Conferencia General Octubre 2002 Bendigamos a nuestras familias por medio de los convenios
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Si guardamos nuestros convenios, las promesas que recibiremos serán grandiosas.
Hermanas, qué maravilloso es estar con ustedes en esta ocasión. Ustedes son mujeres tan buenas; son hijas de Dios fieles y rectas que se esfuerzan por hacer todo lo posible por guardar los convenios que han hecho con nuestro Padre Celestial.
Espero que todas hayan tenido la oportunidad de ver el póster que escogimos para representar nuestro tema: “Heme aquí, envíame”. La pintura titulada “La llegada de los pioneros” la realizó la hermana Minerva Teichert, madre, esposa y distinguida artista. Nos encanta esa pintura; nos gusta contemplar el rostro de la mujer mientras camina junto a su familia; y lo que nos gusta en especial es su bolsa. A pesar de que nunca sabremos lo que hay en esa bolsa, me recuerda otras bolsas que veo en la Iglesia. ¡Yo las he llevado, y me imagino que ustedes también! En la mía he llevado, según la ocasión, las Escrituras, materiales para enseñar una lección, biberones, libros para niños, papel y crayolas.
Hermanas, de la misma forma en que llevamos nuestras bolsas a la Iglesia, es también necesario que, en sentido figurado, a dondequiera que vayamos llevemos otra bolsa —y en ella llevemos nuestro tesoro de convenios— porque somos mujeres del convenio. Quisiera hablarles sobre el modo en el que nuestros convenios fortalecen a las familias rectas.
Es importante que nos demos cuenta de que no hay una forma específica en que se pueda describir a una familia recta. Algunas de ellas tienen padre y madre, pero en ocasiones, a causa de la muerte o el divorcio, sólo queda uno de los padres. Algunas familias rectas tienen muchos hijos y otras, por el momento, no tienen ninguno. La mayoría de los miembros son solteros parte de su vida, pero el élder Marvin J. Ashton enseñó que “Dios y uno forman una familia” (1). En algunas familias rectas, sólo el padre trabaja fuera de casa y, otras veces, ambos padres deben trabajar. Por tanto, a pesar de ser diferentes, lo que las familias rectas tienen en común son los convenios que guardan sagrados.
Pienso primeramente en los convenios que se relacionan con las leyes del Evangelio: por ejemplo, el diezmo, la asistencia a la Iglesia y la Palabra de Sabiduría. Hermanas, no es necesario que les diga que si guardamos esos convenios nuestras familias serán bendecidas. Eso no quiere decir que nunca sufriremos, pero sabemos que al final recibiremos una recompensa por guardar nuestras promesas.
Otros convenios nos comprometen a tener una conducta moral: tanto de nuestra ética hacia los demás como de las normas de conducta relacionadas con nuestro cuerpo. Tenemos que enseñar a nuestros hijos comportamientos correctos: honradez, respeto, integridad, bondad de palabra y obra. Enviamos a nuestros hijos a un mundo en el que esos comportamientos están en decadencia, pero debemos enseñarles por medio de la palabra y, lo que es más importante, mediante el ejemplo, los actos de decencia y de bondad.
¿Y qué acerca de la norma de conducta relacionada con nuestro cuerpo? Hermanas, debemos ser ejemplos para nuestros hijos de lo que esperamos acerca de la forma de vestir, del aspecto y la castidad. Hace dos años, el presidente Hinckley estuvo en esta reunión y nos aconsejó: “Enseñen a sus hijos desde muy temprana edad, y nunca dejen de hacerlo” (2). La norma para todas nosotras es clara, pero lo que sí sabemos es que las vías del mundo muchas veces se convierten en nuestras vías y en las de nuestros hijos.
Una vez escuché a una madre decir que con todas las malas influencias que afrontaban sus hijas ella tuvo que elegir qué batallas pelear, de modo que decidió no luchar en contra de su forma de vestir. Pero vale la pena luchar la batalla en favor de la modestia, ya que muchas veces afecta temas morales más serios. Eso no quiere decir que pretendamos que nuestras hijas e hijos se cubran desde el cuello hasta los tobillos, pero sí quiere decir que debemos ayudarlos a que vistan de modo que demuestre que son hijos de Dios. Hermanas, ustedes son madres prudentes e increíbles; no necesitan un manual que les indique qué es aceptable en el vestir. Escuchen al Espíritu y ustedes y sus hijos sabrán qué es lo correcto. Seguir leyendo →
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”.
Aunque somos muchas más que aquellas hermanas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo, el espíritu de nuestra congregación es el mismo. Tal como nosotras, ellas se edificaron, alentaron e inspiraron unas a otras; oraron las unas por las otras; consagraron al reino todo lo que poseían. El presidente Hinckley nos ha descrito como “una gran reserva de fe y de buenas obras… un áncora de devoción, de lealtad y de logros” (1). Cuán extraordinario es que, ya sea que estemos en el Centro de Conferencias, en una capilla en México o en una rama en Lituania, somos hermanas en Sión con una gran tarea que realizar. Y juntas, con la guía de un profeta de Dios, lo lograremos. Espero que puedan sentir el amor que tengo hacia ustedes, el mismo que comparten mis consejeras, quienes son una gran bendición para mí.
Decir que me quedé estupefacta cuando el presidente Hinckley me llamó a ser la presidenta general de la Sociedad de Socorro es quedarse corta. Ustedes me comprenden; pero, con voz trémula, respondí: “Heme aquí, envíame”. Cuando una amiga judía se enteró de lo que este llamamiento requería, me miró como si yo estuviera loca y me preguntó: “Bonnie, ¿por qué has aceptado eso?”. (En ocasiones como ésta, a menudo me pregunto lo mismo.) Pero hay una razón por la que lo hice: he hecho convenios con el Señor y sé lo que eso requiere. Además, sabía que ustedes y yo serviríamos juntas y que mis esfuerzos serían en beneficio de todas nosotras.
Desde hace siglos, las mujeres rectas se han estado uniendo a la causa de Cristo. Muchas de ustedes se han bautizado hace poco; los convenios que han hecho son nuevos en sus corazones y sus sacrificios son recientes. Al pensar en ustedes, recuerdo a Priscilla Staines, de Wiltshire, Inglaterra, que a los diecinueve años se unió a la Iglesia en 1843. Sola, tuvo que salir secretamente por la noche para ser bautizada, debido a las persecuciones de sus vecinos y el descontento de su familia. Ella escribió: “Esperamos hasta la medianoche… y nos dirigimos a un arroyuelo que había a cuatro kilómetros de distancia. Encontramos el agua… congelada, y el élder tuvo que abrir un hoyo lo suficientemente grande para efectuar el bautismo. Nadie, sólo Dios y Sus ángeles, y los pocos testigos que aguardaban en la orilla, escucharon mi convenio; pero en la solemnidad de esa hora, parecía que toda la naturaleza estaba escuchando y que el ángel registrador escribía nuestras palabras en el libro del Señor” (2).
Sus palabras: “Nadie, sólo Dios y Sus ángeles… escucharon mi convenio”, me conmovieron profundamente, porque, al igual que Priscilla —no importa nuestra edad, nuestro conocimiento del Evangelio, ni nuestro tiempo en la Iglesia—, todas somos mujeres del convenio. Ésta es una frase que a menudo oímos en la Iglesia, pero, ¿qué significa? ¿En qué forma los convenios definen quiénes somos y cómo vivimos?
Los convenios —o las promesas que tienen validez entre nosotros y nuestro Padre Celestial— son esenciales para nuestro progreso eterno. Paso a paso, Él nos instruye para que seamos como Él al invitarnos a participar en Su obra. Cuando nos bautizamos, hacemos el convenio de amarle con todo nuestro corazón, y de amar a nuestros hermanos y hermanas como a nosotras mismas. En el templo hacemos convenios adicionales de ser obedientes, generosos, fieles, honorables y caritativos. Hacemos el convenio de hacer sacrificios y de consagrar todo lo que tenemos. Cuando guardamos los convenios forjados mediante la autoridad del sacerdocio, recibimos bendiciones hasta rebosar nuestra copa. ¿Cuán a menudo reflexionan en que sus convenios se extienden más allá de la vida terrenal y en que las ponen en contacto con lo Divino? El hacer convenios es la manifestación de un corazón dispuesto; el guardarlos es la manifestación de un corazón fiel.
Parece muy sencillo al leerlo, ¿verdad? Naturalmente, al llevarlo a la práctica es donde probamos quiénes somos en realidad. Por eso, cada vez que tendemos la mano con amor, paciencia, bondad y generosidad, honramos nuestros convenios al decir: “Heme aquí, envíame”. Por lo general, decimos esas palabras en forma callada y privada, sin alarde de extravagancia.
¿Cuándo los convenios que otra persona ha hecho con el Señor han sido una bendición para ustedes o les han traído paz y aliento a su alma? Cuando mi esposo y yo fuimos misioneros en Inglaterra, vimos a muchos élderes y hermanas cuyas vidas reflejaban la influencia directa de los convenios de mujeres rectas. Yo estaba tan agradecida por las madres, las hermanas, las tías y las maestras —como muchas de ustedes— que, al guardar sus convenios, hicieron llegar bendiciones a los demás por la forma en la que enseñaron a esos futuros misioneros.
Los convenios no sólo nos persuaden a dejar lo que es cómodo y a entrar en una nueva etapa de progreso, sino que conducen a los demás a hacer lo mismo. Jesús dijo: “…pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” (3). Él guardó Sus convenios y eso nos alienta a guardar los nuestros.
Los convenios nos libran del sufrimiento innecesario. Por ejemplo, cuando obedecemos la guía del Profeta, guardamos un convenio. Él nos ha aconsejado que evitemos las deudas, que tengamos un abastecimiento de alimentos y que seamos autosuficientes; pero el vivir dentro de lo que nuestros ingresos nos permitan, nos bendice más allá de esa obediencia; nos enseña gratitud, autodominio y generosidad; nos brinda paz de las presiones económicas y protección de la avaricia del materialismo. El mantener nuestras lámparas con aceite significa que las circunstancias imprevistas no nos obstaculizan las oportunidades para declarar con devoción: “Heme aquí, envíame”.
Los convenios que se renuevan dan energía y vigor al alma abatida. Cada domingo, cuando participamos de la Santa Cena, ¿qué sucede en nuestro corazón cuando escuchamos las palabras “y a recordarle siempre”? (4). ¿Mejoramos a la semana siguiente, concentrándonos en lo que es más importante? Sí, afrontamos dificultades; sí, es pesado hacer cambios, pero, ¿se han preguntado cómo soportaron nuestras hermanas el haber sido expulsadas de Nauvoo, muchas de ellas caminando todo el camino? Cuando se les cansaban los pies, ¡sus convenios les infundían aliento! ¿Qué otra cosa podría haberles brindado esa fortaleza espiritual y física?
Los convenios nos protegen también de ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (5). Las mujeres del convenio permanecen firmes cuando a lo malo se le llama bueno, y a lo bueno malo. Ya sea en las aulas de la universidad, en el trabajo, o al ver a los “expertos” por televisión, el recordar nuestros convenios nos impide ser engañadas.
Los convenios nos mantienen a nosotras y a nuestros seres queridos espiritualmente seguros y preparados al poner lo más importante en primer plano. Por ejemplo, en lo referente a las familias, no nos podemos permitir la indiferencia ni la distracción. La niñez está desapareciendo; muy pocos han conocido los días felices que yo conocí al criarme en una granja. El presidente Hinckley ha dicho: “Creo que nuestros problemas, casi cada uno de ellos, sale de los hogares de la gente. Si va a haber un cambio… se debe comenzar en el hogar. Es allí donde se aprende la verdad, donde se cultiva la integridad, se inculca la autodisciplina y donde se nutre el amor” (6).
Hermanas, el Señor necesita mujeres que enseñen a sus hijos a trabajar, a aprender, a servir y a creer. Ya sean los nuestros, o los de otra persona, debemos estar dispuestas a decir: “Heme aquí, envíame para cuidar a tus pequeñitos, a ponerlos en primer lugar, a guiarlos y protegerlos de la maldad, a amarlos”.
Algunas veces nos enfrentamos con el dilema de guardar nuestros convenios cuando no parece haber una razón lógica para hacerlo. Escuché a una hermana soltera relatar su experiencia de “haber llegado a confiar plenamente en el Señor”. Su vida no era lo que había esperado. ¿Les parece familiar? Ese periodo de introspección se distinguió por cambios de trabajo, nuevas presiones económicas, la influencia de filosofías mundanas. Presten atención a lo que ella hizo. Al tratar con las otras hermanas del barrio, descubrió que ellas también buscaban la paz que brinda el Evangelio. Pidió que le dieran una bendición del sacerdocio; con valor cumplió su llamamiento; estudió y trató de dedicar más plenamente su amor, gratitud y convicción a Jesús. Ella oró. “Le supliqué al Señor”, contó, “y le dije que haría lo que Él me pidiera hacer”. Lo hizo a pesar de esas dificultades. ¿Y saben lo que ocurrió? No, su compañero eterno no se presentó a la puerta, sino que la paz le llegó al corazón y su vida se mejoró.
Hermanas, guardamos nuestros convenios cuando compartimos la sabiduría de la vida para alentarnos mutuamente, cuando hacemos las visitas de maestras visitantes con compasión sincera, cuando le hacemos saber a una hermana más joven que su punto de vista nos beneficia en la Sociedad de Socorro. ¡Eso lo podemos hacer!
Cuando la joven Priscilla, la conversa británica de 1843, cruzó el Atlántico, una mujer de la edad de su madre le dio su amistad. Esa hermana mayor también sintió el gran deseo de cumplir sus convenios. Al llegar al muelle de Nauvoo, ella estuvo al lado de Priscilla; juntas, audaces y optimistas, se unieron a los santos de Dios (7).
La integridad espiritual para guardar nuestros convenios se deriva del ser constantes en el estudio de las Escrituras, de la oración, del servicio y del sacrificio. Esos pasos sencillos nutren nuestras almas para poder decir: “Envíame a ayudar a una hermana y a su recién nacido; envíame a instruir a un alumno con dificultades; envíame a amar a una persona que no sea miembro de la Iglesia; envíame donde me necesites y cuando me necesites”.
El Señor nos ha llamado a hacer nuestras tareas con “santidad de corazón” (8). Y la santidad es el resultado del vivir los convenios. Amo la letra de este himno y cómo me hace sentir:
Más santidad dame,
más consagración;
más paciencia dame,
más resignación,
más rica esperanza,
más abnegación,
más celo en servirte,
con más oración” (9).
La santidad da lugar a las palabras: “Heme aquí, envíame”. Cuando Priscilla Staines hizo su convenio de medianoche en aquellas aguas congeladas, dio un paso a una nueva vida, con la ropa casi congelada, pero con el corazón cálido de gozo: “No podía volver atrás”, dijo. “Me propuse obtener la recompensa de la vida eterna, confiando en Dios” (10).
Presidente Hinckley, con las hermanas de la Sociedad de Socorro de todo el mundo, le reitero que permanecemos unidas como mujeres del convenio y que escuchamos su voz. En una multitud de idiomas, escuche las palabras de todas las hermanas de la Sociedad de Socorro que decimos: “Heme aquí, envíame”.
Ruego que los convenios individuales que nos unen a nuestro amado Padre Celestial nos guíen, nos protejan, nos santifiquen y nos permitan hacer lo mismo para todos Sus hijos, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
“Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, pág. 115.
Citado en Edward W. Tullidge, The Women of Mormondom, 1877, pág. 287; véanse también las págs. 285–286, 288.
3 Nefi 27:21.
D. y C. 20:77, 79.
Efesios 4:14.
Liahona, enero de 1999, pág. 117.
Véase Tullidge, Women of Mormondom, págs. 289, 291.
Conferencia General Octubre 2002 Cada uno… una persona mejor
Presidente Gordon B. Hinckley
Hay lugar para la superación personal en cada uno… sean cuales fuesen nuestras circunstancias, podemos mejorar como personas y, al hacerlo, influir en los que nos rodean.
¡Qué maravillosa ha sido esta conferencia, mis hermanos y hermanas! Al regresar a nuestros hogares y a nuestras actividades diarias, cada uno de nosotros debe ser una persona mejor de lo que era cuando comenzó esta conferencia.
Todos los que han dirigido la palabra lo han hecho muy bien. Las oraciones han sido inspiradoras y la música, magnífica.
Pero lo más importante es lo que haya ocurrido dentro de cada uno de nosotros como consecuencia de lo que hemos experimentado. Yo, personalmente, he tomado una resolución más firme en mi fuero interno de ser una persona mejor de lo que he sido hasta ahora. Espero ser un poco más bondadoso con cualquier persona con la que me encuentre y que esté afligida. Espero ser un poco más útil para con los que estén necesitados. Confío en ser un poco más digno de su confianza, en ser un mejor esposo, un mejor padre y un mejor abuelo. Espero ser mejor vecino y mejor amigo. Confío en ser un mejor Santo de los Últimos Días, con un entendimiento más amplio de los prodigiosos aspectos de este glorioso Evangelio.
Desafío a cada uno de ustedes, los que oyen mi voz, a elevarse a la altura de la divinidad que llevan dentro. ¿Nos damos cuenta de lo que en realidad significa ser hijo o hija de Dios, del hecho de que tenemos dentro de nosotros algo de la naturaleza divina?
Creo de todo corazón que los Santos de los Últimos Días, hablando en términos generales, son personas buenas. Si vivimos de conformidad con los principios del Evangelio, tenemos que ser personas buenas, puesto que seremos generosos y bondadosos, considerados y tolerantes, útiles y serviciales para con los afligidos. Podemos o amortiguar la naturaleza divina y esconderla de manera que no se manifieste en la forma en que vivimos o podemos darle viveza y hacerla resplandecer en todo lo que hagamos.
Hay lugar para la superación personal en cada uno. Sea cual sea nuestra ocupación, sean cuales fuesen nuestras circunstancias, podemos mejorar como personas y, al hacerlo, influir en los que nos rodean.
No hace falta hacer ostentación de nuestra religión. Ciertamente no debemos jactarnos de ella ni ser arrogantes en forma alguna, pues eso es contrario al Espíritu de Cristo a quien debemos procurar emular. Ese Espíritu halla expresión en el corazón y en el alma, en nuestra manera discreta y modesta de vivir.
Todos hemos visto a personas a las que casi envidiamos porque han cultivado una manera de ser que, sin asomo de alusión a ello, a todas luces, irradian la belleza del Evangelio que han incorporado a su modo de conducirse.
Podemos hablar con más suavidad. Podemos devolver bien por mal. Podemos sonreír cuando manifestar enojo sería mucho más fácil. Podemos ejercer el autodominio y la autodisciplina, y no hacer ningún caso a los agravios que se nos hagan.
Seamos personas felices. El plan del Señor es un plan de felicidad. La vida será más llevadera, las preocupaciones disminuirán y las tribulaciones serán menos difíciles de sobrellevar si cultivamos el espíritu de la felicidad.
Esforcémonos un poco más por cumplir con nuestra responsabilidad de padres. El hogar es la unidad básica de la sociedad. La familia es la organización básica de la Iglesia. Nos preocupamos profundamente por la calidad de vida de nuestra gente como esposos y esposas, y como padres e hijos.
Hay demasiadas críticas y acusaciones con enojo y elevado tono de la voz. Los apremios a que nos vemos sometidos todos los días son enormes. El marido llega a casa del trabajo cada día cansado e irritable. Lamentablemente, la mayoría de las esposas trabajan, y ellas también se enfrentan con un serio desafío que puede ser más costoso de lo que vale la pena. Los niños se las arreglan solos para buscar entretenimientos, muchos de los cuales no son buenos.
Mis hermanos y hermanas, debemos esforzarnos por cumplir con nuestra responsabilidad de padres como si todo en la vida dependiera de ello, porque, de hecho, todo en la vida sí depende de ello.
Si fracasamos en nuestros hogares, fracasamos en nuestras vidas. Nadie que haya fracasado en su hogar ha triunfado en verdad. Pido a ustedes, los varones, en particular, que se detengan a hacerse un examen de conciencia en su calidad de esposos y padres, y cabezas de familia. Oren y pidan orientación, ayuda y dirección, y después sigan lo que les indiquen los susurros del Espíritu para guiarlos en la más seria de todas sus responsabilidades, puesto que las consecuencias de su liderazgo en su hogar serán eternas e imperecederas.
Dios los bendiga, mis amados amigos. Ruego que el espíritu de paz y de amor los acompañe dondequiera que estén. Que haya armonía en sus vidas. Como he dicho a nuestros jóvenes en muchos lugares, sean inteligentes, sean puros, sean verídicos, sean agradecidos, sean humildes, tengan el espíritu de oración. Ruego que se arrodillen en oración ante el Todopoderoso con acción de gracias hacia Él por Sus abundantes y generosas bendiciones. Ruego que entonces se pongan de pie y sigan adelante como hijos e hijas de Dios para llevar a cabo Sus eternos propósitos, cada cual a su propia manera, es mi humilde oración al mismo tiempo que dejo mi amor y bendiciones con ustedes, en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.
Conferencia General Octubre 2002 Papá, ¿estás despierto?
Élder F. Melvin Hammond
De los Setenta
¿Se preguntan sus hijos si ustedes están dormidos en lo que respecta a las cosas que tienen más importancia para ellos?
Hace poco, el élder Pace, el élder Condie y yo nos reunimos con la Primera Presidencia. Al entrar en la sala, el presidente Hinckley nos miró con detenimiento y luego, con una sonrisa, dijo: “¿Cómo pueden tres hombres de pelo blanco ser la Presidencia de los Hombres Jóvenes de esta Iglesia?”. Sólo le respondimos: “Porque usted nos llamó, Presidente”.
Jovencitos, esperamos que estén entusiasmados con el programa “Sacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios”. Ha sido presentado a todo el Sacerdocio Aarónico en el mundo y tiene como fin bendecirles espiritual, física, social y mentalmente. Los requisitos son importantes y requerirán el máximo de sus esfuerzos. Podrán establecer metas personales y lograrlas con la ayuda de sus padres y extraordinarios líderes. Por toda la Iglesia se percibe un gran entusiasmo relacionado con este programa. Queremos que cada uno de ustedes cumpla los requisitos y reciba el anhelado premio “Mi deber a Dios”.
Hace muchos años llevé a nuestro único hijo, que era sólo un niño, en su primer viaje de campamento y pesca. El cañón era empinado y el descenso era difícil; pero la pesca era excelente. Cada vez que un pez mordía mi anzuelo, le daba la caña al emocionado muchacho, quien, con gritos de alegría, terminaba de sacar la bella trucha. En las sombras y la frescura de la tarde que caía, empezamos a subir la elevada montaña. Él se apresuró antes que yo y me decía: “Vamos, papá; a que te gano a llegar hasta arriba”. El reto cayó en oídos sordos. Su pequeño cuerpo literalmente parecía volar alrededor de cada obstáculo y cuando parecía que yo iba a desfallecer con cada paso, él llegó a la cima y se volvió para darme ánimo. Después de cenar nos arrodillamos para orar; su vocecita se elevó dulcemente hacia los cielos en una plegaria para dar fin a nuestro día. Después nos metimos en una gran bolsa de dormir y luego de empujar y tirar un poco, su cuerpecito se acurrucó fuertemente contra el mío para recibir calor y seguridad durante la noche. Al contemplar a mi hijo a mi lado, de pronto sentí una ola de amor pasar por mi cuerpo con tal fuerza que hizo que se me salieran las lágrimas. En ese preciso momento, él me abrazó y dijo:
“Papá”.
“Sí, hijo”.
“¿Estás despierto?”
“Sí, hijo, estoy despierto”.
“Papi, ¡te quiero un millón y un trillón de veces!”
Inmediatamente se quedó dormido, pero yo permanecí despierto hasta altas horas de la noche, expresando mi gratitud por las maravillosas bendiciones que representaba el cuerpecito de aquel niño. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 ¡A Sión venid, pues, prestos!
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente
Los principios de amor, trabajo, autosuficiencia y consagración son ordenados por Dios. Aquellos que los acepten y gobiernen sus vidas de la manera correspondiente, llegarán a ser puros de corazón.
Cuando nos reunimos con los miembros de la Iglesia alrededor del mundo, parece haber un desafío universal: el tener tiempo suficiente para hacer todo lo indispensable. Entre aquellos que tienen escasos recursos, se necesita más tiempo para ganar el sustento diario. Entre aquellos que tienen lo suficiente, se necesita más tiempo para disfrutar de la vida. El desafío es desalentador porque el tiempo es limitado; el hombre no puede prolongar el día ni extender el año.
El mundo es el culpable, porque a medida que lucha por hallar maneras más eficaces de administrar el tiempo, nos hace caer en la trampa de buscar más y más cosas terrenales. Pero la vida no es una lucha contra el tiempo, sino una batalla entre el bien y el mal.
Qué hacer en cuanto a todo esto puede ser una de las decisiones más mortificantes de la vida. En 1872, el profeta Brigham Young aconsejó a los santos en cuanto a este tema. Él dijo: “¡Deténganse! ¡Esperen! Cuando se levanten en la mañana y antes de llevarse a la boca ningún alimento… inclínense ante el Señor, pídanle que les perdone los pecados, que los proteja durante el día, que los libre de toda tentación y de todo mal, y que guíe correctamente sus pasos para que puedan hacer algo ese día que resulte en beneficio para el Reino de Dios en la tierra. ¿Tienen tiempo para eso?… Éste es el consejo que doy a los santos hoy. Deténganse, no se apresuren… Ustedes están siempre demasiado apresurados; no asisten suficientemente a las reuniones, no oran bastante, no leen las Escrituras lo suficiente, no meditan bastante, están ocupados en otras cosas y con tanto apremio que no saben qué hacer primero… Permítanme reducir esto a una simple máxima, uno de los dichos más sencillos y familiares que podrían utilizarse: ‘Manténgase siempre listos’, de modo que cuando les llegue la buena fortuna puedan estar preparados para recibirla” (1).
Válganse del plan del Evangelio para establecer las prioridades correctas. El Señor enseñó: “Por tanto, no busquéis las cosas de este mundo, mas buscad primeramente edificar el reino de Dios [o Sión], y establecer su justicia, y todas las cosas os serán añadidas” (2).
Durante mi infancia en el sur de Utah, los conceptos de Sión no eran tan claros para mí como lo son ahora. Vivíamos en un pueblo pequeño no muy lejos del Zion National Park (Parque Nacional Sión). En la iglesia, a menudo cantábamos la conocida letra:
Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo;
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues, prestos,
y su ira evitad.
A Sión venid, pues, prestos,
y su ira evitad (3).
En mi mente de niño, veía los magníficos precipicios y enormes pináculos de piedra del parque nacional. Entre las escarpadas paredes del cañón serpenteaba un río de agua algunas veces plácida y otras veces torrentosa. Probablemente se pueden imaginar la confusión que experimentaba ese niño al tratar de establecer la relación entre las palabras del himno y los parajes familiares de aquel hermoso parque. Aunque no todo encajaba perfectamente, en mi mente tenía la firme impresión de que Sión era algo majestuoso y divino. Con el correr de los años, ha surgido un mejor entendimiento. En las Escrituras leemos: “Por tanto, de cierto, así dice el Señor: Regocíjese Sión, por que ésta es Sión: los puros de corazón…” 4 . Seguir leyendo →
Podemos sentirnos felices cada día de nuestra vida gracias a las pequeñas cosas que hacemos y somos plenamente felices al guardar los mandamientos de un Dios amoroso.
Hace unos cuatro meses, recibí la asignación de servir en Bogotá, Colombia, lugar al que nos trasladamos. Un día, mientras trataba de encontrar el camino para llegar a la capilla a la que asisto, me detuve en un parque para pedir información.
Observé que allí había muchas familias disfrutando de la bella y soleada mañana. Vi a unos cuantos niños jugando y corriendo llenos de vitalidad. Tenían un brillo especial en sus semblantes; tenían las mejillas enrojecidas por el sol y por la agitación de correr y jugar; observé que todos se llevaban muy bien.
Me dio la impresión de que se estaban divirtiendo bastante, pero al prestar mayor atención percibí que, más que estar divirtiéndose, aquellos niños tan puros eran totalmente felices.
Más tarde, mientras conducía el automóvil hacia la capilla, mis pensamientos se remontaron al tiempo que fui bautizado. Un amigo me preguntó qué era lo que había encontrado de diferente en la Iglesia. Yo le respondí: “He encontrado la verdadera felicidad”, a lo que él comentó: “La felicidad completa no existe; lo único que existe son momentos felices”.
Comprendo que ese buen amigo mío no entendía la diferencia que hay entre diversión y felicidad. Lo que él llamaba “momentos felices” eran esas ocasiones en las que se divertía. Lo que no sabía era que la felicidad es mucho más que sólo diversión, ya que ésta es pasajera, mientras que la felicidad es un estado perdurable.
Muchas personas de este mundo no comprenden la diferencia que existe entre diversión y felicidad y tratan de encontrar la felicidad en medio de la diversión. Pero esas palabras tienen diferentes significados.
Al buscar una definición de ambas palabras en el diccionario encontré lo siguiente: Diversión: Espectáculo, juego, fiesta. Felicidad: Satisfacción, alegría, dicha.
Después de entrar en la Iglesia, aprendí que realmente existe una gran diferencia entre estos dos términos. Aun antes de ser bautizado supe que el Señor tiene un plan de salvación para todos Sus hijos (véase 2 Nefi 2:9). Gracias a ese plan, y dependiendo de lo que hagamos aquí en la tierra, podremos volver a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él para siempre en un estado de felicidad eterna.
Tanto la diversión como la felicidad son buenas, pero indudablemente vale más la pena buscar la felicidad. La felicidad puede comprender también la diversión, pero la diversión sola no nos asegurará la verdadera felicidad.
En el capítulo 15 de Lucas encontramos la parábola del hijo pródigo. En ella el hijo menor pide a su padre la parte que le corresponde de su herencia. El padre se la entrega y el joven hijo se va al mundo, en busca de lo que él creía que era la verdadera felicidad. Empieza a divertirse mucho y mientras le dura el dinero se ve rodeado de muchas personas que afirman ser sus amigos. Una vez que desperdicia toda su fortuna en diversiones con los supuestos amigos, éstos le dan la espalda y él se queda sin nada. A esa altura de su vida el muchacho pasa por mucho sufrimiento y decepción; va a trabajar para un hombre para cuidarle los cerdos y al pasar hambre desea comer incluso las algarrobas que comían esos animales. Entonces repara en el hecho de que los sirvientes de su padre se alimentaban bien y tenían incluso de sobra, y que él no tenía qué comer.
Así, decide volver a la casa de su padre y pedirle que le permita ser uno de sus empleados. Regresa arrepentido de sus hechos y su padre, un hombre justo, lo recibe lleno de amor. Entonces él se da cuenta de que su felicidad estaba allí, en la vida apacible junto a su familia. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 El someterse al influjo del Santo Espíritu
Élder Kenneth Johnson
De los Setenta
Esos susurros internos se originan de una fuente divina y, cuando se obedecen, nos ayudarán a mantenernos en el camino correcto, protegiéndonos así de las influencias dañinas y de los desvíos peligrosos.
Fui criado por padres amorosos en un hogar donde los valores que se enseñaban y se practicaban me prepararon el camino para conocer la Iglesia y aceptar los principios del Evangelio. Me bauticé en agosto de 1959, poco después de cumplir diecinueve años. Al meditar sobre los acontecimientos que precedieron mi conversión, mis pensamientos se remontan a una experiencia de mi niñez.
Cerca del hogar donde yo vivía cuando era niño había una casa grande. Tenía un terreno muy hermoso rodeado por lo que para mí era una enorme cerca, hecha de paneles de madera, probablemente de unos dos metros de alto. Recuerdo que atisbaba por entre las perforaciones de los paneles donde los nudos de la madera se habían caído. Era como mirar por un telescopio hacia un mundo diferente. El hermoso y bien cuidado césped, los ordenados jardines de flores y la pequeña arboleda le daban un ambiente idílico a esa morada tan inconfundible. Lamentablemente, la oportunidad de disfrutar de ese panorama siempre era breve debido a la vigilancia de un perro buldog británico que rondaba por los jardines y se sentía inmediatamente atraído hacia cualquiera que estuviese en las inmediaciones exteriores de la cerca. Aun cuando el feroz perro estaba encerrado en el jardín, el sonido de su respiración al arrimarse a la cerca me hacía retroceder de miedo mientras mi vívida imaginación me ponía ante variadas posibilidades.
El señor Lyons y su esposa, que vivían en esa casa, eran maestros de escuela. Mostraban un comportamiento muy circunspecto y parecían disfrutar de la intimidad que les ofrecía el ambiente de su propiedad. Algo que prestaba más intriga a la aventura era que el señor Lyons no tenía la mano derecha, por lo que utilizaba un garfio que le salía por debajo de la manga del saco. En mi mente infantil, imaginaba que el señor Lyons me perseguía, me atrapaba por el cuello con el garfio y me llevaba cautivo.
Recuerdo una mañana de agosto, cuando yo tenía diez u once años, después de una noche con vientos sumamente fuertes, que me encontré con algunos amigos cuando salía de mi casa. Era obvio que estaban entusiasmados por algo y me preguntaron: “¿Oíste el viento anoche?”.
Cuando les respondí que sí, procedieron a contarme lo que habían descubierto: el viento había derribado varias secciones de la cerca que rodeaba la casa de los Lyons. Yo no entendía por qué eso habría de causar tanto alboroto y les pedí que me lo explicaran.
Respondieron con un entusiasmo aún mayor: ¡“Tenemos acceso a los manzanos!”.
Yo seguía aún muy cauteloso y pregunté:
“Pero, ¿y el señor Lyons?”.
“Ni el señor Lyons ni su señora están en casa. Están visitando a familiares”.
“¿Dónde está el perro?”, indagué.
“Lo pusieron en una residencia para perros”, respondieron.
Mis amigos en verdad habían hecho una detallada investigación, por lo que, confiado en sus palabras, nos dirigimos deprisa a nuestro objetivo. Entramos en la propiedad, nos subimos a los árboles y empezamos a arrancar fruta, llenando nuestros bolsillos y también el espacio entre la camisa y el cuerpo. El corazón me latía con fuerza y el pulso se me aceleraba al pensar que en cualquier momento el perro o el señor Lyons, o ambos, podrían aparecer en el jardín y aprehendernos. Corrimos desde el lugar de la escena de nuestra incursión a un lugar aislado en una arboleda cercana y, luego de reponernos, empezamos a comernos las manzanas.
Era agosto, y las manzanas todavía no estaban maduras para comerlas. De hecho, tenían un gusto amargo, pero la acritud de esas manzanas verdes no nos detuvo a medida que consumíamos con entusiasmo nuestro botín, y actuábamos bajo una compulsión que ahora no puedo explicar. Después de devorar una buena cantidad de manzanas, me contenté con dar un mordisco a cada una de las que quedaban y tirar las sobras entre unos arbustos cercanos. La diversión disminuyó a medida que nuestros cuerpos empezaron a reaccionar gradualmente ante la invasión que habían experimentado. La reacción química entre los jugos gástricos y las manzanas verdes me causaron retortijones en el estómago y empecé a sentir náuseas. Al estar allí sentado y arrepentido de lo que había hecho, me di cuenta de que en mi interior tenía un sentimiento mucho más incómodo que el que habían producido las manzanas verdes.
El mayor malestar se debió a que me daba cuenta de que lo que había hecho estaba mal.
Cuando mis amigos me propusieron invadir el jardín, me sentí incómodo, pero no tuve la valentía de negarme, por lo que reprimí mis sentimientos. Tras haber llevado a efecto el hecho, me agobiaba el remordimiento. Para mi consternación, no había hecho caso a los susurros que me advertían en cuanto al error de mis acciones.
Las barreras físicas y las fuerzas externas pueden impedir que continuemos por senderos errados; pero también existe un sentimiento dentro de nosotros, al que a veces se describe como un “silbo apacible y delicado” (1), que, si se reconoce y se actúa de acuerdo con él, nos evita sucumbir a la tentación.
Años más tarde, las palabras del presidente Boyd K. Packer llegaron a lo más profundo de mi ser cuando enseñó: “No podemos ponernos en marcha por el camino equivocado sin antes rechazar una advertencia”. Pensé en aquel momento, y en otros como ése… en las impresiones y discernimientos que acuden a nosotros cuando contemplamos las consecuencias de nuestras acciones. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 Para quedar libre de las pesadas cargas
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Debes confiar en que el Salvador ha dado Su vida para que tú puedas hacer los cambios necesarios en la tuya; esos cambios que traerán la paz.
Muchos de ustedes sufren sin ninguna necesidad al llevar pesadas cargas porque no abren el corazón al poder sanador del Señor. Que este mensaje los aliente a sentir la inspiración del Espíritu Santo para que hagan los cambios que les ayudarán a liberarse de las cargas opresivas. El Salvador ha prometido: “…aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas… y esto haré yo… para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones” (1). Te hablaré a ti que sufres debido a elecciones incorrectas y después te daré algunas sugerencias, a ti, que te angustias por lo que otros te han hecho.
Sentado frente a mí, se encontraba un hombre abatido, con la cabeza entre las manos, sollozante ante las consecuencias inevitables de sus repetidas violaciones a los mandamientos de Dios. Con angustia, dijo: “No sé qué hacer. Me siento abrumado. Estoy cansado de no querer afrontar las cosas. No tengo paz ni felicidad. Cuando oro, nadie me escucha. ¿De qué vale hacerlo?”.
Lo conozco desde hace mucho tiempo. Sus padres y otras personas han tratado de guiarlo, pero no han tenido mucho éxito. A causa de sus elecciones, se ha alejado de las verdades que lo habrían ayudado. No ha cultivado la fe en el Maestro ni en el poder de la oración. Sus decisiones se centran en aquello que satisface rápidamente sus antojos; o hace caso omiso a sus problemas o miente acerca de ellos. Ha manipulado la generosidad de sus padres y amigos con el fin de tratar de resolver rápidamente los problemas. Él no mide las consecuencias que las decisiones de hoy tienen en la vida del mañana.
Con mi corazón embargado de tristeza, me di cuenta de que él no ve el mundo como realmente es: un lugar de gozo y felicidad, de amistad verdadera donde la fe en Jesucristo y la obediencia a Sus enseñanzas invitan al Espíritu Santo a inspirarnos a tomar decisiones correctas. Él vive en un ambiente dominado por la influencia de Satanás. No hace caso a los sanos consejos porque en su mundo distorsionado no puede ver de qué modo lo beneficiarán. Ese punto de vista distorsionado de la vida es una realidad para él; se forjó cuando sucumbió a las tentaciones sutiles que decían: “Vamos; pruébalo; nadie se va enterar nunca. Es tu vida; vívela como te plazca. Nadie te puede obligar; tú tienes tu albedrío moral”.
Esas insinuaciones y el encanto de lo prohibido le llevaron a un camino que parecía atractivamente fascinante. Fue llevado en la cresta de la ola del deseo y de la pasión, ajeno a las consecuencias, hasta que se estrelló al producirse el inevitable encuentro con las leyes de Dios. Eso produjo dolor, remordimiento y lamentación. Entonces Satanás inculcó otro concepto: “Es imposible volver atrás; es mejor que sigas haciendo lo mismo que hasta ahora; no tiene caso tratar de cambiar”. Por motivo de sus pecados, no puede ver la salida a sus fracasos; en el ambiente en el que se encuentra no puede hallar lo necesario para empezar una nueva vida. Su trágico y limitado mundo ha sido producto de la violación a la ley eterna, motivado por el deseo de una satisfacción inmediata.
¿Te encuentras en una situación así? ¿Has hecho cosas que desearías no haber hecho? ¿Es difícil para ti ver la forma de resolver tus problemas? ¿Te parece estar bajo una carga agobiante y pesada que no te deja a pesar de todo lo que haces para deshacerte de ella? Bajo la influencia de emociones o estimulantes poderosos, quizás haya períodos de alivio. Aun así, en los tranquilos momentos de reflexión que llegan inevitablemente, te das cuenta de que tu vida no es lo que desearías que fuera. En público podrás protestar que tus amigos e incluso el Señor te han abandonado, pero al reflexionar con sinceridad, te das cuenta de que has sido tú quien los ha abandonado a ellos. Por favor, decide ahora buscar el camino de regreso a la paz y al gozo reconfortante que reemplazan a los placeres pasajeros del pecado y a la agonía y al vacío que les siguen. Ya has confirmado lo que las Escrituras enseñan: “…la maldad nunca fue felicidad” (2). Obtén gozo perdurable ahora, mediante una vida limpia y con sentido (3). Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 ¿Hallará [Él] fe en la tierra?
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Sólo cuando nuestra fe esté en armonía con la voluntad de nuestro Padre Celestial podremos recibir las bendiciones que buscamos.
Ésa ha sido la interpretación más bella del magnífico himno: “Un pobre forastero”, que era el preferido del profeta José y de su hermano Hyrum. ¡Qué hermosa fue la interpretación del coro y de la orquesta!
Ruego tener conmigo el Espíritu del Señor que ha estado con nosotros durante la conferencia, para decir aquello que sea de beneficio para los miembros de la Iglesia y de los que no son miembros. Siento una gran humildad ante esta asignación.
Hoy hago una pregunta que el Salvador hizo hace casi dos mil años: “…cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1).
El primer principio del Evangelio
¿Qué es la fe verdadera? La fe se define como “creencia y confianza en Dios y lealtad a Él… Una creencia firme en algo de lo que no existe prueba” (2). Nosotros creemos que “la fe es tener esperanza en lo que no se ve pero que es verdadero…” y debe centrarse en Jesucristo. De hecho, nosotros creemos que “la fe en Jesucristo es el primer principio del Evangelio” (3).
La fe de la viuda
Hay quienes pueden enseñarnos acerca de la fe si tan sólo abrimos nuestro corazón y nuestra mente. Una de esas personas es una mujer cuyo esposo falleció. Habiéndose quedando sola para criar a su hijo, trató de buscar la forma de mantenerse, pero vivía en una época de terrible hambruna, donde los alimentos escaseaban y muchos perecían a causa del hambre.
A medida que disminuían los alimentos disponibles, también lo hacían sus oportunidades de sobrevivir. Cada día veía impotente cómo se agotaban sus provisiones.
Esperando encontrar ayuda, pero sin hallar ninguna, finalmente llegó el día en que la mujer se dio cuenta de que sólo le quedaban alimentos para una última comida.
Fue entonces cuando un extraño se le acercó y le hizo la petición inconcebible: “Te ruego que me traigas… un bocado de pan”, le dijo.
La mujer se volvió y le contestó: “Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija”. Ella le explicó que iba a prepararlos como última comida para ella y su hijo, “para que lo comamos, y nos dejemos morir”.
No sabía que el hombre que estaba ante ella era Elías el profeta, a quien el Señor había enviado. Lo que ese profeta le dijo a continuación podría parecer sorprendente para aquellos que en la actualidad no comprenden el principio de la fe.
“No tengas temor”, le dijo. “Pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo”.
¿Se imaginan lo que ella pudo haber pensado? ¿Lo que pudo haber sentido? No tuvo ni tiempo para contestar cuando el hombre prosiguió: “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra”.
La mujer, luego de oír esa promesa profética, fue con fe e hizo lo que Elías el profeta le había pedido. “Y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” el profeta (4).
De acuerdo con la forma de ver actual, la petición del profeta podría parecer injusta y egoísta, y la respuesta de la viuda insensata e imprudente. Eso se debe más que nada a que muchas veces aprendemos a tomar decisiones basándonos en lo que vemos. Tomamos decisiones basándonos en la evidencia que está frente a nosotros y lo que parece ser nuestro interés mejor e inmediato.
“La fe”, por otro lado, es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (5). La fe tiene ojos que traspasan la oscuridad y ven la luz que se encuentra del otro lado. “…que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (6). Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 El maravilloso fundamento de nuestra fe
Presidente Gordon B. Hinckley
Gracias sean dadas a Dios por Su maravilloso otorgamiento de testimonio, autoridad y doctrina relacionados con ésta, la Iglesia restaurada de Jesucristo.
Mis queridos hermanos y hermanas, pido la inspiración del Señor al dirigirme a ustedes. No salgo de mi asombro ante la tremenda responsabilidad de dirigirme a los Santos de los Últimos Días. Estoy agradecido por su bondad y su paciencia. Ruego constantemente ser digno de la confianza de la gente.
Acabo de regresar de un viaje muy largo; ha sido muy pesado, pero ha sido maravilloso estar entre los santos. Si fuese posible, dejaría a cargo de otras personas los asuntos administrativos y rutinarios de la Iglesia, y luego, me dedicaría a visitar a la gente de las ramas pequeñas así como a la de las estacas grandes. Me gustaría reunirme con los santos dondequiera que estén. Considero que todo miembro de esta Iglesia merece una visita. Lamento que debido a las limitaciones físicas ya no me sea posible saludar con un apretón de manos a todos, pero puedo mirarles a los ojos con gozo en mi corazón y expresar mi amor y dejarles una bendición.
El motivo de este viaje reciente fue la rededicación del Templo de Freiberg, Alemania y la dedicación del Templo de La Haya, Holanda. Tuve la oportunidad de dedicar el Templo de Freiberg hace 17 años. Era un edificio un tanto modesto, construido en lo que antes era la República Democrática Alemana, la Zona Oriental de una Alemania dividida. Su construcción fue literalmente un milagro. El presidente Monson, Hans Ringger y otros se habían ganado la simpatía de los oficiales gubernamentales de Alemania Oriental, quienes dieron su aprobación.
El templo ha sido maravillosamente útil a través de estos años. El abominable muro ya ha desaparecido, lo que facilita que nuestros miembros viajen a Freiberg. El edificio se había deteriorado después de esos años y ya era inadecuado.
El templo se ha ampliado, al mismo tiempo que se ha hecho más hermoso y práctico. Efectuamos sólo una sesión dedicatoria, a la que concurrieron santos de una extensa región. En la espaciosa sala en la que nos encontrábamos sentados, podíamos ver las marcadas facciones en el rostro de muchos de esos firmes y maravillosos Santos de los Últimos Días quienes, a través de todos esos años, en los tiempos buenos como en los malos, bajo restricciones impuestas por el gobierno, y ahora en perfecta libertad, han guardado la fe, han servido al Señor y han sido grandes ejemplos. Lamento tanto no haber podido poner mis brazos alrededor de esos heroicos hermanos y hermanas y decirles lo mucho que los quiero. Si me están escuchando en estos momentos, espero que sepan de ese amor y que disculpen mi apresurada partida.
De ahí viajamos hasta Francia para atender unos asuntos de la Iglesia. Luego volamos a Rotterdam y por auto fuimos hasta La Haya. El trabajar en tres naciones en un día es un horario un tanto pesado para un anciano.
Al día siguiente dedicamos el Templo de La Haya, Holanda, donde se efectuaron cuatro sesiones. ¡Fue una experiencia conmovedora y maravillosa!
El templo es un edificio hermoso ubicado en un buen lugar. Estoy muy agradecido por la Casa del Señor que satisfará las necesidades de los santos de Holanda, Bélgica y partes de Francia. En 1861 se enviaron misioneros a esa parte de Europa. Miles se han unido a la Iglesia, habiendo emigrado la mayoría a los Estados Unidos. No obstante, ahora tenemos allí un maravilloso grupo de fieles y queridos Santos de los Últimos Días que son merecedores de una Casa del Señor en su país.
Decidí que mientras nos encontrábamos en esa parte del mundo visitaríamos otras regiones. Es así que viajamos a Kiev, en Ucrania, lugar que visité hace 21 años. Allí se respira una nueva sensación de libertad. ¡Qué inspiración reunirnos con más de 3.000 santos ucranianos! Las personas se congregaron de todas partes del país a costa de grandes incomodidades y gastos para llegar allí.
Una familia no podía pagar los pasajes para ir con todos sus integrantes, de modo que los padres se quedaron en casa y enviaron a sus hijos para que tuviesen la oportunidad de estar con nosotros.
De ahí fuimos a Moscú, Rusia, lugar donde estuve también hace 21 años. Se ha realizado un cambio; es como la electricidad: no se puede ver pero se puede sentir. Allí también tuvimos una maravillosa reunión, con la oportunidad de conversar con importantes oficiales del gobierno, como lo habíamos hecho en Ucrania.
¡Qué valioso e inestimable privilegio el reunirnos con esos extraordinarios santos que se han congregado “uno de cada ciudad, y dos de cada familia” en el redil de Sión, en cumplimiento de la profecía de Jeremías (véase Jeremías 3:14). La vida no es fácil para ellos; sus cargas son pesadas, pero su fe es firme y sus testimonios son vibrantes. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 Elévense a la altura de su llamamiento
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El Señor le guiará por revelación de la misma forma en que lo llamó. Debe pedir con fe para recibir revelación y saber qué debe hacer.
No hace mucho, un joven al que no conocía se me acercó en un lugar abarrotado de personas y me dijo calladamente pero con gran firmeza: “Élder Eyring, acabo de ser llamado como presidente del quórum de élderes. ¿Qué consejo podría darme?”. Yo sabía que no podía darle allí lo que él precisaba saber y pensar, con la gente pasando a nuestro lado, así que le dije: “Le daré mi consejo en la conferencia general”.
Este joven no es el único que desea ayuda. Cada semana se llama a miles de miembros de la Iglesia de todo el mundo a prestar servicio y muchos de ellos son recién conversos. La variedad de sus llamamientos es grande, y la variedad de su experiencia previa en la Iglesia es aún mayor. Si usted es uno de los que llama, capacita o simplemente cuida de esas personas, como lo hacemos todos nosotros, hay ciertas cosas que debe saber sobre cómo ayudarles a tener éxito.
Primero debe asegurarse de que ellos reciban un manual de instrucciones, de lecciones o los registros que deban llevar. Incluso puede darles una lista de las horas y los lugares de las reuniones a las que deban asistir. Después, puede ocuparse de hablarles de cómo se va a evaluar su labor, cuando perciba cierta preocupación en sus ojos.
Hasta el más nuevo de los miembros de la Iglesia sabe que el llamamiento a servir debe ser, principalmente, un asunto del corazón. Llegamos a conocer al Maestro al entregarle por completo nuestro corazón y guardar Sus mandamientos. Con el tiempo, nuestro corazón cambia y llegamos a ser como Él. Por tanto, existe una manera mejor de ayudar a los que reciben un llamamiento que darles una descripción de lo que tienen que hacer.
Lo que necesitarán, mucho más que una capacitación en sus tareas, es ver con ojos espirituales lo que significa ser llamados a servir en la Iglesia restaurada de Jesucristo. Ésta constituye el reino de Dios sobre la tierra, y debido a ello, tiene un poder que sobrepasa cualquier otra actividad en que los hombres puedan tomar parte. Ese poder depende de la fe de aquellos a quienes se llama a servir en esta Iglesia.
Por tanto, doy mi consejo a todo hombre o mujer, jovencita o joven que haya sido llamado o que sea llamado en el futuro. Hay algunas cosas cuya veracidad deberá llegar a conocer. Intentaré expresarlas con palabras, pero sólo el Señor, por medio del Espíritu Santo, puede manifestarlas a lo más profundo de su corazón. Ellas son:
En primer lugar, usted es llamado por Dios. El Señor le conoce. Él sabe a quién desea que sirva en cada responsabilidad de Su Iglesia. Él le escogió y ha preparado la manera de poder extenderle su llamamiento. Él restauró las llaves del sacerdocio a José Smith, las cuales han pasado por una línea sin interrupción hasta el presidente Hinckley. Mediante esas llaves, se han dado llaves a otros siervos del sacerdocio para presidir en estacas y barrios, en distritos y ramas. Fue por conducto de esas llaves que el Señor le ha llamado; esas llaves llevan consigo el derecho a la revelación, y ésta se recibe en respuesta a la oración. La persona que fue inspirada a recomendarle para su llamamiento no lo hizo porque usted le cayera bien o necesitara a alguien para llevar a cabo una determinada tarea. Esas personas oraron y recibieron la respuesta de que era a usted a quien se debía llamar.
La persona que le extendió el llamamiento no lo hizo simplemente porque sabía que usted era digno y estaba dispuesto a servir, sino que oró para conocer la voluntad del Señor con respecto a usted. Fueron la oración y la revelación dada a los siervos autorizados del Señor lo que le trajeron a este punto. Su llamamiento es un ejemplo de la fuente de poder exclusiva de la Iglesia del Señor. Los hombres y las mujeres son llamados por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos a quienes Él ha autorizado.
Se le ha llamado para representar al Salvador. Cuando usted testifica, su voz es la de Él, sus manos que auxilian son las de Él. Su labor consiste en bendecir a los hijos espirituales de Su Padre con la oportunidad de escoger la vida eterna. Por tanto, su llamamiento consiste en bendecir vidas, y esto es así aún en las tareas más sencillas que le hayan sido asignadas o en los momentos en los que podría estar haciendo algo aparentemente sin relación alguna con su llamamiento. Su forma de sonreír o la manera de ofrecer ayuda a alguien puede edificar la fe de esa persona; y tanto su forma de hablar como su comportamiento pueden destruir la fe.
Su llamamiento tiene consecuencias eternas para otras personas y para usted. Puede que en el mundo venidero miles de personas le llamen bienaventurado, un número mayor de las que usted haya servido aquí, pues serán los antepasados y los descendientes de aquellos que escogieron la vida eterna gracias a algo que usted dijo, hizo o incluso fue. Si alguien rechaza la invitación del Salvador porque usted no hizo todo lo que pudiera haber hecho, el pesar de ellos será el suyo. No hay llamamientos pequeños en lo referente a representar al Señor. Su llamamiento conlleva una seria responsabilidad, pero no debe temer porque su llamamiento también trae consigo grandes promesas.
Una de esas promesas es la segunda cosa que precisa saber; y es que el Señor le guiará por revelación de la misma forma en que lo llamó. Debe pedir con fe para recibir revelación y saber qué debe hacer. Acompaña al llamamiento la promesa de que tendrá respuestas, pero esa guía la recibirá sólo cuando el Señor tenga la certeza de que usted va a obedecer. Para conocer Su voluntad, usted debe estar comprometido a obedecerla. Las palabras “hágase tu voluntad”, escritas en el corazón, son la puerta que conduce a la revelación.
La respuesta se recibe por medio del Espíritu Santo, y precisará esta guía con frecuencia. Para disfrutar de la compañía del Espíritu Santo, usted debe ser digno, purificado por medio de la expiación de Jesucristo. En consecuencia, la obediencia a los mandamientos, el deseo y sus súplicas determinarán la claridad con que el Maestro podrá guiarle por conducto de las respuestas a sus oraciones.
Con frecuencia las respuestas las recibirá durante el estudio de las Escrituras. Éstas contienen relatos de los hechos del Salvador durante Su ministerio terrenal y la guía que brindó a Sus siervos. Las Escrituras contienen doctrina que se aplica a cada momento y a cada situación. El meditar en las Escrituras le ayudará a hacer las preguntas adecuadas al orar, y, tan cierto como que los cielos se abrieron para José Smith tras meditar las Escrituras con fe, Dios dará respuesta a sus oraciones y le llevará de la mano. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 La mujer de fe
Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes recientemente relevada
La mujer de fe confía en Dios… Sabe que Él tiene interés en su vida. Sabe que Él la conoce. Ella ama Sus palabras y bebe intensamente de esa agua viva.
Amo al Señor Jesucristo y Su Iglesia que ha sido restaurada en la tierra en nuestra época. Significan mucho para mí las enseñanzas de Su santa vida desde niño recién nacido hasta hombre resucitado: el Hijo de Dios.
Al leer en las páginas de la Biblia, me ha parecido verle cómo “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (1), y era como haber estado allí cuando levantaba a los muertos. Sanó a los enfermos, alimentó a cinco mil personas y trajo consuelo, esperanza y un método de paz al mundo que Él había creado. Perdonó a los que le ridiculizaron, le torturaron y le crucificaron: porque no sabían lo que hacían. Me ha parecido ver el amor y el interés divinos que tuvo por Su madre aun cuando Él mismo estaba padeciendo intensamente. Venció a la muerte para que nosotros también la venciésemos. Ha preparado un lugar para nosotros en el cielo con nuestro Padre Eterno. Nos ha enseñado el plan de felicidad, así como a entenderlo y nos ha dado la esperanza de seguirlo. Su vida fue el ejemplo perfecto de lo que es el sacrificio y el servicio para cumplir el plan de Dios Su Padre.
La mujer Santo de los Últimos Días que sigue el ejemplo de Cristo en su vida cotidiana comienza a cumplir el plan de nuestro Padre Celestial con respecto a ella. Al hacerlo, ejerce una poderosa buena influencia en el mundo de hoy y hace frente a los desafíos de la vida terrenal. He conocido mujeres con esas cualidades que me han señalado el camino que debo seguir. La mujer Santo de los Últimos Días que sigue a Cristo es una verdadera cristiana en todo el sentido de la palabra; es una mujer de fe que confía en Dios, que tiene seguridad y es valiente.
La mujer de fe confía en Dios y encara la adversidad con esperanza. Sabe que Él tiene interés en su vida. Sabe que Él la conoce. Ella ama Sus palabras y bebe intensamente de esa agua viva. Se siente agradecida por el profeta que Él ha enviado para estos últimos días y confía en sus consejos y los sigue, porque sabe que al hacerlo hallará seguridad y paz. Busca en la oración la bondadosa y constante orientación y ayuda del Padre Celestial que la escucha. Cuando ora, presta atención para dar lugar a la comunicación mutua. Ella confía en que Él, en Su forma silenciosa y tranquila, la llevará de la mano y dará respuesta a sus oraciones (2).
La mujer de fe tiene seguridad porque comprende el plan divino de nuestro Padre Celestial y su función de ser una bendición para los demás. Tiene seguridad en que cualquier sacrificio que haga vale algo en un sentido eterno. Sabe del sacrificio porque sabe de la vida del Salvador; y, aunque comprende que sus sacrificios son pequeños en comparación, también es consciente de que nuestro Padre Celestial entiende y valora lo que ella hace por fortalecer su hogar y su familia, y el mundo en el que vive. Su confianza aumenta porque es virtuosa, delicada y cortés, lo cual es mucho mejor que ser hermosa. Sus intenciones son puras. Es amorosa, dulce y bondadosa. El corazón de su marido y el de sus hijos están en ella confiados (3), al igual que el de los niños y el de los jóvenes, y el de las mujeres a los que ha sido llamada a enseñar, guiar, servir y amar; ellos cuentan con ella por motivo de ese espíritu especial que irradia. Es la imagen de Dios que ha recibido en el rostro, lo que es agradable e importante (4). Tiene confianza en que está adquiriendo las cualidades que le permitirán ser invitada a estar en la presencia de su Padre Celestial, y podrá hacerlo con el conocimiento de que se sentirá enteramente a gusto allí, de que Él la conoce, la ama, la valora y la aprecia para siempre jamás.
La mujer de fe es valiente. No teme mal alguno porque Dios está con ella (5). No hay incertidumbre ni trompeta que le dé sonido incierto en la vida. Puede vivir una vida de principios por motivo de que estudia la doctrina y las enseñanzas de un maestro perfecto: el Maestro. Es un digno ejemplo para todos los que la conocen. No es perfecta, desde luego, y no porque no tenga principios perfectos ni el ejemplo perfecto en Cristo, sino porque es humana. Se conserva alejada de las influencias malignas y de toda cosa impura, y, si algo indebido le sale al paso, es como una leona que defiende a sus cachorros. La valiente mujer de fe tiene el valor de hablar con sus hijos de las prácticas que los destruirían, y ellos no sólo la oyen hablar de sus cometidos, sino que los ven aplicados en su diario vivir: en la forma en que se viste, en lo que lee y en lo que ve, en el modo como pasa sus ratos libres, en lo que le gusta y la hace reír, en las personas a las que atrae y en su manera de actuar en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar. Su modo de ser es encantador, jovial, lleno de vida y bueno. Nuestras niñas pequeñas, lo mismo que las mujeres jóvenes, pueden confiar en su ejemplo sin temor a equivocarse. Rogamos que ellas también sean valientes al buscar y fomentar lo edificante, lo feliz y lo decente, porque ellas son nuestro futuro.
Gracias sean dadas al cielo por las mujeres de fe que nos rodean. La mujer de fe ama al Señor y desea que Él lo sepa mediante la vida que lleva, así como por las palabras que habla, por el servicio que presta a Sus hijos y por todo lo que hace. Sabe que el Señor la ama aun cuando es imperfecta y sigue intentando ser mejor. Sabe que si hace lo mejor que puede, eso basta, como nos ha dicho el presidente Hinckley (6).
La mujer de fe es bendecida por los varones fieles de su vida que poseen el sacerdocio de Dios y honran ese privilegio: su padre, el obispo, su marido, sus hermanos y sus hijos. Ellos la aprecian a ella y también aprecian los dones divinos que Dios le ha dado como Su hija. La apoyan y la animan, y comprenden la gran misión de su vida en calidad de mujer. La aman; la bendicen. A su vez son bendecidos por esa mujer de fe al caminar juntos por la senda de la vida, y saben, como enseña la Escritura, que “mejores son dos que uno… Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero…” (7).
Expreso mi gratitud por las magníficas mujeres de fe, y por los grandes y nobles hombres, al igual que por mi amada familia, que me han elevado e inspirado a lo largo de mi vida. Ellos han sido una bendición particularmente grande para mí en mis intentos por cumplir con la sagrada tarea que me ha encomendado el Señor como presidenta general de las Mujeres Jóvenes.
Amados hermanos y hermanas, sepan del amor que les tengo a ustedes y de la inmensa gratitud que siento por nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Les honraré y serviré con todo mi corazón para siempre, y lo haré agradecida por el privilegio de hacerlo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
Lucas 2:52.
Véase D. y C. 112:10.
Véase Proverbios 31:11.
Véase Alma 5:14.
Véase Salmos 23:4.
Véase “Las mujeres de la Iglesia”, Liahona, enero de 1997, pág. 78.
Conferencia General Octubre 2002 Para que todos sean uno en nosotros Élder D. Todd Christofferson
De los Setenta
No seremos uno con Dios y con Cristo hasta que logremos que la voluntad y el interés de Ellos sean nuestro mayor deseo.
Al llegar al fin de Su ministerio terrenal, y saber que “su hora había llegado” (Juan 13:1), Jesús reunió a Sus apóstoles en un aposento alto en Jerusalén. Después de la cena y de haberles lavado los pies y haberles enseñado, Jesús ofreció una oración sublime e intercesora a favor de esos apóstoles y de todos los que creerían en Él. Suplicó al Padre con estas palabras:
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.
“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:20–23).
¡Cuán glorioso es el contemplar que se nos ha invitado a esa unidad perfecta que existe entre el Padre y el Hijo! ¿Cómo puede suceder eso?
Al meditar en esa pregunta, queda claro que debemos comenzar por llegar a ser uno dentro de nosotros mismos. Somos seres duales, con un cuerpo y un espíritu, y a veces no nos sentimos en armonía o tenemos conflictos. La conciencia, la luz de Cristo (véase Moroni 7:16; D. y C. 93:2) ilumina nuestro espíritu, y naturalmente, éste responde a los susurros del Espíritu Santo y desea seguir la verdad. Pero los apetitos y las tentaciones a los que está sujeta la carne pueden, si lo permitimos, vencer y dominar el espíritu. Pablo dijo:
“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.
“Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
“pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:21–23).
Nefi expresó sentimientos semejantes.
“Sin embargo, a pesar de la gran bondad del Señor al mostrarme sus grandes y maravillosas obras, mi corazón exclama: ¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades.
“Me veo circundado a causa de las tentaciones y pecados que tan fácilmente me asedian” (2 Nefi 4:17–18).
Mas, al recordar al Salvador, Nefi pronuncia esta conclusión llena de esperanza: “…no obstante, sé en quien he confiado” (2 Nefi 4:19). ¿Qué quiso decir?
Jesús fue también un ser de carne y espíritu, pero no cedió a la tentación (véase Mosíah 15:5). Al buscar unidad y paz dentro de nosotros, podemos volvernos a Jesucristo porque Él comprende; comprende qué significa afrontar la lucha y también cómo ganarla. Como dijo Pablo: “…no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
Lo más importante es que podemos acudir a Jesús para que nos ayude a restaurar la unión interior de nuestras almas cuando hayamos caído ante el pecado y destruido nuestra paz. Poco después de Su súplica intercesora para que fuésemos “perfectos en unidad”, Jesús sufrió y dio Su vida para expiar el pecado. El poder de Su expiación puede eliminar los efectos del pecado. Cuando nos arrepentimos, Su gracia expiadora nos justifica y purifica (véase 3 Nefi 27:16–20). Es como si no hubiéramos sucumbido, como si no hubiéramos cedido a la tentación. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2002 A donde me mandes iré Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles
La dimensión total de [nuestra] conversión en hombres y mujeres de Dios se lleva a cabo mejor mediante nuestras labores en Su viña.
Mi tema proviene de un himno que ha inspirado a los siervos fieles del Señor de muchas generaciones:
Quizás no tenga yo que cruzar montañas ni ancho mar; quizás no sea a lucha cruel que Cristo me quiera enviar. Mas si Él me llama a sendas que yo nunca caminé, confiando en Él le diré: Señor, adonde me mandes iré.
(“A donde me mandes iré”, Himnos, N° 175.)
Escrito por una poetisa que no era Santo de los Últimos Días, sus palabras expresan la dedicación de los hijos fieles de Dios en todas las épocas.
Abraham, que condujo a Isaac en aquella desgarradora jornada hasta el monte Moriah, iba fielmente a donde el Señor quería que fuera (véase Génesis 22). También lo hizo David, cuando salió de las filas de los ejércitos de Israel para responder al desafío del gigante Goliat (véase 1 Samuel 17). Ester, inspirada para salvar a su pueblo, recorrió un mortífero sendero para enfrentar al rey en el aposento real (véase Ester 4–5). “A donde me mandes iré, Señor” fue la motivación que tuvo Lehi para abandonar Jerusalén (véase 1 Nefi 2) y su hijo Nefi para volver en busca de los preciados anales (véase 1 Nefi 3). Se podrían citar cientos de otros ejemplos de las Escrituras.
Todas esas almas fieles demostraron su obediencia a la guía del Señor y la fe que tenían en Su poder y bondad. Como lo explicó Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).
A nuestro alrededor, y en recuerdos de tiempos pasados, tenemos los ejemplos inspiradores del servicio humilde y fiel de Santos de los Últimos Días. Uno de los más conocidos es el del presidente J. Reuben Clark. Después de más de dieciséis años de haber sido un primer consejero de influencia extraordinaria, se reorganizó la Primera Presidencia y lo llamaron como segundo consejero. Dando un ejemplo de humildad y de disposición a prestar servicio que ha influido en generaciones, él dijo a la Iglesia:” ‘Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo’ ” (citado por Keith K. Hilbig en “El crear o continuar eslabones del sacerdocio”, Liahona, enero de 2002, pág. 53).
De la misma importancia, aunque menos visibles, están los millones de miembros que ahora trabajan con fe y devoción similares en los rincones remotos de la viña del Señor. Nuestros fieles misioneros mayores presentan los mejores ejemplos que conozco.
Hace poco revisé los papeles misionales de más de cincuenta matrimonios mayores. Todos habían cumplido ya por lo menos tres misiones cuando enviaron los papeles para recibir otro llamamiento; provenían de todas partes, desde Australia hasta Arizona, de California a Misuri; sus edades variaban desde sesenta y setenta y tantos años hasta… bueno, no importa. Una de las parejas, que se ofrecía para cumplir la séptima misión, había prestado servicio en la Manzana del Templo, en Alaska, en Nueva Zelanda, en Kenya y en Ghana; se les mandó a Filipinas. Se podrían citar infinidad de ejemplos similares.
Los comentarios de los líderes del sacerdocio, que aparecen en los papeles de esos matrimonios, son un testimonio de servicio y sacrificio. A continuación, cito varios:
“Dispuestos a ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa durante todo el tiempo que se les requiera”.
“Son un gran ejemplo de los miembros de la Iglesia que dedican su vida a servir al Señor”.
“Iremos a donde el Señor quiera que vayamos”, comentó un matrimonio. “Oramos para que nos manden a donde se nos necesite”.
Los comentarios de los líderes del sacerdocio sobre las cualidades de esos matrimonios dan un buen resumen de la obra que nuestros misioneros mayores llevan a cabo tan eficazmente.
“Él es especial para comenzar y hacer funcionar programas, y en liderazgo”.
“Su mayor gozo es cuando se les pide que ‘edifiquen’ y desarrollen algo, por lo que una asignación en un área en desarrollo de la Iglesia sería apropiada para ellos. Están dispuestos a prestar servicio en cualquier cargo al que se les llame”.
“Serían de mayor utilidad trabajando con los menos activos y los conversos que en las oficinas”.
“Aman a los jóvenes y tienen un don especial para tratarlos”.
“Consideran que son más eficaces, y les gusta más, la capacitación de líderes y la obra de hermanamiento”.
“Han declinado un poco físicamente, pero no en asuntos espirituales ni en su entusiasmo misional”.
“Él es un verdadero misionero. Se llama Nefi y sigue los pasos de su tocayo. Ella es una mujer extraordinaria y siempre ha sido un gran ejemplo. Serán excelentes en cualquier lugar a donde se les llame. Ésta es su quinta misión”. (Habían prestado servicio previamente en Guam, Nigeria, Vietnam, Pakistán, Singapur y Malasia. Para que descansaran de esos senderos tan difíciles, los siervos del Señor los llamaron a prestar servicio en el Templo de Nauvoo.)
Otro matrimonio habló por todos esos héroes y heroínas al escribir lo siguiente: “Iremos a cualquier parte y haremos lo que se nos pida. No es un sacrificio sino un privilegio”.
Esos misioneros mayores ofrecen una porción especial de sacrificio y dedicación; así también lo hacen nuestros presidentes de misión y de templo y sus leales compañeras. Todos dejan atrás su hogar y su familia para prestar servicio regular durante cierto tiempo. Lo mismo hacen el ejército de misioneros jóvenes, que interrumpen su vida cotidiana, se despiden de familia y de amigos y salen (generalmente pagando sus propios gastos) a prestar servicio en dondequiera que el Señor les asigne, hablando por medio de Sus siervos.
A donde me mandes iré, Señor, a montañas o islas del mar. Diré lo que quieras que diga, Señor, y lo que Tú quieras seré.
(Himnos, N° 175.)
Millones de otras personas prestan servicio viviendo en su propio hogar y sirviendo voluntariamente en la Iglesia. Eso hacen los veintiséis mil obispados y presidencias de rama, y las fieles presidencias de quórumes y de la Sociedad de Socorro, la Primaria y las Mujeres Jóvenes que trabajan con ellos y bajo su dirección. Y eso hacen millones de otras personas que son fieles maestros en barrios, ramas, estacas y distritos. Pienso, además, en los cientos de miles de maestros orientadores y maestras visitantes que cumplen el mandato del Señor de “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53). Todos ellos pueden unirse en esta inspirada estrofa:
Habrá palabras de fe y paz que me mande el Señor decir; yo sé que en sendas de la maldad hay seres que redimir. Señor, si Tú quieres mi guía ser, la senda seguiré; tu bello mensaje podré anunciar, y lo que me mandes diré.
(Himnos, N° 175.)
Como lo enseñó el rey y profeta Benjamín: “…cuando [estamos] al servicio de [n]uestros semejantes, sólo [estamos] al servicio de [n]uestro Dios” (Mosíah 2:17). También nos advirtió: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:27).
El Evangelio de Jesucristo nos exhorta a convertirnos; nos enseña lo que debemos hacer y nos da las oportunidades de llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial quiere que seamos. La dimensión total de esa conversión en hombres y mujeres de Dios se lleva a cabo mejor mediante nuestras labores en Su viña. Seguir leyendo →
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Todos los que vivimos en el mundo de hoy necesitamos puntos de referencia, o sea, modelos que debemos seguir.
Hace muchos años admiré la cubierta de una de las publicaciones de nuestra Iglesia que consistía de una magnífica reproducción de una pintura de Carl Bloch. La escena que el artista captó en su imaginación y que luego, con el toque de la mano del Maestro, traspasó al lienzo, representaba a Elisabet, esposa de Zacarías, que recibía a María, la madre de Jesús. Ambas darían luz a varones: serían nacimientos milagrosos.
Al hijo que le nació a Elisabet se le llegó a conocer como Juan el Bautista. Tal como en el caso de Jesús, el hijo de María, lo mismo ocurrió con Juan: poco y valioso es lo que se registra sobre sus años de adolescencia. Todo lo que sabemos de la vida de Juan, desde su nacimiento hasta su ministerio público, lo encierra una sola frase: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (1).
El mensaje de Juan era breve; predicaba en cuanto a la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión y el otorgamiento del Espíritu Santo por medio de una autoridad superior a la que él poseía. “Yo no soy el Cristo”, declaró a sus fieles discípulos, “sino que soy enviado delante de él” (2). “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo… él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (3).
Luego ocurrió el bautismo de Cristo por Juan el Bautista. Más tarde, Jesús testificó: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (4).
Todos los que vivimos en el mundo de hoy necesitamos puntos de referencia, o sea, modelos que debemos seguir. Juan el Bautista nos proporciona un ejemplo perfecto de verdadera humildad, ya que él siempre se sometió a Aquel que habría de seguirle: el Salvador de la humanidad.
El aprender acerca de aquellos que confiaron en Dios y siguieron Sus enseñanzas nos ayuda a percibir el Espíritu que nos dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (5). Ellos fueron bendecidos al guardar sus mandamientos con firmeza y al confiar en Él. Si seguimos el ejemplo de ellos, nosotros también seremos igualmente bendecidos en nuestros días y época. Cada uno se convierte en un modelo que debemos seguir.
A todos nos gusta el hermoso relato de Abraham e Isaac que se encuentra en la Biblia. Cuán terriblemente difícil debió haber sido para Abraham, en obediencia al mandamiento de Dios, tomar a su amado Isaac y llevarlo a la tierra de Moriah, para presentarlo allí como holocausto. ¿Se imaginan el tormento de su corazón mientras juntaba la leña para el fuego y emprendía la jornada al lugar señalado? No hay duda del dolor que le habrá agobiado el cuerpo y torturado la mente al atar a Isaac, ponerlo sobre el altar y estirar el brazo para tomar el cuchillo con el que mataría a su hijo. ¡Qué gloriosa sería la declaración y con cuánto asombro la recibiría! “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (6).
Abraham reúne los requisitos como modelo de obediencia intachable.
Si alguno de nosotros piensa que no le es posible superar sus dificultades, lea entonces acerca de Job, ya que al hacerlo, sentirá que podrá decir: “Si Job pudo soportarlo y superarlo, yo también”.
Job era un “hombre perfecto y recto temeroso de Dios y apartado del mal” (7). Job, hombre piadoso y próspero, habría de enfrentar una prueba que habría destruido a cualquiera. Habiendo sido despojado de sus posesiones, menospreciado por sus amigos, afligido por su sufrimiento, destrozado por la pérdida de su familia, le fue dicho: “Maldice a Dios, y muérete” (8). Resistió esa tentación, y desde lo profundo de su alma noble, declaró: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (9). “Yo sé que mi Redentor vive” (10).
Job se convirtió en el modelo de paciencia sin límite. Hasta hoy en día decimos que los que han sufrido mucho tienen “la paciencia de Job”. Él nos proporciona un ejemplo que todos debemos emular.
Un “varón justo,… perfecto en sus generaciones”, uno que “con Dios caminó” (11) era el profeta Noé. Habiendo sido ordenado al sacerdocio a temprana edad, “se convirtió en predicador de la rectitud y declaró el Evangelio de Jesucristo, enseñando fe, arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo” (12). Exhortó que el no dar oídos a su mensaje traería inundaciones sobre aquellos que escucharan su voz y que, aun así, no obedecieran sus palabras.
Noé obedeció el mandato de Dios de construir un arca para que él y su familia se librasen de la destrucción; obedeció las instrucciones de Dios de poner en el arca un par de toda criatura viviente, a fin de que también se salvasen de las aguas. Seguir leyendo →