Confiar en Dios firmemente

Conferencia General Abril 2017
Confiar en Dios firmemente
Por el élder Ulisses Soares
De la Presidencia de los Setenta

Si somos firmes y no vacilamos en nuestra fe, el Señor aumentará nuestra capacidad de elevarnos por encima de los desafíos de la vida.

Estimados hermanos y hermanas, para comenzar mi mensaje de hoy deseo testificar que sé que el presidente Thomas S. Monson es el profeta de Dios en la actualidad; sus consejeros de la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles son también, de hecho, profetas, videntes y reveladores. Ellos representan al Señor Jesucristo y tienen el derecho de declarar Su disposición y voluntad según les sea revelada. Testifico que hay seguridad al seguir su consejo. El Señor los está inspirando a hacer hincapié en fortalecer nuestra fe en el Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo y en Su expiación a fin de que no vacilemos al afrontar los desafíos de nuestros días.

En el Libro de Mormón leemos sobre un hombre llamado Ammón que fue enviado de la tierra de Zarahemla a la tierra de Lehi-Nefi a averiguar acerca de sus hermanos. Allí encontró al rey Limhi y a su pueblo, que estaban bajo el cautiverio de los lamanitas. El rey Limhi se animó por las cosas que Ammón le compartió sobre su pueblo en Zarahemla; el corazón se le llenó con una esperanza y un gozo tan grandes que reunió a su pueblo en el templo y dijo:

“Por tanto, levantad vuestras cabezas y regocijaos, y poned vuestra confianza en Dios…

“Mas si os tornáis al Señor con íntegro propósito de corazón… y le servís con toda la diligencia del alma… él, de acuerdo con su propia voluntad y deseo, os librará del cautiverio”1.

Las palabras de Ammón tuvieron un efecto tan profundo en la fe del pueblo del rey Limhi, que hicieron un convenio con Dios de servirle y de guardar Sus mandamientos a pesar de sus difíciles circunstancias. Gracias a su fe, pudieron idear un plan para escapar de las manos de los lamanitas2.

Hermanos y hermanas, les pido que por favor consideren la importancia de la invitación que el rey Limhi hizo a su pueblo y la forma en que se aplica a nosotros. Él dijo: “Por tanto, levantad vuestras cabezas y regocijaos, y poned vuestra confianza en Dios”. Con esas palabras, Limhi invitó a su pueblo a mirar hacia el futuro con el ojo de la fe; a remplazar sus temores con el optimismo de la esperanza que nace de la fe; y a no dudar en depositar su confianza en Dios independientemente de las circunstancias.

La vida terrenal es un período en el que seremos probados para ver si haremos todas las cosas que el Señor nuestro Dios nos mande3. Ello requerirá una fe inquebrantable en Cristo, incluso en momentos de gran dificultad. Requerirá que sigamos adelante con una fe firme en Cristo, guiados por el Espíritu y confiando que Dios proveerá para nuestras necesidades4.

Hacia el final de Su ministerio terrenal, justo antes de que se le tomara prisionero, el Salvador enseñó a Sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”5.

Mediten conmigo un momento: Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre, vivió una vida sin pecado y venció todas las tentaciones, dolores, desafíos y aflicciones del mundo. Derramó gotas de sangre en Getsemaní; padeció un terrible dolor que es imposible describir; tomó sobre Sí todos nuestros dolores y enfermedades. Él está presto para ayudar —a cada uno de nosotros— con todas nuestras cargas. Por medio de Su vida, sufrimiento, muerte y resurrección, eliminó todo impedimento a que nos regocijemos y hallemos paz en esta tierra. Los beneficios de Su sacrificio expiatorio se extienden a todos los que lo acepten y se nieguen a sí mismos, así como a los que tomen Su cruz y lo sigan como Sus verdaderos discípulos6. Por tanto, a medida que ejerzamos fe en Jesucristo y en Su expiación, seremos fortalecidos, nuestras cargas serán aligeradas, y por medio de Él venceremos al mundo. Seguir leyendo

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Nuestro Buen Pastor

Conferencia General Abril 2017
Nuestro Buen Pastor
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Jesucristo, nuestro Buen Pastor, siente gozo al ver que Sus ovejas enfermas progresan hacia la sanación.

Podemos hacernos una idea del carácter de nuestro Padre Celestial cuando reconocemos la inmensa compasión que tiene por los pecadores y apreciamos la distinción que hace entre el pecado y los que pecan. Esta idea nos ayuda a tener un “[entendimiento más] correcto de Su carácter, perfecciones y atributos”1, y es fundamental para ejercer la fe en Él y en Su Hijo, Jesucristo. La compasión del Salvador ante nuestras imperfecciones nos acerca a Él y nos motiva en nuestros repetidos intentos por arrepentirnos y emularlo. A medida que llegamos a ser más como Él, aprendemos a tratar a los demás como Él lo hace, sin que importe ninguna característica o comportamiento externos.

El efecto de distinguir entre las características externas de una persona y la persona en sí es la esencia de la novela Los miserables, del escritor francés Víctor Hugo2. Al comienzo de la novela, el narrador nos presenta a Bienvenue Myriel, obispo de Digne, y analiza el dilema que enfrenta. ¿Debe visitar a un hombre que es un ateo confeso y que es despreciado en la comunidad a causa de su pasado durante la Revolución francesa?3

El narrador declara que, naturalmente, el obispo podría sentir una profunda aversión hacia ese hombre, pero entonces formula una pregunta sencilla: “Igualmente, ¿la costra de las ovejas hará que el pastor retroceda?”4. Respondiendo por el obispo, el narrador da una respuesta definitiva, “No”; y luego añade un comentario cómico: “¡Pero qué oveja!”5

En ese pasaje, Hugo compara la “iniquidad” del hombre con una enfermedad cutánea de las ovejas, y al obispo con un pastor que no retrocede cuando tiene ante sí a una oveja enferma. El obispo muestra empatía y más adelante en el libro demuestra una compasión similar por otro hombre, el protagonista de la novela, Jean Valjean, un expresidiario degradado. La misericordia y la empatía del obispo motivan a Jean Valjean a cambiar el curso de su vida.

Dado que Dios utiliza en las Escrituras la enfermedad como una metáfora del pecado, cabe preguntarse: “¿Cómo reacciona Jesucristo cuando afronta nuestras enfermedades metafóricas: nuestros pecados?”. Después de todo, el Salvador dijo que Él “no [puede] considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”6; entonces, ¿cómo es capaz de mirarnos, imperfectos como somos, sin retroceder horrorizado e indignado?

La respuesta es clara y sencilla. Como es el Buen Pastor7, Jesucristo ve la enfermedad de Sus ovejas como una dolencia que necesita tratamiento, atención y compasión. Este pastor, nuestro Buen Pastor, siente gozo al ver que Sus ovejas enfermas progresan hacia la sanación.

El Salvador predijo que “como pastor [apacentaría] su rebaño”8, “[buscaría] a la oveja perdida… [haría] volver a la descarriada… [vendaría] a la perniquebrada y [fortalecería] a la débil”9. Si bien se representó al Israel apóstata como consumido por “heridas, y moretones y llagas”10 pecaminosas, el Salvador alentó, exhortó y prometió la curación11.

En verdad, el ministerio terrenal del Salvador se caracterizó por el amor, la compasión y la empatía. Él no recorrió con desprecio los caminos polvorientos de Galilea y Judea, sobresaltándose ante los pecadores, ni los evitó con vil horror. No; Él comió con ellos12. Les ayudó, los bendijo, los elevó y edificó, y reemplazó el temor y la desesperación con esperanza y gozo. Como el verdadero pastor que es, Él nos busca y nos encuentra para brindarnos alivio y esperanza13. Comprender Su compasión y amor nos ayuda a ejercer fe en Él, arrepentirnos y ser sanados.

El Evangelio de Juan registra el efecto que la empatía del Salvador tiene en una pecadora. Los escribas y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio. Los acusadores insinuaban que había que apedrearla, en cumplimiento de la ley de Moisés. Jesús, en respuesta a sus preguntas insistentes, les dijo finalmente: “El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”.

Los acusadores se fueron “y quedaron solo Jesús y la mujer, que estaba en medio.

“Y… no viendo [Jesús] a nadie más que a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?

“Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”14.

Ciertamente, el Salvador no aprobó el adulterio, pero tampoco condenó a la mujer, sino que la animó a reformar su vida. Ella se animó a cambiar gracias a la compasión y la misericordia de Él. La Traducción de José Smith de la Biblia da fe de su discipulado consiguiente: “Y la mujer glorificó a Dios desde aquella hora, y creyó en su nombre”15.

Si bien Dios es empático, no debemos creer erróneamente que acepta el pecado ni que está abierto a considerarlo, porque no lo está. El Salvador vino a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y, lo que es importante, no nos salvará en nuestros pecados16. Zeezrom, un hábil interrogador, intentó una vez que Amulek cayera en su trampa al preguntarle: “¿Salvará [el Mesías futuro] a su pueblo en sus pecados? Y Amulek contestó y le dijo: Te digo que no, porque le es imposible negar su palabra… no puede salvarlos en sus pecados”17. Amulek declaró la verdad fundamental de que para poder ser salvos de nuestros pecados, debemos cumplir con “las condiciones del arrepentimiento”, las cuales liberan el poder del Redentor para salvar nuestra alma18. Seguir leyendo

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El glorioso plan de nuestro Padre

Conferencia General Abril 2017
El glorioso plan de nuestro Padre
Por el élder Weatherford T. Clayton
De los Setenta

Gracias al santo plan de Dios, sabemos que el nacimiento y la muerte realmente constituyen momentos significativos en nuestro viaje hacia la vida eterna con nuestro Padre Celestial1.

En los inicios de mi formación como médico, tuve el privilegio de ayudar a una joven madre a dar a luz a su primer hijo. Ella estaba tranquila, centrada y feliz. Cuando nació el bebé, le entregué a la madre su preciado recién nacido. Con lágrimas de felicidad que le rodaban por las mejillas, ella tomó en sus brazos a ese bebé recién nacido y lo examinó de pies a cabeza. Lo estrechó y acarició como solo una madre puede hacerlo. Para mí fue un privilegio estar en esa habitación con ella.

De ese modo comenzó la vida para todos nosotros. Sin embargo, ¿fue nuestro nacimiento realmente el comienzo? El mundo considera el nacimiento y la muerte como el principio y el fin. Sin embargo, nosotros sabemos, gracias al santo plan de Dios, que el nacimiento y la muerte realmente constituyen momentos significativos en nuestro viaje hacia la vida eterna con nuestro Padre Celestial1. Son componentes esenciales del plan de nuestro Padre; son momentos sagrados en los que el cielo entra en contacto con la mortalidad. Hoy, al reflexionar en lo que aprendí al observar nacimientos y muertes a lo largo de los años de practicar la medicina y de servir en la Iglesia, deseo testificar del glorioso plan de nuestro Padre.

“Antes de nacer, vivíamos con Dios, el Padre de nuestros espíritus. Todas las personas de la tierra [somos] literalmente hermanos y hermanas de la familia de Dios”2, y cada uno de nosotros es valioso para Él. Vivimos con Él millones de años antes de nuestro nacimiento terrenal, aprendiendo, eligiendo y preparándonos.

Debido a que el Padre Celestial nos ama, desea que tengamos el don más grande que Él puede dar: el don de la vida eterna3. Él no podía darnos ese don sin más; para recibirlo, teníamos que elegirlo a Él y Sus caminos. Para ello, era necesario que saliéramos de Su presencia y emprendiéramos un maravilloso y desafiante viaje de fe, crecimiento y desarrollo. El viaje que el Padre preparó para nosotros se llama el Plan de Salvación o el plan de felicidad4.

En un gran concilio preterrenal, nuestro Padre nos presentó Su plan5. Cuando lo entendimos, nos sentimos tan felices que exclamamos de gozo, y “las estrellas del alba cantaron alabanzas”6.

El plan está edificado sobre tres grandes pilares: los pilares de la eternidad7.

El primer pilar es la Creación de la tierra, el entorno para nuestra trayectoria terrenal8.

El segundo pilar es la Caída de nuestros primeros padres: Adán y Eva. Gracias a la Caída, se nos concedieron algunas cosas maravillosas. Pudimos nacer y recibir un cuerpo físico9. Siempre estaré agradecido a mi madre por traernos a mis hermanos y a mí al mundo, y por enseñarnos la palabra de Dios.

Dios además nos dio el albedrío moral: la capacidad y el privilegio de escoger y actuar por nosotros mismos10. A fin de ayudarnos a escoger bien, el Padre Celestial nos dio mandamientos. Cada día, conforme guardamos Sus mandamientos, mostramos a Dios que lo amamos, y Él bendice nuestras vidas11.

Al saber que no siempre escogeríamos bien —o en otras palabras, que pecaríamos— el Padre nos dio el tercer pilar: el Salvador Jesucristo y Su expiación. Mediante Su sufrimiento, Cristo pagó el precio tanto de la muerte física como del pecado12. Él enseñó: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”13.

Jesucristo vivió una vida perfecta, y siempre guardó los mandamientos de Su Padre. “Él recorrió los caminos de Palestina”, enseñó las verdades de la eternidad, sanó a los enfermos, hizo que los ciegos vieran y levantó a los muertos”14. Él “anduvo haciendo bienes”15 y “alentó a los demás a seguir Su ejemplo”16.

Hacia el final de Su vida terrenal, Él se arrodilló y oró, diciendo:

“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…

“Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían a tierra”17.

Cristo nos ayudó a comprender mejor la magnitud de Su sufrimiento, cuando le dijo al profeta José Smith.

“Yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; Seguir leyendo

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Su mano que guía diariamente

Conferencia General Abril 2017
Su mano que guía diariamente
Por M. Joseph Brough
Segundo Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

El Padre Celestial sabe mejor que nadie lo que ustedes y yo necesitamos.

Uno de los instrumentos más queridos del Padre Celestial para guiar a Sus hijos son los abuelos que viven con rectitud. La madre de mi padre era una de esas mujeres. En una ocasión que tuvo lugar cuando yo era demasiado pequeño para recordar, mi padre me estaba disciplinando. Al observar esa corrección, mi abuela dijo: “Monte, me parece que lo estás corrigiendo de manera muy severa”.

Mi padre respondió: “Mamá, corregiré a mis hijos como yo desee”.

Y mi sabia abuela suavemente declaró: “Y yo también”.

Estoy seguro de que mi padre escuchó la sabia guía de su madre ese día.

Cuando pensamos en guiar, quizá nos venga a la mente el himno que todos conocemos y amamos: “Soy un hijo de Dios”. En el estribillo encontramos las palabras: “Guíenme; enséñenme la senda a seguir”1.

Hasta hace poco, entendía que ese estribillo era dirección divina para los padres. Al meditar sobre esas palabras, me di cuenta de que si bien contienen dicha dirección, tienen un significado mucho mayor. De forma individual, cada uno de nosotros suplica diariamente que el Padre Celestial nos guíe y nos enseñe.

El presidente Dieter F. Uchtdorf explicó: “Nuestro Padre Celestial conoce las necesidades de Sus hijos mejor que nadie; Su obra y Su gloria es ayudarnos en cada paso, dándonos maravillosos recursos temporales y espirituales para ayudarnos en nuestra senda de regreso a Él”2.

Escuchen esas palabras: El Padre Celestial sabe mejor que nadie lo que ustedes y yo necesitamos. Por consiguiente, ha preparado un kit de ayuda personal adaptado a cada uno de nosotros, el cual contiene muchos componentes, entre ellos Su Hijo y la Expiación, el Espíritu Santo, mandamientos, Escrituras, oración, profetas, apóstoles, padres, abuelos, líderes locales del sacerdocio y muchos más, todos ellos para ayudarnos a regresar a vivir con Él algún día.

Permítanme explayarme hoy en solo unos cuantos de los componentes del kit de ayuda que me han hecho reconocer que un Padre amoroso está guiándome y enseñándome a mí y también a mi familia. Ruego que cada uno de ustedes reconozca en sus experiencias que el Padre Celestial está guiando y enseñándoles a ustedes y que, con ese conocimiento, procedan con confianza, sabiendo de que nunca están realmente solos.

Los mandamientos del Padre Celestial son componentes clave del kit de ayuda. Alma declaró“que la maldad nunca fue felicidad”3. El tolerar un comportamiento indebido sin reprender de forma amorosa equivale a una compasión falsa que reafirma la noción popular de que la maldad puede, de hecho, ser felicidad. Samuel el Lamanita refutó claramente dicha noción: “… habéis buscado la felicidad cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa justicia que existe en nuestro gran y Eterno Caudillo”4.

Por medio de Sus profetas, el Padre Celestial nos recuerda constantemente que la rectitud es felicidad. El rey Benjamín, por ejemplo, enseñó que el Padre Celestial “requiere que hagáis lo que os ha mandado; y si lo hacéis, él os bendice inmediatamente”5. Otro himno contiene un recordatorio similar: Seguir leyendo

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Congregar a la familia de Dios

Conferencia General Abril 2017

Congregar a la familia de Dios

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Dios el Padre quiere a Sus hijos de nuevo en casa, en familias y en gloria.

Mis queridos hermanos y hermanas, me regocijo por la oportunidad de estar con ustedes al inicio de esta sesión de la conferencia general. Les extiendo la más cordial bienvenida.

Para los Santos de los Últimos Días, la conferencia general ha sido siempre una ocasión para congregarse. Hace mucho tiempo que hemos excedido la capacidad de congregarnos físicamente en un solo lugar, pero el Señor ha provisto las formas para que las bendiciones de la conferencia general lleguen a ustedes sin importar dónde estén. Aunque es impresionante ver la congregación de santos en el amplio Centro de Conferencias, los que nos paramos ante este púlpito imaginamos siempre los millones de personas que se congregan con nosotros alrededor del mundo para ver y escuchar la conferencia. Muchos de ustedes están congregados con su familia; algunos quizás con amigos u otros miembros de la Iglesia.

Dondequiera que estén, y en cualquier manera que estén escuchando mi voz, por favor sepan que aunque no están con nosotros en persona, sentimos que lo están en espíritu. Esperamos que todos ustedes se sientan uno con nosotros; que sientan el poder espiritual que se recibe cada vez que un grupo de creyentes se congrega en el nombre de Jesucristo.

He sentido la inspiración de hablarles hoy sobre otra clase de congregación; dicha clase no ocurre solo cada seis meses, como la conferencia general. Más bien, ha estado ocurriendo continuamente desde los primeros días de la restauración de la Iglesia, y ha estado apresurándose los últimos años. Me refiero a la congregación de la familia de Dios.

Para describirla, tal vez sea mejor comenzar antes de que naciéramos, antes de lo que la Biblia llama “el principio” (Génesis 1:1). En aquel momento, vivíamos con el Padre Celestial como Sus hijos procreados en espíritu. Esto es cierto sobre toda persona que jamás haya vivido en la tierra.

Verán, los títulos “hermano” y “hermana” no son solo saludos amistosos ni apelativos afectuosos para nosotros. Son la expresión de una verdad eterna: Dios es el Padre literal de todo el género humano; cada uno de nosotros es parte de Su familia eterna. Debido a que Él nos ama con el amor de un Padre perfecto, quiere que progresemos y avancemos y lleguemos a ser semejantes a Él. Él estableció un plan mediante el cual vendríamos a la tierra, en familias, y tendríamos experiencias que nos prepararían para regresar a Él y vivir como Él vive.

El elemento central del plan era la promesa de que Jesucristo se ofrecería a Sí mismo como sacrificio, para rescatarnos del pecado y de la muerte. Nuestra labor en ese plan es aceptar el sacrificio del Salvador mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio. Ustedes y yo aceptamos ese plan. De hecho, nos regocijamos en él, aunque significara que dejásemos la presencia de nuestro Padre y olvidar lo que habíamos vivido allí con Él.

Pero no se nos envió aquí completamente a ciegas. A cada uno de nosotros se nos dio una porción de la luz de Dios, llamada la “Luz de Cristo”, para ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Es por ello que, aun quienes viven con poco o ningún conocimiento del plan del Padre pueden percibir, en el corazón, que ciertas acciones son rectas y morales mientras que otras no lo son.

Nuestro sentido de lo correcto y lo incorrecto parece agudizarse mientras criamos a nuestros hijos. En casi todo padre o madre se halla innato el deseo de enseñar virtudes morales a sus hijos; eso es parte del milagro del plan del Padre Celestial. Él quiere que Sus hijos vengan a la tierra, siguiendo el modelo eterno de familias que existe en el cielo. Las familias son la unidad de organización básica de los reinos eternos, y por tanto Él desea que estas también sean la unidad básica en la tierra. Aunque las familias terrenales están lejos de ser perfectas, brindan a los hijos de Dios la mejor oportunidad de ser acogidos en el mundo con el único amor de la tierra que se acerca a lo que sentimos en el cielo: el amor de los padres. Las familias son también el mejor modo de conservar y transmitir las virtudes morales y los principios verdaderos que tienen la mayor posibilidad de conducirnos de vuelta a la presencia de Dios.

Solo una pequeña minoría de los hijos de Dios obtienen, en esta vida, una total comprensión del plan de Dios, junto con el acceso a las ordenanzas del sacerdocio y los convenios que hacen que el poder expiatorio del Salvador tenga pleno vigor en nuestra vida. Incluso quienes tienen los mejores padres pueden vivir fielmente de acuerdo con la luz que tienen, aunque nunca hayan oído de Jesucristo y Su expiación ni se los haya invitado a bautizarse en Su nombre. Así ha sucedido con innumerables millones de nuestros hermanos y hermanas a lo largo de la historia del mundo.

Algunas personas podrían considerarlo injusto; incluso podrían considerarlo una evidencia de que no hay ningún plan, ni requisitos específicos para la salvación, al pensar que un Dios justo y amoroso no crearía un plan que esté a disposición de una proporción tan pequeña de Sus hijos. Otras personas podrían concluir que Dios debe haber determinado de antemano a cuáles de Sus hijos salvaría y haberles hecho llegar el Evangelio, mientras que quienes jamás escucharon el Evangelio sencillamente no fueron “escogidos”.

Pero ustedes y yo sabemos, debido a las verdades restauradas mediante el profeta José Smith, que el plan de Dios es mucho más amoroso y justo. Nuestro Padre Celestial está ansioso por congregar y bendecir a toda Su familia. Aunque sabe que no todos ellos escogerán ser congregados, Su plan da la oportunidad a cada uno de Sus hijos de aceptar o rechazar Su invitación; y las familias son esenciales en el plan.

Hace siglos, el profeta Malaquías dijo que en un día venidero, Dios enviaría a Elías el Profeta para hacer “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (Malaquías 4:6). Seguir leyendo

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Mi paz os dejo

Conferencia General Abril 2017
“Mi paz os dejo”
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El Señor prometió paz a Sus discípulos cuando los iba a dejar. Nos ha dado a nosotros la misma promesa.

Mis queridas hermanas, esta noche hemos sido bendecidos por el Espíritu de Dios. Los inspirados mensajes de las poderosas líderes, así como la música, han fortalecido nuestra fe y aumentado nuestro deseo de guardar los convenios sagrados que hemos hecho con nuestro amoroso Padre Celestial. Hemos sentido crecer nuestro amor por el Señor Jesucristo y nuestro agradecimiento por el maravilloso don de Su sacrificio expiatorio.

Mi mensaje hoy es sencillo: Todos hemos sentido paz esta tarde. A todos nos gustaría sentir esa paz a menudo en nuestro interior, en nuestras familias y con la gente a nuestro alrededor.El Señor prometió paz a Sus discípulos cuando los iba a dejar. Nos ha dado a nosotros la misma promesa; pero Él dijo que daría paz a Su manera, no a la manera del mundo. Él describió Su manera de enviar paz:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:26–27).

Los hijos de Mosíah necesitaban ese don de paz cuando embarcaron en su misión a los lamanitas. Con más de una leve inquietud al percibir la enormidad de su tarea, oraron para pedir tranquilidad. “Y sucedió que el Señor los visitó con su Espíritu, y les dijo: Sed consolados; y fueron consolados” (Alma 17:10; véase también Alma 26:27).

En ocasiones, desearán paz al enfrentarse a incertidumbres y a lo que les pudieran parecer desafíos inminentes. Los hijos de Mosíah aprendieron la lección que el Señor enseñó a Moroni. Es una guía para todos nosotros: “… si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27)..

Moroni dijo: “… habiendo oído estas palabras, me consolé” (Éter 12:29). Pueden ser un consuelo para todos nosotros. Aquellos que no ven sus debilidades, no progresan. El reconocer sus debilidades es una bendición, ya que las ayuda a permanecer humildes y las hace acudir al Salvador. El Espíritu no solo nos consuela, sino que también es el agente por la cual la Expiación obra un cambio en nuestra propia naturaleza. Entonces las cosas débiles se hacen fuertes.

A veces Satanás presentará desafíos a su fe; eso sucede a todos los discípulos de Jesucristo. Su defensa contra esos ataques es mantener al Espíritu Santo como su compañero. Él Espíritu hablará paz a su alma; Él las impulsará a avanzar con fe, Y Él les devolverá el recuerdo de los momentos en que sintieron la luz y el amor de Jesucristo.

Recordar puede ser uno de los dones más preciados que el Espíritu puede darles.Él les “recordará todo lo que [el Señor] os [ha] dicho” (John 14:26). El recuerdo puede ser el de una oración contestada, una ordenanza del sacerdocio, una confirmación de su testimonio, o de un momento en que vieron la mano guiadora de Dios en su vida. Tal vez en un día futuro cuando necesiten fuerza, el Espíritu les traiga a la memoria los sentimientos que están teniendo durante esta reunión. Ruego que así sea.

Un recuerdo que el Espíritu a menudo me trae a la mente es el de una reunión sacramental celebrada al atardecer en un cobertizo de metal en Innsbruck, Austria, hace muchos años. El cobertizo estaba debajo de una vías de ferrocarril. Solo había una docena de personas presentes, sentadas en sillas de madera. La mayoría eran mujeres, unas más jóvenes y otras mayores. Vi lágrimas de gratitud cuando se repartió la Santa Cena entre esa pequeña congregación. Sentí el amor del Salvador por aquellos santos, y ellos también lo sintieron.Sin embargo, el milagro que recuerdo con mayor claridad fue la luz que parecía llenar aquel ese cobertizo de metal, trayendo consigo un sentimiento de paz.Era de noche y no había ventanas, y aun así la habitación estaba iluminada como si fuera por el sol del mediodía. Seguir leyendo

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Ciertas mujeres

Conferencia General Abril 2017
Ciertas mujeres
Por Linda K. Burton
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Las mujeres ciertas se centran en el Salvador Jesucristo y tienen esperanza mediante la promesa de Su sacrificio expiatorio.

Mis amadas hermanas, cuánto las amamos y agradecemos su compasiva y entusiasta respuesta a la invitación de la Primera Presidencia y a la campaña #fuiforastero. Sigan orando, escuchando los susurros del Espíritu y actuando de conformidad con las impresiones que reciban.

Ya sea que viaje localmente o alrededor del mundo, es común que me pregunten: “¿Se acuerda de mí?”. Debido a que soy penosamente imperfecta, debo admitir que a menudo no puedo recordar nombres. Sin embargo, sí recuerdo el amor tan real que el Padre Celestial me ha permitido sentir al conocer a Sus queridos hijos e hijas.

Hace poco tuve la oportunidad de visitar a algunas amadas mujeres que están en la prisión. Cuando nos despedimos con profunda sinceridad, una querida mujer suplicó: “Hermana Burton, por favor no nos olvide”. Espero que ella y otras que deseen que se les recuerde sientan que así es mientras comparto algunos pensamientos con ustedes.

Ciertas mujeres de la época del Salvador: Centradas en el Salvador Jesucristo

Nuestras hermanas a través de todos los tiempos han demostrado el fiel modelo de discipulado que nosotras también nos esforzamos por conseguir. “El Nuevo Testamento contiene relatos sobre [ciertas] mujeres, cuyos nombres no siempre se mencionan, que ejercieron fe en Jesucristo [y Su expiación], aprendieron y vivieron Sus enseñanzas y testificaron de Su ministerio, Sus milagros y Su majestuosidad. Tales mujeres llegaron a ser discípulas ejemplares e importantes testigos en la obra de salvación”1.

Ciertas mujeres

Consideren estos relatos en el libro de Lucas. El primero, durante el ministerio del Salvador:

“Y aconteció… que Jesús caminaba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él,

“y [ciertas] mujeres… María, que se llamaba Magdalena… y Juana… y Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes”2.

El siguiente, después de Su resurrección:

“y ciertas mujeres… que fueron temprano al sepulcro;

“… como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que… habían visto visión de ángeles, quienes les dijeron que él vive”3.

He leído estos relatos de “ciertas mujeres” muchas veces antes, pero hace poco al reparar en ello más atentamente, esas palabras parecían saltar de la página. Al meditar esos relatos con mayor detenimiento, ha sido evidente para mí que esas mujeres son mujeres ciertas, en el sentido de que son mujeres convencidas, seguras, confiadas, firmes, inequívocas y fiables4.

Cuando reflexioné sobre esas potentes palabras descriptivas, recordé a dos de esas ciertas mujeres que dieron testimonios seguros, confiados y firmes del Salvador. Aun cuando ellas, como nosotras, fueron mujeres imperfectas, sus testimonios son inspiradores.

¿Recuerdan a esa mujer anónima junto al pozo que invitó a los demás a venir y ver lo que había aprendido del Salvador? Dio un testimonio con plena certeza en la forma de una pregunta: “¿No será este el Cristo?”5. Su testimonio e invitación fueron tan persuasivos que “muchos… creyeron en él”6.

Marta da su testimonio del Salvador.

Tras la muerte de su hermano Lázaro, Marta, la amada discípula y amiga del Señor, declaró, con lo que debió haber sido gran emoción: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Consideren su certeza cuando continuó: “mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará”. Y siguió dando testimonio: “… yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”7. Seguir leyendo

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La hermosura de la santidad

Conferencia General Abril 2017
La hermosura de la santidad
Por Carol F. McConkie
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado todo lo que se requiere para que podamos llegar a ser santos como Él es santo.

Queridas hermanas, mientras me estaba preparando para esta reunión, mi corazón se ha volcado hacia las muchas hermanas fieles que he conocido, tanto lejos como cerca. Para mí, se les describe de la mejor manera en un salmo de agradecimiento del rey David: “Tributad a Jehová la gloria debida a su nombre; traed ofrenda y venid delante de él; postraos delante de Jehová en la hermosura de la santidad”1.

Veo la hermosura de la santidad en las hermanas cuyo corazón se centra en todo lo que es bueno, que desean llegar a ser más como el Salvador. Ofrecen toda su alma, corazón, mente y fuerza al Señor en la forma en que viven cada día2. La santidad proviene del esfuerzo y la lucha por guardar los mandamientos y honrar los convenios que hemos hecho con Dios; la santidad es tomar decisiones que mantendrán al Espíritu Santo como nuestro guía3; la santidad es dejar de lado nuestras tendencias naturales y llegar a ser santo por medio de la expiación de Cristo nuestro Señor4. “Todo momento de [nuestra] vida debe ser de santidad al Señor”5.

El Dios de los cielos mandó a los hijos de Israel: “Porque yo soy Jehová, vuestro Dios; vosotros, por tanto, os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo. Así que no contaminéis vuestras personas”6.

El élder D. Todd Christofferson ha enseñado: “Nuestro Padre Celestial es un Dios de altas expectativas… Él se propone hacernos santos para que podamos ‘soportar una gloria celestial’ (D. y C. 88:22) y ‘morar en su presencia’ (Moisés 6:57)”7. Lectures on Faith [Discursos sobre la fe] explica: “Ningún ser puede disfrutar Su gloria sin poseer Sus perfecciones y santidad”8. Nuestro Padre Celestial nos conoce; Él nos ama y nos ha proporcionado todo lo que se requiere para que podamos llegar a ser santos como Él es santo.

Somos hijas del Padre Celestial, y cada una de nosotras tiene una herencia divina de santidad. Nuestro Padre Celestial ha declarado: “He aquí, yo soy Dios; Hombre de Santidad es mi nombre”9. En el mundo preterrenal, amábamos a nuestro Padre y lo adorábamos; deseábamos ser como Él. Como resultado de Su perfecto amor paternal, dio a Su Hijo Amado, Jesucristo, para que fuera nuestro Salvador y Redentor. Él es el Hijo del Hombre de Santidad10. Su “nombre es el Santo”,11, “el Santo de Israel”12.

Nuestra esperanza de lograr la santidad se centra en Cristo, en Su misericordia y Su gracia. Con fe en Jesucristo y en Su expiación, podemos llegar a ser limpias, sin mancha, cuando nos abstenemos de toda impiedad13 y nos arrepentimos sinceramente. Somos bautizadas por agua para la remisión de pecados, y nuestra alma se santifica cuando recibimos el Espíritu Santo con un corazón sincero. Cada semana participamos en la ordenanza de la Santa Cena. Con espíritu de arrepentimiento y con un deseo sincero de rectitud, hacemos convenio de que estamos dispuestas a tomar sobre nosotras el nombre de Cristo, recordarle y guardar Sus mandamientos para que siempre podamos tener Su Espíritu con nosotros. Con el paso del tiempo, al esforzarnos a llegar a ser uno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, llegamos a ser partícipes de Su naturaleza divina14.

La santidad es guardar nuestros convenios

Reconocemos la infinidad de pruebas, tentaciones y tribulaciones que pudieran alejarnos de todo lo que es virtuoso y digno de alabanza ante Dios; sin embargo, nuestras experiencias terrenales nos ofrecen la oportunidad de elegir la santidad. La mayoría de las veces son los sacrificios que hacemos para guardar nuestros convenios que nos santifican y hacen que seamos santas.

Evangeline, una mujer joven de Ghana

Vi santidad en el semblante de Evangeline, una joven de trece años de Ghana. Una de las formas en que guarda sus convenios es al magnificar su llamamiento como presidenta de la clase de Abejitas. Con humildad explicó que ella va a la casa de sus amigas, las mujeres jóvenes menos activas, para hablar con sus padres a fin de que les permitan asistir a la Iglesia. Los padres le dicen que es difícil porque los domingos los hijos deben hacer quehaceres domésticos, de modo que Evangeline va y ayuda con los quehaceres, y por medio de sus esfuerzos a sus amigas a menudo se les permite ir a la Iglesia. Seguir leyendo

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Confía en Jehová, y no te apoyes

Conferencia General Abril 2017
Confía en Jehová, y no te apoyes
Por Bonnie H. Cordon
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Podemos centrar nuestras vidas en el Salvador al llegar a conocerlo, y Él dirigirá nuestras veredas.

Mientras viajaba por Asia, una querida hermana se me acercó, me abrazó y preguntó, “¿Realmente cree que este Evangelio es verdadero?”Querida hermana, sé que es verdadero. Confío en el Señor.

En Proverbios3:5–6, leemos este consejo:

“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.

Esta Escritura viene con dos admoniciones, una advertencia y una gloriosa promesa. Las dos admoniciones: “Confía en Jehová con todo tu corazón”, y “Reconócelo en todos tus caminos”. La advertencia: “… no te apoyes en tu propia prudencia”. Y la gloriosa promesa: “… él enderezará tus veredas”.

Hablemos primero de la advertencia. La imagen visual nos da mucho en que reflexionar. La advertencia viene en las palabras “no te apoyes”— “no te apoyes en tu propia prudencia”. La palabra apoyar tiene la connotación de inclinarse físicamente o moverse a un lado. Cuando nos inclinamos físicamente hacia un lado u otro, nos apartamos del centro, nos desequilibramos y nos ladeamos. Cuando nos apoyamos espiritualmente en nuestra propia prudencia, nos inclinamos de tal forma que nos apartamos de nuestro Salvador. Si nos inclinamos, no estamos centradas; no estamos equilibradas; no estamos centradas en Cristo.

Hermanas, recuerden, en nuestra vida premortal, estuvimos con el Salvador; confiamos en Él. Expresamos nuestro apoyo, entusiasmo y alegría por el plan de felicidad que estableció nuestro Padre Celestial. No nos inclinamos; luchamos con nuestros testimonios y “nos unimos a las fuerzas de Dios, y esas fuerzas salieron triunfantes”1. Esa batalla entre el bien y el mal se ha trasladado a la tierra. Una vez más tenemos la sagrada responsabilidad de permanecer como testigos y poner nuestra confianza en el Señor.

Debemos preguntarnos individualmente: ¿Cómo me mantengo centrada y no me apoyo en mi propia prudencia? ¿Cómo puedo reconocer y seguir la voz del Salvador cuando las voces del mundo son tan convincentes? ¿Cómo puedo cultivar confianza en el Salvador?

Permítanme sugerir tres maneras de aumentar nuestro conocimiento y confianza en el Salvador. Se darán cuenta de que esos principios no son nuevos, pero sí son fundamentales. Se cantan en cada Primaria, resuenan en lecciones de las Mujeres Jóvenes, y son respuestas a muchas preguntas de la Sociedad de Socorro. Son principios que sirven para centrarse, y no para inclinarse.

Primero, podemos llegar a conocer al Señor y confiar en Él al “[deleitarnos] en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer”2.

Hace varios meses, estábamos estudiando las Escrituras en familia. Mi nieto de dos años estaba sentado en mi regazo mientras leíamos. Yo disfrutaba de mi papel de abuela, deleitándome en la visita de la familia de mi hijo.

Al terminar nuestro estudio de las Escrituras, cerré mi libro. Mi nieto sabía que pronto sería la hora de acostarse. Alzó la vista con sus ansiosos ojos azules y dijo una verdad eterna: “Más Escrituras, Nana”.

Mi hijo, un padre bueno y constante, me advirtió: “Mamá, no seas ingenua; simplemente no quiere irse a la cama”.

Pero cuando mi nieto pide más Escrituras, ¡leemos más Escrituras! Más Escrituras nos iluminan la mente, nos nutren el espíritu, dan respuesta a nuestras preguntas, aumentan nuestra confianza en el Señor, y nos ayudan a centrar nuestras vidas en Él. “… quisiera que os acordaseis de escudriñarlas diligentemente, para que en esto os beneficiéis”3. Seguir leyendo

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La ley de castidad

La Ley de Castidad

por el presidente Ezra Taft Benson
Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Pravo, Utah
Liahona Octubre 1988


Cuando obedecemos la ley de castidad y nos conservamos moralmente limpios, recibiremos las bendiciones de sentir cada vez más amor y paz y una comprensión más profunda de lo que es el verdadero gozo y felicidad.

En esta dispensación, el Señor ha repetido el mandamiento que dio en el Sinaí cuando dijo: «No cometerás adulterio . . . ni harás ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6; cursiva agregada). Desde el comienzo, el Señor estableció una norma clara e inconfundible con respecto a la pureza sexual, la cual fue, es y será siempre la misma. Esta norma es la ley de castidad, y se aplica a todos por igual, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, ricos y pobres.

En el Libro de Mormón, el profeta Jacob nos dice que el Señor se deleita en la castidad de sus hijos (véase Jacob 2:28). ¿Sabíais esto, mis hermanos y hermanas? El Señor no sólo se siente complacido cuando somos castos, sino que se deleita en ello. Mormón le enseñó lo mismo a su hijo Moroni cuando le escribió diciéndole que la castidad era lo «más caro y precioso que todas las cosas» (Moroni 9:9).

La ley de castidad es un principio que tiene repercusiones eternas. Por lo tanto, no debemos dejarnos influenciar por las muchas voces del mundo, sino que debemos prestar atención a la voz del Señor y entonces tomar la determinación de seguir firmes, sin dudar, por la senda que El nos ha marcado.

El mundo no practica ninguna norma moral y ya ha comenzado a sufrir las consecuencias. Por ejemplo, los oficiales de la salud pública han declarado que si no se descubre la cura para el Síndrome de Inmuno-deficiencia Adquirida (SIDA), llegará a ser una epidemia mundial de tal magnitud que, en comparación, las pestes de viruela, tifoidea y la llamada plaga negra del pasado llegarán a ser insignificantes.

Se está tratando afanosamente de encontrar la manera de curar esta enfermedad, que comenzó entre los homosexuales, y se ha buscado la solución en todas partes menos en las leyes del Señor. Hay muchas instituciones, tanto públicas como privadas, que están tratando de combatir el SIDA; buscan la manera de recaudar más fondos para la investigación; promueven programas de educación e información acerca de la enfermedad; crean proyectos de leyes para evitar que se contagien inocentes; crean programas para brindar tratamiento a los que ya están contaminados. Todos estos son programas importantes y necesarios, y alabamos los esfuerzos que se están haciendo al respecto. Pero, ¿por qué no se oye hablar mucho de volver a fomentar la ley de castidad, de que se tome la determinación de llevar una vida virtuosa y de ser fiel en el matrimonio?

La tentación a la inmoralidad

Reconozco que la mayoría de la gente peca sexualmente con el equívoco intento de llenar las necesidades básicas del ser humano. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos e importantes; todos buscamos la felicidad y el gozo en la vida. Y como Satanás sabe muy bien esto, induce a las personas a la inmoralidad motivándolas a satisfacer las necesidades básicas prometiendo placeres, felicidad y un sentimiento de seguridad y satisfacción personal.

Pero el pecado, inevitablemente, conduce al engaño. Tal como aparece en Proverbios: «Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace» (Proverbios 6:32). Samuel el Lamanita enseñó el mismo principio cuando dijo: «… habéis buscado la dicha cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa . . . justicia» (Helamán 13:38). Por otro lado, Alma dijo en forma más simple: «… la maldad nunca fue felicidad» (Alma 41:10).

No os dejéis engañar por las mentiras de Satanás. El placer de la inmoralidad no perdura; no existe gozo en quebrantar la ley de castidad, sino que, por el contrario, frustración y pesar. Al principio todo parece maravilloso, pero muy pronto el entusiasmo se desvanece y lo sustituyen la vergüenza y los sentimientos de culpa; surge el. temor de que se descubra el pecado; las personas se ven obligadas a ocultar y a mentir. El amor comienza a morir y se despierta la amargura, el enojo, la desconfianza y hasta el odio. Todo esto es el resultado del pecado y la transgresión.

Por otro lado, cuando obedecemos la ley de castidad y nos conservamos moralmente limpios, recibiremos las bendiciones de sentir cada vez más amor y paz, de tener más confianza y respeto por nuestro cónyuge, una entrega mayor del uno para el otro y, por lo tanto, una comprensión más profunda de lo que es el verdadero gozo y felicidad.

No debemos confundirnos pensando que este tipo de pecado no es importante o que las consecuencias que acarrea no son serias.

El Señor estableció una norma clara e inconfundible con respecto a la pureza sexual. Esta norma es la ley de castidad, y se aplica a todos por igual, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, ricos y pobres. Seguir leyendo

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Conferencia General Abril 2017


Sesión general de mujeres
Confía en Jehová, y no te apoyes Bonnie H. Cordon
La hermosura de la santidad Carol F. McConkie
Ciertas mujeres Linda K. Burton
Mi paz os dejo Henry B. Eyring
Sesión del sábado por la mañana
Congregar a la familia de Dios Henry B. Eyring
 Su mano que guía diariamente M. Joseph Brough
El glorioso plan de nuestro Padre Weatherford T. Clayton
Nuestro Buen Pastor Dale G. Renlund
Confiar en Dios firmemente Ulisses Soare
Más y más resplandeciente hasta el día perfecto Mark A. Bragg
Cómo obtener el poder de Jesucristo en nuestra vida Russell M. Nelson
 Sesión del sábado por la Tarde
Llegar a ser un discípulo de nuestro Señor Jesucristo Robert D. Hales
Las canciones que se cantan y las que no se cantan Jeffrey R. Holland
Estar de pie por dentro y del todo dispuestos Garry B. Sabin
El idioma del Evangelio Valeri V. Cordón
Vencer al mundo Neil L. Andersen
Volver y recibir M. Russell Ballard
Sesión General del Sacerdocio
Bondad, caridad y amor Thomas S. Monson
Llamados a la obra David A. Bednar
Preparen la vía Gérald Caussé
El mayor entre vosotros Dieter F. Uchtdorf
Anda conmigo Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la mañana
 El poder del Libro de Mormón  Thomas S. Monson
 Una generación resistente al pecado Joy D. Jones
 No mires a tu alrededor, ¡mira hacia arriba!  Yoon Hwan Choi
 Deja que el Espíritu te enseñe  Ronald A. Rasband
 Haced todo lo que él os diga  L. Whitney Clayton
 La Trinidad y el Plan de Salvación Dallin H. Oaks
 El perfecto amor echa fuera el temor  Dieter F. Uchtdorf
Sesión del domingo por la tarde
 La voz de amonestación D. Todd Christofferson
 A los amigos e investigadores de la Iglesia  Joaquin E. Costa
 Entonces Jesús, mirándole, le amó  S. Mark Palmer
 ¿Cómo te ayuda el Espíritu Santo? Gary E. Stevenson
 Y esta es la vida eterna C. Scott Grow
 Que nuestra luz sea un estandarte a las naciones  Benjamín De Hoyes
 Los fundamentos de fe  Quentin L. Cook
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El justo por la fe vivirá

Abril 2017
El justo por la fe vivirá
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El rabino y el fabricante de jabón

Hay un viejo relato judío sobre un fabricante de jabón que no creía en Dios. Un día, mientras caminaba con un rabino, dijo: “Hay algo que no puedo entender; hemos tenido la religión durante miles de años, pero por dondequiera que uno mira hay maldad, corrupción, deshonestidad, injusticia, dolor, hambre y violencia. Parece que la religión no ha mejorado el mundo en absoluto. Así que le pregunto, ¿de qué sirve?”.

President Uchtdorf and his daughter visiting refugees

El rabino no respondió durante un tiempo, sino que siguió caminando con el fabricante de jabón. Finalmente se acercaron a un parque donde los niños, cubiertos de polvo, jugaban en la tierra.

“Hay algo que no entiendo”, dijo el rabino. “Mire esos niños; hemos tenido jabón por miles de años, y sin embargo esos niños están sucios. ¿De qué sirve el jabón?”.

El fabricante de jabón respondió: “Pero rabino, no es justo culpar al jabón por esos niños sucios; el jabón se tiene que usar antes de que pueda lograr su propósito”.

El rabino sonrió y dijo: “Exactamente”.

¿Cómo viviremos?

El apóstol Pablo, al citar a un profeta del Antiguo Testamento, sintetizó lo que significa ser un creyente cuando escribió: “… el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Tal vez con esa sencilla declaración comprendamos la diferencia que existe entre una religión que es frágil e ineficaz y una que tiene el poder de transformar vidas.

Sin embargo, para entender lo que significa vivir por la fe, debemos entender lo que esta es.

La fe es más que creer; es una completa confianza en Dios, acompañada de acción.

Es más que desear;

Es más que simplemente sentarnos, asentir con la cabeza, y decir que estamos de acuerdo. Cuando decimos “el justo por la fe vivirá”, estamos diciendo que nuestra fe nos guía y nos dirige. Actuamos de una manera que es compatible con nuestra fe, no por un sentido de obediencia irreflexiva, sino por un amor seguro y sincero por nuestro Dios y por la valiosa sabiduría que Él ha revelado a Sus hijos.

La fe debe ir acompañada de acción, de lo contrario, no tiene vida (véase Santiago 2:17); simplemente no es fe; no tiene el poder de cambiar a una sola persona, y mucho menos al mundo.

Los hombres y las mujeres de fe confían en su misericordioso Padre Celestial, incluso en tiempos de incertidumbre, incluso en tiempos de duda y adversidad cuando no pueden ver perfectamente ni entender con claridad.

Los hombres y las mujeres de fe caminan fervientemente por el camino del discipulado y se esfuerzan por seguir el ejemplo de su amado Salvador Jesucristo. La fe nos motiva y, de hecho, nos inspira a inclinar nuestros corazones al cielo y a activamente ayudar, edificar y bendecir a nuestros semejantes.

La religión sin acción es como el jabón que permanece en la caja; puede tener un potencial maravilloso, pero en realidad tiene poco poder para tener algún efecto hasta que cumpla con su propósito. El evangelio restaurado de Jesucristo es un evangelio de acción. La Iglesia de Jesucristo enseña la verdadera religión como un mensaje de esperanza, fe y caridad, incluyendo ayudar a nuestro prójimo de manera espiritual y temporal.

Hace unos meses, mi esposa, Harriet, y yo estábamos en un viaje familiar con algunos de nuestros hijos en el Mediterráneo; visitamos algunos campos de refugiados y nos reunimos con familias de países devastados por la guerra. Esas personas no eran de nuestra fe, pero eran nuestros hermanos y hermanas y necesitaban ayuda urgentemente. Se nos conmovió el corazón cuando experimentamos en carne propia cómo la fe activa de los miembros de nuestra Iglesia brinda ayuda, alivio y esperanza a nuestros semejantes necesitados, sin importar su religión, nacionalidad o educación.

La fe, unida a la acción constante, llena el corazón con bondad, la mente con sabiduría y comprensión, y el alma con paz y amor.

Nuestra fe puede bendecir y ejercer una influencia recta, tanto en los que nos rodean como en nosotros.

Nuestra fe puede llenar el mundo con bondad y paz.

Nuestra fe puede transformar el odio en amor y los enemigos en amigos.

Los justos, pues, viven actuando por fe; viven confiando en Dios y caminando en Sus vías.

Esa es la clase de fe que puede transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Uchtdorf explica que la fe es más que una expresión de creencia. La fe verdadera en el Padre Celestial y en Jesucristo requiere acción, y vivir por fe tiene el poder de transformar vidas y hogares. Podría invitar a las personas que enseña a que compartan momentos en los que hayan visto las bendiciones y el poder de vivir por fe, ya sea de ejemplos personales o de haber observado a otras personas. Anímelos a orar para pedir orientación para saber cómo vivir mejor el Evangelio.

Jóvenes
Prestar servicio a los demás con fe

boys with shovels
El presidente Uchtdorf nos dice que nuestra fe en Dios debe ir “acompañada de acción”. Él nos explica que cuando nuestra fe está “unida a la acción constante, llena… el alma con paz y amor”. Con la promesa de esa bendición, podemos marcar una diferencia, y podemos lograrlo si nos damos tiempo para prestar servicio lleno de fe. Cada mañana, puedes orar para pedirle al Señor que te ayude para servir a los demás. Por ejemplo, pídele que te muestre cuando uno de tus hermanos necesite ayuda con alguna tarea, o cuando un amigo necesite una palabra de ánimo. Después, cuando recibas una impresión, ¡actúa de acuerdo con dicha impresión! Si conviertes esas oraciones y ese servicio en un hábito, entonces la acción fiel y constante será una bendición en tu vida y en la vida de los demás. El presidente Uchtdorf promete que puedes “transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo”.

Niños
Confianza

(haz clic para ampliar la imagen)

Intenta hacer esta actividad con un amigo. Tendrás que confiar y seguir sus instrucciones cuidadosamente.

Con una pluma o un lápiz en la mano, cierra los ojos. Deja que tu amigo te diga dónde dibujar los ojos, la nariz, la boca y el cabello en esta cara. Después puedes abrir los ojos. ¿Lo hiciste bien? Puedes colorear la cara y dibujar otra para volver a jugar.

A veces es difícil seguir instrucciones, pero cuando tratamos de seguir al Padre Celestial y escuchamos al Espíritu Santo, Él nos ayudará. Siempre podemos confiar en Él.

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El juramento y el convenio del sacerdocio

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

El juramento y el convenio del sacerdocio

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Kansas City Missouri Temple

Cuanto más nosotras, las hermanas, entendamos que el juramento y el convenio del sacerdocio se aplican a nosotras personalmente, más abrazaremos las bendiciones y las promesas del sacerdocio.

El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Todos los que han hecho convenios sagrados con el Señor y que honran dichos convenios son dignos de recibir revelación personal, de ser bendecidos con el ministerio de ángeles, de comunicarse con Dios, de recibir la plenitud del Evangelio y, finalmente, de llegar a ser herederos junto con Jesucristo de todo lo que nuestro Padre tiene”1.

Las bendiciones y promesas del juramento y el convenio del sacerdocio se relacionan con los hombres así como con las mujeres. La hermana Sheri L. Dew, ex consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, dijo: “… la plenitud del sacerdocio comprendida en las ordenanzas más sublimes de la casa del Señor solo las pueden recibir juntos un hombre y una mujer”2.

La hermana Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, ha emitido este llamado: “Los insto a que… memoricen el juramento y convenio del sacerdocio, que se encuentra en Doctrina y Convenios 84:33–44. Si lo hacen, les prometo que el Espíritu Santo expandirá su comprensión del sacerdocio y los inspirará y elevará de formas maravillosas”3.

Las instrucciones que José Smith dio a la Sociedad de Socorro tenían como fin preparar a las mujeres para “tomar posesión de los privilegios, las bendiciones y los dones del sacerdocio”. Eso se lograría mediante las ordenanzas del templo.

“Las ordenanzas del templo [son] ordenanzas del sacerdocio, pero estas [no] confieren oficios eclesiásticos a los hombres o a las mujeres. [Estas ordenanzas cumplen] la promesa del Señor de que Su pueblo —mujeres y hombres— serían ‘investidos con poder de lo alto’ [D. y C. 38:32]”4.

Escrituras e información adicionales

Doctrina y Convenios 84:19–40; 121:45–46;

Relief Society seal

Considere lo siguiente

¿Qué puede hacer usted para comprender más plenamente las bendiciones prometidas del juramento y el convenio del sacerdocio y acceder a ellas?

Notas

1. M. Russell Ballard, “Los hombres y las mujeres, y el poder del sacerdocio”, Liahona, septiembre de 2014, pág. 36.
2. Sheri L. Dew, en Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro, 2011, pág. 142.
3. Linda K. Burton, “El poder del sacerdocio — Al alcance de todos”, Liahona, junio de 2014, págs. 21–22.
4. Gospel Topics, “Joseph Smith’s Teachings about Priesthood, Temple, and Women”, topics.lds.org.

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La expiación del Salvador: El cimiento del verdadero cristianismo

Abril 2017
La expiación del Salvador: El cimiento del verdadero cristianismo
Por el élder Robert D. Hales
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “La Expiación”, pronunciado durante el seminario para nuevos presidentes de misión en el Centro de Capacitación Misional de Provo, el 24 de junio de 2008.

Todos resucitaremos y llegaremos a ser inmortales gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo.

Savior in Gethsemane painting

Al profeta José Smith (1805–1844) se le hizo la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?”. Él respondió: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”1.

Deseo testificar sobre la declaración del profeta José. El núcleo de todo lo que creemos es nuestro Salvador y Su sacrificio expiatorio: “la condescendencia de Dios” (1 Nefi 11:16) mediante la cual el Padre envió a Su Hijo a la tierra para llevar a cabo la Expiación. El propósito central de la vida de Jesús era finalizar el sacrificio expiatorio. La Expiación es la base del verdadero cristianismo.

¿Por qué es la expiación del Salvador el principio central del Evangelio en la Iglesia y en nuestra vida?

Artículos de Fe 1:3

El tercer Artículo de Fe dice: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”.

“Salvarse” en este contexto se refiere a alcanzar el más alto grado de gloria en el reino celestial. La resurrección se concede a todos los que vienen a la tierra, pero para recibir la vida eterna, todas las bendiciones del progreso eterno, cada persona debe obedecer las leyes, recibir las ordenanzas y hacer los convenios del Evangelio.

¿Por qué Jesucristo, y solo Él, podía expiar los pecados del mundo? Él reunía todos los requisitos.

Dios lo amaba y confiaba en Él

Jesús nació de Padres Celestiales en un mundo premortal; fue el Primogénito de nuestro Padre Celestial; fue escogido desde el principio; fue obediente a la voluntad de Su Padre. Las Escrituras a menudo hablan del gozo que el Padre tiene en Su Hijo.

En Mateo leemos: “… y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3:17).

Lucas registra: “Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo Amado; a él oíd” (Lucas 9:35).

Y en el templo, en la tierra de Abundancia, tras la resurrección del Salvador, el pueblo oyó la voz del Padre: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco” (3 Nefi 11:7).

Me conmueve en particular cuando leo que, mientras Jesús se encontraba sufriendo en el Jardín de Getsemaní, el Padre, a causa de Su gran amor y compasión por Su Hijo Unigénito, envió a un ángel para que lo consolara y lo fortaleciera (véase Lucas 22:43).

Jesús utilizó Su albedrío para obedecer

Christ before the crowd

Jesús tuvo que dar Su vida por nosotros por Su propia voluntad.

En el gran concilio de los cielos, Lucifer, “el hijo de la mañana” (Isaías 14:12; D. y C. 76:26–27), dijo:

“Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2; véase también Abraham 3:27).

Debido al gran amor que el Hijo tiene por Su Padre y por cada uno de nosotros, Él dijo: “… envíame a mí”. Cuando Jesús dijo “envíame a mí”, Él utilizó Su albedrío.

“… así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas…

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

“Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:15, 17–18).

Si el Salvador lo hubiese deseado, legiones de ángeles podrían haberlo llevado de la cruz directamente a Su Padre. No obstante, Él utilizó Su albedrío para sacrificarse por nosotros, para finalizar Su misión en la tierra, y para perseverar hasta el fin, llevando a cabo así el sacrificio expiatorio.

Jesús quiso venir a la tierra, y reunía los requisitos para hacerlo, y cuando vino, dijo: “… he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

Jesús fue preordenado

Pedro enseñó que Jesús fue “ordenado desde antes de la fundación del mundo” (véase 1 Pedro 1:19–21).

Los profetas de todas las dispensaciones predijeron la venida de Jesucristo y cuál sería Su misión. Por su gran fe, a Enoc se le mostró una maravillosa visión del nacimiento, de la muerte, la ascensión y la segunda venida del Salvador:

“Y he aquí, Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre en la carne; y se regocijó su alma, y dijo: El Justo es levantado, y muerto es el Cordero desde la fundación del mundo…

“Y dijo el Señor a Enoc: Mira; y mirando, vio que el Hijo del Hombre era levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres;

“y oyó una fuerte voz; y fueron cubiertos los cielos; y todas las creaciones de Dios lloraron; y la tierra gimió; y se hicieron pedazos los peñascos; y se levantaron los santos y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria…

“Y Enoc vio al Hijo del Hombre ascender al Padre…

“Y aconteció que Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre, en los últimos días, para morar en rectitud sobre la tierra por el espacio de mil años” (Moisés 7:47, 55–56, 59, 65).

Aproximadamente 75 años antes del nacimiento de Cristo, Amulek testificó: “He aquí, os digo que yo sé que Cristo vendrá entre los hijos de los hombres para tomar sobre sí las transgresiones de su pueblo, y que expiará los pecados del mundo, porque el Señor Dios lo ha dicho” (Alma 34:8).

Jesús poseía aptitudes únicas

Mary at the tomb

Solo Jesucristo podía llevar a cabo el sacrificio expiatorio por haber nacido de una madre mortal, María, y haber recibido el poder de vida de Su Padre (véase Juan 5:26). Debido a ese poder de vida, Él venció la muerte, se hizo nulo el poder del sepulcro, y Él se convirtió en nuestro Salvador y Mediador y el Maestro de la Resurrección, que constituyen los medios por los cuales se nos conceden a todos la salvación y la inmortalidad. Todos resucitaremos y llegaremos a ser inmortales gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo.

De Su propia voluntad, Jesús expió el pecado original

El segundo Artículo de Fe declara: “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán”.

Mediante el uso de nuestro albedrío, elegimos ejercitar nuestra fe. Si somos diligentes, podemos arrepentirnos; sin la Expiación, no podemos hacerlo.

En Moisés se nos enseña: “De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado la transgresión original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque estos son limpios desde la fundación del mundo” (Moisés 6:54).

En 2 Nefi se nos da una grandiosa enseñanza:

“Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor.

“Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás” (2 Nefi 9:6–7).

Jesús fue el único Ser perfecto

En Doctrina y Convenios, el Salvador dice: “Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado” (D. y C. 45:4).

Jesús fue el único Ser humano que fue perfecto, sin pecado. En el Antiguo Testamento, sacrificio significaba un sacrificio de sangre que señalaba el sacrificio futuro de nuestro Señor y Redentor en la cruz para cumplir con el sacrificio expiatorio. Cuando en los templos antiguos se llevaban a cabo sacrificios de sangre, los sacerdotes sacrificaban un cordero sin defecto, perfecto en todo sentido. En las Escrituras con frecuencia se hace referencia al Salvador como “el Cordero de Dios” debido a Su pureza (véanse, por ejemplo, Juan 1:29, 36; 1 Nefi 12:6; 14:10; D. y C. 88:106)).

Pedro enseñó que somos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).

Jesús quitó los pecados del mundo

Los siguientes versículos aclaran que por medio de Su expiación, el Salvador pagó el precio de nuestros pecados:

“Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas, nos hemos apartado, cada cual por su propio camino; y el Señor ha puesto sobre él las iniquidades de todos nosotros” (Mosíah 14:6).

“Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros…

“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida.

“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio del Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación…

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:8, 10–11, 19).

“… para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

“Mas Dios no cesa de ser Dios, y la misericordia reclama al que se arrepiente; y la misericordia viene a causa de la expiación; y la expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos; y la resurrección de los muertos lleva a los hombres de regreso a la presencia de Dios; y así son restaurados a su presencia, para ser juzgados según sus obras, de acuerdo con la ley y la justicia…

“Y de este modo realiza Dios sus grandes y eternos propósitos, que fueron preparados desde la fundación del mundo. Y así se realiza la salvación y la redención de los hombres, y también su destrucción y miseria” (Alma 42:23, 26).

Jesús perseveró hasta el fin

Christ on the cross

Jesús soportó las pruebas, el sufrimiento, el sacrificio y las tribulaciones de Getsemaní, así como la angustia del Gólgota en la cruz. Entonces, finalmente, pudo decir: “¡Consumado es!” (Juan 19:30). Él había llevado a cabo Su obra en la mortalidad y había perseverado hasta el fin, finalizando así el sacrificio expiatorio.

En el jardín, Él dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

En Doctrina y Convenios se nos enseña:

“… padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:18–19).

Jesús le dijo a Su Padre: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).

Después, sobre la cruz, “cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30).

Jesús vino a la tierra, mantuvo Su divinidad a fin de poder realizar el sacrificio expiatorio, y perseveró hasta el fin.

Recordémoslo mediante la Santa Cena

Hoy día recordamos el sacrificio expiatorio del Salvador con los emblemas del pan y del agua —símbolos de Su cuerpo y Su sangre— tal como se instituyeron durante la última cena del Señor con Sus apóstoles.

“Entonces tomó el pan, y habiendo dado gracias, lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.

“Asimismo, tomó también la copa, después que hubo cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:19–20).

En Juan 11:25–26 leemos:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”.

También leemos: “Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:51).

“La vida del mundo” significa la vida eterna.

Todas las semanas debemos prepararnos nosotros y preparar a nuestras familias a fin de ser dignos de participar de la Santa Cena y renovar nuestros convenios con corazones arrepentidos.

El Padre y el Hijo nos aman

Resurrected Christ

El Padre envió a Su Hijo a la tierra —la condescendencia— para permitirle ser crucificado y pasar por todo lo que tenía que pasar. En Juan leemos:

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis y le habéis visto” (Juan 14:6–7).

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Propiciación significa reconciliación o pacificación.

Conclusión

Todo el que viene a la tierra y recibe un cuerpo terrenal será resucitado, pero tenemos que esforzarnos para recibir la bendición de la exaltación mediante nuestra fidelidad, nuestro albedrío, nuestra obediencia y nuestro arrepentimiento. La misericordia se ejecutará con justicia, dando lugar al arrepentimiento.

Debido a que hemos escogido seguir y aceptar a Jesucristo como nuestro Redentor, tomamos Su nombre sobre nosotros durante el bautismo. Adoptamos la ley de la obediencia y prometemos que siempre lo recordaremos y guardaremos Sus mandamientos. Renovamos nuestros convenios cuando participamos de la Santa Cena.

Al renovarlos, se nos da la promesa de que siempre tendremos Su Espíritu con nosotros. Si permitimos que el Espíritu forme parte de nuestra vida y la dirija, podemos regresar a la presencia del Padre Celestial y de Jesucristo, que es el plan de felicidad: el Plan de Salvación.

Nota

1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 51–52.

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La resurrección de Jesucristo y algunas verdades sobre el cuerpo físico

Abril 2017
La resurrección de Jesucristo y algunas verdades sobre el cuerpo físico
Por David A. Edwards
Revistas de la Iglesia

Mediante Su resurrección, Jesucristo nos enseñó importantes verdades sobre el cuerpo físico.

Resurrected Christ with Thomas

“Jesús… dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30). En ese momento, el espíritu de Jesucristo dejó Su cuerpo; un cuerpo que había soportado padecimientos para que Él pudiese expiar los pecados de todas las personas y socorrerlas de acuerdo con las debilidades de ellas (véase Alma 7:12–13). Aquel cuerpo, ahora un tabernáculo vacío, fue quitado de la cruz, envuelto en una sábana, y finalmente colocado en una tumba. Al tercer día, las mujeres que se dirigían al sepulcro fueron para terminar los preparativos para la sepultura del cuerpo; no obstante, el cuerpo no estaba.

El hallazgo del sepulcro vacío fue solo el comienzo. Más adelante, María Magdalena, los apóstoles y muchas otras personas vieron algo milagroso: a Jesucristo, resucitado y perfeccionado, en forma humana y tangible.

El Salvador se aseguró de que quienes lo vieran tras Su resurrección comprendieran plenamente la clase de cuerpo que tenía; invitó a los apóstoles, por ejemplo, a palparlo a fin de que pudieran tener la certeza de que tenía un cuerpo físico y que no era una aparición (véase Lucas 24:36–40)1. Incluso comió con ellos (véase Lucas 24:42–43).

Luego, conforme los apóstoles cumplieron con su comisión de predicar el evangelio de Jesucristo, afrontaron oposición y persecuciones, en parte porque enseñaban que Jesucristo había resucitado y que todo el género humano resucitaría como resultado de ello (véase Hechos 4:1–3).

Hoy en día, la resurrección de Jesucristo es tan esencial en el mensaje que Su Iglesia proclama al mundo como lo era entonces. Tal como dijo el profeta José Smith: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”2.

La Resurrección sirve para dar respuesta a preguntas fundamentales sobre la naturaleza de Dios, nuestra naturaleza y nuestra relación con Dios, el propósito de esta vida, y la esperanza que tenemos en Jesucristo. Las siguientes son algunas de las verdades que la resurrección de Jesucristo puso de relieve.

El Padre Celestial tiene un cuerpo glorificado

First Vision

Ciertamente, la idea de que Dios tiene forma humana está arraigada en la Biblia3, así como en el pensamiento popular; sin embargo, muchas tradiciones filosóficas —teológicas y religiosas— la han rechazado a cambio de un dios “sin cuerpo, partes ni pasiones”4, ya que, desde esa perspectiva, el cuerpo (y la materia en general) es maligno o irreal; mientras que el espíritu, la mente o las ideas son la verdadera esencia del ser o realidad supremos.

Por lo tanto, ¡cuán gloriosamente sencilla y revolucionaria fue la revelación de la naturaleza de Dios por medio de Su Hijo Jesucristo!

Durante Su ministerio, el Salvador dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9); eso fue aun más cierto después de Su resurrección con un cuerpo perfeccionado e inmortal, lo cual demostró que “el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo” (D. y C. 130:22).

De ese modo se reveló la naturaleza física del Padre Celestial. Más tarde, José Smith explicó: “Lo que no tiene cuerpo ni partes es nada. No hay otro Dios en el cielo sino ese Dios de carne y huesos”5.

El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo ha explicado de este modo: “Si Dios no solo no necesita ni desea un cuerpo ¿por qué el Redentor de la humanidad redimió Su cuerpo, redimiéndolo de las garras de la muerte y de la tumba, garantizando de ese modo que nunca más volvería a separarse de Su espíritu en esta vida y la eternidad? Cualquiera que rechace el concepto de un Dios con un cuerpo, rechaza al Cristo viviente y al resucitado”6.

El Padre Celestial es omnipotente, omnisciente y amoroso

Los atributos supremos de la naturaleza del Padre Celestial también se revelan en el hecho mismo de la resurrección de Jesucristo. Como ha dicho el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Dada la realidad de la resurrección de Cristo, carecen de fundamento las dudas acerca de la omnipotencia, la omnisciencia y la benevolencia de Dios el Padre, quien dio a Su Hijo Unigénito para la redención del mundo”7.

El poder, el conocimiento y la benevolencia de Dios se demuestran mediante la resurrección de Jesucristo, que da evidencia de la sabiduría y del amor del plan del Padre Celestial y de la capacidad de Él (y de la de Su Hijo) para llevarlo a cabo.

Somos hijos de Dios

Tal como nos enseña la Biblia, fuimos creados “a imagen de Dios… varón y hembra” (Génesis 1:27). La resurrección de Jesucristo recalca dicha verdad. De hecho, en el momento mismo de Su resurrección, Jesucristo enfatizó nuestra relación con el Padre Celestial al decir: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17; cursiva agregada).

El Salvador reveló que Dios y el género humano no son completamente distintos el uno del otro en la esencia de su ser. La forma básica de nuestro cuerpo es semejante a la de nuestro espíritu8, y nuestro espíritu se creó a imagen de Dios, porque tal es la naturaleza de la relación entre los padres y los hijos.

El cuerpo es un don habilitador y ennoblecedor

sleeping infant

Mediante Su resurrección, el Salvador nos mostró que la existencia física y corporal es una parte integral de la existencia eterna de Dios y de Sus hijos. Tal como el Señor le reveló a José Smith: “Los elementos son eternos; y espíritu y elemento, inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo” (D. y C. 93:33). Esa conexión inseparable fusiona el espíritu y la materia física a fin de que sean un solo cuerpo inmortal, incorruptible, glorioso y perfecto; la única clase de cuerpo capaz de recibir la plenitud de gozo que Dios posee.

Por el contrario, después de tener un cuerpo físico y luego separarnos de él para entrar en el mundo de los espíritus, “los muertos [consideran] un cautiverio la… separación de sus espíritus y sus cuerpos” (véase D. y C. 138:50; véase también D. y C. 45:17).

Incluso nuestro cuerpo mortal es parte esencial del plan del Padre Celestial y es un don divino. Cuando nuestros espíritus preterrenales vienen a la Tierra, les es “añadido” un cuerpo (Abraham 3:26). Tal y como el profeta José Smith enseñó: “Vinimos a esta tierra para tener un cuerpo y presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran principio de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no lo tiene y ese es su castigo”9.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado: “Nuestro cuerpo físico posibilita una amplitud de experiencias profundas e intensas que sencillamente no podríamos obtener en nuestra existencia premortal. De este modo, nuestra relación con otras personas, nuestra capacidad para reconocer la verdad y de actuar según ella, y nuestra habilidad de obedecer los principios y las ordenanzas del evangelio de Jesucristo aumentan por medio de nuestro cuerpo físico. En la escuela de la vida terrenal, experimentamos ternura, amor, bondad, felicidad, tristeza, desilusión, dolor e incluso los desafíos de las limitaciones físicas en modos que nos preparan para la eternidad. En pocas palabras, hay lecciones que debemos aprender y experiencias que debemos tener, como dicen las Escrituras, ‘según la carne’ (1 Nefi 19:6; Alma 7:12–13))”10.

Asimismo, el profeta José Smith enseñó que “todos los seres que tienen cuerpo poseen potestad sobre los que no lo tienen”11. Satanás puede tentarnos, pero no puede obligar. “El diablo solo tiene poder sobre nosotros cuando se lo permitimos”12.

En definitiva, el don de un cuerpo perfecto y resucitado nos pone fuera del alcance del poder de Satanás para siempre. Si no hubiera resurrección, “nuestros espíritus tendrían que estar sujetos… al diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria como él” (2 Nefi 9:8–9).

El espíritu y el cuerpo no son enemigos

Aunque son diferentes, el espíritu y el cuerpo no pertenecen a dos realidades distintas e irreconciliables. José Smith aprendió que “no hay tal cosa como materia inmaterial. Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y solo los ojos más puros pueden discernirlo; no lo podemos ver; pero cuando nuestros cuerpos sean purificados, veremos que todo es materia” (D. y C. 131:7–8).

Christ appears to the Nephites

En Su estado glorificado y resucitado, Jesucristo representa la unión perfecta del espíritu y el cuerpo, lo cual nos pone de manifiesto que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). En esta vida nos esforzamos por ser “de mente espiritual” en lugar “de mente carnal” (2 Nefi 9:39), por “[despojarnos] del hombre natural” (Mosíah 3:19), y por “refrenar todas [nuestras] pasiones” (Alma 38:12). Sin embargo, eso no significa que el espíritu y el cuerpo sean enemigos. Tal como Jesucristo nos mostró, el cuerpo no ha de ser despreciado y trascendido, sino dominado y transformado.

La vida en un cuerpo mortal tiene un propósito significativo

El concepto de que esta vida es una prueba cobra más sentido al considerar lo que sabemos sobre nuestra vida anterior y posterior a ella. Vivíamos como espíritus antes de venir a la Tierra; y el Padre Celestial desea que lleguemos a ser semejantes a Él y vivamos para siempre con cuerpos físicos inmortales. Esas verdades significan que nuestro tiempo de prueba en este cuerpo mortal no se deja a la casualidad, sino que tiene un significado y un propósito reales.

El élder Christofferson ha explicado: “Mediante nuestras decisiones le demostraríamos a Dios (y a nosotros mismos) nuestro compromiso y nuestra capacidad de vivir Su ley celestial mientras estábamos alejados de Su presencia y en un cuerpo físico, con todos sus poderes, apetitos y pasiones. ¿Podríamos refrenar la carne a fin de que se convirtiera en el instrumento, en lugar del amo, del espíritu? ¿Se nos podrían confiar, por el tiempo y la eternidad, poderes divinos, incluso el poder para crear vida? ¿Venceríamos personalmente lo malo? A los que lo hicieran, ‘les [sería] aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás’ [Abraham 3:26], siendo un aspecto sumamente importante de esa gloria el tener un cuerpo físico resucitado, inmortal y glorificado”13.

Las vivencias que tengamos en nuestro cuerpo actual, incluso la relación que tengamos los unos con los otros, son importantes, puesto que son una semejanza de lo que ha de venir. José Smith aprendió que “la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (D. y C. 130:2).

Tenemos esperanza en Jesucristo

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Desde el momento en que se vio el sepulcro vacío, la resurrección de Jesucristo ha brindado esperanza, ya que reconocemos en Su resurrección la esperanza de la nuestra, en la cual “todas [nuestras] pérdidas se [nos] compensarán… si [continuamos] siendo fieles”14.

Los primeros apóstoles del Salvador pudieron testificar osadamente de Su resurrección, puesto que habían visto y palpado Su cuerpo; sin embargo, se trataba de mucho más que eso. Del mismo modo en que Jesucristo había sanado enfermedades del cuerpo a fin de mostrar que tenía poder para perdonar pecados (véase Lucas 5:23–25), Su resurrección —la prueba tangible de Su poder para vencer la muerte física— llegó a ser la certeza que tenían Sus discípulos de Su poder para vencer la muerte espiritual. Las promesas que extendió en Sus enseñanzas —el perdón de los pecados, la paz en esta vida, la vida eterna en el reino del Padre— llegaron a hacerse realidad y, la fe de ellos, inquebrantable.

“Si Cristo no resucitó, [nuestra] fe es vana” (1 Corintios 15:17). No obstante, dado que Él sí resucitó de entre los muertos, podemos “tener esperanza [en que] por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección… [seremos] levantados a vida eterna, y esto por causa de [nuestra] fe en él, de acuerdo con la promesa” (véase Moroni 7:41).

Durante Su vida terrenal, Jesucristo invitaba a las personas a seguirlo; tras Su muerte y resurrección, el lugar de destino se tornó aun más claro. Si nosotros, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, cultivamos un “espíritu celestial” en nuestro interior, podemos “[recibir] el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural” y ser “vivificados por una porción de la gloria celestial [y recibir] entonces de ella, sí, una plenitud” (D. y C. 88:28–29). Él ha mostrado el camino; Él es el camino. Mediante Su poder —mediante Su expiación y resurrección— es posible dicha plenitud celestial, la cual incluye una plenitud de gozo en un cuerpo resucitado.

Notas

1. Cuando Jesucristo se apareció a los del pueblo del Nuevo Mundo les pidió a que fuesen “uno por uno” —miles de ellos— y tocaran Sus manos, pies y costado a fin de que pudieran testificar que habían palpado y visto al Señor resucitado (véase 3 Nefi 11:14–15; 18:25).
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 51–52.
3. Véanse Génesis 1:27; Éxodo 33:11; Hechos 7:56.
4. Aunque en los credos cristianos de los primeros días había ideas semejantes, esta enunciación en particular proviene de los XXXIX Artículos de la Iglesia de Inglaterra, 1563.
5. Enseñanzas: José Smith, pág. 44.
6. Jeffrey R. Holland, “El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 42.
7. D. Todd Christofferson, “La resurrección de Jesucristo”, Liahona, mayo de 2014, pág. 113.
8. Incluso el que Jesucristo se revelara durante Su vida preterrenal fue testimonio de ese hecho, ya que demostró que el cuerpo de Su espíritu tenía forma humana (véase Éter 3:16).
9. Enseñanzas: José Smith, pág. 222.
10. David A. Bednar, “Creemos en ser castos”, Liahona, mayo de 2013, pág. 41.
11. Enseñanzas: José Smith, pág. 222.
12. Enseñanzas: José Smith, pág. 225.
13. D. Todd Christofferson, “El porqué del matrimonio, el porqué de la familia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 51.
14. Enseñanzas: José Smith, pág. 53.

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