Conferencia General Octubre 2005 “Si Cristo tuviera mis oportunidades…”
Élder Paul K. Sybrowsky
De los Setenta
Nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido.
Hace mucho tiempo, cuando nuestros hijos mayores tenían seis, cuatro y dos años de edad, mi esposa y yo les hicimos un cuestionario de sorpresa. A diario, leíamos como familia el Libro de Mormón.
“¿Quién era el hombre”, preguntó mi esposa, “que fue al bosque a cazar pero que en vez de hacerlo oró todo el día hasta entrada la noche?”
Después de un momento de silencio, ella les dio una pista… “Su nombre empieza con E… e… e… e”.
Desde un rincón del cuarto, nuestro hijo de dos años exclamó: “¡nós!”
Ese niño era el que jugaba en un rincón, el que pensábamos que era demasiado pequeño para entender. ¡Enós! Era Enós el que había ido a cazar al bosque, pero cuya alma padecía hambre. Aunque su registro no indica que él se hallaba perdido en el bosque, el relato de Enós nos enseña que él salió del bosque con un mejor entendimiento, y que después sintió una mayor preocupación por el bienestar de sus hermanos.
En el Nuevo Testamento, nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido:
“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:4–5).
Desde la caída de Adán, todo el género humano se encuentra en un estado caído y perdido. Como la mayoría de ustedes, la trayectoria de mi “encuentro” comenzó con dos misioneros fieles. En el año de 1913, en Copenhague, Dinamarca, los élderes C. Earl Anhder y Robert H. Sorenson enseñaron a mis abuelos el Evangelio de Jesucristo y los bautizaron. Mis padres me enseñaron la importancia del trabajo arduo, de la honradez y de la integridad; sin embargo, en sólo una corta generación caímos en la inactividad de ir a la Iglesia y en la falta de conocimiento del Evangelio. Ahora, al contemplar el pasado, recuerdo que de niño mis compañeros de juego me invitaban a la Primaria. Mis primeras vivencias en la Iglesia las pasé con amigos de la Primaria. Seguir leyendo →
El Libro de Mormón, instrumento para recoger al Israel esparcido
Élder C. Scott Grow
De los Setenta
Jesucristo nos dio el Libro de Mormón como instrumento para recoger al Israel esparcido.
Hace treinta y seis años que cumplí una misión en el sudeste de México. En esa época no había estacas y las ciudades más grandes de la misión sólo tenían dos ramas. Las oportunidades para estudiar eran muy limitadas y existía mucha pobreza. Con dos o tres excepciones, todos los misioneros eran de Estados Unidos.
Recuerdo a la gente de la rama de Nealticán. Todos los edificios del pueblo eran de adobe, excepto la catedral católica y la capilla de los Santos de los Últimos Días. Me acuerdo de la pequeña casa de adobe del presidente de la rama; tenía piso de tierra, ventanas sin vidrios y una estera que cubría la entrada; no había muebles en la casa y su familia no tenía zapatos.
Pero su familia era feliz; él me dijo que habían vendido todo lo que tenían con el fin de comprar el pasaje para ir al Templo de Mesa, donde se sellaron por esta vida y por toda la eternidad. Muchos miembros de la rama habían hecho lo mismo.
Hace un mes volví a México para prestar servicio en la Presidencia del Área México Norte. El México de hoy es muy diferente del de hace 36 años. Nealticán es el centro de una progresista estaca de Sión. México tiene doscientas estacas y un millón de miembros de la Iglesia. Muchos de los líderes de estacas y barrios cuentan con educación académica superior y seguridad económica; y miles de jóvenes mexicanos de ambos sexos están prestando servicio en misiones de tiempo completo.
Verdaderamente, la visión que tuvo Lehi y que interpretó Nefi se está cumpliendo. “Y en aquel día el resto de los de nuestra posteridad sabrán que son de la casa de Israel, y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces sabrán y llegarán al conocimiento de sus antepasados, y también al conocimiento del Evangelio de su Redentor, que él ministró a sus padres. Por tanto, llegarán al conocimiento de su Redentor…” 1 .
Ciertamente, la gente de México y de otros países de Latinoamérica se encuentra entre los descendientes de los profetas. El Libro de Mormón es su patrimonio. Jesucristo en verdad ministró a sus antepasados.
Después de Su resurrección, Jesucristo descendió del cielo, vestido con una túnica blanca, y se puso en medio de sus antepasados aquí, en las Américas. Extendió la mano y les dijo: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 La verdadera felicidad: Una decisión consciente
Élder Benjamín De Hoyos
De los Setenta
La felicidad es un estado del alma. Y ese gozoso estado viene como el resultado del vivir con rectitud.
“La vida es buena si vivimos para que lo sea”. Así decía parte de un mensaje inspirador que leí hace ya muchos años. Lo que ese mensaje llama “una vida buena” viene a ser el resultado de la manera en la que hacemos las cosas, de las palabras que elegimos decir e incluso de la clase de pensamientos que elegimos tener.
Nadie tiene por qué sentirse solo en el camino de la vida, puesto que a todos se nos invita a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La felicidad es el propósito del Evangelio y el propósito de la Expiación que redime a todo el género humano.
El relato en el libro de Helamán lo expresa de un modo conciso cuando dice: “Así vemos que el Señor es misericordioso para con todos aquellos que, con la sinceridad de su corazón, quieran invocar su santo nombre.
“Sí, así vemos que la puerta del cielo está abierta para todos, sí, para todos los que quieran creer en el nombre de Jesucristo, que es el Hijo de Dios.
“Sí, vemos que todo aquel que quiera, puede asirse a la palabra de Dios, que es viva y poderosa, que… guiará al hombre de Cristo por un camino estrecho y angosto…
y depositará su alma, sí, su alma inmortal, a la diestra de Dios en el reino de los cielos…” 1 .
Mis amados hermanos y hermanas, tenemos que reconocer que “el querer” es el factor determinante que nos conducirá a asirnos a la palabra de Dios y ser felices. La perseverancia en el empeño de tomar decisiones correctas es lo que nos lleva a la felicidad.
La felicidad llega a nosotros como resultado de nuestra obediencia y de nuestra valentía al hacer siempre la voluntad de Dios, incluso en las más difíciles circunstancias. Cuando el profeta Lehi amonestó a los habitantes de Jerusalén, éstos se burlaron de él, y, como habían hecho contra los demás profetas de la antigüedad, también procuraron quitarle la vida. Cito al profeta Nefi: “yo… os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” 2 .
Cuando yo servía de misionero en el norte de México, unos pocos días después del servicio bautismal de la familia Valdez, recibimos una llamada telefónica del hermano Valdez, que nos pidió que fuésemos a su casa, porque tenía que hacernos una pregunta importante. Debido a que ya conocía la voluntad del Señor con respecto a la Palabra de Sabiduría y aun cuando le resultaría difícil hallar un nuevo empleo, se preguntaba si debía seguir trabajando para la empresa cigarrera en la que había trabajado desde hacía muchos años. Tan sólo unos días después, el hermano Valdez volvió a pedirnos que fuéramos a verlo. Había decidido dejar ese trabajo porque no estaba dispuesto a proceder en contra de sus convicciones. En seguida, con una sonrisa y emocionado, nos dijo que el mismo día que había dejado su antiguo empleo, otra empresa se había puesto en contacto con él para ofrecerle un puesto mucho mejor. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 A las mujeres jóvenes
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Sean mujeres de Cristo; atesoren su valioso lugar a la vista de Dios; Él las necesita; esta Iglesia las necesita; el mundo las necesita.
Hace unos meses, “papá Tiempo” me jugó una mala pasada. Me levanté bien espabilado, sonriente y listo para las tareas del día, cuando de pronto me di cuenta de que con el cumpleaños que se celebraría ese día ya iba a tener una nieta adolescente. Pensé en ello e hice lo que haría cualquier adulto responsable y circunspecto: me volví a acostar y me escondí totalmente debajo de las sábanas.
Dejando de lado las acostumbradas bromas sobre la terrible experiencia de criar adolescentes, quiero decirles a mi propia nieta y a la gran mayoría de las jovencitas de la Iglesia a las que conozco al viajar por el mundo cuán sumamente orgullosos estamos de ustedes. Casi a todo su alrededor hay peligros morales y físicos, y a diario se les presenta un sinnúmero de tentaciones, sin embargo, la mayoría de ustedes hace lo correcto.
Esta tarde deseo elevar mi voz en alabanza a ustedes, expresar mi amor, mi aliento y mi admiración por ustedes. Debido a que esta adorada nieta mayor de quien he hablado es una jovencita, voy a dirigir mis palabras a las mujeres jóvenes de la Iglesia. Ruego que el espíritu de lo que diga se aplique a las mujeres y a los hombres de todas las edades; pero hoy, como solía cantar Maurice Chevalier, quiero “dar gracias al cielo por las mujercitas”.
Antes que nada, quiero que estén orgullosas de ser mujeres; quiero que sientan la realidad de lo que eso significa, que sepan quiénes son en verdad. Son literalmente “hijas[s] espiritual[es] de padres celestiales [con] una naturaleza y un destino divinos” 1 . Esa incomparable verdad debe estar profundamente arraigada en sus almas y ser algo básico para toda decisión que tomen al hacerse mujeres maduras. Jamás podría haber mayor evidencia de su dignidad, de su valía, de sus privilegios y de su promesa. Nuestro Padre Celestial sabe cómo se llaman ustedes y conoce sus circunstancias; Él oye sus oraciones; Él conoce sus esperanzas y sueños, incluso sus temores y sus frustraciones. Y Él sabe lo que ustedes pueden llegar a ser por medio de su fe en Él. Debido a este patrimonio divino, ustedes, junto con todas sus hermanas y todos sus hermanos espirituales, tienen plena igualdad ante Su vista, y por medio de la obediencia se les da poder para llegar a ser herederos legítimos en Su reino eterno, “herederos de Dios y coherederos con Cristo” 2 . Procuren comprender la importancia de esas doctrinas. Todo lo que Cristo enseñó lo enseñó tanto a las mujeres como a los hombres. De hecho, a la luz restaurada de ese Evangelio de Jesucristo la mujer, incluida la mujer joven, ocupa la dignidad propia de su naturaleza en el divino diseño del Creador. Ustedes son, como lo parafraseó el élder James E. Talmage, “una investidura santificada que nadie se atreverá a profanar” 3 .
Sean mujeres de Cristo; atesoren su valioso lugar a la vista de Dios; Él las necesita; esta Iglesia las necesita; el mundo las necesita. La tenaz confianza que la mujer tiene en Dios y la inquebrantable devoción a las cosas del Espíritu han sido siempre un ancla cuando el viento y las olas de la vida han sido de lo más intensos 4 . Les digo a ustedes lo que el profeta José Smith dijo hace más de 150 años: “Si cumplís con estos privilegios, no se podrá impedir que os relacionéis con los ángeles” 5 .
Todo lo que he dicho es con la intención de decirles lo que nuestro Padre Celestial siente por ustedes y lo que Él ha planeado que lleguen a ser. Y si en algún momento una de ustedes no comprende los designios que Dios tiene para ella o se empeña en vivir por debajo de sus posibilidades, entonces le expresamos un amor aún más grande y le suplicamos que haga de sus años de la adolescencia un triunfo y no una tragedia. Los padres y las madres, los profetas y los apóstoles no tienen otra intención que no sea la de bendecirlas y evitarles todo posible sufrimiento que les podamos evitar. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 La autoridad del sacerdocio en la familia y en la Iglesia
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Hay muchas semejanzas y algunas diferencias en cuanto a la forma en que la autoridad del sacerdocio funciona en la familia y en la Iglesia.
El tema de mi discurso se centra en la autoridad del sacerdocio en la familia y en la Iglesia.
I.
Mi padre falleció cuando yo tenía siete años. Yo era el mayor de tres hijos pequeños a los que nuestra madre viuda se esforzaba por criar. Cuando fui ordenado diácono, ella me dijo lo complacida que estaba por tener un poseedor del sacerdocio en nuestro hogar. Sin embargo, mi madre siguió dirigiendo a la familia, incluso el asignar quién de nosotros debía ofrecer la oración cuando nos arrodillábamos cada mañana para orar. Yo estaba perplejo, pues se me había enseñado que el sacerdocio presidía la familia. Debía haber algo que yo desconocía sobre la forma en que funcionaba ese principio.
Por ese entonces, teníamos un vecino que dominaba a su esposa y en ocasiones hasta la maltrataba; él rugía como un león mientras que ella se amilanaba como un cordero. Cuando iban a la Iglesia, ella siempre caminaba unos pasos detrás de él, lo que enfurecía a mi madre. Mi madre era una mujer fuerte que no aceptaba ese tipo de dominio y le enfadaba ver que a una mujer se la maltratara de ese modo. Recuerdo su reacción cada vez que veo a los hombres hacer mal uso de su autoridad para satisfacer su orgullo o ejercer control o dominio sobre su esposa en cualquier grado de injusticia (véase D. y C. 121:37).
También he visto a mujeres fieles que malinterpretan la forma en que funciona la autoridad del sacerdocio. Teniendo presente la relación que tienen con sus maridos en el ámbito familiar, algunas esposas han tratado de que esa relación se extienda también al llamamiento que sus esposos tienen en el sacerdocio, como el de obispo o el de presidente de misión. Por otro lado, algunas hermanas solteras, a las que los hombres han maltratado (como en el caso de un divorcio) confunden erróneamente el sacerdocio con el abuso por parte del varón, y empiezan a desconfiar de cualquier autoridad del sacerdocio. La persona que haya tenido una mala experiencia con algún aparato electrodoméstico, no deberá privarse del uso del poder de la electricidad.
Cada una de las circunstancias que he descrito es el resultado de la mala interpretación de la autoridad del sacerdocio y del gran principio de que, si bien esta autoridad preside tanto en la familia como en la Iglesia, el sacerdocio funciona de manera diferente en ambos casos. Éste es un principio que comprenden y ponen en práctica los grandes líderes de la Iglesia y de las magníficas familias que he conocido, pero que rara vez se explica. Aún las Escrituras, en las que se registran varias formas de ejercer la autoridad del sacerdocio, no se suele expresar qué principios se aplican únicamente al ejercicio de la autoridad del sacerdocio en la familia o en la Iglesia, o cuáles son válidos en ambos casos.
II.
Tanto en nuestra teología como en nuestra práctica, la familia y la Iglesia mantienen una relación de fortalecimiento mutuo. La familia depende de la Iglesia para la doctrina, las ordenanzas y las llaves del sacerdocio; mientras que la Iglesia aporta a la familia las enseñanzas, la autoridad y las ordenanzas necesarias para perpetuar la relación familiar por las eternidades.
Contamos con programas y actividades tanto en la familia como en la Iglesia. Cada una de ellas está tan interrelacionada, que el servicio que se rinde a una también se le rinde a la otra. Cuando los niños observan a sus padres cumplir fielmente con sus llamamientos en la Iglesia, las relaciones familiares se fortalecen. Si las familias son fuertes, la Iglesia también lo es. Ambas van de la mano. Cada una es importante y necesaria, por lo que es preciso dirigir cada una con especial cuidado para no entorpecer a la otra. Los programas y las actividades de la Iglesia no deben abrumar tanto a la familia que no se pueda contar con todos sus integrantes durante el tiempo reservado para ella. Y tampoco conviene programar actividades familiares que interfieran con la reunión sacramental u otras reuniones esenciales de la Iglesia.
Necesitamos actividades tanto en la Iglesia como en la familia. Si todas las familias estuvieran completas y fueran perfectas, la Iglesia podría auspiciar menos actividades; pero al vivir en un mundo en el que muchos de nuestros jóvenes crecen en hogares donde falta uno de los padres, donde uno no es miembro de la Iglesia o está inactivo en el liderazgo del Evangelio, se hace especialmente necesario que las actividades de la Iglesia cubran esos huecos. Muy sabiamente, nuestra madre, que era viuda, percibió que la Iglesia brindaría a sus hijos experiencias que ella no podría facilitarnos al no disponer nosotros de una figura masculina en el hogar. La recuerdo instándome a observar y tratar de ser como los buenos hombres de nuestro barrio, y presionándome para que tomara parte en el programa de escultismo y en otras actividades de la Iglesia que me proporcionarían esa oportunidad.
En una Iglesia donde hay tantas personas solteras que actualmente carecen del compañerismo que el Señor desea para Sus hijos e hijas, la Iglesia y sus familias deberían tener también una especial inquietud por las necesidades de los adultos solteros. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 La luz que ilumina sus ojos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Recibimos una luz sagrada en los ojos y en el rostro cuando tenemos un vínculo personal con nuestro amoroso Padre Celestial y con Su Hijo.
Mis queridos hermanos, hermanas y amigos de todo el mundo, al dirigirme a ustedes esta mañana, busco con humildad su comprensión y la ayuda del Espíritu de nuestro Padre.
Agradezco mucho el breve mensaje profético que el presidente Hinckley dio al comienzo de esta conferencia. Testifico que él es nuestro Profeta, que recibe guía en abundancia del cabeza de esta Iglesia, que es Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Hace poco recordé una reunión histórica en Jerusalén, que se realizó hace unos 17 años. Se trataba del arrendamiento del solar donde más tarde se construiría el Centro Jerusalén para Estudios del Cercano Oriente de la Universidad Brigham Young. Antes de que el contrato se firmara, el presidente Ezra Taft Benson y el élder Jeffrey R. Holland, en ese entonces rector de la Universidad Brigham Young, accedieron ante el gobierno israelita, en nombre de la Iglesia y de la Universidad Brigham Young, a no hacer proselitismo en Israel. Tal vez se pregunten por qué razón accedimos a no hacerlo. Era un requisito que tuvimos que satisfacer a fin de conseguir permiso para construir el magnífico edificio que ahora se encuentra en la ciudad histórica de Jerusalén. Según lo que sabemos, la Iglesia y BYU han mantenido escrupulosa y honorablemente la promesa de no hacer proselitismo. Una vez que el contrato se hubo firmado, uno de nuestros amigos dijo con gran percepción, en referencia a nuestros alumnos que irían a estudiar a Israel: “Ah, sabemos que no van a hacer proselitismo, pero, ¿qué van a hacer con la luz que ilumina sus ojos?”.
¿Qué era esa luz de sus ojos tan obvia para nuestro amigo? El Señor mismo brinda la respuesta: “Y la luz que brilla, que os alumbra, viene por medio de aquel que ilumina vuestros ojos, y es la misma luz que vivifica vuestro entendimiento 1 ”. ¿De dónde provino esa luz? De nuevo el Señor da la respuesta: “…yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo 2 ”. El Señor es la luz verdadera y el Espíritu “ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu 3 ”. Esa luz se refleja tanto en nuestro semblante como en nuestros ojos.
Paul Harvey, un famoso locutor de noticieros, visitó hace algunos años uno de los predios universitarios de nuestra Iglesia. Más tarde, comentó: “El rostro de cada uno de los jóvenes reflejaba una especie de… seguridad sublime. En estos días, los ojos de muchos jóvenes parecen viejos prematuramente debido a las incontables veces que actúan en contra de su propia conciencia. Sin embargo, [aquellos jóvenes] tienen la ventaja envidiable que proviene de la disciplina, de la dedicación y la consagración 4 ”.
Quienes se arrepienten verdaderamente reciben el Espíritu de Cristo y se bautizan en esta Iglesia para la remisión de sus pecados. Se les imponen manos sobre la cabeza y por medio del sacerdocio de Dios reciben el Espíritu Santo 5 . Es “el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente 6 ”. Tal como el élder Parley P. Pratt lo describió, el don del Espíritu Santo es “por así decirlo… el gozo del corazón, [y] la luz de los ojos 7 ”. El Espíritu Santo es el Consolador que el Salvador prometió antes de ser crucificado 8 . El Espíritu Santo brinda tanto guía espiritual como protección a los santos dignos; y aumenta nuestro conocimiento y nuestra comprensión de “todas las cosas 9 ”. Eso tiene un inmenso valor en una época en la que la ceguera espiritual está en aumento.
En la actualidad, el secularismo se está extendiendo por casi todo el mundo. El secularismo se define como “la indiferencia, el rechazo o la exclusión de la religión o de las ideas religiosas 10 ”. El secularismo no acepta muchas cosas como absolutas, y sus objetivos principales son el placer y el interés personal. A menudo, quienes adoptan el secularismo se ven diferentes a los demás. Como Isaías indicó: “La apariencia de sus rostros testifica en contra de ellos 11 ”.
Pero, a pesar de todo el secularismo que hay en el mundo, muchas personas ansían las cosas del Espíritu y tienen sed de oír la palabra del Señor. Como Amós profetizó: “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.
“E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán 12 ”.
¿Dónde podemos oír las palabras del Señor? Podemos oírlas por medio de nuestro profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, de la Primera Presidencia, del Quórum de los Doce Apóstoles y de las demás Autoridades Generales. De igual forma podemos oírlas de nuestros presidentes de estaca y obispos. Los misioneros las oyen de sus presidentes de misión. También podemos leerlas en las Escrituras. Además podemos oír la voz apacible y delicada que se recibe mediante el Espíritu Santo. El oír las palabras del Señor nos saca de la ceguera espiritual a “a su luz admirable 13 ”. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 El trayecto a un terreno más elevado
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Hacemos frente a una decisión: podemos confiar en nuestra propia fuerza o podemos ascender a un terreno más elevado y venir a Cristo.
El 26 de diciembre de 2004, un violento terremoto azotó la costa de Indonesia, provocando un mortífero maremoto que acabó con la vida de más de doscientas mil personas. Fue una terrible tragedia; la vida de millones de personas cambió en un solo día.
Sin embargo, hubo un grupo de personas que no tuvo ni una víctima a pesar de que su aldea quedó destruida.
¿Por qué?
Sabían que se avecinaba un maremoto.
Los moken viven en aldeas en islas de las costas de Tailandia y Birmania (Myanmar). Son pescadores y su existencia depende del mar. Durante cientos, tal vez miles de años, sus antepasados han estudiado el océano y transmitido sus conocimientos de padres a hijos.
Algo de lo que se preocuparon en particular de enseñar fue qué hacer en caso de que el mar se retirara. Según sus tradiciones, cuando eso sucediera, el “Laboon”, o la ola que se come a la gente, no tardaría en llegar.
Cuando los ancianos de la aldea vieron las terribles señales, comenzaron a gritarles a todos que debían correr hasta alcanzar un terreno más elevado.
No todos les prestaron atención.
Un viejo pescador dijo: “Ninguno de los muchachos me hizo caso”. De hecho, hasta su propia hija le llamó mentiroso, pero el viejo pescador no desistió hasta que todos se hubieron ido de la aldea y ascendido a un terreno más elevado 1 .
Los moken fueron afortunados porque contaban con alguien repleto de determinación que les advirtió acerca de lo que se avecinaba. Los aldeanos fueron afortunados al seguir sus consejos; de lo contrario, habrían perecido.
El profeta Nefi escribió sobre el gran desastre de su época: la destrucción de Jerusalén. “Y así como una generación ha sido destruida entre los judíos a causa de la iniquidad, de igual manera han sido destruidos de generación en generación, según sus iniquidades; y ninguno de ellos ha sido destruido jamás sin que se lo hayan predicho los profetas del Señor” 2 .
Desde los días de Adán, el Señor ha hablado a Sus profetas y, si bien el mensaje difiere en cuanto a las necesidades específicas de cada época, hay un punto que jamás ha cambiado: “Aléjense de la iniquidad y asciendan a un terreno más elevado”.
Cuando las personas obedecen a los profetas, el Señor las bendice; mas cuando desechan Su palabra, muchas veces padecen aflicciones y sufrimiento. Ésta es una gran lección que el Libro de Mormón nos enseña una y otra vez. En sus páginas leemos de los antiguos habitantes del continente americano que, debido a su rectitud, fueron bendecidos por el Señor y prosperaron. Sin embargo, en ocasiones esa prosperidad se tornó en una maldición porque hizo endurecer “sus corazones, y… [olvidarse] del Señor su Dios” 3 .
Hay algo en la prosperidad que saca a relucir lo peor en algunas personas. En el libro de Helamán se habla de un grupo de nefitas que padeció grandes pérdidas y muerte. De ellos se escribió: “Y fue por el orgullo de sus corazones, por razón de sus inmensas riquezas, sí, fue a causa de haber oprimido a los pobres, negando su alimento a los que tenían hambre, y sus vestidos a los que estaban desnudos, e hiriendo a sus humildes hermanos en sus mejillas, burlándose de lo que era sagrado, [y] negando el espíritu de profecía y de revelación” 4 .
Sin embargo, no habrían padecido un dolor así “de no haber sido por su maldad” 5 . Si tan sólo hubieran dado oído a las palabras de los profetas de su época y ascendido a un terreno más elevado, sus vidas habrían sido notablemente diferentes.
La consecuencia natural que reciben los que se alejan de los caminos del Señor es que quedan abandonados a su propia fuerza 6 . Aun cuando en medio de la emoción que produce el éxito, podemos llegar a creer que nos basta con nuestra propia fuerza, quienes confían en el brazo de la carne no tardan en descubrir lo débil e inestable que éste es 7 .
Por ejemplo, al principio Salomón obedeció al Señor y aceptó Su ley, hecho que le reportó prosperidad y le bendijo no sólo con sabiduría, sino también con riqueza y honores. El Señor le prometió que, si seguía siendo recto, “[afirmaría] el trono de [su] reino sobre Israel para siempre” 8 .
Pero, incluso después de haber recibido visitaciones angélicas, de haber recibido bendiciones superiores a las de todos los hombres, Salomón se alejó de Dios. Por ello el Señor decretó que el reino le fuera quitado y entregado a su siervo 9 .
Ese siervo se llamaba Jeroboam, quien era un hombre industrioso, de la tribu de Efraín, y a quien Salomón había encomendado parte de la administración de su casa 10 .
Cierto día, mientras Jeroboam se encontraba viajando, se le acercó un profeta que le profetizó que el Señor quitaría el reino a Salomón y le entregaría a él, a Jeroboam, diez de las doce tribus de Israel. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 La santidad del cuerpo
Susan W. Tanner
Presidenta General de la Mujeres Jóvenes
El Señor desea que nosotros seamos hechos a Su imagen, no a la imagen del mundo, y que recibamos Su semblante en nuestro rostro.
Acabo de regresar de dar la bienvenida al mundo a la más nueva de nuestras nietecitas, Elizabeth Claire Sandberg. ¡Es perfecta! Me sentía sobrecogida, de la misma manera que lo estoy cada vez que nace un bebé, por sus manitas y piecitos, su cabellito, el latir de su corazón y las características de la familia: la nariz, la barbilla, los hoyuelos. Sus hermanos mayores estaban también emocionados y fascinados por su tan pequeña y perfecta hermanita. Se veía como percibían la santidad de su hogar por la presencia del espíritu celestial que se les acababa de unir con la pureza de su cuerpo físico.
En la existencia preterrenal, aprendimos que el cuerpo era parte del gran plan de felicidad que Dios tiene para nosotros. Como se declara en la proclamación sobre la familia: “los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron… y aceptaron Su plan por el cual obtendrían un cuerpo físico y ganarían experiencias terrenales para progresar hacia la perfección y finalmente cumplir su destino divino como herederos de la vida eterna” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). De hecho, una vez nos “regocijamos” (véase Job 38:7) por ser parte de ese plan.
¿Por qué estábamos tan entusiasmados? Entendíamos las verdades eternas referentes a nuestro cuerpo, y sabíamos que éste sería a imagen de Dios. Sabíamos que nuestro cuerpo albergaría nuestro espíritu. También entendíamos que nuestro cuerpo estaría sujeto al dolor, a las enfermedades, a los impedimentos y a la tentación, pero estábamos dispuestos, incluso ansiosos por aceptar esos retos porque sabíamos que sólo con el espíritu y el elemento físico, inseparablemente unidos, progresaríamos para llegar a ser como nuestro Padre Celestial (véase D. y C. 130:22) y recibir “una plenitud de gozo” (D. y C. 93:33).
Con la plenitud del Evangelio sobre la tierra, tenemos una vez más el privilegio de saber estas verdades referentes al cuerpo. José Smith enseñó: “Vinimos a este mundo con objeto de obtener un cuerpo y poder presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran plan de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no tiene cuerpo, y en eso consiste su castigo” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 217).
Satanás aprendió estas mismas verdades referentes al cuerpo, pero aun así, su castigo es que no tiene un cuerpo. Por lo tanto, intenta hacer todo lo posible para que maltratemos y hagamos mal uso de este preciado don. Ha llenado el mundo de mentiras y engaños sobre el cuerpo. Tienta a muchos a profanar ese gran don mediante la falta de castidad, la inmodestia, la satisfacción de los propios placeres y la adicción. Seduce a algunos a menospreciar su cuerpo y a otros los tienta para que lo adoren. En cualquiera de los casos, él persuade al mundo a considerar el cuerpo como un simple objeto. Debido a las muchas falsedades satánicas acerca de él, quiero hoy alzar mi voz a favor de la santidad del cuerpo. Testifico que el cuerpo es un don, que se debe tratar con gratitud y respeto. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 Prepárense… sean fuertes de ahora en adelante
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente
La tragedia nunca triunfa donde prevalezca la rectitud personal.
¿Se han encontrado alguna vez en una conversación en la cual de repente hayan tenido que guardar silencio mientras su punto de vista se interpretaba mal y se menospreciaba? A mí me pasó eso hace casi veinticinco años, y la frustración de aquella conversación sin terminar ha permanecido conmigo hasta hoy.
Cuando era presidente de misión, nos invitaron a mí y a otros miembros de la Iglesia a reunirnos con el alcalde de una de las ciudades de la misión. Al llegar a su oficina, nos recibió cordialmente. Nuestra conversación giró en cuanto a los problemas de actualidad de la época. Al fin, nos preguntó por qué hacía la Iglesia obra misional en su ciudad.
No fue una pregunta inesperada; unas semanas antes yo había tenido la impresión de que nos haría esa pregunta y de cuál debía ser mi respuesta, así que le contesté: “El Evangelio de Jesucristo proporciona respuestas y soluciones a todos los problemas del mundo, incluso los que enfrentan los buenos habitantes de su ciudad. Por eso estamos aquí”.
Estaba totalmente seguro de que el alcalde querría saber más. En cambio, su ánimo cambió y en su rostro se reflejaron primero escepticismo y después desprecio; hizo comentarios desagradables sobre mi ingenuidad para encarar los problemas mundiales y abruptamente puso fin a la visita. No se nos permitió hacer ninguna aclaración.
Esta mañana me gustaría finalizar aquella conversación. Espero que el buen alcalde esté escuchando, porque lo que sigue es vital para un mundo turbulento.
Las terribles calamidades de los últimos años nos hacen reflexionar; están sucediendo con mayor frecuencia e intensidad. Las fuerzas naturales tienen un alcance feroz, los asaltos humanos son despiadados en su mortandad y los apetitos desatados están conduciendo al libertinaje, al crimen y a la destrucción de la familia en proporciones desmedidas. El maremoto del sur de Asia y los huracanes en los Estados Unidos, con su enorme número de víctimas, son los desastres más recientes que han captado nuestra atención. De todo el mundo se han extendido corazones y manos para alcanzar a los que han sido tan profundamente damnificados. Durante un breve período, las diferencias dieron paso a la compasión y al amor.
Estamos en deuda con aquellos que, al ser golpeados por las calamidades, nos recuerdan que el hombre depende de Dios. Una viuda que, en un campo de refugiados, angustiada por el asesinato brutal de sus hijos, dice sollozando: “¡No debo perder la fe!”; los sobrevivientes, abrumados por la furia de Katrina, exclaman rogando: “¡Oren por nosotros!” 1 .
Las causas de esas calamidades son el tema de polémicas aparentemente interminables. Los comentaristas, los políticos, los científicos y muchas personas más tienen su opinión en cuanto a cuáles son esas causas.
El Señor Jesucristo dijo, refiriéndose a la restauración de Su Evangelio:
“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos…
“Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fidedignos, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán todas” 2 .
Volvamos la atención a las razones o a los propósitos de esas calamidades. Felizmente, en esto no hay lugar a la polémica porque tenemos la plenitud del Evangelio de Cristo, del cual podemos depender. Escudriñemos las palabras de los profetas en el Libro de Mormón y en la Biblia; leamos las enseñanzas de Jesucristo en el capítulo 24 de Mateo 3 ; estudiemos en Doctrina y Convenios las revelaciones del Señor en los últimos días 4 . En esas fuentes aprendemos cuáles son los propósitos de Dios con respecto a dichos asuntos.
Las calamidades son una forma de adversidad y ésta es una parte necesaria del plan del Padre Celestial para la felicidad de Sus hijos. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2005 Discurso de apertura
Presidente Gordon B. Hinckley
El crecimiento de la Iglesia desde sus primeros años hasta su estado actual es extraordinario, y sólo estamos comenzando.
Mis hermanos y hermanas, deseo yo también darles la bienvenida a esta gran conferencia mundial de la Iglesia. El inmenso Centro de Conferencias de Salt Lake City está totalmente lleno, y otras salas de esta zona están igualmente repletas. Nos dirigimos también a los que están más allá, en tierras y climas diversos. A todos les damos la bienvenida. Los amamos como nuestros hermanos y hermanas.
Hace más de setenta años estuve cumpliendo una misión en las Islas Británicas. Parte del imperio británico estaba todavía intacto; era el grupo político de naciones más ampliamente extendido sobre la faz de la tierra, y se decía que el sol nunca se ponía en el imperio británico. La bandera británica flameaba por todo el mundo.
En diversos aspectos, de ese imperio surgieron muchos beneficios; pero también provocó enorme sufrimiento como resultado de la conquista, la opresión, la guerra y los conflictos. Los cuerpos de soldados británicos quedaron enterrados en tumbas por toda la tierra.
Ahora, todo eso acabó. Rudyard Kipling escribió de su fallecimiento en su poema “Recessional” [“La retirada”]:
Nuestro dominio y poder
son cual la flor que se secó,
y nuestra gloria de ayer
cuan Nínive y Tiro se desplomó.
(Véase “God of Our Fathers, Known of Old”, Hymns, Nº 80.)
Ahora, hay otro imperio: el imperio de Cristo el Señor. Es el imperio del Evangelio restaurado, el reino de Dios. Y en este reino el sol jamás se pone. No ha surgido de la conquista, el conflicto ni la guerra, sino que proviene de la persuasión pacífica, el testimonio y la enseñanza, uno aquí y el otro allá.
Como todos ustedes saben, este año conmemoramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith y el aniversario Nº 175 de la organización de la Iglesia.
El crecimiento de la Iglesia desde sus primeros años hasta su estado actual es extraordinario, y sólo estamos comenzando.
La construcción de templos es una indicación de ese progreso; tenemos actualmente ciento veintidós funcionando en diversas partes del mundo, y nuestro pueblo es grandemente bendecido por ellos. Toda persona que es digna de tener una recomendación para el templo también es considerada fiel Santo de los Últimos Días; es alguien que paga el diezmo íntegro, que observa la Palabra de Sabiduría, que tiene buenas relaciones familiares y que será el mejor ciudadano de la comunidad. El servicio que se presta en el templo es el resultado final de toda nuestra enseñanza y actividad.
El año pasado se llevaron a cabo treinta y dos millones de ordenanzas en los templos, que es más de lo que se había hecho en ninguno de los años anteriores. Actualmente, algunos templos se llenan, a veces con más participantes de los que pueden contener. Es preciso satisfacer las necesidades y los deseos de nuestros santos fieles.
Anteriormente habíamos anunciado un nuevo templo en el cuadrante sureste del Valle de Lago Salado. Ahora tenemos dos terrenos excelentes más en las zonas oeste y suroeste del valle, gracias a la amabilidad de las inmobiliarias de urbanización de esas propiedades. El primero que edificaremos se encuentra en la urbanización denominada Daybreak, y esta mañana hacemos un anuncio público de ello. Ustedes se preguntarán por qué favorecemos tanto a Utah; lo hacemos en virtud del requerimiento dado su nivel de actividad. Pero también estamos avanzando con templos nuevos en Rexburg y Twin Falls, Idaho; en Sacramento, California; en Helsinki, Finlandia; en la Ciudad de Panamá, Panamá; en Curitiba, Brasil, y otro que no puedo mencionar porque todavía no se ha anunciado, pero que pronto se anunciará. Se están considerando otros más. En todos los que mencioné tenemos ya la propiedad, y la obra marcha adelante en diferentes grados de construcción.
Estamos agradecidos por las consagraciones de nuestro pueblo que hacen que todo eso sea posible.
Uno de los aspectos más complicados de la actividad en el templo es que, al tener cada vez más templos esparcidos por la tierra, hay una repetición de trabajo en la obra vicaria; hay personas en distintas naciones trabajando simultáneamente en las mismas líneas familiares y con los mismos nombres, y no saben que hay otros en otras regiones que están haciendo lo mismo. Por ese motivo, desde hace un tiempo nos hemos embarcado en una tarea muy difícil. Para evitar esa repetición, la solución consiste en recurrir a una tecnología computarizada compleja. Se han tenido algunas indicaciones de que dará resultado y, si es así, será un hecho extraordinario con implicaciones mundiales.
Como muchos ya saben, hemos estado llevando a cabo conferencias de estaca empleando la transmisión vía satélite. La Iglesia ha crecido tanto que a los miembros de la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce y otras Autoridades Generales ya no les es posible visitar las estacas una por una, excepto para reorganizarlas o dividirlas. La transmisión vía satélite nos permite hablar en Salt Lake City y que nos oigan y nos vean en centros de estaca y otros edificios de todo el mundo. Es algo milagroso y magnífico.
Por el mismo medio, muchos de ustedes están participando hoy de esta conferencia; nos encontramos unidos como una vasta familia internacional en la música y las oraciones, y en la instrucción y el testimonio de nuestras Autoridades Generales.
Gracias por todo lo que hacen, maravillosos Santos de los Últimos Días. Gracias por los enormes esfuerzos de los Setenta de Área, de los obispados y de las presidencias de estaca, de los líderes de las organizaciones auxiliares, de los presidentes de templo y misión, y de muchos, muchos, muchos más que dan tan generosamente de su tiempo, sus labores y medios para adelantar el reino de Dios sobre la tierra.
Ruego, mis hermanos y hermanas, que las selectas bendiciones del cielo se derramen sobre ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Conferencia General Octubre 2005 Instrumentos en las manos de Dios
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Su influencia para bien no se puede calcular ni describir.
El presidente Hinckley me ha autorizado, en nombre de la Primera Presidencia a expresar nuestro agradecimiento a todos los que han ayudado en cualquier aspecto a preservar la vida y la propiedad después de los desastres que han ocurrido recientemente y que todavía continúan en nuestro país.
Mis queridas hermanas, siento humildad ante esta gran responsabilidad y privilegio de dirigirme a ustedes, las hijas de Dios, en los diversos países. Hemos sido edificados y elevados espiritualmente mediante la breve presentación en video del presidente Hinckley. Agradecemos que el presidente Hinckley y el presidente Monson estén con nosotros esta noche. Su apoyo e influencia nos fortalece. La hermana Parkin, la hermana Hughes y la hermana Pingree nos han inspirado, y el coro nos ha conmovido. Al ver sus rostros, puedo percibir su bondad. Felicito a cada una de ustedes por sus labores de rectitud de cada día. Aunque sean pocos los que se den cuenta de las obras que ustedes realizan, éstas están inscritas en el libro de la vida del Cordero 1 , el cual será abierto un día para ser testigo de su dedicado servicio, de su devoción y de sus hechos como “instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra” 2 .
El élder Neal A. Maxwell dijo: “Poco sabemos del porqué de la división de los deberes entre el hombre y la mujer, así como entre la maternidad y el sacerdocio; eso fue divinamente determinado en otro tiempo y en otro lugar. Nos acostumbramos a enfocar nuestra atención en los hombres de Dios, porque en ellos recaen las responsabilidades del sacerdocio y del liderato. Pero paralela a esa línea de autoridad, fluye una influencia recta que se refleja en las admirables hijas de Dios que han existido en todas las épocas y dispensaciones, incluso en la nuestra, y cuya grandeza no se mide en palabras escritas, ya sea en los periódicos o en las Escrituras. La historia de las mujeres de Dios ha sido, hasta ahora, un inédito drama femenino dentro del drama histórico” 3 .
Hermanas, quizás algunas de ustedes crean que no están a la altura de las circunstancias, ya que parece que no logran hacer todo lo que desean hacer. La maternidad y la crianza de los hijos son funciones sumamente difíciles. También tienen llamamientos en la Iglesia que desempeñan en forma competente y a conciencia. Además, muchas de ustedes, aparte de todo eso, tienen que trabajar al igual que cuidar de su familia. Me conmueve de corazón la situación de las viudas y de las hermanas que son madres solas, sobre quienes recae gran parte de la responsabilidad de criar a los hijos. En general, y mejor de lo que piensan, ustedes, nobles hermanas, están cumpliendo bien con sus responsabilidades y logrando éxito en la vida. Permítanme sugerirles que enfrenten sus desafíos día a día. Hagan lo mejor que puedan. Miren todo con una perspectiva eterna. Si lo hacen así, la vida tomará una perspectiva diferente.
Hermanas, creo que todas ustedes desean ser felices y desean encontrar la paz que el Salvador prometió. Pienso que muchas de ustedes hacen un gran esfuerzo por cumplir con todas sus responsabilidades. No deseo ofender a nadie y me siento un poco renuente en cuanto a mencionar cierto asunto, pero creo que se debe hablar de ello. Algunas veces albergamos durante mucho tiempo sentimientos tristes del pasado. Agotamos demasiadas energías pensando en cosas que han pasado que no se pueden cambiar. Nos cuesta trabajo olvidar y dejar atrás ese dolor. Si después de un tiempo podemos perdonar lo que nos haya causado ese dolor, tendremos acceso “a la fuente de consuelo vivificadora” mediante la Expiación, y la dulce paz del perdón será nuestra 4 . Algunas heridas son tan dolorosas y profundas que su cicatriz sólo se logra con la ayuda de un poder más alto y de la esperanza en la justicia y la restitución perfectas en la vida venidera. Hermanas, ustedes pueden tener acceso a ese poder más alto y recibir ese preciado consuelo y esa dulce paz.
Hermanas, me temo que no se den cuenta, en lo más mínimo, de hasta dónde llega la influencia para bien que ejercen sobre sus familias, sobre la Iglesia y sobre la sociedad. Su influencia para bien no se puede calcular ni describir. El presidente Brigham Young dijo: “Las hermanas de nuestras Sociedades de Socorro de damas han hecho mucho bien. ¿Podemos decir cuánto bien son capaces de hacer las madres e hijas de Israel? No, eso es imposible. Y el bien que hacen las seguirá hasta la eternidad” 5 . Creo firmemente que ustedes son instrumentos en las manos de Dios en sus diversas funciones, en especial la de la maternidad. Seguir leyendo →
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Ahora bien, de nosotros depende el estudiar el Libro de Mormón y aprender acerca de sus principios, y aplicarlos a nuestra vida.
Todos los meses espero con anhelo la llegada de esa maravillosa revista Ensign, que me fortalece con los mensajes de la Primera Presidencia, los que se publican en cada número. Los ejemplares de agosto de Ensign y de Liahona contienen la exhortación del presidente Hinckley de leer o releer el Libro de Mormón antes del fin del año.
¿Por qué considera el presidente Hinckley que leer el Libro de Mormón será tan beneficioso para cada uno de nosotros? Él especifica:
“Su atractivo es tan imperecedero como la verdad, tan universal como la humanidad. Es el único libro que contiene en sus páginas una promesa de que el lector puede saber con certeza, por poder divino, que es la verdad.
“Su origen es milagroso; y cuando se relata por primera vez ese origen a alguien que no lo conozca, es casi increíble. Pero el libro está aquí y es posible palparlo, tenerlo en la mano y leerlo. Nadie puede negar su existencia…
“Ningún otro testamento escrito ilustra tan claramente el hecho de que cuando el hombre, [y la mujer] y la nación andan con amor y respeto a Dios, y obedecen Sus mandamientos, prosperan y progresan; pero que cuando no le prestan atención ni escuchan Su palabra, sobreviene una corrupción que, a menos que se detenga con la rectitud, conduce a la decadencia y a la muerte…” (“Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, págs. 4–5).
¿Por qué el leer el Libro de Mormón es tan importante para nosotros hoy en día? Lo es porque los principales escritores del Libro de Mormón comprendían a la perfección que sus escritos eran esencialmente para las personas de una generación futura en lugar de ser para las de su propia generación. Moroni escribió a nuestra generación: “…os hablo como si os hallaseis presentes…” (Mormón 8:35). El profeta Nefi dijo:
“De modo que por esta causa el Señor Dios me ha prometido que estas cosas que escribo serán guardadas, y preservadas y entregadas a los de mi posteridad, de generación en generación, para que se cumpla la promesa hecha a José, que su linaje no perecería jamás, mientras durase la tierra” (2 Nefi 25:21).
El Libro de Mormón es una voz de amonestación para esta generación. Vemos lo vívidamente que describe las condiciones de la tierra en la actualidad:
“Y no es menester que nadie diga que [estos registros] no saldrán, pues ciertamente saldrán, porque el Señor lo ha dicho; porque de la tierra han de salir, por mano del Señor, y nadie puede impedirlo; y sucederá en una época en que se dirá que ya no existen los milagros; y será como si alguien hablase de entre los muertos.
“Y sucederá en un día en que la sangre de los santos clamará al Señor, por motivo de las combinaciones secretas y las obras de obscuridad.
“Sí, sucederá en un día en que se negará el poder de Dios; y las iglesias se habrán corrompido y ensalzado en el orgullo de sus corazones; sí, en un día en que los directores y maestros de las iglesias se envanecerán con el orgullo de sus corazones, hasta el grado de envidiar a aquellos que pertenecen a sus iglesias.
“Sí, sucederá en un día en que se oirá de fuegos, y tempestades, y vapores de humo en países extranjeros;
“y también se oirá de guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares.
“Sí, sucederá en un día en que habrá grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra: habrá asesinatos, y robos, y mentiras, y engaños, y fornicaciones, y toda clase de abominaciones; cuando habrá muchos que dirán: Haz esto, o haz aquello, y no importa, porque en el postrer día el Señor sostendrá al que tal hiciere. Pero ¡ay de tales, porque se hallan en la hiel de amargura y en los lazos de la iniquidad!” (Mormón 8:26–31).
El presidente Ezra Taft Benson corroboró el hecho de que el Libro de Mormón es de valor particular para nuestra época cuando dijo:
“El Libro de Mormón fue escrito para nosotros, los que vivimos en estos tiempos. Dios es el autor del libro. Es el registro de un pueblo caído, el cual fue compilado por hombres inspirados para que fuese una bendición para nosotros, los de la actualidad. Las gentes de aquella época nunca tuvieron el libro… éste era para nosotros. Mormón, el profeta antiguo cuyo nombre lleva el libro, compendió siglos de anales. Dios, que conoce el fin desde el principio, le hizo saber lo que debía incluir en la recopilación porque nosotros lo necesitaríamos para nuestra época” (véase “El Libro de Mormón es la palabra de Dios”, Liahona, mayo de 1988, págs. 2–3).
Con cuánta frecuencia solemos leer el registro fundamentalmente como la historia de un pueblo caído, sin recordar que fue compilado por profetas inspirados con el fin de ayudarnos a venir a Cristo. Los principales escritores del Libro de Mormón no se propusieron en absoluto que éste fuese un libro de historia. De hecho, Jacob dijo que su hermano Nefi le había mandado “que no tratara más que ligeramente la historia de este pueblo” (Jacob 1:2).
Cada vez que leamos el libro quizá debiéramos preguntarnos: “¿Por qué los escritores habrán escogido esos relatos o esos sucesos en particular para ponerlos en el compendio? ¿Qué valor tienen para nosotros en la actualidad?”.
Entre las lecciones que aprendemos del Libro de Mormón se encuentran la causa y el efecto de la guerra, y en qué condiciones se justifica. Habla de las maldades y de los peligros de las combinaciones secretas, que se instituyen para conseguir poder y riquezas. Habla de la realidad de Satanás e indica algunos de los métodos que él utiliza. Nos aconseja sobre la forma prudente de utilizar la riqueza. Nos habla de las verdades claras y preciosas del Evangelio, y de la realidad y de la divinidad de Jesucristo, así como de Su sacrificio expiatorio por todo el género humano. Nos hace saber del recogimiento de la casa de Israel en los últimos días. Nos habla del objetivo y de los principios de la obra misional. Nos advierte evitar el orgullo, la indiferencia, la postergación de deberes, los peligros de las falsas tradiciones, la hipocresía y la falta de castidad.
Ahora bien, de nosotros depende el estudiar el Libro de Mormón y aprender acerca de sus principios, y aplicarlos a nuestra vida.
El Libro de Mormón comienza con un gran relato sobre la importancia de que las familias tengan y utilicen las Escrituras. A Lehi, padre de familia y profeta, se le advirtió que había quienes procuraban quitarle la vida por motivo de lo que les había dicho con respecto a su iniquidad. Se le mandó tomar a su familia y huir.
“Y ocurrió que salió para el desierto; y abandonó su casa, y la tierra de su herencia, y su oro, su plata y sus objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desierto” (1 Nefi 2:4).
Tras haber recorrido cierta distancia, Lehi tuvo un sueño en el que el Señor le dijo que no debían proseguir la marcha sin regresar primero a Jerusalén a conseguir los anales de sus padres que estaban grabados sobre planchas de bronce. Esas planchas también contenían las palabras de los profetas y los mandamientos del Señor. Se mandó a los cuatro hijos de Lehi hacer el viaje de regreso para conseguir los anales.
Al llegar a Jerusalén, echaron suertes para ver cuál de ellos iría a la casa de Labán a pedirle las planchas de bronce. La suerte cayó sobre Lamán. Éste fue y entró a hablar con Labán, “y he aquí, aconteció que Labán se llenó de ira y lo echó de su presencia; y no quiso que él tuviera los anales. Por tanto, le dijo: He aquí, tú eres un ladrón, y te voy a matar” (1 Nefi 3:13). Lamán escapó con vida, pero sin las planchas de bronce.
Lo que me llama la atención acerca de aquella primera tentativa es que los hermanos no tuvieran un buen plan. Eso nos enseña una importante lección que podemos aplicar a nuestro estudio de las Escrituras. Para poner de manifiesto nuestro cometido de leer el Libro de Mormón, abordemos nuestro estudio con un plan preciso.
En su artículo de las revistas de la Iglesia Ensign y Liahona, el presidente Hinckley exhortó “a los miembros de la Iglesia en todo el mundo y a nuestros amigos de todas partes a leer o releer el Libro de Mormón”. En seguida, nos presentó un plan para cumplir con esa exhortación; decía: “Si leen poco más de un capítulo y medio por día, terminarán de leerlo antes de fin de año” (Liahona, agosto de 2005, pág. 6). Agosto y septiembre ya han pasado a la historia. Según el plan del presidente Hinckley, a estas alturas debiéramos estar leyendo el Libro de Alma, entre los capítulos 4 y 12. ¿Se hallan adelantados o atrasados con respecto a lo previsto?
Una vez que falló la primera tentativa de conseguir la planchas de bronce, los hermanos de Nefi estuvieron a punto de volver a su familia en el desierto, pero Nefi los alentó a seguir intentándolo y les propuso otro método para conseguir el registro: “Por tanto, seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor. Descendamos, pues, a la tierra de la herencia de nuestro padre, pues he aquí, él dejó oro y plata y toda clase de riquezas; y ha hecho todo esto a causa de los mandamientos del Señor…
“Y acaeció que entramos donde estaba Labán, y le pedimos que nos diera los anales… a cambio de los cuales le entregaríamos nuestro oro, y nuestra plata, y todas nuestras cosas preciosas” (1 Nefi 3:16, 24).
El ejemplo de Nefi nos enseña que las bendiciones de las Escrituras son muchísimo más valiosas que los bienes y las demás cosas mundanas. El buscar las cosas del mundo podrá a veces darnos placer pasajero, pero no regocijo ni felicidad perdurables. Si buscamos las cosas del Espíritu, las recompensas son eternas y nos brindarán la satisfacción que buscamos por medio de esta experiencia mortal.
El presidente Hinckley nos ha instado a leer el Libro de Mormón para elevarnos por encima de las cosas del mundo y disfrutar de las cosas del Señor. Él ha dicho: “Sin reservas les prometo que, si cada uno de ustedes sigue ese sencillo programa, sin tener en cuenta cuántas veces hayan leído antes el Libro de Mormón, recibirán personalmente y en su hogar una porción mayor del Espíritu del Señor, se fortalecerá su resolución de obedecer los mandamientos de Dios y tendrán un testimonio más fuerte de la realidad viviente del Hijo de Dios” (Liahona, agosto de 2005, pág. 6). Esas bendiciones son mucho más valiosas que las posesiones materiales.
Cuando Nefi y sus hermanos le ofrecieron a Labán sus riquezas a cambio de las planchas de bronce, Labán se apoderó de sus bienes e intentó quitarles la vida. Totalmente desalentados tras todavía otra tentativa que les había fallado, Lamán y Lemuel de nuevo desearon abandonar lo que consideraban una tarea imposible. Pero Nefi fue inquebrantable en su cometido de obedecer los mandatos del Señor y razonó con sus hermanos de esta manera: “Subamos de nuevo a Jerusalén, y seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, pues he aquí, él es más poderoso que toda la tierra. ¿Por qué, pues, no ha de ser más poderoso que Labán con sus cincuenta, o aun con sus decenas de millares?” (1 Nefi 4:1).
El haber abordado aquella misión con fe en el Señor produjo el resultado deseado. Cuando Nefi fue en busca de los anales, siendo guiado por el Espíritu, Labán fue puesto en sus manos. Por su fe y obediencia, Nefi consiguió tanto para sí mismo como para su familia las bendiciones de tener las Escrituras. Una vez que tuvieron las planchas de bronce en su poder, Nefi y sus hermanos pudieron volver a su padre en el desierto y continuar su viaje.
Si abordamos la exhortación del presidente Hinckley con fe, contaremos con la promesa inequívoca de nuestro profeta de las bendiciones que recibiremos como consecuencia de nuestro estudio del Libro de Mormón. Descubriremos, como lo hicieron Nefi y su familia, que las Escrituras son “deseables; sí, de gran valor para nosotros” (1 Nefi 5:21). También podremos recibir la bendición que prometió Moroni al concluir sus escritos del Libro de Mormón:
“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de Dios” (Moroni 10:32).
Este año celebramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. El Libro de Mormón constituye una evidencia incontrovertible del ministerio del profeta José Smith y de la restauración de la Iglesia de Jesucristo. El presidente Hinckley, en la conferencia general del pasado abril, dijo del Libro de Mormón: “Es algo que se puede palpar, que se puede leer, que se puede poner a prueba… Creo que todo el mundo cristiano debe procurarlo, darle la bienvenida y [tenerlo en cuenta] como un testimonio vibrante, ya que representa otro grandioso y básico aporte que llegó como una revelación al profeta [José]” (“Las cosas grandes que Dios ha revelado”, Liahona, mayo de 2005, 80).
Ruego que todos nosotros leamos el Libro de Mormón antes de fin de año en cumplimiento a la exhortación de nuestro profeta actual Gordon B. Hinckley, a fin de honrar al profeta de la Restauración, José Smith. Ruego que tengamos un plan que seguiremos con fe para experimentar lo que es de valor infinito y eterno, y ser llenos de ello, vale decir, la palabra de Dios que se encuentra en el Libro de Mormón. Es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.
Febrero 2017 “Como yo os he amado”
Por el presidente Thomas S. Monson
Hace algunos años, un amigo que se llama Louis me contó un tierno relato sobre su dulce y callada madre. Cuando falleció, no les dejó a sus hijos una fortuna económica, sino más bien un legado de riqueza de ejemplo, sacrificio y obediencia.
Después de que se expresaron los encomios fúnebres y se realizó el trayecto al cementerio, los familiares adultos revisaron las escasas pertenencias que la madre había dejado. Entre ellas, Louis descubrió una nota y una llave; la nota decía: “En el dormitorio de la esquina, en el cajón de abajo del tocador, hay un pequeño cofre que contiene el tesoro de mi corazón. Esta llave lo abrirá”.
Todos se preguntaban qué era lo que su madre poseía que fuera de tanto valor como para ponerlo bajo llave.
Retiraron el cofre del lugar donde se encontraba y lo abrieron con la ayuda de la llave. Al examinar el contenido, Louis y los demás encontraron una foto individual de cada hijo, con su nombre y fecha de nacimiento. Louis sacó entonces un objeto confeccionado a mano para el día de San Valentín. Con letra burda e infantil, que reconoció como la suya propia, leyó las palabras que había escrito 60 años antes: “Querida mamá, te amo”.
Se enternecieron corazones, se acallaron voces y se humedecieron los ojos. El tesoro de la madre era su familia eterna; su fuerza radicaba en el firme cimiento de las palabras: “Te amo”.
En el mundo actual, en ninguna otra parte se necesita más ese firme cimiento de amor que en el hogar; y en ninguna parte debe el mundo encontrar un mejor ejemplo de ese cimiento que en los hogares de los Santos de los Últimos Días que han hecho del amor el fundamento de su vida familiar.
Para aquellos que profesamos ser discípulos del Salvador Jesucristo, Él dio esta instrucción trascendental:
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”1.
Si deseamos cumplir el mandamiento de amarnos los unos a los otros, debemos tratarnos con compasión y respeto, demostrando nuestro amor en las interacciones cotidianas. El amor brinda una palabra amable, una respuesta paciente, un acto desinteresado, un oído comprensivo y un corazón que perdona. En todas nuestras relaciones, estos y otros actos similares sirven para manifestar el amor de nuestro corazón.
El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) observó: “El amor… es el crisol de oro al final del arcoíris; no obstante, es más que el final del arcoíris. El amor se encuentra también al principio, y de él proviene la belleza que surca el cielo en un día tempestuoso. El amor es la seguridad por la cual lloran los niños, es el anhelo de la juventud, es el elemento cohesivo que conserva unido a un matrimonio y el aceite lubricante que suaviza las fricciones en el hogar; es la paz de la ancianidad, la luz de la esperanza que brilla a la hora de la muerte. ¡Cuán afortunados son aquellos que lo poseen y lo comparten en sus relaciones con sus familiares, con los amigos, con los miembros de la Iglesia y los vecinos!”2.
El amor es la esencia misma del Evangelio, el atributo más noble del alma humana; el amor es el remedio para las familias en crisis, para las comunidades enfermas y las naciones con problemas; el amor es una sonrisa, un saludo, un comentario amable y un cumplido; el amor es sacrificio, servicio y desinterés.
Maridos, amen a su esposa; trátenla con dignidad y aprecio. Hermanas, amen a su marido; trátenlo con honor y aliento.
Padres, amen a sus hijos, oren por ellos, enséñenles y testifíquenles. Hijos, amen a sus padres; muéstrenles respeto, gratitud y obediencia.
Mormón nos aconseja que, sin el amor puro de Cristo, “no [somos] nada”3. Ruego que sigamos el consejo de Mormón de “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que [lleguemos] a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él”4.
Cómo enseñar con este mensaje
El presidente Monson nos enseña la importancia de demostrar el verdadero amor de Cristo, sobre todo en el hogar. Medite en lo que puede hacer para mostrar amor por aquellos a quienes enseña. También podría pedirles que hablen de las diferentes formas en que pueden mostrarse más amor los unos por los otros. Podría animarlos a seleccionar una de esas ideas y hacer planes para lograrlo como familia. Por ejemplo, cada semana, los miembros de la familia podrían tratar de ofrecer un acto secreto de servicio a favor de otro miembro de la familia. Podría pedirles que más tarde reflexionen en la forma en que el esforzarse por alcanzar su objetivo aumentó el amor en el hogar.
Jóvenes Orar para que haya paz
Por Sarah T.
La autora vive en Arizona, EE. UU.
Mis padres con frecuencia asistían a reuniones después de los servicios de la Iglesia, y yo cuidaba a mis tres hermanos menores y los ayudaba a preparar su almuerzo, aunque a menudo andaban malhumorados y hambrientos. Por lo general, si empezaban a pelear, podía resolver el pequeño desacuerdo rápidamente, pero a veces era difícil mantener la paz una vez que había comenzado una pelea, porque yo me alteraba.
Una tarde, mis hermanos estaban teniendo muchas dificultades para llevarse bien, y descubrí que mis esfuerzos para establecer la paz solo empeoraron las cosas, porque yo estaba molesta; de modo que preparé mi propio almuerzo y permanecí en silencio. Finalmente, dije: “Voy a orar; ¿pueden permanecer en silencio un minuto?”. Una vez que se apaciguaron, pedí una bendición sobre los alimentos. Antes de terminar la oración, añadí: “Y por favor ayúdanos a ser pacificadores”.
Al principio, pareció que no oyeron y comenzaron a pelear de nuevo, lo cual me molestó, pero sabía que tenía que mostrarme lo más cariñosa y tranquila que fuese posible, porque acababa de orar para que hubiese paz. Después de un minuto, me sentí muy tranquila; comí sin decir nada, y los chicos finalmente dejaron de pelear. Me di cuenta de que la paz que sentí fue una respuesta a una sencilla oración; había orado para ser una pacificadora, y mi Padre Celestial me había ayudado a mantener la calma cuando la tentación era dar gritos. Sé que Él verdaderamente nos puede dar paz.
Niños Un verdadero tesoro
El presidente Monson cuenta la historia de una madre que tenía un cofre especial de tesoros. Cuando los hijos lo abrieron, encontraron una fotografía de cada uno de ellos. ¡El tesoro de la madre era su familia!
El verdadero tesoro no es el oro ni las joyas: es la gente a la que uno ama. ¿A quién aman ustedes? Haz un dibujo de ellos o escribe sus nombres en el cofre de tesoros.
Febrero 2017 La expiación de Cristo es prueba del amor de Dios.
Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿Cómo preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vidad eterna el entender el propósito de la Sociedad de Socorro?
El comprender que nuestro Padre Celestial dio a Su Hijo Unigénito para que pudiésemos tener inmortalidad y el potencial para la vida eterna nos ayuda a sentir el amor infinito e incomprensible de Dios por nosotros. Nuestro Salvador también nos ama.
“¿Quién nos apartará del amor de Cristo?…
“Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,
“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 8:35, 38–39).
El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo en cuanto a la expiación de Jesucristo: “El sufrimiento del Salvador en Getsemaní y Su agonía en la cruz nos redimen del pecado al satisfacer lo que la justicia demanda de nosotros. Él extiende misericordia y perdona a quienes se arrepienten. La Expiación también salda la deuda que la justicia tiene con nosotros al sanarnos y compensarnos por cualquier sufrimiento que padezcamos sin ser culpables. ‘… porque he aquí, él sufre los dolores de todos los hombres, sí, los dolores de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán’ (2 Nefi 9:21; véase también Alma 7:11–12)”1.
Cristo nos ha “[grabado] en las palmas de [Sus] manos” (Isaías 49:16). Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dice: “Ese acto supremo de amor debería llevar a cada uno de nosotros a arrodillarnos en humilde oración para agradecer a nuestro Padre Celestial el amarnos lo suficiente como para mandar a Su Hijo Unigénito y perfecto a sufrir por nuestros pecados, nuestras penas y todo lo que parece ser injusto en nuestras vidas”2.
¿Cómo podemos expresar nuestra gratitud y amor a Dios y a Jesucristo por el don de la expiación de nuestro Salvador?
Notas
1. D. Todd Christofferson, “Redención”, Liahona, mayo de 2013, pág. 110.
2. Linda K. Burton, “¿Está escrita en nuestro corazón la fe en la expiación de Jesucristo?”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 114.
Febrero 2017 El verdadero milagro de la sanación
Por Jonathan Taylor
El autor vive en Wyoming, EE. UU.
Después de mi accidente, me enteré de que la parálisis física es incurable, pero gracias a la expiación de Jesucristo, la parálisis espiritual sí es curable.
El año 2000 estuvo repleto de acontecimientos importantes para mi familia y para mí; mi esposa y yo celebramos nuestro primer aniversario; nos convertimos en padres por primera vez. También fue el año en el que quedé paralítico, solo cinco semanas después del nacimiento de nuestra hija.
Ese verano había estado ayudando a una hermana mayor de nuestro barrio, y solía ir en bicicleta las pocas cuadras de distancia desde nuestro apartamento a su casa para cortar el césped, pero una mañana me sentía muy cansado y no estaba tan alerta como debería haberlo estado, y un auto me atropelló accidentalmente. Aunque sobreviví de milagro, por desgracia no me libré de sufrir lesiones. Una semana después del accidente, desperté y me di cuenta de que estaba paralizado, sin poder mover los músculos debajo de la zona abdominal.
La parálisis es una discapacidad permanente. Incluso con todos los grandes avances modernos en la ciencia y la medicina, es incurable. Naturalmente, al principio tuve miedo, preocupado por la forma en que iba a ser marido y padre. Entonces, al temor lo reemplazó la ira que sentía hacia mí mismo por mi insensatez, por no detenerme en esa bocacalle y por no llevar puesto el casco.
Me sentía como una carga. Tuve que pasar muchos meses en un hospital de rehabilitación para que me enseñaran a vivir el resto de mi vida con mi discapacidad y la forma de volver a ser independiente. Al mismo tiempo, vivir con la parálisis me ha servido para entender mejor las Escrituras y la expiación de nuestro Salvador.
Recibí una perspectiva particular mientras meditaba en los milagros que Cristo realizó. En Marcos 2, Jesús perdona a un paralítico de sus pecados y luego lo cura. Cuando los escribas cuestionaron Su dádiva de perdón, Jesús dijo: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, y toma tu lecho y anda?” (versículo 9).
Había leído ese pasaje de las Escrituras muchas veces, pero nunca lo entendí hasta después del accidente. Al leer el capítulo, se nos recuerda cuán verdaderamente milagrosa fue la sanación. Hoy en día, incluso después de 2.000 años y muchos avances médicos, el hombre por sí solo todavía no puede lograr esa sanación, y yo vivo con esta realidad todos los días. Muchos piensan que esa es la lección que encierra ese pasaje de las Escrituras, que Cristo tiene el poder de curar incluso lo incurable. No obstante, ese pasaje encierra mucho más, especialmente cuando miramos más allá del milagro físico y en vez de ello nos centrarnos en el milagro espiritual.
Del mismo modo que es imposible que uno que padezca parálisis física se “levante” y “ande”, es igualmente imposible que un hombre, por sí solo, supere la parálisis espiritual que resulta del pecado. He aprendido que en ese pasaje de las Escrituras, la expiación del Salvador es el verdadero milagro. Es posible que en mi vida terrenal nunca vuelva a experimentar el milagro de levantarme y andar físicamente, pero he recibido el mayor milagro del perdón de mis pecados mediante la expiación de mi Señor y Salvador, Jesucristo. La realidad de ese milagro se afirma en los versículos 10 y 11:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):
“A ti te digo: ¡Levántate!, y toma tu lecho y vete a tu casa”.
El ser curados de los efectos del pecado es el milagro más grandioso que podemos recibir en nuestra vida, todo gracias a Jesucristo. Al expiar nuestros pecados, Cristo tomó sobre Sí nuestras enfermedades y pecados. Él sabe por lo que pasamos en la vida; Él entiende nuestras discapacidades individuales, debilidades y retos, no importa cuán grandes o pequeños sean. No hay ninguna otra persona en el mundo que pueda curar la parálisis espiritual del pecado.
Estoy agradecido por el conocimiento con el que se me ha bendecido; me proporciona la perspectiva necesaria al vivir con mi discapacidad y esforzarme por utilizarla para ayudarme a aprender y progresar. He podido dejar de compadecerme de mí mismo e ir y hacer las mismas cosas que me encantaba hacer antes de mi accidente, y he sido bendecido con poder servir a pesar de mi condición. A algunos les puede parecer difícil ser agradecidos cuando se vive con una discapacidad, pero Dios nos bendice continuamente, incluso en estos tiempos. Estoy agradecido por mi Salvador, por Su expiación y por este increíble milagro en mi vida.
EL MILAGRO MÁS GRANDE
“Para mí, los milagros más grandes de la vida no son partir el Mar Rojo, mover montañas, ni siquiera sanar el cuerpo. El milagro más grande ocurre cuando acudimos con humildad al Padre Celestial y rogamos fervientemente en oración ser perdonados, y luego se nos limpia de esos pecados por medio del sacrificio expiatorio del Salvador.”
Linda S. Reeves, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “El gran plan de redención”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 90.