Lleguemos a ser hombres en quienes esté el espíritu de Dios

Conferencia General Abril 2002
Lleguemos a ser hombres en quienes esté el espíritu de Dios
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

“El Señor está obligado mediante un convenio solemne a bendecirnos de acuerdo con nuestra fidelidad. Sólo Él puede convertirnos en hombres en quienes esté el Espíritu de Dios, a saber, el Espíritu Santo”.

Quiero dirigir mis palabras de esta noche a ustedes, jóvenes magníficos que poseen el santo Sacerdocio Aarónico. Qué bendición tan especial es tener el sacerdocio de Dios, que no hace sino multiplicar nuestros poderes, capacidades y discernimiento. Para ilustrar las bendiciones recibidas gracias a este privilegio, me gustaría hablar de dos hombres de Dios que llevaron el nombre de José.

Mi padre tuvo una experiencia excepcional a la edad de un presbítero. No había escuelas preuniversitarias donde él vivía, pero deseaba estudiar. Recibió permiso de su padre para dejar la granja y buscar instrucción en otra parte, pero tuvo que mantenerse económicamente él mismo. Tras llegar a Salt Lake City, oyó de un puesto de trabajo en la casa del presidente Joseph F. Smith, donde se le contrató para ordeñar las dos vacas del profeta. Cuando efectuábamos la noche de hogar siempre queríamos que papá nos contara sus experiencias de joven cuando vivía en la casa del profeta, y él nos relataba cosas como la siguiente:

La hermana Smith instruía a mi padre en sus deberes, explicándole que las vacas “son como aristócratas y debes tratarlas bien. Debes mantenerlas tan limpias y entrenarlas de tal forma que si alguna vez decido trasladarlas a la sala, estén lo suficientemente limpias para poder entrar”. Mi padre decía que entendía por qué había que ordeñar las vacas, pero no por qué bañarlas.

Antes de ser ordeñadas cada mañana y cada noche, se las lavaba a conciencia con agua caliente y jabón, y se las secaba con toallas dispuestas para ese propósito. Se las alimentaba con el mejor heno y se las ordeñaba, exactamente a la misma hora, dos veces al día.

Además de sus deberes con la familia Smith y sus vacas “aristocráticas”, se pidió a mi padre que realizara algunas tareas domésticas. Él nos relataba historias como la siguiente: “Una fría mañana lavé los peldaños que conducen a la residencia oficial del Presidente de la Iglesia, lo cual casi se convirtió en una tragedia, pues dejé que el agua se helara antes de secarla. Así que tuve que tomar agua hirviendo, derretir el hielo y secar las piedras con toallas. Los peldaños ya casi estaban limpios, pero antes de haber terminado yo mi tarea mis compañeros de clase pasaron por allí rumbo a la escuela. Fue una experiencia que me ayudó a ser más humilde”.

Al contarles estos relatos, no quiero que ustedes se queden con la impresión de que mi padre era el hermano gemelo de la Cenicienta. La familia Smith acogió en su hogar a este pobre muchacho granjero de Idaho hasta que terminó sus estudios preuniversitarios y asistió a la Universidad de Utah. Lo incluían en sus actividades familiares, se sentaba a la mesa con ellos y participaba en la oración familiar. Mi padre compartió con nosotros su testimonio de que el profeta Joseph F. Smith era en verdad un hombre de Dios: “Cuando me arrodillaba con el profeta durante la oración familiar y escuchaba sus sinceras súplicas por las bendiciones del Señor sobre su familia, sus rebaños y sus manadas, me daba cuenta de que aquellas vacas que me causaban tanta humillación eran objeto de las bendiciones de ellos y nuevamente volvía a ver la situación desde una perspectiva diferente… La mayoría de los grandes hombres que conozco no se han comportado como tales en la vida cotidiana, mas no fue así con el profeta Joseph F. Smith. Cada pequeño acto cotidiano contribuía con algunos centímetros a su grandeza. Para mí era el profeta aun cuando se estuviera lavando las manos o desatando los zapatos”.

Las lecciones aprendidas nos inculcaron gran agradecimiento y amor por un profeta de Dios.

La descripción que mi padre hace del profeta Joseph F. Smith me recuerda la frase de Faraón acerca de José de Egipto: “¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?” (Génesis 41:38).

Los relatos de mi padre nos hablan del presidente Smith, de su familia y de sus vacas, y también revelan cómo han cambiado los tiempos desde principios del siglo veinte. No creo que mi padre llegara a imaginar las computadoras de nuestra época moderna que caben en pequeños escritorios y cuya capacidad de cálculo se mide en gigahercios y su almacenamiento en gigabytes. Tampoco creo que pudiera imaginar la maldad que Satanás puede hacer con estas mismas y maravillosas tecnologías. Mediante sus malignas artimañas, Satanás ha sido capaz de extender muchos virus nuevos y contagiosos que causan gran daño a nuestro Espíritu si no contamos con poderosas formas de defendernos de ellos. Todo esto me hace pensar en el mejor programa antivirus de todos: el don del Espíritu Santo. Seguir leyendo

Publicado en Ejemplo, Espíritu santo, Profetas, Sacerdocio | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Consagr[ad] vuestra acción

Conferencia General Abril 2002
“Consagr[ad] vuestra acción”
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“Al meditar en la consagración y procurarla, es comprensible que temblemos por dentro ante lo que se nos pueda requerir, mas el Señor ha dicho en forma consoladora: ‘Mi gracia os es suficiente’ (D. y C. 17:8)”.

Estas palabras están dirigidas a los que son imperfectos, pero que, a pesar de ello, se esfuerzan en la familia de la fe. Como siempre, soy yo el primero que debe prestar oídos.

Tendemos a pensar en la consagración únicamente como el ceder nuestras posesiones materiales cuando se nos solicite en forma divina; pero la verdadera consagración consiste en entregarse uno mismo a Dios. Cristo utilizó las palabras inclusivas corazón, alma y mente para describir el primer mandamiento, el cual siempre está vigente de manera constante y no periódica (véase Mateo 22:37). Si éste se observa, nuestras acciones se tornarán, como resultado, en una consagración total para el beneficio perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Dicha totalidad comprende la convergencia sumisa de sentimientos, pensamientos, palabras y hechos, que es justamente lo opuesto del distanciamiento. “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchos hacen caso omiso de la consagración puesto que parece demasiado abstracta o de enormes proporciones; sin embargo, los que son conscientes de entre nosotros experimentan el descontento divino debido al progreso mezclado con dilación. Por lo tanto, me permito dar consejo amoroso para seguir en ese progreso, ofrecer aliento para continuar la jornada y consuelo para cuando experimentemos los diferentes grados inherentes de dificultad.

La sumisión espiritual no se logra en un instante, sino con mejoras graduales y mediante el uso de peldaños sucesivos que, de todos modos, se deben ascender uno a la vez. Nuestra voluntad finalmente puede ser “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (véase Mosíah 15:7; Mosíah 3:19). De lo contrario, a pesar de esforzarnos, continuaremos sintiendo las sacudidas del mundo y nos desviaremos parcialmente.

Un ejemplo sobre la consagración económica es significativo. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustraj[eron] del precio” (véase Hechos 5:1–11). Muchos de nosotros nos aferramos obstinadamente a una “parte” en particular, e incluso tratamos nuestras obsesiones como posesiones; por tanto, sin importar lo que hayamos dado con anterioridad, la última porción es la más difícil de ceder. Cierto es que la entrega parcial es todavía digna de elogio, pero se asemeja bastante a la excusa: “Ya he colaborado con esa ofrenda hace tiempo” (véase también Santiago 1:7–8).

Podríamos, por ejemplo, tener aptitudes específicas, las cuales consideremos erróneamente que de algún modo nos pertenecen. Si seguimos aferrándonos a ellas más que a Dios, disminuiremos nuestra obediencia total al primer mandamiento consagratorio. Puesto que Dios nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable acongojarnos con dichas distracciones! (Mosíah 2:21.)

Otra piedra de tropiezo se presenta cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y cheques, pero retenemos parte de nuestro fuero interno, ¡queriendo decir que todavía no somos completamente de Él!

Para algunos es difícil cuando hay tareas en particular que les arruinan la puesta del sol. Sin embargo, Juan el Bautista es un modelo, cuando refiriéndose al rebaño cada vez más grande de Jesús, dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente nuestras asignaciones como indicadoras únicas de cuánto nos ama Dios contribuye a nuestra renuencia a renunciar a ellas. Hermanos y hermanas, nuestro valor individual ya ha sido divinamente establecido como “grande” y no fluctúa como la bolsa de valores.

Quedan otros peldaños sin usar porque, como el joven rico, no estamos dispuestos a admitir lo que aún carecemos (véase Marcos 10:21). Queda expuesto, entonces, un orgullo residual.

El no consagrarse completamente ocurre de muchas maneras: el reino terrestre, por ejemplo, incluirá a los “honorables”, quienes obviamente no dan falso testimonio; sin embargo, aún así, no son “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:79). La mejor manera de testificar con valentía de Jesús es llegar a ser continuamente más como Él y es esa consagración la que esculpe el carácter emulador (véase 3 Nefi 27:27).

Al afrontar los desafíos descritos, es afortunado contar con sumisión espiritual y es útil puesto que a veces nos ayuda a “renunciar” a cosas, incluso la vida terrenal; otras veces, nos ayuda a “asirnos” y otras, a hacer uso del próximo peldaño (véase 1 Nefi 8:30). Seguir leyendo

Publicado en Consagración, Dedicación, Sumisión | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

El Evangelio en nuestra vida

Conferencia General Abril 2002

El Evangelio en nuestra vida

Dallin H. OaksÉlder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Él nos ha dado Su Expiación, Su Evangelio y Su Iglesia, una combinación sagrada que nos da la seguridad de la inmortalidad y la oportunidad de obtener la vida eterna”.


Hace unos años vi una divertida caricatura en el periódico en la que aparecía un clérigo conversando con una pareja de “hippys” montada en una motocicleta. “Nosotros vamos a la iglesia”, decía uno de ellos al clérigo. “Hemos estado yendo por años… pero aún no hemos podido llegar hasta allí” (1).

Muchos de nuestros familiares y amigos aún no han llegado a la iglesia tampoco; tal vez asistan de vez en cuando, pero todavía no están disfrutando de todas las bendiciones de la participación y del prestar servicio en la iglesia. Es posible que otros sí asistan con regularidad, pero se abstienen de obligaciones y del buscar el renacimiento espiritual personal que viene de entregar el corazón a Dios. Ambos tipos de personas se privan de algunas bendiciones especiales en esta vida, y ambos están en peligro de privarse de las bendiciones más gloriosas de la vida venidera.

Pablo enseñó que el Señor dio profetas y apóstoles para “perfeccionar a los santos… la obra del ministerio… [y] la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Las personas que no estén participando plenamente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y que no estén buscando también una conversión espiritual personal se están privando de experiencias que son esenciales bajo el gran plan de felicidad divinamente establecido. Las enseñanzas y la obra de la Iglesia son esenciales para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39).

Ruego que muchas de las personas que me estén escuchando tengan una confirmación espiritual de la importancia de la misión de la Iglesia de edificar y exaltar a los hijos de Dios. Ruego en especial que aquellos que no estén disfrutando aún las bendiciones de la plena participación y dedicación busquen esa confirmación, la obtengan y hagan algo al respecto.

Hace más o menos diez años, mientras estaba en una conferencia de estaca en los Estados Unidos, me presentaron a un miembro que por muchos años no había participado en la Iglesia. “¿Por qué razón habría de regresar a la actividad de la Iglesia?”, me preguntó ese miembro. Considerando todo lo que el Salvador ha hecho por nosotros, respondí que sería fácil ofrecer algo en servicio a Él y a nuestro prójimo. Mi interrogador consideró esa idea por un momento y luego hizo esta asombrosa respuesta: “¿Y qué ha hecho Él por mí?”.

Esta increíble respuesta me hizo pensar en lo que la gente espera recibir de Jesucristo, de Su Evangelio y de su participación en Su Iglesia. Pensé en otros que han dicho que dejaron de asistir a la Iglesia porque la Iglesia “no satisfacía sus necesidades”. ¿Qué necesidades esperarían que la Iglesia satisficiera? Si las personas simplemente buscan una experiencia social satisfactoria, tal vez se decepcionen en un barrio o en una rama particular y busquen otras relaciones. Hay experiencias sociales satisfactorias en muchas organizaciones. Si esas personas simplemente buscan ayuda para aprender el Evangelio, podrían lograr esa meta mediante la literatura que está a su alcance. Pero, ¿son esos los objetivos primordiales de la Iglesia? ¿Es eso todo lo que esperamos recibir del Evangelio de Jesucristo?

Alguien ha dicho que según lo que busquemos, eso obtendremos. Las personas que asisten a la Iglesia con el único propósito de obtener algo de naturaleza temporal tal vez se desilusionen. El apóstol Pablo escribió desfavorablemente en cuanto a las personas que “no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres” (Romanos 16:18). Las personas que asisten a la Iglesia con el fin de dar a su prójimo y servir al Señor raras veces saldrán desilusionadas. El Salvador prometió que “el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Seguir leyendo

Publicado en Asistencia a la Iglesia, Jesucristo, Obediencia, Servicio | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Seamos enseñables

Conferencia General Abril 2002
Seamos enseñables
Élder Robert R. Steuer
De los Setenta

robert-r-steuer

“Al ser enseñables, ponemos en marcha toda la fuerza y las bendiciones de la Expiación en nuestra vida”.

A los verdaderos discípulos del Maestro se les puede enseñar con facilidad. En breves palabras, Abraham nos da una idea de la razón por la que fue tan inmensamente bendecido. Había vivido “…anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios” (1). El anhelar recibir instrucciones es más que estar dispuesto a escuchar, porque cuando nuestro anhelo de recibir instrucciones es más poderoso que la comodidad de permanecer en la misma condición, llegamos a ser enseñables.

El presidente Brigham Young enseñó que nuestro “primer y primordial deber [consiste en] buscar al Señor hasta que podamos abrir una vía de comunicación desde Dios a nuestra propia alma” (2). Poco después de su muerte, el profeta José Smith se apareció en un sueño a Brigham Young y le dio algunas instrucciones: “Diga a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de conservar el espíritu del Señor, el cual le guiará con justicia. Que tengan cuidado y no se alejen de la voz apacible; ésta les enseñará lo que deben hacer y adónde ir; les proveerá los frutos del Reino…” (3).

¿Cómo podemos encender en nuestra vida este poder de instrucción divina? Primeramente, debemos estar dispuestos a recibir instrucción. Si bien hay muchos que por naturaleza tienen hambre y sed de justicia, otros tal vez sean obligados a ser humildes (4). En vez de seguir instrucciones o de cambiar, algunos de nosotros sencillamente preferiríamos cambiar las reglas. Sin duda Naamán quería deshacerse de su carne leprosa, pero se alejó lleno de ira cuando el mensajero del profeta le dijo que simplemente se lavara siete veces en el río Jordán. Era un inconveniente, algo trivial, y pensaba que los ríos de su país eran mejores que el Jordán. Pero su lepra fue sanada al escuchar a sus siervos; cambió su manera de pensar e hizo “…conforme a la palabra del varón de Dios” (5). De manera espectacular se le mostró que había un profeta y un Dios en Israel. Nosotros, también, debemos darnos cuenta de que Dios tiene leyes 6 que gobiernan y que Su sabiduría es más grande que la nuestra. Incluso Moisés, después de ver la majestad y la obra de Dios, dijo: “…el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (7).

Segundo, debemos cultivar una actitud y un espíritu apropiados. Eso se logra al meditar con espíritu de oración y al esforzarse en el espíritu 8 . Esta obra requiere gran esfuerzo; en ella se incluyen los pasos sumamente activos del buscar, dar oídos a las Escrituras y estudiarlas. Nuestro corazón se enternece si nos humillamos y dejamos de lado el orgullo, y entonces podemos centrar la atención en los consejos y las instrucciones celestiales. El padre de Lamoni, el poderoso rey lamanita, realizó precisamente ese cambio en su foco de atención, incluso postrándose hasta el polvo a fin de demostrar su gran deseo de conocer a Dios. Él declaró: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte, y para que sea levantado de entre los muertos y sea salvo en el postrer día” (9).

Tercero, debemos ser obedientes a las instrucciones que recibamos. Alma dijo: “…[experimenta] con mis palabras, y [ejercita] un poco de fe…” (10). Nefi dijo sencillamente: “Iré y haré…” (11). Qué maravillosa actitud de sumisión y obediencia al aceptar el consejo de su padre de obtener las planchas de bronce, cuando se le dijo dónde debía cazar y cómo construir un barco (12). En cada caso, él obró con confianza, yendo adelante “sin saber de antemano” (13) lo que debía hacer o las consecuencias que resultarían. Pero ya que somos libres de tomar nuestras decisiones, la vida a veces puede ser una jornada difícil en la que tenemos que aplicar nuestro corazón y nuestra mente a las verdades de Dios. No obstante, como dijo el presidente Thomas S. Monson: “El Señor espera nuestro razonamiento; nuestra acción; nuestro trabajo” (14). Seguir leyendo

Publicado en Docilidad, Espíritu santo, Obediencia | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

La obediencia de la fe

Conferencia General Abril 2002
La obediencia de la fe
Élder R. Conrad Schultz
De los Setenta

r-conrad-schultz

“ ‘La obediencia de la fe’ es un asunto de confianza. La pregunta es sencilla: ¿Confiamos en nuestro Padre Celestial? ¿Confiamos en nuestros profetas?”.

En este mundo en que vivimos, las cosas no siempre son lo que parecen ser. A veces no somos conscientes de las fuerzas poderosas que ejercen su influencia sobre nosotros. Las apariencias engañan mucho.

Hace unos años tuve una experiencia con apariencias engañosas en la que los resultados pudieron haber sido trágicos. Un primo de mi esposa y su familia fueron a visitarnos desde Utah. Era un tranquilo día de verano en la costa del estado de Oregón y fuimos a pescar al océano. La ocasión era agradable y lo estábamos pasando muy bien pescando salmones cuando, de pronto, al volverme, vi una enorme ola de 2,5 m que se nos venía encima. Sólo tuve tiempo de dar un grito de advertencia antes de que la oleada nos golpease de costado la embarcación. No sé cómo ésta se mantuvo en su posición vertical, pero Gary, nuestro primo, salió disparado por la borda. Todos llevábamos puestos chalecos salvavidas y, con cierta dificultad, maniobramos el bote, que estaba medio lleno de agua, hasta donde se hallaba el primo flotando y lo subimos a bordo.

Nos había golpeado lo que llaman una ola furtiva. Esas olas impetuosas no suelen surgir a menudo y no hay modo de presagiarlas. Más tarde, nos enteramos de que, a lo largo de la costa de los estados de Oregón y de Washington, se habían ahogado cinco personas ese mismo día, en tres accidentes de embarcaciones separados. Los tres los había ocasionado la misma oleada furtiva, la cual se había formado en la superficie del mar sin razón evidente. Cuando llegamos a la orilla de la playa, el mar se veía llano y sereno, y no daba señal de peligro alguno. Sin embargo, el océano había resultado ser muy engañoso, pues no había sido en absoluto lo que parecía ser.

Al avanzar por la jornada de esta vida, debemos estar constantemente de guardia y atentos a esas cosas que son engañosas, es decir, que no son para nada lo que parecen ser. Si no tenemos cuidado, las olas furtivas de la vida podrán resultarnos tan mortales como las del mar. Seguir leyendo

Publicado en Engaño, Fe, Obediencia, Orgullo | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Amigos verdaderos

Conferencia General Abril 2002
Amigos verdaderos
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Todos seremos probados. Todos necesitamos amigos verdaderos que nos amen, nos escuchen, nos muestren el camino y nos testifiquen de la verdad”.

Cientos de miles de hijos de nuestro Padre Celestial se unen cada año a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para la mayoría de ellos, esto requiere que se efectúe un gran cambio en su vida. Todos han hecho un convenio sagrado con grandes promesas y con el compromiso solemne de perseverar. Dicho convenio es tan importante que nuestro Padre Celestial describió al profeta Nefi la bendición y el reto que esto supone:

“Y oí la voz del Padre que decía: Sí, las palabras de mi Amado son verdaderas y fieles. Aquel que persevere hasta el fin, éste será salvo.

“Y ahora bien, amados hermanos míos, por esto sé que a menos que el hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo” (1).

El Salvador nos advierte que si entramos en la senda y avanzamos lo suficiente y después fracasamos y lo negamos, hubiera sido mejor que nunca hubiésemos entrado (2).

Pienso en ello cada vez que hablo con miembros nuevos de la Iglesia, oportunidad que tengo a menudo por todo el mundo. Veo que en sus rostros reflejan confianza, y a menudo me cuentan de alguna prueba de su fe y luego, con apremio en la voz, me susurran: “Por favor, ore por mí”. En esos momentos, siento nuevamente el peso de la responsabilidad que nos ha encargado el profeta viviente del Señor: guardar la promesa que hicimos en las aguas del bautismo de “llevar las cargas los unos de los otros” (3); la responsabilidad de ser un amigo.

Las siguientes palabras del presidente Hinckley me vigorizan:

“Espero, oro, les ruego a cada uno de ustedes que acepten plenamente a cada miembro nuevo de la Iglesia. Hagan de él o ella un amigo. Aférrense a ellos”(4).

El presidente Hinckley no puede estar junto a cada miembro nuevo como amigo, pero ustedes pueden estar por lo menos junto a uno. Todo lo que se requiere es sentir un poco de lo que ellos sienten y un poco de lo que el Salvador siente por ellos. Traten de sentir lo que siente el corazón de un joven en África, Nkosiyabo Eddie Lupahla, que escribe sobre su amigo.

“Hace dos años y medio, antes de que me uniera a la Iglesia en 1999, mi buen amigo Mbuti Yona me buscó. Fuimos amigos del quinto al duodécimo año escolar, y después [nos separamos] cuando asistimos a distintas instituciones [académicas].

“Mbuti se bautizó en abril de 1999, y cuatro semanas más tarde me fue a visitar a mi casa y me habló del Evangelio. A pesar de los rumores sobre la Iglesia, quedé impresionado por los ‘conciudadanos de los santos’ que me dieron una afectuosa bienvenida la primera vez que los visité. Ese mismo domingo, mi amigo me presentó a los misioneros; se hicieron planes para que se me enseñara. Mi amigo estuvo presente en cada charla y me continuaba invitando a las actividades. Realmente disfruté estar rodeado de personas que tenían los mismos valores, intereses, normas y metas. Fue en esa época que comencé a asistir a Instituto [de Religión]. Todo parecía tener perfecta naturalidad: los jueves [a las cinco y media de la tarde] recibía las charlas, seguidas por instituto.

“Aprendí mucho en instituto, y en especial disfruté la clase sobre cómo lograr un matrimonio celestial. El primer semestre terminó en mayo, poco después de que comencé a asistir a clases, por lo que sentí como que no había recibido lo suficiente. Pero tuve la fortuna de asistir a la clase del segundo semestre: Enseñanzas de los profetas vivientes. Mientras asistía a Instituto, compré los cuatro libros canónicos y seguí aprendiendo y creciendo en la Iglesia línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí. El 17 de septiembre de 1999 me bautizó otro amigo que conocí al asistir a instituto.

“Me siento agradecido por el programa de instituto. No sólo me ha dado forma, sino que también me ha ayudado a capacitarme para ser misionero, para lo cual me empecé a preparar cinco meses después de mi bautismo. He sido bendecido con muchas oportunidades de servir y enseñar, aun antes de salir a la misión. Seguir leyendo

Publicado en Amistad, Amor, Ejemplo, Espíritu santo | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Una conversión plena brinda felicidad

Conferencia General Abril 2002
Una conversión plena brinda felicidad
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. Scott

“Tu felicidad ahora y siempre está condicionada a tu grado de conversión y a la transformación que ésta efectúe en tu vida”.

Cada uno de nosotros ha observado que algunas personas van por la vida haciendo siempre lo correcto. Se ven felices e incluso entusiasmadas de la vida. Cuando tienen que tomar decisiones difíciles, parecería que invariablemente toman las correctas, aun cuando haya opciones tentadoras a su alcance. Sabemos que están expuestas a la tentación, pero se comportan como si éstas no existieran. Asimismo, hemos observado cómo otras personas no son tan valientes en las decisiones que toman. En un ambiente de gran espiritualidad, toman la resolución de ser mejores, de cambiar el curso de su vida, de dejar a un lado los hábitos que debilitan. Son sinceras en su determinación de cambiar; pero sin embargo, pronto vuelven a hacer aquello que habían resuelto abandonar.

¿Qué hace que la vida de esos dos grupos sea diferente? ¿Cómo puedes tomar siempre las decisiones correctas? Las Escrituras nos iluminan al respecto. Piensa en el entusiasta e impetuoso Pedro. Durante tres años sirvió junto al Maestro en calidad de apóstol, y observó milagros y oyó enseñanzas transformadoras y la explicación privada de muchas parábolas. Pedro había sido ordenado apóstol. Había tenido gran éxito en la misión de enseñar, sanar y dar testimonio del Salvador en las ciudades de Galilea. Junto con Santiago y Juan, Pedro presenció la gloriosa transfiguración de Jesucristo, a la que le acompañaron las visitaciones de Moisés y Elías el profeta (1). Pero a pesar de todo eso, el Salvador percibió que a Pedro le faltaba constancia. El Maestro lo conocía tan bien, como nos conoce a cada uno de nosotros. En la Biblia leemos:

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido… pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez [convertido], confirma a tus hermanos. El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte” (2). No cabe duda de que, desde la perspectiva de Pedro, no eran palabras vanas. Él lo decía con sincera intención; pero sin embargo, actuaría de otro modo.

Más tarde, en el Monte de los Olivos, Jesús profetizó a Sus discípulos: “Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas”. Pedro de nuevo respondió: “Aunque todos se escandalicen, yo no…” Entonces el Maestro gravemente profetizó: “De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces”. A lo que Pedro respondió con más vehemencia: “Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré” (3).

Para mí, uno de los pasajes más conmovedores de las Escrituras describe lo que ocurrió después. Un recordatorio aleccionador para nosotros de que el saber hacer lo correcto, e incluso el desear ardientemente hacerlo, no es suficiente. Muchas veces es más difícil hacer lo que sabemos claramente que debemos hacer. Y leemos:

“Pero una criada, al verle [a Pedro]… dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco… viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy… otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él… Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor… Y… saliendo fuera, lloró amargamente” (4). Seguir leyendo

Publicado en Arrepentimiento, Conversión, Fe, Felicidad | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Cuñas escondidas

Conferencia General Abril 2002
Cuñas escondidas
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“No leguemos a las generaciones futuras los resentimientos y el enojo de nuestra época. Quitemos todas las cuñas escondidas que lo único que hacen es destruir”.

En abril de 1966, en la conferencia general anual de la Iglesia, el élder Spencer W. Kimball dio un discurso memorable en el que relató una historia escrita por Samuel T. Whitman titulada “Las cuñas olvidadas”. También yo quiero hoy citar a Samuel T. Whitman, y después compartir ejemplos de mi propia vida.

Whitman escribió: “[Ese invierno] la tormenta de hielo no había sido muy destructiva. Cierto es que se habían caído algunas líneas telefónicas y que había en la carretera más accidentes que de costumbre… En circunstancias normales, el enorme nogal habría podido sostener sin problemas el peso que se había creado en sus ramas; fue la cuña de hierro incrustada en su corazón la que causó el daño.

“La historia de la cuña de hierro tuvo su origen varios años antes, cuando el hoy canoso agricultor, [que ahora vivía en esa propiedad] era un jovencito que crecía en el hogar de su padre. En aquel entonces, el aserradero había sido trasladado recientemente del valle y los pobladores de la zona encontraban aún herramientas y piezas sueltas del equipo tiradas por el lugar…

“Ese día en particular, al sur de la pradera… el muchacho había encontrado una cuña de leñador, ancha, chata y pesada, de unos 30 centímetros de largo y bastante gastada por haber sido golpeada tanto. [La cuña de leñador se utilizaba para ayudar a derribar un árbol; ésta se colocaba en una hendidura hecha por una sierra y después se le pegaba con fuerza con un mazo de hierro con el fin de ensanchar el corte.]… Como se le había hecho tarde para la cena, el joven colocó la cuña… entre las ramas del tierno nogal que su padre había plantado cerca del portón de entrada y pensó que llevaría la cuña al depósito después de la cena o en algún otro momento que pasara por ahí.

“En realidad, tuvo la intención de hacer eso pero nunca lo hizo. [La cuña] estaba todavía allí, un poco apretada por las ramas, cuando él se hizo hombre. Seguía allí, ahora firmemente apretada, cuando él se casó y se hizo cargo de la granja de su padre. Estaba casi incrustada aquel día en que los peones que trabajaban en la trilla comieron a la sombra del árbol… Clavada y olvidada, la cuña todavía permanecía allí cuando azotó la tormenta de granizo.

“En el helado silencio de aquella noche de invierno… una de las tres ramas principales del nogal se quebró y cayó a tierra. Eso causó que el resto de la copa del árbol perdiera su estabilidad y se desplomara también. Después de la tormenta, no quedaban vestigios de lo que una vez había sido un hermoso árbol.

“Al día siguiente, bien temprano, el agricultor salió a lamentar su pérdida…

“Entonces, sus ojos vieron algo en medio de aquel desastre: ‘La cuña’, murmuró con tono de reproche, ‘la cuña que encontré al sur de la pradera’. Una rápida mirada le hizo darse cuenta por qué se había caído el árbol. Incrustada en el tronco, la cuña había impedido que las fibras de las ramas se entrelazaran como era de esperar” (1).

Mis queridos hermanos y hermanas, existen cuñas escondidas en la vida de muchas personas que conocemos; sí, quizás en nuestra propia familia.

Quisiera compartir con ustedes el relato de un amigo de toda la vida, que ya ha partido de la vida terrenal. Se llamaba Leonard y no era miembro de la Iglesia, aunque su esposa y sus hijos lo eran. Su esposa prestó servicio como presidenta de la Primaria; su hijo sirvió en una misión honorable; y tanto su hija como su hijo contrajeron matrimonio en ceremonias solemnes y criaron sus propias familias.

Como yo, todos los que conocían a Leonard lo apreciaban. Él apoyó a su esposa y a sus hijos en las asignaciones de la Iglesia y asistía con ellos a muchas actividades auspiciadas por ésta. Vivió una vida buena y limpia, sí, una vida de servicio y de bondad. Su familia, y en realidad muchos otros, se preguntaban por qué Leonard pasaba por esta vida terrenal sin las bendiciones que el Evangelio brinda a sus miembros.

Durante sus últimos años de vida, la salud de Leonard deterioró y finalmente tuvo que ser hospitalizado; su vida se consumía poco a poco. En la que sería mi última conversación con él, me dijo: “Tom, te conozco desde que eras niño y creo que debo explicarte por qué nunca me uní a la Iglesia. Me contó entonces algo que les había sucedido a sus padres, y que había tenido lugar muchos, pero muchos años antes. Muy a su pesar, la familia había llegado a un punto en el que se vio en la necesidad de vender su granja; y entonces alguien les hizo una oferta que aceptaron; pero, después, un vecino les pidió que le vendieran la granja a él —aunque a menos precio— y agregó: “Hemos sido tan amigos que si llego a ser dueño de la propiedad, podré cuidarla bien”. Al final, los padres de Leonard accedieron y vendieron la granja. El comprador —su vecino— poseía un cargo de responsabilidad en la Iglesia, y la confianza que ese hecho implicaba persuadió a la familia a vendérsela a él, a pesar de no recibir tanto dinero como hubiera sucedido si se la hubieran vendido al primer comprador interesado. Poco después de que se llevara a cabo la venta, el vecino vendió tanto su propia granja como la que había comprado a la familia de Leonard, y lo hizo a modo de una sola propiedad, lo que incrementó su valor y, como consecuencia, el precio de venta. La antigua interrogante de por qué Leonard nunca se había unido a la Iglesia por fin había quedado contestada: siempre había pensado que ese vecino había engañado a su familia. Seguir leyendo

Publicado en Cuñas, Perdón, Reconciliación | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Venid en pos de mí

Conferencia General Abril 2002
“Venid en pos de mí”
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Los que, con fe, abandonan sus redes y siguen al Salvador, experimentarán un gozo más allá de su capacidad de comprensión”.

Eran pescadores antes de escuchar el llamado. Echando las redes en el mar de Galilea, Pedro y Andrés se detuvieron cuando Jesús de Nazaret se acercó, les miró a los ojos y pronunció las sencillas palabras: “Venid en pos de mí”. Mateo escribe que los dos pescadores, “dejando al instante las redes, le siguieron”.

Después el Hijo del Hombre se dirigió a otros dos pescadores que se encontraban en un barco con su padre, reparando las redes. Jesús les llamó, “y [Santiago y Juan], dejando al instante la barca y a su padre… siguieron [al Señor]” (1).

¿Alguna vez se han preguntado cómo hubiera sido vivir en los días del Salvador? Si hubieran estado allí, ¿habrían prestado oídos a su llamado: “¡Venid en pos de mí!”?

Quizás una pregunta más realista sería: “Si el Salvador les llamara hoy, ¿estarían igual de dispuestos a abandonar sus redes e ir en pos de Él?”. Estoy seguro de que muchos lo harían.

Sin embargo, quizás para algunos ésta no sea una decisión tan fácil. Hay quienes han descubierto que, por su naturaleza, muchas veces no es tan fácil salir de las redes.

Existen redes de todos los tamaños y formas. Aquéllas que Pedro, Andrés, Santiago y Juan dejaron eran objetos tangibles, herramientas de trabajo que les permitían ganarse la vida.

A veces pensamos que estos cuatro hombres eran pescadores humildes y que no tuvieron que sacrificar demasiado al dejar las redes para seguir al Salvador. Todo lo contrario, como destaca el élder James E. Talmage en Jesús el Cristo: Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran socios en un negocio próspero. Eran “dueños de sus propios barcos y empleaban a otros hombres”. Según el élder Talmage, Simón Pedro “se hallaba en buena posición económica; y la ocasión en que habló de haberlo dejado todo para seguir a Jesús, el Señor no negó que el sacrificio de Pedro, en cuanto a sus bienes materiales, había sido… grande” (2).

Más tarde, la red de la riqueza atrapó a un joven rico que declaró que había obedecido todos los mandamientos desde su juventud. Cuando le preguntó al Salvador qué más debía hacer para tener la vida eterna, el Maestro dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Cuando el joven escuchó aquello, “se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (3).

Las redes se definen en general como utensilios diseñados para la captura, pero en un sentido más estricto, aunque más importante, podríamos definirlas como algo que nos tienta o nos impide seguir el llamado de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

En ese contexto, algunas de esas redes podrían ser nuestro trabajo, nuestras aficiones, nuestros placeres, y por encima de todo lo demás, nuestras tentaciones y pecados. En resumen, cualquier cosa que nos aleja de nuestra relación con nuestro Padre Celestial y su Iglesia restaurada es una red.

Permítanme darles un ejemplo contemporáneo: una computadora puede ser una herramienta útil e indispensable, pero si perdemos nuestro tiempo con ella en ocupaciones improductivas, vanas e incluso a veces destructivas, se convierte en una red que nos atrapa.

A muchos de nosotros nos gusta ver competencias deportivas, pero si somos capaces de recitar de memoria las estadísticas de nuestros jugadores favoritos y al mismo tiempo nos olvidamos de los cumpleaños o de los aniversarios, desatendemos a nuestra familia, o pasamos por alto la oportunidad de hacer obras de servicio cristiano, también las competencias deportivas pueden convertirse en una red que nos atrapa.

Desde los días de Adán, toda la humanidad ha comido el pan con el sudor de su frente, pero cuando nuestro trabajo nos consume hasta el punto en que desatendemos las dimensiones espirituales de la vida, también se convierte en una red que nos enreda.

Algunos han quedado atrapados en la red de las deudas excesivas. La red del interés les atenaza, requiriéndoles que vendan su tiempo y energías a fin de satisfacer las demandas de sus acreedores, con lo que renuncian a su libertad y se hacen esclavos de su propio derroche. Seguir leyendo

Publicado en Discipulado, Jesucristo, Sacrificio | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Cómo obtener fortaleza interior

Conferencia General Abril 2002
Cómo obtener fortaleza interior
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro recientemente relevada

Mary Ellen Smoot

“¿Cómo podemos, ustedes y yo, estar de tal manera convertidos a la verdad, estar tan llenos de fe, depender de tal modo en Dios, que nos sea posible soportar las tribulaciones e incluso derivar fortaleza de ellas?”

De parte de mis consejeras y de la mesa general de la Sociedad de Socorro, agradecemos a los miembros de la Iglesia de todo el mundo, en especial a las mujeres, quienes, mediante su fidelidad y devoción, sacrifican su tiempo y talentos a fin de bendecir la vida de las personas y familias del mundo entero.

En la bendición que el presidente Gordon B. Hinckley me dio cuando fui apartada, mencionó el servicio que presta la Sociedad de Socorro. Él dijo: “Ésta es una organización enorme, quizás la más grande y más antigua de su clase en todo el mundo. Su misión es hacer el bien y ayudar al pobre y al necesitado, de llevar el proceso de la educación, del buen manejo del hogar y otras destrezas a la vida de las mujeres del mundo”.

Contamos con la guía de la Declaración de la Sociedad de Socorro, de las reuniones de superación personal, de la familia y del hogar, y del programa de las maestras visitantes. Esas herramientas se han evaluado con gran detenimiento y se han establecido con el fin de ayudar a las hermanas a ensanchar su fortaleza interior mediante el servicio y la unidad.

Para demostrar la clase de fortaleza espiritual a la que me refiero, quisiera compartir la historia de Susanna Stone Lloyd, quien, a los 26 años de edad, salió de Inglaterra en 1856 y viajó sola hasta Utah. Susana, que era el único miembro de su familia que se unió a la Iglesia, formó parte de la Compañía de carros de mano Willie. Al igual que muchos otros pioneros, pasó hambre, enfermedad y fatiga amenazantes.

Al llegar al valle del Lago Salado, Susana pidió prestado un espejo a fin de arreglarse y verse más presentable. A pesar de todos sus esfuerzos, relata lo siguiente: “Nunca olvidaré mi apariencia; algunas de mis amistades no me reconocían” (1). Debido a que había vendido su propio espejo a un indio a cambio de un trozo de carne de búfalo, ella no había pasado el tiempo contemplándose; ahora ni siquiera reconocía su propia imagen. Era una persona diferente, tanto por dentro como por fuera. Durante el trayecto por cadenas montañosas y enormes privaciones, ella se había forjado una profunda convicción; su fe había sido probada y su conversión era firme; había sido refinada en aspectos que el mejor espejo no podía reflejar. Susana había suplicado recibir fortaleza y la había encontrado: en lo profundo de su alma.

Ésta es la clase de fortaleza interior de la que quisiera hablar. ¿Cómo podemos, ustedes y yo, estar de tal manera convertidos a la verdad, estar tan llenos de fe, depender de tal modo en Dios, que nos sea posible soportar las tribulaciones e incluso derivar fortaleza de ellas?

No tenemos que vivir mucho tiempo para descubrir que la vida casi nunca resulta como la planeamos. La adversidad y la aflicción llegan a todos. ¿Conocen a alguien a quien no le gustaría cambiar algo de sí mismo o de sus circunstancias? Y sin embargo, estoy segura de que conocen a muchos que siguen adelante con fe. Uno se siente atraído hacia esas personas, es inspirado por ellas e incluso fortalecido por sus ejemplos. Seguir leyendo

Publicado en Fortaleza, Servicio, Unidad | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

La ley del diezmo

Conferencia General Abril 2002
La ley del diezmo
Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Earl C. Tingey

“El Señor ha establecido la ley del diezmo como la ley financiera de Su Iglesia… También es una ley mediante la cual mostramos nuestra lealtad al Señor”.

La Navidad pasada recibí un regalo especial de mi madre. Durante todos estos años, ella había guardado cuidadosamente en su posesión un pequeño libro que yo recibí de mis padres en 1944, cuando yo tenía 10 años de edad.

Éste es el libro. Es un diario en el que se me enseñó a registrar semanalmente mis ingresos y mis gastos.

Por ejemplo, en mis anotaciones para la semana del 29 de julio de 1944, se lee que empecé la semana con $24,05 dólares y gané $7,00 trabajando en nuestra granja familiar. En mis gastos tengo 5 centavos de caramelos, $3,45 de una compra, 20 centavos de cine y $2,37 de ropa. También invertí 20 dólares en un bono de ahorro de la guerra y pagué 70 centavos de diezmo. Terminé la semana con un saldo de $4,28.

Recuerdo haber preguntado a mi padre si no me podía aumentar mi salario de 25 centavos la hora, pero cuando pienso en que ir al cine costaba 20 centavos y los caramelos sólo 5 centavos, ahora reconozco que seguramente se me pagaba demasiado.

Mientras estudiaba ese diario de más de 50 años, noté que, durante los años 1944 y 1945, pagué mi diezmo del diez por ciento de mis ingresos cada semana. En diciembre de 1944, anoté que había pagado $12,35 en diezmos durante ese año, un diezmo íntegro.

Así es dónde y cómo aprendí a pagar el diezmo.

Mi esposa y yo enseñamos a nuestros hijos la importancia de apartar el diezmo cada semana a medida que recibían su asignación o ganaban dinero cuidando niños o en algunos trabajos especiales. Ponían el diezmo en una pequeña caja y el domingo de ayuno se lo entregaban al obispo. También aprendieron el valor del dinero al ahorrar una buena parte del saldo de sus ingresos para una futura misión y para su educación.

Nuestros nietos ahora siguen un modelo similar.

Enseñemos este principio a nuestros hijos y asegurémonos de que ellos nos vean cuando pagamos los diezmos. El presidente Joseph F. Smith dijo: “En cuanto nuestros hijos lleguen a tener la edad suficiente para ganar dinero, se les debe enseñar a pagar sus diezmos, a fin de que sus nombres queden inscritos en el libro de la ley del Señor” 1 .

En mi época en la Primaria, aprendimos este pequeño versito:

¿Qué es el diezmo?
Te lo diré
Diez centavos de cada peso
Y un centavo de cada diez.

La doctrina del pago de los diezmos está entrelazada como un tapiz a lo largo de las Escrituras. Abraham pagó diezmos a Melquisedec 2 . A los hijos de Israel se les enseñó a llevar sus diezmos al Señor 3 . Probablemente la cita de las Escrituras del Antiguo Testamento con respecto a este tema que se menciona con más frecuencia se encuentra en Malaquías:

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas…

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” 4 .

La cantidad que pagamos como diezmo es el arreglo más equitativo y perfecto que yo conozco. Es la décima parte de nuestro ingreso. Todos, desde el más pobre hasta el más rico, pagan el mismo porcentaje. Cristo enseñó este principio en la historia de la ofrenda de la viuda: Seguir leyendo

Publicado en Bendiciones, Diezmo, Obediencia, Testimonio | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Los niños

Conferencia General Abril 2002
Los niños
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer

“En lo que creemos y en lo que enseñamos hay consejos, mandamientos, incluso advertencias respecto a proteger, amar, cuidar y ‘[enseñar a los niños] a andar por las vías de la verdad’ ”.

Hace muchos años, en Cuzco, en lo alto de los Andes del Perú, el élder A. Theodore Tuttle y yo celebramos una reunión sacramental en un cuarto largo y estrecho con una puerta que daba a la calle. Era de noche y hacía mucho frío.

Mientras el élder Tuttle dirigía la palabra, un pequeño, de unos seis años quizás, apareció por la puerta. Estaba desnudo, a excepción de la camiseta hecha jirones que le llegaba hasta las rodillas.

A nuestra izquierda se hallaba una mesa pequeña con un plato de pan para la Santa Cena. Este huérfano de la calle vio el pan y avanzó lentamente a lo largo de la pared hacia él. Estaba casi en la mesa cuando una mujer sentada junto al pasillo lo vio. Con un adusto movimiento de la cabeza le indicó que se desvaneciera en la noche; yo gemí en mi interior.

El niño volvió más tarde; avanzó lentamente a lo largo de la pared mirando el pan y mirándome a mí. Estaba cerca del punto donde la mujer iba a volver a verlo, así que extendí los brazos, se vino corriendo hacia mí y lo senté en mi regazo.

Entonces, con cierto aire simbólico, lo senté en la silla del élder Tuttle. Después de la última oración, y muy a mi pesar, el pequeño se perdió rápidamente en la noche.

Cuando volví a casa le hablé al presidente Kimball sobre el muchacho, relato que le conmovió profundamente y habló de ello en un discurso de una conferencia. Se lo comentó a otras personas y me dijo más de una vez: “Esa experiencia tiene un significado mucho más amplio del que usted cree conocer”.

Nunca he olvidado a aquel huerfanito de la calle. En muchas ocasiones lo he buscado entre los rostros de la gente de Sudamérica, y cuando me acuerdo de él, también me acuerdo de otros.

Tras la Segunda Guerra Mundial, una noche fría en una estación del sur de Japón, oí un golpecito en la ventanilla del tren. Allí estaba un niño con idéntica camiseta harapienta, un trapo que le rodeaba la hinchada mandíbula y la cabeza cubierta de sarna. Llevaba una lata oxidada y una cuchara, símbolos de un huérfano mendigo. Al intentar abrir la puerta para darle algo de dinero, el tren arrancó. Jamás olvidaré a aquel niño hambriento de pie en el frío, sosteniendo su lata vacía.

En el hospital de una escuela para indios americanos regentada por el gobierno había un pequeño de siete años que tenía fiebre y estaba constipado. Le abrí un paquete enviado por su madre, que estaba a cientos de kilómetros, en la reserva. Envuelto en una caja de cartón con una etiqueta de piezas de auto, que sin duda había conseguido en la tienda de la reserva, había pan frito navajo y pedazos de carne, un regalo de Navidad para su pequeño.

Recientemente vi en las noticias esas largas y conocidas hileras de refugiados. En ellas, como siempre, había niños llevando en brazos a otros niños. Había una niña sentada en lo alto de un enorme fardo que cargaba su madre. Mientras pasaban en silencio y lentamente, la niña miró a la cámara y aquel rostro serio y negro, con aquellos grandes ojos negros, parecía preguntar: ¿Por qué?

Los niños son el pasado, el presente y el futuro, todo en uno. Son perfectos y preciosos. Cada vez que nace uno, el mundo renueva su inocencia.

Pienso constantemente en los niños, en los jóvenes y en sus padres, y oro por ellos.

Hace poco asistimos a una reunión sacramental en la que participaron niños con necesidades especiales. Cada uno tenía una discapacidad auditiva, visual o de desarrollo mental. Al lado de cada uno había un joven al que se le había asignado como compañero. Cantaron y tocaron música para nosotros, y enfrente de la primera fila, donde estábamos, una jovencita se puso en pie e interpretó con señas para los que estaban detrás de nosotros que no podían oír.

Jenny compartió un breve testimonio y luego cada uno de sus padres habló sobre la gran agonía que habían padecido cuando supieron que su hija jamás tendría una vida normal. Hablaron de las incontables y cotidianas pruebas que se sucedieron. Cuando los demás se la quedan mirando o se ríen de ella, los hermanos de Jenny extienden un brazo protector a su alrededor. Entonces su madre nos habló del amor, del gran gozo que Jenny trajo a la familia.

Esos padres han aprendido que “tras mucha tribulación… viene la bendición” (D. y C. 103:12). Los vi unidos gracias a la adversidad, y refinados en verdaderos Santos de los Últimos Días de oro puro.

Nos dijeron que Jenny adopta padres, así que cuando le estreché la mano, le dije: “Soy un abuelo”.

Ella levantó la mirada, me vio, y exclamó: “¡Ya veo por qué!”.

No hay nada en las Escrituras, en lo que publicamos, en lo que creemos ni en lo que enseñamos que autorice a los padres ni a nadie desatender, maltratar o abusar a nuestros propios hijos ni a los de otra persona.

En las Escrituras, en lo que publicamos, en lo que creemos y en lo que enseñamos hay consejos, mandamientos, incluso advertencias respecto a proteger, amar, cuidar y “[enseñar a los niños] a andar por las vías de la verdad” (Mosíah 4:15). Traicionar a los niños es absolutamente inimaginable.

Entre las más duras advertencias y los castigos más severos que hay en las revelaciones se encuentran aquellas relacionadas con los niños. Jesús dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

En los días del profeta Mormón, algunas personas que no entendían que los niños son “sin culpa ante Dios” (Mosíah 3:21) y que “viven en Cristo” (Moroni 8:12) querían bautizar a los niños pequeños. Mormón dijo de ellos que “[negaban] las misericordias de Cristo y [despreciaban] su expiación y el poder de su redención” (Moroni 8:20).

Mormón los reprendió severamente, diciendo: “…el que supone que los niños pequeños tienen necesidad del bautismo se halla en la hiel de la amargura y en las cadenas de la iniquidad, porque no tiene fe, ni esperanza, ni caridad; por tanto, si fuere talado mientras tenga tal pensamiento, tendrá que bajar al infierno…

“He aquí, hablo con valentía, porque tengo autoridad de Dios” (Moroni 8:14, 16).

Sólo cuando un niño llega a la edad de responsabilidad, fijada por el Señor en los ocho años (véase D. y C. 68:27), es necesario el bautismo, pues antes de esa edad es inocente. Seguir leyendo

Publicado en Amor, Enseñanza, Niños, Protección | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

La Iglesia avanza

Conferencia General Abril 2002
La Iglesia avanza
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa… Es un fenómeno sin precedentes”.

Mis amados hermanos y hermanas, es maravilloso reunirme con ustedes nuevamente en una gran conferencia mundial de la Iglesia.

Se cumplen hoy 172 años desde que José Smith y sus compañeros se reunieron en la modesta cabaña de troncos en la granja de Peter Whitmer, en el tranquilo pueblecito de Fayette, Nueva York, y organizaron la Iglesia de Cristo.

Desde sus humildes comienzos, ha sucedido algo sumamente excepcional. Grande ha sido la historia de esta obra. Nuestro pueblo ha perseverado toda clase de sufrimientos; sus sacrificios han sido indescriptibles; sus obras han sido increíblemente inmensas. Pero de ese ardiente crisol ha emanado algo glorioso. Hoy estamos sobre la cima de los tiempos y observamos lo que hemos logrado.

De los seis miembros originales, ha brotado una vasta familia de fieles, cuyo número asciende a más de 11 millones de personas. De ese tranquilo pueblecito ha nacido un movimiento que hoy día se esparce por unas 160 naciones de la tierra. Ésta ha llegado a ser la quinta iglesia más grande de los Estados Unidos, lo que representa un desarrollo espectacular. Más miembros de la Iglesia viven fuera de los Estados Unidos que dentro, y esto es también algo sorprendente. Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa. Dentro de esta amplia Iglesia hay miembros de muchas naciones que hablan muchos idiomas. Es un fenómeno sin precedentes. Al extenderse el tapiz de su pasado, ha quedado al descubierto un hermoso diseño que encuentra su expresión en las vidas de un pueblo feliz y maravilloso y que presagia cosas maravillosas todavía por suceder.

Cuando nuestra gente recién llegó a este valle hace 155 años, vieron con visión profética un gran futuro. Pero a veces me pregunto si verdaderamente se dieron cuenta de la magnitud de ese sueño que se haría realidad.

La sede de la Iglesia está en esta ciudad que recientemente recibió a las Olimpiadas de Invierno número XIX. Tomamos deliberadamente la decisión de no usar la ocasión ni el lugar para hacer proselitismo, pero teníamos confianza en que algo maravilloso resultaría para la Iglesia de este acontecimiento. Los grandes edificios que tenemos: el Templo, el Tabernáculo, este magnífico Centro de Conferencias, el Edificio Conmemorativo José Smith, las instalaciones de historia familiar, el Edificio Administrativo de la Iglesia, el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia, nuestras instalaciones de bienestar, junto con cantidad de capillas en este valle, no pudieron pasar inadvertidos por aquellos que caminaron por las calles de ésta y otras ciudades vecinas. Como me lo dijo en una oportunidad el presentador de televisión Mike Wallace, “Estas estructuras denotan algo sólidamente establecido”.

Y además de todo lo mencionado, teníamos total confianza en nuestra gente, muchos miles de ellos que sirvieron como voluntarios en esta gran competencia. Eran de confianza; eran agradables; eran entendidos; eran serviciales. La capacidad especial y distintiva de nuestra gente que habla los idiomas del mundo demostró ser una gran ventaja, mayor que cualquiera en alguna otra parte.

Todo funcionó muy bien. Los visitantes llegaron por cientos de miles. Algunos llegaron con sospechas e indecisiones, con imágenes antiguas y falsas que persistían en sus mentes. Venían con el sentimiento de que podían ser atrapados en alguna situación indeseada por fanáticos religiosos. Pero encontraron algo que no esperaban. Descubrieron no sólo el paisaje maravilloso de esta región, con sus magníficas montañas y valles, no sólo encontraron el espíritu maravilloso de los juegos internacionales en su mejor momento, sino que encontraron belleza en esta ciudad. Encontraron anfitriones amables y complacientes y ansiosos de ayudarles. No deseo insinuar que tal hospitalidad se limitó a nuestra gente. La comunidad entera se unió en una expresión de hospitalidad. Pero de todo ello resultó algo maravilloso para esta Iglesia. Los representantes de los medios de comunicación, muchas veces un grupo frío e insensible, hablaron y escribieron con muy pocas excepciones en un idioma de felicitaciones y en forma descriptiva y exacta sobre la cultura especial que encontraron aquí, sobre la gente que conocieron y con quien trataron, y del espíritu de hospitalidad que sintieron.

La televisión llevó el panorama a miles de millones a través de la tierra. Los periódicos y las revistas lanzaron artículo tras artículo.

Miles y decenas de millares de personas caminaron a través de la Manzana del Templo, admiraron la majestuosa Casa del Señor y se sentaron en el Tabernáculo a escuchar la inigualable música del coro. Otros miles más llenaron este gran Centro de Conferencias para presenciar una producción maravillosa que tenía que ver con la Iglesia y su misión a través del mundo. Otros miles visitaron el Centro de Historia Familiar. Los medios de comunicación fueron recibidos en el Edificio Conmemorativo José Smith. Se nos entrevistó por televisión, radio y la prensa por corresponsales de muchas partes de este país y del mundo. Me han dicho que se escribieron casi 4.000 artículos sobre la Iglesia tan sólo en Alemania.

Georgie Anne Geyer, prominente periodista de los Estados Unidos, cuya columna aparece en muchos periódicos, escribió lo siguiente: “¿Cómo se atreve un gran estado mormón a hacer algo tan osado como ser anfitrión de una reunión de celebridades internacionales? ¿Va a venir el mundo tranquilamente a un estado cuya religión predominante pide a sus miembros que se abstengan del alcohol, del tabaco e incluso de la cafeína, tres de las necesidades básicas de toda reunión internacional?”

Y luego citó a Raymond T. Grant, director del Festival Artístico de las Olimpiadas. Él habló de la ceremonia de apertura y dijo: “ ‘Como sabe, el 98 por ciento del elenco eran voluntarios, y eso es extraordinario. De hecho, a la mayoría no se le pagó nada. Ésta es una historia extraordinaria y la relaciono directamente con la cultura mormona. Yo soy un católico de Nueva York, y encontré interesante que Brigham Young, el fundador de la colonización de los mormones de Utah, haya construido un teatro antes que otra cosa’.

“Empezó a hacer un recuento: El estado tiene seis compañías de ballet; se venden más pianos y arpas en Utah que en cualquier otra parte de los Estados Unidos; el Coro del Tabernáculo Mormón tiene 360 miembros; y la compañía representante de los pianos Steinway más antigua de Utah… empezó en 1862. El gasto per cápita por estudiante en Utah es uno de los más bajos; sin embargo, se enorgullecen de sus altas calificaciones. ‘Ha sido fascinante para mí aprender de esta cultura’ ”.

La señorita Geyer concluyó su historia al escribir: “Es simplemente una mezcla de una religión seria y recta, de familias que fomentan e insisten en proporcionar el nivel más alto de cultura unida a la más avanzada tecnología, y de una organización y una forma de gobierno sensibles. En suma, es una mezcla moderna de la antigua nación de Estados Unidos de América” (“Salt Lake City y el estado de Utah se revelan al mundo”, Salt Lake Tribune, viernes, 15 de febrero de 2002, A15).

Si tuviera tiempo, les daría muchas citas de periodistas veteranos del mundo que escribieron en forma muy elogiosa.

¿Hubo algo negativo? Por supuesto; pero fue mínimo. Tuvimos entrevistas privadas con presidentes de naciones, con embajadores, con líderes empresariales y con gente de otros campos.

En 1849, dos años después de que nuestra gente llegara aquí y se supiera del descubrimiento de oro en California, muchos se sintieron desalentados. Habían luchado por ganarse la vida en la árida tierra. Los grillos habían devorado sus cosechas. Los inviernos eran fríos. Muchos pensaron en irse a California y hacerse ricos. El presidente Young se puso ante ellos y los alentó a quedarse, y les prometió: “Dios atenuará el clima y construiremos una ciudad y un templo para el Dios Altísimo. Extenderemos nuestras colonias hacia el este y el oeste, hacia el norte y el sur, y edificaremos cientos de pueblos y ciudades y miles de santos se congregarán desde las naciones de la tierra. Ésta llegará a ser la gran supercarretera de las naciones. Los reyes y emperadores, los nobles y sabios de la tierra nos visitarán aquí” (en Preston Nibley, Brigham Young: The Man and His Work, 1936, pág. 128. Véase también Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, pág. 109).

En estos recientes días hemos visto el cumplimiento de esa profecía. Está de más que lo diga, pero yo estoy feliz con lo que se ha llevado a cabo. Esos visitantes probaron la cultura particular de esta comunidad. Consideramos que la cultura es algo que vale la pena preservar. Felicito y agradezco a tantos de nuestros miembros que participaron en forma tan generosa, y felicito y agradezco a todos los demás que se esforzaron para hacer de éste un maravilloso e importante acontecimiento.

Ahora deseo hablar en forma breve de uno o dos asuntos.

El mencionar a Brigham Young me hizo recordar el Fondo Perpetuo para la Educación que hemos establecido. Hace sólo un año que hablé por primera vez de esto en una conferencia general. Las contribuciones que han hecho generosos Santos de los Últimos Días han logrado asegurar que esta empresa esté ahora sobre un cimiento sólido. Necesitaremos más aún, pero ya se ha demostrado que de esta empresa se logrará un inmenso beneficio. Jóvenes y señoritas en lugares menos privilegiados del mundo, jóvenes y señoritas que en su mayoría cumplieron misiones, tendrán la oportunidad de lograr una buena educación que los sacará de la desesperación de la pobreza en la cual han estado sumidos sus antepasados por generaciones. Se casarán y progresarán con destrezas que los calificarán para ganar bien, y ocuparán su lugar en la sociedad donde harán una contribución substancial. También crecerán en la Iglesia ocupando cargos de responsabilidad y criando familias que seguirán en la fe.

Tengo tiempo para leer sólo un testimonio. Viene de un joven que ha sido bendecido por este programa.

Él dice: “Es tan maravilloso que ya no tenga que soñar solamente de mi educación y mi futuro. ¡El Señor ha despejado el camino, y ya lo estoy haciendo!

“En la actualidad asisto a un gran instituto técnico en nuestro país, donde estudio para ser técnico en computación… Al ir a la escuela estoy descubriendo mis habilidades. La disciplina que cultivé en la misión me ayuda a tener éxito… Nunca antes un joven se ha sentido más bendecido que yo. El Fondo Perpetuo para la Educación ha fortalecido mi fe en el Señor Jesucristo. Ahora, más que nunca, siento la responsabilidad que el Evangelio pone en mí de prepararme para ser un miembro mejor, un mejor líder y un mejor padre…

“Mi querida madre, que ha sacrificado tanto, se emociona tanto que llora cuando ora en las noches por su gratitud al Señor…

“Ahora imagino a mi pueblo siendo bendecido debido a mí. Imagino a la Iglesia con líderes con estabilidad financiera y que puedan apoyar la obra del Señor con todo su poder, mente y fuerza. Veo prosperar a la Iglesia. Me entusiasma empezar mi propia familia y enseñarle que podemos ser autosuficientes, por lo que tengo que terminar mi educación. Entonces, pagaré mi préstamo rápidamente para ayudar a otras personas… Estoy agradecido por la misericordia del Salvador. Realmente Él nos apoya con Su amor”.

Y así avanzamos, mis hermanos y hermanas. Al extenderse esta gran obra a través de la tierra, estamos bendiciendo ahora a unos 2.400 jóvenes, y otros también serán bendecidos.

Que el Señor nos bendiga a cada uno al regocijarnos por la oportunidad de formar parte de esta gran causa en esta extraordinaria época de la obra del Señor, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Historia de la iglesia, Hospitalidad | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Mantengámonos erguidas y permanezcamos unidas

Conferencia General Octubre 2000
Mantengámonos erguidas y permanezcamos unidas
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew

«Ninguna mujer es un instrumento más vibrante en las manos del Señor que una mujer de Dios que se siente encantada de ser quien es».

Al cumplir doce años, yo medía cerca de un metro ochenta de estatura y, socialmente, era un completo desastre. El ser mucho más alta que el resto de mis amigos fue el gran tormento de mi adolescencia. Yo no deseaba sobresalir –al menos no de esa forma–, por lo que comencé a encorvarme. Mi madre constantemente me instaba a que «me mantuviera erguida». Y bien, en aquel tiempo no quería hacerlo, pero ahora sí, ya que se nos ha amonestado a levantarnos (2 Nefi 8:17) y a ser testigos (véase Mosíah 18:9) para que aparezcamos «sin culpa ante Dios en el último día» (D. y C. 4:2). No he hallado en las Escrituras ningún mandamiento de andar con los hombros caídos en Sión; por lo contrario, se nos dice reiteradamente que debemos «levantarnos y ponernos de pie» (véase 3 Nefi 20:2).

De adolescente, no me daba cuenta de que el ser como todos los demás nunca me ocurriría. Ni tampoco les ocurrirá a ustedes, puesto que, como mujeres de Dios, debemos mantenernos erguidas, para sobresalir del resto del mundo. Sólo de esa forma podremos tener la esperanza de encontrar la dicha. Porque el encontrar la dicha y el mantenernos erguidas, no en centímetros, sino como embajadoras del Señor, están directamente relacionados.

Hace poco, mi familia ha recordado eso de una forma hondamente conmovedora. Tengo 17 sobrinos y sobrinas, que me llenan de alegría. Juntos hemos hecho caminatas, andado en bicicleta, ayunado y orado, y, hace poco, también hemos llorado juntos. Hace apenas unas semanas, sufrimos una pérdida devastadora cuando en un accidente perdieron la vida dos de los hijos de mi hermana: Amanda, de 11 años, y Tanner, de 15. Porque hemos vivido juntos en amor, hemos llorado por los que murieron (véase D. y C. 42:45).

Nuestros amigos de nuestro pueblo natal lloraron con nosotros, la mayoría de los cuales no son miembros de la Iglesia, y comprendimos que sus corazones quizás nunca serían tan receptivos como el día en el que los dos ataúdes estuvieron en nuestra capilla de Kansas. Por eso, dedicamos el funeral totalmente a testificar de Cristo y del Evangelio restaurado. Después, muchas personas nos dijeron cuánto les había conmovido lo que habían oído y experimentado; algunas de ellas incluso quisieron saber más. Ahora bien, no sabemos si alguno de los que se sintieron afectados por la muerte de nuestros niños se unirá a la Iglesia, pero sí sabemos que el mantenernos erguidos por lo que creemos y el enseñar el Evangelio a los amigos que nunca antes habían estado dispuestos a escuchar nos ayudó a aliviar nuestro dolor y nos brindó alegría como familia.

En este mundo, la única dicha verdadera proviene del Evangelio: la dicha que irradia de la Expiación y de las ordenanzas que trascienden el velo, y del Consolador que alivia nuestra alma. No hace mucho, una persona que no es miembro de la Iglesia le preguntó a mi sobrina Aubrey, de once años de edad, cuyo padre murió hace cinco años, por qué no estaba triste por la muerte de su papá y de sus primos. La respuesta de Aubrey fue muy acertada: «¿Que no estamos tristes? Claro que lo estamos, pero sabemos que estaremos juntos nuevamente, y por eso no nos preocupamos tanto». Sin lugar a dudas, nuestra familia ha llorado mucho, pero no nos sentimos tan mal como hubiéramos estado si no hubiésemos sentido el alcance trascendental y el poder sanador de Jesucristo. El Evangelio es «gloria en lugar de ceniza» (Isaías 61:3), es «óleo de alegría» (Hebreos 1:9), es ¡las Buenas Nuevas!

Aun cuando nuestros niños ya han partido, tenemos la seguridad gloriosa de no haberlos perdido. Pero, ¿qué sucede con los hijos de nuestro Padre, nuestros hermanos y nuestras hermanas, que se han perdido y se enfrentan no sólo con la muerte física sino también con la espiritual? El Evangelio de Jesucristo se centra en la gente. Es el dejar las noventa y nueve ovejas en el desierto e ir tras las que se perdieron, es el llevar las cargas los unos de los otros, con la carga más imponente que alguien pueda llevar al andar por esta vida sin luz. De ahí el ruego del Señor en los últimos días:

«. . .el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima, y la última vez que llamaré obreros a mi viña. . .

«. . .por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza» (D. y C. 33:3, 7).

Los antiguos profetas previeron el día «en que el conocimiento de un Salvador se [esparciría] por toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Mosíah 3:20). Ese día ha llegado y ahora es nuestro turno de meter nuestra hoz y ayudar en la siega. El que estemos aquí ahora no es accidente. Durante eones de tiempo nuestro Padre nos observaba y sabía que podía confiar en nosotros cuando habría tanto en peligro. Se nos ha reservado para esta mismísima hora. Debemos comprender no sólo quiénes somos, sino quiénes hemos sido siempre. Porque somos mujeres de Dios y la obra de las mujeres de Dios ha sido siempre ayudar a edificar el reino de Dios. Seguir leyendo

Publicado en Hermanamiento, Mujer, Sociedad de Socorro | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Ondas expansivas

Conferencia General Octubre 2000
Ondas expansivas
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen

«Los hechos de las mujeres rectas repercuten a través del tiempo, del espacio e incluso de las generaciones».

Cuando nuestros hijos eran pequeños, nos encantaba ir a las montañas. De pie a la orilla del hermoso Lago Jackson, con las majestuosas cumbres reflejadas en la superficie de cristal, competíamos para ver quién podía lanzar piedras que diesen saltitos sobre la superficie del agua tranquila. Al hundirse las piedras, observábamos las ondulaciones que se extendían sobre el agua hasta donde alcanzábamos a ver. Aún la piedrita más pequeña que lanzaba nuestro hijo menor hacía que las ondas se extendieran más y más.

Tal como los círculos que hacían nuestras piedras en el Lago Jackson, los hechos de las mujeres rectas repercuten a través del tiempo, del espacio e incluso de las generaciones. Esos hechos rectos son producto de nuestra comprensión de la misión divina de Jesucristo, de nuestro conocimiento del plan del Evangelio, de nuestra obediencia a los mandamientos eternos y de nuestra obra en éste, el reino de Dios sobre la tierra.

Permítanme darles un ejemplo de la forma en que ese efecto expansivo da comienzo y ocasiona repercusiones cuando una mujer recta Santo de los Últimos Días actúa en base a su conocimiento de que Jesús es el Cristo y de que el Evangelio se ha restaurado.

En 1841, Dan Jones, un inmigrante galés, era capitán de uno de los barcos registrados más pequeños que transportaba pasajeros y mercaderías en el río Misisipí. Me parece más que coincidencia que el barco se llamara «La Onda». Entre sus pasajeros había miembros de una iglesia «nueva» y poco conocida, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Durante sus viajes, Dan Jones comenzó a escuchar críticas de esos «mormones». Como había transportado a muchos de ellos, había conversado con ellos y había observado su conducta. Se dio cuenta de que eran personas buenas, bondadosas, honradas y trabajadoras. Los comentarios y escritos negativos acerca de esas personas no concordaban con el trato que él había tenido con ellos.

«Después de una cuidadosa investigación de las acusaciones», escribió después, «me di cuenta de que era imposible que fueran ciertas. . . exageraban el caso o. . . se contradecían. . .» (Ronald D. Dennis, «Dan Jones, Welshman», Ensign, abril de 1987, pág. 26).

Un acontecimiento importante en particular llevó a Dan Jones a convertirse, de un prudente observador, a un investigador activo de la Iglesia. Él escribió: «. . .por accidente, cayó en mis manos parte de una carta que [Emma Smith] había escrito. . . Nunca podré olvidar lo que sentí al leerla. Claramente pude darme cuenta de que al igual que yo, ella no solamente creía en el Nuevo Testamento; profesaba la fe apostólica y se regocijaba en medio de sus tribulaciones de poder ser digna de sufrir todo. . . por un testimonio de Jesús y el Evangelio, sino que también ese papel contenía mejor consejo, más sabiduría y demostraba un espíritu más sublime que nada de lo que jamás había leído» (Ensign, abril de 1987, págs. 50, 52).

Inspirado por las palabras y el ejemplo de Emma, Dan Jones trató de aprender más acerca de esa iglesia. En 1843, fue bautizado en el río Misisipí y llegó a ser uno de los misioneros de más influencia en la historia de la Iglesia, llevando el Evangelio a cientos de personas en su país natal de Gales. En un sentido muy literal, la influencia de Emma Smith continúa repercutiendo a través de las generaciones. ¿Quién podría decir cuántos cientos o millares de descendientes de las personas a las que Dan Jones llevó el Evangelio estén escuchando esta reunión ahora mismo?

Cada una de nosotras puede actuar en formas que repercutan en una vida con el mismo poder que lo hicieron las palabras de Emma en el corazón de Dan Jones. Cada una es una sola persona, pero recuerdo los círculos que una piedrita ocasionó en la inmensidad del Lago Jackson. Pensemos seriamente en este pasaje alentador: «no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes» (D. y C. 64:33).

En ese lugar más importante que ningún otro, el hogar, es donde mejor aprendemos que «de las cosas pequeñas proceden las grandes», ya que la vida en el hogar es una serie de cosas pequeñas que se combinan para crear una familia eterna. Quizás a causa de la lentitud con que se crean firmes relaciones con el Señor y con los demás, o quizás porque recibimos poco agradecimiento por enseñar, animar y guiar, es fácil distraernos o desanimarnos.

El adversario desearía confundirnos y distraer nuestra atención de lo que tiene más valor. Pero somos bendecidas, porque sabemos que lo más importante es la fe y la familia. Las mujeres que me han inspirado y me han motivado a ser mejor son las que han puesto en primer término al Señor y a su familia. Su «espíritu. . . sublime» infunde en mi corazón lo que las palabras de Emma Smith infundieron en el de Dan Jones, la invitación de venir a Cristo, quien proclamó: «Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Apocalipsis 21:6).

La virtud y el poder se encuentran en el trabajo cotidiano y común, en todas las tareas diarias que realizamos al cuidar de nuestra familia y al prestar servicio a los demás. La prominencia no equivale a prioridad, ni el sueldo del mundo se compara con el de nuestro Padre Celestial, que conoce la importancia de la devoción de la mujer a la salvación de las almas. Seguir leyendo

Publicado en Ejemplo, Mujer, Relaciones familiares, Sociedad de Socorro | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario