¿Cómo me beneficia a mí?

Conferencia General Octubre 2002

¿Cómo me beneficia a mí?

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Tomar uno su propia cruz y seguir al Salvador equivale a vencer el egoísmo; es un compromiso de servir a los demás.


Ruego humildemente que el mismo espíritu que ha acompañado esta mañana a los demás oradores prosiga mientras me dirijo a ustedes.

Hace muchos años, yo mantenía una relación profesional con dos hombres mayores y de más experiencia. Hacía mucho que éramos amigos y encontrábamos de gran utilidad el ayudarnos mutuamente. Cierto día, uno de mis colegas buscó nuestra ayuda en un asunto complicado. Apenas se nos explicó el asunto, lo primero que dijo el otro socio fue: “¿Cómo me beneficia a mí?”. Cuando ese viejo amigo reaccionó de manera tan egoísta, pude ver una mirada de dolor y decepción en el rostro del que había solicitado nuestra ayuda. Después de aquello la relación entre los dos jamás volvió a ser la misma. Nuestro interesado amigo no prosperó porque su egoísmo pronto eclipsó sus considerables dones, talentos y cualidades. Lamentablemente, una de las maldiciones del mundo actual se encuentra en esta reacción egoísta: “¿Cómo me beneficia a mí?”. Seguir leyendo

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Rodeados por “los brazos de [Su] amor”

Conferencia General Octubre 2002

Rodeados por
“los brazos de [Su] amor”

Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Todavía ocurrirán hechos desconcertantes, pero, como Nefi, ¡todavía podemos saber que Dios nos ama, lo que representa un conocimiento feliz y fundamental que nos sostendrá a través de todo!


En la turbulencia de las crisis y el siniestro remolino de los acontecimientos mundiales, los verdaderos discípulos mantendrán la fe en un Dios revelador y amoroso, y en Su plan para redimir a Sus hijos, ¡que es el porqué de todo lo que Él hace! (véase Moisés 1:39). Más aún, el carácter de Dios, como se nos ha revelado, nos indica que Él tiene la capacidad cósmica para garantizar que Él en realidad “puede” ejecutar Su obra grandiosa (véase 2 Nefi 27:20–21; Joseph Smith Translation, Isaías 29:22–23).

Los verdaderos discípulos también mantendrán viva la fe en Su Hijo expiatorio, Jesucristo; y, por haberse “convertido al Señor” (3 Nefi 1:22), pasarán a través de un feliz y “potente cambio” (véase Mosíah 5:2; Alma 5:12–14). Seguir leyendo

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Una voz de alegría para nuestros hijos

Conferencia General Octubre 2002

Una voz de alegría para nuestros hijos

Coleen K. Menlove
Presidenta General de la Primaria

Éste es nuestro deber… nuestra oportunidad, de enseñar y testificar con diligencia a nuestros hijos en cuanto a la veracidad del Evangelio de Jesucristo.


¡Me gustan los signos de admiración!; los utilizo a menudo cuando escribo recordatorios para mí y para otras personas. Es una manera de demostrar entusiasmo y dedicación. La puntuación de uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras lleva signos de admiración:

“Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría!” En el resto del versículo y en los cuatro versículos siguientes hay otros 36 signos de admiración; dicen, en parte:

“Una voz de misericordia del cielo, y una voz de verdad que brota de la tierra… una voz de… nuevas de gran gozo…”.

“¡Cuán gloriosa es la voz que oímos de los cielos, que proclama en nuestros oídos gloria, [y] salvación…!” (1), con signos de admiración.

Podemos oír una voz de alegría que brinda exclamaciones de gozo y esperanza a nuestra vida. El gozo de nuestros testimonios del Salvador puede acentuar todo aspecto de nuestra vida a medida que nos esforzamos por venir a Cristo.

¿Y nuestros hijos? ¿Oyen ellos exclamaciones de gozo y esperanza en el Evangelio? Después de una lección de la Primaria en cuanto a la Primera Visión de José Smith, se pidió a los miembros de la clase que hicieran dibujos para que los llevaran a casa y los mostraran a su familia. A los niños se les había enseñado acerca de la oscuridad que José experimentó antes de la aparición del Padre y del Hijo. Una niña de seis años escogió una crayola negra y empezó a colorear la parte inferior y uno de los bordes verticales de la hoja. Cuando la maestra le preguntó sobre el dibujo, dijo que era José Smith en la oscuridad.

La maestra le preguntó: “¿Sabías que cuando nuestro Padre Celestial y Jesús se aparecieron se fue la oscuridad? El Padre Celestial y Jesús son siempre más poderosos que Satanás, y Ellos te protegerán”. La niña continuó con su dibujo; en la esquina superior trazó dos figuras; luego cambió la crayola negra por una amarilla y coloreó el resto de la página con luz.

Es esa luz, la luz del Evangelio restaurado, una “voz de alegría”, que los padres pueden dar a conocer a sus hijos. El adversario es real, pero los niños pueden sentir la paz y el gozo que resultan al ejercer la fe en Jesucristo. Nuestros hijos no experimentarán esa luz a menos que les enseñemos el Evangelio.

El Señor mandó a los padres “criar a [sus] hijos en la luz y la verdad” (2). También nos mandó enseñar a nuestros hijos “a orar y a andar rectamente delante del Señor” (3), y “a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo… del bautismo y del don del Espíritu Santo…” (4). Nosotros les afinamos los oídos, la mente y el corazón a fin de que reconozcan “una voz de alegría” y tengan el deseo de ser dignos de obtener gozo eterno cuando les enseñamos las verdades del Evangelio.

Esto se ejemplifica en el Libro de Mormón. El padre de Enós había enseñado a éste “en disciplina y amonestación del Señor”. Esa gran bendición hizo que Enós proclamara: “…bendito sea el nombre de mi Dios por ello” (5). Luego, Enós explica: “…las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente” (6).

Una amiga relató una experiencia que tuvo cuando era niña en una rama de la Iglesia en la que ella era la única en edad de Primaria. Semana tras semana, su madre efectuaba una Primaria de hogar, el mismo día y a la misma hora; ella esperaba entusiasmada sentarse en el sofá con su madre y aprender el Evangelio de Jesucristo y la forma de vivirlo. Las minutas que la madre anotaba con cuidado en una libreta indicaban que en las reuniones de la Primaria de hogar siempre incluían oraciones, himnos y una lección. Seguir leyendo

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La Iglesia mundial es bendecida por la voz de los profetas

Conferencia General Octubre 2002

La Iglesia mundial es bendecida por la voz de los profetas

Élder Dieter F. Uchtdorf
De la Presidencia de los Setenta

Demos oídos a los profetas de nuestros días mientras nos ayudan a fijar nuestra atención en las cosas que son fundamentales en el plan del Creador.


¡Qué gozo y privilegio es formar parte de esta Iglesia mundial y ser enseñados y edificados por profetas, videntes y reveladores! Esta conferencia se está transmitiendo a 68 países y se está traduciendo en 55 idiomas. Es en verdad una Iglesia global, con miembros diseminados a través de las naciones de la tierra. Todos somos hijos de un Dios viviente y amoroso, nuestro Padre Celestial. Les expreso mi amor, estimados hermanos y hermanas.

Hace sólo tres meses, bajo el inspirado liderazgo del presidente Gordon B. Hinckley, nos unimos en la dedicación del reconstruido Templo de Nauvoo, ocasión que remontó nuestros pensamientos al profeta José y renovó nuestros recuerdos de los primeros santos; sus sacrificios, penas y lágrimas; pero a la vez de su valor, fe y confianza en el Señor. No tengo ningún antepasado entre los pioneros del siglo diecinueve; sin embargo, desde los primeros días en que me uní a la Iglesia he sentido un estrecho vínculo con esos primeros pioneros que cruzaron las praderas. Ellos son mis antepasados espirituales, del mismo modo que lo son para todo miembro de la Iglesia, sea cual sea su nacionalidad, idioma o ámbito cultural. Ellos establecieron no sólo un lugar seguro en el Oeste, sino también un fundamento espiritual para la edificación del reino en todas las naciones del mundo.

Ahora que el mensaje del Evangelio restaurado de Jesucristo está siendo aceptado en el mundo, todos somos pioneros en nuestro propio ámbito y circunstancia. Fue en el caos de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial que mi familia oyó por primera vez acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. George Albert Smith era el Presidente en ese entonces. Yo era sólo un niño, y dos veces en menos de siete años perdimos todas nuestras pertenencias. Éramos refugiados con un futuro incierto. No obstante, durante esos mismos siete años, obtuvimos más de lo que cualquier cantidad de dinero pudiese comprar. Encontramos un refugio celestial, un lugar de defensa en contra de la desesperanza: el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia, dirigida por un profeta verdadero y viviente.

Durante ese periodo de mi niñez, jugué en casas bombardeadas y me crié entre las ruinas que resultaron de una guerra perdida, dándome cuenta de que mi propio país había infligido terrible dolor a muchas naciones durante la horrorosa Segunda Guerra Mundial.

Las buenas nuevas de que Jesucristo había llevado a cabo la perfecta Expiación por la humanidad, redimiendo a todos del sepulcro y recompensando a cada uno según sus obras, fue el poder sanador que le infundió esperanza y paz a mi vida.

Cualesquiera sean nuestros retos en la vida, nuestras cargas pueden ser ligeras si no sólo creemos en Cristo, sino también en Su capacidad y en Su poder para purificar y dar consuelo a nuestras vidas, y aceptamos Su paz.

El presidente David O. McKay era el profeta durante mi adolescencia. Era como si le conociera personalmente: podía sentir su amor, bondad y dignidad; me infundió confianza y valor en mi juventud. A pesar de que me crié en Europa, a miles de kilómetros de distancia, pensaba que él confiaba en mí, y no quería desilusionarlo.

Otra fuente de fortaleza fue la epístola que el apóstol Pablo escribió mientras estaba en la cárcel, dirigida a Timoteo, su ayudante y amigo más fiel. Él escribió: Seguir leyendo

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Llamados por Dios

Conferencia general Octubre 2002

Llamados por Dios

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Se nos ha dado el grandioso poder del sacerdocio, el cual nos bendice individualmente y también provee bendiciones para nuestra familia.

El quinto Artículo de Fe dice: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (1).

Uno de los llamamientos más importantes del sacerdocio, y que requiere nuestra atención constante, es el que tenemos en nuestras familias y nuestros hogares. Hermanos, como padres y patriarcas de nuestra familia, debemos, “Por decreto divino… presidir sobre la familia con amor y rectitud y… protegerla y… proveerle las cosas necesarias de la vida”.

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos… Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amar y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (2).

Vivimos en un mundo que clama por tener un liderazgo de rectitud basado en principios dignos de confianza.

En nuestra Iglesia se nos han enseñado, de una manera particular y propia de la Iglesia, principios correctos de liderazgo dirigidos por la autoridad del sacerdocio. Creo que somos pocos los que nos damos cuenta del potencial del sacerdocio y de la gran bendición que éste significa. Cuanto más aprendemos sobre el hecho de poseerlo y más entendemos la forma en que opera, más apreciamos las bendiciones que el Señor nos ha dado.

John Taylor dijo una vez:

“…Responderé en forma breve que [el sacerdocio] es el gobierno de Dios, ya sea en la tierra o en los cielos, porque mediante ese poder, influencia o principio todas las cosas son gobernadas en la tierra y en los cielos, y por medio de ese poder, todas las cosas se conservan y sostienen. Gobierna todas las cosas: dirige todas las cosas, sostiene todas las cosas, y tiene que ver con todas las cosas con las que Dios y la verdad están relacionados.

“Es el poder de Dios delegado a las inteligencias que están en los cielos y a los hombres sobre la tierra… Cuando lleguemos al reino celestial de Dios, hallaremos allí el orden y la armonía más perfectos, porque allí está el modelo más perfecto. Allí se lleva a cabo el orden de gobierno más perfecto. Siempre que esos principios se han establecido en la tierra, en la misma proporción en la que se han extendido y ejercido, han producido bendiciones y salvación para la familia humana. Y cuando el gobierno de Dios se adopte más ampliamente, y cuando la oración de Jesús, la que Él enseñó a Sus discípulos, sea contestada y el reino de Dios venga a la tierra y se haga Su voluntad aquí, así como se hace en el cielo, entonces, y no sino entonces, reinarán el amor, la paz, la armonía y la unión universales” (3).

El Señor nos dio una visión de lo que puede ser el sacerdocio al instruir a Sus Apóstoles, que tendrían la responsabilidad de continuar la obra después de Su muerte, diciéndoles: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (4).

Una de las bendiciones que se reciben del sacerdocio es tener la oportunidad de formar parte de un quórum, el cual consiste en un grupo determinado de hombres, todos poseedores del mismo oficio del sacerdocio, organizados con el objeto de contribuir más eficazmente a la edificación del reino de Dios.

En una oportunidad, el presidente Stephen L Richards nos dio una definición triple de un quórum, diciendo que tiene tres funciones: “primero, es una clase; segundo, es una fraternidad; tercero, es una unidad de servicio” (5).

Hace muchos años, al asistir a la reunión de un grupo de sumos sacerdotes en un pequeño pueblo del sur de Wyoming, aprendí cómo funciona un quórum. El tema de la lección esa semana era la justificación y la santificación, y al comenzar la clase, era evidente que el maestro estaba bien preparado para enseñar a sus hermanos. En cierto momento, una pregunta que se hizo provocó una reacción que cambió todo el curso de la clase; respondiendo a ella un hermano comentó lo siguiente: “He escuchado la lección con gran interés, y se me ocurre que la instrucción que hemos recibido pronto se perderá si no encontramos la forma de aplicar en nuestra vida diaria el material presentado”. A continuación, propuso un curso de acción. Seguir leyendo

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¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón…!

Conferencia General Octubre 2002
“¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón…!”
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Los insto… a utilizar los templos de la Iglesia. Vayan a ellos y realicen la grande y maravillosa obra que el Dios del cielo ha trazado para nosotros.

Mis amados hermanos y hermanas, de nuevo los saludamos en una gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Alma dijo: “¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!” (Alma 29:1).

Hemos llegado a un punto en el que casi podemos hacer eso. Esta conferencia se transmitirá por todo el mundo, y a los oradores los oirán y los verán Santos de los Últimos Días de todos los continentes. Hemos avanzado mucho en la realización del cumplimiento de la visión que se expone en el Apocalipsis: “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6).

¡Qué excepcional ocasión es ésta, mis hermanos y hermanas! Es difícil de comprender. Hablamos desde este extraordinario Centro de Conferencias. No sé de ningún otro edificio que se compare con él.

Somos como una gran familia, representantes de la familia humana en este vasto y hermoso mundo.

Muchos de ustedes participaron en la dedicación del Templo de Nauvoo en junio recién pasado. Fue una ocasión grandiosa y espléndida que se recordará durante largo tiempo. No sólo dedicamos un magnífico edificio, una casa del Señor, sino que ésta también se dedicó a la memoria del profeta José Smith.

En 1841, dos años después de que él llegó a Nauvoo, dio la palada inicial para una casa del Señor que debía erigirse como un símbolo del coronamiento de la obra de Dios.

Es difícil creer que en aquellas difíciles circunstancias se hubiera proyectado construir un edificio de tal magnificencia en lo que en aquel entonces era la frontera del Oeste del territorio colonizado de los Estados Unidos.

Dudo, y dudo seriamente de que haya habido otro edificio de semejante estilo y magnificencia en todo el estado de Illinois.

Había de ser dedicado a la obra del Todopoderoso, para llevar a cabo Sus propósitos eternos.

No se escatimaron esfuerzos. Ningún sacrificio fue demasiado grande. Durante los siguientes cinco años, los hombres cincelaron la piedra y pusieron la base y los cimientos, las paredes y la ornamentación. Cientos de personas fueron al norte del lugar, a vivir allí un tiempo para cortar la madera en grandes cantidades, la cual amarraban a modo de balsas que hacían flotar río abajo hasta Nauvoo. Se hicieron hermosas molduras con esa madera. Se recaudaron centavos para comprar clavos. Se hicieron sacrificios inimaginables para adquirir vidrios y cristales. Edificaban un templo a Dios, por lo que tenían que utilizar lo mejor que pudiesen conseguir.

En medio de la obra de la construcción, el Profeta y su hermano Hyrum fueron asesinados en Carthage el 27 de junio de 1844.

Ninguno de nosotros en la actualidad puede comprender el golpe catastrófico que eso significó para los santos. Su líder había muerto, él, el hombre que recibía las visiones y las revelaciones. No sólo había sido su líder, sino su profeta. Muy grande fue su pesar y espantosa su angustia.

Pero Brigham Young, el Presidente del Quórum de los Doce, tomó las riendas. José había depositado su autoridad sobre los hombros de los Apóstoles. Brigham resolvió terminar el templo y la obra continuó. Prosiguieron en pos de su objetivo de día y de noche, a pesar de las amenazas que les lanzaban las turbas anárquicas. En 1845, comprendieron que no podrían permanecer en la ciudad que habían construido en las pantanosas riberas del río. Tenían que marcharse de allí. Sobrevino una etapa de actividad febril: primero, para terminar el templo y, segundo, para construir carromatos y reunir víveres a fin de trasladarse a las tierras desoladas del Oeste.

La obra de las ordenanzas comenzó antes de que se terminara el templo y continuó intensamente hasta que, en el frío del invierno de 1846, los del pueblo comenzaron a abandonar sus casas y los carromatos empezaron a desplazarse lentamente por la Calle Parley hasta la orilla del río y, desde allí, hasta la otra ribera en el lado de Iowa.

El desplazamiento prosiguió. El río se congeló con el frío glacial que hacía, pero eso les permitió atravesarlo sobre el hielo. Seguir leyendo

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Caminos hacia la perfección

Conferencia General Abril 2002
Caminos hacia la perfección
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“Pongan en práctica en su vida cuatro virtudes específicas que han probado tener éxito, y que son: una actitud de agradecimiento; un deseo de aprender; devoción a la disciplina; y la disposición para trabajar”.

Nuestra presidencia de las Mujeres Jóvenes ha hablado muy bien, ¿no es así? Yo apruebo y respaldo todo lo que ustedes han escuchado de estas maravillosas mujeres hoy; ellas son en verdad siervas de nuestro Padre Celestial y han presentado Su santa palabra.

“La felicidad”, escribió el profeta José Smith, “es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (1).

Pero, ¿cómo podemos encontrar ese camino y, lo que es más, cómo podemos permanecer en ese camino que conduce a la perfección?

En el cuento clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Alicia se encuentra ante un cruce de caminos, con dos senderos por delante, cada uno de los cuales se perdía en la distancia pero en direcciones opuestas, y se ve acosada por el gato Cheshire, a quien Alicia le pregunta: “¿Qué camino he de tomar?”.

El gato contesta: “Depende mucho del punto adonde quieras ir. Si no sabes adónde quieres ir, no importa qué camino sigas” (2).

A diferencia de Alicia, cada una de ustedes sabe adónde quiere ir. Sí importa el camino que sigan, porque el sendero que sigan en esta vida conducirá al sendero que seguirán en la siguiente.

Una alegre tonada que fue popular hace muchos años contiene esta frase que suscita la reflexión: “Si el desearlo lo hace realidad, sigue deseando y las preocupaciones se esfumarán”. Otra fórmula para el fracaso proviene de la canción más reciente: “No importa; sé feliz”.

Nuestro tema para esta noche, “Permaneced en lugares santos”, es más apropiado. También me gustan las palabras que siguen: “Permaneced en lugares santos y no seáis movidos” (3).

El presidente George Albert Smith, octavo Presidente de la Iglesia, exhortó: “Plantemos nuestros pies en el camino que conduce a la felicidad y al reino celestial, no sólo de vez en cuando, sino todos los días y a toda hora, porque si permanecemos en el lado de la línea del Señor, si permanecemos bajo la influencia de nuestro Padre Celestial, el adversario ni siquiera podrá tentarnos. Pero si nos adentramos en el territorio del diablo… seremos desdichados, y esa desdicha aumentará con el transcurso de los años, a menos que nos arrepintamos de nuestros pecados y nos volvamos al Señor” (4).

Al dirigirme a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, con frecuencia he citado el consejo que un padre dio a su amado hijo: “Si alguna vez te encuentras donde no debieras estar, ¡sal de inmediato!”. Esa misma verdad se aplica a ustedes jovencitas que se encuentran aquí en el Centro de Conferencias y a las que están congregadas en centros de reuniones por todo el mundo.

Siempre he pensado que si hablamos en términos generales, raras veces lograremos el éxito; pero si hablamos en términos específicos, raras veces fracasaremos. Por esa razón, las exhorto a que pongan en práctica en su vida cuatro virtudes específicas que han probado tener éxito, y que son:

  1. Una actitud de agradecimiento;
  2. Un deseo de aprender;
  3. Devoción a la disciplina; y
  4. La disposición para trabajar.

Primero, una actitud de agradecimiento. En el libro de Lucas, capítulo 17, leemos el relato de los diez leprosos. Cuando viajaba hacia Jerusalén, el Salvador pasó por Galilea y Samaria y entró en cierto pueblo a orillas del cual le salieron al encuentro diez leprosos a quienes, debido a su condición, se les obligaba a vivir apartados de los demás. Se pararon “de lejos” y exclamaron: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”.

El Salvador, lleno de compasión y amor por ellos, dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes”, y mientras iban, descubrieron que habían sido sanados. Las Escrituras nos dicen: “…uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a [los] pies [del Maestro], dándole gracias; y éste era samaritano”.

El Salvador respondió: “…¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (5).

Gracias a la intervención divina, aquellos leprosos se libraron de una muerte lenta y cruel, recibiendo la dádiva de una nueva vida. La gratitud expresada por uno de ellos suscitó la bendición del Maestro; la ingratitud de los otros nueve le causó desilusión.

Las plagas de hoy son como la lepra de antaño; consumen, debilitan, destruyen; se hallan por todos lados y su efecto no conoce límites. Las conocemos como egoísmo, codicia, desenfreno, crueldad y delitos, siendo éstas sólo unas pocas.

En una conferencia regional, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Vivimos en un mundo de tanta suciedad; está en todas partes: en las calles, en la televisión, en libros y revistas. Es como un gran diluvio, horrible, sucio y cruel, en el que está sumido el mundo. Es preciso que nos mantengamos por encima de él… El mundo está perdiendo sus normas morales, lo cual únicamente traerá sufrimiento. El camino a la felicidad yace en volver a una vida familiar firme y a la observancia de las normas morales, cuyo valor se ha probado a través de las eras del tiempo” (6).

Si seguimos el consejo del presidente Hinckley, podremos hacer que el tiempo que vivamos aquí en la tierra sea una época maravillosa. Tenemos oportunidades ilimitadas. Hay tantas cosas que son buenas, como maestros que enseñan, amigos que ayudan, matrimonios que triunfan y padres que se sacrifican.

Estén agradecidas por su madre, por su padre, por su familia y amistades. Expresen gratitud por sus maestras de las Mujeres Jóvenes; ellas les aman, oran por ustedes y les prestan servicio. Ustedes son de gran valor a la vista de ellas y a la de nuestro Padre Celestial. Él escucha sus oraciones; Él les brinda Su paz y Su amor. Permanezcan cerca de Él y de Su Hijo, y nunca se encontrarán solas. Seguir leyendo

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Sostén la antorcha en alto

Conferencia General Abril 2002
Sostén la antorcha en alto
Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Margaret D. Nadauld

“Cultiven su divinidad interior; no opaquen el brillo del espíritu con el que vinieron de los cielos. El Señor necesita lo bueno de ustedes, así como su influencia en este mundo”.

En el mes de febrero pasado, esta antorcha llevó la llama olímpica en un trecho de la jornada desde Grecia hasta Salt Lake City; es un símbolo de la excelencia y la esperanza; se encendió por primera vez en Grecia, al iniciarse los juegos olímpicos hace mucho tiempo.

Ésta es la antorcha de las Mujeres Jóvenes; simboliza la luz del Evangelio que proviene de nuestro Padre Celestial. Esta luz tuvo su comienzo en el cielo antes de que ustedes nacieran; allí, se les enseñó el gran plan de felicidad, y debido a que aceptaron ese plan, ¡tienen el honor de ser portadoras de la antorcha!

El Salvador nos enseñó: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (1). La luz divina que llevan en su alma la han heredado de Dios porque son Sus hijas. Parte de la luz que hace de ustedes algo tan sublime es la bendición del ser mujer. Qué maravilloso es que sepan que sus características femeninas son un don que proviene de Dios. Nuestros profetas de los últimos días enseñan que “el ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal, y eterna” (2). El nacer con las cualidades exquisitas de una hija de Dios es una bendición sagrada. Las mujeres de Dios, tanto maduras como jóvenes, son espirituales y sensibles, tiernas y delicadas; poseen una naturaleza bondadosa y acogedora. Ésta es su herencia. Nunca menosprecien los dones que Dios les ha dado. Cultiven su divinidad interior; no opaquen el brillo del espíritu con el que vinieron de los cielos. El Señor necesita lo bueno de ustedes, así como su influencia en este mundo.

De modo que esta noche tan sólo quisiera hablarles con el corazón en la mano acerca del ser buenas y de las ventajas de serlo; se trata de sostener la antorcha en alto.

El mundo tratará de convencerlas de que el ser buenas ya es anticuado y está pasado de moda, y que la popularidad se obtiene al quebrantar las reglas y rebajar las normas. No se lo crean. Tal vez al mirar televisión o leer revistas se les haga sentir como personas anormales, cuando en realidad ustedes son las que han sabido escoger el buen camino.

Quizás sepan que tengo siente hijos varones; yo conozco a los chicos. ¡Por eso, la vida ha sido muy emocionante en nuestro hogar! He aprendido mucho de ellos y de sus amigos, tanto jóvenes como jovencitas. Podría decirles algunos de sus secretos; quizás les cuente sólo uno y espero no meterme en problemas. Es éste: a los jóvenes no les gusta pasar vergüenzas. Recuerdo la vez en que un jovencito al que conozco había invitado a una chica a un baile del colegio. La llevó a nuestra casa antes del baile para que tomáramos fotografías. Al llegar, él entró en la cocina donde yo buscaba la cámara, y dijo: “¡El vestido que ella lleva es hermoso; se ve preciosa!”. Él nunca había hecho ningún comentario así, de modo que yo casi no podía esperar para ver lo que quiso decir.

Al verla, pude comprender; lucía hermosa. El vestido que llevaba era muy bonito; me enteré de que ella y su madre lo habían buscado en muchas tiendas. Cuando por fin lo encontraron, sabían que quedaría perfecto con algunas añadiduras y últimos toques que satisfarían sus elevadas normas. Seguir leyendo

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Fortalecer el hogar y la familia

Conferencia General Abril 2002
Fortalecer el hogar y la familia
Carol B. Thomas
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Carol B. Thomas

“Tres principios que les ayudarán a fortalecer su hogar y la familia son: nutrir con amor, sacrificio y oración”.

Al presenciar la conclusión de las Olimpíadas de Invierno 2002, recordamos a los ganadores de medallas de oro. Un grupo numeroso de atletas, con años de preparación, se congregó para competir, con la esperanza de ganar. Ustedes, las jovencitas de la Iglesia, también se están preparando y están compitiendo para obtener un medallón, a medida que el Espíritu arde resplandeciente en su interior.

El programa de las Mujeres Jóvenes proporciona un maravilloso campo de capacitación que le será útil a cada una de ustedes para alcanzar sus metas, y el lema de las Mujeres Jóvenes es un recordatorio constante de que no estamos solas en la competición; formamos parte del equipo del Señor y Él siempre estará allí para ayudarnos a lograr el éxito.

Como hijas de Dios, algunas de ustedes quizás tengan grandes habilidades atléticas, pero todas han sido bendecidas con muchos talentos y dones. Uno de los dones más importantes es la habilidad que poseen para “fortalecer [su] hogar y la familia”, una nueva frase que se ha añadido al lema de las Mujeres Jóvenes. ¿La reconocen? Una de las asignaciones que se nos han dado como jovencitas y mujeres en el reino es amar y fortalecer a nuestra familia.

Esta noche, ruego que el Espíritu arda en su interior, que tengan un deseo más grande de fortalecer a su familia ahora y de prepararse para su futura familia. Las Escrituras nos enseñan de muchas maneras la forma de fortalecer a nuestra familia. No hay maestro más excelente que el Salvador. Al estudiar Sus enseñanzas y seguir Su ejemplo, ustedes pueden mejorar su vida familiar. Hablemos acerca de tres principios que les ayudarán a fortalecer su hogar y la familia:

  • Nutrir con amor
  • Sacrificio
  • Oración

Nutrir con amor

¿Quién no disfruta jugar con un niño o tener a un recién nacido en los brazos? Las mujeres nacimos con la habilidad natural de amar y de nutrir a los demás. Nutrir con amor significa apoyarse, alentarse, valorarse y amarse mutuamente. ¿Lo hacemos con nuestra familia?

El Salvador mismo nos enseñó a nutrir con amor. Muchas veces Él dijo: “¡…cuántas veces os he juntado como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, y os he nutrido!” 3 Nefi 10:4).

Al congregar a su familia, ustedes pueden hacer mucho para que reine allí un espíritu de unidad. ¿Cuándo fue la última vez que dieron un abrazo a su mamá o a su papá y les dieron las gracias por todo lo que hacen? Los padres son los que más nutren con amor, pero ellos también necesitan que se les nutra con amor.

Como mujeres, podemos juntar a nuestros pequeños bajo nuestras alas con amor y ternura. Hace poco observé a una madre que le hablaba a su niña de dos años; ésta lloraba y la mamá no entendía qué era lo que quería. Le dijo: “No llores; usa tus palabras y dime qué te pasa”. Ella había demostrado tal respeto por esa pequeña de dos años, que ésta dejó de llorar y empezó a expresarse. Esa madre está aprendiendo a nutrir con amor.

Cuando nuestro Padre Celestial presentó al Salvador ante el mundo, demostró cuidado amoroso al emplear una voz suave. En las Escrituras dice lo siguiente: “…oyeron una voz como si viniera del cielo… y no era una voz áspera ni una voz fuerte… a pesar de ser una voz suave, penetró hasta lo más profundo de los que la oyeron” (3 Nefi 11:3).

Esto puede ser un modelo de la forma en que debemos hablar a nuestra familia en el hogar. Al hablar a aquellos a quienes amamos, no utilicemos una voz fuerte, sino una suave. De ese modo se dirige nuestro Padre Celestial a Sus hijos. Seguir leyendo

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Permanecer en lugares santos

Conferencia General Abril 2002
Permanecer en lugares santos
Sharon G. Larsen
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Sharon G. Larsen

“El permanecer en lugares santos significa estar en buena compañía, ya sea que estemos solas o acompañadas”.

Era el jueves por la noche, tiempo en que por lo regular mamá y papá trabajaban en el Templo de Cardston. Yo era una jovencita adolescente, como ustedes. Mi abuelita, quien vivía con nosotros, no se encontraba en casa, de modo que yo me quedaría sola. Cuando se fueron, papá me abrazó y me dijo: “Adiós, Sharon, quedas en buena compañía”.

Me dije a mí misma: “¿En qué está pensando? ¿Qué no sabe que me quedaré sola?”. Luego me di cuenta de que eso era exactamente lo que él estaba pensando.

El permanecer en lugares santos significa estar en buena compañía, ya sea que estemos solas o acompañadas; significa estar donde el Espíritu Santo sea nuestro compañero, ya sea que estemos solas o en una multitud. Cuando tomemos la determinación de que controlaremos nuestros pensamientos y nuestras acciones, y que seremos lo mejor que sea posible, podremos recibir lo mejor de la vida.

Un lugar santo es donde nos sentimos protegidos, seguros, amados y consolados; así lo era en nuestro hogar celestial. El permanecer en lugares santos y estar en buena compañía trae sentimientos de cómo habrá sido en ese hogar del que salimos, el hogar que a veces parece estar tan lejano.

Dos años y medio después de que se organizó la Iglesia, el Señor amonestó a José Smith en cuanto a las guerras, hambres y plagas que vendrían a causa de la iniquidad. Luego el Señor nos dijo cómo podemos estar seguros en un mundo como ése: “…permaneced en lugares santos y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor” (D. y C. 87:8).

En los lugares santos se nos protege de la conmoción, casi aplastante, del mundo; los ángeles pueden ser nuestros compañeros y nuestro sostén (véase D. y C. 84:88). El gran profeta Moroni se vio rodeado de maldad, y los lamanitas acechaban para matar a cualquier cosa que se pusiera en su camino. Él, estando solo, permaneció escondido durante casi veinte años. ¡Imaginen esa clase de soledad! Sin embargo, su hermoso testimonio y consejo, en los últimos capítulos del Libro de Mormón, nos indican que él estaba en compañía de ángeles y del Espíritu Santo; no estaba solo. El Espíritu Santo puede quitarnos el atormentador y doloroso sentimiento de soledad, aislamiento o rechazo y llenarnos de paz. A Él se le llama el Consolador, ¡y eso es lo que es!

Es posible que los tiempos de más soledad sean aquellos en los que estemos rodeados de personas, incluso de amigos que estén tomando decisiones incorrectas, y tengamos que permanecer solos. Hay lugares en los que no se encontrarían seguras, ni aunque fuese para ayudar a alguien. El Señor dijo que permaneciéramos en lugares santos. Hay lugares que el Espíritu jamás frecuentaría; ustedes saben dónde están esos lugares; manténganse alejadas de ellos; no aviven una curiosidad a la que deban poner un alto; presten atención a lo que sientan, de modo que sepan cuándo se estén sintiendo inseguras o incómodas.

Heather nos contó de una ocasión en la que había sido invitada a una fiesta con las personas más “populares” de la escuela. Al entrar, la música que se oía a todo volumen la estremeció y la hizo sentir enferma por dentro. Sus amigas empezaron a desaparecer en habitaciones a oscuras. Ella dijo: “En la fiesta pronto me di cuenta de que tenía que escoger: o bien, esas personas o mis normas; no podía tener a ambas. Sabía que no deseaba que las palabras que escuchaba ni las escenas de películas contaminaran mis pensamientos, pese a lo popular que eran esas personas. Sabía que no debía quedarme en ese lugar. Mientras esperaba que mi madre me fuera a recoger, miré por la ventana hacia la oscuridad de la noche, y ahí, brillando en la colina como un faro, estaba el templo; fue como si el Señor me estuviese asegurando que estaba haciendo lo correcto” (usado con permiso, nombre ficticio).

El permanecer en lugares santos nos ayuda a llegar a ser santos, pero es una virtud adquirida que requiere práctica: práctica en escuchar al Espíritu y en ser obedientes; práctica en ser moralmente puras; práctica en ser reverentes en cuanto a las cosas sagradas. El Señor nos ha dicho que vengamos a Él y que Él nos puede hacer santos (véase D. y C. 60:7). Dejen que Él les rodee de amor, perdón y paz. A pesar de lo que esté sucediendo a su alrededor, ustedes pueden poner en práctica la costumbre de crear un ambiente propio, lleno del Espíritu del Señor.

En vez de preguntarle a otra persona lo corta, apretada, desnuda o atrevida que puede ser la ropa que usen, ustedes son las responsables y deben preguntarse: “¿Qué ropa debo usar, cómo debo lucir y actuar a fin de que el Espíritu Santo esté conmigo y mi Padre Celestial me pueda bendecir?”. Seguir leyendo

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Miramos a Cristo

Conferencia General Abril 2002
Miramos a Cristo
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Al igual que la estrella polar de los cielos… allí está el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal”.

Mis queridos hermanos y hermanas, yo también quisiera expresar mi profundo agradecimiento por el gran servicio que han prestado la hermana Smoot, la hermana Jensen, la hermana Dew y su mesa directiva, quienes han servido de manera tan fiel y eficiente en esta grandiosa y enorme organización de mujeres. Es una maravillosa sociedad, cuyo número asciende a 4.900.000 miembros. Creo que no hay nada semejante en todo el mundo, y afecta de manera sumamente benéfica la vida de las mujeres de toda la tierra. Gracias, queridas hermanas, por lo que han hecho. Bienvenida, hermana Parkin, sus consejeras y la mesa directiva que seleccionen.

Damos ahora por terminada esta conferencia. Hemos disfrutado de un maravilloso festín a la mesa del Señor. Hemos sido instruidos en Sus caminos, a Su manera.

Cada uno de nosotros deberá ser un poco mejor debido a esta rica experiencia. De lo contrario, el habernos reunido habrá sido mayormente en vano.

Cuando dé fin a mis palabras, el coro entonará:

“Conmigo quédate, Señor;
el día cesado ya.
El manto de la noche cae
y todo cubrirá.
Sé huésped de mi corazón;
posada te dará.
Oh permanece, Salvador;
la noche viene ya”
(“Conmigo quédate, Señor”, Himnos No. 98).

Eso resume bien los sentimientos de nuestros corazones al volver a nuestros hogares.

Que el Espíritu del Señor nos acompañe y permanezca con nosotros. No sabemos lo que yace más adelante; no sabemos lo que nos depararán los días futuros. Vivimos en un mundo de incertidumbre. Para algunos habrá grandes logros; para otros, decepción. Para algunos, mucho regocijo y alegría, buena salud y un buen vivir; para otros, tal vez enfermedad y una porción de pesar. No lo sabemos; pero una cosa sí es segura: Al igual que la estrella polar de los cielos, pese a lo que depare el futuro, allí está el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el núcleo mismo de nuestra fe.

A la luz del sol, así como en las sombras, acudimos a Él, y Él está allí para darnos seguridad y sonreírnos.

Él es el punto central de nuestra adoración; Él es el Hijo del Dios viviente, el Primogénito del Padre, el Unigénito en la carne, que salió de las cortes reales de los cielos para nacer como mortal en las más humildes condiciones. En cuanto a la soledad de Su vida, Él dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). Él “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38).

Él era un hombre de milagros; tendió una mano de ayuda a los afligidos; sanó a los enfermos y levantó a los muertos. Sin embargo, por todo el amor que Él trajo al mundo, fue despreciado y desechado por los hombres; varón de dolores, experimentado en quebranto: …fue menospreciado y no lo estimamos (véase Isaías 53:3).

Al contemplar Su vida inigualable, decimos, al igual que el profeta Isaías: “…llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…

“Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4–5).

Cuando se libró la gran guerra en los cielos, Lucifer, el Hijo de la Mañana, se presentó con un plan que fue rechazado. El Padre de todos nosotros, con amor por Sus hijos, ofreció un mejor plan bajo el cual tendríamos la libertad de elegir el curso de nuestra vida. El hombre tendría su albedrío, y a ese albedrío le acompañaría la responsabilidad. El hombre andaría por los caminos del mundo y pecaría y tropezaría; pero el Hijo de Dios tomaría sobre Sí la carne y se ofrecería como sacrificio para expiar los pecados de todos los hombres. A través de un sufrimiento indescriptible, Él llegaría a ser el gran Redentor, el Salvador de toda la humanidad.

Con cierta comprensión de ese don incomparable, ese maravilloso don de redención, nos inclinamos en amor reverente ante Él.

Como Iglesia, tenemos a quienes nos critican, muchos de ellos; afirman que no creemos en el Cristo tradicional del cristianismo. Hay algo de verdad en lo que dicen. Nuestra fe, nuestro conocimiento, no está basado en las tradiciones antiguas, los credos que provienen de un conocimiento limitado y de las innumerables deliberaciones de los hombres que tratan de llegar a una definición del Cristo resucitado. Nuestra fe, nuestro conocimiento, provienen del testimonio de un profeta de esta dispensación que vio ante él al gran Dios del universo y a Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo resucitado. Ellos hablaron con él; él habló con Ellos. Él testificó abiertamente, sin lugar a dudas, y de modo seguro de esa gran visión. Era una visión del Todopoderoso y del Redentor del mundo, más gloriosa de lo que podamos comprender, pero cierta e inequívoca en el conocimiento que trajo. Es debido a ese conocimiento, arraigado en el profundo suelo de la revelación moderna que, en las palabras de Nefi, “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Así, mis hermanos y hermanas, al despedirnos hasta otra ocasión, repetimos nuestro firme y perdurable testimonio. Lo hacemos como personas individuales que tienen un conocimiento seguro y cierto. Como lo he dicho anteriormente en muchas ocasiones, y como lo digo ahora, sé que Dios nuestro Padre Eterno vive; Él es el gran Dios del universo; Él es el Padre de nuestros espíritus con Quien podemos hablar en oración.

Sé que Jesucristo es Su Hijo Unigénito, el Redentor del mundo, que dio Su vida a fin de que pudiésemos tener vida eterna y Quien gobierna y reina con Su Padre. Sé que son seres individuales, separados y distintos el uno del otro, y al mismo tiempo semejantes en forma, sustancia y propósito. Sé que la obra del Todopoderoso es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39). Sé que José Smith fue un profeta, el gran profeta de esta dispensación, mediante quien han venido estas verdades. Sé que esta Iglesia es la obra de Dios, presidida y dirigida por Jesucristo, cuyo nombre lleva.

Testifico de estas cosas, con solemnidad, al dejar con ustedes, mis amados compañeros, mi amor y bendiciones, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén. Para siempre Dios esté con ustedes.

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Las cosas apacibles del reino

Conferencia General Abril 2002

Las cosas apacibles del reino

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“La paz —la paz verdadera que se siente hasta lo más profundo del alma— sólo se recibe con y por medio de la fe en el Señor Jesucristo”.

Mis hermanos y hermanas, quisiera, en nombre de todos nosotros, expresar nuestro agradecimiento a la Presidencia de la Sociedad de Socorro y a su mesa directiva, que han prestado tan buen servicio y que recientemente han sido relevadas. Una vez más, nos acercamos a la conclusión de una conferencia general edificante e inspiradora. Durante estos días de enseñanza y testimonio, me siento siempre vigorizado e iluminado; y sé que la mayoría de ustedes siente lo mismo. Tal vez lo que sentimos durante la conferencia se asemeja a lo que sintieron los primeros discípulos del Salvador al seguirlo de un lugar a otro para escucharlo enseñar las buenas nuevas del Evangelio.

Por muchas razones, ésos fueron días desalentadores para los hijos de Israel. Subyugados bajo el dominio del Imperio Romano, añoraban la libertad y la paz. Esperaban al Mesías, seguros de que Él vendría para librarlos de la opresión física y política. Y algunos respondieron al Evangelio de felicidad y paz que el Salvador trajo, aunque en un principio no apreciaron plenamente todas sus implicaciones espirituales.

Un cierto día, a principios del ministerio terrenal del Señor, una gran multitud lo siguió hasta el Mar de Galilea, y se reunieron alrededor de Él en la orilla. “…tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. Y les enseñaba por parábolas muchas cosas” (Marcos 4:1–2).

Fueron grandes y maravillosas las cosas que se enseñaron ese día, entre ellas la parábola del sembrador (véase Marcos 4:3–20). Al finalizar un día entero de enseñanza e instrucción, el Señor sugirió a sus discípulos que atravesaran el Mar de Galilea para llegar al otro lado.

Mientras navegaban por la noche, “se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.
“Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?
“Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:37–39).

¿Pueden imaginarse lo que deben haber pensado los apóstoles al ver los elementos mismos —el viento, la lluvia y el mar— obedecer el mandato tranquilo de su Maestro? Aunque recién se les había llamado al santo apostolado, conocían y amaban a su Maestro; y en Él creían. Habían abandonado sus ocupaciones y sus familias para seguirlo. En un período relativamente corto, le habían escuchado enseñar cosas increíbles y lo habían visto obrar grandes milagros. Pero lo que ahora presenciaban iba más allá de su entendimiento, lo cual seguramente se reflejó en sus rostros. Seguir leyendo

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A donde me mandes iré

Conferencia General Abril 2002
A donde me mandes iré
Élder William R. Walker
De los Setenta

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“Amo [al Señor]. Deseo hacer todo lo que esté a mi alcance para servirle como Él desea que le sirva”.

Mis amados hermanos y hermanas, con gran humildad y agradecimiento vengo ante ustedes en este lugar santo. De niño me crié en Raymond, Alberta, Canadá, y me gustaba cantar “A donde me mandes iré, Señor” (véase Himnos, No. 175). Cada vez que cantábamos esas palabras en la reunión sacramental o en la Escuela Dominical, ellas infundían en mi corazón y en mi alma un cometido, de modo tal que siempre deseaba ir a donde el Señor me mandase ir, decir lo que Él me mandase decir y ser “lo que Tú quieras” que sea, Señor. Hoy, me parece adecuado reafirmar una vez más ese cometido.

Estoy agradecido por el voto de sostenimiento recibido ayer y, junto con ustedes, sostengo al presidente Gordon B. Hinckley y a sus consejeros, el presidente Monson y el presidente Faust, y al presidente Packer y a los Doce como profetas, videntes y reveladores. Doy testimonio de que ciertamente son profetas, videntes y reveladores.

Amo al Señor. Amo a esta Iglesia. Amo a los santos fieles y maravillosos de todo el mundo que hacen todo lo que les es posible por cumplir sus responsabilidades y vivir de acuerdo con su religión. Doy testimonio de que Dios vive y de que Jesucristo, Su Hijo, es nuestro Salvador y Redentor. Lo amo. Deseo hacer todo lo que esté a mi alcance para servirle como Él desea que le sirva, y digo estas palabras, dejándoles mi testimonio de la veracidad de estas cosas, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La oportunidad de servir

Conferencia General Abril 2002
La oportunidad de servir
Élder Gerald N. Lund
De los Setenta

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“Sé cuán intensamente nos ama Dios y cuán perfectamente preciso es Su amor por nosotros”.

Hace unos tres años, tras trabajar treinta y cuatro años para el Sistema Educativo de la Iglesia, mi esposa y yo decidimos jubilarnos y encaminar nuestra vida por un rumbo diferente, así que comenzamos en esa época a hacer planes. Cambiamos de residencia para vivir más cerca de nuestros hijos y nietos. Inicié lo que a mi parecer eran maravillosos proyectos. Pensé que algunos de ellos eran simplemente geniales. Y entonces llegó uno de esos momentos que cambian la vida.

En esa época teníamos el privilegio de vivir enfrente del élder F. Enzio Busche, que ahora es un Setenta emérito, y su esposa. Un día, el élder Busche enseñó la lección de nuestro quórum de sumo sacerdotes, y citó un pasaje de las Escrituras del libro de Alma en el cual Alma anhela tener la voz de un ángel. Entonces, Alma se arrepiente de inmediato de esos sentimientos, y en el versículo cuatro hace una declaración impresionante. Sugiere que debemos tener cuidado con lo que deseamos, puesto que el Señor nos concede según los deseos de nuestro corazón, y luego agrega lo que, para mí, es una declaración impactante: “…ya sea para salvación o destrucción”. Dios nos concederá, según nuestra voluntad, las cosas que deseemos (véase Alma 29:1–5).

Me fui a casa ese día, y aunque no me parecía que ninguno de mis deseos fuese injusto, me di cuenta en ese momento de que esos deseos eran míos. Ese día comencé a intentar informarle al Señor de que lo que yo quería hacer era cumplir Sus deseos. Aun cuando en ese momento pensé que realmente lo deseaba así, llegué a darme cuenta que se trata de algo fácil de decir pero difícil de hacer. Tal como explicó el élder Maxwell ayer, solamente cuando en verdad entregamos nuestro corazón a Dios, puede Él comenzar a acelerar el proceso de purificación, de santificación y de perfeccionamiento (véase Helamán 3:35). Hemos descubierto en los tres años que han transcurrido desde entonces que el Señor ha encaminado nuestras vidas por rumbos diferentes de los que esperábamos, y éste es el más reciente.

Precisamente el otro día, después de que el presidente Hinckley me llamó a mí y a mi esposa, me encontraba leyendo el libro de Deuteronomio y hallé un versículo en el capítulo doce que se ha vuelto muy significativo para mí. Está en forma de mandamiento. El Señor dice: “…te alegrarás delante de Jehová tu Dios de toda la obra de tus manos” (Deuteronomio 12:18). Nos sentimos agradecidos por este privilegio de regocijarnos delante del Señor en esta nueva oportunidad.

Desde que emprendimos esos caminos, hemos llegado a saber cuán verdaderamente misericordioso es Dios, cuán intensamente nos ama y cuán perfectamente preciso es Su amor por nosotros. Cuando yo tenía dieciséis años y no era lo suficientemente listo para saber nada de nada, el Espíritu me conmovió de modo tal que me di cuenta de lo importante que es la mujer con que uno se casa. A partir de entonces comencé a orar para que el Señor me encontrara a la mujer que habría de ser mi compañera eterna. Esas oraciones fueron contestadas, y todo lo que ahora disfrutamos en nuestra familia con hijos y nietos es en gran parte debido a ella.

He llegado a saber que Jesús es nuestro Cristo, que las misericordias de Él y del Padre son infinitas y sempiternas, aun cuando no las merecemos. Siempre he amado al profeta José Smith, y tuve el privilegio de pasar unos diez años dedicado a un estudio intenso y extenso de su vida, de sus escritos, de sus enseñanzas y de quienes lo conocían y amaban, y he llegado a saber que él fue un profeta de profetas, un hombre digno de llevar a cabo la Restauración de esta última y gran dispensación. He llegado a saber con gran poder que las llaves que él restauró han sido transferidas sin interrupción hasta este día y que residen ahora en nuestro profeta viviente, sí, Gordon B. Hinckley.

Repito una vez más que nos regocijamos con esta oportunidad de servir. De manera profunda nos da humildad y es un gran honor, y les dejo ese testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Sientan el amor del Señor

Conferencia General Abril 2002
Sientan el amor del Señor
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Bonnie D. Parkin

“Si yo pudiera hacer que ocurriera una cosa por las mujeres de esta Iglesia, sería que cada una de ellas pudiera sentir a diario el amor del Señor en su vida”.

Hermanos y hermanas, existe un dicho que dice: “Si deseas progresar, acepta la oportunidad que te haga superar tu ser banal”. Y estoy segura de que he de progresar. Permítanme expresar nuestro agradecimiento a la hermana Smoot, a la hermana Dew y a la hermana Jensen por el gran servicio que nos han brindado a todos los miembros de la Iglesia. Expreso mi gratitud a mis consejeras, Kathy y Anne, por estar dispuestas a servir: son ellas mujeres de fe.

En este día me siento sumamente agradecida por mi madre y mi padre, por las enseñanzas que me inculcaron, por su amor y por haberme enseñado a trabajar, y yo sí sé trabajar. Estoy agradecida por mi esposo, Jim, un compañero maravilloso a quien amo; y agradezco el apoyo que me da. Él es un hombre de integridad. Estoy agradecida por mis hijos y por sus respectivas esposas que los han ayudado a convertirse en mejores hombres. Siento agradecimiento por mis nietos. La otra noche fuimos a la casa de uno de nuestros cuatro hijos para contarle de este llamamiento. Ya habían acostado a sus hijos. Les dije a Brett y Angie: “Me han llamado a ser la Presidenta General de la Sociedad de Socorro”. Y Brett dijo: “¿A ti? ¿Presidenta de la Sociedad de Socorro de toda la Iglesia?”. ¿Acaso no son maravillosos los hijos? Él expresó lo que yo vengo sintiendo desde hace varias semanas.

Ayer, al llegar a casa, me encontré con un fax que me habían mandado desde Bélgica nuestro hijo David y su esposa, Jennifer. David decía: “Madre, sé que puedes hacerlo. Tal vez no recuerdes, pero tenías un pasaje de las Escrituras pegado en el refrigerador, que decía: ‘Yo y mi casa serviremos a Jehová’ (Josué 24:15)”. Agregaba: “Yo me pasaba abriendo el refrigerador, y sabía que tú y papá se tomaban muy en serio lo que dice esa Escritura”. Estoy muy agradecida por nuestros hijos.

Estoy agradecida a las mujeres de la Iglesia que me han servido de guía, que me han brindado afecto, que me han enseñado y que han creído en mí. Estoy agradecida por los misioneros de la Misión Inglaterra Londres Sur, por su bondad y por la forma en que guardan sus convenios. Estoy agradecida por los santos británicos que me brindaron cariño y me ayudaron a ser parte de ese gran país.

Ahora bien, hermanos y hermanas, no sé por qué fui llamada, mas sé que fui llamada. Les entrego mi amor y mi apoyo, y les pido que tengan paciencia conmigo a medida que aprenda mi nueva función.

Invito a las mujeres jóvenes adultas de la Iglesia, dondequiera que estén, a considerar la Sociedad de Socorro y saber que allí se les necesita, que las amamos y que juntas podemos tener una gran experiencia. Por favor, vengan y formen parte de nosotros.

Como dijo (el autor estadounidense) Wallace Stegner al escribir sobre los mormones: “Sus mujeres eran increíbles” 1 . ¡Y lo son hoy en día! Yo sé que el Señor ama a las mujeres de la Iglesia. Si yo pudiera hacer que ocurriera una cosa por las mujeres de esta Iglesia, sería que cada una de ellas pudiera sentir a diario el amor del Señor en su vida. He sentido el amor del Señor en mi vida, y estoy tan agradecida por ello. Estoy agradecida por la paz que he experimentado.

Testifico de mi Salvador Jesucristo. Sé que Él vive. He sentido Su amor. He sentido Su perdón. Recuerdo a una misionera que terminaba su misión y que en su último testimonio dijo: “Vine a la misión para hacer saber a nuestro Padre Celestial cuánto lo amo, para expresarle agradecimiento y para pagarle lo debido”, y añadió: “Me voy más en deuda con Él de lo que haya estado antes de venir”.

Doy mi testimonio del poder del profeta de Dios, el presidente Gordon B. Hinckley, y me siento agradecida por él y por su amor y por todos los profetas que han depositado confianza en mí. De estas cosas testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

Nota

  1. The Gathering of Zion: The Story of the Mormon Trail , 1964, pág. 13.
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