:

“Existe la terrible y perversa práctica del abuso sexual. Excede la capacidad de comprensión. Es una afrenta a la decencia que debe existir en todo hombre y en toda mujer. Es la violación de lo que es sagrado y divino. Es destructivo en la vida de los niños. Es reprobable y digno de la más rigurosa condenación.

“¡Qué vergüenza para el hombre o la mujer que abuse sexualmente de un niño! Al hacerlo, el abusador no solo ocasiona el más grave de los perjuicios, sino que también se halla condenado ante el Señor”1.

El poder de la procreación es un poder sagrado y divino que nuestro Padre Celestial ha dado a Sus hijos. El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado: “El poder de la procreación es de importancia espiritual… Nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado son creadores y nos han confiado una porción de Su poder para crear”2. No es de sorprender, por lo tanto, que la violación de dicho sagrado poder sea “[digna] de la más rigurosa condenación” y que ocasione “el más grave de los perjuicios”.

Entender el daño

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El abuso sexual es cualquier interacción no consentida que implica conductas con contacto o sin este en la que se usa a una persona para la satisfacción sexual de otra persona. Con demasiada frecuencia, las víctimas de abuso sexual se quedan confundidas, así como con sentimientos de indignidad y vergüenza que pueden llegar a ser una carga casi demasiado pesada para soportarla. El pesar y el sufrimiento que experimentan a menudo se intensifica por los comentarios de otras personas, los cuales se originan al no entender el abuso sexual y sus efectos. A algunas víctimas se las acusa de mentir o se les dice que el abuso —de algún modo— fue culpa de ellas. A otras se las conduce equivocadamente a creer que deben arrepentirse, como si hubieran pecado por ser víctimas.

A muchos de los pacientes que he tratado que habían sufrido abuso sexual en la niñez o adolescencia se les había dicho que “lo olviden de una vez por todas”, que “lo dejen atrás” o que “sencillamente perdonen y olviden”. Ese tipo de frases —en especial cuando provienen de amigos cercanos, familiares o líderes de la Iglesia— puede llevar a la víctima a más silencio y vergüenza en lugar de sanación y paz. Como sucede con las heridas físicas o infecciones graves, esas heridas emocionales no desaparecen con tan solo ignorarlas. Más bien, la confusión que comienza con el abuso aumenta y, junto con los consiguientes sentimientos de dolor, la forma de pensar de la persona puede alterarse para dar paso con el tiempo a conductas perjudiciales. No es inusual que las víctimas no distingan que lo que les ha ocurrido ha sido un abuso; asimismo, podrían adquirir conductas perjudiciales y emociones dolorosas.

Hannah (se ha cambiado el nombre) sufrió abuso sexual durante la infancia. Al igual que otras víctimas, creció sintiendo que era una persona muy mala y que no tenía valor individual. Pasó la mayor parte de la vida tratando de servir a los demás lo suficiente como para compensar sus sentimientos de no ser “lo suficientemente buena” para el Padre Celestial ni para que alguien la amara. En sus relaciones con otras personas, temía que si alguien llegaba a conocerla en verdad, pensaría que era tan mala como ella creía que era. Experimentó un profundo temor al rechazo que la condujo a sentir miedo de intentar cosas nuevas en la vida y de realizar tareas sencillas como llamar a alguien por teléfono. Fue bendecida con talento para el arte, pero lo abandonó ante el temor de no poder soportar las críticas.

Durante más de 50 años, sus sentimientos de desamparo, impotencia, temor, ira, confusión, vergüenza, soledad y aislamiento guiaron sus decisiones diarias.

Reemplazar el dolor por la paz

El Salvador padeció “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases”. Lo hizo a fin de saber “según la carne… cómo socorrer a los de su pueblo” (Alma 7:11–12). Su padecimiento no fue solo por nuestros pecados, sino también para que sanásemos cuando los pecados de otra persona nos ocasionaran sufrimiento.

Si el Salvador estuviera aquí hoy, me imagino que lloraría con aquellos de quienes se ha abusado sexualmente y los bendeciría, así como lloró y bendijo a los nefitas (véase 3 Nefi 17). Si bien no está aquí físicamente, Su Espíritu puede estar con nosotros, y nos ha proporcionado la forma de sanar, sentir paz y perdonar.

reaching through a ladderPara muchos de los que han sufrido daño, la idea de que el dolor que cargan puede reemplazarse por paz es casi imposible de creer. Con frecuencia, las heridas de la persona abusada pasan desapercibidas para otras personas o no las ven durante años. El dolor queda oculto tras un rostro sonriente, tras la disposición de ayudar a los demás y tras llevar la vida como si nada estuviera mal; no obstante, el pesar se halla presente de modo constante.

Comparemos el proceso de sanación emocional con el de atender y tratar las lesiones físicas. Supongamos que cuando eran niños se quebraron una pierna. En vez de ir al médico y colocar el hueso en su lugar, cojearon hasta que el dolor intenso se fue, pero siempre hay un leve dolor con cada paso que dan. Años después, quieren que el dolor desaparezca, así que acuden al médico. El médico debe volver a colocar el hueso, eliminar cualquier calcificación adicional que se haya producido, colocar un yeso [férula], y enviarlos a rehabilitación para fortalecer la pierna.

El proceso de sanación del abuso es similar en el hecho de que la víctima debe reconocer primeramente que el dolor es real y que puede hacerse algo al respecto. El proceso implica admitir lo que sucedió, y permitir que los sentimientos de sentirse heridos, temerosos y tristes se reconozcan y se den por válidos. A menudo es de provecho tratar con un profesional experimentado en este proceso de sanación. (Consulte a su líder del sacerdocio para saber si los Servicios para la Familia SUD están disponibles en su zona).

Ya sea que la víctima tenga acceso a ayuda profesional o no, lo mejor es orar, estudiar la vida del Salvador y Su expiación, y conversar con un líder del sacerdocio con regularidad. Él puede ayudar a aligerar la carga y recibir inspiración para ayudar a la víctima a entender su valía divina y su relación con el Padre Celestial y el Salvador. Tal como enseñó recientemente la hermana Carole M. Stephens, Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro: “La sanación puede ser un proceso largo. Requerirá que, con espíritu de oración, busquen guía y la ayuda adecuada, incluyendo consultar con los poseedores del sacerdocio debidamente ordenados. A medida que aprendan a comunicarse abiertamente, fijen límites adecuados y quizás busquen terapia profesional. ¡Es de vital importancia que mantengan la salud espiritual en todo el proceso!”3.

En el caso de Hannah, su vida se había tornado tan incómoda que procuró ayuda. Gracias a su testimonio, sabía que podía sentir paz y satisfacción en la vida, pero no las sentía de modo constante. Mediante la oración y al hablar con el obispo, se la guió a acudir a terapia profesional, donde pudo adquirir los instrumentos que necesitaba para sacar a la luz la verdad y compartir la terrible carga que había llevado sola. Al hacerlo, pudo liberar el dolor y hallar la paz que prometió el Salvador (véase Juan 14:27). Junto con la paz y el consuelo llegaron el deseo y la capacidad de perdonar.

La necesidad de perdonar

A las víctimas de abuso a menudo les resulta difícil oír en cuanto a la idea de perdonar y con frecuencia esta se malinterpreta. Si ven el perdón como permitir que el abusador quede libre de consecuencias o como decir que lo que hizo ya no importa, la víctima no se sentirá respaldada. Aunque se nos manda perdonar (véase D. y C. 64:10), en las situaciones en que el daño es grave, por lo general la sanación debe comenzar antes de que la víctima pueda perdonar por completo al abusador.

Quienes padecen el dolor que causa el abuso pueden hallar consuelo en este consejo del Libro de Mormón: “Yo, Jacob, quisiera dirigirme a vosotros, los que sois puros de corazón. Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe, y él os consolará en vuestras aflicciones, y abogará por vuestra causa, y hará que la justicia descienda sobre los que buscan vuestra destrucción” (Jacob 3:1). La necesidad de justicia y el derecho a la restitución se pueden depositar en manos del Señor a fin de que Él pueda reemplazar nuestro dolor por paz.

Con el tiempo, Hannah descubrió que podía dejar en manos del Salvador la necesidad de justicia y que a cambio hallaría un sentimiento de paz en su vida como jamás había sentido. Anteriormente, había temido asistir a las reuniones familiares en las que el abusador estaría presente. Ahora, gracias a su disposición de afrontar las difíciles heridas emocionales en su camino a la sanación, ya no siente temor en su presencia e incluso puede tener compasión de él en su avanzada edad.

Quedar libre de las cargas innecesarias

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El élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha aseverado: “La recuperación completa vendrá por conducto de tu fe en Jesucristo y en Su poder y capacidad de que, por medio de Su expiación, se curarán las cicatrices de lo que es injusto o inmerecido…

“Él te ama. Él dio Su vida para que quedes libre de cargas innecesarias. Él te ayudará a lograrlo. Sé que Él tiene el poder para sanarte”4.

El adversario quiere mantener a las personas sujetas por medio del dolor y del sufrimiento porque él es miserable (véase 2 Nefi 2:27). Con la ayuda de nuestro Salvador Jesucristo, ciertamente el dolor puede reemplazarse por la paz, como la que solo el Salvador puede brindar, y podremos vivir con gozo. “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Vivir con gozo permitirá que los momentos de prueba sean más llevaderos, y nos permitirá aprender, crecer y llegar a ser más semejantes a nuestro Padre Celestial.

Me siento humilde al considerar la bendición que he tenido en la vida de sentarme con quienes han sido perjudicados por el abuso y ver el milagro de la sanación que verdaderamente se recibe solo mediante el Salvador. Si se hallan sufriendo, por favor, busquen ayuda con espíritu de oración; no tienen que llevar esa pesada carga solos. Yo sé que Él sana, porque lo he visto en innumerables ocasiones.

Comportamientos comunes de las víctimas

Las víctimas a menudo tienen dificultades en las relaciones y es posible que busquen constantemente la aprobación de otras personas, que asuman una actitud pasiva, que pongan barreras para mantener distancia de la gente a fin de evitar que las hieran, que se vuelvan promiscuas para buscar afecto mediante la actividad sexual (incluso el uso de pornografía y la masturbación), o hacer exactamente lo contrario y evitar todo lo relacionado con el sexo. La vergüenza que se relaciona con dichas conductas a menudo inhibe a las personas e impide que procuren buscar ayuda de los padres, los líderes del sacerdocio o los profesionales, ya que no entienden la relación que existe entre lo que les ha sucedido y sus comportamientos.

Al vivir el Evangelio, las víctimas tienden a ir de un extremo al otro; algunas se vuelven religiosas sobremanera; en un intento por ocultar lo que piensan que es su falta de dignidad, tratan de hacer todo del modo correcto; otras creen que nunca serán dignas de la vida eterna y a veces dejan de intentarlo.

Lecciones de Doctrina y Convenios 123

Mientras el profeta José Smith se hallaba preso en la cárcel de Liberty, Misuri, escribió una epístola a la Iglesia, la cual comprende las secciones 121–124 de Doctrina y Convenios, e incluye el “deber de los santos con relación a sus perseguidores” (D. y C. 123, encabezamiento de la sección). No dijo a los santos que habían padecido persecución y lesiones físicas que guardaran el dolor para sus adentros e hiciesen como si nada hubiera pasado. Consideren cómo puede aplicarse el consejo que se imparte en la sección 123 al problema del abuso.

Algunas palabras de consejo para los líderes, familiares y amigos

Cuando una víctima confía en ustedes lo suficiente como para contarles sus sufrimientos y abusos, la conversación debe comenzar con amor y comprensión para con ella. Con demasiada frecuencia, ha habido víctimas que me han dicho que al acudir al obispo para procurar ayuda, este se ha centrado principalmente en la necesidad de perdonar al transgresor. Eso puede ocasionar que la víctima sienta que todo lo que importa es el transgresor. Cuando sucede eso, las personas rara vez regresan al obispo en busca de ayuda y no reciben la sanación espiritual que es posible con el amor y el apoyo eclesiásticos.

Perdonar es una parte crucial del proceso de sanación y es un mandamiento; no obstante, confíen en que permitir primero que alguien reconozca su sufrimiento, exteriorice sus sentimientos y hable sobre ellos con una persona de confianza conducirá, con el tiempo, a la sanación que proviene de poder perdonar al abusador.

Los líderes de la Iglesia pueden remitirse a ministering.lds.org y consultar “Abuso: ayuda para la víctima” para obtener más información.

Notas

1. Véase de Gordon B. Hinckley, “Salvemos a los niños”, Liahona, enero de 1995, pág. 67; cursiva agregada.
2. David A. Bednar, “Creemos en ser castos”, Liahona, mayo de 2013, pág. 42.
3. Carole M. Stephens, “El Maestro sanador”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 11.
4. Richard G. Scott, “Para quedar libre de las pesadas cargas”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 88.

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La guerra continúa

Abril 2017
La guerra continúa
Por el élder Larry R. Lawrence
De los Setenta

Larry R. Lawrence

La guerra que comenzó en el cielo continúa hoy en día. De hecho, la batalla se está intensificando a medida que los santos se preparan para el regreso del Salvador.

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Cualquiera que esté al tanto de las noticias internacionales estará de acuerdo con que vivimos en un tiempo de “guerras y rumores de guerras” (D. y C. 45:26). Por suerte, todos los que estamos en la Tierra somos veteranos de guerra. Hemos luchado contra las huestes del mal en una guerra continua que comenzó en la esfera premortal antes de que naciéramos.

Debido a que aún no habíamos recibido cuerpos físicos, combatimos en la guerra en los cielos sin espadas, armas ni bombas. Sin embargo, el combate fue tan intenso como cualquier guerra moderna, y hubo miles de millones de bajas.

La guerra preterrenal se libró con palabras, ideas, debate y persuasión (véase Apocalipsis 12:7–9, 11). La estrategia de Satanás fue atemorizar a la gente. Él sabía que el miedo es la mejor manera de destruir la fe. Probablemente utilizó argumentos como estos: “Es demasiado difícil”. “Es imposible regresar limpios”. “El riesgo es mucho”. “¿Cómo sabes que puedes confiar en Jesucristo?”. Él sentía mucha envidia del Salvador.

Afortunadamente, el plan de Dios triunfó sobre las mentiras de Satanás. El plan de Dios implicaba el albedrío moral de la humanidad y un gran sacrificio. Jehová, a quien conocemos como Jesucristo, se ofreció para ser aquel sacrificio y sufrir por todos nuestros pecados. Él estaba dispuesto a dar Su vida por Sus hermanos y hermanas para que aquellos que se arrepintieran pudiesen regresar limpios y con el tiempo llegaran a ser como su Padre Celestial. (Véanse Moisés 4:1–4; Abraham 3:27).

La otra ventaja que ayudó a Jehová a ganarse el corazón de los hijos de Dios fueron los poderosos testimonios que compartieron Sus seguidores, dirigidos por Miguel, el arcángel (véanse Apocalipsis 12:7, 11; D. y C. 107:54). En la vida preterrenal, Adán se llamaba Miguel, y Satanás se llamaba Lucifer, que significa “portador de luz”1. Tal parecería un nombre extraño para el príncipe de las tinieblas (véase Moisés 7:26), pero las Escrituras enseñan que, antes de caer, Satanás era “un ángel de Dios que tenía autoridad delante de Dios” (véase D. y C. 76:25–28).

¿Cómo es posible que un espíritu que tenía tanto conocimiento y experiencia cayera tan bajo? Fue por causa de su orgullo. Lucifer se rebeló contra nuestro Padre Celestial porque quería el reino de Dios para sí mismo.

En su clásico discurso “Cuidaos del orgullo”, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) enseñó que “Lucifer quería recibir honra por encima de todos los demás” y que “su orgulloso deseo era destronar a Dios”2. Ustedes también han escuchado que Satanás quería destruir el albedrío del hombre, pero esa no es la única razón por la que fue rechazado. Se lo expulsó del cielo por rebelarse contra el Padre y el Hijo (véanse D. y C. 76:25; Moisés 4:3).

¿Por qué ustedes y yo peleamos contra el diablo? Luchamos motivados por la lealtad. Amábamos y apoyábamos a nuestro Padre Celestial; deseábamos llegar a ser como Él. Lucifer tenía otro objetivo; quería reemplazar al Padre (véanse Isaías 14:12–14; 2 Nefi 24:12–14). Imaginen la forma en que la traición de Satanás hirió a nuestros Padres Celestiales. En las Escrituras leemos que “los cielos lloraron por él” (D. y C. 76:26).

Luego de una campaña intensa, Miguel y sus ejércitos prevalecieron. Dos tercios de las huestes celestiales decidieron seguir al Padre (véase D. y C. 29:36). Satanás y sus seguidores fueron expulsados del cielo, pero no se los envió inmediatamente a las tinieblas de afuera. Primero fueron enviados a esta Tierra (véase Apocalipsis 12:7–9), donde Jesucristo nacería y donde Su sacrificio expiatorio se llevaría a cabo.

¿Por qué se permitió a las huestes de Satanás venir a la Tierra? Vinieron a crear oposición para aquellos que están siendo probados aquí (véase 2 Nefi 2:11). ¿Serán finalmente echados a las tinieblas de afuera? Sí. Después del Milenio, Satanás y sus huestes serán desterrados para siempre.

Satanás sabe que sus días están contados. Durante la segunda venida de Jesús, Satanás y sus ángeles serán atados por 1.000 años (véanse Apocalipsis 20:1–3; 1 Nefi 22:26; D. y C. 101:28). A medida que se acerca esa fecha límite, las fuerzas del mal están luchando desesperadamente para capturar a cuantas almas puedan.

A Juan el Revelador se le mostró la guerra en los cielos como parte de una gran visión. Se le mostró cómo Satanás fue arrojado a la Tierra para tentar a la humanidad. Esta fue la reacción de Juan: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar!, porque el diablo ha descendido a vosotros, teniendo gran ira, pues sabe que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:12).

¿Cómo pasa Satanás sus días, sabiendo que no tiene tiempo que perder? El apóstol Pedro escribió que “el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

family kneeling in prayer

¿Qué motiva a Satanás? Él nunca tendrá un cuerpo, nunca tendrá esposa ni una familia, y nunca tendrá una plenitud de gozo, por lo que desea que todos los hombres y mujeres “sean miserables como él” (2 Nefi 2:27).

El diablo ataca a todos los hombres, pero en especial a aquellos que tienen un mayor potencial de alcanzar la felicidad eterna. Claramente él envidia a cualquiera que esté en el camino que conduce a la exaltación. Las Escrituras enseñan que Satanás “les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (D. y C. 76:29).

La guerra que comenzó en el cielo continúa hoy en día. De hecho, la batalla se está intensificando a medida que los santos se preparan para el regreso del Salvador.

El presidente Brigham Young (1801–1877) profetizó “que la Iglesia se propagaría, prosperaría, crecería y se extendería y que, en proporción a la expansión del Evangelio entre las naciones de la Tierra, también aumentaría el poder de Satanás”3.

Creo que todos nosotros coincidimos en que esta profecía se está cumpliendo al ver que el mal se infiltra en las sociedades del mundo. El presidente Young enseñó que debemos estudiar las tácticas del enemigo a fin de vencerlo. Comparto cuatro estrategias comprobadas de Satanás y algunas ideas de cómo resistirlas.

Las estrategias de Satanás

1. La tentación. El diablo es desvergonzado cuando se trata de ponernos ideas inicuas en la mente. El Libro de Mormón enseña que Satanás susurra pensamientos impuros y desagradables y siembra pensamientos de duda. Nos atosiga para que cedamos a deseos adictivos, al egoísmo y a la codicia. No quiere que reconozcamos de dónde provienen esas ideas, por lo que nos susurra: “Yo no soy el diablo, porque no lo hay” (2 Nefi 28:22).

¿Cómo podemos resistir esa tentación directa? Una de las herramientas más eficaces es simplemente mandar a Satanás que se retire. Eso es lo que Jesús haría.

Podemos aprender del relato del Nuevo Testamento acerca del Salvador en el monte de las tentaciones. Después de cada tentación que el diablo le ofrecía, Jesús utilizó una técnica defensiva de dos pasos: primero ordenó a Satanás que se marchase; después citó las Escrituras.

Permítanme darles un ejemplo: “Vete, Satanás”, mandó Jesús, “porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solamente servirás” (Mateo 4:10). El versículo siguiente dice: “El diablo entonces le dejó, y he aquí, los ángeles vinieron y le servían” (Mateo 4:11). ¡La defensa del Salvador fue muy eficaz!

La biografía del presidente Heber J. Grant (1856–1945) nos enseña cómo el presidente Grant resistía al diablo cuando era un jovencito. Cuando el presidente Grant reconocía que Satanás le susurraba tratando de sembrar dudas en su corazón, él simplemente decía en voz alta: “Sr. Diablo, cállese”4.

Ustedes tienen derecho a decirle a Satanás que se marche cuando afrontan tentaciones. Las Escrituras enseñan: “… resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).

La otra parte de la defensa del Salvador consistió en citar una Escritura. Existe gran poder en memorizar Escrituras, como lo hizo Jesús. Los versículos de las Escrituras pueden convertirse en un arsenal de municiones espirituales.

Cuando sean tentados, pueden recitar mandamientos como “Acuérdate del día del reposo para santificarlo”, “Amad a vuestros enemigos” o “deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente” (Éxodo 20:8; Lucas 6:27; D. y C. 121:45). El poder de las Escrituras no solo intimida a Satanás, sino que también invita al Espíritu en el corazón, nos tranquiliza y nos fortalece contra la tentación.

2. Las mentiras y el engaño. Las Escrituras revelan que Satanás es “el padre de las mentiras” (2 Nefi 9:9). No le crean cuando les susurre mensajes como “Nunca haces nada bien”, “Eres demasiado pecador como para ser perdonado”, “Nunca cambiarás”, “No le importas a nadie” y “No tienes talentos”.

Otra de las mentiras que utiliza a menudo es la siguiente: “Tienes que probar todo al menos una vez, solo para tener la experiencia. Una sola vez no te hará daño”. El pequeño y sucio secreto que él no quiere que ustedes sepan es que el pecado es adictivo.

Otra mentira eficaz que Satanás intentará hacerles creer es esta: “Todos lo están haciendo; está bien”. ¡No está bien! Así que díganle al diablo que ustedes no quieren ir al reino telestial, aunque todos vayan allí.

father teaching his family

Aunque Satanás les mienta, ustedes pueden contar con que el Espíritu les dirá la verdad. Es por eso que el don del Espíritu Santo es tan esencial.

El diablo ha sido llamado “el gran impostor”5. Él intenta falsificar cada principio verdadero que el Señor presenta.

Recuerden que las falsificaciones no son lo mismo que lo opuesto. Lo opuesto de blanco es negro, pero una falsificación del color blanco sería un color blancuzco o gris. Las falsificaciones se asemejan a las cosas auténticas a fin de engañar a quienes están desprevenidos; son una versión truncada de algo bueno, y al igual que el dinero falsificado, no valen nada. Permítanme ilustrarlo:

Una de las falsificaciones de Satanás de la fe es la superstición. Su falsificación del amor es la lujuria. Él falsifica el sacerdocio por medio de las supercherías sacerdotales, e imita los milagros de Dios mediante la hechicería.

El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios, pero el matrimonio entre personas del mismo sexo es solo una falsificación; no conduce ni a la posteridad ni a la exaltación. Aunque sus imitaciones engañan a muchas personas, no son reales; no pueden brindar felicidad perdurable.

Dios nos advirtió en cuanto a las falsificaciones en Doctrina y Convenios. Él dijo: “… lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas” (D. y C. 50:23).

3. La contención. Satanás es el padre de la contención. El Salvador enseña: “… él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros” (3 Nefi 11:29).

El diablo ha aprendido durante siglos de experiencia que donde hay contención, el Espíritu del Señor se aleja. Desde que convenció a Caín para que matara a Abel, Satanás ha influido en las disputas entre hermanos. También siembra problemas en los matrimonios, entre los miembros del barrio y entre compañeros misionales. Le encanta ver discutir a la gente buena. Él trata de iniciar discusiones en las familias justo antes de que vayan a la Iglesia el domingo, justo antes de la noche de hogar el lunes por la tarde y cada vez que una pareja tiene planes de asistir a una sesión del templo. El momento en que se interpone es predecible.

Cuando haya contención en sus hogares o en su lugar de trabajo, dejen de hacer inmediatamente lo que sea que estén haciendo y procuren establecer la paz. No importa quién empezó.

La contención a menudo comienza con la crítica. José Smith enseñó que “el diablo nos lisonjea haciéndonos creer que somos muy correctos, cuando en realidad nos fijamos en las faltas de los demás”6. Si lo pensamos, la superioridad moral es solo una falsificación de la verdadera rectitud.

A Satanás le encanta promover la contención en la Iglesia. Él se especializa en señalar las faltas de los líderes de la Iglesia. José Smith advirtió a los santos que el primer paso hacia la apostasía es perder la confianza en los líderes de la Iglesia7.

Casi toda la literatura antimormona se basa en mentiras sobre el carácter de José Smith. El enemigo trabaja arduamente para desacreditar a José porque el mensaje de la Restauración depende del relato del Profeta acerca de lo que pasó en la Arboleda Sagrada. El diablo está esforzándose hoy más que nunca para hacer que los miembros cuestionen su testimonio de la Restauración.

En los primeros días de nuestra dispensación, muchos hermanos del sacerdocio, muy a su pesar, no permanecieron fieles al Profeta. Uno de ellos fue Lyman E. Johnson, quien fue excomulgado por conducta indebida. Más tarde lamentó haber abandonado la Iglesia: “Permitiría que me cortaran la mano derecha si pudiera creerlo de nuevo. Entonces me sentía lleno de gozo y alegría. Mis sueños eran placenteros. Cuando me despertaba en la mañana mi espíritu era alegre. Era feliz de día y de noche, y me sentía lleno de paz, gozo y gratitud. Pero ahora todo es oscuridad, dolor, tristeza, miseria en extremo. Desde entonces nunca he tenido un momento feliz”8.

Piensen en esas palabras; son una advertencia para todos los miembros de la Iglesia.

Soy converso a la Iglesia. Fui bautizado cuando era un joven adulto soltero de 23 años de edad que estudiaba en la escuela de medicina en Arizona, EE. UU. Sé por experiencia propia cómo Satanás obra en los investigadores para confundirlos y desanimarlos cuando se hallan en busca de la verdad.

Durante toda mi juventud había observado el ejemplo de amigos Santos de los Últimos Días. Me impactaba la manera en que dirigían su vida. Tomé la decisión de aprender más acerca de la Iglesia, pero no quería decirle a nadie que estaba estudiando el mormonismo. Para evitar la presión de mis amigos, decidí que mi búsqueda sería una investigación privada.

Esto fue muchos años antes de internet, así que fui a la biblioteca pública. Encontré un ejemplar del Libro de Mormón y un libro llamado Una obra maravillosa y un prodigio, por el élder LeGrand Richards (1886–1983), del Cuórum de los Doce Apóstoles. Comencé a leer esos libros con un profundo deseo, y me parecieron inspiradores.

Aunque mi espíritu ansiaba aprender más, Satanás comenzó a susurrarme al oído. Me dijo que a fin de ser totalmente objetivo, también debía leer lo que habían escrito los que criticaban la Iglesia. Regresé a la biblioteca y empecé a buscar. Por supuesto, encontré un libro que desacreditaba al Profeta José.

Leer ese libro antimormón me confundió. Perdí el dulce espíritu y la influencia que habían guiado mi investigación; me frustré y estuve a punto de abandonar mi búsqueda de la verdad. ¡Oraba pidiendo una respuesta mientras leía literatura antimormona!

Para mi sorpresa, recibí una llamada de una amiga de la escuela secundaria que asistía a la Universidad Brigham Young. Me invitó a que la visitara en Utah, con la promesa de que me encantaría el paisaje del viaje. Ella no tenía idea de que yo estaba estudiando sobre su Iglesia en secreto.

Acepté su invitación. Mi amiga propuso que fuéramos a Salt Lake City para visitar la Manzana del Templo. Mi respuesta entusiasta la sorprendió; ella no tenía idea de cuánto me interesaba descubrir la verdad sobre José Smith y la Restauración.

Las misioneras de la Manzana del Templo me ayudaron mucho. Sin saberlo, contestaron muchas de mis preguntas. Sus testimonios me hicieron “[dudar] de [mis] dudas”9, y mi fe comenzó a crecer. No se puede subestimar el poder de un testimonio sincero.

Mi amiga también compartió su testimonio conmigo y me invitó a orar y preguntarle a Dios si la Iglesia era verdadera. En el largo viaje de regreso a Arizona, empecé a orar con fe, por primera vez, “con un corazón sincero, con verdadera intención” (Moroni 10:4). En un momento durante ese viaje, tuve la impresión de que mi automóvil entero se llenó de luz. Aprendí por mí mismo que la luz puede disipar las tinieblas.

Después de que había tomado la decisión de bautizarme, el diablo libró una última lucha. Obró sobre mi familia, quienes hicieron todo lo posible para desalentarme y se negaron a asistir a mi bautismo.

Me bauticé de todos modos, y sus corazones se ablandaron gradualmente. Comenzaron a ayudarme a investigar mi historia familiar. Unos años más tarde bauticé a mi hermano menor. La amiga que me invitó a visitarla en Utah es ahora mi esposa.

4. El desánimo. Cuando todo lo demás falla, Satanás utiliza esta herramienta eficazmente con los santos más fieles. En mi caso, cuando comienzo a sentirme desanimado, eso me ayuda a reconocer quién está tratando de desalentarme y me enoja lo suficiente como para darme ánimo, solo para fastidiar al diablo.

Hace varios años, el presidente Benson dio un discurso titulado “No desesperéis”. En ese profundo discurso, él advirtió: “Satanás aumenta sus esfuerzos para vencer a los santos con las armas de la desesperación, el desaliento, el decaimiento y la depresión”10. El presidente Benson instó a los miembros de la Iglesia a estar en guardia, y dio 12 sugerencias realistas para combatir el desaliento.

family walking on Boston Massachusetts Temple grounds

Sus sugerencias incluían prestar servicio a los demás; trabajar arduamente y evitar la ociosidad; poner en práctica buenos hábitos de salud, los cuales incluyen hacer ejercicio y comer alimentos en su estado natural; procurar una bendición del sacerdocio; escuchar música inspiradora; contar las bendiciones y fijar metas. Sobre todo, como enseñan las Escrituras, debemos orar siempre para que podamos vencer a Satanás (véase D. y C. 10:5)11.

Satanás tiembla cuando ve
de rodillas al más débil de los santos12.

Es importante saber que el poder del mal tiene límites. La Trinidad establece dichos límites, y Satanás no puede traspasarlos. Por ejemplo, las Escrituras nos aseguran que “no le es dado poder a Satanás para tentar a los niños pequeños” (D. y C. 29:47).

Otra limitación importante es que Satanás no conoce nuestros pensamientos a menos que se los digamos. El Señor explicó: “… no hay quien conozca tus pensamientos y las intenciones de tu corazón sino Dios” (D. y C. 6:16).

Tal vez por esa razón el Señor nos ha dado mandamientos como “No te quejes” (D. y C. 9:6) y “No hablarás mal de tu prójimo” (D. y C. 42:27). Si pueden aprender a refrenar la lengua (véase Santiago 1:26), no terminarán dándole demasiada información al diablo. Cuando él escucha murmuraciones, quejas y críticas, toma nota minuciosamente. Las palabras negativas que ustedes pronuncian exponen sus debilidades frente al enemigo.

Tengo buenas noticias para ustedes. Los ejércitos de Dios son más grandes que los ejércitos de Lucifer. Es probable que ustedes miren alrededor y piensen: “El mundo es cada vez más inicuo; Satanás debe estar ganando la guerra”. No se dejen engañar. La verdad es que superamos en número al enemigo. Recuerden que dos tercios de los hijos de Dios escogieron el plan del Padre.

Hermanos y hermanas, asegúrense de pelear del lado del Señor. Asegúrense de empuñar la espada del Espíritu.

Ruego que al final de su vida, ustedes puedan decir con el apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Notas

1. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Lucifer”, scriptures.lds.org/es.
2. Ezra Taft Benson, “Cuidaos del orgullo”, Liahona, julio de 1989, pág. 5.
3. Discourses of Brigham Young, selección de John A. Widtsoe, 1954, pág. 72.
4. Véase de Francis M. Gibbons, Heber J. Grant: Man of Steel, Prophet of God, 1979, págs. 35–36.
5. Véase, por ejemplo, Dieter F. Uchtdorf, “Ustedes son importantes para Él”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 20; Gordon B. Hinckley, “Los tiempos en los que vivimos”, Liahona, enero de 2002, pág. 86.
6. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 484.
7. Véase Enseñanzas: José Smith, pág. 337.
8. Lyman E. Johnson, en Brigham Young, Deseret News, 15 de agosto de 1877, pág. 484.
9. Dieter F. Uchtdorf, “Vengan, únanse a nosotros”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 23.
10. Véase de Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, Liahona, febrero de 1975, pág. 43.
11. Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, pág. 43.
12. William Cowper, en Robert Andrews, comp. The Concise Columbia Dictionary of Quotations, 1987, pág. 78.

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La billetera perdida

Abril 2017
La billetera perdida
Luiz Marcelino
Goiás, Brasil

lost wallet

Hace poco, me mudé a una nueva casa y pedí ayuda a algunos miembros de la Iglesia para un proyecto en mi casa. En mitad del proyecto, salí a comprar algunos materiales que necesitábamos para terminar. Después de terminar el proyecto, me di cuenta de que no tenía mi billetera. Me puse muy nervioso porque dentro de mi billetera estaban todos mis documentos personales, junto con el dinero que había recibido de un cliente esa mañana. Regresé por el mismo camino donde había hecho las compras, pero no tuve suerte. Volví a casa y busqué para ver si se me había caído en alguna parte, pero aun así, no la encontré. Empecé a considerar la posibilidad de que tendría que obtener copias nuevas de todos los documentos. Entonces, antes de salir de casa, un amigo me preguntó: “¿Ya oraste?”.

Inmediatamente pensé: “¡Claro que ya oré!”, pero en realidad no había orado con verdadera intención. En vez de eso, quería imponer mi voluntad a mi Padre Celestial y de alguna manera hacer que Su deber fuera el de ayudarme a encontrar mi billetera; pero entonces recordé la Escritura en Isaías 55:8: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová”.

El domingo fui a la capilla y un miembro que había estado conmigo el día anterior me dijo que había orado fervientemente al Padre Celestial para que yo pudiera encontrar mi billetera. Dijo que había tenido la sensación de que la encontraría. Más tarde, cuando me senté para mi estudio personal, empecé a leer Cómo obtener respuestas a nuestras oraciones, por el élder Gene R. Cook, miembro emérito de los Setenta. En la primera página se relataba una historia con un problema idéntico al mío: el hijo del élder Cook había perdido su billetera, por lo que la familia se reunió y oró al Señor para que pudieran encontrarla.

Después de leer sobre esa experiencia, puse en práctica lo que había aprendido y reuní a mi esposa e hijos. Formamos un círculo, y cada uno ofreció una oración para implorar al Señor que, si era Su voluntad, nos ayudara a encontrar la billetera.

Anteriormente ya había sido testigo del poder de la oración, pero después, al orar en privado, pedí al Padre Celestial que contestara nuestra oración para fortalecer la fe de mi esposa e hijos.

Al día siguiente, un hombre me llamó; dijo que había encontrado mi billetera, con el dinero. Lloré como un niño porque se dio respuesta a mi oración y la fe de mi familia se fortaleció.

Sé que el Padre Celestial, aun con tantos hijos a quienes atender, nos responde según Su tiempo y a Su manera.

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