Conferencia General Abril 2008 Un diácono de doce años
Élder John M. Madsen
De los Setenta
Cada uno de nosotros, como hijos de Dios, puede cumplir su misión y destino.
Mis queridos hermanos del sacerdocio, para comenzar, me gustaría dirigir mis palabras a los diáconos de 12 años presentes en esta sesión general del sacerdocio. Dondequiera que se encuentren, quiero reconocer su presencia y contarles, o recordarles, la experiencia del presidente Gordon B. Hinckley cuando era un diácono de doce años como ustedes.
De su biografía leemos: “Poco después de ser ordenado diácono, asistió a su primera reunión de sacerdocio de estaca con su padre… Se sintió fuera de lugar al buscar un asiento en la última fila de la capilla del Barrio Diez mientras [su padre], quien servía en la presidencia de estaca, se sentó en el estrado. Para comenzar la reunión, los trescientos o cuatrocientos hombres presentes se pusieron de pie y cantaron el himno triunfal de William W. Phelps…: ‘Al gran Profeta rindamos honores/ Fue ordenado por Cristo Jesús/ a restaurar la verdad a los hombres/ y entregar a los pueblos la luz’ ”.
Al recordar esa experiencia, el presidente Hinckley dijo: “Algo sucedió en mi interior al oír cantar a esos hombres de fe. Me conmovió el corazón, sentí algo difícil de describir, sentí un vibrante poder, tanto emocional como espiritual; nunca lo había sentido antes en relación a la Iglesia. Recibí en el corazón la convicción de que el hombre sobre el que cantaban fue realmente un profeta de Dios. Entonces supe, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith en verdad fue un profeta de Dios” 1 .
Así como la experiencia que tuvo el presidente Hinckley, que “recordaría el resto de sus días” 2 , cuando era un diácono de doce años, ruego que la experiencia que ustedes tengan hoy sea una que recuerden el resto de sus días.
Observemos ahora esta extraordinaria escultura de bronce fundido que se llama El banco de los diáconos. Para los que no puedan verla, la escultura es la imagen de cinco diáconos, tomados en un momento espontáneo, sentados en un banco de la Iglesia.
Al observar a los cinco diáconos, ¿qué ven? Ahora, al leerles las declaraciones de dos presidentes anteriores de la Iglesia, les haré la pregunta de otra manera: ¿qué pueden ver?
El presidente Joseph Fielding Smith declaró: “Nuestros jóvenes… son la nobleza del cielo, una generación especial y escogida que tiene un destino divino. Sus espíritus se han reservado para esta época en la que el Evangelio está sobre la tierra y en la que el Señor necesita siervos valientes para llevar adelante Su gran obra de los últimos días” 3 .
El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Estamos criando una generación real… que tiene una misión especial que llevar a cabo” 4 .
A la luz de estas declaraciones proféticas, si ampliamos nuestra visión más allá de los cinco diáconos del banco e incluimos a todos los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, ¿qué pueden ver?
Confío y ruego que todos veamos su potencial divino, que los veamos como portadores del santo sacerdocio y como misioneros que predican “…el evangelio sempiterno” 5 por medio del Espíritu 6 a “…las naciones del mundo” 7 ; que los veamos como padres y esposos fieles y como siervos valientes y líderes de la Iglesia y del reino de Dios en los últimos días.
Para tener una visión más clara del destino divino de esta generación escogida y real, sólo tenemos que reflexionar sobre Jesucristo a los doce años, quien fue a Jerusalén con Sus padres para celebrar la fiesta de la pascua 8 .
¿Quién era este niño de 12 años? ¿Cuál era su misión y su destino? ¿Y cómo pudo cumplirlo? Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 ¿Sabes quién eres?
Dean R. Burgess
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes
Saber quién eres te hace espiritualmente fuerte, certero y firme en tus deberes del sacerdocio.
Recuerdo el entusiasmo que sentía cuando era un joven del Sacerdocio Aarónico y recién se me había ordenado diácono; estaba ansioso por cumplir con mis asignaciones del sacerdocio. Desde que era niño en la Primaria, observaba a los diáconos de mi barrio muy atentamente, anhelando el día en que tendría doce años para recibir el sacerdocio y repartir la Santa Cena. Finalmente ese día llegó y, después de haber sido ordenado por mi padre, que era el obispo del barrio, me sentía listo, aunque nervioso, para comenzar con mis deberes de diácono.
Ahora pertenecía a un quórum del Sacerdocio Aarónico; los miembros de mi quórum y yo nos hicimos muy buenos amigos. Esta amistad y hermandad del quórum continuó aumentando durante mi juventud al aprender y servir juntos en nuestros deberes del sacerdocio. Todos éramos buenos amigos, y pasamos momentos amenos y divertidos en las actividades del quórum.
Un domingo, después de una de aquellas largas y calurosas reuniones sacramentales, el primer consejero del obispado me llamó aparte para hablar conmigo. Esta entrevista del sacerdocio imprevista se ha convertido en una bendición para mí y he meditado la pregunta que me hizo durante nuestra breve pero significativa conversación. El hermano Bateman me miró a los ojos y preguntó: “Dean, ¿sabes quién eres?”. Se produjo un completo silencio y luego me dio un rápido y poderoso recordatorio: “Eres el hijo de Reid Burgess”.
El significado y la importancia de esa pregunta han permanecido en mi corazón por mucho tiempo y la he meditado a menudo durante mi adolescencia. La pregunta de este buen hermano, “¿Sabes quién eres?”, me ha brindado guía inspirada durante toda mi vida y constituye un compromiso de respetar y honrar a mi familia, y al sacerdocio.
Esta noche quisiera hacerle a cada uno de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico la misma pregunta que se me hizo cuando era un jovencito: “¿Sabes quién eres?”
Saber quién eres te hace espiritualmente fuerte, certero y firme en tus deberes del sacerdocio. Te conviertes en alguien seguro de ti mismo, con fe y determinación para tomar decisiones correctas. Tienes el valor de defender lo que sabes que es justo, te percatas de que es un privilegio poseer el sacerdocio de Dios y tener la autoridad de actuar en Su nombre.
Ammón, un gran misionero del Libro de Mormón, fue un fiel y valiente siervo del rey Lamoni; preservó de manera milagrosa los rebaños del rey e hizo todo lo que pudo para servirle. Cuando se enteró de las poderosas acciones de Ammón, Lamoni se preguntó quién era Ammón realmente, entonces Ammón declaró:
“He aquí, soy un hombre, y soy tu siervo; por tanto, cualquier cosa que desees, que sea justa, yo la haré.
“Y cuando el rey hubo oído estas palabras, se maravilló de nuevo, porque vio que Ammón podía discernir sus pensamientos; mas no obstante, el rey Lamoni abrió su boca, y le dijo: ¿Quién eres? ¿Eres tú ese Gran Espíritu que sabe todas las cosas?
“Le respondió Ammón, y dijo: No lo soy”.
Luego Ammón explicó quién era al decir: “Soy un hombre;… creado a imagen de Dios; y su Santo Espíritu me ha llamado para enseñar… a los de este pueblo” (Alma 18: 17–19, 34). Ammón sabía quién era y cuál era su verdadera misión.
Averiguar quiénes somos es uno de los grandes objetivos de la vida. Como padres y líderes hacemos un esfuerzo sincero y honrado por ayudar a las personas que amamos a comprender y responder esta sencilla pero profunda pregunta: “¿Quién soy?”.
Ahora te pregunto a ti, joven del Sacerdocio Aarónico, ¿cómo puedes recibir el conocimiento y el testimonio de quién eres?
Considera las siguientes tres preguntas y los principios relacionados con ellas que son esenciales para comprender nuestra verdadera identidad.
Primero, ¿sabes que eres hijo de Dios?
Tú eres literalmente hijo de Dios, “engendrado espiritualmente en la vida preterrenal. Como Su hijo… ten la certeza de que tienes un potencial divino y eterno, y de que [tu Padre Celestial] te ayudará en tus esfuerzos sinceros por alcanzar ese potencial”(véase Leales a la fe: Una referencia del Evangelio, 2004, pág. 62).
El conocimiento de que nuestro Padre Celestial nos ama y de que somos Sus hijos nos da fortaleza, consuelo y esperanza para vivir esta vida terrenal. En la primera epístola de Juan leemos:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.
“Amados, ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:1–2).
¡Tú eres importante para un amoroso Padre Celestial! ¡Joven, ora siempre! Tus oraciones tanto por la mañana como por la noche te ayudarán a saber que eres hijo de Dios.
Segundo, ¿sabes quién eres en el plan de Dios?
Alma lo llamó “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8), un plan que Dios preparó para ti y para cada uno de nosotros. Seguir este plan hace posible que todos podamos disfrutar felicidad ahora y regresar a Su presencia después de la muerte. Nuestro Padre Celestial envió a Su Hijo Amado Jesucristo a “soltar las ligaduras de la muerte” y a expiar nuestros pecados y los pecados del mundo. Permitir que el Salvador expíe nuestros pecados es la mayor expresión del amor de nuestro Padre Celestial por cada uno de nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Conocer, creer y comprender la misión del Salvador nos ayuda a saber quiénes somos.
Como parte del plan de nuestro Padre Celestial, fuiste enviado a un hogar y a una familia terrenal. Los convenios que hagas en el plan de Dios, tanto personales como familiares, te unirán a tu familia y a la de Dios por toda la eternidad. Honra y respeta el nombre que llevas; vive las normas y los mandamientos de Dios; permite que otras personas sepan quién eres por tu manera de vivir las normas que se hallan en el librito Para la Fortaleza de la Juventud. Estudia, medita y vive esas normas divinas. ¡Son para ti!
Tercero, ¿sabes quién eres como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días?
Te has bautizado, has recibido el Espíritu Santo, y eres miembro de la Iglesia restaurada de Jesucristo, ésta es Su Iglesia y Él nos ha dado un profeta de Dios para enseñarnos, orientarnos, guiarnos y para dirigir Su obra aquí en la tierra. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es nuestro profeta en estos “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1), escúchalo. Él y otros profetas modernos te enseñarán quién eres y cómo llegar a ser más como el Salvador.
Eres miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y has sido ordenado para poseer el Sacerdocio de Dios. El presidente Monson ha dicho: “Se nos ha confiado poseer el sacerdocio y actuar en el nombre de Dios. Se nos ha conferido una sagrada responsabilidad y es mucho lo que se espera de nosotros” (“Un real sacerdocio”, Liahona, noviembre 2007, pág. 59).
Perteneces a un quórum de jóvenes donde puedes sentir la hermandad y amistad de otros poseedores del sacerdocio. El quórum te protege de las influencias mundanas, permite que los jóvenes se presten servicio los unos a los otros y participen de las ordenanzas del sacerdocio. En tu quórum también te enseñan los principios del evangelio de Jesucristo que te ayudan a comprender quién eres. Joven, honra el Sacerdocio de Dios.
Testifico que el saber quién eres y el guardar tus promesas y convenios que hiciste con el Señor traerán felicidad a tu vida.
Que todos podamos saber y comprender quiénes somos realmente. Que el Espíritu que sentimos esta noche dé “testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). En el nombre de Jesucristo. Amén.
Conferencia General Abril 2008 ¿Y quién es mi prójimo?
Obispo H. David Burton
Obispo Presidente
Expresamos nuestro profundo agradecimiento a las muchas personas… que constituyen los buenos samaritanos de la actualidad.
Buenas tardes. Hoy, los pasajes de las Escrituras tales como “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40) y “Recordad en todas las cosas a los pobres y a los necesitados” (D. y C. 52:40) toman un significado especial al revisar algunos aspectos relevantes de la labor humanitaria del año pasado.
Hace poco se presentó un informe sobre la ayuda humanitaria ante el Comité General de Bienestar de la Iglesia. El presidente del comité, que en ese entonces era el presidente Gordon B. Hinckley, expresó profundo agradecimiento por la generosidad de los miembros y de los que no son de nuestra religión que han hecho posible este tipo de labor social. En nombre del Comité General de Bienestar, expresamos nuestro profundo agradecimiento a las muchas personas, familias, quórumes y grupos de la Sociedad de Socorro y de las Mujeres Jóvenes que constituyen los buenos samaritanos de la actualidad.
En el año 2007, la Iglesia respondió a terremotos de gran magnitud en 5 países, enormes incendios en 6 países, hambre y escasez de alimentos en 18 países e inundaciones y tormentas severas en 34 países. En total, la Iglesia y sus miembros respondieron a 170 desastres de gran magnitud, lo cual representa casi un desastre cada dos días durante todo el año. Fue un año atareado y con muchas oportunidades de servir.
Además de responder a desastres naturales, se emprendieron miles de otras iniciativas de salud pública durante el año. Más de un millón de personas se beneficiaron con los proyectos de agua potable patrocinados por la Iglesia en 25 países. Más de 60.500 personas recibieron sillas de ruedas en 60 naciones. A principios de este año, la hermana Burton y yo, junto con la presidencia del Área Sudamérica Norte y con la Primera Dama de Colombia, participamos en la entrega de sillas de ruedas. Derramamos lágrimas a medida que los que recibían la donación y los que los atendían expresaban agradecimiento. En 11 países, más de 54 mil personas ahora disfrutan de mejor visión. Se capacitó a más de 16.500 profesionales de la salud en reanimación neonatal en 23 países; ellos, a su vez, capacitarán a muchos otros. En una búsqueda por eliminar el sarampión, 2,8 millones de niños y adolescentes en 10 países fueron vacunados. Los efectos combinados de toda esta labor han beneficiado directamente a cerca de 4 millones de personas en 85 países.
En agosto, un fuerte terremoto de 8,0 de magnitud causó la muerte de 520 personas y destruyó más de 58 mil casas en el sur de Perú. Demostrando gran amor e interés, cada una de las 29 estacas de Lima, Perú, brindó asistencia básica a los barrios de las regiones desoladas.
Con la ayuda de maravillosos misioneros se está llevando a cabo un plan para ayudar a las personas a reconstruir sus casas, sus vidas y restaurar varias escuelas. Es posible que se construyan hasta 400 casas en las que las personas, los amigos y los familiares realicen la mayor parte del trabajo. La supervisión, coordinación y capacitación están bajo la dirección del élder Alan Layton y su esposa.
A finales del año, una combinación de clima seco y vientos fuertes avivaron fuegos arrasadores en el sur de California que forzaron a más de un millón de personas a evacuar sus casas. Por lo menos mil quinientas casas se destruyeron. En respuesta a ello, la Iglesia proporcionó estuches de limpieza, mantas, estuches de higiene y comida. Más de 5 mil misioneros y Manos mormonas que ayudan limpiaron, cocinaron, consolaron y atendieron a los damnificados.
Una nota de agradecimiento decía: “Sírvase mandar mi más profundo agradecimiento a todos los Santos de los Últimos Días que han estado trabajando tan arduamente en mi vecindario. Los mormones han estado aquí constantemente con comida, abrazos, oraciones y ayudando a reparar y limpiar propiedades. Ellos… mejoran mi comunidad, sanan corazones y reparan casas en las colinas de San Diego” 1 . Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Demos oído a las palabras del profeta
Élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Como poseedores del sacerdocio de la Iglesia, tenemos la solemne responsabilidad de seguir a nuestro profeta.
Mis queridos hermanos del sacerdocio, me siento agradecido de estar con ustedes en esta sesión de la conferencia general en este día histórico.
¡Admiramos a los que arriesgan su vida para rescatar a los que están en peligro! 1 El año pasado, cuando visité el sur de California durante los terribles incendios avivados por los vientos de Santa Ana, me fui con dos impresiones. La primera fue cómo auxiliaron los miembros de la Iglesia a los necesitados y, la segunda, cuán agradecidos estaban con los bomberos. El dueño de una casa describió lo que vio hacer a los bomberos. Indicó que los vientos de Santa Ana soplan del desierto, llevando aire caliente hacia el océano. Una vez que empieza un incendio, esos cálidos vientos desérticos llevan las llamas a una velocidad entre 97 y 113 kilómetros por hora. El dueño de casa describió su gratitud y admiración al ver a los bomberos con sus mangueras de pie detrás de una zona despejada y enfrentando un muro de fuego de hasta tres metros de alto que descendía sobre ellos a esa gran velocidad; esos valerosos hombres y mujeres pudieron rescatar a las personas y casas mientras corrían un constante peligro personal.
De vez en cuando, individualmente y como Iglesia, pasamos por periodos de crisis y de peligro. Algunos surgen rápido como el fuego; otros son sutiles y pasan casi inadvertidos hasta que están sobre nosotros. Algunos requieren un acto heroico, pero la mayoría son menos espectaculares. La forma en que respondemos es crucial. Esta noche, mi propósito es recalcar a los poseedores del sacerdocio la importancia de dar oído a las palabras de los profetas, esa es una manera segura de responder a todo peligro físico y espiritual. Algunos ejemplos quizás nos sirvan de ayuda.
Muchos de ustedes han participado en caminatas para experimentar y apreciar el dramático rescate de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin. La primera vez que supe de ese rescate era un adolescente. Mi madre me regaló un libro escrito por Orson F. Whitney, quien más adelante fue Apóstol 2 . En el libro del élder Whitney, me enteré del heroico esfuerzo dirigido por Brigham Young para rescatar a las compañías de carros de mano. Les habían sorprendido tormentas invernales en las llanuras de Wyoming; algunos habían muerto y muchos otros estaban a punto de morir. Brigham Young supo de la situación difícil y en la conferencia general de octubre de 1856, instruyó a los santos a que dejaran todo y rescataran a los que estaban desamparados en las llanuras 3 .
La respuesta fue espectacular, el élder Whitney informó: “Eran hombres valientes por su heroísmo—puesto que arriesgaron su propia vida al enfrentar valerosamente las tormentas invernales en las llanuras—pasaron a la inmortalidad y se ganaron la eterna gratitud de cientos de personas que, sin duda, se salvaron de la muerte debido a esos actos de valentía” 4 .
Una razón por la que mi madre me había dado el libro era que el élder Whitney mencionaba de manera especial a mi bisabuelo, David Patten Kimball, quien había participado en ese rescate a la edad de 17 años. Todos los que fueron al rescate tuvieron que hacer frente a la nieve profunda y las temperaturas heladas durante gran parte del rescate de las compañías de carros de mano. Haciendo un gran sacrificio personal, David y sus compañeros ayudaron a muchos pioneros a cruzar las aguas heladas del río Sweetwater 5 llevándolos en brazos. Este relato verídico me impresionó mucho, quería demostrar mi devoción al Señor mediante algún acto sorprendente. Sin embargo, al visitar a mi abuelo, él me explicó que cuando el presidente Brigham Young envió a su padre, David, y a los otros jóvenes a esa misión de rescate, les instruyó que hicieran todo lo posible por salvar a las compañías de carros de mano, aún a costa de su propia vida 6 . Sus actos de valentía fueron específicamente ‘seguir al profeta Brigham Young’, y al hacerlo expresaban su fe en el Señor Jesucristo. Mi abuelo me dijo que esa dedicación constante y fiel al consejo del profeta es la verdadera lección que debía aprender del servicio ofrecido por mi bisabuelo. Al igual que fue muy heroico el que David y sus compañeros ayudaran a rescatar a los pioneros, también es veleroso seguir hoy el consejo de nuestro profeta.
Un relato muy conocido del Antiguo Testamento ilustra este principio. Naamán, un líder prominente de Siria padecía de lepra. Supo que el profeta Eliseo en Israel, podría sanarlo. Eliseo mandó un mensajero para decirle a Naamán que debía lavarse siete veces en el río Jordán. Al principio Naamán se molestó mucho por ese consejo; sin embargo, sus siervos dijeron: “Si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías?” Entonces Naamán siguió el consejo del profeta Eliseo y quedó limpio 7 . Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 El evangelio de Jesucristo
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El Evangelio nos enseña todo lo que necesitamos saber para regresar a vivir con nuestro Padre Celestial.
El apóstol Pablo declaró con audacia: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Nuestros misioneros de tiempo completo lo declaran con la misma audacia al prestar servicio en muchas partes del mundo.
Básicamente, el evangelio de Jesucristo es una receta de cinco ingredientes para lograr la vida eterna. Primero, veamos lo que podemos llegar a ser si seguimos esta receta, y después consideremos cada uno de los ingredientes.
¿Qué sabemos de la vida eterna? De Moisés 1:39 aprendemos que la obra y la gloria del Señor es llevar a cabo nuestra inmortalidad y vida eterna, lo que nos enseña que la inmortalidad y la vida eterna son separadas y distintas. El don de la vida eterna, que se promete sólo cuando se reúnen ciertas condiciones, es mucho más grandioso que el don de la inmortalidad. Según el élder Bruce R. McConkie: “…la vida eterna no es un nombre que se relaciona sólo con el período interminable de una vida futura; la inmortalidad es vivir para siempre en el estado resucitado y, por la gracia de Dios, todos los hombres obtendrán esa continuación perdurable de vida. Pero sólo aquellos que obedecen la plenitud de la ley del Evangelio heredarán la vida eterna; es más grande de todos los dones de Dios’… ya que es la clase, el estado, el tipo y la calidad de vida que Dios mismo disfruta. Aquellos que alcanzan la vida eterna reciben exaltación; son hijos de Dios, coherederos con Cristo, miembros de la Iglesia del Primogénito; ellos vencen todas las cosas, tienen todo poder y reciben la plenitud del Padre…” (Mormon Doctrine, 2ª edición, 1966, pág. 237).
El deber de nuestros misioneros, como dice en la página uno de Predicad Mi Evangelio es: “Invitar a las personas a venir a Cristo a fin de que reciban el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin” (2004).
Muchos libros de cocina tienen ilustraciones de los platillos perfectos que resultan de las recetas, o sea, la culminación del deleite de cocinar. Éstas son importantes porque ayudan a visualizar el resultado si seguimos estrictamente las instrucciones de la receta. Es importante empezar con una idea del producto final, pero la que se representa con ilustraciones en libros de cocina sólo se puede lograr si todo se hace bien. Si se pasan por alto las instrucciones o si se omite o se calcula mal un ingrediente, casi nunca se logran ni el sabor ni la apariencia deseados. No obstante, la ilustración del platillo perfecto puede servir para motivarnos a volver a tratar de crear algo que sea delicioso así como atractivo.
Al pensar en la vida eterna, ¿qué imagen viene a la mente? Creo que si creáramos en nuestra mente una imagen clara y precisa de la vida eterna nos comportaríamos de manera diferente; no sería necesario que se nos recordara hacer las muchas cosas relacionadas con el perseverar hasta el fin, como: efectuar nuestras visitas de orientación familiar o de maestras visitantes, asistir a las reuniones y al templo, vivir vidas rectas, decir nuestras oraciones o leer las Escrituras. Querríamos hacer eso y más, pues sabemos que ello nos preparará para ir a donde añoramos ir.
¿Por qué el objetivo del misionero debe empezar con ayudar a los demás a recibir fe en Jesucristo y en Su expiación? Para abrazar el evangelio de Jesucristo, las personas deben primeramente abrazarlo a Él, cuyo Evangelio éste es; deben confiar en el Salvador y en lo que Él nos ha enseñado; deben creer que Él tiene el poder para guardar las promesas que nos ha hecho en virtud de la Expiación. Cuando las personas tienen fe en Jesucristo, aceptan y ponen en práctica Su expiación y Sus enseñanzas. Seguir leyendo →
Cómo sanar las consecuencias devastadoras
del abuso
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El poder para sanar es una parte fundamental de la expiación de Jesucristo.
Doy testimonio solemne de lo profundamente que amo a nuestro nuevo profeta, vidente y revelador, el presidente Thomas S. Monson; de lo mucho que confío en él, y de lo mucho que estoy dispuesto a hacer lo que él me pida.
Algunos temas son tan delicados e intensamente personales, y pueden despertar sentimientos tan inquietantes, que muy pocas veces se mencionan en público; sin embargo, si se tratan con ternura y compasión, a la luz de la verdad, el análisis de estos asuntos puede brindar mayor comprensión, junto con el alivio del dolor, una piadosa curación e incluso el evitar futuras tragedias.
Es con un profundo deseo de definir un camino hacia el alivio que me dirijo a ti, que sufres las consecuencias devastadoras del maltrato mental, verbal, físico y, sobre todo, del abuso sexual. Me dirijo también a aquellos que lo causan. Me centraré en el abuso sexual, aunque el consejo que se imparta ayudará a las víctimas de otros maltratos. Mi intención es la de actuar como espejo, a fin de que la luz divina y sanadora ilumine las nubes negras de angustia que resultaron por los actos indignos de otras personas. Ruego recibir ayuda para expresarme en forma comprensible, para proporcionar apoyo y no complicar aún más una vida dañada. Es también posible que una mayor comprensión, conciencia y sensibilidad permita que algunos de nosotros ayudemos a resolver o a prevenir la tragedia del abuso en un mayor número de víctimas.
Tal vez la creciente oleada de este depravado y abominable pecado no te haya afligido personalmente, pero está tan generalizado en el mundo, que quizás haya afectado a alguien que amas. Debido a que con frecuencia causa un dolor tan profundo —que es posible superar— deseo hablar sobre cómo es posible recuperarse. Lo haré de forma reverente, ya que mi objetivo es ayudar a sanar y no agravar recuerdos dolorosos.
Albedrío
El albedrío moral es un elemento esencial del plan de felicidad de nuestro Padre Celestial. Él sabía que algunos de Sus hijos espirituales utilizarían el albedrío indebidamente, causando serios problemas a los demás. Algunos incluso violarían una confianza sagrada, como en el caso de un padre o un familiar que abusa de una criatura inocente. Ya que nuestro Padre Celestial es totalmente justo, tiene que haber una forma de superar las trágicas consecuencias de este uso tan perjudicial del albedrío, tanto para la víctima como para la persona que comete el delito. La cura definitiva se logra por medio del poder de la expiación de Su Amado Hijo Jesucristo, para rectificar la injusticia. La fe en Jesucristo y en Su poder para sanar proporciona a la persona que ha sido víctima de abuso los medios para superar las terribles consecuencias de los actos indignos de otra persona. Cuando se combina con un arrepentimiento total, la Expiación también ofrece a la persona que comete el delito la forma de evitar el castigo riguroso que el Señor ha decretado por esos actos.
A la víctima
Testifico que conozco a víctimas de grave abuso que han recorrido con éxito el difícil camino hacia la recuperación total por medio del poder de la Expiación. Después de que se resolvieron sus problemas mediante su fe en el poder sanador de la Expiación, una jovencita a quien el padre había abusado gravemente solicitó tener otra entrevista conmigo. Regresó con un matrimonio mayor; era obvio que amaba a los dos profundamente. Su rostro irradiaba felicidad. Ella dijo: “Élder Scott, le presento a mi papá; lo amo. Él está preocupado por algunas cosas que ocurrieron cuando yo era pequeña; a mí han dejado de preocuparme. ¿Podría usted ayudarlo a él?”. ¡Qué poderosa confirmación de la capacidad del Salvador para sanar! Ella ya no sufría las consecuencias del abuso porque tenía un buen entendimiento de la expiación del Salvador, tenía suficiente fe y era obediente a Su ley. Al estudiar a conciencia la Expiación y ejercer tu fe en que Jesucristo tiene el poder para sanar, puedes recibir el mismo alivio glorioso. Durante tu camino hacia la recuperación, acepta Su invitación y permite que Él comparta tu carga hasta que tengas suficiente tiempo y fortaleza para ser sanado.
Para encontrar alivio de las consecuencias del abuso o del maltrato, es de gran ayuda comprender su origen. Satanás es el autor de todos los efectos destructivos del abuso; él tiene extraordinaria capacidad de conducir a una persona a callejones sin salida donde es imposible encontrar la solución a problemas tan desafiantes. Su estrategia es separar el alma dolorida del alivio que se recibe de un Padre Celestial caritativo y de un amoroso Redentor.
Si has sido víctima de este abuso, Satanás tratará de convencerte de que no hay solución, pero él sabe muy bien que sí la hay. Satanás reconoce que el alivio se obtiene por medio del amor inquebrantable que nuestro Padre Celestial tiene por cada uno de Sus hijos. También sabe que el poder para sanar es una parte fundamental de la expiación de Jesucristo; por lo tanto, su estrategia es hacer todo lo posible para separarte de tu Padre y de Su Hijo. No permitas que Satanás te convenza de que nadie puede ayudarte. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Tres sumos sacerdotes presidentes
Élder William R. Walker
De los Setenta
Recibiremos sabiduría y fortaleza al mirar a la Primera Presidencia como el modelo ideal de liderazgo.
Qué bendición y privilegio es para nosotros sostener al presidente Thomas S. Monson, al presidente Henry B. Eyring y al presidente Dieter F. Uchtdorf como la nueva Primera Presidencia de la Iglesia del Señor.
Por primera vez me di cuenta de la importancia de la Primera Presidencia, siendo niño, mientras crecía en el oeste de Canadá. Cuando iba a la casa del abuelo y de la abuela Walker, lo primero que veía era una foto de la Primera Presidencia de la Iglesia; la recuerdo bien. Parecía que eran los centinelas que daban la bienvenida a todo el que entraba.
La hermosa foto a color era del presidente George Albert Smith, con sus consejeros J. Reuben Clark Jr. y David O. McKay. La foto los mostraba de pie, junto a un gran globo terráqueo. Me encantaba esa foto. Se veían tan apuestos y majestuosos; yo los conocía como el profeta de Dios y sus consejeros.
Aquella foto, que colgaba en el pasillo de entrada de la casa de mis abuelos, tuvo una poderosa influencia en mí. Yo vivía en Raymond, un pueblito de la pradera, al igual que mis abuelos. Como podía ir caminando a la casa de ellos, los visitaba a menudo. Me acuerdo que con frecuencia me paraba solo, en silencio, en el pasillo de la entrada, frente a la foto de la Primera Presidencia, mirándola con reverencia. Recuerdo haber meditado el porqué mis abuelos pensaban que era tan importante honrar a la Primera Presidencia y que la foto ocupara un lugar destacado en su casa. Todos los que entraran, la verían; y quizá lo más importante, para sus hijos y nietos, es que era un recordatorio constante de lo que tenía suma importancia en el corazón y la vida de la abuela y el abuelo.
Años después, llegué a la conclusión de que exhibir la foto de la Primera Presidencia era semejante a la hermosas palabras de Josué: “…escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).
Todo aquel que entró en la casa de James y Fannye Walker sabía que grabadas en el corazón de ellos estaban las palabras: “…pero nosotros y nuestra casa serviremos a Jehová”. Como nieto suyo, lo sabía y nunca lo he olvidado.
De niño, no entendía bien el significado de que hubiese tres en la Primera Presidencia en lugar de tener un solo presidente. Sabía por supuesto que Jesús había escogido a Pedro, Santiago y Juan, no sólo a Pedro. Sabía que mi padre era uno de los tres hombres del obispado, que prestaba servicio como consejero del obispo J. O. Hicken. También sabía que mi abuelo era el presidente de estaca y que tenía dos consejeros que lo apoyaban (el presidente John Allen y el presidente Leslie Palmer).
En cada caso, la presidencia no sólo consistía de un hombre que era el líder, sino de tres que dirigían juntos. En la Primaria había aprendido los Artículos de Fe y llegué a apreciarlos. Ellos ofrecen consuelo y confianza a nuestros jóvenes a medida que aprenden las doctrinas básicas de la Iglesia. Sabía que “… el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (Artículos de Fe 1:5).
En 1835 el Señor reveló al Profeta José Smith el orden correcto de las presidencias de la Iglesia:
“Necesariamente hay presidentes, [u]… oficiales presidentes…”.
“Del Sacerdocio de Melquisedec, tres Sumos Sacerdotes Presidentes, escogidos por el cuerpo, nombrados y ordenados a ese oficio, y sostenidos por la confianza, fe y oraciones de la iglesia, forman un quórum de la Presidencia de la iglesia” (D. y C. 107: 21– 22). Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Prestar servicio: una cualidad divina
Élder Carlos H. Amado
De los Setenta
Los que prestan servicio se esforzarán por ennoblecer, edificar y elevar a sus semejantes.
Todas las cosas que Cristo hizo por nuestra salvación son únicas. Él logró cumplir su obra redentora en aproximadamente tres años de ministerio. Hoy quisiera destacar tres propósitos de la vida del Salvador en la tierra:
1. Su sacrificio expiatorio
El primero y más grande propósito fue la inigualable y asombrosa asignación que recibió de Su Padre de efectuar un sacrificio infinito y eterno por toda la humanidad.
Como el Unigénito del Padre Celestial en la carne, heredó todas las cualidades divinas de Su Padre, y de Su madre terrenal, María, heredó todas sus características humanas.
Sólo Su sacrificio pudo rescatarnos de nuestro estado mortal y caído (Alma 34:8–14). Vino al mundo con el propósito específico de dar Su vida, ya que sólo Su vida podía darnos vida eterna.
Ningún otro ser mortal, en ninguna época pasada, presente o futura de la existencia de la tierra, vivió o vivirá para efectuar la Expiación de nuestros pecados. Él es nuestro Salvador y Redentor (véase Juan 3:16).
Él regresará de nuevo para gobernar y reinar entre nosotros con gran poder y gloria.
2. Su doctrina
El segundo propósito por el que Él moró entre nosotros fue para enseñar la doctrina que aprendió de Su Padre, la cual contiene las ordenanzas y los convenios de salvación y exaltación (véase Marcos 1:27; Juan 7:16).
Su doctrina es una de amor, perdón y misericordia. Es la manera de vivir en paz y armonía entre los hombres y el camino para volver a vivir con Dios.
3. Su servicio a los hijos de Dios
Su tercer propósito fue edificar el reino mediante el servicio a los demás. Éste fue un liderazgo diferente. El prestar servicio es la característica de Sus discípulos, una cualidad divina.
“Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.
“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a los otros.
“Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:13–15).
Él vivió para predicar el Evangelio del reino y para sanar toda enfermedad (véase Mateo 4:23–24). El enseñar Su doctrina y servir a nuestros semejantes son dos responsabilidades que aceptamos cuando nos bautizamos. Esto nos convierte en verdaderos siervos de Cristo.
En una ocasión, cuando hubo terminado de enseñar Su doctrina, tuvo compasión de la gente e hizo el milagro de multiplicar los panes y los peces, y dio de comer a la multitud, lo cual nos indica Su carácter caritativo y de servicio. Al siguiente día, la multitud era aún mayor por la comida que habían recibido. Con determinación y visión de lo eterno les enseñó:
“… me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Abramos nuestro corazón
Élder Gerald N. Lund
De los Setenta
Esforcémonos a diario por abrir nuestro corazón al Espíritu.
Hoy me gustaría hablar sobre la importancia de abrir nuestro corazón al Espíritu Santo.
Después del bautismo, se nos confirma y otorga el Espíritu Santo, que es un don divino. El Espíritu Santo nos consuela, enseña, advierte, ilumina e inspira. Nefi lo dijo de una manera muy sencilla: “…si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” 1 . Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para superar sin peligro lo que el apóstol Pablo llamó los “tiempos peligrosos” 2 en los que ahora vivimos.
El Espíritu Santo es un personaje de espíritu, lo que le permite morar en nuestro corazón y comunicarse directamente con nuestro espíritu 3 . La voz del Espíritu se describe como suave y apacible y una que susurra 4 . ¿Cómo puede ser la voz suave? ¿Por qué se la compara con un susurro? Porque el Espíritu casi siempre habla a la mente y al corazón 5 en vez de al oído. El presidente Boyd K. Packer ha dicho: “El Espíritu Santo se comunica con una voz que se siente más de lo que se oye” 6 .
Sentimos con el corazón. En las Escrituras, los profetas enseñan que la revelación personal tiene una estrecha relación con el corazón; por ejemplo:
Mormón enseñó: “…por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo” 7 .
Alma dijo: “…el que endurece su corazón recibe la menor porción de la palabra; y al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra” 8 .
Mormón escribió acerca de los nefitas: “[Sus almas se llenaron] de gozo y de consolación… que viene de entregar el corazón a Dios” 9 .
Luego, el salmista escribió con sencillez: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” 10 .
¿No es eso algo que todos buscamos, hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos visite, que el Señor se acerque a nosotros, encontrar gozo y consuelo en la vida? Si es así, entonces el evaluar cuidadosamente la condición de nuestro corazón es una de las cosas más importantes que podemos hacer en esta vida.
El corazón es delicado, sensible a muchas influencias, tanto positivas como negativas. Otras personas lo pueden lastimar; el pecado lo puede insensibilizar, y el amor, suavizar. Muy pronto en la vida aprendemos a proteger nuestro corazón; es como si levantáramos a su alrededor una cerca con una puerta: nadie puede entrar a menos que se lo permitamos.
En algunos casos, la cerca que levantamos alrededor de nuestro corazón se asemeja a una cerca pequeña que tiene un cartel de bienvenida. Otros corazones han sido tan lastimados o insensibilizados por el pecado que tienen una valla alambrada de dos metros y medio que termina en alambre de púas; la puerta tiene candado y un cartel grande que dice: Prohibido el paso.
Apliquemos la idea de una puerta al corazón al hecho de recibir revelación personal. Nefi enseñó: “…cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” 11 . El élder David A. Bednar notó el uso de la palabra al: “Fíjense en que el Espíritu lleva el mensaje al corazón, pero no lo introduce necesariamente en su interior… sin embargo, el contenido de un mensaje y el testimonio del Espíritu Santo penetran el corazón sólo cuando lo permite el receptor” 12 . Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Cómo obtener un testimonio de Dios el Padre, de Su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Lo que se me ha dicho a mí… se les puede decir a ustedes por medio del Espíritu Santo… de acuerdo con su obediencia y sus deseos.
Yo, igual que ustedes, aprecio haber participado en la asamblea solemne; pero pensé que si explicara un punto de doctrina, eso ayudaría. Cuando levantamos la mano en forma de escuadra en la asamblea solemne, no era sólo un voto sino que nos comprometimos en forma privada y personal, hicimos convenio de sostener y defender las leyes, las ordenanzas, los mandamientos y al profeta de Dios, el presidente Thomas S. Monson. Fue un gran placer participar con ustedes y levantar la mano derecha en forma de escuadra.
Mis hermanos y hermanas, en los últimos meses he recibido una lección de humildad que me ha dado la oportunidad de reflexionar con gratitud sobre el don de la vida. Durante esa experiencia he meditado continuamente sobre mi testimonio de Dios, nuestro Padre Eterno, y de Su Hijo mayor, nuestro Salvador y Redentor Jesucristo, y en cómo obtuve mi testimonio del Padre y del Hijo.
Las personas de todo el mundo, de toda religión y creencia, buscan y tratan de saber: “¿Quién es Dios?”, “¿qué relación tiene Él con Jesucristo?”, “¿y qué relación tenemos nosotros con Ellos?”.
Sé con seguridad que nuestro Padre Celestial y Jesucristo viven. La Expiación es real; Dios el Padre y Jesucristo son seres distintos, separados e inmortales. Nos conocen en forma individual; ellos escuchan y responden nuestras oraciones sinceras. El Salvador testificó a los habitantes del Nuevo Mundo: “Yo doy testimonio del Padre, y el Padre da testimonio de mí, y el Espíritu Santo da testimonio del Padre y de mí” 1 . El Espíritu Santo me ha testificado que estas cosas son verdaderas.
Comencé a adquirir un testimonio en mi juventud cuando reflexioné sobre las trece declaraciones proféticas llamadas Los Artículos de Fe, escritas por José Smith. En la Primaria las memorizábamos; describen las creencias básicas del evangelio restaurado de Jesucristo. En la primera de esas declaraciones leemos: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” 2 .
José Smith conocía, por experiencia personal, la naturaleza de los tres miembros de la Trinidad. Cuando era un joven de 14 años quiso saber a cuál de todas las iglesias cristianas debía unirse. En la Biblia, en el libro de Santiago, en el Nuevo Testamento, leyó: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” 3 . Obedeciendo, se arrodilló en oración y recibió la visita de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo. Los describió como “dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción”, en el aire arriba de [José]. “Uno de ellos [Dios el Padre] [le] habló, llamándo [lo] por [su] nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 4 .
Desde mi niñez, la experiencia de José Smith ha sido una guía para mí, y puede serlo para todos nosotros. El joven profeta aprendió la verdad acerca de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo Su Hijo, porque buscó saber la voluntad de su Padre Celestial por medio de las Escrituras, y luego obedeció fielmente.
El Salvador estableció y ejemplificó este modelo de forma perfecta, así como se registra en la Biblia. Cuando Jesús tenía 12 años, Su madre María y José, Su padre terrenal, lo encontraron enseñando en el templo. Jesús les preguntó: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” 5 . Pero Jesús no se refería a los negocios de José; sino a los negocios de Su Padre literal y Eterno en los Cielos.
La manera en que Dios el Padre presentó a Su hijo en varias ocasiones es significativa: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua… Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” 6 . También en el Monte de Transfiguración: “Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” 7 .
Cuando Jesucristo apareció en el Continente Americano, fue presentado de la misma forma: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” 8 . Luego, casi dos mil años más tarde, se le dijeron a José Smith las mismas palabras: “Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 9 . Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Testimonio
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El conocimiento fomenta la obediencia y la obediencia realza el conocimiento.
Un testimonio del Evangelio es un testigo personal que el Espíritu Santo atestigua a nuestra alma que ciertos hechos de importancia eterna son verdaderos y que sabemos que lo son. Entre esos hechos se incluye la naturaleza de la Trinidad y nuestra relación con sus tres integrantes, la eficacia de la Expiación y la realidad de la Restauración.
Un testimonio del Evangelio no es un itinerario de viajes, ni un historial médico, ni es una expresión de amor hacia los miembros de la familia; no es un sermón. El presidente Kimball enseñó que en el momento en que comenzamos a sermonear, se acaba nuestro testimonio 1 .
I.
Al escuchar a los demás dar testimonio o cuando pensamos en expresar el nuestro, surgen varias preguntas.
1. En una reunión de testimonios un miembro dice: “Yo sé que el Padre y el Hijo se aparecieron al profeta José Smith”, y un visitante se pregunta: “¿Qué quiere decir cuando afirma saber eso?”.
2. Un jovencito que se prepara para la misión se pregunta si su testimonio es lo suficientemente firme para prestar servicio como misionero.
3. Una persona joven escucha el testimonio de uno de sus padres o de un maestro. ¿Cómo ayuda ese testimonio a la persona que lo escucha?
II.
¿Qué queremos decir cuando testificamos y decimos que sabemos que el Evangelio es verdadero? Comparen esa clase de conocimiento con la frase “Sé que hace frío afuera” o “Sé que amo a mi esposa”. Son tres tipos diferentes de conocimiento, cada uno de los cuales se aprende de manera distinta. El conocimiento de la temperatura exterior se puede verificar mediante pruebas científicas. El conocimiento de que amamos a nuestro cónyuge es personal y subjetivo. Aunque no se puede comprobar científicamente, es importante. La idea de que todo conocimiento importante se basa en evidencia científica simplemente no es verdad.
Aunque existen algunas “evidencias” de las verdades del Evangelio (por ejemplo, véase Salmos 19:1; Helamán 8:24), los métodos científicos no producirán el conocimiento espiritual. Eso fue lo que enseñó Jesús al responder al testimonio de Simón Pedro de que Él era el Cristo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17). El apóstol Pablo lo explicó en una epístola a los santos de Corinto, cuando dijo: “…nadie conoció las cosas de Dios, sino [por] el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:11; véase también Juan 14:17).
Por el contrario, conocemos las cosas del hombre por los métodos del hombre, pero “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).
En el Libro de Mormón se enseña que Dios nos manifestará la verdad de las cosas espirituales por el poder del Espíritu Santo (véase Moroni 10:4–5). En las revelaciones modernas, Dios nos promete que la forma en la que recibiremos “conocimiento” será que Él nos hablará a la mente y al corazón “por medio del Espíritu Santo” (D. y C. 8:1–2).
Una de las cosas más sublimes del plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos es que cada uno de nosotros puede saber por sí mismo la veracidad de ese plan. Ese conocimiento revelado no se recibe de libros, de evidencia científica ni de meditación intelectual. Al igual que el apóstol Pedro, podemos recibir dicho conocimiento directamente del Padre Celestial por medio del testimonio del Espíritu Santo.
Cuando sabemos verdades espirituales por medios espirituales, podemos estar tan seguros de ese conocimiento como lo están los eruditos o los científicos en cuanto a los diferentes tipos de conocimiento que han adquirido por otros métodos.
El profeta José Smith proporcionó un maravilloso ejemplo de esto. Cuando fue perseguido por contarle a la gente en cuanto a su visión, comparó su situación a la del apóstol Pablo, que fue ridiculizado y despreciado cuando presentó su defensa ante el rey Agripa (véase Hechos 26). “Pero nada de esto destruyó la realidad de su visión”, dijo José. “Había visto una visión, y él lo sabía, y toda la persecución debajo del cielo no iba a cambiar ese hecho… Así era conmigo”, continuó José. “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron… había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía, y no podía negarlo, ni osaría hacerlo” (José Smith –Historia 1:24–25).
III.
Ése fue el testimonio de José Smith. ¿Y el nuestro? ¿Cómo podemos llegar a saber y a testificar que lo que él dijo era verdad? ¿Cómo se obtiene lo que llamamos un testimonio?
El primer paso para adquirir cualquier tipo de conocimiento es tener un verdadero deseo de saber. En el caso del conocimiento espiritual, el siguiente paso es preguntar a Dios en oración sincera; tal como leemos en la revelación moderna: Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 La Iglesia verdadera y viviente
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es verdadera e imperecedera.
Al sostener a Thomas Spencer Monson como profeta, vidente y revelador y como Presidente de La Iglesia, y a Todd Christofferson como apóstol y miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, hemos visto y sentido la evidencia de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es verdadera y viviente. El Señor habló a aquellos por medio de quienes Él restauró la Iglesia en los postreros días; dijo que ellos tendrían “…el poder para establecer los cimientos de esta iglesia y de hacerla salir de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente,
“porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia.
“No obstante, el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado;
“y al que no se arrepienta, le será quitada aun la luz que haya recibido; porque mi Espíritu no luchará siempre con el hombre, dice el Señor de los Ejércitos” 1 .
Ésta es la Iglesia verdadera, la única Iglesia verdadera, ya que en ella están las llaves del sacerdocio. Sólo en esta Iglesia el Señor ha depositado el poder para sellar tanto en la tierra como en el cielo tal como lo hizo en la época del apóstol Pedro. Esas llaves se restauraron a José Smith, a quien luego se le autorizó conferirlas a los miembros del Quórum de los Doce.
Cuando el profeta José fue asesinado, los enemigos de la Iglesia pensaron que ésta desaparecería; creyeron que era la creación de un hombre mortal y que, por lo tanto, perecería con él. Pero sus esperanzas se truncaron; era la Iglesia verdadera y también tenía el poder de perdurar aun cuando fallecieran las personas escogidas para guiarla por cierto tiempo.
Hoy hemos visto una demostración de que ésta es la Iglesia verdadera y viviente. Las llaves del sacerdocio están en poder de seres mortales, pero el Señor ha preparado un medio para que éstas permanezcan en funcionamiento sobre la tierra siempre y cuando el pueblo ejerza fe en que las llaves están sobre la tierra y en que se han transmitido por voluntad de Dios a Sus siervos escogidos.
El pueblo de Dios no siempre ha sido digno de la maravillosa experiencia que hemos tenido hoy. Tras la ascensión de Cristo, los apóstoles continuaron ejerciendo las llaves que Él les dejó; no obstante, debido a la desobediencia y la pérdida de fe de los miembros, los apóstoles murieron sin transferir las llaves a un sucesor. A ese trágico episodio lo llamamos “la apostasía”. Si los miembros de la Iglesia de aquel tiempo hubieran tenido la oportunidad y la voluntad de ejercer la fe como ustedes lo han hecho hoy, el Señor no hubiera retirado las llaves del sacerdocio de la tierra; de modo que hoy es un día de trascendencia histórica e importancia eterna en la historia del mundo y para los hijos de nuestro Padre Celestial.
Nuestra obligación es permanecer dignos de la fe necesaria para cumplir la promesa que hemos hecho de sostener a los que han sido llamados. El Señor estaba bien complacido con la Iglesia al comienzo de la Restauración, al igual que lo está hoy; no obstante, advirtió a los miembros de ese entonces, como lo hace ahora, que Él no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. A fin de sostener a quienes se ha llamado hoy, debemos examinar nuestra vida; arrepentirnos, de ser necesario; prometer guardar los mandamientos del Señor y seguir a Sus siervos. El Señor nos advierte que si no hacemos estas cosas, el Espíritu Santo se retirará, perderemos la luz que hemos recibido y no podremos cumplir la promesa que hemos hecho hoy de sostener a los siervos del Señor en Su Iglesia verdadera.
Cada uno de nosotros debe realizar una evaluación personal. Primero, debemos juzgar la magnitud de nuestro agradecimiento por ser miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo. En segundo lugar, debemos saber, por el poder del Espíritu Santo, cómo podemos mejorar nuestra obediencia a los mandamientos.
Por profecía, no sólo sabemos que la Iglesia verdadera y viviente no será quitada de la tierra nuevamente, sino que también mejorará. Nuestra vida cambiará para bien a medida que ejerzamos la fe para arrepentimiento, que recordemos siempre al Salvador y tratemos de guardar Sus mandamientos con más firmeza. Las Escrituras contienen promesas de que, cuando el Señor vuelva otra vez a Su Iglesia, la encontrará espiritualmente preparada para Él; eso debería hacernos estar decididos y sentirnos optimistas. Debemos mejorar; podemos hacerlo; y lo haremos.
Hoy, en especial, sería acertado tomar la determinación de sostener con nuestra fe y oraciones a todos los que nos presten servicio en el reino. Sé, personalmente, del poder de la fe de los miembros para sostener a los que han sido llamados. Las últimas semanas he sentido de manera muy intensa las oraciones y la fe de personas que no conozco y que me conocen a mí sólo como alguien llamado a servir mediante las llaves del sacerdocio. El presidente Thomas S. Monson será bendecido por medio de la fe sustentadora de ustedes; también se derramarán bendiciones sobre la familia Monson debido a la fe y las oraciones de ustedes. Todos aquellos a quienes sostuvieron hoy serán sostenidos por Dios debido a la fe de ellos y a la de ustedes. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 La preocupación por la persona en particular
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Jesucristo es nuestro gran ejemplo; lo rodeaban multitudes y habló a miles, sin embargo siempre se preocupaba por la persona en particular.
Agradezco la oportunidad de estar con ustedes hoy en este magnífico Centro de Conferencias. Pese al tamaño de esta congregación, es sobrecogedor darse cuenta de que sólo es una fracción de los millones que van a ver, escuchar y leer las palabras que se hablarán en esta gran conferencia.
Por supuesto, echaremos de menos a nuestro amado presidente Gordon B. Hinckley; sin embargo, debido a su influencia, todos somos mejores y, gracias a su guía, la Iglesia es más fuerte; de hecho, el mundo es un lugar mejor porque hubo un gran líder como el presidente Gordon B. Hinckley.
Me gustaría decir unas palabras acerca de la nueva Primera Presidencia.
Conozco al presidente Monson desde hace mucho tiempo; él es uno de los valientes de Israel que fue preordenado para presidir esta Iglesia. Es bien conocido por sus relatos y parábolas cautivadoras, pero los que lo conocemos mejor, sabemos que su vida es un modelo práctico y ejemplar de esos relatos. Aunque para él es un cumplido que muchos de los grandes y poderosos de este mundo lo conozcan y lo honren, quizás sea un mayor tributo el que muchas de las personas modestas lo llamen amigo.
Por naturaleza, el presidente Monson es amable y caritativo. Sus palabras y sus obras ejemplifican su preocupación por la persona en particular.
El presidente Eyring es un hombre sabio, instruido y espiritual. Lo conocen y respetan no sólo en la Iglesia sino entre los que no son de nuestra fe. Es la clase de hombre que cuando habla, todos escuchan y que ha dado honor al apellido Eyring.
Conocí al presidente Uchtdorf cuando presté servicio como presidente de área en Europa. Desde que lo conocí, vi en él a un hombre de gran profundidad espiritual y enorme capacidad; sabía que el Señor lo tenía presente. Hace veintitrés años, tuve el honor de extenderle el llamamiento del Señor para prestar servicio como presidente de estaca en Francfort, Alemania. Al observarlo a través de los años, he notado que todo lo que ha estado bajo su dirección, ha prosperado. El Señor está con él. Cuando pienso en el presidente Uchtdorf, me vienen dos palabras a la mente: Alles wohl, que en alemán significan: “Todo está bien”.
Los verdaderos discípulos de Jesucristo siempre se han preocupado por la persona en particular. Jesucristo es nuestro gran ejemplo; lo rodeaban multitudes y habló a miles, sin embargo siempre se preocupaba por la persona en particular. “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” 1 , dijo. “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?” 2 .
Esa instrucción se aplica a todo el que lo sigue. Se nos manda buscar a los que estén perdidos y ser guardas de nuestros hermanos. No podemos ignorar el encargo que el Salvador nos ha dado; debemos preocuparnos por la persona en particular.
Hoy, me gustaría hablar acerca de aquellos que están extraviados, unos porque son diferentes, otros porque están cansados, y otros porque se han apartado.
Algunos se extravían porque son diferentes. Sienten que no son parte del grupo; quizás, porque son diferentes, ellos mismos se alejan poco a poco del rebaño. Es posible que su apariencia, su forma de actuar, de pensar y de hablar sea diferente de quienes los rodean y, a veces, eso los hace suponer que no encajan y llegan a la conclusión de que no se los necesita.
Asociada a esa falsa idea está la creencia errónea de que todos los miembros de la Iglesia deben parecerse, hablar y actuar de igual modo. El Señor no llenó la tierra con una orquesta vibrante de personalidades sólo para valorar a los flautines del mundo. Cada instrumento es preciado y aporta a la compleja belleza de la sinfonía. Todos los hijos de nuestro Padre Celestial son diferentes de algún modo; sin embargo cada uno posee su hermoso sonido propio que agrega intensidad y riqueza al conjunto.
Esa diversidad en la creación es un testimonio de cuánto valora el Señor a Sus hijos. No estima a una carne más que a otra, sino que “invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres… todos son iguales ante Dios” 3 . Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Cómo restaurar la fe en la familia
Élder Kenneth Johnson
De los Setenta
Las familias estables proporcionan la estructura que mantiene unida a la sociedad y que beneficia a toda la humanidad.
Con el conocimiento del “gran plan de felicidad” 1 , tenemos la oportunidad y también la responsabilidad de contribuir a restaurar la fe en la familia.
En muchos sentidos, nuestra responsabilidad es comparable a la de quienes trabajan en el campo de la investigación médica y científica; ellos determinan, mediante el uso de leyes establecidas, cómo aliviar el sufrimiento y mejorar la calidad de vida.
En el ámbito de la religión, los hombres y las mujeres de fe, por medio de principios 2 probados, pueden ayudar a sanar un corazón acongojado, y restaurar la fe y la confianza a una mente atribulada.
El éxito científico se ha alcanzado obedeciendo lo que a menudo se denomina como leyes naturales. Los grandes científicos del pasado y del presente no crearon las leyes relacionadas con esos procesos que ocurren naturalmente, sino que las descubrieron.
En una epístola a los corintios, el apóstol Pablo plantea una pregunta que invita a la reflexión, concerniente a la fuente de la capacidad intelectual del hombre: “Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” 3 .
Por medio de la lógica y del aprendizaje, se aumenta el conocimiento y se mejora la comprensión. Mediante ese proceso se reconocen las teorías y las leyes, y se aceptan como auténticas.
Algo que se torna claro para la mente ilustrada es que existen leyes que mantienen la vida y a los seres vivos en equilibrio. El descubrir las leyes de la física y acatarlas trae progreso y permite que el hombre se eleve a mayores niveles de realización que no sería posible lograr de otra forma.
Creo que esa premisa también se aplica a las normas éticas y a los valores morales. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad salvaguardar el hogar como el centro de aprendizaje donde puedan inculcarse esas virtudes en un clima de amor y mediante el poder del ejemplo 4 .
El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Nuestros jóvenes necesitan menos críticos y más ejemplos para seguir” 5 .
Al meditar en mi propia vida, comprendo cómo llegué a apreciar los valores esenciales que son necesarios para el desarrollo de un carácter sano. ¿Dónde aprendí a ser leal, íntegro y confiable? Aprendí esas cualidades en mi hogar, del ejemplo de mis padres. ¿Cómo llegué a apreciar el valor del servicio desinteresado? Lo hice al observar y disfrutar la dedicación de mi madre hacia su familia. ¿Dónde aprendí a honrar y respetar a las hijas de Dios? Lo aprendí del ejemplo de mi padre.
Fue en el hogar donde aprendí los principios de una vida frugal y la dignidad del trabajo. Aún recuerdo cómo mi madre, durante numerosas noches, cosía zapatos en casa, con una máquina de coser de pedal, para una fábrica local de calzado. No lo hacía para poder comprarse algo para ella, sino para ayudar a proporcionar apoyo económico a fin de que mi hermano y yo pudiésemos asistir a la universidad; más adelante mencionó cómo ese acto de servicio fue motivo de satisfacción para ella. Seguir leyendo →
Conferencia General Abril 2008 Tradiciones rectas
Cheryl C. Lant
Presidenta General de la Primaria
Con las tradiciones que estamos creando en nuestra familia, ¿será más fácil para nuestros hijos seguir a los profetas vivientes?
Desde que tengo memoria, mi padre llevaba en la mano izquierda un anillo con un hermoso rubí, el que heredó mi único hermano. Supongo que llegará a ser una tradición en nuestra familia, un legado que pasará de generación en generación; será una buena tradición, llena de dulces recuerdos.
Todos tenemos tradiciones en nuestra familia; algunas son materiales y otras encierran gran significado. Las más importantes se relacionan con la manera en que vivimos y perdurarán al influir y moldear la vida de nuestros hijos. En el Libro de Mormón leemos sobre los lamanitas, en quienes tuvieron una gran influencia las tradiciones de sus padres. El rey Benjamín dijo que era un pueblo que no sabía nada de los principios del Evangelio, “y ni siquiera [los] creen cuando se [los] enseñan, a causa de las tradiciones de sus padres, las cuales no son correctas” (Mosíah 1:5).
Y nosotros, ¿qué clase de tradiciones tenemos? Algunas tal vez provengan de nuestros padres, y ahora las transmitimos a nuestros hijos. ¿Son las tradiciones que deseamos? ¿Se basan en hechos de rectitud y de fe? ¿Son, en su mayor parte, de naturaleza material o son eternas? ¿Nos esforzamos de verdad por crear tradiciones rectas o la vida simplemente nos está pasando de largo? ¿Creamos nuestras tradiciones en respuesta a las voces estridentes del mundo o en base a la influencia de la voz dulce y apacible del Espíritu? De acuerdo con las tradiciones que estamos creando en nuestra familia, ¿será más fácil para nuestros hijos seguir a los profetas vivientes o será difícil hacerlo?
¿Cómo determinamos cuáles serán nuestras tradiciones? En las Escrituras encontramos un gran modelo; en Mosíah 5:15 dice: “Por tanto, quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras”.
Me encantan esas palabras, ya que sabemos que las tradiciones se forman con el tiempo al repetir las mismas cosas una y otra vez. Si somos firmes e inmutables en hacer lo bueno, nuestras tradiciones se arraigarán en la rectitud. Sin embargo, tengo una duda: ¿cómo determinamos lo que es bueno o, lo que es más importante, aquello que es suficientemente bueno? Otro pasaje que nos brinda un poco más de información se encuentra en 3 Nefi 6:14. Habla de personas “que se habían convertido a la verdadera fe; y no quisieron separarse de ella, porque eran firmes, inquebrantables e inmutables; y estaban dispuestos a guardar los mandamientos del Señor con toda diligencia”.
De eso aprendemos que nuestra conversión a la “verdadera fe” antecede a nuestra aptitud de permanecer firmes, inquebrantables e inmutables en guardar los mandamientos; esa conversión es una firme creencia en Jesucristo como nuestro Redentor. Un testimonio de ello se encuentra en el Libro de Mormón, que es “otro testamento de Jesucristo” y va de la mano con la Biblia al proclamar la divinidad y la misión de Jesucristo, así como la realidad de un Padre Celestial viviente. Todo profeta de quien se hace mención en esos libros sagrados da su testimonio personal de estas cosas, y de las enseñanzas sobre la forma en que debemos vivir a fin de participar de la Expiación y de encontrar la paz y la felicidad. Seguir leyendo →