Dones de paz

Devocional de Navidad de 2016

Dones de paz

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia



Estoy agradecido por estar con ustedes en esta celebración de Navidad. Nuestro propósito es honrar al Señor, Jesucristo. Nuestra esperanza es que captemos el verdadero espíritu de la Navidad, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos. Ese espíritu se caracteriza por la paz, no la paz política, ya que el Salvador nació en una época de tanto temor y agitación que su familia tuvo que huir como refugiados a Egipto; no la paz económica, ya que Él nació en un establo y fue recostado en un humilde pesebre; y ni siquiera la paz que se siente cuando todos los regalos están envueltos, los árboles decorados y la mesa puesta, ya que esa paz es solo momentánea. La paz de la Navidad es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”(1). Es la paz que el apóstol Pablo prometió que “[guardaría nuestros] corazones y [nuestros] pensamientos en Cristo Jesús”(2). Y Pablo tenía razón. Esa paz que buscamos se logra mediante Jesucristo y a causa de Él.

Algunos de nosotros vivimos en entornos hermosos y pacíficos, sin embargo, estamos pasando por una agitación interna. Otros sienten paz y serenidad perfecta en medio de grandes pérdidas, tragedias y pruebas personales constantes.

A todos los que han venido a la Tierra, el Señor dijo: “En el mundo tendréis aflicción”(3). Sin embargo, dio esta maravillosa promesa a Sus discípulos durante Su ministerio terrenal: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da”(4). Es un consuelo saber que esta promesa de paz personal continúa hoy día para todos Sus discípulos del convenio.

Es una promesa que se dio incluso la misma noche de Su nacimiento. Cuando los mensajeros celestiales anunciaron el nacimiento del Salvador, declararon: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”(5).

En esta bendita temporada del año, buscamos —más que nunca— la paz a través del Dador de todos los dones. Esta noche deseo compartir solo algunas de las muchas maneras en que podemos aumentar la paz que sentimos en esta temporada, durante el año que está por venir y durante toda nuestra vida.

Primero, al igual que los ángeles que cantaron durante la noche de Su nacimiento, podemos sentir paz al celebrar a nuestro Salvador, Jesucristo. Podemos decir: “… venid [y] adoremos” (6).

La Navidad es la celebración de un nacimiento. Todos hemos sentido la maravilla de ver a un niño recién nacido. Sentimos humildad al ver el milagro de los rasgos delicados y de la promesa del futuro. Sentimos ternura. Sentimos gratitud. Sentimos paz; y llega a nuestro corazón un sentimiento de amor que nos hace querer dar y ser amables al recordar a la persona cuyo nacimiento celebramos, porque la Navidad es la celebración de un nacimiento como ningún otro. El nacimiento de Jesús lo habían previsto los profetas de Dios durante siglos. Ese nacimiento fue el cumplimiento de una promesa que nos hizo un amoroso Padre Celestial en el mundo de los espíritus. Fue el nacimiento del Mesías prometido.

Las palabras vuelven del recuerdo y se anidan en mi corazón cada temporada navideña. En mi mente oigo las voces gozosas de un gran coro que canta: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”(7).

La primera vez que recuerdo oír esas palabras fue cuando me encontraba sentado en el balcón del Tabernáculo de Salt Lake. Un coro entonaba la música de Handel. Recuerdo que sentí algo en mi corazón. En aquel entonces yo era joven: ahora soy mayor, y sé lo que fue esa sensación. Fue el Espíritu Santo, cuya compañía se me había concedido cuando tenía ocho años de edad. El Espíritu le confirmó a mi corazón que las palabras que se cantaron esa noche eran verdaderas.

El bebé que nació en Belén hace mucho tiempo fue y es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre. Aquellos que se arrodillaron ante Él fueron a adorar al Salvador. Él era el Cordero de Dios, enviado para quebrantar los lazos de la muerte por medio de Su sacrificio expiatorio. Él vino con el poder de soportar nuestras penas y nuestra angustia para que supiera cómo socorrernos; y Él nació para expiar todos nuestros pecados como solo Él podía hacerlo:

De tu trono has bajado
y la muerte conquistado
para dar al ser mortal
nacimiento celestial.
Escuchad el son triunfal(8).

El sentimiento que tuve en el balcón del Tabernáculo aquella noche fue de fe y esperanza. Sentí fe porque a causa de que “un niño nos [fue] nacido”, podía tener esperanza en que la muerte no sería el final. Sería resucitado, y a todos los hijos del Padre Celestial les sería quitado el aguijón de la muerte. Seguir leyendo

Publicado en Devocional de Navidad, Navidad, Paz | Etiquetado , , , | 1 comentario

El don del Espíritu Santo

Devocional de Navidad de 2016
El don del Espíritu Santo
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia de los Hombres Jóvenes

 

Hermanos y hermanas, es una gran bendición reunirme con ustedes esta noche.

Tres semanas a partir de hoy, será el día de Navidad. Esa mañana, millones de niños se levantarán a una hora poco razonable y en un interesante cambio de papeles, ellos arrastrarán a sus padres fuera de la cama, llenos de expectativa, se reunirán alrededor de los regalos a los que han estado mirando por días.

A mi padre le encantaba la Navidad; dar regalos lo llenaba de mucha alegría, y él y mi madre eran muy buenos para ello. Mis hermanos y yo, así como muchas otras personas, fuimos los beneficiarios de su don. Algunos de sus mejores regalos no eran tangibles: eran experiencias que desarrollaron lazos de amor y recuerdos preciados; esos recuerdos todavía me dan alegría hoy.

Parece apropiado que dar y recibir regalos es una parte central de la Navidad. Después de todo, estamos celebrando el inigualable regalo del Hijo de Dios, el Salvador Jesucristo. Por supuesto, los regalos que nos damos entre nosotros nunca se compararán con ese regalo, pero creo que el gozo de dar y recibir regalos puede volver nuestro corazón hacia los regalos o “dones de Dios”(1).

El preciado regalo del Hijo de Dios nos invita a cada uno de nosotros a encontrar “la paz en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero”(2). La paz puede parecer esquiva en un mundo donde el conflicto y la división se intensifican, pero esa paz es exactamente lo que nuestro amoroso Padre y Su Hijo nos ofrecen a cada uno de nosotros, si solo la recibimos.

Imagínense lo extraño que sería si, en la mañana de Navidad, nos sentáramos alrededor del árbol de Navidad, admiráramos los regalos maravillosamente envueltos, habláramos de lo que podría haber dentro de ellos y luego continuáramos nuestro día ¡sin abrir los regalos!

Por desgracia, eso es lo que a veces hacemos con los dones de Dios para nosotros. Consideren estas palabras del Salvador: “¿… en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”(3).

Esta noche deseo invitar a cada uno de nosotros a reflexionar sobre la forma en que realmente podemos recibir los dones que Dios nos ha ofrecido. En concreto, deseo centrarme en el don ilimitado del Espíritu Santo. Mientras lo hago, ruego que el Espíritu Santo nos ayude a entender el significado de ese don, nos enseñe lo que podemos hacer para recibirlo más plenamente y nos de la gracia para actuar sobre lo que sentimos.

¿Por qué es el Espíritu Santo un don tan deseado?

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Él es el Consolador(4), un guía(5), un maestro(6), un santificador(7) y, por tanto, el que cambia los corazones humanos(8). Por medio de Él, podemos recibir los poderes y atributos de Dios en nuestra vida.

Ustedes recuerdan algunos de esos atributos: “amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre [y] templanza”(9) Eso me parece una buena descripción de lo que a menudo se llama “el espíritu navideño”. Las promesas de los ángeles de “nuevas de gran gozo” y “paz, buena voluntad para con los hombres”(10) de esa primera noche de Navidad se cumplen, en parte, cuando recibimos el Espíritu Santo. Seguir leyendo

Publicado en Devocional de Navidad, Espíritu santo, Fe | Etiquetado , , , | Deja un comentario

La plenitud del relato de la Navidad

Devocional de Navidad de 2016

La plenitud del relato de la Navidad

Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta



La Navidad inspira sentimientos de ternura, gozo y amor, y, como cualquier padre o madre puede confirmar, hay sentimientos semejantes que comúnmente acompañan el nacimiento de cada recién nacido. Por supuesto que el nacimiento de Cristo fue diferente a cualquier otro. Los preciados detalles —el viaje a Belén, el mesón abarrotado de gente, el humilde pesebre, la estrella nueva y los ángeles ministrantes— hacen del relato de Su nacimiento algo extraordinario. Sin embargo, el relato del nacimiento del Salvador representa solo una parte de por qué sentimos el Espíritu durante la época navideña. La Navidad no es solo la celebración de cómo vino Jesús al mundo, sino también del conocimiento de quién es Él —nuestro Señor y Salvador Jesucristo— y de por qué vino.

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Gracias a que Él vino a la tierra, … [podemos tener] alegría y felicidad en la vida y paz cada día del año… Debido a que Él vino, nuestra existencia mortal tiene sentido”(1).

El Primogénito del Padre
Ese sentido se torna más claro cuando consideramos la totalidad de la historia de la Navidad. Tal como el presidente Gordon B. Hinckley explicó: “No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección”(2).

Ni el nacimiento de Jesús en Belén es el comienzo de la historia, ni el Calvario es el final. Las Escrituras enseñan que Él estaba “en el principio… con Dios”(3) en el Concilio preterrenal de los cielos. Nosotros también estábamos allí, donde lo conocíamos como Jehová, el Primogénito de nuestro Padre Eterno(4). Supimos que Él desempeñaría la función central como Creador y Redentor del mundo. Nos regocijamos al aceptar el gran Plan de Felicidad(5). Aunque hubo algunos que se rebelaron contra el plan de Dios, nosotros estuvimos entre quienes depositaron su fe en Jesucristo. Aceptamos de buena gana los peligros de la vida mortal porque teníamos confianza en que Jesús cumpliría la voluntad del Padre; en que mediante Él seríamos salvos.

El nacimiento del Hijo Unigénito de Dios
Aquí en la tierra, el recuerdo de nuestra vida anterior está cubierto por un velo de olvido. Nuestro propósito al venir a la tierra era aprender que “por fe andamos, no por vista”(6).

Para fortalecer esa fe, Dios envió a los profetas que previeron y predijeron la venida del Mesías prometido. Uno de ellos fue Nefi, que vio en visión un árbol que era sumamente bello y blanco. Cuando pidió conocer la interpretación de la visión, se le mostró la ciudad de Nazaret y a María, una virgen que era la más hermosa y pura. El ángel que visitó a Nefi le hizo entonces esta pregunta tan significativa: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?”. En otras palabras, “¿Entiendes por qué Dios mismo vendrá al mundo; por qué condescenderá por debajo de todas las cosas?”. La respuesta de Nefi fue un tanto vacilante: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas”.

Entonces el ángel dijo: “La virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios”. Nefi vio a María, quien sostenía en brazos a un niño, y el ángel exclamó con gozo: “¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!”. De repente, el significado del árbol —y la razón por la que celebramos el nacimiento de Cristo— quedaron más claros para Nefi. Este dijo: “Es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas”. “Sí”, añadió el ángel, “y el de mayor gozo para el alma”(7).

Finalmente, unos seiscientos años después de la visión de Nefi, llegó el día esperado y profetizado por tanto tiempo. Jesús atravesó el velo y entró en el mundo como un indefenso bebé, aunque no fue semejante a ningún otro niñito. El Hijo Primogénito de Dios en el espíritu llegó a ser Su Hijo Unigénito en la carne. ¡Ese niño, que había nacido en las más humildes circunstancias, cargaría sobre Sus hombros la salvación de la familia eterna de Dios! Ciertamente, “pueblecito de Belén”, aquella noche “en tus calles [brilló] la luz de redención que da… la eterna salvación”(8).

Pero la historia, por supuesto, no culmina allí. Aunque el nacimiento del Salvador fue milagroso, había milagros mayores por venir.

En los asuntos del Padre
Sabemos muy poco sobre los primeros años de Jesús. Se nos dice que “crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres”(9). Para los doce años de edad, el deseo que expresaba era estar “en los asuntos de [Su] Padre”(10). Dichos asuntos eran manifestar al mundo “el grande y maravilloso amor” del Padre hacia Sus hijos(11).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, … para que el mundo sea salvo por él”(12).

Los asuntos de Su Padre eran “[andar] haciendo bienes”(13). Era una obra compasiva: “Sanar a los enfermos, levantar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan”(14).

Los asuntos de Su Padre eran abrir los ojos de nuestra fe, avivar nuestras facultades espirituales y sanar nuestros dolores, orgullo, enfermedades y pecados; eran “[socorrernos]… [en nuestras] debilidades”. Para lograrlo, Jesús sufrió voluntariamente dolores, rechazo, aflicciones y tentaciones de todas clases(15).

Los asuntos de Su Padre eran ayudarnos a cumplir con nuestro propósito en la tierra; “[hacernos] más dignos” para que vivamos con Él en “Su gran mansión”(16). En otras palabras, los asuntos de Su padre eran —y son— “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”(17). Seguir leyendo

Publicado en Devocional de Navidad, Navidad | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Anuncios proféticos del nacimiento de Cristo

Devocional de Navidad de 2016
Anuncios proféticos del nacimiento de Cristo
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 

En Navidad, los creyentes celebramos el nacimiento de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, el Padre Eterno. Como parte de este Devocional de Navidad de la Primera Presidencia que establece el patrón para nuestra celebración, hablaré de las profecías de Su nacimiento.

Ningún anuncio fue más significativo que la aparición del ángel a María.

“Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.
“Y he aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.
“Éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
“Y reinará en la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin” (Lucas 1: 30–33).

El nacimiento, la vida y la muerte del Hijo de Dios en la tierra eran esenciales en el plan de nuestro Padre Celestial de “[llevar] a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Antes de que la tierra fuese creada, Jesucristo fue escogido para experimentar la vida mortal y ser el Salvador necesario para llevar a cabo ese plan (véase Moisés 4:2). Al padre Adán se le mandó ofrecer sacrificios como “una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. Por consiguiente” —se le instruyó—, “harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:7–8).

En el libro de Moisés leemos además la explicación que Dios da de este, Su “plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito, el cual vendrá en el meridiano de los tiempos” (Moisés 6:62). Dios el Padre nos mandó arrepentirnos y ser bautizados en el nombre de Su “Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres” (Moisés 6:52).

Isaías, un gran profeta del Antiguo Testamento, anunció el futuro nacimiento del Mesías: “… el Señor mismo os dará señal” —declaró—: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

Isaías también declaró:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
“El aumento de su dominio y la paz no tendrán fin, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Isaías 9:6–7).

El nacimiento de Cristo también les fue revelado a los profetas del Libro de Mormón. Seiscientos años antes del nacimiento del Salvador, Lehi enseñó que Dios levantaría entre los judíos “un Mesías, o, en otras palabras, un Salvador del mundo” (1 Nefi 10:4).

El profeta Abinadí proclamó:

“… ¿no les profetizó Moisés concerniente a la venida del Mesías, y que Dios redimiría a su pueblo? Sí, y aun todos los profetas que han profetizado desde el principio del mundo, ¿no han hablado ellos más o menos acerca de estas cosas?
“¿No han dicho ellos que Dios mismo bajaría entre los hijos de los hombres, y tomaría sobre sí la forma de hombre, e iría con gran poder sobre la faz de la tierra?” (Mosíah 13:33–34).

El profeta Nefi registró que un ángel le mostró a una virgen en la ciudad de Nazaret, diciendo: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne” (1 Nefi 11:18).

“Y aconteció” —escribió Nefi— “que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!
“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.
“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:19–21; véase también Alma 7:9–10). Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

A los hombres del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2002
A los hombres del sacerdocio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Ustedes, los hombres que poseen este preciado sacerdocio, líguenlo a sus propias almas. Sean dignos de él en todo momento y en toda circunstancia.

Ahora, mis amados hermanos, les hablo con el deseo de brindar ayuda. Ruego que el Espíritu del Señor me guíe.

No necesito decirles que nos hemos convertido en una Iglesia muy grande y compleja. Nuestro programa es tan amplio y nuestro alcance tan extenso que es difícil de comprender. Somos una Iglesia de liderazgo laico. ¡Qué extraordinario y maravilloso es eso! Y así debe permanecer; nunca debe moverse hacia la dirección de un extenso clérigo remunerado. Pero sabemos que la carga administrativa sobre nuestros obispos y presidentes de estaca, al igual que sobre algunos otros, es muy pesada. El estar al tanto de ello ha llevado a la Presidencia y a los Doce a realizar varias reuniones, algunas de ellas largas e interesantes, en las que, en efecto, hemos desarmado la Iglesia y la hemos vuelto a armar. Nuestro objetivo ha sido ver si había algunos programas de los que pudiéramos prescindir. Pero al analizarlos, no hemos visto mucho que se pudiera eliminar. El eliminar uno es como desprenderse de un hijo, y nadie tiene el corazón para hacerlo. Pero quiero asegurarles que estamos al tanto de la carga que llevan y del tiempo que dedican. En esta reunión del sacerdocio quiero mencionarles unos pocos puntos que hemos analizado. Creo que se darán cuenta de que hemos hecho algún progreso, aun cuando parezca pequeño.

Les voy a hablar acerca de diversos puntos.

Hemos tomado la decisión, primero, de que, a partir del 1 de noviembre, la recomendación del templo permanecerá en vigencia durante dos años en lugar de uno. Eso reducirá el tiempo en que los obispos y los presidentes de estaca y sus consejeros pasan en entrevistas para las recomendaciones del templo. Claro está que, si en algún momento, alguien que posea una recomendación llega a ser indigno de ir al templo, será entonces responsabilidad del obispo o del presidente de estaca retirársela.

La experiencia, sin embargo, ha demostrado que hay muy pocos casos así; por lo que desde ahora ése será el programa, hermanos. A partir del 1 de noviembre, no importa cuál sea la fecha anotada en la recomendación, la fecha de vencimiento se extenderá por un año. Las recomendaciones se renovarán entonces cada dos años en lugar de un año como hasta ahora. Esperamos que eso sea beneficioso; estamos seguros de que lo será.

Otro punto.

El élder Ballard les ha hablado con respecto a los misioneros. Quiero decirles que apruebo lo que él ha dicho. Espero que nuestros jóvenes y jovencitas acepten el desafío que él les ha hecho. Debemos aumentar la dignidad y los requisitos de quienes van al mundo como embajadores del Señor Jesucristo.

Ahora bien, en la Iglesia tenemos una costumbre interesante. A los misioneros que salen se les brinda una despedida. En algunos barrios eso se ha convertido en un problema. Entre los misioneros que se van y los que regresan, la mayoría de las reuniones sacramentales están dedicadas a despedidas y bienvenidas.

Nadie más en la Iglesia tiene una despedida cuando comienza un servicio en particular. Nunca tenemos una reunión especial de despedida para un obispo recién llamado, ni para un presidente de estaca, ni para una presidenta de la Sociedad de Socorro, ni para una Autoridad General, ni para nadie que yo recuerde. ¿Por qué entonces tenemos despedidas para los misioneros?

La Primera Presidencia y los Doce, después de mucha oración y consideración minuciosa, han llegado a la decisión de que el programa actual de despedida misional debe modificarse.

Al misionero que sale debe dársele la oportunidad de hablar en la reunión sacramental durante 15 o 20 minutos. Pero los padres y hermanos no serán invitados a hacerlo. Podrá haber dos o más misioneros que hablen en el mismo servicio. La reunión estará totalmente a cargo del obispo y no habrá arreglos por parte de la familia. No habrá números musicales especiales ni nada por el estilo. Seguir leyendo

Publicado en Abuso, Autosuficiencia, Deuda, Fondo Perpetuo para la Educación, Misioneros, Moralidad, Noche de hogar para la familia, Recomendaciones para el templo | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Paz, cálmense

Conferencia General Octubre 2002
Paz, cálmense
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

Sus palabras en las sagradas Escrituras son más que suficiente: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.

Los cantos del coro de jóvenes esta noche han avivado mi mente y me han hecho recordar las canciones que cantaba de niño. Solíamos entonar con entusiasmo:

Pon tu hombro a la lid con fervor,
haz tu obra con afán y amor,
hay que luchar y trabajar.
Pon tu hombro a la lid (1).

Teníamos una directora de coro que enseñaba a cantar a los muchachos. Teníamos que cantar. La hermana Stella Waters movía la batuta a escasos centímetros de nuestras narices y marcaba el ritmo dando unos golpes tan fuertes con el pie que hacía crujir el suelo.

Si cantábamos de forma aceptable, la hermana Waters nos dejaba cantar uno de nuestros himnos favoritos que, inevitablemente, siempre era:

Cristo, el mar se encrespa,
y ruge la tempestad.
Obscuros los cielos se muestran,
terribles y sin piedad.
¿No te da pena el vernos?
¿Puedes aún dormir
cuando el mar amenaza sumirnos
en vasta profundidad?

Y entonces venía el estribillo reconfortante:
Las olas y vientos oirán Tu voz:

“¡Cálmense!”
Sean los mares que rujan más,
o diablos que bramen con fuerte clamor,
las aguas al barco no dañarán
del Rey de los cielos y de la mar.
Mas todos ellos se domarán.
“¡Cálmense!” “¡Cálmense!”
Mas todos ellos se domarán.
“¡Paz, cálmense!” (2)

Siendo niño, podía comprender más o menos el peligro de un mar azotado por la tormenta; sin embargo, mi entendimiento de otros demonios que pueden estar al acecho en nuestra vida, que pueden destruir nuestros sueños, ahogar nuestra dicha y desviarnos de nuestro camino hacia el reino celestial de Dios era algo menor.

La lista de demonios destructivos es interminable y cada hombre, joven o anciano, conoce aquellos contra los que debe luchar. Nombraré sólo unos pocos:

El Demonio de la Avaricia; el Demonio de la Falta de Honradez; el Demonio de la Deuda; el Demonio de la Duda; el Demonio de las Drogas; y los demonios gemelos de la Inmodestia y la Inmoralidad. Cada uno de estos demonios puede causar daños terribles a nuestra vida, y varios de ellos juntos pueden conducirnos a la destrucción.

Referente a la avaricia, Eclesiastés nos aconseja cautela: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto” (3).

Jesús aconsejó: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (4).

Debemos aprender a separar la necesidad de la avaricia.

Cuando hablamos del demonio de la falta de honradez, podemos hallarlo en una variedad de lugares. Uno de éstos es la escuela. Evitemos copiar, mentir, sacar partido de los demás o cualquier cosa parecida. Dejemos que la integridad sea nuestra norma.

Cuando tengan que tomar una decisión, no se pregunten: “Qué pensarán los demás?”; sino más bien: “¿Qué pensaré de mí mismo?”.

Cada día somos tentados muchas veces a abrazar el demonio de la deuda. Cito el consejo del presidente Gordon B. Hinckley:

“Me preocupa la enorme deuda que pesa sobre la gente de esta nación, entre la que se encuentra nuestros propios miembros.

“Se nos engaña con la atractiva publicidad a la que estamos expuestos. Por televisión se nos comunica la tentadora invitación a pedir un préstamo de hasta el 125 por ciento del valor de nuestra casa, pero no se hace ninguna mención del interés que hay que pagar…

“Naturalmente, reconozco que quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio esté dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesarán sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años” (5). Seguir leyendo

Publicado en Avaricia, Conciencia, Deshonestidad, Deuda, Moralidad, Paciencia, Palabra de sabiduría | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Creo que puedo y sabía que podía

Conferencia General Octubre 2002
Creo que puedo y sabía que podía
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

Aunque no todos tenemos la misma experiencia, aptitudes y fortaleza… todos seremos considerados responsables por el uso de los dones y de las oportunidades que se nos hayan dado.

Mis queridos hermanos del santo sacerdocio, al hablar en esta ocasión a esta vasta audiencia, ruego por su comprensión. Como Presidente de la Iglesia, el presidente Gordon B. Hinckley ha logrado llevar a cabo un número insuperable de tareas. Sin embargo, una vez fue un joven poseedor del Sacerdocio Aarónico como muchos de ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, que serán los futuros líderes de la Iglesia. En esta oportunidad, deseo dirigir mis palabras principalmente a ustedes. Es importante que comprendan que el éxito —tanto en forma personal como para la Iglesia— dependerá de la determinación que tengan de llevar a cabo la obra del Señor. Cada uno de ustedes debe tener fe y confianza para seguir adelante.

A todo hombre y joven que me escucha esta noche se le ha confiado el poder más grande de la tierra: el santo sacerdocio de Dios; éste es el poder de actuar rectamente en el nombre del Señor con el fin de edificar el reino de Dios en la tierra. Les recuerdo que “los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (1). El sacerdocio es una comisión divina y el Señor nos hará responsables del uso que hagamos de esa extraordinaria autoridad.

Oí por primera vez la maravillosa historia de La pequeña locomotora que sí pudo cuando tenía unos diez años de edad. De niño me fascinaba este relato porque los vagones del tren estaban llenos de animales, de payasos de juguete, de cortaplumas, de rompecabezas, de libros y de cosas deliciosas para comer. Sin embargo, la máquina que tiraba del tren se estropeó al comenzar a subir la montaña. El cuento dice que llegó una locomotora grande de un tren pasajeros y que, cuando se le pidió que tirara de los vagones para pasar la montaña, se negó porque no quería rebajarse y tirar de un tren pequeño. Pasó otra locomotora, pero tampoco quiso rebajarse a ayudar al pequeño tren porque era una locomotora de carga. Se acercó una locomotora vieja, pero no quiso ayudar porque, dijo: “Estoy muy cansada… No puedo. No puedo. No puedo”.

Entonces, una pequeña locomotora azul pasó por la vía y también se le pidió que tirara de los vagones hasta el otro lado de la montaña, donde se encontraban los niños. La pequeña locomotora respondió: “No soy muy grande… y sólo me utilizan para cambiar los vagones de la estación. Nunca he pasado la montaña”. Pero le preocupaba que los niños que se encontraban al otro lado se desilusionaran al no recibir las cosas hermosas que había en los vagones; por lo que dijo: “Creo que puedo. Creo que puedo. Creo que puedo”. Y se enganchó al pequeño tren. “Piiiiiii. Chucu, chucu, hizo la Pequeña Locomotora Azul. ‘Creo que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo. Que puedo’ ”. Con esa actitud, la pequeña locomotora llegó a la cima de la montaña y comenzó a descender hacia el otro lado diciendo: “Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía. Sabía que podía” (2).

En ocasiones se nos llama para que nos esforcemos y hagamos más de lo que pensamos que podemos hacer. Recuerdo un comentario del presidente Theodore Roosevelt: “Soy sólo un hombre corriente pero, ¡caramba!, ¡trabajo más que un hombre corriente!” (3). Desarrollamos nuestros talentos cuando pensamos en primer lugar que podemos hacerlo. Todos conocemos la parábola de los talentos. El Maestro dio a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, “a cada uno conforme a su capacidad…

“Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.

“Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.

“Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor”.

Después de mucho tiempo, el Maestro pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos informó que había ganado otros cinco talentos, y recibió un reconocimiento: “…sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré”. El que recibió dos talentos, ganó otros dos y también recibió la promesa de un dominio más grande. Pero el que había recibido un talento, lo devolvió diciendo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; Seguir leyendo

Publicado en Responsabilidad, Sacerdocio, Servicio, Talentos | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

La generación más grandiosa de misioneros

Conferencia General Octubre 2002
La generación más grandiosa de misioneros
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

Les suplicamos a ustedes, nuestros jóvenes del Sacerdocio Aarónico, que se superen, que estén a la altura de lo que pueden llegar a ser y que estén plenamente preparados para servir al Señor.

En una de las historias más poderosas e instructivas del Libro de Mormón, el pueblo de Ammón había hecho convenio de nunca volver a tomar armas para derramar sangre humana. Mas “cuando vieron el peligro, y las muchas aflicciones… que los nefitas padecían por ellos, se llenaron de compasión y sintieron deseos de tomar las armas en defensa de su país” (Alma 53:13). Helamán y sus hermanos los persuadieron a honrar el convenio que habían hecho con el Señor.

El relato de las Escrituras no nos dice quién señaló primeramente que sus hijos no habían hecho el mismo convenio que sus padres, pero me gusta pensar que fue uno de los jóvenes quien sugirió la posibilidad de que a él y a sus compañeros se les permitiera “portar armas… y… [llamarse] nefitas.

“E hicieron un convenio de luchar por la libertad de los nefitas, sí, de proteger la tierra hasta con su vida” (Alma 53:16–17).

Ése era un cometido extraordinario para un grupo de 2.000 jóvenes, pero ellos eran extraordinarios. De acuerdo con el registro de las Escrituras, eran “sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad; mas he aquí, esto no era todo; eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada.

“Sí, eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él” (Alma 53:20–21).

El resto de la historia nos cuenta que esos jóvenes pelearon con valentía contra el ejército lamanita compuesto de hombres mucho mayores y de más experiencia. Según su líder, Helamán, “combati[eron] como con la fuerza de Dios… y con tanto ímpetu cayeron sobre los lamanitas, que los llenaron de espanto; y por esta razón los lamanitas se rindieron como prisioneros de guerra” (Alma 56:56).

¡Imagínense! Esos jóvenes inexpertos estaban tan preparados espiritual y físicamente, y eran tan poderosos, que espantaron a sus enemigos ¡al grado de que se rindieron! Aun cuando en un momento dado todos los 2.000 jóvenes fueron heridos en la batalla, ninguno murió (véase Alma 57:25). Cito de nuevo a Helamán: “Y lo atribuimos con justicia al milagroso poder de Dios, por motivo de su extraordinaria fe en lo que se les había enseñado a creer: que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, sería preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26).

Hermanos, en la actualidad estamos peleando una batalla que en muchos aspectos es más arriesgada y más peligrosa que la batalla que se libró entre nefitas y lamanitas. Nuestro enemigo es astuto y hábil. Estamos peleando contra Lucifer, el padre de todas las mentiras, el enemigo de todo lo que es bueno, correcto y santo. Verdaderamente vivimos en el tiempo del cual profetizó el apóstol Pablo, en que “habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,

“sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
“…amadores de los deleites más que de Dios,
“que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:2–5).

¿No les parece eso familiar, hermanos? A mí me parece como lo que se ve en la televisión por la noche, en las horas de mayor audiencia.

Vivimos en “tiempos peligrosos”. Nuestra lucha es literalmente por las almas de los hombres. El enemigo es implacable y despiadado. Está tomando prisioneros eternos a un ritmo alarmante, y no hay señales de que esté aminorando sus esfuerzos.

Si bien estamos profundamente agradecidos por los muchos miembros de la Iglesia que hacen grandes cosas en la batalla por la verdad y el bien, debo decirles honradamente que no es suficiente. Necesitamos mucha más ayuda. Y tal como el pueblo de Ammón acudió a sus hijos para obtener refuerzos para la guerra en contra de los lamanitas, así acudimos nosotros a ustedes, mis jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico. Les necesitamos. Al igual que los 2.000 jóvenes guerreros de Helamán, ustedes también son hijos espirituales de Dios y pueden ser investidos con poder para edificar y defender Su reino. Necesitamos que hagan convenios sagrados, así como ellos lo hicieron. Necesitamos que sean meticulosamente obedientes y fieles, tal como ellos lo fueron.

Lo que actualmente necesitamos es la generación más grandiosa de misioneros que haya existido en la historia de la Iglesia. Necesitamos misioneros dignos, capacitados y vigorosos espiritualmente que, al igual que los 2.000 jóvenes guerreros de Helamán, sean “sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad” y que sean “en todo momento… fieles a cualquier cosa que les [sea] confiada” (Alma 53:20).

Escuchen esas palabras, mis hermanos jóvenes: Valientes. Intrepidez. Vigor. Actividad. Fieles. No necesitamos jóvenes espiritualmente débiles y que estén comprometidos sólo a medias; no necesitamos que simplemente llenen un puesto, sino que necesitamos todo su corazón y toda su alma. Necesitamos misioneros vibrantes, inteligentes y fervientes que sepan escuchar y responder a los susurros del Santo Espíritu. Éste no es el momento para los alfeñiques espirituales; no podemos enviarles a una misión para que se reactiven, se reformen o para que obtengan un testimonio; simplemente no tenemos tiempo para eso. Queremos que estén llenos de “fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios” (D. y C. 4:5). Seguir leyendo

Publicado en Dignidad, Misioneros, Paternidad, Preparación | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El patriarca de estaca

Conferencia General Octubre 2002
El patriarca de estaca
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer

El Señor tiene un interés particular en el patriarca, quien ocupa un cargo exclusivo en la Iglesia.

Hace cincuenta y ocho años, llamé a la puerta de J. Roland Sandstrom, patriarca de la Estaca Santa Ana, California, con la recomendación de mi obispo para recibir la bendición patriarcal. No nos conocíamos y no volveríamos a encontrarnos en catorce años. Volvimos a vernos quince años después, y, en esa ocasión, como miembro de los Doce, le di una bendición el día antes de que falleciera.

Recibí la transcripción de la bendición por correo en el cuartel de la base de la fuerza aérea a la que me habían destacado. En aquel entonces yo no sabía, como lo sé ahora, que un patriarca tiene visión profética, que la bendición que me dio sería más que una guía para mí, puesto que ha sido un escudo, una protección.

La revelación indica que “es el deber de los Doce ordenar ministros evangelistas en todas las ramas grandes de la iglesia, según les sea designado por revelación” (1).

El profeta José Smith dijo: “El evangelista es un patriarca… Dondequiera que la Iglesia de Cristo se halle establecida sobre la tierra, allí debe haber un patriarca para el beneficio de la posteridad de los santos, tal como fue con Jacob cuando dio su bendición patriarcal a sus hijos” (2).

Las Escrituras hablan de tres tipos de patriarcas: los padres de familia (3), los profetas líderes de los tiempos antiguos y el patriarca de estaca, oficio al que se es ordenado en el Sacerdocio de Melquisedec (4).

El padre de familia es patriarca de su familia y puede y debe dar bendiciones de padre a sus hijos.

Hasta hace unos pocos años, todo patriarca de estaca era llamado y ordenado por un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Cuando el número de estacas aumentó, esa responsabilidad se delegó al presidente de estaca.

Al igual que los demás oficios del Sacerdocio de Melquisedec —élderes, sumos sacerdotes, setentas y apóstoles—, el patriarca de estaca es ordenado en lugar de ser apartado.

El presidente de estaca envía el nombre de un hermano al Quórum de los Doce Apóstoles. Cada nombre se tiene en cuenta detenidamente y con oración. Una vez que es aprobado, el patriarca es sostenido en una conferencia de estaca; en seguida, es ordenado. Entonces él, con percepción profética, pronunciará bendiciones sobre la cabeza de los que vayan a él con la recomendación del obispo de su respectivo barrio.

Hay una publicación titulada Información y sugerencias para patriarcas, en la que se dan instrucciones al presidente de estaca y al patriarca con respecto a este sagrado oficio. Esa publicación la trataron durante años la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce. Cada vez que se revisaba, se reducía de tamaño. Uno de los hermanos de mayor antigüedad del Quórum dijo: “Hermanos, no debemos inmiscuirnos demasiado entre el Señor y Sus patriarcas”.

Ahora pedimos a todo presidente de estaca y a todo patriarca que relea ese breve documento. Léanlo más de una vez.

Los patriarcas no solicitan dar bendiciones. Los miembros deben procurar recibir la bendición cuando se sientan inspirados a hacerlo. No hay edad determinada para recibir la bendición patriarcal. El obispo se asegura de que el miembro tenga la edad y la madurez suficientes para entender el significado y la importancia de tal bendición.

Las bendiciones patriarcales las registra y las transcribe la persona que haya sido asignada por el presidente de estaca. Esa bendición llega a ser un tesoro muy personal.

Con excepción de los familiares inmediatos, no debemos permitir que otras personas lean nuestra bendición ni debemos pedir a nadie que la interprete. Ni el patriarca ni el obispo pueden ni deben interpretarla. Seguir leyendo

Publicado en Llamamientos en la Iglesia, Patriarcas, Potencial, Profecía | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Bienaventurados los pacificadores

Conferencia General Octubre 2002

“Bienaventurados los pacificadores”

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La paz es una virtud de importancia fundamental que debemos procurar alcanzar.

Entre los viajes más memorables de todos los que he hecho con mi familia, destacan nuestras peregrinaciones a la Tierra Santa. Las visitas que hemos hecho a esa parte del mundo nos han cambiado la vida. Pero ahora, la Tierra Santa es una caldera que hierve de agitación, y de acceso prohibido para los que quisieran ir allí en busca de alimento espiritual. Prácticamente todas las partes del mundo están plagadas de actos de terror que antes eran desconocidos. La confusión sobreviene a muchas personas que mientras ruegan por la paz encaran con temor a los que se valen de la violencia para lograr sus fines.

La paz y la contención
En las Escrituras se han profetizado los tiempos peligrosos en los que vivimos. Se ha previsto nuestra época como una etapa de “fuegos, y tempestades, y vapores de humo en países extranjeros… guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares… en que habrá grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra… y toda clase de abominaciones” (1).

Esa profecía hace eco al relato de las Escrituras de la segunda generación de la vida humana (2) sobre la tierra: “Y en aquellos días Satanás ejercía gran dominio entre los hombres y agitaba sus corazones a la ira; y desde entonces hubo guerras y derramamiento de sangre; y buscando poder, el hombre levantaba su mano en contra de su propio hermano…” (3). Desde los tiempos de Caín y Abel (4), de Esaú y Jacob (5), y de José que fue vendido para Egipto (6), las enemistades familiares han alimentado las llamas de la hostilidad.

El odio entre hermanos y vecinos ha llegado en la actualidad a reducir ciudades sagradas a urbes de dolor. Cuando pienso en la difícil situación de esos lugares, acude a mi memoria el proverbio: “Los hombres escarnecedores ponen la ciudad en llamas; mas los sabios apartan la ira” (7).

Punto de vista doctrinal
Las Escrituras dan luz tanto sobre la causa como sobre el remedio de la enfermedad del odio humano: “…el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo…” (8).

La paz prevalece sólo si se sustituye esa inclinación natural a contender con la autodeterminación de vivir a un nivel más elevado. El venir a Jesucristo que es el “Príncipe de paz” 9 es el camino que conduce a la paz en la tierra y a la buena voluntad entre los hombres (10). Él nos ha hecho la promesa: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (11).

Jesús enseñó a las personas el modo de vivir unas con otras. Él proclamó los dos grandes mandamientos; primero: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (12), y el segundo: “y a tu prójimo como a ti mismo” (13).

En seguida, añadió: “Amad a vuestros enemigos, [y] bendecid a los que os maldicen” (14).

Él enseñó la Regla de Oro: “…todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (15). Este principio se encuentra en casi todas las religiones principales. Otras personas, como por ejemplo, Confucio y Aristóteles, también lo enseñaron (16). Después de todo, el Evangelio no comenzó con el Niño de Belén. Es sempiterno. Fue proclamado en el principio a Adán y Eva. Partes del Evangelio se han conservado en diversas culturas. Aun las mitologías paganas se han engrandecido con fragmentos de la verdad de dispensaciones anteriores.

Esté donde esté y se exprese como se exprese, la Regla de Oro contiene el código moral del reino de Dios. Prohíbe el que una persona se inmiscuya en los derechos de otra. Es igualmente válida con respecto a las naciones, a las asociaciones y a las personas en forma individual. Con compasión y tolerancia, ella reemplaza el deseo de venganza del “ojo por ojo, y diente por diente” (17). Si permaneciéramos en ese viejo y infructuoso camino, estaríamos todos ciegos y sin dientes (18).

Ese concepto de tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros es fácil de comprender y lleva implícitos los valiosos atributos de cada hijo e hija de Dios (19). La Escritura pide a los padres que no consientan que sus hijos “contiendan y riñan unos con otros y sirvan al diablo, que es el maestro del pecado”, sino, dice: “les enseñaréis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro” (20).

Jesús enseñó la importancia de la reconciliación y de la resolución de las discrepancias entre las personas. Él dijo:

“…cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio…
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
“deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (21).

El Maestro de maestros nos enseñó: “perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

“Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (22).

Jesús dijo que llegaría el día del juicio y que todas las personas darán cuenta de su vida mortal y de cómo habrán tratado a las demás personas (23). Seguir leyendo

Publicado en Amor, Paz, Perdón | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Llamados a servir

Conferencia General Octubre 2002
“Llamados a servir”
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

Para criar a nuestras familias y servir fielmente en la Iglesia, todo ello sin correr más aprisa de lo que nuestras fuerzas nos permitan, requiere prudencia, juicio, ayuda divina e, inevitablemente, algún sacrificio.

Buenas tardes, hermanos y hermanas. Les traigo saludos de los maravillosos miembros y misioneros de Latinoamérica. Como muchos de ustedes ya saben, el élder Dallin Oaks y su esposa, y yo mismo y mi esposa hemos sido llamados a servir en las áreas de la Iglesia de Filipinas y Chile, respectivamente. Si el murmullo de las conversaciones sirve de indicación alguna, esta decisión ha demostrado ser de más interés para la Iglesia que lo que cualquiera pudiera haberse imaginado. Cualesquiera que sean sus especulaciones, me considero autorizado para asegurarles que no nos dirigimos a estos puestos de avanzada como dos de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Para aquellos que intentan buscar una “señal” en todo esto, tengan a bien verla como la señal de una Iglesia maravillosa, internacional y en crecimiento, con miembros y misioneros que se desplazan con firmeza a través de idiomas y continentes. Es un gozo conocer y servir con Santos de los Últimos Días de todas partes, de cerca y de lejos, en casa o en el extranjero, y les damos las gracias por sus oraciones y su interés en la obra.

Este tipo de servicio que prestan los Doce no es, obviamente, algo nuevo y debo decir que nuestra generación ha tenido menos dificultades en salir a prestarlo que la anterior. Lo mejor de todo es tener a la hermana Holland conmigo en vez de tener que dejarla en casa, cuidando de sí misma y de los hijos. Es más, no tuve que realizar trabajo alguno durante el camino para pagarme el pasaje a Santiago. Volamos en pocas horas hasta nuestro destino en un moderno avión en vez de tener que navegar durante semanas, e incluso meses, en la bodega de un barco. No tuve que padecer escalofríos, fiebre, paludismo, cólera ni tisis, si bien me resfrié y uno de los vuelos de conexión se retrasó una hora. Espero que esas dificultades me hagan digno de estar algún día ante Pedro, Pablo, Brigham y Wilford.

Como la mayoría de ustedes, crecí con los relatos de aquellos primeros Apóstoles que iban a Canadá, Inglaterra, Escandinavia, Europa, las Islas del Pacífico, México, Asia y demás lugares. Hace poco leí sobre la misión de Parley P. Pratt en Chile, donde la familia perdió y enterró a un hijo pequeño en Valparaíso. He leído sobre el élder Melvin J. Ballard que fue llamado a dedicar Sudamérica cuando este maravilloso continente aún era un campo misional nuevo y bastante sobrecogedor. El servicio que contribuye a la edificación de una Iglesia joven y en aumento no se solicita de forma casual ni se brinda caprichosamente. En ocasiones los obstáculos han sido enormes, y el precio a pagar elevado.

No sólo hablamos de aquellos primeros Apóstoles que partieron hacia otros lugares a servir, sino de las mujeres que los apoyaron, y que además tuvieron que sostenerse a sí mismas y a sus hijos, y quedarse en casa para criar y proteger a las familias, esa otra porción de la viña del Señor en la que tanto hincapié hace.

El día del segundo viaje de su marido a Inglaterra, Vilate Kimball estaba tan débil y temblaba tanto debido a las fiebres palúdicas, que no pudo hacer más que darle débilmente la mano a su marido cuando él fue a despedirse con lágrimas en los ojos. Su pequeño hijo David no tenía más que cuatro semanas de vida, y sólo un hijo, Heber Parley, de cuatro años, se encontraba lo bastante bien como para traer agua para el alivio de la familia. En las horas siguientes a la partida de su esposo, Vilate perdió las fuerzas y tuvo que recibir ayuda para regresar al confinamiento de su lecho.

Mary Ann Young y sus hijos estaban igualmente enfermos cuando Brigham partió con idéntica misión, y la situación económica era igualmente precaria. Una descripción conmovedora la retrata cruzando el río Mississippi en el frío invierno, pobremente vestida y temblando de frío, abrazando a su hijita mientras se dirigía a la oficina de diezmos de Nauvoo a pedir unas pocas papas. Entonces, y todavía con fiebre, emprendía el camino de regreso con el bebé cruzando el peligroso río y sin escribir jamás a su marido palabra alguna sobre esas dificultades (1).

Rara vez nos enfrentamos hoy día a circunstancias semejantes, aunque muchos misioneros y miembros todavía se sacrifican enormemente para hacer la obra del Señor. A medida que se reciben las bendiciones y la Iglesia madura, todos esperamos que el servicio nunca sea tan difícil como el que tuvieron que prestar aquellos primeros miembros; pero, tal y como cantan los misioneros de Oslo a Osorno, de Seattle a Cebú, somos “llamados a servir” (2). Para criar a nuestras familias y servir fielmente en la Iglesia, todo ello sin correr más aprisa de lo que nuestras fuerzas (3) nos permitan, requiere prudencia, juicio, ayuda divina e, inevitablemente, algún sacrificio. Desde Adán hasta el día de hoy, la fe verdadera en el Señor Jesucristo ha estado siempre unida al ofrecimiento de un sacrificio, siendo nuestro pequeño esfuerzo un símbolo de la majestuosidad de Su ofrenda (4). Con la atención volcada por entero en la Expiación de Jesucristo, el profeta José Smith enseñó que una religión que no requiera un convenio de sacrificio no puede tener el poder de cumplir la promesa de la vida eterna (5).

Permítanme compartir un ejemplo actual tanto de los retos como de las bendiciones que nos puede proporcionar el ser “llamados a servir”. Una hermana maravillosa le dijo hace poco a un querido amigo: “Quiero hablarte del momento en que dejé de resentirme por el tiempo y el sacrificio de mi esposo al ser obispo. Resultaba molesto la facilidad con la que se presentaba una ‘emergencia’ con un miembro del barrio justo cuando mi esposo y yo estábamos a punto de salir o de hacer algo especial juntos.

“Un día di rienda suelta a mi frustración y acordamos que, además de la noche de los lunes, debíamos asegurarnos otra noche de la semana para nosotros dos. Pero cuando llegó esa ‘primera noche’ y estábamos a punto de entrar en el auto para disfrutar de una tarde juntos, sonó el teléfono.

“ ‘Se trata de una prueba’, le dije sonriendo. El teléfono seguía sonando. ‘Recuerda nuestro trato, nuestra cita. Acuérdate de mí. Deja que suene el teléfono’. Para entonces ya no sonreía.

“Mi pobre esposo parecía atrapado entre el teléfono y yo. Sabía que su lealtad principal era hacia mí, y sabía también que él deseaba disfrutar de aquella noche tanto como yo, pero parecía paralizado por el timbre del teléfono.

“ ‘Será mejor que vaya y vea de qué se trata’, dijo con ojos tristes. ‘Probablemente no sea nada’.

“ ‘ Si lo haces habrás arruinado nuestra cita’, grité. ‘Estoy segura’.

“Me apretó la mano y dijo: ‘Volveré enseguida’, y salió disparado a contestar el teléfono.

“Como mi esposo no regresó al auto de inmediato, supe qué estaba pasando. Salí del vehículo, entré en la casa y me fui a la cama. A la mañana siguiente se disculpó quedamente, yo acepté sus disculpas con una quietud aún mayor, y ahí quedó todo.

“O eso creía yo. Me percaté de que aquel hecho seguía molestándome semanas después. No culpaba a mi esposo, sin embargo seguía molesta. El recuerdo aún se conservaba fresco cuando se me acercó una hermana del barrio a la que apenas conocía. Muy vacilante, me preguntó si podía hablar conmigo. Me dijo que pensaba que se había enamorado de un hombre que parecía traer mucho ánimo a su vida monótona; ella, que estaba casada con un hombre que trabajaba a jornada completa y asistía a numerosas clases en la universidad. Su apartamento era como una prisión. Tenía niños pequeños muy exigentes, ruidosos y agotadores. Y dijo: ‘Tuve la grande tentación de abandonar lo que consideraba mi estado desdichado e irme con aquel hombre. Mi situación era tal que sentía ser merecedora de algo mejor que lo que tenía. Mi raciocinio me llevó a pensar que podía alejarme de mi esposo, de mis hijos, de mis convenios del templo y de mi Iglesia, y hallar la felicidad con un extraño’.

“Y añadió: ‘Todo estaba listo y habíamos acordado la hora de mi huida. Pero, en un último vestigio de cordura, la conciencia me dijo que llamara a su esposo, mi obispo. Digo conciencia, pero sé que fue una impresión espiritual directa del cielo. Llamé casi contra mi voluntad. El teléfono sonaba, sonaba y sonaba. Mire cómo me hallaba mentalmente, que me dije: “Si el obispo no contesta, será una señal de que debo seguir adelante con el plan”. El teléfono seguía sonando y estaba a punto de colgar y dirigirme directamente hacia mi destrucción, cuando entonces oí la voz de su esposo, la cual penetró mi alma como un rayo. De repente me hallé sollozando y diciendo: “Obispo, ¿es usted? Tengo problemas y necesito ayuda”. Su esposo vino a ayudarme y hoy día estoy bien gracias a que él respondió al teléfono.

“ ‘Pienso en ello y me doy cuenta de que me sentía cansada y tontamente vulnerable. Amo a mi esposo y a mis hijos con todo mi corazón. No puedo imaginarme la tragedia que sería mi vida sin ellos. Nuestra familia aún está pasando por momentos difíciles; todo el mundo los tiene. Pero hemos hablado sobre esos asuntos y el futuro parece prometedor; siempre termina siéndolo’. Y añadió: ‘No le conozco bien, pero deseo darle las gracias por apoyar a su esposo en su llamamiento. Desconozco cuál habrá sido el precio de ese servicio para usted o sus hijos, pero si algún día hay algún coste particularmente personal, sepa cuán eternamente agradecida estaré por el sacrificio que personas como usted hacen para ayudar a rescatar a gente como yo’ ”.

Hermanos y hermanas, entiendan que yo soy uno de los que predica de manera enfática una expectativa más razonable y realista de lo que nuestros obispos y otros líderes pueden hacer. Pienso particularmente que uno de los problemas más graves de la sociedad actual reside en la amplia gama de exigencias cívicas, profesionales y de otra índole que hacen que los padres, y en especial las madres, salgan del hogar donde se están criando los hijos. Y dado que soy un categórico partidario de que los cónyuges y los hijos se merecen disfrutar de un tiempo sagrado y dedicado con el esposo o el padre, nueve de cada diez veces estarían de acuerdo con la esposa que dijo a su marido que no respondiera al teléfono. Pero me siento agradecido, como también se sintió aquella joven, de que en aquella ocasión, ese buen hombre siguiera las impresiones del Espíritu y contestara a su “llamada”, en este caso, su “llamado a servir”.

Testifico del hogar, de la familia y del matrimonio, las posesiones humanas más preciadas de nuestra vida. Testifico de la necesidad de protegerlas y preservarlas mientras encontramos el tiempo y la forma de servir fielmente en la Iglesia. Espero que estas prioridades estén en conflicto sólo en contadas excepciones, cuando en una hora, un día o una noche de crisis, el deber y una impresión espiritual requieren de nuestra respuesta. En estas circunstancias, rindo tributo a cada esposa que ha tenido que sentarse sola mientras se enfriaba la cena, a todo esposo que ha tenido que prepararse su propia cena (aunque con él de cocinero estaba destinada a enfriarse de todos modos), y a cada niño que haya sufrido la decepción de tener que posponer una acampada o de que alguno de sus padres no haya ido a verle jugar un partido (¡y espero que esto no ocurra con demasiada frecuencia!). Rindo tributo a cada presidente de misión, su esposa e hijos, a cada matrimonio llamado a servir con ellos, y a todos los demás que por un periodo de tiempo se pierden los nacimientos y los bautismos, las bodas y los funerales, el estar con la familia y tener experiencias divertidas como respuesta a un “llamado a servir”. Gracias a todos los que, en las circunstancias difíciles que haya en la Iglesia, “hacen lo mejor que pueden” para edificar el reino de Dios en la tierra.

Testifico del sacrificio y del servicio del Señor Jesucristo, quien lo dio todo por nosotros, y que en ese espíritu de dar dijo: “Sígueme tú” (6). “Si alguno me sirve, sígame”, dijo, “y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (7). Semejante servicio trae inevitablemente consigo decisiones difíciles sobre cómo equilibrar las prioridades y cómo ser el mejor discípulo que Él desea que seamos. Le agradezco Su guía divina para ayudarnos a tomar estas decisiones y auxiliar a los interesados en encontrar el camino correcto. Me siento agradecido por Él, porque “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (8) y nos ha llamado a hacer lo mismo los unos por los otros. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Para la obra definitiva que documenta estas experiencias, véase James B. Allen, y otros, Men with a Mission: The Quorum of the Twelve Apostles in the British Isles, 1837–1841 (1992). Los padecimientos de Vilate Kimball y Mary Ann Young se hallan en las páginas 267–276.
  2. Véase Himnos, Nº 161.
  3. Véase Mosíah 4:27.
  4. Ésta es una doctrina demasiada extensa como para documentarla aquí. Véase Moisés 5:4–8; 3 Nefi 9:17–21; D. y C. 59:8–12; 97:8–9.
  5. Véase Lectures on Faith, 1985, págs. 68–69.
  6. Juan 21:22.
  7. Juan 12:26.
  8. Mosíah 14:4; véase también Isaías 53:4.
Publicado en Familia, Llamamientos en la Iglesia, Sacrificio, Servicio | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Por sacrificios se dan bendiciones

Conferencia General Octubre 2002
Por sacrificios se dan bendiciones
Élder Robert K. Dellenbach
De los Setenta

Robert K. Dellenbach

Si tenemos amor, si tenemos caridad, si somos obedientes a Dios y seguimos a Sus profetas, nuestros sacrificios nos traerán las bendiciones del cielo.

Las palabras “por sacrificios se dan bendiciones”, del himno “Loor al Profeta” (1), siempre me conmueven el alma. El sacrificio se define como: “El acto de ceder algo de valor a cambio de algo que es de mayor valor o importancia” (2). El sacrificio se realiza de muchos modos. Los Santos de los Últimos Días hacemos un convenio con el Señor de sacrificarnos, y al hacerlo, sometemos nuestra voluntad a la de Él, y dedicamos nuestra vida a edificar Su reino y a servir a Sus hijos.

A aquellos que se sacrifican fielmente mediante un diezmo íntegro, el Señor ha prometido que abrirá las ventanas de los cielos (3). Ese sacrificio no sólo bendice a la persona y a la familia, sino que esas aportaciones voluntarias a la Iglesia proporcionan las fuentes de recursos que ayudan al reino del Señor a efectuar milagros día a día. El rey Benjamín dijo: “[Consideren] el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales” (4). La fiel contribución de los diezmos es una manifestación externa de un compromiso interior de sacrificarnos.

El obedecer la ley del ayuno es otra forma de sacrificio. El Señor nos pide que apartemos un domingo al mes para ayunar dos comidas; se nos invita a contribuir a la Iglesia el dinero que ahorremos en el costo de esas dos comidas para que ésta ayude a los necesitados. El ayunar y el contribuir con una ofrenda generosa producen un efecto purificador en el alma. El presidente Spencer W. Kimball declaró: “En la práctica de la ley del ayuno, la persona encuentra un manantial personal de poder para vencer los excesos personales y el egoísmo” (5).

La obra del templo y la de historia familiar es un sacrificio de amor. Los santos fieles dedican millones de horas a compilar historia familiar; buscan en microfilmes y en registros, y con lápiz y computadoras registran fechas y acontecimientos. En el templo llevan a cabo ordenanzas sagradas para sus preciados antepasados. Como en el caso del Salvador, ésta es una expresión de sacrificio: el hacer algo por los demás que ellos no pueden hacer por sí mismos.

Hace unos años, cuando estábamos en una asignación para la Iglesia en San Petersburgo, Rusia, mi esposa Mary Jayne y yo tuvimos la singular oportunidad de sentir las bendiciones de la obra de historia familiar. Visitamos el archivo de las estadísticas demográficas para ver el trabajo que había hecho la Iglesia para microfilmar algunos registros de Rusia occidental. Al ver al archivista fotografiar las páginas mohosas de libros antiguos de la ciudad de Pskov, los nombres se convirtieron en gente real. Parecían salir de las páginas y decir: “Me han encontrado; ya no estoy perdido. Sé que algún día, en alguna parte, alguno de mi familia llevará mi nombre al templo y seré bautizado y recibiré la investidura, y mi esposa y mis hijos serán sellados a mí. ¡Gracias!”.

La vida de José Smith fue un ejemplo de sacrificio desinteresado por el Evangelio de Jesucristo. Aunque el Profeta José sufrió grandemente, permaneció optimista y superó muchas persecuciones. Parley P. Pratt relata una conmovedora experiencia al estar con el Profeta en la cárcel en Misuri, en el invierno de 1838–1839. Esos seis meses de sufrimiento y confinamiento instruyeron a ese preeminente y preordenado profeta.

En la cárcel, el Profeta y los demás hermanos habían oído a los guardias alardear de las infames injusticias que habían cometido entre los “mormones”. Finalmente, el Profeta no pudo aguantar más esas sórdidas blasfemias. De súbito, se levantó y, “con voz de trueno”, dijo: “ ‘SILENCIO, demonios del pozo infernal! En el nombre de Jesucristo os reprendo y os mando callar’… Seguir leyendo

Publicado en Bendiciones, Expiación, Jesucristo, José Smith, Sacrificio | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Y si no

Conferencia General Octubre 2002
Y si no
Élder Lance B. Wickman
De los Setenta

Lance B. Wickman

La prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora”.

Uno de mis recuerdos más preciados se relaciona con las asignaciones de fin de semana a las conferencias de estaca para acompañar a un presidente a visitar a los miembros de su estaca que afrontaban los problemas de la vida con valor y fe, en especial aquellos que habían perdido un hijo o se esforzaban valientemente por cuidar a un enfermo o a un hijo lisiado o minusválido. Por dolorosa experiencia personal, sé que no hay pena más difícil que la pérdida de un hijo. Ni tampoco hay nada que parezca tan interminable y agotador que el cuidado constante de un hijo discapacitado, ya sea física o mentalmente. Todos esos padres pueden identificarse plenamente con el padre del hijo al que lo aquejaba un “espíritu mudo”, quien, al ser amonestado por el Salvador a creer, respondió con angustia: Señor, “creo; ayuda mi incredulidad” (véase Marcos 9:17, 23–24).

Por tanto, hoy quisiera dirigirme a todos los que se esfuerzan en este laboratorio que se vale de la fe, conocido como la mortalidad, y en particular a los padres desconsolados, abrumados y afligidos que suplicantes preguntan: “¿Por qué?”.

Primero, sepan por favor que el dolor es el resultado natural del amor. Nadie puede amar desinteresadamente a una persona y no sentir una profunda pena por su sufrimiento o muerte futura. La única forma de evitar el dolor sería no experimentar el amor; pero es el amor el que da a la vida su riqueza y su significado. Por tanto, lo que un padre acongojado puede esperar del Señor en respuesta a sus oraciones fervientes no necesariamente debe ser la eliminación del dolor sino la dulce confirmación de que, sean cuales sean las circunstancias, su hijo está bajo el tierno cuidado de un amoroso Padre Celestial.

Segundo, jamás duden de la bondad de Dios, aun cuando no sepan el “porqué”. La pregunta que hacen con más tenacidad los afligidos y los abrumados, es simplemente: ¿Por qué? ¿Por quémurió nuestra hija cuando oramos tanto para que viviera y a pesar de haber recibido bendiciones del sacerdocio? ¿Por qué luchamos tanto con este infortunio cuando otros cuentan acerca de las curaciones milagrosas de sus seres queridos? Esas son preguntas naturales, preguntas comprensibles; pero a la vez son preguntas que por lo general no tienen respuesta en la vida terrenal. El Señor sencillamente ha dicho: “…son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9). Así como la voluntad del Hijo fue “absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7), lo mismo debe ocurrir con la nuestra.

De todas formas, nosotros los mortales deseamos naturalmente saber el porqué. No obstante, al insistir con demasiado fervor en una respuesta, podemos olvidar que la mortalidad se diseñó, por así decirlo, como la época de las preguntas sin contestar. La vida terrenal tiene un propósito diferente, definido de manera más precisa: Es un terreno de pruebas, un estado de probación, un período para andar por medio de la fe, un tiempo de preparación para presentarse ante Dios (véase por ejemplo, Abraham 3:24–25; 2 Nefi 31:15–16, 20; Alma 12:24; 42:4–13). Es con cultivada humildad (véase Alma 32:6–21) y sumisión (véase Mosíah 3:19) que nos es posible comprender la plenitud de la experiencia mortal proyectada y prepararnos mental y espiritualmente para recibir la inspiración del Espíritu. En esencia, la humildad y la sumisión son una expresión de total disposición a dejar que las preguntas que principian con “por qué” queden por ahora sin respuesta, o quizás incluso para preguntarnos: “¿Por qué no?”. Es perseverando hasta el fin (véase 2 Nefi 31:15–16; Alma 32:15; D. y C. 121:8), que alcanzamos los propósitos de esta vida. Pienso que la prueba suprema de la mortalidad es afrontar el “por qué” y después olvidarse de él, confiando humildemente en la promesa del Señor de que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora” (D. y C. 64:32).

Pero el Señor no nos ha dejado sin consuelo ni sin respuestas. Sobre la curación de los enfermos, claramente ha dicho: “Y además, sucederá que el que tuviere fe en mí para ser sanado, y no estuviere señalado para morir, sanará” (D. y C. 42:48; cursiva agregada). Muy seguido pasamos por alto la frase condicional, “y no estuviere señalado para morir” (“o” podríamos añadir, “para estar enfermo o incapacitado”). Por favor, no se desesperen cuando se hayan ofrecido oraciones fervientes, se hayan dado bendiciones del sacerdocio y aún así sus seres queridos no mejoren o incluso dejen este mundo. Consuélense al saber que ustedes hicieron todo lo que pudieron. ¡Esa fe, ayuno y bendición no pueden ser en vano! El que un hijo no se recupere a pesar de todo lo que se haya hecho a su favor puede, y debe, ser la base para la paz y la tranquilidad de todos los que lo aman! El Señor —que inspira las bendiciones y que oye toda oración ferviente— lo ha llamado de todas formas a Su lado. Todas las experiencias con la oración, el ayuno y la fe tal vez hayan sido más para nuestrobeneficio que para el de él. Seguir leyendo

Publicado en Amor, Angustia, Fe, Padres, Sumisión | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

El diezmo: Una prueba de fe con bendiciones eternas

Conferencia General Octubre 2002
El diezmo: Una prueba de fe con bendiciones eternas
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Robert D. Hales

Paguen su diezmo; abran las ventanas de los cielos; serán bendecidos abundantemente por su obediencia y fidelidad a las leyes y mandamientos del Señor.

El diezmo es una prueba de fe con bendiciones eternas (1). En el Antiguo Testamento, Abraham demostró su fe al pagar diezmos al gran sumo sacerdote Melquisedec (2). Jacob, nieto de Abraham, prometió al Señor: “De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (3).

El diezmo se ha establecido en estos últimos días como una ley esencial para los miembros de la Iglesia restaurada del Señor. Es una de las formas básicas de demostrar nuestra fe en Él y nuestra obediencia a Sus leyes y mandamientos. El diezmo es uno de los mandamientos que nos habilitan, mediante nuestra fe, a entrar en el templo: la Casa del Señor.

Poco más de tres meses después del martirio del profeta José Smith, cuando los santos edificaban el Templo de Nauvoo, Brigham Young escribió en nombre del Quórum de los Doce Apóstoles:

“Observen firme y constantemente la ley del diezmo… luego acérquense a la Casa del Señor y sean instruidos en Sus caminos, y caminen por Sus senderos” (4).

La observancia estricta de la ley del diezmo no sólo nos habilita para recibir las ordenanzas salvadoras más elevadas del templo, sino que también nos permite recibirlas en nombre de nuestros antepasados. Cuando se le preguntó al presidente John Taylor, en ese entonces integrante del Quórum de los Doce, si los miembros de la Iglesia que no habían pagado sus diezmos podían ser bautizados por los muertos, contestó:

“El que no pague sus diezmos no es digno de bautizarse por los muertos… Si un hombre no tiene la fe suficiente para cumplir con estos pormenores, tampoco tiene la fe suficiente para salvarse a sí mismo ni a sus amigos” (5).

El diezmo desarrolla y prueba nuestra fe. Al sacrificar al Señor lo que podríamos pensar que necesitamos o que deseamos para nosotros, aprendemos a confiar en Él. Nuestra fe en Él hace posible que guardemos los convenios del templo y recibamos las bendiciones eternas del mismo. La pionera Sarah Rich, esposa de Charles C. Rich, escribió en su diario después de salir de Nauvoo:

“Fueron muchas las bendiciones que recibimos en la Casa del Señor, lo cual nos llenó de gozo y consuelo en medio de nuestras tribulaciones, y nos permitió tener fe en Dios, sabiendo que Él nos guiaría y nos apoyaría en la jornada desconocida que estaba ante nosotros” (6).

Al igual que los pioneros, el pago obediente del diezmo fortifica nuestra fe y esa fe nos sostiene a través de las pruebas, las tribulaciones y el dolor en nuestra jornada por la vida.

El diezmo también nos enseña a controlar nuestros deseos y pasiones por las cosas del mundo. El pago del diezmo nos alienta a tener un trato honrado con nuestros semejantes. Aprendemos a confiar en que lo que se nos ha dado, por medio de las bendiciones del Señor y de nuestro esfuerzo diligente, es suficiente para nuestras necesidades.

El diezmo tiene un propósito especial como ley preparatoria. A principios de esta dispensación, el Señor mandó a ciertos miembros de la Iglesia vivir la ley más alta de la consagración, una ley recibida por convenio. Los santos enfrentaron grandes tribulaciones cuando no guardaron ese convenio (7). Se retiró entonces la ley de consagración y en su lugar el Señor reveló la ley del diezmo para toda la Iglesia (8). El 8 de julio de 1838, Él declaró:

“Y esto será el principio del diezmo de mi pueblo…

“Y todos aquellos que hayan entregado este diezmo pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y ésta les será por ley fija perpetuamente” (9).

La ley del diezmo nos prepara para vivir la ley más alta de la consagración, de dedicar y dar todo nuestro tiempo, talentos y recursos a la obra del Señor. Mientras llegue el día en que se nos requiera vivir esa ley más alta, se nos manda vivir la ley del diezmo, que es dar liberalmente (10) una décima parte de nuestro ingreso anualmente.

A aquellos que viven fiel y honradamente la ley del diezmo, el Señor promete una abundancia de bendiciones. Algunas de esas bendiciones son temporales, así como el diezmo es temporal, pero al igual que las ordenanzas físicas externas del bautismo y de la Santa Cena, el mandamiento de pagar el diezmo requiere un sacrificio temporal que, a la larga, se traduce en grandes bendiciones espirituales. Seguir leyendo

Publicado en Bendiciones, Diezmo, Fe, Obediencia | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

¿No son diez los que fueron limpiados?

Conferencia General Octubre 2002
“¿No son diez los que fueron limpiados?”
Élder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight

Si vamos a demostrar gratitud a nuestro Padre Celestial en forma apropiada, debemos hacerlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza.

Cuando el presidente Thomas S. Monson pidió a los nuevos miembros de los Setenta y a la presidencia general de las Mujeres Jóvenes que subieran a tomar sus lugares en el estrado, recordé vívidamente el día en que, en abril de 1970, me llamaron para ser Ayudante del Quórum de los Doce, lo cual fue una sorpresa para mí. Hacía pocas horas que lo sabía. Cuando me invitaron a tomar asiento en uno de los sillones rojos del viejo Tabernáculo, el coro empezó a cantar “Oh, divino Redentor”. Al escuchar el suplicante canto con su maravillosa melodía, en silencio pedí al Salvador que me aceptara y no recordara mis fracasos, mis faltas ni mis pecados (véase Salmos 25:7). ¡Qué magnífico día fue aquél! Todo eso me pasó por la memoria cuando el presidente Monson extendió su invitación hoy.

Es para mí un honor estar aquí esta tarde para pasar unos momentos con todos ustedes y expresarles mi testimonio y mis sentimientos acerca de esta obra maravillosa.

Le dije al élder Neal A. Maxwell que llegaría hasta aquí sin el bastón; me lo ofreció, pero le dije: “No, me las arreglo sin él. Te demostraré que tengo la fe para que sea así”. Al envejecer y con el correr de los años, me siento honrado de tener esta oportunidad, y de tener la capacidad y el deseo de presentarme y testificarles de las bendiciones del Evangelio que he recibido durante estos muchos años pasados. No sé si seré el más viejo que hay en esta gran sala hoy; me encuentro en mi nonagésimo séptimo año de vida. Cuando se anunció esta mañana que ésta es la conferencia general semestral número 172 de la Iglesia, se me ocurrió que algunas personas jóvenes pensarán que ciento setenta y dos años es un tiempo muy, muy largo. Les hablaré del centenario de la organización de la Iglesia; ese año nos casamos Ruby y yo. Era 1930. Así que éste es el aniversario 172 de la Iglesia y hemos estado casados setenta y dos años. Lo menciono para que los matemáticos entre ustedes recuerden el número ciento setenta y dos. Se llega a él fácilmente.

En este momento deseo rendir tributo y expresar gratitud a mi Padre Celestial por las bendiciones que he recibido durante toda mi vida, por haber nacido de buenos padres y haberme criado en un buen hogar. Y, por haberme relacionado con buena gente en todas las actividades en las que he participado al viajar por todo el país. Las buenas personas influyen en nosotros, ayudan a moldear nuestra personalidad y carácter, y contribuyen a que formemos parte de la sociedad y vivamos en la forma en que debemos vivir; nos ayudan a llevar a cabo empresas dignas y nos levantan a un plano más elevado. Estoy sumamente agradecido a mi Padre Celestial por las bendiciones que he tenido. Doy testimonio de Él, de que sé que es nuestro Padre y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Creador y el Salvador de toda la humanidad. Estoy agradecido por la misión majestuosa que Él tuvo en la Creación y en el establecimiento del Evangelio en la tierra, y por la oportunidad que ofrece a los seres humanos, si lo escuchan, de aprender y comprender y de recibir las bendiciones del cielo, si las merecen y viven de tal manera que el Evangelio se convierta en una gran parte de su vida.

Siento gratitud por mis antepasados que se convirtieron a la Iglesia en los primeros días de ésta, que se mudaron del estado de Nueva York a Nauvoo y participaron allí en el templo, y luego vinieron con el éxodo hasta el Oeste. Al contarles hoy de todas esas bendiciones, estoy agradecido por todas ellas. Seguir leyendo

Publicado en Bendiciones, Gratitud, Jesucristo, Testimonio | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario