¿Voy a morir?

Febrero 2017
¿Voy a morir?
Por Gregory Hamblin

El autor vive en Nevada, EE. UU.

No sabía por qué de pronto mi hijo sintió temor al pensar en la muerte, pero en las verdades del Evangelio se halla la tranquilidad que él necesitaba.

Father and son fixing bike
Mi hijo de siete años de edad pedaleaba vigorosamente sin ir a ninguna parte, ya que a su bicicleta se le había caído la cadena. Fui para ayudarlo a salir de esa situación, y di vuelta a la bicicleta para tener acceso a la cadena. Mientras trabajaba, él dijo: “Papá, cuando muera, ¿estaré todo cubierto de sangre?”.

Lo miré un tanto sorprendido mientras él lloraba.

“¿Qué? ¡No!”, le dije. “No vas a morir”. Me senté en la acera, y él se sentó en mi regazo mientras lloraba. ¿De dónde había sacado eso?

“¿Se me va a salir el estómago?”, preguntó.

¿Había estado mi pequeño viendo películas de terror o algo por el estilo? “¡No!”, le dije. Una vez más, le aseguré que no iba a morir.

“No, papá; todo el mundo va a morir, ¿verdad?”.

Respiré hondo; esa no era una conversación que esperaba tener con un niño tan pequeño.

Cuando me convertí en padre, me hice la promesa de que nunca les ocultaría la verdad a mis hijos, pero la idea de decirle a cualquiera de ellos que algún día morirían era aterradora. Traté de esquivar la pregunta. “No tienes que preocuparte de eso ahora”, dije. “Sé feliz, diviértete y no te preocupes. Vas a vivir mucho, mucho tiempo”.

“No quiero morir”, dijo.

“¿Qué hago ahora?”, me pregunté. La idea de decir algo equivocado y de traumatizarlo para siempre me daba vueltas en la cabeza. “¿Qué debo hacer?”. Ofrecí una oración en silencio en busca de ayuda.

Empecé a hablarle del Plan de Salvación. Le dije que todos somos visitantes en este mundo. Le dije cómo cada uno de nosotros es un ser que se compone de dos partes: un cuerpo y un espíritu. Le dije que cuando las personas mueren— y sí, algún día todos vamos a tener que morir —es simplemente que nuestros cuerpos físicos dejan de funcionar. Nuestros espíritus son eternos y nunca morirán (véase Alma 40:11).

Le dije que Jesucristo es nuestro Salvador porque Él hizo posible que todos estemos juntos, a pesar de que a veces tenemos que estar separados durante un tiempo. Le enseñé que el Salvador murió por nosotros y resucitó, y que gracias a que Él vive, nuestro espíritu algún día regresará a nuestro cuerpo y nunca más volveremos a enfrentar la muerte (véase Alma 11:43–45).

Me preguntó si alguna vez había visto a una persona muerta; le dije que había podido despedirme de mis abuelos en sus funerales y que a pesar de que sus cuerpos habían muerto, sus espíritus siguen vivos, y que a veces podemos sentir su presencia cerca de nosotros.

Los temores de mi hijo se calmaron, y los sollozos se tornaron en las risitas acostumbradas. La idea de que los familiares nos visiten a pesar de que no podamos verlos le hizo sonreír.

Caminamos juntos de nuevo a casa, tirando de la bicicleta ya compuesta hasta el garaje. Pensé en lo que le había dicho; pensé en el deseo de decir la verdad a mis hijos y las respuestas que había dado a mi hijo.

En ese momento me sentí enormemente agradecido por mi testimonio del evangelio de Jesucristo. Gracias a que ya sabía que el Plan de Salvación es real, me fue posible hablar con mi hijo con confianza y honradez y darle la fuerza para superar sus temores.

Mi preparación para ese momento comenzó mucho antes de que mi hijo naciera. Cuando me preparaba para mi misión, tenía la meta de obtener un testimonio de todos los aspectos del Evangelio que quizás tuviese que enseñar, pero la parte con la que tuve más dificultad fue la resurrección de los muertos.

Estudié, reflexioné y oré; ayuné y rogué obtener un testimonio. Después de un tiempo, el Espíritu Santo me testificó que la resurrección es real, que en verdad hay vida después de la muerte y que las promesas del Plan de Salvación son reales. (Véase 1 Nefi 10:19).

Ese testimonio fue importante en mi misión, pero se convirtió en uno de mis tesoros más preciados cuando mi hijo necesitaba encontrar paz.

Estoy muy agradecido por ese testimonio y testifico que el Plan de Salvación es real. Testifico de la importancia de fortalecer nuestro testimonio para que cuando nosotros o nuestros seres queridos sientan temor, podamos encontrar paz en nuestro testimonio y una comprensión del evangelio de Jesucristo.

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La vida es una obra: El Plan de Salvación en tres actos

Febrero 2017
La vida es una obra: El Plan de Salvación en tres actos
Por Margaret Willden

Esta idea se basa en un discurso titulado “La obra y el plan”, que presentó el presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, en una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia para jóvenes adultos el 7 de mayo de 1995.
La autora vive en Nueva York, EE. UU.

Estamos en medio de una obra teatral de tres actos que no entendemos del todo, pero el centrarnos en Cristo nos ayudará a encontrar un final feliz para siempre.

Three lights on stage

Se apagan las luces; se levanta el telón rojo afelpado; las figuras ataviadas con sus vestuarios a tu alrededor entran en acción. ¿Quién es el héroe? ¿Quién es el villano? Es difícil decirlo.

Te encuentras en el centro del escenario, incapaz de comprender lo que sucede; todo el mundo parece entender lo que está pasando menos tú. “Este es el segundo acto”, susurra uno de los actores. “Eche una mirada al guion”.

Tal vez no todos seamos actores, pero la idea de una obra semejante no está tan lejos de la realidad. Imaginemos que el Plan de Salvación, al que también se le llama “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8), es una obra de tres actos; el primero es de dónde vinimos, el segundo es nuestra vida en la tierra, y el tercero es a dónde vamos. Durante el segundo acto, no tenemos memoria de nuestro pasado y poco sabemos de nuestro futuro, pero afortunadamente el evangelio de Jesucristo —el guion de la obra— pone nuestra vida mortal en el debido contexto.

Primer Acto: Entender nuestros comienzos

De las Escrituras y de las palabras de los profetas vivientes aprendemos sobre nuestra existencia premortal (véase Abraham 3:22–24). Antes de venir a la tierra, participamos en un concilio con nuestro Padre Celestial; aprendimos que vendríamos a la tierra a obtener un cuerpo, tener posteridad, enfrentar oposición y aumentar en luz y verdad. Si éramos obedientes y llegábamos a ser más como Cristo, un día podríamos vivir de nuevo con nuestro Padre.

Ya que cometeríamos errores a lo largo del camino, se escogió a Jesucristo como nuestro Salvador para pagar el precio del pecado. Él sufrió por cada uno de nosotros y, debido a Su sacrificio, podemos ser purificados mediante el arrepentimiento.

No obstante, Satanás (o Lucifer, como era llamado en la existencia premortal) se rebeló y procuró despojarnos de nuestra capacidad de elegir el bien o el mal y dio comienzo una guerra en los cielos. Tras su derrota, Satanás fue arrojado del cielo, junto con los espíritus que decidieron seguirlo (véase Moisés 4:1–4).

Aunque no podemos recordar esa existencia premortal, sabemos que prometimos hacer todo lo que estuviese a nuestro alcance para volver a la presencia de Dios una vez que estuviésemos en la tierra, y Él nos prometió el albedrío, permitiéndonos elegir seguirlo.

Segundo Acto: El uso de nuestro albedrío

Ahora estamos aquí en el segundo acto, y Dios ha proporcionado el guion para guiarnos de nuevo a Él: el evangelio de Jesucristo. El reto que tenemos es utilizar nuestro albedrío para seguir el guion a fin de prepararnos para volver a nuestro Padre Celestial (véase Abraham 3:25). Al igual que una obra compleja llena de tramas secundarias, nuestra vida mortal puede ser complicada; está plagada de tentaciones, pruebas y tragedias de todo tipo; pero la verdad es que el objetivo del segundo acto es si seguiremos las enseñanzas de Cristo para que lleguemos a ser más como Él.

Las Escrituras proporcionan el modelo perfecto para la felicidad, alentándonos a “[marchar] adelante, [deleitándonos] en la palabra de Cristo, y [perseverar] hasta el fin” (2 Nefi 31:20). Progresamos a medida que hacemos y guardamos convenios, obedecemos los mandamientos y nos arrepentimos cuando pecamos. Al enfrascarnos en las Escrituras y en las enseñanzas de nuestros profetas, permaneceremos concentrados en el plan que con alegría acordamos seguir en el primer acto.

Tercer Acto: Acoger la eternidad

Nuestros cuerpos físicos pueden morir al final del segundo acto, pero la historia no termina allí; de hecho, no hay telón final: es para siempre (véase Abraham 3:26).

Gracias a la expiación de Jesucristo, todos los hijos de Dios que vengan a la tierra serán resucitados. ¿Qué podría brindar más gozo que la resurrección? (véase D. y C. 93:33).

Casi todos también recibirán un grado de gloria según sus obras: el reino telestial, con una gloria semejante a la de las estrellas; el reino terrestre, con una gloria semejante a la de la luna; o el reino celestial, con la gloria máxima semejante a la del sol (véase D. y C. 76:50–113). En el reino celestial moraremos con el Padre y el Hijo. Un número relativamente pequeño de personas permanecerá “inmund[o] todavía” (2 Nefi 9:16) y serán arrojadas a las tinieblas, donde nunca pueden progresar.

¿Cuál será la historia de ustedes?

Si en el segundo acto seguimos el evangelio de Jesucristo, el tercer acto de nuestra obra será más glorioso de lo que se pueda imaginar. Se levanta el telón; la obra está en marcha. ¿Qué harás en el escenario?

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La voz del Espíritu

Febrero 2017
La voz del Espíritu
Por el élder Eduardo Gavarret
De los Setenta

Eduardo Gavarret

Escuchar con atención al Espíritu Santo me ayuda a determinar si me encuentro en el camino correcto o si necesito cambiar el curso.

clock

Cuando era joven, mi padre tenía un negocio en el que vendía y reparaba relojes de pared y de pulsera. Dado que nuestra casa estaba en la parte de atrás del negocio, crecí escuchando todo tipo de relojes.

Al final de cada día, mi padre llevaba algunos de los relojes de pared en los que había trabajado durante el día y los colgaba en el interior de la casa, en las paredes cerca de los dormitorios. Yo no entendía por qué lo hacía ni por qué teníamos que dormir con todo ese ruido; pero, con el pasar del tiempo, el sonido de los diferentes relojes se tornó algo familiar en las silenciosas noches.

Un par de años más tarde, comencé a trabajar con mi padre en el negocio, aprendiendo con él a reparar relojes. Una mañana dijo algo que abrió mi mente y me ayudó a entender por qué colgaba los relojes en las paredes cerca de nuestros dormitorios en lugar de dejarlos en el negocio.

“¿Podrías traerme el reloj de pared que colgué anoche cerca de tu dormitorio?”, me pidió. “Durante la noche estuve escuchando su sonido y me parece que no funciona bien; tengo que volver a examinarlo”.

¡Ese era el motivo! En el silencio de la noche, él había escuchado el sonido del reloj de la misma manera en que un médico escucha el latido del corazón de un paciente. Debido a que había reparado todo tipo de relojes de pared y de pulsera durante toda su vida, había entrenado los oídos para determinar, mediante el sonido, si un reloj funcionaba debidamente o no.

Después de esa experiencia, comencé a prestar atención al sonido de los relojes durante la noche, tal como mi padre lo hacía; al hacerlo, aprendí a detectar si un reloj funcionaba correctamente o si necesitaba un ajuste.

Al crecer y adquirir un entendimiento de los principios del Evangelio, comencé a comparar esa experiencia con la influencia positiva que el Espíritu Santo puede tener en nuestra vida. Comencé a comparar los momentos de reflexión y meditación espiritual con las horas de silencio de la noche durante mi niñez, y empecé a comparar el sonido de los relojes con la voz del Espíritu que me advertía, me guiaba y me hablaba de tanto en tanto.

Importantes cualidades espirituales

Esa experiencia me ayudó a reconocer la veracidad de las experiencias que Nefi tuvo con los susurros del Espíritu Santo. En el Libro de Mormón aprendemos lo que Nefi dijo a su hermano Sam: “… las cosas que el Señor [le] había manifestado por medio de su Santo Espíritu” (1 Nefi 2:17; cursiva agregada).

Nefi estaba bien familiarizado con la influencia del Espíritu Santo; su vida estaba llena de sentimientos de amor que provenían del Padre y del Hijo, los cuales le eran manifestados por el Espíritu Santo. Si repasamos la vida de Nefi, podemos ver claros ejemplos del amor de Dios que se manifiesta mediante respuestas a oraciones y guía espiritual. Como ejemplos figuran:

• La visión de Nefi del árbol de la vida (véase 1 Nefi 11–15).
• La Liahona, la cual funcionaba de acuerdo con la fe (véase 1 Nefi 16:10, 16, 26–30).
• La liberación de Nefi después de que se le ató con ligaduras (véase 1 Nefi 7:17–18).
• La guía del Señor mientras la familia de Nefi atravesaba el océano (véase 1 Nefi 18:21–23).
• La advertencia del Señor de que huyese al desierto (véase 2 Nefi 5:5).
Durante su niñez y probablemente con la ayuda del ejemplo de sus padres, Nefi desarrolló una sensibilidad hacia la voz del Espíritu; cultivó esa capacidad ejerciendo las siguientes e importantes cualidades espirituales:

• El deseo: “Y sucedió que yo, Nefi… [tuve] grandes deseos de conocer los misterios de Dios, clamé por tanto al Señor” (1 Nefi 2:16). “… después que hube deseado conocer las cosas que mi padre había visto” (1 Nefi 11:1; véase también el versículo 3).
• La fe: “… creí todas las palabras que mi padre había hablado” (1 Nefi 2:16).
• La constancia en la oración: “Y yo, Nefi, subía con frecuencia al monte y a menudo oraba al Señor; por lo que el Señor me manifestó grandes cosas” (1 Nefi 18:3).
• La obediencia: “Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado”(1 Nefi 3:7).

La labor del Espíritu Santo

Nephi praying
Nefi estaba bien preparado para hablar sobre el tercer miembro de la Trinidad; había aprendido a escuchar la voz del Espíritu, tanto en aguas tranquilas como en mares agitados, y sus experiencias lo llevaron a escribir acerca de “la labor del Espíritu Santo”1 (véase 2 Nefi 31–32). De Nefi, y de otros profetas, aprendemos que:

El Espíritu Santo revela: “Ningún hombre puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones. El Espíritu Santo es un revelador”2 (véase 1 Nefi 10:17–19; 2 Nefi 32:5; Moroni 10:5).

El Espíritu Santo inspira: Él nos da ideas, sentimientos y palabras, ilumina nuestro entendimiento y dirige nuestros pensamientos (véase 1 Nefi 4:6).

El Espíritu Santo testifica: Él testifica del Padre y del Hijo (véase 2 Nefi 31:18; 3 Nefi 28:11; Éter 12:41).

El Espíritu Santo enseña: Él aumenta nuestro conocimiento (véase 2 Nefi 32:5).

El Espíritu Santo santifica: Después del bautismo podemos ser santificados mediante la recepción del Espíritu Santo (véase 3 Nefi 27:20).

El Espíritu Santo recuerda: Él nos trae a la memoria cosas aprendidas en el momento en que más las necesitamos (véase Juan 14:26).

El Espíritu Santo consuela: En épocas de tribulación o desesperación, el Espíritu Santo puede elevar nuestro espíritu y darnos esperanza (véase Moroni 8:26), enseñarnos “las cosas apacibles del reino” (D. y C. 36:2), y ayudarnos a sentir “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7) 3.

La influencia del Espíritu Santo

En el primer capítulo del Libro de Mormón aprendemos que Lehi “fue lleno del Espíritu del Señor” (1 Nefi 1:12). En el último capítulo del Libro de Mormón, Moroni nos promete que Dios “[nos] manifestará la [veracidad del Libro de Mormón] por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4).

Desde el principio hasta el final de este inspirado libro de Escritura, el Espíritu Santo participa de forma activa en la vida del pueblo de Dios. Esa poderosa influencia se extiende y conmueve a todos los lectores del Libro de Mormón que oran, muestran fe y tienen un deseo sincero de saber la verdad (véase Moroni 10:4–5).

¿Cómo podemos reconocer al Espíritu Santo y ejercer el derecho que tenemos en calidad de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días de recibir Su influencia en nuestras vidas? El élder Craig C. Christensen, de la Presidencia de los Setenta, enseñó: “Todos tenemos experiencias con el Espíritu Santo, aun cuando puede que no siempre las reconozcamos. Cuando nos llegan pensamientos inspirados a la mente, sabemos que son verdaderos por las impresiones espirituales que nos llegan al corazón”4.

A fin de aumentar nuestra capacidad para recibir la influencia y la guía del Espíritu Santo en nuestra vida, nosotros, al igual que Nefi, necesitamos cultivar el deseo de recibir, ejercer la fe en el Señor Jesucristo, “orar siempre, y no desmayar” (2 Nefi 32:9) y obedecer los mandamientos.

El presidente Thomas S. Monson nos ha pedido que hagamos algo más: “Abran el corazón, abran el alma misma al sonido de esa voz especial que testifica de la verdad… Ruego que siempre estemos a tono, que podamos escuchar esa voz consoladora que nos guía y que nos mantendrá a salvo”5.

De mi padre aprendí la lección de escuchar de una manera práctica: al trabajar con relojes de pared y de pulsera. Hoy en día valoro la lección que me enseñó. De hecho, el Espíritu Santo aún me trae esa lección a la mente y al corazón, y me recuerda la promesa de las cosas buenas por venir.

Esa experiencia me ha ayudado a buscar momentos de quietud en los que pueda escuchar la voz del Espíritu. Escuchar con atención al Espíritu Santo me ayuda a determinar si me encuentro en el camino correcto o si necesito cambiar el curso, para que pueda estar en sintonía con los deseos del Padre Celestial.

El Espíritu Santo y la revelación personal

Robert D. Hales“El Espíritu Santo nos brinda revelación personal para ayudarnos a tomar decisiones importantes en la vida, tales como la formación académica, la misión, nuestra profesión, el matrimonio, los hijos, dónde viviremos con nuestra familia, etcétera. En estos aspectos, el Padre Celestial espera que usemos nuestro albedrío, que estudiemos la situación en la mente de acuerdo con los principios del Evangelio y que le presentemos una decisión a través de la oración”.

Élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El Espíritu Santo”, Liahona, mayo de 2016, pág. 105.

Para recibir la influencia y la dirección del Espíritu Santo

• Cultiven el deseo de recibir.
• Ejerzan la fe en el Señor Jesucristo.
• Oren siempre.
• Obedezcan los mandamientos.

Notas

  1. Robert D. Hales, “El Espíritu Santo”, Liahona, mayo de 2016, pág. 105.
  2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 139.
  3. Para saber más sobre las funciones del Espíritu Santo, véanse David A. Bednar, “Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”, Liahona, mayo de 2016, págs. 59–62; Robert D. Hales, “El Espíritu Santo”, págs. 105–107.
  4. Véase de Craig C. Christensen, “Un inefable don de Dios”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 14; cursiva agregada.
  5. Thomas S. Monson, “Guarden los mandamientos”,Liahona, noviembre de 2015, pág. 84.
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Cómo comprender la historia de la Iglesia por el estudio y la fe

Febrero 2017
Cómo comprender la historia de la Iglesia por el estudio y la fe
Por Keith A. Erekson
Director de la Biblioteca de Historia de la Iglesia

Hoy en día, aprendemos sobre el pasado mediante porciones incompletas de la historia. Al estudiar dichos registros, debemos recordar que no representan la totalidad del pasado.

La historia significa mucho más que la memorización de fechas y datos para un examen. Todos los días, archivistas, bibliotecarios e historiadores de la Biblioteca de Historia de la Iglesia recopilan, preservan y comparten registros del pasado que nos ayudan a discernir la mano de Dios en la historia de la Iglesia y en nuestra vida personal. El entender nuestra historia implica un proceso de aprendizaje y descubrimiento que puede fortalecer nuestro testimonio, ayudarnos a evitar la duda, narrar los mejores relatos, discernir la doctrina verdadera y mejorar nuestra forma de pensar. Al “adquirir un conocimiento de la historia”, también contribuiremos a llevar a efecto “la salvación de Sion” (D. y C. 93:53).

Historical photograph of Salt Lake CityComo historiador, he llegado a comprender que aprendemos sobre la historia “tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118). La fe y el estudio se combinan conforme nos deleitamos con espíritu de oración en las Escrituras, leemos y reflexionamos sobre múltiples fuentes históricas, establecemos conexiones entre los pasajes de las Escrituras y las fuentes históricas, consideramos la información dentro del contexto adecuado, buscamos modelos y temas, y extraemos lecciones relevantes. Esas prácticas nos ayudan a lograr entender los hechos históricos y encontrar respuesta a nuestras preguntas. Hay varios principios que pueden ayudarnos a considerar la historia de modos que nos abren la mente para lograr un mayor entendimiento.

El pasado ha quedado atrás; solo quedan porciones

Desde nuestra perspectiva en el presente, el pasado ha quedado mayormente atrás. Las personas han fallecido; sus vivencias han finalizado. Sin embargo, quedan porciones del pasado: cartas, diarios personales, registros de organizaciones y objetos tangibles. En la actualidad, podemos aprender sobre el pasado solo indirectamente, a través de las porciones que quedan. Siempre se pierde información entre el pasado y el presente. Debemos estudiar los registros que aún existen, al tiempo que recordamos que no representan la totalidad del pasado.

Consideremos un ejemplo: Cuando José Smith predicaba algún sermón a los santos, por lo general no tenía un texto preparado ni se hacían grabaciones de audio ni video. Aunque algunos de los presentes puedan haber tomado notas o escrito reflexiones, incluso son aun menos las notas que aún existen. Por consiguiente, no podemos afirmar conocer todo lo que José Smith haya dicho vez alguna, a pesar de que podemos, por ejemplo, citar las notas de Wilford Woodruff sobre un sermón determinado de José.

En otros casos, hay partes importantes de la historia de la Iglesia que aún no se han descubierto. Por ejemplo, no tenemos registros de la visita de Pedro, Santiago y Juan que sean tan detallados como el relato de la visita de Juan el Bautista (véase José Smith—Historia 1:66–75 ). De igual manera, si bien tenemos registros de que no se confería el sacerdocio a los hombres de ascendencia negra africana, no existe ningún registro que explique con autorizadamente por qué comenzó dicha práctica. En el estudio de la historia, la falta de pruebas no es motivo válido de duda. Aprender sobre el pasado es una labor de recopilar toda la evidencia confiable posible y, donde sea posible, verificable, al tiempo que reservarse el veredicto final de las partes de la historia que no podemos plenamente comprender por falta de información.

Los hechos no hablan, pero los narradores sí

Puesto que las porciones que existen del pasado están incompletas, algunas personas intentan consolidarlas a fin de narrar alguna anécdota. Las primeras anécdotas las relataron quienes intervinieron en ellas y, por lo general, describen lo que experimentaron y por qué fue importante para ellos. Algunos de ellos narraron sus anécdotas en muchas ocasiones y a diferentes audiencias. Algunos acontecimientos inspiraron a muchos de los que tomaron parte a relatar sus experiencias; otros acontecimientos se olvidaron hasta que alguna experiencia posterior los trajo a la memoria.

Hay muchas razones por las que se recopilan relatos y otras personas los vuelven a narrar: para entretener a cierta audiencia, vender un producto, influir en la opinión pública o abogar por cambios. Cada relato llega a ser una interpretación del pasado, que se edifica sobre porciones de hechos y está bajo la influencia de la memoria, los intereses y los objetivos del narrador. Como resultado de ello, los relatos sobre el pasado son incompletos y en ocasiones contradictorios. Debemos considerar siempre quiénes narran los relatos, cómo los narran y por qué lo hacen.

José Smith proporcionó un ejemplo de cómo evaluar a los narradores y los hechos. En 1838, observó que ya había “muchas noticias que personas mal dispuestas e insidiosas han hecho circular acerca del origen y progreso de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Por consiguiente, escribió una historia con la intención de “presentar a los que buscan la verdad los hechos tal como han sucedido, tanto en lo concerniente a mí, así como a la Iglesia, y lo hago hasta donde el conocimiento de estos hechos me lo permite” (José Smith—Historia 1:1). No todos los relatos que se narran sobre José Smith comparten igual valor o exactitud. Los relatos que narran las personas que se relacionaban más estrechamente con los acontecimientos pasados podrían ser más confiables. Los mejores relatos toman en cuenta todas las porciones del pasado y reconocen los puntos de vista de las fuentes.

El pasado es diferente del presente (y está bien que así sea)

Conforme procuremos lograr entender las porciones del pasado y los relatos que se narran sobre este, descubriremos personas, lugares, experiencias y tradiciones diferentes de las nuestras. Los cambios en la ciencia, la tecnología y la cultura producen diferentes experiencias en lo tocante al nacimiento, la alimentación, los viajes, las vacaciones, la higiene, el salir con personas del sexo opuesto, la medicina y la muerte. Los diferentes sistemas políticos y económicos crean diferentes experiencias en lo concerniente a la formación académica, la capacidad de decidir, la libertad y las oportunidades. Los puntos de vista en cuanto al pasado difieren de nuestros puntos de vista sobre el trabajo, la familia, el servicio público, y la función y situación de la mujer y las minorías. Todo aspecto temporal de las vivencias humanas cambia con el tiempo de maneras tanto pequeñas como grandes.

Por ejemplo, desde nuestra perspectiva en el presente, el que José Smith usara una piedra vidente para traducir el Libro de Mormón parece muy inusual. Sin embargo, en su época, muchas personas creían que era posible usar objetos físicos para recibir mensajes divinos. En parte, tales creencias se basaban en los relatos bíblicos en los que se empleaban objetos para fines divinos (véanse Números 17:1–10; 2 Reyes 5; Juan 9:6) Una revelación que José Smith recibió para la organización de la Iglesia explicaba que Dios “le dio poder de lo alto para traducir el Libro de Mormón, por los medios preparados de antemano” (D. y C. 20:8). A pesar de que los “medios” incluían una piedra vidente, así como el Urim y Tumim, incluso así podemos discernir el mensaje doctrinal de “que Dios inspira a los hombres y los llama a su santa obra en esta edad… demostrando por este medio que él es el mismo Dios ayer, hoy y para siempre” (D. y C. 20:11–12).

Las suposiciones presentes distorsionan el pasado

Puesto que el pasado era diferente de nuestros días, debemos tener especial cuidado de no hacer suposiciones sobre este basándonos en nuestras ideas y valores presentes. No podemos suponer que las personas del pasado fueran iguales a nosotros, ni que apreciarían nuestra cultura ni nuestras creencias. Tampoco podemos suponer que ahora lo sabemos todo, que hemos leído todas las fuentes de información ni que nuestro actual entendimiento del pasado jamás cambiará. Con frecuencia, lo que se percibe como problemas en cuanto al pasado son solo malas suposiciones que se han hecho en el presente.

Por ejemplo, José Smith declaró: “Nunca les dije que era perfecto”1. Si vamos a suponer que los profetas nunca cometían errores, entonces podríamos asombrarnos al descubrir las ocasiones en que José los cometió. Para “resolver” ese problema, no debemos ni aferrarnos obstinadamente a que José fuera perfecto ni acusar a la Iglesia de engañar. Antes bien, podemos reconocer que José era humano y verlo en el contexto de otros relatos de las Escrituras sobre los profetas. Debido a ello, podemos adaptar nuestras suposiciones para reconocer que todos los profetas son mortales y, por lo tanto, tienen imperfecciones. Podemos estar agradecidos porque Dios obre con paciencia con cada uno de nosotros. Admitir los errores en nuestra propia forma de pensar a veces es la parte más difícil de entender la historia.

El aprender sobre la historia requiere humildad

Al encontrarnos con historia incompleta, que esté abierta a interpretaciones y que sea diferente de lo que hemos supuesto, debemos “[poner nuestra] confianza en ese Espíritu que induce a… andar humildemente” (D. y C. 11:12). Desde nuestra perspectiva actual, es obvio que sabemos más sobre los resultados del pasado que quienes intervinieron en él, pero también sabemos mucho menos acerca de su experiencia al vivirlo. Las personas que vivían en el pasado pertenecían a sus propios tiempos, lugares y circunstancias. Para sentir caridad para con sus diferencias y empatía por sus experiencias, debemos empezar teniendo humildad en cuanto a nuestras propias limitaciones. Se requiere humildad para no juzgar a las personas del pasado según nuestras pautas. Se requiere humildad para admitir que no lo sabemos todo, para aguardar más respuestas con paciencia y para continuar aprendiendo. Cuando se descubren nuevas fuentes que proporcionan nuevas perspectivas sobre lo que pensábamos que sabíamos, se requiere humildad para reconsiderar nuestro entendimiento.

Un modelo para aprender por el estudio y POR la fe

El estudio fiel de la historia de la Iglesia puede seguir el modelo que Alma ilustra al comparar cómo plantar una semilla (véase Alma 32:27–42):

1. Damos cabida al aprendizaje de la historia al poner en práctica los principios que aquí se describen.
2. Plantamos la semilla en nuestra mente y nuestro corazón mediante la lectura minuciosa y mediante la reflexión (¿Se trata de una porción del pasado o de un relato que se ha narrado después? ¿Quién lo creó y por qué? ¿Cuál es la idea principal? ¿Qué pruebas lo corroboran?).
3. Podemos discernir la importancia de nuestra lectura al considerar cuán auténtica y confiable es la fuente, al plantear nuestras respuestas en el contexto histórico adecuado y al determinar los principios eternos que puedan aplicarse a nuestras circunstancias personales.
4. A lo largo de nuestra vida, podemos nutrir el estudio fiel de la historia de la Iglesia al leer, pensar, orar, compartir y enseñar diligentemente.
5. Si lo hacemos, llegaremos a cosechar el fruto del estudio fiel conforme mejore nuestro entendimiento y aumente nuestra fe, haciéndonos mejores estudiantes y maestros, padres e hijos, discípulos y santos.

Nota

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith,2007, pág. 555.

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Me propuse encontrar un templo

Febrero 2017
Me propuse encontrar un templo
Por Mireille Rouffet
La autora vive en Auvernia-Ródano-Alpes, Francia.

Andaba en busca de un lugar santo y encontré la manera de formar parte de una familia eterna.

Corría el año 1973; mientras pasaba por algunas dificultades, sentí el fuerte deseo de conocer a Dios, así que decidí leer la Biblia. Un día leí sobre el templo de Salomón en 2 Crónicas 2–5 y tuve la sensación de que en la Tierra se encontraba un lugar tan santo como ese, de modo que ayuné y oré a fin de que el Espíritu Santo me guiara para encontrarlo. Sentía que si hallaba un templo, podría hablar con uno de los siervos del Señor sobre mis problemas y él me ayudaría a resolverlos.

Illustrated scene of city in France

Así que me propuse encontrar un templo. En esa época vivía en Fontenay-sous-Bois, un suburbio de París, y comencé a conducir hacia la ciudad en busca de un templo. Miré muchos edificios, inclusive iglesias y sinagogas, pero no encontré ningún templo. Al volver a casa, oré y me pregunté por qué no podía hallar un templo. ¿Acaso no era lo suficientemente pura? O, ¿simplemente no estaba preparada?

Olvidé por completo mi búsqueda fallida hasta que unas hermanas misioneras de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días vinieron a mi hogar en febrero de 1980. Me dijeron que el templo más cercano se encontraba en Zollikofen, Suiza: el Templo de Berna, Suiza.

Me bauticé el 12 de abril de 1980, y fui al templo por primera vez poco más de un año después, el 5 de mayo de 1981. Allí pude efectuar la obra del templo a favor de varias mujeres de mi familia, entre ellas mis abuelas, tías y primas.

De todas ellas, a la única que había conocido era a mi prima Olga;

ella era de Italia y se había casado muy joven, pero, lamentablemente, su esposo era violento y le era infiel. Con la ayuda de su padre y su hermano, Olga decidió huir cuando esperaba a su quinto hijo.

Ella se fue a vivir con sus padres y su hermano. Después del nacimiento de ese niño, Olga falleció y sus padres nunca se recuperaron del impacto de su muerte repentina.

Mientras llevaba a cabo las ordenanzas en el templo a favor de Olga, constantemente acudía una palabra a mi mente: misión. Sin embargo, me sentía confundida, ya que estaba ocupada criando a tres hijos yo sola y no había manera de que pudiera ir en una misión.

La respuesta llegó varios meses después. Un día, mi primo Renzo me dijo que la mamá de Olga, o sea mi tía Anita, había fallecido. De repente recordé que había efectuado la obra por Olga un día martes, y que su madre había fallecido el viernes siguiente. Con gran emoción, tuve la impresión de que Olga había estado ansiosa por recibir las ordenanzas del templo para poder recibir a su mamá en el mundo de los espíritus. Tal vez esa era la misión de Olga.

No obstante, yo también tenía la misión de ayudar a mis propios padres. En varias ocasiones había hecho el intento de hablarles sobre la Iglesia, pero no habían mostrado interés, de modo que después de que mi madre y mi padre fallecieron, realicé la obra del templo por ellos lo más pronto que pude.

Cuando mis padres fueron sellados, el corazón me latía con fuerza y los ojos se me llenaron de lágrimas de amor; después fui sellada a mis padres. No podía dejar de pensar en mi madre, y tuve el deseo de abrazar a la hermana que había servido como su representante. Le agradecí que hubiese representado a mi madre; la hermana también tenía lágrimas en los ojos y me agradeció que le permitiera tener esa experiencia. A pesar de que no la conocía, sentimos que pertenecíamos a la misma familia.

Después mis padres fueron sellados a sus padres, y Olga, a quien yo representaba en la ordenanza, fue sellada a sus padres, mi tío Marino y mi tía Anita.

Cada vez que recuerdo esas experiencias, me embarga la emoción. Pienso en Olga, y espero que ella esté cumpliendo su misión al otro lado del velo. Gracias a las ordenanzas del templo, ya no soy la única miembro de la Iglesia de mi familia. Tengo la creencia de que mis padres aceptaron las ordenanzas que se efectuaron a favor de ellos. Me llena de gozo y agradezco al Señor que hiciera posible que yo estableciera una familia eterna mediante las bendiciones de Su santo templo.

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La historia familiar y las bendiciones del templo

Febrero 2017
La historia familiar y las bendiciones del templo
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Y por Ruth L. Renlund y Ashley R. Renlund

Dale G. Renlund

Tomado de un presentación que se hizo en la Conferencia de Historia Familiar RootsTech 2016 en Salt Lake City, Utah, EE. UU., el 6 de febrero de 2016. Para ver la grabación de la presentación en español.

Durante su presentación en RootsTech 2016, el élder Dale G. Renlund, junto con su esposa Ruth y su hija Ashley, recordaron a los Santos de los Últimos Días que se obtiene un poder verdadero al combinar la historia familiar con las bendiciones del templo.

The Renlunds at RootsTech
ÉLDER RENLUND: En diciembre de 1963, mi familia hizo un recorrido en automóvil desde Helsinki hasta la isla de Larsmo, en la costa oeste de Finlandia. Fue en ese lugar donde mi padre se crio y donde vivía mi abuela Lena Sofía.

Años antes, en 1912, Lena Sofía y mi abuelo Leander escucharon a misioneros de Suecia predicar el Evangelio restaurado. En aquel entonces, había menos de 800 misioneros en todo el mundo.

Esos misioneros enseñaron el mensaje del Evangelio restaurado, Lena Sofía y Leander se bautizaron al día siguiente, y se hicieron miembros de una pequeña rama que era la primera en Finlandia.

Solo unos años antes, la madre de Leander, quien había estado viviendo con ellos, murió de tuberculosis. En 1917, Leander también murió de tuberculosis, dejando a Lena Sofía viuda y embarazada con su décimo hijo. Ese hijo era mi padre y nació dos meses después de la muerte de Leander. Con el tiempo, Lena Sofía enterró a 7 de sus 10 hijos. Fue muy difícil para ella, por ser una mujer campesina en la pobreza, mantener intacto lo que quedaba de su familia.

Durante cerca de dos décadas no tuvo una buena noche de descanso; durante el día se apresuraba a hacer trabajos esporádicos a fin de juntar lo suficiente para comer; por la noche cuidaba a sus familiares que estaban enfermos de gravedad. La muerte literalmente rondaba sobre su cabeza. En ese tiempo, se cortaban maderos, se ponían a secar en las vigas del techo y se utilizaban para hacer los ataúdes de los que morían. Es difícil imaginar cómo se sentía Lena Sofía.

El día en que la conocí en 1963, yo acababa de cumplir 11 años y ella tenía 87; estaba encorvada por la vida de trabajo arduo que había llevado; tanto así, que cuando se levantaba de su silla, su estatura era la misma. Tenía curtida la piel del rostro y de las manos, tan áspera y tan rugosa como el cuero viejo.

Se puso de pie lo mejor que pudo y, señalando una foto de Leander que había en la pared, me dijo en sueco: “Det här är min gubbe” (Él es mi esposo).

Ese otoño yo había asistido a una escuela donde se hablaba sueco, y apenas estaba volviendo a aprender el idioma. Pensé que mi abuela había utilizado el tiempo presente del verbo de forma incorrecta al decir “él es mi esposo”, ya que Leander había fallecido 46 años atrás. Le dije a mi madre que Lena Sofía debió haber dicho: “él era mi esposo”. Mamá solo me dijo: “Es que no comprendes”.

Tenía razón. No comprendía; no de la forma que ahora comprendo. Desde entonces, he reflexionado en muchas ocasiones en cuanto al significado de esa experiencia y sobre lo que mi abuela me había enseñado.

¡Imaginen la fortaleza y el consuelo que Lena Sofía sintió al saber del poder de sellar! A ese poder se le brinda guía cuando investigamos y averiguamos acerca de nuestros antepasados. Tanto la historia familiar como las bendiciones del templo pueden tener significado en nuestra vida, pero el verdadero poder proviene cuando las combinamos. No se trata de combinar dos cosas sin ton ni son, sino que una ayuda a dirigir a la otra. El conocimiento de que algún día se efectuarían esas ordenanzas a favor de ella y de Leander dio consuelo y paz a Lena Sofía durante esos prolongados años de su viudez.

El verdadero valor de la historia familiar

ASHLEY: Sin la historia familiar, la autoridad para sellar no puede llegar donde necesita estar para utilizarse. El verdadero valor de la historia familiar solo se logra gracias a la autoridad para sellar. El verdadero poder radica en la combinación.

HERMANA RENLUND: Me encanta ese concepto. Aprendemos en cuanto a ambas bendiciones en muchas partes de las Escrituras. El hecho de combinarlas trae más bendiciones y poder a nuestra vida. Veamos algunos ejemplos:

En Doctrina y Convenios, el Señor nos dice que Él envió a Elías el Profeta a “[plantar] en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres”, y que eso haría que el corazón de los hijos se volviera hacia sus padres. Creo que esa parte, Dale, fue lo que tu abuela plantó en ti. Luego el Señor nos dice que “toda la tierra sería totalmente asolada a [la Segunda Venida del Salvador]” si no se volvía el corazón (véase D. y C. 2:2–3). Es un poderoso mensaje.

Entonces, aunque tengamos todos los registros genealógicos disponibles en el mundo y todo lo que pudiéramos recopilar, sin la autoridad para sellar que restauró el profeta Elías, el propósito de la creación se frustraría y sería “asolada”. Ese fue uno de los primeros mensajes que el Señor reveló al profeta José Smith en nuestra dispensación.

ÉLDER RENLUND: Tienes razón, Ruth. Sin darme cuenta, toda mi vida he sentido la fortaleza y el poder de las historias y los ejemplos de mi abuela y de otros antepasados.

Hay una profecía en Doctrina y Convenios sección 128 en la que José Smith cita Malaquías 4:5–6. Él explica la frase “volver… el corazón de los hijos hacia los padres” en el contexto del poder de sellar y del bautismo por los muertos. Luego dice: “Y no solo esto, sino que las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes fueron escondidas de los sabios y entendidos, serán reveladas a los niños pequeños y a los de pecho en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (véase D. y C. 128:17–18).

¡Piensen en eso! José Smith predijo que hasta los niños comprenderían y sabrían cosas que los hombres y las mujeres eruditos del mundo no podrían explicar. Niños y jóvenes de todo el mundo participan en estas bendiciones todos los días, como lo hice yo a los 11 años, al aprender esos conceptos de mi abuela y de mi madre. Las personas que nunca escuchan del Salvador mientras viven en la Tierra tienen la oportunidad de recibir las mismas bendiciones que las que sí reciben la oportunidad en esta vida. La oportunidad de recibir bendiciones no excluye a nadie.

Las ordenanzas del templo y el poder individual

HERMANA RENLUND: Además, las ordenanzas del templo son fundamentales para tener poder individual. De hecho, el Señor ha dado ejemplos de ese poder individual. A los primeros santos se les enseñó sobre la necesidad de recibir la investidura antes de que pudieran impulsar la obra de salvación:

“… me conviene que mis élderes esperen un corto tiempo la redención de Sion;

“para que ellos mismos se preparen, y mi pueblo sea instruido con mayor perfección, y adquiera experiencia, y sepa más cabalmente lo concerniente a su deber y a las cosas que de sus manos requiero;

“y esto no puede llevarse a cabo sino hasta que mis élderes sean investidos con poder de lo alto” (D. y C. 105:9–11).

El Señor estaba enseñando en cuanto a la importancia de prepararse para recibir la investidura del templo, a fin de que los élderes fuesen bendecidos con poder de lo alto. Esas bendiciones facultaron a los santos para que continuaran siendo instruidos con más perfección y pudieran emplear bien ese poder.

ÉLDER RENLUND: Ese aprendizaje se puede ampliar si vamos a la sección 109, que es la oración dedicatoria del Templo de Kirtland. En ella, José Smith dice: “… y para que todas las personas que pasen por el umbral de la casa del Señor sientan tu poder y se sientan constreñidas a reconocer que tú la has santificado y que es tu casa, lugar de tu santidad” (D. y C. 109:13).

ASHLEY: Así es, las ordenanzas del templo son puras y poderosas. Sin embargo, al agregar el templo a la labor de estudiar y averiguar respecto a nuestros antepasados, el poder es mayor y lleva nuestras bendiciones al siguiente nivel.

HERMANA RENLUND: Dale, ¿crees que Lena Sofía comprendía eso cuando te hizo ese comentario sobre Leander? ¿Era su comprensión más profunda debido a que reconocía el poder del templo junto con el amor que sentía por él y por su propia familia?

ÉLDER RENLUND: Sí, eso es precisamente lo que estaba enseñando. Lena Sofía sabía que su esposo que ya tenía años de fallecido fue y seguiría siendo suyo por las eternidades. Por medio de la doctrina de las familias eternas, Leander seguía presente en su vida y formaba parte de su gran esperanza en el futuro. Lena era como otras personas que “en la fe murieron… sin haber recibido las cosas prometidas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y aceptándolas, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13).

En una contundente afirmación de la fe que tenía en la autoridad para sellar, Lena Sofía envió en 1938 los registros familiares de sus hijos fallecidos que tenían más de ocho años al momento de morir. De esa manera se pudo realizar la obra del templo de ellos, aunque ella no tendría la oportunidad de ir al templo durante su vida. Esos registros fueron de los primeros que se enviaron desde Finlandia a un templo para que se efectuaran ordenanzas.

¿Recuerdan el desafío que el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dio en RootsTech en 2014?

ASHLEY: Él dijo: “… [preparen] el mismo número de nombres para el templo que el número de bautismos que [efectúen] allí”1.

HERMANA RENLUND: En 2015, agregó nueve palabras al reto: “Y ayuden a alguien más a hacer lo mismo”2.

Cómo agregar poder espiritual

ÉLDER RENLUND: Exactamente. He pensado en ese desafío apostólico y en cómo puede continuar creciendo. Partiendo de nuestra conversación, creo que podemos agregar un elemento de poder espiritual a esa promesa. Leamos en el capítulo 47 de Ezequiel:

“Después, [el ángel] me hizo volver [a mí, Ezequiel] a la entrada de la casa [del Señor]; y he aquí aguas brotaban de debajo del umbral de la casa hacia el oriente, porque la fachada de la casa daba al oriente; y las aguas descendían desde debajo del lado derecho de la casa, por el costado sur del altar.

“Y me sacó por el camino de la puerta del norte y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, hasta la puerta exterior que mira al oriente; y he aquí, las aguas fluían del lado derecho.

“Y cuando el varón salió hacia el oriente, tenía un cordel en su mano; y midió mil codos y me hizo pasar por las aguas, con el agua hasta los tobillos.

“Y midió otros mil y me hizo pasar por las aguas, con el agua hasta las rodillas. Midió luego otros mil y me hizo pasar por las aguas, hasta los lomos.

“Y midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido, y el río no se podía pasar sino a nado…

“Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al desierto y entrarán en el mar; y al entrar en el mar, las aguas serán sanadas.

“Y acontecerá que toda alma viviente que nade por dondequiera que entren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, pues serán sanadas; y vivirá todo lo que entre en este río” (Ezequiel 47:1–5, 8–9).

Ezequiel ve un río que crece a medida que fluye de la casa. El agua que brota del templo representa bendiciones, las cuales fluyen de los templos para sanar a las familias y darles vida.

ASHLEY: Sin embargo, el agua se vuelve más profunda a medida que el río fluye. No tiene sentido para mí.

ÉLDER RENLUND: Pongamos por caso, yo (soy una persona), mis padres (son dos), mis abuelos (son cuatro); y así sucesivamente hacia adelante y hacia atrás. El crecimiento del río es similar al crecimiento exponencial de nuestra familia de una generación a otra.

Las bendiciones del templo están al alcance de todo y de todos; ¡y qué bendiciones! “Y vivirá todo lo que entre en este río”.

“Ella ya esperó suficiente”

Renlunds at RootsTech
ÉLDER RENLUND: El Señor tiene un plan para vencer las desgracias personales de Lena Sofía, nuestras pérdidas, las tragedias de ustedes; en fin, las calamidades de todos. Él restauró en la tierra Su sacerdocio y Su autoridad para sellar. Lena Sofía lo sabía y también mi mamá, Mariana.

SISTER RENLUND: ¿Te refieres a la forma en que ella envió el nombre de Lena Sofía para que se efectuara la obra del templo?

ASHLEY: Me encanta ese relato. Poco después de la muerte de Lena Sofía en 1966, mi abuela Mariana llevó el nombre de Lena al Departamento de Genealogía3. El hermano que la atendió le dijo que las pautas de la Iglesia indicaban que una persona tenía que llevar al menos un año de fallecida antes de que se pudiera efectuar la obra del templo en su favor. La abuela Mariana respondió: “No me gusta esa respuesta. Permítame hablar con alguien que me responda de otra forma. Ella ya esperó suficiente”.

El abuelo Åke dijo que trató de hacerla entrar en razón, pero ella le echó una mirada que él conocía muy bien, con la cual cualquier cosa que él dijera sería inútil. El abuelo escribió en su diario: “Sentí gran pesar por el hermano de la oficina que le dijo que no se podía hacer nada durante al menos un año. Ese hombre no sabía lo que le esperaba. Yo le pude haber dicho, pero no me preguntó”4.

ÉLDER RENLUND: Menos de dos meses después, con la autorización del Presidente de la Iglesia, la obra del templo de Lena Sofía y Leander se llevó a cabo. La abuela Mariana y el abuelo Åke actuaron como representantes de Lena Sofía y Leander, quienes fueron sellados por el tiempo y por toda la eternidad en el Templo de Salt Lake. Además, ¿sabían que, según las normas presentes de la Iglesia, si una persona no pudo disfrutar de las bendiciones del templo debido a la distancia no tiene que esperar todo un año? De ese modo, personas como Lena Sofía pueden recibir esas bendiciones lo más rápido posible. Tal como la abuela Mariana le dijo al hermano del Departamento de Genealogía: “Ellos ya han esperado suficiente”.

HERMANA RENLUND: ¡Fue un lindo día para tu familia! Imagínate el gozo que sintieron Leander y Lena Sofía, y qué decir del gozo que sintieron sus hijos. Esas bendiciones son la culminación de la combinación de la obra de historia familiar y del templo, lo cual desata el poder del que hemos hablado hoy.

Hace poco se me recordó que el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, habló de ese poder. Hace años, él comenzó a tratar de instar a las personas a reconocer la bendición de combinar los dos aspectos divinos del templo y de historia familiar.

El élder Bednar dijo: “La historia familiar no es solo un programa y luego también adoramos en el templo. Todas las cosas están reunidas en Cristo. Sentimos poder al encontrar a nuestros antepasados y al llevar sus nombres a la Casa del Señor. Yo lo he hecho. He trabajado y he hablado con cientos y miles de personas que han hecho esa obra. Nuestra experiencia en el templo es aún mejor si hemos hecho la obra para poder efectuar esas ordenanzas en favor de nuestros antepasados fallecidos”5.

ASHLEY: El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, también hizo la promesa de que podemos ver ese poder en nuestra vida. Él dijo: “Aunque la obra del templo y de historia familiar tiene el poder para bendecir a los que están más allá del velo, tiene el mismo poder para bendecir a las personas que están vivas. Tiene una influencia refinadora en aquellos que participan de ella. Estos literalmente están ayudando a exaltar a su familia”6.

Una promesa de protección

ÉLDER RENLUND: Siento gratitud al agregar mi testimonio al de ellos, para ser una voz apostólica más en apoyo a este desafío del templo. Extiendo la promesa de protección que se ha ofrecido en el pasado. Hermanos y hermanas, les prometo protección para ustedes y su familia a medida que acepten el desafío de preparar la misma cantidad de nombres para el templo que la cantidad de bautismos que efectúan en él, y de enseñar a los demás a hacer lo mismo.

Si aceptan el desafío, comenzarán a fluir bendiciones para ustedes y su familia como el poder del río que mencionó Ezequiel. Y el río crecerá a medida que sigan efectuando esta obra y enseñen a los demás a hacer lo mismo. No solo hallarán protección contra la tentación y los males de este mundo, sino que también hallarán poder personal: poder para cambiar, poder para arrepentirse, poder para aprender, poder para ser santificados y poder para hacer volver el corazón de su familia unos hacia otros y para sanar lo que necesite sanación.

Notas

1. Neil L. Andersen, “‘Mis días’ de templos y tecnología”, Liahona, febrero de 2015, pág. 31.
2. Neil L. Andersen, en Ryan Morgenegg, “RootsTech 2015: El élder Andersen agrega palabras al desafío del templo”, lds.org/church/news/rootstech-2015-elder-andersen-adds-to-temple-challenge.
3. Ahora se llama Departamento de Historia Familiar.
4. Mats Åke Renlund, “Reflections”, diario personal, pág. 119.
5. David A. Bednar, en “The Turning of Our Hearts” (video), lds.org/topics/family-history/turn-our-hearts.
6. Russell M. Nelson, “Generaciones entrelazadas con amor”, Liahona, mayo de 2010, pág. 94.

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Renunciar a mi fondo para la misión

Febrero 2017
Renunciar a mi fondo para la misión
Frederick John Holt, Sussex Occidental, Inglaterra

checkbook

Me uní a la Iglesia antes de cumplir 21 años. Sentía un gran deseo de servir en una misión, pero me encontraba en una situación difícil. Debido a que mi padre nos había abandonado, yo mantenía económicamente a mi madre y a mis tres hermanos menores. Casi todo mi dinero lo gastaba en mi familia. En ese entonces, uno necesitaba por lo menos 500 libras esterlinas antes de enviar los papeles para la misión. Después de ahorrar durante dos años, solo tenía 250.

Tuvimos un revés económico tras otro. Mi hermano menor se metió en problemas y le dieron una multa de 240 libras esterlinas. Mi familia me pedía que le prestara el dinero, que era casi todo lo que yo tenía. Sentía que era una decisión entre la misión y mi hermano, aunque él prometió que me devolvería el dinero cuando pudiera. Tuve una lucha interna y busqué el consejo de mi obispo, quien me aconsejó que ayudara a mi hermano. Seguí su consejo y pagué la multa. Sabía que era lo correcto, pero estaba desesperado por poder ir a la misión.

Pensaba que me llevaría años ahorrar nuevamente el dinero, pero por medio de la humilde oración recibí impresiones acerca del futuro. El Espíritu me dijo que no esperara que mi hermano me devolviera el dinero y que yo iría a mi misión al año siguiente. Me había costado dos años ahorrar el dinero que le había dado a mi hermano, pero el Señor me decía que tendría el doble para fin de año.

Tenía mis dudas, pero seguí adelante, y en cada una de las siguientes diez semanas ocurrió un milagro. Un joven adulto soltero del barrio se enteró de que yo había renunciado a mi fondo misional y me dio 100 libras esterlinas para mi misión. La semana siguiente otro adulto soltero me dio 100 por la misma razón. Me sentí conmovido y empecé a arrepentirme de mi incredulidad.

Más tarde, mi empleador ofreció incentivos al despido voluntario (un incentivo económico para los empleados que renuncian de forma voluntaria). Me ofrecí pero no creía que me despedirían, ya que habían invertido mucho dinero para capacitarme. Mi gerente me preguntó por qué quería ser despedido, así que le hablé de mi misión. Me dio un aumento retroactivo de varias semanas y aceptó mi despido voluntario. Además me dio una bonificación como parte de mi paquete de dimisión.

Encontré un empleo provisional, el cual a las dos semanas se convirtió en un trabajo de tiempo completo. Además me ofrecieron horas extras los fines de semana, y acepté trabajar cada sábado. Poco después envié mi solicitud para la misión y recibí el llamamiento para servir en la Misión Inglaterra Londres Bristol. Había ahorrado 2.500 libras esterlinas en menos de un año. Recibí literalmente diez veces la suma que había dado. En Lucas 6:38 dice: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante se os dará en vuestro regazo, porque con la misma medida con que midiereis, se os volverá a medir”.

Sé que fui bendecido por mi obediencia y fe al seguir el consejo de mi obispo.

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Hallé paz mediante la Santa Cena

Febrero 2017
Hallé paz mediante la Santa Cena
Jane McBride, Colorado, EE. UU.

Mother and children taking the sacrament

Cuando era una madre joven me costaba encontrar momentos de paz durante los agitados días en que la vida giraba en torno al cuidado de cinco niños activos y exigentes. Cinco minutos aquí y diez minutos allá era todo lo que lograba hallar, pero atesoraba cada pequeño trocito de tranquilidad.

A menudo acudía a mi Padre Celestial en oración, pidiéndole fuerza, paciencia y paz. Los domingos eran especialmente frenéticos, ya que le daba el pecho a un bebé, vestía a un niño pequeño y supervisaba a mis hijos mayores mientras se preparaban para la Iglesia. Irónicamente, fue durante un domingo ocupado que hallé la solución.

Al escuchar las oraciones sacramentales aquel día, las palabras cobraron un significado especial: “… para que siempre puedan tener su Espíritu consigo” (D. y C. 20:77).

Yo tenía derecho a tener el Espíritu del Señor conmigo. ¿Cómo es que nunca me había dado cuenta de la importancia de esa promesa?

La Santa Cena se convirtió en el momento tranquilo y contemplativo en mi ruidosa vida. En la ordenanza de la Santa Cena hallé la paz que había buscado.

Aunque después de tomar el pan y el agua tuviese que salir de la reunión sacramental con un niño en brazos retorciéndose para liberarse, me aseguraba de estar allí durante ese tiempo especial para recordar. Esperaba anhelosamente esos preciados momentos con un fervor que nunca antes había sentido.

Ahora que mis hijos han crecido, disfruto el lujo de muchos más momentos de tranquilidad. Sin embargo, aún atesoro aquellos momentos durante la Santa Cena.

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El poder consolador de Cristo

Febrero 2017
El poder consolador de Cristo
Chris Deaver, California, EE. UU.

Talking on a train in New York City

Hace varios años, mi amigo Joseph estaba planeando conducir desde Utah hasta Washington, D.C., EE. UU., y me invitó a que lo acompañara en el viaje. En el camino visitamos varios sitios históricos de la Iglesia, y cuando llegamos a la costa este nos dirigimos hasta la ciudad de Nueva York.

Estuvimos allí apenas dos semanas después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Sentíamos profundamente que debíamos visitar el lugar en el que las Torres Gemelas habían sido destruidas.

Vimos a un soldado que señalaba el camino en una calle llena de personas mientras estas observaban los escombros. Él repartía pañuelos desechables para que la gente se secara las lágrimas.

Joseph y yo pudimos sentir cuán profundamente aquellos sucesos habían lastimado a todos, y quisimos hacer algo al respecto. Consideramos que lo mejor que podíamos hacer era hablar con la gente, escuchar sus historias y quizás compartir con ellos un mensaje sobre la esperanza del evangelio restaurado de Jesucristo.

En el camino de regreso a nuestro hotel viajamos en el metro. Sentada frente a mí había una mujer que leía un libro. Me pregunté qué pasaba en su vida. Me presenté y le dije que estábamos de visita en Nueva York; le comenté que teníamos curiosidad por conocer sus experiencias con los recientes acontecimientos del 11 de septiembre.

Su nombre era María, y había vivido en la ciudad de Nueva York por décadas. Trabajaba en un edificio muy cerca de las torres. Nos dijo que unas semanas antes del 11 de septiembre había tenido un fuerte sentimiento de que debía orar y preguntar si Dios estaba allí. Mencionó que hasta ese momento de su vida no había orado mucho ni había sentido realmente que necesitaba hacerlo. No sintió una respuesta a su oración hasta que los terroristas atacaron las torres aquella funesta mañana. El caos y la confusión la rodeaban; sin embargo, de repente ella sintió calma. María nos dijo que sintió una paz increíble y que, a pesar de toda la inexplicable destrucción del momento, sintió que Dios estaba allí cuidándola.

Después de que María compartió eso con nosotros, Joseph y yo le dijimos que ella había sentido el Espíritu de su Padre Celestial en la forma de aquella paz y consuelo especiales. Le dijimos que siempre podía sentir esa paz al buscarlo a Él en oración y al estudiar el Libro de Mormón. Le dimos un ejemplar del Libro de Mormón y le dijimos que el libro continuaría dándole la paz que había estado buscando. Le encantó recibirlo y nos dio las gracias.

No sé cómo siguió la historia de María porque Joseph y yo tuvimos que bajarnos en nuestra parada, pero sé que el Padre Celestial ama a cada uno de Sus hijos e hijas. Sé que Él está en los detalles de nuestra vida, especialmente cuando todo a nuestro alrededor parece estar mal. Él puede brindar una paz indescriptible que proviene de Su Espíritu mediante el poder de Su Hijo Jesucristo. La luz de Cristo puede brillar radiantemente a través de la oscuridad de cualquier prueba o tragedia porque Él ha vencido todo.

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Cómo hallar paz en la imperfección

Febrero 2017
Cómo hallar paz en la imperfección
Por Elizabeth Lloyd Lund
Servicios para la Familia SUD

Esperar solamente la perfección ahora significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar.

Young woman with dove

Una de las ideas erróneas con las que en ocasiones luchamos en esta vida terrenal tiene que ver con el concepto de la perfección. Muchos creen equivocadamente que debemos alcanzar la perfección en esta vida a fin de ser salvos o exaltados.

Como terapeuta, me encontraba una vez en una reunión con una mujer cuando comenzó a llorar; ella dijo: “¿Cómo podré alguna vez ser lo suficientemente buena?”. Siguió hablando de lo indigna que era. Al explorar sus sentimientos, no se percibió ningún pecado grave de su pasado ni del presente; simplemente sentía que no era lo suficientemente buena. Se comparaba con sus vecinos, amigos y familiares, y todos a los que recordaba eran, a su modo de ver, “mejores” que ella.

Los pensamientos se convierten en nuestra realidad

Sé que hay muchos que han abrigado sentimientos de imperfección e inseguridad, ya sea en un llamamiento, como padres, o en general. Esos sentimientos pueden llevarnos a esconder nuestros talentos, a mantenernos alejados de los demás o a que sintamos desánimo, ansiedad o depresión. Lo que pensamos de nosotros mismos influye considerablemente en nuestro comportamiento y nuestros sentimientos. Muchos de nosotros nos decimos cosas que nunca diríamos a otra persona. Eso, a su vez, nos aleja de nuestro verdadero potencial y aminora nuestras habilidades y talentos. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Satanás aumenta sus esfuerzos para vencer a los santos con las armas de la desesperación, el desaliento, el decaimiento y la depresión”1.

Afortunadamente, la “única opinión que importa es lo que nuestro Padre Celestial piensa de nosotros”, enseñó el élder J. Devn Cornish, de los Setenta. “Por favor, pregúntenle con sinceridad lo que Él piensa de ustedes. Él nos ama y nos corrige pero nunca nos desanima; ese es el truco de Satanás”2

La imperfección es una oportunidad

Estamos en la Tierra para tener gozo, y parte de ese gozo es lo que creamos, lo que creemos y lo que aceptamos. Si aceptamos que somos hijos imperfectos de Dios que estamos aprendiendo sobre la marcha, podemos aceptar nuestros defectos. Esperar la perfección inmediata significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar. Estaríamos negando el don del arrepentimiento y el poder de Jesucristo y Su expiación en nuestra vida. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hubo solo un ser perfecto: el Señor Jesucristo. Si los hombres [y las mujeres] hubieran de ser perfectos y tuvieran que obedecer estricta, completa y totalmente las leyes, solamente habría una sola persona salva en la eternidad. El profeta José Smith enseñó que hay muchas cosas que se deben hacer, aun después de la muerte, para lograr la salvación”3. Nuestras imperfecciones mismas pueden ser un medio por el que Dios nos esté preparando para regresar a Él.

Las debilidades pueden volverse fortalezas

Acudir a nuestro Padre Celestial en la imperfección requiere humildad. Este proceso se describe en Éter: “… y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27). Si somos humildes, nuestro Padre Celestial abrirá Sus brazos para ayudarnos a aprender de nuestras debilidades. Un ejemplo de ello se encuentra en el Nuevo Testamento. Al luchar con un “aguijón en [su] carne”, Pablo aprendió que dicha debilidad lo había humillado y acercado a Dios (véase 2 Corintios 12:7). Esa humildad y disposición para aprender es exactamente lo que debemos aplicar a nuestras imperfecciones. Debemos aprender de esas debilidades para que puedan convertirse en fortalezas.

Además, hay una diferencia entre humillarse y sentirse de poco valor o estima. La humildad nos acerca al Señor, mientras que la vergüenza y la culpa pueden alejarnos de Él. Dios no desea que nos menospreciemos y sintamos que somos de poco valor a Su vista; eso es hiriente para Él y para nosotros. Es importante reconocer que valemos el tiempo y el esfuerzo que se necesitan para cambiar. Parte del propósito de esta vida terrenal es encontrar maneras de cambiar nuestras debilidades. Algunas debilidades pueden ser batallas de toda la vida, mientras que otras pueden superarse más rápidamente.

Hace varios años trabajé con una cliente, Rachel (se ha cambiado el nombre), quien tenía problemas de alcoholismo. El alcohol se había convertido en una muleta y en un medio para liberar el estrés de su vida difícil; tomó la determinación de que vencería su adicción, y con ayuda y aliento, dejó de tomar alcohol. Antes de superar totalmente su problema con la bebida, no se denigraba a sí misma por causa de su debilidad; la reconocía. Entonces, con determinación y con la ayuda de un buen obispo, el Señor y algunas personas clave, Rachel tomó la determinación de que dejaría el alcohol. La última vez que hablé con ella, me dijo que no tenía el deseo de beber.

A fin de superar nuestras debilidades, debemos acudir al Señor con fe, esperanza y la seguridad de que Él nos sostendrá en la palma de Su mano. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha aconsejado: “A la persona que es débil y temerosa de corazón, le digo: sea paciente con usted misma. La perfección no se logra en esta vida, sino en la próxima. No exija cosas que no sean razonables, pero exíjase a usted mismo mejorar. Al permitir que el Señor lo ayude con eso, Él marcará la diferencia”4.

Escojamos la felicidad ahora

Adjusting the sails on a boat
En el proceso de llegar a ser mejores, podemos elegir la paz y la felicidad ahora. Aun en medio de las circunstancias más sombrías, podemos escoger nuestra actitud. Viktor Frankl, conocido psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, declaró: “… al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la de elegir su actitud ante un conjunto de circunstancias, la de escoger su propio camino”5.

Se nos enseña que “… existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), lo cual no significa que Dios llenará mágicamente nuestra vida de felicidad. Para la mayoría de nosotros, la felicidad es una elección; requiere esfuerzo y poner en práctica la gratitud, la confianza y la fe. Lo negativo puede ocupar todo el espacio de nuestra vida si lo permitimos. Probablemente no podamos cambiar las circunstancias de nuestra vida, pero podemos elegir cómo reaccionaremos ante ellas. El presidente Thomas S. Monson dijo: “No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. A fin de tener la mayor felicidad, paz y satisfacción posibles, decidamos tener una actitud positiva”6.

Al decidir concentrarnos en lo bueno, confiar en el Señor y Su expiación, y aceptar y aprender de nuestras imperfecciones, podemos deshacernos de las expectativas poco realistas de nosotros mismos y esforzarnos por ser buenos y felices en la vida. Estaremos en paz con nuestras imperfecciones y hallaremos consuelo en el amor redentor de Dios. Tendremos gozo en el corazón al saber que el Plan de Salvación puede llevarnos de regreso a nuestro Padre Celestial a medida que damos nuestro mejor esfuerzo, pese a lo imperfecto que sea, por ser dignos de vivir nuevamente con Él.

Notas

1. Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, Liahona, febrero de 1975, pág. 43.
2. J. Devn Cornish, “¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Lo lograré?”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 33.
3. Bruce R. McConkie, “The Seven Deadly Heresies” (tomado de 1980 Devotional Speeches of the Year, Provo, Utah: Brigham Young University Press, 1981, págs. 78–79).
4. Russell M. Nelson, “Los corazones de los hombres están desfalleciendo” (video), http://www.lds.org.
5. Véase Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona: Editorial Herder, 1991, pág. 71.
6. Presidente Thomas S. Monson, “Vivamos la vida abundante”, Liahona, enero de 2012, pág. 4.

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Tres maneras de participar en la historia familiar

Febrero 2017
Tres maneras de participar en la historia familiar
Por Sally Johnson Odekirk
Revistas de la Iglesia

Cuando descubres la historia de tu familia, aprendes acerca de ti mismo durante el proceso.

Cuando el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Ustedes tienen los dedos amaestrados para textear y twitear para acelerar y adelantar la obra del Señor, y no solo para comunicarse rápidamente con sus amigos”, ¡estaba hablando de ustedes! Luego dijo: “Los aliento para que estudien, para que busquen a sus antepasados y se preparen para efectuar bautismos vicarios en la casa del Señor por sus propios familiares fallecidos” (“El corazón de los hijos se volverá”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 26, 27).

Miles de jóvenes y jovencitas de todo el mundo han aceptado su invitación de buscar a sus antepasados y efectuar bautismos vicarios por ellos. Una jovencita, Kaitlen D., descubrió que, cuando lleva nombres de familiares al templo, la experiencia se hace más significativa.

Ella explica: “Cuando comencé a efectuar las ordenanzas del templo por mis familiares, me di cuenta de que, en medio del frenético mundo en el que vivo, el único momento en que podía estar tranquila y sentir calma era entre los muros de ese lugar santo. También comencé a sentirme más cerca de los que están al otro lado del velo. Al efectuar los bautismos y las confirmaciones, comencé a pensar en todas esas personas que habían estado esperando tanto tiempo para que eso sucediera. Es un sentimiento prácticamente indescriptible, lleno de amor y esperanza, que ha aumentado mucho mi testimonio”.

Hay maneras muy diversas de participar en la obra de historia familiar y del templo; así que, ¿por dónde empezar? Tres jóvenes comparten sus experiencias en cuanto a lo que aprendieron sobre las historias de sus familiares, sobre entrevistar a miembros de su familia y encontrar nombres de familiares para llevar al templo.

Mis antepasados son buenos ejemplos para mí

Por Kyle S., Texas, EE. UU.

Mis padres y yo escuchamos al élder Bednar en la Conferencia General de octubre de 2011, cuando dijo que trabajar en la historia familiar nos brindaría protección contra el adversario. Entonces comenzamos a trabajar en nuestra historia familiar. Continúo aprendiendo y progresando gracias a la historia familiar; es muy divertido.

Me gusta descubrir de dónde vengo y saber cosas de mis antepasados. Aprendo de sus experiencias y las utilizo en mi vida para ayudarme a ser una mejor persona. Es increíble descubrir quiénes eran, a qué se dedicaban, cómo era la vida y qué dificultades tuvieron.

Por ejemplo, disfruté al saber de uno de mis antepasados que se trasladó con su familia de Tennessee a Texas, EE. UU., en la década de 1870, para ser ganadero. Afrontó muchos desafíos en su vida, y de él aprendí que la vida puede ser difícil, por lo que es importante defender lo que crees.

Cuando tengo desafíos en la vida, el trabajar en la historia familiar me hace sentir como si mis antepasados estuvieran siempre conmigo y me ayudaran a superar las pruebas difíciles, tal como el élder Bednar nos prometió.

Photo of man on horse

Cómo encontrar relatos de tu familia

Recopila historias de lo que les gustaba hacer a tus antepasados. Haz que tus antepasados cobren vida y encuentra cosas que tengas en común con ellos. ¿Qué deportes practicaban? ¿Qué alimentos comían? ¿Cómo era su escuela?

Habla con tus padres y abuelos sobre las historias de su vida. Puedes utilizar el cuadernillo de la Iglesia Mi familia para comenzar a recopilar y compartir historias de tu familia. En FamilySearch.org puedes agregar fotos, historias, fuentes de información, registros de audio y documentos para ayudar a otras personas de tu familia a conocer a tus antepasados. Para comenzar, visita FamilySearch.org y haz clic en “Recuerdos”.

Grabar las historias de mis abuelos

Por Matías M., Utah, EE. UU.

Mis abuelos viven en Uruguay. Cuando mis abuelos maternos visitaron a mi familia, aproveché la oportunidad para entrevistarlos y conocer la historia de cómo llegaron a ser miembros de la Iglesia. Nunca antes había escuchado su historia, por lo que en verdad fue una experiencia increíble escuchar el relato de boca de mis abuelos.

Mientras los entrevistaba, tomé notas y también los grabé usando mi teléfono, a fin de poder escucharlo siempre que quisiera oírlo de nuevo. Subí ese archivo de audio a FamilySearch para que otras personas puedan beneficiarse al escuchar su historia, tanto ahora como en el futuro.

Unos meses después pude grabar y subir una entrevista con mis abuelos paternos. Aprendí muchas cosas que antes no sabía, y me hablaron de su vida mucho más de lo que esperaba.

Me gustó mucho oír a mis propios abuelos relatar su historia y escuchar algunos consejos que me dieron. Sé que el haber dedicado solo unos minutos a hacer esas entrevistas me ayudará a “persuadir a [mis] hijos… a creer en Cristo” (2 Nefi 25:23), tal como lo hizo el profeta Nefi en el Libro de Mormón por sus descendientes. Sé que cuando mis hijos escuchen los testimonios de mis abuelos, sus testimonios también se fortalecerán.

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Cómo entrevistar a los miembros de la familia

Como actividad de barrio o rama, podrías invitar a los jóvenes a que entrevisten a los miembros mayores de su familia. Piensa en una o dos preguntas que te gustaría hacer a tus padres o abuelos, o a otros parientes; luego siéntate con ellos y hazles una pregunta sobre sus vidas, y grábala en video o audio con tu teléfono. Cuando hayas acabado, la puedes subir a la sección de recuerdos de FamilySearch.org.

Mi meta: Llevar los nombres de diez familiares al templo

Por Rajane S., Jamaica

Siempre me ha fascinado la obra genealógica, así que cuando nuestra Presidencia de Área puso a los jóvenes la meta de reunir los nombres de diez antepasados para efectuar bautismos y confirmaciones por ellos en el templo, me sentí muy feliz.

Comencé mi investigación sin ninguna ayuda, pero no estaba logrando nada. Tenía tres nombres sin información alguna y, en ese punto, me sentí estancada tanto espiritual como físicamente. Decidí pedirle ayuda a mi madre y ella me sugirió que llamara a su madre. Cuando llamé a mi abuela, ella estuvo más que encantada de ayudar; incluso me dio permiso para servir como representante a favor de los nombres de los que habíamos hablado. Me sentí agradecida y llena de gozo.

El viaje al templo se acercaba, y yo no tenía ningún nombre por el lado de mi padre. Unas pocas horas antes de salir de casa, sentí la impresión de ir al cementerio, y que mi padre llamara a su tía y la invitara a ir. Fuimos al cementerio y, al ver a mi padre y a mi tía abuela caminar por el lugar, sentí que se me dirigía hacia las lápidas de algunos de mis antepasados. Sentí sus deseos de formar parte del Evangelio. Con la ayuda de Espíritu Santo y de los miembros de mi familia, había alcanzado mi objetivo. ¡Tenía los nombres de dieciséis antepasados listos para el templo!

Cuando fui al templo, pude sentir el entusiasmo y la emoción de mis antepasados que estaban preparados y esperando. Durante los bautismos y las confirmaciones, pude sentir que sus almas se llenaban de gozo y de paz. Me sentí sumamente feliz, y todo lo que deseaba era darles las gracias por darme la oportunidad de ser parte de algo tan especial.

Photo of headstones

Cómo encontrar los nombres de tus familiares para llevarlos al templo

Prueba la vista Descendencia en FamilySearch.org para ayudarte a buscar antepasados que necesiten que se haga la obra por ellos. Luego acepta el reto que se ha extendido a los jóvenes de efectuar la obra en el templo (véase la página 54 de este ejemplar).

El modo en que la historia familiar nos transforma

Russell M. Nelson“Cuando nuestro corazón se vuelve a nuestros antepasados, algo cambia dentro de nosotros; nos sentimos parte de algo más grande que nosotros mismos. Nuestros anhelos innatos por tener conexiones familiares se hacen realidad cuando nos entrelazamos con nuestros antepasados mediante las ordenanzas sagradas del templo”.

Presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Generaciones entrelazadas con amor”, Liahona, mayo de 2010, pág. 92.

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Vencer las debilidades, desarrollar la fe

Febrero 2017
Vencer las debilidades, desarrollar la fe
Por E. Tracy Williams
La autora vive en Utah, EE. UU.

Tuve que aprender a confiar en el Señor para superar mis debilidades y desarrollar mis fortalezas, mientras me preparaba para la misión y mientras prestaba servicio.

E. Tracy Williams
Me llevó siete años reunir los requisitos para servir en una misión de tiempo completo. Cuando hablé por primera vez al respecto con mi obispo, el obispo Tapueluelu, él me dio algunas pautas que debía esforzarme por cumplir. Me dijo que si las cumplía y aprendía a ser obediente, sería bendecida. Las primeras pautas —estudiar las Escrituras a diario y asistir a la Iglesia cada semana— eran fáciles de lograr. “Esto es fácil”, pensé; pero me ofendí cuando se me pidió que cambiara ciertas cosas “mundanas” de mi vida, y mi orgullo y terquedad me dominaron.

En busca de una salida fácil, me mudé a cuatro barrios diferentes y hablé con cuatro obispos; incluso regresé a la universidad para obtener un título en medicina. Luego sentí la inspiración de dejar todo y volver a prepararme para servir en una misión; así que lo hice. Volví a hablar con el obispo Tapueluelu y humildemente le pedí ayuda. Me dijo que había un requisito de peso para los misioneros, y me di cuenta de que yo superaba el límite. Al instante mi mente se llenó de sentimientos de desánimo y vergüenza, pero mi obispo me alentó. Expresó su amor y fe en mí, y me dijo: “Mi puerta está siempre abierta; ¡podemos trabajar en esto juntos! Una debilidad a la vez, semana a semana”.

De modo que visité a mi obispo cada semana y nos concentramos en una debilidad a la vez. No tenía idea de que tendría que esperar otros cuatro años, simplemente intentando reunir los requisitos para cumplir una misión.

Confiar en el Salvador

Durante esos años, me esforcé por acercarme a Cristo y poner en práctica Sus enseñanzas. Al afrontar desafíos, Su expiación se convirtió en algo real para mí. Cuando mi mejor amiga falleció, cuando mi familia perdió su casa y cuando tuve un accidente automovilístico, me sostuvo el poder, el consuelo y la fortaleza que Él me dio mediante Su expiación. Cuando las circunstancias hicieron que perdiera a muchas de mis amistades, caí en una depresión, pero el Salvador me rescató. En vez de salir con amigos los viernes por la noche, comencé a hacer ejercicio en el gimnasio y a estudiar acerca de la expiación de Jesucristo.

Oraba cada noche por la gente a quien algún día serviría y ¡hasta por mis futuras compañeras!

Finalmente reuní los requisitos y se me llamó a prestar servicio en la Misión Nueva Zelanda Auckland, de habla tongana.

El arte callejero y el Espíritu

Cuando ingresé al Centro de Capacitación Misional, me di cuenta de que había más que aprender sobre Jesucristo y Su expiación, y sobre mí misma. Aunque soy de ascendencia tongana, nunca había estado en las islas del Pacífico Sur, y me costaba el idioma tongano. Cuando llegué a Nueva Zelanda no tenía idea de lo que la gente me decía en esa lengua; yo tenía mucho que decir, pero como no hablaba el idioma, mis palabras eran escasas, simples y entrecortadas; asentía cuando la gente me hacía preguntas; se reían de mí y yo me reía con ellos, pero en mi interior la risa se convirtió en lágrimas de frustración y desaliento. Yo pensaba: “¿Me preparé durante siete años para venir hasta aquí para esto?”.

Así que oré al Padre Celestial. En Éter 12:27 aprendemos que nuestras debilidades pueden convertirse en fortalezas si confiamos en Él. Le hablé de mis debilidades y de mi confianza en Él, y me levanté una… y otra… y otra vez. Empecé a confiar aún más en Cristo y también en mis fortalezas.

Amo este Evangelio y me encanta el arte callejero, así que decidí combinarlos; en mi mochila puse mis Escrituras, un cuaderno de dibujo, carboncillos, marcadores permanentes y pinturas en aerosol. Mis compañeras se rieron y me preguntaron: “¿Qué vas a hacer con la pintura en aerosol?”. Les expliqué: “Todavía no hablo el idioma, pero puedo mostrar mi testimonio a los demás”.

Durante el resto de mi misión utilicé el arte callejero (sobre papel, no en edificios) y el Espíritu para enseñar de Cristo. Y aunque parezca una locura, dio resultado. Muchas personas no querían escuchar mi mensaje, así que yo lo dibujaba; se abrieron puertas y oídos cuando yo les decía que hacía grafiti; no me creían; me tomaban el tiempo por tres minutos, y yo escribía la palabra fe mientras les enseñaba al respecto. Entre aquellas personas había muchas que sentían que se las juzgaba y que nadie las quería. Yo pude testificarles que con fe en Cristo podemos sentir Su amor y perdón, y que Él puede ayudarnos a cambiar para bien. Él me ayudó a mí.

Los siete años de preparación para mi misión me ayudaron a encontrarme a mí misma. Ese tiempo me permitió obtener un testimonio de la expiación de Cristo y de Su poder para ayudarme a superar mis debilidades y utilizar mis fortalezas para compartir lo que yo sabía con los demás. Al final, esos siete años valieron la pena.

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En una encrucijada con mis amigos

Febrero 2017
En una encrucijada con mis amigos
Por Stephen W. Owen
Presidente General de los Hombres Jóvenes

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Constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Illustration of young man at a crossroads

A los catorce años, tomé una decisión que cambió todo. Un viernes por la noche, caminaba por la calle con algunos amigos, y lo estábamos pasando bien, tal como solíamos hacer; pero esa noche había un problema, y yo sabía que debía hacer algo al respecto. No estaba seguro de que pudiera hacerlo.

Durante los últimos dos años, mis amigos habían comenzado a experimentar con el tabaco y el alcohol. Al principio fue algo lento, solo una o dos veces, pero para cuando llegó ese viernes, ellos fumaban y bebían con regularidad cuando estábamos solos.

Pensaba que, siempre y cuando me mantuviese limpio, podría seguir pasándolo bien con mis amigos. Naturalmente, mis padres se daban cuenta de que algo no andaba bien con mis amigos, y estos se daban cuenta de que mis padres no los aprobaban. Eso me dejaba a mí en una posición incómoda: constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Así que allí estábamos aquel viernes por la noche, caminando por la calle. Mis amigos comenzaron a tomar y fumar, y finalmente me di cuenta de lo incómodo que me sentía con su conducta; de modo que tomé una decisión.

Caminé hasta el otro lado de la calle.

Mis amigos se rieron de mí y me llamaron “santito”; dijeron que, si me quedaba allí, no volvería a ser su amigo.

Bueno, llegamos al final de la calle; mis amigos se fueron hacia la izquierda y yo hacia la derecha. Me encontraba a tres kilómetros de casa, y fueron los tres kilómetros más largos que jamás había caminado. Tal vez piensen que me sentí bien al tomar una decisión tan valiente, pero en ese momento me sentí terriblemente mal. A la mañana siguiente me desperté con la aterradora comprensión de que había perdido a mis amigos y que ahora estaba solo. Para un jovencito de catorce años, aquello fue devastador.

Un nuevo amigo

Pocos días después, recibí una llamada telefónica de un miembro de la Iglesia que conocía, llamado Dave. Me preguntó si quería ir a su casa el sábado por la tarde, y también me invitó a cenar con su familia al día siguiente. Parecía mucho más divertido de lo que estaba haciendo sin amigos, así que acepté.

Dave y yo lo pasamos bien juntos y, por supuesto, no hubo cigarrillos ni alcohol. Al escuchar al padre de Dave ofrecer la oración en la cena me sentí muy bien. Comencé a pensar que tal vez —solo tal vez— las cosas comenzaban a mejorar.

Dave y yo nos hicimos muy buenos amigos; jugábamos juntos al fútbol americano, íbamos juntos a la escuela y nos ayudamos el uno al otro a salir a la misión. Cuando regresamos, fuimos compañeros de cuarto en la universidad. Nos ayudamos el uno al otro a encontrar a la mujer correcta con quien casarnos, y nos mantuvimos mutuamente en el sendero estrecho y angosto hasta llegar al templo y más. Después de todos estos años, seguimos siendo buenos amigos, y todo comenzó con una simple llamada telefónica, justo cuando la necesitaba.

Illustration of young men playing football
La influencia de una madre

Al menos así es como pensaba que había comenzado todo. Imaginen mi sorpresa cuando, años después, me enteré de que ¡fue mi madre la que, de manera privada, había orquestado nuestra amistad! Poco después de que perdí a mis viejos amigos, ella notó algo anormal en mí, de modo que llamó a la madre de Dave para ver si a ellos se les ocurría alguna manera de ayudar. Entonces la madre de Dave convenció a este para que se pusiera en contacto conmigo y me invitara a su casa. En ocasiones, las impresiones para que ayudemos a alguien que lo necesita provienen del Espíritu Santo; otras veces provienen de un ángel —por ejemplo, una madre— la cual “[habla] por el poder del Espíritu Santo” (2 Nefi 32:3).

Con frecuencia me he preguntado cuán diferente habría sido la vida —tanto para mí como para Dave— si mi madre no hubiera percibido mi lucha ni hubiera tomado las medidas necesarias. ¿No les recuerda eso al modo en que el Padre Celestial nos bendice? Él conoce todas nuestras necesidades, y nos envía “luz y paz con la bondad de los demás” (“Quienes nos brindan su amor”, Himnos, nro. 188).

Caminamos juntos

Al final, todos somos responsables de nuestras propias decisiones. Tal como ha dicho el presidente Monson en repetidas ocasiones: “… las decisiones que tomamos determinan nuestro destino”1 y muchas de esas decisiones han de tomarse de manera personal e individual. A menudo nuestras decisiones nos hacen sentir aislados, incluso solos, pero nuestro Padre Celestial no nos envió aquí solos.

Las decisiones que tomé en los momentos clave bendijeron y guiaron toda mi vida. Sin embargo, recibí la inspiración y las fuerzas para tomar esas decisiones gracias a los fervientes esfuerzos de mi madre, y al apoyo y la amistad de Dave.

La prueba que llamamos vida terrenal es diferente a las pruebas que nos hacen en la escuela, en las que la persona debe mantener la vista fija en su propia prueba y no se le permite ayudar al vecino. No; en esta prueba podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros. De hecho, eso es parte de la prueba. De modo que, aunque las decisiones de ustedes puedan llevarlos en ocasiones al lado solitario del camino, por favor, tengan presente que a lo largo de todo ese camino hay otras personas que han tomado su propia decisión difícil para estar del lado del Señor. Ellos caminarán con ustedes, y ellos necesitan que ustedes caminen con ellos.

Nota

1. Thomas S. Monson, “Decisiones”, Liahona, mayo de 2016, pág. 86.

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Cuando el plan se hizo una realidad

Febrero 2017
Cuando el plan se hizo una realidad
Por Alissa Holm
La autora vive en Utah, EE. UU.

De pronto, el Plan de Salvación era más que tan solo una gráfica; era la fuente de mi esperanza y consuelo.

Car crash

“Anoten todos sus talentos, y escojan uno del que nos quieran hablar”, dijo la hermana Jensen a nuestra clase de Laureles. Expliqué orgullosa que el vóleibol era uno de mis mayores talentos y que la siguiente temporada —mi último año de vóleibol— iba a ser la mejor de todas.

“Los talentos vienen en diversas formas; algunos son dones espirituales”, enseñó la hermana Jensen. “Creo que el Padre Celestial me ha bendecido para amar a todas las personas a mi alrededor”.

La hermana Jensen radiaba amor a dondequiera que fuera y compartía su testimonio en sus conversaciones cotidianas. Su amor era genuino, bondadoso y semejante al de Cristo. Para mí, había llegado a ser más que una líder de las Mujeres Jóvenes; era como una segunda madre, una hermana o una mejor amiga durante mis años en la escuela secundaria. Íbamos juntas a conciertos, de compras, y hacíamos mermelada de fresa (frutilla) juntas. Me trajo pudín casero cuando me sacaron las muelas del juicio, y le gustaba visitarme en el establecimiento de raspados (copos) donde trabajaba. Ella trabajaba en mi escuela, así que también asistía a mis partidos de vóleibol.

Unos meses después, casi al final de las vacaciones de verano, me despertó el timbre del teléfono a las 3:00 h de la mañana. Mi mamá contestó y luego entró en mi dormitorio. “Los Jensen tuvieron un accidente automovilístico cuando volvían a casa de una reunión familiar”, dijo. “El auto se volcó en la autopista y la hermana Jensen falleció”.

Se me cayó el alma al suelo. “Eso no puede ser”, pensé. “Me mandó un mensaje de texto hace unas horas; ¿cómo era posible que se hubiera ido ya?”.

Me sentía en shock, confundida y triste, todo al mismo tiempo. Después de unos minutos, afloraron las lágrimas, y mi mamá me abrazó mientras yo lloraba. Dormir era imposible, de modo que permanecí allí con mis pensamientos y mis lágrimas durante el resto de la noche.

Las semanas siguientes, caí en una tristeza que nunca antes había sentido. El vóleibol no era una prioridad, y ya no tenía el deseo de comenzar un nuevo año escolar. Todo lo que antes me entusiasmaba ahora estaba sumido en la tristeza. “Me siento completamente abrumada por el pesar”, escribí una noche en mi diario. “No puedo dejar de llorar y siempre estoy cansada”.

La noche anterior al primer día de escuela, estuve en la cama llorando y pensando en la muerte de la hermana Jensen; ya no quería estar triste, y me di cuenta de que debía superar el dolor. Tenía que orar.

“Por favor, ayúdame a comprender por qué murió y cómo puedo superar esto”, oré.

Me arrodillé allí en silencio, preguntándome si Él me contestaría. Después de unos minutos, mi mente comenzó a formar conexiones con todo lo que había sucedido; sentía calidez en el corazón y se me había levantado el ánimo, y percibí que esos pensamientos no eran los míos, sino que el Espíritu me estaba enseñando.

El Plan de Salvación, esa gráfica que me habían enseñado desde la Primaria, era real. La hermana Jensen nació, experimentó la felicidad, superó cosas, compartió su amor, y ahora estaba en el mundo de los espíritus. Su espíritu aún existía, y sí la volvería a ver. Me di cuenta de que ese plan, el plan de felicidad, se había diseñado para ayudarnos a regresar a nuestro Padre Celestial, nuestras familias y nuestros amigos. En ese momento, lo único que quería más que nada era vivir de manera justa a fin de volver a verla.

Durante esas primeras semanas en la escuela, me concentré en intentar cultivar el talento de la hermana Jensen de amar a todo el mundo. Al concentrarme en amar a otras personas, mi dolor comenzó a desaparecer lentamente y me sentí más feliz. Aprendí que podemos demostrar nuestro amor por otras personas de muchas maneras: escuchándolas, sonriéndoles, llevándoles un dulce, o dándoles un cumplido. Esas fueron cosas pequeñas que la hermana Jensen hizo por mí, así que la mejor manera de preservar su memoria era ofrecer la clase de amor que ella brindaba.

Aunque la hermana Jensen falleció, siempre sentiré su amor. Al esforzarme cada día por demostrar un poco más de amor por otras personas, estoy viviendo la clase de vida que ella vivió, y acercándome un paso más al momento en que pueda verla otra vez.

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La llave del conocimiento de Dios

Conferencia General Octubre 2004
La llave del conocimiento de Dios
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La llave del conocimiento de Dios, administrada por los que guarden el juramento y el convenio del Sacerdocio de Melquisedec, nos permitirá salir adelante como los hijos de Dios.

Hermanos del sacerdocio de Dios, vuelvo a estar sentado para presentarles mi mensaje esta tarde. Como ven, tengo una transitoria afección de la columna vertebral. Aquellos que hayan padecido de la columna me entenderán, y los que no hayan tenido afecciones de ese tipo… ¡aguarden y verán! ¡Cualquier otra explicación sobre mis dolencias, no es cierta!

Humildemente me dirijo a ustedes esta noche, rogando en mi corazón que puedan entenderme por el poder del Espíritu. Cuesta imaginarse nada más importante para nosotros, los poseedores del sacerdocio, que conocer la llave del conocimiento de Dios. Deseo hablarles de esa llave.

El sacerdocio mayor administra el Evangelio “y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios” 1 . ¿Cuál es la llave del conocimiento de Dios? ¿Cualquiera puede obtenerla? Sin el sacerdocio no hay plenitud del conocimiento de Dios. El profeta José Smith dijo que “el Sacerdocio de Melquisedec… es el medio por el cual todo conocimiento, doctrina, plan de salvación y cualquier otro asunto importante es revelado de los cielos” 2 . El presidente Joseph F. Smith indicó: “La persona que afirma que José Smith fue un profeta de Dios y que Jesús es el Salvador posee un tesoro de valor incalculable. Si sabemos esto, conocemos a Dios y tenemos la llave de todo conocimiento” 3 .

Abraham reconoció el valor de esta llave al relatar su experiencia: “…busqué las bendiciones de los padres, y el derecho al cual yo debía ser ordenado, a fin de administrarlas; habiendo sido yo mismo seguidor de la rectitud, deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud, y lograr un conocimiento mayor… y anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios, llegué a ser un heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, poseedor del derecho que pertenecía a los patriarcas” 4 .

Toda persona justa y que desee poseer un conocimiento mayor y “ser un seguidor más fiel de la rectitud” puede, bajo la autoridad del sacerdocio, obtener un mayor conocimiento de Dios. En Doctrina y Convenios, el Señor nos habla de una manera de lograrlo: “Si pides, recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento… aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna” 5 .

Uno podría preguntarse: “¿Cómo se hace para ser un seguidor más fiel de la rectitud?”. Una persona recta es aquella que hace y guarda convenios del Evangelio. Éstos son contratos santos 6 , generalmente entre las personas y el Señor; en ocasiones también se incluye a otras personas, como por ejemplo, los cónyuges. Los convenios comprenden las promesas y los compromisos más sagrados, como son el bautismo, el otorgamiento del sacerdocio, las bendiciones del templo, el matrimonio y el ser padre o madre. Muchas de las bendiciones del padre Abraham se reciben cuando el Espíritu Santo se derrama sobre todas las personas 7 . Cualquier mujer u hombre digno que recibe al Espíritu Santo puede llegar a ser “una creación nueva” 8 . Seguir leyendo

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