Conferencia General Octubre 2000
Somos instrumentos en las manos de Dios
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
«No nos hace falta un programa nuevo que nos incentive, tan sólo tenemos que llegar a sentir el deseo de dar a conocer el Evangelio y de tender la mano a los menos activos».
Mis queridas hermanas, para comenzar, deseo decirles que las quiero muchísimo. No tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy de ser parte de esta gran hermandad, a la que el presidente Gordon B. Hinckley ha llamado una familia mundial de hermanas. Sí somos hermanas y me siento constantemente inspirada por su fe, su virtud y su deseo de hacer lo que el Señor desea que hagan. Gracias por su servicio, por su ejemplo y por ser en verdad mujeres de fe, de virtud, de visión y de caridad. Dondequiera que voy, veo los frutos de la Sociedad de Socorro que se ponen de manifiesto en la vida de las hermanas de la Iglesia. Cada una de nosotras es un instrumento en las manos de Dios.
Hace poco, conocí a una hermana en Oregón que se reintegró a la actividad en la Iglesia gracias a una dedicada maestra visitante. Sin duda, esa maestra visitante debe sentir lo que sintieron Ammón y sus hermanos cuando se regocijaron por haber sido hechos «instrumentos en las manos de Dios» (Alma 26:3) al llevar el conocimiento de Cristo a los lamanitas que habían sido «extranjeros para con Dios» (Alma 26:9). Porque «el valor de las almas es grande a la vista de Dios» (D. y C. 18:10).
En más de 165 países del mundo, nuestras hermanas están siendo instrumentos en las manos de Dios. Pienso en un barrio de Brasil que tiene una llegada de miembros nuevos cada semana. Las hermanas de la Sociedad de Socorro de ese barrio resolvieron ponerse la meta de no dejar pasar ni una semana sin que cada una de las hermanas recién bautizadas recibiera una visita en su casa y una copia de La familia: Una proclamación para el mundo y de la Declaración de la Sociedad de Socorro. Hasta ahora, ninguna de las hermanas ha dejado de ir a la Iglesia.
Me maravilla la inspirada presidenta de la Sociedad de Socorro de un barrio de Corea que resolvió visitar a todas las hermanas menos activas de su barrio. Hasta la fecha ha visitado a 25 hermanas y todas ellas, menos tres, han vuelto a la Iglesia.
Las hermanas como ellas son testimonios vivientes de lo que dijo el presidente Hinckley de que «[en] esta Iglesia no hay ningún llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos una influencia en la vida de los demás. . . Sea cual fuere su llamamiento, todos [ustedes] gozan de las mismas oportunidades que yo de lograr el éxito. . . nuestra labor consiste en continuar haciendo el bien así como [el Maestro] lo hizo» («ésta es la obra del Maestro», Liahona, julio de 1995, pág. 81).
Definitivamente, cada una de nosotras puede ser un instrumento en las manos de Dios. Felizmente, no hace falta que todas seamos la misma clase de instrumento, puesto que, al igual que los instrumentos de una orquesta difieren en tamaño, forma y sonido, también nosotras somos distintas las unas de las otras. Tenemos talentos e inclinaciones diferentes, pero así como la trompa de pistones no puede reproducir el sonido del flautín, tampoco es preciso que todas sirvamos al Señor de la misma manera. La hermana Eliza R. Snow dijo que «no hay ninguna hermana tan aislada ni su influencia es tan limitada que no pueda hacer mucho para establecer el reino de Dios sobre la tierra» (Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, pág. 62; cursiva agregada). Entonces, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad como hijas de Dios y como hermanas de la Sociedad de Socorro es volvernos los instrumentos más eficaces que podamos ser.
La Sociedad de Socorro puede ayudarnos. El profeta José, que organizó la Sociedad de Socorro en 1842, dijo claramente que el propósito de esta organización divinamente inspirada es no sólo «dar alivio al pobre, sino también salvar almas» (History of the Church, 5:25). Desde sus primeros días, la Sociedad de Socorro ha hecho un bien incalculable. La Sociedad de Socorro suministró la primera carga de harina equivalente a la de un vagón de tren que llegó a manos de los sobrevivientes del terremoto ocurrido en 1906 en San Francisco y, posteriormente, proveyó de trigo al gobierno de los Estados Unidos durante la primera y la segunda guerra mundial. El año pasado, nuestras hermanas donaron más de 140.000 acolchados para ayudar a los afligidos. Hemos defendido la maternidad y la familia, hemos hecho la guerra al analfabetismo y hemos brindado incontables horas de servicio por todo el mundo. Pero esta noche les afirmo que nuestra obra de más crucial importancia yace delante de nosotras al unirnos a nuestros líderes del sacerdocio para hacer avanzar el reino de Dios.
Hermanas, nos necesitan aquí el Señor, nuestros líderes del sacerdocio, nuestras familias y nos necesitamos las unas a las otras. El Señor necesita que aceptemos nuestros llamamientos eternos y que cumplamos la medida de nuestra creación. Él necesita que hagamos de la Sociedad de Socorro una parte básica de nuestra vida y que busquemos formas de servir a los demás en el nombre de Su organización para la mujer, y que trabajemos juntas como hermanas para hacer avanzar el reino del Evangelio. En efecto, la Sociedad de Socorro nos ayudará a servir a nuestros familiares y a servirnos unas a otras en formas que ningún club ni organización puede hacerlo. Seguir leyendo




































