Pedir con fe

Conferencia General Abril 2008
Pedir con fe
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La oración sincera requiere tanto comunicación sagrada como obras consagradas.

Invito al Espíritu Santo para que nos ayude al reflexionar en un principio que puede servir para que nuestras oraciones sean más sinceras: el principio del Evangelio de pedir con fe.

Quiero repasar tres ejemplos en cuanto al pedir con fe en oración sincera y analizar las lecciones que podemos aprender de cada uno de ellos. Al hablar de la oración, hago hincapié en la palabra sincera. El simple hecho de orar es muy diferente a entregarse en sincera oración. Espero que todos ya sepamos que la oración es esencial para nuestro desarrollo y protección espiritual; no obstante, lo que sabemos no siempre se refleja en lo que hacemos. A pesar de que reconocemos la importancia de la oración, todos podemos mejorar en cuanto a la regularidad y la eficacia de nuestras oraciones personales y familiares.

Pedir con fe y actuar

El ejemplo clásico de pedir con fe es José Smith y la Primera Visión. Cuando el joven José deseaba saber la verdad acerca de la religión, leyó los siguientes versículos del primer capítulo de Santiago:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada” (Santiago 1:5–6).

Fíjense, por favor, en el requisito de pedir con fe que, a mi modo de entender, significa la necesidad no sólo de expresar, sino de hacer; la doble obligación de suplicar y de ejecutar; el requisito de comunicar y de actuar.

El meditar en este texto bíblico llevó a José a retirarse a una arboleda cerca de su casa para orar y buscar conocimiento espiritual. Presten atención a las preguntas que guiaron el razonamiento y las súplicas de José.

“En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?…

“Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme” (José Smith—Historia 1:10, 18).

Las inquietudes de José se centraban no sólo en lo que necesitaba saber, sino en lo que debía hacer. Su oración no fue simplemente: “¿Cuál iglesia es la verdadera?”. Su pregunta fue: “¿A cuál Iglesia debo unirme?”. José fue a la arboleda a pedir con fe y estaba resuelto a actuar.

La verdadera fe se centra en el Señor Jesucristo y siempre conduce a obras rectas. El profeta José Smith enseñó que “la fe es el primer principio de la religión revelada y el fundamento de toda rectitud” y que también es “el principio de acción en todos los seres racionales” (Lectures On Faith, 1985, pág. 1). La acción por sí sola no es fe en el Salvador, sino que actuar de acuerdo con principios correctos es el componente central de la fe. Por tanto, “la fe sin obras es muerta” (Santiago 2:20).

Además, el profeta José explicó que “la fe no sólo es el principio de acción, sino también de poder, en todos los seres racionales, ya sea en los cielos o en la tierra” (Lectures On Faith, pág. 3). Por tanto, la fe en Cristo conduce a obras rectas que aumentan nuestra capacidad y poder espirituales. El comprender que la fe es un principio de acción y de poder nos inspira a ejercer nuestro albedrío moral según la verdad del Evangelio, invita a nuestra vida los poderes redentores y fortalecedores de la expiación del Salvador, e incrementa nuestro poder interior, por lo que somos nuestros propios agentes (véase D. y C. 58:28).

Por mucho tiempo me ha impresionado la verdad de que la oración sincera requiere tanto comunicación sagrada como obras consagradas. Se requiere esfuerzo de nuestra parte antes de recibir bendiciones y, la oración, que es un tipo de obra, es el medio señalado para lograr la más suprema de todas las bendiciones (véase Bible Dictionary, “Prayer”, pág. 753). Después de decir “amén”, seguimos adelante y perseveramos en la obra consagrada de la oración actuando según lo que hayamos expresado a nuestro Padre Celestial.

El pedir con fe requiere honradez, esfuerzo, dedicación y perseverancia. Permítanme dar una ilustración de lo que quiero decir y hacerles una invitación.

Nosotros oramos debidamente por la protección y el éxito de los misioneros de tiempo completo de todo el mundo, y un elemento común de muchas de nuestras oraciones es la súplica de que los misioneros sean guiados a las personas y familias que estén preparadas para recibir el mensaje de la restauración. Pero, a final de cuentas, es mi responsabilidad y la de ustedes encontrar personas para que los misioneros les enseñen. Los misioneros son maestros de tiempo completo; ustedes y yo somos buscadores de tiempo completo y, como misioneros de toda la vida, ni ustedes ni yo debemos orar para que los misioneros de tiempo completo hagan nuestro trabajo.

Si ustedes y yo en verdad oráramos y pidiéramos con fe, como lo hizo José Smith —si oráramos con la expectativa de actuar y no sólo de expresar— entonces la obra de proclamar el Evangelio avanzaría de manera extraordinaria. En esa oración de fe se incluirían los siguientes elementos:

• Agradecer a nuestro Padre Celestial las doctrinas y ordenanzas del evangelio restaurado de Jesucristo que nos brindan esperanza y felicidad. Seguir leyendo

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“…mis palabras… jamás cesan”

Conferencia General Abril 2008
“…mis palabras… jamás cesan”
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Invitamos a todos a examinar la maravilla de lo que Dios ha dicho desde tiempos bíblicos y lo que está diciendo aun ahora.

Presidente Monson, ¿me permite un momento de privilegio personal?

Por ser el primero de las Autoridades Generales al que se ha invitado a hablar después del singular mensaje que usted dirigió a la Iglesia esta mañana, quisiera decir algo en nombre de todos sus hermanos de las Autoridades Generales y, de hecho, en nombre de toda la Iglesia.

De los muchos privilegios que hemos tenido en esta histórica conferencia, incluso la participación en una asamblea solemne en la que pudimos ponernos de pie y sostenerlo como profeta, vidente y revelador, no puedo evitar sentir que el privilegio más grande que todos hemos tenido ha sido el presenciar personalmente el descenso del manto sagrado y profético sobre sus hombros, casi como si hubiera sido por las manos mismas de los propios ángeles. Los que estuvieron presentes ayer por la tarde en la reunión general del sacerdocio, así como los que estuvieron presentes durante la transmisión mundial de la sesión de esta mañana, han sido testigos oculares de este acontecimiento. A todos los participantes, expreso nuestra gratitud por ese momento. Digo eso con amor al presidente Monson, y en especial a nuestro Padre Celestial por la maravillosa oportunidad de haber “visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16), como dijo una vez el apóstol Pedro.

En la última conferencia general de octubre dije que había dos razones principales por las que a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se le acusa, erróneamente, de no ser cristiana. En esa ocasión hablé sobre uno de esos asuntos doctrinales: nuestra postura en cuanto a la Trinidad, basada en las Escrituras. Hoy me gustaría hablar de la otra doctrina principal que caracteriza a nuestra fe y que a algunos causa preocupación, a saber, la audaz afirmación de que Dios sigue declarando Su palabra y revelando Su verdad, revelaciones que exigen un canon de Escrituras abierto.

Algunos cristianos, en gran parte por el amor sincero que tienen por la Biblia, han declarado que no puede haber Escrituras autorizadas más allá de la Biblia. Al decretar cerrado el canon de revelación, nuestros amigos de algunas denominaciones cierran la puerta a la expresión divina que en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días estimamos tanto: el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, La Perla de Gran Precio y la guía continua recibida por los profetas y apóstoles ungidos de Dios. Sin abrigar malos sentimientos hacia los que tomen esas posturas, no obstante y respetuosamente, pero con firmeza, rechazamos tal caracterización del verdadero cristianismo, la que no se basa en las Escrituras.

Uno de los argumentos que con frecuencia se utiliza en cualquier defensa de un canon cerrado, es el pasaje del Nuevo Testamento registrado en Apocalipsis 22:18: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras… de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro”. Sin embargo, existe un contundente consenso entre casi todos los especialistas en textos bíblicos de que este versículo se aplica sólo al libro de Apocalipsis, y no a toda la Biblia. Esos eruditos de la actualidad reconocen varios “libros” del Nuevo Testamento que muy probablemente se escribieron después de que se recibió la revelación de Juan en la Isla de Patmos. En esta categoría se incluyen por lo menos los libros de Judas, las tres epístolas de Juan y probablemente todo el Evangelio según el mismo Juan 1 . Quizás haya incluso más.

Existe una respuesta más sencilla que explica por qué ese pasaje del último libro del Nuevo Testamento actual no se aplica a toda la Biblia, y es porque la Biblia como la conocemos ahora —una colección de textos encuadernados en un solo tomo— no existía cuando se escribió ese versículo. Durante siglos después de que Juan aportó su escrito, los libros individuales del Nuevo Testamento estaban en circulación separados o quizá combinados con unos cuantos otros textos, pero casi nunca como una colección completa. De toda la colección de los 5.366 manuscritos griegos conocidos del Nuevo Testamento, sólo 35 contienen todo el Nuevo Testamento tal como lo conocemos, y 34 de ellos se compilaron después del año 1.000 d. C. 2

El hecho es que prácticamente todo profeta del Antiguo y del Nuevo Testamento ha agregado Escrituras a las recibidas por sus predecesores. Si las palabras de Moisés en el Antiguo Testamento fueron suficientes, tal y como algunos por error las pudieran haber considerado 3 , entonces, ¿por qué, por ejemplo, existen las profecías posteriores de Isaías o las de Jeremías que le siguen? Y no se diga de Ezequiel y Daniel, de Joel, Amós y todos los demás. Si una revelación dada a un profeta en determinada época es suficiente para todas las épocas, ¿qué justifica la existencia de estas otras? Jehová mismo aclaró lo que las justifica cuando le dijo a Moisés: “Mis obras son sin fin, y… mis palabras… jamás cesan” 4 .

Un estudioso protestante ha investigado de forma reveladora la doctrina errónea de un canon cerrado. Él escribe: “¿Bajo qué razones bíblicas o históricas se ha limitado la inspiración de Dios a los documentos escritos que la iglesia ahora llama su Biblia?… Si el Espíritu inspiró sólo los documentos escritos del primer siglo, ¿significa que el mismo Espíritu no habla en la actualidad a la iglesia sobre asuntos que son de gran importancia?” 5 . Nosotros hacemos humildemente esas mismas preguntas.

La revelación continua no denigra ni desacredita a la existente. El Antiguo Testamento no pierde su valor ante nuestros ojos cuando se nos presenta el Nuevo Testamento, y el Nuevo Testamento sólo se ve realzado cuando leemos El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo. Al considerar las Escrituras adicionales que los Santos de los Últimos Días aceptan, podríamos preguntar: ¿Se sintieron acaso ofendidos los primeros cristianos, quienes por décadas sólo tuvieron acceso al primitivo Evangelio según Marcos, que generalmente se considera como el primero de los Evangelios que se escribió, por recibir las relaciones más detalladas que más tarde expusieron Mateo y Lucas, y no se diga de los pasajes sin precedentes y del énfasis revelador que ofreció posteriormente Juan? Seguramente se deben haber regocijado porque se siguió recibiendo evidencia cada vez más convincente de la divinidad de Cristo. Y nosotros también nos regocijamos. Seguir leyendo

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El mirar hacia atrás y seguir adelante

Conferencia General Abril 2008
El mirar hacia atrás y seguir adelante
Presidente Thomas S. Monson

Juntos avanzaremos, llevando a cabo Su obra.

Creo que esta ha sido una sesión extraordinaria. Los mensajes han sido inspiradores, la música hermosa y los testimonios sinceros. Creo que todo el que haya asistido a esta sesión no la olvidará nunca, por el Espíritu que hemos sentido.

Mis amados hermanos y hermanas, hace más de 44 años, en octubre de 1963, me encontraba ante el púlpito del Tabernáculo; me acababan de sostener como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. En esa ocasión, mencioné un pequeño rótulo que había visto en otro púlpito, que decía: “Quien se pare ante este púlpito, sea humilde”. Les aseguro que en ese momento me sentía humilde por mi llamamiento a integrar los Doce; sin embargo, al estar hoy ante este púlpito, me dirijo a ustedes con la más profunda y absoluta humildad. Siento con intensidad mi dependencia del Señor y humildemente imploro la guía del Espíritu al compartir con ustedes los sentimientos de mi corazón.

Hace apenas dos meses, nos despedimos de nuestro amado amigo y líder, Gordon B. Hinckley, el decimoquinto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, un formidable embajador de la verdad al mundo y amado por todos. Lo echamos de menos. Más de 53.000 hombres, mujeres y niños acudieron al bello “Salón de los Profetas”, en este mismo edificio, para presentar sus últimos respetos a este gigante del Señor que ahora forma parte de la historia.

Con el fallecimiento del presidente Hinckley, la Primera Presidencia quedó disuelta. El presidente Eyring y yo, que éramos consejeros del presidente Hinckley, volvimos a ocupar nuestro lugar en el Quórum de los Doce Apóstoles, y ese quórum se convirtió en la autoridad que presidía la Iglesia.

El sábado 2 de febrero de 2008 se llevaron a cabo los servicios fúnebres del presidente Hinckley en este magnífico Centro de Conferencias, edificio que permanecerá por siempre como un monumento a su perspectiva y visión. Durante el funeral se rindieron bellos y amorosos homenajes a este hombre de Dios.

Al día siguiente, todos los 14 Apóstoles ordenados que viven sobre la tierra se congregaron en una sala superior del Templo de Salt Lake. Nos reunimos en espíritu de ayuno y oración. Durante esa solemne y sagrada reunión, se reorganizó la Presidencia de la Iglesia según el bien establecido precedente y de acuerdo con el modelo que el Señor mismo instituyó.

Los miembros de la Iglesia de todo el mundo se reunieron ayer en asamblea solemne. Ustedes levantaron la mano en un voto de sostenimiento para aprobar la acción que se tomó en esa reunión en el templo, a la cual acabo de referirme. Cuando elevaron su mano hacia el cielo, se me conmovió el corazón; sentí su amor y apoyo, así como su dedicación al Señor.

Sé, sin duda, mis hermanos y hermanas, que Dios vive. Les testifico que ésta es Su obra. También testifico que nuestro Salvador Jesucristo está a la cabeza de esta Iglesia que lleva Su nombre. Sé que la experiencia más dulce de esta vida es sentir Sus impresiones mientras nos dirige en el adelanto de Su obra. Sentí esas impresiones cuando era un joven obispo, guiándome a los hogares donde había necesidad espiritual, o quizás temporal. Volví a sentirlas como presidente de misión en Toronto, Canadá, al trabajar con maravillosos misioneros que eran un testimonio viviente al mundo de que esta obra es divina y de que nos guía un profeta. Las he sentido a lo largo de mi servicio en los Doce y en la Primera Presidencia, y ahora como Presidente de la Iglesia. Testifico que cada uno de nosotros puede sentir la inspiración del Señor si vive dignamente y se esfuerza por servirle.

Soy consciente de los 15 hombres que me precedieron como Presidentes de la Iglesia. A muchos de ellos los conocí personalmente. He tenido la bendición y el privilegio de ser consejero de tres de ellos. Estoy agradecido por el perdurable legado que dejó cada uno de esos 15 hombres. Tengo la plena seguridad, como sé que ellos la tuvieron, de que Dios dirige a Su profeta. Mi ferviente oración es que pueda seguir siendo un instrumento digno en Sus manos para llevar a cabo esta gran obra y cumplir las enormes responsabilidades que acompañan al oficio de Presidente.

Doy gracias a Dios por consejeros maravillosos. El presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf son hombres de gran habilidad y buen entendimiento; son consejeros en el verdadero sentido de la palabra y valoro su criterio. Creo que el Señor los ha preparado para los puestos que ahora ocupan. Amo a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles y atesoro la relación que tengo con ellos. Ellos, también, están dedicados a la obra del Señor y dedican su vida al servicio de Él. Espero servir junto con el élder Christofferson, que ahora ha sido llamado a ese Quórum y quien ha recibido el voto de sostenimiento de ustedes. Él, también, ha sido preparado para el puesto al que ha sido llamado. También he disfrutado de servir con los miembros de los quórumes de los Setenta y con el Obispado Presidente. Se ha llamado a miembros nuevos de los Setenta y los sostuvimos ayer; será un placer relacionarme con ellos en la obra del Maestro.

Entre las Autoridades Generales existe un dulce espíritu de unidad. El Señor ha declarado: “…si no sois uno, no sois míos” 1 . Seguiremos unidos en un propósito, o sea, el adelanto de la obra del Señor.

Deseo expresar agradecimiento a mi Padre Celestial por las innumerables bendiciones que me ha dado. Puedo decir, como lo hizo Nefi de antaño, que nací de buenos padres, cuyos padres y abuelos fueron congregados de las tierras de Suecia, Escocia e Inglaterra por misioneros dedicados. Al expresar su humilde testimonio, esos misioneros conmovieron el corazón y el espíritu de mis antepasados. Después de unirse a la Iglesia, esos nobles hombres, mujeres y niños viajaron al valle del Gran Lago Salado; muchas fueron las pruebas y aflicciones que encontraron a lo largo del camino.

En la primavera de 1848, mis tatarabuelos, Charles Stewart Miller y Mary McGowan Miller, que se habían unido a la Iglesia en su tierra natal de Escocia, dejaron su hogar en Rutherglen, Escocia, y viajaron hasta St. Louis, Misuri, con un grupo de santos, llegando a su destino en 1849. Tuvieron 11 hijos e hijas, y Margaret llegaría a ser mi bisabuela.

Mientras la familia trabajaba en St. Louis para ahorrar suficiente dinero para terminar su viaje hasta el valle del Lago Salado, se desató una plaga de cólera que dejó muerte y aflicción a su paso. La familia Miller se vio terriblemente afectada: en dos semanas fallecieron cuatro familiares. El primero, el 22 de junio de 1849, fue William, de dieciocho años; cinco días más tarde murió Mary McGowan Miller, mi tatarabuela y madre de la familia; dos días más tarde, falleció Archibald, de quince años; y cinco días después de la muerte de él, murió Charles Stewart Miller, mi tatarabuelo y padre de la familia. Los hijos que sobrevivieron quedaron huérfanos, entre ellos mi bisabuela Margaret, que en aquel entonces tenía 13 años. Seguir leyendo

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Los Doce

Conferencia General Abril 2008

Los Doce

Presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Para que la Iglesia sea Su Iglesia, debe haber un Quórum de los Doce que posea las llaves.


Poco después de la muerte del presidente Gordon B. Hinckley, los catorce hombres, los Apóstoles, a quienes se habían conferido las llaves del reino, se congregaron en el cuarto superior del templo para reorganizar la Primera Presidencia de la Iglesia. No había duda ni vacilación en cuanto a lo que debía hacerse. Sabíamos que el apóstol de más antigüedad era el Presidente de la Iglesia; y en esa sagrada reunión, Thomas Spencer Monson fue sostenido por el Quórum de los Doce Apóstoles como Presidente de la Iglesia. Él nominó y nombró a sus consejeros, quienes, de igual modo, fueron sostenidos, y a cada uno se ellos se le ordenó y se le dio autoridad. Al presidente Monson específicamente se le dio la autoridad para ejercitar todas las llaves de autoridad del sacerdocio. Ahora bien, como se estipula en las Escrituras, él es el único hombre sobre la tierra que tiene el derecho de ejercitar todas las llaves, aunque todos las poseemos en calidad de Apóstoles. Entre nosotros, hay un hombre llamado y ordenado, y él llega a ser el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él ya era y había sido sostenido durante años como profeta, vidente y revelador.

Habiendo sido llamado el presidente Uchtdorf a la Primera Presidencia, se creó una vacante en los Doce, de modo que ayer sostuvimos a un nuevo miembro del Quórum de los Doce, el élder D. Todd Christofferson, quien ahora se une a esa sagrada hermandad en ese sagrado círculo que ahora se ha llenado. El llamamiento de un apóstol se remonta a la época del Señor Jesucristo.

También sostuvimos a varios Setentas; ellos ya han ocupado su lugar. En las Escrituras se estipula que el Quórum de los Doce tiene la responsabilidad de dirigir todos los asuntos de la Iglesia, y que cuando necesiten ayuda, deben “llamar a los Setenta, en lugar de otros” 1 . En la actualidad tenemos ocho Quórumes de Setentas diseminados por todo el mundo, más de 300 Setentas que poseen la autoridad necesaria para hacer cualquier cosa que les indiquen los Doce.

El Señor mismo puso en marcha este modelo de administración:

“…él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.

“Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” 2 .

Al oír las palabras de Juan, Andrés corrió hasta su hermano, Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías…

“Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)” 3 .

Simón y su hermano Andrés estaban pescando con sus redes en el mar; Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, estaban reparando sus redes de pesca; Felipe y Bartolomé; Mateo, un publicano o recaudador de impuestos; Tomás, Jacobo el hijo de Alfeo, Simón el cananita, Judas el hermano de Santiago y Judas Iscariote; ellos constituían el Quórum de los Doce 4 .

Él les dijo a todos: “Venid en pos de mí” 5 .

Le dijo a Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” 6 .

Y a los Doce dijo: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” 7 .

Dio a Sus apóstoles “poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos… por todas partes” 8 .

Y también dijo: “[Los Doce] tienen las llaves para abrir la autoridad de mi reino en los cuatro ángulos de la tierra, y para enviar, después de eso, mi palabra a toda criatura” 9 .

En una ocasión, Jesús preguntó a Sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?…

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” 10 .

Cuando Jesús enseñó en la sinagoga, muchos discípulos dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?…

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

“Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” 11 .

Después de la crucifixión, los apóstoles recordaron que Él había dicho que debían permanecer en Jerusalén 12 . Entonces llegó el día de Pentecostés y aquel gran acontecimiento cuando recibieron el Espíritu Santo 13 . Recibieron “la palabra profética más segura” 14 y “hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” 15 . Así es como fueron completos.

Poco sabemos de sus viajes y apenas de unos pocos sabemos dónde y cómo murieron. Santiago fue muerto en Jerusalén por Herodes. Pedro y Pablo murieron en Roma. La tradición mantiene que Felipe fue a oriente. Al margen de esto, nada más sabemos.

Se dispersaron; enseñaron y testificaron; establecieron la Iglesia. Murieron por sus creencias y con su muerte llegaron los oscuros siglos de la apostasía.

Lo más valioso que se perdió durante la apostasía fue la autoridad de los Doce (las llaves del sacerdocio). Para que la Iglesia sea Su Iglesia, debe haber un Quórum de los Doce que posea las llaves y pueda conferirlas a otras personas. Seguir leyendo

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Mi alma se deleita en las cosas del Señor

Conferencia General Abril 2008
Mi alma se deleita en las cosas del Señor
Susan W. Tanner
Ex Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Deleitarnos en las cosas del Señor… “elevará” nuestro corazón y nos dará motivo para “regocijarnos”.

En el Libro de Mormón, Nefi habla con frecuencia del deleite; se deleita “en las cosas del Señor” en las Escrituras, y “en el gran y eterno plan” de nuestro Padre Celestial (véase 2 Nefi 4:15–16; 11:2–8). Es sorprendente que Nefi suele recordar sus fuentes de deleite en medio de la aflicción, lo que eleva y centra su espíritu en bendiciones eternas.

Nosotros, también, debemos deleitarnos en las cosas del Señor, ya que eso “elevará” nuestro corazón y nos dará motivo para “regoci[jarnos]” (2 Nefi 11:8). Permítanme mencionar algunas de las cosas en las que me deleito.

Me deleito en nuestro Salvador Jesucristo. Al igual que Nefi, “me glorío en mi Jesús” (2 Nefi 33:6), en Su misión ministradora y salvadora sobre la tierra. Él brinda luz y esperanza y nos ha dado el Espíritu Santo como guía y consuelo adicional a lo largo del sendero por el que debemos ir. Sólo mediante Él podemos volver a nuestro Padre. “…la salvación [llega] a los hijos de los hombres… [sólo] en el nombre de Cristo… y por medio de ese nombre” (Mosíah 3:17).

Me deleito en el evangelio restaurado de Jesucristo, edificado sobre el fundamento de apóstoles y profetas con quienes he tenido la bendita oportunidad de servir. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es el profeta del Señor sobre la tierra hoy día. Me deleito porque él es en verdad semejante a Cristo al ministrar a cada persona con afecto y amor.

Me deleito en las llaves del sacerdocio y en los templos diseminados por la tierra, que ponen a nuestro alcance ordenanzas y convenios eternos. Algunos de los días más inolvidables que he tenido últimamente han sido los del casamiento de mis hijos en el templo, en los que mi padre ha efectuado esa ordenanza sagrada.

Me deleito en la fortaleza de la juventud al verlos ir a los templos a efectuar bautismos por los muertos. Me encanta su observancia digna a las normas que conducen al templo y su preparación para ser misioneros fieles, y padres y madres rectos.

Me deleito por ser hija de un Padre Celestial que me ama. Aprendí en cuanto a mi identidad divina a temprana edad, al lado de mi madre. Hace unos días vi a mi nieta de tres años aprender de su madre en cuanto a su identidad. Eliza se había ido a acostar angustiada y sólo se calmó cuando su madre le volvió a contar su relato preferido y verdadero acerca de la noche especial en la que el Padre Celestial le había susurrado al corazón que Eliza era un espíritu especial con una noble misión por delante.

Me deleito grandemente en mi función como sustentadora, lo que me permite expresar mi profunda identidad de mujer. No deja de asombrarme el modo en que las mujeres, las jovencitas e incluso las niñas parecen tener un interés y una habilidad innatos para sustentar. No es sólo la responsabilidad primordial de la madre, sino también es parte de “la identidad y el propósito eternos… en la vida premortal, mortal y eterna” (“La Familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 48). Criar es enseñar, fomentar el desarrollo, estimular el progreso, alimentar y nutrir. ¿Quién no gritaría de gozo al dársele tan bendita misión? Seguir leyendo

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La mejor inversión

Conferencia General Abril 2008
La mejor inversión
Élder Sheldon F. Child
De los Setenta

Si siempre pagan un diezmo íntegro, el Señor les bendecirá. Será la mejor inversión que hagan.

Cuando era joven, uno de nuestros vecinos tenía una manada de vacas lecheras. Una de ellas murió dejando desamparado a un ternero, y él me lo regaló. Yo lo cuidé, le di de comer y lo crié. El día que mi padre lo llevó al corral para venderlo fue un día de sentimientos encontrados para mí; me había encariñado con el ternero, pero al mismo tiempo esperaba con ansia la recompensa de mi trabajo. Lo único que había pedido era que el dinero de la venta me lo dieran en dólares de plata. Recuerdo que mi padre regresó a casa esa noche y me dio 20 dólares de plata. El dinero escaseaba y yo pensaba que tenía todo el dinero del mundo. Conté, admiré y lustré cada moneda con cuidado. Cuando llegó el domingo, con renuencia puse dos de las lustrosas monedas en mi bolsillo para pagar los diezmos. Aun cuando fue difícil entregar mis preciados dólares de plata al obispo, todavía recuerdo lo bien que me sentí al obedecer al Señor.

De camino a casa, mi madre me dijo lo orgullosa que estaba de mí. Luego dijo: “Tu abuelo siempre nos dijo que si pagábamos fielmente un diezmo íntegro el Señor nos bendeciría y que sería la mejor inversión que podríamos hacer”.

Mi abuelo comprendía que “hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” 1 . El diezmo es un mandamiento de Dios y, cuando obedecemos Su ley, Él está obligado a bendecirnos. Aun siendo un niño de siete años, eso es algo que yo comprendía. El presidente Thomas S. Monson, al hablar de las leyes de Dios dijo: “Si las violamos sufriremos las consecuencias eternas; si las obedecemos, obtendremos gozo perpetuo” 2 .

Recordarán que cuando a Israel se le reprendió por haber robado a Dios, el pueblo preguntó: “¿En qué te hemos robado?”. La respuesta fue: “En vuestros diezmos y ofrendas” y luego se les prometió a los israelitas que si obedecían Su ley del diezmo, tendrían derecho a recibir Sus bendiciones. El Señor dijo: “Traed todos los diezmos al alfolí… y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” 3 .

El Señor le pidió a Israel que lo probaran, que lo pusieran a prueba, que tuvieran fe en Él para que Él pudiera cumplir la promesa que les había hecho. El mismo mandamiento y la misma promesa están en vigor hoy. Si obedecemos la ley del diezmo, la promesa del Señor se cumplirá: las bendiciones vendrán, tanto temporales como espirituales, de acuerdo con la sabiduría y el tiempo del Señor. Seguir leyendo

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Nacer de nuevo

Conferencia General Abril 2008
Nacer de nuevo
Élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El renacimiento espiritual se origina con la fe en Jesucristo, por cuya gracia cambiamos.

Hace quince años, estuve por primera vez de pie ante el púlpito del Tabernáculo en calidad de nuevo Setenta. Tenía 48 años y mi cabello era oscuro y abundante. Creí saber lo que significaba sentirse inepto. Al final de mi discurso de cinco minutos, tenía la camisa empapada de sudor. Fue algo muy difícil; sin embargo, hoy, en retrospectiva, me parece que en comparación fue una experiencia agradable.

Cuando el presidente Dieter F. Uchtdorf y el élder David A. Bednar fueron sostenidos como miembros del Quórum de los Doce Apóstoles, recibí durante la sesión un testimonio del origen divino de sus llamamientos. También recibí en ese momento una comprensión de lo infinitamente sagrado que es el llamamiento y el servicio de un Apóstol del Señor Jesucristo. No tengo palabras para expresar esa comprensión, ya que fue una comunicación sin palabras, de Espíritu a espíritu. El pensar en ello ahora me hace sentir sumamente humilde, como nunca me había sentido antes; y ruego a mi Padre Celestial que me apoye, como siempre lo ha hecho, a fin de estar a la altura de algo que está mucho más allá de mi capacidad natural y poder concentrarme en los demás, dedicándome por entero a servirlos. Confío en Él y sé que Su gracia es suficiente, y por lo tanto, dedico, sin reservas, todo lo que tengo y soy a Dios y a Su Amado Hijo. También dedico mi persona, mi lealtad, mi servicio y mi amor a la Primera Presidencia y a mis hermanos de los Doce.

En mi bendición patriarcal, que a los 13 años recibí de un amoroso abuelo, se encuentra esta afirmación: “[Tu Padre Celestial] te envió en esta última y gloriosa dispensación para que nacieras bajo el nuevo y sempiterno convenio, de padres buenos y rectos”. Con profundo agradecimiento, reconozco que esa ha sido la gran bendición fundamental de mi vida. Rindo homenaje a mis padres, y con amor reconozco la deuda que tengo para con ellos, para con sus padres y con las generaciones anteriores. Poco después de recibir mi llamamiento como Setenta, tuve la oportunidad de estar ante la tumba de uno de esos antepasados que había muerto antes de que yo naciera. Al pensar en los sacrificios que supusieron para él y su familia el haber aceptado el evangelio restaurado de Jesucristo, un sentimiento de gratitud me invadió el corazón y brotó en mí la resolución de honrar su sacrificio y el de aquellos que llegaron posteriormente, al ser fiel a Dios y a los convenios del Evangelio, tal como ellos lo fueron.

Al reconocer esas bendiciones, incluyo a mis queridos hermanos y a sus esposas que, de casualidad, se encuentran aquí hoy. Mi esposa y yo tenemos cuatro hijos y una hija, todos ellos casados con excelentes cónyuges, o en el caso de nuestro hijo menor, que pronto se casará con una encantadora jovencita. Los amamos a ellos y a nuestros nietos y agradecemos la forma en que bendicen nuestra vida al permanecer leales al Salvador y a Su Evangelio. Por encima de todo, se encuentra mi esposa Kathy, la creadora de nuestro hogar, la luz de mi vida, una compañera firme y sabia, llena de intuición espiritual, buen humor, buena voluntad y caridad. La amo más de lo que pueda expresar y espero demostrárselo de manera más convincente en los días y años venideros.

De joven, tuve la bendición de servir en una misión de tiempo completo en Argentina, bajo la tutela de dos excepcionales presidentes de misión: Ronald V. Stone y Richard G. Scott, y sus respectivas esposas, Patricia y Jeanene. Agradezco a Dios la influencia perdurable que dejaron en mí. Después de graduarme en la facultad de derecho, Kathy, nuestros hijos y yo vivimos sucesivamente en los estados de Maryland, Tennessee, Virginia, Carolina del Norte y ahora en Utah. Pasamos tres hermosos años en México, y en todos esos lugares, hemos sido bendecidos con amigos muy queridos, dentro y fuera de la Iglesia, que nos han amado, enseñado y mostrado amistad, tanto a nosotros como a nuestros hijos, y que aún siguen haciéndolo. Aprovecho esta oportunidad para expresar públicamente mi gratitud a todos ellos.

Mi amor y mi estimación por mis hermanos de los Setenta y por el Obispado Presidente no tienen límites. Me alegro de que mi servicio me mantendrá cerca de ellos y de que habrá frecuentes oportunidades de servir juntos. Las revelaciones recibidas en nuestra época que han colocado a los Setenta en el lugar correspondiente en la Iglesia, constituye uno de los milagros más profundos y quizás menos apreciados de la historia de la obra del Señor en los últimos días. Los Setenta son clave para el éxito de la obra ahora y en los años venideros, y me siento honrado, más de lo que pueda expresar, de que mi nombre se haya incluido entre los de ellos. Que Dios los bendiga, mis hermanos.

Deseo expresarles mi testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios, y del poder de Su infinito sacrificio expiatorio. Al hacerlo, relataré una experiencia de los años que viví en Tennessee. Una tarde, recibí una llamada en casa, de un caballero que yo no conocía, que se presentó como un pastor que acababa de jubilarse de otra iglesia y me pidió que nos reuniésemos en privado el domingo siguiente. Al reunirnos, mi invitado me dijo con franqueza que había ido porque estaba preocupado por el bienestar de mi alma; sacó de su portafolio una lista bastante larga de pasajes de las Escrituras del Nuevo Testamento y dijo que quería analizarlos conmigo para ver si podía ayudar a salvarme. Me sorprendió un poco su franqueza, pero me di cuenta de que era sincero y me conmovió su genuino interés en mí.

Conversamos durante más de una hora y estuvo dispuesto a oírme explicar algunas de mis creencias y también a leer algunas enseñanzas del Libro de Mormón que él no conocía. Nos dimos cuenta de que muchas de nuestras creencias eran las mismas y que otras no; se estableció un vínculo de amistad y oramos juntos antes de que él se fuera. Lo que aún recuerdo, es nuestra conversación sobre nacer de nuevo. El renacimiento espiritual por medio de Jesucristo es el fundamento de mi testimonio de Él.

Fue Jesucristo el que dijo que para entrar en el reino de Dios debemos nacer de nuevo, es decir, nacer de agua y del Espíritu (véase Juan 3:3–5). Sus enseñanzas en cuanto al bautismo físico y espiritual nos ayudan a comprender que se necesitan tanto nuestros hechos como la intervención del poder divino para ese renacimiento transformador, para cambiar del hombre natural al santo (véase Mosíah 3:19). Pablo describe el nacer de nuevo con esta expresión sencilla: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). Seguir leyendo

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La fe de nuestro Padre

Conferencia General Abril 2008
La fe de nuestro Padre
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La religión verdadera no debe originarse en lo que complace al hombre o en lo que se ajusta a las tradiciones de los antepasados, sino más bien en lo que complace a Dios, nuestro Padre Eterno.

¡Qué bendecidos somos por la bella música del Coro del Tabernáculo! Mis queridos hermanos, hermanas y amigos, me regocija estar con ustedes hoy, tener el gran privilegio de ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y de contarme como uno de ustedes.

Recuerdo la reacción que tuve al principio cuando recibí este sagrado llamamiento del Señor para prestar servicio como el miembro más nuevo de la Primera Presidencia de la Iglesia: me sentí gozosamente conmovido. Desde entonces he aprendido nuevas dimensiones de las palabras humildad, gratitud y fe.

Les aseguro que nadie estuvo más sorprendido por mi llamamiento que mis hijos y nietos.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no buscamos ni rechazamos llamamientos que provienen de Dios a través de los líderes inspirados del sacerdocio. Ruego que Dios me dé fortaleza y un corazón comprensivo para magnificar este sagrado llamamiento de acuerdo con Su voluntad y Su propósito.

Todos echamos de menos al presidente Gordon B. Hinckley. El impacto que tuvo en esta gran obra continuará bendiciéndonos.

Me siento muy privilegiado de trabajar tan de cerca con el presidente Monson. Lo he conocido durante muchos años. Es un hombre de dones y talentos extraordinarios; es el Profeta de Dios. Su fe y su afectuoso corazón se extienden a toda nación, lengua y pueblo.

Estoy agradecido de prestar servicio con el presidente Eyring, a quien quiero y respeto como un gran líder y maestro en el reino de Dios.

Cuando el Quórum de los Doce se reunió en la sala superior del Templo de Salt Lake para sostener al presidente Monson como decimosexto Presidente de la Iglesia, me maravillaron las habilidades, la sabiduría y la espiritualidad extraordinarias de los que me rodeaban; eso me hizo reconocer más claramente mis propias debilidades. Amo a estos excelentes hombres de gran fe. Siento gratitud por la oportunidad de levantar la mano para sostenerlos y prometerles mi apoyo. Y quiero y sostengo al élder Christofferson, el miembro más nuevo del Quórum de los Doce Apóstoles.

Cuando el Señor llamó a Frederick G. Williams para ser consejero del profeta José Smith, le mandó: “…sé fiel; ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas” 1 . Creo que ese consejo se aplica a todos los que aceptamos llamamientos para servir en el reino de Dios, y ciertamente se aplica a mí en esta época de mi vida.

El Profeta de Dios y nuestro Presidente

Quiero decir algunas palabras sobre el presidente Thomas S. Monson. Hace unos años, fue a una conferencia regional en Hamburgo, Alemania, y tuve el gran honor de acompañarlo. El presidente Monson tiene una memoria excelente y hablamos sobre muchos de los santos alemanes; me asombró que recordara tan bien a tantos de ellos.

El presidente Monson me preguntó acerca del hermano Michael Panitsch, un ex presidente de estaca que era patriarca y había sido uno de los fieles pioneros de la Iglesia en Alemania. Le dije que el hermano Panitsch estaba gravemente enfermo, confinado a la cama e imposibilitado de asistir a nuestras reuniones.

Él me preguntó si podríamos ir a visitarlo.

Yo sabía que poco antes de su viaje a Hamburgo, el presidente Monson se había sometido a una operación en un pie y que no le era posible caminar sin dolor. Le expliqué que el hermano Panitsch vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, y que tendríamos que subir las escaleras para visitarlo.

Pero él insistió, así que fuimos.

Me acuerdo lo difícil que fue para el presidente Monson subir aquellas escaleras; podía subir sólo unos pocos escalones antes de tener que detenerse y descansar. Nunca dejó escapar una palabra de queja y no quería volver atrás. Debido a que los cielos rasos del edificio eran muy altos, las escaleras parecían interminables; pero el presidente Monson perseveró alegremente hasta que llegamos al apartamento del hermano Panitsch en el quinto piso.

Una vez que llegamos, pasamos un rato muy agradable en la visita. El presidente Monson le agradeció su vida de servicio dedicado y lo alegró con su sonrisa. Antes de irnos, le dio una maravillosa bendición del sacerdocio.

Nadie, aparte del hermano Panitsch, su familia y yo, presenció aquel acto de valor y compasión.

El presidente Monson podía haber decidido descansar entre las largas y frecuentes reuniones que tuvimos; podía haber pedido que le mostráramos algunos de los lugares hermosos de Hamburgo. Muchas veces he pensado en lo extraordinario que fue que, de todo lo que había por verse en esa ciudad, lo que él quiso ver más que ninguna otra cosa fue a un miembro de la Iglesia débil y enfermo que había servido al Señor fiel y humildemente.

El presidente Monson fue a Hamburgo a enseñar y bendecir a la gente de un país, y eso fue lo que hizo. Pero al mismo tiempo, se concentró en cada una de esas personas. Su visión es amplia y extensa para captar las complejidades de una Iglesia mundial, y no obstante, es sumamente caritativo para concentrarse en una persona en particular.

Cuando el apóstol Pedro habló de Jesús, que había sido su amigo y maestro, ofreció esa sencilla descripción: “[Él] anduvo haciendo bienes” 2 .

Lo mismo se puede decir del hombre que sostenemos hoy como el Profeta de Dios. Seguir leyendo

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Ejemplos de rectitud

Conferencia General Abril 2008
Ejemplos de rectitud
Presidente Thomas S. Monson

Es nuestro deber vivir de tal manera que seamos ejemplos de rectitud para los demás.

Esta tarde soy consciente de que ustedes, mis hermanos, tanto aquí en el Centro de Conferencias como en miles de otros sitios, representan la congregación más numerosa del sacerdocio que jamás se haya reunido. Formamos parte de la hermandad más grande de todo el mundo. Cuán afortunados y bendecidos somos de ser poseedores del Sacerdocio de Dios.

Hemos sido instruidos y edificados al haber escuchado mensajes inspirados. Ruego contar con su fe y oraciones al compartir con ustedes los pensamientos y sentimientos que han ocupado mi mente hasta hace poco, mientras me he estado preparando para hablarles.

Como portadores del sacerdocio, se nos ha mandado a la tierra en tiempos difíciles. Vivimos en un mundo complejo con corrientes de conflicto por dondequiera. Las intrigas políticas arruinan la estabilidad de las naciones, los déspotas buscan el poder y los sectores de la sociedad parecen estar siempre oprimidos, privados de las oportunidades y quedándose con un sentimiento de fracaso.

Nosotros, los que hemos sido ordenados al Sacerdocio de Dios, podemos marcar la diferencia. Cuando nos hacemos acreedores a la ayuda del Señor, podemos fortalecer a los jovencitos, regenerar a los hombres y lograr milagros en Su santo servicio. Nuestras oportunidades son ilimitadas.

Tenemos la tarea de ser ejemplos apropiados. Derivamos fortaleza de la verdad de que la fuerza más extraordinaria en el mundo hoy día es el poder de Dios que obra mediante el hombre. Si nos encontramos haciendo las cosas del Señor, hermanos, tenemos derecho a recibir Su ayuda. Nunca olviden esa verdad. Naturalmente, esa ayuda divina se basa en nuestra dignidad. Todos debemos preguntarnos: ¿Tengo manos limpias? ¿Es puro mi corazón? ¿Soy un siervo digno del Señor?

Nos rodean muchas cosas que tienen como fin distraernos de lo que es virtuoso y bueno, y tentarnos con aquello que nos haría indignos de ejercitar el sacerdocio que poseemos. Me dirijo no sólo a los jovencitos del Sacerdocio Aarónico, sino a los hombres de todas las edades. Las tentaciones se presentan en diversas formas a lo largo de nuestra vida.

Hermanos, ¿reunimos en todo momento los requisitos para efectuar los sagrados deberes relacionados con el sacerdocio que poseemos? Jovencitos, ustedes, los presbíteros, ¿son limpios de cuerpo y espíritu al sentarse ante la mesa de la Santa Cena los domingos para bendecir los emblemas? Jovencitos, maestros, ¿son dignos de preparar la Santa Cena? Diáconos, al repartir la Santa Cena a los miembros de la Iglesia, ¿lo hacen con la certeza de que están espiritualmente calificados para hacerlo? ¿Comprende plenamente cada uno de ustedes la importancia de todos los deberes sagrados que llevan a cabo?

Mis jóvenes amigos, sean fuertes. Estamos rodeados de las filosofías de los hombres. Hoy día, la cara del pecado muchas veces lleva la máscara de la tolerancia. No sean engañados; detrás de esa fachada está la congoja, la desdicha y el dolor. Ustedes saben lo que es bueno y lo que es malo, y ningún disfraz, no importa cuán atractivo sea, puede cambiar ese hecho. El carácter de la transgresión sigue siendo el mismo. Si los que supuestamente son sus amigos los instan a hacer algo que ustedes saben que es malo, sean ustedes los que defiendan lo correcto, aunque tengan que estar solos. Tengan el valor moral para ser una luz para los demás. No hay amigo más valioso que su propia conciencia tranquila, su propia pureza moral, y ¡qué glorioso sentimiento es saber que están en el lugar señalado, limpios, y con la confianza de que son dignos de estar allí!

Hermanos del Sacerdocio de Melquisedec, ¿se esfuerzan diligentemente todos los días por vivir de la manera que deben hacerlo? ¿Son amables y amorosos con su esposa y sus hijos? ¿Son honrados en sus tratos con los que los rodean, en todo momento y en toda circunstancia?

Si alguno de ustedes ha cometido algún error, hay personas que los ayudarán para volver a ser limpios y puros. Su obispo o presidente de rama está ansioso y deseoso por ayudar y, con comprensión y compasión, hará todo lo posible por ayudarlos en el proceso del arrepentimiento, para que una vez más se presenten en rectitud ante el Señor.

Muchos de ustedes recordarán al presidente N. Eldon Tanner, que fue consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia. Él brindó un firme ejemplo de rectitud a lo largo de una carrera en la industria, durante su servicio en el gobierno de Canadá, y constantemente en su vida privada. Él nos dio este inspirado consejo:

“Nada brindará mayor gozo y éxito que vivir de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio. Sean un ejemplo; sean una influencia para bien…

“Cada uno de nosotros ha sido preordenado para llevar a cabo alguna obra como siervo escogido [de Dios], en quien ha considerado apropiado conferir el sacerdocio y el poder para actuar en Su nombre. Siempre tengan presente que la gente espera dirección de ustedes y que están influyendo en la vida de las personas para bien o para mal, influencia que se sentirá a través de las generaciones que están por venir” 1 .

Mis hermanos, repito que, como poseedores del Sacerdocio de Dios, es nuestro deber vivir de tal manera que seamos ejemplos de rectitud para los demás. Al meditar sobre la mejor forma en que podríamos brindar esos ejemplos, pensé en una experiencia que tuve hace algunos años mientras asistía a una conferencia de estaca. Durante la sesión general, me fijé en un niño que estaba sentado con su familia en la primera fila del centro de estaca. Yo me encontraba en el estrado. En el transcurso de la reunión, empecé a darme cuenta de que si yo cruzaba las piernas, el niño hacía lo mismo. Si repetía la acción al revés, él niño me imitaba. Si me ponía las manos sobre el regazo, él hacía la misma cosa; si descansaba la barbilla en la mano, él también lo hacía. Hiciera lo que hiciera, él imitaba mis acciones, cosa que siguió hasta que llegó la hora de dirigirme a la congregación. Decidí ponerlo a prueba: lo miré fijamente, asegurándome de que me prestaba atención, y entonces moví las orejas. Él trató en vano de hacerlo, pero ¡lo vencí! Simplemente no podía menear las orejas. Se volvió hacia su padre, que estaba sentado junto a él, y le susurró algo, señalándose las orejas y después a mí. Cuando el padre miró en dirección a donde yo estaba, obviamente para ver si movía las orejas, yo seguí sentado, con los brazos cruzados, sin mover un músculo. El padre miró en tono de duda al hijo, que pareció un tanto derrotado. Por fin me sonrió tímidamente, y se encogió de hombros

He pensado en esa experiencia a través de los años al considerar, particularmente cuando somos jóvenes, la tendencia que tenemos de imitar el ejemplo de nuestros padres, de nuestros líderes y de nuestros compañeros. El profeta Brigham Young dijo: “Nunca debemos hacer nada que no queramos ver que nuestros hijos hagan. Debemos ponerles un ejemplo que deseamos que imiten” 2 .

A ustedes, los que son padres o líderes de jovencitos, les digo: traten de ser la clase de ejemplo que los muchachos necesitan. El padre, naturalmente, debe ser el ejemplo principal, y en verdad es afortunado el jovencito que es bendecido con un padre digno. Sin embargo, incluso una familia ejemplar, con padres diligentes y fieles, pueden aprovechar toda la ayuda y todo el apoyo que puedan recibir de hombres buenos que en verdad se interesan. Tenemos también al muchacho que no tiene padre, o cuyo padre no está dando en estos momentos el ejemplo que se necesita. Para ese jovencito, el Señor ha proporcionado una red de ayudantes dentro de la Iglesia: obispos, asesores, maestros, líderes de escultismo, maestros orientadores. Si el programa del Señor está en vigor y funcionando debidamente, ningún jovencito de la Iglesia deberá ir por la vida sin la influencia de hombres buenos.

La eficacia de un obispo, asesor o maestro inspirado poco tiene que ver con las apariencias exteriores de poder o con la abundancia de los bienes de este mundo. Los líderes más influyentes son por lo general los que siembran en los corazones la devoción a la verdad, los que hacen que la obediencia al deber parezca ser la esencia de la masculinidad, los que transforman alguna cosa ordinaria en algo desde donde podemos apreciar a la persona que aspiramos ser.

Sin pasarlo por alto —y de hecho es nuestro Ejemplo primordial— está nuestro Salvador Jesucristo, cuyo nacimiento fue predicho por profetas y ángeles que anunciaron su ministerio terrenal. Él “crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” 3 .

Bautizado por Juan en el río conocido como Jordán, Él comenzó su ministerio oficial entre los hombres. Jesús volvió la espalda a los engaños de Satanás; y al deber que le asignó Su Padre dio la cara, entregó Su corazón y dio Su vida. ¡Y qué vida sin pecado, desinteresada, noble y divina fue! Jesús trabajó; Jesús amó; Jesús prestó servicio; Jesús testificó. ¿Qué mejor ejemplo podríamos esforzarnos por imitar? Empecemos a hacerlo ahora mismo, esta misma tarde. Quedará desechado para siempre el viejo yo, y con él la derrota, la desesperanza, la duda y la incredulidad. Adquirimos vida nueva, una vida de fe, esperanza, valor y gozo. No hay tarea demasiado grande, no hay responsabilidad demasiado pesada, ni deber que sea una carga. Todas las cosas son posibles.

Hace muchos años hablé de alguien que tomó su ejemplo del Salvador, uno que permaneció firme y fiel, fuerte y digno a través de las tormentas de la vida. Con valentía magnificó sus llamamientos en el sacerdocio y sirve de ejemplo para cada uno de nosotros; se llamaba Thomas Michael Wilson, hijo de Willie y Julia Wilson, de Lafayette, Alabama.

Cuando era tan sólo un adolescente, y él y su familia aún no eran miembros de la Iglesia, contrajo cáncer, a lo que siguió la dolorosa terapia de radiación y más tarde la bendita entrada en remisión. Esa enfermedad hizo que su familia se diera cuenta de que la vida no sólo es preciosa, sino que también puede ser corta. Empezaron a interesarse en la religión a fin de soportar esos tiempos de tribulación. Posteriormente, conocieron la Iglesia y, con el tiempo, todos se bautizaron, excepto el padre. Después de aceptar el Evangelio, el joven hermano Wilson añoraba la oportunidad de ser misionero, a pesar de que tenía más edad que la mayoría de los jóvenes que inician su servicio misional. Cuando tenía 23 años, recibió un llamamiento misional para servir en la Misión Utah Salt Lake City.

Los compañeros de misión del élder Wilson describieron su fe como incuestionable, firme e inflexible. Él era un ejemplo para todos. Sin embargo, después de prestar servicio durante once meses, la enfermedad volvió. El cáncer de los huesos hizo necesario que se le amputara el brazo y el hombro. Aun así, él persistió en sus labores misionales.

El valor y el ferviente deseo del élder Wilson de permanecer en su misión conmovieron de tal manera a su padre, que no era miembro, que investigó las enseñanzas de la Iglesia y también se hizo miembro de ella.

Me enteré de que una investigadora a quien el élder Wilson había enseñado, se había bautizado, pero que deseaba que el élder Wilson, por quien sentía gran respeto, la confirmara. Ella, acompañada de otras personas, fue al lecho del hospital donde estaba el élder Wilson; allí, poniendo la mano que le quedaba sobre la cabeza de ella, la confirmó miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Mes tras mes, el élder Wilson continuó su valioso pero doloroso servicio como misionero. Se dieron bendiciones, se elevaron oraciones y, debido a su ejemplo de dedicación, sus compañeros misioneros vivieron más cerca de Dios.

El estado del élder Wilson se deterioró; se acercaba el fin y debía regresar a casa. Pidió que se le permitiera servir un mes más, y se le concedió la petición. Él puso su fe en Dios, y Aquel en quien Thomas Michael Wilson confiaba en silencio abrió las ventanas de los cielos y lo bendijo abundantemente. Sus padres, Willie y Julia Wilson, y su hermano Tony vinieron a Salt Lake City para ayudar a su hijo y hermano a regresar a Alabama. No obstante, aún había una bendición que conceder, una por la que se había orado y añorado. La familia me invitó a acompañarlos al Templo Jordan River, donde se efectuaron esas sagradas ordenanzas que unen a las familias por la eternidad, así como por esta vida.

Me despedí de la familia Wilson. Aún veo al élder Wilson cuando me daba las gracias por haber estado con él y sus seres queridos. Dijo: “No importa lo que nos pase en la vida, siempre y cuando tengamos el evangelio de Jesucristo y lo llevemos a la práctica. No importa si enseño el Evangelio en este lado o en el otro lado del velo, siempre y cuando lo enseñe”. ¡Qué valor! ¡Qué confianza! ¡Qué amor! La familia Wilson hizo el largo recorrido hasta su hogar en Lafayette, donde el élder Thomas Michael Wilson se deslizó a la eternidad; fue sepultado llevando su placa de identificación misional en su lugar.

Mis hermanos, al salir ahora de esta reunión general del sacerdocio, tomemos la determinación de prepararnos para nuestro momento de oportunidad, y honrar el sacerdocio que poseemos mediante el servicio que prestemos, las vidas que habremos de bendecir y las almas que tendremos el privilegio de ayudar a salvar. Ustedes son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” 4 , y pueden marcar la diferencia. Testifico de estas verdades, en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

Notas

1. “For They Loved the Praise of Men More Than the Praise of God”, Ensign, noviembre de 1975, pág. 74.
2. Deseret News, 21 de junio de 1871, pág. 235.
3. Lucas 2:40.
4. 1 Pedro 2:9.

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La fe y el juramento y convenio del sacerdocio

Conferencia General Abril 2008
La fe y el juramento y convenio del sacerdocio
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

[Avancen] con fe guardando los convenios que han hecho con Dios y [reclamen] así la promesa que Él les ha hecho con un juramento.

Esta tarde, mi objetivo es ayudarles a aumentar la confianza en ustedes mismos de que pueden y de que podrán elevarse a la altura de las bendiciones del juramento y el convenio del sacerdocio. La magnitud de las posibles consecuencias de ese juramento y convenio es lo que tal vez haga necesario que esa confianza se fortalezca con regularidad.

El Señor ha aclarado esas consecuencias. El ser dignos de lograr las posibilidades del juramento y el convenio conlleva el más grande de todos los dones de Dios: la vida eterna. Esa es la finalidad del Sacerdocio de Melquisedec. Al guardar los convenios después de recibir el sacerdocio, y al renovarlos en las ceremonias del templo, se nos promete, mediante un juramento que hizo Elohim, nuestro Padre Celestial, que obtendremos la plenitud de Su gloria y viviremos como Él vive. Tendremos la bendición de ser sellados en una familia para siempre, con la promesa de una posteridad eterna.

Como sería de esperar, el no reclamar tal bendición acarrearía consecuencias desastrosas. El Señor también ha sido claro sobre ese asunto. Los líderes suelen leer estas palabras a los jóvenes cuando se acerca el momento en el que pueden recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Seguramente recordarán lo que sintieron cuando las escucharon por primera vez; son las palabras del Salvador Jesucristo que nos fueron dadas por medio del profeta José Smith:

“Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

“porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;

“y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

“y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.

“Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.

“Así que, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.

“Pero el que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare totalmente, no recibirá perdón de los pecados en este mundo ni en el venidero.

“Y ¡ay! de todos aquellos que no obtengan este sacerdocio que habéis recibido, el cual ahora confirmo por mi propia voz desde los cielos sobre vosotros que estáis presentes este día; y aun os he encomendado a las huestes celestiales y a mis ángeles.

“Y ahora os doy el mandamiento de tener cuidado, en cuanto a vosotros mismos, de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna” 1 .

Si ustedes son como yo cuando era joven y escuché por primera vez esas palabras, el reto de aceptar el Sacerdocio de Melquisedec podría parecer insuperable. Hay por lo menos dos razones por las que deben sentirse seguros en lugar de sentirse desanimados con los castigos que derivarían del no guardar el juramento y convenio, o por decidir no aceptarlo. Ya sea que acepten el juramento y convenio y les parezca demasiado difícil, o si no hacen un intento por cumplirlo, el castigo es el mismo; por lo tanto, no cabe duda de que la mejor opción de ustedes y la mía es recibir el santo sacerdocio y esforzarnos con todo nuestro corazón por guardar sus convenios. Si elegimos no intentarlo, en verdad perderíamos la oportunidad de obtener la vida eterna. Si lo intentamos y tenemos éxito con la ayuda de Dios, obtendremos la vida eterna.

Incluso hay otra razón para decidir ahora que tratarán con todo el corazón de reunir los requisitos para recibir ese juramento y convenio, y confiar en que lo lograrán. Dios les promete la ayuda y el poder que les dará el éxito, si ejercen la fe.

Permítanme describir algunas de las bendiciones que recibirán si siguen adelante con fe.

Primero, el hecho mismo de que se les haya ofrecido el juramento y convenio es una evidencia de que Dios los ha elegido y reconoce el poder y la capacidad que ustedes poseen. Él los ha conocido desde que estuvieron con Él en el mundo de los espíritus. Con el conocimiento previo que Dios tiene de la fortaleza de ustedes, les ha permitido encontrar la verdadera Iglesia de Jesucristo y que se les brinde el sacerdocio; pueden tener confianza porque tienen evidencia de la confianza que Dios tiene en ustedes.

Segundo, si procuran guardar los convenios, el Salvador ha prometido brindar Su ayuda personal. Él ha dicho, si siguen adelante para honrar el sacerdocio, “…allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” 2 .

Es posible que a veces necesiten, como yo, la seguridad de que tendrán la fortaleza para cumplir sus obligaciones en este sagrado sacerdocio. El Señor previó nuestra necesidad de seguridad, y dijo: “Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos” 3 . Seguir leyendo

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Cuestión de sólo unos grados

Conferencia General Abril 2008

Cuestión de sólo unos grados

Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La diferencia que existe entre la felicidad y la amargura… muchas veces se debe a un error de sólo unos grados.


Mis queridos hermanos, siento su fortaleza y bondad al reunirnos como sacerdocio de Dios, los amo y los admiro. Gracias por su fe, sus oraciones y su deseo de servir al Señor.

Ya hace dos meses que el presidente Thomas S. Monson me llamó para prestar servicio como Segundo Consejero de la Primera Presidencia de la Iglesia. Estoy seguro de que fue una sorpresa para muchos, y a mí también me tomó desprevenido; diría que quizás yo haya sido la segunda persona más sorprendida de la tierra, habiendo sido mi esposa la primera.

El día en que el Quórum de los Doce se reunió en el templo para sostener al presidente Monson y ordenarlo y apartarlo como profeta, vidente, revelador y Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sentí gran gozo por tener la oportunidad de levantar la mano para sostener a mi amado amigo y líder.

Después de que el presidente Monson fue sostenido, él anunció a sus consejeros.

El presidente Eyring no fue una sorpresa. Es un hombre de talla y carácter, una extraordinaria elección como primer consejero. Cuánto lo amo y admiro.

Entonces el presidente Monson anunció a su segundo consejero. El nombre me sonaba vagamente familiar: era mi nombre.

Miré a mi alrededor, sin estar seguro de haber oído correctamente, pero la sonrisa de mis hermanos y la mirada de compasión del presidente Monson me dieron la seguridad de que una vez más mi vida estaba por cambiar.

Todos echamos de menos al presidente Hinckley; él sigue siendo una bendición en nuestra vida.

El presidente Monson es el profeta de Dios para nuestros días; lo honro y dedico mi corazón, alma, mente y fuerza a esta gran obra.

En 1979, un avión de pasajeros con 257 personas a bordo partió de Nueva Zelanda en un vuelo turístico de ida y vuelta a la Antártida. Sin embargo, sin que los pilotos lo supieran, alguien había modificado las coordenadas de vuelo tan sólo dos grados. Ese error condujo al avión 45 km al este de donde los pilotos pensaban que se encontraban. Al acercarse a la Antártida, los pilotos disminuyeron la altitud para que los pasajeros tuvieran una mejor vista del paisaje. Aunque ambos eran pilotos con experiencia, ninguno de los dos había hecho ese viaje antes y no tenían modo de saber que las coordenadas incorrectas los había puesto directamente en la trayectoria del Monte Erebus, un volcán activo que se eleva desde el panorama congelado hasta una altura de más de 3.700 metros.

Al seguir los pilotos el vuelo, la blancura de la nieve y del hielo que revestían el volcán se mezclaba con la blancura de las nubes de encima, lo que daba la impresión de que volaban sobre terreno llano. Para cuando los instrumentos sonaron la alarma que indicaba que el terreno se aproximaba rápidamente hacia ellos, fue demasiado tarde. El avión chocó contra el costado del volcán, y todas las personas que estaban a bordo murieron.

Fue una terrible tragedia causada por un error insignificante: una cuestión de sólo unos grados 1 .

A lo largo de años de servicio al Señor y en innumerables entrevistas, he aprendido que la diferencia que existe entre la felicidad y la amargura de las personas, de los matrimonios y de las familias muchas veces se debe a un error de sólo unos grados.

Saúl, el rey de Israel

La historia de Saúl, el rey de Israel, ilustra este punto. La vida de Saúl comenzó con un gran futuro, pero tuvo un final desafortunado y trágico. Al principio, Saúl era “joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él” 2 . Saúl fue escogido personalmente por Dios para ser rey 3 ; tenía todas las ventajas, era físicamente imponente 4 y provenía de una familia influyente 5 .

Por supuesto, Saúl tenía debilidades, pero el Señor prometió que lo bendeciría, lo sostendría y lo haría prosperar. Las Escrituras nos dicen que Dios prometió que siempre estaría con él 6 , que le cambiaría el corazón 7 y que lo convertiría en otro hombre 8 .

Mientras tuvo la ayuda del Señor, Saúl fue un rey magnífico; unió a Israel y venció a los amonitas que habían invadido sus tierras 9 y pronto se enfrentó a un problema mucho más grande: los filisteos, que tenían un poderoso ejército con carros y jinetes y un “pueblo numeroso como la arena que está a la orilla del mar” 10 . Los israelitas tenían tanto miedo de los filisteos que “se escondieron en cuevas, en fosos, en peñascos, en rocas y en cisternas” 11 .

El joven rey necesitaba ayuda. El profeta Samuel le mandó decir que lo esperara y que él, el profeta, iría a ofrecer sacrificio y procuraría el consejo del Señor. Saúl esperó siete días y el profeta Samuel aún no llegaba. Finalmente, Saúl sintió que ya no podía esperar más, así que juntó a su pueblo e hizo algo para lo cual no tenía la autoridad del sacerdocio: él mismo ofreció el sacrificio.

Cuando Samuel llegó, se sintió desconsolado. “Locamente has hecho”, le dijo. Si tan sólo el nuevo rey hubiese esperado un poco más y no se hubiese desviado del camino del Señor, si sólo hubiese seguido el orden revelado del sacerdocio, el Señor habría establecido su reino para siempre. “Mas ahora”, dijo Samuel, “tu reino no será duradero” 12 . Seguir leyendo

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Un diácono de doce años

Conferencia General Abril 2008
Un diácono de doce años
Élder John M. Madsen
De los Setenta

Cada uno de nosotros, como hijos de Dios, puede cumplir su misión y destino.

Mis queridos hermanos del sacerdocio, para comenzar, me gustaría dirigir mis palabras a los diáconos de 12 años presentes en esta sesión general del sacerdocio. Dondequiera que se encuentren, quiero reconocer su presencia y contarles, o recordarles, la experiencia del presidente Gordon B. Hinckley cuando era un diácono de doce años como ustedes.

De su biografía leemos: “Poco después de ser ordenado diácono, asistió a su primera reunión de sacerdocio de estaca con su padre… Se sintió fuera de lugar al buscar un asiento en la última fila de la capilla del Barrio Diez mientras [su padre], quien servía en la presidencia de estaca, se sentó en el estrado. Para comenzar la reunión, los trescientos o cuatrocientos hombres presentes se pusieron de pie y cantaron el himno triunfal de William W. Phelps…: ‘Al gran Profeta rindamos honores/ Fue ordenado por Cristo Jesús/ a restaurar la verdad a los hombres/ y entregar a los pueblos la luz’ ”.

Al recordar esa experiencia, el presidente Hinckley dijo: “Algo sucedió en mi interior al oír cantar a esos hombres de fe. Me conmovió el corazón, sentí algo difícil de describir, sentí un vibrante poder, tanto emocional como espiritual; nunca lo había sentido antes en relación a la Iglesia. Recibí en el corazón la convicción de que el hombre sobre el que cantaban fue realmente un profeta de Dios. Entonces supe, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith en verdad fue un profeta de Dios” 1 .

Así como la experiencia que tuvo el presidente Hinckley, que “recordaría el resto de sus días” 2 , cuando era un diácono de doce años, ruego que la experiencia que ustedes tengan hoy sea una que recuerden el resto de sus días.

Observemos ahora esta extraordinaria escultura de bronce fundido que se llama El banco de los diáconos. Para los que no puedan verla, la escultura es la imagen de cinco diáconos, tomados en un momento espontáneo, sentados en un banco de la Iglesia.

Al observar a los cinco diáconos, ¿qué ven? Ahora, al leerles las declaraciones de dos presidentes anteriores de la Iglesia, les haré la pregunta de otra manera: ¿qué pueden ver?

El presidente Joseph Fielding Smith declaró: “Nuestros jóvenes… son la nobleza del cielo, una generación especial y escogida que tiene un destino divino. Sus espíritus se han reservado para esta época en la que el Evangelio está sobre la tierra y en la que el Señor necesita siervos valientes para llevar adelante Su gran obra de los últimos días” 3 .

El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Estamos criando una generación real… que tiene una misión especial que llevar a cabo” 4 .

A la luz de estas declaraciones proféticas, si ampliamos nuestra visión más allá de los cinco diáconos del banco e incluimos a todos los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, ¿qué pueden ver?

Confío y ruego que todos veamos su potencial divino, que los veamos como portadores del santo sacerdocio y como misioneros que predican “…el evangelio sempiterno” 5 por medio del Espíritu 6 a “…las naciones del mundo” 7 ; que los veamos como padres y esposos fieles y como siervos valientes y líderes de la Iglesia y del reino de Dios en los últimos días.

Para tener una visión más clara del destino divino de esta generación escogida y real, sólo tenemos que reflexionar sobre Jesucristo a los doce años, quien fue a Jerusalén con Sus padres para celebrar la fiesta de la pascua 8 .

¿Quién era este niño de 12 años? ¿Cuál era su misión y su destino? ¿Y cómo pudo cumplirlo? Seguir leyendo

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¿Sabes quién eres?

Conferencia General Abril 2008
¿Sabes quién eres?
Dean R. Burgess
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

Saber quién eres te hace espiritualmente fuerte, certero y firme en tus deberes del sacerdocio.

Recuerdo el entusiasmo que sentía cuando era un joven del Sacerdocio Aarónico y recién se me había ordenado diácono; estaba ansioso por cumplir con mis asignaciones del sacerdocio. Desde que era niño en la Primaria, observaba a los diáconos de mi barrio muy atentamente, anhelando el día en que tendría doce años para recibir el sacerdocio y repartir la Santa Cena. Finalmente ese día llegó y, después de haber sido ordenado por mi padre, que era el obispo del barrio, me sentía listo, aunque nervioso, para comenzar con mis deberes de diácono.

Ahora pertenecía a un quórum del Sacerdocio Aarónico; los miembros de mi quórum y yo nos hicimos muy buenos amigos. Esta amistad y hermandad del quórum continuó aumentando durante mi juventud al aprender y servir juntos en nuestros deberes del sacerdocio. Todos éramos buenos amigos, y pasamos momentos amenos y divertidos en las actividades del quórum.

Un domingo, después de una de aquellas largas y calurosas reuniones sacramentales, el primer consejero del obispado me llamó aparte para hablar conmigo. Esta entrevista del sacerdocio imprevista se ha convertido en una bendición para mí y he meditado la pregunta que me hizo durante nuestra breve pero significativa conversación. El hermano Bateman me miró a los ojos y preguntó: “Dean, ¿sabes quién eres?”. Se produjo un completo silencio y luego me dio un rápido y poderoso recordatorio: “Eres el hijo de Reid Burgess”.

El significado y la importancia de esa pregunta han permanecido en mi corazón por mucho tiempo y la he meditado a menudo durante mi adolescencia. La pregunta de este buen hermano, “¿Sabes quién eres?”, me ha brindado guía inspirada durante toda mi vida y constituye un compromiso de respetar y honrar a mi familia, y al sacerdocio.

Esta noche quisiera hacerle a cada uno de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico la misma pregunta que se me hizo cuando era un jovencito: “¿Sabes quién eres?”

Saber quién eres te hace espiritualmente fuerte, certero y firme en tus deberes del sacerdocio. Te conviertes en alguien seguro de ti mismo, con fe y determinación para tomar decisiones correctas. Tienes el valor de defender lo que sabes que es justo, te percatas de que es un privilegio poseer el sacerdocio de Dios y tener la autoridad de actuar en Su nombre.

Ammón, un gran misionero del Libro de Mormón, fue un fiel y valiente siervo del rey Lamoni; preservó de manera milagrosa los rebaños del rey e hizo todo lo que pudo para servirle. Cuando se enteró de las poderosas acciones de Ammón, Lamoni se preguntó quién era Ammón realmente, entonces Ammón declaró:

“He aquí, soy un hombre, y soy tu siervo; por tanto, cualquier cosa que desees, que sea justa, yo la haré.

“Y cuando el rey hubo oído estas palabras, se maravilló de nuevo, porque vio que Ammón podía discernir sus pensamientos; mas no obstante, el rey Lamoni abrió su boca, y le dijo: ¿Quién eres? ¿Eres tú ese Gran Espíritu que sabe todas las cosas?

“Le respondió Ammón, y dijo: No lo soy”.

Luego Ammón explicó quién era al decir: “Soy un hombre;… creado a imagen de Dios; y su Santo Espíritu me ha llamado para enseñar… a los de este pueblo” (Alma 18: 17–19, 34). Ammón sabía quién era y cuál era su verdadera misión.

Averiguar quiénes somos es uno de los grandes objetivos de la vida. Como padres y líderes hacemos un esfuerzo sincero y honrado por ayudar a las personas que amamos a comprender y responder esta sencilla pero profunda pregunta: “¿Quién soy?”.

Ahora te pregunto a ti, joven del Sacerdocio Aarónico, ¿cómo puedes recibir el conocimiento y el testimonio de quién eres?

Considera las siguientes tres preguntas y los principios relacionados con ellas que son esenciales para comprender nuestra verdadera identidad.

Primero, ¿sabes que eres hijo de Dios?

Tú eres literalmente hijo de Dios, “engendrado espiritualmente en la vida preterrenal. Como Su hijo… ten la certeza de que tienes un potencial divino y eterno, y de que [tu Padre Celestial] te ayudará en tus esfuerzos sinceros por alcanzar ese potencial”(véase Leales a la fe: Una referencia del Evangelio, 2004, pág. 62).

El conocimiento de que nuestro Padre Celestial nos ama y de que somos Sus hijos nos da fortaleza, consuelo y esperanza para vivir esta vida terrenal. En la primera epístola de Juan leemos:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.

“Amados, ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:1–2).

¡Tú eres importante para un amoroso Padre Celestial! ¡Joven, ora siempre! Tus oraciones tanto por la mañana como por la noche te ayudarán a saber que eres hijo de Dios.

Segundo, ¿sabes quién eres en el plan de Dios?

Alma lo llamó “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8), un plan que Dios preparó para ti y para cada uno de nosotros. Seguir este plan hace posible que todos podamos disfrutar felicidad ahora y regresar a Su presencia después de la muerte. Nuestro Padre Celestial envió a Su Hijo Amado Jesucristo a “soltar las ligaduras de la muerte” y a expiar nuestros pecados y los pecados del mundo. Permitir que el Salvador expíe nuestros pecados es la mayor expresión del amor de nuestro Padre Celestial por cada uno de nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Conocer, creer y comprender la misión del Salvador nos ayuda a saber quiénes somos.

Como parte del plan de nuestro Padre Celestial, fuiste enviado a un hogar y a una familia terrenal. Los convenios que hagas en el plan de Dios, tanto personales como familiares, te unirán a tu familia y a la de Dios por toda la eternidad. Honra y respeta el nombre que llevas; vive las normas y los mandamientos de Dios; permite que otras personas sepan quién eres por tu manera de vivir las normas que se hallan en el librito Para la Fortaleza de la Juventud. Estudia, medita y vive esas normas divinas. ¡Son para ti!

Tercero, ¿sabes quién eres como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días?

Te has bautizado, has recibido el Espíritu Santo, y eres miembro de la Iglesia restaurada de Jesucristo, ésta es Su Iglesia y Él nos ha dado un profeta de Dios para enseñarnos, orientarnos, guiarnos y para dirigir Su obra aquí en la tierra. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es nuestro profeta en estos “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1), escúchalo. Él y otros profetas modernos te enseñarán quién eres y cómo llegar a ser más como el Salvador.

Eres miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y has sido ordenado para poseer el Sacerdocio de Dios. El presidente Monson ha dicho: “Se nos ha confiado poseer el sacerdocio y actuar en el nombre de Dios. Se nos ha conferido una sagrada responsabilidad y es mucho lo que se espera de nosotros” (“Un real sacerdocio”, Liahona, noviembre 2007, pág. 59).

Perteneces a un quórum de jóvenes donde puedes sentir la hermandad y amistad de otros poseedores del sacerdocio. El quórum te protege de las influencias mundanas, permite que los jóvenes se presten servicio los unos a los otros y participen de las ordenanzas del sacerdocio. En tu quórum también te enseñan los principios del evangelio de Jesucristo que te ayudan a comprender quién eres. Joven, honra el Sacerdocio de Dios.

Testifico que el saber quién eres y el guardar tus promesas y convenios que hiciste con el Señor traerán felicidad a tu vida.

Que todos podamos saber y comprender quiénes somos realmente. Que el Espíritu que sentimos esta noche dé “testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). En el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿Y quién es mi prójimo?

Conferencia General Abril 2008
¿Y quién es mi prójimo?
Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

Expresamos nuestro profundo agradecimiento a las muchas personas… que constituyen los buenos samaritanos de la actualidad.

Buenas tardes. Hoy, los pasajes de las Escrituras tales como “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40) y “Recordad en todas las cosas a los pobres y a los necesitados” (D. y C. 52:40) toman un significado especial al revisar algunos aspectos relevantes de la labor humanitaria del año pasado.

Hace poco se presentó un informe sobre la ayuda humanitaria ante el Comité General de Bienestar de la Iglesia. El presidente del comité, que en ese entonces era el presidente Gordon B. Hinckley, expresó profundo agradecimiento por la generosidad de los miembros y de los que no son de nuestra religión que han hecho posible este tipo de labor social. En nombre del Comité General de Bienestar, expresamos nuestro profundo agradecimiento a las muchas personas, familias, quórumes y grupos de la Sociedad de Socorro y de las Mujeres Jóvenes que constituyen los buenos samaritanos de la actualidad.

En el año 2007, la Iglesia respondió a terremotos de gran magnitud en 5 países, enormes incendios en 6 países, hambre y escasez de alimentos en 18 países e inundaciones y tormentas severas en 34 países. En total, la Iglesia y sus miembros respondieron a 170 desastres de gran magnitud, lo cual representa casi un desastre cada dos días durante todo el año. Fue un año atareado y con muchas oportunidades de servir.

Además de responder a desastres naturales, se emprendieron miles de otras iniciativas de salud pública durante el año. Más de un millón de personas se beneficiaron con los proyectos de agua potable patrocinados por la Iglesia en 25 países. Más de 60.500 personas recibieron sillas de ruedas en 60 naciones. A principios de este año, la hermana Burton y yo, junto con la presidencia del Área Sudamérica Norte y con la Primera Dama de Colombia, participamos en la entrega de sillas de ruedas. Derramamos lágrimas a medida que los que recibían la donación y los que los atendían expresaban agradecimiento. En 11 países, más de 54 mil personas ahora disfrutan de mejor visión. Se capacitó a más de 16.500 profesionales de la salud en reanimación neonatal en 23 países; ellos, a su vez, capacitarán a muchos otros. En una búsqueda por eliminar el sarampión, 2,8 millones de niños y adolescentes en 10 países fueron vacunados. Los efectos combinados de toda esta labor han beneficiado directamente a cerca de 4 millones de personas en 85 países.

En agosto, un fuerte terremoto de 8,0 de magnitud causó la muerte de 520 personas y destruyó más de 58 mil casas en el sur de Perú. Demostrando gran amor e interés, cada una de las 29 estacas de Lima, Perú, brindó asistencia básica a los barrios de las regiones desoladas.

Con la ayuda de maravillosos misioneros se está llevando a cabo un plan para ayudar a las personas a reconstruir sus casas, sus vidas y restaurar varias escuelas. Es posible que se construyan hasta 400 casas en las que las personas, los amigos y los familiares realicen la mayor parte del trabajo. La supervisión, coordinación y capacitación están bajo la dirección del élder Alan Layton y su esposa.

A finales del año, una combinación de clima seco y vientos fuertes avivaron fuegos arrasadores en el sur de California que forzaron a más de un millón de personas a evacuar sus casas. Por lo menos mil quinientas casas se destruyeron. En respuesta a ello, la Iglesia proporcionó estuches de limpieza, mantas, estuches de higiene y comida. Más de 5 mil misioneros y Manos mormonas que ayudan limpiaron, cocinaron, consolaron y atendieron a los damnificados.

Una nota de agradecimiento decía: “Sírvase mandar mi más profundo agradecimiento a todos los Santos de los Últimos Días que han estado trabajando tan arduamente en mi vecindario. Los mormones han estado aquí constantemente con comida, abrazos, oraciones y ayudando a reparar y limpiar propiedades. Ellos… mejoran mi comunidad, sanan corazones y reparan casas en las colinas de San Diego” 1 . Seguir leyendo

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Demos oído a las palabras del profeta

Conferencia General Abril 2008
Demos oído a las palabras del profeta
Élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como poseedores del sacerdocio de la Iglesia, tenemos la solemne responsabilidad de seguir a nuestro profeta.

Mis queridos hermanos del sacerdocio, me siento agradecido de estar con ustedes en esta sesión de la conferencia general en este día histórico.

¡Admiramos a los que arriesgan su vida para rescatar a los que están en peligro! 1 El año pasado, cuando visité el sur de California durante los terribles incendios avivados por los vientos de Santa Ana, me fui con dos impresiones. La primera fue cómo auxiliaron los miembros de la Iglesia a los necesitados y, la segunda, cuán agradecidos estaban con los bomberos. El dueño de una casa describió lo que vio hacer a los bomberos. Indicó que los vientos de Santa Ana soplan del desierto, llevando aire caliente hacia el océano. Una vez que empieza un incendio, esos cálidos vientos desérticos llevan las llamas a una velocidad entre 97 y 113 kilómetros por hora. El dueño de casa describió su gratitud y admiración al ver a los bomberos con sus mangueras de pie detrás de una zona despejada y enfrentando un muro de fuego de hasta tres metros de alto que descendía sobre ellos a esa gran velocidad; esos valerosos hombres y mujeres pudieron rescatar a las personas y casas mientras corrían un constante peligro personal.

De vez en cuando, individualmente y como Iglesia, pasamos por periodos de crisis y de peligro. Algunos surgen rápido como el fuego; otros son sutiles y pasan casi inadvertidos hasta que están sobre nosotros. Algunos requieren un acto heroico, pero la mayoría son menos espectaculares. La forma en que respondemos es crucial. Esta noche, mi propósito es recalcar a los poseedores del sacerdocio la importancia de dar oído a las palabras de los profetas, esa es una manera segura de responder a todo peligro físico y espiritual. Algunos ejemplos quizás nos sirvan de ayuda.

Muchos de ustedes han participado en caminatas para experimentar y apreciar el dramático rescate de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin. La primera vez que supe de ese rescate era un adolescente. Mi madre me regaló un libro escrito por Orson F. Whitney, quien más adelante fue Apóstol 2 . En el libro del élder Whitney, me enteré del heroico esfuerzo dirigido por Brigham Young para rescatar a las compañías de carros de mano. Les habían sorprendido tormentas invernales en las llanuras de Wyoming; algunos habían muerto y muchos otros estaban a punto de morir. Brigham Young supo de la situación difícil y en la conferencia general de octubre de 1856, instruyó a los santos a que dejaran todo y rescataran a los que estaban desamparados en las llanuras 3 .

La respuesta fue espectacular, el élder Whitney informó: “Eran hombres valientes por su heroísmo—puesto que arriesgaron su propia vida al enfrentar valerosamente las tormentas invernales en las llanuras—pasaron a la inmortalidad y se ganaron la eterna gratitud de cientos de personas que, sin duda, se salvaron de la muerte debido a esos actos de valentía” 4 .

Una razón por la que mi madre me había dado el libro era que el élder Whitney mencionaba de manera especial a mi bisabuelo, David Patten Kimball, quien había participado en ese rescate a la edad de 17 años. Todos los que fueron al rescate tuvieron que hacer frente a la nieve profunda y las temperaturas heladas durante gran parte del rescate de las compañías de carros de mano. Haciendo un gran sacrificio personal, David y sus compañeros ayudaron a muchos pioneros a cruzar las aguas heladas del río Sweetwater 5 llevándolos en brazos. Este relato verídico me impresionó mucho, quería demostrar mi devoción al Señor mediante algún acto sorprendente. Sin embargo, al visitar a mi abuelo, él me explicó que cuando el presidente Brigham Young envió a su padre, David, y a los otros jóvenes a esa misión de rescate, les instruyó que hicieran todo lo posible por salvar a las compañías de carros de mano, aún a costa de su propia vida 6 . Sus actos de valentía fueron específicamente ‘seguir al profeta Brigham Young’, y al hacerlo expresaban su fe en el Señor Jesucristo. Mi abuelo me dijo que esa dedicación constante y fiel al consejo del profeta es la verdadera lección que debía aprender del servicio ofrecido por mi bisabuelo. Al igual que fue muy heroico el que David y sus compañeros ayudaran a rescatar a los pioneros, también es veleroso seguir hoy el consejo de nuestro profeta.

Un relato muy conocido del Antiguo Testamento ilustra este principio. Naamán, un líder prominente de Siria padecía de lepra. Supo que el profeta Eliseo en Israel, podría sanarlo. Eliseo mandó un mensajero para decirle a Naamán que debía lavarse siete veces en el río Jordán. Al principio Naamán se molestó mucho por ese consejo; sin embargo, sus siervos dijeron: “Si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías?” Entonces Naamán siguió el consejo del profeta Eliseo y quedó limpio 7 . Seguir leyendo

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