Apuntar hacia el centro

Enero 2017
Apuntar hacia el centro
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. Uchtdorf

Recientemente, miré a un grupo de personas practicar el arte de tiro con arco. Con solo mirar, fue claro para mí que si una persona realmente quiere dominar el arco y la flecha, toma tiempo y práctica.

No creo que alguien pueda desarrollar una reputación de ser un arquero hábil al tirar a una pared vacía y luego dibujar los blancos alrededor de las flechas. Debe aprender el arte de encontrar el blanco y tirar al centro del blanco.

Woman shooting bow and arrowPintar blancos

Tirar primero y dibujar el blanco después puede parecer un poco absurdo, pero a veces nosotros mismos imitamos de igual manera ese comportamiento en otras circunstancias de la vida.

Como miembros de la Iglesia, a veces tenemos la tendencia de adherirnos a los programas del Evangelio, temas e incluso doctrinas que parecen interesantes, importantes o agradables para nosotros. Nos sentimos tentados a dibujar blancos alrededor de ellos, haciéndonos creer que estamos apuntando al centro del Evangelio.

Esto es fácil de hacer.

En todas las épocas hemos recibido excelentes consejos e inspiración de los profetas de Dios. También recibimos guía y aclaraciones de varias publicaciones y manuales de la Iglesia. Con facilidad podríamos seleccionar nuestro tema del Evangelio preferido, dibujar un centro del blanco a su alrededor y afirmar que hemos localizado el centro del Evangelio.

El Salvador aclara

Este no es un problema solo de nuestra época. Antiguamente, los líderes religiosos pasaban mucho tiempo catalogando, clasificando y debatiendo cuál de los cientos de mandamientos era el más importante.

Un día, un grupo de eruditos religiosos intentaron hacer participar al Salvador en esa controversia. Le pidieron que pensara en un tema sobre el cual pocos podían ponerse de acuerdo.

“Maestro”, le preguntaron, “¿cuál es el gran mandamiento de la ley?”.

Todos sabemos lo que respondió Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Éste es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”1.

Presten atención a esta última frase: “De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”.

El Salvador no solo nos mostró el blanco, sino que también determinó cuál es el centro del blanco.

Dar en el blanco

Como miembros de la Iglesia, hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo. Ese convenio conlleva de manera implícita el entendimiento de que nos esforzaremos por aprender sobre Dios, lo amaremos, aumentaremos nuestra fe en Él, le honraremos, caminaremos en Su sendero y nos mantendremos firmes como testigos de Él.

Mientras más aprendemos de Dios y sentimos Su amor por nosotros, más nos damos cuenta de que el infinito sacrificio de Jesucristo fue un don divino de Dios. Y el amor de Dios nos inspira a seguir el camino del arrepentimiento verdadero, el cual nos guiará al milagro del perdón. Este proceso nos habilita a tener mayor amor y compasión por quienes nos rodean. Aprenderemos a ver más allá de los prejuicios o etiquetas que ponemos a las personas. Resistiremos la tentación de acusar o juzgar a los demás por sus pecados, defectos, fallas, inclinaciones políticas, convicciones religiosas, nacionalidad o color de la piel.

Veremos a cada persona que conozcamos como hijo de nuestro Padre Celestial: nuestro hermano o nuestra hermana.

Tenderemos una mano a los demás con comprensión y amor, incluso a quienes no son particularmente fáciles de amar. Se nos manda llorar con los que lloran y consolar a los que necesitan de consuelo2.

Y nos daremos cuenta de que no es necesario que nos preocupemos por saber cuál es el blanco correcto del Evangelio.

Los dos grandes mandamientos son el blanco. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas3. Cuando aceptemos esto, todas las otras cosas buenas encajarán.

Si nuestro enfoque central, pensamientos y esfuerzos se centran en aumentar nuestro amor por Dios Todopoderoso y en extender nuestro corazón hacia los demás, podemos saber que hemos encontrado el blanco correcto y que estamos apuntando al centro del blanco, volviéndonos verdaderos discípulos de Jesucristo.

Cómo enseñar con este mensaje

Antes de compartir este mensaje, podría cantar “El amor del Salvador”, (Himnos, nro. 57). Luego considere alentar a quienes visita a reflexionar sobre los “blancos” en sus vidas. Podría hablar sobre maneras de asegurarse de que los dos grandes mandamientos —“[Amar] al Señor tu Dios” y [Amar] a tu prójimo como a ti mismo” (véase Mateo 22:37, 39)— siempre guíen sus acciones. También podría compartir maneras específicas en las cuales usted haya centrado su vida en Cristo y compartir su testimonio de cómo eso lo ha bendecido.

Jóvenes

Una sonrisa puede marcar la diferencia

Girls talking

El presidente Uchtdorf menciona dos metas que debemos tener en nuestras acciones: amar a Dios y amar a nuestros semejantes; aunque a veces simplemente no es fácil amar a los demás. Durante toda tu vida, habrá momentos en que te parezca difícil interactuar con los demás, quizás alguien te haya lastimado o te cueste mucho comunicarte o llevarte bien con alguien. En esos momentos, intenta recordar el amor que has sentido de los amigos, la familia, el Padre Celestial y Jesucristo. Recuerda el gozo que sentiste en esas situaciones e intenta imaginar si todo el mundo tuviera la oportunidad de sentir ese amor. Recuerda que cada persona es hija o hijo de Dios y que merece tanto de Su amor como del tuyo.

Piensa en personas específicas de tu vida con quienes hayas tenido dificultad para llevarte bien. Inclúyelas en tus oraciones y pide al Padre Celestial que abra tu corazón a ellas. Pronto comenzarás a verlas como Él lo hace: como uno de Sus hijos que merece amor.

Después que hayas orado, ¡haz algo lindo por ellas! Quizás podrías invitarlas a una actividad de la Mutual o a salir con amigos. Ofrece tu ayuda para una tarea escolar. Incluso simplemente di “hola” y sonríeles. Las cosas pequeñas pueden marcar una gran diferencia… ¡en la vida de ambos!

Niños

¡El centro del blanco!

targets

El presidente Uchtdorf dice que el Evangelio es como una práctica de tiro al blanco. Necesitamos apuntar a las cosas más importantes. Los dos mandamientos más importantes son amar a Dios y amar a los demás. Si nos centramos en estas dos cosas, ¡podemos dar en el centro del blanco todo el tiempo!

Dibuja una flecha en los blancos que nos ayudan a demostrar amor a Dios y a los demás. Dibuja una X sobre los blancos de cosas que no es bueno hacer.

Compartir tus juguetes

Robar golosinas

Ir a la Iglesia

Llamar a alguien por un nombre malo

Decir tus oraciones

Dar un abrazo a alguien

Pelear con tus hermanos

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La Luz y la Vida del Mundo

Devocional de Navidad de 2014
“La Luz y la Vida del Mundo”
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Estoy agradecido al presidente Thomas S. Monson por la invitación de representar a la Primera Presidencia de hablar en este devocional de Navidad. Me sumo al agradecimiento de las palabras del presidente Dieter F. Uchtdorf por la grandiosa música del Coro del Tabernáculo Mormón y de la orquesta.

Esta tarde nuestro corazón se ha acercado al Salvador y nuestro compromiso de seguirlo se ha fortalecido. Las hermosas luces colocadas en el Centro de Conferencias son un símbolo del gozo que hemos sentido.

El Salvador vino al mundo con luz diseñada para confirmar y celebrar Su llegada. Ustedes recuerdan el relato:

“Y había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños.
“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:
“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor…
“Y aconteció que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron los unos a los otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado”(1).

Esa noche, fueron atraídos para ir al Salvador. Lo que vieron con sus ojos físicos, en el establo, fue a un pequeño bebé. Lo que fueron a verificar era visible sólo mediante sentimientos espirituales. Sabemos que la Luz de Cristo es una influencia que podemos reconocer por sus efectos:

El Salvador dijo:

“Porque he aquí, soy yo el que hablo; he aquí, soy la luz que brilla en las tinieblas, y por mi poder te doy estas palabras.
“Y ahora, de cierto, de cierto te digo: Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno, sí, a obrar justamente, a andar humildemente, a juzgar con rectitud; y éste es mi Espíritu.

“De cierto, de cierto te digo: Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo”(2).

Sentí esa clase de luz, gozo y deseo de hacer el bien cuando nació nuestra primera bisnieta. Al verla, pensé: “Parece resplandecer con una belleza que no creí que fuese posible”. Al instante me di cuenta de que la belleza que vi y el resplandor que sentí al ver su rostro provinieron de su pureza y, a mi modo de ver, de la Luz de Cristo.

Es importante que confíen en esa valiosa capacidad de ver más de lo que ven los ojos físicos. No requiere que se haya recibido el don del Espíritu Santo. Por ejemplo, en Utah teníamos una vecina que era viuda, un viuda mayor. Durante años, los miembros de nuestro barrio la incluían para confeccionar acolchados y otras actividades. Ella disfrutaba de su amistad, pero no demostraba interés en el Evangelio restaurado.

Me contó que un domingo, después de que se mudó a Nevada, regresó a su apartamento, sintiéndose triste, desanimada y sola. Sonó el timbre de la puerta.

Ella describió lo que ocurrió: “Abrí la puerta, preguntándome quién sería; y allí, a la entrada, vi a dos hermosas mujeres, una al lado de la otra. Y pensé que vi que llevaban una aureola sobre la cabeza”.

Eran las misioneras que habían ido porque mi esposa amaba a esa viuda lo suficiente para pedirle a un presidente de misión que le brindara el don del Evangelio de Jesucristo a su amiga.

Viajé a Las Vegas para bautizar y confirmar a esa viuda. Y mi esposa y yo fuimos sus acompañantes cuando entró al templo por primera vez. En todos aquellos sagrados momentos en los que se concertaron convenios, me pareció ver que la rodeaba un resplandor, así como me sentí cuando vi con amor a mi primera bisnieta.

Ustedes han tenido momentos como esos cuando sintieron el Espíritu de Cristo, como podrán sentirlo en este momento. Es porque estas palabras son verdaderas: “Toda persona que anda sobre la tierra, no importa donde viva ni en qué nación haya nacido, sea rico o pobre, ha recibido al nacer el don de esa primera luz que llamamos la Luz de Cristo, el Espíritu de la Verdad, o el Espíritu de Dios; esa luz universal de inteligencia con que toda alma ha sido bendecida”(3).

Tal vez hayan sentido la Luz de Cristo esta noche en este devocional, el propósito del cual es recordar y celebrar el nacimiento de Jesucristo. Todos hemos sentido una influencia de desear ser bondadosos, o de ayudar a alguna persona necesitada. Todos hemos sentido un mayor deseo de alejarnos de la maldad, y cada uno hemos sentido un deseo de ser menos orgullosos, jactanciosos o críticos— ser más como el Salvador.

Al haber sentido el amor puro de Cristo, hemos percibido más Su amor por los demás. La caridad es el amor puro de Cristo. Lo que estemos sintiendo en este momento es únicamente un comienzo. El Señor nos prometió a cada uno un futuro glorioso de este modo: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto”(4).

Algunos que estén viendo y escuchando esta tarde fueron atraídos para estar con nosotros con la esperanza de que pudieran hallar paz al enfrentarse a los pesares de las enfermedades y la muerte que acompañan a la vida mortal, a nosotros y a los que amamos. Testifico que Jesucristo “es la luz y la vida del mundo; sí, una luz que es infinita, que nunca se puede extinguir; sí, y también una vida que es infinita, para que no haya más muerte”(5).

El presidente Thomas S. Monson, el profeta del Señor hoy día, nos ha asegurado: “Con toda la fuerza de mi alma, testifico que Dios vive, que Su Amado Hijo es las primicias de la resurrección y que el Evangelio de Jesucristo es la luz radiante que hace de cada amanecer sin esperanza una mañana gozosa”6. Agrego mi humilde testimonio al de él.

Notes

  1. Lucas 2:8–11, 15.
  2. Doctrina y Convenios 11:11–13.
  3. Stand Ye in Holy Places: Selected Sermons and Writings of President Harold B. Lee (1974), pág. 115.
  4. Doctrina y Convenios 50:24.
  5. Mosíah 16:9.
  6. Thomas S. Monson, “A la mañana vendrá la alegría”, Liahona, abril de 2007, pág, A2.

 

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La condescendencia de Dios y del hombre

Devocional de Navidad de 2014
“La condescendencia de Dios y del hombre”
Élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Es una historia que nunca nos cansamos de oír:

“Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada.
“E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
“Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David,
“para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta.
“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz.
“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”(1).

Nos parece increíble que el mismo Hijo de Dios, el gran Jehová de antaño, naciera en este mundo terrenal en la más humilde de las circunstancias. Un mesón habría sido lo suficientemente modesto, pero no era ni siquiera un mesón; más bien, era un establo, y al bebé lo recostaron en el heno del establo donde los animales se alimentaban. Aun así, la mayor condescendencia es que Jesús hubiese estado siquiera sujeto a la mortalidad, incluso si hubiese nacido en las mejores y más elegantes de las condiciones. Al igual que Pablo, nos maravillamos que “Dios, [enviase] a su Hijo en semejanza de carne de pecado”(2), que hubiese venido como un bebé; que hubiese sido un niño y después un hombre, sufriendo “tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga”(3) e incluso muerte.

¿Cómo es que Aquél que gobernó en las alturas de los cielos, el mismo Creador de la tierra, consintió nacer “según la carne”(4) y andar en el escabel de sus pies(5) en pobreza, menospreciado y maltratado, y al final crucificado? ¿Cuál es la razón de esta inconcebible degradación? Jesús explicó: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió…Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”(6). Fielmente, Jesús soportó todo lo que fue necesario en la vida y en la muerte para expiar, redimir y establecer un modelo celestial para los hijos de Dios: para nosotros.

Era esencial que el Hijo de Dios naciera en la carne y descendiera por debajo de todas las cosas(7) a fin de que pudiese “redimir todas las cosas”(8). Al hablar de ello, Pablo dijo que Jesús “había descendido primero a las partes más bajas de la tierra… para [cumplirlo] todo”(9). Después, “subiendo a lo alto, llevó cautivos a los cautivos”(10). En la revelación de los últimos días, leemos que “quien ascendió a lo alto, [es] también [quien] descendió debajo de todo, por lo que comprendió todas las cosas, a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad, la cual verdad brilla. Ésta es la luz de Cristo” (11).

Jesús fue el Primogénito entre los espíritus y el Hijo Unigénito de Dios en la carne. Aunque no somos “engendrados de Dios en la carne”, somos, al igual que Jesús, hijos de Dios procreados en espíritu. Por tanto, nuestro nacimiento en la vida terrenal es también semejante a una condescendencia, y, así como la de Cristo, tiene un noble propósito. Así como Jesús, nosotros descendimos de los cielos para hacer la voluntad de Aquél que nos envió, y para lograr, con la gracia de Cristo, la inmortalidad y la vida eterna(12). ¿No sería importante para nosotros que al procurar “[ascender] a lo alto”, también descendiéramos por lo menos por debajo de algunas cosas a fin de que comprendiésemos mejor y fuésemos más como Cristo? Si Jesús necesitó ciertas experiencias, ¿necesitaríamos también nosotros algunos desafíos y pruebas “para que [nuestras] entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne [sepamos] cómo [socorrernos los unos a los otros], de acuerdo con [nuestras] enfermedades?”(13)

Mientras era prisionero en la cárcel de Liberty, Misuri, el Señor le reveló a José Smith algunas de las cosas que aún tenía que padecer, y después dijo: “…todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien. El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?”(14)

En esta época, recuerdo la conmovedora experiencia que tuvo Joseph F. Smith, sexto Presidente de la Iglesia, en un tiempo de su vida cuando era un joven padre:

Trabajaba en la oficina de diezmos de la Iglesia, desde las 6 de la mañana hasta las 11 de la noche todos los días, por lo cual recibía tres dólares por día en crédito de diezmos. Esto significaba que podía ir a la tienda de diezmos y canjear su certificado por harina, carne o melaza. Al menos la familia tenía alimentos [aunque muy poco o casi nada de dinero]. Él describió cómo se sentía en aquella época cuando añoraba brindarle a la familia una Navidad maravillosa. Él dijo:

“Salí de casa con sentimientos que no puedo describir. Deseaba hacer algo por mis [hijos] para que se sintieran contentos y destacar el día de Navidad entre todos los demás días, ¡pero no tenía ni un centavo con qué hacerlo! Anduve de aquí para allá por la calle principal, mirando los escaparates de las tiendas y entré en cada una de las tiendas… pero luego me escabullí de las miradas de la gente y me senté a llorar como un niño hasta que las lágrimas de pesar que derramé me aliviaron el dolor que me oprimía el corazón; después de un rato volví a casa, con las manos tan vacías como cuando había salido, y me puse a jugar con mis hijos, agradecido y feliz sólo por ellos”(15).

Joseph F. Smith se crió sin su padre, Hyrum Smith y, en su juventud, algunas veces era áspero e indisciplinado. No puedo evitar pensar que esa experiencia junto con otras, sirvieron para transformarlo en el hombre fuerte, tierno y espiritualmente sensible que llegó a ser. Al igual que el Salvador, “…aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”(16).

Si constantemente confiamos en “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”(17) y acudimos a Él en todo pensamiento(18), lo que suframos también nos llevará a ser mejores; pero esto no es todo. Al igual que las experiencias del Salvador en la vida mortal tenían un propósito redentor, nuestras experiencias, en especial las difíciles, nos prepararán y capacitarán para elevarnos y ayudar a redimírnoslos unos a los otros.

En la Navidad, cuando meditamos en el nacimiento de Jesús y en Su ejemplo de servicio constante, tenemos la tendencia de valernos de nuestros propios recursos para bendecir y liberar a los demás. Son innumerables los relatos de personas que se ayudan y se bendicen mutuamente durante la Navidad; y ésa es ciertamente una de las razones principales por la que nos regocijamos tanto en esta época de festividades.

Una de esos relatos tuvo lugar hace sólo unas semanas en West Jordan, Utah. El pequeño de cuatro años Ethan Van Leuven había padecido una forma aguda de leucemia desde que tenía dos años. Lo habían tratado con una droga experimental, radiación y un trasplante de médula. Aunque el cáncer estuvo en remisión por un tiempo, para octubre de este año ya estaba fuera de control y ya no lo podían tratar.

Los padres de Ethan, Merrill y Jen, se dieron cuenta de que perderían a su pequeño en poco tiempo. “Quiero que sepa que estoy muy orgulloso de él”, dijo Merrill, “por luchar con esto, y en medio de todo este desafío, por ser un ejemplo de fe y fortaleza para mí”(19).

Se aproximaba la “noche de las brujas” a finales de octubre, el cumpleaños de Ethan era en noviembre, y su época favorita, la Navidad, sería el mes siguiente. Cuando fue obvio que Ethan no viviría el tiempo suficiente para disfrutar ninguna de ellas por última vez, los miembros de su barrio y estaca, y otros vecinos y amigos, se juntaron para efectuar todas esas celebraciones para Ethan en una semana: la noche de las brujas el martes, una celebración de cumpleaños el jueves, Nochebuena el viernes, y el día de Navidad el sábado. Los padres de Ethan, que muchas veces habían ayudado a otros, ahora aceptaban gentilmente la ayuda que tantas personas deseaban brindar.

“Nochebuena” el 24 de octubre, incluyó a Papá Noel (Santa Claus) que llegó a casa de la familia Van Leuven en un camión de bomberos. Algunos dieron regalos, como el niño de trece años, que no era conocido de la familia, y que donó su colección de animales de peluche que le había costado años coleccionar. Una estación local de radio tocó música navideña durante tres horas para Ethan y la familia. Más de 150 personas se presentaron en el jardín frente a la casa de los Van Leuven para cantar villancicos, y los miembros del barrio hicieron la presentación en vivo de la Natividad, con todo y un bebé que representaba al niño Jesús. Llevaron a la familia a dar un paseo por el vecindario en un tractor para que pudiesen admirar las casas, que los vecinos habían decorado con luces navideñas.

Por último, Ethan y su familia regresaron a casa para tener una celebración privada de “Nochebuena” y de su “día de Navidad” el sábado, dando por terminada su semana de celebraciones. Ethan falleció tres días después, dejando atrás a una familia y a una comunidad enriquecidas por el ejemplo que les dio, y por sus propios actos de amor y de servicio para hacer felices los últimos días de un niño enfermo(20).

Así pues, durante la Navidad, los relatos de sacrificio y de servicio se multiplican por el mundo. Nuestros regalos y servicio alegran los corazones; la bondad de otros derrama el bálsamo sanador en nuestras propias heridas. Es vivir a la manera del Salvador. Y ya que, al igual que Él, vinimos de los cielos para hacer la voluntad del Padre, no debe ser solamente un acontecimiento anual, sino más bien el modelo de nuestras vidas. En todo lo que sirve para profundizar nuestra empatía, ampliar nuestro entendimiento y purificar nuestra alma, la declaración del Señor nos da la seguridad: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”(21).

Siento gozo al dar testimonio del nacimiento, de la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, e invoco Sus bendiciones sobre todos esta Navidad, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Lucas 2:1, 3–7.
  2. Romanos 8:3.
  3. Mosíah 3:7.
  4. 1 Nefi 11:18.
  5. Véase 1 Nefi 17:39.
  6. Juan 6:38, 40.
  7. Véase Alma 7:11–13.
  8. Doctrina y Convenios 77:12.
  9. Efesios 4:9–10.
  10. Efesios 4:8.
  11. Doctrina y Convenios 88:6–7.
  12. Véase Moisés 1:39.
  13. Alma 7:12.
  14. Doctrina y Convenios 122:7–8.
  15. Laura F. Willes, Christmas with the Prophets(2010), 63–64; quoting Joseph F. Smith, “Christmas and New Year”, Improvement Era,enero de 1919, págs. 266–67.
  16. Hebreos 5:8.
  17. 2 Nefi 2:8.
  18. Véase Doctrina y Convenios 6:36.
  19. Merrill Van Leuven, in Shara Park and Whitney Evans, “‘Overwhelming’ community support for little boy with cancer,” 24 de octubre de 2014, http://www.ksl.com/index.php?nid=148&sid=32083427.
  20. Véase de Amber Clayson, “Community celebrates holidays for cancer-stricken boy,” 31 de octubre de 2014; deseretnews.com/article/865614333/Community-celebrates-holidays-for-cancer-stricken-boy; véase también de Whitney Evans, “West Jordan boy loses battle with leukemia, but wins hearts of community,” 29 de octubre de 2014; http://www.deseretnews.com/article/865614148/West-Jordan-boy-loses-battle-with-leukemia-but-wins-hearts-of-community.
  21. Juan 16:33.
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La Navidad es amor semejante al de Cristo

Devocional de Navidad de 2014
“La Navidad es amor semejante al de Cristo”
Por la hermana Bonnie L. Oscarson
Presidenta general de las Mujeres Jóvenes

¡Feliz Navidad a todos! Es una época mágica del año en la que suceden milagros, se ablandan corazones y el amor puro de Cristo se siente y experimenta como en ninguna otra época del año. Es cuando celebramos el nacimiento de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios en la carne. A nuestro alrededor vemos representaciones de las humildes circunstancias del nacimiento de Jesús: un establo con animales, una virgen hermosa y joven, un esposo preocupado y compasivo y, sobre todo, un pequeño bebé, distinto a cualquier otro bebé nacido en la tierra. El presidente Gordon B. Hinckley citó en una ocasión a E. T. Sullivan, quien dijo: “Cuando Dios quiere hacer una obra grande o remediar un gran mal en el mundo, lo hace de una manera muy curiosa; no provoca grandes terremotos ni envía rayos. En lugar de ello, hace que nazca un niño indefenso… entonces Él espera. Los terremotos y los rayos no son las fuerzas mayores en el mundo. Las fuerzas más poderosas del mundo son los niños”(1).

Observen la gran paciencia que Dios el Padre tiene al dejar que se desarrolle el plan que tiene para Sus hijos. El Salvador del mundo no vino a la tierra con una gran muestra de poder y majestuosidad, Él vino como un niño indefenso. El niño Jesús fue por supuesto “una fuerza poderosa del mundo”; no obstante, nació en un modesto establo y Su cama fue un pesebre con paja. “Por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios”(2). Sin embargo, según la tradición, Él compartió el lugar en el que nació con ovejas y bueyes. Llegaría a ser el Salvador de toda la humanidad, y a pesar de ello, no hubo lugar en el mesón para Su madre y su ansioso esposo. Él es el Redentor de todos nosotros, y aún así, los primeros en ir a verlo fueron humildes pastores. Hay mucho en torno a lo que ocurrió entonces, lo cual podemos meditar y considerar con asombro.

Para mí, uno de los grandes milagros del relato de la Navidad es el amor que refleja. Primero, está el amor que nuestro Padre Celestial tiene por Sus hijos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”(3). Ése es el amor que el Salvador siente por cada uno de nosotros. “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos”(4). El amor de Dios se ha descrito como: “el amor más fuerte, más noble”(5) “y el de mayor gozo para el alma”(6). Ese espíritu de amor e interés parece ser particularmente fuerte durante la época navideña.

Hace unos años, una de nuestras hijas vivía en Connecticut. Una noche, asistió a una reunión de la Sociedad de Socorro en la cual se invitó a todas a contar un relato de la vida de uno de sus antepasados. Ella escuchó el relato de una hermana de nombre Donna que tuvo gran significado para su familia a lo largo de los años y que tenía que ver con un pequeño acto de bondad hecho durante la Navidad. Mi hija se sorprendió al escuchar que el nombre de la persona que había mostrado bondad era el de su propio tatarabuelo. Fue una dulce experiencia cuando nuestra hija y Donna compartieron notas después de la reunión y vieron la influencia que sus antepasados habían tenido en la vida de ellas.

Con el permiso de Donna, quisiera narrar una parte de su relato. Tuvo lugar en un pequeño poblado de Utah en diciembre de 1901 y se trata de una familia compuesta de la madre, el padre y ocho hijos. Había sido un año difícil debido a que uno de los hijos estaba mal de salud, lo cual agotó los recursos de la familia y la energía de la madre. En Nochebuena, la madre dijo a sus emocionados hijos que Papá Noel no iba a llegar ese año. Ella simplemente no había podido administrar el dinero ni su energía para hacer algo para darles a sus hijos en Navidad. Los hijos mayores aún tenían esperanzas y el mayor de ellos comenzó a colgar medias en la repisa. Su madre le dijo con tacto que Santa no iba a llegar, pero el chico insistió en que ella estaba equivocada. Finalmente, la madre sugirió que en lugar de colgar medias pusieran un plato para cada integrante de la familia sobre la mesa. Eso dio a los hijos la tranquilidad de que recibirían algo y se fueron a dormir.

En la mañana de Navidad, los niños se despertaron, se vistieron y se dirigieron con ansiedad al comedor para ver sus regalos. En sus platos encontraron un enorme pepinillo en vinagre. Los ojos se les llenaron de lágrimas de desilusión y regresaron a su habitación para que nadie se diera cuenta de su llanto. Su madre se enteró y les dijo: “Niños, no tenía ninguna otra cosa y no soportaba la idea de dejar vacíos sus platos”. La voz se le quebró, pero continuó con valentía: “Tenemos mucho que agradecer”. El padre se unió a la conversación y les recordó que habían sido bendecidos con muchas cosas, como una familia amorosa, la mejor salud de la que gozaban los que habían estado enfermos y la comida que tenían en la mesa. El espíritu se les levantó a medida que comenzaron a celebrar el día. El hijo mayor golpeó la mesa y se sorprendió al encontrar diez centavos cerca de su plato. Estaba convencido de que Papá Noel había llegado y les había dejado diez centavos para comprar dulces. Se puso el abrigo y salió corriendo.

Todas las tiendas estaban cerradas; sin embargo, Jed Stringham, quien regentaba la tienda de comestibles del pueblo, vivía al lado de la tienda. El muchacho llamó a la puerta de Jed y se disculpó por molestarlo en el día de Navidad, pero le explicó que Papá Noel les había dejado diez centavos y que tenía la esperanza de que el hermano Stringham abriría su tienda para venderle dulces para sus hermanos menores.

Jed respondió: “Por supuesto; ven conmigo”. Cuando el chico llegó a casa, llevaba una enorme bolsa y con emoción explicó que el hermano Stringham había puesto una cucharada de cada bandeja de dulces, desde caramelos duros hasta de los mejores. Se la dio y le dijo: “Lleva estos diez centavos de dulces a casa para los niños y cómete algunos tú también”. Era obvio que Jed Stringham había sido muy generoso y que le había dado mucho más que diez centavos de dulces. Hubo suficiente para el deleite de todos los niños. Los hijos recuerdan que su madre dijo: “Que Dios bendiga al hermano Stringham”. Lo que él hizo no fue un sacrificio enorme y requirió poco esfuerzo, pero el relato de la moneda milagrosa de diez centavos y los dulces del hermano Stringham fue de suficiente importancia para la familia y se ha contado una y otra vez en la familia de Donna durante años(7). A veces, las cosas pequeñas son las que tienen más significado.

Cuando nuestra hija Emily escuchó el relato, reconoció el nombre de Jed Stringham, quien fue su tatarabuelo, y se sintió conmovida por el hecho de que no sólo abrió la tienda sino también su corazón con ese sencillo acto de bondad en esa memorable mañana de Navidad. Nuestra familia nunca había escuchado ese relato y ahora nos sentimos bendecidos porque hemos recibido una copia, la cual pasará a ser parte de nuestra historia familiar. Nos recuerda a ambos lados de nuestra familia que aquellos que han hecho convenios de ser testigos del Salvador del mundo siempre deben esforzarse por ser generosos con su tiempo y sus medios para bendecir la vida de los que les rodean, sobre todo en Navidad, cuando el corazón de los hijos y los padres está más sensible.

El espíritu de la Navidad nos hace ser más caritativos, considerados y amables. En las Escrituras se nos enseña que: “toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios”(8). Ese sentimiento que invita hasta al alma del más cascarrabias a mostrar bondad fraternal en la época navideña, proviene de Dios. ¿Cuánto más amor y compasión tienen en esta época los que ya procuran llegar a ser como el Salvador? El espíritu de la Navidad es amor semejante al de Cristo. La manera de aumentar el espíritu de la Navidad es tender la mano con generosidad a los que nos rodean y dar de nosotros. Los mejores regalos no son cosas materiales, sino los regalos como escuchar, mostrar bondad, recordar, visitar, perdonar y dar tiempo. De mi bisabuelo Stringham he aprendido que, a veces, son los actos pequeños y sencillos los que tienen un mayor impacto.

Al celebrar en esta época el nacimiento de Jesucristo, celebremos también todo lo que simboliza Su nacimiento, en particular el amor. Si vemos pastores, recordemos ser humildes. Si vemos reyes magos, recordemos ser generosos. Si vemos la estrella, recordemos que es la luz de Cristo la que da vida y luz a todas las cosas. Si vemos a un bebé, recordemos amar incondicionalmente, con ternura y compasión. Que podamos abrir la puerta de nuestro corazón y tender la mano a los que viven en soledad, en el olvido o que son pobres de espíritu. Al contemplar el ejemplo y el sacrificio infinito del Salvador, consideremos la forma en que podamos ser más semejantes a Cristo en nuestra relación con nuestros familiares y amigos, no sólo en esta época, sino durante todo el año.

Ruego que estemos llenos del espíritu y del amor de esta época navideña. Testifico que tenemos un Padre Celestial amoroso cuyo plan de felicidad para nosotros es la máxima expresión de amor. Que podamos recordar que, en su momento, nos regocijamos(9) al comprender ese plan. Testifico que Jesucristo, cuyo nacimiento y misión honramos y celebramos, es la luz del mundo, nuestro Salvador y Redentor, nuestra esperanza, nuestra ancla y el autor de nuestra salvación. Hay un gozo singular en ese conocimiento. Que todos podamos sentir en abundancia el amor del Salvador en esta época navideña, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. En Charles L. Wallis, ed., The Treasure Chest, 1965, pág. 53, según lo citó Gordon B. Hinckley, “Éstos, nuestros pequeñitos”, Liahona, diciembre de 2007.
  2. Doctrina y Convenios 76:24.
  3. Juan 3:16.
  4. Juan 15:13.
  5. Guía para el estudio de las Escrituras, “Caridad”.
  6. 1 Nefi 11:23.
  7. Relato familiar no publicado, “The Christmas I Remember Best”, por Lydia Ethel Tuttle Atkin y Donna Ramos. Utilizado con permiso.
  8. Moroni 7:16.
  9. Véase Job 38:7.
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El relato de la Navidad es un relato familiar

Devocional de Navidad de 2014

El relato de la Navidad es un relato familiar

Por el élder Richard J. Maynes
De la Presidencia de los Setenta



Parece ser inevitable que la época navideña evoque los sentimientos más dulces y amorosos hacia el Salvador y Su familia terrenal. El relato de la Navidad es un relato familiar. De hecho, los relatos del nacimiento de Cristo que tenemos en el Nuevo Testamento, especialmente en Mateo y Lucas, bien pueden ser el relato mejor documentado que jamás se haya registrado de la historia de una familia. No se trata solamente de un registro genealógico extenso y detallado, sino que tal vez en ningún otro lugar de la literatura, ya sea religiosa o secular, exista un relato más dulce y conmovedor de unidad, sacrificio, amor y servicio familiar.

El relato de la Navidad es un relato familiar que une el cielo con la tierra. Cada miembro de la familia terrenal de Jesús: María, José y Jesús, se levanta como un ejemplo divino de la dádiva de Navidad de Dios para toda la humanidad. El relato de la Navidad debería motivarnos espiritualmente para emular los atributos de esta sagrada familia. Esta familia estaba unida en procurar la gloria de Dios; unida en servir el uno al otro, unida para cumplir la voluntad de Dios y unida en sacrificio, obediencia y amor. Esta sagrada familia nos brinda un modelo de atributos que, al ser emulados por nuestras familias, nos permitirán disfrutar de las mismas bendiciones de unidad y amor que ellos disfrutaron. Seguir leyendo

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Gloria a Dios

Devocional de Navidad de 2013
Gloria a Dios
Por el élder Ronald A. Rasband
De la Presidencia de los Setenta

Feliz Navidad, mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a la Primera Presidencia esta oportunidad especial de compartir mis sentimientos acerca de la sagrada temporada navideña y del nacimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

No me canso de escuchar los mensajes de la Navidad que empiezan con el nacimiento del niño Jesús en Belén de Judea.

Isaías habló de ese evento más de 700 años antes: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel”(1).

El rey Benjamín profetizó: “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María”(2).

El profeta Nefi escuchó una voz que decía: “mañana vengo al mundo”(3).

Al día siguiente, al otro lado del océano, nació el niño Cristo. Sin duda alguna Su madre, María, veía maravillada a este recién nacido, el Unigénito del Padre en la carne.

En las colinas de Judea que rodean Jerusalén, Lucas nos cuenta de los pastores que se encontraban en sus campos(4). No eran pastores comunes, sino “hombres justos y santos” que darían testimonio del niño Cristo(5)

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:
“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”…
“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían:
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”(6).

Imaginen la escena en Judea —el cielo lleno de hermosas estrellas y coros celestiales señalando este singular evento. Los pastores luego, se dirigieron “de prisa”(7) a ver al niño acostado en el pesebre. Más tarde “dieron a conocer”(8) lo que habían visto.

Cada año en la Navidad testificamos, igual que los pastores, que Jesucristo, el Hijo literal del Dios viviente, vino a este rincón de la tierra que llamamos Tierra Santa.

Los pastores reverentemente se acercaron al establo para adorar al Rey de Reyes. ¿Cómo lo adoraremos esta vez? ¿Comprando incesantemente? ¿Dándonos prisa y decorando nuestras casas? ¿Será ése nuestro homenaje a nuestro Salvador? O ¿llevaremos paz a los corazones atribulados, buena voluntad a aquellos que necesitan de un mejor propósito, gloria a Dios en nuestra buena disposición de hacer Su voluntad? Jesús lo dijo sencillamente: “ven [y] sígueme”(9).

El evangelio de Jesucristo, restaurado por medio del profeta José Smith, ha tenido un efecto positivo en el mundo. He sido testigo personal del fervor de aquellos que han adoptado Su sagrada palabra desde las islas del mar hasta la inmensidad de Rusia.

Algunos de nuestros antepasados se encontraban entre los santos que se reunieron en Sión. Una mujer, Hannah Last Cornaby, se estableció en Spanish Fork, Utah. En esos días difíciles la Navidad se celebraba en ocasiones con una preciosa naranja, un juguete de madera o quizás una muñeca de trapo—pero no siempre. Hannah escribió el 25 de diciembre de 1856:

“Llegó la Navidad y mis pequeños, con su fe de niños, colgaron sus medias, preguntándose si [las medias] se [llenarían]. Con mucha pena, la cual disimulé, les aseguré que no serían olvidados; se fueron a la cama llenos de gozosa anticipación esperando que llegara la mañana.

Al no tener azúcar, no sabía qué hacer. Sin embargo ellos no debían sentirse decepcionados. Luego recordé una calabaza que tenía y que cocí, retirando todo el líquido; luego de cocerla por un par de horas, hice un jarabe dulce. Con esto y unas especias, hice una masa de jengibre, luego la corté en distintas formas y las horneé en una parrilla (ya que no tenía estufa) y llené sus medias con las galletas, las que los complacerían tanto como los mejores dulces lo harían”(10).

Entre líneas en esta historia se lee el relato de una madre que trabajó durante toda la noche sin tener siquiera una estufa para facilitar su tarea. Sin embargo, estaba decidida a dar gozo a sus hijos, reforzar su fe, reafirmar en su hogar, “¡oh, qué gozo y paz!”(11) ¿No es éste el mensaje de la Navidad?

El presidente Monson enseña: “Disponemos de oportunidades ilimitadas para dar de nosotros mismos, aunque también son perecederas. Hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, regalos que dar”(12).

Siempre que actuemos de acuerdo con el Señor—al hacer Su voluntad, edificando a los que nos rodean— estamos testificando que Él vive y que nos ama, sin importar nuestros desafíos temporales.

Otra gran alma en la historia de la Iglesia es el converso escocés John Menzies Macfarlane. Se unió a la Iglesia junto con su madre viuda y su hermano, y los tres viajaron a Salt Lake en 1852. Él tenía 18 años. Con los años, se convirtió en topógrafo, constructor y hasta juez distrital, pero lo que lo distinguió fue la música.

Él organizó su primer coro en Cedar City y lo llevó por el sur de Utah. Después de su presentación en St. George, el élder Erastus Snow, apóstol y líder de la colonia, lo alentó a que se mudara a la comunidad del sur de Utah y trajera consigo a su familia y su música.

Eran tiempos difíciles en 1869 y el élder Snow pidió al hermano Macfarlane que presentara un programa navideño que elevara el espíritu de las personas. El hermano Macfarlane deseaba tener una pieza musical nueva e interesante para el acontecimiento. Aun cuando intentó componerla, no lograba nada. Oró rogando inspiración y oró de nuevo. Luego, una noche, despertó a su esposa y le dijo: “Tengo la letra para una canción y creo que la música también”. Corrió al teclado de su pequeño órgano y tocó la melodía, escribiéndola mientras su esposa sostenía la luz titilante de un trozo de franela que flotaba en un cuenco de grasa. La letra y la música fluyeron:

En la Judea, en tierra de Dios,
fieles pastores oyeron la voz:
¡Gloria a Dios,
gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
¡Paz y buena voluntad!(13)

El hermano Mcfarlane nunca había estado en Judea para ver que las tierras eran más bien laderas rocosas, pero el inspirado mensaje de su música salió de su alma como testimonio del nacimiento del Salvador en Belén de Judea, un inicio que cambiaría para siempre al mundo(14).

Testifico que nuestro Padre Eterno vive. Su plan de felicidad bendice profundamente la vida de cada uno de Sus hijos en todas las generaciones. Sé que Su Amado Hijo, Jesucristo, el niño nacido en Belén, es el Salvador y Redentor del mundo y que el presidente Thomas S. Monson es Su profeta en la tierra en estos días. Estas palabras de alabanza resuenan en mis oídos: ¡Gloria a Dios en lo alto, ¡Paz y buena voluntad”(15).

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Jesús el Cristo, nuestro Príncipe de Paz

Devocional de Navidad de 2013
Jesús el Cristo, nuestro Príncipe de Paz
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Queridos hermanos y hermanas, ¡qué experiencia maravillosa ha sido ésta! La música ha sido sublime y los mensajes reconfortan de gozo nuestro corazón. ¡El espíritu de la Navidad está despertando en nuestra alma!

Los recuerdos de la Navidad traen reminiscencias de la familia, los regalos y del servicio a los demás. Ellos se derivan de la verdadera razón de la Navidad, ese don trascendental de nuestro Padre Celestial. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”(1).

Centrarse en el Señor y en la vida eterna nos ayudará no sólo en la Navidad, sino en todos los desafíos de la vida terrenal. Las personas imperfectas comparten este planeta Tierra con otras personas imperfectas. El nuestro es un mundo caído, estropeado por deudas excesivas, guerras, desastres naturales, enfermedades y muerte.

Los retos personales llegan, es posible que un padre haya perdido su trabajo. Una joven madre haya sabido de una enfermedad grave. Un hijo o hija que se haya ido por mal camino. Lo que sea que causara la preocupación, cada uno de nosotros aspira encontrar paz interior.

Mi mensaje esta noche corresponde a la única fuente de paz verdadera y duradera, Jesús el Cristo, nuestro Príncipe de Paz(2). Éste es el título que Él lleva además de otros para los que Él fue preordenado.

Él fue ungido por Su Padre para ser el Salvador del mundo. Estos dos títulos, el Mesías y el Cristo, designaron Su responsabilidad como el Ungido(3).

Bajo la dirección de Su Padre, Jesús fue el Creador de éste y de otros mundos(4). Jesús es nuestro abogado ante el Padre(5). Jesús fue el prometido Emanue(6), el gran Yo Soy y el Jehová de la época del Antiguo Testamento(7).

Él fue enviado por Su Padre para llevar a cabo la Expiación, el acto central de toda la historia humana. A causa de Su expiación, la inmortalidad se convirtió en una realidad para todos, y la vida eterna se convirtió en una posibilidad para aquellos que deciden seguirlo(8). Estos objetivos son la obra y la gloria del Dios Todopoderoso(9).

Como nuestro gran Ejemplo, Jesús nos enseñó cómo vivir, amar y aprender. Él nos enseñó a orar, a perdonar y a perseverar hasta el fin(10).

Él nos enseñó cómo cuidar a los demás más que a nosotros mismos. Él nos enseñó acerca de la misericordia y de la bondad — haciendo cambios reales en nuestra vida por medio de Su poder. Él nos enseñó a encontrar la paz en el corazón y en la mente. Un día, compareceremos ante Él, nuestro justo Juez y misericordioso Maestro(11).

Estas sagradas responsabilidades del Señor hacen que Lo adoremos como nuestro Príncipe de Paz personal y eterno. Lo alabamos por el privilegio que tenemos de ser padres, abuelos y maestros de niños.

La época de Navidad es un preciado tiempo en familia. El tiempo de la familia es sagrado. Podemos ayudar a nuestros hijos a acudir al Salvador. La música nos puede ayudar. A nuestros hijos les gusta cantar “Yo trato de ser como Cristo”(12).

Y Jesús dijo: “Dejad a los niños venir a mí y no les impidáis hacerlo, porque de los tales es el reino de los cielos”(13).

Él puede traer paz a las personas cuyas vidas han sido devastadas por la guerra. Las familias afectadas por el servicio militar poseen recuerdos de la guerra, los que se grabaron en mi mente durante la Guerra de Corea.

Las guerras de nuestra época son más sofisticadas pero siguen siendo desgarradoras para las familias. Aquellos que sufren pueden volverse al Señor. Él es el mensaje consolador de paz en la tierra y buena voluntad para con los hombres(14).

La paz puede llegar a los que no se sienten bien. Algunos cuerpos reciben heridas. Otros sufren espiritualmente por la pérdida de seres queridos o por otros traumas emocionales. Hermanos y hermanas, la paz puede llegar a su alma al edificar su fe en el Príncipe de Paz.

“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mutilados, … o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré(15).

“…porque veo que vuestra fe essuficiente para que yo os sane”(16).

La paz puede llegar a la persona que sufre con pesar. Ya sea que el dolor derive de un error o de un pecado, todo lo que el Señor requiere es el arrepentimiento verdadero. Las Escrituras nos dicen que “[huyamos] también de las pasiones juveniles … [e invoquemos] al Señor con un corazón puro”(17). Entonces su calmante “bálsamo en Galaad” puede sanar incluso un alma enferma de pecado(18).

Piensen en el cambio de John Newton, que nació en Londres en 1725. Se arrepintió de su vida pecaminosa como comerciante de esclavos para convertirse en un clérigo anglicano. Con ese potente cambio en el corazón, John escribió la letra del himno “Sublime gracia”.

Sublime gracia del Señor
Que a un pecador salvó;
Fui ciego mas hoy miro yo
Perdido y Él me halló(19).

“Habrá más gozo en el cielo por un pecador que searrepiente”(20).

La paz puede llegar a aquellos cuyas obras son pesadas:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”(21).

La paz puede llegar a los que lloran. El Señor dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”(22). Cuando soportamos el fallecimiento de un ser querido, podemos ser llenos de la paz del Señor mediante los susurros del Espíritu.

“Los que mueran en mí no gustarán la muerte, porque les será dulce”(23).

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo(24).

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás”(25).

La paz puede llegar a todos los que sinceramente buscan al Príncipe de Paz. Él es el dulce mensaje de salvación que llevan nuestros misioneros por todo el mundo. Ellos predican que el evangelio de Jesucristo fue restaurado por Él, mediante el profeta José Smith(26). Los misioneros enseñan estas palabras del Señor que cambian vidas: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”(27).

La paz puede llegar a todos los que elijan andar por las vías del Maestro. Su invitación se expresa en dos palabras amorosas: “ven, sígueme”(28).

Todos cantaremos al Príncipe de Paz(29), porque Él vendrá otra vez. Entonces “se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá”(30). Como el Mesías milenario, Él reinará como el Rey de Reyes y Señor de Señores(31).

Al seguir a Jesucristo, Él nos conducirá a vivir con Él y nuestro Padre Celestial, con nuestras familias. A través de nuestros muchos desafíos de la vida terrenal, si nos mantenemos fieles a los convenios efectuados, si perseveramos hasta el fin, seremos merecedores del más grande de todos los dones de Dios, la vida eterna(32). En Su santa presencia, nuestras familias pueden estar juntas para siempre.

Dios los bendiga, mis queridos hermanos y hermanas. ¡Que cada uno de ustedes tenga una muy feliz Navidad! Que puedan ustedes y sus seres queridos disfrutar para siempre de todas las bendiciones del Señor, nuestro Príncipe de Paz. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Juan 3:16.
  2. Véase Isaías 9:62 Nefi 19:6.
  3. Tanto Mesíasen hebreo como Cristo en griego significan “ungido”.
  4. Véase Moisés 1:32–33.
  5. Véase 1 Juan 2:1Doctrina y Convenios 29:5110: 4.
  6. Véase Isaías 7:14Mateo 1:232 Nefi 17:14.
  7. Véase Éxodo 3:11–146:3Abraham 1:162:8.
  8. Véase 3 Nefi 27:13–14.
  9. Véase a Moisés 1:39.
  10. Véase 3 Nefi 27: 21.
  11. Véase 2 Nefi 9:41.
  12. Canciones para los niños, 40 – 41.
  13. Mateo 19:14.
  14. VéaseLucas 2:14.
  15. 3 Nefi 17:7.
  16. 3 Nefi 17:8; véanse también Mateo 13:153 Nefi 18:32Doctrina y Convenios 112: 13.
  17. 2 Timoteo 2:22; véase también 3 Nefi 9:13.
  18. Véase Jeremías 8:22; véase también “¿Pensaste orar?” Himnos, Nº 81; “There Is a Balm in Gilead”, Recreational Songs, 1949, pág. 130.
  19. “Amazing Grace”, Olney Hymns, 1779, Nº 41; véase también Juan 9:25.
  20. Lucas 15:7; véase también el versículo 10.
  21. Mateo 11:28–30.
  22. Mateo 5:4; véanse también 3 Nefi 12:4Doctrina y Convenios 101:14.
  23. Doctrina y Convenios 42:46.
  24. Juan 14:27.
  25. Juan 11:25–26.
  26. Además recordamos el cumpleaños del profeta Joseph Smith (23 de diciembre de 1805) en la época navideña.
  27. Juan 14:15.
  28. Lucas 18:22.
  29. Véase “Cantemos todos a Jesús”, Himnos, Nº 109.
  30. Isaías 40:5.
  31. Véase Apocalipsis 19:16.
  32. Véase Doctrina y Convenios 14:7.
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¿Qué pasó después?

Devocional de Navidad de 2013
¿Qué pasó después?
Por Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

¡Feliz Navidad!

Ésta es la época navideña, y los niños traen la magia de la Navidad a nuestro corazón. Nos perdemos de algo si no vemos la Navidad a través de los hijos de un niño, pues ellos ven las luces, escuchan la música y huelen la fragancia de los árboles y los dulces de Navidad con verdadera anticipación. Vemos sus rosadas mejillas y pequeñas narices pegadas contra el vidrio de las tiendas mientras sueñan con la mañana de Navidad, y sus deditos cuentan los días hasta el 25 de diciembre. Los padres también cuentan los días. Sueñan con estar preparados para la mañana de Navidad al planificar y crear sorpresas para sus hijos.

Cuando yo era niña, mi madre a menudo cosía una sorpresa de Navidad para mí y para mi hermana melliza. Ponía la máquina de coser en su dormitorio y comenzaba el proyecto un mes antes, teniendo cuidado de mantener la puerta cerrada mientras trabajaba. Al acercarse el día de Navidad, cosía hasta muy tarde y, cuando casi estaba por terminar las prendas —a excepción de probárnoslas y marcar la bastilla— formulaba un plan para no echar a perder la sorpresa. Era entonces que nos vendaba los ojos, una a la vez, para entrar a su dormitorio y ponernos la prenda, manteniendo siempre la venda en su lugar. Ahora, eso funcionó muy bien… excepto el día que sonó el teléfono en el otro cuarto.

Antes de salir me dijo: “Vuelvo en un momento, y no te atrevas a ver”. Quizá se preguntarán: “¿Qué pasó después?”.

Se los diré: era un vestido de terciopelo rojo.

Permítanme decirles en qué forma esa pregunta de —“¿Qué pasó después?”— tiene verdadero significado navideño.

Sucedió a mediados de diciembre cuando Amy Johnston, una líder de lobatos en Gilbert, Arizona, aprovechó la oportunidad de enseñar sobre el nacimiento de Jesús a un grupo de niños de ocho años llenos de energía. Tuvo la impresión de dejar de lado la actividad que había planeado para hablar con los lobatos sobre la primera Navidad. Los congregó a su alrededor sobre el piso de la sala de su casa y leyó varios pasajes de las Escrituras y les mostró láminas para contarles la historia sagrada de María y José, los pastores, la estrella y el nacimiento del pequeño Jesús en el establo en Belén.

Leyó:

“Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén…
“para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta…
“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
“Y había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños.
“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:
“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”(1).

Al hablar del nacimiento de Jesús, observó que todos los niños escuchaban parte del tiempo, pero un niño, John, escuchaba con gran interés. John era un niño bullicioso que casi nunca estaba quieto, pero mientras ella contaba la historia, escuchaba con atención y luego preguntó: “¿Y qué pasó después?”.

Así que continuó relatándoles sobre la niñez de Jesús. Les dijo: “Jesús fue un niño, tal como ustedes. Le gustaba correr y jugar, pero también creció y se fortaleció”(2). Les dijo que cuando Jesús tenía doce años, viajó con su familia a Jerusalén. María y José iban de regreso a casa cuando se dieron cuenta de que su hijo no estaba con ellos. Regresaron rápidamente a Jerusalén y lo encontraron en el templo hablando con eruditos y maestros que le hacían preguntas, y las Escrituras dicen que todos los que lo escucharon “se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas”(3).

“Bueno, ¿qué pasó después?”, preguntó John. Amy les contó a los niños sobre el ministerio de Jesucristo y de cómo fue lleno del Espíritu del Señor. En la Biblia leemos que Él enseñó el Evangelio a los pobres, llevó a cabo milagros, sanó a los ciegos y a los enfermos, y realmente levantó a personas de entre los muertos. Él enseñó: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen”(4).

John estaba visiblemente conmovido por lo que se dijo y quiso saber más. Nuevamente preguntó: “Bueno, y ¿qué pasó después?”. Ella les contó que algunos rechazaron a Jesús y que no lo querían. De hecho, planearon quitarle la vida. Les contó a esos pequeños lobatos sobre la Última Cena, el huerto de Getsemaní y que Jesús fue crucificado y que resucitó. Se dio cuenta de que todos esos relatos eran nuevos para John, quien estaba ansioso por aprender más.

Entonces ella sintió la fuerte impresión de detenerse, de llamar a cada niño por su nombre y decir: “Jesucristo murió por ti”. John escuchó atentamente mientras ella hablaba a cada niño por separado. Luego ella lo vio a él y le dijo: “John, Jesucristo murió por ti”. Él la miró y preguntó con asombro: “¿Él hizo eso por mí?”.

Amy dijo: “El Espíritu se sintió muy fuerte en nuestra sala ese día cuando un niño percibió las impresiones del Espíritu Santo quizás por primera vez”. Ella dijo: “No sé lo que el futuro le depare a John, cuya familia se mudó, pero ruego que las semillas que se plantaron en una reunión de lobatos dos semanas antes de la Navidad crezcan y lo lleven a obtener algún día toda la luz del Evangelio”.

Una vez que pasa la temporada, que se guardan las luces de Navidad, que la fragancia de pino se disipa en el aire y que la música de Navidad ya no se escucha en la radio, nosotros, tal como John, quizás nos preguntemos: “¿Qué pasa después?”

La maravilla y el asombro de la Navidad es sólo un principio. La Navidad nos recuerda que el pequeño nacido en Belén nos ha dado propósito en la vida, y lo que nos pase después dependerá en gran medida de la forma en que aceptemos y sigamos a nuestro Salvador, Jesucristo. Cada día invitamos al Espíritu a nuestra vida. Vemos la luz en los demás; escuchamos el gozo de las voces de los niños que traen esperanza e ilusión por el futuro. Buscamos razones para reunirnos, para incluir, servir y elevar, mientras aprendemos lo que realmente significa conocer a nuestro Salvador, Jesucristo. Contamos los días hasta que lleguen los acontecimientos en nuestra vida en los que sentimos más intensamente Su influencia; por ejemplo, el nacimiento de un bebé, el bautismo de un niño, la salida de un misionero, un matrimonio solemnizado en el templo, y participar de la Santa Cena cada semana. Con una fe como la de Cristo y la de un niño lo buscamos y sentimos Su influencia.

“…si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”(5).

Es un plan hermoso, este plan que nuestro Padre ha creado en el cual mediante Su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, podemos regresar y vivir con Él y disfrutar de todo lo que el Padre tiene, ya que ésa es la respuesta definitiva a la pregunta: “¿Qué pasa después?”. El Salvador dijo: “…y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre; y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado”(6).

El estar preparados para recibirlo da un nuevo significado a estar listos para el 25 de diciembre.

John, dondequiera que estés, los apóstoles vivientes han dicho: “Testificamos solemnemente que [la] vida [de nuestro Salvador], que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo”(7).

John, el don que Él nos da es lo que pasa después.

Es verdad, y lo hizo por ti. De esa gloriosa verdad testifico en Su nombre, a saber Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Lucas 2:4–11.
  2. Lucas 2:40.
  3. Lucas 2:47; véase también la Traducción de José Smith, Lucas2:46 (en Lucas 2:46, nota b al pie de página).
  4. Lucas 6:27.
  5. Mateo 18:3.
  6. Doctrina y Convenios 84:37–38.
  7. “El Cristo Viviente: El testimonio de los apóstoles”, Liahona, abril de 2000, págs. 2–3.
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El verdadero gozo de la Navidad

Devocional de Navidad de 2013
El verdadero gozo de la Navidad
Por el presidente Thomas S. Monson

Mis queridos hermanos y hermanas, es una alegría para mí estar con ustedes esta noche al celebrar a través de las palabras y las canciones, el nacimiento de nuestro Salvador y Redentor, a saber Jesucristo, el Señor.

La Navidad es una época gloriosa del año. También es un tiempo muy ocupado para la mayoría de nosotros. Es mi esperanza y oración que no lleguemos a abrumarnos con las presiones de la temporada, que pongamos nuestro énfasis en las cosas equivocadas y que nos perdamos de las alegrías simples de conmemorar el nacimiento del Santo de Belén.

No llegamos a encontrar el verdadero gozo de la Navidad al apresurarnos y correr de aquí para allá para hacer más cosas. Hallamos el verdadero gozo de la Navidad, cuando hacemos del Salvador el punto central de la temporada.

Él que nació en un establo, fue acunado en un pesebre, descendió de los cielos para vivir en la tierra como hombre mortal y para establecer el reino de Dios. Su glorioso Evangelio moldeó las ideas del mundo. Vivió para nosotros, y murió por nosotros. ¿Qué podemos darle a cambio?

Me encantan las palabras que escribió la poeta inglesa Christina Rossetti:

¿Qué puedo darle,
siendo yo tan pobre?
Si fuera un pastor
le daría un cordero.
Si fuera un Rey Mago
le daría otro don,
mas yo, ¿qué he de darle?
Le daré el corazón(1).

Nuestra celebración de la Navidad debe ser un reflejo del amor y la abnegación que enseñó el Salvador. El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el espíritu de la Navidad. Nos sentimos más amables el uno con el otro. Tendemos la mano con amor para ayudar a los menos afortunados. Nuestro corazón se ablanda. Se perdona a los enemigos, se recuerda a los amigos y se obedece a Dios. El espíritu de la Navidad ilumina la ventana panorámica del alma por el que contemplamos la vida agitada del mundo y nos hace interesarnos más por las personas que los objetos. Para comprender el verdadero significado del espíritu de la Navidad, sólo debemos recordar a quién celebramos, entonces se convierte en el Espíritu de Cristo.

El presidente David O. McKay dijo: “La verdadera felicidad se obtiene solamente al hacer felices a otras personas, o sea, en la aplicación práctica de la doctrina del Salvador de perder la vida para hallarla. En resumen, el espíritu de la Navidad es el espíritu de Cristo que ilumina nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y que nos inspira a rendir actos bondadosos de servicio.

“Es el espíritu del evangelio de Jesucristo, por cuya obediencia se obtendrá ‘paz en la tierra’, porque significa buena voluntad hacia todos los hombres” (2).

Que podamos dar como el Salvador dio. Dar de uno mismo es un don sagrado. Damos como un recordatorio de todo lo que el Salvador ha dado. Además podemos dar regalos que tengan un valor eterno, junto con nuestros regalos que con el tiempo se rompen o se olvidan. ¡Cuánto mejor sería el mundo si todos diéramos regalos de entendimiento y de compasión, de servicio y de amistad, de bondad y de dulzura.

A medida que la temporada de Navidad nos rodea con toda su gloria, que podamos, al igual que los Reyes Magos, buscar una estrella brillante y especial para que nos guíe en nuestra celebración del nacimiento del Salvador. Que todos podamos hacer el viaje a Belén, en espíritu, llevando con nosotros un corazón tierno y atento como nuestro regalo al Salvador.

Mis hermanos y hermanas, que todos tengamos una Navidad llena de gozo. Ésa es mi esperanza y mi oración. En el sagrado nombre de nuestro Salvador, Jesucristo. Amén.

Notas

  1. En Jack M. Lyon and others, eds., Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, págs. 166–67.
  2. La mejor de las Navidades, Liahona, diciembre de 2008, pág. 3.
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El que recibe con bondad y agradecimiento

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2012
El que recibe con bondad y agradecimiento
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

¡Qué época tan maravillosa del año! Cuando oigo la hermosa música, veo las luces y siento el aire frío, me remonto a las muchas ocasiones a lo largo de mi vida en que el espíritu de la Navidad le ha dado calidez a mi corazón y me ha elevado el alma.

Al igual que muchos de ustedes, creo que algunos de los recuerdos más cálidos y vívidos de la Navidad se originaron en mi niñez. Aunque me crié en circunstancias modestas, mis padres deseaban que la Navidad fuera un tiempo de gozo y de fascinación para sus hijos, e hicieron todo lo posible para que fuera un tiempo especial para nuestra familia.

Mis hermanos y yo nos hacíamos regalos unos a otros. Un año, recuerdo que le hice a mi hermana una pintura como regalo de Navidad; no pudo haber sido una obra de arte, pero ella la consideró un tesoro. ¡Cuánto la quiero por hacer eso! Otro año, mi hermano, que es 12 años mayor que yo, me dio un preciado regalo; de un palo que se encontró en un parque cercano a nuestra casa, talló un pequeño cuchillo de juguete. Era sencillo, nada extravagante, pero ¡cuánto atesoré ese regalo porque él lo había hecho!

Una de las grandes alegrías de la Navidad es ver los rostros llenos de entusiasmo de los niños cuando toman en sus manos un regalo envuelto que es simplemente para ellos.

Sin embargo, al ir madurando, nuestra habilidad para recibir regalos con el mismo entusiasmo y buena voluntad parecen disminuir. A veces, llega el punto en el que las personas no pueden recibir un regalo o ni siquiera un cumplido sin sentirse avergonzadas o tener sentimientos de estar en deuda. Piensan erróneamente que la única manera aceptable de responder al recibir un regalo es reciprocar con algo de más valor. Otros sencillamente no ven lo que significa un regalo, concentrándose solamente en su apariencia externa o su valor y pasan por alto el profundo significado que encierra para la persona sincera que lo obsequia.

Eso me recuerda un acontecimiento que ocurrió durante la última noche de la vida del Salvador, cuando reunió a Sus amados discípulos a Su alrededor, partió pan con ellos y les dio Sus últimas y valiosas instrucciones. ¿Recuerdan que en el transcurso de la comida, Jesús se levantó de la mesa, echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies de Sus discípulos?

Al llegar donde estaba Simón Pedro, el pescador se negó, diciendo: “No me lavarás los pies jamás”. El Salvador lo corrigió tiernamente: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”(1).

Estoy seguro de que Pedro pensó que tenía razones nobles para rechazar esa dádiva y pensó que estaba haciendo lo correcto, pero en ese momento, claramente no entendió el significado espiritual de lo que Jesús le obsequiaba.

Durante la Navidad hablamos mucho acerca de dar, y todos sabemos que “Más bienaventurado es dar que recibir”(2), pero me pregunto si a veces rechazamos o incluso menospreciamos la importancia de ser los que recibimos con bondad.

Una Navidad hace muchos años, una niña recibió un hermoso juego de cuentas. El padre le sugirió que hiciera algo para uno de los parientes que se habían congregado para una fiesta familiar.

A la niña se le iluminó el rostro y se dispuso a crear lo que pensó sería el regalo perfecto. Escogió a la persona a la que quería dárselo: a una tía anciana con rostro de enojo y de áspera personalidad.

“Tal vez si le hago un brazalete”, pensó la niña, “la hará feliz”.

Con mucho cuidado, seleccionó cada una de las cuentas y se esforzó para que ese regalo fuera especial para su tía.

Cuando por fin lo terminó, se acercó a la tía, le entregó el brazalete y le dijo que lo había diseñado y confeccionado exclusivamente para ella.

El silencio se hizo sentir en el cuarto cuando la tía levantó el brazalete con el índice y el pulgar como si estuviera sosteniendo una ristra de caracoles viscosos. Miró el regalo, entrecerró los ojos y arrugó la nariz y dejó caer el brazalete en las manos de la niña. Después se dio vuelta sin decir una palabra y empezó a hablar con alguien más.

La niña se ruborizó de vergüenza, profundamente decepcionada, salió en silencio de la habitación.

Los padres trataron de consolarla; trataron de ayudarla a entender que el brazalete era hermoso, a pesar de la reacción insensible de la tía. Sin embargo, la niña no podía dejar de sentirse triste cada vez que pensaba en lo ocurrido.

Han transcurrido las décadas y la niña, que ahora es tía ella misma, aún recuerda, con un poco de tristeza, ese día cuando se rechazó su regalo de niña.

Toda dádiva que se nos brinda, especialmente una que provenga del corazón, es una oportunidad para crear o fortalecer un lazo de amor. Cuando recibimos con bondad y agradecimiento, abrimos la puerta para intensificar nuestra relación con el que obsequia la dádiva. Sin embargo, cuando no estimamos una dádiva, o incluso la rechazamos, no sólo herimos a aquellos que se abren hacia nosotros, sino que, en cierta manera, nos hacemos daño también a nosotros mismos.

El Salvador enseñó que a menos que nos volvamos “como niños, no [entraremos] en el reino de los cielos(3).

Al observar el entusiasmo y la maravilla de los niños durante esta época del año, tal vez podamos recordar que tenemos que redescubrir y reclamar el valioso y glorioso atributo de los niños: la habilidad de recibir con gentileza y gratitud.

No es de sorprender que el Salvador sea nuestro ejemplo perfecto no sólo de dar de manera generosa, sino de aceptar con gentileza. Cuando Él se encontraba en Betania, casi al final de Su ministerio terrenal, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de aceite caro y poco común. A ella le fue permitido ungir la cabeza de Él con este preciado obsequio.

Algunas personas que presenciaron lo ocurrido se enfadaron. “Qué manera de desperdiciar el dinero”, dijeron. El aceite era sumamente caro; se podría haber vendido y dar el dinero a los pobres. Ellos vieron sólo el valor temporal de la dádiva, descartando totalmente el significado espiritual mucho más grande que encerraba.

No obstante, el Salvador comprendió el simbolismo y la expresión de amor de tal dádiva, y la recibió con gentileza.

“Dejadla”, les dijo a los que murmuraban “… ¿por qué la molestáis?… Ella ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura”(4).

Mis hermanos y hermanas, mis queridos amigos, ¿qué clase de personas somos al recibir? Al igual que el Salvador, ¿reconocemos las dádivas como expresiones de amor?

En nuestros días, el Salvador ha dicho que aquellos “que [reciban] todas las cosas con gratitud [serán] glorificado[s]”(5), y “la abundancia de la tierra será [de ellos]”(6).

Espero que esta Navidad y cada día del año tomemos en cuenta, en particular, las muchas dádivas que nuestro amoroso Padre Celestial nos ha dado. Espero que las recibamos con la maravilla, el agradecimiento y el entusiasmo de un niño.

Mi corazón se enternece y se llena de calidez al pensar en las dádivas que nuestro amoroso, bondadoso y generoso Padre Celestial nos ha dado: el indescriptible don del Espíritu Santo, el milagro del perdón, la revelación y la guía personales, la paz del Salvador, la certeza y el consuelo de que se ha conquistado la muerte, y muchas, muchas más.

Sobre todo, Dios nos ha dado el don de Su Hijo Unigénito, quien sacrificó Su vida “para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”(7).

¿Hemos recibido esas dádivas con humilde gratitud, con alegría? ¿O las rechazamos por el orgullo o un falso sentido de independencia? ¿Sentimos el amor de nuestro Padre que se expresa en esas dádivas? ¿Las recibimos de tal modo que se intensifique nuestra relación con este maravilloso y divino Dador? ¿O estamos demasiado distraídos para siquiera notar lo que Dios nos da cada día?

Sabemos que “Dios ama al dador alegre”(8), pero, ¿no ama Él también al que recibe con bondad, agradecimiento y alegría?

“Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”(9).

Ya sea que hayamos pasado nueve Navidades o noventa, aún somos todos niños, hijos de nuestro Padre Celestial.

Por tanto, llevamos en nuestro interior el experimentar esta época navideña con la fascinación y el asombro de un niño. Está en nuestro interior el decir: “…mi gozo es completo; sí, mi corazón rebosa de gozo, y me regocijaré en mi Dios” (10), el Dador de todos los buenos dones.

Con todos ustedes, y con todos aquellos que deseen seguir al Cristo tierno, elevo mi voz en alabanza de nuestro poderoso Dios por el valioso don de Su Hijo.

Esta época de Navidad y siempre, ruego que veamos el maravilloso don del nacimiento del Hijo de Dios a través de los benditos ojos de un niño. Ruego que además de dar buenas dádivas, nos esforcemos por llegar a ser los que recibamos con bondad y agradecimiento. Al hacerlo, el espíritu de esta temporada ensanchará nuestros corazones y aumentará nuestro gozo de manera incalculable. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Véase Juan 13:1–9.
  2. Hechos 20:35.
  3. Mateo 18:3.
  4. Véase Marcos 14:3–9.
  5. Doctrina y Convenios 78:19.
  6. Véase Doctrina y Convenios 59:15–21.
  7. Juan 3:16; véase también Alma 33:16: “Estás enojado, ¡oh Señor!, con los de este pueblo, porque no quieren comprender tus misericordias que les has concedido a causa de tu Hijo”.
  8. 2 Corintios 9:7.
  9. Doctrina y Convenios 88:33.
  10. Alma 26:11.
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El Regalo Perfecto

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2012
El Regalo Perfecto
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

En la Navidad celebramos el Regalo Perfecto de nuestro Padre Celestial de Su Hijo Amado, Jesucristo, el Salvador del mundo. La temporada navideña es una época en la que buscamos gozo al dar, lo cual nos recuerda de ese Regalo de regalos. Hemos aprendido por experiencia lo difícil que es dar servicio.

En 1970, mis tres hijos varones eran pequeños. Como padre joven, yo trabajaba arduamente para mantener a mi familia. Dos días después de Navidad, supe que debía irme de viaje de negocios y mi esposa Kathleen se quedaría con los niños mientras éstos no tenían clases. Sabiendo que su felicidad bien podría depender de los regalos que recibieran para jugar, los escogimos con esmero. Al mayor, que tenía siete años, le dimos un barómetro que pronosticaba el tiempo.

Descubrimos que el aparato se tenía que armar. Mi hijo y yo armamos ese magnífico y nuevo barómetro. Organizamos las piezas y leímos detenidamente las complejas instrucciones.

Tras unas horas, fue evidente que aun si armábamos de forma correcta todas las piezas, parecía que había un problema con el mecanismo que hacía subir y bajar el fluido del barómetro. Oculté mis dudas a mi hijo, pero esa misma noche, después de que él se había acostado, me sentía tan frustrado que escribí en mi diario el borrador de una carta de reclamo para el fabricante. Leeré parte de esa carta, la que me alegro no envié:

“Nuestro hijo quedó fascinado con el barómetro. Tiene siete años y tiene fe en que semejante aparato debe funcionar. Espero que el tiempo no cambie antes de recibir respuesta, ya que no deseo entrar en su cuarto a hurtadillas para ajustar el barómetro a mano, y no deseo que pierda la fe en éste… Les ruego me digan cómo hacerlo funcionar. No es la credibilidad de ustedes sino la mía la que está en juego”.

La asistencia humana no llegó a tiempo para que funcionara ese regalo de Navidad. Pero nuestro hijo, ahora ya un padre, recuerda el amor que compartimos al ayudarnos mutuamente. Y él todavía tiene la fe que tuvimos en el orden constante de la creación de Dios, el de la tierra y el de la atmósfera que hace que el arte del pronóstico de tiempo sea posible. Nuestros esfuerzos frenéticos por hacer que el barómetro funcionara no disminuyeron esa fe.

Aprendimos de ello lo que ustedes ya saben de sus experiencias: El éxito para brindar gozo en la Navidad requiere la ayuda de otras personas, pocas veces se encuentra en un esfuerzo aislado. El unirnos con los demás hace que el gozo sea mayor y más duradero. Y quizás lo más importante, al invocar la fe en el Salvador, el Creador y la fuente de toda felicidad duradera, invita al amor puro de Dios, que es el mayor de todos los dones y la fuente segura de la alegría duradera.

Esa realidad se introdujo más profundamente en nuestro corazón durante una época de Navidad años después de nuestra aventura con el barómetro.

Decidí diseñar y hacer un baúl de tesoros de madera para mi esposa. Necesitaba la ayuda de personas con herramientas y destrezas de las que yo carecía. Trabajamos muchas semanas. También necesitaba la ayuda del Espíritu Santo para transmitir amor y fe en el Evangelio con ese regalo.

En la tapa grabé el monograma de la familia y en el frente puse dos paneles. En uno de ellos grabé mi inicial y en el otro la de mi esposa. El baúl solo se podía abrir con dos llaves, una para abrir el cerrojo junto a mi inicial y la otra para el cerrojo junto a la inicial de mi esposa.

Ahora lo usamos para guardar tesoros familiares. Desde aquella Navidad en que estuvo debajo del árbol, ese baúl nos llena la mente y el corazón de amor del uno por el otro y por el sacrificio del Salvador, que permite que el matrimonio y las familias sean eternas. El baúl está lleno de fotos de la familia y de partituras de música navideña, y está junto al viejo piano en la sala. La hechura de ese obsequio trajo amor por la familia y por el Maestro.

De vez en cuando veo y agradezco a los que me ayudaron a hacerlo, y siento el gozo que a ellos les inundó al elaborar un regalo de amor para una familia y un símbolo de nuestro amor hacia el Salvador. Hay gozo en la sonrisa de ellos, igual que cuando hicimos juntos el baúl.

Ustedes saben por experiencia que durante la Navidad ese gozo proviene al elaborar y aún ofrecer sencillos regalos de amor. Muchos de ustedes han ayudado a niños a llevar platos con galletas a personas que se sienten solas en Navidad. Para el que recibe ese modesto obsequio de un niño podría ser algo tan preciado como el incienso, y el hecho de que lo dé un niño le recuerda de los magos que fueron de oriente a ver al Salvador. Tanto el que da como el que recibe recuerdan a Cristo y sienten amor y gratitud.

Los hombres jóvenes y las mujeres jovenes de la Iglesia, junto con sus líderes, ofrecen presentes de amor y testimonio en las pilas bautismales de los templos. El tener más templos cerca de los jóvenes hace que más de ellos tengan la experiencia de dar y con más frecuencia. Los sabios obispos y líderes de los jóvenes les ayudan al alentarlos y hasta participan en el servicio en el templo. Todos ellos se unen al ofrecer bendiciones de limpieza y purificación, que el Salvador hizo posibles, a aquellos que no pudieron recibir ese regalo en vida.

Cada vez más misioneros trabajan con el Salvador y sus compañeros para ofrecer el don de la vida eterna. Con el cambio de la edad para el servicio misional, muchos más sienten el gozo de ofrecer ese inestimable regalo. Los misioneros también ofrecen el Libro de Mormón a todos los que conocen, es un regalo de amor y testimonio que procede de la inspiración que Dios dio a profetas fieles durante siglos. El Salvador necesitaba la ayuda de esos profetas para elaborar regalos de testimonio en el Libro de Mormón, y necesita la ayuda de los misioneros para compartirlo.

Las familias brindan obsequios de amor y testimonio durante la Navidad por medio de la música y la palabra. Cuando era niño, mi familia se reunía alrededor del piano que ahora ya tiene más de cien años, que está en nuestra sala cerca del baúl de tesoros. Es una preciada reliquia de mucho valor para mi madre por ser un regalo de su esposo cuando eran pobres. Mis padres fueron pobres y por eso eran frugales. Nuestros regalos de Navidad eran modestos. Mi madre tenía una exquisita voz de soprano y en Navidad tocaba el piano y cantábamos villancicos populares e himnos sagrados.

Quizá nunca pensó que nos estaba invitando a dar un regalo duradero. En mi tierna edad, sentía un gozo inexpresable al cantar esas canciones. La música llenaba nuestro hogar con un espíritu de paz, no solo sentía el amor de mi madre, mi padre y mis dos hermanos, sino también el de mi Padre Celestial y del Salvador Jesucristo.

Supe que el amor que sentía entonces ya lo había sentido antes en el mundo de los espíritus. Mi mayor deseo era sentirlo algún día en mi propio hogar. Quería vivir de modo que pudiera regresar con mi propia familia al hogar celestial, donde sabía que nuestro Padre Celestial y el Salvador nos esperarían. Cada vez que veo el baúl y el piano, acuden a mi mente recuerdos de amor con mi familia, y del amor del Salvador.

Al cantar en coros, en familia y en clases, y como hemos escuchado hoy, los villancicos de Navidad nos recuerdan el regocijo que sentimos cuando supimos que vendríamos al mundo y que se nos daría un Salvador para redimirnos. Algún día los cantaremos con las huestes celestiales.

Ruego que el Espíritu nos bendiga esta Navidad y en los años siguientes, con el poder para ofrecer otros regalos de amor y del testimonio de Jesucristo y Su evangelio restaurado. Sé que el Espíritu nos guía de sencillas maneras para que brindemos amor, fe y gozo a los demás en esta época de regocijo.

Testifico que Jesucristo es el Hijo literal de Dios y el Salvador del mundo. Él fue el Regalo Perfecto de un amoroso Padre. En ésta y en todas las épocas, el Salvador nos invita a unirnos a Él y a otras personas para ofrecer un regalo de gozo. Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una estrella brillante y resplandeciente

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia 5 de diciembre de 2010
«Una estrella brillante y resplandeciente»
Thomas S. Monson

No existe un momento mejor que éste, esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo.

Mis amados hermanos y hermanas, es un tanto asombroso darse cuenta de que ha pasado un año desde el Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2009. Parece que el tiempo pasa más rápido a medida que pasan los años.

Al acercarnos a esta época especial y sagrada, he meditado en Navidades pasadas. Al mirar atrás a lo largo de los años, parece que fuera obvio que las Navidades que recuerdo más son las que estaban llenas de amor, de dar de sí y del Espíritu del Salvador. Creo que eso es así para todos nosotros al pensar en las Navidades que más recordamos. El llevar el espíritu de la Navidad a nuestro corazón y nuestro hogar requiere esfuerzo y planeamiento conscientes, pero en verdad se puede lograr.

Cada año, mi lectura de Navidad me ayuda cada año a tener el espíritu de la época. Siempre leo los mismos tres textos y lo he hecho durante más años de los que puedo recordar. Vuelvo a leer un pequeño libro titulado La mansión, por Henry Van Dyke. Su mensaje siempre me conmueve el corazón. También leo el eterno clásico de Dickens, Canción de Navidad. ¿Quién no se sentiría inspirado e instruido por los cambios que pasó Ebenezer Scrooge al recibir instrucción de los espectros de la Navidad pasada, de la Navidad presente y de la Navidad venidera? Finalmente, leo el segundo capítulo del Evangelio de Lucas, donde se relata el nacimiento del Salvador del mundo.

Este año, al echar un vistazo a mi extensa colección de cuentos, poemas y canciones de Navidad, volví a leer un cuento de John B. Matheson, hijo, en el que relata una experiencia que tuvo hace sesenta y cinco años, indicando que fue su Navidad más memorable. Mi corazón se conmovió al leer esta emotiva experiencia, así que pensé en compartirla con ustedes esta noche, con la esperanza de que en ustedes también emerja el espíritu de la Navidad.

Durante la Navidad de 1945, John Matheson se encontró sirviendo en el ejército de ocupación en Francfort, Alemania. La Segunda Guerra Mundial se había terminado hacía unos siete meses, pero durante el conflicto, la ciudad de Francfort había sufrido mucha destrucción. La mayor parte de la ciudad eran escombros. Muchas de las casas que no habían sufrido daños se utilizaron para alojar al personal militar de los Estados Unidos. John y otros dos oficiales vivían en una casa de tres plantas que fácilmente habría podido alojar tres familias.

Cada día de la semana, John y los otros dos oficiales solían ir a su oficina y regresaban por la noche donde encontraban las camas tendidas y la casa impecable, tareas que realizaba una anciana alemana que contrató el Ejército de los Estados Unidos para que se encargara de las tareas de aseo de varias casas. Muy de vez en cuando veían a esa frágil ancianita mientras se ocupaba de sus tareas. Las conversaciones que tenían con ella eran limitadas, porque ella no hablaba inglés, y el alemán de ellos era insuficiente; pero a través de cierto lenguaje de señas y sonrisas, le indicaban que estaban satisfechos con su trabajo.

Cada semana John iba a la estación de intercambio para que le dieran su ración de barras de chocolate, jabón y otros artículos. Aunque a veces se quejaba por el escaso surtido que tenían, siempre compraba todo lo que le era permitido y guardaba lo que le sobraba en su armario.

Al acercarse la Navidad, John pensó que debía hacerle un regalo a la señora encargada de la limpieza; de modo que de la abundancia de su armario, llenó una caja grande con barras de chocolate, jabón y latas de jugo de frutas. Sabía que en el sistema de trueque entre los alemanes, el regalo que él le hacía a ella valía muchos dólares más, pero el costo para él era insignificante.

Como sabía que ella no trabajaría el día de la Navidad, al irse a la oficina el 24 de diciembre, John colocó sobre la mesa, donde pudiera verla, la caja de regalo y una tarjeta de Navidad. Todo el día se sintió un tanto orgulloso al pensar en su generoso regalo. La mujer que hacía la limpieza sería como una heredera en la pobreza de su vecindario. Qué suerte la de ella, pensó él; qué agradecida le estaría, a ese generoso norteamericano. Y, sin embargo, ese regalo no se daba por compasión, sino simplemente por lástima y autosatisfacción.

Al acercarse a la casa en la oscuridad de la noche de diciembre, vio la luz tenue de la lámpara que se filtraba por la ventana. La casa estaba en silencio; entró y vio que su regalo y la persona que lo había recibido no estaban. Sin embargo, en el brillo de aquella lámpara, vio sobre la mesa la nota y el regalo de Navidad que ella le había hecho. No esperaba ningún regalo, pero allí estaba: todo lo que le permitían sus circunstancias, y obsequiado en el espíritu de la Navidad.

¿Qué podría dar aquella ancianita? De su pobreza y de su corazón podía dar sus más preciados recuerdos de su amada ciudad de antaño y podía dar la estrella de Navidad.

Sobre aquella mesa tenuemente iluminada, junto con su mensaje escrito meticulosamente “Feliz Navidad”, se encontraban diez viejas y gastadas tarjetas con escenas de Francfort de antes de la devastación de la guerra. La anciana había colocado cada una de las tarjetas sobre uno de sus bordes y las había sujetado juntas de modo que cada dos tarjetas formaran una punta y las diez formaran la estrella de la Navidad.

Era poco lo que tenía para dar. De hecho, era todo lo que tenía. Aunque John Matheson vivió para ver más Navidades, la estrella de Navidad de aquella anciana resplandeció brillantemente a lo largo de su vida. Comentó que la “Estrella de Belén” que ella le había dado había implantado en él el Espíritu de la Navidad y le había enseñado el verdadero significado del amor y del dar. 1

Hermanos y hermanas, esta gozosa época nos trae a todos una medida de felicidad que es equivalente al grado al cual volvamos nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestras acciones al Salvador, cuyo nacimiento celebramos.

No existe un momento mejor que éste, en esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo. Que sea ésta una época que ilumina los ojos de los niños y pone risas en sus labios. Que sea una época para elevar la vida de los que viven en soledad. Que sea un tiempo para reunir a nuestras familias, para sentir una cercanía con los que están cerca de nosotros y una cercanía también con los que están ausentes.

Que sea un tiempo de oraciones por la paz, por la preservación de principios libres, y por la protección de los que están lejos de nosotros. Que sea un tiempo para olvidarnos de nosotros mismos y encontrar tiempo para los demás. Que sea un tiempo para desechar lo que carece de valor y para recalcar los valores verdaderos. Que sea un tiempo de paz porque hemos encontrado paz en Sus enseñanzas.

Más que nada, que sea un tiempo para recordar el nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, que podamos compartir el cántico de los ángeles, el regocijo de los pastores y la adoración de los reyes magos.

Mis hermanos y hermanas, que el espíritu de amor que viene durante la Navidad llene nuestros hogares y nuestras vidas y permanezca allí mucho después de que se quite el árbol y se guarden las luces para otro año. Ésta es mi oración, en el nombre de Jesucristo, el Señor. Amén.

Notas

  1. See John B. Matheson Jr., “A Star of the Past,” in Christmas I Remember Best(1983), 85–86.
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La dádiva de un Salvador

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia 5/12/2010

La dádiva de un Salvador

Henry B. Eyring

Estoy agradecido por esta oportunidad de saludarles al celebrar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. El profeta Isaías habló de Él siglos antes de Su nacimiento: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” 1 .

Ese pequeñito, nacido en un establo y mecido en un pesebre, fue la dádiva de nuestro amoroso Padre Celestial. Él fue el prometido Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Hijo del Dios viviente. Él estaba con Su Padre antes de venir a la tierra en la vida terrenal y fue el Creador del mundo en el que nos hallamos.

El gran apóstol Juan nos da una idea de la grandeza de este niño que provino de las cortes de lo alto: “Sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” 2 . Aún así, vino a la tierra en circunstancias humildes.

De niño y de joven trabajó en el taller de carpintería de José, en Nazaret. Durante su ministerio terrenal, recorrió los polvorientos caminos de Palestina, sanó a los enfermos, levantó a los muertos, enseñó el Evangelio a personas que lo rechazaron, entregó Su vida en el monte del Calvario, se levantó al tercer día en lo que fue el comienzo de la Resurrección para romper las ligaduras de la muerte de todos nosotros, y llegó a ser “primicias de los que durmieron” 3 .

Sobre todo, el Salvador, cuyo nacimiento recordamos en esta época del año, pagó el precio de todos nuestros pecados. Una vez más, mucho antes del nacimiento de nuestro Salvador, el profeta Isaías vio la invaluable dádiva de la expiación de Jesucristo.

Él nos dio una descripción de lo que el Salvador hizo por nosotros.

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido.

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” 4 .

Quienes han sentido esa paz y sanación tienen su corazón colmado de gratitud, y también lo tienen las personas que los aman. Mi esposa y yo leemos los mensajes y vemos las fotografías que nos envían dos de nuestras nietas que prestan servicio como misioneras del Señor en Sudamérica. Nos envían fotos de gente sonriente con rostros radiantes de gozo. Mis nietas envían mensajes de gratitud y amor por el efecto que tiene la Expiación en la vida de las personas a las que enseñan y que han visto transformarse por su decisión de seguir el ejemplo del Salvador de ser bautizadas y recibir la ministración del Espíritu Santo.

Como Santos de los Últimos Días, nuestro corazón rebosa de gratitud por un Padre Celestial amoroso y Su Hijo Amado. Agradecemos sentir esa bendición gracias a la fe de un joven de 14 años, José Smith. En una mañana de primavera de 1820, su oración hizo posible que recibiéramos un certero testimonio de que el Padre, el gran Elohim, y Su Hijo, Jehová, viven y nos aman. Ellos se le aparecieron y le hablaron a plena luz del día, y lo llamaron por su nombre.

La dádiva de esa gloriosa convicción de que se nos conoce y nos ama nos sostiene durante las pruebas que nos deparará la vida. Nunca debemos sentirnos solos. Nunca debemos perder la esperanza.

Eso fue lo que vi el día en que visité a una tía mía de edad avanzada que vivía en un asilo de ancianos; era viuda y los efectos de la edad no le permitían cuidar de sí misma. Aunque la conocía desde pequeño, ella no me reconocía ni a mí ni a los otros familiares en la sala del asilo tan llena de gente.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Desconozco todas las fuentes de ese milagro de paz en su vida, pero conozco una. Desde niña asistió a la reunión sacramental. Allí inclinaba su cabeza y escuchaba palabras dichas en oración a nuestro Padre Celestial. Un sin fin de veces prometió tomar sobre sí el nombre del Hijo, recordarlo siempre y guardar Sus mandamientos para que pudiera tener Su espíritu consigo 5 .

Y aunque el paso de los años había despojado su vida de aquello que tanto gozo le producía, aún retenía los dones supernos que nosotros sentimos en Navidad. Recordaba a Su Redentor, sabía que Él vivía, sentía Su amor y sentía Su amor por todos los hijos del Padre Celestial, doquier que estuviesen y cualesquiera que fueran sus circunstancias.

Al dejar su sonriente presencia, me di cuenta de que nos había dado la dádiva que ella misma había recibido. Ella conocía la fuente de la paz que sentía. Y llena del amor y la gratitud que sentía por el Salvador, quiso que participáramos de esa bendición con ella. Yo había ido allí a consolarla y salí de allí consolado.

Ése es el Espíritu de la Navidad que pone en nuestro corazón el deseo de dar gozo a otras personas. Sentimos el espíritu de dar y sentimos gratitud por lo que se nos ha dado. Celebrar la Navidad nos ayuda a guardar nuestra promesa de recordarle siempre y recordar los dones que Él nos da. Ese recuerdo crea en nosotros el deseo de darle ofrendas a Él.

Él nos ha dicho lo que podemos darle para llevarle gozo. Primero, podemos, como muestra de fe en Él, ofrecerle un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Podemos arrepentirnos y hacer convenios sagrados con Él. Entre los que me están escuchando hay quienes han sentido Su invitación a la paz de Su evangelio, pero aún no la han aceptado. Ustedes le darían gozo si actuaran ahora para venir a Él mientras puedan.

Segundo, podrían darle a Él la dádiva de hacer por los demás lo que Él haría por ellos. Muchos de ustedes ya lo han hecho y han sentido Su aprecio. Puede que fuera el visitar a un viudo que se encuentra solo o al unirse a otras personas en un proyecto de ayuda a necesitados.

El libro de Mateo contiene una larga lista de posibilidades. En él leemos palabras de nuestro Redentor, las cuales todos esperamos escuchar y pronunciar cuando le veamos después de esta vida:

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos?

“¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” 6.

En esas palabras el Señor nos dice con claridad qué dádivas de nuestra gratitud le podemos brindar. Cada acto de bondad hacia cualquier persona llega a ser un acto de bondad hacia Él, porque Él ama a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Y dado que eso le genera gozo a Él, también conlleva gozo a Su Padre, a quien le debemos una gratitud infinita.

Muchos de ustedes encontrarán maneras de dar alimento a personas que padecen hambre en esta época navideña. Al hacerlo, le llevarán gozo al Señor. Aún así, Él nos enseñó que hay una manera de dar una dádiva aún más invaluable y duradera. Él dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás”7. De todas las bondades que realizamos por Él, la mayor de todas es indicar el camino que conduce a Él, la única fuente de vida eterna, a aquéllos a quienes amamos y servimos.

La dádiva de más valor que poseo para dar es mi testimonio del Salvador. Testifico que nació de María, que es el Hijo de Dios y que vivió una vida perfecta. Por medio del profeta José Smith, Él restauró Su Evangelio en la tierra y restauró las llaves de Su sacerdocio a aquellas personas que las han pasado aún hasta este día bendito. Sé por el Espíritu que Thomas S. Monson posee y ejerce esas llaves en nuestra época.

Les dejo mi amor y mi bendición. Agradezco sus ejemplos inspiradores de amor, fe y servicio, los cuales traen gozo a mi vida.

Notas

  1. Isaías 9:6; véase también 2 Nefi 19:6.
  2.  Juan 1:3.
  3. 1 Corintios 15:20.
  4. Isaías 53:4–5; veáse también Mosía 14:4–5.
  5. Véase Doctrina y Convenios 20:77.
  6.  Mateo 25:37–40.
  7. Juan 6:35.
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Todas son enviadas del cielo

Conferencia General Octubre 2002
Todas son enviadas del cielo
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero.

Mis amadas hermanas, su presencia es deslumbrante y me sobrecoge. Con gratitud reconocemos la presencia del presidente Hinckley y del presidente Monson. La música del coro nos ha elevado el espíritu en gran medida. La oración de la hermana Sainz ha sido una invitación a que la Divinidad esté con nosotros. Los inspirados mensajes de las hermanas Bonnie Parkin, Kathleen Hughes y Anne Pingree han sido excepcionales. El presidente Hinckley, el presidente Monson y yo participamos en el apartamiento y bendición de estas tres hermanas como integrantes de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Su inspirada asignación es guiar esta gran organización de hermanas bajo la dirección del sacerdocio. Las bendiciones que se pronunciaron sobre estas tres hermanas colectiva e individualmente fueron de peso. Cuando el presidente Hinckley apartó a la hermana Parkin, recordó a las hermanas: “el profeta José Smith reseñó la obra de la Sociedad de Socorro para tender una mano de ayuda, para atender a las necesidades de los pobres, de los necesitados, de los atribulados y afligidos, y para bendecir a la mujer”.

Nuestro tema en esta ocasión es: “Señor… Heme aquí, envíame…”. Esas palabras tan sencillas son muy apropiadas al dirigirme a ustedes, hermanas, en esta oportunidad, puesto que muchísimas de ustedes demuestran con gran eficacia la buena disposición a prestar servicio. Todas ustedes han sido enviadas del cielo. Ustedes constituyen el bellísimo adorno de la raza humana. Su función como hermanas es especial y exclusiva en la obra del Señor. Ustedes son las que crían con cariño y cuidan con esmero, y las que tienen, como dijo el profeta José Smith, “sentimientos de caridad y benevolencia” (1).

No tengo palabras para expresar mi respeto, reconocimiento y admiración para con ustedes, magníficas hermanas. Las mujeres de todas las épocas en esta Iglesia ha sido dotadas del don divino y singularmente femenino de la compasión. Nos asombran sus actos de fe, de dedicación, de obediencia y de amoroso servicio, así como su ejemplo de rectitud. Esta Iglesia no hubiese podido haber alcanzado su destino sin las dedicadas y fieles mujeres que, en su rectitud, han fortalecido la Iglesia de un modo infinito. A través de los años, las hermanas de la Iglesia se han enfrentado con desafíos tan grandes como los de ustedes hoy en día. Si bien sus desafíos son diferentes de los de sus madres, sus abuelas y sus bisabuelas, son muy reales.

Me regocijo por que tanto en la Iglesia como en el mundo las oportunidades para las mujeres van aumentando. Confiamos en que realcen esas mayores oportunidades con su sublime toque femenino. Esas oportunidades en realidad no tienen límite. Cuando el profeta José estableció esta organización, “dio vuelta a la llave para la emancipación de la mujer” y “dio vuelta a la llave para todo el mundo” (2). Desde que se dio vuelta a esa llave en 1842, ha llegado más conocimiento a la tierra y a las mujeres que el que ha llegado en toda la historia de este mundo.

A lo largo de los años, esta gran sociedad para las mujeres ha progresado bajo inspiración, pero la obra básica de la Sociedad de Socorro no ha cambiado. El profeta José indicó de forma muy directa que la obra de ustedes “no es sólo aliviar al pobre, sino salvar almas” (3).

Creo que los cuatro grandes e imperecederos conceptos de esta sociedad son:

Primero, es una hermandad establecida divinamente.

Segundo, es una sociedad de aprendizaje.

Tercero, es una organización cuyo objetivo básico es servir a los demás. Su lema es: “La caridad nunca deja de ser”.

Cuarto, es una sociedad en la que las mujeres pueden tratarse con sociabilidad y establecer amistades eternas (4).

Me complace que ustedes, las hermanas más jóvenes, tengan la oportunidad de participar en la Sociedad de Socorro a los dieciocho años de edad. Enorme será el beneficio que recibirán del ser miembros de esta organización de importancia vital. Recibirán bendiciones a medida que participen de buen grado con las hermanas en el servicio caritativo y en el cuidado esmerado de los necesitados. El curso de estudio de la Sociedad de Socorro se centra en la doctrina básica y les brindará la oportunidad de estudiar el Evangelio e incrementar su espiritualidad. El curso de estudio es adecuado para todo el género humano y no tan sólo para las esposas y madres. De todas las hermanas, incluidas ustedes, las más jóvenes, “debe hacerse memoria” y deben “ser nutrid[a]s por la buena palabra de Dios” (5). La doctrina las fortalecerá y les ayudará a cultivar la espiritualidad necesaria para vencer los desafíos de la vida. Seguir leyendo

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Caridad: Una familia y un hogar a la vez

Conferencia General Octubre 2002
Caridad: Una familia y un hogar a la vez
Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Anne C. Pingree

Como mujeres del convenio… podemos alterar la faz de la tierra, una familia y un hogar a la vez, mediante la caridad, nuestros actos pequeños y sencillos de amor puro.

Hace unos años, mi esposo y yo visitamos el sector oriental de Berlín, Alemania. Por todas partes había trozos de lo que fue el muro abominable que dividía los ciudadanos de esa ciudad, preservados como un monumento al triunfo de la libertad sobre la esclavitud. Escritas sobre un trozo de la pared con letras grandes, rojas y disparejas, estaban las palabras: “Muchas personas insignificantes, de muchos lugares pequeños que hagan muchas cosas sencillas pueden alterar la faz de la tierra”. Para mí, esa frase representa lo que cada una de nosotras —como mujeres del convenio— puede hacer para ser una influencia, al dar un paso al frente y ofrecer su corazón y manos al Señor al elevar y amar a los demás.

No importa si somos nuevas conversas o miembros de toda la vida; solteras, casadas, divorciadas o viudas; ya seamos ricas, pobres, con estudios o sin ellos; que vivamos en una ciudad moderna o en la villa más remota de la selva. Nosotras, como mujeres del convenio, nos hemos consagrado a la causa de Cristo por medio de nuestros convenios bautismales y del templo. Podemos alterar la faz de la tierra, una familia y un hogar a la vez, mediante la caridad, nuestros actos pequeños y sencillos de amor puro.

La caridad, el amor puro del Salvador, es “la clase de amor más sublime, noble y fuerte” (1), y el cual pedimos al Padre con toda la energía de nuestros corazones que podamos poseer (2). El élder Dallin H. Oaks nos enseña que la caridad “no es un acto sino una condición o estado del ser [en el que uno se convierte]” (3). Nuestras ofrendas diarias de caridad están “[escritas] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo… en [las] tablas de carne [de nuestros corazones]” (4). Poco a poco, nuestros actos caritativos cambian nuestra naturaleza, definen nuestro carácter y, al final, nos convierten en mujeres que tienen el valor y la dedicación para decir al Señor: “Heme aquí, envíame”.

Al ser nuestro ejemplo, el Salvador nos demostró por medio de Sus acciones lo que significa la caridad. Además de ministrar a las multitudes, Jesús demostró cuán profundo era Su amor y preocupación por Su familia. Aun durante Su terrible agonía en la cruz, Él pensó en Su madre y en las necesidades de ella.

“[Estaba] junto a la cruz de Jesús su madre…
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer he ahí tu hijo.
“Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (5).

Es enternecedor que en ese pasaje se manifieste la intensidad de la devoción de Juan hacia María, al decir que “la recibió en su casa”. Creo que los actos más importantes de caridad son los pequeños y sencillos, los de consecuencias eternas, y que se efectúan dentro de las paredes de nuestros “propios hogares”.

Al intentar hacer frente todos los días con paciencia y amor a bebés irritables, a adolescentes que presentan retos, a condiscípulos difíciles, a cónyuges menos activos o a padres mayores de edad o discapacitados, podemos preguntarnos: “¿Es importante lo que estoy haciendo? ¿Surte algún efecto positivo?”. Queridas hermanas, ¡lo que ustedes hacen con sus familias es muy importante! Es sumamente importante. Todos los días, todas aprendemos en el hogar una y otra vez que la caridad, el amor puro del Salvador, nunca falla. Muchas hermanas de la Sociedad de Socorro realizan un gran servicio a sus familias. Esas fieles mujeres no reciben los elogios del mundo —ni los buscan— sino que son una gran influencia al sentir compasión por los demás (6).

¿Quiénes son esas mujeres que dejan sentir su influencia? En Nauvoo, las primeras hermanas de la Sociedad de Socorro, en medio de la miseria absoluta, abrieron sus corazones y recibieron en sus hogares a los muchos conversos nuevos que llegaban a esa ciudad. Compartieron alimentos, ropa y, lo que es más importante, compartieron su fe en el amor redentor del Salvador.

En nuestros días, la hermana Knell es una mujer del convenio que deja sentir su influencia. Es una viuda de 80 años de edad, que tiene un hijo de 47 años, discapacitado mental y físicamente desde que nació. Hace unos años esa querida hermana se dispuso a hacer algo imposible para todos: enseñar a su hijo Keith a leer. El mayor deseo de éste era aprender a leer, pero los doctores habían dicho que él no sería capaz de hacerlo. Con fe en su corazón y un deseo de bendecir a su hijo, esa humilde viuda le dijo a su hijo: “Sé que el Padre Celestial te va a bendecir para que puedas leer el Libro de Mormón”.

La hermana Knell escribió lo siguiente: “Fue muy difícil para Keith y no fue fácil para mí. Los primeros días fueron difíciles porque yo me desesperaba. Ha tomado mucho tiempo y ha sido una lucha el aprender cada palabra. Me siento a su lado todas las mañanas y le señalo cada palabra con un lápiz para que no pierda el hilo. Siete años y un mes más tarde, Keith por fin terminó de leer el Libro de Mormón”. Su madre dijo: “El oírlo leer un versículo sin ayuda es algo tan maravilloso que no se puede expresar con palabras”. Ella testifica: “Sé que suceden milagros cuando confiamos en el Señor” (7).

A través del mundo en África, Asia, el Pacífico, Norte, Centro y Sudamérica, y Europa, las mujeres caritativas, junto con sus familias, también influyen en sus comunidades. En la pequeña isla de Trinidad, la hermana Ramoutar, una ocupada presidenta de la Sociedad de Socorro y su familia, están ayudando a los niños de la comunidad. Los Ramoutar viven en un lugar “infestado de drogas”, donde muchos padres y adultos son adictos al alcohol o se dedican al negocio de las drogas. Los niños están en gran peligro y muchas veces no tienen ninguna supervisión; y muchos no van a la escuela.

Cada jueves por la noche, cerca de 30 personas, de 3 a 19 años de edad, se sientan en un patio cubierto de la casa de los Ramoutar para participar en un grupo al que cariñosamente se le conoce como “Nuestra gran familia feliz”. Oraciones, himnos, canciones divertidas y el hablar de las cosas buenas que los niños han hecho cada semana forman parte de las actividades. A veces, doctores, policías, maestros o nuestros propios misioneros imparten lecciones útiles como los seis principios que el presidente Gordon B. Hinckley dio a la juventud. La familia Ramoutar rescata niños mediante sus pequeños y sencillos actos de caridad. Al compartir el Evangelio en su “gran familia feliz”, otras personas se han unido a la Iglesia.

Estimadas hermanas de la Sociedad de Socorro, sé que doquiera que vivamos, cualesquiera sean nuestras circunstancias, nosotras, como mujeres del convenio, unidas en rectitud, podemos alterar la faz de la tierra. Al igual que Alma, testifico que “por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (8). En nuestros hogares, esas cosas pequeñas y sencillas, nuestros actos diarios de caridad, proclaman nuestra convicción: “Heme aquí, envíame”.

Doy mi testimonio de que el acto más grandioso de caridad de esta vida y de la eternidad fue la expiación de Jesucristo. Él voluntariamente dio Su vida para expiar mis pecados y los de ustedes. Expreso mi devoción a Su causa y mi deseo de servirle siempre, adondequiera me llame, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. “Bible Dictionary”, pág. 632.
  2. Véase Moroni 7:48.
  3. Élder Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 40.
  4. 2 Corintios 3:3.
  5. Juan 19:25–27.
  6. Véase Judas 1:22.
  7. Carta en los archivos de las oficinas de la Sociedad de Socorro.
  8. Alma 37:6.
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