Conferencia General Octubre 2009
El procurar conocer a Dios, nuestro Padre Celestial, y a Su Hijo Jesucristo
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles
La luz de la creencia está en ustedes y está esperando que el Espíritu de Dios la despierte y la intensifique.
Mis hermanos y hermanas, expreso gratitud por el testimonio de Dios, nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo, que han dado profetas vivientes durante esta conferencia, y por las enseñanzas del Espíritu Santo.
Como se profetizó, vivimos en una época en la que la oscuridad del secularismo se intensifica cada vez más a nuestro alrededor. Se cuestiona extensamente la creencia en Dios e incluso se la ataca en nombre de causas políticas, sociales y hasta religiosas. El ateísmo, o la doctrina de que Dios no existe, se está extendiendo rápidamente por todo el mundo.
Aun así, como miembros de la Iglesia restaurada de Jesucristo, declaramos que “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” 1 .
Algunos se preguntan: ¿por qué es tan importante creer en Dios? ¿Por qué dijo el Salvador: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”? 2 .
Sin Dios, la vida terminaría en la tumba y nuestras experiencias terrenales carecerían de propósito. El crecimiento y el progreso serían temporales; los logros, sin valor; los desafíos, sin sentido. No habría ni bien ni mal definitivos, ni responsabilidad moral de cuidarnos los unos a los otros como hijos de Dios que somos. De hecho, sin Dios, no habría ni vida terrenal ni vida eterna.
Si ustedes o alguien a quien aman están buscando un propósito en la vida o una convicción más profunda de la presencia de Dios en nuestra vida, yo les ofrezco, como amigo y como Apóstol, mi testimonio. ¡Él vive!
Algunos se preguntarán: ¿Cómo puedo saberlo por mí mismo? Sabemos que Él vive porque creemos en el testimonio de Sus profetas antiguos y vivientes, y hemos sentido el Espíritu de Dios que confirma que el testimonio de esos profetas es verdadero.
Por medio de sus testimonios, registrados en las Santas Escrituras, sabemos que “[Dios] creó al hombre, varón y hembra, según su propia imagen, y a su propia semejanza él los creó” 3 . Algunos quizá se sorprendan al enterarse que nos parecemos a Dios. Un prominente erudito religioso incluso ha enseñado que el imaginarse a Dios en la forma de hombre es crear una imagen, lo cual es idólatra y blasfemo 4 . Pero Dios mismo dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” 5 .
El uso de las palabras hagamos y nuestra de este pasaje también nos enseña sobre la relación que existe entre el Padre y el Hijo. Dios además enseñó: “…he creado estas cosas por medio de mi [Hijo] Unigénito” 6 . El Padre y el Hijo son personas separadas y distintas: como siempre lo son todo padre e hijo. Ésta podría ser una razón por la que el nombre de Dios en hebreo, “Elohím”, no es singular, sino plural.
Por el Nuevo Testamento sabemos que el Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo tienen presencia física. Ellos se encuentran en un lugar a la vez, como testificó Esteban, el discípulo del Nuevo Testamento: “¡He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios!” 7 .
También sabemos que el Padre y el Hijo tienen voz. Según se registra en Génesis y en el libro de Moisés, Adán y Eva “oyeron la voz de Dios el Señor, mientras se paseaban en el jardín al fresco del día” 8 .
Sabemos que el Padre y el Hijo tienen rostro, que pueden estar de pie y que conversan. El profeta Enoc declaró: “Vi al Señor; y estaba ante mi faz, y habló conmigo, así como un hombre habla con otro” 9 .
Sabemos que Dios y Su Hijo tienen cuerpos con forma y partes semejantes a las nuestras. En el libro de Éter, en el Libro de Mormón, leemos: “Y fue quitado el velo de ante los ojos del hermano de Jared, y vio el dedo del Señor; y era como el dedo de un hombre, a semejanza de carne y sangre” 10 . Más adelante, el Señor se mostró en su totalidad y dijo: “He aquí, este cuerpo que ves ahora es el cuerpo de mi espíritu; y… apareceré a mi pueblo en la carne” 11 .
Sabemos que el Padre y el Hijo tienen sentimientos por nosotros. En el libro de Moisés se registra: “Y aconteció que el Dios del cielo miró al resto del pueblo, y lloró” 12 .
Y sabemos que Dios y Su Hijo Jesucristo son seres inmortales, glorificados y perfeccionados. El profeta José Smith relata lo siguiente acerca del Salvador Jesucristo: “Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas” 13 .
Ningún testimonio es tan importante para nosotros como el testimonio de José Smith. Él fue el profeta escogido para restaurar la antigua Iglesia de Cristo en ésta, la última vez en que el Evangelio estará sobre la tierra antes de que Jesucristo vuelva. Al igual que todos los profetas que iniciaron la obra de Dios en sus dispensaciones, a José se le dieron experiencias proféticas especialmente claras y poderosas con el fin de preparar al mundo para la segunda venida del Salvador. Seguir leyendo

























