La caridad: amor perfecto y eterno

Conferencia General Abril 2002
La caridad: amor perfecto y eterno
Élder Gene R. Cook
De los Setenta

Gene R. Cook

“A medida que pensemos y actuemos más y más como Él, los atributos del hombre natural se irán desvaneciendo y en su lugar surgirán el corazón y la mente de Cristo”.

Mis queridos hermanos y hermanas, deseo en este momento, más que cualquier otra cosa, dar testimonio, un testimonio personal, del amor que Dios tiene por mí, por ustedes y por toda la humanidad. ¿Qué hombre es competente de tal manera que pueda expresar la inmensidad de su gratitud en reconocimiento al amor de Dios? ¡Cuán bendecido he sido al estar con ustedes por tantos años y encontrar el amor puro de Cristo que de ustedes emana! Grande es mi deuda con ustedes y con Dios.

La definición de la caridad
El Señor dijo que la caridad es “el amor puro de Cristo” (1), la cosa que es “de mayor gozo para el alma” (2), “el más grande de todos los dones de Dios” (3), “perfecto” y “eterno” (4).

A pesar de ser tan difícil de describir, la caridad se reconoce con facilidad en la vida de quienes la poseen.

  • Se reconoce en una abuela anciana y lisiada que se subscribe al periódico de la tarde porque sabe que su nieto repartidor de diarios lo trae todos los días a su casa, donde él se sienta junto a ella y ella le enseña a orar.
  • Se reconoce en una madre que durante una época de dificultades económicas deja los mejores alimentos a su familia y, para sorpresa de todos, disfruta de lo que queda.
  • Se reconoce en un hombre que recibe una reprimenda pública sin merecerla, pero con humildad la recibe de todos modos.

¿No es acaso caridad lo que tienen en común todos estos ejemplos, ese desinterés, el no procurar recibir algo a cambio? Todos nuestros atributos divinos parecen surgir y ser parte de éste 5 . Todos los hombres pueden tener el don del amor, pero la caridad se otorga sólo a los que son discípulos verdaderos de Cristo (6).

El poder mismo de Dios se encuentra en Sus atributos divinos (7). El poder del sacerdocio se mantiene mediante dichos atributos (8). Procuramos desarrollar esos atributos, en particular la caridad, el amor puro de Cristo (9).

Destructores del amor y de la paz
No obstante, el diablo, el destructor de este amor, intenta substituirlo con ira y hostilidad (10). Mi amigo William se sentía de esa manera: hostil. A su modo de ver, sin importar lo que ocurriese —una enfermedad, una muerte, un hijo rebelde, una debilidad personal, una oración “sin contestar”— la culpa era del Señor, lo que le endureció el corazón. Su ira interior, que por la más mínima razón salía a la superficie, estaba dirigida a Dios, al prójimo y a sí mismo. De su corazón emanaban la falta de fe, la obstinación, el orgullo, la contención, la pérdida de esperanza, de amor y de dirección. ¡Se sentía abatido!

Esos destructores de la paz (11) no le permitieron sentir a William los sentimientos que Dios tiene por él; no podía ni descubrir ni sentir el amor de Dios. No se dio cuenta, especialmente en esos momentos difíciles, que Dios lo bendecía y que aún lo bendice abundantemente. Por el contrario, correspondió al amor con ira. ¿No nos hemos sentido todos así a veces? Aun cuando no nos merecimos amor, Él nos amó más que nadie. Ciertamente, Él nos ama primero (12).

Sufrir con un propósito: la caridad da poder
Ahora bien, mi amiga cristiana Betty era todo lo contrario. Ella enfrentó muchas de las mismas dificultades que enfrentó William, pero debido a que ella sintió el amor de Dios, padeció las tribulaciones en el nombre del Salvador 13 , participó de Su naturaleza divina (14), y así obtuvo una mayor fe en Dios y un amor mayor por Él, así como la fortaleza para lidiar con lo que tuviera que afrontar.

Su amor por los demás aumentó; parecía incluso perdonar a las personas de antemano. Aprendió a hacer que sintieran su amor; aprendió que el amor que se comparte, se multiplica.

Finalmente, aprendió a amarse más a sí misma, mostrando más amabilidad, dulzura y longanimidad. Dejó de tener poca autoestima y comenzó a amarse a sí misma de la manera en que Dios la ama. La imagen que ella tenía de sí misma se convirtió en la imagen que Él tenía de ella.

Reconocer, recibir y comunicar el amor de dios
Entonces, ¿cómo podemos vestirnos más plenamente “con el vínculo de la caridad… de la perfección y de la paz”? (15). Permítanme darles tres sugerencias:

  1. Reconocer Su amor. Pidan, “con toda la energía de [sus] corazones” (16), recibir este don. Háganlo con mansedumbre, con un corazón quebrantado, y serán llenos de la esperanza y del amor del Espíritu Santo mismo. Él les revelará a Cristo (17).

Parte del don de la caridad es poder reconocer la mano del Señor y sentir Su amor en todo lo que nos rodea. En ocasiones, no nos resultará fácil descubrir en todo lo que experimentemos el amor del Señor por nosotros, porque Él es un dador perfecto y anónimo. Durante toda la vida procurarán descubrir Su mano y los dones que ha conferido sobre ustedes debido a la forma íntima, modesta y humilde que tiene de otorgar esos maravillosos dones.

Por un momento, reflexionen conmigo en cuanto a los siguientes dones majestuosos: la gloria de toda la creación (18), la tierra, los cielos; los sentimientos de amor y gozo que experimentan; Sus respuestas de misericordia y perdón, y las innumerables contestaciones a las oraciones; el don de los seres queridos; y, finalmente, el don más grande de todos: el don que el Padre nos dio en Su Hijo Expiador, el Perfecto en caridad, sí, el Dios de amor. (19)

  1. Recibir Su amor con humildad. Sean agradecidos por el don y, en especial, por el Dador del don (20). La gratitud verdadera es la capacidad de ver, sentir e incluso recibir el amor con humildad (21). La gratitud es una manera de devolver amor a Dios. Reconozcan Su mano, díganselo, exprésenle el amor que le tienen (22). A medida que realmente lleguen a conocer al Señor, desarrollarán una relación íntima y sagrada que se basa en la confianza. Llegarán a saber que Él entiende sus aflicciones (23) y que siempre les responderá, mediante la compasión, con amor.

Seguir leyendo

Publicado en Amor, Caridad, Gratitud | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Algunas enseñanzas básicas de la historia de José Smith

Conferencia General Abril 2002
Algunas enseñanzas básicas de la historia de José Smith
Élder Carlos H. Amado
Del Quórum de los Setenta

Carlos H. Amado

“La conversión es un proceso espiritual y personal. Cada individuo debe poner a prueba, por sí mismo, la veracidad de esos principios”.

La historia del profeta José Smith fue escrita para compartir el origen de la restauración de la Iglesia de Jesucristo en estos últimos días. Su contenido es una prueba de confianza en las promesas de Dios, y una fuente de gozo y convicción para todos los que creemos en ella.

He podido leerla muchas veces en tiempos y circunstancias diferentes. Me impresionó cuando fui niño; fue una guía y fuente de fortaleza contra las tentaciones cuando fui adolescente; la compartí con valor y entusiasmo como joven misionero; y hasta el día de hoy, me continúa llenando de gratitud y asombro. Desde que José Smith la escribió permanece como una bendición y un legado de fe para el creyente sincero; es una invitación abierta para el que busca la verdad, y es un desafío permanente para el incrédulo.

A los que aún no son miembros de la Iglesia les sugiero que lean el testimonio de José Smith con verdadera intención. Sentirán su sinceridad y descubrirán el establecimiento de la Iglesia ¡restaurada en una forma milagrosa!

Aunque el contenido espiritual de este fascinante relato es amplio, me limitaré a compartir cinco principios que, al igual que al joven Profeta, les ayudará a conocer a Dios.

Principio 1: Tengan un deseo sincero de aprender la verdad
José Smith poseía un deseo intenso de conocer a Dios, y hacer Su voluntad. Usted también puede despertar ese mismo deseo porque recibió de Dios mismo, antes de venir a la tierra, sus primeras lecciones sobre la verdad. Cuando reconozca esa verdad, esfuércese por vivir de acuerdo con ella.

Principio 2: Aprendan la importancia de leer las escrituras
José Smith las conocía porque las estudiaba. Él nos dijo: “…un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (JSH 1:11).

Durante su corto ministerio, José Smith recibió, además, muchas otras revelaciones importantes que vinieron como resultado de leer y escudriñar las Escrituras. Usted debe estudiarlas para llegar a conocer a Dios, quien es la fuente de toda verdad.

Principio 3: Conozcan el valor de la oración
El joven José dijo:

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios” (JSH 1:13).

“…Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente” (JSH 1:14).

“…me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón…” (JSH 1:15).

“…Había descubierto que el testimonio de Santiago era cierto; que si el hombre carece de sabiduría, puede pedirla a Dios y obtenerla sin reproche” (JSH 1:26).

Nuestro Padre Celestial, como un padre perfecto, sabe todas sus necesidades espirituales y materiales, está deseoso de bendecirlo a usted, por eso le ha dado el mandamiento, de que lo busque y le pida.

José llegó a saber la verdad porque oró. Hoy día, millones de miembros de esta Iglesia también testifican de la certeza de la restauración porque, siguiendo este consejo, pidieron con fe; usted tiene el mismo derecho de obtener respuesta a sus oraciones porque un testimonio es un regalo que Dios da únicamente a los que piden con verdadera intención. Inténtelo y recibirá los beneficios prometidos.

Principio 4: Descubran la bendición de la meditación
José Smith meditaba a menudo, pensaba, analizaba, comparaba, se esforzaba por encontrar respuestas a lo que leía en las Escrituras. Él dijo:

“Durante estos días de tanta agitación, invadieron a mi mente una seria reflexión y gran inquietud;… a menudo me decía a mí mismo: ¿Cuál de todos esos grupos tiene la razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, cuál es, y como podré saberlo?” (JSH1: 8, 10).

“Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que este en esta ocasión, al mío. Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces…” (JSH1:12)

La meditación es pensar en verdades eternas y preguntarse una y mil veces, ¿cómo puedo saber? ¿Cómo han llegado a saber otros?

¿Cómo llegará usted a saber de esto? Por favor, medítelo seriamente.

Principio 5: Obtengan el gozo de asistir a la iglesia
En su lucha por encontrar la verdad, José Smith asistió a varias denominaciones de su comunidad. De su entrevista con el Padre y el Hijo él describió claramente las instrucciones que recibió concerniente a las otras sectas:

“pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mi, cuál de todas las sectas era la verdadera (porque hasta ese momento nunca se me había ocurrido pensar que todas estuvieran en error), y a cuál debía unirme” (JSH 1:18).

“mi deber era no unirme a ninguno de ellos, sino permanecer como estaba hasta que se me dieran más instrucciones” (JSH 1:26).

Todos necesitamos conocer el Reino de Dios en la tierra y obtener un testimonio de su realidad. Asistimos a la Iglesia para sentir el Espíritu, conocer Su doctrina, renovar convenios, recibir las ordenanzas de salvación y exaltación para volver a la presencia de Dios con nuestra familia. Usted está cordialmente invitado a venir a la Iglesia y ver por sí mismo todas estas cosas.

La conversión es un proceso espiritual y personal. Cada individuo debe poner a prueba, por sí mismo, la veracidad de esos principios. No basta un aislado intento acompañado de dudas, desconfianza o temor. Dios nos promete, a causa de su misericordia, que dará respuesta a nuestras peticiones de acuerdo con nuestra capacidad; sólo los que lo obedecen con verdadera intención recibirán su respuesta a través del Espíritu Santo, lo cual llega a ser un verdadero regalo de Dios.

El Espíritu Santo es también llamado el Consolador y el Testificador. A Él le debemos nuestro conocimiento y testimonio de Cristo como el Hijo de Dios.

Después de su bautismo, si se mantiene digno y fiel a sus convenios, tendrá la guía constante del Espíritu Santo, a través de susurros, impresiones, sentimientos, sueños y amonestaciones.

Las Escrituras y la historia describen a personas que oyeron, conversaron o de alguna forma tuvieron evidencias palpables de la existencia de Dios y Su plan para salvarnos. Sin embargo, no se mantuvieron fieles a sus convicciones.

Aprendemos de ello que no es lo que se percibe a través de los sentidos físicos, sino lo que se siente bajo la influencia del Espíritu Santo, lo que nos permitirá entender a Dios y seguirle.

Cuando una persona ha aprendido estos principios elementales y deja de practicarlos, pierde la luz y la guía para entender a Dios y a Sus profetas. La señal externa es apartarse, inactivarse o aun contender contra la Iglesia; la señal interna es que dejaron de hacer una o más de estas cinco cosas;

  1. 1Dejaron de amar la verdad y de buscarla.
  2. Dejaron de leer las Escrituras.
  3. Dejaron de orar a Dios.
  4. Dejaron de meditar en las cosas eternas.
  5. Dejaron de asistir a la Iglesia.

Es admirable que con menos de 15 años de edad en una época de gran confusión religiosa, en medio de mucha oposición y aun persecución, José Smith paciente y diligentemente obedeció y nos enseñó el proceso simple, pero eficaz, para acercarnos a Dios.

Este proceso requiere que aprendamos precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí, hasta desarrollar fe y un entendimiento claro de nuestro potencial divino. (Véase 2 Nefi 28:30.)

Es nuestra responsabilidad de fortalecer día a día las impresiones que se sienten a través del Espíritu, practicando estos cinco principios constantemente.

Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Asistencia a la Iglesia, Escrituras, José Smith, Meditación, Oración, Verdad | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Vida eterna en Cristo Jesús

Conferencia General Abril 2002
Vida eterna en Cristo Jesús
Élder John M. Madsen
De los Setenta

John M. Madsen

“Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos”.

Hace casi dos mil años, un joven rico, hizo una pregunta sumamente importante al Salvador: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

“Oyendo” las instrucciones del Salvador y Su tierna invitación “ven y sígueme” (Mateo 19:21), el joven rico “se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo 19:22).

Trágicamente, millones de personas hoy en día aún valoran y prefieren “las riquezas de la tierra”, en vez de “las riquezas de la eternidad” (D. y C. 38:39), sin saber o comprender totalmente que “rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7; cursiva agregada), y que la vida eterna es el don más grandioso que Dios da al hombre (véase D. y C. 14:7). En pocas palabras, la vida eterna es vivir para siempre como familias en la presencia de Dios (véase D. y C. 132:19–20, 24, 55).

En Su grandiosa oración intercesora, el Salvador da a la humanidad la clave para obtener la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Pero, ¿cómo puede el hombre llegar a conocer al único Dios verdadero?

El Salvador responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo y conocerlo.

Pero, ¿quién es Jesucristo, para que debamos ir a él y conocerlo? No creo que exista un resumen más maravilloso en cuanto a la identidad y el papel del Señor Jesucristo que la declaración que hizo la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, intitulada “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles”, del cual cito lo siguiente:

“[Jesucristo] fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra…

“…Él dio Su vida para expiar los pecados de todo el género humano…

“…Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.

“Se levantó del sepulcro para ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado… ministró entre Sus ‘otras ovejas’ (Juan 10:16) en la antigua América… Él y Su Padre aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente prometida ‘dispensación del cumplimiento de los tiempos’ (Efesios 1:10)…

“…Su sacerdocio y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, ‘edificados sobre el fundamento de… apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo’ (Efesios 2:20).

“…algún día Él regresará a la tierra… [y] regirá como Rey de reyes y reinará como Señor de señores… Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él.

“…Sus apóstoles debidamente ordenados [testifican] que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel… Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo” (“El Cristo Viviente”, Liahona, abril de 2000, pág. 2).

Es algo maravilloso y absolutamente esencial saber quién es el Señor Jesucristo.

Pero de nuevo, testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo, y conocerlo.

¿Qué significa conocer al Señor Jesucristo, y cómo podemos llegar a conocerlo?

El Salvador responde: “…estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y continuación de las vidas, y pocos son los que la hallan, porque no me recibís en el mundo ni tampoco me conocéis.

“Mas si me recibís en el mundo, entonces me conoceréis…” (D. y C. 132:22–23).

¿Podemos verdadera y plenamente comprender Sus palabras? “…si me recibís” a mí, al Gran Jehová, al Mesías, al creador de la tierra, al Salvador y al Redentor del mundo, al Hijo inmortal de Dios; “…si me recibís… entonces me conoceréis” (D. y C. 132:23; cursiva agregada).

Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos (véase Mateo 10:40; D. y C. 1:38; 68:8–9; 84:36; 112:20).

Para recibirlo, debemos recibir la plenitud de Su Evangelio, Su convenio sempiterno, incluso todas esas verdades o leyes, convenios y ordenanzas que la humanidad necesita para entrar de nuevo en la presencia de Dios (véase D. y C. 39:11; 45:9; 66:2; 76: 40–43; 132: 12; 133:57).

Para recibirlo, los fieles hijos de Dios deben recibir Su sacerdocio y magnificar sus llamamientos (D. y C. 84:33–35).

Pero, al final, para recibirlo y conocerlo, nosotros, al igual que toda la humanidad, debemos hacer lo que nos exhorta Moroni: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32; cursiva agregada). En otras palabras, debemos venir a Cristo y esforzarnos por “llegar a ser” como Él es (véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 40).

El Señor resucitado dijo: “¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). El significado de la palabra habéis como la utilizó en Su pregunta: “…qué clase de hombres habéis de ser” es de vital importancia para entender Su respuesta: “…aun como yo soy”. La palabra habéis significa “ha de ser necesario” o “tenéis el deber o la obligación moral” (véase también Lucas 24:26); lo que sugiere, como lo confirman las Santas Escrituras, antiguas y modernas, que es “necesario” que estemos “obligados” como si fuese por convenio “a ser” como Él declaró: “aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; véase también 3 Nefi 12:48; Mateo 5:48; 1 Juan 3:2; Moroni 7:48).

Ruego que pronto llegue “el día en que el conocimiento de un Salvador se [esparza] por toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Mosíah 3:20; véase también Moisés 7:62; Isaías 11:9), que todos los que tengan el deseo, lo reciban a Él, sí, al Señor Jesucristo, y que le conozcan, para que puedan venir a nuestro Padre Celestial y conocerle, y así obtener la vida eterna, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Jesucristo, Testimonio, Vida eterna | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Qué firmes nuestros cimientos

Conferencia General Abril 2002

Qué firmes nuestros cimientos

Russell M. Nelson

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El cimiento de nuestra fe individual, si está asegurado firmemente a la verdad eterna, nos permite acudir a lo alto con una perspectiva eterna”.


Hace dos décadas, cuando estaba por construirse un templo en la ciudad de México, los arquitectos enfrentaron un gran desafío. Debido a que la ciudad de México está ubicada sobre una meseta que está asentada en agua, con el paso del tiempo algunos de sus edificios se hunden o se ladean. La construcción de un templo requirió cimientos especiales. Se clavaron en la tierra, a más de treinta metros de profundidad, doscientos veintiún pilares enormes (1) de cemento reforzado. ‘A esos pilares se aseguraron abrazaderas de acero que se sujetaron a una unidad que se puede ajustar si es necesario a fin de mantener el edificio nivelado (2). Con esos cimientos invisibles, pero seguros, ese templo permanece hoy día firme y derecho.

Para que cualquier edificio, institución o persona permanezca firme, necesita un cimiento seguro. Teniendo eso presente, consideremos el cimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; veamos cómo el sólido cimiento de la Iglesia da apoyo a nuestro cimiento de fe como miembros individuales de la Iglesia.

El cimiento de la iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días
Esta Iglesia descansa en un cimiento singular, asegurado firmemente a un lecho de verdades eternas. Hermanos y hermanas, la santa causa en la que estamos embarcados no se inició en 1820 en el estado de Nueva York; no comenzó en Belén; no empezó en el Jardín de Edén. Los cimientos del Evangelio sempiterno ya estaban establecidos incluso antes de que el mundo fuese. Seguir leyendo

Publicado en Expiación, Obra del templo, Plan de Salvación, Verdad | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Por fe andamos

Conferencia General Abril 2002
Por fe andamos
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Avanzamos hacia lo desconocido, pero la fe nos ilumina el camino. Si cultivamos esa fe, nunca andaremos en las tinieblas”.

Aquí, desde donde les hablamos, es hermosa la mañana de este abrileño día de reposo. Los tulipanes ya se asoman bastante sobre el terreno y pronto florecerán en toda su belleza. Tras un largo invierno, ha llegado por fin la primavera. Sabíamos que vendría. Ésa era nuestra fe, basada en la experiencia de los años anteriores.

Y así es con los asuntos del espíritu y del alma. Al recorrer cada hombre y cada mujer el camino de la vida, llegan temporadas tenebrosas de duda, de desaliento y de desilusión. En esas circunstancias, unos pocos ven el porvenir con la luz de la fe, pero muchos tropiezan en la oscuridad y aun pierden la esperanza.

La llamada que les hago esta mañana es una llamada a la fe, esa fe que es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1), como la describió Pablo.

En el proceso de la conversión, el investigador de la Iglesia aprende un poco de ésta y puede que lea un poco acerca de ella; pero no comprende, no puede comprender, la prodigiosa plenitud del Evangelio. Sin embargo, si investiga de verdad, si está dispuesto a arrodillarse y a orar en cuanto a ello, el Espíritu le conmueve el corazón aunque sea tan sólo un poco, le señala la dirección correcta, y él ve un poco de lo que nunca había visto. Y con fe, ya sea que la reconozca o no, da unos pocos pasos con cuidado. Entonces se despliega ante él un panorama mucho más radiante.

Hace muchos años, trabajé para una compañía ferroviaria cuyos trenes corrían por todo el oeste de este país. Yo viajaba en tren con frecuencia. Era la época de las locomotoras de vapor. Aquellos trenes gigantes eran enormes, rápidos y peligrosos. A menudo me preguntaba cómo tenía valor el maquinista para hacer el largo viaje de noche. Entonces llegué a darme cuenta de que no era un solo viaje largo, sino una serie constante de viajes cortos. La locomotora tenía un foco potente que iluminaba el camino a una distancia de 350 a 450 metros. El maquinista veía sólo esa distancia, lo cual era suficiente, debido a que la tenía constantemente delante de él durante toda la noche hasta que rayaba el nuevo día.

El Señor ha hablado de ese proceso. Él ha dicho: “Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50:23–24).

Y así es con nuestra jornada eterna. Damos un paso a la vez. Al hacerlo, avanzamos hacia lo desconocido, pero la fe nos ilumina el camino. Si cultivamos esa fe, nunca andaremos en las tinieblas.

Permítanme hablarles de un hombre que conozco. No mencionaré su nombre para que no se sienta incómodo. A su esposa le parecía que faltaba algo en sus vidas y un día habló con un pariente que era miembro de la Iglesia, quien le sugirió que llamase a los misioneros. Ella así lo hizo, pero su marido fue descortés con ellos y les dijo que no volvieran.

Pasaron los meses y un buen día otro misionero, que halló el registro de esa visita, decidió que él y su compañero harían otro intento. Era un élder alto de estatura, de California, y muy sonriente.

Llamaron a la puerta y el caballero les abrió. Le preguntaron si podían pasar unos minutos, y él consintió. Seguir leyendo

Publicado en Diezmo, Fe, Luz, Oración | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

De la oscuridad a Su luz maravillosa

Conferencia General Abril 2002
De la oscuridad a Su luz maravillosa
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Robert D. Hales

“Los emblemas de la expiación del Salvador nos recuerdan que no tenemos que tropezar en la oscuridad; podemos tener la compañía constante de Su luz”.

Isaías, un gran profeta del Antiguo Testamento, profetizó: “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes,… y correrán a él todas las naciones” 1. En referencia a los ciudadanos de todas esas naciones, el presidente John Taylor dijo: “Vendrán diciendo: No sabemos nada de los principios de su religión, pero nos damos cuenta de que son una comunidad honrada; administran la justicia y la rectitud” 2.

Hacerla salir “de la oscuridad”
Al ser Salt Lake City la sede de las Olimpiadas de Invierno y de los Juegos Paralímpicos de 2002, hemos visto el cumplimiento de muchas profecías. Han venido las naciones de la tierra y muchos de sus líderes. Nos han visto servir al lado de nuestros amigos y vecinos de otras religiones. Han visto la luz en nuestros ojos y han sentido el apretón de nuestras manos. Tres mil quinientos millones de personas alrededor del mundo han visto “El monte de la casa de Jehová” 3 , con sus resplandecientes agujas de luces. Las naciones han escuchado el glorioso canto del Coro del Tabernáculo. Cientos de miles han asistido a la producción en vivo en este auditorio titulada La Luz del Mundo: Una celebración de la vida—El espíritu del hombre, la gloria de Dios, que incluía una declaración de nuestra creencia en Jesucristo. Expreso humildemente mi agradecimiento a esos y a muchos otros medios por los cuales La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días continúa “saliendo de la oscuridad y de las tinieblas” 4 .

Durante todas las Olimpiadas, ha habido muchas expresiones de luz, como la llama olímpica; el niño de luz; y el tema, “Enciende la Luz Interior” 5 . Quizás la luz más memorable fue la que se encontró en los ojos de los propios competidores. Pero lo que nos conmovió más, no fue la competencia ni el espectáculo, sino la profunda verdad que esas cosas simbolizan, la fuente de la luz que hay dentro de cada uno de nosotros.

Esta mañana les hablo a aquellos que preguntaron “¿Qué fue esa luz que vi y sentí? ¿De dónde vino? ¿Y cómo puedo tenerla siempre para mí y para mis seres queridos?”

La Luz de Cristo y el don del Espíritu Santo
Cada uno de nosotros trae una luz al mundo, la Luz de Cristo. “Yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo” 6 , dijo el Salvador.

“La luz que existe en todas las cosas, que da vida a todas las cosas” 7 .

Esa luz que “invita e induce a hacer lo bueno continuamente” 8 , a “todo hombre se da… para que sepa discernir el bien del mal” 9 .

Al usar la Luz de Cristo para discernir y elegir lo que es correcto, podemos ser guiados a una luz aún más brillante: el don del Espíritu Santo. Testifico que por medio de la restauración del Evangelio y del sagrado sacerdocio de Dios, los discípulos de Jesucristo en estos últimos días tienen el poder de conferir el don del Espíritu Santo. Se otorga por la imposición de manos por aquellos que tienen la autoridad del sacerdocio y lo reciben aquellos que han seguido los principios de fe y arrepentimiento, y que han recibido la ordenanza del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados.

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad, un personaje de espíritu 10 . Es el Consolador, el Espíritu de Dios, el Santo Espíritu de la Promesa. Testifica de Jesucristo, de Su obra y de la obra de Sus siervos sobre la tierra. Actúa como un agente limpiador para purificarnos y santificarnos del pecado 11 . Él consuela y da paz a nuestra alma. El derecho a tener Su compañía constante es uno de los dones más grandes que podemos recibir en la vida mortal, porque por medio de la luz de Sus susurros y de Su poder purificador, podemos ser guiados de regreso a la presencia de Dios 12 .

Oscuridad y luz
De niños aprendimos cómo alejar la oscuridad al encender la luz. A veces, cuando oscurecía y nuestros padres habían salido, ¡encendíamos todas las luces de la casa! Entendíamos la ley física que también es espiritual: La luz y la oscuridad no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.

La luz hace desvanecer la oscuridad. Cuando está presente, la oscuridad es derrotada y debe retirarse. Y lo que es más, la oscuridad no puede conquistar la luz a menos que ésta disminuya o desaparezca. Cuando está presente la luz del Espíritu Santo, la oscuridad de Satanás se aleja.

Amados jóvenes y jovencitas de la Iglesia, estamos embarcados en una batalla entre las fuerzas de la luz y de las tinieblas. Si no fuera por la Luz de Jesucristo y de Su Evangelio, estaríamos destinados a la destrucción. Pero el Señor dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo” 13 . “El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” 14 .

El Señor es nuestra luz, y es literalmente nuestra salvación 15 . Al igual que el fuego sagrado que rodeó a los niños en 3 Nefi 16 , Su luz forma un escudo protector entre ustedes y la oscuridad del adversario a medida que vivan dignos de ella. Ustedes necesitan esa luz; nosotros necesitamos esa luz. Estudien cuidadosamente las Escrituras y Para la fortaleza de la juventud y presten atención a las enseñanzas de sus padres y líderes. Luego, al ser obedientes a los consejos prudentes, aprendan a tener el derecho a la luz protectora del Evangelio en sus propias vidas. Seguir leyendo

Publicado en Jesucristo, Luz, Luz de Cristo, Oscuridad | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El idioma del amor

Conferencia General Abril 2002
El idioma del amor
Gayle M. Clegg
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

gayle-m-clegg

“Todo niño necesita informes regulares que afirmen: ‘Te conocemos. Te valoramos. Tienes potencial. Eres bueno’ ”.

Cuando era una joven madre, mi esposo y yo nos vimos en la necesidad de llevar a cinco niños menores de ocho años a vivir a Sudamérica. Aunque ninguno de nosotros hablaba el idioma, nuestra hija de seis años fue la que más dificultad tuvo para aprender un nuevo idioma. Decidimos ponerla en el jardín de infantes con los niños de cuatro años, aunque debía empezar en primer grado. Teníamos la esperanza de que al relacionarse con niños menores fuera menos intimidante para ella y le facilitara comunicarse en portugués.

Pero la realidad es que mi hija era tan extraña para los niños como ellos lo eran para ella. Cada día era una lucha y yo me sentía angustiada por ella cada mañana cuando caminábamos a la escuela y luego esperaba a que regresara, desanimada, al final del día.

Un día, unos niños fueron particularmente crueles con ella; algunos incluso le tiraron piedras y la acosaron, riéndose de ella groseramente durante la hora de recreo. Ella se sintió asustada y herida y decidió que no volvería al salón de clase. Quedándose sola en el campo de recreo mientras los niños se iban, ella recordó lo que le habíamos enseñado en cuanto a la soledad. Recordó que nuestro Padre Celestial siempre está cerca de Sus hijos y que ella podía dirigirse a Él en cualquier momento y no sólo antes de acostarse. Él comprendería las palabras de su corazón. En una esquina del campo de recreo ella inclinó la cabeza e hizo una oración. No sabía por qué orar, de modo que pidió que su papá y su mamá estuvieran con ella para protegerla. Al volver al salón de clases, acudió a su mente una canción de la Primaria.

Por campos de trébol paseo a menudo,
y suelo manojos de flores juntar.
Recojo capullos por todo el prado,
y madre, las flores en ti hacen pensar.
(“Por campos de trébol paseo”, Canciones para los Niños, pág. 109)

Al abrir los ojos, vio una florcita que crecía entre las grietas del cemento; la cortó y se la echó al bolsillo. Sus problemas con los demás niños no desaparecieron, pero volvió a la escuela sintiendo que sus padres estaban con ella.

Todos nosotros, tal como mi hija de seis años, nos hemos sentido perdidos o solos en tierra extraña. Tal vez la tierra extraña para ustedes haya sido aprender el idioma del álgebra o de la química. Tal vez pensaron que habían llegado a tierra extraña cuando se unieron a la Iglesia, aunque lo hayan hecho en su propio país. Pónganse en el lugar de un nuevo converso; palabras como “llamamiento”, “Obispado Presidente” y hasta “Autoridad General” son parte de un nuevo vocabulario.

Y nuestros misioneros, que han comprendido y respondido a los susurros del Espíritu Santo de que la Iglesia es verdadera, pero luego enfrentan el desafío de aprender tanto el Evangelio como un idioma extranjero a la vez. Su valentía me maravilla.

Nuestra vida está repleta de casos de frustración en el aprendizaje de un idioma extranjero. Sin embargo, hay una lengua que es universal. Las palabras “y madre, las flores en ti hacen pensar” encontraron significado en el corazón de una niña. Una canción de la Primaria y una flor silvestre fueron el idioma familiar de una oración que fue contestada.

Después de que Jesús había estado enseñando por un tiempo en el templo de la tierra de abundancia, percibió que tal vez la gente no había comprendido todas las palabras que les habló. Les pidió que volvieran a sus hogares y que meditaran y oraran con su familia, y que se prepararan para cuando Él volviera al día siguiente.

Pero cuando “de nuevo dirigió la vista alrededor hacia la multitud, y vio que estaban llorando, y lo miraban fijamente, como si le quisieran pedir que permaneciese un poco más con ellos… tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo… y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos. Y he aquí, al levantar la vista para ver… vieron ángeles que descendían del cielo cual si fuera en medio de fuego; y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos… y los ángeles les ministraron” (3 Nefi 17:5–21, 23–24).

El “cercar” con el fuego de nuestro testimonio es un idioma que todos nosotros debemos aprender a hablar y comprender.

La primera lección que se le enseña a todo niño del mundo que va a la Primaria es “Soy un Hijo de Dios”. Niños desde los 18 meses de edad se señalan a sí mismos con el dedo y dicen:

“Mi Padre Celestial me conoce,
sabe lo que me gusta hacer.
Mi nombre sabe y donde vivo.
Yo sé que me ama Él”
(Primaria 1, 2).

Hace varios años, cuando enseñaba sexto grado, un muchacho de 14 años, vestido como pandillero, entró a mi sala de clases. Era dos años mayor y físicamente parecía ser cuatro años más grande que los otros 30 estudiantes. Pronto descubrí que Brian no sabía leer, que no había asistido a la escuela con regularidad y que había vivido con diversos guardianes legales en varias ciudades.

Se acercaba el tiempo de preparar las calificaciones y en mi día libre fui a la escuela para terminar de calificar el trabajo de los niños y anotar las notas en las boletas de calificaciones. Cuando entré en el salón para buscar los registros, vi que Brian estaba causando gran desorden en la clase. Le dije a mi agradecida colega que yo llevaría a Brian conmigo. Tomamos unos libros ilustrados para niños de primer año y nos dirigimos a la biblioteca, mientras hablábamos sobre fútbol en el camino.

Nos ubicamos en la mesa en la que yo estaba preparando las calificaciones y le pregunté si alguna vez le habían dado una boleta de calificaciones.

Movió la cabeza y dijo que “No”. Le pregunté si le gustaría tener una.

Me miró de frente y me dijo: “Sólo si dice que me he portado bien”.

Le hice una libreta especial en la que recalcaba sus buenas cualidades. Escribí su nombre completo y su habilidad de incluir a todas las personas y hacerlas reír. Mencioné específicamente su amor por los deportes. No era una calificación común, pero pareció complacerlo. Poco después, Brian desapareció de nuestra escuela y lo último que supe de él fue que estaba viviendo en otro estado. Yo abrigaba la esperanza de que dondequiera que él estuviera, llevara en el bolsillo la boleta de calificaciones en la que decía que era un buen niño.

Algún día todos recibiremos una boleta de calificaciones final. Tal vez se nos juzgue de acuerdo con la forma en que hayamos informado de las cosas buenas de otras personas. Todo niño necesita informes regulares que afirmen: “Te conocemos. Te valoramos. Tienes potencial. Eres bueno”.

Me encantan las historias de los niños pioneros. Siempre se nos habla de sus padres que caminaron hasta el valle del Lago Salado. Pero, según las palabras de una canción de la Primaria:

“Cuando pienso en los pioneros,
Pienso en lo valiente que fueron.
Me gusta pensar que los niños también vinieron;
Un niño pionero me habría gustado ser”.
(Traducción libre de “Whenever I Think about Pioneers,” (Cuando pienso en los pioneros) Children’s Songbook, 222)

Susan Madsen cuenta la historia de Agnes Caldwell de la compañía de carros de mano Willie. Quedaron atrapados en medio de fuertes tormentas y sufrieron hambre y frío terribles. Llegaron carromatos de socorro para llevarles comida y frazadas, pero no había suficientes carromatos para transportar a todas las personas enfermas. Aun después del rescate, la mayoría de las personas todavía tuvo que recorrer penosamente la gran distancia para llegar a la seguridad del valle.

Agnes, de nueve años de edad, estaba demasiado cansada para dar un paso más. El conductor se dio cuenta del esfuerzo que ella hacía para mantenerse a la par con el carromato y le preguntó si quería que la llevaran. Ella cuenta en sus propias palabras lo que sucedió después: Seguir leyendo

Publicado en Amor, Felicidad, Niños, Oración | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Para tu bien

Conferencia General Abril 2002
Para tu bien
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Richard C. Edgley

“De nuestra adversidad podríamos buscar nuestros mayores éxitos, y bien podría llegar el día en que, debido a nuestras dificultades, lleguemos a entender las familiares palabras: ‘para tu bien’ ”.

Hace algún tiempo, recibí una carta anónima de una madre que tenía el corazón quebrantado, en la que expresaba sufrimiento y dolor por un hijo que había cometido gravísimas transgresiones, que hicieron sufrir intensamente a seres queridos inocentes.

Desde que recibí su anónima carta y me di cuenta de su desesperación, he tenido el gran deseo de expresar mi amor por ella y por otras personas que se encuentran en circunstancias similares, con el fin de intentar dar algún consuelo y esperanza a los que de manera anónima y privada llevan pesadas cargas, que con frecuencia sólo ellos y un amoroso Padre Celestial conocen.

Hermana Anónima, sé que lo que voy a decirle sólo será un recordatorio, pero aún así será otro testimonio de lo que usted ya sabe.

Cuando el profeta José Smith, al padecer lo que sería uno de sus peores momentos, mientras se hallaba encerrado en una mazmorra, con el nombre de cárcel de Liberty, clamó: “Oh Dios, ¿en dónde estás?” (D. y C. 121:1), el Señor le consoló con las siguientes palabras: “Entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Qué difícil es, y qué dolorosamente extraño puede parecer encontrar lo bueno en la tragedia y el sufrimiento personal. Cuán contradictorias pueden parecer las palabras “para tu bien”.

Sin embargo, el entender el plan de redención de Cristo nos sirve para poner todo en su verdadera perspectiva. En nuestro estado premortal, nuestro Padre Celestial presentó Su plan para la vida terrenal, el cual Alma describió como “el plan de felicidad”(Alma 42:8). Creo que todos entendimos que al venir a la tierra quedaríamos expuestos a todas las experiencias de esta vida, entre las que se encontraban las no tan agradables pruebas del dolor, el sufrimiento, la desesperanza, el pecado y la muerte. Habría oposición y adversidad. Si eso fuera todo lo que supiéramos del plan, dudo que ninguno de nosotros lo hubiera aceptado, exclamando con gozo: “Eso es lo que siempre había deseado: dolor, sufrimiento, desesperanza, pecado y muerte”. Pero todo se fue aclarando, se convirtió en aceptable, hasta en algo deseable, cuando nuestro Hermano Mayor se adelantó y se ofreció para descender y arreglar las cosas. Del dolor y el sufrimiento Él nos brindaría la paz. De la desesperanza nos brindaría la esperanza. De nuestra transgresión, Él nos brindaría el arrepentimiento y el perdón. De la muerte, el nos brindaría la resurrección de vidas. Con esa explicación y esa oferta de lo más generosa, todos y cada uno concluimos: “Puedo hacerlo. Ese riesgo merece la pena”. Y así escogimos.

Amulek explica en el capítulo 34 de Alma, en el Libro de Mormón, el profundo alcance de la misericordia de Cristo y de Su Expiación. Dice que debe haber “un gran y postrer sacrificio” (Alma 34:10), y luego aclara que no podía ser un sacrificio de bestia ni de ave, semejante a aquellos que conocían los hombres. Tenía que ser el sacrificio de un Dios —Jesucristo— pues debía de tratarse de un sacrificio infinito y eterno. Y de ese modo se llevó a cabo el sacrificio, y por la fe nos hallamos embarcados en esta jornada que llamamos vida terrenal. Como resultado, nuestros corazones se entristecen por la inexplicable pérdida de un hijo, o por la repentina enfermedad o discapacidad de un ser querido. Los padres que crían solos a sus hijos luchan por proporcionar la seguridad económica y la consoladora influencia del Evangelio en sus hogares; pero puede que lo más difícil de todo, sea el dolor que se experimenta al presenciar con impotencia el sufrimiento de un ser amado por culpa del pecado y la transgresión.

De entre nosotros hay muy pocos, si es que en realidad los hay, que no caminemos por el fuego purificador de la adversidad y la desesperación que en ocasiones conocen otras personas, pero que muchas las ocultan en silencio y las soportan en privado. Ahora, quizás no escogeríamos gran parte del quebranto, del dolor y del sufrimiento, pero en aquel momento lo hicimos. Escogimos cuando podíamos ver el plan entero, al tener una clara visión del rescate del Salvador. Y si nuestra fe y entendimiento fueran tan claros hoy día como lo fueron la primera vez que tomamos la decisión, creo que volveríamos a hacer la misma elección. Por tanto, quizá el reto consiste en tener durante los momentos difíciles la clase de fe que tuvimos cuando escogimos por vez primera. Esa clase de fe que convierte la faceta inquisitiva e incluso la ira en el reconocimiento del poder, las bendiciones y la esperanza que sólo pueden proceder de Aquel que es la fuente de todo poder, bendiciones y esperanza. Esa clase de fe que brinda el conocimiento y la certeza de que todo por lo que pasamos forma parte del plan del Evangelio y que, para los justos, todo lo que parece ir mal, con el tiempo se tornará en algo bueno. Esa paz y comprensión para perseverar con dignidad y claridad de propósito pueden ser la dulce recompensa. Esa clase de fe puede ayudarnos a ver lo bueno, aun cuando los senderos de la vida parezcan estar sólo cubiertos de espinos, cardos y rocas escarpadas.

Al pasar Jesús y Sus discípulos ante un hombre ciego de nacimiento, éstos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:2–3).

Yo no creo que nuestro Padre Celestial sea la causa de las tragedias y la desolación de nuestras vidas, pero así como “las obras de Dios” se manifestaron en la curación del hombre ciego, del mismo modo, la forma en que enfrentemos las vicisitudes personales manifestará “las obras de Dios”.

De nuestro pesar debemos extraer la dulzura y lo bueno que con frecuencia se relaciona con los problemas que afrontamos y que es propio de ellos. Podemos buscar esos momentos memorables que frecuentemente están ocultos debido al dolor y a la agonía. Podemos hallar paz al tender una mano a los demás y emplear nuestras experiencias personales para facilitar consuelo y esperanza. Siempre podemos recordar con gran solemnidad y gratitud a Aquel que más sufrió para arreglar las cosas para nuestro bien. Al obrar así, podemos vernos fortalecidos al llevar nuestras cargas en paz, y de ese modo, “las obras de Dios” se harán manifiestas.

Referente a la Expiación de Cristo, me gustan las definiciones que el diccionario da de infinito y eterno, porque creo que explican exactamente la intención de Dios. Infinito: “Que no tiene ni puede tener fin ni término”; y la definición de eterno: “Que no tiene principio ni fin” [Diccionario de la Lengua Española, edición electrónica, versión 21.2.0]. ¿Se da cuenta hermana Anónima? Eso quiere decir que la Expiación fue por usted en su sufrimiento. Es personal, ya que Él está íntimamente familiarizado con sus pruebas y padecimientos, puesto que Él ya los ha padecido. Quiere decir que siempre puede haber un nuevo comienzo para cada uno de nosotros; aun para un hijo que ha cometido serias transgresiones. Significa que al seguir adelante a través de las pruebas y las tribulaciones de la vida, llenos de sentimientos de desesperación, no nos concentramos en dónde hemos estado, sino en hacia dónde vamos. No nos concentramos en lo que ha sido, sino en lo que puede llegar a ser.

Hay que reconocer que la mayoría de nosotros preferiría aprender las duras lecciones de la vida en la segura comodidad de la Escuela Dominical o ante la radiante calidez de la chimenea durante la noche de hogar. Pero permítame señalar que fue desde los fríos rincones de la cárcel de Liberty de donde procedieron algunos de los pasajes de Escritura más hermosos y consoladores que ha recibido el hombre y que concluyen con estas palabras: “todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien”. De igual manera, de nuestra adversidad podríamos buscar nuestros mayores éxitos, y bien podría llegar el día en que, debido a nuestras dificultades, lleguemos a entender las familiares palabras: “para tu bien”.

De las Escrituras aprendemos que cuando el Salvador fue al Jardín de Getsemaní a pagar el precio supremo por nuestras transgresiones y nuestro sufrimiento, sangró por cada poro (véase D. y C. 19). Creo, hermana Anónima, que en medio de Su espantoso dolor Él derramó una gota de sangre por usted, una gota de sangre por su hijo y una gota de sangre por mí.

Creo en la oración, creo en la fe, creo en el arrepentimiento, creo en el poder de la redención. Y, sí, hermana Anónima, yo creo en usted, como así también lo hace un amoroso Padre Celestial. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Adversidad, Expiación, Fe, Plan de Salvación | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El otro hijo pródigo

Conferencia General Abril 2002

El otro hijo pródigo

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

“Ninguno de nosotros es menos preciado o menos valorado por Dios que otro. Testifico que Él ama a cada uno de nosotros: a cada cual con sus inseguridades, afanes, imagen de sí mismo y todo”.


Entre las parábolas más memorables que dijo el Salvador se encuentra la del insensato hermano menor que fue a su padre, le pidió su parte de la herencia y se fue lejos a desperdiciar sus bienes, dice la Escritura, “viviendo perdidamente” (1). Tanto su dinero como sus amigos desaparecieron mucho antes de lo que pudo imaginar —siempre ocurre así—, y después de eso, llegó la terrible hora de la verdad —que siempre llega—. En el camino cuesta abajo de todo eso, llegó a ser apacentador de cerdos y se vio tan hambriento, tan desposeído de sustento y de señorío que “deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos”. Pero ni siquiera tenía ese consuelo.

En seguida, la Escritura dice de modo alentador que, “volviendo en sí”, resolvió volver a la casa paterna con la esperanza de ser aceptado en ella al menos como jornalero. La emotiva imagen del angustiado y fiel padre de ese muchacho que corrió al encuentro de éste, se echó sobre su cuello y le llenó de besos es una de las escenas más conmovedoras y más compasivas de todas las Santas Escrituras. Indica a todo hijo de Dios, descarriado o no, cuánto desea Dios tenernos de nuevo en la protección de Sus brazos.

Pero, al estar absortos en el relato de ese hijo menor, podemos pasar por alto, si no prestamos atención, lo que ocurrió al hijo mayor, puesto que, en la primera línea del relato del Salvador, dice: “Un hombre tenía dos hijos”, y Él pudo haber añadido: “los cuales se habían perdido y tenían necesidad de volver a casa”.

El hijo menor ha vuelto, le han puesto ropa sobre los hombros y un anillo en el dedo cuando el hijo mayor entra en escena. Este último ha estado trabajando con diligencia y lealtad en el campo, y viene de regreso. La imagen que pinta el relato de los hermanos que regresan paralelamente a casa, aunque provenientes de lugares muy diferentes, es primordial en esta historia.

Al llegar cerca de la casa, oye la música y las risas.

“Y llamando a uno de los criados, [fíjense en que tiene criados] le preguntó qué era aquello.

“El [criado] le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano.

“Entonces [el hermano mayor] se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase”.

Ustedes saben la conversación que entonces tuvieron. Sin duda, el dolor de ese padre por el hijo descarriado que, tras haberse ido lejos, estuvo en el lodo con los cerdos, se intensifica ahora al ver que ese hermano mayor y más entendido, el héroe de la infancia del niño menor que siempre es el hermano mayor, se ha enojado porque ese hermano suyo ha vuelto a casa.

No, debo rectificarme. Ese hijo no está tan enojado porque el otro haya vuelto a casa como lo está porque sus padres están tan felices por ello. Pensando que no le valoran a él y sintiendo quizás más que un poco de compasión por sí mismo, ese hijo obediente —y es sumamente obediente— olvida por un momento que él nunca ha tenido que conocer la inmundicia ni la desesperación, ni el temor ni el aborrecimiento de sí mismo. Olvida por un momento que todo becerro de su padre ya es suyo, lo mismo que toda la ropa y todos los anillos de su progenitor. Olvida por un momento que su fidelidad siempre ha sido y siempre será recompensada. Seguir leyendo

Publicado en Amor, Codicia, Envidia, Generosidad, Servicio | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

La cuerda de salvamento de la oración

Conferencia General Abril 2002

La cuerda de salvamento de la oración

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior”.


Esta mañana doy testimonio de la importancia de la oración. El tener acceso a nuestro Creador por medio de nuestro Salvador es sin duda uno de los grandes privilegios y bendiciones de nuestras vidas. He aprendido por innumerables experiencias personales que grande es el poder de la oración. Ninguna autoridad terrenal puede separarnos del acceso directo a nuestro Creador. Nunca surgen fallas mecánicas ni electrónicas cuando oramos. No hay límite para el número de veces en que oremos al día ni para la duración de las oraciones. No hay una cantidad fija de asuntos por los que deseemos rogar en cada oración. No tenemos que pasar por secretarios ni tenemos que pedir hora para acercarnos al trono de la gracia. Podemos llegar a Él en cualquier momento y en cualquier lugar.

Cuando Dios puso al hombre sobre la tierra, la oración llegó a ser la cuerda de salvamento entre el género humano y Dios. De ese modo, en la generación de Adán, los hombres comenzaron “a invocar el nombre de Jehová” (1). A lo largo de todas las generaciones desde aquella época, la oración ha satisfecho una necesidad humana muy importante. Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior. Esa fuente es el Dios del cielo a quien oramos en el nombre de Jesucristo (2). Al orar debemos pensar en nuestro Padre Celestial que posee todo conocimiento, entendimiento, amor y compasión.

¿Qué es la oración? El Salvador nos dio un ejemplo al decirnos cómo orar cuando Él oró: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (3).

Primero, la oración es un humilde reconocimiento de que Dios es nuestro Padre y de que el Señor Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Segundo, es una sincera confesión de pecado y transgresión, y una petición de perdón. Tercero, es el reconocimiento de que necesitamos una ayuda que excede a nuestra propia capacidad. Cuarto, es una oportunidad de expresar acción de gracias y gratitud a nuestro Creador. Es importante que digamos con frecuencia: “Te damos gracias…”, “reconocemos ante Ti…”, “Te estamos agradecidos por…”. Quinto, es un privilegio pedir a Dios bendiciones específicas.

Decimos muchas oraciones cuando estamos arrodillados. El Salvador se arrodilló al orar al Padre en el huerto de Getsemaní (4). Pero las oraciones silenciosas que salen del corazón también llegan al cielo. Cantamos: “La oración del alma es el medio de solaz” (5). Las oraciones sinceras salen del corazón. En efecto, la sinceridad supone el que saquemos los sentimientos más fervientes de nuestro corazón cuando oramos en lugar de emplear vanas repeticiones u ostentosa afectación como la que condenó el Salvador en la parábola del fariseo y el publicano (6). Entonces nuestras oraciones en verdad son “el canto del corazón” y “una oración” (7), y llegan no sólo a Dios, sino que también conmueven el corazón de las demás personas.

Jeremías nos aconseja orar de todo nuestro corazón y con toda el alma (8). Enós cuenta que su alma tuvo hambre y que oró todo el día (9). Las oraciones varían en su intensidad. Aun el Salvador “oró más intensamente” en Su hora de agonía (10). Algunas son sencillas expresiones de agradecimiento y peticiones de la continuación de bendiciones tanto para nuestros seres queridos como para nosotros. Sin embargo, en las ocasiones de gran sufrimiento o necesidad personales, puede ser preciso hacer algo más que tan sólo pedir. El Señor dijo: “…has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme” (11). Las bendiciones que se solicitan mediante la oración a veces requieren trabajo, esfuerzo y diligencia de nuestra parte. Seguir leyendo

Publicado en Familia, Fe, Jesucristo, Oración | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

La dignidad personal para ejercer el Sacerdocio

Conferencia General Abril 2002
La dignidad personal para ejercer el sacerdocio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor”.

Mis queridos hermanos, quisiera hablar de manera muy franca esta noche en cuanto a un asunto por el cual me siento sumamente preocupado.

Qué gran placer y qué desafío tan grande es el dirigirme a ustedes. Qué formidable hermandad constituimos los que poseemos el precioso y maravilloso sacerdocio. Éste proviene de Dios nuestro Padre Eterno quien, en esta gloriosa dispensación y con Su Hijo Amado, ha hablado de nuevo desde los cielos. Ellos han enviado a Sus siervos autorizados a conferir esta autoridad divina sobre los hombres.

La norma para tener derecho a recibir y ejercer este poder sagrado es la dignidad personal. Es sobre eso de lo que quisiera hablar esta noche.

Empiezo por leerles de Doctrina y Convenios, sección 121.

“…los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:36–37).

Esa es la palabra inequívoca del Señor en cuanto a Su divina autoridad. ¡Qué enorme obligación impone esto en cada uno de nosotros! Los que poseemos el sacerdocio de Dios debemos seguir normas más elevadas que las del mundo. Debemos disciplinarnos; no debemos considerarnos mejores que los demás, pero podemos y debemos ser hombres decentes y honorables.

Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor. No podemos ceder al pecado, y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados; no podemos satisfacer nuestro orgullo; no podemos ser partícipes de la vana ambición; no podemos ejercer mando, dominio ni compulsión sobre nuestras esposas e hijos, ni en otras personas, en cualquier grado de injusticia.

Si hacemos cualquiera de esas cosas, los poderes del cielo se retiran; el espíritu del Señor es ofendido y el poder mismo de nuestro sacerdocio queda nulo; se pierde su autoridad.

Nuestro modo de vivir, las palabras que enunciemos, y nuestra conducta cotidiana, afectan nuestra eficiencia como hombres y jóvenes que poseen el sacerdocio.

Nuestro quinto Artículo de Fe dice: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.

Aunque aquellos que tienen la autoridad pongan las manos sobre nuestra cabeza y seamos ordenados, es posible que debido a nuestro comportamiento invalidemos y perdamos cualquier derecho a ejercer esa autoridad divina.

En la Sección 121 dice también: “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41–42).

Ahora bien, mis hermanos, esos son los límites dentro de los cuales se debe ejercer este sacerdocio; no es como un manto que nos ponemos y nos quitamos a nuestro antojo. Cuando se ejerce en rectitud, es como el tejido mismo de nuestro cuerpo, una parte de nosotros, en todo momento y en todas circunstancias. Seguir leyendo

Publicado en Abuso, Bondad, Dignidad | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Ellos oran y siguen adelante

Conferencia General Abril 2002
Ellos oran y siguen adelante
Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Siendo el potente grupo del sacerdocio que somos, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. Oremos, y después vayamos y hagamos”.

Mis hermanos, me siento honrado por el privilegio de hablarles esta noche. ¡Qué alegría ver este magnífico Centro de Conferencias lleno de hombres jóvenes y mayores que poseen el sacerdocio de Dios. El saber que grupos similares están congregados por todo el mundo me infunde un tremendo sentido de responsabilidad. Ruego que la inspiración del Señor guíe mis pensamientos e inspire mis palabras.

Hace muchos años, cuando cumplía una asignación en Tahití, conversé con el presidente de misión Raymond Baudin acerca del pueblo tahitiano, conocido como el pueblo más marinero del mundo. El hermano Baudin, que habla francés y tahitiano, pero poco inglés, trató de describirme el secreto del éxito de los capitanes de barco tahitianos. Me dijo: “Son asombrosos. Aunque el clima sea terrible, aunque las naves estén agujeradas y quizás no tengan ningún aparato de navegación aparte de sus sentimientos interiores y las estrellas, ellos oran y siguen adelante”. Repitió esa frase tres veces. Esa declaración contiene una lección: debemos orar y después actuar. Las dos acciones son importantes.

La promesa del libro de Proverbios nos infunde valor: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (1).

Sólo tenemos que leer el relato de Primer Reyes para apreciar de nuevo el principio de que al seguir el consejo del Señor, al orar y después actuar, el resultado beneficia a todos. Allí leemos que había una sequía severa en la tierra, seguida de hambruna. Elías el Profeta recibió del Señor lo que le debe haber parecido una instrucción asombrosa: “Vete a Sarepta… he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente”. Cuando hubo encontrado a la viuda, Elías declaró: “Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.

“Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano”.

La respuesta de ella describió su lastimosa situación, ya que le explicó que estaba preparando una última mísera comida para ella y su hijo, y que después morirían.

Qué inverosímil debe haberle parecido la respuesta de Elías: “No tengas temor; vé, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.

“Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.
“Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.
“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó” (2).

Si yo les preguntara cuál es el pasaje del Libro de Mormón que más se lee, pienso que sería el relato de Primer Nefi acerca de Nefi, sus hermanos, su padre y el mandato de obtener de Labán las planchas de bronce. Quizás la razón sea que la mayoría de nosotros, de cuando en cuando, prometemos leer de nuevo el Libro de Mormón, y usualmente comenzamos con Primer Nefi. En realidad, esos pasajes ilustran en forma hermosa la necesidad de orar y después ir y hacer. Dijo Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (3). Seguir leyendo

Publicado en Bendiciones, Fe, Obra misional, Oración | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

No puede sucederme a mí

Conferencia General Abril 2002
No puede sucederme a mí
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“Puede que el futuro no les depare fama ni fortuna, pero puede brindarles algo más duradero y satisfactorio. Recuerden que lo que hacemos en la vida tiene eco en la eternidad”.

Mis amados hermanos del sacerdocio de Dios, la responsabilidad de hablarles esta noche es abrumadora. He orado en busca de inspiración y guía, y anhelo que me entiendan.

Uno de los grandes mitos de la vida se produce cuando los hombres se creen invencibles. Hay demasiados que piensan que son de acero, lo bastante fuertes para resistir cualquier tentación, y se engañan a sí mismos al pensar: “No puede sucederme a mí”. Tomo prestado un pensamiento de Bertrand Russell: “Todos somos como el pavo que se despierta la mañana [del Día de Acción de Gracias] y espera que, como siempre, se le dé de comer. Las cosas pueden salir mal en cualquier momento” (1). Hermanos, sí puede sucedernos a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Gran parte del rumbo de nuestra vida recibe la influencia de fuerzas que percibimos sólo de manera parcial.

El presidente Charles W. Penrose solía contar el relato de un oficial del Titanic que declaró no tener miedo “de Dios, del hombre ni del diablo”, porque el Titanic era de construcción tan robusta que fácilmente podía soportar la colisión con otras embarcaciones o el contacto con cualquier otra fuerza, incluso los témpanos de hielo (2). El Titanic, de hecho, tenía una longitud de más o menos tres campos de fútbol, una altura de doce pisos y estaba construido con un acero de primerísima calidad. Aquella fatídica noche del 14 de abril de 1912, otros barcos le advirtieron del hielo que había más adelante, pero el Titanic siguió aumentando la velocidad, surcando raudo el frío Océano Atlántico. Para cuando los vigías avistaron el témpano, ya era demasiado tarde; el Titanic no pudo cambiar de rumbo y el témpano desgarró el lado de estribor del barco, originando una sucesión de boquetes. Dos horas y cuarenta minutos más tarde, el recién estrenado Titanic descendió hasta lo más hondo del océano, y se ahogaron más de 1.500 personas.

Por lo general, sólo una octava parte de la masa de un témpano de hielo flotante se halla fuera del agua, ya que el hielo de su interior es tan compacto que mantiene sumergido a las siete octavas partes del mismo. Tal y como el Titanic se encontró con el témpano, así sucede con nosotros: a menudo sólo vemos parte del peligro que nos aguarda.

La historia está repleta de ejemplos de hombres talentosos y hábiles que, en un momento de debilidad, tiraron por la borda sus prometedoras vidas. El rey David es un trágico ejemplo de ello. De joven era apuesto, valiente y lleno de fe; mató al temible gigante Goliat; llegó a ser rey y tenía todo lo que un hombre podía desear; mas al ver a Betsabé, deseó tenerla, aun cuando era la esposa de otro hombre. Hizo que enviaran a su esposo, Urías heteo, a la línea más encarnizada del frente para que lo mataran. Urías murió en la batalla y David se casó con Betsabé. Como resultado de su mala acción, David perdió su herencia espiritual (3). A pesar de todo lo bueno que David había logrado, gran parte de ello le fue invalidado porque se permitió sucumbir a una seria debilidad personal.

Una vez oí a un hombre decirle a sus hijos: “Puedo manejar el auto más cerca del borde que ustedes porque tengo más experiencia”. Creía estar al mando, pero en realidad era un inconsciente. “El problema de emplear la experiencia como guía es que a menudo el examen final viene primero y luego viene la lección (4). Algunos piensan que la edad y la experiencia les hace más capaces de soportar la tentación. Esto es una falsedad.

Recuerdo oír al presidente J. Reuben Clark, hijo, hablar de una ocasión en la que una de sus hijas iba a salir con un chico. Le pidió que regresara a casa a una hora determinada, pero “irritada por el constante y urgente recordatorio, la [adolescente] dijo: ‘Papito, ¿qué pasa? ¿Acaso no confías en mí?’. Seguir leyendo

Publicado en Fe, Potencial, Tentación | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Llegar a ser un gran beneficio para nuestros semejantes

Conferencia General Abril 2002
Llegar a ser un gran beneficio para nuestros semejantes
Élder Spencer J. Condie
De los Setenta

Spencer J. Condie

“Ruego que ustedes, maravillosos jóvenes, no sean sólo dignos de recibir el ministerio de ángeles, sino que… lleguen a ser ángeles ministrantes en la vida de los demás”.

Cuando Wilford Woodruff era joven, de 27 años, fue ordenado al oficio de presbítero el 5 de noviembre de 1834. Ocho días más tarde, empezó una misión de dos años en la Misión de los Estados del Sur (1). Una noche, él y su compañero encontraron alojamiento en casa de una familia que les proporcionó el piso de una habitación como cama, lo que él describió como “muy dura después de haber caminado más de 95 kilómetros sin nada que comer” (2).

El próximo día caminaron 19 kilómetros bajo la lluvia hasta que llegaron a la casa de un hombre que resultó ser uno de los miembros del populacho de Misuri. El hermano Woodruff dijo: “La familia se iba a sentar a la mesa para desayunar cuando llegamos. En esos días, era costumbre entre los de Misuri invitar a comer inclusive a los que consideraran sus enemigos, por lo que nos invitaron a tomar desayuno y nosotros estuvimos muy complacidos con la invitación. Él sabía que éramos mormones y tan pronto como empezamos a comer, empezó a blasfemar contra los mormones; había un gran plato de huevos con tocino y bastante pan en la mesa, pero sus blasfemias no impedían que nosotros siguiéramos comiendo: cuanto más maldecía, más comíamos, y así lo hicimos hasta llenar nuestros estómagos; luego nos levantamos, tomamos nuestros sombreros y le agradecimos el desayuno. Lo último que supimos de él era que seguía con sus blasfemias. Confío en que el Señor lo recompensará por ese desayuno” (3).

Al final del primer año en esa misión, cuenta que había “viajado 5.228 kilómetros, celebrado ciento setenta reuniones [y] bautizado a 43 personas (4)”.

A su primera misión en los Estados del Sur le siguieron dos misiones breves en las Islas Fox, cerca de la costa de Maine (5) y dos misiones subsiguientes en Inglaterra (6). Durante su última misión en Inglaterra, en 1840, reconoció que “por medio de las bendiciones de Dios”, había sido un instrumento para llevar a más de mil ochocientas almas a la Iglesia en un período de ocho meses (7).

Wilford Woodruff comprobó la promesa del Libro de Mormón de que “Dios ha dispuesto un medio para que el hombre, por la fe, pueda efectuar grandes milagros; por tanto, llega a ser un gran beneficio para sus semejantes” (8). Mis queridos jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico, me gustaría recordarles que nuestro Padre Celestial no sólo desea que sean buenos, sino que sean buenos para algo, para servir y bendecir la vida de otras personas y llegar a ser un beneficio para sus semejantes.

Leemos en el Evangelio de Lucas que “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (9). En tanto que nuestra búsqueda terrenal por la perfección implique ser más como el Salvador, entonces también nosotros debemos crecer en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.

Las actividades del quórum del sacerdocio y de la Mutual con las jovencitas, cuando se preparan con esmero y oración, y se analizan en el Comité del Obispado para la Juventud (10) , ayudarán a cada joven y a cada jovencita a crecer en sabiduría a medida que logren un mayor aprecio por las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes, y participen en las actividades de la Mutual que implique todo lo que es “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (11). Seguir leyendo

Publicado en Fe, Preparación, Servicio | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Este sendero que llamamos vida

Conferencia General Abril 2002
Este sendero que llamamos vida
Élder Ben B. Banks
De la Presidencia de los Setenta

Ben B. Banks

“Al mantenerse en el camino correcto, la recompensa que espera al final de la jornada de la vida hace que valgan la pena los momentos de adversidad que se experimentan en el camino”.

Hermanos, me complace estar con ustedes esta noche. Yo también quiero dirigir la palabra específicamente a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Los quiero y me preocupo mucho por ustedes.

En el nuevo cuadernillo intitulado Para la fortaleza de la juventud, la Primera Presidencia les dice: “Nuestros amados jóvenes… tenemos plena confianza en ustedes. Ustedes son espíritus escogidos que han nacido en esta época en que las responsabilidades y las oportunidades, al igual que las tentaciones, son sumamente intensas. Están iniciando su jornada por esta vida terrenal; su Padre Celestial desea que vivan felices y desea llevarlos de nuevo a Su presencia. Las decisiones que tomen hoy determinarán mucho de lo que habrá de venir durante su vida y la eternidad” (Para la fortaleza de la juventud, bajo “Mensaje de la Primera Presidencia”).

Espero que esta tarde, en alguna manera pequeña, ustedes puedan aprender de mis casi setenta años de travesía por este sendero que llamamos vida. Sus padres o abuelos tal vez ya les hayan dicho: “Cuanto más entrado en años se vuelve uno, más rápido pasa el tiempo”. Es como si en un momento determinado uno tiene doce años de edad y está junto a su familia y un minuto después uno tiene casi setenta años y carga unos cuantos kilos de más.

Es difícil creer que la última vez que hablé en la reunión general del sacerdocio fue hace casi trece años. En aquella ocasión le conté a los hermanos de un viaje en bicicleta que hice con mis hijos, y utilicé esa experiencia para recalcar la importancia de prepararse bien para la jornada de la vida.

Hoy quiero contarles de otras jornadas que he hecho y compartir con ustedes las lecciones que de ellas he aprendido.

Hace poco, algunos integrantes de mi familia decidieron que sería divertido viajar en bicicleta desde Bozeman, Montana hasta Jackson Hole, Wyoming, en los Estados Unidos. El viaje de 360 kilómetros nos llevaría tres días y nos haría atravesar en tres ocasiones la línea divisoria de aguas. Decidimos que viajar cuando hiciera buen tiempo por los pasos de montaña sería una experiencia maravillosa que nos ayudaría a apreciar las creaciones de Dios. Seguir leyendo

Publicado en Espíritu santo, Felicidad, Metas | Etiquetado , , , , | Deja un comentario