Conferencia General Abril 2005
Teniendo entrelazados sus corazones
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Cuando ustedes fueron bautizados, sus antepasados los contemplaron desde el mundo de los espíritus con esperanza… se regocijaron al ver a uno de sus descendientes hacer el convenio de buscarlos.
Mi mensaje es para los conversos de la Iglesia. Más de la mitad de los miembros de la Iglesia de la actualidad han escogido ser bautizados después de los ocho años de edad. Por tanto, ustedes no son una parte pequeña de la Iglesia. A ustedes deseo decirles cuánto los ama el Señor y cuánto confía Él en ustedes. Y, más aún, deseo decirles cuánto depende Él de ustedes.
Ustedes sintieron Su amor al menos en cierta medida cuando fueron bautizados. Hace años, yo llevé a un joven, de veinte años de edad, a las aguas del bautismo. Mi compañero y yo le habíamos enseñado el Evangelio. Era el primero de su familia que oía el mensaje del Evangelio restaurado, y pidió ser bautizado. El testimonio del Espíritu le hizo desear seguir el ejemplo del Salvador, que fue bautizado por Juan el Bautista aun cuando Él era sin pecado.
Cuando levanté a aquel joven de las aguas del bautismo, me sorprendió al lanzar sus brazos alrededor de mi cuello y susurrarme al oído, mientras las lágrimas le surcaban el rostro: “Estoy limpio, estoy limpio”. Ese mismo joven, después que hubimos puesto las manos sobre su cabeza y que, con la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec le hubimos conferido el Espíritu Santo, me dijo: “Cuando usted pronunciaba esas palabras, yo sentí como un fuego que me recorría todo el cuerpo desde la coronilla de la cabeza hasta los pies”.
La experiencia de ustedes en ese mismo respecto habrá sido exclusiva de ustedes, pero hasta cierto punto, habrán sentido la magnitud de la bendición que recibieron. Desde entonces, han experimentado la realidad de las promesas que se les hicieron, así como la de las promesas que ustedes hicieron. Han sentido la limpieza que provino de su bautismo, por motivo de la expiación de Jesucristo. Y han sentido el cambio que se ha efectuado en su corazón al haber llegado el Espíritu Santo a ser su compañero. Sus deseos han comenzado a cambiar.
Cuando alguien me dice que se ha convertido a la Iglesia, le pregunto: “¿Ha aceptado alguno de sus familiares el Evangelio?”. Cuando la respuesta es “sí”, sigue a ésta la emocionada descripción del feliz milagro que se ha efectuado en uno de los padres o en un hermano, o en una hermana o en uno de los abuelos. Las personas sienten regocijo cuando saben que alguno de sus familiares comparte su bendición y su felicidad. Cuando la respuesta es: “No, hasta ahora soy el único miembro de la Iglesia”, la persona casi siempre menciona a sus padres y dice algo así: “No, todavía no. Pero sigo intentándolo”. Y por el tono de su voz, uno se da cuenta de que el converso nunca dejará de intentarlo, nunca jamás.
El Señor sabía que ustedes experimentarían esos sentimientos cuando les permitió recibir los convenios que ahora están bendiciendo su vida. Él sabía que ustedes sentirían deseos de que sus familiares tuviesen también las bendiciones que ustedes sintieron al unirse a la Iglesia. Aún más, Él sabía que ese deseo aumentaría cuando llegaran a conocer la dicha de las promesas que Él nos hace en los sagrados templos. En ellos, a los que se hacen merecedores de entrar, Él les permite hacer convenios con Él. Prometemos obedecer Sus mandamientos y Él nos promete que, si somos fieles, podremos vivir con Él en la gloria en familias para siempre jamás en el mundo venidero.
En Su amorosa bondad, Él sabía que ustedes desearían estar unidos para siempre a sus padres y a los padres de sus padres. Puede ser que hayan tenido ustedes un abuelo como el mío, que siempre apreciaba mucho las visitas que yo le hacía. Yo pensaba que era su nieto predilecto hasta que mis primos me dijeron que ellos creían ser los predilectos del abuelo. Él ya ha fallecido. Todos mis abuelos y sus antepasados han fallecido. Muchos de los antepasados de ustedes murieron sin haber tenido nunca la oportunidad de aceptar el Evangelio ni de recibir las bendiciones y las promesas que ustedes han recibido. El Señor es justo y es amoroso, y, por consiguiente, Él ha preparado tanto para ustedes como para mí la manera de que se cumpla el deseo de nuestro corazón de brindar a nuestros antepasados todas las bendiciones que Él nos ha brindado a nosotros.
El plan para hacer eso posible ha existido desde el principio. El Señor hizo promesas a Sus hijos hace mucho tiempo. El último libro del Antiguo Testamento es el libro del profeta Malaquías, y las últimas palabras de éste son tanto una grata promesa como una severa advertencia.
“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” 1 . Seguir leyendo







































