Jesucristo: El Maestro Sanador

Conferencia General Octubre 2005

Jesucristo: El Maestro Sanador

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La fe, el arrepentimiento, el bautismo, el testimonio y la conversión perdurable conducen al poder sanador del Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, saludos afectuosos a todos ustedes. De parte de las Autoridades Generales, les expreso gratitud por su integridad, por sus muchos y generosos actos de bondad, así como por sus oraciones e influencia sustentadora en nuestra vida. Nuestros retos son como los de ustedes. Todos estamos sujetos al pesar y al sufrimiento, a las enfermedades y a la muerte. A través de los tiempos buenos y de los tiempos difíciles, el Señor espera que cada uno de nosotros persevere hasta el fin. Al paso que todos avanzamos juntos en Su sagrada obra, las Autoridades Generales comprenden la importancia de su interés por nosotros que con tanto amor nos brindan y que con tanta gratitud recibimos. Los amamos y oramos por ustedes, así como ustedes oran por nosotros.

Expreso gratitud especial al Señor Jesucristo. Estoy agradecido por Su amorosa bondad y por su manifiesta invitación a venir a Él 1 . Me maravillo de Su incomparable poder para sanar. Doy testimonio de que Jesucristo es el Maestro Sanador. Y ése no es sino uno de los muchos atributos que caracterizaron Su vida excepcional.

Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, el Creador, el gran Jehová, el prometido Emanuel, nuestro expiatorio Salvador y Redentor, nuestro abogado para con el Padre, nuestro gran Ejemplo. Y un día compareceremos ante Él que es nuestro justo y misericordioso Juez 2 .

Milagros de sanidad

En calidad de Maestro Sanador, Jesús dijo a Sus amigos: “Id, haced saber… lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, [y] los muertos son resucitados” 3 .

En los libros de Mateo 4 , Marcos 5 , Lucas 6 y Juan 7 se relata reiteradamente que Jesús anduvo predicando el Evangelio y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Cuando el Redentor resucitado apareció a los antiguos habitantes de América, misericordiosamente invitó a los que estuviesen “afligidos de manera alguna” 8 a ir a Él para sanarlos.

Prodigiosamente, Su divina autoridad para sanar a los enfermos fue conferida a dignos poseedores del sacerdocio en dispensaciones anteriores 9 y de nuevo en éstos, los últimos días, en los que Su Evangelio ha sido restaurado en su plenitud 10 .

La influencia de la oración en la sanidad

También tenemos acceso a Su poder sanador por medio de la oración. Jamás olvidaré la experiencia que vivimos mi esposa y yo hace ya tres décadas con el presidente Spencer W. Kimball y su amada esposa Camilla. Nos encontrábamos en Hamilton, Nueva Zelanda, para asistir a una gran conferencia con los santos. Yo no era Autoridad General en aquel tiempo y se me había invitado a participar tanto en ésa como en otras reuniones por el estilo en otras islas del sur del Pacífico mientras era el presidente general de la Escuela Dominical. Y, en calidad de doctor en medicina, atendí al presidente Kimball y a su esposa durante muchos años. Los conocí a los dos muy bien, por dentro y por fuera.

Para esa conferencia, la juventud local de la Iglesia había preparado un programa cultural especial para el sábado al atardecer. Lamentablemente, tanto el presidente Kimball como su esposa se pusieron muy enfermos con una fiebre muy alta. Tras haber recibido bendiciones del sacerdocio, se quedaron a descansar en la cercana casa del presidente del Templo de Nueva Zelanda. El presidente Kimball le pidió a su consejero, el presidente N. Eldon Tanner, que presidiera el espectáculo cultural y pidiese las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y de su esposa.

Mi esposa fue a la representación con el presidente Tanner y su esposa, y el secretario del presidente Kimball, el hermano D. Arthur Haycock, y yo nos quedamos cuidando de nuestros afiebrados amigos.

Mientras el presidente Kimball dormía, yo leía sin hacer ruido en su habitación. De pronto, el presidente Kimball se despertó y me preguntó: “Hermano Nelson, ¿a qué hora comenzaba el programa de esta noche?”

“A las siete, presidente Kimball”.

“¿Y qué hora es?”

“Casi las siete”, le contesté.

El presidente Kimball se apresuró a decirme: “¡Dígale a la hermana Kimball que iremos!”.

Le tomé la temperatura al presidente Kimball, ¡y la tenía normal! Le tomé la temperatura a la hermana Kimball, ¡y también la tenía normal!

Se vistieron rápidamente y subimos a un automóvil en el que se nos condujo al estadio del Colegio Universitario de la Iglesia de Nueva Zelanda. Al entrar el vehículo en el estadio, el público estalló en una muy fuerte y espontánea ovación. ¡Fue algo muy fuera de lo normal! Tras haber ocupado nuestros asientos, le pregunté a mi esposa a qué se había debido aquella repentina ovación. Me dijo que, cuando el presidente Tanner dio comienzo a la reunión, había pedido las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y su esposa debido a que se habían puesto enfermos. En seguida, se le pidió a uno de los jóvenes neozelandeses que diese la primera oración.

Con gran fe, dio lo que mi esposa describió como una oración más bien larga pero potente, en la que dijo: “Nos encontramos aquí tres mil jóvenes neozelandeses, tras habernos preparado durante seis meses para cantar y bailar para Tu profeta. ¡Te imploramos que le sanes para que llegue hasta aquí!”. Después de que todos dijeron “amén”, entró en el estadio el automóvil en el que llevaban al presidente Kimball y a su esposa. ¡Los reconocieron de inmediato e instantáneamente les dieron una ovación! 11 . Seguir leyendo

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El perdón

Conferencia General Ocyubre 2005
El perdón
Presidente Gordon B. Hinckley

De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma.

Gordon B. Hinckley

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a mi Padre Celestial el haberme prolongado la vida a fin de ser parte de estos tiempos tan desafiantes. Le agradezco la oportunidad de prestar servicio; no tengo ninguna otra intención que no sea la de hacer todo cuanto esté de mi parte para contribuir al progreso de la obra del Señor, para servir a Sus fieles hijos y para vivir en paz con mis semejantes.

Recientemente hice un viaje de más de 40.000 kilómetros alrededor del mundo. Visité Alaska, Rusia, Corea, Taiwan, Hong Kong, India, Kenia y Nigeria, lugar, este último, en el cual dedicamos un nuevo templo. Después, dedicamos el Templo de Newport Beach, California. Hace poco he regresado de Samoa, tras la dedicación de otro templo, para lo cual recorrimos 16.000 kilómetros más. Si bien no me gusta viajar, tengo el deseo de visitar a los de nuestro pueblo, expresarles nuestro agradecimiento, darles ánimo y darles mi testimonio de la divinidad de la obra del Señor.

A menudo pienso en un poema que leí hace mucho tiempo y que dice:

Quiero vivir en una casa al costado del camino
por donde los hombres corren su maratón;
los hombres que son buenos y aquellos que son malos,
tan buenos y tan malos como lo soy yo.
No me sentaré en la silla del burlón
ni con cinismo los veré pasar.
Quiero vivir en una casa al costado del camino
y a esos hombres mi amistad brindar.
(Sam Walter Foss, “The House by the Side of the Road”, en James Dalton Morrison, editor, Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 422.)

Así es como yo me siento.

La edad produce cambios en el hombre, le hace sentir una mayor necesidad de ser tierno, bondadoso y tolerante. El anciano anhela y ruega que los hombres puedan vivir juntos en paz, sin guerras, ni contención, ni querellas ni conflictos. Cada vez se percata más del significado de la gran expiación del Redentor, de la magnitud de Su sacrificio y se incrementa más su gratitud hacia el Hijo de Dios, quien dio Su vida para que nosotros pudiéramos vivir.

Quisiera hablar hoy sobre el perdón. Creo que ésta tal vez sea la mayor virtud que haya sobre la tierra y, por cierto, la más necesaria. Nos rodea tanta maldad y maltrato, tanta intolerancia y odio; es enorme la necesidad que hay de arrepentimiento y de perdón. Es el gran principio que se recalca en las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

No hay en todas nuestras sagradas Escrituras relato más hermoso sobre el perdón que el del hijo pródigo, el cual se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Todos debiéramos leerlo de vez en cuando y meditar sobre él.

“Y cuando [el hijo pródigo] todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

“Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

“Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

“Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:14–21).

Y el padre pidió que se hiciera una gran fiesta y cuando su otro hijo se quejó, él le dijo: “…era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (vers. 32). Seguir leyendo

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La verdad restaurada

Conferencia General Octubre 2005
La verdad restaurada
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El plan de salvación y felicidad del Padre… te ayudará a vencer todo desafío que se presente en tu vida.

Elder Richard G. Scott

Como resultado del aumento de desastres causados por la naturaleza y por el hombre, vemos a nuestro alrededor el deseo cada vez mayor que se ha manifestado por todo el mundo de obtener dirección espiritual. Ese anhelo por conseguir guía espiritual es consecuencia del ser hijos de un Padre Celestial divino. Es normal que al afrontar dificultades acudamos a nuestro Creador para pedir ayuda. Nuestro amoroso Padre Celestial sabía que el deterioro de las condiciones del mundo, los graves problemas personales y los desastres llevarían a Sus hijos a buscar Su sustento espiritual; el reto es cómo encontrarlo.

En la vida preterrenal, vivíamos en la presencia de Dios, nuestro Santo Padre y Su Amado Hijo Jesucristo. Allí obtuvimos el conocimiento del plan de salvación de nuestro Padre y de la promesa de que se nos ayudaría cuando naciéramos como seres mortales en la tierra. Se explicó el propósito principal de la vida, y se nos dijo:

“…haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;

“y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado [o sea, ser obedientes en la vida preterrenal] les será añadido… y a quienes guarden su segundo estado [o sea, ser obedientes durante la vida terrenal], les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás 1 ”.

Esas palabras expresan el propósito más fundamental de tu existencia en la tierra. Ese propósito es demostrar que eres obediente a los mandamientos del Señor y de ese modo progresar en entendimiento, capacidad y en todo atributo digno. Es recibir toda ordenanza requerida, y hacer y guardar todo convenio necesario. Es organizar y criar una familia. Esa experiencia vivida contiene períodos de pruebas y de felicidad con el propósito de regresar triunfantes al haber afrontado los problemas y aprovechado bien las oportunidades de la vida terrenal para recibir las bendiciones gloriosas prometidas como recompensa a esa obediencia.

Con el fin de que ese período de prueba y progreso terrenales rindiera su más grande beneficio, se te enseñó y se te preparó para las circunstancias que individualmente encontrarías en la vida terrenal. Se te explicó el modelo de nuestro Padre para guiarte a lo largo de tu vida terrenal. De entre los hijos espirituales más valientes y obedientes, Él elegiría profetas y otros siervos autorizados para que poseyeran Su sacerdocio, para que se les enseñara Su verdad y para que fuesen guiados con el fin de expandir esa verdad entre Sus hijos sobre la tierra. Dios daría a cada hijo el albedrío moral, el derecho de escoger Su consejo o de hacer caso omiso de él. A todos se les alentaría a obedecer pero no se les obligaría a hacerlo. Tú comprendiste que aun cuando podías elegir tu camino sobre la tierra, no podrías determinar las consecuencias de tus elecciones. Eso se decidiría mediante la ley eterna.

Si una persona vivía para hacerse acreedora de todas las ricas bendiciones prometidas, pero por razones ajenas a su voluntad no pudiera obtenerlas en la tierra, habría una oportunidad compensatoria en la vida venidera; tu recuerdo de la vida preterrenal sería borrado de tu mente para asegurar que fuera una prueba válida, pero se te daría guía para mostrarte cómo debías comportarte. El plan de nuestro Padre para obtener la salvación en esta vida, con la oportunidad de regresar a Él, se llamaría el Evangelio de Jesucristo.

Desde antes de la creación de esta tierra, hubo una rebelión contra el plan del Padre, instigada por un espíritu brillante pero malvado al que conocemos como Lucifer o Satanás. Él propuso una modificación a los requisitos y fue tan convincente su argumento que la tercera parte de los hijos espirituales del Padre siguieron a Satanás y fueron expulsados. Ellos perdieron la oportunidad extraordinaria de progresar y la ventaja fundamental de tener un cuerpo mortal. Seguir leyendo

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Mi alma se deleita en las Escrituras

Conferencia General Octubre 2005
Mi alma se deleita en las Escrituras
Cheryl C. Lant
Presidenta General de la Primaria

No hay absolutamente nada más importante que podamos hacer por nuestras familias que fortalecerlas en las Escrituras.

Cheryl C. Lant

Nuestro amado Profeta nos ha pedido recientemente leer el Libro de Mormón para fin de año. Al aceptar esa invitación, he descubierto en ese libro cosas nuevas e interesantes, a pesar de que lo he leído muchas veces. Por ejemplo, volví a descubrir 2 Nefi 4:15, que dice: “Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos”.

En este pasaje se nos enseña la manera de leer el Libro de Mormón y se mencionan tres ideas importantes.

Primero: “Mi alma se deleita”. ¡Me encanta esa frase! Al leer las Escrituras he pensado en tener hambre y sed de conocimiento, pero el deleitarse en ellas es algo diferente. He descubierto que el provecho que saque de las Escrituras está relacionado con la forma en que yo me prepare. Cada vez que las leo, en cierto sentido llevo a esa experiencia a una nueva persona, con otro punto de vista. La etapa de la vida en la que me encuentre, las experiencias por las que esté pasando y mi actitud, todas esas cosas determinan el provecho que sacaré de ellas. Amo las Escrituras; atesoro las verdades que descubro al leerlas. El corazón se me llena de gozo al recibir aliento, dirección, consuelo, fortaleza y respuesta a mis necesidades. Cada vez que las leo, la vida parece ser más brillante y el sendero se despeja delante de mí. Recibo la seguridad del amor y de la preocupación que mi Padre Celestial siente por mí. Eso es en verdad un deleite para mí. Como dijo un niñito de la clase de Rayitos de Sol: “¡Las Escrituras me hacen feliz!”.

Segundo: “Mi corazón las medita”. ¡Me encanta llevar las Escrituras en mi corazón! Allí descansa el espíritu de lo que he leído para traerme paz y consuelo. El conocimiento que he logrado me brinda guía y dirección; siento la confianza que nace de la obediencia.

A veces disfruto el lujo de enfrascarme totalmente en las Escrituras; a veces las leo a ratos; no obstante, no parece importar dónde o cuándo las lea; ya que aún las puedo llevar en mi corazón. He descubierto que al leerlas por la mañana me permite llevar la influencia del Espíritu a lo largo del día. Cuando las leo al mediodía, se debe por lo general a que una necesidad me ha llevado al punto en el que puedo encontrar respuestas y guía que influyen en mis decisiones y acciones. Cuando las leo por la noche, los dulces y reconfortantes mensajes del Señor persisten en mi subconsciente mientras descanso. Muchas veces despierto durante la noche con ideas o pensamientos que tienen su origen en las palabras que leí antes de quedarme dormida. Mi mente podrá ir a muchos lugares durante el día, pero mi corazón abraza firmemente las palabras del Señor que se encuentran en las Escrituras y “las medita”. Seguir leyendo

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Un modelo para todos

Conferencia General Octubre 2005
Un modelo para todos
Élder Merrill J. Bateman
De la Presidencia de los Setenta

El Evangelio restaurado de Jesucristo es un modelo para todos… Son las buenas nuevas, la doctrina eterna y los poderes expiatorios del Señor Jesucristo.

Merrill J. Bateman

Hace poco, un participante de un programa de radio puso en tela de juicio el atractivo internacional de la Iglesia, considerando sus orígenes en Nueva York, su sede en Utah y el relato del Libro de Mormón sobre un antiguo pueblo americano. Al pensar en mis amistades de Asia, de África, de Europa y de otras partes del mundo, era obvio que la persona que hablaba de ese tema no comprendía la naturaleza universal del Evangelio restaurado ni la forma en que sus ordenanzas, convenios y bendiciones atañen a todas las personas. La relevancia mundial de la Primera Visión del profeta José Smith y del Libro de Mormón no se mide por la ubicación, sino por su mensaje en cuanto a la relación del hombre con Dios, el amor del Padre por Sus hijos y el potencial divino de todo ser humano.

El llamado profético a través de las edades ha sido “Venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32; véase también Mateo 5:48; Juan 10:10; 14:6) que la salvación es por medio del unigénito Hijo del Padre (véase Juan 1:14, 18; D. y C. 29:42). El llamado es universal y atañe a todos los hijos de Dios ya sean africanos, asiáticos, europeos o de cualquier otra nacionalidad. Como el apóstol Pablo les declaró a los atenienses, todos somos “linaje de Dios” (Hechos 17:29).

El plan de vida del Padre, con su enfoque principal en la expiación de Cristo, se preparó antes de la fundación del mundo (véase Abraham 3:22–28; Alma 13:3); le fue dado a Adán y a Eva y se les mandó que lo enseñaran a sus hijos (véase Moisés 5:6–12). Con el tiempo, la posteridad de Adán rechazó el Evangelio, pero fue renovado por medio de Noé y posteriormente por medio de Abraham (véase Éxodo 6:2–4; Gálatas 3:6–9). El Evangelio se ofreció a los israelitas en la época de Moisés, pero se requirió una ley más dura y estricta para llevarlos a Cristo, debido a los siglos que habían pasado en la apostasía (véase Éxodo 19:5–6; D. y C. 84:19–24). Finalmente, el Salvador mismo le restauró a Israel la plenitud del Evangelio en el meridiano de los tiempos. Seguir leyendo

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En el monte de Sión

Conferencia General Octubre 2005
En el monte de Sión
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Toda alma que se afilie a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y procure obedecer sus principios y ordenanzas está en el monte de Sión, cuidado por el amor del Señor.

President Boyd K. Packer

He vivido mucho tiempo y he observado la forma en que las normas de las que debe depender la civilización para su supervivencia se han ido descartando, una por una.

Vivimos en una época en que las antiguas normas de moralidad, de matrimonio, del hogar y de la familia sufren una tras otra la derrota en los tribunales y en los consejos, en los parlamentos y en las salas de clase. Nuestra felicidad depende precisamente de que vivamos esas normas.

El apóstol Pablo profetizó que en nuestra época, en estos días postreros, las personas serían “desobedientes a los padres… sin afecto natural… aborrecedores de lo bueno… amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2–4).

Advirtió también que “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2 Timoteo 3:13). Y tenía razón. Sin embargo, cuando pienso en el futuro, me invade un sentimiento de gran optimismo.

Pablo dijo al joven Timoteo que continuara en aquello que había aprendido de los Apóstoles, y que estaría a salvo porque “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).

Es importante tener conocimiento de las Escrituras, porque de ellas aprendemos sobre la guía espiritual.

He oído decir: “De buena gana hubiera soportado persecuciones y pruebas si hubiera vivido durante los primeros días de la Iglesia, cuando había un fluir continuo de revelación que se publicaba como Escritura. ¿Por qué no sucede ahora lo mismo?”

Las revelaciones que se recibieron por el profeta José Smith y se imprimieron como Escritura pusieron el fundamento permanente de la Iglesia por medio del cual el Evangelio de Jesucristo podía ir “a toda nación” (2 Nefi 26:13) 1 .

Las Escrituras definen los oficios respectivos del Profeta y del Presidente y de sus Consejeros, del Quórum de los Doce Apóstoles, de los Quórumes de los Setenta, del Obispado Presidente y de las estacas, los barrios y las ramas; asimismo, definen los oficios de los Sacerdocios Aarónico y de Melquisedec; y establecen los medios para que la inspiración y la revelación fluyan hacia los líderes, los maestros, los padres y toda persona.

Ahora, la oposición y las pruebas son diferentes, si es posible, más intensas, más peligrosas que las de los primeros días, y se enfocan no tanto en la Iglesia sino en nosotros, las personas. Las primeras revelaciones, publicadas como Escritura para guía permanente de la Iglesia, definen las ordenanzas y los convenios, y todavía están en vigencia.

Una de esas Escrituras promete esto: “…si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Permítanme decirles lo que se ha hecho para prepararnos. Tal vez entonces comprendan por qué no temo al futuro, por qué tengo esos sentimientos positivos de confianza.

No me es posible describir con detalles o ni siquiera mencionar todo lo que la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han hecho en años recientes. En eso se ve la revelación continua, que está a disposición de la Iglesia y de los miembros individualmente. Describiré algunas cosas.

Hace más de cuarenta años se decidió poner a disposición de los miembros la doctrina de la Iglesia de manera más fácil y rápida; con ese fin, se preparó una edición [en inglés] de las Escrituras para los Santos de los Últimos Días, pusimos referencias correlacionadas de la versión del rey Santiago de la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. El texto de la Biblia se dejó tal como estaba.

Hace muchos siglos se hizo obra preparatoria para nuestros días. El noventa por ciento de la versión del rey Santiago de la Biblia [en inglés] sigue tal como fue traducida por William Tyndale y John Wiclef. Es mucho lo que debemos a esos primeros traductores, a esos mártires.

William Tyndale dijo: “Haré que el muchacho que ara la tierra sepa más de las Escrituras que [el clérigo]” 2 .

Alma había salido de grandes pruebas y se enfrentaba con otras aún mayores. El registro hace constar: “Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo —sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido— por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5).

Eso es exactamente lo que pensamos cuando comenzamos con el proyecto de las Escrituras: que todo miembro de la Iglesia pudiera entenderlas y comprender los principios y las doctrinas que se encuentran en ellas. En nuestra época, hemos decidido hacer lo mismo que hicieron Tyndale y Wiclef en la suya. Seguir leyendo

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El profeta José Smith: Maestro mediante el ejemplo

Conferencia General Octubre 2005
El profeta José Smith: Maestro mediante el ejemplo
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Ruego que incorporemos a nuestra propia vida los principios divinos que él tan bellamente enseñó —mediante el ejemplo— para que vivamos en forma más completa el Evangelio de Jesucristo.

Thomas S. Monson

Mis hermanos y hermanas, en este año del bicentenario del nacimiento de nuestro amado profeta José Smith, me gustaría hablar sobre él.

El 23 de diciembre de 1805, nació José Smith en Sharon, Vermont, y fueron sus padres Joseph Smith, Sr., y Lucy Mack Smith. El día de su nacimiento, al contemplar los orgullosos padres a su hijo recién nacido, no se hubieran podido imaginar el profundo impacto que ese niño produciría en el mundo. Un espíritu escogido había venido a morar en su tabernáculo terrenal; él ha influido en nuestra vida y nos ha enseñado, mediante su propio ejemplo, lecciones fundamentales. En esta ocasión, me gustaría mencionarles algunas de ellas.

Cuando José tenía unos seis o siete años de edad, él y sus hermanos y hermanas contrajeron la fiebre tifoidea. Al paso que los otros se recuperaron sin dificultades, José quedó con una dolorosa herida en la pierna. Los médicos, valiéndose de la mejor medicina con que contaban, le pusieron en tratamiento, pero la herida no sanó, y dijeron que, para salvar la vida del niño, tendrían que amputarle la pierna. Felizmente, poco después, los médicos volvieron a casa de los Smith para hacerles saber que había un nuevo procedimiento que podría salvarle la pierna a José. Puesto que deseaban operarlo de inmediato, habían llevado un trozo de cuerda para amarrar a José a la cama a fin de que no se moviera, debido a que no tenían nada con qué aplacarle el dolor. Pero el pequeño José, les dijo: “No tienen que amarrarme”.

Los médicos sugirieron que tomara algo de licor o de vino para que el dolor no le resultara tan intenso. “No”, replicó el pequeño José, “si mi padre se sienta en la cama y me sostiene entre sus brazos, yo haré lo que sea necesario”. Joseph Smith, Sr., sostuvo en sus brazos a su pequeño de seis años, y los médicos le extrajeron el trozo de hueso infectado. Aunque José quedó cojo durante algún tiempo, por fin sanó 1 . Tanto a esa temprana edad como en incontables otras ocasiones a lo largo de su vida, José Smith nos enseñó una lección de valor mediante el ejemplo.

Antes de que José cumpliera los quince años, su familia se mudó a Manchester, Nueva York. Más adelante, él describió el gran renacer religioso que en aquel tiempo se manifestó en todas partes y que era de gran interés para casi todas las personas. El mismo José deseó saber a qué iglesia debía unirse. En su historia, escribió:

“…a menudo me decía a mí mismo… ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” 2 .

José dijo que comprendió que tendría que poner a prueba lo dicho por el Señor y preguntarle directamente a Él o exponerse a permanecer en las tinieblas para siempre. Temprano una mañana, se dirigió a una arboleda, actualmente denominada “Sagrada”, y se arrodilló a orar, teniendo fe en que Dios le daría el conocimiento que con tanto fervor buscaba. Dos personajes aparecieron a José: el Padre y el Hijo, y se le dijo, en respuesta a su pregunta, que no debía unirse a ninguna de la iglesias, porque ninguna de ellas era verdadera. El profeta José Smith nos enseñó el principio de la fe mediante el ejemplo. La sencilla oración de fe que elevó aquella mañana de la primavera de 1820 originó esta obra maravillosa que continúa hoy en día por todo el mundo.

Pocos días después de su oración en la Arboleda Sagrada, José Smith le relató la visión que había tenido a un clérigo que conocía. Para gran sorpresa de su parte, éste trató su narración con “desprecio” y “fue la causa de una fuerte persecución, cada vez mayor”. Sin embargo, José no flaqueó. Posteriormente escribió: “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto… Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo” 3 . A pesar del maltrato físico y mental que recibió de sus oponentes, el profeta José Smith sobrellevó las aflicciones a lo largo del resto de su vida y nunca flaqueó. Nos enseñó la honradez mediante el ejemplo.

Después de aquella extraordinaria Primera Visión, el profeta José no recibió ninguna comunicación divina durante tres años. No obstante, no conjeturó, no cuestionó ni dudó del Señor, sino que esperó con paciencia. Así nos enseñó la celestial virtud de la paciencia mediante el ejemplo.

Después de las visitas del ángel Moroni al joven José y después de haber éste recibido las planchas, José comenzó la difícil tarea de la traducción. Uno no puede menos que imaginar la dedicación, la devoción y el trabajo que supuso traducir en menos de noventa días ese registro de más de quinientas páginas y que abarcaba un periodo de 2.600 años. Me gustan las palabras con las que Oliver Cowdery describió el tiempo que pasó ayudando a José en la traducción del Libro de Mormón: “Estos fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda gratitud en este pecho!” 4 . El profeta José Smith nos enseñó acerca de la diligencia mediante el ejemplo.

Como sabemos, el profeta José Smith envió misioneros a predicar el Evangelio restaurado. Él mismo sirvió en una misión en el norte de Nueva York y en Canadá con Sidney Rigdon; no sólo inspiraba a los demás a ofrecerse de voluntarios para ir al campo misional, sino que también enseñó la importancia de la obra misional mediante el ejemplo. Seguir leyendo

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“Si estáis preparados, no temeréis”

Conferencia General Octubre 2005
“Si estáis preparados, no temeréis”
Presidente Gordon B. Hinckley

Podemos vivir de tal manera que podamos suplicar al Señor Su protección y guía… No podemos esperar recibir Su ayuda si no estamos dispuestos a guardar Sus mandamientos.

Gordon B. Hinckley

Mis amados hermanos del sacerdocio, dondequiera que se encuentren en este amplio mundo, ¡qué grupo tan enorme han llegado a ser!, hombres y jovencitos de toda raza y pueblo, siendo todos parte de la familia de Dios.

¡Cuán sumamente valioso es el don que nos ha dado el Señor!; nos ha otorgado una parte de lo que es Su autoridad divina, el sacerdocio eterno, el poder mediante el cual Él lleva a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Se deduce que cuando mucho se nos ha dado, mucho se requiere de nosotros (véase Lucas 12:48; D. y C. 82:3).

Sé que no somos hombres perfectos; conocemos el camino perfecto, pero no siempre actuamos de acuerdo con ese conocimiento. Pero creo que, en general, nos esforzamos; hacemos el esfuerzo por ser la clase de hombres que nuestro Padre desea que seamos. Ése es un objetivo sumamente elevado, y felicito a todos los que se estén esforzando por lograrlo. Ruego que el Señor los bendiga al buscar vivir de manera ejemplar en todo concepto.

Ahora bien, como todos sabemos, la región de los estados del Golfo de México hace poco ha sufrido de manera terrible a causa de la furia del viento y de las aguas. Muchos han perdido todo lo que tenían. Los daños han sido astronómicos; literalmente millones de personas han sido afectadas. El temor y la preocupación se han apoderado del corazón de muchos; se han perdido vidas.

A consecuencia de todo eso, se ha visto un enorme ofrecimiento de ayuda; los corazones se han enternecido y se han abierto las puertas de los hogares. A los críticos les encanta hablar en cuanto a las fallas del cristianismo. Esas personas deberían echar un vistazo a lo que las Iglesias han hecho en estas circunstancias. Los miembros de muchas religiones han logrado maravillas, y, sin quedarse atrás, entre ellas ha estado nuestra propia Iglesia. Grupos numerosos de nuestros hermanos han viajado distancias considerables, llevando consigo herramientas, tiendas de campaña y radiante esperanza. Los hermanos del sacerdocio han brindado miles y miles de horas de trabajo de rehabilitación; ha habido entre tres y cuatro mil trabajando a la vez. Algunos de ellos se encuentran con nosotros en esta ocasión. No nos cansamos de darles las gracias. Por favor, sepan de nuestra gratitud, de nuestro amor y de nuestras oraciones a favor de ustedes.

Dos de nuestros Setenta de Área, el hermano John Anderson, que reside en Florida, y el hermano Stanley Ellis, que vive en Texas, han dirigido gran parte de esa labor; pero ellos serían los primeros en afirmar que el mérito lo merece el gran número de hombres y de jovencitos que han prestado ayuda. Muchos de ellos han llevado puestas camisas que tienen inscritas estas palabras: “Manos mormonas que ayudan”. Se han ganado el amor y el respeto de las personas a las que han ayudado. Su colaboración no sólo ha sido para los miembros de la Iglesia necesitados, sino para un gran número de personas cuya afiliación religiosa se desconoce.

Ellos han seguido el modelo de los nefitas, tal como se encuentra registrado en el libro de Alma: “…no desatendían a ninguno que estuviese desnudo, o que estuviese hambriento, o sediento, o enfermo, o que no hubiese sido nutrido; y no ponían el corazón en las riquezas; por consiguiente, eran generosos con todos, ora ancianos, ora jóvenes, esclavos o libres, varones o mujeres, pertenecieran o no a la iglesia, sin hacer distinción de personas, si estaban necesitadas” (Alma 1:30).

Las hermanas y las jovencitas de la Iglesia de muchas partes han llevado a cabo una labor de enormes proporciones al suministrar decenas de miles de estuches de higiene personal y de limpieza. La Iglesia ha proporcionado equipo, alimentos, agua y consuelo.

Hemos aportado sumas considerables de dinero a la Cruz Roja y a otras agencias; hemos hecho aportaciones de millones de dólares de las ofrendas de ayuno y de los fondos de ayuda humanitaria. A todos y a cada uno de ustedes les expreso agradecimiento en nombre de sus beneficiarios, y gracias en nombre de la Iglesia.

Ahora bien, no digo, y repito enfáticamente que no digo ni insinúo que lo que ha ocurrido es un castigo del Señor. Muchas buenas personas, entre ellas algunos de nuestros fieles Santos de los Últimos Días, se encuentran entre los que han sufrido. Habiendo aclarado esto, no dudo en decir que las calamidades y las catástrofes no le son desconocidas a este mundo nuestro. Los que leemos las Escrituras y creemos en ellas nos damos cuenta de las amonestaciones de los profetas en cuanto a las catástrofes que se han llevado a cabo y que aún están por suceder.

Hubo el gran Diluvio, en el que las aguas cubrieron la tierra y cuando, como dice Pedro, pocas personas, es decir, “ocho, fueron salvadas” 1 Pedro 3:20).

Si alguien tiene alguna duda en cuanto a las cosas terribles que pueden afligir y que afligirán a la humanidad, lea el capítulo 24 de Mateo. Entre otras cosas, el Señor dice: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras…

“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Seguir leyendo

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Cumple tu deber: Eso es lo mejor

Conferencia General Octubre 2005
Cumple tu deber: Eso es lo mejor
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El sacerdocio no es tanto un don sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.

Thomas S. Monson

Hermanos del sacerdocio congregados en este Centro de Conferencias y alrededor del mundo, me siento humilde por la responsabilidad de dirigirles unas palabras, y ruego que el Espíritu del Señor me acompañe al hacerlo.

Sé que nuestra audiencia abarca desde el diácono recién ordenado hasta el sumo sacerdote de más edad. Para cada uno, la restauración del Sacerdocio Aarónico a José Smith y a Oliver Cowdery de manos de Juan el Bautista, y del Sacerdocio de Melquisedec de manos de Pedro, Santiago y Juan son acontecimientos sagrados y preciados.

A ustedes, los diáconos, quiero decirles que recuerdo cuando a mí me ordenaron diácono. Nuestro obispado recalcó la responsabilidad sagrada que teníamos de repartir la Santa Cena. Se hizo hincapié en que debíamos vestir bien, tener un porte digno y ser limpios “por dentro y por fuera”. Cuando nos enseñaron el procedimiento para repartir la Santa Cena, nos dijeron que debíamos ayudar a Louis McDonald, un hermano de nuestro barrio que estaba paralizado, para que él pudiera tener la oportunidad de participar de los sagrados emblemas.

Recuerdo muy bien mi asignación de repartir la Santa Cena a la fila del hermano McDonald. Estaba temeroso e indeciso al acercarme a ese hermano tan maravilloso, pero luego vi su sonrisa y la entusiasta expresión de gratitud que indicaba su deseo de participar. Con la bandeja en la mano izquierda, tomé un pequeño trozo de pan y se lo puse en los labios, y después le serví el agua de la misma manera. Sentí que estaba en tierra santa, y así era. El privilegio de servirle la Santa Cena al hermano McDonald nos inspiró a ser mejores diáconos.

Hace apenas dos meses, el 31 de julio, estuve en el Fuerte A. P. Hill, en Virginia, donde asistí a una reunión sacramental durante el Congreso Nacional de los Scout. Estaba allí para hablarles a 5.000 jóvenes Santos de los Últimos Días y a sus líderes que habían pasado la semana anterior participando en las actividades del Congreso. Estaban sentados reverentemente en un anfiteatro tan impresionante como el coro de 400 voces del Sacerdocio Aarónico, que cantó:

Un niño mormón, un niño mormón,
yo soy un niño mormón.
La envidia de un rey puedo ser
porque soy un niño mormón 1 .

Oficiaron 65 presbíteros para bendecir la Santa Cena en muchas mesas sacramentales largas que se habían colocado entre la congregación. Aproximadamente 180 diáconos repartieron la Santa Cena. En el tiempo que habría tomado repartirla en un barrio grande, se sirvió a toda esa gran congregación. Qué panorama tan inspirador vi esa mañana cuando esos jóvenes del Sacerdocio Aarónico participaron en esa santa ordenanza.

Es importante que cada diácono sea guiado al reconocimiento espiritual de la naturaleza sagrada de su llamamiento. En un barrio se enseñó con eficacia esta lección en lo que atañe a la colecta de ofrendas de ayuno.

En el día de ayuno, los miembros del barrio recibían la visita de los diáconos y los maestros a fin de que cada familia pudiera hacer una aportación. Los diáconos estaban un tanto descontentos por tener que levantarse más temprano que de costumbre para cumplir esa asignación.

El obispado recibió la inspiración de llevar un autobús lleno de diáconos y maestros a la Manzana de Bienestar. Allí vieron a niños necesitados que recibían zapatos nuevos, así como otros artículos de ropa; vieron canastos vacíos que se llenaban con comestibles, y que no se hacían transacciones de dinero. Se expresó un breve comentario: “Jóvenes, esto es lo que proporciona el dinero que ustedes colectan durante el día de ayuno: alimentos, ropa y refugio para los necesitados”. Los jóvenes del Sacerdocio Aarónico sonrieron un poco más, efectuaron sus deberes con más diligencia y sirvieron con una mente más dispuesta en el cumplimiento de sus asignaciones.

Ahora, en lo referente a los maestros y los presbíteros, cada uno de ustedes debe ser compañero de orientación familiar de un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec. Qué gran oportunidad para prepararse para la misión. Qué gran privilegio el aprender la disciplina del deber. Un jovencito automáticamente dejará de pensar en sí mismo cuando se le asigne “velar” por los demás 2 .

El presidente David O. Mckay dijo: “La orientación familiar es una de nuestras oportunidades más urgentes y compensadoras para criar, inspirar, aconsejar y guiar a los hijos de nuestro Padre… Es un servicio divino, un llamamiento divino. Como maestros orientadores, es nuestro deber llevar el espíritu divino a cada hogar y corazón” 3 .

La orientación familiar contesta muchas oraciones y nos permite ver milagros en acción.

Al pensar en la orientación familiar, me acuerdo de un hombre llamado Johann Denndorfer, de Debrecen, Hungría. Se había convertido a la Iglesia años atrás en Alemania, y en aquel entonces, después de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente era un prisionero en su tierra natal. Cuánto añoraba tener contacto con la Iglesia. Entonces recibió la visita de sus maestros orientadores. El hermano Walter Krause y su compañero fueron desde el nordeste de Alemania hasta Hungría para cumplir con su asignación de orientación familiar. Antes de partir de sus hogares en Alemania, el hermano Krause le dijo a su compañero: “¿Le gustaría ir conmigo esta semana a hacer la orientación familiar?”.

“¿Cuándo salimos?”, le preguntó su compañero.

“Mañana”, le contestó el hermano Krause.

“¿Y cuándo regresaremos?”, le preguntó el compañero.

Sin titubear, el hermano Krause dijo: “En una semana”.

Y fueron a visitar al hermano Denndorfer y a otros. Al hermano Denndorfer no lo habían visitado sus maestros orientadores desde antes de la guerra, de modo que se emocionó al ver a los siervos del Señor. Al recibirlos, ni siquiera les estrechó la mano, sino que fue a su dormitorio y sacó de un lugar oculto los diezmos que había guardado durante años. Entregó los diezmos a los maestros orientadores y les dijo: “Ahora puedo estrecharles la mano”.

Y ahora una palabra para los presbíteros del Sacerdocio Aarónico. Ustedes, jovencitos, tienen la oportunidad de bendecir la Santa Cena, de llevar a cabo sus deberes de la orientación familiar y de participar en la sagrada ordenanza del bautismo.

Hace cincuenta y cinco años conocí a un muchacho, Robert Williams, que poseía el oficio de presbítero en el Sacerdocio Aarónico. Siendo yo su obispo, era también el presidente de su quórum. Cuando hablaba, Robert tartamudeaba y vacilaba; no tenía ningún control. Tenía complejo de inferioridad, era tímido, tenía miedo de sí mismo y de todos los demás, y le abrumaba sobremanera su impedimento. Raras veces aceptaba una asignación; nunca se atrevía a mirar a nadie a los ojos; siempre se lo veía cabizbajo. Mas un día, tras una serie de circunstancias poco comunes, aceptó la asignación de ejercer su responsabilidad de presbítero para bautizar a otra persona.

Me senté a un lado de Robert en el bautisterio del Tabernáculo de Salt Lake. Sabía que él necesitaba toda la ayuda posible; vestía ropa blanca y estaba listo para la ordenanza que estaba a punto de efectuar. Le pregunté cómo se sentía. Bajó la mirada y tartamudeó de manera incoherente que se sentía muy mal.

Los dos oramos fervientemente a fin de que pudiera llevar a cabo su asignación. El que oficiaba dijo: “Ahora Nancy Ann McArthur será bautizada por Robert Williams, presbítero”.

Robert se alejó de mi lado, se metió en la pila, tomó a la pequeña Nancy de la mano y la ayudó a entrar en el agua que limpia la vida del ser humano y proporciona un renacimiento espiritual. Pronunció las palabras: “Nancy Ann McArthur, habiendo sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

Y la bautizó. ¡No tartamudeó ni una sola vez!; ¡no titubeó!; se había manifestado un milagro moderno. Después Robert realizó la ordenanza bautismal para dos o tres niños más de la misma manera.

En los vestidores, me apresuré para felicitar a Robert. Esperé oírle hablar de la misma forma ininterrumpida, pero me equivoqué. Miró hacia abajo y balbuceó una respuesta de gratitud.

Testifico que, cuando Robert actuó en virtud de la autoridad del Sacerdocio Aarónico, habló con poder, con convicción y con la ayuda de Dios.

Hace apenas dos años tuve el privilegio de discursar en los servicios fúnebres de Robert Williams y de rendir homenaje a ese fiel poseedor del sacerdocio que toda la vida se esforzó por honrar su sacerdocio.

Algunos de ustedes, jóvenes, tal vez sean tímidos por naturaleza o consideren que no están a la altura de un llamamiento. Recuerden que esta obra no es de ustedes ni mía solamente. Podemos alzar la mirada y pedir la ayuda divina.

Al igual que algunos, yo sé lo que es sentir el desaliento y la humillación. Cuando era joven, jugaba béisbol en un equipo en la escuela primaria y secundaria. Escogían a dos capitanes de equipo y luego ellos elegían a los que querían que jugaran en sus equipos respectivos. Claro que primero escogían a los mejores, luego a los siguientes. El que lo eligieran a uno en cuarto o quinto lugar no estaba mal, pero que lo eligieran por ser el único que quedaba y lo pusieran en la posición del campo que menos afectara al equipo era realmente terrible. Yo sé, por haberlo sufrido en carne propia.

Cómo oraba para que la pelota jamás viniera hacia donde yo estaba, pues de seguro no la podría contener, el otro equipo anotaría carrera y mis compañeros se reirían de mí.

Como si hubiera sucedido ayer, recuerdo el momento preciso en el que todo cambió en mi vida. Todo comenzó como lo he descrito: fui el último en ser elegido. Caminé angustiado hasta el rincón más relegado del campo y casi ni intervine en todo el juego. En la última entrada mi equipo ganaba por una carrera, pero el adversario estaba bateando y tenía jugadores en las tres bases. Entonces dos bateadores quedaron fuera. De pronto el bateador del otro equipo le pegó fuerte a la pelota; le oí decir: “Será un home run”. Fue humillante, ya que la pelota venía en mi dirección. ¿Podría contenerla? Me apresuré para tomar posición en el lugar donde supuse que caería la pelota, elevé una plegaria silenciosa mientras corría y extendía los brazos y ahuecaba las manos. Me sorprendí a mí mismo, ya que ¡atrapé la pelota! Mi equipo ganó el juego.

Esta experiencia me hizo tener más confianza en mí mismo, fortaleció mi deseo de practicar e hizo que en lugar de ser el último al que eligieran fuera un gran contribuyente al equipo.

Todos podemos elevar nuestra confianza; podemos sentirnos orgullosos de nuestra actuación. Hay una fórmula de cinco palabras que nos puede ayudar: Nunca nos demos por vencidos.

En la película Shenandoah hay una frase que inspira: “Si no lo intentamos, no lo haremos; y si no lo hacemos, ¿para qué estamos aquí?”.

Los milagros se pueden encontrar en todas partes cuando se magnifican los llamamientos en el sacerdocio. Cuando la fe reemplaza la duda y el servicio desinteresado elimina el egoísmo, el poder de Dios hace que sus propósitos se hagan realidad. El sacerdocio no es tanto un don sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.

El llamado del deber puede venir silenciosamente a medida que los que poseemos el sacerdocio respondemos a las asignaciones que recibimos. El presidente George Albert Smith, líder modesto pero eficaz, declaró: “Vuestro deber es primeramente aprender lo que el Señor desea y después, por el poder y la fuerza del Santo Sacerdocio, magnificar vuestro llamamiento en la presencia de vuestros semejantes para que éstos estén dispuestos a seguirnos” 4 .

¿Y cómo se magnifica un llamamiento? Sencillamente llevando a cabo el servicio que implica. Un élder magnifica el llamamiento de élder al aprender sus deberes y después llevarlos a cabo. Es igual con un diácono, maestro, presbítero, obispo y con todos los que poseen un oficio en el sacerdocio.

Hermanos, es al hacer y no sólo al soñar que se bendicen vidas, se guía a los demás y se salvan almas. Santiago agregó: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” 5 .

Ruego que todos los que estén al alcance de mi voz hagamos un esfuerzo renovado por ser dignos de recibir la guía del Señor en nuestra vida. Hay muchos que ruegan y oran para recibir ayuda; están los desalentados, los que necesitan una mano de ayuda.

Hace muchos años, cuando yo servía como obispo, presidí un barrio numeroso de más de mil miembros, entre ellos 87 viudas. En una ocasión, uno de mis consejeros y yo visitamos a una viuda y a su hija adulta discapacitada. Al salir de su apartamento, una dama que vivía del otro lado del pasillo estaba parada frente a su puerta y nos detuvo. Habló con acento griego y me preguntó si yo era obispo; le contesté que sí. Me dijo que había notado que yo visitaba con frecuencia a otras personas, y luego agregó: “Nadie nos visita ni a mí ni a mi esposo que está postrado en cama. ¿Tiene tiempo para venir a visitarnos aunque no seamos miembros de su Iglesia?”.

Al entrar a su apartamento, notamos que ella y su esposo escuchaban el Coro del Tabernáculo en la radio. Conversamos con ellos un rato y le dimos una bendición al marido.

Después de esa visita inicial, los visitaba con la frecuencia que me era posible. Con el tiempo, el matrimonio recibió a los misioneros, y la esposa, Angela Anastor, se bautizó. Tiempo después, su esposo murió, y yo tuve el privilegio de dirigir los servicios fúnebres y de tomar la palabra. Posteriormente la hermana Anastor, con su conocimiento del idioma griego, tradujo al griego el conocido folleto “José Smith relata su propia historia”.

Hermanos, me encanta la máxima: “Cumple tu deber, eso es lo mejor. Lo demás, déjalo al Señor”.

Jóvenes, el servicio activo en el Sacerdocio Aarónico los preparará para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, servir en misiones y casarse en el Santo Templo.

Siempre recordarán a los asesores y a sus compañeros de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, y de esa manera conocerán la verdad: “Dios nos ha dado recuerdos a fin de que podamos tener rosas de junio en el diciembre de nuestra vida” 7 .

Jóvenes del Sacerdocio Aarónico, su futuro les llama; prepárense para él. Que nuestro Padre Celestial siempre les guíe al hacerlo; que nos guíe a todos al esforzarnos por honrar el sacerdocio y por magnificar nuestros llamamientos, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Evan Stephens, “A Mormon Boy”, en Jack M. Lyon and others, ed., Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, pág. 296.
2. Véase D. y C. 20:53.
3. Priesthood Home Teaching Handbook, ed. rev., 1967, págs. II-III; citado en “Permanece en el lugar que se te ha designado”, Liahona, mayo de 2003, pág. 55.
4. En Conference Report, abril de 1942, pág. 14, citado en “El poder del sacerdocio”, Liahona, enero de 2000, pág. 60.
5. Santiago 1:22.
6. Henry Wadsworth Longfellow, “The Legend Beautiful”, en The Complete Poetical Works of Longfellow, 1893, pág. 258.
7. Parafraseando a James Barrie, en Peter’s Quotations: Ideas for Our Time, comp. de Laurence J. Peter, 1977, pág. 335.

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Llamados y escogidos

Conferencia General Octubre 2005
Llamados y escogidos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Aquellos que han sido llamados, sostenidos y apartados tienen derecho a recibir nuestro apoyo sustentador.

James E. Faust

Mis queridos hermanos del sacerdocio, acepten nuestro agradecimiento por todo lo que hacen para llevar adelante la obra del Señor en el mundo entero. Deseo hablar en cuanto a los oficios sagrados de aquellos líderes del sacerdocio que han sido “llamados y escogidos” 1 para guiar la Iglesia en esta época. Éste es un año especial por lo menos por dos motivos: Primero, este próximo diciembre celebraremos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith y, segundo, en junio, el presidente Gordon B. Hinckley celebró 95 años de vida. Testifico que el profeta José Smith fue llamado y escogido como el primer profeta de esta dispensación y que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta, vidente y revelador de esta Iglesia en la actualidad.

Cuando Mike Wallace entrevistó al presidente Hinckley hace algunos años en el programa de televisión 60 Minutes, dijo: “[La gente dirá] que esta Iglesia la dirigen ancianos”. A esto, el presidente Hinckley respondió: “¿No es maravilloso tener a un hombre de madurez a la cabeza; a un hombre de criterio que no es llevado por doquiera de todo viento de doctrina?” 2 . De manera que si alguno de ustedes piensa que los líderes actuales son muy ancianos para dirigir la Iglesia, el presidente Hinckley quizás tenga que darles algunos otros consejos en cuanto a la sabiduría que se obtiene con la edad.

De los 102 apóstoles llamados a servir en esta dispensación, sólo trece de ellos han servido más tiempo que el presidente Hinckley. Él ha servido más tiempo como Apóstol que Brigham Young, que el presidente Hunter, que el presidente Lee, que el presidente Kimball y que muchos otros más. Es maravilloso tener su inspirada dirección. Discúlpenme al decir que a veces siento que estoy al borde de la muerte. A los 85 años, ocupo el tercer lugar entre las Autoridades Generales de mayor edad que aún viven. Yo no he buscado ese honor, simplemente he seguido con vida para ganármelo.

Pienso que nunca antes en la historia de la Iglesia ha habido más unidad que la que actualmente existe entre mis hermanos de la Primera Presidencia, del Quórum de los Doce y de las demás Autoridades Generales de la Iglesia que han sido llamados y escogidos, y que actualmente dirigen la Iglesia. Creo que hay gran evidencia de esto. Los líderes actuales del reino terrenal de Dios han disfrutado de la guía inspiradora del Salvador más tiempo que cualquier otro grupo. Somos el grupo de mayor antigüedad que haya dirigido la Iglesia.

El trato frecuente que he tenido con algunos de esos hombres durante casi medio siglo me faculta, a mi parecer, para declarar con confianza que mis hermanos de las Autoridades Generales, sin excepción, son hombres buenos, honorables y de confianza. Conozco sus corazones; son siervos del Señor. Su único deseo es trabajar en sus sublimes llamamientos y edificar el reino de Dios en la tierra. Nuestras Autoridades Generales que prestan servicio en la actualidad han sido probados, examinados y son fieles. Algunos no son tan fuertes físicamente como antes, pero sus corazones son tan puros, su experiencia es tan extensa, sus mentes tan perspicaces y su sabiduría espiritual tan profunda que es un consuelo el sólo estar en su presencia.

Me sentí humilde y sobrecogido cuando se me llamó a ser Ayudante de los Doce Apóstoles hace 33 años. Días después, el presidente Hugh B. Brown me aconsejó que la cosa más importante que debía hacer era estar siempre en armonía con mis hermanos de las Autoridades Generales. El presidente Brown no entró en detalles; sólo dijo: “Sigue a las Autoridades Generales”. Yo deduje que eso significaba que debía seguir el consejo y la dirección del Presidente de la Iglesia, de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce. Eso resonaba como algo que yo quería hacer con todo mi corazón. Seguir leyendo

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Las bendiciones de la conferencia general

Conferencia General Octubre 2005
Las bendiciones de la conferencia general
Élder Paul V. Johnson
De los Setenta

Decídanse ahora a dar a la conferencia general un lugar de importancia en su vida; decídanse a escuchar con atención y seguir las enseñanzas que se den.

Paul V. Johnson

Es una sagrada responsabilidad dirigirme a ustedes en esta reunión general del sacerdocio. Siempre espero con ansias asistir a estas reuniones del sacerdocio con mis hijos. Tengo gratos recuerdos de cuando me sentaba con ellos en nuestro centro de estaca y escuchábamos las enseñanzas de las Autoridades Generales. Esas reuniones ejercieron gran influencia en mi vida cuando era un jovencito y continúan ejerciéndola en mi vida actual. Sé que han tenido una gran influencia en mis hijos y en millones de poseedores del Sacerdocio Aarónico de todo el mundo.

Esta noche deseo dirigirme a ustedes, los poseedores del Sacerdocio Aarónico. Vivimos en una época maravillosa y emocionante. La plenitud del Evangelio ha sido restaurada y se está extendiendo por toda la tierra. Las llaves del sacerdocio están en la tierra y las ordenanzas salvadoras están al alcance de todos los que son dignos de ellas. Hay millones de personas buenas en la tierra que se esfuerzan por hacer lo correcto en su vida, en sus familias y en sus comunidades.

Este tiempo maravilloso en el que vivimos también está lleno de peligros. Ustedes viven en tiempos donde les esperan muchas tentaciones y peligros. Ya han estado expuestos a algunas de esas tentaciones y peligros. Incluso habrán visto a personas cuyas vidas han sido dañadas al sucumbir a algunas de las iniquidades que son tan comunes en el mundo.

¿Cómo pueden ustedes, como poseedores del Sacerdocio Aarónico, estar a salvo en estos tiempos difíciles a fin de llevar a cabo lo que les corresponde en esta gran obra y encontrar la verdadera felicidad en esta vida y en la vida venidera?

No es de sorprender que al enfrentarnos con gran iniquidad y tentaciones el Señor no nos deje solos para encontrar nuestro camino. De hecho, hay más que suficiente guía al alcance de cada uno de nosotros si tan sólo escuchamos. Ustedes han recibido el don del Espíritu Santo para dirigirlos e inspirarlos; tienen las Escrituras, a sus padres, a los líderes y a los maestros de la Iglesia. También tienen las palabras de los profetas, videntes y reveladores de nuestros días. Se dispone de tanta orientación y dirección que ustedes no cometerán graves errores en su vida a menos que a sabiendas hagan caso omiso de la guía que reciban.

Esta noche quisiera hacer hincapié en una de esas fuentes de orientación: los profetas, videntes y reveladores vivientes a quienes hemos sostenido hoy. De hecho, me gustaría recalcar una de las formas principales en las que recibimos instrucciones de ellos: la conferencia general.

Las conferencias han formado parte de la Iglesia desde el principio de esta dispensación. La primera conferencia se llevó a cabo sólo dos meses después de que se organizó la Iglesia. Nos reunimos dos veces al año para recibir instrucción de las Autoridades Generales y de los oficiales de la Iglesia. Estas conferencias están a nuestro alcance a través de varios medios, tanto impresos como electrónicos.

A mi madre le encantaba la conferencia general; ella siempre encendía la radio y la televisión, y subía tanto el volumen que era difícil encontrar un lugar en la casa donde la conferencia no se oyera. Ella quería que sus hijos escucharan los discursos y de vez en cuando nos preguntaba qué recordábamos de los mismos. Algunas veces yo salía con uno de mis hermanos a jugar a la pelota durante una de las sesiones del sábado. Nos llevábamos una radio porque sabíamos que mamá nos haría preguntas más tarde. Jugábamos a la pelota y a veces tomábamos un descanso para escuchar con atención a fin de darle un informe a mamá. Dudo que engañáramos a mamá cuando daba la casualidad de que los dos recordábamos la misma parte de toda una sesión. Seguir leyendo

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La búsqueda del hombre de la verdad divina

Conferencia General Octubre 2005
La búsqueda del hombre de la verdad divina
Élder Charles Didier
De la Presidencia de los Setenta

El seguir el modelo del Señor de oír y de prestar atención a la verdad divina los ayudará a cimentar un fundamento espiritual y personal, y a determinar qué llegarán a ser.

Charles A. Didier

Entre esta vasta audiencia se encuentran esta noche tres invitados especiales, tres queridos amigos de mi época de estudiante. Ellos hicieron el largo viaje desde Bélgica, mi país natal, tanto para celebrar aquí el 50 aniversario de nuestra graduación de la escuela secundaria como para asistir a esta conferencia. A ellos, a ustedes, los poseedores del sacerdocio, y especialmente a ustedes, los hombres jóvenes que se están preparando para ser misioneros, les dedico este mensaje, que trata acerca de la búsqueda del hombre de la verdad divina. Al encontrarla, se debe aplicar a este mundo de confusión religiosa en aumento y de decadencia moral; y se debe convertir en el fundamento espiritual y personal que nos lleve a vivir de acuerdo con los principios de la rectitud. Como dijo el Señor: “En rectitud serás establecida” (3 Nefi 22:14).

¿Dónde se ha de encontrar esa verdad divina? Es “[oír] la voz del Señor… [oír] la voz de sus siervos… [y prestar] atención a las palabras de los profetas y apóstoles” (D. y C. 1:14). Oír y prestar atención. Oír es relativamente sencillo; pero el prestar atención a lo que hemos oído y aplicarlo constituye el desafío incesante de nuestra vida.

Primero, oigan la voz del Señor. La comunicación que se recibe del Señor acerca de la verdad divina y del conocimiento espiritual se halla en las Escrituras y se llama revelación, lo que literalmente quiere decir dar a conocer o descubrir lo ignorado; se nos ha dado “para que comprendáis y sepáis cómo adorar, y sepáis qué adoráis” (D. y C. 93:19). El élder Neal A. Maxwell dijo: “Sólo con la revelación podemos efectuar la obra del Señor de acuerdo con Su voluntad, a Su propia manera y en Su propio tiempo” (“La revelación”, Primera Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, enero de 2003, pág. 5). “Sin revelación, todo sería conjeturas, tinieblas y confusión” (“Bible Dictionary”, pág. 762).

Segundo, oigan la voz de Sus siervos. La revelación o verdad divina se da, por medio de la voluntad del Señor, a Sus siervos en formas y tiempos diferentes, y ésta también se encuentra en las Escrituras. “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

Tercero, presten atención a las palabras de los profetas y apóstoles. Saber escuchar significa prestar atención especial; es prestar oídos a quienes han sido llamados por Dios para ser testigos especiales y vivientes de Jesucristo en nuestra época. Eso implica que se los reconoce en esa función que cumplen, que se responde a su invitación a recibir una confirmación espiritual personal de que las enseñanzas de ellos son verdaderas y de que se hará el compromiso de seguirlos.

En resumen, el Señor tiene un modelo para dar a conocer la verdad divina con profetas para guiarnos y bendecirnos a través de los desafíos y de las maldades de la vida: Oír y prestar atención. Nuestro fundamento personal y espiritual se debe cimentar en ese modelo si queremos disfrutar de las bendiciones del Señor. Por tanto, no es suficiente escudriñar las Escrituras para conocer la intención del Señor. A eso debe seguir un acto de fe, el aceptar hacer la voluntad del Señor mediante la obediencia a Sus mandamientos, antes de poder disfrutar de las bendiciones del Señor. La confirmación espiritual y personal de este proceso, al pedir y creer que recibiremos, se convierte entonces en la oración de nuestra vida. Seguir leyendo

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Llegar a ser misioneros

Conferencia General Octubre 2005
Llegar a ser misioneros
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ustedes y yo, hoy y siempre, debemos dar testimonio de Jesucristo y declarar el mensaje de la Restauración… la obra misional es una manifestación de nuestra identidad y de nuestro patrimonio espirituales.

David A. Bednar

Todos los que hemos recibido el Santo Sacerdocio tenemos la sagrada obligación de bendecir a las naciones y a las familias de la tierra, al proclamar el Evangelio y al invitar a todos a recibir las ordenanzas de salvación mediante la debida autoridad. Muchos de nosotros hemos sido misioneros de tiempo completo, algunos actualmente prestan ese mismo servicio; y hoy día todos prestamos servicio y continuaremos prestando servicio como misioneros de toda la vida. Todos los días somos misioneros tanto en nuestra familia, como en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo y en nuestras comunidades. Sin importar nuestra edad, experiencia o condición en la vida, todos somos misioneros.

La proclamación del Evangelio no es una actividad en la que participamos de manera periódica o temporal, y nuestra labor como misioneros ciertamente no se limita al breve periodo que se presta en el servicio misional de tiempo completo en nuestra juventud o en los años de la madurez. Más bien, en la obligación de proclamar el Evangelio restaurado de Jesucristo están implícitos el juramento y el convenio del sacerdocio, el cual concertamos. La obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, y todos los que poseemos el sacerdocio somos los siervos autorizados del Señor en la tierra y somos misioneros en todo momento y en todo lugar, y siempre lo seremos. Nuestra identidad misma como poseedores del sacerdocio y de la descendencia de Abraham la define en gran parte la responsabilidad de proclamar el Evangelio.

Mi mensaje esta noche nos atañe a todos en nuestro deber del sacerdocio de proclamar el Evangelio. Sin embargo, mi propósito específico en esta reunión del sacerdocio es hablar francamente con los jóvenes de la Iglesia que se están preparando para el llamamiento de servir como misioneros. Los principios que trataré con ustedes son tanto sencillos como espiritualmente importantes, y nos deben motivar a meditar, a evaluar y a mejorarnos. Suplico la compañía del Espíritu Santo para mí y para ustedes a medida que juntos consideremos este importante tema.

Una pregunta frecuente

En las reuniones con los miembros jóvenes de la Iglesia por el mundo, acostumbro invitar a los presentes a hacer preguntas. Una de las preguntas que los jóvenes me hacen con más frecuencia es ésta: “¿Qué puedo hacer para prepararme de una manera más eficaz para servir como misionero de tiempo completo?”. Esa sincera pregunta merece una seria respuesta.

Mis queridos y jóvenes hermanos, lo más importante que pueden hacer para prepararse para el llamamiento a servir es llegar a ser misioneros antes de ir a la misión. Tengan a bien notar que en mi respuesta recalqué llegar a ser en vez de ir. Permítanme explicar lo que quiero decir.

En el vocabulario normal de la Iglesia, solemos hablar de ir a la Iglesia, ir al templo e ir a la misión. Me atrevería a afirmar que el énfasis un tanto habitual en la palabra ir no es acertado.

La cuestión no es ir a la Iglesia; más bien, es adorar y renovar nuestros convenios al asistir a la Iglesia. La cuestión no es ir al templo; más bien, es tener en nuestro corazón el espíritu, los convenios y las ordenanzas de la casa del Señor. La cuestión no es ir a la misión; más bien, es llegar a ser misioneros y servir a lo largo de nuestra vida con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Es posible para un joven ir a la misión y no llegar a ser misionero, y eso no es lo que el Señor requiere ni lo que la Iglesia necesita.

Mi deseo ferviente para cada uno de ustedes, jovencitos, es que simplemente no vayan a la misión, sino que lleguen a ser misioneros mucho antes de que envíen sus papeles misionales, mucho antes de que reciban un llamamiento a servir, mucho antes de que sean apartados por su presidente de estaca, y mucho antes de que ingresen en el Centro de Capacitación Misional.

El principio de lo que debemos llegar a ser

El élder Dallin H. Oaks nos ha enseñado eficazmente en cuanto al desafío de llegar a ser algo en vez de sólo hacer las cosas que se esperan o de efectuar ciertos actos. Seguir leyendo

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Lo más importante es lo que perdura

Conferencia General Octubre 2005

Lo más importante es lo que perdura

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como líderes suyos, hacemos un llamado a los miembros de la Iglesia de todo el mundo para que pongan a su familia en primer plano y busquen maneras específicas de fortalecer a su familia en particular.


Varias Autoridades Generales y yo visitamos recientemente algunos centros de Luisiana, Misisipí y Texas, donde se alojaban las victimas asoladas y desplazadas del huracán Katrina, mientras se esforzaban para tratar de poner sus vidas en orden. Sus relatos y situaciones son trágicos y emotivos en muchos respectos, pero en todo lo que escuchamos, lo que más me impresionó fue el llanto por la familia: “¿Dónde está mi madre?” “No puedo encontrar a mi hijo”. “He perdido a una hermana”. Esas personas tenían hambre, miedo y habían perdido todo y necesitaban alimentos, atención médica y toda clase de ayuda, pero lo que más deseaban y necesitaban era a su familia.

Las crisis o transiciones de cualquier clase nos recuerdan qué es lo más importante. En la rutina de la vida, solemos pasar por alto a nuestra familia: a nuestros padres, a nuestros hijos y a nuestros hermanos. Pero en tiempos de peligro, de necesidad y de cambios, ¡no hay duda de que lo que más nos importa es nuestra familia! Lo será aún más cuando salgamos de esta vida y entremos al mundo de los espíritus. Seguramente a las primeras personas a las que trataremos de encontrar serán papá, mamá, cónyuge, hijos y hermanos.

Creo que se podría decir que el propósito de la vida terrenal es “edificar una familia eterna”. Aquí en la tierra todos nos esforzamos para formar parte de una gran familia, con la facultad de crear y formar nuestra propia porción de esa familia y ésa es una de las razones por las que nuestro Padre Celestial nos envió aquí. No todos encontrarán un compañero en la tierra ni tendrán una familia, pero cada persona, sin importar las circunstancias individuales, forma parte de la familia valiosa de Dios.

Hermanos y hermanas, este año se conmemora el décimo aniversario de la proclamación para el mundo acerca de la familia, que emitieron la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles en 1995 (véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Tanto entonces como hoy día es un llamado resonante para proteger y fortalecer a las familias, y una seria advertencia en un mundo donde el deterioro de los valores y el orden equivocado de prioridad de las cosas amenazan destruir la sociedad al debilitar su unidad básica.

La proclamación es un documento profético no sólo porque lo emitieron los profetas sino porque se adelantó a su época. Es una advertencia en contra de las mismas cosas que han amenazado y debilitado a las familias durante la última década, y requiere el orden de prioridad y el énfasis que las familias necesitan si es que han de sobrevivir en un ambiente que parece ser cada vez más perjudicial para el matrimonio tradicional y los lazos entre padres e hijos.

El lenguaje claro y simple de la proclamación se levanta en marcado contraste a las nociones confusas y complejas de una sociedad que ni siquiera llega a un acuerdo en cuanto a la definición de la familia, y que mucho menos proporciona la ayuda y el apoyo que los padres y las familias necesitan. Recordarán estas siguientes palabras de la proclamación:

• “…el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios”.
• “El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal, y eterna”.
• “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos”.
• “Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa”.
• “…la desintegración de la familia traerá sobre el individuo, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos”.
Las últimas palabras de la proclamación expresan la simple verdad de que la familia es la “base fundamental de la sociedad”.

Hoy día hago un llamado a los miembros de la Iglesia y a padres, abuelos y parientes dedicados de todas partes, que vivan de acuerdo con esta gran proclamación, que hagan de ella un estandarte similar al “estandarte de la libertad” del general Moroni, y que se comprometan a vivir mediante sus preceptos. Ya que todos formamos parte de una familia, la proclamación se aplica a todos. Seguir leyendo

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La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren

Conferencia General Octubre 2005
La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida.

Henry B. Eyring

Muchos de nosotros hemos reflexionado en cómo prepararnos para las tormentas. Hemos visto y sentido el dolor de mujeres, hombres y niños, de los ancianos y de los débiles atrapados en los huracanes, los maremotos, las guerras o las sequías. Nuestra reacción suele ser: “¿Cómo puedo prepararme?”. Entonces nos entran las prisas por comprar y hacer acopio de aquello que creemos que podríamos necesitar el día que nos enfrentemos con esos desastres.

Pero hay una preparación aún más importante que debemos acometer ante las pruebas que, ciertamente, todos vamos a tener. Esa preparación debe comenzar cuanto antes, pues requiere tiempo. Lo que necesitaremos entonces no se puede comprar ni pedir prestado, no se almacena y es preciso utilizarlo con regularidad y frecuencia.

Lo que necesitaremos en el tiempo de nuestra prueba será una preparación espiritual. Para superar la prueba de la vida de la que depende toda nuestra eternidad es necesario haber desarrollado una poderosa fe en Jesucristo. Esa prueba forma parte del propósito que Dios tenía reservado para nosotros durante la Creación.

Gracias al profeta José Smith tenemos la descripción que el Señor hace de dicha prueba. Nuestro Padre Celestial creó el mundo con la ayuda de Su Hijo Jesucristo, y éstas son las palabras que describen el objeto de la Creación: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” 1 .

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas. La gran tragedia de la vida es no superar esa prueba y, por tanto, no hacernos merecedores de regresar en gloria a nuestro hogar celestial.

Somos la progenie espiritual de un Padre Celestial que nos amó y enseñó antes de que naciéramos en este mundo. Nos dijo que deseaba darnos todo lo que Él tenía, pero que para ello, era preciso obtener un cuerpo terrenal y ser probados. Por causa del cuerpo, padeceríamos dolor, enfermedades y la muerte.

Quedaríamos sujetos a las tentaciones mediante los deseos y las debilidades propias del cuerpo mortal. Las sutiles y poderosas fuerzas del mal intentarían que cediésemos a esas tentaciones. La vida tendría tormentas en medio de las cuales deberíamos tomar decisiones basándonos en la fe en lo que no veríamos con el ojo natural.

Se nos prometió que tendríamos a Jehová, Jesucristo, como nuestro Salvador y Redentor. Él aseguraría la resurrección de todo el género humano y posibilitaría que pasáramos la prueba de la vida si ejercíamos la fe en Él por medio de la obediencia. Nos regocijamos todos al oír tan buenas nuevas.

En un pasaje del Libro de Mormón, otro testigo de Jesucristo, se describe la dificultad de la prueba y lo que hará falta para pasarla:

“Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna.

“Por tanto, mis amados hermanos, reconciliaos con la voluntad de Dios, y no con la voluntad del diablo y la carne; y recordad, después de haberos reconciliado con Dios, que tan sólo en la gracia de Dios, y por ella, sois salvos. Seguir leyendo

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