Todos tus hijos serán instruidos

Conferencia General Abril 2005
Todos tus hijos serán instruidos
Coleen K. Menlove
Presidenta General de la Primaria

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Los niños deben saber que, si tienen fe en el Salvador y le siguen, recibirán paz en este mundo turbulento.

Las recientes catástrofes ocurridas alrededor del mundo nos han conmovido. El sufrimiento de los niños, que son víctimas inocentes, es lo que más nos entristece. Hemos visto a niños sin familiares que los mantengan, los protejan y los amen. Deseamos de todo corazón tenderles una mano y ayudarlos de alguna manera, de cualquier manera que alivie su sufrimiento y les brinde esperanza. Nos sentimos agradecidas por las oportunidades que tenemos de dar ayuda; nos alienta el empeño que realizan muchas personas que están ayudando a esos niños.

Sin embargo, no tenemos que mirar muy lejos para ver a niños que viven en circunstancias diferentes y, sin embargo, problemáticas. Sin darnos cuenta, es posible que no prestemos atención a los niños que nos rodean. ¿Somos realmente conscientes de las condiciones de peligro que rodean a nuestros niños? Por lo general, nos es posible determinar si se satisfacen sus necesidades físicas, pero, ¿qué sucede con sus necesidades espirituales? ¿Saben ellos en cuanto a la luz y la paz del Evangelio de Jesucristo? Las Escrituras enseñan: “…todos tus hijos serán instruidos por el Señor; y grande será la paz de tus hijos” 1 .

Los niños necesitan la paz que se recibe al saber que tienen un amoroso Padre Celestial, que envió a Su Hijo Jesucristo para traer luz y esperanza al mundo. Como adultos, de nosotros depende guiar a los niños a esa paz y a esa luz.

El lamentable estado espiritual de algunos niños en el mundo hoy día se representa en una pintura del artista danés Carl Bloch, que ilustra magníficamente un relato de las Escrituras que se encuentra en el capítulo 5 de Juan. Cristo, el Sanador y Consolador, es la figura central de la obra. La pintura muestra cómo Él levanta la manta que cubre a un hombre paralítico de nacimiento que está esperando el milagro de ser sanado en el estanque de Betesda, pero que no tiene a nadie que lo ayude. Mientras se queda allí, en espera de un milagro, Cristo se le acerca con el poder para sanarlo.

En la pintura hay varias personas en el fondo, ninguna de las cuales mira directamente a Cristo. El Señor está entre ellos, pero sólo un hombre lo ve como a tal. Da la impresión de que todos los demás siguen realizando sus labores diarias, totalmente ajenos al gran poder de Jesús y al milagro que está a punto de tener lugar en presencia de ellos. Un niño pequeño y una mujer, quizás su madre, a pesar de que Él estaba a la vista de ellos, al igual que los demás, tienen los ojos puestos en otro lado. En la presencia misma del Salvador, esa mujer no guió al niño hacia el Salvador. Yo me pregunto: ¿Habríamos desaprovechado nosotros también la oportunidad de venir a Cristo? ¿Nos distraen y opacan nuestra perspectiva espiritual los sucesos cotidianos que nos impiden concentrarnos en lo que realmente es de más importancia? Pienso: ¿Nos estamos privando de las oportunidades de aprender del Señor y de sentir Su amor? ¿Nos estamos privando de las oportunidades de compartir con los demás, especialmente con los niños, lo más importante: el Evangelio de Jesucristo? Todos hemos visto a niños y a jóvenes en medio de la multitud, confundidos y deseando conocer lo que de verdad es importante.

Casi hasta puedo oír a ese niño y a otros niños exclamar las palabras que tantas veces nosotros hemos cantado: “Hazme andar en la luz”. Recordarán la letra:

Hazme en la luz de Su amor caminar.
Muéstrame cómo a mi Padre orar.
Quiero vivir como dijo Jesús.
Dime cómo andar en la luz 2 . Seguir leyendo

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Un silbo apacible y delicado, y un corazón vibrante

Conferencia General Abril 2005
Un silbo apacible y delicado, y un corazón vibrante
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que testifica del milagro de la Restauración.

Richard C. Edgley

En 1995 se me invitó a dar la bienvenida y dirigir unas palabras en un seminario científico celebrado en Salt Lake City sobre el tema de la nutrición infantil, al que asistieron noventa y seis científicos de 24 países. Mientras observaba a los presentes al tomar la palabra, me impresionó que hubiera tantos países representados, como lo demostraban sus atuendos, el color de la piel, los idiomas y otras características particulares.

Tres o cuatro meses más tarde, asistí a una conferencia de estaca en la costa este de los Estados Unidos y mientras me hallaba en el estrado, preparándome para la sesión de liderazgo del sacerdocio, un hombre de África entró en la sala y se sentó próximo al pasillo. Me resultaba vagamente familiar, aunque no podía recordar dónde lo había visto. Me incliné hacia el presidente de estaca y le pregunté quién era aquel hombre. Él me respondió: “No es miembro de la Iglesia. Es un profesor de intercambio oriundo de África que enseña en una prestigiosa universidad de la región. Hace unos meses asistió a un seminario científico en Salt Lake City. Le dieron un folleto de la Iglesia y eso lo llevó a leer todo lo que pudo encontrar sobre nosotros y ahora asiste a las reuniones siempre que le es posible”. Y medio en broma, el presidente de estaca agregó: “No me extrañaría que asistiera también a las reuniones de la Sociedad de Socorro”.

Después de la reunión de liderazgo del sacerdocio, volví a presentarme a aquel profesor, quien me afirmó su alegría por su recién descubierta fuente de verdad. Me explicó que su familia, que se hallaba en África, estaba recibiendo las charlas misionales y que se reunirían con él en Estados Unidos en unas cuatro semanas para bautizarse todos juntos.

Al final de la sesión para los adultos celebrada aquel mismo sábado por la tarde, ese hombre se apresuró a ir hasta el púlpito y, golpeándose el pecho, dijo muy emocionado: “El corazón me vibra como si fuera a salírseme del pecho. No sé si podré aguardar las cuatro semanas para que se bautice mi familia”. Le aconsejé que se quedara tranquilo y esperara a su esposa y a sus hijos para que todos pudieran bautizarse juntos.

Cuando Elías tuvo que huir para salvar la vida de las garras de la malvada princesa fenicia Jezabel, el Señor lo condujo a un monte elevado en el que vivió una experiencia asombrosa. Mientras estaba en el monte ante el Señor, sintió “un grande y poderoso viento… pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:11–12).

De vez en cuando, personas de otras religiones me preguntan por qué nuestra Iglesia crece tan rápido, tanto en el número de miembros como en actividad, mientras que otras iglesias, según se informa, declinan en ambos aspectos. La respuesta a esa pregunta es simplemente un silbo apacible y delicado y después un corazón vibrante. En este mundo ajetreado, tumultuoso y aparatoso, no es como un viento, ni como un terremoto, ni como un fuego, sino que es un silbo apacible y delicado, aunque bien perceptible, lo que produce un corazón vibrante. Es una calidez apacible del corazón lo que testifica que éste es el Evangelio restaurado de Jesucristo, con toda su doctrina, su sacerdocio y sus convenios que se habían perdido a lo largo de muchos siglos de oscuridad y confusión. Sí, es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que testifica del milagro de la Restauración.

Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que inspira a millones de miembros a emular la vida de Jesús en palabra, obra y servicio. Es un silbo apacible y delicado, y un corazón vibrante lo que motiva a miles de matrimonios jubilados a servir en misiones, por lo general de 18 meses o más, dejando a un lado las comodidades de la vida para ir al mundo y servir a los demás, costeándose sus propios gastos, algo que muchas personas considerarían un gran sacrificio; sirviendo a menudo en zonas del mundo donde una ducha caliente y una cama cómoda son lujos que sólo quedan en el recuerdo. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo – Cosas claras y preciosas

Conferencia General Abril 2005
El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo – Cosas claras y preciosas
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

El Libro de Mormón es un tesoro interminable de sabiduría e inspiración, de consejo y de corrección.

José Smith dijo: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción del Libro de Mormón, pág. V; véase también History of the Church, tomo IV, pág. 461).

La primera edición del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo se imprimió en Palmyra, Nueva York, en marzo de 1830. José Smith —un muchacho campesino y sin instrucción— había cumplido 24 años un poco antes de esa fecha. El año anterior había pasado un total de 65 días traduciendo las planchas. Casi la mitad de ese tiempo fue después que él hubo recibido el sacerdocio. La impresión había tardado siete meses.

Cuando leí el Libro de Mormón la primera vez del principio al fin, leí la promesa de que si yo “pregun[taba] a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si [eran verdaderas las cosas que había leído]; y si pedí[a] con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él [me] manifesta[ría] la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4). Intenté seguir esas instrucciones como las había entendido.

Si quizás yo esperaba que se produjese de inmediato una manifestación espléndida como una experiencia sobrecogedora, ésta no sucedió. No obstante, experimenté un buen sentimiento y comencé a creer.

El siguiente versículo contiene una promesa aún mayor: “…por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5; cursiva agregada). Yo no sabía cómo actuaba el Espíritu Santo aun cuando en el Libro de Mormón se explica en un número de veces y en una diversidad de formas.

Estudié y aprendí que los “ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo”, y también decía que debemos “[deleitarnos] en las palabras de Cristo; [con la promesa de que] las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Y dice claramente que “si… no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis” (2 Nefi 32:4).

También leí: “…si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:5). Yo ya había hecho eso cuando fui confirmado miembro de la Iglesia por la “imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Los Artículos de Fe 4).

Si en mi inocencia de niño yo había esperado alguna experiencia espiritual especial, ésta no se verificó. A lo largo de los años, al oír sermones y lecciones, y al leer el Libro de Mormón, comencé a comprender.

Nefi, tras haber sido maltratado por sus hermanos, les recordó que un ángel les había hablado [y añadió] “pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras” (1 Nefi 17:45). Cuando comprendí que el Espíritu Santo podía comunicarse a través de nuestros sentimientos, comprendí la razón por la que las palabras de Cristo, sean éstas del Nuevo Testamento o del Libro de Mormón o de las otras Escrituras, producen tan buenos sentimientos. Con el paso del tiempo, descubrí que las Escrituras tenían la respuesta para lo que yo debía saber.

Leí: “Ahora bien, éstas son las palabras, y podéis aplicároslas a vosotros y a todos los hombres” (2 Nefi 11:8; cursiva agregada; véase también 1 Nefi 19:23–24; 2 Nefi 6:5; 11:2). Comprendí que eso quería decir que las Escrituras se aplicaban a mí personalmente, y se aplican también a todas las demás personas.

Cuando algún versículo que yo había leído varias veces llegaba a adquirir un significado personal para mí, pensaba que la persona que había escrito ese versículo había tenido una profunda y madura comprensión de mi vida y de lo que yo sentía.

Por ejemplo, leí que el profeta Lehi participó del fruto del árbol de la vida y dijo: “…por lo que deseé que participara también de él mi familia, pues sabía que su fruto era preferible a todos los demás” (1 Nefi 8:12). Había leído ese pasaje más de una vez, pero éste no había significado mucho para mí.

El profeta Nefi también dijo que había escrito “las cosas de mi alma… y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos” (2 Nefi 4:15). Yo había leído eso, pero no habían significado mucho para mí tampoco. Pero posteriormente, cuando tuve hijos, comprendí que Lehi y Nefi tenían sentimientos tan profundos con respecto a sus hijos como los que yo tengo para con mis hijos y mis nietos.

Esas Escrituras me parecieron claras y preciosas, y me pregunté cómo el joven José Smith pudo haber tenido tan agudos conceptos. El hecho es que no creo que él haya tenido tan profundos conceptos, puesto que no tenía que tenerlos; él tan sólo tradujo lo que estaba escrito en las planchas. Seguir leyendo

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Discurso de apertura

Conferencia General Abril 2005
Discurso de apertura
Gordon B. Hinckley
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Nuestra responsabilidad de seguir avanzando es enorme, pero nuestra oportunidad es espléndida.

Mis amados hermanos y hermanas, de parte de los miembros de esta Iglesia por todo el mundo, extendemos a nuestros vecinos y amigos católicos nuestras más sinceras condolencias en esta hora de gran dolor. El Papa Juan Pablo II ha trabajado infatigablemente a fin de avanzar la causa del cristianismo, de acabar con la carga de los pobres y de hablar con intrepidez a favor de los valores morales y de la dignidad humana. Se le echará mucho de menos; particularmente las muchas personas que han dependido de su liderazgo.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, considero apropiado decir, al comenzar esta conferencia, algunas palabras para dar cuenta de nuestra mayordomía durante los últimos diez años.

El 12 de marzo de 1995, se nos confirió la gran y sagrada responsabilidad de la presidencia.

En la conferencia que siguió a esa fecha, dije lo siguiente:

“Ahora, mis hermanos y hermanas, ha llegado el momento de erguirnos un poco más, de elevar la mirada y ensanchar la mente para lograr una mayor comprensión y un mayor entendimiento de la gran misión milenaria de ésta, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de Los Últimos Días. Ésta es una época en que debemos ser fuertes, una época para avanzar sin vacilación conociendo bien el significado, la amplitud y la importancia de nuestra misión. Es una época para hacer lo correcto sean cuales sean las consecuencias que puedan resultar. Es un tiempo en que debemos guardar los mandamientos. Es el período para extender los brazos con bondad y amor a quienes se encuentren en dificultades y anden errantes en la oscuridad y el dolor. Es una época para ser considerados y buenos, decentes y corteses hacia nuestros semejantes, en todas nuestras relaciones. En otras palabras, es una época para llegar a ser más como Cristo” (“Ésta es la obra del Maestro”, Liahona, julio de 1995, pág. 81).

Ustedes deben juzgar en qué medida hemos llevado a cabo el cumplimiento de esa invitación de hace diez años.

La década que acaba de pasar ha sido una etapa admirable de la historia de la Iglesia. Nunca ha habido otra que se la iguale. Ha habido una prosperidad excepcional de la obra. Ha habido muchos logros trascendentalmente importantes.

Ese progreso considerable no es la obra de la Primera Presidencia, ni del Quórum de los Doce, ni de los Setenta ni del Obispado Presidente solos, sino que es el resultado de la fe, de las oraciones, del trabajo y del dedicado servicio de todo miembro de presidencia de estaca y de todo sumo consejo, de todo obispado y de toda presidencia de quórum, de toda presidencia de las organizaciones auxiliares y de todo miembro fiel y activo de esta Iglesia por todo el mundo. Seguir leyendo

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Conocer la voluntad del Señor con respecto a ustedes

Conferencia General Octubre 2005
Conocer la voluntad del Señor con respecto a ustedes
Anne C. Pingree
Segunda consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Que el Señor las bendiga en su búsqueda personal para conocer Su voluntad para con ustedes, y sometan su voluntad a la de Él.

Anne C. Pingree

El llegar a ser un instrumento en las manos de Dios es un gran privilegio y una responsabilidad sagrada. Dondequiera que vivamos, cualesquiera sean nuestras circunstancias, no importa nuestro estado civil o nuestra edad, el Señor necesita que cada una de nosotras cumpla su función única en la edificación de Su reino en esta última dispensación. Testifico que podemos saber lo que el Señor desea que hagamos, y que podemos sentir “la bendición que se ha conferido sobre nosotros, que hemos sido hechos instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra” 1 . Esta noche quisiera compartir una porción de mi trayectoria sumamente personal de llegar a comprender cómo llegamos a ser esa clase de instrumentos.

Comienzo donde terminó mi trayectoria, en esta sublime verdad que enseñó el élder Neal A. Maxwell: “…la sumisión de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios; todo lo demás que le ‘damos’ es, en realidad, lo que Él nos ha dado o prestado a nosotros. Pero cuando nos sometemos dejando que nuestra voluntad sea absorbida en la voluntad de Dios, entonces, verdaderamente le estamos dando algo. ¡Es la sola posesión exclusivamente nuestra que podemos dar!” 2 .

Testifico, mis amadas hermanas, que a fin de que seamos en verdad instrumentos en las manos de Dios, a fin de que esa bendición se confiera plenamente sobre nosotros en “el día de esta vida” en el que ejecutamos nuestra obra 3 , debemos, como dice el élder Maxwell, someter “nuestra voluntad” 4 al Señor.

El proceso purificador que me llevó a adquirir un testimonio de este principio empezó de repente, cuando recibí mi bendición patriarcal a los treinta y tantos años de edad. Me había preparado mediante el ayuno y la oración, y me preguntaba en mi corazón: “¿Qué es lo que el Señor desea que yo haga?”. Ante la feliz expectativa, y acompañados de nuestros cuatro hijitos, mi esposo y yo nos dirigimos a casa del anciano patriarca. En la bendición que me dio se recalcaba una y otra vez la obra misional.

Aunque me disguste admitirlo, me sentía desilusionada y acongojada. Hasta ese momento de mi vida, apenas había leído el Libro de Mormón de principio a fin. Indudablemente, no estaba preparada para servir en una misión, de modo que guardé mi bendición patriarcal en un cajón; sin embargo, lo que hice fue comenzar un serio plan de estudio de las Escrituras cada día mientras me concentraba en criar a mis hijos.

Pasaron los años, y mi esposo y yo nos concentramos en preparar a nuestros hijos para servir en misiones. Al enviarlos a distintos países, yo honradamente pensé que había cumplido mi responsabilidad misional.

Entonces mi esposo fue llamado a ser presidente de misión en un país inestable y caótico en vías de desarrollo, a 16.000 km de distancia de nuestro hogar, y totalmente diferente de la cultura y del idioma que yo conocía. Pero en el momento de recibir mi llamamiento como misionera de tiempo completo, me sentí un poco como Alma y los hijos de Mosíah, de que era llamada para ser un “[instrumento] en las manos de Dios para realizar esta gran obra” 5 . También sentí algo que estoy segura que ellos no sintieron: ¡un terrible temor!

A los pocos días, saqué mi bendición patriarcal y la leí una y otra vez, en busca de un entendimiento más profundo. A pesar de que sabía que cumpliría una promesa que había recibido de un patriarca hacía varias décadas, eso no aminoró mis preocupaciones. ¿Podría dejar atrás a mis hijos casados y a los solteros, y a mi padre y a mi suegra ancianos? ¿Sabría qué decir y hacer? ¿Qué comeríamos mi esposo y yo? ¿Estaríamos seguros en un país políticamente inestable y peligroso? Me sentía inepta en todo sentido. Seguir leyendo

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Para que todas lleguemos a sentarnos juntas en el cielo

Conferencia General Octubre 2005
Para que todas lleguemos a sentarnos juntas en el cielo
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Cuando llegamos a ser instrumentos en las manos de Dios, Él se vale de nosotras para efectuar Su obra.

Kathleen H. Hughes

Hermanas, en esta ocasión nos hallamos reunidas las hermanas en una reunión general de la Sociedad de Socorro. Lucen magníficas. Al estar aquí, no puedo menos que pensar en la primera reunión de la Sociedad de Socorro. Me imagino al profeta José dirigiendo la palabra a las hermanas y preparándolas para su función en la edificación del reino de Dios. Me imagino también las silenciosas oraciones de las hermanas, diciendo: “He hecho convenios de realizar Tu obra, Señor, ¡ayúdame ahora a ser un instrumento en Tus manos!”. Su oración es nuestra oración.

La vida terrenal es el tiempo para que cada una de nosotras llegue a ser ese instrumento.

Cuán bello es el mensaje que dio la hermana Lucy Mack Smith, cuando ya frágil y debilitada por la edad, se puso de pie para hablar a las hermanas en una de las primeras reuniones de la Sociedad de Socorro que se efectuó en Nauvoo. Recuerden que ella había sido una mujer muy influyente, una gran líder. Era muy parecida al tipo de mujer que veo hoy en día en la Sociedad de Socorro. Aquel día, ella dijo: “Debemos apreciarnos las unas a las otras, ampararnos las unas a las otras, consolarnos mutuamente y adquirir instrucción, para que todas lleguemos a sentarnos juntas en el cielo” 1 .

Esas palabras hablan del que las hermanas lleguen a ser “instrumentos en las manos de Dios 2 ”. ¿Quién de nosotras no anhela ser apreciada, amparada, consolada e instruida en las cosas de Dios? ¿Cómo se hace eso realidad? Nada menos que con cada acto de bondad, con cada expresión de afecto, con cada gesto de consideración y con cada mano de ayuda. Pero mi mensaje no va dirigido a quienes reciben tales actos caritativos, sino a todas nosotras, las que debemos llevar a la práctica esa santidad todos los días. Para llegar a ser como Jesucristo, enseñó el profeta José, “deben ustedes ensanchar sus almas para con los demás” 3 .

Todas añoramos poseer el amor puro de Cristo, llamado caridad, pero nuestra parte humana —la “mujer natural” que hay en nuestro interior— nos estorba el paso. Nos llenamos de enojo, nos sentimos frustradas, nos reñimos a nosotras mismas y a los demás, y cuando lo hacemos, no podemos ser el conducto de amor que debemos ser a fin de llegar a ser un instrumento en las manos de nuestro Padre Celestial. El estar dispuestas a perdonarnos a nosotras mismas y a los demás es parte esencial de nuestra capacidad para tener el amor del Señor en nosotras y para efectuar Su obra.

Cuando comencé a preparar este discurso, hice todo lo que sabía que debía hacer: fui al templo, ayuné, leí las Escrituras. Oré y escribí un discurso. Pero cuando se escoge escribir acerca de la caridad, es preciso sentirse caritativa. Y yo no me sentía así. Tras muchas lágrimas y oración, llegué a darme cuenta de que tenía que pedir perdón a las personas que, sin ellas saberlo, habían sido la causa de mis pensamientos poco caritativos. Y, aunque fue difícil hacerlo, fue sanador. Y el Espíritu del Señor volvió a mí.

Ser caritativa en forma constante es una búsqueda de toda la vida, pero cada acto de amor nos cambia a nosotras y a los que los realizan. Les contaré la historia de una mujer joven que conocí hace poco. Alicia, cuando era adolescente, se distanció mucho de la Iglesia, pero posteriormente, comenzó a sentir deseos de volver a ella. Solía visitar a su abuelo que vivía en una residencia para personas jubiladas, e iba a verle todos los domingos. Uno de esos días, decidió asistir a las reuniones de los Santos de los Últimos Días que se efectuaban allí. Al abrir la puerta, halló una reunión de la Sociedad de Socorro, pero no había ningún asiento desocupado. Cuando estaba a punto de irse, una hermana la invitó con un gesto amistoso a ir a sentarse a su lado y le hizo lugar en su asiento. Alicia me dijo: “Me pregunté qué pensaría de mí esa hermana, puesto que yo tenía el cuerpo lleno de perforaciones y olía a cigarrillo. Pero a ella no pareció importarle y sencillamente me hizo sitio a su lado”. Seguir leyendo

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Gratos momentos

Conferencia General Octubre 2005
Gratos momentos
Hermana Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Si buscamos al Señor y Su guía, si nos esforzamos por regresar a nuestro Padre Celestial, los gratos momentos vendrán.

Bonnie D. Parkin

¡Cuán agradecidos estamos por nuestro profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley, y por sus palabras: “Dios bendiga a la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días 1 ”! Toda hermana de esta Iglesia pertenece a la Sociedad de Socorro y cada una de nosotras siente el amor que es tan abundante en esta organización divinamente instituida.

Mi corazón se enternece por ustedes, hermanas que han sido afectadas tan seriamente por los recientes desastres naturales. Me regocijo en los relatos de mujeres valientes que prestan y reciben servicio; por medio del servicio, tanto la que sirve como la que recibe el servicio experimentan el amor del Señor. En estos momentos de prueba, ruego que ustedes sientan Su amor y también mi amor y el amor de sus muchas hermanas de la Sociedad de Socorro.

El profeta José Smith estableció la trayectoria de la Sociedad de Socorro cuando en 1842 dijo a las hermanas: “Es natural en la mujer tener sentimientos de caridad y benevolencia. Ahora os halláis en posición tal que podéis actuar de acuerdo con esa compasión que Dios ha plantado en el alma de vosotras. Sí vivís de acuerdo con esos principios, ¡cuán grande y glorioso será! 2 ”.

El profeta José Smith motivó a las hermanas de los primeros tiempos de la Sociedad de Socorro a ponerse en acción. En la actualidad, nosotras también tenemos oportunidades de prestar servicio como “instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra 3 ”.

En términos sencillos, ¿qué significa ser un instrumento? Creo que significa cuidar con amor a los demás. José Smith lo llamó “actuar de acuerdo con esa compasión” en el corazón. He tenido muchos gratos momentos en los que he sentido que el Señor me ha utilizado como un instrumento. Pienso que ustedes también han recibido guía y ayuda al enseñar, y al brindar consuelo y aliento.

Sin embargo, en nuestra calidad de mujeres, ¡somos muy severas con nosotras mismas! Créanme cuando les digo que cada una de nosotras es mucho mejor de lo que pensamos. Debemos sentirnos felices cuando hacemos algo bien y, además, debemos reconocerlo. Mucho de lo que realizamos nos parece pequeño e insignificante, sencillamente algo que forma parte de la vida diaria. Cuando “Jehová nos llame para pedirnos cuenta” 4 , tal como el profeta José nos dijo, sé que tendremos mucho para compartir.

Voy a darles un ejemplo. Hace poco le pregunté al élder William W. Parmley acerca de los recuerdos que tenía de su madre, LaVern Parmley, quien fue Presidenta General de la Primaria por 23 años. Él no se refirió a los discursos que ella pronunció en las conferencias ni de los muchos programas que había puesto en marcha; sino que me habló de uno de los momentos más gratos que había tenido cuando tenía 17 años y se preparaba para ir a la universidad y recordaba sentarse junto a su madre mientras ella le enseñaba a pegar un botón. Con los niños de cualquier edad, los hechos pequeños y sencillos tienen un impacto imperecedero.

No todas tenemos hijos a quienes tenemos que enseñarles la costura básica. Las primeras hermanas formaban un grupo diverso, tal como nosotras; algunas eran casadas, otras solteras o viudas, pero todas ellas estaban unidas en propósito. Al estar con ustedes en muchos países y en muchos lugares, he sentido su amor. Hermanas: las amo y sé que el Señor también las ama.

Muchas de ustedes son solteras; son estudiantes, trabajan; son nuevas en la Sociedad de Socorro. Algunas hace mucho tiempo que son miembros; por favor, créanme cuando les digo que a cada una se la valora y se la necesita. Todas brindan amor, energía, puntos de vista, y testimonio a la obra. El empeño de ustedes de vivir cerca del Espíritu nos bendice a todas en virtud de que han aprendido a confiar en Él para pedir fortaleza y dirección.

Una tarde, Cynthia, una hermana soltera, sintió la inspiración de ir a ver a una hermana de la cual ella era maestra visitante. Ésta no se encontraba en casa, pero mientras Cynthia caminaba de regreso a casa, vio a una enfermera fuera de un hospital con dos niñas, ambas quemadas de gravedad. Cuando Cynthia oyó a la enfermera llamar a las pequeñas por su nombre, de pronto le sobrevinieron los recuerdos: ella había conocido a esas dos niñas cuatro años antes mientras era misionera en Bolivia. Al volver a reencontrarse con ellas en los jardines del hospital, era obvio que físicamente las niñas se encontraban en vías de recuperación; pero, sin ningún apoyo familiar, sufrían emocionalmente. Cynthia comenzó a visitar a las niñas y a cuidarlas con cariño. Al prestar oídos a los susurros del Espíritu, ella se convirtió en un instrumento de Dios para bendecir a dos niñas que extrañaban su hogar. Seguir leyendo

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Instrumentos en las manos de Dios

Instrumentos en las manos de Dios

Éste es el video que se mostró durante la Reunión General de la Sociedad de Socorro y que presenta al presidente Gordon B. Hinckley narrando la historia de la Sociedad de Socorro. Durante el video, se representan el profeta José Smith, Emma Smith, Lucy Mack Smith y las primeras hermanas de la Sociedad de Socorro en el almacén de ladrillos rojos.

Presidente Hinckley: El progreso de la Sociedad de Socorro, desde los 18 miembros que tenía cuando se organizó el 17 de marzo de 1842 en ciudad fronteriza de Nauvoo, hasta los más de cinco millones 160 años más tarde, con miembros en localidades grandes y pequeñas por el mundo, es algo extraordinario y notable.

Los elementos de los que emerge la Sociedad de Socorro preceden su organización. Esos elementos abarcan el instinto natural de la mujer de dar una mano para promover el bien común, para ayudar a los afligidos, y para mejorar su propio intelecto y sus talentos. Y en esa ocasión José Smith las organizó en una Sociedad

José Smith: Esta “sociedad de hermanas inspirará a los hermanos a las buenas obras y a velar por los pobres, buscando cómo demostrar caridad y satisfaciendo necesidades, y ayudará en la corrección de la moral y en el fortalecimiento de las virtudes de la comunidad” 1 .

Presidente Hinckley: Desde esos modestos comienzos, se ha forjado lo que yo considero la más grande y más eficaz organización de su tipo en el mundo.

En esa primera reunión en la que Emma H. Smith fue elegida presidenta, dijo: “Cada una de sus miembros debe anhelar hacer el bien” 2 . Ése era el espíritu entonces y ése es el espíritu hoy; y debe continuar siendo el principio que rige las generaciones por venir —que “cada una de sus miembros anhele hacer el bien”.

Emma Smith: “Haremos algo extraordinario…. Esperamos momentos extraordinarios y situaciones difíciles” 3 .

José Smith: “Esta Sociedad recibirá instrucción mediante el orden que Dios ya ha establecido, [por medio] de los que ha asignando para dirigir” 4 .

“Para la mujer es natural tener sentimientos de caridad. Ahora os halláis en posición tal que obraréis de acuerdo con esas simpatías que Dios ha plantado en vuestro pecho. Si vivís de acuerdo con esos principios, ¡cuán grande y glorioso será! Si cumplís con vuestros privilegios, no se podrá impedir que os asociéis con los ángeles… Ni la guerra, ni las contiendas, ni las contradicciones nos magnificarán,… sino la mansedumbre, el amor, la pureza.

“Y las bendiciones de los cielos se derramarán…

“Al partir para vuestro hogar, no habléis más con dureza, sino dejad que la bondad, la caridad y el amor coronen vuestras obras de ahora en más…

“Al progresar en la inocencia y la virtud, al progresar en la bondad, dejad que vuestro corazón se engrandezca y se vuelva compasivo hacia los demás; usad longanimidad y sed pacientes con las faltas y los errores del ser humano. ¡Cuán preciadas son las almas de los hombres!…

“…Y ahora doy vuelta a la llave en el nombre de Dios, y esta Sociedad se alegrará, y el conocimiento y la inteligencia fluirán a partir de este momento, éste es el comienzo de épocas mejores para esta Sociedad” 5 .

Presidente Hinckley: Esa declaración profética ha sido una máxima por un siglo y medio en la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Lucy Mack Smith, madre del Profeta, al hablarles a las hermanas en Navoo, dijo:

Lucy Mack Smith: “Debemos atesorarnos las unas a las otras, cuidarnos las unas a las otras, consolarnos las unas a las otras e instruirnos para que nos sentemos juntas en el cielo” 6 .

Presidente Hinckley: La historia de la organización ha mostrado que las mujeres de la Iglesia no han tenido que esperar para sentarse juntas en el cielo y saborear los dulces frutos de esas actividades.

Ellas han experimentado mucho de ese cielo en la tierra, ya que se han cuidado las una a las otras, se han consolado las unas a las otras y se han instruido las unas a las otras. ¿Quién podría estimar el impacto milagroso en la vida de millones de mujeres cuyo conocimiento se ha incrementado, cuya visión se ha aumentado, cuya vida se ha beneficiado y cuyo entendimiento de las cosas de Dios se ha enriquecido debido al sinnúmero de lecciones que se han enseñado y aprendido eficazmente en las reuniones de la Sociedad de Socorro?

¿Quién podría medir el gozo que ha venido a la vida de estas mujeres al reunirse y socializar en el ambiente del barrio o la rama enriqueciendo mutuamente su vida mediante el dulce y atesorado compañerismo? ¿Quién, aún en el más remoto rincón del pensamiento, puede imaginar los incontables actos de caridad que se han realizado, el alimento que se ha presentado ante mesas indigentes, la fe que se ha nutrido en las desesperadas horas de la enfermedad, las heridas que se han curado, el dolor que se ha mitigado mediante las manos amorosas y las silenciosas y confortantes palabras, el consuelo que se ha extendido en la hora de la muerte y la consecuente soledad?

Hablándole a la Sociedad de Socorro, el presidente Joseph F. Smith dijo en una ocasión: “Esta organización fue divinamente creada, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios para administrar la salvación del alma de mujeres y hombres. Por lo tanto, no hay ninguna otra organización que se pueda comparar con ésta… que jamás pueda ocupar el mismo lugar y la misma plataforma que ésta puede ocupar…

“…Hagan de la Sociedad de Socorro la primera, la más importante, la más elevada, la mejor y la más sólida de todas las organizaciones que hay en el mundo. Mediante la voz del profeta de Dios, se las llama para que lo logren, para que sean las más importantes, las más grandes y mejores, las más puras y las más devotas para hacer el bien” 7 .

Dios bendiga a la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Que el espíritu de amor que ha motivado a sus miembros por más de un siglo y medio, continúe creciendo y se perciba en todo el mundo. Que sus obras de caridad conmuevan para siempre la vida de infinidad de personas doquiera que se encuentren. Y que la luz y la comprensión, el aprendizaje y el conocimiento y la verdad eterna adornen la vida de generaciones de mujeres aún por venir en las naciones de la tierra debido a esta institución singular que ha sido divinamente establecida. Que estas hermanas reconozcan su gran responsabilidad y bendición de ser “instrumentos en las manos de Dios para llevar a cabo esta gran obra” (Alma 26:3).

Notas

1. Relief Society Minutes, 17 de marzo de 1842, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 7.
2. Relief Society Minutes, 17 de marzo de 1842, pág. 13.
3. Relief Society Minutes, 17 de marzo de 1842, pág. 12.
4. Relief Society Minutes, 28 de abril de 1842, pág. 40.
5. Relief Society Minutes, 28 de abril de 1842, págs. 38–40.
6. Relief Society Minutes, 24 de marzo de 1842, págs. 18–19.
7. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, pág. 197.

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Bendición

Conferencia General Octubre 2005
Bendición
Presidente Gordon B. Hinckley

Dios, nuestro Padre Eterno, vive… Jesús es el Cristo, el Redentor de la humanidad. Ellos han restaurado Su obra en esta última dispensación por conducto del profeta José.

Gordon B. Hinckley

Hermanos y hermanas, hemos tenido una conferencia excepcional. Ha sido literalmente un banquete de inspiración a la mesa del Señor. La música, las oraciones y los discursos han sido maravillosos. Se nos ha informado y edificado; y nuestra fe se ha fortalecido.

El crecimiento de la Iglesia se ha hecho evidente por el hecho de que nuestras palabras se han traducido a 80 idiomas y nuestro mensaje se ha transmitido por satélite por todo el mundo, y se ha escuchado en muchas tierras. Todo ello es el gran cumplimiento de las palabras pronunciadas por Moroni al joven profeta en la noche del 21 de septiembre de 1823.

Él era un jovencito, un granjero pobre con muy poca instrucción. No tenía nada, ni tampoco sus padres. Vivía en una comunidad rural que apenas se reconocía fuera de sus fronteras. Y, sin embargo, el ángel le dijo que “era un mensajero enviado de la presencia de Dios… que Dios tenía una obra para [José], y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría [su] nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de [él] entre todo pueblo” (José Smith—Historia 1:33).

¿De qué manera eso sería posible? José ha de haberse preguntado cómo podía ser. Debió haber estado completamente atónito.

Y, sin embargo, todo sucedió. Y todavía sucederán muchas cosas más.

El 23 de diciembre de este año, 2005, planeamos conmemorar su cumpleaños con una gran celebración como homenaje a él.

Planeo, de ser posible, ir al lugar donde nació, para repetir lo que hizo Joseph F. Smith, el sexto presidente de la Iglesia, el 23 de diciembre de 1905, hace un siglo. En esa ocasión, dedicó el monumento que marca el lugar del nacimiento del Profeta. También se ha edificado allí una cabaña conmemorativa.

Cuando esté en Vermont, los presidentes Monson y Faust, con otras Autoridades Generales, estarán aquí en el Centro de Conferencias. Este gran salón se llenará y el programa se transmitirá a todas partes por satélite. Habrá música apropiada y se pronunciarán palabras de tributo, tanto en South Royalton como en Salt Lake City, al gran profeta de esta dispensación.

El tributo al Profeta que el coro cantó esta mañana será un simple ensayo para la ocasión en diciembre. Anticipamos este acontecimiento y deseamos que todos ustedes nos acompañen en esa ocasión.

Les dejamos nuestro testimonio de la divinidad de esta obra. Ésta es una hermosa obra. Qué vacías estarían nuestras vidas sin ella. Dios, nuestro Padre Eterno, vive. Él nos ama y vela por nosotros. Jesús es el Cristo, el Redentor de la humanidad. Ellos han restaurado Su obra en esta última dispensación por conducto del profeta José. De esto testifico con toda solemnidad y les dejo mi amor y mi bendición, amados hermanos y hermanas de esta Iglesia agradecida. Que Dios bendiga a cada uno de ustedes.

Ahora, para terminar, quiero dar las gracias a todos los que han hecho tanto para que ésta fuera una gran conferencia, a todos los que han trabajado entre bastidores para que esto fuera posible: los acomodadores, los técnicos, el personal de seguridad, el personal de primeros auxilios, los oficiales de tránsito, los traductores, las secretarias que revisan nuestros discursos y los mecanografían una y otra vez, todos ellos trabajan de día y de noche para producir este gran resultado.

Ruego humildemente que Dios nos bendiga a todos, que nos esforcemos por andar en rectitud ante Él, y les dejo mi bendición en el sagrado y santo nombre de nuestro Redentor, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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Los atributos de Cristo: el viento que nos impulsa

Conferencia General Octubre 2005
Los atributos de Cristo: el viento que nos impulsa
Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El vivir de acuerdo con [los principios básicos del Evangelio] dará potestad, fuerza y autosuficiencia espiritual a todos los Santos de los Últimos Días.

Dieter F. Uchtdorf

Mis queridos hermanos y hermanas, queridos amigos: En algunas ocasiones durante mi vida profesional como piloto de aerolíneas, tuve pasajeros de visita en la cabina del Boeing 747 que pilotaba; entonces hacían preguntas sobre los muchos conmutadores, instrumentos, sistemas y procedimientos, así como la forma en que todo ese equipo técnico contribuía a que la hermosa nave pudiera volar.

Como les pasa a todos los pilotos, yo disfrutaba del hecho de que estuvieran impresionados por la gran complejidad del aparato y que se preguntaran qué clase de persona magnífica y brillante se necesitaría para manejarlo. En esa parte de mi comentario, mi esposa y mis hijos me interrumpen y dicen con un guiño en los ojos: “¡Los pilotos se caracterizan por la gran humildad que tienen desde que nacen!”

A los visitantes de mi cabina, les explicaba que, a fin de que esa máquina voladora pueda proporcionar comodidad y seguridad a los que vienen a bordo, se requieren un gran diseño aerodinámico, muchos sistemas y programas auxiliares y motores de gran potencia.

Para hacer más sencilla mi explicación concentrándome en lo básico, agregaba que todo lo que hace falta es un fuerte impulso hacia adelante, una potente fuerza elevadora y la posición correcta del avión, con lo cual las leyes naturales llevarán a salvo a su destino al 747 y a sus pasajeros a través de continentes y océanos, sobre las altas montañas y las peligrosas tormentas.

En los últimos años, he considerado muchas veces que el ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos lleva a hacer preguntas similares: ¿Cuáles es la base, es decir, cuáles son los principios fundamentales del reino de Dios en la tierra? Al fin y al cabo, ¿qué nos conducirá eficazmente en tiempos de gran necesidad a nuestro deseado destino eterno?

La Iglesia, con toda su estructura y sus programas, ofrece muchas actividades importantes para sus miembros con objeto de ayudarles a servir a Dios y prestarse servicio mutuo; sin embargo, a veces parece que esos programas y actividades están más dentro de nuestro corazón y alma que la doctrina y los principios centrales del Evangelio. Los procedimientos, los programas, las normas y los modelos de organización son útiles para nuestro progreso espiritual aquí en la tierra; pero no debemos olvidar que están sujetos a cambios.

En contraste, el núcleo mismo del Evangelio —la doctrina y los principios— son inalterables, y el vivir de acuerdo con ellos dará potestad, fuerza y autosuficiencia espiritual a todos los Santos de los Últimos Días.

Esa fe es un principio de gran poder, de una fuerza que todos necesitamos. Dios obra con poder, pero generalmente ejerce el Suyo en respuesta a nuestra fe. “La fe sin obras es muerta” (Santiago 2:20). Dios obra de acuerdo con la fe de Sus hijos.

El profeta José Smith explicó esto: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos” (citado por John Taylor en “The Organization of the Church”, Millennial Star, nov. 15, 1851, pág. 339). Esta enseñanza me parece clara y sincera; al esforzarnos por entender, aplicar y vivir los principios correctos del Evangelio, nos volvemos más autosuficientes en lo espiritual. El principio de autosuficiencia espiritual procede de esa doctrina fundamental de la Iglesia que Dios nos ha concedido: el albedrío. Creo que, aparte de la vida misma, el albedrío moral es el don más grande de Dios para Sus hijos.

Cuando estudio y medito sobre el albedrío moral y sus consecuencias eternas, comprendo que en verdad somos hijos espirituales de Dios y, por lo tanto, debemos actuar como tales. Esa idea me recuerda también que, por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, formamos parte de una gran familia mundial de santos.

La organización de la Iglesia da lugar a una gran flexibilidad de acuerdo con el tamaño, el promedio de crecimiento y las necesidades de nuestras congregaciones; hay un programa básico de unidad con una estructura muy sencilla y menos reuniones; también tenemos barrios grandes con muchos recursos para prestarse servicio mutuamente. Todas las opciones se establecen dentro de los programas inspirados de la Iglesia para ayudar a los miembros a “veni[r] a Cristo, y perfecciona[rse] en él” (Moroni 10:32).

Todas esas diversas opciones tienen el mismo valor divino porque la doctrina del Evangelio restaurado de Jesucristo es la misma en todas las unidades. Como Apóstol del Señor Jesucristo, testifico que Él vive, que el Evangelio es verdadero y que éste ofrece las respuestas a todos los problemas personales y colectivos que los hijos de Dios tienen en la tierra actualmente. Seguir leyendo

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“Pastorea mis ovejas”

Conferencia General Octubre 2005
“Pastorea mis ovejas”
Élder Ulisses Soares
De los Setenta

Las personas son más receptivas a nuestra influencia cuando sienten que no sólo cumplimos con nuestro llamamiento, sino que realmente las amamos.

Ulisses Soares

En una ocasión, el Salvador le preguntó a Pedro tres veces: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. [Jesús] le dijo: Pastorea mis ovejas” 1 .

Debido a su profundo interés en el bienestar de los hijos de nuestro Padre Celestial, el Señor le dio a Pedro el mandato especial de pastorear a Sus ovejas, y lo ha reafirmado en nuestros días en una revelación a José Smith:

“Ahora te digo, y lo que te digo a ti lo digo a todos los Doce: Levantaos y ceñid vuestros lomos, tomad vuestra cruz, venid en pos de mí y apacentad mis ovejas” 2 .

Al escudriñar las Escrituras, notamos que el Salvador ministró de acuerdo con las necesidades específicas de la gente. Un buen ejemplo es cuando estaba cerca de Capernaum, y Jairo, un principal de la sinagoga, se postró a los pies de Jesús y le suplicó que fuera a la casa de él para bendecir a su hija moribunda. Jesús acompañó a Jairo, pero la multitud le impidió avanzar rápidamente.

Entonces llegó un mensajero para informar a Jairo que su hija había muerto. Aún en su dolor, Jairo mantuvo su fe en el Señor, quien consoló el corazón de ese padre diciéndole:

“No temas; cree solamente, y será salva.

“Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.

“Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.

“…[y] tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate.

“Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer” 3 .

Jesús demostró paciencia y amor a todos los que acudían a Él con enfermedades físicas, emocionales y espirituales, o sintiéndose desanimados y oprimidos.

Para seguir el ejemplo del Salvador, debemos mirar a nuestro alrededor y ayudar, levantar y animar a seguir adelante en el viaje hacia la vida eterna a las ovejas que enfrentan las mismas circunstancias.

Hoy esa necesidad es tan grande o quizás más grande que cuando el Salvador anduvo en la tierra. Como pastores, hay que entender que el objetivo de todo lo que hacemos en esta Iglesia es nutrir a cada oveja para llevarla a Cristo.

Toda actividad, reunión o programa debe concentrarse en ese objetivo. Al ser sensibles a las necesidades de los demás, podemos fortalecerlos y ayudarles a superar sus desafíos para que sigan firmes en el camino que los llevará de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial y les ayudará a perseverar hasta el fin.

El Evangelio de Jesucristo no se concentra en los programas, sino en las personas. A veces, con la prisa por cumplir con nuestras responsabilidades, nos concentramos en los programas en lugar de las personas, y no atendemos sus necesidades. Cuando esas cosas ocurren, perdemos la perspectiva de nuestro llamamiento, desatendemos a las personas y evitamos que alcancen su potencial divino de vida eterna. Seguir leyendo

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La brújula del Señor

Conferencia General Octubre 2005
La brújula del Señor
Élder Lowell M. Snow
De los Setenta

Los profetas y los apóstoles, a lo largo de las épocas, constituyen la brújula del Señor para nosotros. La guía que Él nos da a través de ellos es sencilla.

Lowell M. Snow

Hermanos y hermanas, al estar aquí sentado, sentí un gran deseo de expresarles mi amor y de asegurar a todos los que me escuchan que nuestro Padre Celestial les ama. En nombre de las Autoridades Generales, les expreso nuestra gratitud por estar dispuestos a venir el día de hoy para ser nutridos por la buena palabra de Dios.

Disfruto de las caminatas por las montañas y, al andar por esos remotos lugares, a menudo utilizo una brújula, leo los mapas y los letreros para que me guíen a donde deseo llegar. Esas herramientas son muy útiles y de un valor incalculable al encontrarme con caminos y senderos desconocidos que van hacia todo rumbo.

La vida está llena de caminos y senderos que se cruzan. Existen tantos caminos que seguir y tantas voces que claman “¡He aquí!” o “He allí” 1 . Hay tanta variedad y cantidad de medios de comunicación que anegan nuestro espacio personal; la mayoría de ellos intentan guiarnos por el ancho sendero por el que viaja tanta gente.

Al meditar para saber cuál de esas voces hay que seguir o cuál de los caminos es el correcto, alguna vez se han hecho la pregunta, al igual que lo hizo José Smith: “¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todas esas [voces y sendas] tiene razón; o están todas en error? Si una de ellas es la correcta, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” 2 . Comparto con ustedes mi testimonio de que Jesucristo continúa mostrando el sendero, guiando el camino y señalando cada etapa de nuestro viaje. Su sendero es estrecho y angosto y nos guía hacia la luz, hacia la vida y hacia la eternidad 3 . Permítanme darles un ejemplo de las Escrituras.

Ante el mandato del Señor, Lehi y sus hijos salieron de Jerusalén y comenzaron un viaje heroico hacia la tierra de promisión. Después de haber acampado durante una temporada en un valle a la orilla de un río, el Señor le dijo a Lehi una noche que había llegado el momento de continuar su viaje por el desierto. Con tanto en qué pensar, al salir de su tienda a la mañana siguiente, para su gran asombro, encontró delante de él, en el suelo, un objeto que sólo la mano de Dios pudo haber colocado allí. Era una brújula, llamada Liahona en su idioma, y sus agujas se habían diseñado para guiarlos en su viaje, lo que les permitía seguir un rumbo hacia los parajes más fértiles de su ruta donde podrían prosperar y permanecer seguros. Pero eso no era todo; en la brújula aparecía una escritura que era sencilla y fácil de leer y cambiaba de cuando en cuando, para darle a la familia mayor conocimiento con respecto a las vías del Señor 4 .

Durante su viaje, esta Liahona o brújula fue de gran valor al ayudar a la familia de Lehi a prosperar y finalmente llegar a destino. Pero es importante señalar que Nefi observó que la brújula funcionaba sólo de acuerdo con la fe, con la diligencia y con la atención que le daban. Al referirse a esa maravillosa ayuda que los guió por el desierto, Nefi señaló: “Y así vemos que por pequeños medios el Señor puede realizar grandes cosas” 5 . Seguir leyendo

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Los convenios del Evangelio nos traen las bendiciones prometidas

Conferencia General Octubre 2005
Los convenios del Evangelio nos traen las bendiciones prometidas
Élder Paul E. Koelliker
De los Setenta

Si guardamos los convenios del Evangelio, todas las pruebas momentáneas de la vida pueden vencerse.

Paul E. Koelliker

Hoy deseo expresar mis profundos sentimientos de reverencia y amor hacia nuestro Padre Celestial; Su Hijo, el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo. Testifico, además, del llamamiento sagrado del presidente Gordon B. Hinckley como Profeta, Vidente y Revelador del Señor. Lo apoyo con todo mi corazón y energía.

Estoy agradecido por el convenio del matrimonio en el templo a una bondadosa compañera eterna a quien amo y valoro. Ella constantemente da el ejemplo de servicio generoso a los necesitados. Nuestro matrimonio ha sido bendecido con hijos y nietos fieles y llenos de energía que nos han enseñado mucho y siguen haciéndolo.

Me siento especialmente bendecido porque mi hermano, mis hermanas y yo nacimos de padres rectos que han permanecido fieles a sus convenios del templo y que de buena gana lo han sacrificado todo para que estemos firmemente dedicados al plan de nuestro Padre Celestial. A mi madre angelical, tan sólo puedo darle las gracias por mantener fuertes en nuestra vida la cadena del amor y de las ordenanzas del Evangelio.

He mencionado esta sagrada relación por motivo de la felicidad que siento al saber que existe un convenio vinculante con cada uno de ellos al ser sellados en el santo templo. Agradezco profundamente el saber que, sin importar las dificultades que aún nos aguardan, existe la esperanza y la confianza al saber que si guardamos los convenios del Evangelio, todas las pruebas momentáneas de la vida pueden vencerse. En las Escrituras se nos enseña que al final todo estará bien si somos fieles a nuestros convenios. El rey Benjamín enseñó:

“…a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo…

“…por tanto, quisiera que tomaseis sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis hecho convenio con Dios de ser obedientes hasta el fin de vuestras vidas.

“Y sucederá que quien hiciere esto, se hallará a la diestra de Dios…” (Mosíah 5:7–9).

El prestar cuidadosa atención al hecho de hacer convenios es de suma importancia para nuestra salvación eterna. Los convenios son acuerdos que hacemos con nuestro Padre Celestial en los que dedicamos nuestro corazón, nuestra mente y nuestra conducta para guardar los mandamientos definidos por el Señor. Si somos fieles en guardar nuestro acuerdo, Él hace un convenio o una promesa de bendecirnos, al final, con todo lo que Él posee.

En el Antiguo Testamento se nos enseña el modelo de convenios del Señor en la experiencia que tuvo Noé con el mundo malvado y el plan del Señor para limpiar la tierra. A causa del compromiso firme y fiel de Noé, el Señor le dijo: Seguir leyendo

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El sacrificio es un gozo y una bendición

Conferencia General Octubre 2005
El sacrificio es un gozo y una bendición
Élder Won Yong Ko
De los Setenta

Ruego que todos lleguemos a ser santos, que estemos dispuestos a sacrificar y a ser merecedores de las bendiciones especiales del Señor.

Won Yong Ko

Hermanos y hermanas, buenas tardes. El profeta José Smith enseñó que “una religión que no requiera el sacrificio de todas las cosas jamás tendrá el poder suficiente para producir la fe necesaria para vida y salvación” (“La ley de sacrificio”, Liahona, marzo de 2002, pág. 12). Si resumimos la historia de las Escrituras, podemos decir que es la historia del sacrificio.

En las Escrituras encontramos ejemplos maravillosos de aquellos que sacrificaron su vida a fin de guardar su fe y su testimonio. Un ejemplo es el relato de Alma y Amulek, cuando tuvieron que soportar el dolor de ver que los del pueblo de Ammoníah fueron arrojados al fuego y murieron, y sin embargo guardaron su fe (véase Alma 14:7–13).

También pensamos en Jesucristo, quien condescendió a venir de la presencia de Su Padre a esta tierra e hizo el sacrificio de salvar al mundo, pasando los dolores más grandes que haya soportado persona alguna.

En esta última dispensación del Evangelio, muchos pioneros perdieron la vida e hicieron el sacrificio máximo para guardar la fe.

Es probable que hoy no se nos pida hacer un sacrificio tan grande como el dar la vida, pero vemos muchos ejemplos de santos que hacen dolorosos sacrificios para mantener viva la fe y el testimonio. Tal vez sea más difícil hacer los pequeños sacrificios diarios; por ejemplo, se podrían considerar como pequeños sacrificios el santificar el día de reposo, leer a diario las Escrituras o pagar diezmos, pero esos sacrificios no se pueden hacer con facilidad a menos que nos propongamos y tengamos la determinación de hacer los sacrificios necesarios para guardar esos mandamientos.

Al hacer esos pequeños sacrificios, se nos compensa con más bendiciones del Señor. El rey Benjamín dijo: “Y aún le sois deudores; y lo sois y lo seréis para siempre jamás” (Mosíah 2:24) y, así como lo hizo con su propio pueblo, el rey Benjamín nos anima a fin de que recibamos más bendiciones a medida que sigamos obedeciendo la palabra del Señor.

Creo que la primera bendición que deriva del sacrificio es el gozo que sentimos cuando pagamos el precio. Tal vez el sólo pensar que el sacrificio mismo podría llegar a ser una bendición se convierta en una bendición. Cuando pensemos de esa manera y sintamos gozo, es posible que ya hayamos recibido una bendición.

Hace poco vi esa clase de bendición entre los santos de Corea que participaron en la celebración del cincuentenario de la dedicación de la Iglesia en Corea y el bicentenario del nacimiento de José Smith. Me gustaría relatarles brevemente los sacrificios que hicieron y el gozo y la bendición que recibieron. Seguir leyendo

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Preparativos para la Restauración y la Segunda Venida: “Te cubriré con mi mano”

Conferencia General Octubre 2005
Preparativos para la Restauración y la Segunda Venida: “Te cubriré con mi mano”
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

[La] mano [del Señor] ha estado sobre la obra de la Restauración desde antes de la fundación de este mundo y continuará hasta Su Segunda Venida.

Robert D. Hales

Este año conmemoramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. Testificamos al mundo que él fue el profeta de Dios preordenado para llevar a cabo la restauración del Evangelio de Jesucristo. Esto lo hizo bajo la dirección de nuestro Salvador, quien le dijo a un antiguo profeta: “Jehová es mi nombre, y conozco el fin desde el principio; por lo tanto, te cubriré con mi mano” 1 .

Reconozco la mano del Señor en la restauración del Evangelio. Mediante el inspirado sacrificio de los hijos de Dios a través de las edades, se estableció el fundamento de esa Restauración, y el mundo se prepara para la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Su Evangelio se estableció por primera vez en la tierra con Adán y se ha enseñado en cada dispensación por medio de profetas como Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros. Cada uno de esos profetas predijo la venida de Jesucristo para expiar los pecados del mundo, y esas profecías se han cumplido. El Salvador estableció Su Iglesia, llamó a Sus apóstoles y estableció Su sacerdocio, pero lo más importante es que dio Su vida y la volvió a tomar para que todos nos levantáramos de nuevo, llevando a cabo así el sacrificio expiatorio. Pero ése no fue el fin.

Después de Su resurrección, el Salvador dio a Sus apóstoles la responsabilidad de dirigir la Iglesia y administrar las ordenanzas del Evangelio. Fieles a ese mandato, fueron perseguidos y algunos padecieron el martirio. Como resultado, la autoridad del sacerdocio del Señor dejó de estar en la tierra, y el mundo cayó en la oscuridad espiritual. En los siglos posteriores, los hijos de Dios tuvieron la Luz de Cristo, podían orar y podían sentir la influencia del Espíritu Santo, pero la plenitud del Evangelio se había perdido. En la tierra no quedaba nadie que tuviera el poder y la autoridad para dirigir la Iglesia o que efectuara ordenanzas sagradas como el bautismo, el otorgamiento del don del Espíritu Santo y las ordenanzas salvadoras del templo. A casi todas las personas se les negó el acceso a las Escrituras y la mayoría de ellas eran analfabetas.

El primer paso de la restauración del Evangelio fue hacer accesibles las Escrituras a los hijos de Dios y ayudarles a aprender a leerlas. Originalmente, la Biblia se escribió en hebreo y en griego, idiomas desconocidos para la gente común de Europa. Luego, unos 400 años después de la muerte del Salvador, Jerónimo tradujo la Biblia al latín; aún así, las Escrituras no estaban disponibles para un gran número de personas. Las copias había que hacerlas a mano, trabajo que por lo general hacían los monjes, y hacer cada una de ellas llevaba años.

Luego, mediante la influencia del Espíritu Santo, comenzó a crecer en el corazón de las personas el interés por el aprendizaje. Ese renacimiento se esparció por Europa, y a fines del siglo XIV, un sacerdote de nombre John Wiclef inició una traducción de la Biblia del latín al inglés. Debido a que en aquel entonces el inglés era un idioma emergente y poco refinado, los líderes de la Iglesia lo consideraron inapropiado para comunicar la palabra de Dios. Algunos líderes estaban seguros de que si las personas pudiesen leer e interpretar la Biblia ellos mismos, se corrompería la doctrina; otros temían que la gente que tuviera acceso independiente a las Escrituras no necesitaría la Iglesia y cesaría de apoyarla económicamente; por lo tanto, a Wiclef se le acusó de hereje, y se le trató como tal; después de que murió y se le sepultó, desenterraron sus huesos y los quemaron. Pero la obra de Dios no se pudo detener.

Aunque algunos fueron inspirados a traducir la Biblia, otros recibieron inspiración para preparar los medios para publicarla. Para 1455, Juan Gutenberg había inventado la imprenta de tipo móvil, y la Biblia fue uno de los primeros libros que imprimió. Por primera vez fue posible imprimir múltiples copias de las Escrituras a un precio asequible para muchos.

Mientras tanto, la inspiración de Dios también ejerció su influencia en los exploradores. En 1492, Cristóbal Colón se dispuso a encontrar una nueva ruta al Lejano Oriente, guiado por la mano de Dios en su jornada. Él dijo: “Dios me dio la fe y luego el valor” 2 .

Esos inventos y descubrimientos prepararon el camino para otras aportaciones. A principios del siglo XVI, el joven William Tyndale se matriculó en la Universidad de Oxford, donde estudió la obra de la Biblia realizada por el erudito Erasmo, quien creía que las Escrituras eran “el alimento para el alma [del hombre]; y… [que] deben penetrar hasta lo más profundo de [su] corazón y [su] mente” 3 . Por medio de sus estudios, Tyndale adquirió amor por la palabra de Dios y el deseo de que todos los hijos de Dios se deleitaran con dicha palabra. Seguir leyendo

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